Un violín espirituoso. Don Pedro Ramírez es invidente, pero toca el violín como si tuviera ojos en los dedos. Sin sus acordes no hay pisa en Caravelí, pero su historia es digna de ser contada
31.05.07 @ 22:31:34. Archivado en Pisco

Parado frente a él, mirándolo, sintiendo como el alma se partía con la melancólica melodía que susurraba el violín de Pedro Ramírez, pude preguntarme por qué no valoramos lo que tenemos. Una lágrima amagó los párpados, pero no recorrió su normal desplazamiento porque las fotos empezaron a dar vida el lugar. Flash. Flash. Es cierto, ese violín linda con lo espiritual. Es sentimiento puro; aunque Don Pedro Ramírez no lo percate, pero apuesto a que sí lo siente. Pedro es su violín, sin él moriría. Sin él no hay vida en Caravelí. Don Pedro Ramírez tiene 81 años y es invidente desde los tres días de nacido. Pescando los recuerdos, muy vagamente, evoca que de niño un doctor le dijo que debido a una extraña hinchazón a los ojos perdió la vista. Desde entonces su único contacto fuera de su conciencia eran los sonidos y aromas; el gusto también, pero asegura que disfruta más escuchando.
Eso en su juventud. Hoy sus días pasan recostado en su cama, bien derechito, esperando y esperando que haya otra pisa. Por las noches, cuando ya no soporta más, se para de la cama, vira hacia la izquierda y cuenta siete pasos. Llega a una mesa de tres patas. Se hinca y debajo de este mueble hay una caja. Allí reposa su violín. Llora y toca.
Solo sale de su casa, que se encuentra a una cuadra de la plaza de armas de Caravelí, para desayunar en la vivienda de Rosa y Nella, hijas de su hermana Rosa, quién falleció hace unos tres años. Su domicilio es humilde. Una cama, un par de sillas y un baño. Suficiente, dice, “no sé lo que es vivir bien. No veo, sólo siento… y mis sentimientos siempre fueron de pobreza”, rompe Don Pedro. Fue el menor de siete hermanos, sólo él queda vivo. En este mundo ya no hay nadie más que sus sobrinas. Nudo en la garganta.
De niño, relata, se divertía con los silbidos de su padre y los cantos de su madre. Hasta que en el año 1941 cayó en sus manos un violín, casi por casualidad. Afinó el oído para comenzar con el Cóndor Pasa (compuesto en 1913 por Daniel Alomía Robles).

La relación con este instrumento fue creciendo hasta que, a falta de arpas, ya que todos emigraban a Lima o Arequipa “donde estaba el futuro”, junto a otro invidente formó un dúo que alegraba la cultura del pisco en las alturas de este valle. Alfredo Visguesta, también caravileño, unió corcheas con Pedro. Ambos, confiesan, nunca salieron de Caravelí.
Allí fue cuando su relación con los piscos y vinos nació. Desde hace 65 años que es la vida de las pisas. Ahora lo hace con Luis Montoya, quien goza de vista y da la voz con su guitarra. Alfredo, su primer compañero musical, murió hace treinta años. Fue una dura pérdida para Pedro, quien nació en La Collona, Arequipa. Luego hizo dúo con José Blanco, guitarrista, pero este también lo adelantó. Desde allí, confiesa, su música ya no es la misma. Su alegría su fue con sus primeros amigos. “Ellos eran mi familia, me hacían ver con la música”. Ahora toca afligidos yaravíes y valses.
Sin Pedro no comienzan las pisas. Su violín, que le costó S/. 700, es su tesoro. Fueron muchos años de trabajo para adquirirlo. Bajo su ritmo, entonces, el capitán da la orden y arranca todo. A las tres de la madrugada. A su edad es lo que más le gusta. Y bebe…. ¡Salud Don Pedro! Mario Casas, empeñoso impulsor de Caravelí confiesa. “Don Pedro es una institución en Caravelí. Desde que tengo uso de razón, su violín ha estado en todas las pisas. Pese a su edad se da tiempo para estar en todas las pisas. Acá en Caravelí hay unas diez bodegas, y en todas está”.
En tiempos de vendimia, a Pedro se le ve sonriente. Dionisos lo pudo encontrar en una tarde en casa, echado en su cama, pensando. “Yo sólo pienso”, dice. Sinceramente, los sesenta minutos que estuvimos con él fueron una eternidad. Sus acordes son, sinceramente, indescriptibles. Así es este personaje de Caravelí, provincia de Arequipa. Adivinar qué es lo que pasa por su mente es sumergirse en sentimientos complejos. Pero lo dejamos así, con sus canas al viento.
Comentarios:
me ha encantado el tipo.... y la historia
enhorabuena
Oscar
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John Santa Cruz Manco
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