“AL ATARDECER DE LA VIDA NOS EXAMINARÁN DEL AMOR”
“El amor ve en el rostro del pobre, del que sufre, y del perseguido, el rostro de Jesús” decía continuamente Raúl Follerau, el vagabundo de la caridad fraterna.
Un día se acercó un hombre mendigo a una Iglesia, saludó al sacerdote y le comentó: “No sé si usted se acordará de mí pero hace unos meses pasé por aquí. Usted me dio de su propio ropero camisas, calcetines, ropa interior y pañuelos. Ese gesto no lo olvidaré mientras viva. He pasado por aquí y he venido a saludarle. Es usted una buena persona. El mundo necesita de un vendaval de bondad y acogida con los pobres”.
Aquel sacerdote se sintió sobrecogido por aquella experiencia y dio gracias a Dios por haber puesto en su corazón deseos de compasión y la capacidad de hacer el bien. Y recordó que Jesús de Nazaret “pasó por el mundo haciendo el bien”.
León Tolstoi escribió un precioso cuento: “"Erase una vez un zapatero remendón, llamado Martín. Vivía solo, era piadoso, leía todas las noches la Biblia. Una noche soñó que se le aparecía Cristo y le decía: "Martín, mañana voy a venir a visitarte. Asómate por la ventana para abrirme cuando venga". Aunque se trataba de un sueño, Martín se impresionó. Por si fuera verdad, a la mañana siguiente, desde primera hora, estuvo Muy temprano vio un barrendero que estaba quitando la nieve de las entradas de las casas. Le llamó y le ofreció una taza de té caliente. Mientras el barrendero, tiritando, sorbía el té, Martín seguía mirando por la ventana. "¿Está usted esperando alguna visita", le preguntó el barrendero? "No", contestó Martín y le contó el sueño. "Siga usted mirando; tal vez venga. Adiós, y muchas gracias". Al mediodía, todavía el frío era intenso. Vio pasar a una mujer con un niño en brazos llorando de frío. Les llamó y les dio la sopa bien caliente que tenía preparada para él. Seguía mirando por la ventana, y la mujer le preguntó: "¿Espera alguna vista?". "No", le contestó y le contó el sueño. "Siga usted mirando; tal vez venga. Adiós y muchas gracias". Atardecía el día de invierno; Martín seguía mirando por la ventana. Y vio una vendedora ambulante a la que un muchacho le había robado una manzana. En aquel momento la mujer había agarrado al muchacho. Martín salió corriendo, convenció a la mujer de que lo perdonara y al muchacho le reprendió de tal modo que pidió perdón a la mujer y se puso a vender con ella. Se hizo de noche. Martín cerró su casa y volvió de nuevo a la lectura del Evangelio. Mientras leía oyó una voz que le llamaba: "¡Martín, Martín!". Levantó asustado la cabeza y vio al barrendero de la mañana que le sonreía y se iba. Volvió a la lectura, y otra vez oyó que le llamaban: "¡Martín, Martín!". Y vio a la mujer con el niño en brazos, que le sonreían. Y vio a la vendedora y al ladronzuelo, que le sonreían. Martín se echó a llorar. Cristo le había visitado tres veces aquel día. "Porque cuando tuve hambre, me distéis de comer....".
¡Seremos reengendrados en la caridad cuando descubramos que Dios nos pide descubrirlo entre los pobres: “Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme!” (Mt 25,34ª-36).
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola