La metafísica y la patria
11.01.08 @ 19:39:43. Archivado en La política desde fuera
¿Es Cataluña metafísica? Respondiendo afirmativamente a esta cuestión, Antonio Robles, interesante columnista de Libertad Digital que escribe bajo el título de Izquierda liberal, dedica un artículo a la Metafísica. Sólo el último párrafo está orientado a justificar el título del texto.
El diagnóstico del autor no es desacertado en lo que se refiere al ente denominado Cataluña, pero parece oportuno precisar en qué tradición teórica se funda el nacionalismo y en cuál no puede basarse en modo alguno.
En un tono claramente nietzscheano, banaliza la idea según la cual la metafísica no es más que el velo que el ser humano interpone entre sí mismo y la realidad. Sin embargo, a diferencia de Nietzsche, mete en el mismo saco a pensadores como Spinoza, Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer: “Spinoza llamó a la realidad sustancia. Fichte la denominó Yo. Schelling se refirió a ella como Absoluto, Hegel como Idea y Shopenhauer (sic) como voluntad.”
Hay que decir antes de nada que el término metafísica adquiere el sentido que la sitúa más allá del conocimiento positivo en la obra de Kant. Además, esa equiparación acrítica y apresurada entre Spinoza, los idealistas y Schopenhauer encubre planteamientos antagónicos con consecuencias políticas insospechadas.
Este antagonismo fue comprendido con radiante lucidez precisamente por los pensadores que constituían, según su propia propuesta teórica, el segundo término del mismo: Fichte primero, Schelling después y, tras él, Hegel, vieron con claridad y explicitaron la alternativa en términos ontológicos inequívocos, límite: «De dos cosas una: o no-sujeto y objeto absoluto, o no-objeto y sujeto absoluto. ¿Cómo superar este conflicto?» (Schelling, Briefe über Dogmatismus und Kritizismus, carta IV) O sea, el no-yo determina el yo, y entonces tenemos el materialismo de Spinoza, pero todo resquicio a la libertad humana como potencia autodeterminativa queda ahogado, o el yo determina el no-yo, y entonces tenemos el idealismo hegeliano y una libertad absoluta que, por serlo, es ajena al individuo, lo rebasa y se le impone. Dicho de otro modo: una concepción no jerárquica de la realidad, la de Spinoza (Ética demostrada según el orden geométrico) según la cual todo ente finito es el resultado de una confluencia multicausal y, por tanto, heterodeterminativa, ya que lo único que puede determinarse a sí mismo por su propia necesidad, que no voluntad, es el todo (la sustancia infinita) frente a una concepción en la que el todo (el Espíritu Absoluto) es el resultado y la finalidad del proceso total de la realidad (la del autoproclamado Idealismo Absoluto de Hegel), con lo que todo ente finito es sacrificado en el altar de la trascendencia a la que debe su valor.
Toda entidad metafísica, en el sentido peyorativo de ilusoria, trascendental, producto de una razón que se supone infinita, subsume en su seno absoluto al individuo y es éste cariz hegeliano el que adquieren las ensoñaciones de los nacionalistas cristalizadas en la ficción metafísica de una patria, de unos derechos colectivos, de una leyenda que se pretende historia o, peor aún, memoria. Sea Cataluña, sea Euskal Herria, sea España (aunque habrá de concederse que la vigencia de un nacionalismo español es inexistente en la práctica, cosa que no sucede con la de alguna de sus partes), todo constructo metafísico es la variante provinciana del Espíritu Absoluto hegeliano. Pero la trascendencia en política, como ha demostrado sobradamente el s. XX., es homicida. Y 50 millones de muertos no son una mera discusión erudita sobre metafísica…
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José Sánchez Tortosa
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