La manifestación convocada para reivindicar la paz y reiterar el rechazo a ETA se convirtió en un clamor popular en apoyo al presidente del Gobierno y en un reproche a la derecha por boicotear la unidad contra el terrorismo. A pesar del fracaso del proceso para alcanzar el fin de la violencia, la izquierda ha vuelto a llenar las calles, después de tres años copados por las protestas de la derecha. "Zapatero, no estás solo" fue el lema más coreado por los manifestantes, compitiendo en protagonismo con "Contra el terrorismo, unidad" y "Dónde está, no se ve, al PP ni a la AVT". En fin, las pancartas dejaban claro cuál fue el motivo de la manifestación: por la paz, contra el terrorismo... (y además) con Zapatero, por la unidad.
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30.12.06 @ 19:38:04. Archivado en Terrorismo, ETA
Lo estábamos esperando, y ha llegado. ETA ha vuelto a aparecer utilizando el idioma que mejor controla, el de las bombas. La explosión de esta mañana en la T4 del aeropuerto de Barajas significa el particular regalo de Navidad de ETA al Gobierno y a los ciudadanos que tenían la esperanza de que la banda terrorista abandonara sus actos violentos. El año acaba, y con él ETA ha terminado con la posibilidad de llegar a un final dialogado de la violencia y con las esperanzas de los ciudadanos. El proceso está roto.
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En política es tan importante ser honrado como parecerlo. No sólo basta con tener la conciencia tranquila; también hay que demostrar a los ciudadanos que su honestidad es real. Y esto hace tiempo que falla en Alicante. Los escándalos urbanísticos están a la orden del día en toda la provincia, y la capital no es ajena a esta tendencia. Sería aventurado declarar que los políticos alicantinos son unos corruptos, puesto que la facultad de juzgar las actitudes de las personalidades públicas corresponde a los tribunales. Sin embargo, la sospecha hace el mismo daño que la certeza y, en estos momentos, la política municipal arroja serias dudas sobre su vocación altruista de servicio a la ciudadanía. Mal camino cuando se avecinan unas elecciones.
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Que Bruselas lance una reprimenda a la Generalitat Valenciana por su legislación urbanística es algo que ya no sorprende. No es la primera vez que Europa protesta por el modelo de desarrollo que se está ejecutando en la Comunidad y, ciertamente, no les falta razón. Los desmanes que las constructoras, con el beneplácito de los políticos y el aplauso de los empresarios, están cometiendo sobre el territorio de la provincia de Alicante muestran que la ley no es suficiente para atajar una situación que cada vez preocupa a más ciudadanos concienciados con el futuro de su entorno.
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William Randolph Hearst. Todo el que se dedica al periodismo o, en general, al mundo de la comunicación, tiene grabado este nombre a fuego en su cabeza. O al menos debería saber quién fue y lo que significó para el periodismo moderno. Quien no esté al tanto de la profesión quizá ignore la existencia de este célebre personaje. Pues bien, en resumidas cuentas, digamos que Hearst es el antihéroe del periodismo, el enemigo a batir por todos aquellos que se lancen al mundo de la información -de la periodística, claro-. De hecho, hizo sobrados méritos para convertirse en el paradigma de la desinformación, la manipulación y el sensacionalismo. Un personaje repudiado en las aulas de periodismo de todo el planeta y situado en las cloacas de la profesión. W. R. Hearst amasó una enorme fortuna como magnate de la prensa americana; fue el padre de lo que conocemos como amarillismo, un tipo de periodismo en el que lo importante es aumentar los niveles de audiencia para incrementar la cuenta de beneficios, sacrificando por el camino a la regla de oro de la profesión: el relato de la realidad, de la Verdad con mayúsculas. La deformación de los hechos y la creación de historias tan llamativas como fantásticas era su método para llamar la atención del público. Llegó incluso a provocar la guerra hispano-americana de 1898, al publicar que el estallido del acorazado Maine había sido obra de los españoles. La ley del mercado sobre la ética profesional. Así era Hearst. Ahora piensen por un momento en la España de hoy, hagan un recorrido por sus medios de comunicación,... ¿les suena a alguien?
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Esta es la cruda realidad:
Han pasado cinco años desde que asistimos en directo al ataque de Al Qaeda contra Estados Unidos y, como si fuera una premonición, del derrumbe de aquellas torres hemos pasado al desmoronamiento del mundo tal y como lo conocíamos. Nuestra seguridad está en precarias condiciones. Ya no hace falta estar en el frente de batalla para sentirse en peligro. Occidente, antes del 11-S, veía el drama humano como algo lejano, como algo propio del Tercer Mundo, de países atrasados. Nos sentíamos a salvo en nuestra burbuja de ignorancia. Pero la imagen de las torres ardiendo nos sacó de aquella plácida ilusión. Luego llegaron las discotecas de Bali, los trenes de Madrid, el metro de Londres,... como un recordatorio de que lo de Nueva York y Washington fue sólo el inicio de una larga y nueva confrontación. Por si no fuera bastante, no sólo tenemos que lamentarnos por nuestra seguridad perdida. No. Estos cinco años serán recordados con vergüenza en los libros de historia como la época en la que el mundo occidental perdió sus principios, sus valores y sus derechos. Nuestras democracias han perdido su esencia en la lucha contra la amenaza terrorista. Vivimos en un mundo más peligroso y menos libre. Esa es la herencia del 11-S, un mundo en ruinas.
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Señores dirigentes de la Unión Europea:
Comenzaré yendo al grano: mi generación está perdiendo el interés por Europa, estamos dejando de sentirnos identificados con el proyecto de construcción de un espacio unido para todas las naciones europeas. Eso ya lo saben, pero no hacen nada por evitarlo. La razón de este desapego deben encontrarla en las continuas decepciones a las que ya nos tienen acostumbrados. La inutilidad de las instituciones europeas para poner solución a los problemas queda de manifiesto cada vez que aparece alguna crisis. La parálisis de la UE es evidente. Las soluciones a los problemas internos quedan aplazadas durante años en cuanto aparece algún alto en el camino, mientras la voz europea en la escena mundial queda relegada a un papel de mera comparsa del imperio estadounidense. Ni dentro, ni fuera: Europa simplemente no existe, no está cuando se le requiere. La última decepción viene en forma de insolidaridad, de negación de ayuda a España cuando el país atraviesa la peor crisis migratoria de la historia reciente. Esta es la gota que colma el vaso, pero, tristemente, hay más agravios que demuestran su total incompetencia.
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Tras la desarticulación de la trama terrorista que pretendía explotar aviones en vuelo entre el Reino Unido y Estados Unidos hay que tener ciertas precauciones. Si eres musulmán, o árabe, o simplemente lo pareces, te conviertes automáticamente en sospechoso de querer atentar contra los occidentales que te rodean. Debes soportar impávido la humillación de sentir decenas de miradas recelosas en el cogote mientras viajas en un medio de transporte o caminas por la calle. Has de ser cuidadoso y medir todos tus movimientos para evitar que la gente desconfíe de tus intenciones. Así que nada de trastear tu teléfono móvil en el tren, ni de sacar una botella para dar un trago de agua en el avión y, ni mucho menos, dirigirte a tu compañero de asiento, árabe como tú, en vuestra lengua materna. Si no sigues estas reglas, te arriesgas a que el resto de los pasajeros se niegue a volar contigo, a que el avión vuelva al aeropuerto y a que te detengan bajo la acusación de tener "comportamientos inquietantes". Ah, se siente, haber nacido en esta parte del mundo. Tienes que asumir que Occidente ha abierto la veda de la islamofobia.
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Si los inmigrantes pudieran votar, ¿por qué tendencia política se decantarían? ¿Por la izquierda que les ha concedido 'papeles' a través de la famosa regularización? ¿O por la derecha que ha construido su discurso basándose en una cierta criminalización de los extranjeros? Quizá me precipite, pero parece bastante obvio que, en caso de acudir a las urnas, los inmigrantes preferirían votar al partido del Gobierno que ha legalizado su residencia en España a cambio de demostrar que están desempeñando un trabajo en el país. Teniendo esto en cuenta, también parecen obvias las intenciones del Ejecutivo cuando "promueve que los inmigrantes voten en las municipales", según se leía esta mañana en la portada de El País. El Gobierno sabe que la extensión del derecho a voto a los inmigrantes beneficiaría electoralmente a la izquierda. Y no va a dejar escapar la oportunidad.
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