“AL ATARDECER DE LA VIDA NOS EXAMINARÁN DEL AMOR”
“El amor ve en el rostro del pobre, del que sufre, y del perseguido, el rostro de Jesús” decía continuamente Raúl Follerau, el vagabundo de la caridad fraterna.
Un día se acercó un hombre mendigo a una Iglesia, saludó al sacerdote y le comentó: “No sé si usted se acordará de mí pero hace unos meses pasé por aquí. Usted me dio de su propio ropero camisas, calcetines, ropa interior y pañuelos. Ese gesto no lo olvidaré mientras viva. He pasado por aquí y he venido a saludarle. Es usted una buena persona. El mundo necesita de un vendaval de bondad y acogida con los pobres”.
Aquel sacerdote se sintió sobrecogido por aquella experiencia y dio gracias a Dios por haber puesto en su corazón deseos de compasión y la capacidad de hacer el bien. Y recordó que Jesús de Nazaret “pasó por el mundo haciendo el bien”.
León Tolstoi escribió un precioso cuento: “"Erase una vez un zapatero remendón, llamado Martín. Vivía solo, era piadoso, leía todas las noches la Biblia. Una noche soñó que se le aparecía Cristo y le decía: "Martín, mañana voy a venir a visitarte. Asómate por la ventana para abrirme cuando venga". Aunque se trataba de un sueño, Martín se impresionó. Por si fuera verdad, a la mañana siguiente, desde primera hora, estuvo Muy temprano vio un barrendero que estaba quitando la nieve de las entradas de las casas. Le llamó y le ofreció una taza de té caliente. Mientras el barrendero, tiritando, sorbía el té, Martín seguía mirando por la ventana. "¿Está usted esperando alguna visita", le preguntó el barrendero? "No", contestó Martín y le contó el sueño. "Siga usted mirando; tal vez venga. Adiós, y muchas gracias". Al mediodía, todavía el frío era intenso. Vio pasar a una mujer con un niño en brazos llorando de frío. Les llamó y les dio la sopa bien caliente que tenía preparada para él. Seguía mirando por la ventana, y la mujer le preguntó: "¿Espera alguna vista?". "No", le contestó y le contó el sueño. "Siga usted mirando; tal vez venga. Adiós y muchas gracias". Atardecía el día de invierno; Martín seguía mirando por la ventana. Y vio una vendedora ambulante a la que un muchacho le había robado una manzana. En aquel momento la mujer había agarrado al muchacho. Martín salió corriendo, convenció a la mujer de que lo perdonara y al muchacho le reprendió de tal modo que pidió perdón a la mujer y se puso a vender con ella. Se hizo de noche. Martín cerró su casa y volvió de nuevo a la lectura del Evangelio. Mientras leía oyó una voz que le llamaba: "¡Martín, Martín!". Levantó asustado la cabeza y vio al barrendero de la mañana que le sonreía y se iba. Volvió a la lectura, y otra vez oyó que le llamaban: "¡Martín, Martín!". Y vio a la mujer con el niño en brazos, que le sonreían. Y vio a la vendedora y al ladronzuelo, que le sonreían. Martín se echó a llorar. Cristo le había visitado tres veces aquel día. "Porque cuando tuve hambre, me distéis de comer....".
¡Seremos reengendrados en la caridad cuando descubramos que Dios nos pide descubrirlo entre los pobres: “Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme!” (Mt 25,34ª-36).
UNA ORACIÓN AL DIOS VIVO
Señor, en esta mañana, quiero poner mis labios y mi corazón en tu presencia poderosa. Danos hombres y mujeres que sepan soñar despiertos en este tiempo tan pragmático en sus raíces y en sus apariencias.
Danos, Señor de los mil nombres, Dios de nuestros padres, hombres y mujeres que dejen en el armario de su dormitorio los garfios del miedo, que paralizan casi sin darnos cuenta la llama de nuestra libertad, y ponnos alas de perfección en los pies.
Danos, Señor de las promesas, hombres y mujeres buenos que sepan lo que es amar a Dios y a sus criaturas. Hombres y mujeres grandes que tengan fuego en el corazón y lágrimas en sus adentros. Señor, Dios mío, dame alas para levantarse de mi mediocridad. El frío de la realidad se hace seductor y atrayente, sólo en apariencia pero cuando su aroma nos invade por completa y sacia su propósito, entonces nos deja en lo hondo la sed del vacío y la profundidad de lo incierto.
Señor mío, muéstrate con toda tu fuerza como hiciste con Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Edith Stein... una nube ingente de testigos que vieron tu rostro y su vida cambió bruscamente.
¡Ay, Dios mío, ilumina mi noche con la claridad de tu semblante! ¡Ay, Señor mío, no te pares en la rosa, ni en la nieve, ni en la montaña, ni tan siquiera en el templo... Ven a mi corazón y haremos que tu fuerza nos haga danzar como dos bailarines!
Ojalá rasgases el mal de la tierra y te abras enteramente con tu claridad dejando a la interperie la invasión cobarde, que distribuye y aumenta los arpegios de la paz.
Te busco y busco, dejando incluso mi aliento en la cuneta pero nada irradia la noche. Pero incluso ahí, cuando la trinchera del sufrimiento se hace tan evidente, lo único que hace comprensible nuestros actos eres Tú, eterno amado para el alma peregrina, volcán celoso para el corazón sediento, diana profunda para la flecha interior. ¡Si, tú eres el Amado que hiere el alma con deseo y anhelo, y cuanto menos te hace visible más nos contagias de búsqueda desesperada! ¡Si, tú eres el que nos hace encontrar la sospecha pero sólo la fatiga creadora y sola hará encontrar en Ti la belleza que anhelamos el calor que necesitamos y la fortaleza que deseamos!
Te invito a rezar esta oración de Santo Tomás Moro: “Señor, dame una buena digestión y, naturalmente, algo que digerir. Dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma sana, Señor, que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro de modo que, ante el pecado, no me escandalice, sino que sepa encontrar el modo de remediarlo. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los ronroneos, los suspiros ni los lamentos. Y no permitas que tome demasiado en serio esa cosa entrometida que se llama el “yo”. Dame el saber reírme de un chiste para que sepa sacar un poco de alegría a la vida y pueda compartirla con los demás”.
MORIR CON ESPERANZA
En una reunión de catequesis un joven expresó con intensidad su inquietud y su preocupación acerca de la resurrección de los muertos. Él no sabía a ciencia cierta si los muertos podían volver a vivir cuando en el cementerio sólo quedaba silencio y huesos, y cómo resucitaban los muertos.
Todos callaron de pronto porque aquella pregunta les preocupaba tanto o más que a su compañero y las miradas quedaron fijas en el catequista.
El catequista, un tanto nervioso, se alegró que saliera este tema tan importante para la fe cristiana y para el hombre. Releyó despacio el capítulo 15 de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, y contestó a los chicos: "El ser humano siempre se ha resistido a admitir que la muerte es la experiencia última de la vida y que la muerte, la injusticia, el dolor y el sufrimiento venzan en el devenir histórico. Siempre ha anhelado el triunfo de Dios sobre estas realidades y que el triunfo vendría del mismo Dios. La resurrección es el sí amoroso de Dios Padre a toda la obra y persona de Jesucristo, injustamente tratado y crucificado en la cruz.
¿Qué comparación haremos para comprender la resurrección de los muertos? ¡La que utiliza San Pablo! "Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra palabra. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad; a cada semilla un cuerpo peculiar" (1 Cor 15,37-38).
Martín Descalzo decía: “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”. No sabemos cómo resucitarán los muertos pero lo seguro es que tu identidad personal será conservada y que Dios saldrá en busca de tu humanidad, purificada y redimida".
Sirva este poema como un homenaje a todos los que mueren con el consuelo creyente de la Resurrección.
Voy a subir a ese lugar sin retorno aquellos que se acurrucan en el corazón
desde las cavernas hasta los rascacielos.
¡Ah, sí, voy a subir a ese abrazo eterno que traspasa el umbral de lo inmediato, aquello que nosotros tocamos nada más mirar pero que inmediatamente se hace grotesco!
Voy a subir al calor divino que quema pero deja ensimismada a la escarcha interna, aquella que se endurece en las grietas desde la cabeza hasta las pasiones.
¡Ah, sí, voy a subir a ese lugar que baja pero que no rompe la quietud de lo vivo, aquello que solamente recorremos desde el alba hasta los sueños!
VALORAR LO QUE TIENES
Marco Aurelio nació en Roma el 20 de abril del año 121, y en el año 161 d.C. llegó a ser emperador romano. En su política interior defendió a las clases menos pudientes, para quienes fundó escuelas, orfanatos y hospitales, y alivió la carga de los impuestos. Fue filósofo estoico y su obra, "Pensamientos", es un compendio de doce libros en griego, en los que revela su creencia de que la vida moral basada en el saber, la justicia, la fortaleza y la moderación conduce a la tranquilidad.
Marco Aurelio dijo que "de las cosas que tienes, escoge las mejores y después medita cuán apasionadamente las hubieras buscado si no las tuvieras”. ¡Cuántas veces nos rodeamos de cosas para sentirnos más seguros y en el fondo nos hacemos más esclavos de las cosas que poseemos. A decir verdad, más que tener cosas podemos decir que las cosas nos poseen a nosotros!
Epicuro afirmaba: “El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo”.
¡Qué bien sabía Epicuro que esa sintonía hacia las cosas que tienes y te rodean son las que gestan tu universo simbólico y llenan de “sentido parcial” todos los acontecimientos de tu anodina historia! ¡Qué bien comprendía que las cosas alcanzan en ocasiones un valor simbólico que más allá de la propia materia y que sólo esa dimensión de pertenencia, sintiéndola como única e irrepetible, es la que te va haciendo miembro de un entorno, aunque esto no implique apegarte desesperadamente a ellas!
En este día, por favor, valora lo que posees como lo más valioso del mundo y no desees desmesuradamente lo que no posees. Serás un desgraciado en tu diminuta historia.
Cicerón afirmaba: “La buena salud la aprecian más los que acaban de pasar una grave enfermedad que quienes nunca estuvieron enfermos”.
Efectivamente, sólo el que ha pasado por una experiencia es capaz de entenderla y comprenderla en su justa medida. Bien sabemos, por experiencia propia, que sólo valoramos las cosas cuando estamos lejos o la hemos perdido.
¡Cuántas veces estamos al lado de la fuente y no percibimos su agua cristalina! ¡Cuántas veces tenemos la salud y no la valoramos hasta que se resquebraja sin remedio!
Valora todo lo que te rodea, todo lo que eres y a todas las personas que pertenecen a tu universo simbólico.
¡Cuántas veces las cosas nos anclan en la "cultura del tener" y nos hacen insolidarios con "la cultura del ser" y resuenan en nosotros aquellas palabras mágicas de Jesús atentando contra nuestros apegos: "Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero" (Lc 16,13)!
EXIGENCIA EVANGÉLICA A VIVIR EN HUMILDAD
En el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, la madrastra era presumida y creía en su orgullo que no había nadie en el mundo tan bella e inteligente como ella. Quedó herida en su ego cuando descubrió que había otra más atractiva y la envidia más atroz la poseyó. Y decidió acabar con Blancanieves.
Y esa mirada orgullosa y rabiosamente soberbia es, en el fondo, la que nos envuelve a todos, desde el más chico al más grande.
La exigencia evangélica a vivir la humildad brota en toda su extensión como una urgencia en el seguimiento del discípulo de Cristo. Y la humildad es vivir en verdad.
Para vivir en verdad es necesario la corrección fraterna. La apertura al otro lleva necesariamente grandes dosis de purificación y de revisión para así purificar nuestras actitudes y conductas, palabras y sentimientos, proyectos y omisiones.
Y qué difícil es abrirse a la corrección fraterna. Cuando alguien nos critica nuestra primera reacción, en la mayor parte de las veces, es el malestar hacia esa persona y nuestra reacción negativa la que prevalece, pero no olvidemos que sin esta corrección muchas dimensiones existenciales quedarán ocultas y seremos como la madrastra repelente, ensimismada en su ego y engañándose a sí misma en su orgullo.
Madre Teresa de Calcuta escribía en el año 1966 a las Hermanas de su Congregación unas recetas para ser humilde: “Hablar de sí tan poco como sea posible, ocuparse de sus propios asuntos, evitar la curiosidad, no querer arreglar los asuntos de los demás, aceptar las contradicciones con buen humor, pasar por alto las faltas de otros, aceptar el reproche aún cuando sea inocente, ceder a la voluntad de los demás, aceptar los insultos e injurias, aceptar ser desatendido y menospreciado, ser gentil y dulce aún cuando provoquen a uno, no buscar ser admirado y amado, no escudarse nunca tras la propia dignidad, ceder en las discusiones aún cuando uno tenga razón, elegir siempre lo más difícil...”
¡Qué difícil es ser humilde y qué grande es aquella persona que experimenta en su vida este don maravilloso!
Cuando te encuentres a un hombre y a una mujer humilde te sugiero que le mires atentamente y te preguntes sinceramente qué es lo que lo hace grande y lo diferencia de otros muchos de tu entorno.
HABLARLE A JESÚS CON EL CORAZÓN
El Padre Pío, San Pío de Pietrelcina, decía: “Reza, espera y no te preocupes. … Dios es misericordioso y escuchará tu oración... La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios, Debes hablarle a Jesús, no sólo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones, debes hablarle sólo con el corazón”…
Si haces un alto en tu camino déjate engalanar con el perfume de la oración, que puede esconder sin fatigas el lamento. No vuelvas a despreciar “el arpa del alma” que va despacio a susurrar al viento sus sueños, pero la vida se deja marchar, nada más llegar, con el fantasma del miedo y el desaliento.
Deja que la ira se esconda temblando en los huecos del amor para que pueda ser purificada en su más recóndito centro.
Señor, Danos locos, Señor, que se comprometan a fondo con la vida y sean capaces de verte aún en la niebla.
Danos locos, Señor, danos locos, hombres y mujeres que sueñen sin desanimarse que este mundo es posible de otro modo y que el cambio es posible para que este mundo sea cimentado en el amor y la solidaridad.
Danos locos, Señor, personas que sepan que el tiempo y el espacio no son motivos suficientes para recordarle al hombre de siempre que no hay mejor oficio que enseñar al hombre a ser humano y no anclarse en la "ley de la jungla".
Danos locos, Señor, personas que "no cambien un amigo por dinero ni a su hermano querido por oro de Ofir" (Eclo 7,18). Hombres y mujeres que sean "consecuentes en su pensar y coherentes en sus palabras; que sean rápidos para escuchar y calmosos para responder” (Eclo 5,10-11).
Danos locos, Señor, que sean capaces de "vivir con los hombres como si Tú les miraras, y que hablen contigo como si los hombres los oyeran" (Séneca).
Señor, Danos locos, Señor, que se comprometan a fondo con la vida y sean capaces de verte aún en la niebla.
¡Hay escritos que vienen a nosotros con “vida propia” y que son capaces de satisfacer nuestras propias necesidades!
Una oración que escribió un soldado americano, muerto en África, y que fue encontrada en la su mochila: “Mira, Señor, yo nunca hablé contigo. Me dijeron que no existías... Pero esta noche, cuando estaba en la trinchera, una bala iluminó la oscuridad y vi tu cielo. Sólo entonces caí en la cuenta de que me habían engañado, al mirar con atención todo lo que Tú has hecho. Oh, Dios, ¿Y si me dieras un apretón de manos? ¿Cómo es posible que haya venido a parar a este infierno sin nunca haberte encontrado? Yo te amo; quiero que lo sepas. Sabes, Señor, la batalla va a ser tremenda. ¿Y quién sabe si yo mismo no iré a llamar a tu puerta? A pesar de que aquí no hemos sido amigos, espero que Tú mismo me abras. Y, pensando en esto, me echo a llorar: ¡Oh, cómo querría haberte conocido antes! Ahora que te conozco ya no tengo miedo a la muerte.
EL SECRETO DE LA VIDA
Cuando la felicidad se asocia a un momento de placer, a tener cosas, a comprar una determinada marca de ropa, tener ciertas medidas de peso y medidas, a no complicarse la vida por ayudar a los demás... entonces aflora en el alma el vacío y la frustración.
¡Trabajemos por un ideal que equilibre nuestra personalidad, controle nuestra voluntad y nos impulse positivamente hacia la vida, en ocasiones tan conflictiva!
¡Un auténtico ideal nos libera, nos hace levantarnos de nuestras caídas, nos alienta en el camino tortuoso, nos lleva hacia la dirección adecuada, nos hace soportables nuestras renuncias con alegría e ilusión! ¡Si, el ideal unifica nuestra inteligencia, voluntad, sentimientos y nuestra propia libertad!
El mayor don que Dios nos ha regalado es la vida y de ella tenemos que hacer nuestra mejor consigna y nuestra mejor ofrenda.
Madre Teresa de Calcuta, premio Nobel de la Paz en el año 1979, escribió este magnífico texto, sabiendo que la vida es el primer valor, base de todos los demás:
“La vida es una oportunidad, aprovéchala.
La vida es belleza, admírala.
La vida es beatitud, saboréala.
La vida es sueño, hazlo realidad.
La vida es un reto, afróntalo.
La vida es un deber, cúmplelo.
La vida es un juego, juégalo.
La vida es preciosa, cuídala.
La vida es riqueza, consérvala.
La vida es amor, gózala.
La vida es misterio, devélalo.
La vida es promesa, cúmplela.
La vida es tristeza, supérala.
La vida es himno, cántalo.
La vida es combate, acéptalo.
La vida es una tragedia, domínala.
La vida es aventura, arrástrala.
La vida es felicidad, merécela.
La vida es la vida, defiéndela.
EN LA EUCARISTÍA ACOGEMOS LA PRESENCIA DE CRISTO
Bellamente dice M. Abdon Santaner que la Eucaristía llama al hombre a “hacer memoria” de aquello que, en él, es su verdadera historia: su nacimiento a la vida de Dios… Debe evocar un nacimiento que es su verdadero nacimiento: el de todo ser humano en el corazón del misterio de vida que es Dios”.
La Eucaristía es una “locura de amor” donde se nos manifiesta el propio Cristo y se nos invita al Encuentro. En la Eucaristía todo deriva de un amor extremo, donde se actualiza el único sacrifico de Cristo que se entrega por nosotros hasta el final, derramando su propia sangre.
La Eucaristía nos permite a cada cristiano acoger la presencia de Cristo, lo mismo que fueron invitados los discípulos del Maestro en los caminos de Palestina.
En cada Eucaristía nos sumergimos en el Misterio Pascual de Cristo…Es como si entráramos en un “espacio mágico” donde somos invitados y atraídos con “correas de amor”, y allí mismo, en la celebración misma, Dios nos susurra al oído que nuestra vida entera está injertada en el Único Sacrificio de Jesucristo, el Hijo Amado y Predilecto.
Es como volver al corazón mismo del Eterno y al lugar donde se concentran todas las fuerzas positivas del universo, y las entrañas misma del Amor...Y allí mismo somos invitados de nuevo a volver a las sendas del bien, dejando atrás todo lo que nos estorba, después de haber reconocido nuestra pequeñez y pecado.
En toda Eucaristía, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, Cristo mismo se convierte en anfitrión y se regala a sí mismo para ser alimento para la Comunidad.
En cada Eucaristía es entrar en la máquina del tiempo, y descubrir que en la misma celebración se entrecruzan el pasado, el presente y el futuro de una manera veloz.
Nos incorpora en el mismo dinamismo de la Alianza, que no es otra cosa que cantar la elección que Dios hizo desde toda la eternidad por cada ser humano, y nos regala su propia presencia para que nuestra vida sea alcanzada por la santidad desde Jesucristo, plenitud de la Revelación.
Nos incorpora en el mismo presente tomando conciencia que Dios mismo se hace el encontradizo con nosotros, rompiendo la mediocridad, la división y el mal.
Nos lanza al futuro, anticipando de manera veloz aquello que anhelamos y suspiramos, y que se nos anticipa con esperanza, gozo e ilusión, porque, como bien señala la Constitución Dogmática Lumen Gentium, ““…al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial, entrando en comunión y venerando la memoria, primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María, más también del bienaventurado José, de los bienaventurados Apóstoles, de los mártires y de todos los santos” (LG 50)
LA EUCARISTÍA ES UN “ENCUENTRO CON JESÚS”
Benedicto XVI decía en la Catequesis sobre San Cirilo de Alejandría el 3 de Octubre del año 2007: “La fe cristiana es ante todo encuentro con Jesús, una persona que da a la vida un nuevo horizonte… Dios es eterno, nació de una mujer y permanece en nosotros todos los días. Vivimos con esta confianza y en ella encontramos el camino de nuestra vida”.
Henri J. M. Nouwen escribió un precioso libro titulado “Con el corazón en ascuas”, y en el capítulo 3 (Invitar al Desconocido) dice que “…tal vez no estamos acostumbrados a pensar en la Eucaristía como una invitación a Jesús para que se quede con nosotros. Tendemos más bien a pensar que es Jesús quien nos invita a su casa, a sentarnos a su mesa, a compartir su comida. Pero Jesús quiere ser invitado. Es muy importante comprender que Jesús nunca nos impone su presencia. A no ser que le invitemos, él seguirá siendo un desconocido,…Sin una invitación, que es la expresión del deseo de una relación duradera, la buena noticia que hemos oído no puede dar un fruto que permanezca…La Eucaristía requiere esta invitación”. ¡No olvidemos que la Eucaristía, que brota de la intención de Cristo, en el fondo es un “encuentro con Jesús”!
La vida cristiana, en el fondo, crecerá en su esencia si amamos, vivimos, imitamos y celebramos a Jesucristo, anunciado y testimoniado en la Iglesia, reconociendo que “los demás sacramentos como también todos los ministerios eclesiales y las obras del apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (CIC 1324)
En cada Eucaristía celebramos y actualizamos el “único Sacrificio de Cristo en la Cruz” por cada uno de nosotros… En el fondo, prolongamos el Misterio de la Encarnación y el abajamiento de Dios por cada uno de nosotros, porque, “la Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el Sacrificio mismo del Señor” (CIC 1322)
Es necesario que cada creyente hagamos una progresiva transformación eucarística de nuestra vida en Cristo. Solamente la vida concreta y real, histórica y entregada, puede ser celebrada, y solamente la celebración auténtica puede llevarte a la vida.
Verdaderamente la Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG11), pero no hay culmen si no hay una vida que culmine.
No puede haber divorcio entre la vida y la Eucaristía, el compromiso social y la celebración litúrgica, porque el verdadero culto integra la vida, la fidelidad y el compromiso.
¡No olvides que la Eucaristía, que brota de la intención de Cristo, en el fondo es un “encuentro con Jesús”, que pide ser invitado para quedarse, e iluminar tu existencia con su presencia!
RAZONES PARA SEGUIR EN LA IGLESIA CATÓLICA
Muchos en esta hora se preguntan por qué permanecer en la Iglesia Católica. Creo que las razones para seguir en la Iglesia Católica las manifestó el teólogo Hans Küng, conocido por su actitud crítica hacia la misma Iglesia.
Le preguntaron en cierta ocasión a Küng: “¿por qué sigue en la Iglesia?” Y este teólogo contestó: “He recibido demasiado en la comunidad de fe para poder defraudar ahora a aquellos que se han comprometido conmigo. ... No renunciaré a la eficacia en la Iglesia. Las alternativas –otra Iglesia, sin Iglesia- no me convencen... ¿No sería más emocionante, interesante, exigente –a pesar de todo- y finalmente más reconfortante y fructífero luchar por un “cristianismo con rostro humano” en esta Iglesia concreta, en la que al menos sé con quién me comprometo?... Mi respuesta decisiva sería: permanezco en la Iglesia porque el asunto de Jesús me ha convencido, y porque la comunidad eclesial en y a pesar de todo fallo ha sido la defensora de la causa de Jesucristo y así debe seguir siendo”.
Además, la alternativa La alternativa “otra Iglesia” tiene su memoria muy corta. En cierta ocasión, al político O´Comnell, líder irlandés que luchó contra la tiranía de Inglaterra en Irlanda y ansió la independencia de su país, fue criticado y tachado de “papista” en el parlamento. Entonces O´Comnell respondió: “Pretendéis molestarme con esa palabra y me hacéis un honor. Sí, me glorío de ser papista, porque papista quiere decir que mi fe se remonta hasta Jesucristo, mientras que la vuestra no pasa de Enrique VIII y de Isabel. Papista quiere decir que estoy en la Iglesia fundada sobre la roca de Pedro contra la cual no prevalecerá el infierno”.
Y precisamente, ésta es la respuesta: Sigo en la Iglesia porque la causa de Jesucristo me ha convencido, y que las alternativas “otra Iglesia” y “sin Iglesia” no me convencen.
EL HOMBRE, SER ESPIRITUAL
En nuestra andadura histórica necesitamos apoyos para caminar y no naufragar en nuestros pasos. …No son suficientes “alforjas materiales” que dan seguridad y estabilidad pero que no satisfacen de manera plena al alma.
Cuando parece todo tranquilo y la satisfacción se ancla en nuestro entorno, aparece la sombra del temor, la debilidad, la fragilidad y la pequeñez.
El hombre tiene necesidad de plenitud en su vida. Nunca sabemos a ciencia cierta quiénes somos pero lo cierto es que el hombre es “un ser relacional”, que sólo encuentra su satisfacción vital en la cercanía del Misterio, que le hace percibirse como pequeño y acogido en su ego.
Aunque en el horizonte se vislumbra el “ocaso de Dios”, en el fondo en el corazón del hombre afloran deseos de bondad, de belleza, de justicia y perfección; elementos que hablan por sí mismos de que el hombre busca a Dios, el Totalmente Otro, sin saberlo ni esperarlo, porque, como bien sabemos los creyentes, “nada está vacío de su presencia, todo es señal de Él” (San Ireneo)
El ser humano se distingue cualitativamente del resto de los animales, y la propia constitución humana nos hace reconocer la existencia de la espiritualidad y de la religiosidad como algo esencial del ser humano de todos los tiempos. La sed interior de todo hombre no es sino evidencia de esa búsqueda del Santo, del Creador que sustenta todo lo existente y da alas a la esperanza.
Perdido en lo tangible y cansado en sus pequeñas batallas para satisfacer su seguridad en riqueza, el hombre olvida su gran batalla, aquella que le hará encontrarse consigo mismo, porque en el fondo la identidad misma humana está más allá de su realidad finita.
Ciertamente cada ser humano, en nuestra historia salpicada de miles de experiencias, descubrimos que “hay algo en el hombre que supera al hombre mismo: un reflejo con algo misterioso, algo de divino” (Pablo VI).
Cada ser humano es “un verdadero santuario de Dios” que aspira a un encuentro pleno con Él, revelado en la historia de Jesús como Amor, y que sólo conseguiremos la felicidad si nuestros esfuerzos y fatigas lleven el sello del amor. El ser humano es un "animal generador de cultura" con capacidad de pensar y estrategias para aprender ante situaciones nuevas que van allá de su registro genético y el animal que ha recibido el "don de amar y ser amado".
El ser humano es un “ser espiritual” que tiene que desarrollar esta dimensión para realizarse como persona.
La “apertura incondicional al Misterio” constituye uno de los elementos más importantes de una vida auténtica, que enlaza perfectamente con la búsqueda de sentido global último para su existencia, la realidad como conjunto y el curso de la historia.
Hay momentos en que la sociedad tan pragmática y tan tecnificada, consumista y madraza, quiere ahogar la dimensión espiritual, pero apenas dura una prohibición. El mismo hombre saca de su propio centro esa “sed de inmortalidad” y “hambre de eternidad” que le contagia de una búsqueda ardiente, por pura iniciativa de Dios, a algunas almas ansiosas de Dios, y a otros les hace sentirse insatisfechos de lo que les rodean y de su agitada existencia, sin saber que esa misma insatisfacción es un reclamo para volver a Dios, para que de razones para vivir, para esperar y para confiar.
REPLETA DE OPORTUNIDADES
La vida está repleta de oportunidades y en su progreso, no siempre lineal, se encuentran grandes momentos para crecer. La vida es “un huracán repleto de oportunidades”, que un día florecerá casi sin notarse en las manos del Eterno. Cada hombre y cada mujer que vienen a este mundo, arrastrados por la misma existencia, danzarán en las manos del Creador en muchos momentos sin que al menos lo sepan y sean conscientes de ello.
Cada uno de nosotros tenemos la vida como un don y una tarea, y es esa misma vida la que debe ser transformada, entregada y rehecha, a veces desde los fracasos, porque "no hay vidas pequeñas: cuando la miramos de cerca, toda vida es grande" (Maurice Maeterlinck).
¡La vida misma es un misterio que nos lanza hacia pautas cada día más auténticas aunque sea desde caminos insospechados y caminos cada vez menos ciertos!
Tú necesitas saber que cuando realizas una actividad en el fondo lo que tú buscas es que tu alma se sacie de felicidad y bien sabes que no todas las ofertas que nos plantean la sociedad llevan a este cumplimiento.
Los lirios del campo alcanzan cuotas perfectas de belleza y los humanos estamos llenos de talentos y dones que nos deben de entusiasmar hasta el fondo desde el amor profundo al otro.
La vida es un misterio y la mayor manifestación de Dios en medio del hombre. Vivir saboreando la vida es la mayor de las victorias.
No seas un mirón que contemplas lo bien o lo mal que lo hacen los demás, como si estuvieras en una plaza de toros.
No seas un evasivo que miras para otro lado de los problemas y buscas “sustitutos” para no acercarte a la vida que te ha sido regalada.
Sé un comprometido con tu entorno e intenta, a pesar de tu pequeñez y tus pecados, transformar la injusticia en beneficio de la paz y la justicia. ¡Sólo así serás una bendición!
La vida misma es todo un canto y tu mayor tesoro que debe de ser descubierto, y revelado desde el alba hasta la noche.
¡Trabajemos por un ideal que equilibre nuestra personalidad, controle nuestra voluntad y nos impulse positivamente hacia la vida, en ocasiones tan conflictiva!
¡Un auténtico ideal nos libera, nos hace levantarnos de nuestras caídas, nos alienta en el camino tortuoso, nos lleva hacia la dirección adecuada, nos hace soportables nuestras renuncias con alegría e ilusión! ¡Si, el ideal unifica nuestra inteligencia, voluntad, sentimientos y nuestra propia libertad!
El mayor don que Dios nos ha regalado es la vida y de ella tenemos que hacer nuestra mejor consigna y nuestra mejor ofrenda, porque nada es vano es inútil; incluso los fracasos y errores son oportunidades para encaminar nuestros pasos.
EL AMOR DONADO
En una reunión de catequesis un grupo de jóvenes reflexionaba vivamente cuál era el don más valioso que tenía el hombre que lo distinguía del resto de los animales. Un joven afirmó que la distinción radicaba en que el hombre es un animal "gestador de cultura". Una joven comentó que la distinción recaía en su capacidad de pensar. Otro joven dijo que el hombre se diferenciaba de los demás animales por su capacidad de aprendizaje y gestador de situaciones nuevas que van más allá de su registro genético. Pero otro joven, quizá el más tímido y más callado, que en todas las reuniones se sentaba casi escondido, sentenció que la distinción estaba, según él, en que el hombre es el animal que ha recibido "el don de amar y ser amado".
El amor es el único capaz de redimir al hombre de su propia debilidad. Sin duda alguna, para que entre en tu corazón el amor hay que desterrar el odio, la envidia, el rencor y el desprecio.
Lo único que hará grande a un alma será el amor que pueda depositar en su interior y la compasión hacia sus semejantes.
Todo quiere ser contemplado y admirado, saboreado y asimilado, amado y conquistado. Toda la realidad nace y es recreada continuamente para que el hombre aprenda a ser él mismo, y de esa manera descubrir que pertenece a una creación infinita, sabiamente armónica y rigurosamente silenciosa.
La realidad que no es amada se mantiene callada para el hombre pero cuanto es deshojada y abrazada hasta los hechos más lamentables y terribles para el ser humano cobran un significado especial.
Muchos momentos pasamos de largo por tanta belleza y majestuosidad como si no existiera ante nuestros ojos la naturaleza grandiosa que necesita ser contemplada para que nos seduzca desde dentro, y muchas veces somos insensibles a lo que nos rodea arrinconados en nuestro egoísmo y nuestro individualismo.
Todo cuanto existe cobra vida cuando amamos sin desfallecer desde lo más diminuto hasta lo más grandioso. Y este amor se manifiesta a borbotones desde la “contemplación del Eterno”.
Muchos hombres y mujeres pasaron por la vida con la sola intención de violentar y de hacer daño a todo lo que les rodeaba y murieron tristes cuando el Eterno les exigió la vida, pero otros amaron todo cuanto les rodeaba, y en la hora de su partida sonrieron gustosamente porque eran devuelto a la armonía final con todo lo creado y al abrazo compasivo del Misterio, que se manifiesta sin sobresaltos en las huellas del Nazareno.
Como bien decía Séneca, “hace falta toda una vida para aprender a vivir”, y es en esa vida nuestra donde tenemos que hacer méritos para entrar en la dinámica del amor.
Un consejo puede ser pauta fundamental de discernimiento: “escuchad el consejo del que mucho sabe; pero sobre todo, escuchad el consejo de quien muchos os ama” (Arturo Graf).
¡Qué bien supo expresar Madre Teresa de Calcuta que “el mayor pecado es la ausencia de amor y de caridad, la terrible indiferencia con el prójimo que, al borde del camino, está expuesto a la explotación, a la corrupción, a la indigencia y a la enfermedad”!
EL MAYOR DON QUE RECIBIMOS
La vida es el mayor don que recibimos. El mayor drama de un ser humano es vivir sin esperar nada de la vida, no encontrar un sentido a lo que hace y a su propia existencia.
La vida misma se convierte en ofrenda vacía cuando no somos capaces de acallar la ira del vacío y del absurdo.
Cuando abrimos el corazón y los ojos a la realidad, en ocasiones tan pálida y tan callada, entonces el aroma de la serenidad anida despacio en nuestro ego.
La vida misma se hace soportable en momentos cuando resuena en nosotros las palabras de Cristo: “Venid a mí todo los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” (Mt 11,28).
El cristiano no es un resignado en la vida. No se cruza de brazos esperando un desenlace. El conformista dice que no hace falta cambiar nada, porque las cosas son así, siempre lo han sido y siempre lo serán. Se cruzan de brazos y exclaman: “¡Qué le vamos a hacer!”.
Sabe bien de quien se ha fiado y sabe que su misión principal es hacer posible el “Proyecto del Reino de Dios”, es decir, colaborar con el proyecto de felicidad y de salvación que Dios tiene para el mundo y para la humanidad.
La máxima de nuestro obrar podría resumirse: “Haz todo como si todo dependiera de ti, sabiendo que todo depende de Dios”.
¡Si, bien sabemos que, como decía Teilhard de Chardin, la última palabra de la sabiduría humana y de la santidad es hacer “todo lo que está en tus manos” en cada situación y en cada momento, y que tenemos una tarea increíble en nuestra existencia: llenar de amor cada instante de nuestra vida y hacer “que el mundo sea un poco más hermoso y mejor, por haber vivido tú en él” (Og. Mandino)!
No seas nostálgico del pasado, pensando que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No afirmes que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”, encerrándote a lo que conoces como lo mejor que te ha podido suceder.
La vida nos demuestra que cada situación engendra su propia preocupación y muchas experiencias nuevas pueden tener la llave para nuestra realización humana y pueden ser encuentros maravillosos con el “Dios siempre sorprendente”, que se manifiesta en el momento presente y en las personas que te rodean.
¡Hoy puede ser un gran día, un maravilloso día para ti y para los que te rodean, si trabajamos por la justicia, la solidaridad, el amor y la dignidad de cada ser humano!
Vive de tal manera que nunca te arrepientas de haber vivido. Vive para que al final no encuentres las manos vacías y el corazón roto.
La vida es el cumplimiento de una misión, colaborar con el Dios Creador para hacer que este mundo sea más fraterno y conforme a sus planes de amor y de justicia.
Vive el consejo de Bertolt Brech: “Procurad que al dejar el mundo veáis no sólo que fuisteis buenos sino que dejáis un mundo bueno”
LA BONDAD NO ES NOTICIA
Hay una tendencia a identificar la bondad con la inocencia y la tontura. A veces, cuando queremos aconsejar a alguien que no sea bueno, le invitamos con expresiones tan poco afortunadas como ésta: “no seas tonto”.
Siempre resaltamos lo malo y los fallos que hay en los que nos rodean pero cuánta bondad y paciencia hay en cada hombre y mujer que conocemos. Una religiosa amiga comentaba en una ocasión: “¡Qué buena es la gente! Siempre resaltamos lo malo y los fallos que hay en los que nos rodean pero cuánta bondad y paciencia hay en cada hombre y mujer que conocemos. En esa bondad descubro la presencia de Dios en el mundo, y eso mismo me lleva a tener esperanza en el hombre, que muchas veces se convierte en un “lobo para el hombre!”
Bien sabemos que en los medios de comunicación lo bueno y lo normal no es noticia, pero también existe gente que ayudan a transformar esta realidad en una sociedad más justa y fraterna, y que no ver esto es cargar en el otro nuestras propias dudas y debilidades, al tiempo que acentuamos una visión deformada de la realidad.
Ahora bien, no basta con ser bueno en nuestras relaciones humanas, y tenemos que “procurar que al dejar el mundo veáis no sólo que fuisteis buenos sino que dejáis un mundo bueno” (Bertolt Brecht). Nuestro entorno es un reto que necesita renovarse y que Dios ha puesto para santificarnos. Y es ese “espacio vital” el que debe ser transformado.
Jamás tiremos la toalla en la andadura existencial que transitamos porque entonces la historia caminará hacia la “ley de la selva” y las conquistas sociales no serán nada más que “fósiles sin sustancia”.
La bondad será lo único que nos haga tener esperanza en la humanidad y será la única arma capaz de llevar a este mundo a sendas cada día más auténticas de perfección. Estoy de acuerdo con Beethoven, compositor alemán: “No conozco ningún otro tipo de superioridad que la bondad”.
Hoy las generaciones más jóvenes necesitan más testigos que maestros, más hombres buenos que economistas, más abrazos que palabras, más amigos que jueces inmisericordes...
Hoy, por favor, te pediría que sepas ver lo bueno que hay en cada persona que te rodea y no te ancles en tu propio mal.
“UNA HISTORIA SIN DIOS”
La dimensión religiosa jamás rechaza de cuanto humano hay en la realidad y en el hombre mismo, armoniza la fe y la razón con una alianza no exenta de conflictos pero que las convierte en dos alas en favor de la libertad y de la verdad, da razones para vivir en medio de una cultura cada vez más cambiante y más fugaz, remite nuestra existencia más allá de ella misma dando soporte al ansia de felicidad y de eternidad que tenemos todos los humanos
Wiesel, uno de los supervivientes del holocausto judío, Premio Nobel de la Paz, decía: “No puedo concebir mi vida sin Dios. Mi relación con Él va desde la confianza más auténtica a la rebeldía más manifiesta. Entiendo la vida contra Dios pero nunca sin Dios”.
Wiesel comprendía que su vida sin Dios estaba llamada a la nada y al sin sentido más cruel, al tiempo que se apaga el calor de su rebeldía más certera en ese Dios de sus padres, cada día más vivo y más unido al sufrimiento.
Efectivamente, la negación de Dios ha hecho aún más angustiosa la experiencia del mal, dejando al hombre sumido en un estado de desesperanza.
Son muchos los problemas que surgen si Dios no existe: Si Dios no existe, el sufrimiento y el mal queda sin remitente y se ahoga en su propia queja. Sin Dios el problema del mal y del sufrimiento se acentúa aún más, porque entonces nuestras quejas se quedan sin remitente y nuestra esperanza de que las víctimas del mal reciban justicia palidecen sin remedio.
Si Dios no existe, la vida se ahoga en su propia fugacidad y en su propia brevedad. Toda realidad es en sí misma problemática y se debate entre el Misterio del ser y del no ser. Afirmar la existencia de Dios en el fondo es un acto de confianza en la misma realidad, abierta a la esencia y a los cambios de sus elementos. Afirmar la realidad conlleva plantearse la existencia como algo creado desde un primer Motor creador y una Primera Causa Incausada.
Si Dios no existe, el anhelo de justicia para los desheredados y para las víctimas de la historia queda truncado en su propio recorrido. ¿Qué esperanzas corren las víctimas de ayer, de hoy y de siempre si esta historia termina en la muerte y sus mejores arpegios son la guerra, la competencia y la violencia?
Bien sabemos que el creyente de hoy desea conocer qué respaldo bíblico y teológico puede tener su propia queja ante el sufrimiento del inocente y su rebeldía dentro del proyecto de la salvación, al tiempo que le preocupa cómo enraizar su propia queja en el meollo de nuestra conflictiva existencia abierta a la fe.
No abandones la confianza en Dios si te preocupa el sufrimiento del inocente.
Desde Él encontrarás una respuesta profunda al dolor tan cercano en el hombre y mirarlo con fe puede ser la única respuesta que no nos haga anclarnos en nuestra angustia.
Desde la fe cristiana, los sufrimientos de los seres humanos no son olvidados ni maquillados en pro de nada sino que alcanzan una densidad insuperable.
Desde Él sentirás que Dios se hace “bálsamo en el dolor”, condolencia en los sufrimientos, reconociendo que Él se hace presente en el que sufre, haciendo suyos los sufrimientos de toda la humanidad.
¡Por favor, resistíos a instalaros en esta historia sin la melodía de Dios que da una respuesta al problema del mal y sella con su presencia los huecos de nuestra dramática existencia…Reafirmemos la respuesta cristiana que no silencia el dolor y el sufrimiento, pero le da un sentido redentor.
LA FELICIDAD
La vida del hombre es una aspiración hacia la felicidad. Aristóteles, el filósofo griego más importante de todos los tiempos, afirmaba que la felicidad es el bien supremo del hombre.
A veces, buscamos la felicidad fuera de nosotros mismos y nos equivocamos, pues la felicidad está dentro de nosotros mismos.
Aunque todos aspiramos y queremos ser felices, no todos buscamos la felicidad por el mismo camino: Unos se pierden en la espiral del placer y del dinero como si navegaran en un “laberinto sin retorno”; Otros se obsesionan dominando sus pasiones como si todo dependiera de la voluntad y del dominio interior., y otros saben que el camino de la felicidad pasa necesariamente por amar intensamente a los seres humanos, porque piensan que “el que no vive para los demás, se deshumaniza a sí mismo” (Padre Arrupe). La búsqueda de la felicidad y la realización personal no son tareas fáciles. Sin duda alguna, son las mayores empresas que un ser humano debe de realizar y la meta hacia donde se encamina, de manera consciente o inconsciente, todos nuestros actos y trabajos.
La andadura hacia la felicidad tiene, a mi juicio, dos elementos insustituibles, que se convierten en auténticos retos de la misma conquista. Por un lado, la capacidad para asumir sin asperezas las dificultades que conlleva un proyecto de vida coherente y responsable. Por otro lado, aceptar nuestra propia existencia, con sus luces y sombras, éxitos y fracasos, cualidades y defectos, sin mentiras ni engaños.
La realización de esta andadura conlleva un principio ineludible en su conquista, tremendamente fugaz y pasajera en su temporalidad, y consiste en aceptar el momento presente. Y aceptar el presente implica reconocer la visión trágica de la vida.
Y para hacer transitable este recorrido necesitamos puntos cruciales de apoyo para no caer en la desesperanza. Estos apoyos deben dar respuesta a la pregunta del para qué y el porqué de nuestra vida, siempre amenazada en su mismo trayecto.
Nuestra principal tarea en la vida es ser felices porque, como bien decía A. Comte, “vivir para los demás no es solo la ley del deber, es también la ley de la felicidad”. Ese es el deseo de Dios, pero el camino más seguro es hacer felices a los demás.
Sé feliz haciendo felices a los demás, sabiendo que hacer feliz al otro no está lejos del amor, que “es la afinidad que conecta y une los elementos del mundo…De hecho, el amor es el agente de la síntesis universal” (Pierre Teilhard de Chardin)!
ESPARCIR LA FRAGANCIA DE CRISTO
El Papa Pablo VI decía con rotundidad que “la tarea de la evangelización es la misión esencial de la Iglesia “(E.N. 14) y el Papa Juan Pablo II lanzó a la Iglesia, de cara al año 2.000, al reto de la “nueva evangelización”, con un nuevo talante, nuevo brío y nuevos métodos.
Anunciar, testimoniar y seguir a Jesucristo es la tarea más específica de la Iglesia en su andadura desde el principio de su fundación hasta el final de los tiempos. Y todo ello vertebrado por la caridad, que brota del amor de Dios.
Y este anuncio se convierte sin más en la propuesta de la Iglesia, especialmente de los misioneros y misioneras, repartidos en los cinco continentes... Y este anuncio, que proviene de la “ipsissima intentio” de Cristo, es la razón de la misión de la Iglesia a lo largo de toda su andadura histórica y el motivo de su existir.
Este anuncio, que proviene de la “ipsissima intentio” de Cristo, es la razón de la misión de la Iglesia a lo largo de toda su andadura histórica y el motivo de su existir.
La misión de la evangelización posee el rasgo de la universalidad. El mismo Cristo proclama esa exigencia: “Id al mundo entero y predicad el evangelio”…
De cara a este tercer Milenio, y en nombre de la “nueva evangelización”, se nos pide a los cristianos ser testigos de la Buena Nueva de Jesús, el Cristo, el Señor de la historia. Este testimonio conlleva aunar hechos y palabras, vida y fe, desde un planteamiento evangélico para hacer presente el proyecto liberador de Dios.
Hoy ser testigos supone tener una actitud de respeto y diálogo con los ejes fundamentales de la cultura donde el cristiano vive y anuncia su fe. Ser testigo de Cristo supone replantearse continuamente la fe y orientar la existencia siempre desde la fidelidad al proyecto liberador del Evangelio, asumiendo una exigencia de conversión profunda.
Seamos testigos de Jesucristo en nuestros ambientes y hagamos nuestra esta oración del Cardenal Newman: “¡Oh Jesús, ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya. Inunda mi alma de tu espíritu y vida. Penétrame y aduéñate tan por completo de mí, que toda mi vida sea una irradiación de la tuya. Ilumina por mi medio y de tal manera toma posesión de mí, que cada alma con la que yo entre en contacto pueda sentir tu presencia en mi alma.
Que al verme no me vea a mí, sino a Ti en mí. Permanece en mí. Así resplandeceré con tu mismo resplandor, y que mi resplandor sirva de luz para los demás. Mi luz toda de Ti vendrá, Jesús: ni el más leve rayo será mío. Será Tú el que iluminarás a otros por mi medio. Sugiéreme la alabanza que más te agrada, iluminando a otros a mi alrededor. Que no te pregono con palabras sino con mi ejemplo, con el influjo de lo que yo lleve a cabo, con el destello visible del amor, que mi corazón saca de Ti. ¡Amén!
¡Reclamemos la necesidad del anuncio misionero de la Iglesia, en una cultura cada vez más secularizada y unas Iglesias en peligro de encerrarse en sí mismas, de mirar con poca esperanza al futuro!
¡Sí, hoy la Iglesia debe de anclarse sólo en Jesucristo y anunciar la Buena Noticia a unos hombres y mujeres que están situados en planteamientos “neopaganos”!
¡Sí, hoy la Iglesia necesita ser evangelizada y escuchar con el entusiasmo del principio el llamamiento de Cristo resucitado: “Id y haced discípulos de todas las naciones de la tierra, bautizadlos para vincularlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y enseñadles a guardar los que os mando” ! (Mt 23,16-19).
LA GRANDEZA DE SER HUMILDE
El libro del Eclesiástico dice así: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará. (Eclo 3, 17-18. 20. 28-29)
El consejo del autor bíblico para proceder con humildad en nuestras empresas y tareas cotidianas habría que escribirlo en “las paredes de nuestro corazón” y en lo más “íntimo de nuestros pensamientos”.
En el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, la madrastra era presumida y creía en su orgullo que no había nadie en el mundo tan bella e inteligente como ella. Quedó herida en su ego cuando descubrió que había otra más atractiva y la envidia más atroz la poseyó. Y decidió acabar con Blancanieves….Y esa mirada orgullosa y rabiosamente soberbia es, en el fondo, la que nos envuelve a todos, desde el más chico al más grande.
La exigencia evangélica a vivir la humildad brota en toda su extensión como una urgencia en el seguimiento del discípulo de Cristo. Y la humildad es vivir en verdad.
Para vivir en verdad es necesaria la corrección fraterna. La apertura al otro lleva necesariamente grandes dosis de purificación, para así purificar nuestras actitudes y conductas, palabras y sentimientos, proyectos y omisiones.
¡Qué difícil es abrirse a la corrección fraterna! Cuando alguien nos critica nuestra primera reacción, en la mayor parte de las veces, es el malestar hacia esa persona y nuestra reacción negativa la que prevalece, pero no olvidemos que sin esta corrección muchas dimensiones existenciales quedarán ocultas y seremos como la madrastra repelente, ensimismada en su ego y engañándose a sí misma en su orgullo.
El humilde es capaz de comprender el secreto de Dios porque busca desde su misma indigencia, mientras que el “sabio y el inteligente” busca desde su prepotencia y su orgullo.
El humilde es capaz de “vivir en verdad” y pide sin exigir nada, como un “mendigo” necesitado de lo más urgente, que sólo Dios mismo puede dárselo.
El humilde sabe “de quién se ha fiado” y sabe que en medio de su vida Dios mismo ha hecho una opción preferente por su causa, a pesar de que en muchos frentes la vida misma lo arrincona en su cuneta.
Jesús mismo nos hace ver, con su talante y con su actitud, que valorar al humilde conlleva tener en su interior la honradez de miras que le hace “no juzgar por apariencias, ni sentenciar de oídas”.
Hagamos que en cada situación que nos encontremos anhelemos la venida de Cristo desde un talante humilde y sencillo, sabiendo que Dios mismo se hace “mendigo” de nuestra pequeñez y debilidad.
¡Qué difícil es ser humilde y qué grande es aquella persona que experimenta en su vida este don maravilloso!
TRATO DE AMISTAD CON DIOS
La oración es un trato de amistad con Dios, que llena de sentido y de amor toda la vida del hombre y de la mujer creyentes. La oración grita en lo más profundo del corazón estas palabras que sellan de esperanza cada acto y cada pensamiento: ¡Sé de quién me he fiado! Santa Teresa de Jesús, una de las mujeres españolas más importantes de la historia mundial y una auténtica maestra en el arte de rezar, decía: “La oración que no advierte con quien habla, y lo que pide y quién es quien pide y a quién pide, no lo llamo yo oración, aunque mucho menee los labios”.
La oración no gusta de muchas palabras huecas. Sólo quiere un corazón sencillo que alaba al Dios de la vida, aunque sea en los más profundos pozos.
En la oración más auténtica, Dios entra en tu noche y rompe, como la aurora matutina, los huecos más recónditos de la existencia.
En la oración, tu anodina vida se vincula estrechamente a la Omnipresencia de Dios y en un enlace de amor y de sentido hace que cobre importancia y valor más allá de lo imaginable.
En la oración, tu yo entra en contacto con la esencia misma del ser y desde el amor más íntimo hace que vivas tu historia como una historia de salvación.
En la mochila de un soldado americano, muerto en África, se encontró esta oración: “Mira, Señor, yo nunca hablé contigo. Me dijeron que no existías... Pero esta noche, cuando estaba en la trinchera, una bala iluminó la oscuridad y vi tu cielo. Sólo entonces caí en la cuenta de que me habían engañado, al mirar con atención todo lo que Tú has hecho. Oh, Dios, ¿Y si me dieras un apretón de manos? ¿Cómo es posible que haya venido a parar a este infierno sin nunca haberte encontrado?
Yo te amo; quiero que lo sepas. Sabes, Señor, la batalla va a ser tremenda. ¿Y quién sabe si yo mismo no iré a llamar a tu puerta? A pesar de que aquí no hemos sido amigos, espero que Tú mismo me abras. Y, pensando en esto, me echo a llorar: ¡Oh, cómo querría haberte conocido antes! Ahora que te conozco ya no tengo miedo a la muerte”.
Cuando quieras rezar intenta confiar en Aquel que tiene palabras de vida eterna y el misterio de la vida y la muerte en sus manos.
Cuando quieras rezar convéncete de la presencia eterna de Alguien que te ama más allá de lo aparente, aún en los momentos más difíciles, y que eres valioso a los ojos de Dios.
Señor mío, invisible hasta lo inexplicable y cercano hasta lo más íntimo, arquitecto de los sentimientos y de la plegaria, forjador del futuro y guardián de lo extraño, quiero suplicarte que hagas soportables nuestros pasos y destruyas el mal que contamina nuestra historia en este tiempo, especialmente la violencia y la guerra.
¡Dios mío, Señor mío, no te quedes lejos de nuestra vida y haznos capaces de amar a los demás, haciendo del tiempo una oportunidad para “hacer del bien”!
¡Dio mío, Señor del amor y de la misericordia, bendícenos y haz que se haga realidad un mundo anclado en la paz y la justicia, un mundo que camine hacia la plenitud, lejos de la violencia y de la insolidaridad!
ESTUDIOS FAVORABLES A LAS CREENCIAS RELIGIOSAS
Hoy cuando la salud se ha convertido en un valor en alza es necesario impulsar todo aquello que favorezca la salud integral del ser humano.
Un informe ha sido divulgado el día 23 de Septiembre del 2010, realizado por la firma Gallup, donde analiza datos de 93 países.
Este informe, patrocinado por el BIP y elaborado por los economistas Natalia Melgar y Máximo Rossi, pertenecientes de la Universidad de la República en Uruguay, es el primero en realizar un análisis sobre el impacto de factores como el desempleo económico en la depresión.
Los investigadores usaron como referencia Estados Unidos. Entre las conclusiones de este informe sobresale que, entre los países con mayor disparidad de ingresos que experimentaron menores posibilidades de sufrir depresión, al menos ocho tenían un alto porcentaje de gente religiosa: Honduras, Panamá, Níger, Senegal, Jamaica, Uganda, Brasil y Mozambique.
Hay que advertir que no es el único informe serio que señala lo favorable que resulta las creencias religiosa en la salud. En los años 80, los doctores David B y Susan Larsar, del Instituto Nacional de la Salud (EEUU), tras revisar doce años de publicaciones de la sociedad psiquiátrica, concluían que “asistir a ceremonias religiosas tienen un soporte social y sentirse en relación con Dios beneficia la salud mental en el 92% de los casos, era neutral en el 4% y el 4% restantes mostraba una franca desmejoría”.
Un estudio de Jefrey S. Lewin, epidemólogo, sobre 250 casos aparecidos en publicaciones médicas de todo el mundo, cuya curación se asociaba a todo tipo de prácticas religiosas, reveló diversos factores que pueden influir en la recuperación de la salud: “el impacto positivo en el sistema cardiovascular, la dinámica psicológica de ritos y creencias, el efecto placebo que provoca la fe cuando se espera la bendición de Dios, o el sentimiento de apoyo que representa el saberse objeto de una plegaria”.
El año pasado, una investigación de la Universidad de Toronto mostró diferencias cerebrales entre creyentes y agnósticos, llegando a la conclusión que creer en Dios puede bloquear la ansiedad y minimizar el estrés.
Según este estudio, los participantes con creencias religiosas, comparados con los agnósticos, mostraron una actividad significativamente menor en el cortex cingulado anterior, una parte del cerebro que ayuda a modificar la conducta avisando cuando la atención y el control son necesarios, habitualmente como resultado de algún evento que produce ansiedad, como por ejemplo cometer un error.
Unos estudios que acentúan los efectos saludables y benefactores que producen la fe religiosa en los individuos, y un reclamo para subrayar una vivencia auténtica de las creencias religiosas en la sociedad.
La dimensión religiosa constituye un elemento decisivo y fundamental del ser humano, y olvidarla tiene grandes consecuencias para la sociedad y para el hombre mismo.
Creer en Dios y reconocerlo como el “Totalmente Otro” enlaza con uno de los esfuerzos humanos de mayores consecuencias: la búsqueda de sentido global a la propia existencia, al curso de la historia y al conjunto de la realidad.
Creer en Dios como el único Señor de nuestra vida y la llamada a “amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser” nos lleva a un equilibrio mental de envergadura: relativizar a las cosas, a las personas y a uno mismo.
UNA RESPUESTA CRISTIANA AL ENIGMA DE LA MUERTE
Si bien es cierto que la sociedad actual, hedonista, ha arrinconado, e incluso se ha olvidado de la muerte y del sufrimiento, convirtiéndolos en espectáculos para entretener; también no es menos cierto que es una terrible pérdida no tener a la muerte como última instancia, o penúltima para los cristianos, de la vida del hombre actual. Ella se convierte en un principio de impulso para no instalarse en esta realidad para siempre como lo único existente, y abre la pregunta sobre el gran quizá de la vida más allá de la muerte.
La muerte es una amenaza para la vida del hombre. Ya está presente en el momento de nacer como la tendencia final. Ella arrasa personas, pueblos, civilizaciones, proyectos... Y ella misma puede convertirse en el gran muro que cuestione la existencia de Dios, cuando se concreta en un ser querido, en la matanza de inocentes, en la agonía lenta y tortuosa de enfermos en los hospitales.
La muerte abre, a nivel filosófico, planteamientos profundos sobre el "gran quizás". No basta a muchos la postura agnóstica de instalarse seguros en lo presente, olvidando los desastres y la muerte de su alrededor, y negando la posibilidad de plantearse la pregunta sobre el más allá tachándola de inútil y vacía. El Vaticano II, en la Constitución Dogmática “Gaudium et Spes”, lo expresa bellamente: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. … Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. … “ (G.S. 18)
Desde esta afirmación esencial de que el ser humano ha sido creado para un destino feliz situado más allá de la muerte, Martín Descalzo, sacerdote y escritor católico, decía que “morir es sólo morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”.
¡Qué bien supo expresar Martín Descalzo que para el cristiano la muerte no es la palabra última de la existencia humana y que la muerte es la puerta que nos acerca a lo que tanto buscamos y anhelamos, el encuentro con el Eterno!
La muerte es el palpitar silencioso que nos hace estallar en lo cotidiano y nos acerca sin notarse a la más clara memoria: ser hijos de la tierra y peregrinos hacia el cielo. Y la respuesta cristiana al enigma de la muerte es la Resurrección de los muertos, vinculada profundamente al triunfo pascual de Jesús.
La Resurrección de Jesús se levanta como alternativa ante el dolor y el sufrimiento del mundo. De hecho, para el cristiano, la última respuesta es el Sí definitivo de Dios a la vida de cada persona que, en definitiva, somos un proyecto de amor que no se agota en la muerte. La Resurrección de Jesús se levanta como la experiencia última del crucificado. Desde esa experiencia definitiva lanzamos la esperanza de que participaremos de esa misma Resurrección y afirmamos la permanencia de la identidad personal del hombre, más allá de la sepultura; al tiempo que se cuestionan posibles alternativas al final trágico del hombre como la reencarnación o la comunión plena "energética" con el aire.
Martes, 29 de mayo
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre
Martín Gelabert Ballester
José Antonio Pagola