DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Hoy celebramos el Domingo de la Santísima Trinidad, después de la Solemnidad de Pentecostés. Nuestra vida cristiana ciertamente es una vida espiritual trinitaria: una vida en el Padre, Hijo y Espíritu Santo. La Trinidad es un Misterio de Amor, un Misterio de Comunión y de Comunicación. Jesucristo, en toda su existencia, nos revela y nos da a conocer el Misterio de un Dios uno y trino. Solamente en el Misterio de la Comunión y Comunación divina del Padre, del Hijo y del Espíritu suplicamos el aumento de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad. Tengamos confianza e intimidad con la Trinidad: Con el Padre amoroso y misericordioso que ha creado el cielo y la tierra; con el Hijo que se entrega por nosotros; con el Espíritu Santo que en todo momento nos impulsa a ser discípulos y a entregarnos a Dios.
En el Evangelio de este Domingo de la Santísima Trinidad leemos el Evangelio de San Mateo. Jesús, cumplida la misión que su Padre le había encomendado, vive y reina con Dios para siempre. Sus discípulos recibieron el encargo de continuar lo que él había comenzado. Ellos habían de ir a todas partes y hacer discípulos de Jesús, en nombre de la Santísima Trinidad. (Mt 28,16-20)
Padre Dios, en nombre de tu Hijo envía sobre tu Iglesia al Espíritu Santo, para que la conserve en la unidad de la caridad y de la verdad perfecta. Señor, envía obreros a tu mies, para que enseñen a todos los hombres y los bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Señor, ayuda a todos los que sufren persecución por el nombre de tu Hijo, ya que prometió que les darías tu Espíritu para que hablara por ellos. Roguemos al Señor. Padre Todopoderoso, que todos conozcan que Tú, la Palabra y el Espíritu Santo, sois una misma cosa, a fin de que crean en un solo Dios, esperan en él y lo aman. Roguemos al Señor. Padre de los vivientes, haz a los difuntos partícipes de tu gloria, en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión. Roguemos al Señor.
VIII SÁBADO DEL TIEMPO ORDINARIO
Celebramos el VIII Sábado del Tiempo Ordinario. Decía Madre Teresa de Calcuta que “el fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”.
En el Evangelio de este Sábado de la Octava Semana del Tiempo Ordinario leemos el Evangelio de San Marcos. Jesús tiene una controversia con distintos representantes de la autoridad judía, y, preguntado sobre su derecho a actuar como lo hace, les pone a su vez en un aprieto: “el bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres” (Mc 11,27-33). Ante el gesto profético de Jesús al expulsar a los mercaderes del Templo, las autoridades, alborotadas por un gesto tan provocativo, envían una delegación a pedirle cuentes de con qué autoridad ha hecho eso. Su respuesta es una pregunta, que desenmascara sus faltas intenciones.
Abrámonos a la acción del Espíritu y seamos testigos de Cristo en nuestros ambientes: seamos la fragancia de Cristo. “Jesús, no tienes manos. Tienes sólo nuestras manos para construir un mundo donde habite la justicia. Jesús, no tienes pies. Tienes sólo nuestros pies para poner en marcha la libertad y el amor. Jesús, no tienes labios. Tienes sólo nuestros labios para anunciar por el mundo la Buena Noticia a los pobres. Jesús, nosotros somos tu Evangelio, el único Evangelio que la gente puede leer, si nuestras vidas son obras y palabras eficaces Amén”. ¡Oh, Señor, con Pedro te decimos: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo". Con la Samaritana te decimos: "Dame esa agua que salta hasta la vida eterna". Con Tomás te invocamos: "Señor mío y Dios mío". Con la mujer Cananea acudimos diciendo: "Señor, ayúdame". Y con Pedro en el lago: "Aparta de mí, Señor, que soy un gran pecador". Con los dos leprosos de Samaria te suplicamos: "Jesús, hijo de David, ten compasión de nosotros". Y con los discípulos en la tempestad: "Señor, sálvanos que perecemos". Y con Pedro en la montaña: "¿A dónde iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna". Con el Buen Ladrón te decimos: "Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino". Y con el Centurión: "¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!".
VIII VIERNES DEL TIEMPO ORDINARIO
Celebramos el VIII Viernes del Tiempo Ordinario y la Iglesia celebra la memoria de san Justino. San Justino nació en Flavia Nápolis. Fue el primer apologista cristiano, laico. Como buscador incansable de la verdad, profundizó principalmente en el sistema de los estoicos, los pitagóricos y de Platón. Tuvo un encuentro que le motivó a estudiar “una filosofía más noble” que las que él conocía. Así, comenzó a estudiar las Sagradas Escrituras y a informarse sobre el cristianismo. San Justino tenía 30 años cuando se convirtió al cristianismo. Recorrió varios países discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos sobre la fe. Los escritos de Justino mártir que han llegado completos hasta nosotros son las dos Apologías y el Diálogo con Trifón. San Justino se negó a la orden dada por Crescencio de ofrecer sacrificios a los ídolos y, confesando valientemente a Cristo, fue condenado por el juez a morir decapitado.
En el Evangelio de este Viernes de la Octava Semana del Tiempo Ordinario leemos el Evangelio de San Marcos (Mc 11,11-26) Jesús ha llegado a Jerusalén y ha hecho su entrada mesiánica como rey humilde en un pollino. Y ahora, realiza una acción simbólica en torno a una higuera estéril y, otra acción, no menos simbólica y valiente, arrojando a los mercaderes del Templo.
La higuera no tenía frutos. No era tiempo de higos o ya se le habían gastado. Jesús, con todo, se queja de esa esterilidad. En efecto, al día siguiente, la higuera se había secado. Si Jesús hizo este gesto es porque apuntaba a otra clase de esterilidad: es el pueblo de Israel, sobre todo sus dirigentes, el árbol que no da los frutos que Dios pedía. Israel ha fracasado. Israel es la higuera seca.
Pidamos a Dios que nos ayude a cumplir su santa voluntad y demos frutos que siempre permanezcan, frutos de amor: “Señor, quédate conmigo durante todo el día y guía todas mis acciones, mis palabras y pensamientos. Guarda mis pies, para que no anden ociosos, sino que caminen al encuentro de las necesidades de los demás. Guarda mis manos, para que no se abran para hacer el mal, sino para abrazar y ayudar a todos. Guarda mi boca, para que no diga falsedades ni cosas indebidas y no hable mal del prójimo. Guarda mis oídos, para que no pierdan el tiempo en escuchar palabras falsas o sin sentido, y sí sepan estar atentos a escuchar tu misterioso mensaje. Que acierte para cumplir también hoy tu voluntad. Que esté dispuesto en este día a reconocerte en el que sufre y tenga siempre entrañas de misericordia y de compasión para los demás. Amén”.
Domingo, 19 de mayo
Andrés Ortíz-Osés
Emma Martínez
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Francisco Baena Calvo
José Mª Castillo
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Peio Sánchez Rodríguez
Francisco Margallo