Entre dos luces

Noche para soñar - 13- VIII - 2018

13.08.18 | 20:06. Archivado en Acerca del autor

Noche, la pasada, de “perseidas”, de estrellas fugaces y “lágrimas de san Lorenzo”. Noche sin luna, pero radiante de mil fulgores, haciendo y bordando piruetas de luz azogada por la entera bóveda del cielo. Noche para soñar.
Cuando, al terminar el partido de fútbol celebrado en Tánger, intentaba seguir sus arabescos y cabriolas siderales, mi pensamiento se iba tras ellas con el deseo de ir más allá de sus fulgores y sospechar –aunque sólo fuera sospechar- lo mucho que ha de haber detrás de los arabescos y las cabriolas de tanta estrella.
Y el hecho de mirar al cielo en la noche oscura con esta sospecha me desataba las alas la imaginación y, aún sin pretenderlo, soñaba….

No hace muchos días, mis reflexiones fueron sobre fantasías y verdad, y marcando contrastes de los sueños y las fantasías con la realidad, entre vivir soñando y soñar despierto, remedaba la rima de A. Machado, tan sugerente y viva, de que “si vivir es bueno, es mejor soñar; y mejor que todo, madre, despertar”; con ese complemento, aún más realista y vertebrado, de que “tras el vivir y el soñar, está lo que más importa, despertar”. Como también decía que cuando la vida y conducta son guiadas por sueños y fantasías, por “improntas” y primeros impulsos, por sensaciones y voluntarismos, muchos enteros de cordura y razón emigran del horizonte humano. Claro que, para evitarlo, estaría el remedio del poeta: despertar y no quedarse en los puros fantasmas.

¿Lo recuerdan? Murió no hace mucho. Stephen Hawking, el científico tullido y en silla de ruedas , que –superando sus deficiencias y traumas- tanto hizo por las ciencias del cielo, al ser preguntado si, en sus geniales excursiones siderales, había visto a Dios, se había encontrado con Él o había observado sus huellas, respondió que no. Que no se había encontrado con Dios, ni hallado huellas suyas.
En verdad, no es necesario irse tan lejos, ni a caballo de la ciencias de los astros, para descubrir huellas de Dios. Están a tiro de piedra de nuestras ventanas. Qué digo!, las pisan nuestros pies, van con nosotros y dentro de nosotros y sólo hace falta sensibilidad humana, miradas cuidadosas al fondo insobornable que hay en todo hombre, para verlas e incluso palparlas. Es posible que el gran científico de atrofias múltiples no tuviera mucha vista para esta cosas que, por parecer tan poco a muchos, se consideran de poca monta intelectual.

Es una verdad también, de esa ley de lógica natural que abona la congruencia de las cosas, que quien no busca no encuentra. Y menos encuentra todavía quien, al buscar, reduce voluntariamente los espacios de su búsqueda.
Además, hay muchos intereses, difusos o no tan difusos, empeñados en no buscar ni encontrar a Dios. Mejor aún: hay muchos intereses –de filósofos, de políticos o hasta de gentes nimias para las que Dios pudiera ser el único patrimonio vital- volcadas en echar a Dios de la vida y de la sociedad.
¡Qué quiso ser en su auténtica verdad la filosofía moderna de la “muerte de Dios” sino un vano empeño de hacer del hombre un “dios”, o cuando menos un “ídolo” que ocupara el puesto que Dios –de una u otra forma visto en toda la historia del hombre? Cuando Nietzsche decía que “Dios ha muerto”, sus seguidores le completaban diciendo que “si Dios ha muerto, “yo soy Dios”.

Al asomarme anoche, tras el partido de fútbol, a la terraza de casa y observar luz y movimiento en al arco celeste, no me quedé preso de las cabriolas y el zigzagueo, mayor que otras noche, de las estrellas. Subí más alto y soñé. Y lo hice –cómo no!- con las mismas letrillas con que otro gran buscador de Dios, Antonio Machado, el poeta de mis amores que me hace pensar siempre que lo leo, juega a paradojas de enigmáticos sentidos, pero inteligibles y asumibles por quienes de verdad aspiran a buscar a Dios y quieren hallarlo:

- “Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñçe que ios me oía.
Después soñé que soñaba…”
- “Ayer soñé que oía
a Dios gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía
Y yo gritaba: ¡Despierta!”

Tiene, a mi ver, mucha miga este juego enigmático que pinta en sus rimas el poeta y que es el que, a diario, nos traemos los hombres y Dios; sobre todo para quien sepa leer entre las líneas de estos Cantares algo más que rima o ingenio. No se olvide que A. Machado fue, toda su vida, un incansable buscador de Dios.
Tampoco olvidemos que sólo quien busca encuentra, si se empeña en buscar, y sobre todo si no cierra los ojos a la menor brizna o huella de lo que anda buscando.

Otro gran buscador de Dios, éste –además- torturado toda su vida por problemas de fe, al pretender –orgulloso de su mente- meter a Dios entero dentro de su cabeza, el rector de la universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, nos dejó plasmada en su Diario íntimo, esa, más que portentosa, idea que ayuda a descifrar, mejor que un libro abierto, el misterio de una existencia como la suya, tan plagada de ambivalencias ante “lo divino”. ‘Cuandio rezo -es su idea- reconozco con el corazón al Dios que rechazo con la inteligencia’. Es, a mi ver, bastante más que una ocurrencia y más que una idea; es teología viva pasada por el tamiz de toda una experiencia traumática. En eso preciso de vivir la necesidad de Dios, sentida en el corazón humano, quizá más que en la mente, la voluntad o la libertad, fue sin duda Unamuno un experimentado profesor y maestro.

Si es difícil -como creo, aunque sólo sea con rudimentos de psicología en las manos- que un científico ególatra busque algo más que a sí mismo tras quemarse las cejas, apretarse los codos y puños en la mesa o la sien o calibrar dosis con las probetas de un laboratorio, no será, sin embargo, imposible ajustar la cabeza y el corazón, acompasarlo a la razón y la ciencia o la técnica para buscar y encontrar a Dios. No pocos lo han hecho y, aún hoy, no faltan quienes –a pesar de sus mentes lúcidas o sus liberales quereres- no rehúsan aceptar ese realismo tan palpable de que “el super-hombre”, o no existe, o no es el que se diviniza a sí mismo, sino el que –tras la conciencia de la patente menesterosidad humana- sabe a ciencia cierta que nadie, de tejas abajo, “lo es todo”.

Y como saben mis amigos que, desde mucho tiempo ha, soy devoto y un fervoroso declarado de Ortega y Gasset, esta vez –para seguir evocando de día la noche mágica de las “estrellas fugaces”- me voy a releer con calma, su espectacular ensayo titulado Dios a la vista. Tampoco fue Ortega un “meapilas”, como nunca fue ni “anti” ni malsano con la religión, aunque mantuviera reservas ante algunos jactanciosos de practicarla. Y en cuanto a él –pienso yo-, a pesar de su orgulloso y vano empeño por meterse a Dios entero dentro de su cabeza, aunque fuera la suya una cabeza privilegiada, de haber observado anoche el baile de las “perseidas”, hubiera ido seguramente más allá de los giros y los guiños azogados de la luz; y, aunque no fuera adicto al “Dios cristiano”, que es el del Evangelio de Jesús, no hubiera confesado tan rotundo como Hawking haber cabalgado por los espacios siderales sin haber observado ni rastro de Dios.
Poca vista pudo ser lo de Hawking. La tuvo mejor, aunque no fuera plena sino más bien táctica o egoísta el ateo Voltaire cuando escribió a un amigo que “si no hubiera Dios habría que inventar uno”, o cuando mostró el deseo de que sus criados fueran creyentes porque de ese modo le robarían menos y le atenderían mejor.

A mí, personalmente, en baile de ayer de las “estrellas” fugaces me ayudó a soñar en la noche y a enhebrar estas reflexiones la mañana siguiente.
Iluso? Crédulo? Papanatas? No lo creo. Pero usted es muy libre para creerlo.

Noche para soñar la de ayer: Dios a la vista otra vez.

SANTIAGO PANIZO ORALLOO

FLASH VIVO
AL AIRE DE MIS REFLEXIONES Y PUNTOS DE VISTA.

He de confesar -a los que me lean- que yo no escribo para polemizar con nadie.
Escribo sólo para decir lo que pienso, por si a alguien le pudiera servir de algo; procurando -en lo que pudiere- razonarlo a mi modo; es decir, en la medida de mis posibilidades.
No me cuido excesivamente de réplicas, salvo que me ayuden a pensar mejor, y, menos aún, de “boutades” o extravagancias. Y en todo caso, según a quién y en qué. Nunca es una tontería reservarse el llamado “derecho de admisión”.

La libertad –aunque no lo dijera como lo dice Cervantes en El Quijote es, sin duda, “un don del cielo”

S.P.O


La "marca España" somos tú y yo - 10-VIII-2018

12.08.18 | 16:37. Archivado en Acerca del autor

“Oyendo hablar un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol
Si alaba Inglaterra, será inglés
Si reniega de Prusia, es un francés
y si habla mal de España... es español.

- - - - -
La “baja autoestima” de los españoles es noticia estos días y, en un primer momento, objeto de comentarios –no siempre benevolentes y sobre todo ecuánimes- en los foros y mentideros del país.

Al parecer de una reciente estadística, España y los españoles somos uno de los colectivos con la más baja autoestima del continente. Que nos tenemos en menos de lo que somos; que nos va bien un discreto masoquismo y disfrutamos poniendo cara de bobos o pánfilos ante cualquier demostración de los extraños por vulgar o cretina que fuere; que “lo nuestro” -a fuerza de repetírse nos lo hemos creído-, por bueno que sea o parezca, siempre será menos que “lo de fuera”.
Parece como si –al asomarnos al exterior- nos invadieran los complejos y tuviéramos envidia de la flema de los ingleses, de la estólida cordura de los alemanes, o del modo como estornudan los lapones o los suecos, que, por cierto, en nada se diferencia del modo hispano de estornudar. Como si lo nuestro –nuestros ríos y montañas, nuestro sol y nuestra vida, nuestros literatos e inventores, nuestras catedrales y castillos, nuestros descubrimientos y gestas- fuera nada o muy poco al lado de lo que otros pueblos son y tienen.

¿No es cierto que algo de verdad hay en este “cliché” que de nosotros mismos tenemos, cuando nos comparamos con los de fuera, sobre todo si son europeos o americanos del norte?
¿No es verdad que esta “baja auto-estima” contribuye a que los demás se envalentonen y nos miren por encima del hombro como si en muchas cosas ellos no fueran tanto o más pigmeos o cretinos que nosotros?
Esos complejos ¿no nos inducen estúpidamente a una especie de fatalismo senequista, de aceptar -resignados- que nos tengan por lo que no somos?

Pero como no es cosa, ni de predicar “cruzadas” redentoras, ni de evocar más de la cuenta la serie de los posibles complejos adheridos a nuestra famosa “piel de toro”; y como tampoco se trata de hacer panegíricos alocados a nuestras virtudes y potenciales –quitando algo de aire a la fuerza de la estadística en cuestión-, tres o cuatro ideas pueden ser suficientes para reflexionar un poco sobre este síndrome, que puede muy bien ser considerado uno de nuestros varios “demonios nacionales”, que nos tientan y nos vencen, sin tomar en cuenta que, a otros, les tientan y vencen los suyos propios.

Esta historia nos viene de lejos y posiblemente debamos rebobinarla para sazonarla con razones y no con emociones o vísceras. Anotemos, de todos modos, al comenzar que, cuando se habla de España y de los españoles, hay que andarse con cuidado para no dejarse llevar ni de un entusiasmo triunfal ni de un derrotismo estéril. El justo equilibrio estará, como siempre, en ese “término medio” que, desde Aristóteles, se viene predicando por la filosofía. Tan malo es el pecado de “creerse” más que los otros que el de tenerse por nada o poco más.

Que España y los españoles hemos hecho grandes cosas en la historia del mundo es archisabido.
Que España y los españoles, en esa misma historia, hemos sido objeto predilecto de envidia por quienes no eran Imperio entonces; ni habían descubierto nuevos mundos; ni llevado a las Américas lo mejor de sí mismos –con algunas cosas menos santas y algunos errores que no eran -ppr otra parte- nuestros en exclusiva,- también se me antoja claro.
Como no lo es menos que esa ”envidia” -que, como toda la envidia, tiene la faz lívida, es atrabiliaria y ni come ni deja comer- cayera en Leyenda Negra al ser orquestada por tantos; por la “doble personalidad” del obispo de Chiapas, elogiado más de la cuenta y razón, por nuestros perseguidores; por los afligidos –allende nuestras fronteras- con la verdad insigne de que “en España” nunca se pusiera el sol”.
Tan insana y falsaria “leyenda” no fue tanto cosa nuestra –solo en parte lo ha sido-, como de toda una “tropa” de conjurados resentidos y envidiosos – y de toda laya y fuste: franceses, ingleses, flamencos y valones, protestantes y el largo etcétera de todos los que, ayer y hoy, desde hace siglos, se encargaron, con saña siempre y a veces con harta malicia y falsedad, de tender, en torno a España y los españoles, una implacable, tupida y abusiva, en casi todo, estela de negra sombra, que, a más de opacar nuestra fisonomía, nos ha cerrado parte de los caminos por donde teníamos derecho a ir.
Aceptarlo por nuestra parte es, o hacer el juego a los que nos odian y nos dedican sus resentimientos, o dar el “visto bueno” a unos complejos, que no hay razón alguna para tener.

Que tenemos defectos, ¡quién lo duda!!! ¿Es que van a tenerlos solamente los que nos denigran? Entre otras cosas, somos locuaces más de la cuenta; fanfarrones a veces; pícaros cuando se tercia. Es verdad.
Pero nuestras virtudes no son menos ni menores que nuestros vicios.
Que aprendimos a ser tolerantes, antes que nadie y mucho más que otros, tras siete siglos de convivencia forzada con otras ideas y con otras creencias. Porque no se luchó -en los siglos de Reconquista- contra la religión de los “moros”, sino contra unos invasores de nuestro territorio. Y hasta en nuestras Leyes de Partida está escrito y mandado que la fe en Dios ha de ser libre o no es fe verdadera. Y escritores de la Hispania verdadera, como el mallorquín Ramón Llull, legó a la cultura de Occidente, con ese genial librito titulado Diálogo del gentil y los tres sabios, lecciones tan magistrales de tolerancia y libertad religiosa, que debieran aprenderse –ahora-, por patriotismo al menos, algunos de nuestros laicistas, para saber distinguir bien entre –porque no lo saben- entre laicismo –que es intolerancia y totalitarismo- y laicidad, que es respeto a la conciencia y a las ideas de todos; debiendo a respetar todo eso y algo más los que nos mandan.

Es verdad, como expresa J. Marías en sus ensayos sobre “los españoles”, que, siendo fáciles en aventurar la vida por los más graves y nobles ideales, somos remisos en darla por las cosas pequeñas y cotidianas; esas en que, con las grandes y heroicas gestas, y a pesar de su menor apariencia o brillo, se radica la plena grandeza de las naciones. La baja entidad o calidad en unas u otras restaría quilates al pedigrí completo de los españoles.

Somos “cainitas” con demasiada frecuencia, como se puede ver en esa famosa estrofa de Joaquín Bartrina que preside estas reflexiones.

Siendo “largos en facellas”, somos “cortos en contallas”, tacaños en aplaudir lo nuestro y embobados ante lo que hacan, dicen o pontifican los demás. Este dichoso “plebeyismo” que resalta y censura Ortega al decir, en uno de sus ensayos magistrales –el dedicado a zaherir las democracias morbosas-, hace estragos entre nosotros y lo traduce en la frase del comienzo del ensayo: “Las cosas buenas que por el mundo acontecen tienen en España solo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna”.

En fin, creo firmemente que el “orgullo” de ser español es perfectamente parantonable al de ser inglés, francés o sueco, si no más…

Y aunque –aún ahora- gentuza como –no hace tanto- el impresentable Sr. Torra Pla nos dedique una sarta de insultos que ya nadie recuerda ni se tienen en cuenta por quienes, anhelando poltronas, no tienen inconveniente en pactar con él y sus afines, sabido y cierto es lo que el “chascarrillo” vulgar anota: que “cuando el burro se finge caballo, tarde o temprano rebuzna”. Esperemos frutos de los diálogos de sordos y veremos cosas apabullantes; eso si, muy bien vendidas.

En fin, que debiéramos ser inconformistas para no ser ilusos y no debiéramos nunca olvidar que todas las “leyendas negras” tienen dos caras como las falsas monedas: el anverso, que es la media verdad y el reverso que es la mentira completa.

Y para cerrar, esto más.
No tanto con nuestras naranjas y nuestro sol, con nuestro folklore o nuestros monumentos ha de hacerse la “Marca España”. Es ante todo con el culto a los “valores” que nos han hecho pueblo y nación –no pueblos y naciones como algunos sueñan despiertos- y que nos han ahormado a lo largo de la Historia entera de España como ha de hacerse la “Marca España”.
Sin “baja” ni “alta” estima; con la estima justa que nos libre de ser fanfarrones y nos evite ser idiotas.
Esa estima justa que parece poco y es tanto a la hora de madurar los hombres y los pueblos.
Ser “Marca España” ha de ser un honor y un reto para los españoles
Y cuando nos insulta impunemente el Sr. Torra Pla o cualquier otro necio de fuera o de dentro, el orgullo de ser español –equilibrado y serio, a pesar de las naturales sombras será un primer activo de la “Marca España”. Como lo son las medallas de oro de nuestros deportistas, la garra y tesón de Nadal o el discreto encanto de la medianía que, en esta España de hpy, se decide por hacer lo que se debe hacer: desde ser padre o madre a secas, o joven capaz de ir o nadar contra la corriente, o un cualquiera que, ante la Tv o las propagandas, no se queda en “pazguato” acrítico como nos hemos quedado durante siglos ante la Leyenda Negra.

Eso también es la “Marca España”. Tu y yo podemos ser esa “marca” y no tan sólo las naranjas de Valencia o los Toros de Guisando.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "fadha" - Entre ser "facha" y ser "farsante" 9-VIII-2018"

12.08.18 | 16:33. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "facha" - Ser "facha" y ser "farsante" - 9-VIII-2018

12.08.18 | 16:27. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "facha" - Ser "facha" y ser "farsante" - 9-VIII-2018

12.08.18 | 16:27. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Contracorrente - El criterio de "Lo malo conocido" 8-VIII-2018

08.08.18 | 20:34. Archivado en Acerca del autor

Contracorriente. El criterio de “Lo malo conocido”
Los “navajazos” –amigos- se estilan y se reparten gratis en todas partes. En las familias y hasta entre hermanos; en los pueblos y en la ciudad; incluso en la Iglesia y entre creyentes; en la política no digamos y la universidad, también. Y quizá estos últimos citados navajazos sean de los más salvajes y despiadados que se conocen. Porque los suelen propinar “gentes” que, por su preparación y condiciones, debieran tener y saber gestionar razones para ser menos sádicos o atrabiliarios. Pero no….. Parecen remedar la idea de Voltaire según la cual, a más progreso, mayores y más acerados medios a mano para destruirse o matarse entre sí los seres humanos.

Esta mañana era más de lo mismo en lo del “affaire” Casado. La inanidad del tema –para quien sepa lo que es un “master” equivalente a los antes llamados “cursos de doctorado”- roza el ridículo o, quizá mejor, las lindes de la saña y el odio la recalcitrante machaconería de los “galgueros” que azuzan a los que acosan estos días al político conservador. Se vislumbra un acoso endiablado y pertinaz, como de obsesos. Hasta por decir que, en un país civilizado y serio, no son posibles racionalmente los “papeles para todos” -y eso lo ve hasta el “tonto del pueblo” –que siempre hay uno, o justamente o aviesamente llamado así-, le han echado encima esos mismos “galgueros” el “sambenito” de “racista”. Cosa que asombra –a mí, al menos-, porque “racista” es el que odia a todo “otro” que no sea él mismo o el de su pandilla o clan; y no lo es –ni de lejos, sino todo lo contrario- el que –“amando al prójimo”, quien quiera que sea- no lo mete atropelladamente en casa, sino que, antes, se ocupa en darle la mano, la palmadita en la espalda, le quita los mocos si viene con ellos y le da jabón para que se lave las manos antes de sentarlo en la mesa; es decir, no se puede llamar “racista” el que racionaliza -como ha de ser entre seres humanos- la acogida al emigran te.
Mis amigos me entienden. Quizás los “galgueros” me llamen también “racista” o “facha”. Todos los “galgueros” de la tierra –aunque tampoco tengan capacidad sobrada para “hacer un máster”- la tienen abundante para repartir esta clase etiquetas, que suelen ells mismos, además, patentar a su gusto y medida. Merecería la pena verlos aceptando en su casa la visita, aunque sólo sea visita, de uno de estos inmigrantes, si le dan la mano y la palmadita en la espalda antes de sentarlo a la mesa, si faltaren los focos de la Tv o el coro placentero de los cronistas del lugar y de fuera Veríamos...!!!.

Desde que tengo uso de razón, creo en la “política”, pero no en los “políticos”; al menos, no creo en los “políticos” que llamaría “profesionales”, los que van a la política para “medrar” ellos..
Y no creo en “los políticos” por dos razones. La primera, porque, generalmente –como los conforma Ortega en los primeros compases de El Espectador – en Perspectiva y verdad-, son asíduos del “reino de la mentira”, al identificar la utilidad con la verdad y llamar “a la utilidad verdad”.
Y la segunda por la enseñanza y cordura de mi viejo y recordado amigo –notario francés y hombre cabal por cultura y sensatez- Carlos de Launet, que tantas veces me recordó el consejo que, de niño, ya le daba su abuelo, resabiado, como tantos, del cuento de los “políticos”: “Hijo mío; cuando hayas de votar, nunca votes a favor; vota siempre en contra”; es decir, al que menos te disguste, sea de la facción o de las ideas que fuere. Que, al fin y al cabo, como ningún politico te va a llenar o convencer del todo, echa antes tus ideas, tus criterios y conveniencias que sus ideas o ficciones.
Las dos razones me convencieron siempre. Y de hecho, nunca me presté –por decoro de la libertad- a ser “hombre de partido” También en esto, aprendí de Ortega, que aconsejaba “no ser hom bre de partido”. Sólo es cosa de libertad interior. Que me den ideas bien está y las aceptyo; pero las razones las he de poner yop. Será una manía, pero esta no me parece del todo mala.

Y por eso, además, porque la sabiduría del pueblo -esa que se da cristalizada en media docena de palabras o en recetas cortas y puntiagudas-, es casi siempre más pragmática que especular –como la Política ha de ser- me avengo a recordar, en estas reflexiones, que suele ser más y mejor “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Por qué razón? Muy sencillo; porque de “lo malo conocido” te precaves tú mismo, como del arañón que ves a la puerta de su tela; mientras que “lo bueno por conocer” puede ser lo muchas veces es un pájaro volando….

Pero, ¿a qué viene todo esto en un día como hoy, con “las calores” rebobinadas ya en “los calores”, con el R. Madrid ganando a la Roma y la Carolina Marín emulando intrépida a la no menos intrépida Agustina de Aragón o a la Monja Alférez con sus tres coronas de campeona del mundo en un deporte raro pero serio y duro?

Por instinto de conservación o afán de supervivencia. Por una reacción natural ante la desmesura y el juego sucio de los que, censurando –como hacen- todos los acosos habidos y por haber –a niños, doncellas, mujeres, y otros acosos denigrantes y bajos, hasta los hechos a los perros y lobos- no tienen inconveniente es ser ellos mismos acosadores, aunque no venga a cuento y sólo porque odian o llevan ganancias, sin dignarse siquiera mirar hacia sí mismos y ver si sus “masters”, sus “tesis doctorales”, sus “pomposos librillos” o sus gestos sin pizca de sustancia todavía merecerían –incluso con mayor énfasis o fuerza- ese mismo género de acoso.

Por cierto, me incitan hoy a tamaña reflexión dos señoras que, ante el espectáculo circense de los “galgueros” azuzando al Sr. Casado, decían a una las dos: “No pensaba votarle; pero, después de esto, sin duda lo votaré”. No mentaron lo que “lo malo conocido” que, a veces, vale más que “lo bueno por conocer”, pero se veía que iba en el fondo de sus palabras. La sabiduría del pueblo –aunque sea en forma o modo de paradoja- ¿no lleva consigo más sabor a democracia que la caza dfe los “galgueros”?

El “derecho al pataleo” –uno sin duda de los más sagrados e inviolables derechos del hombre- tiene y lleva cons¡go esta resulta: que encabrita.
Y si –además- hasta la jueza en cuestión hace cabriolas o se columpia con los indicios y las hipótesis para enredar el tema, la salida es la de las dos damas en cuestión: tomarse la justicia por la mano, lo que sólo es legítimo en estados de necesidad. Para ellas, el de este acoso lo es; Tal vez para muchos otros, también lo sea. Porque las ideas y la razón son mucho en los hombres, pero no lo son todo. Palabra que no lo son todo, al menos para mí: hasta las uñas de los pies cuentan en el hombre, y las muelas, y el riñón; sobre todo si duelen, pueden hacer que duela el alma ….

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La sombra del asesino - 6-VIII-2018

08.08.18 | 20:25. Archivado en Acerca del autor

La anécdota con que quiero lastrar hoy mid reflexiones es evocadora sin duda. Puede serlo de un “sinsentido”, el que representa el “mundo del revés”; aunque no sea eso lo que yo quiero evocar con ella, sino sólo ascendentes y expansivas sensaciones. Según se la mire, será una cosa o la otra.
Que “dos y dos sean tres”, como exige ese mundo invertido, y no “cuatro” como mandan el buen sentido y la verdad, es algo de lo mucho que expresa la anécdota que prometo es algo de lo que hoy se nos quiere hacer tragar desde foros menos ilustrados de lo que quieren aparentar. Opero “dos y dos” deban ser “cuatro”, mál que pese a ciertos “ilustrados”.
Se cuenta de uno de los filósofos idealistas y estratosféricos de los ss. XVII y XVIII, Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En vida todavía, un crítico le hace notar, al examinar sus teorías: “Maestro, lo que Vd. dice no responde a los hechos”. Hegel, después de mirarle, lapidariamente le contesta: “Pues peor para los hechos” (cfr. J. Hervada, ¿Qué es el matrimonio? En Ius Canonicum, vol. XVII, nro. 33, enero-junio 1.977, pags. 17-32).

Arrancan estas reflexiones de hoy con idea de resaltar lo grotesco que puede ser –en el orden de las magnitudes reales y no de las utopías o los idealismos feraces- mantener que no ha de ser nuestro pensamiento el que ha de amol¬darse a la realidad, sino que es la realidad la que debe configurarse al gusto y criterio de nuestro pensamiento. En esta filosofía se radica uno de os peores males de lo tiempos y es causa de muchas de nuestras actuales desventuras individuales o sociales.
Pensemos un poco
- - -- -
Si alargada es la sombra del ciprés como evoca el título de Delibes, es posible que la del asesino no lo sea menos. Y es que su huella, la del asesino, menos benéfica y sobre todo más opaca y patógena que la de los cipreses, oscurece todo lo que toca y y pone hielo en lugar de frescor en quienes rozan cualquiera de sus flecos o perfiles.
No se deja de ser asesino porque se cumpla, en todo o en parte, la condena impuesta por un juez en aplicación de la ley; ni se deja de serlo porque el asesino logre zafarse de la pena o castigo. Ser asesino, como ser contrahecho, ganapán o hijo de perra, se podrá lavar, limpiar o decorar, sobre todo socialmente, cumpliendo la pena, pero raer de la efigie de un hombre el estigma….. no!. Quien asesina, aunque sea una vez, es asesino hecho y derecho, y su historia será siempre la de un asesino, aunque haya matices entre el que purga la pena o se arrepiente y el que recalcitra y se empecina en su bravuconería maleante.
Que una cosa es no tener cuentas pendientes con la ley y otra, bien distinta, es hacer que lo que fue no sea; que los hechos, por mor de idealismos hegelianos, tan pintorescos como estupefacientes hagan de la realidad y de los hechos un producto del pensamiento y no –como es en verdad- del pensamiento, una copia más o menos libre –eso sí- de la realidad; que en ello entratrían las perspectivas, las hipòtesos lo los modos parciales de verdad.

Es la noticia del día. El domingo salía, rodeado de familiares, de una cárcel en Salamanca, en que pasdara los últimos años de reclusión. Rodeado de familiares; erguido e impasible al parecer, para dirigirse a Lasarte, de donde es natural, y después seguir su vida tras los 31 años de internamiento en cárceles de Francia y España, dando de este modo por cumplida una condena judicial de tres mil años con esos 31 efectivos: ni un año siquiera de cárcel por cada asesinato. Sublime reealmente!

Esta realidad, chocante a la razón de cualquiera –ni un año de cárcel por cada asesinato cometido-, es un hecho; que los jueces con su sentencia abonan y proclaman; siendo la misma ley, en cuya virtud se le condena, la que permite que ni una año de cárcel hubiera de cumplir por cada asesinato.

¿Es posible?, se preguntarían hoy atónitos los asesinados si no les hubieran quitado la voz con metralla o bombas
¿Es posible?, gritan hoy a coro los familiares y amigos de los asesinados, impotentes ante unas leyes tan laxas que casi están invitando a quebrantarlas y reincidir.
¿Es posible?, musita hoy también la parte más sana de una sociedad capitidisminuida y hasta ninguneada por asombrosas e irreales ideologías minoritarias, como la del famoso “buenismo” –tan falso como0 el “beso de Judas”-, y, además de eso, sin pulso, anestesiada y a veces cómplice voluntario por omisión.

Pero dejemos al apelado Santi Potros –el seudónimo de guerra del asesino- dándose el gustazo de ver el mundo y su propia historia desde su atalaya de “gudari” heroico -¡qué risa!- y mirando al mundo –el de sus víctimas sobre todo, y que no son tan solo las que están bajo tierra sino también sus familiares y deudos, y muchos más incluso porque a todos los hombres y mujderes de bien llegan de alguna manera las salpicaduras de sus desmanes impenitentes o pertinaces. Que se tome “chiquitos” a su gusto y al del coro de sus cómplices –los que ayer y hoy se han dedicado a coger las nueces-. Y –a la vista de las leyes y los legisladores, de los jueces y de la justicia, de los que le aplauden hoy y de los que le preparan el homenaje de mañana o pasado-, hagámonos la pregunta fundamental: de quién es la culpa de que un asesino, con más de treinta asesinatos a la espalda salga limpio de responsabilidades sociales –no de las otras, que también las hay y no se rigen, gracias a Dios, por estas leyes laxas-; cuál es la razón de que la verdad y de la justicia de verdad tengan que rendirse a la fuerza de unas leyes que permiten estas cosas, por mucho y pos más que la gente de buen sentido, que aún queda en este país, se sienta mal, insegura, injustamente tratada y potreada por una justicia de risa?
Tienen la culpa de ello los jueces que aplican las leyes?
O es más bien la responsabilidad de los legisladores, de los que hacen las leyes, de los que las proyectan y les dan vigor?

Cualquier jurista sabe de sobra que es y ha de ser “la boca” del juez la que “diga” o pronuncie el derecho. Sin embargo, los jueces –por más que ejerzan o practiquen el “ius dicere” por medio de sus autos y sentencias, no dan, ni pueden dar, curso y vigor a las leyes que -por su misión- aplican al caso concreto y controvertido. Las leyes las hacen los gobernantes y los políticos; los gobernantes desde los Consejos de ministros y los políticos desde las planas mayores de los partidos. Y eso, sacar las leyes justas y meter en ellas - sin pasarse, pero sin quedarse atrás, es decir, no más aunque tampoco menos- tiene más miga de lo que parece, en términos sobre todo de madurez tanto política como jurídica y social. Y como esa madurez ni se compra ni se vende, ni la puede dar el dedo todopoderoso del jefe de turno, ni la garantizan “curriculos” engordados artificiosamente, no es será extraño que la mano que hace el derecho sepa de leyes o sociología lo que un cocinero de capar ratones: n ada o muy poco. Y no digamos si los que hacen las leyes llevaran en su punto de mira –en lugar del bien común y de todos- sus personales intereses, los votos, el sillón o la poltrona; o –lo que aún sería peor- sus ideologías con las adyacentes fobias y filias. Como esa, por ejemplo, del llamado “buenismo”, que no suele quedar en otra cosa que en un remedo o edición corregida y puesta al día del cuento de la lechera.

Se ha de respetar a los jueces y tribunales, por principio, mientras cumplan y apliquen las leyes y no se dediquen ellos mismos a enmendar las leyes o interpretarlas más allá de lo que dan de si en su letra y espíritu.
Y no se deberá callar ante los gobernantes y políticos que, al hacer leyes. se escudan tras ideologías o idealismos más higuelianos que platónicos, más sectarios que justos, hasta hacer recordar aquel duro pensamiento que Ortega expone en su Prólogo para franceses, de La rebelión de las masas, cuando dice que “ser de la izquierda, como ser de la derecha, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

Y dejando ya en paz el enojoso tema de la negra y alargada sombra del asesino, de todos los asesinos realmente, vayan –para cerrar- mis reflexiones hoy a dos pinceladas gratas y de tono expansivo y vivaz.

Al regresar de Oviedo esta tarde, de la clínica Fdez. Vega, en que tratan mis males y precariedades visuales, me llama Yolanda, magistrada, antigua alumna donostiarra y espíritu libre donde los haya; no se casa a ciegas –creo yo- con nadie, ni con la ley y la estruja como si de un limón se tratara para sacarle todo el jugo de justicia y razón que pueda llevar dentro (a pesar de los “handicap” anteriormente mentados). Llega –me dice- de Comodo, en Indonesia, de la isla de los dragones, de vérselas con unas inmensas “lagartijas” de más de tres metros que no acostumbran hacer preguntas antes de soltar el veneno. Es intrépida y no vuelve asustada o recelosa sino animosa. Y es que un juez o jueza, viéndoselas con “dragones” así, no hace turismo precisamente, sino más de su oficio y misión.
Y después de Yolanda, Jbor -otro antiguo alumno más reciente; constitucionalista él; y profesor ya de Derecho en un centro universitario. Ibor me llama desde Samos, a donde acaba de llegar tras su etapa de hoy, del Camino de Santiago, en bicicleta. Me envía una foto de ayer, subido, con Alejandro, su amigo, y las bicicletas, al pedregal devoto de la “Cruz de Ferro”, que deja Maragatería y atisba El Bierzo, en pleno Foncebadón. Hoy, me dice, acaban de llegar a Samos desde Villafranca, subiendo hasta el Cebreiro desde Vega de Valcarce, por Herrerías y La Faba hasta olfatear el Santo Grial; y después, por los altos de San Francisco y El Poyo a Triacastela y Samos, en un recorrido vestido, a trechos, de amarillo flor de escoba, de piornos y cantueso, hasta darse de bruces nada menos que con la cuna ilustrada del P. Feijoo, y sus huellas aín vigentes de piedra y pizarra.

Cuando s una mujer de pro, libre y liberada donde las haya, como Yolanda, no le arredra vérselas con dragones que sueltan veneno; y a dos jóvenes modernos y enteros como Ibor y Alejandro no les da complejos tomar una bicicleta y sudar por las empinadas cuestas del Cebreiro y El Poyo hasta Compostela, creo que lo de Santi Potros, o la sombra del asesino, por alargada que sea, merece otro relieve que el de lamentarla y lamentar, a la vez, unas leyes que, por “buenistas” y laxas, desentonan en el concierto de las democracias más limpias de nuestro entorno más próximo.

Este lunes de agosto, al final del viaje a Oviedo, con mi ojo derecho, quejándose aún del asalto de la aguja de la inyección, nos detuvimos unos momentos en El puente de las Palomas, cerca de Pedrafita de Babia y Somiedo, para admirar de nuevo la serena belleza y rima de las brañas babianas, espejeantes de un ya pálido verdor, y oír, a nuestros pies, el ruido sordo y recio del Sil, allí abajo, nunca cansado de pulir el hondón de la roca de basalto y piedra caliza que lleva horadando miles o millones de años, sin pasar un solo día sin hacerlo.

A lo lejos, un pespunte de fulgor cárdeno adornaba el cielo y el atardecer berciano, que, siendo cálido, se perfilaba prometedor y verde esmeralda hasta más no poder.
Ya de noche, contar estrellas es un quehacer casi divino. ¡Palabra!!!

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Fin de semana - Parafraseando agudezas y gracias - 4-VIII-2018

04.08.18 | 20:16. Archivado en Acerca del autor

Si la “paráfrasis” -en gramática- es figura que sirve para interpretar una frase o texto, o la explicación de una sentencia por otra algo más extensa para darle mayor claridad o dotarla de más comprensión, verdad o sentido, este fin de semana –el primero de agosto, en que “las calores” agobian y la piscina o la playa tiran de uno con más fuerza que las ganas de reflexionar o pensar-, “me presta” parafrasear algunas frases, ideas, quizás ocurrencias tan sólo o ventoleras de humo, puestas a la venta como si de productos de buena calidad y marca se tratara.
Y como no es difícil “parafrasear”, ensayemos paráfrasis hoy –este primer sábado de agosto, más hecho para leer poesía, oír música, estarse a la sombra, sorber una “clara” con limón o echarse al agua para mitigar el sofoco.
Una idea u ocurrencia, una frase llamativa o atrevida, una curiosidad atrayente o malsana sean hoy mis citas únicas con la reflexión, en forma de paráfrasis cortas y, a poder ser, vivas, incisivas y con acento.
Parafraseando, pues.

* Anteayer, a primera hora, con sol radiante y lujo de claridades, escuché a un tertuliano decir esto literalmente: “Cuando cierro la mano, la convierto en un puño”. Me hizo pensar.
No hace mucho -en su momento lo dije (era en el Circular a su paso por la plaza de España de Madrid) -un señor decía a la que parecía su esposa o pareja –ahora se estila darse de “modernos” y enfatizar la diferencia entre ambas cosas- que él tenía una mano para saludar y la otra para dar puñetazos… Onservé al señor y mer pareció capaz de hacerlo, más tal vez lo segundo que lo primero.

Se pudiera escribir un libro entero sobre el lenguaje de las manos o la diferencia que va entre la mano abierta y el puño cerrado, entre un saludo y un guantazo, entre las manos racionales de un hombre civilizado y las manos de muchos animales que son zarpa o garra con relativa frecuencia.
Mano abierta, mano tendida, mano alzada, mano fuerte, mano al pecho, manos blancas, manos limpias, mano de santo, etc. son expresiones que cristalizan actitudes benevolentes o de positivo y cabal humanismo. En cambio, la mano cerrada o el puño, la mano sucia, la mano de Judas, la mano armada y otras de parecido corte o signo denotan vicios y ademanes tan negativos que de lo humano desdicen..
Y el puño más en concreto? Simbólicamente, el puño cerrado es sinónimo de agresividad, de odios y ojerizas, de lucha clases o ceños fruncidos, y, por supuesto, de cerrazón para el amor. Porque, si la mano abierta y tendida es mano bien dispuesta al abrazo, a la solidaridad y al don de uno mismo, el puño en cambio, en ristre, en alto, apuntando al cielo o señalando al otro es indicador de culturas de odio y discriminación.

A más de llevarme a pensar, me encantó la frase del tertuliano: “Cuando cierro la mano, la convierto en puño”. Y el puño, en el hombre, salvo en ocasiones como de donar sangre o cogerse al manillar con fuerza en caso de peligro, me pareció pintiparado símbolo de quehaceres de desamor, si no de odios.

** Ayer mismo, la frase que me salpicó el ánimo hasta era una del relato de “cuentas rendidas”, del Sr. Presidente del gobierno, tras dos meses –dos solamente- de tocar la deseada poltrona. Era esta: por fin, “los ciudadanos se reconocen en este gobierno”. Me pareció chocante y digna de otra paráfrasis de fin de semana.
Mi paráfrasis va a ser breve también porque las cosas claras –como decimos los juristas cuando se trata de darle su sentido a la ley- no necesitan interpretación.

Lleva dos meses de rodaje. Sus 60 días más o menos han sido de gestos, palabrería, varios tumbos ya, alguna que otra rectificación, unas estadísticas apañaditas y cantos mañana, tarde y noche. Y –al irse de vacaciones tras los dos meses tn sólo de “curre”- osa decir -a boca llena y con absoluta imperturbabilidad-que –por fin- “los ciudadanos se sienten reconocidos en este gobierno?”

¡Qué ciudadanos!, habría uno de preguntarse. Las ministras y ministros? El señor de las encuestas? El Sr. Torra Pla?. Los que esperan alguna “mamandurria”? Los que aludiera don Francisco de Quevedo y Villegas cuando, en ese portentoso y aleccionador cap. XXXV de su obra La hora de todos y la fortuna con seso, pone en boca del sultán de Estambul que “la necedad del pueblo” es la “seguridad de los tiranos”?

“Festina lente”, Sr. Presidente. “Apresúrese lentamente”. Vaya despacio. Espere un poco y tome aliento. Libérese de las hipotecas primero y, sin hacer tanto gesto y propaganda, ate corto a ministras y ministros locuaces que han de cambiar el día después lo que dijeron de improviso. Piense que los ciudadanos en una democracia de verdad no son marionetas, sino gente libre; y que la libertad –si es de verdad- no suele bailar al son que le marcan otros, sobre todo si a esa libertad no se le han dado más que palabras, gestos o algunos meros indicios. Que las “esclavitudes voluntarias” –tan de nuestro tiempo y cultura, por mano de Tves ideologizadas y de técnicas deshumanizadoras- ya eran un lastre humano degradante en los tiempos de Étienne de la Böetie, el discípulo y amigo de Montaigne.
Espere, Sr. Presidente, a realizar algo más que tomar asiento en La Moncloa; y dentro de ocho o doce meses –porque, aunque sea legal, su arribada al sillón de mando no tiene aún la legitimidad democrática que sólo dan las urnas- haga recuento y no lo dé por hecho, sino pregunte si los ciudadanos de este país “se reconocen” en su gobierno. Y pregunte usted a todos, y no sólo a los de su clan. Eso sería de buen talante democratico.
Y cuando brinde usted por algo que merezca la pena y no por humo, promesas, buenas palabras y ministras y ministros decorosos si -alguno al menos- no perdieran la razón al hablar como ha pasado ya en solos dos meses, le aplaudiremos con las dos manos y hasta le votaremos si antes, como muchos tememos, no nos juegan alguna trastada sus hipotecas y sus deudas con los que nos insultan o lo han hecho gravemente no hace tanto.
Denos usted la oportunidad de ser libres y no quiera vendernos la piel del oso ante de haberlo cazado. Para reconocerse en algo, hace falta bastante más de lo que se nos ha dado hasta el presente. Y yo al menos no me reconozco todavía en su gobierno. Me encantaría poder rubricar su “grandeur” autorreferencial; pero mi razón, por el momento, me lo prohibe. “Festina lente”, Sr. Presidente. Lo recomendaba nada menos que el emperador Augusto, en el apogeo de la grandeza romana; que fue sin duda una verdadera y contrastada grandeza.

*** Mi último punto de paráfrasis es de hoy mismo y lo tomo de un psicoanalista, gran pensador, buen humanista, perspicaz arúspice o zahorí de aguas claras y de caminos humanos en tiempos de crisis, que fuera nada menos de Eric Fromm.

El día de mi Santo, el Dr. Soto –dermatólogo de primera en Donosti y persona también de las que no venden su libertad a precio de saldo, me regaló uno de los libros de Steven Pinker, el que se titula En defensa de la Ilustración, con subtítulo de “Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso”. Al anunciármelo, me picó la curiosidad diciéndome que me gustaría porque la visión que ofrece de la Ilustración de los ss. XVII y XVIII es polémica y extrema sus bondades hasta chocar con evidencias de hoy mismo.
He cemenzado a leerlo y, sin duda, me interesa por las razón del querido doctor; apasiona como apasionan los grandes temas y lo haría más si no aparentara tanta pasión por un fenómeno cultural tan benéfico como, en ocasiones, sectario y unidimensional. Sobre todo, para los que no dudan en afirmar que, desde hace tiempo, la Ilustración se ha quedado “con el culo al aire”, como suele decire vulgarmente, después de las dos guerras mundiales del s. XX, de los genocidios y los Gulag, de los totalitarismos que no cesan, y no digamos nada, ahora mismo, del “yihadismo”, de los alardes del gordito de Corea, de las riadas emigrantes en busca de pan o circo, como ayer y anteayer, o del botón nuclear en las manos de cualquier insolvente. ¿La Ilustración? El panorama que se puede observar con sólo leer cualquier día las crónicas de sucesos ¿da para tirar cohetes en su honor, sin ponerle reparos?

Pero ceremos un rato el libro de S. Pinker y retornemos a Eric Fromm.
Dejando de lado sus grandes libros, que tengo y leo con frecuencia; dando por este momento de mano obras mayores del mismo como “El miedo a la libertad”, la “Patología de la normalidad”, el “Ser y tener”, entre otras, -verdaderos cantos al hombre, a su verdad auténtica y no ficticia, así como a las crisis que lo trajinan sin cesar, ayer leía un ensayito de Pedro Feraud, publicado en la revista Tiempo de Historia –de septiembre de 1.980-, titulado Aproximación al pensamiento de Eric Fromm.
Las 20 páginas del interesante ensayo contienen un buen resumen del ideario de un hombre actual (Eric Fromm murió precisamente en marzo de ese mismo año 1980) sobre las crisis del hombre, la particular crisis del hombre contemporáneo y las vías de posibilidad para que la vida del hombre moderno tenga sentido y sobre todo el hombre tenga porvenir.
De su ensayo La aplicación del psicoanálisis humanista a la teoría de Marx, tomo unas frases evocadoras de nuestra cultura actual, la pos-moderna.
Las refiere Fromm al hombre solipsista de la ciencia y de la técnica, al hombre que llama “homo consumens”, al hombre que sólo aspira a tener y a consumir sin preocuparse de ser. Dice de él: “Cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto más consume, más se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja. Confunde excitación y emoción con alegría y felicidad y comodidad material con vitalidad. El apetito satisfecho se convierte para él en el sentido de la vida; la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión. La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana” (pag. 76 de la citada revista)
Tan sólo una paráfrasis brevísima de este tercer componente de mis reflexiones de hoy.
Cuando, por las calles, en el autobús o el metro, en las bibliotecas también y en las mismas aulas –lo he comprobado-, los veo, a ellos y ellas –jóvenes, mayores y hasta niños.- con el móvil colgado a la oreja, absortos, extasiados, embobados, riendo y hablando solos como quien dice, y sin duda adictos-, a parte de sentir pena, no puedo por menos de seguir creyendo en Eric Fromm y sus recetas para las crisis del hombre, y menos –mucho menos- en los entusiasmos etéreos que, hasta el momento cuando menos, observo en la obra –que estoy leyendo- de Steven Pinker. Es posible que, al terminar de leerla, cambie de opinión, aunque no lo veo claro, porque “los principios” son “los principios” y no suelen dejarse torcer.

Amigos. Este fin de semana de “las calores” de agosto y el ansiado verano tras días y meses de tanta patología del tiempo –enigmática ella también como la de la “normalidad” de Fromm, que antes citaba-, he querido matar –con mis paráfrasis- más de un pájaro de un tiro. Es posible que, al apuntar a estos tres de hoy, no haya acertado bien a ninguno. Sentiría defraudaros. Si así fuera, mis disculpas sean con vosotros.
Cuidaos de “la calor”. Hay sombras que se agradecen. Hay bebidas que refrescan. Hay principios que no calientan la cabeza y, además, ilustran la razón y liberan el corazón.
Hay otro modo de vivir. Pensad en ello, hoy que es víspera de domingo, el día de Dios o del Señor, quizás mejor. No es retrógrado, aunque muchos lo digan o se lo crean. Porque la “ley de las mayorías” –aunque sea ley de las democracias- no es un infalible salvoconducto de verdad.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Fantasías y verdad 28-VII-2018

02.08.18 | 22:12. Archivado en Acerca del autor

Oh! la fantasía… Esa máquina de fabricar fantasmas y edulcorar potajes y realidades hasta hacerles parecer golosinas.
La fantasía… Esa otra “loca de la casa”, que a las imaginaciones vendida -hasta las más utópicas, hiperbólicas o pintureras-, osa darles cuerpo y carne.
La fantasía… Muñidora de sueños y abanderada del “soñar”, incluso estando despiertos….
La fantasía… Cáscara vacía, prepotente mascarón de proa, madrina de quimeras y ficciones, casi siempre vistiendo ropajes y maneras de “nuevo rico”.
Quien le llamara “loca de la casa” dijo bien. Ella, del brazo de la imaginación, pone la racionalidad, a diario, al borde de los precipicios.
Necesaria en ocasiones para que el hombre aterrice alguna vez y se baje de ásperas o heladoras racionalidades, para dar salidas a los flujos del subconsciente e inconsciente, llevada sin embargo a la vida diaria, haciéndola gobernanta de los cotidianos trotes y hervores, puede ser pesadilla en algunos casos y, en los más, una discutible compañera de vida o tutora de pasos perdidos.
La fantasía es buena para poetas y artistas, porque es chispa que les pone alas para volar casi sin tocar tierra. Pero, para hacer sumas y restas, para recitar la lista de los reyes godos o para gobernar ínsulas cervantinas, la fantasía -llevando ella el timón- suele augurar naufragios y malas u opacas travesías.

El “sueño” y los “sueños”, aunque –gráfica y fonéticamente- sólo disten el uno de los otros por la “ese” del plural, son y señalan, sin embargo, cosas muy diversas, a pesar de que los espacios del “sueño” sean el campo en que de ordinario toma cuerpo esa otra “vida humana” que fluye al margen de la vida real, pero que tantas veces la remeda y, en ocasiones, la sustituye o embarga.
Del “sueño” -acción o acto de dormir- a los “sueños” -figuraciones etéreas de subconscientes o inconscientes flujos vitales incapaces de un mínimo control racional- va el trecho –largo generalmente- que suele darse entre la fantasías y la verdad, entre lo real y lo ficticio o, dicho más pragmáticamente, entre la paja y el grano. El “sueño” nutre y repara. Los “sueños” fantasean y astraen de lo real.
“Soñar –se dice- no cuesta dinero”. Como para dar a entender que quien sueña sin caer en la cuenta de que son sueño y no verdades de realidad sólida sus quehaceres, poco fuste y peso específico ha de tener.
De los “sueños” y, sobre todo, de la “interpretación de los sueños” se ha dicho, imaginado y lucubrado tanto que no es cosa, para el punto de vista de mis reflexiones de hoy, ni de consultar a Freud, ni de hacer excursiones al drama profundo de Calderón, ni tampoco de evocar los sueños famosos que en el mundo han sido y que han dado lugar a historias –muy curiosas por cierto- de hombres y mujeres que han soñado vivir una verdadera vida limitándose tan sólo a sacar jugo a sus “sueños”.
Quedémonos, de todos modos, para no dictaminar más de la cuenta, con el enigmático sentir que Calderón enarbola cuando afirma en su drama que “toda la vida se sueño”, pero que “los sueños, sueños son”.

Mis reflexiones de hoy se vuelven inquisitivas al freudiano panorama de los sueños ante la noticia que esta misma mañana oigo, y que, a mi ver, muestra que –cuando es guiada por sueños y fantasías, por “improntas” y primeros impulsos, por sensaciones y voluntarismos- muchos atisbos de cordura y razón emigran de la conducta humana.
Y si ese ”onirismo” tan etéreo llenara la cabeza y los pies de un gobernante o político –gentes, que han de ser, pragmáticas por definición-, y las audacias fueran más allá de lo que marcan la verdad y la realidad –suelen andar juntas realidad y verdad-, la imagen bíblica de la estatua con los pies de barro sería la vitola más aparente de su previsible inanidad.

Esa noticia de hoy es que, ayer mismo, el Congreso de los Diputados de España echó atrás, por gran mayoría, el techo de gastos presentado por el Gobierno de don Pedro Sánchez para el año 2019. Le tumbaron ese “techo” prácticamente los mismos que lo habían jaleado para que ganara la “moción de censura”.
Y, en cuatro días, como quien dice, se murieron los “sueños” de la relumbrante “moción de censura”, para llegarse, con sorpresa del soñador -los soñadores cabalgan lejos sólo en alas de la fantasía y esas alas, como las de Ícaro, son de cera y las derrite el sol de la verdad nada más salir-, a una situación inimaginable para quien veía “la Moncloa” como paraíso de bienestares absolutos. Y se crecen a sus mismas barbas los “enanos” –el mayor de todos, Puigdemont, también incansable muñidor de fantasías y vendedor, como fenicio de ascendencia, del humo a precios de oro.

Se podría –y vendría bien- comentar el evento de la sorpresa del “soñador” con el expresivo y socorrido recital de que “quien con niños se acuesta empapado se levanta….”
Prefiero, sin embargo, irme –como suelo hacer, cuando me hacen falta referentes de pensamiento sano o armonías de forma y fondo, a los Proverbios y Cantares de mi predilecto y sabio poeta, don Antonio Machado, cuando –por doble o triple partida- bosqueja una poética filosofía de los sueños y dice que, “si vivir es bueno, es mejor soñar; y mejor que todo, madre, despertar”; o eso otro, aún más realista y vertebrado, de que “tras el vivir y el soñar, está lo que más importa, despertar”.

Qué duda cabe que los sueños pueden alimentar el alma y, si son bonitos, poner en los labios de cualquiera un caramelo dulce; pero, igual que de caramelos no se vive, de los sueños y fantasías, tampoco.
Es mi punto de vista.

Y puesto que lo bueno es “despertar”, ojalá que, al despertar de este sueño –los sueños, salvo para quien sueña despierto, se acaban al amanecer-, el precio que hayamos de pagar todos no sea tan elevado -en chantajes, privilegios, gabelas, concesiones, facturas, y quizás algo más que eso- que, en una democracia no morbosa en que decimos estar –es un decir-, suene a chiste o a sarcasmo. O sea, que siempre ganen los unos y siempre pierdan los otros, y dé la casualidad que los que ganan siempre son los mismos y los que pierden siempre lo son también.
Ojalá me equivoque al presentir un despertar amargo, aunque los indicios son como suele decirse “mortales”; o, en lenguaje procesal, “vehementes”, capaces de sugerir presunciones y amparar pruebas.

Y la pregunta que salto al aire tras este recital de fantasías y sueños es la misma que George Steiner hace saltar al final de las conferencias que componen su Nostalgia de Absoluto: “¿Tiene futuro la verdad?”. Y; al fondo, el eco de la tal pregunta: “Tiene futuro el hombre?”.
Pensemos, porque si “soñar no cuesta dinero”, pensar, tampoco es caro, si se mira bien.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Bizarro de piel morena - 18.VII-2018

19.07.18 | 14:09. Archivado en Acerca del autor

ATISBOS DE VERANO -18 de julio de 2018
Mi punto de vista

Bizarro de piel morena

Un gigante. Un paradigma del humano vivir. Una persona de las que hacen la historia y de las que entran pocas en docena. Héroe de la libertad. Santo laico, de altar profano. Un gran hombre, en suma, con sombras como todos y con luces como pocos, pero en quien las sombras se redimen por la magnitud de sus virtudes humanas y cívicas. Gran señor también, si por “señor” se entiende “señorío”, es decir, categoría de persona que no denota “dominio” sobre los demás sino control de sí mismo, gravedad y mesura en el porte, dignidad en el obrar con sumisión de las pasiones e instintos a la razón.
Eso –cuando menos- fue Mandela.
El Nelson Mandela -del “appartheid”, descolonizador de racismos y de intolerancias y desigualdades, coloso tanto de la objeción de conciencia como de la desobediencia civil, Nóbel de la Paz del año , hoy –este 18 de julio- hubiera cumplido cien años.
A cuatro años de su muerte; con 27 años de cárcel entretenido en jugar a las damas y en pensar y madurar las ideas hasta ponerlas a punto de buen paladar, artista en dar cuerda, soltar hilo y ralentizar los pasos hasta exasperar al contrario, Mandela fue –para Sudáfrica, su tierra, y para el mundo, su gran universo- uno de esos iconos que, a fuerza de ser luchadores empedernidos de verdades auténticas, y por eso mismo inmutables, alcanzan el rango de mito; pero mitos de calles y plazas aunque hombres en el hogar, con la familia, con los amigos y con todo lo que no sea airear su ideal noble….

Hoy, a los cien años de su nacimiento; a los cuatro de su muerte; recordando los 27 de cárcel y toda una vida entregada a la lucha por la igualdad de los seres humanos, por la tolerancia y por la libertad, por la concordia y la reconciliación, parece cosa de realzar su nombre y honrar su memoria; no como se recuerda o realza al mito que pudo ser o haber sido, sino como al hombre que siempre fue y quiso ser por su grandeza de alma y un coraje hasta hacer de su vida un ejemplo de cordura, de fortaleza y tesón, de valor; sin resignarse jamás ni arredrarse nunca ante el coste, alto a veces, de las causas nobles del hombre.

Todo un ejemplo a seguir fue Mandela, en unos tiempos y en unas plazas en que llevar “las de perder” era lo normal, pero que él quiso invertir hasta hacerlos irreconocibles tras su paso por ellos.
Recalquemos esta idea. Un ejemplo a seguir para gentes de tiempos de esclavitudes –voluntarias o forzosas -, en los que la condición del portaestandarte hace pensar en graves riesgos, pero convence de que las empresas de la justicia, de la verdad, de la libertad y del amor, no son imposibles cuando los hombres y mujeres de verdad ponen el alma y el corazón en ellas.

Un ejemplo a seguir sin duda, pero ¿por qué?
Por su entrega plena a la obra; porque supo dar pruebas de que, cuando el mito sale a la calle, el hombre le sigue y acompaña como la buena sombra…
Por haber sido vivo-viviente portavoz de esos grandes valores y principios de los que muchos hablan o hacen loas, pero son muy pocos se atreven a defender arriesgando, como la tolerancia, el perdón, la reconciliación…
Por haber puesto su propia conciencia de hombre por encima de todo lo demás.
Por haber luchado hasta extenuarse por las cosas en que creía, por esa libertad de su conciencia, por haber otado incluso por la desobediencia civil cuando transigirt con seguir colonizado de alma y cuerpo sería indignidad o farsa.
Por no haberse quedado nunca indiferente ante los demás y sus problemas y no haberle parecido nunca un valor real esa indiferencia.
Por no haber tensado la cuerda hasta romperla, sino haber sabido soltar hilo y recoger templado y paso a paso hasta rendir al enemigo o contrario
Por todo esto o más, Mandela sigue siendo un ejemplo muy vivo, a los cien años de su nacimiento y cuatro ya de su muerte.

Nelson Mandela, con Gandhi y Luther King, son realmente tres grandes estrellas y santos laicos modernos de la igualdad, de la libertad y, por ende, de la mejor democracia, política, completa y verdaderamente comprensiva de lo que es “el pueblo” y no tanto algunas élites dadas a usurpar su nombre y lugar, en todo tiempo pasado y presente.

Ante ellos, y hoy ante Mandela especialmente, la pregunta que compromete.
¿Se puede ser un Mandela –o alguno de los otros dos paladines- a la escala reducida de la vida de cada uno, a pesar de la pequeñez o mediana talla de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a pesar de su ciencia, su técnica y las ínfulas de “gran señor”, que no “gran hombre” con que se reboza en aras de parecer más?
Creo que sí, que se puede.
Entre los muchos ejemplos de Mandela, escoger uno o dos y seguirlos: puede ser una clave. Luchar por el buen tiempo en horas borrascosas es señal de buen sentido y como entrar por caminos de grandezas como lass suyas. ¡Ánimo, pues, que nunca está perdido todo y él lo mostró no resignándose, ni tirando la toalla jamás!

El lema final de mis reflexiones de hoy sobre Mandela, a sus cien años de nacer y a cuatro de su muerte, una frase tópica, pero que ser hacer de mensaje o consigna: “Vince in bono malum”. Que es como decir, nunca te resignes ni te aquietes ante el mal o lo mal hecho. Haz lo que puedas en la propia perqueñez. Ha de vencerse al mal luchando -con tesón, coraje y convicciones profundas por el bien.
Es tarea de los grandes hombres y no tanto de los “grandes señorones” de la tierra.

Gallardía, valor, entereza, generosidad, esplendor del alma o magnanimidad son dotes de la bizarría; y no se ajan ni desmerecen lo más mínimo por tener la piel o la tez morena. Y otra vez, ¡Ánimo, pues!.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

UN “FLASH” VIVO ADJUNTO

Es cuando menos curioso y casi no me lo puedo creer; pero la noticia salta este día y causa sorpresa: el expresidente socialista Sr. Zapatero entra en liza en la aqria refriega del PP por la presidencia del partido y dice inclinarse por la candidatura de la Sra. Sáez de Santamaría, frente al Sr. P. Casado, el oponente.

Ante lo curioso, cuando menos, del caso y del pronunciamiento, y aunque pudiera haber escondidas intenciones o miras en la recámara del oficioso mediador, a bote pronto no se me ocurre atisbo mejor que recomendar a la candidata de esas preferencias leerse y pensar la moraleja de la graciosa fábula de Tomás de Iriarte que se titula El oso, la mona y el cerdo, y el sano consejo que su moraleja ofrece a los que apetecen o ansían empeños o empresas: “Guarde para su recado esta sentencia el autor; si el sabio no aprueba, malo; si el necio aplaude, peor”. O eso otro tan viejo por derivado de la epopeya de Homero: “Cuidate de los griegos que hacen regalos.

¿Se habrá tal vez cansado el ex-presidente de aconsejar a Maduro y opta por volverse a sus antípodas. “Cosas veredes” que os harán reír o sospechar al menos, que no es del Quijote porque data de antes, del poema de Mío Cid nada menos.
S.P.O.


El "plebeyismo" cabalga otra vez -11-VII-2018

12.07.18 | 13:29. Archivado en Acerca del autor

Este amanecer de julio se muestra bronco de tormentas y pródigo en oscuros y amenazantes nubarrones. Desde muy temprano, el relámpago y el trueno juegan a derrotar, el uno a la luz del amanecer y el otro, al silbo de los mirlos y al mañanero jolgorio de otras avecillas. La fuerza bruta de la tormenta impone su ley al rubio fulgor del primer sol de la mañana. Un verano atípico como pocos pone preguntas extrañas en la boca de los agoreros de días, años y tiempos fastos y nefastos.
Claro que siempre hubo tormentas, y más en veraño, cuando el punto del calor subido y una gota fría despistada se encuentran, se pelean y desencadenan estas algaradas que son las tormentas del verano. Pero este año… Ni un día entero sin nubes llevamos este verano. Nada extraño tiene, pues, que la gente inquiera, dubitativa, “qué está pasando”, porque “lo que pasa” no es lo normal.
¿Será que una cierta “patología de la normalidad” –que ya el psicoanalista rebelde Eric Fromm pronosticara hace tiempo en uno de sus libros –nuestros laudables hábitos del vivir moderno y posmoderno pueden ser patógenos- se ha instalado también en la bóveda del cielo?
¿O será que lo del “cambio climático” es algo más que un “slogan” publicitario de los ecologistas?
Como quiera que fuere, algo debemos estar haciendo mal cuando la naturaleza se rebela, y los ríos no tienen peces y los pardales –desvergonzados y asiduos compañeros del diario vivir campesino- se notan más por su ausencia que por la abundancia de otros tiempos.

Pues bien, al aire y son de este amanecer negruzco, plomizo y tristón, con los montes circundantes tocados de nieblas algodonosas y firmes, mis reflexiones se visten hoy de claroscuro, lo que quiere decir con el gris campeando más que el rosa o el verde claro y el azul. Claroscuro es el acento más agudo del día. “El algodón” de la realidad “no falla…”

Cristiano Ronaldo deja el Madrid y se va a la Juve y ya se anuncian allí se anuncian las camisetas con su nombre y numero a 125 euros la unidad. Negocio al por mayor…

El gobierno autonómico de Aragón anuncia una ley de “derechos históricos” para competir -también él, y quizás con más razón que otros- con los voraces, audaces, creídos e insolentes separatismos vasco y catalán, asiduos de la “pela” y del privilegio más que de otra cosa.
¿Es que Cataluña, o Euskadi, o Navarra incluso, fueron más o tienen más “derechos históricos” que el viejo reino de León o la irredenta Castilla, o sus “fueros” llevan más fuste y méritos que los que tuvieron muchas ciudades, regiones y pueblos de la España que tanto desprecian estos “señoritos”?.
“Fueros sí, pero para todos”; “conciertos económicos sí”, pero igualmente para todos o para nadie, como piden la justicia, la razón y exige la verdadera democracia. “Se invocan pactos”, decía ya en 1.976 unn catedrático de Historia del Derecho Español, para justificar políticas, pero “me da igual: no hay “pacto” que pueda servir de fundamento justo a una situación injusta” (Cfr. G. Martínez Díez, Fueros sí, pero para todos, Madrid, 1976, p. 6).

Pero la perla más fina del día la brindaba la Sra. Vice-presidenta del gobierno de la nación, al anunciar la reforma del código penal y tipificar como delito de “agresión sexual” toda relación de intimidad con una mujer que no haya obtenido el “sí explícito” de la misma. Y no es tanto porque la idea sea una muestra inclemente o desmesurada de ese feminismo furibundo, extremoso e irreal que tanto se prodiga en favor de los derechos incuestionables de la mujer, sino por el hecho abstruso de pretender imponer a “golpes legislativos” algo que no se puede juridificar, los sentimientos y el corazón. Que el lenguaje del cuerpo, y del corazón sobre todo, puede ser tan inteligible y expresivo o más que las palabras, incluso las rubricadas ante notario.
Es posible que las buenas intenciones o una cierta bisoñez político-jurídica y hasta social del tan prometedor gobierno le hagan jugar malas partidas por servidumbre a ideologías que -no por estar de moda- dan derecho a todo. Y uno se pregunta si, con leyes así, no será peor el remedio que la enfermedad.
“A golpes legislativos” nunca se resuelven con solvencia y eficacia ciertas cosas humanas, sobre todo las que más directamente conciernen a la persona en sí; que, además, caen fuera del campo de la ley, salvo en casos de los Estados prepotentes y aniquiladores de la persona y de la sociedad como los llamados “totalizantes” o con el pretendido derecho a meterse en todo y a controlarlo todo, hasta el aire que se respira.
Dejen ustedes, por favor, que corra el aire por las relaciones más sensibles e íntimas de la condición interhumana de hombres y mujeres, y procuren sentar unas bases serias -por exentas de ideologías partidistas- que ayuden a educar mejor al niño y al joven para que no sea necesario “ir a la cama” con una mujer llevando en la boca una autorización ngtarial….
Que corra el viento de una libertad responsable, como recordara Alexis de Tocqueville, al definir la libertad completa, la libertad moderna, la libertad democrática, la libertad política, y abogar por el respeto sumo al hombre y la mujer “en todo aquello que le concierne sólo a sí mismo”, en aras de “poder organizar a su parecer su propio destino” (cfr. A. de Tocqueville, El Estado social y politico de Francia -1836, en Obras Completas, t. II, 1, pag. 62).
Sembrar estos terrenos de la intimidad del ser humano con leyes y reglamentos, por justas que puedan parecer, es totalitarismo del Estado, aunque se le llene la boca con el adjetivo “democrático”.

Menos mal, de todas formas, que el día tiene también su lado claro, positivo y risueño: la liberación, al fin, total y plena , de los niños tailandeses y su monitor, recluidos desde hace días hace días en una gruta o caverna, en un rescate digno de toda loa y que ha causado no sólo gozo y admiración, sino sobre todo un universal suspiro de alivio en el mundo entero.
Bien cumplido esta vez lo de que “la esperanza” ha de ser lo último que se pierde. Y en este caso triunfó la esperanza.
Es tarde ya. El amanecer plomizo y fosco va dando leve paso a un resol de tarde que invita a pensar en otro y otros días menos tormentosos y desangelados. Siempre queda la esperanza por oscuros que parezcan los sucesivos panoramas. Siempre hay cavernas de las que se puede salir con empeño, tesón, coraje y valor. Siempre, cuando no se pone la utilidad por delante de la verdad ni a la verdad se la confunde con la ganancia. Siempre, si las ideologías del gobernante no se anteponen al bien común y de todos sin excepciones, sin obsesiones ni reservas del subconsciente, sin fobias ni colores en las lentes de mirar. Es decir, con democracia y mirando no a la “plebe” sino al “pueblo”. Son cosas distintas la “plebe” y el “pueblo”.
Claro que los españoles somos así y tenemos, a la vez que grandes virtudes, algunos vicios o demonios nacionales, de siempre, que no hemos podido o querido sacudir a pesar del progreso y la modernidad.

Y por si fuera útil en días así, de experimentos alegres pero fútiles, recordemos de nuevo, para cerrar, las primeras frases –puesto que andamos en democracia- de ese magistral ensayo de Ortega y Gasset que se titula Democracia morbosa. Pueden venir a cuento para este día de tormentas y negritud.
“Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España solo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna.
En los últimos tiempos ha padecido Europa un grave descenso de la cortesía, y coetáneamente hemos llegado en España al imperio indiviso de la descortesía. Nuestra raza valetudinaria se siente halagada cuando alguien la invita a adoptar una postura plebeya, de la misma suerte que el cuerpo enfermo agradece que se le permita tenderse a su sabor. El plebeyismo triunfante en todo el mundo tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos” (cfr. Democracia morbosa, en Confesiones de El Espectador, 1.917, Biblioteca Nueva Madrid, 1.943 pp. 171-178).

Es posible que en todas partes –como da a entender Ortega- “se cuezan habas”, en el decir de un refrán castizo, pero en España da la impresión de que “se cuecen –con recurrente y sorprendente frecuencia- a calderadas”.
Es quizás por eso, como esta mañana gris aseguraba un tertuliano, que España sea un “país muy entretenido” sin duda, si por ello se entiende tomar a broma las cosas serias; si no siempre, sí con alguna frecuencia, como ahora está pasando y se observa esta misma mañana gris.

Pero, como soñar no cuesta dinero y es bonito, soñemos con días menos alocados o atormentados. Puede haberlos. Y aunque siempre sea posible soñar, mejor es –creo yo- soñar despiertos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


"Orgullo gay" y otros orgullos 6-VII-2018

06.07.18 | 18:56. Archivado en Acerca del autor

En la enmarañada floresta de unos días de líos y trajines -abundantes, espesos y con frecuencia preocupantes y polémicos- no es fácil elegir un tema de reflexión, cumplido y generoso. Después de sentirme acosado por varios, me decido al fin por el que veo con menos eco en los noticieros y comentarios de hoy: las Jornadas del llamado “Orgullo gay” me solicitan esta mañana más que, por ejemplo, el inminente diálogo –es un decir!- del Sr. presidente con los pertinaces aventureros catalanes, o la generosa dádiva echando en brazos de Podemos a la Tv pública, e incluso el “chupinazo” de los “Sanfermines” que, a mediodía de hoy, abre las fiestas más internacionales de España.
¿Por qué me decido al fin por la “movida” anual del “Orgullo gay” y no por cualquier otro tema de los que atiborran hoy, y sin salirnos de España, el noticiero? Sencillamente, me parece de más enjundia humana pensar un rato en el “orgullo” de los “gay”, que hacerme mala sangre con los indecentes trapicheos de unos y de otros, vendiendo lo que sea por tocar poder. El tema del “orgullo” me atrae más, ahora mismo, que los trapicheos o los navajazos…

Creo, ante todo, que lo del “orgullo” merece, para comenzar, un “algo” de atención primaria.
Mirando un momento mi Diccionario consueto de sinónimos, veo que hay diferencia entre “orgullo” y “soberbia”, igual que la hay entre otras palabras, también sinónimas de ambas, como prepotencia, arrogancia, altanería, vanidad, altivez, engreimiento o vanagloria.
Me parece que el “orgullo”, siendo exceso en la estimación de uno mismo, es bastante menos venenoso que la soberbia; desprecia menos al otro que la altanería o la arrogancia; y es menos apocado que la vanidad
El orgullo puede ser viveza o prontitud en hacer o mostrar algo; puede entenderse como ardor, coraje, impulso en defender y luchar por lo que se considera estimable y se encuentra digno de encomio en uno mismo, los valores en que uno cree o aquello por lo que merece la pena luchar y hasta vivir, como la libertad, la justicia o el amor. Incluso la voz “orgullo” puede representar cosas tan dignas como el gozo de unos padres por la buena conducta o notas de un hijo o la satisfacción de cualquiera por un logro arduo y arriesgado en el trabajo, el deporte o la cultura.
Es decir, a la vista del Diccionario, no repugno yo la palabra “orgullp” en tal sentido, aunque repugne algunos de sus sinónimos, como soberbia o altanería o arrogancia o prepotencia. El orgullo puede ser potable; puede, en ocasiones, modificarse y llegar a ser virtud –la del coraje, concretamente- si en el encomio no se pasa de raya para caer en la mentira o en la exageración o en la prepotencia o simplemente en la soberbia, cuyo radical latino “super” denota un empeño patógeno en ser, o sentirse quizás mejor, más que otros.

Hace años –cuando el Sr. Zapatero hizo legalizar como “matrimonio” las uniones afectivas de las personas del mismo sexo, homosexuales o no- escribí más de una vez que no es la legalidad otorgada a tales uniones lo más censurable, sino que se les dé nombre de “matrimonio”. Llámeseles de otro modo, pero no “matrimonio” porque esta palabra, en su raíz, connota algo que se queda fuera de las mismas, el oficio de “madre”. Y eso, esta reserva lógica, no quita nada ni a los derechos de las personas, de unirse como su libertad Y conciencia les dicten, ni a la ley, de regular los efectos jurídicos posibles que deriven de ellas.
No les repugnaría tal vez llamarse “bodas”, porque “boda” viene de “votum” o la promesa o promesas que se puedan hacer en esta ceremonia.
Creo que los juegos con las palabras –ahora y siempre- conducen indefectiblemente al juego sucio con la verdad; y, cuando se hacen estos juegos, no son otra cosa que condescendencia con las euforias del relativismo vigente y entradas de lleno en los terrenos de la pos-verdad.
Respeto, y he procurado respetar siempre, la libertad de los que obran según su conciencia, aunque sus ideas y caminos no coincidan con los míos.

Y por si alguno, ante mis anteriores expresiones, se sorprendiera o me juzgara mal, reproduzco ideas de uno de los varios ensayos por mí publicados cuando la referida ley de matrimonio de personas del mismo sexo vió la luz en este país.
Era el año 2009 y el título del ensayo, Los homosexuales también son hijos de Dios. Allí decía –entre otras cosas- estas:

“El homosexual es un ser humano con variaciones en el instinto sexual y en sus tendencias. Es un ser humano en cuerpo y alma, como todos los demás hombres de carne y hueso.
“Es hijo de Dios el homosexual. Siendo como es y tal como es, está llamado a la dignidad de los demás hombres y a la salvación, a la que son llemados los demás hombres. Dios quiere que el hombre se salve, todo hombre y toda mujer; con lo que son, con lo que tienen y en lucha con lo que son o tienen, eso que tira de nosotros hacia conscientes o inconscientes servidumbres, pero que tienen remedio…”
“En el ABC del día 1 de julio, viene un ensayito de Irene Lozano que paso a extractar. Dice así: “El orgullo gay nace cuando la vieja desviación se convierte en elección. La homosexualidad no es motivo de vergüenza, sino de una identidad que exige ser reconocida. La exhibición autosatisfecha de lo que antaño fue censurado o perseguido se ha apoderado de quienes vivieron en los márgenes de los siglos. Homosexuales, mujeres, discapacitados, negros musulmanes, gitanos, todos quieren que su especificidad sea visible; los remeros de la nave de los …ocos han desembarcado para hacerse notar. Eso es todo”.

Eso es todo”, termina mi ensayo. “Sus derechos han de reconocerse”. Aunque haya o queden quienes viven en el resabio de anteriores discriminaciones, sean gentes de Iglesia incluso, no ha de impedirse que estas gentes “peculiares” tengan los derecho que corresponden a su peculiaridad.
“No los discrimina la Iglesia. Los ama la Iglesia. En ello reside ahora mismo un centro de su pulso: un pulso que es reto de amor al hombre –el más débil de los mismos sobre todo- y que, si no es eso, se quedaría en nada”.

Es posible –no lo afirmo, pero tampoco me preocupa por ser psicológicamente explicable- la demasía en la autosatisfacción o en la autoreferencia.
Es posible que los que mueven los hilos del evento “arco iris” lleven miras que no son las de la verdadera y exigible exaltación de la dignidad humana que va con todo ser humano, aunque sea homosexual, negro, gitano o liliputiense. Tienen todo el derecho del mundo a estimarse en lo que son y pueden, pero sin pasarse de rosca o desvirtuarse, porque en tal caso el “orgullo” pasaría a ser soberbia, arrogancia, prepotencia o vanagloria. Es cosa de “minorías discriminadas” sin duda este afán de darse a ver, de hacerse notar, de afirmar que no son nada, de advertir que lo que son –sin culpa de serlo- merece respeto cuando menos.

Yo diría también que este “orgullo” tan jaranero y rimbombante de los “gay” estos días en Madrid, este “hacerse notar” socialmente, debería ser copiado por quienes, como los católicos –minoría también en la sociedad actual, pos-moderna y líquida- en poco más que nada.
El “orgullo” de ser cristiano, como el “orgullo” de ser hombre y no esclavo o resto de simio, o el “orgullo” de decidirse a pensar y obrar contra lo “políticamente correcto”, como se dice ahora, no sólo no ha de ser un vicio o defecto, sino un timbre de gloria o altivez justificada. Al fin y al cabo, nadar contra-corriente es más intrépido y valeroso que dejarse llevar –como un madero o una tabla- por la fuerza del agua.

Pronto me voy a ver en un evento así, de un familiar próximo. Iré a la ceremonia civil. Respetando su libertad y su decisión de persona adulta, es posible que incluso le aplauda discretamente por cortesía y afecto, y también por devoción a la libertad de las conciencias.

Las Jornadas del “Orgullo gay” bien pudieran ser un ejemplo para los muchos que –haciendo farsa- meten y guardan en “el armario”, para no ser vistos ni censurados, sus ideas y creencias. Eso se llama farsa y es farsa, por vueltas que se le de.

Y para cerrar mis reflexiones de esta mañana de julio, más limpia y luminosa que las de estos días pasados, me voy a una frase del evangelio y al comentario que le dedico en ese mentado ensayo referido a la homosexualidad; la frase con la que Jesús pone los puntos sobre las ies ante los hipócritas escribas y fariseos de su tiempo (y de ahora, porque aún quedan, a pesar de las “modernidades”): “Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos”.
Lo hago en mi libro Los católicos y las izquierdas (Ponferrada, 2010, pags. 190-194). La gloso, allí lo hago y ahora también, con estas otras frases: “Las prostitutas, los publicanos y pecadores, los del deshecho y del derribo, los del cayuco y la patera, los sin nombre y sin voz, los sin hogar ni futuro, los que son eso que son porque seguramente no han podido ser otra cosa o no ls hemos dejado ser otra cosa, los “gilís”, los “tontos del pueblo” y e,l inmenso etcétera de todos los “parias”, “macacos” y “destripaterrones” de la tierra…. Todos ellos, con la simple dignidad de hombres a secas y sin aditivos, que es tanta dignidad como la de cualquiera, entrarán antes que vosotros en el reino de Dios”. “Seguro!”.
Lo asevera el propio Dios cristiano. Es verdad de fe católica esta doctrina; es evangelio puro; es cristianismo en esencia.

¿Orgullo “gay”? Y por qué no otros “orgullos” también, sin prepotencias ni arrogancias, pero con la coherencia y el vigor de una fe viva que no se resigne a ser farsa o amuleto?.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Martes, 18 de septiembre

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