Entre dos luces

Deberes son deberes - 10/11 - X - 2018

15.10.18 | 19:23. Archivado en Acerca del autor

Al deber –quizás por deformación profesional- lo solemos ver los juristas como el reverso natural de los derechos; hasta situar en él uno de los conceptos básicos de la vida y la experiencia jurídicas.
Son efectivamente los deberes la “cruz”, la cara oculta, de los derechos, la palestra sobre la que se visualiza y patenta la fuerza y la eficacia del patrimonio jurídico de la persona y se vislumbra la medida en que los poderes y facultades de unos se compaginan a las cargas y obligaciones en los otros.

Pero no es ahora a este tipo de deberes –los que suponen imperativos de justicia legal- a lo que me refiero con el título que preside este pequeño ensayo; y que motivaron -si he de ser sincero- el adelanto de mi retorno a Madrid, la mañana del 10 de octubre actual.
Hay otros deberes, además de los jurídicos; más altos y nobles a veces, y más profundos e incitantes también, aunque no sean tal vez de justicia sino de otras virtudes tan humanas y tanto o más necesarias para la vida del hombre singular y la convivencia con otros como la justicia y el derecho. ¿Qué sería la vida del hombre, en particular o en contacto con otros sin el amor, la piedad, la solidaridad, la prudencia, la verdad o el sentido común? ¿Se concibe una sociedad hipotéticamente justa, si en ella, en vez del amor, la solidaridad o la verdad, presidiera o tuviera más presencia el odio que el amor, la doblez que la rectitud o la insidia, la farsa y la mentira más que la verdad y la nobleza?.
Hay otros deberes, de tanto peso y más, que los que pueden nacer de una ley o un reglamento; más fonderos y más altos por supuesto que los que pueda vigilar la perspicacia profesional de un fiscal o garantizar la vara de medir de un juez.

Era un deber ético el que me puso en el autobús hacia Madrid la mañana del 10 de octubre, con el solo objetivo de tener el día 11 una misa en sufragio, memoria y honor de Carmen León, la secretaria recientemente fallecida, del Instituto Universitario Cisneros.
No hablaré a mis amigos de quién es Carmen, porque a este breve ensayo uno la homilía tenida –esa tarde del 11- en la iglesia de los religiosos calasancios de la calle General Díaz Porlier, de Madrid.

Al retornar a Madrid tras un verano de solaz y relax en El Bierzo, echaré de menos cosas que allá tenía tan a la mano que parecía tocarlas de continuo y sin esfuerzo –naturaleza pura y verde ante los ojos a todas las horas del día y sin salirme de casa; paisaje de estrellas vivaces y la silueta iluminada del convento de vida contemplativa en los atardeceres, al comenzar la noche, por ejemplo.
Pero saldré ganando en otras, como tener a mano todos mis libros; ir viendo cómo se van abriendo paso a paso a la razón y a la vida los niños Nahia y Jon; reanudar el contacto directo con amigos de otro lugar; y hasta deambular perdido, a nada que se tercie, por las verdes praderas del Parque del Oeste, buscando o esquivando el sol y cortejado por el grajeo de las mil cotorras que lo pueblan dando fe de su presencia.

Y como cada día tiene su propio afán y no es cosa de poner en polémica o emulación estas cuestiones tan relativas de las ventajas e inconvenientes, venturas o desventuras, que han de darse sin duda entre la gran ciudad y el pueblo, dejemos por hoy estar las cosas en paz y miremos al futuro sin melancolías ni resquemores.
Mañana, si Dios quiere, será otro día.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

ANEXO
En recuerdo y reflexión sobre una vida: la de Carmen.
-Homilía de la misa celebrada por Carmen León, por el Instituto Universitario Cisneros, la tarde del 11 de octubre de 2018- en la iglesia de los PP. Escolapios de la calle General Díaz Porlier, contigua a dicho Instituto-.

Lo podemos advertir fácilmente si pensamos un poco en la primera lectura. Cuando aquel caudillo Macabeo llamado Judas mandó retirar del campo los cuerpos de los soldados muertos en el combate, y dispuso una colecta para ofrecer en Jerusalén sufragios y oraciones por ellos, estaba haciendo algo más que una obra pía, un gesto benevolente o un brindis al sol. Estaba confesando su creencia en un “más allá” de los hombres; un “más allá” de la muerte. Estaba afirmando la inmortalidad del hombre. Porque fatuo, tonto y sin pizca de lógica sería rezar a Dios por algo que ya no es nada fuera de un recuerdo o una ridícula nimiedad.

Y cuando recordamos –le acabamos de ver con la segunda lectura- a Marta y María, las hermanas de Lázaro, el amigo de Betania, que parecen reprocharle a Jesús la tardanza en llegar, evitando así su muerte, y Jesús les dice –categóricamente- “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y los que creen en mí nunca morirán del todo”, nos hacemos a la idea de estar asistiendo a uno de los momentos estelares de la humanidad (remedando el conocido título de Stefan Zweigt); ese momento en que el gris y el negro de la muerte se tiñen del verde primavera de una esperanza bien fundada. Cuando Lázaro se levanta del sepulcro, se produce algo más que un milagro particular. Estamos ante un cambio de época en los anales de la historia: la era nueva del “Dios con nosotros”.

Queridos amigos del Instituto Universitario Cisneros y familiares de Carmen, en cuyo nombre y memoria nos reunimos hoy aquí para honrar su memoria, dedicarle un recuerdo de amor y, sobre todo, para rezar por ella aunque sólo sea con ese padre-nuestro que es parte de la eucaristía. No la traté mucho, pero creo que fue lo suficiente para conocerla. Hay personas que, al no tener ni doblez ni trastienda, ni saber o prestarse a la farsa, dejan ver lo que son sin mucho esfuerzo.
Como digo, estamos aquí, esta tarde, a pocos días de su muerte, para recordar, honrar su memoria y, sobre todo, rezar ante Dios por Carmen. Pero –quiero que nos preguntemos ya- quién era Carmen o qué era esa Carmen, por la que esta tarde nos interesamos hoy ante Dios.

Al evocar a Carmen, cada uno de nosotros, los que durante años la hemos conocido y tratado en su diario y abnegado trabajo de Secretaría, tiene seguramente su propio punto de vista.
Yo tengo también el mío, el que me permite deducir una relación académica de años con ella, y del trato cordial y amable que siempre me dispensó.
Y es mi punto de vista el que me mueve a evocarla, ante todo, como un facsímil de la “mujer fuerte” –algunos traducen por “mujer ideal”- , a que se alude el Libro de los Proverbios, del sabio rey Salomón, de Israel.
Reproduzco algunas frases del capítulo 31:
“Una mujer fuerte, ¿quién la encontrará? Vale mucho más que las perlas preciosas… Una mujer así da beneficios sin mengua todos los días de su vida… Va vestida de fuerza y dignidad y mira con optimismo el porvenir. Abre su boca con sabiduría y su lengua instruye con cariño. Muchas mujeres han hecho proezas, pero ésta, la mujer fuerte, con creces las supera a todas”.
Es posible que, para muchos, este epígrafe de “mujer fuerte” connote idea de “mujer bandera”, de “mujer figurín o fetiche”, de “mujer despampanante” o de “mujer de garra o presa”
Yo no adosaré a Carmen ninguno de estos epígrafes u otros parecidos, al evocarla hoy –aquí y ahora- con ese rótulo de “mujer fuerte”.
Yo, lo primero que advierto en Carmen, es que era “una mujer”. Y. para mí. decir “mujer” es decir una persona humana, del género femenino y en nada distinta del hombre o varón salvo en una cosa específica suya, de toda mujer: la “feminidad”: porque -siempre bajo mi punto de vista- este distintivo es prerrogativa que –dentro de la unidad general de la condición humana- la hace egregiamente diversa por su llamada a cumplir, dentro de esa única y unitaria condición humana, un papel, una misión, que ningún otro ser humano podrá cumplir cumplidamente sin ella.
Una “mujer fuerte” es una mujer de cuerpo entero y de alma completa; y no se entiende bien lo uno sin lo otro.

Pero yo, en Carmen, veo también otra razón para llamarla o considerarla “mujer fuerte”. Su actitud ante la vida y, especialmente, ante una de las realidades irrecusables en toda vida humana: el sufrimiento. Su fortaleza ante el sufrimiento, la enfermedad implacable, el dolor continuado, que –en cualquier otro- llevaría a tirar la toalla o caer en el desánimo o el desencanto, en ella fue –a mi ver- síntoma inequívoco de una personalidad tan bien templada como provista de medios para sobrevivir hasta en las peores tormentas del vivir humano. Creo que sólo quien sabe sufrir puede saber vivir

Y porque Carmen fue una “mujer fuerte”, en este sentido bíblico de la palabra, recordémosla esta tarde con amor y cariño; honremos su memoria hasta ver y honrar lo que en ella era grande, que fue mucho; y recemos también a Dios por ella los que estamos aquí reunidos, porque el mero hecho de estar aquí, en una iglesia y con este noble fin, ya es rezar.

“Una mujer fuerte ¿quién la encontrará”. ¿Dónde brotará, en los abiertos campos de la vida, ese tipo de flor?
Los que la veíamos día tras día saber estar y sufrir sin perder la sonrisa de los labios ni la esperanza del corazón, sin abdicar nunca de ser mujer, sabemos que en Carmen hemos tenido a la mano la grata compañía de una de esas muchas mujeres que se pueden, con toda verdad, llamar “mujeres” y “mujeres fuertes”; y ello sin caer en feminismos, sobre todo de los que yo suelo llamar “feminismos” sin mujer, por la deconstrucción aguda que suponen del llamado y dignísimo ”eterno femenino”.

La feminidad, queridos amigos, imprime carácter y no se compra ni se vende; se va haciendo, desde que se nace mujer, hasta que se va perfilando, a mano y a golpes de cincel y de vida en el esfuerzo y la lucha diaria, para desarrollarla, defenderla y orquestarla tal como se merece.

Recemos, pues, un poco por Carmen. También se lo merece.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Elogio del caminar a Compostela -Cronicas bercianas - 30-IX-2018

01.10.18 | 20:36. Archivado en Acerca del autor

Nunca mejor dicho -en la coyuntura de mis reflexiones de hoy- que “todos los caminos llevan a Roma”; o que todos llevan y ninguno es más que otro si, al final, todos acaban en el destino buscado.
Santiago de Compostela es, desde hace muchos siglos, un foco de irradiación espiritual, de proyecciones más que continentales: de religión ante todo, pero de cultura, solidaridad y cosmopolitismo también, y ahora –incluso- de deporte, turismo y economía. Desde que la estrella del apóstol se posara, como la vieja tradición enseña, sobre un punto del bosque Libredón –el “campus stellae” que da nombre a Compostela-, y sirve de base a la idea que une esa tierra con la presencia y memoria de Santiago en esta punta de España, el peregrinar a Compostela pasa a engrosar, con Roma y Jerusalén, el trío de las metas religioso-culturales más popular y significativo de la historia de Occidente.
Cuando Europa se puso en marcha hacia ese “campo de la estrella” (del s. IX data el fluir de las peregrinaciones a Santiago), ya comenzó a forjar el preclaro proyecto de la unidad de un destino común en lo universal. Ahora mismo, las riadas de peregrinos, que no cesan de poblar el Camino, pasan por ser, cada mañana y cada tarde, una de las marcas señeras tanto de la España cristiana como de la Europa unida.
Europa nace y se hace. Y un perfil notable de sus hechuras ya lo daba, en plena Edad Media, el Camino de Santiago. Queden a parte sus ampulosas, viejas y empedernidas rencillas familiares. ¿Dónde no las hay? Pero, a pesar de todo y mal que pese, Europa, si nace míticamente de la espuma del mar, se nutre, crece y toma, sobre todo, su punto de sazón y mdurez más específica del pensamiento y el derecho grecorromanos, por un lado, y de la espiritualidad cristiana, por otro. Y entre sus nutrientes y vitaminas de crecimiento –como la Historia enseña- ha de contarse sin duda ese imperecedero atractivo que es, del Báltico a Tarifa, el Camino de Santiago.
Nada extraño, pues, que los hitos y los mojones de este Camino se hayan ennoblecido tanto y cobrado tanto lustre que “haya tiros”, como suele decirse, y se emulen todos por ser “camino”, en cuanto estelas o jalones que son –todos ellos- de esta epopeya de “cristiandad” y “europeísmo”, capaz de llevar, ininterrumpidamente, savia y raíces a la vieja Europa desde la Edad Media.
Por eso mismo, cuando, ayer tarde, al párroco de mi pueblo, en su brillante y cuidada conferencia, ponía como título de una de sus partes “El Camino que pasa por San Miguel de las Dueñas”, no es que se inventara un recurso para cosechar el aplauso de un auditorio proclive, sino que –al razonar su tesis como lo hace- deja la duda fuera de lugar. Si verosímil ya lo era por las circunstancias del pueblo, por su convento y su enclave, las razones dadas, tomadas de documentos e historia comprobados, hacen pasar lo verosímil y lo probable a una certeza indubitada.

El “leit motiv” e idea central de la primera parte del discurso de don Celestino apunta a la “recuperación” del Camino de Santiago a su paso por San Miguel de las Dueñas; reivindicación justa de esta variante del Camino de Santiago por el Bierzo Alto.
Varias claves de conciencia y razonamiento esboza el conferenciante para justificar su aserto de que el Camino de Santiago ha pasado, y sigue pasando por tanto, por San Miguel de las Dueñas. Incluso, permite sospechar una confluencia de ramales del mismo, que se dan cita en su monasterio cisterciense. San Miguel habría sido, según ello, no solamente un hito señalado en el Camino, sino lugar de referencia de los caminantes, por la relevante significación espiritual-asistencial de su convento.
Asomemos a estas claves.

De una parte, no hay un solo Camino trazado, necesario y oblligado para todos, hacia Compostela; y aunque el llamado Camino francés –por su mayor popularidad y empaque-, haya sido el más renombrado y típico, hay otros. Porque no es el Camino quien se erige en paradigma del “peregrino”, sino que, como bien apuntaba don Celestino ayer, “caminos hay tantos como caminantes”, y cada cual, cada uno de ellos, hace “su” camino. Y lo hacen por igual, los que, desde París (una de las cunas de los caminantes a Santiago), por Clermont Ferrand o Limoges, Sant Jea de Pied de Port o Somport y Jaca, Roncesvalles, Puente la Reina, Nájera y Logroño pasan al Bierzo y Galicia, desde Astorga, por Foncebadón y la Ctruz de ferro, hasta Ponferrada y Villafranca del Bierzo, hasta encarar Galicia en O Cebreiro -hito trascendental del Camino francés- y llegarse, por Triacastela y Samos, hasta Sarria, Portomarín y demás hasta Labacolla y Santiago, como los que –desde Astorga- ganan el Bierzo por la ruta del puerto de Manzanal –la vía más directa de acceso, que usaron la carretera y el ferrocarril a la meseta y Madrid-, para, desde Bembibre, tomar el ramal de Congosto hacia Ponferrada o acceder -por los “barreos” de San Miguel- al “puente de hierro” -el “pons ferratus”- de la capital berciana; o los que, desde Manjarín y la Cruz de Ferro se descuelgan, desde otra ruta, la de Las Tejedas y Onamio, para embocar, pasando por el convento de San Miguel, la ruta general del Camino, a partir de Ponferrada.
Hay constancia, por otro lado, de llegadas habituales de peregrinos al convento de San Miguel para recibir ayuda. Es de sobra sabido que los conventos, en la Edad Media y hasta los tiempos actuales, eran centros de aacpgoda para caminantes y necesitados, y la hospedería –siempre abierta- del convento de San Miguel no podía ser ajena a tales menesteres de asistencia y alivio a necesitados, peregrinos y caminantes.
Y es, por otra parte, difícil de suponer que un convento tan floreciente como el cisterciense de San Miguel quedara al margen del flujo de las peregrinaciones, cuando tan a la mano de los caminantes quedaba; o que no tuviera un relieve destacado en una empresa tan eclesial y universal como fueron las peregrinaciones a Santiago, ya en la plena Edad Media.

Es decir, que, si a las constancias históricas, documentadas las más de ellas, se une la fuerza de las reseñadas verosimilitudes, la conclusión, tan lógica y puesta en razón, no puede ser otra que la de admitir que el Camino de Santiago tuvo, por San Miguel y su convento, una de sus variantes, y que reivindicarlo y hacer buena esta realidad es obra de justicia y buen criterio.

Y no es que, como al comienzo anotaba, por todos los caminos, hasta por los más retorcidos o extraños se pueda ir a Roma. No es eso. Es que este Camino, el que –desde Asgtorga- emboca El Bierzo por la ruta del puerto de Manzanal, es –racionalmente hablando- tan buena o más que la que cursa por la Maragatería y la Somoza para descolgarse desde Foncebadón y Manjarín hasta la cuenca berciana

Este otro pasaje de la conferencia de ayer en la iglesia del convento, de reivindicación y recuperación de este ramal del Camino de Santiago por San Miguel de las Dueñas, deja ya mis reflexiones a las puertas del convento y de las raíces del pueblo, a lo que otro día dedicaré unas reflexiones, no sin olvidar algo que, a mí como jurista, me priva e incita más: parar mientes en la jurisdiccoón de la abadesa del convento y las huellas que, del ejercicio de la misma, aún siguen marcadas en la fisonomía material del mismo, como son nombres de calles tan jurisdiccionales como la calle del Rollo, la de la Alhóndiga y la plaza de la picota. Para todo eso, amigos, habrá otro u otro días seguramente.

Y dejo por hoy las reflexiones, no sin dejar colgada en el aire, como un reto, una pregunta que, desde aquella tarde del 15 de agosto de 2015, me hago con frecuencia, tras mi conversación con aquel caminante a Santiago, que peregrinaba y, a la vez, confesaba ser, no sé muy bien si agnóstico o ateo. La pregunta es: ¿puede, con lógica y razón, un ateo hacer el Camino de Santiago y seguir llamándose ateo de verdad?. Aquel profesor –era profesor, me dijo- lo hacía.
Es posible que, un día, dé cuenta a los amigos aquella escena de contraste y debate, en presencia de dos testigos –Agustín y Mari-, de Villafranca del Bierzo, que me llevaron, aquella tarde de agosto, a conocer La Faba, en la subida de Vega de Valcarce a O Cebreiro, tras asistir a la romería en honor de la Virgen de Fombasallá, en plenos Ancares leoneses.
Es naturalmente otra historia, pero es posible que me decida alguna vez a recordarla y, de paso, dar mi punto de vista sobre la pregunta que hoy os dejo en el aire, a cuenta del Camino de Santiago, a su paso por San Miguel de las Dueñas.
Pero mañana, insisto, será otro día.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Desde mi oueblo - Crónicas bercianas -I

30.09.18 | 21:10. Archivado en Acerca del autor

El que abomina o se desdice de su tierra o pueblo, y de sus raíces por tanto, no tiene derecho a ser árbol, ni capacidad tendrá seguramente para dar en la vida frutos sanos y sabrosos. Y es que las raíces son para el árbol o el fruto lo que pone la savia bajo la corteza; y el lugar en que se nace es para la persona lo que da número y medida a las huellas que va dejando al caminar por su vida: grandes o chicas; redondas o planas; profundas o imperceptibles.

Amigos. Esta idea me sale hoy al paso, al intentar –nada más cerrarse la conferencia que acabo de escuchar esta misma tarde en la iglesia de mi pueblo, San Miguel de las Dueñas, con ocasión de la fiesta de su patrono, el arcángel Miguel. La pienso y escribo para que presida los tres o cuatro pequeños ensayos que me propongo a partir de las notables expresiones culturales que, hoy y mañana, son parte del programa de las fiestas del pueblo en honor de su patrono.

He de anticipar que me gustan las canciones de Nino Bravo; que de cuando en cuando me conecto a ellas porque, al ser vibrantes, hacen vibrar, y, al ser tan sugerentes, ponen alas al alma más tibia y al cuerpo más pesado. Antes de comenzar hoy mismo, nada más acabarse la conferencia, estos varios ensayos, me pongo a oír la música de Nino Bravo cantando a “su tierra”. “Mi tierra tiene palmeras. Mi tierra tiene montañas. Mi tierra tiene su sol, el mismo sol que tu tierra. Mi tierra tiene su voz, que ruge si se la encierra…”

Ideas contiguas a la anterior –algunas pondrán titulo a estos varios ensayos de días venideros- pudieran ser éstas: Ser y tener – Acuérdate de las raíces - Mi pueblo tiene Camino - Mi pueblo tiene convento - Mi pueblo tiene canteras
“Quien tiene derecho a alardear no suele ser quien alardea”, he de anticipar también en aras de que, no por no decir lo que se tiene se carece de ello; más bien pasa que el cacareo no siempre, ni mucho menos, es razón y prueba de que la gallina ha puesto el huevo en el nidal.

Desde mi pueblo, me decido hoy a pergeñar y escribir unos ensayos que parezcan crónicas; crónicas bercianas sobre cosas propias de mi pueblo y de mi tierra; de este Bierzo que en su raíz semántica suena a “verjel”, siendo –por ser “vergel”-, si no el paraíso, sí una “speciosa res”, un huerto ameno, especialmente plantado para recreo de los ojos del cuerpo y del alma, jardín cercado de verjas en que toman asiento las flores (cfr. Novísio Diccionario de la Lengua castellana, editado en París, 1892, por don Pedro M. de Olive; que en sus aires lleva un mini-clima, en sus cruces de caminos es encrucijada y en su historia huele intensamente a Templarios, a Tebaidas, a Médulas y a minas de carbón y de hierro, a “verjel” en una palabra, a “speciosa res”.

El Bierzo -estos días- está otoñal tirando a veraniego, y la fiesta de ahora –san Miguel, arcángel de Dios y símbolo de la eterna lucha del mal y del bien- sabe a pueblo y, en la fiesta, este sabor a pueblo se deshilacha entre músicas y cohetes, procesión con el arcángel por las calles y misa solemne, comida de fiesta y hombres y mujeres riendo y saludándose de con efusión, como si llevaran siglos sin verse. Poca gente hay en la misa, tal vez porque ya no es verano y los biorritmos cursan ahora por derroteros de ciudad y de trabajo. Sin embargo, este año, hay algo en la fiesta del pueblo que se sale seguramente de lo normal en una fiesta popular: un ciclo de conferencias, pensadas y organizadas para hoy y mañana, por la concejalía de cultura del ayuntamiento y la Junta vecinal, sobre el Camino de Santiago que pasa por San Miguel y el Convento –la una-, y otras dos sobre las canteras que -en el pueblo, en el borde norte de las “fragas” del Boeza, entre San Miguel y Ponferrada- no sólo dieron pan a mis antepasados recientes –mis abuelos trabajaron en ellas-, pero sobre todo han tenido la virtud de haber sido elegidas -nada menos- que por el arquitecto y artista del Palacio episcopal de Astorga –Gaudí nada menos-, para, con su piedra de granito -blanca, dura, jaspeada y berroqueña-, elevar al cielo todo un alarde de filigrana y suma belleza como es el mismo.

Hoy 29, el cura del pueblo, don Celestino Mielgo Domínguez, tiene la primera conferencia en la soberbia iglesia del convento cisterciense, conventual y parroquial a la vez, joya del barroco, monumental y solemne en su retablo mayor, exquisito de brillo y arte. Cultura sanmigueleña, anoto en mi cuaderno, antes incluso de comenzar la charla. Cultura de la fina y no de esa otra, que tanto se estila en esta pos-modernidad –lo que quiere decir que “se pasa de moderna”-, y que –por tener- tiene más de morbosa, pedestre o zafia que de verdadero culto a la creatividad -casi divina- del hombre. Porque –la verdad-, si Dios encargó al hombre “hacerse”, tras haberlo diseñado macho y hembra según el relato mítico y paradigmático del Génesis, y le mando para ello “crecer y multiplicarse”, nada extraño es que –a lo largo de la Historia humana- las mejores señas de identidad de lo humano lleven nombre de “cultura”, que ha de ser “cultivo” de “lo humano cabal”; y que –por eso mismo- ha de ser progreso, pero no “progresía” ni bazofia, como es la que hacen a diario y celebran algunos con el escupitajo, el plagio, la mentira o las perversiones de la “pos-verdad”.

Don Celestino, perfectamente informado de las cuitas y hechuras pasadas del pueblo de sus “cuidados” –eso significa “cura”-, nos da esta tarde del día de san Miguel una preciosa y amena, precisa y documentada charla sobre dos temas conexos, que se adosan y ciñen como si de un doble anillo se tratara y enlazara el ayer y el hoy de este pueblo, venido evidentemente a menos por azares de las economías y otras cosas, pero que puede presumir –tanto y más que otros- de cultura y solera de la mejor.
El Camino y el Convento llenan hoy las galeradas de este recital de tarde-noche que la solicitud hacendosa o laboriosa del párroco pone ante nuestros ojos, reflejando gráficamente, en una pantalla lateral, al paso de las palabras y las ideas, el curso de la historia, tanto del Camino a su paso por el pueblo, como del Convento en sus azares históricos y monumentales.
Ha merecido la pena venir, anoto al sonar el cerrado aplauso al relator de nuestro pasado.

* * *

No me da para más este primer relato y lo dejo aquí, porque ya es tarde. La música, en el campo de la fiesta, comienza a sonar por todo lo alto y el cuerpo dice que mañana es otro día y que por hoy basta para llenar el cuerpo y el alma sin atragantarse o indigestarse. Como ayer mismo decía la lectura litúrgica del libro sagrado del Eclesiastés (cap. 3, 1-11, hay tiempo para todo y a cada día le basta su afán; tiempo para reir y para llorar, para soñar, para cantar la belleza y dejar de lado las fealdades; la belleza incluso de esas cosas pequeñas que a veces despreciamos por ser pequeñas, cuando es sabido que toda belleza –hasta la de las cosas nimias- merece la pena.
Por eso, amigos, mañana será otro día y el Camino de Santiago a su paso por mi pueblo será la entrega que mañana –si D. q.- me ocuparé de plasmar en letras, palabras, ideas, alguna ocurrencia tal vez, pero sobre todo en deseo de volvernos a las raíces como es obligado si no se quiere danzar en el aire, al son que nos toquen otros, como hacen ya las primeras hojas del otoño, que, incapaces ya de sostenerse unidas a su rama, van trazando arabescos de capricho en este cielo otoñal del Bierzo que ha de saber dar a sus “cosas” un aire propio, aunque no siempre ni del todo coherente con su pasado y sus raíces. Claro que, para dar a sus “cosas” este aire, ha de conocer ese “pasado” y esas “raíces”, reflexionarlo para poder amarlo; aunque –eso sí- sin alardes como digo y sobre todo sin pensar que “los otros” sean peores, no tengan también sus raíces y no puedan verse igualmente con derecho a presumir –sin alardear- de privilegios, de fueros, de raigambre, de solera y sabor a clásico como mi pueblo puede hacer y don Celestino, esta tarde, lo muestra con datos comprobados y muy propios de una tesis doctoral que –aunque no haya hecho- ha sido bien “currada” por él en horas y horas de dedicación, como parte de su tarea pastoral de poner a la vista de su pueblo todo aquello que le pueda servir para sentirse honrado con su historia y libre con unas libertades bien ganadas en campos de honor y de cultura, donde no siempre se libran estas batallas que hacen a los hombres, aunque sean de pueblo, grandes, como ya revelara Cervantes en esa frase mágica con que llama a la “libertad” el mayor de los bienes que Dios ha hecho al hombre y que se puede perder fácilmente por olvidarse de las raíces.

Como preludio, baste. Mañana, amigos, como digo, es otro día. “Mi tierra” -termino remedando de nuevo a Nino Bravo- no tiene mar ni palmeras; pero tiene montañas, y Convento y también Camino, aunque no sea ni el más famoso o el más recorrido y pisado Pero como todas las “tierras” tienen “el mismo sol de mi tierra”, hpy me limito a brindar por la mía sin despreciar o tener por menos a ninguna, y otros días brindaré por otras. “Mi tierra”… –termino con la misma letra de la canción del rapsoda prematuramente desaparecido- “si sientes lo que yo siento, ven y cántala conmigo”

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El libro de María y José 28 - IX- 2018

30.09.18 | 21:07. Archivado en Acerca del autor

Como lo prometido es deuda –así lo muestra el dicho popular, y lo comparto--, y es más deuda si en juego está el deseo de un amigo, y más todavía si lo pide como favor y van razones en ello, no puedo en mi caso incumplir lo prometido. Mal o bien, a medias o a enteras, he de cumplir la promesa hecha, poco antes de volverme de Mallorca, a María y a José.

María y José son un joven matrimonio mallorquín; padres de cuatro hilos de corta edad; felices, comprometidos y muy conscientes de lo que, con esos niños, tienen en su mano.
Estos días de Mallorca -los cuatro pasados por mí como huésped de Asunta Y Toni-, en uno de aquellos estupendos diálogos de sobremesa, María, al despedirse y con su hija más pequeña en uno de los brazos y en la mano del otro un libro, me enseña su libro y me pide que lo lea y le descifre algunas cosas que, a ella y a su marido, confunden, y quizá desconciertan, por algunas recetas o salidas que se dan en él como claves para compaginar una modernidad, en la que debemos estar como ciudadanos del mundo, y una tradición, a la que nos debemos como creyentes católicos; de modo que ni los enfáticamente “modernos” o “progres” tilden –a quien se confiesa católico en estos tiempos- de atrasado, “carca” o “facha” por cerrado y adicto al dogma, ni los otros, los enfáticamente “católico-apostólico-romanos”, le llamen traidor o farsante de su fe cristiana, por abierto en demasía.
Que no es desdeñable y exenta de riesgos la engañosa disyuntiva, cuando, a la vez, se quiere dar cara a la modernidad y a la tradición cristiana.

María y José son creyentes y quieren para sus hijos lo que para sí mismos quieren: que tengan su misma fe, sin sentirse por ello ni retrasados a su tiempo ni traidores a los principios de sus mayores; una fe sin alardes de ninguna clase, pero sin complejos también. Y su relativo desconcierto les viene de algunas precauciones que en el libro parecen postularse para no ser víctimas de “dopajes”, de bien calculados lavados de cerebro o de martingalas de “burros” que, fingiendo ser “caballos”, con frecuencia rebuznan en vez de piafar.
¿Cómo digerir, por ejemplo, que haya de tirarse la televisión por la ventana, o estrellar el móvil o la “tablet” contra el suelo para liberarse de “malas compañías, o embrutecer a cuenta de arrobas de falsas verdades, o andar como un “zombi” por las calles de la ciudad, o a bordo del bus sin quitarse ni un segundo el móvil de la oreja?
¿Es posible ser creyente –con lo que esa palabra entraña -en estos tiempos “post” casi todo, si la verdad y la pos-verdad, lo auténtico y lo maléfico, conviven hasta mimetizarse y pasar por la misma cosa?.

El libro que me deja María ese atardecer en Jornets –que leo (en primera lectura) a salto de mata- se titula La restauración de la cultura cristiana y su autor es John Senior. El tal libro era recomendado como lectura de verano para católicos que desean compaginar la fidelidad a sus creencias (una cosa noble y obligada mientras esas creencias no sean consideradas por el creyente como erróneas o infames) con una no menor fidelidad a los adelantos de la ciencia y la técnica mientras no desbarren volviéndose contra la dignidad o los sagrados y fundamentales derechos del hombre (cosa así mismo noble y obligada porque es también “cosa de Dios” no haber cincelado al hombre hecho del todo y con las manos y pies atados, sino haberle mandado “crecer y multiplicarse”, disponiendo que en ese deber entrara de lleno continuar por los siglos la obra creadora del propio Dios.
¿No ha de haber otra salida que la de tirar el televisor por la ventana o estrellar el móvil contra el suelo, para mantenerse uno fiel a sus creencias –asentadas en “sagradas tradiciones”-, sin por ello tener que abdicar de una buena y seria “modernidad”? Creo que hay alguna “modernidad” de la que puede dudarse de que sea “moderna”, como algún acreditado pensador actual –Koselleck, por ejemplo- deja certeramente entrever en uno de sus ensayos sobre “modernidades” sacadas de madre o de quicio, que viene a ser lo mismo.

He leído este libro a salto de mata, como digo, y con la rapidez con que se devora un libro que interesa porque pone al lector contra las cuerdas de las propias inquietudes ; porque le saca a escenarios muy sensibles, como son los de la conciencia religiosa; y he querido -sobre todo- interpretar su lenguaje y dar una idea que lleve claridad al desconcierto -relativo, he dicho antes y lo sigo diciendo- de María y José.
No sé si, con lo que voy a decir, llenaré –si no del todo, a medias al menos- las expectativas de este matrimonio mallorquín, inquieto por ese desfase –sólo aparente, creo yo, cuando se mira la realidad sin anteojeras de mula de noria- entre una fe religiosa pausada y firme, renonada y actual, y una modernidad, que, si no es vuelve acelerada y loca, hueca o aparente, no tiene por qué caer en agnóstica o atea.

Hace muchos años que leo y releo –casi a diario- los escritos de Ortega y Gasset y, si he de ser sincero, debo confesar que –entre las ideas que, desde el principio, más me impresionaron, por su certero y pre-monitorio diagnóstico de una modernidad hueca- está sin duda una de las que abren El Espectador.
Nuestro pensador, después de tranquilizar al “amigo lejano” que se lamenta de que se quede tan “asiduamente” en “espectador” y no tome más “asiduamente” caminos de acción, traza un elogio del buen vivir humano, nutrido siempre –debiera estarlo- de contemplación y teoría como asiento de la acción y las obras; a la vez que fustiga la inversión de valores que supone el puro quehacer utilitario.
Como pienso que no tienen desperdicio estas ideas, aunque haya pasado un siglo de haberse escrito, no me privaré de reproducirlas de nuevo, a riesgo incluso de pecar de reiterativo y “machacón”.
Claro es –certifica el pensador en concreta referencia a la acción política” – que “el inmediato porvenir, tiempo de sociales hervores, nos forzará a ella con mayor violencia”; y que precisamente, con esa “necesidad” imperiosa de darse a la acción, corre pareja otra “necesidead” igualmente imperiosa, la de “acotar una parte de mí mismo para la contemplación”.
“Desde hace medio siglo –añade- en España y fuera de España, la política –es decir, la supeditación de la teoría a la utilidad- ha invadido por completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa filosofía pragmática que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico por excelencia, en lo práctico, en lo útil. De esta suerte, queda reducido el pensamiento a la operación de hallar buenos medios para los fines, sin preocuparse de estos La pasada centuria se ha afanado, harto exclusivamente, en allegar instrumentos: ha sido una cultura de medios. La guerra –a la primera mundial se refiere cuando esto escribe - ha sorprendido al europeo sin nociones claras sobre las cuestiones últimas, aquellas que sólo puede aclarar un pensamiento puro o inútil. Nada más natural que, reaccionando contra ese exclusivismo, postulemos ahora, frente a una cultura de medios, una cultura de postrimerías”; es decir, de fines serios y de trascendencia humana –no se olvide que la capacidad del ser humano de trascenderse a sí mismo es lo que separa, en definitiva, al hombre, del animal, del vegetal o de las piedras de un camino (cfr. J. ORTEGA Y GASSET, Confesiones de El Espectador, Verdad y perspectiva (febrero-marzo 1916, Biblioteca Nueva, Madrid,1943, pp. 13-14).
¿No hacen pensar hondo estas ideas y frases a quien sepa contrastarlas con lo que pasa hoy, un siglo más tarde? ¿No es una aberración lógica y ontológica que los medios se monten sobre los fines mayores y mejores de la condición humana? ¿No se puede llamar a esta inversión una subversión de los valores, o atraso más que adelanto y progreso? ¿No es acaso “falsa verdad” lo que hoy, a precio de oro, se dedican a vender –a granel y casi siempre con pocas o nulas razones- muchos “medios” –materiales y no digamos virtuales- que, en vez de informar y dar cuenta de la realidad con la mayor objetividad posible, la deforman a sabiendas, incluso, de que “su verdad” no es “la verdad”, como bien afinara el poeta A. Machado hace décadas?.
Así lo entendía Ortega ya en su tiempo y más, mucho más, se lamentaría hoy de tamaña inversión de valores si la viera hoy sobresaturada y en creciente absoluto.

Permitidme, amigos, que, a honra y prez del eminente pensador, y con estas sus ideas ante los ojos, me contente hoy con tres o cuatro atisbos, o ideas quizás, nada más, hasta que otra vez “pueda departir “vis a vis” con este joven matrimonio y comentar con María Y José otras más de las soluciones y salidas que este libro da para actualizar la cultura cristiana y no dejar que la destruyan los muchos empeñados –con falsedad auténtica- en hacer creer que las verdades se pueden amañar sin humillar al hombre o que los fines mayores del ser hombre se pueden subordinar a unos medios e instrumentos que, si alguna razón válida debieran tener para existir, sería la de servir a la dignidad y no a la indignidad del ser humano: de todo ser humano.
En lo que pueda y sepa, los refiero a la necesidad y al modo de “actualizar” la cultura cristiana y católica, en la que los fines y los medios se correspondan y se lleven bien sin acabar los medios e instrumentos ocupando el lugar de los fines.

- Es obligado actualizarse en todo. Es obligado dar razones –las más que se pueda o permita el lógico misterio de la fe revelada; y para eso hay que estar al día lo mismo en todo lo que favorece a la religión -la católica en nuestro caso-, como –también- en todo lo que pudiera desprestigiarla o hacerla menos civilizada de lo que es en verdad, como atestigua G. K. Chesterton en el primer capítulo de su Ortodoxia.
Bien sabido es que las “instituciones”, como las personas, han de renovarse y actualizarse, poniendo “el yo”, es decir, lo esencial e inmutable, a la misma hora de las circunstancias; si no se quiere que unas y otras, personas e instituciones, se anquilosen, se oxiden y se hagan inservibles. Es de lógica y sentido común hacerlo sin desmayo y de continuo; en la palabra; en el ejemplo; en la entrega; aunque sin ceder a la moda por ser moda, o a la pos-verdad por estar ahora mismo en auge y de moda.
¿No se ha dicho siempre que “o renovarse o morir”?

- En cuanto al televisor, el móvil, la “tablet” o el último modelo o grito de cualquier cosa que, por relumbrar, parece lo bueno por antonomasia y digno de crédito a toda costa y a pies juntillas, no es cosa –creo- de tirarlos por la ventana o estamparlos contra el suelo. Es menester aceptarlos como adelantos que son; darles la categoría que tienen y no más; precaverse a toda costa de los que –son legión ahora mismo-, por precio, por intereses, por odios y rencores a veces, por ignorancia incluso o por lo que sea, los divinizan y hacen fines, siendo nada más de medios, y los ponen al servicio, no de lo que debieran estar si fuesen honestos y veraces los manipuladores, sino al del “pensar utilitario”, sea el de la política, la economía, la educación de los niños, el deporte o la misma religión.
Cuando, por las calles de Madrid y hasta de algunos pueblos y villas, o en reuniones de familia y de amigos, ves a la gente –la más joven especialmente- con el auricular o el móvil pegados indefectiblemente a la oreja, absortos, abstraídos, andando como autómatas u obsesos, no me queda más remedio que pensar esa idea –dicha, según parece por Voltaire-, según la cual la técnica y la ciencia –desbocadas o descontroladas y hechas fines siendo medios- terminarán por poner en las manos del hombre útiles con que poder matarnos más fácilmente los unos a los otros.
Si elastificamos un poco el ejemplo, veremos que se puede perfectamente aplicar la profecía del ilustrado francés a ese móvil pegado a la oreja de continuo o al televisor que –cuando nos puede- entontece y despersonaliza; y que adocena gentes que muestran con esa servidumbre acrítica no valer para otra cosa que para esclavos voluntarios.

Perdonadme, María y José, si no he sabido descifrar del todo y bien las razones de vuestro desconcierto, Si queréis otras más cosas o aclaraciones mayores sobre ese libro –muy aprovechable por cierto-, os las daré con gusto a nada que me lo digáis.
Y como vuestros niños son colonia del cielo en la tierra –la parte seguramente mayor de cielo que queda sobre la tierra-, así educarlos que puedan abrirse –en su vida futura- a una cada día renovada y actualizada cultura cristiana y católica; no les invitéis a tirar el televisor por la ventana ni a estampar el móvil sobre una piedra; enseñadles –mejor- a saber usar bien el móvil y el televisor, en ka idea de que son medios y no fines de una vida; dadles criterios para saber distinguir lo nuevo de lo bueno, un huevo de una patata y un comunicador razonable de un charlatán, prestidigitador de feria o un vendedor de humos a cuenta de unos avarientos de poder o faltos de escrúpulos éticos y racionales en favor de la verdad y el bien auténticos, Azuzadles a leer un libro mejor que a ver una película o “navegar” sin rumbo virtualmente y no realmente, tras una quimera o a tontas y a locas. Educad. Sed maestros y no tanto profesores, que lo sean otros. El profesor dicta sus lecciones, pero es el maestro quien enseña a aprender lo que un profesor dice y razona en las clases.

Ya sé que todo esto es ir contra la corriente actual; y que las ventas que se ofrecen o hacen a diario en televisiones y medios son tal vez de más bonitas palabras y boato, aunque de menos enjundia y valor.
María y José. No tiréis el televisor por la ventana; ni el móvil lo estrelléis contra una piedra. La cultura cristiana es tan buena y mejor que otra cualquiera. Pero hay que revalorizarla cada día, mirándonos sin complejo alguno, mejor quizás con orgullo, al espejo del Evangelio de Jesús. Espejo de culturas, las más “progres” de la historia humana, cuando lo “progresista” no es acaparado de mala manera y con malas artes por los vendedores de humos, que no de verdad y bien
No olvidemos que hay modernidades que no son modernas; como hay culturas que se mueren de inanidad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El libro de María y José 28 - IX- 2018

29.09.18 | 18:28. Archivado en Acerca del autor

Como lo prometido es deuda –así lo muestra el dicho popular, y lo comparto--, y es más deuda si en juego está el deseo de un amigo, y más todavía si lo pide como favor y van razones en ello, no puedo en mi caso incumplir lo prometido. Mal o bien, a medias o a enteras, he de cumplir la promesa hecha, poco antes de volverme de Mallorca, a María y a José.

María y José son un joven matrimonio mallorquín; padres de cuatro hilos de corta edad; felices, comprometidos y muy conscientes de lo que, con esos niños, tienen en su mano.
Estos días de Mallorca -los cuatro pasados por mí como huésped de Asunta Y Toni-, en uno de aquellos estupendos diálogos de sobremesa, María, al despedirse y con su hija más pequeña en uno de los brazos y en la mano del otro un libro, me enseña su libro y me pide que lo lea y le descifre algunas cosas que, a ella y a su marido, confunden, y quizá desconciertan, por algunas recetas o salidas que se dan en él como claves para compaginar una modernidad, en la que debemos estar como ciudadanos del mundo, y una tradición, a la que nos debemos como creyentes católicos; de modo que ni los enfáticamente “modernos” o “progres” tilden –a quien se confiesa católico en estos tiempos- de atrasado, “carca” o “facha” por cerrado y adicto al dogma, ni los otros, los enfáticamente “católico-apostólico-romanos”, le llamen traidor o farsante de su fe cristiana, por abierto en demasía.
Que no es desdeñable y exenta de riesgos la engañosa disyuntiva, cuando, a la vez, se quiere dar cara a la modernidad y a la tradición cristiana.

María y José son creyentes y quieren para sus hijos lo que para sí mismos quieren: que tengan su misma fe, sin sentirse por ello ni retrasados a su tiempo ni traidores a los principios de sus mayores; una fe sin alardes de ninguna clase, pero sin complejos también. Y su relativo desconcierto les viene de algunas precauciones que en el libro parecen postularse para no ser víctimas de “dopajes”, de bien calculados lavados de cerebro o de martingalas de “burros” que, fingiendo ser “caballos”, con frecuencia rebuznan en vez de piafar.
¿Cómo digerir, por ejemplo, que haya de tirarse la televisión por la ventana, o estrellar el móvil o la “tablet” contra el suelo para liberarse de “malas compañías, o embrutecer a cuenta de arrobas de falsas verdades, o andar como un “zombi” por las calles de la ciudad, o a bordo del bus sin quitarse ni un segundo el móvil de la oreja?
¿Es posible ser creyente –con lo que esa palabra entraña -en estos tiempos “post” casi todo, si la verdad y la pos-verdad, lo auténtico y lo maléfico, conviven hasta mimetizarse y pasar por la misma cosa?.

El libro que me deja María ese atardecer en Jornets –que leo (en primera lectura) a salto de mata- se titula La restauración de la cultura cristiana y su autor es John Senior. El tal libro era recomendado como lectura de verano para católicos que desean compaginar la fidelidad a sus creencias (una cosa noble y obligada mientras esas creencias no sean consideradas por el creyente como erróneas o infames) con una no menor fidelidad a los adelantos de la ciencia y la técnica mientras no desbarren volviéndose contra la dignidad o los sagrados y fundamentales derechos del hombre (cosa así mismo noble y obligada porque es también “cosa de Dios” no haber cincelado al hombre hecho del todo y con las manos y pies atados, sino haberle mandado “crecer y multiplicarse”, disponiendo que en ese deber entrara de lleno continuar por los siglos la obra creadora del propio Dios.
¿No ha de haber otra salida que la de tirar el televisor por la ventana o estrellar el móvil contra el suelo, para mantenerse uno fiel a sus creencias –asentadas en “sagradas tradiciones”-, sin por ello tener que abdicar de una buena y seria “modernidad”? Creo que hay alguna “modernidad” de la que puede dudarse de que sea “moderna”, como algún acreditado pensador actual –Koselleck, por ejemplo- deja certeramente entrever en uno de sus ensayos sobre “modernidades” sacadas de madre o de quicio, que viene a ser lo mismo.

He leído este libro a salto de mata, como digo, y con la rapidez con que se devora un libro que interesa porque pone al lector contra las cuerdas de las propias inquietudes ; porque le saca a escenarios muy sensibles, como son los de la conciencia religiosa; y he querido -sobre todo- interpretar su lenguaje y dar una idea que lleve claridad al desconcierto -relativo, he dicho antes y lo sigo diciendo- de María y José.
No sé si, con lo que voy a decir, llenaré –si no del todo, a medias al menos- las expectativas de este matrimonio mallorquín, inquieto por ese desfase –sólo aparente, creo yo, cuando se mira la realidad sin anteojeras de mula de noria- entre una fe religiosa pausada y firme, renonada y actual, y una modernidad, que, si no es vuelve acelerada y loca, hueca o aparente, no tiene por qué caer en agnóstica o atea.

Hace muchos años que leo y releo –casi a diario- los escritos de Ortega y Gasset y, si he de ser sincero, debo confesar que –entre las ideas que, desde el principio, más me impresionaron, por su certero y pre-monitorio diagnóstico de una modernidad hueca- está sin duda una de las que abren El Espectador.
Nuestro pensador, después de tranquilizar al “amigo lejano” que se lamenta de que se quede tan “asiduamente” en “espectador” y no tome más “asiduamente” caminos de acción, traza un elogio del buen vivir humano, nutrido siempre –debiera estarlo- de contemplación y teoría como asiento de la acción y las obras; a la vez que fustiga la inversión de valores que supone el puro quehacer utilitario.
Como pienso que no tienen desperdicio estas ideas, aunque haya pasado un siglo de haberse escrito, no me privaré de reproducirlas de nuevo, a riesgo incluso de pecar de reiterativo y “machacón”.
Claro es –certifica el pensador en concreta referencia a la acción política” – que “el inmediato porvenir, tiempo de sociales hervores, nos forzará a ella con mayor violencia”; y que precisamente, con esa “necesidad” imperiosa de darse a la acción, corre pareja otra “necesidead” igualmente imperiosa, la de “acotar una parte de mí mismo para la contemplación”.
“Desde hace medio siglo –añade- en España y fuera de España, la política –es decir, la supeditación de la teoría a la utilidad- ha invadido por completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa filosofía pragmática que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico por excelencia, en lo práctico, en lo útil. De esta suerte, queda reducido el pensamiento a la operación de hallar buenos medios para los fines, sin preocuparse de estos La pasada centuria se ha afanado, harto exclusivamente, en allegar instrumentos: ha sido una cultura de medios. La guerra –a la primera mundial se refiere cuando esto escribe - ha sorprendido al europeo sin nociones claras sobre las cuestiones últimas, aquellas que sólo puede aclarar un pensamiento puro o inútil. Nada más natural que, reaccionando contra ese exclusivismo, postulemos ahora, frente a una cultura de medios, una cultura de postrimerías”; es decir, de fines serios y de trascendencia humana –no se olvide que la capacidad del ser humano de trascenderse a sí mismo es lo que separa, en definitiva, al hombre, del animal, del vegetal o de las piedras de un camino (cfr. J. ORTEGA Y GASSET, Confesiones de El Espectador, Verdad y perspectiva (febrero-marzo 1916, Biblioteca Nueva, Madrid,1943, pp. 13-14).
¿No hacen pensar hondo estas ideas y frases a quien sepa contrastarlas con lo que pasa hoy, un siglo más tarde? ¿No es una aberración lógica y ontológica que los medios se monten sobre los fines mayores y mejores de la condición humana? ¿No se puede llamar a esta inversión una subversión de los valores, o atraso más que adelanto y progreso? ¿No es acaso “falsa verdad” lo que hoy, a precio de oro, se dedican a vender –a granel y casi siempre con pocas o nulas razones- muchos “medios” –materiales y no digamos virtuales- que, en vez de informar y dar cuenta de la realidad con la mayor objetividad posible, la deforman a sabiendas, incluso, de que “su verdad” no es “la verdad”, como bien afinara el poeta A. Machado hace décadas?.
Así lo entendía Ortega ya en su tiempo y más, mucho más, se lamentaría hoy de tamaña inversión de valores si la viera hoy sobresaturada y en creciente absoluto.

Permitidme, amigos, que, a honra y prez del eminente pensador, y con estas sus ideas ante los ojos, me contente hoy con tres o cuatro atisbos, o ideas quizás, nada más, hasta que otra vez “pueda departir “vis a vis” con este joven matrimonio y comentar con María Y José otras más de las soluciones y salidas que este libro da para actualizar la cultura cristiana y no dejar que la destruyan los muchos empeñados –con falsedad auténtica- en hacer creer que las verdades se pueden amañar sin humillar al hombre o que los fines mayores del ser hombre se pueden subordinar a unos medios e instrumentos que, si alguna razón válida debieran tener para existir, sería la de servir a la dignidad y no a la indignidad del ser humano: de todo ser humano.
En lo que pueda y sepa, los refiero a la necesidad y al modo de “actualizar” la cultura cristiana y católica, en la que los fines y los medios se correspondan y se lleven bien sin acabar los medios e instrumentos ocupando el lugar de los fines.

- Es obligado actualizarse en todo. Es obligado dar razones –las más que se pueda o permita el lógico misterio de la fe revelada; y para eso hay que estar al día lo mismo en todo lo que favorece a la religión -la católica en nuestro caso-, como –también- en todo lo que pudiera desprestigiarla o hacerla menos civilizada de lo que es en verdad, como atestigua G. K. Chesterton en el primer capítulo de su Ortodoxia.
Bien sabido es que las “instituciones”, como las personas, han de renovarse y actualizarse, poniendo “el yo”, es decir, lo esencial e inmutable, a la misma hora de las circunstancias; si no se quiere que unas y otras, personas e instituciones, se anquilosen, se oxiden y se hagan inservibles. Es de lógica y sentido común hacerlo sin desmayo y de continuo; en la palabra; en el ejemplo; en la entrega; aunque sin ceder a la moda por ser moda, o a la pos-verdad por estar ahora mismo en auge y de moda.
¿No se ha dicho siempre que “o renovarse o morir”?

- En cuanto al televisor, el móvil, la “tablet” o el último modelo o grito de cualquier cosa que, por relumbrar, parece lo bueno por antonomasia y digno de crédito a toda costa y a pies juntillas, no es cosa –creo- de tirarlos por la ventana o estamparlos contra el suelo. Es menester aceptarlos como adelantos que son; darles la categoría que tienen y no más; precaverse a toda costa de los que –son legión ahora mismo-, por precio, por intereses, por odios y rencores a veces, por ignorancia incluso o por lo que sea, los divinizan y hacen fines, siendo nada más de medios, y los ponen al servicio, no de lo que debieran estar si fuesen honestos y veraces los manipuladores, sino al del “pensar utilitario”, sea el de la política, la economía, la educación de los niños, el deporte o la misma religión.
Cuando, por las calles de Madrid y hasta de algunos pueblos y villas, o en reuniones de familia y de amigos, ves a la gente –la más joven especialmente- con el auricular o el móvil pegados indefectiblemente a la oreja, absortos, abstraídos, andando como autómatas u obsesos, no me queda más remedio que pensar esa idea –dicha, según parece por Voltaire-, según la cual la técnica y la ciencia –desbocadas o descontroladas y hechas fines siendo medios- terminarán por poner en las manos del hombre útiles con que poder matarnos más fácilmente los unos a los otros.
Si elastificamos un poco el ejemplo, veremos que se puede perfectamente aplicar la profecía del ilustrado francés a ese móvil pegado a la oreja de continuo o al televisor que –cuando nos puede- entontece y despersonaliza; y que adocena gentes que muestran con esa servidumbre acrítica no valer para otra cosa que para esclavos voluntarios.

Perdonadme, María y José, si no he sabido descifrar del todo y bien las razones de vuestro desconcierto, Si queréis otras más cosas o aclaraciones mayores sobre ese libro –muy aprovechable por cierto-, os las daré con gusto a nada que me lo digáis.
Y como vuestros niños son colonia del cielo en la tierra –la parte seguramente mayor de cielo que queda sobre la tierra-, así educarlos que puedan abrirse –en su vida futura- a una cada día renovada y actualizada cultura cristiana y católica; no les invitéis a tirar el televisor por la ventana ni a estampar el móvil sobre una piedra; enseñadles –mejor- a saber usar bien el móvil y el televisor, en ka idea de que son medios y no fines de una vida; dadles criterios para saber distinguir lo nuevo de lo bueno, un huevo de una patata y un comunicador razonable de un charlatán, prestidigitador de feria o un vendedor de humos a cuenta de unos avarientos de poder o faltos de escrúpulos éticos y racionales en favor de la verdad y el bien auténticos, Azuzadles a leer un libro mejor que a ver una película o “navegar” sin rumbo virtualmente y no realmente, tras una quimera o a tontas y a locas. Educad. Sed maestros y no tanto profesores, que lo sean otros. El profesor dicta sus lecciones, pero es el maestro quien enseña a aprender lo que un profesor dice y razona en las clases.

Ya sé que todo esto es ir contra la corriente actual; y que las ventas que se ofrecen o hacen a diario en televisiones y medios son tal vez de más bonitas palabras y boato, aunque de menos enjundia y valor.
María y José. No tiréis el televisor por la ventana; ni el móvil lo estrelléis contra una piedra. La cultura cristiana es tan buena y mejor que otra cualquiera. Pero hay que revalorizarla cada día, mirándonos sin complejo alguno, mejor quizás con orgullo, al espejo del Evangelio de Jesús. Espejo de culturas, las más “progres” de la historia humana, cuando lo “progresista” no es acaparado de mala manera y con malas artes por los vendedores de humos, que no de verdad y bien
No olvidemos que hay modernidades que no son modernas; como hay culturas que se mueren de inanidad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El libro de María y José 28 - IX- 2018

29.09.18 | 18:28. Archivado en Acerca del autor

Como lo prometido es deuda –así lo muestra el dicho popular, y lo comparto--, y es más deuda si en juego está el deseo de un amigo, y más todavía si lo pide como favor y van razones en ello, no puedo en mi caso incumplir lo prometido. Mal o bien, a medias o a enteras, he de cumplir la promesa hecha, poco antes de volverme de Mallorca, a María y a José.

María y José son un joven matrimonio mallorquín; padres de cuatro hilos de corta edad; felices, comprometidos y muy conscientes de lo que, con esos niños, tienen en su mano.
Estos días de Mallorca -los cuatro pasados por mí como huésped de Asunta Y Toni-, en uno de aquellos estupendos diálogos de sobremesa, María, al despedirse y con su hija más pequeña en uno de los brazos y en la mano del otro un libro, me enseña su libro y me pide que lo lea y le descifre algunas cosas que, a ella y a su marido, confunden, y quizá desconciertan, por algunas recetas o salidas que se dan en él como claves para compaginar una modernidad, en la que debemos estar como ciudadanos del mundo, y una tradición, a la que nos debemos como creyentes católicos; de modo que ni los enfáticamente “modernos” o “progres” tilden –a quien se confiesa católico en estos tiempos- de atrasado, “carca” o “facha” por cerrado y adicto al dogma, ni los otros, los enfáticamente “católico-apostólico-romanos”, le llamen traidor o farsante de su fe cristiana, por abierto en demasía.
Que no es desdeñable y exenta de riesgos la engañosa disyuntiva, cuando, a la vez, se quiere dar cara a la modernidad y a la tradición cristiana.

María y José son creyentes y quieren para sus hijos lo que para sí mismos quieren: que tengan su misma fe, sin sentirse por ello ni retrasados a su tiempo ni traidores a los principios de sus mayores; una fe sin alardes de ninguna clase, pero sin complejos también. Y su relativo desconcierto les viene de algunas precauciones que en el libro parecen postularse para no ser víctimas de “dopajes”, de bien calculados lavados de cerebro o de martingalas de “burros” que, fingiendo ser “caballos”, con frecuencia rebuznan en vez de piafar.
¿Cómo digerir, por ejemplo, que haya de tirarse la televisión por la ventana, o estrellar el móvil o la “tablet” contra el suelo para liberarse de “malas compañías, o embrutecer a cuenta de arrobas de falsas verdades, o andar como un “zombi” por las calles de la ciudad, o a bordo del bus sin quitarse ni un segundo el móvil de la oreja?
¿Es posible ser creyente –con lo que esa palabra entraña -en estos tiempos “post” casi todo, si la verdad y la pos-verdad, lo auténtico y lo maléfico, conviven hasta mimetizarse y pasar por la misma cosa?.

El libro que me deja María ese atardecer en Jornets –que leo (en primera lectura) a salto de mata- se titula La restauración de la cultura cristiana y su autor es John Senior. El tal libro era recomendado como lectura de verano para católicos que desean compaginar la fidelidad a sus creencias (una cosa noble y obligada mientras esas creencias no sean consideradas por el creyente como erróneas o infames) con una no menor fidelidad a los adelantos de la ciencia y la técnica mientras no desbarren volviéndose contra la dignidad o los sagrados y fundamentales derechos del hombre (cosa así mismo noble y obligada porque es también “cosa de Dios” no haber cincelado al hombre hecho del todo y con las manos y pies atados, sino haberle mandado “crecer y multiplicarse”, disponiendo que en ese deber entrara de lleno continuar por los siglos la obra creadora del propio Dios.
¿No ha de haber otra salida que la de tirar el televisor por la ventana o estrellar el móvil contra el suelo, para mantenerse uno fiel a sus creencias –asentadas en “sagradas tradiciones”-, sin por ello tener que abdicar de una buena y seria “modernidad”? Creo que hay alguna “modernidad” de la que puede dudarse de que sea “moderna”, como algún acreditado pensador actual –Koselleck, por ejemplo- deja certeramente entrever en uno de sus ensayos sobre “modernidades” sacadas de madre o de quicio, que viene a ser lo mismo.

He leído este libro a salto de mata, como digo, y con la rapidez con que se devora un libro que interesa porque pone al lector contra las cuerdas de las propias inquietudes ; porque le saca a escenarios muy sensibles, como son los de la conciencia religiosa; y he querido -sobre todo- interpretar su lenguaje y dar una idea que lleve claridad al desconcierto -relativo, he dicho antes y lo sigo diciendo- de María y José.
No sé si, con lo que voy a decir, llenaré –si no del todo, a medias al menos- las expectativas de este matrimonio mallorquín, inquieto por ese desfase –sólo aparente, creo yo, cuando se mira la realidad sin anteojeras de mula de noria- entre una fe religiosa pausada y firme, renonada y actual, y una modernidad, que, si no es vuelve acelerada y loca, hueca o aparente, no tiene por qué caer en agnóstica o atea.

Hace muchos años que leo y releo –casi a diario- los escritos de Ortega y Gasset y, si he de ser sincero, debo confesar que –entre las ideas que, desde el principio, más me impresionaron, por su certero y pre-monitorio diagnóstico de una modernidad hueca- está sin duda una de las que abren El Espectador.
Nuestro pensador, después de tranquilizar al “amigo lejano” que se lamenta de que se quede tan “asiduamente” en “espectador” y no tome más “asiduamente” caminos de acción, traza un elogio del buen vivir humano, nutrido siempre –debiera estarlo- de contemplación y teoría como asiento de la acción y las obras; a la vez que fustiga la inversión de valores que supone el puro quehacer utilitario.
Como pienso que no tienen desperdicio estas ideas, aunque haya pasado un siglo de haberse escrito, no me privaré de reproducirlas de nuevo, a riesgo incluso de pecar de reiterativo y “machacón”.
Claro es –certifica el pensador en concreta referencia a la acción política” – que “el inmediato porvenir, tiempo de sociales hervores, nos forzará a ella con mayor violencia”; y que precisamente, con esa “necesidad” imperiosa de darse a la acción, corre pareja otra “necesidead” igualmente imperiosa, la de “acotar una parte de mí mismo para la contemplación”.
“Desde hace medio siglo –añade- en España y fuera de España, la política –es decir, la supeditación de la teoría a la utilidad- ha invadido por completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa filosofía pragmática que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico por excelencia, en lo práctico, en lo útil. De esta suerte, queda reducido el pensamiento a la operación de hallar buenos medios para los fines, sin preocuparse de estos La pasada centuria se ha afanado, harto exclusivamente, en allegar instrumentos: ha sido una cultura de medios. La guerra –a la primera mundial se refiere cuando esto escribe - ha sorprendido al europeo sin nociones claras sobre las cuestiones últimas, aquellas que sólo puede aclarar un pensamiento puro o inútil. Nada más natural que, reaccionando contra ese exclusivismo, postulemos ahora, frente a una cultura de medios, una cultura de postrimerías”; es decir, de fines serios y de trascendencia humana –no se olvide que la capacidad del ser humano de trascenderse a sí mismo es lo que separa, en definitiva, al hombre, del animal, del vegetal o de las piedras de un camino (cfr. J. ORTEGA Y GASSET, Confesiones de El Espectador, Verdad y perspectiva (febrero-marzo 1916, Biblioteca Nueva, Madrid,1943, pp. 13-14).
¿No hacen pensar hondo estas ideas y frases a quien sepa contrastarlas con lo que pasa hoy, un siglo más tarde? ¿No es una aberración lógica y ontológica que los medios se monten sobre los fines mayores y mejores de la condición humana? ¿No se puede llamar a esta inversión una subversión de los valores, o atraso más que adelanto y progreso? ¿No es acaso “falsa verdad” lo que hoy, a precio de oro, se dedican a vender –a granel y casi siempre con pocas o nulas razones- muchos “medios” –materiales y no digamos virtuales- que, en vez de informar y dar cuenta de la realidad con la mayor objetividad posible, la deforman a sabiendas, incluso, de que “su verdad” no es “la verdad”, como bien afinara el poeta A. Machado hace décadas?.
Así lo entendía Ortega ya en su tiempo y más, mucho más, se lamentaría hoy de tamaña inversión de valores si la viera hoy sobresaturada y en creciente absoluto.

Permitidme, amigos, que, a honra y prez del eminente pensador, y con estas sus ideas ante los ojos, me contente hoy con tres o cuatro atisbos, o ideas quizás, nada más, hasta que otra vez “pueda departir “vis a vis” con este joven matrimonio y comentar con María Y José otras más de las soluciones y salidas que este libro da para actualizar la cultura cristiana y no dejar que la destruyan los muchos empeñados –con falsedad auténtica- en hacer creer que las verdades se pueden amañar sin humillar al hombre o que los fines mayores del ser hombre se pueden subordinar a unos medios e instrumentos que, si alguna razón válida debieran tener para existir, sería la de servir a la dignidad y no a la indignidad del ser humano: de todo ser humano.
En lo que pueda y sepa, los refiero a la necesidad y al modo de “actualizar” la cultura cristiana y católica, en la que los fines y los medios se correspondan y se lleven bien sin acabar los medios e instrumentos ocupando el lugar de los fines.

- Es obligado actualizarse en todo. Es obligado dar razones –las más que se pueda o permita el lógico misterio de la fe revelada; y para eso hay que estar al día lo mismo en todo lo que favorece a la religión -la católica en nuestro caso-, como –también- en todo lo que pudiera desprestigiarla o hacerla menos civilizada de lo que es en verdad, como atestigua G. K. Chesterton en el primer capítulo de su Ortodoxia.
Bien sabido es que las “instituciones”, como las personas, han de renovarse y actualizarse, poniendo “el yo”, es decir, lo esencial e inmutable, a la misma hora de las circunstancias; si no se quiere que unas y otras, personas e instituciones, se anquilosen, se oxiden y se hagan inservibles. Es de lógica y sentido común hacerlo sin desmayo y de continuo; en la palabra; en el ejemplo; en la entrega; aunque sin ceder a la moda por ser moda, o a la pos-verdad por estar ahora mismo en auge y de moda.
¿No se ha dicho siempre que “o renovarse o morir”?

- En cuanto al televisor, el móvil, la “tablet” o el último modelo o grito de cualquier cosa que, por relumbrar, parece lo bueno por antonomasia y digno de crédito a toda costa y a pies juntillas, no es cosa –creo- de tirarlos por la ventana o estamparlos contra el suelo. Es menester aceptarlos como adelantos que son; darles la categoría que tienen y no más; precaverse a toda costa de los que –son legión ahora mismo-, por precio, por intereses, por odios y rencores a veces, por ignorancia incluso o por lo que sea, los divinizan y hacen fines, siendo nada más de medios, y los ponen al servicio, no de lo que debieran estar si fuesen honestos y veraces los manipuladores, sino al del “pensar utilitario”, sea el de la política, la economía, la educación de los niños, el deporte o la misma religión.
Cuando, por las calles de Madrid y hasta de algunos pueblos y villas, o en reuniones de familia y de amigos, ves a la gente –la más joven especialmente- con el auricular o el móvil pegados indefectiblemente a la oreja, absortos, abstraídos, andando como autómatas u obsesos, no me queda más remedio que pensar esa idea –dicha, según parece por Voltaire-, según la cual la técnica y la ciencia –desbocadas o descontroladas y hechas fines siendo medios- terminarán por poner en las manos del hombre útiles con que poder matarnos más fácilmente los unos a los otros.
Si elastificamos un poco el ejemplo, veremos que se puede perfectamente aplicar la profecía del ilustrado francés a ese móvil pegado a la oreja de continuo o al televisor que –cuando nos puede- entontece y despersonaliza; y que adocena gentes que muestran con esa servidumbre acrítica no valer para otra cosa que para esclavos voluntarios.

Perdonadme, María y José, si no he sabido descifrar del todo y bien las razones de vuestro desconcierto, Si queréis otras más cosas o aclaraciones mayores sobre ese libro –muy aprovechable por cierto-, os las daré con gusto a nada que me lo digáis.
Y como vuestros niños son colonia del cielo en la tierra –la parte seguramente mayor de cielo que queda sobre la tierra-, así educarlos que puedan abrirse –en su vida futura- a una cada día renovada y actualizada cultura cristiana y católica; no les invitéis a tirar el televisor por la ventana ni a estampar el móvil sobre una piedra; enseñadles –mejor- a saber usar bien el móvil y el televisor, en ka idea de que son medios y no fines de una vida; dadles criterios para saber distinguir lo nuevo de lo bueno, un huevo de una patata y un comunicador razonable de un charlatán, prestidigitador de feria o un vendedor de humos a cuenta de unos avarientos de poder o faltos de escrúpulos éticos y racionales en favor de la verdad y el bien auténticos, Azuzadles a leer un libro mejor que a ver una película o “navegar” sin rumbo virtualmente y no realmente, tras una quimera o a tontas y a locas. Educad. Sed maestros y no tanto profesores, que lo sean otros. El profesor dicta sus lecciones, pero es el maestro quien enseña a aprender lo que un profesor dice y razona en las clases.

Ya sé que todo esto es ir contra la corriente actual; y que las ventas que se ofrecen o hacen a diario en televisiones y medios son tal vez de más bonitas palabras y boato, aunque de menos enjundia y valor.
María y José. No tiréis el televisor por la ventana; ni el móvil lo estrelléis contra una piedra. La cultura cristiana es tan buena y mejor que otra cualquiera. Pero hay que revalorizarla cada día, mirándonos sin complejo alguno, mejor quizás con orgullo, al espejo del Evangelio de Jesús. Espejo de culturas, las más “progres” de la historia humana, cuando lo “progresista” no es acaparado de mala manera y con malas artes por los vendedores de humos, que no de verdad y bien
No olvidemos que hay modernidades que no son modernas; como hay culturas que se mueren de inanidad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mirando desde la ventanilla del avión 25 -IX - 2018

25.09.18 | 16:45. Archivado en Acerca del autor

Tocar las nubes –casi- con los dedos de la mano es –a mí me lo parece- como sublimar o culminar el reto que Ícaro no pudo lograr porque sus alas eran de cera y las derretía el sol. Ver, desde dos o tres mil metros, el verde mar o las tierras pardas de la meseta castellana, es una invitación –yo la siento cuando vuelo- a relajarse amorosamente, a pensar también y –especialmente- a recapitular y resumir para unir el pasado inmediato –de dónde vienes- y el inmediato porvenir –a dónde vas. Tarea por cierto -la de condensar y congraciar en una hora de vuelo las vivencias habidas y las por haber- que bien pudiera ser madrina del noble arte de vivir; manija capaz de imprimir a los momentos dispersos de una vida unidad de sentido y color. Insisto: yo al menos así lo veo.
Y por eso, en la tarde –avanzada ya- del martes 18, desde que tomé asiento junto a una ventanilla del avión hasta que, una hora después, ponía de nuevo los pies en tierra en la T4 de Madrid, mi quehacer iba siendo mirar y ver; seguir el vuelo de las nubes –eran torreones de tormenta lo que traspasaba el avión al alzar el vuelo y subir del todo para dejarlas atrás-; y recapitular sobre todo y resumir en pocas franjas de tiempo y espacio lo vivido estos días, con miras tan sólo de unirlo al acerbo de ideas y creencias que, como ser de razón, ha de tener el hombre, si de racional quiere presumir y no quedarse en un mero y pasivo espectador.
En el vuelo de regreso a Madrid, trato, pues, de ordenar la experiencia vivida estos pocos días –pocos, pero interesantes, placenteros y especialmente programados para recreo del cuerpo y del alma.

Como resumen que es y puesto que el trayecto es corto, no han de ser muchos los tramos del mismo. Los suficientes sólo para volcar en ellos la muestra sucinta de unas vivencias propias. Aunque den para mucho todos ellos, veré de no hacerme pesado al enunciarlos y adobarlos.

La primera idea del resumen es que la amistad es talmente un don de Dios. Otra, que la sonrisa cabe hasta marchando por la vida en silla de ruedas. Una más que no hay armonía mejor que la de la unidad en la diversidad. Y por fin, que –como muestra Pascal en uno de sus “pensamientos”, la verdadera grandeza del hombre y la mujer no es la que dan los títulos o las etiquetas, sino la que brota del corazón y del alma.

La amistad, en primer lugar Aunque se sabe muy bien que no todos los que se dicen amigos son amigos, y que hay amistades peligrosas o malignas, el probar, como yo estos días, que hay amigos para quienes “dar” es “darse” y “desear lo mejor” es “compartir”, como suelo decir, es gracia o don que sólo en Dios puede tener su más firme y terminal asiento. Este pan de amistad lo he gustado estos días y me ha sabido muy bien. Y no es dar coba decirlo, porque la verdad, como un bien que es, tiende a difundirse y es justicia que lo haga y se le ayude.

La sonrisa es un valor humano cabal. El día que Asunta y Toni me anunciaron la muerte de don Sebastián, a mi condolencia por el amigo ido de nuestro lado le puse nombre de “sonrisa cabalgando en silla de ruedas”. No era la carcajada ni la risa siquiera –hay risas tontas o estúpidas, risas hipócritas, risas de hiena y hasta risas mentirosas o cursis- la sonrisa que iluminaba perenne el rostro de aquel hombre de bien. Los tiempos de crispaciones como los actuales son perfectamente compatibles con la carcajada y hasta con ciertas clases de risa. Me parece difícil, en cambio, que una sonrisa se codee con la crispación o las malas intenciones. Por eso, me gusta siempre la sonrisa; lo mismo me pasa casi siempre con la risa sosegada y amable; pero no sé qué me pasa con la carcajada estentórea y loca que me pone crispado a mí. Aquella sonrisa de Sebastián fue el móvil de mis días –esta vez- en Mallorca. Si se asegura que la fe mueve montañas, creo que la sonrisa también.

La armonía de lo uno en lo diverso. Para los que divinizan el pensamiento moderno hasta límites absolutistas, recordaba –sin dejar de mirar el fondo de nubes blancas desde la ventanilla del avión- ese viejo y sano proverbio que recomienda “en lo esencial, unidad; en lo accidental, libertad; y en todo, caridad y amor”.
En Mallorca estos días, he palpado también resabios de nacionalismo agreste y montaraz. Por cierto, en la misa por don Sebastián, el domingo 16, pedí que las lecturas se recitaran en mallorquín. ¿Por qué no, me dije, si la lengua es un vehículo, un instrumento, un signo diferencial pero nunca una seña dogmática de identidad segregadora?
En mi tierra berciana, en algunas zonas especialmente, el gallego y el bable se dan la mano con el castellano y a nadie se le ocurre decir que uno de Cantejeira o Barjas sea menos ciudadano del Bierzo que uno de Bembibre o Ponderada.
No es malo, ni censurable siquiera, se patriota, ni quizás ser nacionalista. Es perverso, en cambio –y lo digo con las ocho letras del adjetivo- llevar el nacionalismo a derroteros de autorreferencia obtusa y egocentrismo, de creerse superiores o más listos e inteligentes que los demás; e incluso con derecho a mentir, enmendar la historia o no ver que los privilegios rompen esa igualdad, que no es tan sólo la de los seres humanos sin distinción alguna, sino que es bastión irrevocable e insustituible de las democracias, de todas ellas.
Con la Historia en la mano, sólo un tonto o un sectario –creo yo- puede negar que los distintos pueblos de España son una comunidad de raíces y un solo haz de empeños comunes, aunque cada cual sea hijo de su padre y de su madre. O que la unidad en la diversidad es de las cosas de más alta estima que se pueden conocer. Y desconcierta todavía más a la sensatez el que eso –el nacionalismo agreste, montaraz y en ocasiones, mendaz y violento- anide en gentes de Iglesia o cristianas. Porque ni el cristianismo es un “ghetto”, ni caben en él discriminaciones de ninguna clase, desde el Evangelio y más en concreto desde que san Pablo habló de que, ante Dios, no hay ni judíos, ni gentiles, ni esclavos ni libres, ni mujeres ni varones, ni ricos y pobres, sino imágenes de Dios; porque todo eso es adyacente….
Esta grata y veraz sensación de unidad en la diversidad la vivì estos días, aunque -por lealtad con la verdad- no se deban cerrar los ojos a la existencia también de esos resabios racistas que, si algo tienen, es desmerecer, a ojos vistas, de cuanto sea “humanismo cristiano”.
Y que conste que he respetado siempre al nacionalista, pero no al excéntrico racista o “aprovechategui”. Y, en mi vida, he tenido ocasiones múltiples de demostrarlo

La dignidad del hombre está en su alma. Y no es que lo enseñe Pascal; lo puede decir y enseñar cualquiera que no haga de las apariencias –del celofám, o de las gasas, o de los abalorios y baratijas- el “no va más” de sus apetencias y valores. Y como esta moda baratijera y liviana es cosa de posmodernidad deconstructora –a lo Derrida o Foucault-, cuidemos –me digo también- de no caer en esa menesterosidad tan plebeya como dañina para una cultura de sólo medios e instrumentos, y no de fines, que, ya en su tiempo (y ha llovido), denostara rotundo Ortega y Gasset (cfr. Confesiones de El Espectador, Verdad y perspectiva, febrero-marzo 1916)

Eran las siete y cuarto de la tarde cuando el avión de Iberia aterrizaba en Madrid. Las vivencias de estos días aún aleteaban al poner los pies en el suelo. Cierta nostalgia barría también el suelo de mi alma. La T4, el Metro, la noche aceleraba su pulso. Y este ya pasado inmediato daba paso al inmediato porvenir, en el que las lecciones de estos días –plásticas, prácticas, deleitosas, celéricas eso sí- piden serenidad y paso corto para no llevarlas innecesariamente a caer en saco roto.

Mi frase de cierre para hoy?
Pudiera elegir aquello de Demócrito, de que “no vale la pena vivir, si no se tiene al menos un amigo de verdad”; o la de Voltaire caundo afirma que “l’amitié d’un grand homme –si ponemos familia o grupito de amigos, vale igual- est un bienfait del dieux” (Oedipe, I, 1).
Prefiero sin embargo, por reverencia o fervor a Valldemossa, lo de George Sand –en su “Historia de mi vida”, I, p. 7), cuando evoca –porque de una evocación se trata- que “la vie d’un ami c’est la nôtre, comme la vraie vie de chacun est celle de tous”. Que la vida de un amigo sea la nuestra no hay duda; que la vida de cada uno prefigure la de cualquier otro ser humano, es más que romanticismo; es cristianismo puro que sublima lo humano y es antídoto –por supuesto- frente a cualesquiera veleidades o maldades nacionalistas, de ayer, de hoy y de mañana.

La experiencia vivida es un grado y aprender, poco a poco y paso a paso, de la experiencia, previene y hasta cura `sicopatías.
Como ayer, ”arreveure”. Hasta pronto, amigos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mirando al mar desde la ermita 24 - IX -2018

24.09.18 | 22:12. Archivado en Acerca del autor

Tras el relax de ayer –de nuevo estoy en El Bierzo por unos días y Carlos de Prada y yo nos fuimos a pasar un día de pesca en Rioseco de Tapia (lejos por tanto del “mundanal ruido”)-, retomo esta mañana el hilo de las percepciones y sensaciones de los cuatro días, de parecido relax, pero de mayor ajetreo, pasados en Mallorca, del 15 al 18 de septiembre.
He de confesar ante todo que, cuando apunto en el título de hoy lo de “mirando al mar”, no estoy remedando las nostalgias o sueños de la conocida copla, sino evocando nuevas situaciones de miradas profundas y horizontes infinitos. Dicho de otro modo y más al vivo, uso la expresión para dar “cancha” a esa prerrogativa tan propia y exclusiva del hombre –que no tienen ni los animales ni las plantas o las piedras-, que es su capacidad, y posibilidad por tanto, de trascenderse a sí mismo con cada paso que da por la vida. No es cosa de soñar meramente, sino de ver y tocar. Nada o casi nada son las apariencias cuando la realidad te coge o te soba. Tocar, palpar la realidad aunque esa realidad se resista, o mejor quizá porque se resiste, es sin duda un reto de vida humana al que nadie debiera renunciar o sustraerse.
Asunta y Toni –ansiosos, como vengo diciendo, por complacer mi gusto y deseo de ver esta vez cosas que antes no hubiera visto-, organizan para esta mañana del martes, 18 (el avión de vuelta a Madrid sale a las seis de la tarde) un exquisito programa, que diera comienzo en la ciudad de Palma, con una visita a los “baños árabes” que en la parte vieja de la ciudad se conservan (datan, al parecer, del s. X), para irnos después –por Valldemossa y hacia Deà y Soller-, por caminos y rutas de la Tramontana, entre campos de almendros y olivares centenarios –imponentes olivos verdeceos, de troncos retorcidos que dan fe de sus años- en busca de aquella “ermita”, que en boca de Asunta (que lleva la “voz cantante”, mientras Toni gobierna con destreza el volante por aquellos vericuetos, serpenteantes y estrechos, de la Costa Norte de la isla) era –con Miramar, más abajo- meta imprescindible para seguir las huellas de Ramón Llull en etapas dificulltosas de su azarosa vida.
Sin perder nunca de vista el mar al fondo, azulado y en quietud majestuosa, con las antiguas torres de vigilancia en estratégicos altozanos de la costa, y hasta sin saber a ciencia cierta dónde se hallaba la dichosa “ermita” que nos proponíamos visitar, al fin nos damos de bruces con la misteriosa “ermita”. Porque misterio se barruntaba y misterio tuvo aquella visita.
***
Los “baños árabes” en la parte vieja de Palma (en la calle Serra, nro. 7) nos ocupan la primera parte de la ñalana. Guiados por “Chisco” España y Morell, dueño del privilegiado recinto y la mansión contigua, entrar allí era como transportarse a un escenario pre-medieval. Al lado de un cuidado jardín, en el que no faltaban palmeras de casi cien metros de altura y lucían recuadros de flores de mil colores, la puerta de acceso al recinto de los “baños” me lleva en volandas al mozárabe impoluto de nuestro berciano Santiago de Peñalba -otro vestigio de viejas glorias pasadas en común-; y dentro la sala cuadrada de los baños, con su cúpula de media naranja, sus 12 columnas y 25 lucernas, y el suelo dispuesto para hacer del lugar un recinto para reunirse, relajarse entre vapores cálidos y hacer del ocio un placer. La posterior visita a la mansión de “Chisco” se hace remate jugoso –por el arte que allí se encierra- a esa primera etapa del programa del día.
Tras buscar una librería y comprarme La ciudad sumergida, de J. Carlos Llop –recomendable, como se me dice, para bucear en las entrañas y el subsuelo espiritual de la ciudad de Palma, en busca de su alma (la tienen sin duda las ciudades y los pueblos)-, nos vamos por Valldemossa y aledaños hacia los empinados acantilados y riberas de la Costa Norte al encuentro de la “ermita”.
Y la “ermita” se nos aparece al fin, humilde y recoleta, como una especie de soberbio envite al mar; como espigón de proa, tal vez mejor, de una barca que, cansada de navegar, se hubiera quedado varada y estática en aquella ladera picada de la costa nor-noroeste de la isla; en espera calculada de tiempos mejores para ir mar adentro y ensayar otras singladuras. No había gente, salvo dos o tres personas que sacaban fotos desde aquel bastión admirable.
De la Santísima Trinidad se llama la ermita y fue fundada en 1624 por Juan de la Concepción Mir y Valdés. Después de sorprender en una de las paredes laterales del recinto un mosaico policromado con la figura de Ramón Llull (síntoma sin duda de sus huellas lejanas por aquellos parajes ásperos y empinados, pero evocadores y simbólicos), al entrar en la pequeña y coqueta iglesia, veo sentado en uno de los bancos a uno de los tres ermitaños que en estos momentos hacen la comunidad (si así se puede hablar cuando de ermitaños se trata). Le observo absorto. Me siento a su lado. Le toco con suavidad en el brazo y él, como si despertara de un sueño feliz, me mira con unos ojos chispeantes que dan fe de vida y buena salud. Le pregunto cosas de su vida en el lugar. “Guardamos silencio y rezamos”, me dice en sustancia. Somos tres en la actualidad. Me dice que se llama Fr. Antonio de San Pablo y poco más le pregunto porque acaba de entrar, también para rezar, otro de los ermitaños, que dice llamarse fr. Gabriel de los Sagrados Corazones, al que también saludo y hago preguntas antes de irnos para seguir -más abajo- hasta Miramar –otra huella de Ramón Llull- y volvernos, por los mismos caminos, de bosque mediterráneo y laderas de rocosos olivares hasta la misma espuma del mar, a Valldemossa para comer, una “pizza” recién hecha y un helado –hace calor estos días en Mallorca-, comentar la peripecia ultramontana y sugestiva de la que yo llamo ya la ruta de Llull y regresar con tiempo para dejarme en el aeropuerto a las cinco de la tarde. Con exquisito sabor de boca y regusto por la suerte de hallar la “ermita” y darnos la placentera oportunidad de toparnos con aquellos “ermitaños”, en pleno s. XXI, especimenes de otro tiempo, pero que –si se mira bien y a fondo- no desdicen ni en la frívola y baja catadura moral e incluso estética de la pos-modernidad y pos-verdad en que nos hallamos metidos para el cogote o más. No desdicen y posiblemente hacen falta, porque invitan a pensar en esa verdad absoluta de que no puede llamarse oro a todo lo que reluce.
¿Qué me digo de Llull, o por qué mis querencias hacia este prócer espiritual del Medioevo mallorquín e hispano, que -en unos tiempos que, para satisfacción de ignorantes, han de ser negros, achacosos y oscuros- descuella –a la vez- como paladín de tolerancia y como ferviente defensor y difusor de la doctrina de Jesús, que consideraba la única verdadera?
¿Es posible que un creyente católico sin fisuras en su fe y creencias, aunque con las dudas normales de un hombre limitado ante la infinitud de Dios, sea tolerante con las otras religiones, incluso con la que terminaría por lapidarle en el norte de Áftrica?
Pienso que cualquiera que lea con honestidad y empeño su obria titulada “Libro del gentil y los tres sabios” seguramente no tendrá seguramente mayor dificultad para comprender que, no es sólo posible, sino coherente con la necesaria libertad del acto de fe y con las exigencias del derecho inviolable de todo hombre a la libertad de conciencia y religiosa.
Pero otro dìa hablaremos de este libro señero del sorprendente Ramón Llull. Desde que hace años visité con el P. Antoni Martorell su tumba en el convento de los Franciscanos en Palma, me quedé con el afán de analizar a fondo las raíces históricas de la tolerancia cristiana en España frente a los “moros”, y así cerrar bocas sucias que nos acusan injustamente de haber sido, y hasta ser ahora, intolerantes absolutos, cuando –la verdad- ejemplos de intolerancias los hay más y mayores fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas; y que la guerra de todos los pueblos de Hispania contra los “moros” no se debió a que fueran de religión mahometana, sino a que eran invasores de nuestras tierras, de sur a norte y de este a oeste.
Como da para mucho esta historia y el espacio y el tiempo se acaban por hoy -y no sin decir para cerrar que la figura de Ramón Llull, creyente él y de qué manera pero tolerante también y de qué misma manera-, con mi gratitud –en mi medida propia- insuperable hacia mis anfitriones de estos días en Jornets, me subo al avión en Son San Juan sin decir adiós a los recuerdos, porque mañana o pasado volveré con algunos añadidos de cosas que no me gustaría dejar en el tintero. “Arreveure”. Hasta más ver, amigos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


´Mirando al mar desde la ermita 24 - IX -2018

24.09.18 | 22:02. Archivado en Acerca del autor

Tras el relax de ayer –de nuevo estoy en El Bierzo por unos días y Carlos de Prada y yo nos fuimos a pasar un día de pesca en Rioseco de Tapia (lejos por tanto del “mundanal ruido”)-, retomo esta mañana el hilo de las percepciones y sensaciones de los cuatro días, de parecido relax, pero de mayor ajetreo, pasados en Mallorca, del 15 al 18 de septiembre.
He de confesar ante todo que, cuando apunto en el título de hoy lo de “mirando al mar”, no estoy remedando las nostalgias o sueños de la conocida copla, sino evocando nuevas situaciones de miradas profundas y horizontes infinitos. Dicho de otro modo y más al vivo, uso la expresión para dar “cancha” a esa prerrogativa tan propia y exclusiva del hombre –que no tienen ni los animales ni las plantas o las piedras-, que es su capacidad, y posibilidad por tanto, de trascenderse a sí mismo con cada paso que da por la vida. No es cosa de soñar meramente, sino de ver y tocar. Nada o casi nada son las apariencias cuando la realidad te coge o te soba. Tocar, palpar la realidad aunque esa realidad se resista, o mejor quizá porque se resiste, es sin duda un reto de vida humana al que nadie debiera renunciar o sustraerse.
Asunta y Toni –ansiosos, como vengo diciendo, por complacer mi gusto y deseo de ver esta vez cosas que antes no hubiera visto-, organizan para esta mañana del martes, 18 (el avión de vuelta a Madrid sale a las seis de la tarde) un exquisito programa, que diera comienzo en la ciudad de Palma, con una visita a los “baños árabes” que en la parte vieja de la ciudad se conservan (datan, al parecer, del s. X), para irnos después –por Valldemossa y hacia Deà y Soller-, por caminos y rutas de la Tramontana, entre campos de almendros y olivares centenarios –imponentes olivos verdeceos, de troncos retorcidos que dan fe de sus años- en busca de aquella “ermita”, que en boca de Asunta (que lleva la “voz cantante”, mientras Toni gobierna con destreza el volante por aquellos vericuetos, serpenteantes y estrechos, de la Costa Norte de la isla) era –con Miramar, más abajo- meta imprescindible para seguir las huellas de Ramón Llull en etapas dificulltosas de su azarosa vida.
Sin perder nunca de vista el mar al fondo, azulado y en quietud majestuosa, con las antiguas torres de vigilancia en estratégicos altozanos de la costa, y hasta sin saber a ciencia cierta dónde se hallaba la dichosa “ermita” que nos proponíamos visitar, al fin nos damos de bruces con la misteriosa “ermita”. Porque misterio se barruntaba y misterio tuvo aquella visita.
***
Los “baños árabes” en la parte vieja de Palma (en la calle Serra, nro. 7) nos ocupan la primera parte de la ñalana. Guiados por “Chisco” España y Morell, dueño del privilegiado recinto y la mansión contigua, entrar allí era como transportarse a un escenario pre-medieval. Al lado de un cuidado jardín, en el que no faltaban palmeras de casi cien metros de altura y lucían recuadros de flores de mil colores, la puerta de acceso al recinto de los “baños” me lleva en volandas al mozárabe impoluto de nuestro berciano Santiago de Peñalba -otro vestigio de viejas glorias pasadas en común-; y dentro la sala cuadrada de los baños, con su cúpula de media naranja, sus 12 columnas y 25 lucernas, y el suelo dispuesto para hacer del lugar un recinto para reunirse, relajarse entre vapores cálidos y hacer del ocio un placer. La posterior visita a la mansión de “Chisco” se hace remate jugoso –por el arte que allí se encierra- a esa primera etapa del programa del día.
Tras buscar una librería y comprarme La ciudad sumergida, de J. Carlos Llop –recomendable, como se me dice, para bucear en las entrañas y el subsuelo espiritual de la ciudad de Palma, en busca de su alma (la tienen sin duda las ciudades y los pueblos)-, nos vamos por Valldemossa y aledaños hacia los empinados acantilados y riberas de la Costa Norte al encuentro de la “ermita”.
Y la “ermita” se nos aparece al fin, humilde y recoleta, como una especie de soberbio envite al mar; como espigón de proa, tal vez mejor, de una barca que, cansada de navegar, se hubiera quedado barada y estática en aquella ladera picada de la costa nor-noroeste de la isla; en espera calculada de tiempos mejores para ir mar adentro y ensayar otras singladuras. No había gente, salvo dos o tres personas que sacaban fotos desde aquel bastión admirable.
De la Santísima Trinidad se llama la ermita y fue fundada en 1624 por Juan de la Concepción Mir y Valdés. Después de sorprender en una de las paredes laterales del recinto un mosaico policromado con la figura de Ramón Llull (síntoma sin duda de sus huellas lejanas por aquellos parajes ásperos y empinados, pero evocadores y simbólicos), al entrar en la pequeña y coqueta iglesia, veo sentado en uno de los bancos a uno de los tres ermitaños que en estos momentos hacen la comunidad (si así se puede hablar cuando de ermitaños se trata). Le observo absorto. Me siento a su lado. Le toco con suavidad en el brazo y él, como si despertara de un sueño feliz, me mira con unos ojos chispeantes que dan fe de vida y buena salud. Le pregunto cosas de su vida en el lugar. “Guardamos silencio y rezamos”, me dice en sustancia. Somos tres en la actualidad. Me dice que se llama Fr. Antonio de San Pablo y poco más le pregunto porque acaba de entrar, también para rezar tro de los ermitaños, que dice llamarse fr. Gabriel de los Sagrados Corazones, al que también saludo antes de salir para seguir más abajo hasta Miramar –otra huella de Ramón Llull- y volvernos, por los mismos caminos, de bosque mediterráneo y laderas de rocosos olivares hasta la misma espuma del mar, a Valldemossa para comer, una “pizza” recién hecha y un helado –hace calor estos días en Mallorca-, comentar la peripecia ultramontana y sugestiva de la que yo llamo ya la ruta de Llull y regresar con tiempo para dejarme en el aeropuerto a las cinco de la tarde. Con exquisito sabor de boca y regusto por la suerte de hallar la “ermita” y darnos la placentera oportunidad de toparnos con aquellos “ermitaños”, en pleno s. XXI, especimenes de otro tiempo, pero que –so se mira bien y a fondo- no desdicen ni en en la frívola y baja catadura moral e incluso estética de la pos-modernidad y pos-verdad en que nos hallamos metidos para el cogote o más. No desdicen y posiblemente hacen falta porque invitan a pensar en esa verdad absoluta de que no puede llamarse oro todo lo que reluce.
¿Qué me digo de Llull, o por qué mis querencias hacia este prócer espiritual del Medioevo mallorquín e hispano, que -en unos tiempos que, para satisfacción de ignorantes, han de ser negros, achacosos y oscuros- descuella –a la vez- como paladín de tolerancia y como ferviente defensor y difusor de la doctrina de Jesús, que consideraba la única verdadera?
¿Es posible que un creyente católico sin fisuras en su fe y creencias, aunque con las dudas normales de un hombre limitado ante la infinitud de Dios, sea tolerante con las otras religiones, incluso con la que terminaría por lapidarle en el norte de Áftrica?
Pienso que cualquiera que lea con honestidad y empeño su obria titulada “Libro del gentil y los tres sabios” seguramente no tendrá seguramente mayor dificultad para comprender que, no es sólo posible, sino coherente con la necesaria libertad del acto de fe y con las exigencias del derecho inviolable de todo hombre a la libertad de conciencia y religiosa.
Pero otro dìa hablaremos de este libro señero del sorprendente Ramón Llull. Desde que hace años visité con el P. Antoni Martorell su tumba en el convento de los Franciscanos en Palma, me quedé con el afán de analizar a fondo las raíces históricas de la tolerancia cristiana en España frente a los “moros”, y así cerrar bocas sucias que nos acusan injustamente de haber sido, y hasta ser ahora, intolerantes absolutos, cuando –la verdad- ejemplos de intolerancias los hay más y mayores fuera de nuestras fronteras que dentro de ellas; y que la guerra de todos los pueblos de Hispania contra los “moros” no se debió a que fueran de religión mahometana, sino a que eran invasores de nuestras tierras, de sur a norte y de este a oeste.
Como da para mucho esta historia y el espacio y el tiempo se acaban por hoy -y no sin decir para cerrar que la figura de Ramón Llull, creyente él y de qué manera pero tolerante también y de qué misma manera-, con mi gratitud –en mi medida propia- insuperable hacia mis anfitriones de estos días en Jornets, me subo al avión en Son San Juan sin decir adiós a los recuerdos, porque mañana o pasado volveré con algunos añadidos de cosas que no me gustaría dejar en el tintero. “Arreveure”. Hasta más ver, amigos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Las Cuevas del Drach - Naturaleza y cultura 22 - IX - 2018

22.09.18 | 20:24. Archivado en Acerca del autor

Era una de las asignaturas pendientes de mis pasadas estancias en Mallorca, dos días al mes durante seis años, para dar clases de teoría y práctica matrimoial a abogados de las Islas Baleares.
Valldemossa, Lluch, Pollensa, Soller, Alcudia, Inca o Andratx, Artá o Formentor –no digamos Palma- son historias p visiones conocidas.
Me interesaron sobremanera la vida y obra de Ramón LLull: era todo un pivote medieval de modernidad anticipada.
Me llamó siempre la atención la figura de Fr. Junípero Serra -menos sonora que la del discutible por muchos aspectos y razones Fr. Bartomolomé de las Casas-, por su admirable labor civilizadora en California.
Los romanticismos de George Sand en la entrañable Valldemossa y las andanzas del Archiduque y Sisí seguían levantando en mí, desde aquellos años de docencia, fervores de curiosidad y relativo interés.
Pero faltaban cosas. Me faltaba –entre otras- Manacor y sus Cuevas del Drach. No pensaba en ello al viajar esta vez a Mallorca, pero Asunta y Toni –perspicaces y por supuesto acertados- habían dispuesto, para la mañana del lunes, 17, una excursión a las renombradas cuevas; de este modo se enmendaba la imperdonable falta..

Imponente e impresionante son adjetivos leves. Fantástico es tal vez más apropiado pero aún insuficiente. Sublime quizá sea pasarse un pelín. Dejémoslo en admirable para no pecar ni por defecto ni por exceso. Me quedaría también con espectacular.
Adentrarse en la tierra, bajando y bajando, irse topando paso a paso con la fantasía revoltosa de las estalagmitas y estalactitas de mil especies y maneras; figurarse caprichosas e inigualables escenas de mundos irreales pero posibles, es –lo era para mí esa mañana- tan inédito y extraordinario como pudiera serlo el descenso al Maelstrom de Poe, sólo que, en este caso, sin que sobrecogiera la imponente magnitud de unas olas o te blanquearan de golpe los cabellos por la magnitud extrema y enloquecedora furia del remolino salvaje de las islas de Lafoden y Moskoe, en la costa noruega de los fiordos, que inmortaliza el escritor con su estremecedor relato. No. El Drach no tioene nada que ver con el descenso al Malestrom. Es otra cosa dentro de lo parangonable de unos paralelismos.
Son vericuetos de pasillos enteros, estrechos y zigzagueantes, con fondo -a trechos- de cuencos de aguas de verde mar, en que se siluetean –caprichosas- las figuras más inesperadas y sorprendentes que la imaginación, la más fogosa y atbitraria, pudiera componer sin volverse desdacabellada.
Y, al final, abajo de todo, el pequeño anfiteatro en que tomar asiento el visitante, ante aquel más espacioso remanso de aguas verdes, las tres o cuatro parquitas blancas y la perfecta sinfonía de luz, color y sonido. En aquella quietud; sumergido en aquella especie de vacuidad asombrosa; a menos de madia luz y en sepulcral silencio, las notas del Canon en re de Pechelbel o el susurro acariciante de la Barcarola de los Cuentos de Hoffembach sonaban a música de otros mundos. Y cuando –poco más tarde- nos viere la suerte de poner los pies en una de aquellas barquitas blancas del pequeño lago verde-azul, para irnos deslizando –a remo- entre las columnas y los colgantes de fantasía, lsa impresionesw se vuelven inefables...

Al regresar de nuevo a la luz del dìa, retomando hacia lo alto lps escalones de bajada, mi sensación se tiñe de un soberbio contraste. Mis pensamientos vuelan de la naturaleza a la cultura y de ambas a mí y a los demás que, con nosotros, se frotaban un poco los ojos como si no fueran capaces de dar crédito a lo que acababan de mirar y ver.
Y ese contraste dialogante se vuelve a mostrar en mí poco más tarde, cuando alguien, al que declaraba mis impresiones y sensaciones, me prevenía del artificio que pudiera darse en aquel escenario, `pr lo que estos sentimientos habrían de rebajarse, como si allí –y por extensión en otras partes y escenarios- la naturaleza y la cultura anduvieran a la greña, tirándose los trastos a la cabeza en una insolidaridad manifiesta. Pero no me doy por vencido.
Aquello era –así me lo parece y como lo siento lo digo- naturaleza en carne viva, pero –no menos- era también cultura, y de la buena, poniendo sobre la naturaleza más pura collares de perlas finas. No mata, en el Drach -sigo creyendo- la cultura a la naturaleza, sino que le echa una mano amable para que, de ser naturaleza pura, pase a ser naturaleza viva.

Repensando, algo más tarde, las sensaciones gestadas en aquel escenario ultramundano de las Cuevas del Drach, al reposar un rato en Jornets tras degustar con Asunta y Toni los restos del “arroz seco” de la comida del domingo –el arroz me encanta y, si está bien hecho, no se pasa-, me da por abonarme a otras refexiones sobre ese contraste –no siempre bien adobado- de naturaleza y cultura.
Y me digo cosas como estas.
Françoise Sagan que, al escribir “El segundo sexo”, alentó un feminismo procaz hasta límites inverosímiles y por supuesto falsos, dijo –la primera, porque después de ella lo van repitiendo muchos más- esa frase -tópica ya- de que “la mujer no nace sino que se hace”; es decir, que la naturaleza no ha de contar para nada en lo que haya de ser una mujer.
Y el propio Ortega y Gasset –lo estoy viendo al releer estos días sus biografías de Vives y Goethe- parece indicar que los hombres –los seres humanos- somos “historia” más que “naturaleza”, o más “circunstancia” que “yo” (cosa plausible, pero discutible, si de las dosis de ambas habláramos).

Al salir a la superficie desde los fondos de las Cuevas del Drach esta radiante mañana de luz mediterránea, sigo pensando que naturaleza y cultura, el “yo” y las “circunstancias”, hacen –están llamadas a hacer- un maridaje tan natural y equilibrado, tan cabalmente humano, que romperlo o siquiera deslucirlo, fuera crimen de lesa humanidad.

El hombre y la mujer nacen tales y, después de nacer, ellos mismos se hacen “alguien” –en mujer o en hombre-, a fuerza de poner cultura en cada golpe de cincel. Por eso, no cesaré de afirmar que el hombre y la mujer nacen y se hacen; que nacen y a la vez se hacen; o tienen el deber de hacerse, con lo que pudiera quizás desconcertarse alguno. Y lo otro –que ser hombre o ser mujer sea tan aleatorio y moldeable como para poder ser hombre a las nueve de la noche y mujer a las siete de la mañana siguiente, o sea que no hay “esencia de mujer” y que los términos “hombre-mujer se han de quedar en categorías políticas, sindicales o meramente culturales- me parece tan esperpéntico y anómalo como tomar un huevo por una castaña. Y por eso mismo, además, cuando me asomo a la sedicente “antropología del Gender” o repaso –lo hago a veces- el “Défaire le genre” de la Judith Butler o las fantasías abracadabrantes de Monique Wittig, bailando al compás de las teorías deconstructoras de un Derrida o de un Foucault, o prendidas de los aspavientos, igualmente deconstructores, del Mayo francés del 68, me avengo, al menos, a plantearme como propios los interrogantes de inquietud que se formula George Steiner al cerrar su revelador librito titulado Nostalgia de Absoluto: si –tal como van las cosas- tiene futuro la verdad y tiene futuro el hombre.
Al salir esta mañana de las Cuevas del Drach –la verdad- no tenía dudas sobre ese futuro. Más tarde, las dudas me cogían con más fuerza.

Y como la sombra y ecos de Rafa Nadal se sienten por aquí y cabalgan sin trabas por este rincón de Mallorca que son Manacor y las Cuevas, la visita o vista –sólo por fuera, porque era tarde- de su Escuela de Tenis, muy cerca de allí montada por el inigualable tenista manacorí, era obligada.
La vemos y nos volvemos a Jornets, entre campos de olivares y de almendros, para allí, en calma y tertulia de buenos amigos, dar gracias al buen Dios por la fortuna de ver lo que había visto y por la escena de auténtica gloria, de escuchar y oír –en escrupuloso silencio y en tono de misterio profundo- los sones inimitables de la Barcarola de Offenbach.

Amigos. Mañana será otro día, y otras sensaciones vendrán a sumarse antes de tomar el avión de regreso a Madrid, al atardecer del martes 18 de septiembre. A mano las tendréis, si Dios quiere, en pocos días. Prometido.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Una misa en Jornets -20-IX-2018

20.09.18 | 17:19. Archivado en Acerca del autor

A mediodía del sábado, 15 de septiembre, Asunta y Toni, acogen mi llegada a Jornets –en el centro geográfico de Mallorca- como si de un miembro más de la familia se tratara. En Asunta y Toni, se combina -en buenas armonías (nada más verlos interactuar, el uno y la otra, se puede observar)- esa mutua complementariedad natural de dos psicologías –la masculina y la femenina-, que, siendo diferentes por elementales razones de lógica humana, se llaman a integrarse hasta formar el auténtico prototipo de lo humano cabal.
Quisieron que fuera huésped suyo estos cuatro días y no me pesa haber aceptado su bonancible hospitalidad.
La familia entera –el sábado y el domingo especialmente-, a la par que mostraba con sencilla naturalidad una rara unidad sin fisuras, daba fe así mismo de que -por más que los enterradores de la familia anhelen cantar la victoria final de “sus” artificiales “familias” frente a “la familia”- “la familia de verdad no ha muerto”; como –en remedo a Chesterton- asevera Alvaro de Silva en la Introducción a la 3ª edición de la obra titulada El amor o la fuerza del sino, que recoge ensayos del gran converso y literato inglés sobre el hombre y la mujer, sobre el amor, el matrimonio, los niños, la familia y el divorcio. “La familia, por supuesto, no ha muerto”, afirma rotundo, seguro de sí mismo y de su verdad, el traductor y coordinador de estos ensayos. “Medio enterrada en el polvo de la frivolidad y en el barro de la insensatez y el egoísmo que parecen ser congénitos a la humanidad y que nunca dejan de acompañarla en su caminar, la familia, en términos de cálculo estadístico, languidece en las sociedades tecnológicamente más avanzadas del globo. Y, además, como todas las cosas grandes de verdad, las realidades que de verdad más importan, la familia está siempre muriendo y siempre resucitando, o por lo menos, debería estarlo. ‘Semper reformanda’, como se dice de otra antigua y venerable familia. Frente a ella, parece alzarse también una fuerza del sino” (cfr. Rialp Madrid, 1995, p. 19).
No quiero –Dios me libre-, en estas reflexiones de un viaje, pasarme en elogios; y, por eso, tras afianzarme en lo ya dicho, paso a verme en la mañana del domingo 16, al amanecer, plantado ante la Tramontana que cierra el horizonte, en pleno campo, entre olivos centenarios y olor intenso a campo y vida que las tórtolas y torcaces, en la arboleda inmediata, se encargan de pregonar y avivar, cantando quién sabe si sus amores o tal vez la sabrosa melancolía de haber amado.
Amanecer en Mallorca, en Jornets, en el “pla” de la isla, en naturaleza pura, en hospitalidad generosa y placentera de Asunta y Toni, y en el regusto de una familia –la suya, la que los acoge a todos- y unos amigos, en que “dar” es “darse” y “obsequiar” es solamente “compartir” .

Sigue estando a mano, pero de otra manera, todo lo demás del tiempo: las tormentas y riadas; los esfuerzos ímprobos del Sr. Presidente por sacudirse el impopular y bochornoso “sambenito” de plagiario y copista; y hasta el “erre que erre” soberanista del otro ”president”, el impresentable y fabulador Sr. Torra Pla, tan inane y digno de mejor causa, o las derivas más oportunistas que serias, orquestadas hacia la Catedral de Córdoba o la basílica del Pilar…
Todo esto y más convive conmigo este amanecer de domingo en Jornets. Pero lo que hoy me llena más; pasra lo que he venido; es para estar con amigos y rezar con ellos a Dios por don Sebastián, el pariente suyo y amigo de todos, fallecido hace sólo unos días y al que todos recordamos como una sonrisa subida en una silla de ruedas.
Y a las diezx y media, el acto del día, motivo central de mi presencia estos días en Mallorca. En la pequeña iglesia de Jornets. Con la familia en pleno. Por don Sebastián, recientemente fallecido. El hombre y sacerdote que supo engarzar el sacerdocio en la materia prima de una hombría excepcional, con la sonrisa perenne y la dulzura en el hablar y el razonar las razones de la verdad y los beneficios del bien….

Fue una ceremonia de familia y de amigos. Solemne. Entrañable. Sentida. Bien armonizada por la soprano de lujo y con la presencia en medio de las ochenta o noventa personas del acto de la memoria el hombre y del sacerdote que nos unía.

Ofrezco a mis amigos de allí y a los que, de ordinario, envío mis reflexiones, la homilía íntegra –sin añadir ni quitar nada- que como celebrante de la misa dije aquella mañana pensando en todos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

ANEXO
Texto de la homilía en la iglesia de Jornets este 16 de septiembre.
En recuerdo y reflexión sobre una vida.

Cuando aquel caudillo Macabeo llamado Judas mandó recoger del campo de batalla los cuerpos de los soldados muertos en el combate, y dispuso una colecta para ofrecer sufragios y oraciones por ellos, estaba haciendo algo más que una obra pía o un gesto benevolente. Estaba confesando su creencia en un “más allá” de los hombres. Estaba afirmando la inmortalidad del ser humano. Porque fatuo, tonto y sin pizca de lógica sería rezar a Dios por lo que ya no es nada.

Y cuando recordamos a Marta y María, las hermanas de Lázaro, el amigo de Betania, que parecen reprocharle a Jesús la tardanza en llegar, evitando así su muerte, y Jesús les dice –categóricamente- “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y los que creen en mí nunca morirán del todo”, nos hacemos a la idea de estar asistiendo a uno de esos momentos estelares de la humanidad (remedando el título de Stefan Zweigt en su conocida obra), ese momento en que el gris y el negro de la muerte se tiñen del verde primavera de una esperanza bien fundada. Cuando Lázaro se levanta del sepulcro, hay algo más que un milagro particular. Estamos ante un cambio de época en los anales de la historia: la era nueva del “Dios con nosotros”.

Queridos familiares del querido sacerdote don Sebastián, en cuyo nombre y memoria nos reunimos hoy aquí -en esta coqueta capilla de sus amores y de los vuestros- para honrarle con un recuerdo de amor y, sobre todo, para rezar por él, aunque sólo sea el padre-nuestro que es parte de la eucaristía. Aunque no le traté mucho, creo que fue lo suficiente para conocerle. Hay personas que, al no tener ni doblez ni trastienda, ni hacer farsa, dejan ver lo que son sin mucho esfuerzo.

Estamos aquí porque Sebastián ha muerto y le queremos por ser como era en su vida de hombre y de sacerdote. Y también estamos aquí porque creemos en lo mismo que creían el caudillo Macabeo o las hermanas de Lázaro: que el sepulcro se queda pequeño para las ansias de vivir del ser humano. Y la Palabra de Dios lo rubrica.

Esta homilía que así preludio, se va a componer de tres glosas breves a ideas que voy a prender de dos frases hechas y de una pregunta final que las encarne y resuma.

La primera idea la tomo de una expresión corriente; esa que dice que “cuando un amigo se va, algo se nos muere en el alma”. Y la glosa puede darse al preguntarnos qué sea ese “algo” que se nos muere en el alma cuando un amigo se va. Creo que eso que se nos muere en el alma cuando un amigo se va ha de ser el espacio que ese amigo ocupaba en el alma y que se vuelve vacío, inhóspito, acaso yerto y helado, que se necrosa y como que se hace un pequeño cementerio dentro de nosotros. Y como a pesar de ser “un vacío”, pesa como una losa y duele como punzada de aguijón rabioso, la muerte de un amigo lleva a recordar el verso aquel con que el poeta don Antonio Machado recordaba la muerte de un amigo y dijo aquello de que “un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”. Y es que el pesar y el sentimiento de la muerte ponen lastre y plomo en nuestras innatas ansias de volar.

La segunda idea la prenderé también de una frase que suele reproducirse en las esquelas mortuorias y que recuerda eso de que “nacemos para vivir y vivimos para morir”.

En mi glosa breve sobre ella, quiero decir tan sólo que la muerte forma parte de la vida, y no es ni el precio de una maldición ni el estigma de una infamia. Tan natural es nacer como morir. Cuando nacemos, con la vida nos viene dada a la muerte. Claro está que, como la muerte representa separación, distancia, lejanía e incluso zona de sombras y negritud, la muerte de lo que amamos –además del sentimiento y dolor antes aludido- siembra en nosotros el desconcierto, las incertidumbres y todo ese cortejo funeral que desanima, desencanta o deprime, que puede tomar formas de pasos vacilantes, planes truncados, ilusiones caídas y hace a veces pensar en al drama que puede ser la muerte, a poco que le miremos bien la cara.

Todo esto es una realidad; la del hombre ante la muerte. Sentimiento; pesar; vacío; desencanto y desconcierto; drama y hasta pudiera verse como tragedia.

Y detrás de estas dos ideas y glosas, volviendo a nosotros, los que hoy estamos en esta capilla con la voluntad de recordar, honrar y rezar por el querido Sebastián, que –siendo sacerdote- nunca abdicó de ser hombre, y que, por ser hombre, se vio –como todos- adscrito a “todo lo humano”, sea de “ángel” o de “bestia”, la pregunta que nos compromete y que cada uno debemos contestar. Es muy simple: ¿¿¿¡¡¡Y ahora, qué!!!???.

“Ahora, nada”, dice para sí el nihilista: ¿¡qué diferencia puede haber entre la suerte de un perro, por ejemplo, y la mía….!?

“Ahora Dios y otra forma de vivir la vida humana, dicen los creyentes. Y lo rubrican explicándose que la muerte no puede ser el final ni el “acabose”; y que no puede serlo ni por razones de justicia, ni de conveniencia, ni de sentido común, ni sobre todo de dignidad humana. Y si el alegato de justicia me parece clamoroso, no le va en zaga el de la dignidad humana.

Y en cuanto a nosotros, qué…

Sebastián –amigo-, como yo creo que vives y que hiciste lo que pudiste por ser lo que debías ser, que te acoja en su paz y en su amor el Dios en que creíste; que te acoja el Amor que es, ante todo y sobre todo, nuestro Dios.

Ah!!! Y que –desde esa otra orilla en que ya te ves y te vemos- pidas tú también a ese mismo Dios por nosotros, pues lo necesitamos.

Y como creemos que “la muerte no es el final”, recemos.


La receta del revolucionario -19 .- IX --2018

19.09.18 | 21:05. Archivado en Acerca del autor

Retorno, por fin, al hilo de la vida cotidiana. En Madrid unos días y el último fin de semana en Mallorca pusieron coto, al comenzar septiembre, al placentero verano en el pueblo. Si a Madrid me trajeron afanes de familia y la muerte de un amigo de gran parte de mi vida -el profesor y letrado J. Pérez Alhama-, a Mallorca me han llevado tan sólo sagrados deberes de amistad: otro fallecimiento; esta vez del sacerdote don Sebastián Planas, amigo de poco tiempo, pero de arraigo y fondo; porque –desde la silla de ruedas, a la que se vió atado los últimos años de su vida- me supo dar, a parte de otras más, una sobresaliente lección de gran humanismo y buen tono: la de que es necesario reír -o quizá mejor sonreír- a pesar de todo, hasta cuando las cosas pudieran invitar más a llorar que a reír. Y en ese “todo” lo incluyo todo; lo cual no deja de ser una versión muy plástica y fiel de ese gran indicador de la madurez humana que es la “buena tolerancia” -no una baja tolerancia- a las frustraciones. Por gratitud y porque su familia me pidió que fuera, lo hice.

Como aprendí cosas en este viaje, y pude –a pesar del poco espacio- seguir pistas hace ya tiempo iniciadas por mí, por curiosidad o por afanes de pisar firme en tierras de arena movediza –mucho más frecuentes de lo que se piensa, en tiempos de pos-verdad y de pos-modernidad-, me propongo –en cuatro o cinco próximos ensayos- ir perfilando y sobando las notas y apuntes que, a mano, pude acopiar estos días. No son nada del otro mundo y ni siquiera las estimo interesantes para otros que no seamos yo mismo y mis amigos. A ellos se las dedico y en ellos pensaré al pulirlas y sazonarlas. Y como, al haber brotado al aire de los días y al compás de los hechos, puede que alguna vez trasciendan la barrera de lo particular para proyectarse algo más allá, por esa posible trastienda, les daré más aire haciéndolas parte –algunas al menos- de mi “blog” digital “Entre dos luces”.

* * *
Hoy –de todos modos y anticipándome a la promesa- os mando lo que, esta misma mañana, esperando en el ambulatorio a mi enfermera, he ido anotando a bote pronto sobre la sangría cívica, pasmosa y esterilizante, de las “corrupciones”. No tiene otra razón que la de enfatizar lo obvio, aunque “los hombres y mujeres de partido” –devotos de “esclavitudes voluntarias” como ya marcara Ortega en su famoso ensayo- puedan seguir tomando tamaña esclavitud por la cima de las libertades. Que es muy posible y hasta verosímil quizás.

Este ensayito –a bote pronto como digo y a modo de reflexión sobre la marcha gestado- lo titulo La receta del revolucionario. Al terminar, veréis por qué.
El axioma que dice que “corruptio optimi, pessima” –es decir, que la corrupción de “los mejores” es la peor de todas- es muy viejo en los anales de la cultura humana. Los que en cualquier tiempo bregaron por la justicia y la verdad tuvieron esta idea a flor de labios, y ya el propio Cicerón opinaba que la corrupción en la política es un “flagelo de mucho cuidado”, especialmente cuando esa corrupción es ejercida por quienes se habían dicho “los mejores”.
Claro está que la corrupción –como casi todo- admite grados en cantidad y en calidad. No es lo mismo, por ejemplo, la del tabernero que vierte un poco de agua en el vino de su taberna que la del gobernante si mete la mano en el cesto o si ese mismo gobernante fingiera ser caballo cuando no pasa de ser espécimen de un género inferior al ecuestre.
No tengo yo por la “peor corrupción” la del bolsillo y la “pela” (que son malas sin duda). Veo peores y reputo más dañinas –individual y socialmente sobre todo- las de las ideas y de la verdad, las de la farsa o la mentira.
Por eso, pienso que un gobernante corrupto –en toda clase de corrupción, porque en todas salta a la vista una falta de honradez- no puede ser gobernante de nadie; y menos de un pueblo libre, cuerdo y quizás ilustrado –aunque a esta última calidad haya con frecuencia que ponerle “sordina”.
Y pienso también que un pueblo –ante las corrupciones, hasta la de “plagiar” una tesis o una parte de ella-, para no perder su dignidad, no es que tenga el derecho, sino que tiene –lo creo también- el deber de sentirse molesto, de verse inclinado a protestar como tal pueblo, e incluso a rebelarse –sí”, a rebelarse- con esa rebelión –aunque sea la de las “masas”- tan factible hasta cuando la masa, ovejuna y lanar, entiende que no es legítimo lo que no es honesto, aunque, por ciertas éticas, pueda considerarse “políticamente correcto”. Y eso, por más que algunos sedicentes estudiosos de Maquiavelo pudieran entender que el plagio y cosas así fueron, o pudieron ser, de la complacencia del afamado secretario florentino. Hay cosas que ni el propio Maquiavelo pasaría por alto si su circunstancia hubiera sido la que en estos momentos ofrecen algunos tramos o aspectos de la política en este país.

En una glosa tácita de lo anterior, acudo de nuevo al Quevedo de La hora de todos; a ese genial capítulo XXXV de la misma, cuando -en su final- expresa –por boca del tirano “gran señor de los turcos”- esa lección de primaria en política y en gobernanza de los pueblos, según la cual “el pueblo idiota es la seguridad del tirano”.
O quizás mejor a eso otro, tal vez más sugerente por más revolucionario en el mejor sentido de la palabra, que tan bien y con tanta claridad desvelara el célebre cura jacobino francés –el abate Sieyès- cuando, en plena Asamblea nacional, se preguntaba afanoso, pero con buenas razones, “Qu’est-ce que c’est le Tiers État?”, es decir, el pueblo llano? Y, al preguntarse a sí mismo, él mismo se contestaba”, “Nada”; no es “nada”. Y, al seguir preguntándose por lo que “debería ser” el pueblo, se respondía que debiera serlo “Todo”. Para, al final -en un pragmatismo realista, propio de las “revoluciones” que más huella dejan en la historia porque no se hacen para pasar al contrario por la guillotina-, preguntarse por lo que el pueblo “aspira a ser”; y se contenta o satisface con decir que el pueblo aspira –debe aspirar mejor- a ser “Algo”; no “todo” como un idealismo tal vez utópico exigiría, pero “algo sí” (cfr. James Goldschmidt, Principios generales del proceso, Buenos Aires, 1961, t. I., Introducción, p. 11),

Y qué me resta decir tras los anteriores párrafos?. Sólo esto: espabila, pueblo, porque –en nombre del pueblo, como tantas otras veces en el de la libertad o en el de Dios- se han cometido y se pueden seguir cometiendo muchas tropelías y hasta crímenes. Y no hace falta, para esto, recordar la sonora frase de Madame Roland al subir los pendaños de la guillotina. Ella, revolucionaria también, y sin embargo inquieta y sobresaltada por los excesos del “terror”, gustó en su carne revolucionaria las desmesuras de las tiranías. Es frase que sabe todo el mundo, aunque no todos la enfoquen por donde se debiera enfocar: por el lado de los innumerables posibles abusos del Poder.
Espabila, pueblo, pues, que –en estas horas de vientos racheados- los trucos y las tretas andan sueltos.

Ya para cerrar no puedo dejar de reflejar, a la letra, la frase que –esta misma mañana- me dice Elena, la enfermera de casa, y que, agobiada como estaba por urgencias de su tarea –hoy eran especiales al parecer- no pudimos ni comentar un minuto. “Dame la gente sana del pueblo y déjame de ratones colorados”. Puede ser una muestra de lo que va cundiendo en la gente llana y sana la vista de tanta minusvalía como nos pretende gobernar a muchos niveles. Tan sólo me dice al salir: donde pongo “ratones colorados”, mira el panorama y pon lo que tú quieras. Yo tampoco pongo nada. Sí la referencia al refrán popular que relata que “Al buen entendedor pocas palabras le bastan”. ¿A qué rebajar el sentido común de la gente del pueblo? El pueblo, cuando es pueblo y no rebaño, sabe pensar…
En este caso, de todos modos, la receta del revolucionario puede servir para que ese “alguien” que, en una democracia, tiene que ser el pueblo exija ese “algo” imprescindible para que no se destiña en exceso la enseña de la misma democracia.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

Retorno, por fin, al hilo de la vida cotidiana. En Madrid unos días y el último fin de semana en Mallorca pusieron coto, al comenzar septiembre, al placentero verano en el pueblo. Si a Madrid me trajeron afanes de familia y la muerte de un amigo de gran parte de mi vida -el profesor y letrado J. Pérez Alhama-, a Mallorca me han llevado tan sólo sagrados deberes de amistad: otro fallecimiento; esta vez del sacerdote don Sebastián Planas, amigo de poco tiempo, pero de arraigo y fondo; porque –desde la silla de ruedas, a la que se vió atado los últimos años de su vida- me supo dar, a parte de otras más, una sobresaliente lección de gran humanismo y buen tono: la de que es necesario reír -o quizá mejor sonreír- a pesar de todo, hasta cuando las cosas pudieran invitar más a llorar que a reír. Y en ese “todo” lo incluyo todo; lo cual no deja de ser una versión muy plástica y fiel de ese gran indicador de la madurez humana que es la “buena tolerancia” -no una baja tolerancia- a las frustraciones. Por gratitud y porque su familia me pidió que fuera, lo hice.

Como aprendí cosas en este viaje, y pude –a pesar del poco espacio- seguir pistas hace ya tiempo iniciadas por mí, por curiosidad o por afanes de pisar firme en tierras de arena movediza –mucho más frecuentes de lo que se piensa, en tiempos de pos-verdad y de pos-modernidad-, me propongo –en cuatro o cinco próximos ensayos- ir perfilando y sobando las notas y apuntes que, a mano, pude acopiar estos días. No son nada del otro mundo y ni siquiera las estimo interesantes para otros que no seamos yo mismo y mis amigos. A ellos se las dedico y en ellos pensaré al pulirlas y sazonarlas. Y como, al haber brotado al aire de los días y al compás de los hechos, puede que alguna vez trasciendan la barrera de lo particular para proyectarse algo más allá, por esa posible trastienda, les daré más aire haciéndolas parte –algunas al menos- de mi “blog” digital “Entre dos luces”.

* * *
Hoy –de todos modos y anticipándome a la promesa- os mando lo que, esta misma mañana, esperando en el ambulatorio a mi enfermera, he ido anotando a bote pronto sobre la sangría cívica, pasmosa y esterilizante, de las “corrupciones”. No tiene otra razón que la de enfatizar lo obvio, aunque “los hombres y mujeres de partido” –devotos de “esclavitudes voluntarias” como ya marcara Ortega en su famoso ensayo- puedan seguir tomando tamaña esclavitud por la cima de las libertades. Que es muy posible y hasta verosímil quizás.

Este ensayito –a bote pronto como digo y a modo de reflexión sobre la marcha gestado- lo titulo La receta del revolucionario. Al terminar, veréis por qué.
El axioma que dice que “corruptio optimi, pessima” –es decir, que la corrupción de “los mejores” es la peor de todas- es muy viejo en los anales de la cultura humana. Los que en cualquier tiempo bregaron por la justicia y la verdad tuvieron esta idea a flor de labios, y ya el propio Cicerón opinaba que la corrupción en la política es un “flagelo de mucho cuidado”, especialmente cuando esa corrupción es ejercida por quienes se habían dicho “los mejores”.
Claro está que la corrupción –como casi todo- admite grados en cantidad y en calidad. No es lo mismo, por ejemplo, la del tabernero que vierte un poco de agua en el vino de su taberna que la del gobernante si mete la mano en el cesto o si ese mismo gobernante fingiera ser caballo cuando no pasa de ser espécimen de un género inferior al ecuestre.
No tengo yo por la “peor corrupción” la del bolsillo y la “pela” (que son malas sin duda). Veo peores y reputo más dañinas –individual y socialmente sobre todo- las de las ideas y de la verdad, las de la farsa o la mentira.
Por eso, pienso que un gobernante corrupto –en toda clase de corrupción, porque en todas salta a la vista una falta de honradez- no puede ser gobernante de nadie; y menos de un pueblo libre, cuerdo y quizás ilustrado –aunque a esta última calidad haya con frecuencia que ponerle “sordina”.
Y pienso también que un pueblo –ante las corrupciones, hasta la de “plagiar” una tesis o una parte de ella-, para no perder su dignidad, no es que tenga el derecho, sino que tiene –lo creo también- el deber de sentirse molesto, de verse inclinado a protestar como tal pueblo, e incluso a rebelarse –sí”, a rebelarse- con esa rebelión –aunque sea la de las “masas”- tan factible hasta cuando la masa, ovejuna y lanar, entiende que no es legítimo lo que no es honesto, aunque, por ciertas éticas, pueda considerarse “políticamente correcto”. Y eso, por más que algunos sedicentes estudiosos de Maquiavelo pudieran entender que el plagio y cosas así fueron, o pudieron ser, de la complacencia del afamado secretario florentino. Hay cosas que ni el propio Maquiavelo pasaría por alto si su circunstancia hubiera sido la que en estos momentos ofrecen algunos tramos o aspectos de la política en este país.

En una glosa tácita de lo anterior, acudo de nuevo al Quevedo de La hora de todos; a ese genial capítulo XXXV de la misma, cuando -en su final- expresa –por boca del tirano “gran señor de los turcos”- esa lección de primaria en política y en gobernanza de los pueblos, según la cual “el pueblo idiota es la seguridad del tirano”.
O quizás mejor a eso otro, tal vez más sugerente por más revolucionario en el mejor sentido de la palabra, que tan bien y con tanta claridad desvelara el célebre cura jacobino francés –el abate Sieyès- cuando, en plena Asamblea nacional, se preguntaba afanoso, pero con buenas razones, “Qu’est-ce que c’est le Tiers État?”, es decir, el pueblo llano? Y, al preguntarse a sí mismo, él mismo se contestaba”, “Nada”; no es “nada”. Y, al seguir preguntándose por lo que “debería ser” el pueblo, se respondía que debiera serlo “Todo”. Para, al final -en un pragmatismo realista, propio de las “revoluciones” que más huella dejan en la historia porque no se hacen para pasar al contrario por la guillotina-, preguntarse por lo que el pueblo “aspira a ser”; y se contenta o satisface con decir que el pueblo aspira –debe aspirar mejor- a ser “Algo”; no “todo” como un idealismo tal vez utópico exigiría, pero “algo sí” (cfr. James Goldschmidt, Principios generales del proceso, Buenos Aires, 1961, t. I., Introducción, p. 11),

Y qué me resta decir tras los anteriores párrafos?. Sólo esto: espabila, pueblo, porque –en nombre del pueblo, como tantas otras veces en el de la libertad o en el de Dios- se han cometido y se pueden seguir cometiendo muchas tropelías y hasta crímenes. Y no hace falta, para esto, recordar la sonora frase de Madame Roland al subir los pendaños de la guillotina. Ella, revolucionaria también, y sin embargo inquieta y sobresaltada por los excesos del “terror”, gustó en su carne revolucionaria las desmesuras de las tiranías. Es frase que sabe todo el mundo, aunque no todos la enfoquen por donde se debiera enfocar: por el lado de los innumerables posibles abusos del Poder.
Espabila, pueblo, pues, que –en estas horas de vientos racheados- los trucos y las tretas andan sueltos.

Ya para cerrar no puedo dejar de reflejar, a la letra, la frase que –esta misma mañana- me dice Elena, la enfermera de casa, y que, agobiada como estaba por urgencias de su tarea –hoy eran especiales al parecer- no pudimos ni comentar un minuto. “Dame la gente sana del pueblo y déjame de ratones colorados”. Puede ser una muestra de lo que va cundiendo en la gente llana y sana la vista de tanta minusvalía como nos pretende gobernar a muchos niveles. Tan sólo me dice al salir: donde pongo “ratones colorados”, mira el panorama y pon lo que tú quieras. Yo tampoco pongo nada. Sí la referencia al refrán popular que relata que “Al buen entendedor pocas palabras le bastan”. ¿A qué rebajar el sentido común de la gente del pueblo? El pueblo, cuando es pueblo y no rebaño, sabe pensar…
En este caso, de todos modos, la receta del revolucionario puede servir para que ese “alguien” que, en una democracia, tiene que ser el pueblo exija ese “algo” imprescindible para que no se destiña en exceso la enseña de la misma democracia.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Martes, 13 de noviembre

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