Entre el Cielo y la Tierra

V MIÉRCOLES DEL TIEMPO ORDINARIO /8-02-2012

07.02.12 | 21:37. Archivado en Sobre el autor
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V MIÉRCOLES DEL TIEMPO ORDINARIO /8-02-2012

El Evangelio de San Marcos en este Miércoles de la Quinta Semana del Tiempo Ordinario , después de reprochar a los fariseos y escribas que pongan como absolutos preceptos puramente humanos y pasen por alto las exigencias morales esenciales, subraya que la pureza no está en las cosas, ni en la comida, sino en el corazón. Jesús les indica que “nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre” (cf. Mc 7,14-23).
Jesús recuerda una lista de trece maldades que salen todas ellas del corazón: “las intenciones malas, fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7,21b-23). Jesús invita a purificar el interior de nuestro corazón y llenar de amor cada instante de nuestra vida.

Dirijámonos a Dios con el Salmo 50. Este salmo es designado tradicionalmente con el nombre de Miserere, y es la súplica penitencial por excelencia. Pedro Sergio Antonio Donoso Brant afirma que “el salmista es consciente de su profunda miseria y experimenta la necesidad de una total transformación interior, para no dejarse arrastrar por su tendencia al pecado (v. 4). Por eso, además de reconocer sus faltas y de implorar el perdón divino, suplica al Señor que lo renueve íntegramente, “creando” en su interior “un corazón puro” (v. 12).”

“Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado. Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces. En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente. Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre. Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve. Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa. Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso: enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti. Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia. Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos

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