Para la gente que la recuerda, ha muerto la reina de la música disco de los años setenta; para su iglesia en Boston, ha partido con el Señor la hermana Summer. Este contraste acompaña la vida de muchos músicos afroamericanos, pero en el caso de Donna –que tuvo una clara experiencia de conversión en 1979–, nos muestra también el desafío de aquellos creyentes que quieren mantener su carrera, al margen del mundo del góspel. Sobre eso trataba la entrevista que publiqué en 1983.
Yo tenía entonces diecinueve años. Hacía un programa para la COPE –gracias a Luis Alfredo–, llamado Góspel Club FM, mientras estudiaba periodismo en el edificio gris de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Estaba en aquella época entretenido con músicos cristianos, en medio de la vieja discusión entre lo sagrado y secular que ahora me aburre tanto.
La música de Donna Summer nunca me ha interesado especialmente, ni siquiera en los años ochenta –cuando vendía millones de discos y llenaba las pistas de todo el mundo–. Como chico de iglesia que era, no solía frecuentar discotecas. Y los ritmos de baile, como todo el mundo sabe, no es música simplemente para escuchar. Era otra cosa lo que me fascinaba de esa mujer, que conocí en Inglaterra, a principios de los años ochenta.
Donna Summer: la hija pródiga (J. de Segovia)
Lo que me atraía de ella, era la opción de alguien que había llegado a la fama en la industria del entretenimiento, pero que al encontrar una fe auténtica, no quería convertir su condición de estrella en una excusa para ser un tipo especial de cristiano, o una plataforma para la promoción evangélica.
Esa posibilidad, sencillamente, no la había contemplado hasta entonces. Por eso que quiero dedicar estas líneas a una mujer que –como ha dicho su familia– tenía “muchos dones, pero el mayor de ellos era la fe”.
UN DON EXTRAORDINARIO
Como dice la escueta nota que ha dado a conocer su muerte, “su más grande don fue la fe”. Lo fue desde que nació en 1948 en Boston. Se crió en una congregación, al extremo sur de la ciudad, de la Iglesia Metodista Episcopal Africana, una denominación protestante afroamerican a –fundada en Filadelfia en el siglo XIX, a causa del racismo que había en la Iglesia Metodista–. A ella asistía LaDonna –como se llamaba realmente, LaDonna Adrian Gaines– con sus seis hermanos. Cantaba en el coro desde los ocho años y estaba tan comprometida con esta congregación, que le mandaba el diezmo de todo lo que ganaba, a pesar de llevar décadas viviendo en Nashville.
Su padre era un carnicero, que tenía un ministerio en la iglesia. “Yo sé que mis padres oran por mí” –decía en aquella entrevista–. Su madre era una maestra de escuela, con la que tuvo una relación muy especial. Cuando era niña –contó en esa ocasión–, le dio un curioso regalo: un grano de mostaza. “No sabía qué hacer con ello”. A sus hermanas les había dado una muñeca, pero a ella le recordó, su madre, las palabras de Jesús: “Si tienes mucha fe, Donna, puedes mover montañas”.
Ella creía que lo más importante que recibió de su familia era aprender a orar . Lo recordó en un concierto en 1999 –al interpretar la canción de Yolanda Adams, Riding Through The Storm –, después de morir su madre y su hermana: “Mi madre me enseñó algo importante, que no importa lo que hagas y dónde vayas, siempre tendrás un amigo en Jesús”. Por eso “aunque estés paralizado por dentro, ¡clama a Él!” –decía–.
UN PAÍS LEJANO
¿Cómo llegó esa chica de iglesia a jadear diecisiete minutos, imitando el acto sexual, en una canción erótica como Love Love You Baby, prohibida en 1976 en las principales emisoras de radio, europeas y americanas? Fue una adolescente difícil, que dio muchos problemas en el instituto y tuvo problemas con sus padres, escapándose de casa, para ir a fiestas, mientras formaba grupos de música con chicas que querían emular los ídolos de la Motown –como las Supremes o Martha & The Vandellas –. Unas semanas antes de graduarse, se marcha a Nueva York en 1967, donde entra en una banda de rock psicodélico llamada Crow.
Al disolverse el grupo, hace una prueba para el musical Hair en Broadway y entra en su versión alemana, mudándose a Münich, donde aprende la lengua germana. Continúa en otros musicales de la época hippy como Godspell –que no tenía nada de góspel, por cierto–, para irse tres años después a Viena. Allí graba su primer disco sencillo, una versión alemana de la canción Aquarius de Hair. En 1974 se casa con uno de los actores de la obra, el austriaco Helmut Sommer –que le da el apellido Summer–. Juntos tienen una hija llamada Mimi.
En Münich conoce al productor de origen italiano Giorgio Moroder. Con él hace su primer álbum –que tiene sólo distribución europea–. Moroder compone las canciones y Peter Bellotte, las letras, pero juntos crean el sonido electrónico que va a caracterizar toda la música de baile a partir de ahora. La extraña combinación de una voz, formada en la iglesia –como la de Summer–, con los gemidos sensuales de Love, Love You Baby (1975) forman la banda sonora de una época, que hace del hedonismo la llave de la felicidad. Donna no quiso volver a cantar esa canción, después de su conversión en 1979.
VUELTA A CASA
Al año siguiente de su boda, Donna está ya divorciada –aunque conserva el apellido de su primer marido como nombre artístico–. Tiene relación con un pintor austriaco, con el que vive en Los Ángeles, mientras hace una trilogía de discos con Moroder y Bellotte sobre el amor. En realidad está tan deprimida, que intenta suicidarse a finales del año 76. “Me había vuelto muy infeliz y me sentía vacía todo el tiempo” –contaba en aquella entrevista–. No entendía por qué, ya que tenía “una casa, un coche, una hija preciosa, una maravillosa carrera, un novio guapo, ¿qué echaba en falta?”.
Se da cuenta de que “no era feliz”. Se “sentía vacía y sin sentido”. Ella lo recordaba como “un tiempo muy solitario”, que se “sentía sola todo el tiempo, a pesar de estar rodeada de gente” . Tiene problemas con las drogas y una manía depresiva de tendencia suicida. Fue entonces cuando Dios oyó su llanto, pidiendo ayuda, y abrió sus brazos para recibirla de nuevo. Ella veía su conversión como resultado de una serie de cosas, que interpretaba en clave del hijo pródigo, pero donde Dios tiene un papel claramente activo. Es por eso que su familia describe su fe como un don, un regalo, algo inmerecido ( Efesios 2:8). Fue alguien consciente siempre de la gracia de Dios.
“Dios me ha permitido alejarme, como si dijera: Bueno, hija mía, si no quieres vivir para mí, vete y haz lo que quieras ” –decía–. Es cuando se ve al final de ese camino, como el hijo pródigo, rodeada de miseria, que un día: “Estaba en la cama y levanté mis manos al cielo y dije: Dios, ¿qué quieres de mí? Entonces un pastor amigo mío, vino a casa y me habló acerca de Jesús y dije: Si, eso ya lo sé. Pero él oró conmigo y de repente todo aquel peso que me había estado oprimiendo durante años, se marchó. Sentí como si alguien me quitara toneladas de encima. Me sentí como una nueva persona y como si tuviera toda la vida por delante. Ya no tenía aquel sentimiento de vacío y asco.”
LA FE QUE MUEVE MONTAÑAS
La fe de Donna movió montañas. Ya no tomaba drogas, no bebía, ni fumaba, pero siguió teniendo problemas con la depresión hasta principios de este siglo. Mucha estabilidad le dio la familia que formó con Bruce Sedano . Le conoció el año de su conversión, cuando grabó un disco que lleva el significativo título de El cielo lo sabe (1979). La acompaña un grupo llamado Brooklyn Dreams, que había formado Sedano, con el que se casa en 1980 y tiene su siguiente hija, Brooklyn.
“Los dos fuimos bautizados el día antes de casarnos –contaba en la entrevista–. Fue muy bonito. Estábamos solos con el pastor Jack de la Iglesia del Camino –se refiere a Hayford, el pastor pentecostal de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular, que les bautizó–. No había nadie, excepto el Señor, el pastor Jack y nosotros, y quién sabe si ángeles. Fue una época muy intensa, espiritualmente, para los dos.”
Como en el caso de Bob Dylan en la Comunidad de la Viña en 1979, estos artistas no sólo eran bautizados a solas, sino que no solían asistir a los locales de sus congregaciones, por la cantidad de gente que los frecuentaba, esperando verlos. Tenían estudios bíblicos en casa y una atención pastoral, que acompañó su continua tendencia a la depresión. Como tenía tal imagen de símbolo sexual, muchos cristianos –como el hermano mayor de la parábola–, pensaban que tenía que dar evidencia de su conversión con canciones que hablarán de su fe, algo que ella no hacía habitualmente.

LUCHANDO CON SU IMAGEN
Todavía hoy, su nombre evoca canciones como Algo caliente ( Hot Stuff ) o Chicas malas ( Bad Girls ) –aunque recuerdo que en aquella entrevista comentó que si alguien se tomara la molestia de leer la letra de esta última, vería que era una canción de crítica social–. Presentada como objeto sexual, la imagen tentadora de sus portadas parecía sugerir más erotismo que espiritualidad.
Incluso un álbum como She Works hard for the Money –hecho con cristianos como Michael Omartian o Matthew Ward de 2º Capítulo de Hechos –, nos la presenta como una camarera demasiado provocativa para un público cristiano, que como el hermano mayor del hijo prodigo se resentía ante el Amor incondicional, al que cantaba.
“Si la Iglesia me encuentra escandalosa, espero que oren por mí. Hago todo lo que puedo. Sólo creo en Dios y Cristo, oro, leo la Biblia, voy a la iglesia. No puedo hacer nada más. Sólo puedo esperar que esté siendo guiada por la voz de Dios a hacer lo que es su voluntad.” Paradójicamente, mientras el mundo cristiano la criticaba, el resto de la gente pensaba que se había vuelto demasiado religiosa.
El público gay –que había hecho de ella una diosa– no pudo olvidar sus declaraciones sobre la homosexualidad en los ochenta, cuando habló del SIDA como un castigo de Dios. “Yo amo a esta gente y no la estoy condenando, sólo por lo que hacen –decía entonces–. Espero que lleguen a conocer el amor de Cristo. Yo no lo conocía antes. Estaba tan ciego como ellos. Viví con un chico bisexual cuando era joven y fue una pesadilla. He cometido adulterio en mi vida. Sé cómo es eso y puedo decirte, que aunque estaba ciega cuando lo hacía, el pecado de adulterio no me dejó por un tiempo. Tuve terribles ataques de ansiedad. Y cuánto más vivía en pecado, más profunda era la depresión.”
EL DIOS PRÓDIGO
La parábola preferida de Donna, se suele conocer como el hijo pródigo ( Lucas 15:11-32) , a pesar de que Jesús comienza su historia diciendo que “un hombre tenía dos hijos”. El relato trata de hecho tanto del hijo mayor, como del menor. Se podría llamar por eso los dos hijos perdidos, sino fuera porque el verdadero protagonista es –como nos muestra el profesor Ed Clowney y el predicador de Nueva York, Tim Keller– un Padre que nos revela al Dios pródigo, que no menoscaba ningún gasto para mostrar su generosidad a aquellos que han malgastado toda su vida, queriendo vivir con todo lo que Él nos da, pero sin Él.
Hay dos formas en que la gente intenta buscar felicidad y satisfacción. Unos por la conformidad moral del hermano mayor, y otros por el tortuoso camino del autodescubrimiento, que representa el hermano menor. Cada uno de nosotros se inclina por su carácter a uno de ellos, aunque a veces oscilamos entre uno y otro, o mantenemos a un hermano menor oculto –bajo la apariencia del hermano mayor–, en una doble vida, que permanece escondida a los ojos de muchos.
Lo sorprendente de esta historia es que ambos están alienados del Padre. Esta parábola nos enseña que Jesús nos salva, no sólo de nuestras maldades, sino también de nuestras bondades . Ya que no son los pecados del hermano mayor, los que crean una barrera entre él y su padre, sino el orgullo de su carácter moral. No es su maldad, sino su propia justicia, la que le impide entrar en la fiesta del Padre.
EL PRECIO DE LA GRACIA
El hermano mayor tenía que cuidar de su hermano, pero se siente tan superior a él, que es incapaz de perdonarle. Habla de él, como si ni siquiera fuera su hermano – tu hijo, le dice a su padre–. Vive sin embargo su servicio a él como una esclavitud, sin gozo ni amor, esperando recibir una recompensa, que finalmente no corresponde a lo que espera.
Al gastar todo lo que tiene en el hijo que se había perdido, el Padre nos muestra el Hermano Mayor que necesitamos. Aquel que no sólo nos busca en una tierra lejana, sino que deja el cielo mismo, para venir a la tierra, a pagar con su propia vida nuestra deuda. Recibe la alienación, la soledad y el rechazo, que nosotros merecíamos, al rebelarnos del Padre. Sufre nuestro castigo en la cruz, bebiendo la copa de la justicia eterna, en vez del gozo del Padre.
Lo único que puede cambiar entonces un corazón lleno de miedo y resentimiento, en uno repleto de amor y gratitud, es la seguridad del amor de un Padre, que no ha escatimado entregar hasta su propio Hijo por nosotros ( Romanos 8: 32). Este Dios pródigo, se vació de su gloria, para hacerse siervo. Con esa entrega sacrificada, nos da la seguridad de que nada nos podrá separar de su amor eterno (vv. 35-39). Ese es el amor que ahora disfruta Donna, por toda la eternidad.
Me ha llevado mi hija a ver una exposición de Robert Louis Stevenson (1850-1894) –el autor de La isla del tesoro o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde - en Edimburgo, donde está acabando la carrera de filología inglesa. Ella tiene ahora la misma pasión que yo –cuando era adolescente– por este escritor, cuya obra todavía me conmueve.
“Una voluntaria convulsión de la naturaleza bruta”, son las últimas palabras que escribió en la amplia veranda de su casa en una isla del Pacifico, el día que murió de una hemorragia cerebral, cuando tenía 44 años. Enfermo de tuberculosis, observa: “durante catorce años, no he tenido un solo día de salud; me he despertado enfermo y he ido a la cama agotado”. Estaba increíblemente delgado, apenas una bolsa de huesos, pero sentía intensamente, lloraba fácilmente y amaba libremente.
El exilio de Samoa le había traído la nostalgia de sus ancestros escoceses, que rememora en sus últimas cartas y la novela que dejó, como la historia de su vida, inacabada. El exilio es un estado de mente –como observa su biógrafo Ian Bell–, tanto como una condición del corazón o una situación física. Nos lleva a preguntarnos quiénes somos y qué hacemos aquí…
EDUCACIÓN PRESBITERIANA
Los padres de Stevenson –como los míos– fueron devotos presbiterianos, pero –como yo– tampoco tuvo una educación estricta. Su familia, por parte de padre, eran ingenieros constructores de faros. Mientras que por parte de madre, los Balfours, eran pastores protestantes. Ambas tradiciones no estaban contrapuestas. Aunque su padre rechazó tener responsabilidades en la iglesia, tomaba en serio su fe. Su calvinismo le daba “un morboso sentido de su propia indignidad”, recuerda el escritor.
La tradición evangélica era tan importante entonces en Escocia como el whisky. Stevenson escuchó tantos sermones de su abuelo – Lewis Balfour (1777-1860) –, como historias de su niñera –Alison Cunningham, que llamaba cariñosamente Cummy– sobre los mártires de la fe reformada – los Covenanters–, El progreso del peregrino –la alegoría del pastor bautista John Bunyan– y la Biblia entera –tres veces, antes de saber leer–, mientras pasaba los días en la cama, enfermo . No es extraño que se dedicara a “jugar a la iglesia”, construyendo con sillas y mesas un púlpito, para hacer de pastor.
El Shabbath era guardado el domingo en Escocia, de una manera tan rígida que no se permitió el tráfico de trenes hasta 1860. El calvinismo dominaba la clase media, que tenía el control de los ayuntamientos, ordenando la vida pública como la escuela dominical. El presbiterianismo se rompió en Escocia en 1843, cuando Thomas Chalmers –fundador de la Alianza Evangélica–, sale de la asamblea general para librar a la iglesia del patrocinio de los ricos, que podían establecer al pastor que quisieran en su parroquia. Como no era una discusión sobre los fundamentos de la fe, sino sobre la independencia de la Iglesia, sus padres se quedaron en la iglesia estatal .

LA SOMBRA DEL PADRE
En 1867 su padre adquiere una casa de vacaciones, a los pies de los montes de Pentland. En ese lugar, en 1666, unos soldados buscaban Covenanters –presbiterianos aliados frente a la interferencia de la monarquía de los Estuardo en la Iglesia de Escocia–. Encontraron entonces un anciano, al que empezaron a maltratar cuando se negó a pagar una multa. Iban a marcarle con hierro ardiendo, cuando los habitantes de su aldea se enfrentaron a la guarnición. A causa de ello, murieron cientos de Covenanters, que inspiraron al joven Stevenson a escribir su historia –cuando tenía sólo 16 años–, en su primer libro –publicado privadamente por su padre en 1866, a los doscientos años de la matanza–.
Hijo único, hasta en su último libro inconcluso Stevenson lucha con la imagen de su padre, cuya justicia le alejaba del Padre celestial, en quien él creía. Hasta el final de su vida, el escritor mantuvo un vago teísmo, imposible de relacionar para él con los terrores del infierno, sobre el que le advertía su niñera. Para ella, jugar a las cartas e ir al teatro era pecado –cosa que sí hacían sus padres–. En la Universidad tiene una crisis de fe y empieza a frecuentar el lado oscuro de las calles de Edimburgo . Según sus biógrafos, tiene entonces una relación romántica con una prostituta, cuyo nombre evoca el personaje de Catriona.
Su ropa se hace cada vez más bohemia, dejándose crecer el pelo y no quitándose nunca la chaqueta de terciopelo, que aparece en la mayor parte de sus retratos. Entra entonces en un club con su primo, que se caracteriza por “rechazar todo lo que nuestros padres nos han enseñado”. Cuando su padre lo descubre, tienen una discusión que lleva a la ruptura entre ellos. “¡Qué condenada maldición soy para mis padres!” –escribe–. Mi padre me dice: Has hecho que toda mi vida sea un fracaso. Mi madre asegura: Esta es la más pesada aflicción que me ha caído. ¡Oh, Señor, qué agradable es haber condenado la felicidad de probablemente las dos personas que malditamente menos importas en esta vida!”.
EL LADO OSCURO DE LA VIDA
En la exposición que veo con mi hija, hay un mueble que tenía Stevenson de niño en su habitación, que perteneció a la legendaria figura del Diácono Brodie (1741-1888). Este fabricante de armarios que fue presidente de la Cámara de Comercio y canciller de la ciudad, se descubrió que llevaba una vida secreta como ladrón y jugador, siendo finalmente ejecutado en la horca. La dicotomía entre su fachada al mundo y su naturaleza oculta, inspiró la obra que da lugar a El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde .
Junto con otros relatos que leí en mi adolescencia, como Markheim, muestra la obsesión de Stevenson por la dualidad del ser humano. La exhibición sugiere también Romanos 7 como la principal fuente de inspiración del Dr. Jekyll y Mr. Hyde . Su protagonista “reflexiona profunda y repetidamente sobre esa dura ley de vida que constituye el meollo mismo de la religión y representa uno de los manantiales más abundantes de sufrimiento”, que llama “la doble naturaleza del hombre”.
El problema es de tal dimensión, que su personaje observa como: “a pesar de mi profunda dualidad, no era en sentido alguno hipócrita, pues mis dos caras son igualmente sinceras”. Ya que “era el mismo yo, cuando abandonado todo freno me sumía en el deshonor y la vergüenza, que cuando me aplicaba a la vista de todos a profundizar en el conocimiento y a aliviar la tristeza y el sufrimiento”. Es “en el terreno de la moral y en mi propia persona donde aprendí a reconocer la verdadera y primitiva dualidad del hombre”. Descubre así que “las dos naturalezas que contenía mi conciencia podía decirse que eran a la vez mías porque yo era radicalmente las dos”.
EN TIERRA DE NADIE
Cuando leí este relato sentí el vértigo que sobrecogió a Stevenson al mirarse hacía dentro. El descubrimiento de esa misma dicotomía en mi adolescencia, me hizo sentir un vínculo especial con su obra. Aunque no llego, como Fernando Savater, a leer La isla del tesoro todos los años, yo también encuentro en este libro la aventura de la vida misma. “Esta radical ambigüedad es el secreto o, si se prefiere, el tesoro de este cuento impar”, como dice Savater.
Como si hablara de su propia biografía, el pensador vasco observa como “la figura intrigante de Jim Hawkins acumula inacabables ambivalencias”, pues “circula de un bando a otro en un tráfago vertiginoso y equívoco, incapaz de aquietarse en un campo, fiel solamente a su condición de prófugo, de infiltrado”. Todo el que se ha sentido en tierra de nadie, como Stevenson, se identifica con su personaje . Aunque el conflicto de Stevenson es de una moral diferente a la que ha vivido Savater. Tiene que ver con la fe recibida de su padre, que llegó a escribir un libro en defensa de ella, al ver el Cristianismo confirmado.
Como el filósofo reflexiona, es la relación entre Jim y Silver, la clave de la novela. El relato se inaugura con la muerte del padre de Jim y se cierra con la desaparición de Silver, el pirata que constituye la imagen paterna del muchacho, tras su orfandad. Savater lo ve como “el padre que enseña a renunciar a los padres”. Algo que Stevenson nunca logró, ni en su exilio en el Pacifico, como demuestran sus últimas páginas, que buscan la recuperación de la infancia.
ENTRE DOS MUNDOS
Los cristianos que nos hemos sentido atraídos desde nuestra adolescencia por lo que en círculos evangélicos se llama el mundo, nos hemos sentido como Stevenson intentando vivir entre dos mundos. Como describe Lloyd-Jones la experiencia de Romanos 7, no sería ni el Saulo inconverso, ni el apóstol cristiano. Es, según él, un creyente en transición, que no duda en describir como la persona que se siente más miserable en el mundo. Porque está demasiado agobiado por la culpa para disfrutar del mundo, pero es demasiado mundano para la iglesia. ¡Cuántos nos hemos sentido así!
“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”, cita el texto de la exposición. Estas palabras vienen del libro que la muestra dice que Stevenson leía, interesado incluso acerca de sus dificultades de distribución en España –tal y como cuenta el agente de la Sociedad Bíblica, George Borrow en La Biblia en España, que le acompaña en sus Viajes con burra por Francia, cuyo ejemplar está expuesto aquí en el museo–.
Las dos mujeres de las que estuvo enamorado, tenían también origen protestante. Fanny Sitwell era doce años mayor que él y había estado casada con un pastor, pero ella prefiere a su amigo, el profesor de arte de la Universidad de Cambridge, Sidney Colvin, que edita luego su obra. La Fanny con la que se casa, se llamaba antes Osborne y era también once años mayor que él. Hija de un devoto presbiteriano americano –bautizado por el padre de la autora de La cabaña del tío Tom – estaba separada, cuando la conoció Stevenson. Interesada por lo oculto, lleva al escritor a Francia y luego a California, para terminar en los mares del Sur.
ESPERANZA QUE SALVA
En el Pacífico, Stevenson encuentra cinco misioneros, tres anglicanos y dos metodistas. A pesar de su inicial rechazo, acaba apreciando su labor. Lee la Biblia cada día y durante un tiempo cantan un himno, orando el Padre Nuestro en un culto familiar , mientras su madre está con ellos, llegando a ser maestro de escuela dominical. Uno de los misioneros le da un entierro protestante en Samoa, donde escribe un libro de oraciones y moral cristiana. Todo parece indicar que volvió a sus raíces, después de una juventud rebelde . ¿Cómo podemos tener nosotros esa misma esperanza?
Stevenson entendió dónde está la fuente de salvación. En su obra El Almirante Guinea , el personaje John Gaunt –cuyo apellido significa literalmente Afligido–, que ha sido un esclavista como John Newton, dice a alguien llamado Christopher French: “la salvación viene de arriba”. Esas son las palabras de Jesús a Nicodemo en el Evangelio según Juan 3:3. En su poema Muerte, asegura que “Él perdona a pecadores, limpia al impuro” . Como uno de los personajes del Príncipe Otto, descubre que “ante la eternidad, es un pensamiento de consuelo que tenemos otros meritos que los propios”.
“La fe es creer en Dios”, escribe a su madre, pero Jesús dice que es también “creer también en mí” ( Juan 14:1). El Almirante Guinea dice: “Arrepiéntete, ora por un nuevo corazón, limpia tus pecados con lágrimas, huye del terror de la ira venidera”. A lo que Pablo y Silas añadirían: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” ( Hechos 16:31). Esa es la esperanza que salva. Puesto que, como dice el himno de Toplady, Roca de los siglos:
Aunque fuese siempre fiel,
aunque llore sin cesar,
del pecado no podré,
justificación lograr.
Ningún precio traigo a Ti,
mas tu cruz es para mí.
“Una manzana podrida arruina el cesto”, dice el refrán popular. La Biblia dice algo diferente: Un poco de levadura leuda toda la masa” ( Gálatas 5:9). La nueva serie de televisión de Martin Scorsese, Boardwalk Empire –publicada ahora en DVD en España– lo ilustra perfectamente. En ella vemos el poder de la codicia y la corrupción, que nos muestra el lado oscuro del sueño americano. El relato de Terence Winter –creador de Los Soprano – nos traslada a la ciudad costera de Atlantic City, en plena época de la Prohibición, en los años veinte.
La acción comienza el mismo día que entra en vigor la ley seca, el 16 de enero de 1920. Justo antes, el político Enoch Nucky Thompson –elextraño protagonista que interpreta el siempre eficaz Steve Buscemi, entre irritante y fascinante – se dirige a la Liga Femenina por la Temperancia, uno de los grupos que nace del movimiento eclesial protestante, que se enfrenta a los salones donde se consumían bebidas alcohólicas en 1895. La sorpresa viene a continuación, cuando ese mismo hombre, que es tesorero de la ciudad, celebra la Prohibición en una sala de fiesta, ante la perspectiva del dinero que van a ganar con esa ley. Es el comienzo del crimen organizado, que conocemos por las historias de la mafia.
Thompson “no es un gangster –dice Scorsese–, sino alguien corrupto”, que está dispuesto a hacer negocio con la importación de licor en Atlantic City. Está basado en Nucky Johnson, la persona real que manejó los hilos de esta comunidad, donde su propio hermano era el sheriff. Como muchos políticos, es alguien capaz de cualquier cosa, para poder mantener el poder. En torno a él, encontramos a personajes reales como Arnold Rothstein, Charlie Lucky Luciano y Al Capone, pero no como los conocemos hoy, sino al principio de sus actividades mafiosas –tal y como cuenta el libro de Nelson Johnson–.
El gangster judío Rothstein es todavía un jugador, que comienza a traficar con drogas y alcohol. Luciano es un inmigrante siciliano a su servicio. Y el actor inglés Stephan Graham encarna al joven Capone con un asombroso parecido. Aunque nunca lo hemos visto así, antes de su época de mafioso en Chicago, cuando hacía de chófer y guardaespaldas de Johnny Torrio. Lo vemos en su casa con su mujer y su hijo, como un hombre que puede ser tanto afable como cruel, que se entretiene tocando la mandolina. Es el mejor Capone que ha mostrado la pantalla, según su biógrafo Jonathan Eig.

LOS TURBULENTOS AÑOS VEINTE
Boardwalk Empire nos presenta un retrato poliédrico de los Estados Unidos en aquella época, desde el punto de vista de la política, la religión y el crimen, asistiendo a los inicios del movimiento feminista y los conflictos raciales o étnicos . Conocemos a los héroes desahuciados de la Primera Guerra Mundial, que anticipan ya a los veteranos del Vietnam de las películas de los setenta –la década que evoca, por cierto, la música de la sintonía de la serie–. Y aunque la policía se enfrenta a los fuera de la ley, los protagonistas son los que están al poder en la sombra, por encima de ellos.
Aunque se ha comparado a la serie con Los Soprano – ya que hay mafiosos y cuenta con el mismo guionista –, tiene más relación con otras producciones de la HBO, como el sorprendente western Deadwood o incluso la mítica The Wire. Thompson es en este sentido un héroe ambiguo, que puede ser tanto benevolente como cruel –igual que el protagonista de la serie del Oeste, creada por David Wilch–, mientras la corrupción lo invade todo en Baltimore –como en la obra de David Simon–.
El agente de la Prohibición, Van Alden, es un hombre religioso. Ve como una misión divina su lucha contra la corrupción moral, que no puede soportar espiritualmente. Se flagela a sí mismo, pero su fanatismo es tan ciego como el de los cristianos que impulsan la ley seca . El Partido Nacional por la Prohibición es formado en 1869 por un grupo de protestantes blancos. Sus motivos eran admirables, pero el resultado de aquellos veinticinco años de campaña, que llevaron a la Prohibición, fue totalmente contraproducente. Se provocó aún más abuso del alcohol, que aumentó con el comercio ilegal de los bootleggers en los locales clandestinos, conocidos como speakeasies . Por lo que fue abolida la medida por el presidente Roosevelt en 1933.
MORALISMO Y EVANGELIO
Entonces como hoy, los cristianos siguen teniendo una mentalidad de campaña, por la que creen que pueden mejorar la sociedad imponiendo normas morales de acuerdo a la voluntad de Dios, como si el corazón humano pudiera cambiar por medio de leyes . La verdad, sin embargo, es que sólo el Espíritu de Dios puede hacernos vivir tal y cómo El quiere. No es la moral, por lo tanto, la que nos hace vivir como cristianos, sino a la inversa. Es porque nacemos de nuevo y recibimos el Espíritu Santo ( Juan 3), que podemos vivir de forma diferente.
Muchos cristianos temen, sin embargo, el mensaje de gracia, porque creen que es contraproducente para una sociedad permisiva, que ha dado la espalda a Dios y a sus leyes. Nos dicen que en nuestro mundo hoy, el problema ya no es el fariseísmo y el moralismo, sino la ruptura con todo tipo de normas, que hace que vivamos bajo el juicio de Dios. Lo que pasa es que es el Señor mismo quien nos enseña a distinguir el Evangelio del moralismo. La respuesta apostólica a los que viven en contra de la voluntad de Dios, no es la ley, sino la gracia ( Romanos 6:1-4).
La única forma en que podemos obedecer a Dios, es por la aceptación radical e incondicional que Dios nos da, como pecadores. El poder que nos salva de la corrupción, es el Evangelio (1:16), no la fuerza de la ley (7:13-24). Puesto que es la bondad del Señor la que nos lleva al arrepentimiento ( Romanos 2:4). Tanto la Biblia, como nuestra experiencia diaria, nos demuestran que cuanto más fallamos, no es cuanto más pensamos en la gracia, sino cuando menos la tenemos en cuenta (6:1). Es por eso que necesitamos hablar, no menos, sino más de la libre gracia de Dios, que nos acepta tal y cómo somos, en Cristo Jesús.
Cuando uno lee la caratula de El rito –ahora publicada en DVD–, se pregunta: ¿no hay ya suficientes películas sobre exorcismos? Aunque hace ya casi cuatro décadas que se hizo el clásico de William Friedkin, el género está lejos de haberse extinguido. Estos últimos años se repiten las historias sobre exorcismos, que consideran casos reales, desde el dilema entre la fe y la duda.
Considerado al principio como una variante del cine de terror, este sub-género se ha convertido finalmente en una especie de thriller teológico, con películas como El exorcismo de Emily Rose o la actual El rito, donde no debemos “esperar cabezas girando o puré de guisantes” –como dice irónicamente el cura que interpreta Anthony Hopkins–. Desde el mítico film de los años setenta, la curiosa apologética de estas obras –muchas de ellas hechas por creyentes–, es que si reconocemos la existencia del diablo, aceptaremos también la realidad de Dios.
La historia de El rito nace de un reportaje de un periodista norteamericano llamado Matt Baglio, que reencontró la fe al investigar la actividad de un verdadero exorcista en Roma. La novela es convertida en guión por el escritor católico Michael Petroni, autor de la última entrega de la serie de Crónicas de Narnia: La travesia del Viajero del Alba. El periodista Baglio se convierte aquí en la simpática Alice Braga y el seminarista de cincuenta años en el joven debutante Colin O´Donoghue.
El director sueco Michael Hafstrom viene sin embargo de la protestante Suecia –aunque su madre es una judía húngara–, pero ha presentado su película en el Vaticano con el protagonista –Anthony Hopkins–, que dice que ha dejado de ser ateo, al superar sus problemas con el alcohol. El co-protagonista O´Donoghue es un actor católico practicante irlandés, que hace aquí su debut en la gran pantalla. Todo parece indicar que estamos ante un testimonio de fe, pero ¿es esto asi?
¿NADA EN QUE CREER?
¡No tengas miedo! ¿Crees en el pecado? ¿No hay nada en que creer?, suena la voz sobre el fondo negro con que comienza El rito, después de una cita del papa Juan Pablo II, que acaba afirmando que “el diablo sigue vivo y activo en el mundo”. La escena que viene a continuación parece sacada de la serie A dos metros bajo tierra. Vemos a un chico trabajando en el negocio de su padre, Istvan Novak (Rutger Hauer), algo tan poco usual como una funeraria. El joven embalsamador Michael parece alguien normal. Sale con sus amigos a los bares, donde encuentra chicas, pero de repente decide dar un giro radical a su vida, entrando en un seminario católico.
La acción salta entonces al momento antes de tomar votos para entrar en el sacerdocio. Tras escuchar las palabras del llamado de Jesús –en el Evangelio según Juan 15:16, que recuerda a sus discípulos que es Él quien les ha elegido a ellos, no ellos quienes le eligieron a Él–, Michael aparece en la habitación escribiendo su renuncia por correo electrónico a su superior, por “ausencia de fe”. La reacción sorprendente del padre Matthew (Toby Jones), es proponerle viajar a Roma, para hacer un cursillo sobre exorcismos, que le haga encontrar a Dios.
La lógica es la misma que llevó a la fe al padre Lucas –Hopkins–, que se dedica ahora a hacer exorcismos en una casa a las afueras de Florencia. Las conversaciones entre el incrédulo Michael y el extravagante sacerdote van a llenar la película. La reputación de heterodoxia del Padre Lucas se muestra en unos discursos que recuerdan el concepto de la duda inevitable del teólogo Paul Tillich: “Reconcíliate con tus dudas, porque ellas te dirigirán”. Confiesa incluso: “A veces experimento una total pérdida de fe –días y meses, cuando no sé qué demonios creo–, en Dios o el diablo, Santa Claus o Campanilla”. El problema es que “sólo puedes vencer al mal, cuando crees”…
EL EXORCISTA
El maestro del thriller de los setenta, William Friedkin, quiso hacer ya con El exorcista (1973) una "parábola para el siglo XX", que “pretende ser una obra moral que refleje la lucha entre el bien y el mal, tomando en serio el mal, en vez de racionalizarlo”. La película está basada en otra novela-reportaje, que cuenta un suceso real ocurrido en 1949 con un chico de 14 años –en vez de una niña pequeña– en Mount Rainier (Maryland, EE.UU.). El muchacho había pasado por varios hospitales a causa de unos violentos ataques nerviosos. Como los centros sanitarios estaban gestionados por jesuitas, aconsejaron a los padres visitar a un sacerdote, pero ellos eran luteranos y no creían en la posesión diabólica.
Al morir la tía del niño, que era muy aficionada a la ouija (una tabla por la que se intenta mantener contacto con los espíritus), el muchacho empezó a mostrar comportamientos histéricos. Un pastor luterano pasó una noche en su casa y dio testimonio de los extraños fenómenos. Recurrieron sin embargo a un cura, que recibió la aprobación de sus superiores para celebrar un exorcismo en el hospital jesuita de Georgetown. Este no muere –como el padre Merrin (Max von Sydow) en la película–, pero fue lesionado por los golpes que le dio el niño con una madera, siendo sustituido por otros dos sacerdotes.
William Peter Blatty conoció el caso mientras estudiaba en la Universidad de Georgetown. Era hijo de una mujer profundamente católica, que había sido abandonada por el padre, cuando el escritor tenía 7 años. Tenía tanto interés en la religión, que había pensado ser sacerdote. Este escritor neoyorquino trató de averiguar detalles del caso, presentando el tema a un editor con cartas larguísimas llenas de divagaciones religiosas, sobre la convicción de que la posesión diabólica era en cierto modo una prueba de fe. El libro se publicó con mucho éxito en 1971, siendo llevado al cine por Friedkin al año siguiente. Su sombra se extiende sobre El rito…
LA SOMBRA DEL PADRE
A pesar de la irónica mención a las “cabezas girando y el puré de guisantes”, las referencias a El exorcista se repiten durante toda la película –aunque el director prefiere El exorcismo de Emily Rose (2005) como modelo de thriller teológico–. La combinación de cine judicial con una historia real de exorcismos –basada en el caso de la alemana Anneliese Michel– de Scott Derrickson, tiene menos que ver sin embargo con la película de Hafstrom que el clásico de El exorcista.
Su cuidada fotografía tenebrista muestra desde el principio unas secuencias que recuerdan las perturbadoras imágenes que abren el film de Friedkin. Las pesadillas del joven Michael con su padre recuerdan los sueños del padre Karras (Jason Miller) en El Exorcista. La figura del padre es clave para entender la crisis de fe de estos personajes. El carácter bíblico del diablo como acusador, es puesto en evidencia en estas historias, apelando a los sentimientos de culpa de unos hombres, que viven atormentados por la forma cómo han tratado a sus padres. Los demonios les recriminan así sus faltas, sumiéndoles en un terrible mar de dudas.
Satanás es presentado en la profecía de Zacarías 3 como el adversario del sumo sacerdote Josué –que es el mismo nombre que Jesús en hebreo–. Su estrategia es acusarle a él y a su pueblo, siendo respondido por Dios mismo (v. 2). “El acusador de los hermanos” (Apocalipsis 12:10) actúa así contra el creyente noche y día, mostrándole su culpa, frente a Dios. El diablo hace así dudar al creyente de tres maneras. Primero, procura que esté siempre preocupado por su pecado. Hace así, en segundo lugar, que se depriman, sintiéndose miserables e inútiles. Y les hace dudar finalmente de su salvación, mostrándoles la ausencia de evidencias de su fe.
LA FE LIBERADORA
“Sólo puedes vencerlo, cuando crees”, le dice el padre Lucas al joven Michael. Sin embargo, lo único que hace el exorcista son rituales con crucifijos, estampas, agua bendita, velas, conjuraciones y rosarios. Nada de esto tiene poder contra el diablo, según la Escritura. Jesucristo y los apóstoles se enfrentan con demonios, pero no recurren a ninguna fórmula para dominarlos. El interés del exorcista en averiguar los nombres de los demonios –tanto en la versión católica de la película, como en la oración de guerra espiritual que encontramos en algunos círculos evangélicos– tiene más que ver con el pensamiento mágico que cree en el poder de la pronunciación de las palabras, que en la visión bíblica de la fe liberadora, que se basa en la Palabra de Dios.

La mera sugerencia de que un creyente puede ser poseído por los demonios, como vemos en la película, está contra la enseñanza bíblica, porque un cristiano está poseído por Dios (1 Corintios 6:19-20). Podemos ser atormentados y tentados, pero no poseídos. Cuando somos unidos a Cristo por medio de la fe, recibimos al Espíritu Santo dentro de nosotros. Ningún demonio puede poseernos, porque “somos de Dios, y les hemos vencido; porque mayor es el que está en nosotros, que él que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
Cuando somos salvos por la obra de Cristo, somos librados de la potestad de las tinieblas (Colosenses 1:13-14). Somos atacados por el diablo, pero tenemos seguridad en Cristo (Romanos 8:37). El maligno no puede tocar a un hijo de Dios (1 Juan 5:18), porque no puede deshacer su obra. El Señor nos protege con su fidelidad (2 Tesalonicenses 3:3).
Si quieres ser libre de toda amenaza espiritual, confía en la obra de Jesucristo, que da la victoria frente al mal. Ya que “despojando a los principados y las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15). ¡No tengas miedo!, pero no por la fuerza de un ritual, sino por la obra de Cristo Jesús, que ha vencido en la cruz.
Cuarenta años después de su muerte, Marilyn Monroe sigue siendo un icono de la cultura popular. Una nueva película descubre la vulnerabilidad y tristeza que vemos en sus Fragmentos de poemas, notas personales y cartas –que ha publicado Seix-Barral en Barcelona–. Su timidez e incertidumbre nos presenta alguien lejos de “la ambición rubia”, que la ha convertido en una estrella frívola, alegre y radiante. ¿Cómo es posible si no, que una chica que tenía éxito, fama, dinero y belleza, hubiera podido suicidarse?
“Sabéis a dónde voy y sabéis el camino” –leyó el pastor A. J. Soldan con un hilo de voz temblorosa–. En sus manos no sólo tenía la biblia, sino la pregunta inevitable de todos los que estaban de pie frente a él: ¿por qué? Los que se congregaron ese mediodía de agosto en la capilla mortuoria del Westwood Village en 1962, para despedir a Norman Jean, miraban de reojo la figura corpulenta de su ex-marido, el campeón de beisbol Joe Di Maggio y su maestro de actuación, Lee Strasberg. Mientras por unos altavoces dorados sonaba la sexta sinfonía de Tchaikovsky…
Cuando el Reverendo Soldan acabó la lectura, DiMaggio se acercó al féretro de bronce satinado y cerró la tapa. Dentro ya no estaba Marilyn. Lo que había era un cuerpo que recordaba vagamente a ella. Le habían colocado una peluca y mucho maquillaje, para ocultar el rostro que conocemos por la foto de la policía, que fue luego destrozado por la autopsia. Con un ruido seco, casi hermético, se cubre a la rubia yacente con un pequeño ramo de rosas de té y su pañuelo de gasa verde preferido.
EN BUSCA DEL PADRE
Sobre Marilyn se ha escrito de todo. Es conocida su adicción a los tranquilizantes, su relación con los Kennedy, su matrimonio con el jugador de beisbol DiMaggio y el escritor Arthur Miller, su falta de puntualidad, desgraciada infancia e inseguridad ante las cámaras. Todo ello se ve –o se adivina– en Mi semana con Marilyn, pero se muestra también el otro rostro de Norma Jean –su verdadero nombre–, asustadiza y neurótica, amante de la lectura y de Miller –que le recomienda leer la biografía en seis tomos de Lincoln, devorados con tal pasión, que en la película vemos su retrato en la mesilla, como si fuera su padre–.
Marilyn se había casado a los dieciséis años –la edad a que se podía contraer matrimonio según la legislación de California–, con un marino mayor que ella, para escapar de la tutela del Estado, tras haber sido acogida en distintas familias –puesto que era de padre desconocido y su madre mentalmente inestable–. Mucho mayor era el deportista DiMaggio, con quien estuvo casada sólo unos meses. Así como Arthur Miller. Poco después de su boda, llega a Londres en 1956, para rodar a las órdenes del célebre Laurence Olivier, la película El príncipe y la corista.
El vendaval desatado a su alrededor fue descrito en dos libros autobiográficos por Colin Clark, un joven que trabajó como tercer ayudante de dirección del prestigioso actor británico, que se siente atraído por la actriz, a la que sirve de confidente. Tal y como se ve en la película, ella está con Miller en una casa de Inglaterra, cuando descubre por su diario que está decepcionado con ella, se avergüenza de su comportamiento y duda si está realmente enamorado de Marilyn. Lo que produce una verdadera conmoción en la actriz, que sufre un aborto ese verano.
MELANCÓLICA MIRADA
El largometraje de Simon Curtis captura, en un digno ejercicio de puesta en escena, aquellos días con una mirada nostálgica. Su película está lejos del glamour habitual con que se suele presentar a Marilyn como una rubia tonta . Este retrato amable podría haber sido una más entre las innumerables películas destinadas a contar los entresijos de un rodaje, que Michelle Williams convierte en otra cosa. El extraordinario trabajo de la actriz no se sustenta tanto en el parecido físico con su personaje –sobre todo en planos medios y generales, cuando no se centra completamente en su rostro–, sino en una interpretación repleta de matices –apoyada en una estupenda labor de maquillaje y vestuario–, que trasciende la pantalla.
Sus gestos, su voz y su mirada contienen un elemento desmitificador, que junto a la hilarante autoparodia de Kenneth Branagh y solvente presencia de Judi Dench, otorga a la película una consistencia a una materia que ilumina las zonas oscuras de una industria que tiende a convertir sus protagonistas en juguetes rotos. La tragedia de Marilyn tiene, sin embargo, un carácter claramente existencial . En los Fragmentos que han publicado ahora –escritos con el membrete de la casa de Parkside House–, vemos ese tono melancólico de pesimismo sobre las posibilidades del amor y el inevitable envejecimiento, pero ¿en qué creía Marilyn?
LA RELIGIÓN DE MARILYN
La abuela de Marilyn había sido bautizada por Aimee Semple McPherson, la fundadora del la iglesia pentecostal del Evangelio Cuadrangular. Ella se cría siete años en Hawthorne, al lado de Los Ángeles, con los Bolender, vecinos de su abuela. “Allí casi todo el mundo que conocía me hablaba de Dios”, recuerda . “Siempre me advertían que no le ofendiera”. Esta familia bautista iba entonces a la Iglesia Pentecostal Unida. Marilyn iba con ellos a la escuela dominical los domingos por la mañana y los miércoles por la noche a otra reunión de la iglesia.
Su madre era de ciencia cristiana –la religión fundada por Mary Baker Eddy en el siglo XIX, que muchos confunden con cienciología–, así como su tía, con la que vive en su adolescencia. Marilyn, sin embargo, se convierte al judaísmo, antes de casarse con Miller . En 1953 tiene una conversación sobre religión con la actriz Jane Russell, mientras ruedan con Howard Hawks Los caballeros las prefieren rubias . ”Jane intentaba convertirme y yo intentaba introducirle a Freud”, dice Marilyn. La sex symbol presentada por Howard Hughes en los años cuarenta con El forajido, había fundado el Grupo Cristiano de Hollywood, un estudio bíblico semanal que tenía en su casa, al que asistían muchos creyentes que trabajaban en el cine. Marilyn, sin embargo, tenía como religión el psicoanálisis.
MIEDO Y PSICOÁNALISIS
Para entrar en el Actors Studio de Nueva York y conocer el peculiar “método” de interpretación que seguían, Strasberg le dijo que debía hacer psicoanálisis. A partir de la primavera de 1955, la actriz acude de tres a cinco veces por semana a la consulta de la doctora Margaret Hohenberg, una analista judía de origen eslovaco, que había venido de Viena. Es a ella a quien llama, cuando entra en crisis su matrimonio, al descubrir las dudas de Miller, poco después de casarse.
Al divorciarse de Miller en 1961, la actriz entra voluntariamente en una clínica psiquiátrica llamada Payne Whitney, por su creciente dependencia del alcohol y las pastillas. Una serie de malentendidos hace que la llevan a una celda de aislamiento. Desde allí llama a Joe DiMaggio, que la traslada al Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia. Su “pesadilla” entonces es terminar en un hospital psiquiátrico como su abuela y su madre, por una locura familiar hereditaria –como le cuenta a su analista, el Dr. Greenson, que descubrió su cuerpo muerto poco después–. El psicoanálisis no pudo salvarla…
BUSCANDO EN EL LUGAR EQUIVOCADO
Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Sin él, la vida no tiene sentido. Dice C. S. Lewis en Mero cristianismo que “la mayor parte de nosotros, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo”. Ya que “hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa”.
Podemos entonces culparnos a nosotros mismos, y pensar que somos un fracaso –como Marilyn–. O, como otros hacen, pensar que el mundo es responsable de todas nuestras frustraciones. Nos podemos endurecer, volvernos cínicos y vacíos, o buscar como Lewis nuestra vida en Dios. “Si encuentro en mi mismo un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer” –dice Lewis–, “la explicación más probable es que estoy hecho para otro mundo”, sobrenatural y eterno.
Si buscamos en la vida –como Marilyn–, nuestra identidad y realización en el trabajo o una relación amorosa, para conseguir autoestima, seguiremos siempre frustrados . El cristiano no consigue todo lo que busca en esta vida, pero la espera “cuando Cristo se manifieste”. Porque “entonces nosotros seremos también con él manifestados en gloria” (Colosenses 3:4).
Sólo hay un par de brazos que te pueden dar todo lo que tu corazón desea. Los de Cristo crucificado, cuya entrega nos muestra un amor que nunca nos decepciona. Esa es la esperanza que necesitaba Marilyn y nosotros todavía esperamos, el amor que satisface para siempre, cuando “Cristo está en nosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses1:27).
Cien años después del hundimiento, es curiosa la fascinación que sigue produciendo el Titanic. La reposición de la película de Cameron –premiada con once Oscar hace quince años– coincide con la exposición itinerante, que llega ahora al Museo Marítimo de Barcelona –con doscientos objetos originales y fieles recreaciones de las estancias interiores del trasatlántico–. Todo un lujo para los fanáticos de un barco, que no se ha hundido en el olvido. ¿Por qué nos atrae tanto la historia el Titanic?
La pasión que despierta el Titanic parece universal. Para los historiadores sociales es como un microcosmos de la sociedad de principios del siglo pasado. Para los amantes del mar, es el naufragio definitivo. Para los enfermos de nostalgia, evoca tiempos pasados. Y para los que sueñan despiertos, significa el misterio de tantas cosas que pudieran haber ocurrido, tan sólo si…
No sé por qué me han interesado tanto siempre las historias de barcos – ya que no sé nadar y me mareo cuando voy en ellos, o precisamente por eso, ¡vete a saber! –, no tanto los cruceros –aunque todavía veo episodios de Vacaciones en el mar, la serie preferida de Andy Warhol–. Es, más bien, la idea del lugar cerrado en que tenían que pasar todos aquellos días, los viajeros trasatlánticos.
Los barcos son el escenario de algunas de mis novelas preferidas –la maravillosa Nave de los locos de Katherine Anne Porter–, una obra de teatro –que todavía recuerdo haber escuchado en Radio Nacional de España, cuando era adolescente– y películas como la de James Cameron –sin lugar a dudas, su obra maestra–, que toma la historia de amor del film de Negulesco – El hundimiento del Titanic (1953) y las secuencias del naufragio de Roy Ward Baker –La última noche del Titanic (1958) –, para crear la ilusión de que el barco es como un ser vivo, en un relato ensoñador, casi fantástico.
¿UNA PROFECÍA ANUNCIADA?
Era todavía un niño, cuando compré en los años setenta, en Londres, la obra clásica que escribió Walter Lord en 1956 –A Night To Remember–, en una magnífica edición ilustrada de Penguin –ahora publicada en Debolsillo como La última noche del Titanic–. Es él quien habla primero del libro de Robertson, que acaba de editar Nórdica en castellano…
En 1898 un autor desconocido llamado Morgan Robertson publicó una novela sobre un fabuloso trasatlántico, más grande que ningún otro que se hubiera construido. El escritor lo llenó de personas ricas y complacientes, hasta que una fría noche de abril chocó contra un iceberg. La historia mostraba así la futilidad de todo. Por eso llamó el libro Futility, cuando apareció editado en 1898 por Mansfield, años antes de que el Titanic se hundiera otra noche de abril en 1912.
La nave construida por la Línea Estrella Blanca recuerda hasta en sus dimensiones el barco de la novela de Robertson (sesenta y seis mil toneladas en la realidad, setenta mil en la ficción, con apenas ochenta y dos pies y medio de diferencia en la extensión). Ambos tenían una estructura similar y alcanzaban una velocidad parecida. Los dos podían llevar tres mil personas, pero no tenían barcos salvavidas suficientes. Ya que se pensaba que no podían hundirse. Por si todo esto fuera poco, Robertson llamó a su barco Titán, ¡titulando su libro El hundimiento del Titan!
EL BARCO QUE NO SE PODÍA HUNDIR
No es éste por supuesto el primer caso de lo que parece una profecía anunciada. Las novelas de Julio Verne, o hasta los comic de Tintín, muestran artefactos que luego se harían realidad, pero existían mucho tiempo antes en proyecto. La novela de Robertson no sólo demuestra que estaba muy bien informado sobre temas navales, sino que saca unas conclusiones sobre la vida que muchos de los contemporáneos del Titanic entendieron claramente, después de pensar que “Dios no podía hundir este barco”.
Cuando la esposa de Albert Caldwell contemplaba cómo el personal de cubierta cargaba con el equipaje el 10 de abril de 1912 en Southampton, preguntó a uno de los mozos: “¿Es verdad que este barco no se puede hundir?”. El chico le contestó: “Así es, señora, ¡ni Dios mismo podría hundir este barco!”. Los pasajeros de este trasatlántico que iniciaba así su primer viaje a Nueva York, no podían ni imaginar lo que ocurriría cuatro días después, veinte minutos antes de la madrugada…
Uno de los seis vigías que contemplaba la tranquila noche, Frederick Fleet, dice que no recuerda un mar tan calmado y un cielo tan despejado como el de ese domingo. Hacía mucho frío, pero no se veía luna, ni había nubes que ocultaran el cielo estrellado. El Atlántico parecía un mar de cristal, cuando Fleet vio de repente algo oscuro enfrente suyo, más negro que la propia noche. Al principio era pequeño, pero cada segundo crecía más y más. Rápidamente el vigía hizo sonar una campana tres veces, advirtiendo del peligro, mientras levantaba el teléfono para llamar al puesto de mando.
LOS QUE SE SALVARON
Cuando empezaron a sacar a los pasajeros de los camarotes, cada uno se llevaba lo que le parecía más importante salvar del naufragio. La mujer de Adolf Dyker llevaba por ejemplo una caja con dos relojes de oro, dos anillos de diamantes, un collar de zafiros y doscientas coronas danesas. Otros como la señorita Edith Russell, preferían llevar una especie de mascota como un cerdo de juguete con música, al que tendría especial cariño. Hay quien llevaba los libros que tenía en la mesilla, como Lawrence Beesley, o un revolver y un compás, como Norman Campbell Chambers. Hubo hasta quien guardó cuatro naranjas bajo su blusa, como el camarero James Johnson.
En segunda clase viajaba un joven estudiante de teología llamado Stewart Collett. El se llevó la Biblia, que prometió a su hermano que llevaría siempre consigo, hasta que se volvieran a ver. El pastor Robert Bateman se quedó de pie en la cubierta mirando como su cuñada, la señora Ada Balls, subía al bote. “Si no nos volvemos a ver de nuevo en este mundo –le dijo– nos veremos en el otro”. Mientras bajaba la barca, se quitó su alzacuello y se lo dio a ella como recuerdo, mientras la orquestina tocaba hasta el final en la cubierta.
Hay muchas leyendas en torno al Titanic. Todos están de acuerdo en que el barco chocó a las doce menos veinte, y se hundió a las dos y veinte, pero sobre todo lo demás hay muchas versiones… Muchos supervivientes insisten en que el barco que los recogió –el Carpathia– era la mitad de grande que el Titanic, cuando los dos eran muy parecidos (aunque el Titanic tenía mil cuatro toneladas más). Otros imaginan campos de golf, pistas de tenis y vacas lecheras, que nunca existieron. Casi cada una de las mujeres que sobrevivieron, dice haber salido en el último bote. Obviamente, esto no era posible, pero ¡quién se lo iba a discutir!
LA BANDA SIGUIÓ TOCANDO
Uno de los temas más curiosos de discusión sobre el hundimiento del Titanic es cuál era la música que tocaba la orquestina hasta el último momento. Muchos supervivientes recuerdan el himno ¡Más cerca, oh Dios, de Ti!; otros, uno de origen episcopal llamado Otoño; aunque a algunos les sonaba a algo más alegre, como jazz. Lo que hoy nadie duda, es que tocaron hasta el final. Aunque en cierto momento pararon, ¡claro!
Cien años después, cruzaba la noche del hundimiento el Canal de la Mancha, leyendo un nuevo libro que se ha publicado sobre el tema. Lo ha escrito mi amigo Steve Turner, un poeta y periodista evangélico, especializado en temas musicales. Se llama The Band That Played On –La banda que siguió tocando–. Y lo ha publicado en Estados Unidos, la editorial Nelson.
Habla de cada uno de los ocho músicos que formaban la orquesta. Cuenta cómo se reunieron en el barco sin haberse conocido antes, unidos por una agencia formada por dos hermanos, que no eran de la compañía naviera. Así que no tenían obligación de seguir tocando. Venían de diferentes países y se habían criado en distintas iglesias, pero conocían bien los himnos que los supervivientes recuerdan que tocaban al final –aunque al principio tocaran músicas populares–.
La figura clave es sin duda su director, Wallace Hartley. Venía de una pequeña capilla metodista independiente en Colne (Lancashire) –resultado del Avivamiento evangélico, producido por la predicación de Wesley en el siglo XVIII, pero entonces divididos en cuatro ramas: libres, primitivos, independientes y wesleyanos–. Su padre era el fundador de la iglesia en ese pueblo, donde supervisaba la escuela dominical. Allí Wallace aprendió a tocar el violín, al unirse al coro. Su himno favorito era ¡Mas cerca, oh Dios, de Ti!
“¡MÁS CERCA, OH DIOS, DE TI!”
Basado en la historia bíblica del sueño de Jacob (Génesis 28:10-22), llegó a ser especialmente popular en las iglesias protestantes, aunque fue escrito por una unitaria en un periodo de crisis. Sarah Flower Adams había tenido una educación ortodoxa, pero luchaba con dudas de fe, cuando escribió este himno en 1841, con música de su hermana Ella. Debido a ese trasfondo no trinitario, no fue incluido en el himnario bautista y metodista, pero sí que estaba en el metodista independiente de Hartley –de donde viene el error de Lord, que se inclina, según el testimonio de algunos supervivientes, por el episcopal Otoño, conocido también por su primera línea, Dios de misericordia y compasión–.
Lo cierto es que el hecho de que sonara un himno, mientras se hundía el Titanic, se ha convertido en una expresión de futilidad en lengua inglesa. Es la imagen del extraño espectáculo de músicos cayendo e instrumentos volando por el aire, mientras las luces parpadean, hasta apagarse definitivamente. Sólo una lámpara de keroseno destellaba en el mástil más alto, mientras el barco se hundía...
Este cuadro, lejos de hablarnos de la ausencia de Dios, nos muestra la realidad de Aquel que está al control de todas las cosas. Es cierto que estamos en un barco, que muchos piensan que ni Dios mismo podría hundir. La vida nos enseña todo lo contrario. No tenemos en este mundo otra seguridad que la que Dios nos da. Él tiene la última palabra, y el control sobre nuestras vidas. Por eso podemos cantar:
¡Más cerca, oh Dios de Ti, más cerca, sí!
Aunque una dura cruz me oprima a mí.
Será mi canto aquí: ¡Más cerca, oh Dios, de Ti,
más cerca, sí!
A sus 77 años, Leonard Cohen ha grabado un disco asombroso – Old Ideas – , lleno de ideas tan viejas, pero fáciles de olvidar, como nuestra mortalidad. Aunque ha sido descrito para la prensa como su álbum “más abiertamente espiritual”, está lleno de las habituales obsesiones de este cantautor judío canadiense –convertido al budismo zen– por el sexo, la muerte y Dios.
Es el propio Ser Supremo quien se dirige a él –como “este perezoso bastardo que vive en un traje” –, desde la primera canción ( Going Home ), que le anuncia su último viaje…
Voy a casa sin mi carga
Voy a casa, tras el telón
Voy a casa sin el disfraz que llevé
Todo parece indicar que estamos ante el momento solemne del escenario de una gran despedida. El suave sonido del órgano y unas susurrantes voces femeninas, nos reciben en torno a la cama del moribundo, que en vez de apretarnos la mano y besarnos en la frente, pronuncia sus últimas palabras con la sabiduría de saber que está cerca la hora de su partida…
No tengo futuro
Sé que tengo pocos días
Y el presente no es tan agradable
Sólo hay muchas cosas que hacer
(Darkness)
LA GRAN DERROTA
Lo secular y lo espiritual, lo sagrado y lo profano, se reúnen en esta meditación final llena de quietud y gracia, tristeza y vida. En el discurso que dio al recibir el Premio Príncipe de Asturias el año pasado, habló de “la gran derrota inevitable que nos espera a todos”. Todas las canciones de este disco las ha grabado de madrugada – en el estudio que tiene en el garaje del jardín de la casa que se ve en la portada – , antes que empiecen a cantar los pájaros y suene ningún coche. Es “como si cada pieza espera, trémula, el amanecer, sin ninguna garantía de que, esta vez, la oscuridad no vaya a ser permanente” –observa Joe Levy en Rolling Stone –.
Las palabras de Dios –al principio de este disco– echan en cara al nieto del rabino, que se ha dedicado a escribir canciones sobre sus amores y fracasos, cuando tendría que haber traído el mensaje de Dios . El artista nacido de una de las más importantes familias judías del Québec en 1934, dejó la poesía en 1967, para hacer dinero con la música, a pesar de su limitada voz. Ha buscado en la meditación y la oración, lo que no ha encontrado en el LSD o en los muslos de una mujer. Intentó ser monje budista de 1993 a 1996 en la montaña de Mount Baldy, pero ahora sólo hace de chófer de su maestro zen, Roshi, que tiene ya 105 años – como cuenta su biógrafa, Sylvie Simmons, en la única entrevista que ha dado el artista al publicar este disco, para la revista Mojo –.
Muéstrame el sitio,
donde quieres que vaya tu esclavo.
Muéstrame el sitio
que he olvidado, no lo sé.
(Show Me The Place)
DE VUELTA A CASA
Cohen vive solo en una casa de dos pisos en Los Ángeles, encima de su hija Lorca – llamada así en homenaje al poeta granadino, amado desde su juventud–, que tiene ahora un bebé con el nombre de Viva – nacido de su amistad con el cantante homosexual Rufus Wainwright –. Cuando descubrió que su agente se había quedado con el dinero que tenía guardado para su jubilación, Leonard tuvo que volver a la carretera después de quince años –algo que nunca le ha gustado–, haciendo una gira interminable en el 2010, cantando tres horas cada noche. Ahora disfruta mirando sus dos viñas, sentado en su pequeño balcón, al lado de una mesa con una planta de romero, o haciendo ensaladas orgánicas en su cocina.
Conocido por su perfeccionismo, trabaja con un ordenador Mac – que le proporcionó gratis Apple con tutor incluido, a la vez que a otros escritores famosos canadienses, como su amigo el poeta Irving Layton – . Así se enfrenta a lo que Layton llama “la inescapable vileza de hacerse viejo”. Su madre, hija de un rabino lituano, solía decir sin embargo, que “mientras se tiene salud”, no hay que preocuparse. El abuelo de Cohen había escrito una voluminosa obra sobre el Talmud, pero su madre no era ninguna fanática religiosa. Encendían velas el viernes por la noche, hacían oraciones e iban el sábado a la sinagoga por la mañana, pero iba a una escuela laica y tenía una niñera irlandesa católica, por quien empezó a conocer el cristianismo .
Dime de nuevo
cuando la suciedad del carnicero
es lavada por la sangre del Cordero.
(Amén)
CANCIÓN INACABADA
Su mundo se viene abajo, cuando muere su padre –un veterano de la Primera Guerra Mundial–, cuando Leonard tenía sólo nueve años . Adquiere entonces la seriedad que le ha acompañado toda su vida. Una melancolía y tristeza, que le han llevado a un páramo emocional, donde huye de toda frivolidad e inconsciencia. Su carácter enamoradizo le ha traído muchas decepciones, pero “si no se te rompe el corazón, es imposible conocer el amor”. En uno de sus primeros poemas describe al amante como “un cuerpo ambulante de dolor”. Para él, “esto es el amor, olvidarse de quién es uno”.
Teme que la muerte deje una canción inacabada : “Hay una canción en la que he estado trabajando durante muchos, muchos años. Tengo la melodía, hecha con la guitarra, realmente buena, y he intentado año tras año encontrar las palabras adecuadas. La canción me preocupa tanto que he empezado de hecho un diario como crónica de mis fracasos.”
Quiere escribir una canción de amor
Un himno de perdón
Un manual para vivir con la derrota
(Going Home)
“A no ser que la persona esté rota y sufriendo, física o psíquicamente, no va a enfrentarse a un examen espiritual” –piensa Cohen–. “Uno empieza a ser sabio, cuando se da cuenta que es sumamente infeliz aquí”. La gente intenta dar sentido a su vida de muchas maneras, pero el cantante de Viejas ideas lo ha buscado siempre en la religión, algo que muchos no siempre han entendido. Ira Nedel cuenta en su biografía el encuentro del músico con Joan Baez en el Hotel Chelsea de Nueva York. Ella le hablaba de Gandhi, las drogas y la no violencia, pero a Cohen le interesaban más sus inquietudes espirituales que su conciencia social. Y como su admirado Dylan, tiene desde su juventud, siendo judío, una curiosa obsesión, por Jesús,
“Soy un pecador, pero amo a Jesús” –escribe en la colección de salmos de su libro de Oraciones –. “Estoy corrompido, pero en estos momentos, / cuando me encuentro contra la pared, / la oración es la única salida”. Ahora canta, recordando el prólogo del Evangelio según Juan:
LA PALABRA SE HIZO HOMBRE
Enséñame el sitio
donde la Palabra se hizo hombre
(Show Me The Place)
“La Palabra se hizo hombre” ( Juan 1:14). Esa Palabra eterna, que no comienza en Belén, ni en el día de la Creación, sino que estaba desde el principio . No tenía origen ni causa, ni dependía de otra forma de existencia. Nunca hubo un momento cuando no estaba allí. No es evolución, ni resultado de herencia alguna, sino que al hacerse hombre en Cristo, perfora la Historia desde la eternidad, por la intrusión e irrupción del Eterno en la existencia humana.
La Palabra creadora hizo todas las cosas. Concibió y formuló la creación. Habló y así fue. Todo lo moldeó y construyó con su arte soberano. Es el Todopoderoso, que todo lo sostiene. Por lo que la energía última es Cristo. La fuerza creativa, la fuente de toda energía, no es algo impersonal, ciego, caprichoso o malevolente, sino que es como Cristo . La creación no contiene nada que no sea como Cristo, siendo expresión coherente y fecunda de su mente.
Esta Palabra no es sólo Dios, sino que es Dios con Dios . Al hacerse hombre, no deja de ser quién era. Continúa siendo Dios. Se hizo esclavo ( Filipenses 2:7) –como en la canción de Cohen–, al tomar y asumir la naturaleza humana. Al hacerse hombre, se hizo carne. Por lo que la humanidad no está unida a Cristo como una máscara, un vestido o un miembro artificial. Tiene un cuerpo humano. No es una ilusión, sino algo real y tangible. Así sufrió hambre y sed, cansancio y dolor, rechazo y humillación, agonía y muerte.
Cristo conoce la experiencia de la que habla Cohen en este disco . Él también murió. Cuando la Palabra se hizo hombre, conoció, temió y probó la muerte ( Hebreos 2:9). Estuvo así entre nosotros, pero no nosotros con Él. Todos le dejaron, incluso el Padre – “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” –. Estuvo entre nosotros sin Dios, “para llevarnos a Dios”. ¡Eso sí que será una vuelta a Casa!
Meryl Streep ha conseguido su tercer Oscar –después de casi treinta años, que hizo Kramer contra Kramer o La decisión de Sophie –por su papel espectacular como Margaret Thatcher. En ella se mete en la piel de la ex primera ministra británica para mostrar no sólo el lado más humano del poder político, sino la diferente perspectiva que da la vejez. Es por eso que la película dirigida por Phyllida Lloyd – La dama de hierro –, va más allá de los biopics que han acercado a la monarquía inglesa –como La reina y El discurso del rey –, para entrar en la omnipresente tragedia de la mortalidad, que yace en el fondo mismo de la condición humana.
Una señora mayor camina encorvada y vacilante, con la cabeza rodeada de una bufanda, a la tienda del barrio para comprar un paquete de leche. Al escuchar el precio, comienza a refunfuñar, molesta por los titulares de los periódicos y la rudeza de los clientes. Vuelve arrastrándose a casa, sin que nadie en el comercio o en la calle la reconozca, a pesar de ser una de las figuras icónicas del Reino Unido en los años ochenta: Margaret Thatcher.
Encontramos aquí a La dama de hierro como una anciana vulnerable que conversa con el fantasma de su marido, mientras recuerda su vida en flashbacks . Es ese tiempo presente el que te sorprende, más que su origen humilde y su papel pionero como mujer en el partido conservador. La película elude los aspectos más escabrosos de la política de Thatcher, para presentarnos a una señora decrépita que muestra ya síntomas de senilidad, mientras es vigilada por su hija, enfermeras y asistentes.
QUIEN CREÍAS CONOCER
Ver La dama de hierro fue una extraña experiencia emocional. Primero, por la pequeña sala donde se proyectaba en Madrid, un lugar que me trae muchos recuerdos, donde estábamos esa noche sólo yo y mi esposa. Segundo, porque fue en la época de Thatcher (1975-1990), cuando más tiempo pasé en el Reino Unido, después de haber estado allí los primeros años de mi vida. Las imágenes de las huelgas de hambre y los conflictos con los mineros, las bombas del IRA y la guerra de las Malvinas me son tan familiares como el nacimiento del punk o la boda del Príncipe Charles y Lady Di – cuando estudiaba inglés en Londres, enfrente del estudio de los Beatles en Abbey Road –.
Sin duda, la grandeza de esta película no está en los fragmentos de la vida de Thatcher, sino en el retrato inmisericorde de la crueldad de una edad avanzada . Esta melancólica historia de una dependencia casi senil, nos muestra la perspectiva que da el paso de los años a personas que creías conocer, al descubrir la impotencia a la cual nos enfrentamos todos, tarde o temprano.
EL CULTO A LA JUVENTUD
Tras la impresionante actuación de Meryl Streep como una anciana casi todo el metraje –que no se ve en las fotos de promoción, porque sería casi irreconocible con sus espectaculares prótesis faciales, alucinantes pelucas, las manchas, la papada y el siseo de un inglés tan británico como el de La dama de hierro – o el inquietante personaje de su marido –un Jim Broadbent cuyos sosegados comentarios no pueden ser más desafiantes–, está la realidad de la vejez. Tan perturbadora, porque nos recuerda nuestra mortalidad, limitaciones y debilidad.
La película de Phyllida Lloyd hace lo imposible para que podamos simpatizar con alguien que tuvo menos de benévola matriarca condescendiente que de airada madrastra brutal . Lo hace por la compasión que produce la debilidad. Vivimos una sociedad obsesionada con la juventud, que ha puesto todo al servicio de individuos que no tienen la edad ni la experiencia para ponerse en el lugar de otros.
Todos tenemos nuestros límites, pero hay un tiempo en que parece que no tenemos conciencia de ellos. La vida se nos antoja llena de posibilidades. No nos damos cuenta de que en cierta forma es un largo día de viaje hacia la noche –como nos recuerda Eclesiastés –. La sabiduría bíblica habla por eso de la necedad de la juventud. Uno de los mejores ejemplos es sin duda Eliú, el joven consejero de Job, que tanto nos confunde con su correcta teología, hasta que el propio Dios le corrige…
EL PODER DE LA AMBICIÓN
Lo que el personaje de Thatcher extraña, no es sólo el vigor y la salud. Es la pérdida de su amado esposo, pero sobre todo el poder que le daba sentido y trascendencia. No hay duda que La dama de hierro fue una persona ambiciosa . Desde su adolescencia –interpretada por Alexandra Roach–, está convencida que el trabajo duro es el que cambia las cosas –tanto personal, como políticamente–.
Es por eso que enfatiza la inteligencia sobre las emociones, como dice al médico que interpreta Michael Maloney:
Doctor: Tiene que ser un poco desorientador. Se va a sentir…
Thatcher: ¿Qué?, ¿Qué voy a sentir?... La gente ya no piensa; sólo siente. ¿Sabe? Ese es uno de los grandes problemas de nuestra época, que somos gobernados por gente que le importa más sus sentimientos, que sus pensamientos e ideas. Pensamientos e ideas, eso me interesa. ¡Pregúnteme qué es lo que pienso!”
Doctor: ¿Qué está pensando, Margaret?
Thatcher: ¡Cuide sus pensamientos!, porque se convierten en palabras. ¡Cuide de sus palabras, porque se convierten en actos! ¡Cuide sus actos!, porque se vuelven hábitos. ¡Cuide sus hábitos!, porque conforman un carácter. ¡Cuide su carácter!, porque se vuelve su destino. Lo que pensamos, en eso nos convertimos. Mi padre siempre decía eso. Y yo pienso que estoy bien…
EL SENTIDO DE LA VIDA
Ese desprecio de los sentimientos es lo que hizo fuerte a Thatcher, frente a todas las críticas que recibía. La dama de hierro sugiere que esa virtud, esencial para su éxito, fue sin embargo su mayor debilidad. Es así como suele ocurrir en la vida. Aquello de lo que nos enorgullecemos, es lo que nos puede también hundir. Es por su fidelidad a sus principios que la Primera Ministra desafía a todo el mundo, pero es por su falta de sensibilidad que tiene conflictos con todos . La película muestra eso, tanto en las reuniones de gabinete, como en las conversaciones en la cocina.
Si lo que somos, depende de lo que hacemos, todo se convierte en un esfuerzo fútil. Porque lo que hacemos, un día acabará, nuestra influencia cesará y nuestros seres queridos pasarán . No hay nada que pueda dar una satisfacción y un sentido trascendente, si nuestra identidad no está basada en una relación eterna con Dios. ¿Qué sentido tiene la vida, cuando se pierde todo lo demás?
Volviendo a Job, ¿por qué corrige Dios a Eliú? Los comentaristas no se ponen de acuerdo, pero yo tiendo a pensar cada vez más que el problema no era su teología, sino su completa falta de compasión por la agonía humana. Y ese es, por supuesto, un error de juventud. Creemos que sabemos todo, pero no entendemos al que sufre . Sentimos el poder de nuestra mente y cuerpo, pero no nos damos cuenta de nuestras limitaciones. Tal vez por eso dice Pablo que los ancianos gobiernen la iglesia, no por la fuerza que sienten, sino por la conciencia de su debilidad. Porque “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:10).
Sorprende que un judío como Marc Chagall (1887-1985), tenga tal obsesión por la cruz, que llene muchos de sus cuadros con la figura misma del crucificado. Algunos se pueden ver en la exposición que ahora le dedica el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid. El artista creció en la comunidad judía de Vitebsk –la actual Bielorrusía–, donde predominaba un jasidismo que prohíbe representar nada de lo creado. En su casa no había imagen alguna, pero pintó cien veces la cruz como símbolo universal del sufrimiento.
No era fácil la vida para un judío en medio de las dos guerras mundiales y la revolución soviética. El mayor de nueve hermanos de una familia de origen levítico –su nombre es Shagal o Segal–, que vive del comercio del arenque –por eso pinta con frecuencia tantos pescados–, mientras su madre lleva una tienda de ultramarinos en casa. Cada mañana su padre va a la sinagoga, antes de trabajar, cargando pesados barriles –cuenta Chagall en Mi vida, su autobiografía–.
En aquella época, los judíos no tenían acceso a la educación rusa. Su formación era por lo tanto en una escuela religiosa judía, donde aprende hebreo con la Biblia. “Desde mi más temprana infancia, he sido cautivado por la Biblia” –le cuenta a su biógrafo Franz Meyer–. “Siempre me ha parecido la mayor fuente de poesía de todos los tiempos”. Tal fascinación le produce, que dice: “Yo no veía la Biblia, la soñaba”.
Logra entrar con un pasaporte falso en una academia de arte de San Petersburgo, pero en 1910 se establece en París, donde mantiene el folklore ruso y la espiritualidad jasidica. Vuelve a su pueblo, se casa y llega la revolución. Al regresar a Francia, tiene a Ambroise Vollard como marchante –que se encarga de la obra de Cézanne, Renoir, Picasso, Gauguin y Van Gogh–. Es él quien le pide que ilustre el Antiguo Testamento, viajando a Palestina en 1931.
EL SUFRIMIENTO DEL CALVARIO
Chagall veía la Biblia como “historia humana”. Para él, “Cristo era un gran poeta, cuya enseñanza se ha olvidado en el mundo moderno” –dijo a la Revista Partisana en 1944–. Lo imagina como “un Jesús pre-cristiano”. Le dice a su hijo David después, que, para él, está en la línea de los grandes profetas judíos. En 1912 hace una obra Dedicada a Cristo, que hoy conocemos como Calvario. En el centro de la pintura coloca a Jesús crucificado, junto a Juan y María. José de Arimatea lleva una escalera y el cuerpo desnudo de Cristo está tapado por un chal de oración judío.
En sus representaciones del Antiguo Testamento incluye ya cruces, pero a partir de la persecución nazi, ve en la crucifixión el sufrimiento del mundo. Lo refleja como en un espejo. No es que esté concentrado en él, ni le sea transferido, para hacer un sacrificio, sino que forma parte de lo que considera “el destino permanente del hombre”.
En La crucifixión blanca (1938), los judíos huyen de los nazis, mientras Jesús cuelga sobre ellos en la cruz. Está tapado con lo que parece un tallith por sus rayas negras, mientras sus píes se queman sobre un candelabro de siete brazos. Debajo una sinagoga arde, los rollos de la Torah se convierten en antorchas y los ancianos se lamentan. Y ¿qué hace Cristo para protegerles?
Chagall dice que “el hombre en el aire, que hay en mis pinturas, soy yo” –afirma en una entrevista de 1950–. En la vida y en el arte, el artista flota sobre la adversidad. Y parece que también sobre las distinciones humanas. En su experiencia y su obra, quiere ser nos sólo ruso para los rusos, o francés para los franceses, sino también judío para los judíos, y cristiano para los cristianos. ¿Se identifica entonces Chagall con Jesús?
EL MESÍAS DE LOS JUDÍOS
En La crucifixión amarilla (1943), Jesús lleva las filacterias de un devoto judío y sostiene el rollo de la Torah en su mano derecha, rodeado de un grupo de judíos que huyen en su sufrimiento. Durante la guerra empieza a pintar su famoso tríptico de Resistencia, Resurrección y Liberación. En el primero un judío con la Torah está de píe a la izquierda de la cruz, una mujer con un bebé extiende sus brazos al crucificado y Chagall cae boca abajo, junto al cuerpo de Jesús, como si él mismo fuera crucificado.
Después de la guerra, los judíos tienden a ver estas crucifixiones como un símbolo del sufrimiento judío, que no tiene carácter mesiánico alguno, hasta que el artista pinta la cruz detrás de la escalera de Jacob. En el catálogo de la exposición, Chagall le añade una cita de su amiga Raissa Maritain, convertida al catolicismo, que dice: “El Antiguo Testamento es precursor del Nuevo, y el Nuevo cumplimiento del Antiguo”.
Esto se hace aún más evidente en su representación del Éxodo de 1955. En este oscuro cuadro, se levanta la cruz en la esquina superior izquierda. En su famoso Sacrificio de Isaac, Jesús está llevando la cruz, superpuesto en el fondo. El rojo que se derrama desde la cruz sobre la figura de Abraham, sugiere la idea de un sacrificio de sangre. Esa imagen de Isaac prefigurando a Cristo, aparece incluso en los tapices que hace para el Parlamento de la Knesset en Jerusalén.
VARÓN DE DOLORES
El registro de la Pasión no sólo ocupa gran parte de los evangelios. Está ya anunciada en el Antiguo Testamento. Jesús es presentado como el Varón de Dolores anunciado por Isaías 53:3. Cristo conoció el sufrimiento antes, pero a partir de Getsemaní “se entristece y angustia en gran manera” (Mateo 26:37), diciendo: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (v. 38). En contraste con la dulce calma y paz del aposento alto, Jesús está alarmado ante la horrible perspectiva de un tormento sin igual, que le sobrecoge.
La muerte de Jesús no tiene nada que ver con la forma en que Sócrates bebe la copa envenenada. Su actitud no es serena y calmada. Los héroes, además, que los judíos admiraban, como los macabeos, se enfrentan a la muerte con gesto desafiante, presentando sus miembros para ser amputados. Cristo sin embargo aparece agitado y en completa agonía (Lucas 22:44), pidiendo al Padre si no hay forma de evitar su muerte (v. 42). ¿Por qué tantos “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7)?
La muerte de Cristo es diferente a cualquier otra, porque no sólo experimentó un dolor terrible –tres horas sofocado y desangrado–, sino que esa muerte física supuso una muerte espiritual. Lo que la Biblia llama la muerte eterna, la maldición de ser separado de Dios. Cuando clama a Él, gritando “¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46), muestra la agonía de la ruptura que se produjo en el propio corazón de Dios. Verdaderamente –como el Credo Apostólico dice–, sufrió los tormentos del infierno.

REDENCIÓN Y SUFRIMIENTO
Jesús entró en la oscuridad, para que nosotros no tengamos que pasar por ella. El dolor físico que todavía sentimos, no se puede comparar con la experiencia espiritual de abandono cósmico que Cristo sufrió. En la cruz padeció un dolor que excede el que nosotros podamos conocer y soportar. Es por eso que el cristianismo es la única fe sobre la faz de la tierra que proclama que Dios se hizo verdaderamente hombre, para experimentar de primera mano nuestra desesperación, soledad, rechazo, angustia y muerte.
¿Por qué Dios permite el sufrimiento? No tenemos la respuesta a esa pregunta, pero miramos la cruz de Jesús y sabemos que por lo menos no es indiferente a nuestro dolor. Dios lleva así nuestra miseria. Es verdaderamente Emmanuel –Dios con nosotros–, incluso en la hora más oscura, pero por su resurrección sabemos que nuestro sufrimiento no es en vano. Su victoria frente a la muerte, no sólo nos trae consolación, sino el anuncio de la restauración de la vida.
Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, donde ya no habrá muerte, llanto, clamor, ni dolor (Apocalipsis 21:4). Porque Dios mismo estará con nosotros, limpiando cada lágrima. Será la renovación de todas las cosas, cuando el Hijo del Hombre esté sentado en su trono de gloria (Mateo 19:28). La Creación danzará entonces, como en los cuadros de Chagall.
Al crear Sherlock Holmes hace ciento veinticinco años, Arthur Conan Doyle hizo el detective más famoso del mundo. La figura del sabueso con gorro de cazador y larga pipa, se resiste al paso del tiempo, como demuestran las recientes versiones cinematográficas y la sorprendente nueva serie de la BBC. Mientras Garci rueda una aventura del investigador en Madrid, se publica en castellano la primera secuela oficial de las historias de Holmes, La Casa de la seda – encargada por los herederos de Doyle al reputado escritor de novelas juveniles, Anthony Horowitz – . La pregunta que uno se hace, es: ¿cómo el creador de un personaje de lógica tan inexorable pudo acabar creyendo en el espiritismo y las hadas?
Nacido en una familia católica de origen irlandés, Doyle (1859-1930) se cría en Edimburgo. Su padre era un alcohólico que trabajaba de funcionario en la oficina escocesa de obras públicas, a la vez que hacía ilustraciones de libros –entre ellos el famoso Progreso del Peregrino del predicador bautista John Bunyan o La vida y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe del presbiteriano Daniel Defoe–, para mantener a sus nueve hijos. Cuando aumentan los problemas del padre con el alcohol, Doyle es mandado interno a un colegio. El último año lo hace en una escuela jesuita de Austria, donde renuncia a su fe católica.
Doyle estudió medicina en Edimburgo con el famoso doctor Bell, autor de un manual de operaciones quirúrgicas, pero también inspirador de Holmes . Dice que “sabía más del paciente con unas cuantas miradas rápidas, que con cualquier pregunta”. Tras servir como médico en un ballenero, navega a África, donde conoce la brutalidad del tráfico de esclavos en el Congo, que luego denunciaría. Al regresar a Inglaterra, tiene su primer contacto con la teosofía, poco antes de casarse con una viuda, que era paciente suya. Tras el nacimiento de su primera hija, Doyle se traslada con su familia a Londres, para trabajar de oculista, pero enseguida se dedica profesionalmente a la literatura.
¿ELEMENTAL, QUERIDO WATSON?
Holmes nace en una historia publicada en 1887, Estudio en escarlata. Ilustrada por su padre –que había sido trasladado de un centro de recuperación de alcohólicos a una residencia psiquiátrica–, que le muestra con una barba que enseguida desaparecerá. El 221 B de Baker Street era un lugar de moda al sur de Regent´s Park. Allí comienzan y acaban la mayor parte de los relatos de Holmes, con el doctor Watson leyendo el periódico y Holmes fumando en pipa, o sacando notas discordantes de su violín, si no está mirando por la ventana. Y por supuesto, la señora Hudson traerá enseguida una bandeja de comida o té, que Watson apreciará con placer y Holmes considerará una mera necesidad.
Sus clientes suelen llegar por una carta anónima o una visita inesperada –para la consternación de la señora Hudson–, si no es Watson quien llama la atención del detective con un suceso misterioso, que aparece en el periódico. Una de las frases favoritas de Holmes es: “Este caso tiene ciertamente algunos puntos de interés”. Aunque la primera vez que se encuentran con el cliente –da igual lo ilustre que sea–, Sherlock suele rechazar el caso. Las personas que ayuda están siempre en una situación de desventaja, o acusados de un crimen falsamente. A continuación emprende una investigación con una metodología estrictamente clínica.
Aunque Doyle nunca utilizó la expresión “elemental, querido Watson” –lo hizo su hijo Adrian, en un relato llamado La aventura del castillo de Arnsworth –, la técnica es siempre la misma: Holmes presenta a Watson con una serie de hechos, que llevan al doctor a una conclusión apresurada, para que a continuación, Holmes le muestre su error con una lógica aplastante . Reúne toda la evidencia y propone una teoría científica, basada en sus hallazgos, para ponerla a continuación a prueba y determinar si es cierta, o no. El secreto es no ocultar información al lector: Doyle nos presenta los mismos datos con los que cuenta Sherlock. Es como si nos dijera: ¿puedes tú resolver este misterio?, ¿eres tan listo como Holmes? Y la respuesta es evidentemente que no.
EL PROBLEMA FINAL
En la historia de El problema final (1893) aparece el poder del mal con el profesor Moriarty : ”Un hombre de buena familia y excelente educación, dotado naturalmente de una capacidad fenomenal para la matemática”. Es la lógica puesto al servicio del terror. “Es el Napoleón del crimen, Watson. Es el organizador de la mitad de lo malo y casi todo lo que no se detecta en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Tiene un cerebro de primer orden.”
En el pequeño pueblo suizo de Meiringen –donde Holmes tiene ahora una estatua–, camino de las cataratas de Reichenbach, los agentes de Moriarty tienden a Watson una trampa, para separarlo de Sherlock. Cuando se da cuenta, corre a la cascada, donde no encuentra más que su bastón de alpinista y una carta de él. Su desaparición intriga tanto a Doyle como la muerte de dos de sus hijos, al cumplir 3 años, y su hermana Annette con 33, pero su peor sueño se hace realidad cuando su esposa Louise empieza a toser sangre, mientras está con él en Suiza de vacaciones, visitando esas mismas cataratas. No hay duda de su diagnóstico: tuberculosis pulmonar.
La muerte de su mujer –una devota protestante– en 1906, cuando tenía 49 años, cambia toda su vida . Doyle había rechazado el catolicismo, pero con él toda la fe cristiana –“al leer y estudiar sus fundamentos, descubrí que eran tan débiles, que mi mente no se podía basar en ellos”–. El escritor se propone no aceptar nunca nada que no le sea demostrado: “Los males de la religión, vienen todos de aceptar cosas que no pueden ser probadas”.
¿ES LA MUERTE EL FIN?
Cuando tenía sólo 21 años, recuerda haber asistido en 1881 a una conferencia en Birmingham sobre si la muerte era el fin de todo. Le produjo un fuerte escepticismo. Seis años después asiste a una sesión espiritista, que le lleva a enviar una carta a la revista de la Alianza Espiritista de Londres, Luz –que él mismo acabaría financiando–. Se empieza a interesar cada vez más por ello, aunque reconoce que “es un terreno traicionero y difícil, donde acecha el fraude y es posible el autoengaño”. Sin embargo “la recompensa posterior supone una gran paz espiritual, ausencia de temor a la muerte, y una duradera consolación en la muerte de los que amamos”.
En 1917 tiene una “interesante experiencia espiritual” en una sesión. Cree ver a su madre y su sobrino, “tan claramente como les vi en vida”. Piensa entonces que hay un “cuerpo espiritual”, buscando superar la barrera, aparentemente imposible de cruzar, entre la vida y la muerte. No podía aceptar simplemente la separación final de sus seres queridos. En los años veinte dedica todas sus energías al espiritismo, viajando a Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Francia y Sudáfrica, para promoverlo. Escribe libros sobre ello –el último que publicó, es una colección de ensayos sobre el tema– y abre una librería especializada en Londres. ¿Qué queda de la lógica racionalista de Holmes?
El año 1922 asiste con su segunda esposa, Jean, a una sesión en Nueva York con el matrimonio Thompson, donde Doyle dice ver y sentir a su madre. Tres días después, el médium es arrestado por la policía, al ser acusado de fraude: el espíritu era la señora Thompson.
Lejos de desanimar al escritor, el mismo año investiga unas fotos tomadas por una adolescente cinco años antes, que le demuestran ¡que las hadas existen! En 1971 la chica, ya anciana, reconoce en un programa de la BBC que era un fraude. La niña que aparece en la imagen con 10 años, confiesa en una entrevista en 1982, que las fotos estaban manipuladas con dibujos o recortes superpuestos. El mismo año 22, el matrimonio coincide con el escapista Houdini, que se dedica a desprestigiar a médiums. Los Doyle no sólo creen que se “desmaterializa”, sino que en una sesión en el hotel, su esposa pretende recibir un mensaje de la madre de Houdini. Cuando el ilusionista intenta desilusionarle, cree que está siendo simplemente modesto…
FE Y RAZÓN
Dice Chesterton que “cuando el hombre deja de creer en Dios, no es que no crea ya en nada, es que cree en cualquier cosa”. Cuando uno se acerca al mundo del ocultismo, una de las cosas que más te llama la atención es esa extraña mezcla de sinceridad y engaño . Es así como lo extraño se convierte en sinónimo de sobrenatural, y lo ridículo en espiritual, pero lo opuesto a la razón no es la fe, sino el absurdo. Es por eso una tragedia que se haya cambiado el milagro por la superchería, la religión por la secta, y la realidad trascendente por el más burdo fraude.
Parece como si la misma confianza religiosa que la modernidad puso en la ciencia y la tecnología, despreciando la religión, se deposita ahora con igual fervor en supersticiones y patrañas . ¿Qué seguridad podemos tener de estas cosas? Holmes no anda desencaminado: “Es un error capital teorizar antes de tener datos. Sin darse cuenta, uno empieza a deformar los hechos para que se adapten a las teorías, en lugar de adaptar las teorías a los hechos” ( Escándalo en Bohemia, 1891).
TESTIMONIO SEGURO
La Biblia invita a consultar su Palabra como una dirección segura, cuyo conocimiento no se puede comparar con nuestra experiencia de ningún fenómeno , “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos? ¡A la ley y el testimonio!”, dice Isaías 8:19-20. Toda otra vía no produce más que error y engaño. Doyle hizo las preguntas correctas. No hay nada más importante que saber que la muerte no es el fin, pero buscó la respuesta en el lugar equivocado. Cuando, como Holmes nos advierte, no debemos teorizar hasta tener datos seguros.
No podemos por eso aceptar fenómenos como manifestaciones de espíritus de difuntos, porque la Biblia enseña claramente que el espíritu humano no vaga después de la muerte, sino que tiene un destino inmediato . Por la fe, tenemos seguridad de poder estar con el Señor (2 Corintios 5:8). La muerte, para el creyente es “partir y estar con Cristo” ( Filipenses 1:23). Los que rechazan a Dios, sin embargo, vivirán separados de Él, sufriendo el tormento de la ausencia de Aquel que es fuente de toda alegría, luz y vida.
Cuando el hombre rico de la parábola de Jesús ( Lucas 16:19-31), le pide a Abraham que vuelva Lázaro de los muertos a advertir a sus hermanos, para que no vayan al lugar de tormento donde ahora se encuentra, la respuesta no puede ser más significativa. “Las Escrituras tienen, que atiendan a su testimonio” (v. 29). Si no les hacemos caso, tampoco nos convenceremos aunque alguien se levante de los muertos (v. 31). Sólo hay Uno que ha venido de la muerte, Cristo Jesús, pero a Él también le conocemos por la Escritura. Sobre ella descansa una fe segura.
¿Quién iba a pensar que la ganadora de los Oscar este año iba a ser una película en blanco y negro, francesa y muda? Aunque sea un homenaje al cine de Hollywood de los años veinte, The Artist es un film sorprendente y delicioso en todos los sentidos. En plena locura del 3D, Michel Hazanavicius nos lleva a la época cuando el cine americano se encontraba a las puertas del sonoro, para contarnos el relato de una caída. The Artist es la historia de alguien que vive en un mundo feliz, fastuosamente sumergido en el exceso, sin darse cuenta que su estrella se apaga de un día para otro.
George Valentín es un reconocido actor que triunfa en papeles de galán y aventurero –como Douglas Fairbanks, a quien recuerda el físico de Jean Dujardin–, acompañado siempre de un perrito –inspirado en el célebre Asta, la mascota del matrimonio de detectives que protagoniza la serie basada en las novelas de Hammet que interpretaba William Powell, el otro referente de Dujardin, aunque sea ya en el cine sonoro–. Mientras él cae en el olvido, su joven protegida Peppy –encarnada por la esposa del director, Bérénice Bejo– acaba triunfando, al ser propulsada a este firmamento de estrellas fugaces.
La soledad y la locura devoran a Valentín, antes que el fuego que arrasa su pequeño apartamento, donde pasa las noches viendo sus antiguos éxitos –como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses –. Atrás quedan sus pertenencias, vendidas en subasta, después de que su matrimonio se hunda en el hastío y la amargura –como vemos en las imágenes de sus desayunos en días sucesivos, al estilo de Ciudadano Kane –. Este melancólico melodrama va más allá del ejercicio retro de evocación nostálgica, para hablarnos de un presente que está por encima de todo anacronismo.
HAMBRE DE RECONOCIMIENTO
The Artist nos presenta un mundo donde la fama lo es todo. Como en nuestros actuales programas de televisión, el interés gira en torno a unos personajes que llamamos famosos , cuyas andanzas son seguidas con la curiosidad de esta joven aspirante a actriz. Valentín es como un George Clooney de su tiempo, enamorado de sí mismo. Hambriento de la atención de los medios de comunicación, es capaz de hacer y decir cualquier cosa, hasta bailar espontáneamente ante una multitud arrebatada.
Una admiradora como Peppy, consigue sus cinco minutos de fama –sobre los que hablaba Andy Warhol–, cuando espera a la puerta y choca con Valentín, al recoger su cartera del suelo. Su amable sonrisa hace que le bese en la mejilla, siendo recogida la escena por los fotógrafos de prensa. Cuando se vuelven a encontrar, al presentarse ella de extra en una película, surge de inmediato la atracción entre ellos. El problema es que él está casado.
Todo esto lo entendemos sin necesidad de una palabra. Una o dos frases aparecen en unos pocos letreros, pero es la música y la imagen la que domina una historia de extraordinaria fuerza emocional. Una película conmovedora, que no nos puede dejar indiferentes.
ENCANTADOS DE CONOCERNOS
Valentín es como todos los famosos, alguien orgulloso y encantado de conocerse a sí mismo. The Artist es en este sentido un estudio sobre el engreimiento . Nos muestra la presunción de un individuo que, cuando no es iluminado por los focos, vive en una mansión bajo un retrato de sí mismo, de dimensiones descomunales. Sus gestos de generosidad no buscan sino hacerle sentirse bien. Ya que en su magnanimidad no se preocupa por nadie, aparte de sí mismo y su perro terrier.
En su soberbia, Valentín se aferra al viejo mundo que se hunde, creyendo que su estrella nunca va a palidecer. No se da cuenta así de lo que está en juego . Su vanidad y arrogancia parecen representar también una industria como la norteamericana, que ha hecho del invento de los Lumière símbolo de una cultura, necesitada también de la redención que viene de la compasión. Porque ¿quién podrá salvarnos de nuestro terrible orgullo?
LA SEDUCCIÓN DEL ÉXITO
En la seducción del éxito, uno se encuentra como Madonna que “aunque he llegado a ser alguien, todavía tengo que demostrar que soy alguien”. Quien se mantiene en la fama no es porque disfruta de ello, sino porque está dominado por el miedo: el temor al fracaso . Nuestros logros no pueden dar respuesta a las grandes preguntas de la vida: ¿quién soy?, ¿qué valgo? y ¿cómo me enfrento a la muerte?
Como ningún otro ídolo, el éxito y la fama nos llevan a creer que somos dioses . Nuestra seguridad y valor descansan en nuestra inteligencia, fuerza y actuación. Uno se da cuenta que ha hecho del éxito un ídolo, cuando tiene esa falsa seguridad que se viene abajo cuando llegan las dificultades. Al divinizar nuestros logros, esperamos que ellos nos libren de los problemas de la vida como sólo Dios puede hacerlo.
Como le ocurre a Valentín, la fama distorsiona la visión de uno mismo. Al basar tu valor en lo que puedes conseguir, tienes una percepción inflada de tus capacidades. Porque has logrado algo en cierto aspecto de la vida, crees que la dominas, pensando que eres experto en todo –como esos famosos que opinan de todo–. Esa ceguera a la realidad acompaña siempre la idolatría, como muestra el Salmo 135:15-18 o Ezequiel 36:22-36.
AMOR REDENTOR
El cuidado y la compasión de Peppy nos muestran un amor redentor, que nos habla de la única fuerza que nos puede librar de nuestro tremendo egoísmo . El éxito no puede darnos la satisfacción que promete. Estamos buscando nuestro valor en el lugar equivocado. Como Naamán, tenemos que descubrir que la fama, el dinero y el poder no pueden “matar y dar la vida” (2 Reyes 5:7). Nuestras vidas están en las manos de un Dios que no podemos controlar.
El hombre intenta por su religión y moralidad que Dios contraiga una deuda con nosotros, pero Él es el Dios de gracia, con el que todos tenemos una deuda. No podemos ganar su favor, merecerlo o conseguirlo. Hasta que no conocemos a Dios como un Dios de gracia, cuya salvación no se puede ganar, sino recibir, seguiremos siendo esclavos de nosotros mismos. Creemos que podemos lograr seguridad y sentido, cuando nuestro talento, capacidad y oportunidades vienen de Dios, y no de nosotros. Aquellas cosas de las que nos sentimos orgullosos, son finalmente dones de Dios.
Dependemos de su gracia, aunque no podamos verla. Tal misericordia tiene sin embargo un gran coste. Dios nos muestra su favor, sacrificándose a sí mismo en forma de Siervo sufriente ( Isaías 53) por la persona de su Hijo. En la cruz Dios ha pagado nuestra deuda. Cuando entendemos lo que Jesús ha hecho, comprendemos que la salvación no consiste en que hagamos grandes cosas, sino en recibir lo que Él ha hecho. Para eso no hace falta poder, sino admitir nuestra debilidad y necesidad. ¡Cristo lo ha hecho todo!
Dickens se crió en una familia nominalmente anglicana. Fue bautizado en la iglesia de St. Mary de Kingston, pero cuando era pequeño, su familia conoció al pastor de la capilla bautista Sión de Chatham. Desde niño, escuchaba los sermones del pastor bautista William Giles, que tenía un hijo de 23 años que estudió en Oxford y llevaba una escuela bautista, a la que asistió Dickens . El y un grupo de chicos del colegio se identificaban como los Gatos de Giles, llevando un sombrero hecho de piel de castor.
No es sorprendente, por lo tanto, las referencias bíblicas que aparecen en muchas de sus novelas : la imagen de Cristo “escribiendo con su dedo en el polvo, mientras le traían una mujer pecadora” ( Casa desolada ); “las torres que compiten con Babel” ( Tiempos difíciles ); “el camello por el ojo de la aguja” ( La pequeña Dorrit ); “Yo soy la resurrección y la vida” ( Historia de dos ciudades ); o la oración silenciosa de Pip por el convicto “Oh, Señor, ten misericordia de él, pecador” ( Grandes esperanzas ).
INFANCIA ¿DESGRACIADA?
La tragedia se cierne sobre Dickens, cuando tiene que abandonar la escuela bautista de Giles, a causa de tener que ir su padre a la prisión por deudas, cuando el escritor tenía sólo 12 años . Escribe entonces a su amigo y primer biógrafo, John Forster: “Yo sé que si no fuera por la misericordia de Dios, podría haber sido fácilmente un ladronzuelo o pequeño vagabundo, por la falta de cuidado que recibí”.
El escritor de niño tiene que trabajar en una fábrica de betún en una zona industrial de Londres, insalubre e infestada de ratas. Son jornadas de diez horas, con una pequeña pausa para comer. “Fue el acontecimiento más importante de la vida de Charles Dickens –dice Ackroyd–, algo que siempre tuvo presente”. Descubrió así prematuramente la aspereza de un mundo poco compasivo con la debilidad y la pobreza.
“Todo mi ser se sintió tan imbuido de pesar y humillación al pensar en lo que había perdido que incluso ahora, famoso –escribe a su amigo Forster–, cuando rememoro aquella época de mi vida, muchas veces me olvido de que tengo una mujer y unos hijos, incluso de que soy un hombre”. La indefensión que experimentó el escritor en su tierna infancia es fundamental para entender su dificultad para creer en un Dios, cuya gracia providente se muestra en un cuidado real de sus criaturas.
DESILUSIONADO CON LA RELIGIÓN
La actitud de Dickens de aversión a la Iglesia no es casual. Su desprecio de la religión formal, con todos sus dogmas y ceremonias, no viene de una hostilidad intelectual contra Dios o Jesucristo, sino de su desengaño con un cristianismo hipócrita , que ignoraba la compasión de Cristo por el pobre. Dickens se acerca al unitarismo de Edward Target, por su orientación a la práctica en vez de a la doctrina. Puesto que era anticlerical, poco dogmático y nada sectario. “Las formas humanas de religión tienden a ser lo que diabólicamente es la irreligión”, dice.
Al escritor le molestaba tanto el movimiento evangélico como el catolicismo-romano. No soporta el sabatarianismo –escribió un panfleto anónimo en 1836, Domingo bajo tres cabezas, en contra del intento de Sir Andrew Agnew de aprobar una ley en contra del ocio y el trabajo en domingo– y ridiculiza la hipocresía de los predicadores disidentes, o sea de las iglesias libres –en el personaje de Mr. Stiggins en Los papeles del Club Pickwick –. Aunque también dice que “detestaba el catolicismo, esa abominable vieja institución sacerdotal”. Llama a la iglesia de Roma “ese tambaleante monstruo”. En 1853 dice: “Roma y yo, estamos ampliamente separados, moralmente”.
Según la biografía de Fred Kaplan, Dickens se hace miembro de la iglesia unitaria en el invierno de 1842-43 . Nacida de la Reforma radical, aparece en Inglaterra doscientos años antes del nacimiento del escritor. Aunque cree todavía en la Biblia –Dickens pidió que se leyera la Escritura todos los días en el hogar que abrió para mujeres de la calle, para que fueran así “tentadas a la virtud” –, enfatiza la humanidad de Cristo –aunque todavía describe sus milagros en La vida de nuestro Señor, que escribió para niños en 1849–, afirmando “la supremacía de Dios y la divinidad de la misión de Jesús de Nazaret”.
DICKENS PREDICA A LA IGLESIA
El escritor predica a la Iglesia en Oliver Twist , cuando Mr. Bumble da gracias a Dios en oración por las gachas, pero defiende el abuso que hace de Oliver, diciendo: “¡Le hemos dado el Evangelio!”. Habla a los cristianos en Casa desolada, cuando presenta la falsa piedad de la Sra. Jelby, que sueña con esfuerzos misioneros en África, mientras ignora los barrios bajos de Inglaterra. O cuando la Sra. Pardiggle avasalla a los niños en este libro, degradando a los pobres. Los sermones de Chaband en esta obra no son más que excusas para no mostrar la compasión de Cristo.
A pesar de eso, Dickens sigue yendo a la iglesia anglicana que había cerca de su casa, hasta el final de su vida. Ora por la mañana y por la noche. Tenía una sensibilidad por los principios sociales del cristianismo, como muestra en Canción de Navidad (1843) . Escrita cuando tenía 31 años, esta historia de fantasmas es una fábula contra la codicia. Scrooge es un avaro frío e insensible, que oprime a los pobres sin compasión alguna. Para él, la felicidad es la riqueza, aunque es el personaje más miserable que uno pueda imaginar. El problema es que su salvación no viene por un encuentro con Cristo, sino consigo mismo.
Para Dickens, el cristianismo consiste en amar al prójimo. Lo que en el Nuevo Testamento es el resultado, no el medio de la conversión . Como observa Ackroyd, en sus primeras novelas Dickens distribuye el bien y el mal entre sus personajes sin contemplar la posibilidad de su coexistencia en un mismo carácter. Sus últimas creaciones rompen, sin embargo, esa división, mostrando la ambigüedad del ser humano, donde la miseria y la grandeza conviven de forma paradójica.
EL NIÑO QUE NUNCA DEJÓ DE SER
Es por eso que yo también prefiero el último Dickens al moralizante patetismo de sus primeras obras . Como tantos otros, recuerdo haber leído de niño Oliver Twist (1837-38) en una antigua edición de Calleja con unas llamativas ilustraciones de principios del siglo pasado que tenía mi padre, cuando aún se llamaba Oliverio. Las versiones al cine que hizo David Lean en 1948, Carol Reed en 1968 y Polanski en 2005, todavía me emocionan. Aunque ¡reconozcámoslo, es bastante antisemita!
Lo más cercano que hizo Dickens a una autobiografía es David Copperfield . La leí en una adaptación infantil. En realidad –como dice Ackroyd–, “es la que refleja con mayor severidad, sinceridad y tristeza sus peores experiencias infantiles, aunque es más contenida y recatada respecto a sus sentimientos que libros anteriores”. En lugar de representar a sus padres como los de Copperfield, los convierte en los Micawber. Harold Bloom la considera “la primera novela terapéutica, escrita en parte para la curación del propio autor o para consolar la permanente angustia adquirida en su infancia y en su juventud”.
Cuando su cuñada Mary Hogarth muere a los 17 años, Dickens está destrozado. “Charles responde a la muerte con una histeria controlada –dice su biógrafo Fred Kaplan–, un inmenso dolor destruye su normal equilibrio”. Su muerte produce “una deserción tan devastadora, que mantiene su memoria viva con recuerdos conscientes y sueños recurrentes”. Durante años Mary le visita en pesadillas, que “se repiten perpetuamente de forma extraordinaria”. Es en ese mundo donde lo real se mezcla con lo irreal, lo material y lo espiritual, lo concreto y lo fantástico, lo mundano y trascendente, que encuentra Ackroyd la magia de Dickens.
LA MANO INVISIBLE DE DIOS
Veinte años estuvo Dickens casado con Catherine. Tuvo con ella diez hijos, pero su relación fue difícil . Mantuvo con ella constantes conflictos, tensiones y sospechas. No se sabe si viene de eso su costumbre de andar durante horas por las calles, todas las noches. Tras su separación, tuvo una relación no muy clara con una actriz llamada Nelly Ternan –según Ackroyd, no consumada sexualmente, aunque otros biógrafos creen que convivían secretamente–. Ahora se han publicado en castellano las cartas de su amor secreto por Maria Badnell –que estaban en Estados Unidos–.
Una de ellas me ha emocionado especialmente. La escribe cuando ella ya está casada, veintidós años después de que su relación se frustrara –es ahora la señora Winter–. Compara nuestra vida con un río, que va rumbo al mar. Intenta, como todos, entender el curso que le ha llevado por tantos vericuetos a su situación actual. ¿Dónde está Dios en medio de ello? El creyente entiende que Dios se interesa por nosotros, pero también nos dirige. El problema por el que Dickens se aleja de la fe ortodoxa, para abrazar el deísmo unitario, es su incapacidad para ver la Providencia de Dios en la vida . Si el Creador tiene control de todas las cosas, ¿por qué permite que haya tantas tragedias en la vida? Suceden muchas cosas que parecen no tener sentido, ni propósito.
Cristo enseña que los cabellos de la cabeza están todos contados y ni el más mínimo movimiento de un gorrión le pasa desapercibido. El creyente puede estar por eso seguro que su vida está dirigida por Dios ( Mateo 10:29-31 ). Lo que pasa es que hay una cara oscura de la Providencia, por la que el Señor entreteje el dolor, la pérdida y la angustia con los momentos de placer y felicidad, para cumplir su propósito en nuestra vida. Cuando Pablo dice que “todas las cosas ayudan para nuestro bien” ( Romanos 8:28 ), quiere decir que las usa para nuestro bien, no que sean buenas en sí mismas.
SU BONDAD EN LA TRAGEDIA
Un contemporáneo de Dickens, George Muller, tuvo la misma compasión del escritor por los niños abandonados de la calle, construyendo orfanatos, inspirado por su fe cristiana . En 1853, su única hija, Lydia, está a punto de morir de fiebre tifoidea. “Mientras pasaba por esa aflicción tan grande –escribe Muller–, consciente como era de mis múltiples debilidades, fracasos y defectos, estaba preparado para decir como el apóstol Pablo: “Miserable de mí”; no obstante, estaba seguro de que esta desgracia no era la vara del Padre sobre mí, sino la prueba de mi fe.”
Su conclusión sin embargo es que estará “satisfecho con la voluntad de Dios”. Creía que “si el Señor decidía llevarse a mi amada hija, sería lo mejor para sus padres, lo mejor para ella y sobre todo contribuiría más para la gloria de Dios que si ella viviera”. La niña es librada de la muerte, pero unos años después fallece su esposa a causa de una fiebre reumática. Estuvieron casados 39 años. A pesar de su tristeza, el fundador de la Asamblea de Hermanos de Bristol predica en el funeral sobre el Salmo 119:68 : “Tú eres bueno y haces bien”.
Este sermón, que hace a los 64 años, tenía tres puntos: 1. El Señor fue bueno e hizo bien en dármela; 2. El Señor fue bueno e hizo bien en permitirme estar con ella tanto tiempo; y 3. El Señor fue bueno e hizo bien en quitármela. En este último punto cuenta cómo oró por ella como hizo por su hija enferma , “pero sea como fuera que trates conmigo, sólo ayúdame a estar completamente satisfecho con tu santa voluntad”.
Dios no nos da todo lo queremos en esta vida, pero si lo que necesitamos. La fe es estar satisfecho con ello. Y eso son “grandes esperanzas”, como nos recuerda Dickens.
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola