Con fecha 15 de diciembre de 2008, José Gimeno, junto con otras firmas, publica en El País un artículo "en defensa de la Pedagogía”. No estará de más sugerir algunas precisiones.
Como analista que se ha ocupado del tema recientemente en un libro y en varios artículos e intervenciones no voy a argumentar más que en defensa de mi propio discurso, que como discurso racional está sujeto a discusión constante. Desconozco si hay una moda o una conspiración antipedagógica, amenaza que parece alarmar a los firmantes del texto de referencia. Cuanto yo puedo ofrecer es el análisis de la deriva educativa que, con innegable retraso con respecto al resto de Europa, España, a través de la logse como aparato jurídico, experimenta. Y esta deriva, que es una veta causal del problema, no su único eje, radica en la creciente tendencia a supeditar lo intelectual y académico a lo afectivo, con la consecuente pérdida de relevancia e influencia del profesor, agravada por el impacto de los medios de comunicación y la falta de cobertura familiar, por motivos socio-económicos. En un análisis filosófico materialista del problema, los aspectos psicológicos de los agentes que operan en el fenómeno estudiado no puede determinar el mismo. Por eso siempre he precisado que no se trata de que los padres sean peores que antes, o que los niños y jóvenes sean peores que antes, o que los profesores sean peores que antes. Tales suposiciones son indemostrables y, por tanto, no son operativas para el análisis. Y, en esta misma línea, no es que los psicólogos y pedagogos, en tanto individuos concretos que operan en el área de la educación, sean malos en sí mismos. Si nos solazamos en el lodo del mero psicologismo no daremos un solo paso eficaz en la tarea de aclarar la situación.
A mi juicio, el problema ha de situarse en esos parámetros materiales y jurídicos que nos pueden hacen comprender la realidad. Y los postulados dogmáticos de la logse, como cristalización de un proceso ideológico e histórico muy concreto, son de una vaguedad e indefinición alarmantes y ponen las bases materiales para que la calidad de la enseñanza en España haya caído en picado: desde la promoción automática o por imperativo legal (independientemente de lo buenos o malos que sean los profesores), hasta la reducción del bachillerato a dos raquíticos años pasando por la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años. Estos son sólo ejemplos de lo que el propio sistema impone amparado en argumentos (más bien, tópicos y lugares comunes) suministrados por la Pedagogía en vigor. Y es ahí donde cabe la crítica y el ataque a esos principios con las armas de la argumentación racional, los datos y la experiencia.
Me da la impresión de que, al menos en parte, el artículo comentado va dirigido contra Ricardo Moreno Castillo, autor del estupendo Panfleto antipedagógico, y que recientemente acaba de publicar un artículo también en el país recordando las tesis principales de su obra. La lectura de este libro es lo suficientemente clarificadora del daño que la pedagogía, en tanto que ha ido conquistando un papel jerárquico en la escuela, ha producido.
Lo cual no significa que haya que cerrar necesariamente Facultades o despachos. Pero lo que sí resulta necesario es discutir y someter a crítica esa posición aceptada incondicionalmente por la ideología predominante.
El debate sobre la república está falseado. Y lo está porque quienes dicen defenderla defienden, de facto, un régimen jerárquico, no un verdadero republicanismo.
España es un Estado aconfesional, según la Constitución. No laico. Aconfesional significa lo siguiente: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones" (artículo 16.3 de la Constitución española).
Laico hace alusión a la estricta separación entre lo público (en griego, koinon) y lo privado (en griego, idion).
El discurso hegemónico está dotado de una retórica pacifista a conveniencia que resulta altamente rentable y eficaz en términos mediáticos. Como sabemos desde la resistencia crítica de Sócrates frente al imparable avance de la retórica sofística, la eficacia del discurso reside en el grado de certeza que el hablante aparenta, en lo atractivo del lenguaje empleado (cargado de tópicos, adjetivos, lemas fáciles de recordar y con los que identificarse inmediatamente por no ser excluido o sentirse un canalla integral ante los demás) y en el nivel de consonancia del mismo con los deseos del auditorio.
“Llamamos nacionalistas con desprecio a aquellos que no aceptan nuestro ultranacionalismo, o, dicho de otro modo, a aquellos que prefieren su nacionalismo a nuestro ultranacionalismo.
Me parece bien que practiquen ustedes la autocrítica, aunque sea sin saberlo.”
(Jonathan Sebastian 30.10.08 @ 23:14)
El discurso nacionalista es tramposo. La trampa, en lo que concierne a las lenguas, consiste en desplazar la isonomía, o igualdad ante la ley, del plano de los individuos al de las lenguas, con la consecuencia de que se impone una segregación material de individuos por el procedimiento de compensar la desigualdad de las lenguas según una suerte de discriminación positiva. Aun en el caso del bilingüismo sucede algo similar, ya que se pretende una igualdad (entre dos lenguas que no pueden ser iguales) de la que sólo habrían de ser objeto los individuos humanos, en una sociedad elementalmente democrática. Por eso, incluso la reivindicación del bilingüismo se muestra ineficaz como estrategia política o electoral por conceder al nacionalismo el dogma de la igualdad de las lenguas, dogma enteramente metafísico que encubre la discriminación real de los individuos afectados.
El nacionalismo paleto (¿pleonasmo?) no ceja en su empeño de dar lecciones de moral y geopolítica desde los púlpitos de ese modelo de democracia que es la ONU. En tal marco, el caudillo nacionalsocialista vasco, Ibarretxe, ha pontificado, y no deja más opción que el comentario de texto. Sus palabras son las siguientes:
«¿Qué fue si no la soberbia lo que nos llevó a la guerra de Irak y a la confrontación de culturas, lo que nos lleva en Europa a tratar a los emigrantes como al ganado? ¿Qué fue si no la soberbia lo que posibilitó que el Gobierno español y varios partidos, como PP y PSOE, nos dijeran que no quieren que demos nuestra opinión el 25 de octubre? No tenéis nada que decirme, no tenemos nada que escuchar.»
No se trata de que haya que ser una cosa u otra. Los doloroso pero inexorable es que cualquier Estado, y los Estados democráticos también, se erige necesariamente sobre una base consolidada en la fuerza y no en la superioridad moral.
“Las democracias serán siempre impotentes contra tales ataques [llevados a cabo por La Alemania nazi], por su misma estructura, ya que para protegerse de ellos fuerza les sería establecer ellas también un régimen autoritario. Los Estados totalitarios, por el contrario, son, por definición, impenetrables a la propaganda extranjera tal cual la concebimos. Resulta así, de la estructura misma de ambos regímenes, tamaña desigualdad entre las democracias y nosotros, que ese desequilibrio bastaría para compensar ampliamente, en caso de conflicto, una eventual inferioridad de nuestros armamentos.” (Hanfstägel, oficial de las SS, citado por Hermann Rauschning en Hitler me dijo, XII, 1939)
En respuesta a un amable lector:
Si bien es cierto que cronológicamente el Islam está en la Edad Media, no lo está tecnológicamente, lo que cambia sustancialmente las cosas.
Vivimos en una sociedad técnica y económicamente preparada para el ocio y, por tanto, para la decadencia, y, sin embargo, hay cada vez más empeños por defender un puritanismo solemne y monacal.
Publica El País un artículo en el que se informa de que las mujeres porcentualmente más afectadas por agresiones domésticas (me niego a emplear la absurda expresión consagrada por lo políticamente correcto) son las inmigrantes. Calla, sin embargo, la otra cara de la moneda: que también serán inmigrantes la mayoría de los agresores.
Archipiélago Gulag es una obra capital. Y lo es por presentar a los acomodados ojos europeos una realidad brutal que sólo tras la caída de la Unión Soviética y la apertura de sus archivos no puede ser negada impunemente:
Sócrates sólo necesitaba una condición para lograr que el esclavo de Menón alcanzara por sí mismo el conocimiento y, por tanto, la libertad: saber griego, esto es, la lengua común, como recordaba el pasado 4 de julio en Gijón Pedro Insúa, en los Encuentros de Filosofía organizados por la Fundación Gustavo Bueno, presentando mi intervención en los mismos.
Hoy en España, surge un manifiesto que reclama la defensa, no del español sino de los derechos de los ciudadanos para ser educados y atendidos en la lengua común a todo el Estado y a unos 400 millones de personas (“Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas.”)
Imaginen un alumno que llega nuevo a una clase. Ha sido sistemáticamente perseguido en el centro anterior, con niveles de crueldad extremos, al ser identificado como nocivo para todos por el hecho de ser quien es (su nombre le delata).
En el marco de la denominada sociedad postindustrial surge un movimiento que recibe el nombre de pensamiento postmoderno. En términos muy generales, podríamos mencionar como sus claves el discurso fragmentario, que pretende romper con la unidad de las “grandes narrativas”; la idea de que no hay Verdad absoluta, apotegma que parte —de modo, cuando menos, precipitado— de la fórmula nietzscheana “No hay hechos, sólo interpretaciones” y que linda con un relativismo más o menos explícito; la certeza de una pérdida de sentido causada por la quiebra de los grandes referentes ideológicos.
Uno de sus representantes más célebres es Gianni Vattimo, que aparece en la prensa española con un artículo en la edición del viernes 14 de marzo del diario El Mundo dedicado al presidente Zapatero.
¿Qué clase de enfermedad padece un país si sufre un asesinato terrorista, esto es, mediático, cada vez que hay unas elecciones a dos o tres días vista?
Si bien hemos de considerar a la socialdemocracia española como una variante específicamente hispana que sólo puede ser estudiada a partir del entramado electoral (PSOE) que se presenta bajo esa categoría, no está de más destacar alguna caracterización definitoria.
A juzgar por los discursos de sus dirigentes y por el propio nombre del movimiento, que la incluye, la democracia es el eje de su política. Cabría preguntarse qué concepción de la democracia defienden. Todo apuntaría a que no puede ser otra que la llamada democracia liberal-burguesa, dado que la socialdemocracia española renunció al “marxismo-leninismo” en el contexto de la denominada “Transición”. Y, sin embargo, con inquietante frecuencia, se olvidan algunos de los aspectos claves de lo que se conoce en teoría política clásica como democracia, sin necesidad de remontarse a la teoría política de Aristóteles. Un ejemplo reciente es el sintomático “encuentro” de la vicepresidenta del gobierno central con unos escolares de 4º curso de enseñanza secundaria (15-16 años):
"Es necesario liberarse a uno mismo de las cadenas de las ocupaciones cotidianas y de los asuntos políticos." Palabras del gran Epicuro que suele citar Gabriel Albiac y que laten bajo el título del libro que acaba de publicar: Contra los políticos, Ed. Temas de Hoy.
El último tren a Auschwitz es una película de producción alemana, con escenas de una belleza sobrecogedora y momentos de gran lucidez, extremadamente exigente con el espectador, al que, prácticamente, no deja respirar, asfixiado por la angustia de ese encierro claustrofóbico en marcha hacia el exterminio, donde los individuos humanos se esfuerzan por no dejar de ser individuos, esto es, humanos, y que extrae de ellos lo mejor (cuando la claridad mental y la constancia de seguir unido a la naturaleza humana le convierte en héroe) y lo peor (cuando se olvida de sí como individuo y cae arrastrado por la fuerza torrencial del animal gregario, de la masa cegada). Pero lo realmente aterrador de la película es saber que, como suele suceder, la realidad fue muchísimo más cruel y despiadada.
¿Cómo explicar la ausencia del máximo adalid de los derechos de los homosexuales (concejal del ayuntamiento de Madrid) en unas jornadas que defienden los derechos de los homosexuales celebradas en Madrid?
¿Es Cataluña metafísica? Respondiendo afirmativamente a esta cuestión, Antonio Robles, interesante columnista de Libertad Digital que escribe bajo el título de Izquierda liberal, dedica un artículo a la Metafísica. Sólo el último párrafo está orientado a justificar el título del texto.