Ernesto Villar, recuerdo de un consumado pajero
09.07.07 @ 05:22:30. Archivado en Crónica

Realmente era chato. No es que exagere, pues el chato Villar, un profe ojiverde de los recordados noventas en el Reyna de las Américas, lo que no tenía en altura lo compensaba con escrúpulos. Carismático, sobre todo para las mujeres, Ernesto, como le puso su madre Carolina allá comenzando la segunda mitad del siglo XX, siempre me pareció un tipo raro. Detrás de esa mirada turquesa, se escondía algunos pensamientos colindantes con Onán. Educador en los cursos de arte y música, pero francamente, con la mano en el pecho y la otra rascándome mi abundando masa corporal, nunca, ni en sueños, lo vi o tocando algún instrumento – ni un pito – o dibujando algún bosquejo sobre un papel, hoja bond o en la Pizarra. Es cierto, la educación en el Perú tiene la misma cultura que la hija de Susy Díaz, las ganas de un Chibolín y la tenacidad de Aydé Aranda. Somos un arroz con mango en el panorama educacional.
Tal muestra era el famoso chato Villar. Con un look de Studio 54, se apareció en el salón con sus zapatos hondos, se sentaba en el pupitre – como para disimular su esmirriada altura – y comenzaba el ritual libidinoso de un hombre que, a sus cuarenta y tantos años, evidenciaba una carrera sexual de los mismos galones de un púber que agarra su primera porno. Siempre me pareció extraño, sobre todo, sus ganas empeñosas de enseñar a las féminas, que para esos años, hablo de entre los 13 y 15 años – o las más brutitas 16… contigo no es – dejaban fluir sus estrógenos entre las liliputienses faldas colegiales. El chato, como buen perro anti narcótico (¡Guarda allí!), olía a kilómetros esas muestra de sensualidad victoriana. “A ver, tú, tú y tú, si la que nunca haces bien las cosas, las necesito acá adelante para que aprendan”. Pícaro el enano este. ¿Y quiénes eran estas bellas quinceañeros agradecidas por tanta preocupación de tal profesor?. Bueno, todos sabemos quienes eran, y no se sientan mal, pero era obvio que las favorecidas eran de físico prominente y faldas, sobre todo faldas, muy tiradas hacia la línea ecuatorial. No eran Zaida Prada ni Cristina Astete, está bien que el chato sea un enfermo sexual, pero tampoco era un desquiciado como TU comprenderás. Recuerdo alguna vez, en mis años desventurados de amores prohibidos y recuerdos melosos, osé lanzar unas de mis tantas bromas sin alma de comediante, y el chato Villar, asado en una de sus clases donde enseñaba como escribir una canción en el pentagrama, me mandó al rincón señalándome con sus deditos pampers. Sentado allí, importándome un pito lo que estaba enseñando, me dispuse – quizás allí comenzó mi incursión con el mundo de la investigación y el periodismo - a observar todos los movimientos sexuales de este personaje. Según él, nadie se daba cuenta, pero no recordó que al lado tenía al más sapo de todos los batracios (yo). “A ver, señorita tal, señorita tal…. Y tú también, adelante”. Estábamos en tercero de media, en el tercer piso. Si, el mismo piso a que la (no quería decir esto, pero bueno, luego de tantos años de maltratar las neuronas, era claro que no recordaría el apellido) coja/maestra Pilar odiaba. Yo estaba castigado, solo faltaba las orejas de burro y la mirada al piso, pero no, estaba al lado del pupitre principal, mirando y observando al petizo este. Hasta que lanzó su primera estrategia. “Escriban una canción en los pentagramas que acaban de dibujar”. “Ya se cagó este chato”, pensaba, pequé de pitoniso y acerté, me saqué la tinka del morbo. El mañoso este puso su manito sobre sus pobladas cejas, como mirando de lejos, fingía que escribía, fingía que enseñaba, fingía que educada. ¡Pero no!, lo que estaba haciendo era alimentar su libido con fantasías sexuales gestadas en las piernas de estas tres lindas jóvenes, que sin saberlo, eran las protagonistas de una porno mental que solo rodaba en el carcomido cerebro lleno de semen de este profesor. Bueno, pensé en esos momentos que era natural ganarse alguito con las piernas de estas bellas colegialas, porque, valgan verdades, estaban despachadas. Allí pequé de mama pancha, dejé que corra el hilo de la duda en esta situación. Pero no, me equivoqué. Y arremetió nuevamente, esta vez se sentó, como para mejorar el panorama. Cambió de mano, la otra simulaba escribir, y la diestra tapaba su mirada perdida en lugares íntimos, demasiado íntimos. Se mordía el labio, cruzaba las piernas como buscando un roce escrotal. Eran lugares prohibidos por aquellos años, que solo afloraban en baños y camas de muchachos invadidos por las sensaciones de un púber que se encuentra con la sexualidad. En mi caso, ya estaba un poco recorrido en esos menesteres. Lo veía, lo miraba, lo analizaba. Hasta que el chato, en uno de sus momentos de piraña vieja, volteó disimuladamente la mirada y me pescó. ¡Si, me atrapó in fraganti!. Nuestras vistas se cruzaron, se entrelazaron y lucharon vivazmente como Luke Skywalker y Darth Vader por la salvación del universo. Fue una mirada que duró, con cronómetro de profe de atletismo, unos diez segundos, que parecieron una eternidad. Reconozco que me paltié, giré la vista hacia el otro lado y dejé que transcurrieron el resto de minutos que duraba la clase y no volvía mirarlo. “¡Puta mare, ya me cagué!”, pensaba dentro de mí. Y realmente estaba preocupado, porque como sabrán todos, no era un alumno ejemplar tanto académicamente como en conducta. En mi vida escolar, la quinta nota o irme a marzo era casi normal. Pan de cada día. Así que ¡¡¡trinnnnnnnnnnnn!!!. Sonó el timbre. Mis pies temblaban, el recreo se anunciaba y yo, sin mirarlo, porque sentía que me convertiría en una estatua de sal, como la mujer de Lot, no lo quise ver nuevamente su pequeña humanidad. Cerré mi libro, me hice el reverendo huevón y me presté a salir, solo quise pensar en el pie de manzana de a china de oscar. Nada más. Sudé. Angela, que para esos momentos era mi compañera sentimental, me dijo: “qué te pasa”. Nada. La puerta estaba cerca, ya había pasado el pupitre del chato villar. Creo que él también se hizo el cojudo, pero cuando estaba a un paso de salir del aula: “Santa Cruz”. “Si profe”. “Por favor, quédese unos momentos que tengo que hablar con usted”. “Ya”. Todos se fueron, son imaginar lo que estaba pasando en este lenguaje tácito entre el enano este, pajero consumado, y yo, un simple sapo que se ganó con todo.
- Mire alumno Santa Cruz, yo lo conozco a usted desde hace cuatro años (era cierto, pese a que estaba en tercero de media, me conocía en el mismo colegio esos cuatro años… ¡Repetí primero pues!... eso pasa, el cambio de primaria a secundaria es doloros…. ¡ Sí huevón !)… y desde esa época siempre pensé que usted es una persona que tiene mucho talento. Pero quiero decirle algo (ya no podía más, una lágrima nerviosa recorría mis párpados, los nervios estaban por explotar, me iba a amenazar, me cagaba, no quería escuchar lo que iba a decir) crees que me puedas prestar tu partitura de La Flor de la Canela.
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John Santa Cruz Manco
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