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Arena entre tus manos (Parte 1)

Permalink 13.04.06 @ 03:08:02. Archivado en Crónica

Detrás de sus pequeños ojos la sensación de tristeza desnudaba su encriptada personalidad. Una mirada de aquellas, que te roban sentimientos de paternidad y seducción, de sexo o pasión, según el estado de ánimo, claro está, pero refleja algo. Es difícil describir aquellos rabillos pardos, chinos en sonrisa y con vida propia. Alguna vez, confieso, se me cruzó por la cabeza que me estaba jugando sucio con el tema ese del amor sincero, del clásico “a primera vista”. No, eso no.

Ya no estamos en esos tiempos de Lo que el viento se llevó. Convivimos con el reggaeton y la chicha, con Tongos y Susy Díaz. ¡¿Por qué me hiciste peruano Dios?!. Ya no creo en el Perú. Creo sólo en Arena. Ella me saca del trance que me deja la faena en el Diario donde trabajo desde hace ocho años. Su nombre es Punto y Coma y llegué allí porque Carlos Bermúdez, el famoso Tiburón Blanco, es más que un amigo. Comenzamos juntos en esta profesión hace ya quince años y nuestra amistad se solidificó con el tiempo. Esa chapa sí que era buena. Tiburón Blanco. “Porque de vez en cuando se come un hombre”. “Jajajaja ese concha...”. En las reuniones bohemias de los viernes, esa chapa se paraba en la meza y arranca risas de todos los colegas. Como siempre, y el orgullo dudoso, sigo en la sección de Espectáculos. Frivolidades de siempre, ya lo saben, que este acusa a este, que el de allá dice que el otro es maricón y etc, etc y más etc. ¡Estoy harto de mi vida carajo!. No lo soporto más. ¿Qué hago Dios mío? ¿Me estás probando, no? ¿Me metiste en el periodismo para pulsearme? ¿Y ahora con qué sueño? ¿Arena es una prueba? ¿Eso es lo quieres? Pero esta vez, te lo juro barbón, esta vez sí te cago. Ya lo verás.

El frío está entrando en Lima con sus resfríos de siempre y sus chompas de lana. Esto, intrigo, es la causa de la frigidez de los últimos días de Arena. Rara es poco. Misteriosa es la palabra. Sus besos no lo siento, me queman. Y ni qué habla de su mirada. Ahora la odio. Me odia. Nos odiamos. ¡Ese maldito celular por la puta madre! Esos gestos siniestros nuevamente. Ese ocultismo se presta a suspicacias. Ese silencio cómplice. Todo. Me está cagando esta concha de su madre. Es ese huevón de Camilo. Lo sé; lo presiento. Me quiero ir de su cuarto. Me apesta este lugar. Las sábanas ahora me pican y la ventana abierta nos ataca con el viento. El huiro es solo un recuerdo y eso me molesta más. Ya no puedo engañar a la mente. Estamos desnudos en la cama sin una sola conversación auténtica, necesaria. Intercambios de palabras gélidos, sin intensión. Pura compromiso, pura compasión. Hasta que me lo dijo sin pelos en la lengua. “Tenemos que terminar”. Así de fácil, totalmente frío y distante como si hubiera dicho que le alcance la toalla o algo por el estilo. Me dolió y sorprendió a la vez. No supe que decir. Puse mis manos sobre las sienes, me las apreté. El yoga sirvió de algo, recordé. Unas respiraciones para los Chakras y listo. La miré nuevamente. Sus cabellos rubios me evitaban un fiel contacto visual. Una lagrima recorría su mejilla y mojó la sábana rosadas de figuras infantiles. Herido y sin respuestas, solo lágrimas y desazón, el orgullo de hombre (al menos eso es lo que me dicen) me llevó a la puerta para largarme de ese departamento que siempre me gustó.

En el carro, con un cigarrillo en la mano, manejé sin saber que hacer. No es que me guste manejar, pero prefiero mil veces la comodidad del automóvil que estar sentado/zombi en un ómnibus urbano. Los detesto, sobre todo con esos rostros compungidos, estresados; dan lástima sinceramente. Hace unos meses, antes que decidiera comprar el Peugeot azul, una señora ya entrada en años, me babeó toda la camisa amarilla (la tonera) sin yo darme cuenta. Sentado al fondo del bus por caballerosidad del cobrador, leía el Diario Punto y Coma para informarme muy tranquilo, la mente despejada y con la frente apoyada al vidrio de la ventana. No sentí nada, se los juro, hasta que al llegar a la oficina el portero, con su criollada de siempre me puso al tanto de lo ocurrido. “ ¡Ya pues Gerardito, no seas palomilla pues.¡ ¿Cómo te vas a mear en al camisa?”. Recorrí visualmente la indicación del viejo portero y ¡ZAZ!.“¡Vieja de mierda!”. Allí me decidí por el auto. Ahora mi auto, terapéutico en algunos casos, es mi confidente, mi amigo y el mejor lugar para guardar mis secretos, mis llantos, el sexo. Este carrito se conoce todos los rincones de Arena. El día que lo compré celebré con ella en la playa, con unas cervezas en lata y unos condones con sabor a miel. ¡Qué tal día mierda!. Hasta nos paró un policía mañoso en pleno acto. Lo paradójico del asunto es que el hombre de verde no me pidió los documentos, tan solo quería el Glam Outlet, en versión hilo dental, de la bella Arena. “Con gusto chocherita”, le dijo y le guiñó el ojo. Ese día fue inolvidable.

En el diario la gente se ha percatado que estoy con los ánimos por los suelos. El lunes en el almuerzo Carlitos Bermúdez no se la aguantó más y su indiscutible curiosidad (algunos lo llaman periodismo chismoso) lo llevó a la clásica pregunta de amigos añejos. “¡¿Qué chucha te pasa?!”. Sus lentes al borde de la nariz y ese tufillo a cigarro antesala un abrazo con palmada. Es un buen tipo, aunque hay veces se excede de cariñoso y eso, la verdad, me pone al borde del humalismo. No tengo nada contra los gays, pero Carlitos es mi amigo y su fama de Tiburón Blanco da miedo en las borracheras. En fin, le tuve que contar. Comprendió lo que pasaba, él siempre da en el blanco cuando los temas del corazón llaman a la puerta. Para animarme me comisionó una entrevista con el otrora y legendario Don Pepe Puertas. El reencauchado productor de programas cómicos que tras más de una década de envidiado anonimato, ahora es el top de los tops en la tv nacional. Con un piloto famélico de las modelos del momento al desnudo, se ganó el cielo de los libidinosos y los 30 puntos de rating todos los sábados a las 10 de la noche dan fe de esto.

Don Pepe es un tipo coloquial. Un pendejo de barrio es este hijo de los tristemente sórdidos Barrios Altos. Hasta en la cárcel su léxico florido ganó adeptos. Hoy, con billetera obesa, es el rey de las noches en los sectores más populosos y de vez en cuando, sobre todo por sus relaciones televisivas, también acude con la gente bien. Cachondoso el hijo de puta, pero esa sonrisa de Vito Coleone no se la quita nadie. Y por allí es donde va mi entrevista el fin de semana. Tengo cinco días para preparar unas buenas preguntas y salir del aburguesamiento periodístico en el que me encuentro desde hace, reconozco, mucho tiempo.

La semana pasó sin mayores dramas. Arena no contesta mis llamadas ni mis mails. No quiero pensar en ella porque me lleno de karma. Lo que más extraño son sus ocurrencias y sus ganas de vivir. La vida en ella era pura. Así tuviera una pistola a punto de parir en la cien, esa mirada vivaz no se perdería por nada del mundo. La pasa bien, sabe como hacerlo. Creo que ella me enseñó a vivir y por eso es que la extraño cada segundo que pasa. Pero no, eso sí que no. No puedo seguir pensando en una puta porque más que me cague por ella. No es para mí. Es para un pendejo. Un pendejo con más plata que yo. Es para Camilo. Ese mal nacido la tiene en sus manos y ella no se da cuenta. Solo la quiere para tirar y punto. Hace la de todos. “Oye, tengo cosas que hacer, nos vemos más tarde”. Qué cojudo este boludo, no sabe que lo mejor de estar con ella no es el sexo (hay veces que sí), sino el momento, la compañía, las tertulia y esos momentos…. Hay, esos momentos… La amo. Es inevitable. Ya no puedo hacer nada más que voltear la página. En casa hago de todo para que las recuerdos no me pudran el instante. Hasta estoy ayudando a cocinar a mi hermanas. Los dos bebes que tiene no la dejan hacer nada. Por eso siempre le dije que no se metiera con Augusto. Le hizo los hijos y a la primera se largó con una tía de dinero al Caribe. “Voy y vengo, es un trabajo importante”. Hace tres años que prometió sin tapujos y hasta ahora nada. ¡Qué feo tipo este pata!.

(Continuará)


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