¿Por qué la gente hace lo que hace? La película turca “Érase una vez en Anatolia” –Premio Especial del Jurado en Cannes– nos propone un viaje al final de la noche, que nos enfrenta al lado oscuro de la naturaleza humana. La historia de un crimen y un cuerpo enterrado en medio de la estepa, nos lleva a preguntarnos cuál es la condición del alma humana.
Su director, Nurí Bilge Ceylan, dice: “Mi propósito principal al hacer un film, es tratar de entender mi propia alma. Conozco la oscuridad en mi alma, la debilidad en mi corazón… ¡no soy alguien especialmente bueno! Para mí, hacer películas es un intento de aprender más sobre mi lado oscuro, y dar así algo de sentido a mi vida.”
El relato nace de una experiencia real. Un médico le contó a uno de los guionistas –que también es médico, Ercan Kesal– cómo tuvo que acompañar a la policía de madrugada, en busca de un cadáver. El film nos presenta a estos hombres, desplazándose en coches de un lugar a otro, acompañando a un fiscal, que es conducido por un asesino, hacia el lugar en que se encuentra enterrado el cuerpo de su víctima.
La vida, como la serpenteante carretera que recorre esta desértica estepa, está llena de secretos. A cada vuelta del camino, da la impresión de que algo va a ocurrir en cualquier momento, detrás de una pequeña colina. En esta vida –dice Ceylan–: “No sólo nos protegemos, sino que nos engañamos. Quizá eso es lo más difícil de entender para nosotros… ¡que ni siquiera conocemos la realidad sobre nosotros mismos!”.
“¿Qué estás dispuesto a creer?”, dice la publicidad de la película “Luces Rojas” –que aparece ahora en DVD–. No hay duda que algunas personas son especialmente crédulas, pero otras no. ¿Es por eso que algunos pueden creer cosas que a otros les parecen increíbles?
La escéptica doctora Matheson –interpretada por Sigourney Weaver– se dedica a desenmascarar fraudes paranormales con su asistente Tom –el camaleónico Cillian Murphy–, un aficionado al ilusionismo que, como Houdini, descubre los trucos de médiums como Paladino –Leonardo Sbaraglia, que lleva el nombre de una leyenda del espiritismo del siglo pasado–. Nada más comenzar el film, entramos en una casa supuestamente embrujada, para descubrir que es una niña la que provoca los fenómenos, para volver a su antiguo hogar.
Aunque el nombre de la doctora sea un homenaje al autor de El increíble hombre menguante, El diablo sobre ruedas, o La leyenda de la casa del infierno, el director gallego Rodrigo Cortés no ha querido hacer una película fantástica, sino “un thriller político de los 70, como si uno asistiera a una trama rigurosa de investigación con una especie de fondo de investigación, no periodística, sino científica”.
Lo que pasa es que “llega un momento –como observa Cortés– en que la película se quiebra dramáticamente en su mitad, recorriendo nuevos senderos, comienza a convertirse en una experiencia mucho más subjetiva, más psicológica, vivida casi en primera persona”. Es ahí donde la crítica encuentra que su obra se malogra. Ya que aunque el director, productor, guionista y montador de “Luces rojas”, cree que el film “no propone ninguna conclusión”, termina con cualquier ambigüedad en el peor desenlace posible.
El esperado tercer largometraje de Cortés, después de su sorprendente “Concursante” (2007) y aclamado “Buried” (2010), está destinado al ámbito internacional. Se presentó en el festival de Sundance, invocando el magisterio de Hitchcock y el thriller psicológico de Pakula, Pollack, Lumet o Frankenheimer. La primera parte es más directa y naturalista, para desmontar, con la razón, todos los casos de experiencia paranormal que se presentan. La segunda es una contradicción sin sentido.
Algunas cosas parecen demasiado buenas para ser ciertas. Mark Twain decía que la fe es “creer en lo que sabes que no es así”. Muchos la ven, por eso, como un concurso de televisión, donde tienes que apostar todo de una vez. Es el gran salto en la oscuridad, con la esperanza de que haya un Dios allí que te recoja. La fe de Abraham, sin embargo, no fue una fe ciega.
He estado dos veces en la exposición que ha venido al CaixaForum de Madrid –después de estar en Barcelona–, sobre Mesopotamia (3500-2100 a.C.), Antes del Diluvio . Viene del Museo Penn de Filadelfia, para el que trabajaba Leonard Woolley, el arqueólogo británico que excavó la ciudad de Ur, en los años veinte. Agatha Christie visitó entonces las ruinas y se enamoró de su asistente, Max Mallowan. Se casaron en 1930 y escribió una novela que se llama Asesinato en Mesopotamia .
Para el lector de la Biblia, visitar esta muestra es algo tremendamente sugerente. Al fin y al cabo, es de aquí de dónde venía Abraham. Los pueblos mesopotámicos crearon en el siglo IV a.C. las primeras ciudades en las marismas del delta del Tigris y el Éufrates, al sur de la actual Iraq. La primera fue Uruk, que tuvo entre 35 y 80.000 habitantes. Estableció la primera red de comunicaciones del mundo antiguo, con sus vías, canales y postas. Luego vino Ur, la ciudad de Abraham, que llegó a tener entre 200 y 350.00 habitantes, siendo sólo superada por Roma, dos mil años más tarde.
¿Puede alguien cambiar totalmente? Algunos se ufanan de haber dejado el tabaco o perdido peso, por su fuerza de voluntad. Aunque por cada uno que lo logre hay otros muchos que parece que no lo conseguirán jamás. Hay quien ha dejado de drogarse o beber alcohol, pero ¿no serán siempre ex-drogadictos o ex-alcohólicos? Muchos dudan que un cambio radical sea posible.
“Nadie con menos de cincuenta años, sabe siquiera quién soy –pensaba el recientemente fallecido Harry Reems–, a no ser que seas un historiador del porno, y eso sí que me parece enfermizo” –decía, riéndose, el hombre que pasará a la Historia por ser el primer actor procesado por un tribunal federal a causa de una película–. Ya que “Garganta profunda” no es sólo el nombre del confidente que provocó la caída de Nixon por el escándalo Watergate. Viene del título de la película que ese año, 1972, introdujo el porno duro en los cines de Estados Unidos.
Hoy, sus dos protagonistas, Harry Reems y Linda Lovelace, están muertos. Lo que pocos saben es que los dos “nacieron de nuevo” veinte años antes, cuando se convirtieron al cristianismo, después de dejar la pornografía.
Si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué permite la muerte de un niño? La pregunta a la que se enfrentó Dostoievski vuelve en la última novela del escritor judío norteamericano Philip Roth , que anuncia con este libro su despedida de la literatura. La lectura de esta historia –“magistralmente construida y llena de suspense con un ingenioso giro hacia el final”, como dice el Premio Nobel, Coetzee–, me ha conmovido profundamente. “Némesis” nos habla de la culpa y el destino, el misterio de Dios y el problema del mal.
A sus ochenta años, Philip Roth se ha despedido de la literatura, consciente de que se le acaba el tiempo. Ya sólo relee sus novelas favoritas. Su nombre suena todos los años como candidato al Premio Nobel. Galardonado con el Príncipe de Asturias, en 2012, no pudo ir a recogerlo, porque estaba recuperándose de una intervención quirúrgica. En su último libro, “Némesis”, regresa a la ciudad donde nació, Newark (Nueva Jersey), para recordar un sofocante verano, cuando niños como él, morían en una epidemia de polio en 1944.
El documental que ha ganado los premios más importantes este año –Oscar, Bafta, Sundance–, nos habla de alguien que seguro que no has oído antes. Sixto Rodríguez es un cantautor norteamericano de origen mexicano, que grabó dos discos a principios de los años setenta. Nadie supo más de él, hasta que sus canciones se convirtieron en himnos contra el apartheid, en Sudáfrica. Se decía que se había quemado vivo o pegado un tiro en medio del escenario. Un periodista quiso saber cómo murió y escribió un artículo llamado Buscando a Jesús . Su historia, la cuenta el documental Searching For Sugar Man.
Alabado como el nuevo Bob Dylan, fue descubierto por un antiguo productor del mítico sello afro-americano Motown –Clarence Avant–, a finales de los sesenta. Los álbumes que publicó, tuvieron buenas críticas, pero no vendieron mucho –seis copias, el primero, dice Avant, o sea que no lo compraron más que un par de amigos y familiares–.
Es cierto que su carácter tímido no ayudaba mucho. Cuando cantaba en un bar, lo hacía de espaldas al público. El nombre de este inmigrante mexicano, trabajador de la construcción, no tardó en olvidarrse.
“Hay varios hipnotizantes misterios circulando en Searching For Sugar Man, un inmensamente atractivo documental sobre admiradores, fe y un enigmático músico de la Era de Acuario, que brilló luminosa y esperanzadoramente, antes de desaparecer” –dice Manohla Dargis en el New York Times –. Su título hace referencia a un traficante de droga, Sugar Man , pero es el apodo también de un aficionado surafricano –Stephen Segerman–, que cuenta cómo sus canciones inspiraron una reacción contra el establishment del apartheida principios de los años setenta.
La película Hitchcock recrea el rodaje de Psicosis (1960) –al que le dedican ahora un libro, varios autores españoles, Regreso al Motel Bates –, mientras una serie de televisión habla de cómo hizo Los pájaros, y críticos de todo el mundo eligen Vértigo como la mejor obra de la Historia del cine –en vez de la habitual Ciudadano Kane –. ¿Qué tiene “el mago del suspense ” , para seguir sorprendiéndonos?
En primer lugar, Hitchcock (1899-1980) es el primer director estrella de la Historia del cine. Hasta entonces, todo el mundo iba a ver una película de algún género, porque le gustaba cierto tipo de historias, o le atraía un actor o actriz famosa, pero a nadie le interesaba el nombre del director. De repente, la gente empieza a decir que va a ver “una de Hitchcock”, como si su obra fuera un género en si mismo.
Su mitificación por la crítica francesa de los años cincuenta, le convierte en el autor por antonomasia del séptimo arte. Su libro de conversaciones con François Truffaut sigue siendo la obra más reeditada de la literatura cinematográfica. Es probablemente el único director que admiran por igual tanto los cinéfilos como el gran público, siendo reconocido tanto por su interés artístico como por su valor comercial.
Vivimos en un mundo que no cree en milagros. Hemos puesto a Dios fuera de los límites del universo y entronizado a la razón en su lugar. Por lo que sin lo sobrenatural, el cristianismo no tiene sentido. Es sólo otra filosofía de vida.
Muchos olvidan que hasta en la cruz, cuatro milagros nos muestran quién es el Crucificado. El personaje de “Barrabás” está intrigado por la primera de estas señales, en la interesante novela del Premio Nobel de Literatura sueco de 1951, Pär Lagerkvist –que Richard Fleischer llevó al cine en 1961 con Anthony Quinn–.
Para aquellos que no somos muy aficionados al cine bíblico –poco fiel a la Escritura y no muy buen cine, en general–, el atractivo de Barrabás es que empieza donde las películas sobre Jesús acaban: con su muerte y su resurrección. Se parece más, de hecho, a una de romanos –lo que ahora llamaríamos un péplum –. Es una película oscura, violenta y algo deprimente, que no se parece al cine religioso al que Hollywood nos tiene acostumbrados. Lo que me llevó a leer el libro de este escritor luterano, esta Semana Santa.
Lo imposible es la sorprendente, pero verdadera historia de una familia española que sobrevivió al tsunami en Tailandia, el año 2004. La madrileña María Belón se convierte en el cine en Naomi Watts –nominada al Oscar como mejor actriz–. La película –dirigida por el catalán Juan Antonio Bayona, Premio Goya al mejor director– está hablada en inglés, aunque es una producción totalmente española. Estrenada estas navidades en el resto del mundo, sale ahora en DVD, pero se mantiene todavía en cartel –se ha convertido de hecho en la película más taquillera del cine español–, aunque no ha recibido aquí tan excelentes críticas como en Estados Unidos –donde Roger Ebert la ha calificado como una de las mejores del año pasado–.
Ninguna película se debe juzgar por su tráiler, menos aún ésta. Lo que uno espera encontrar, cuando va a ver Lo imposible, es un film de desastres, saturado de efectos especiales. Esta es, sin embargo, una historia donde los afectos son más importantes que los efectos digitales. No se busca el impacto fácil, ni el más difícil todavía. Cuando el tsunami arrasa el recinto hotelero, te impresiona, pero la espectacularidad está contenida. Llena de detalles y planos aéreos, la perspectiva es la del ojo divino, que mira el desastre desde arriba, mientras uno permanece ciego a sus propósitos.
El film comienza y acaba con un avión volando sobre un océano tranquilo, silencioso e inmenso. Es una poderosa imagen, que uno se lleva consigo de este emotivo relato sobre el caos que desgarra a una familia. Un momento, todo es idílico en este lugar de vacaciones paradisíaco. Un instante después, todo se destroza, en la cruel devastación de una horrible carnicería.
Estamos ante una realidad abrumadora. La sensación de pérdida, que logra transmitir esta historia, muestra cómo todo lo que tienes, te puede ser arrebatado cuando menos lo esperas.
“Estamos tan acostumbrados a disfrazarnos ante los demás, que al final nos disfrazamos ante nosotros mismos”.Con esta cita en francés de François de la Rochefoucauld, se abre la nueva novela de Javier Cercas, Las leyes de la frontera. Su lectura me ha impresionado profundamente.Hay libros que son “como un espejo, no es uno el que los lee a ellos, son ellos los que lo leen a uno” (p. 381).
Cuando leí los primeros comentarios en la prensa, no me llamó demasiado la atención. Las novelas de Cercas siempre me han atraído –no tanto sus artículos, que, como los de Javier Marías, se pierden a menudo en la vorágine política del momento–, pero su nuevo libro parecía otro acercamiento periodístico a la Transición a la democracia en España (1975-1982), que me recordaba demasiado a su libro anterior sobre el intento de golpe de estado en 1981 – Anatomía de un instante –. Me equivoqué.
Las leyes de la frontera es probablemente una de las obras más personales que ha hecho Javier Cercas. Cuando saqué el libro de la biblioteca –para darle una oportunidad, que es lo que hay que hacer cuando los prejuicios nos superan–, me sentí atrapado desde la primera página. El regreso a esta España de finales de los años setenta, me trajo los recuerdos no sólo de mi generación –Cercas nació el 62, yo el 64–, sino los miedos de una edad, cuando las fronteras están más diluidas que nunca.
Este es un libro sobre la confusión de la adolescencia, cuando uno se intenta alejar de la familia y escapar de la rutina. Nos trae la memoria del primer amor y el despertar del sexo, pero sobre todo la tragedia de la pérdida de una inocencia que nunca recobraremos. Hace un relato alternativo a la historia oficial de la Transición, “que ha olvidado la cruz para fijarse solo en la cara limpia y mitificada” (Luis de León Barga). Nos enfrenta al lado oscuro de sus incertidumbres y las falsas verdades.
La muestra Catástrofe bajo el Vesubio exhibe más de quinientas piezas de uno de los yacimientos arqueológicos más atractivos del mundo: las ruinas de Pompeya. El Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid reconstruye sus últimos días. Una tarde de agosto del año 79 después de Cristo, el volcán entró en erupción. En sólo dos días, sepultó completamente las poblaciones de Pompeya, Herculano y Estabia. Su destrucción bajo la ceniza, ha conservado los restos casi intactos de este importante centro del mundo romano, que nos sigue fascinando.
“Pompeya era la miniatura de la civilización de aquel tiempo”, dice Bulwer-Lytton en su clásica novela sobre Los últimos días de Pompeya:“En el reducido espacio que había entre sus murallas tenía una muestra de cada objeto lujoso que se podía adquirir con el poder. En sus tiendas pequeñas, pero brillantes, en sus palacios, en sus baños, en su foro, en su teatro, en su circo, en toda la energía de su corrupción, en su civilización llena de vicio, en sus gentes dominadas por él, mostraba un modelo de todo el imperio. Era un juguete, una óptica en la que los dioses parecían complacerse conservando la representación de la gran monarquía de la tierra. Robándola a los ojos de los tiempos para darla a la admiración de los siglos futuros y a la máxima según la cual no hay nada nuevo bajo el sol”.
¿Se puede estar cuarenta años sin grabar un disco y luego, hacer el mejor del año? Eso es lo que ha hecho el cantautor británico Bill Fay. Aunque ahora es elogiado por todos –desde Nick Cave a Jeff Tweedy de Wilco–, no había hecho un álbum completo en estudio, desde 1971. Life Is People ( La vida es gente ) encabeza estos días las listas de lo mejor del año.
Conocí este disco por medio de José Pablo Fernández, la persona que, junto con Pedro Tarquis, más ha logrado llenar la red con mis textos y grabaciones –¡suyo es el mérito, míos los defectos!–, desde hace ya casi diez años –cuando todavía utilizaba la máquina de escribir–. Compré el CD en Londres, mientras su nombre volvía a llenar las portadas de las revistas musicales. Desde su primera escucha, me hizo deshacer en lágrimas. Es de una belleza sobrecogedora.
Bill Fay es uno de los secretos mejor guardados de la música inglesa. Lo que no es ningún secreto desde hace cuarenta años, es que él es cristiano . Es cierto que su música no lleva la etiqueta de “cristiana” –entre otras cosas, porque sólo las personas pueden tomar su cruz cada día y seguir a Cristo–. La sombra de la cruz se extiende, sin embargo, desde la primera canción de este álbum…
Sábado, 25 de mayo
Francisco Baena Calvo
Emma Martínez
Angel Moreno
Juan Fernandez Krohn
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Guillermo Gazanini Espinoza
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Josep Maria Tarragona