Entre dos luces

Notas con acento Abogados y picapleitos 13.II..2019

14.02.19 | 21:34. Archivado en Acerca del autor

“En nuestra profesión de abogados, la buena fe es innecesaria. Yo diría que es incluso nociva… Impide ver claro el interés del cliente” (Gaston Leroux. La Maison des Juges).
Tan sorprendente criterio, en quien fuera cronista judicial, además de periodista y escritor de apasionantes novelas policíacas, pudiera tolerarse si fuera un desliz o una debilidad aislada, la excepción que confirma una regla, Pero ¿es realmente una excepción? Sin afirmarlo ni negarlo, sin caer en demasías y tampoco en ingenuidades, porque las cosas son como son y no siempre como debieran ser, pensemos un poco en ello al aire de cosas que hoy mismo vemos pasar ante los ojos. Quizás, el sorprendente criterio deba mirarse como algo más que una gota de agua negra en un inmenso mar azul. Quizás…..

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Ayer mismo lo apuntaba al intuir, en el día a día de nuestro tiempo, señales de agotamiento de la capacidad de asombro. Son tan recurrentes las envites que, al paso que vamos, el asombro quedará neutralizado por el empuje descarado de la estupidez. Y cuando ni el asombro quede para indicar desacuerdo con algo, ¿cómo percibirán los hombres que se pisan líneas rojas o se camina sobre arenas movedizas, si todo es igual y nada suscita el asombro que precede a la rebeldía y al no?

Me refiero –esta vez- al sorprendente papel desarrollado ayer, ante el Tribunal Supremo de España, en la primera sesión del juicio del “procés” catalán, por los abogados de los independentistas, encausados, no por sus ideas sino por violación de las leyes en vigor. Sus modos y maneras, al parecer y visto lo visto, han sido mitinescas, aprioristas, extravagantes, falsarias, sin tocar la tierra de los hechos que han de ser, en todo juicio, la raíz, causa y razón, el objeto primordial y la única razón de su ser de tal. Irse por las ramas como han hecho; tirar balones fuera; cobrar un “pastón” sin dar un palo al agua revuelya y dejando de lado la técnica jurídica para fiar la defensa pegada del todo a la visión subjetiva del cliente, va directamente contra la misma esencia de la función letrada. Para ese papel, como suele decirse, no se necesitaban “las alforjas” de presuntas técnicas.
El método –dicho en plata- equivale a trocar el noble papel -arte incluso, si se prefiere- del abogado por el de “picapleitos”; sometiendo su esencia -cooperar al encuentro con la verdad y la recta justicia amparando al cliente sin atentar contra la razón de la justicia- a gratuitas –por no decir amorales- interpretaciones holgadas en otros apaños, pero sin base jurídica.
Comentemos un poco.
Si por abogado se ha de entender al profesional que usa de su técnica jurídica en defensa de su cliente pero sin atentar contra la justicia como digo, “picapleitos” llamo a ese mismo profesional en cuanto sea persona dada en andar en pleitos, ducha en artes mentirosas u obstruccionistas, avezada o fértil en argucias, embustes, farsas, etc., , como los viejos diccionarios de la Lengua dejan ver al buscar y dar significado a la palabreja en cuestión (cfr. Novísimo Diccionario de la Lengua Castellana, Garnier Hnos. Paris 1896, v. “picapleitos”). En todo caso y a mi ver, por la idea de “mentira” que se le asocia, “picapleitos” es matiz que deshonra, rebaja y pone a “los pies de los caballos” la noble función de defensa que integra por esencia el nobilísimo menester judicial de ayudar al encuentro con la Justicia pero no a obstaculizarlo.
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Y como estas reflexiones me vienen al paso, a modo de “flash” vivo y noticia con acento, sólo volcaré al aire alguna ulterior puntada.

- En primer lugar, líbrese el abogado de mimetizarse de tal modo con el cliente que su persona –y por tanto la defensa que haga- sea un facsímil de la querenciosa personalidad del mismo, rebosando hacia su propia personalidad la subjetiva y por tanto corta visión del cliente. Sería falseamiento de la profesión y mala táctica jurisdiccional. Valdría para esto lo que aconseja Kalil Gibrán en El profeta a los que se casan. “Permitid que haya espacios que os separen aunque estéis muy unidos; dejad que corra el aire entre los dos.” Aunque se trate de realidades muy distintas en uno y otro caso, respetar la distancia de rigor parece cosa de buena ley y por supuesto de sentido común

- Lo acabo de oír en un comentario al tenor de la intervención de los letrados de la defensa en este caso: “Escucha lo que dice el abogado defensor del encausado y verás de inmediato la fuerza real de sus razones y argumentos”. Suele pasar, cuando el letrado se sale de su papel. Defender y suplir la ignorancia jurídica del cliente no está en darle la razón por principio ni en hacerse esclavo de sus “razones”. Y además entrañaría deslealtad hacia uno mismo y ausencia de pundonor o entereza, lo cual –aunque parezca mentira- se da con frecuencia aunque sea en verdad la peor de las deslealtades.

Y por fin un consejo, si a gentes asl se pueden dar consejos.
Que lean –aunque sea de pasada y por encima- ese gran libro genial de uno de los mayores y mejores epígonos del procesalismo contemporáneo, Piero Calamandrei. En italiano se titula este libro Elogio dei Giudici scritto da un Avvocato. En castellana traducen “Elogio de los jueces escrito por un abogado” y del mismo se han hecho ediciones múltiples (p. ej. Góngora Madrid 1936 o El Foro Buenos Aires 1997, por citar las más antiguas y conocidas).
Y, siendo una pieza maestra, que leyeran al menos el primer apartado del mismo que habla “De la fe en los jueces, primer requisito del abogado”; y –para que no se cansen leyendo más de lo debido- que lean hasta memorizarla sólo esa frase del segundo de los apuntes del capítulo; algo tan escueto pero tan atinado al momento como que “Para encontrar la justicia es necesario serle fiel”. Por algo, divagar o irse por las ramas desentona del oficio.

Es posible –me sigo diciendo- que estos insignes y magnificentes letrados –si estudiaran algo más y fardaran algo menos; si defendieran la justicia como debe ser en esta profesión y no se fueran por las ramas o anduvieran extravagando –en el sentido literal de lo “extra-vagante”-; si buscaran menos cómo hacer las trampas y más el auxilio a la justicia- serían sin duda decisivos instrumentos de la justicia y a la paz sociales. Que son –no se olvide- las piedras maestras de una sociedad civilizada y no bárbara, como -ya en pleno s. XVIII- proclamaba uno de nuestros clásicos procesalistas, Don J. Acedo y Rico con palabras que bien valen para cerrar hoy mis reflexiones. “Los hombres, que en su primitivo estado natural no reconocían superior que los defendiese de insultos, opresiones y violencias, estaban de consiguiente autorizados para hacerlo por sí propios; la experiencia les hizo entender los graves daños a que conducían estos medios; pues, o no podían defenderse por sí mismos o, excediendo los justos límites para conservarse, excitaban mayores turbaciones, a que eran consiguientes mayores desavenencias, injurias y muertes; y consultando otros medios que mejorasen la seguridad de sus personas, sin los riesgos anteriormente indicados, acordaron unirse en sociedades y confiar su defensa y la de todos sus derechos a una persona que, mirándolos con imparcialidad, les distribuyese sus derechos y los mantuviese en paz y en justicia” (Acedo y Rico, Instituciones prácticas de los juicios civiles, 1ª edic. Madrid 1792; 2ª edic. Madrid 1974, nro. 27, pp. 32-33). En su día, mi comentario a tan racional y verídica idea fue sólo este: “Son palabras que llevan a concluir que el paso de la barbarie a la civilización y al progreso social tiene uno de sus más claros y firmes puntos de apoyo en la organización social de la restauración de la justicia violada” (cfr. Temas procesales, Trivium Madrid, 1999, pag. 132).
Que conste que hoy haría el mismo comentario sin variar una tilde; si acaso, añadiendo , por un lado, que a la verdad y a la justicia en los procesos se deben los jueces ante todo, pero también los letrados; y, por otro, que –al hablar de violencia- no ha de ser de violencia sino de violencias, sin que se requiera –para que haya violencia grave- salir a la calle alborotando, a gritos, con metralleta en la mano y disparando. Reducir la “violencia” sólo a una metralleta disparando, a parte de ser ingenuo, no cuela en mentes lúcidas o ilustradas.

Será interesante seguir –al aire del juicio- los pasos de esta gavilla de letrados que, al menos en la primera sesión, han dejado ver más un plumero de “picapleitos” que de auténticos servidores de la verdad y de la justicia, exhibiendo al obrar una voluntad coherente de servir lealmente a sus clientes pero con pareja lealtad al otro y prevalente servicio.
Con las mañas que se han observado, Maquiavelo no anda lejos de sus hazañas. Maquiavelo, que fue sin duda una gran hombre del Renacimiento, al proclamar su consigna de que el fin justifica los medios, no sólo se hizo patrono de los “políticos de carrera” para quienes la verdad se confunde con la utilidad, sino de todos los que -en cualquier actividad humana- ponen la bolsa –es decir, los intereses- por encima de la vida o la razón. Así de claro y enjuto.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Todo lo gasta un mal modo 13-II-2919

13.02.19 | 16:21. Archivado en Acerca del autor

“Tanto se requiere en las cosas la circunstancia como la sustancia; antes bien, lo primero con que topamos no son las esencias de las cosas sino las apariencias… Es el modo una de las prendas del mérito… Fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia, pero sin un buen modo todo se desluce, así como con él todo se adelanta… Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón” (Baltasar Gracián, El discreto, XXII; Oráculo manual y arte de prudencia, 49)
“¿Tiene futuro la verdad?... La verdad, creo, tiene futuro. Que lo tenga también el hombre está mucho menos claro. Pero no puedo evitar un presentimiento en cuanto a cuál de los dos es más importante” (George Steiner, Nostalgia del Absoluto, Siruela Madrid 2001, pp. 111, 132)

Estos apuntes previos a mis reflexiones de hoy pueden muy bien servir, en la hora presente –creo yo-, para no dejarse embaucar por las malicias o estupideces que, con aire de suficiencias imaginadas, se ven salir -cada día y cada hora- de labios de “personajillos” –no llegan a más- empeñados en hacer creer a los idiotas complacientes que “dos y dos son tres”, o “que los gatos no hacen “miau” y dicen “yes”, como jocosamente receta una de las versiones típicas del llamado “reino del revés”.
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“O tempora! O mores!” -¡qué tiempos y qué costumbres!-, que dijera el gran tribuno Cicerón en su lucha contra las corrupciones de su tiempo, que -con una cierta sorna e ironía- se viene repitiendo como exclamación para criticar actitudes de ostensible abuso o de peregrinas salidas de “pata de banco”.
Tiempos desencantados y vulgares… Horas y días calientes… De acentos agudos… De intermitentes hervores y recalentones… De estupefacientes juegos de palabras… De pos-modernidad, de pos-verdad…. Tiempos acelerados como nunca lo han sido… De incertezas…. De relativismos liquidadores y deconstructores… De filosofías al servicio del capricho, la oscuridad y casi siempre la mala fe… De sequía de los valores y de vigencia pertinaz del sucedáneo… Tiempos de fuego y de heladas a la vez…. Tiempos sombríos en que la verdad y la luz, la justicia y la razón, el amor y el respeto se trapichean y se negocian por las esquinas como si de baratijas, o menos, se tratara….
Hace bastantes años -porque la cosa viene de lejos- a una conferencia dada en Palma de Mallorca le puse por título este interrogante: ¿Es moderna la modernidad?. La idea no era del todo mía. sino deducida de las páginas del librito de Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Valencia, 2003). Y la aceleración no ha concluido sino que aumenta y de qué manera.
Hoy me sigo haciendo la misma pregunta y pienso –con fundamento, supongo- que bastante gente se la hace también a la vista de la fluidez de los actuales tiempos líquidos y gaseosos; a pesar de tantos adelantos de la ciencia y la técnica, o tal vez por eso. ¿No es de Voltaire el augurio de que los adelantos de la ciencia y de la técnica servirían para matarnos mejor los unos a los otros, los seres humanos? ¿No es acaso cierta y visible la ostensible descompensación entre tan briosos adelantos y los atrasos y la precariedad en valores?..
Los tiempos realmente son de agotamiento de la capacidad de asombro.

* Estuve allí. He de confesar que dos veces tan sólo, en toda la vida, he asistido a una manifestación de carácter político. Hacia 1970, estando en Venecia –en un viaje a Italia para preparar mi tesis doctoral sobre la naturaleza de las personas jurídicas en la Edad Media-, me metí en una manifestación que ví pasar junto a la biblioteca en que consultaba libros de apoyo a mi tema. Reclamaban algo a voces, aunque no supe bien lo que era.
Eran tiempos autoritarios por acá; no había manifestaciones; me tentó la curiosidad de saber lo que eran por dentro y me sumé sin pensarlo más.
Saciada aquella primera curiosidad, no había vuelto a ninguna otra manifestación por una razón de principio: “no ser hombre de partido” en el sentido antigregario que da Ortega a esa expresión (cfr. No ser hombre de partido, artículo publicado en La Nación, de Buenos Aires, el 15.V.1930, Ver Ideas y creencias, col. Austral nro. 151, pp.181-194).
El domingo pasado sentí algo más que curiosidad y me dí una vuelta, desde Alonso Martínez a Colón –antes de irme un rato al Rastro como suelo hacer si acompaña el tiempo. Fue más que curiosidad como digo: quería ver aquello con mis propios ojos para evadirme de las “milongas” -“milonga”, además de llamarse a la Canción popular propia del Rio de la Plata que se acompaña con la guitarra, tiene también significado de “mentira”- que, ante cosas así, acostumbran a endilgar los habituales temporeros de las falacias o los aviesos colgadores de etiquetas –como “facha” o “carca”- a todo el que no piense como ellos o tenga la osadía de pasar por el campo de visión de sus ojos atravesados.
Y qué fue lo que vi? Mucha gente; muchísima gente; un mar de banderas de España, ni una sola de ningún partido político me dio en los ojos; muchos jóvenes, ellos y ellas; y un grito predominante: “Queremos elecciones ya”.
Después –como de costumbre- la resaca. Las guerras de cifras, al gusto naturalmente del consumidor; las interpretaciones sectarias y sesgadas; las etiquetas de “facha” y “carca” a diestro y siniestro, en boca de gentes que no estuvieron allí pero se lo suponen y prejuzgan, y dictaminan sin el menor rebozo.
En medio de la resaca, bullen las preguntas. ¿Es que, en democracia, pedir “elecciones ya”, en un caso como este, da derecho a que “omecillos” que no se quitan de los labios el “soy demócrata de toda la vida” y sin haber estado “allí”, reviertan hacia otros el insulto que a sí mismos tan bien les cuadra? Es que la “moción de censura” que da acceso al Poder ¿no es una vía excepcional que debe dar paso -lo antes posible- a la normalidad de unas elecciones, que son –en democracia- la única vía legítima de acceso al Poder? No es lo mismo para mí “legalidad” que “legitimidad” y no creo que haya que ser gran jurista para ver la diferencia.
Viene por eso muy a cuento lo de Gracián sobre la sustancia y el modo. “Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”.

Por cierto, me acabo de quedar helado de asombro ante otro “mal modo”. Con motivo de lla referida manifestación, el gran “Pepiño” –es decir, el inefable don José Blanco, de no muy feliz memoria por cierto en sus fachendas políticas- hacía este comentario en referencia, no a la misma en directo, sino a los asistentes a ella. “Demasiados fachas juntos para tan poca cosa” dice textualmente.
He de presumir que el tal “Pepiño” no estuvo allí esa mañana, porque –de haberlo estado, si -a pesar de ello- dice tan soberbia majadería- la “felonía” contra la verdad y la objetividad sería más clamorosa y estupefaciente aún (anótese, para evitar suspicacias, que “felón”, en el Diccionario, significa “desleal” y que “felonía” es simplemente “deslealtad”; en este caso a la verdad): habría que recordarle en tal caso la ceguera que ya Septimio Severo asignaba a los “que no ven donde hay” y recomendarle un oftalmólogo con urgencia.
Puesto a contestarle, por alusiones, lo único que se me ha ocurrido al oír la tamaña sandez ha sido canturrear la conocida trova gallega del “ai Pepiño, adios”. “Ai Pepiño, adiós, ai Pepiño, adiós; ai Pepiño, por Dios non te vaias; quédate con nos; non te vaias afogar á praia”. Sólo este canturreo se me ocurre para decir que no a este “magnate” de la política española que puede que ande otra vez acopiando méritos para colmar de nuevo sus sueños de gran “estadista”. Puede ser una explicación a esta “salida de madre” o de “pata de banco”, si se prefiere. Que si don Pepiño merece respeto y se lo brindo, a su “boutade”, no.

Anticlericalismo y socialismo. Seguramente, no bajan de veinte las veces que he leído el artículo, de este título, publicado por el sacerdote y socialista navarro Victor Manuel Arbeloa, en Estudios de Deusto –septiembre-diciembre 1972, págInas 403-444. Y ello en aras de hacerme idea y explicarme las razones por las que –a estas alturas de los tiempos, con lo fuerte que ha llovido y lo mucho que ha escampado sobre las “sombras del s. XX”, con la marcha inexorable de la Humanidad hacia posiciones de “entente” y concordia más que de confrontación y guerra, con el vuelco renovador y reformista dado por la Iglesia en su modo y maneras de “estar en el mundo” y particularmente en el arduo paisaje de sus relaciones con la comunidad política-, en algunos sectores del socialismo español, a nada que se urgue o arañe, se sigue notando ese tufillo anticlerical, de enemiga y hasta de revanchismo y sospecha, que –en forma de “tics” y a veces más que de mero “tic” nervioso- se levanta como especie de segunda naturaleza y como si meter los dedos en el ojo de la Iglesia fuera un deber moral del socialismo y parte de su estructura básica. ¿No se les ve, a la mayor parte, tan afanosa predilección?
Dos ideas del ensayo de Arbeloa he de resaltar especialmente; una de la primera página, y otra de la última.
Se inicia el autor remarcando la sorpresa que, ya al comienzo del s. XX. causaban las tácticas beligerantes de algún socialismo, como el francés de entonces, en otros socialismos europeos, de vuelta ya casi todos de unas beligerancias que, si en un momento pudieron tener alguna base, ya no la tenían. Leamos:
“En el nro. 107 (1 de noviembre de 1902) de ‘Le mouvement socialiste’ escribía André Morizet que la idea de interrogar a los principales representantes del Partido socialista internacional sobre las relaciones entre el anticlericalismo y el socialismo habían tenido su origen en las condiciones actuakles políticas de Francia y en la actitud tomada por una porción de socialistas en la lucha li rada por el gobierno francés contra la Iglesia. En numerosas ocasiones, a través de un viaje por Alemania, Morizet veía sorprendido, la sorpresa que entre los socialistas alemanes provocaban las noticias llegadas de Francia sobre las manifestaciones anticlwericales en la plaza de la Concordia o en torno a la estatua de Etienne Dolet, en las que ,uchos socialistas se distinguían poor su entusiasmo. Y siempre escuchaba la misma pregunta: “¿Pero quñé tiene n que ver los socialistas franceses con ese anticlericalismo vulgar?”. De ahí nació la idea de hacer conocer a los socialistas franceses los puntos de vista de sus camaradas alemanes, y no alemanes- Si los lugares y las condiciones históricas son demasiado diferentes para creer que las razones de unos pueden servir de leyes absolutas para los otros, la redacción de la revista piensa que, por encima de estas contingencias, las reglas de acción son, en conjunto y en general, idénticas e invariables para todos los que reivindican la misma doctrina y persiguen el mismo ideal; dentro de este cuadro común, el ejemplo de unos puede corregir las exageraciones de otros”.

En los últimos párrafos del mismo, y a modo de conclusión, se puede observar esta otra idea, complementaria en algún modo de la anterior.
“Ya hace muchos años que Togliatti declaraba que la creencia en la estrecha dependencia de la conciencia religiosa de las condiciones sociales no había resistido a la prueba de la historia. En el llamado “testamento de Yalta” afirmaba que la vieja propaganda atea no servía para nada en las relaciones con los católicos, después de la llegada de Juan XXIII; el mismo problema de la conciencia religiosa, de su contenido, de sus raíces entre las masas y del modo de superarla debía ser planteado de nuevo”.

Me pregunto, a la vista de la evidente persistencia –especie de “segunda naturaleza” como digo- en una parte del actual socialismo español de los “tics” anticlericales al uso, que parece atávico, de unas “izquierdas” tan creídas como desnortadas en ocasiones, si no estaremos en presencia -más que de una tozudez pertinaz de ideologías oxidadas por estancamiento- de un elemental atraso que dice muy poco de ese “progreso” del que dicen, tan enfáticamente, ser abanderados en exclusiva. Me pregunto así mismo si estos paladines de la justicia que llaman social, prenda señera de un socialismo realista y no utópico, tienen cara para seguir mirando a la Iglesia, y sobre todo juzgándola, como si nada hubiera pasado por ella desde la Mirari vos de Gregorio XVI o el Syllabus de Pio IX, en medio del azaroso s. XIX.
¿Se habrán enterado de que esa Iglesia, siendo “la misma”, no es “lo mismo” antes y después del Vaticano II? ¿No se quieren enterar tal vez? Porque, si así fuera, de “progreso” y “vanguardia” nada de nada; y de esa “justicia social”, de que tanto se ufanan como si fueran sus inventores –que no lo son-, menos aún.
¿No estaremos de nuevo ante “los modos” que pueden gastar “hasta la justicia y la razón” cuando pretenden alzarse sobre la sustancia y la verdad?

Si “anticlericalismo” ha sido históricamente reacción frente a “clericalismo”; si un “clericalismo” abusivo ha tenido vigencias dentro de la Iglesia (lo que no se puede negar), y causado arrugas y malformaciones en su rostro que desdicen de las esencias de cristianas, verdad es que ahora, aunque puedan pervivir aún especimenes “supremacistas” en ella, no dejarán de ser excepciones que confirman la regla, y como tales, si se obra con justicia, se han de tratar. Y la regla hoy es una Iglesia de “clero” y de “pueblo”, de la mano, proyectándose hacia una liberación integral del hombre; abierta a una laicidad sin reservas porque es parte de su patrimonio radical; y con voluntad –no deseo tan sólo- y a la vez con derecho a “estar en el mundo” en el sitio que es el suyo, sin afanes de dominio y con respeto a los demás espacios autónomos de Poder.
No hace tanto y más de una vez ha mandado el papa Francisco al clero católico apearse resueltamente de todo “clericalismo”. Y cuando en el nuevo Derecho canónico –el acomodado a las doctrinas del Vaticano II- se le inserta un apartado con enunciado de los “derechos fundamentales del fiel” no se queda el prescripto en un adorno retórico y de propaganda barata; se proclaman principios generales y programáticos, de valor y jerarquía jurídica superior a cualquier otra norma de procedencia subordinada, aunque viniere del Papa o los Obispos.
Rememoremos vestigios históricos que, antes -y al margen incluso- del cristianismo, abonan creencias básicas y perennes de la condición humana. Las “leyes no escritas de los dioses”, por ejemplo, con que Antígona encara el despotismo del tirano de Tebas, Creonte, en la tragedia de Sófocles, se vuelven sintomáticas de esta verdad. Y los apóstoles se lo sabían de memoria cuando proclamaban la necesidad vital de “obedecer a Dios antes que a los hombres”.

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“Fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia, pero sin un buen modo todo se desluce, así como con él todo se adelanta… Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”. Este atinado realce de Baltasar Gracián vale para todo, desde la política o la religión hasta el deporte y los negocios. Y, por su parte, los “tics” de los clericalismos como de los anticlericalismos, a más de evocar -en personas adultas- sedimentos neuróticos de cariz obsesivo, desdicen de una sociedad sólida, solvente y seria.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Perfil dominical - La vocación y los católicos con careta 10-II-2019

11.02.19 | 20:58. Archivado en Acerca del autor

+ “El más alto interés de la vida está en saber a qué hemos sido llamados; el porqué de nuestra existencia. El engaño en este punto es fatal pues de él dependen nuestra dicha y los destinos del mundo. Son muchos los hombres que se equivocan, que se obstinan, aunque a todos les habla al oído la sabia Naturaleza. Pero esta voz es tan baja en ocasiones que no la percibimos. Mejor nos sería estarnos quietos, no introducir en la vida nuestras parcialidades y apetitos y esoerar que una ola benéfica nos empuje a puerto seguro. Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo… Concentrarnos, recogernos, hacer que todos nuestros pensamientos converjan al mismo sitio: este es el secreto de la verdadera vocación” (A. Palacio Valdés, Testamento literario. 1. La vocación. Obras Completas, Aguilar Madrid 1945, pp. 1282 y 1284).
+ Después de la gran redada en el lago de Galilea y la llamada de Jesús a seguirle, dice –este domingo- el evangelio de Lucas (cap. 55, 1-11), “ellos –los cuatro llamados ese día- “sacaron a tierra sus barcas y, dejándolo todo, le siguieron”.

No conviene equivocarse y pensar mal. Entre lo genérico, la vocación, y lo específico, las vocaciones (vocación a las armas o a las letras y las artes, vocación cristiana o vocación religiosa), se puede advertir la misma distancia que va del género a la especie, del mentar la fruta sin matiz alguno a mentar una manzana reineta o una mandarina.
Si Palacio Valdés –en el sugerente relato- alude a la “vocación” como la especie de instinto, inclinación, inspiración incluso y tendencia, que en el ser humano se instala por un misterioso impulso interior hacia algo para lo que vale y sirve cada cual y ha de ser su individual camino “para hacerse”, las lecturas de este domingo –sin eludir el mismo fondo y en parecidos relatos igualmente- ponen el acento en dos específicas “vocaciones”: la cristiana y –dentro de lo cristiano- la religiosa, en lo que ambas tienen de compromiso vital de un hombre o una mujer con esta precisa creencia y una precisa misión, con raíces –ambas- en una fe humilde pero viva o natural exigencia de una dedicación de vida y afanes –como ha de ser la propia de una vocación auténtica y no amañada o trucada- el servicio del ideario cristiano-católico.

Es -amigos- el perfil más visible que yo alcanzo a descubrir en esta liturgia dominical. El “Aquí estoy – Mándame!” del antiguo profeta enlaza, por esa lógica elemental de lo obvio, con la invitación de Jesús a los cuatro pescadores del lago y su inmediata respuesta a la llamada: dejarlo todo y seguirle.

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Este preludio que me permito dibujar como perfil dominical que mis reflexiones de hoy atisban en la médula de la liturgia del día sería suficiente –creo- para no pasar del mismo, dejarlo prendido en el aire, con este ruego: que mis amigos y lectores o seguidores de mis puntos de vista hagan el resto: seguir pensando por sí mismos y aterrizar, cada cual en su propio terreno vital (el de cada vida concreta), pedirse cuentas –lo que se llama auto-crítica- y deducir si sí o si no. Ya me entienden…
Sin embargo, no me avengo a quedarme en esto y opto por ampliar el preludio con algunos enunciados, vías a posibles concreciones en la misma línea de pensamiento. Perdonad.
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* Hay quien se obstina en achicar los márgenes del Evangelio y de sy mensaje hasta dejarlo reducido a una especie de código ético, de moral individual tal sólo. Es efectivamente eso, pero no sólo es eso.
El Evangelio y su mensaje -esencia constituyente del cristianismo- dan el marco en que se contiene, se muestra y se ofrece otro modo de vivir la vida del hombre. Y como da la casualidad de que una vida humana –la de cada uno es la verdadera y lo demás se queda en teoría- no se resuelve ni se recluye en uno mismo, porque no puede prescindir de “los otros” sin dejar de ser humana, y con “los otros” ha de tejerse en buena parte la vocación de ser este hombre o esta mujer, la consecuencia no puede ser otra que esta: el mensaje cristiano no puede quedarse en asunto privado de la conciencia individual de cada uno, sino que va más allá para proyectarse hacia la conciencia colectiva, de la que los individuos son parte como seres sociales y sociables que son por necesidad; en un “do ut des” integrador que se hace de lo que ese individuo -proyectado ineludiblemente hacia “los otros”- aporta como razón de su existencia a la conciencia común, y lo que de ella recibe en subsidio paralelo del propio “hacerse” humano.
Lo otro -dejar reducido al ser humano a no “estar en el mundo con los otros”, con las consecuencias negativas que eso implica- es -por una parte- ”inventarse”,. “sacarse de la manga”. un tipo de “hombre roto” y “duplicado”, arrastrando por el suelo su condición de “todo integrado”. Es -por otra- un atentado a los derechos del hombre al que se le cierran –a cuenta de ideologías falsas o farsantes- puertas que –por el hecho de ser hombre sociable por naturaleza y por cultura- debe tener abiertas de par en par. Y, además, no dejaría de ser un síntoma inequívoco de mala fe humana y por supuesto cristiana: tomar “laicidad” por “laicismo”, lo que hoy –científicamente- o es “atraso” o es “mala fe”; pero como tan lamentable “quid pro quo” suele ser manía “progre” que se precia de ser “ilustrada”, sería desdoro dejarlo en ignorancia. Luego, mala fe!.

** Admite otro perfil o perspectiva esta circunstancia vital de la “vocación cristiana”. Un tanto paradójica si se quiere, pero tangible. Veamos.
Creo yo que, si algo bueno –quizá bastante- lleva consigo la actual cultura secularizadora -en bastantes casos, de “odium Dei”, como le llama Ortega en ese por mí tan reiterado ensayo titulado Dios a la vista-, que históricamente es herencia y personifica esa parte de la Ilustración enemiga de la religión y de Dios, es la clarificación, y quizás mejor transparencia de las posiciones. Es decir, que los que se llaman católicos lo sean de verdad; es decir, de palabra y de obras. O, siguiendo la línea recta de la lógica de las conductas, que lo que llevan por dentro lo llevan también por fuera (Goethe); o lo que admiten en casa o con los amigos lo dicen y hacen valer también fuera, como periodistas, como educadores, como maestros, como profesionales de la medicina o del derecho, de la política sobre todo. No participando en siglas o listas de partidos anticristianos, sea lo ”anti” de palabra o de obra; defendiendo a la luz del sol o a la intemperie –es decir, sin complejos ni miedos tontos- lo mismo que defienden bajo techo, en oportunismos calculados de caza de votos o cuando no hay riesgo de que llamen a uno “facha” o “carca” (que es la etiqueta, siempre a mano de la manía “progre”, para distinguir –con razones o sin ellas, venga o no venga a cuento- a los que no piensen como ellos. Que esas tenemos y con “esas” hay que contar si uno aspira a ser coherente consigo mismo y con sus ideas y creencias.
Lo digo y repito muchas veces desde hace años. Somos pocosd; mañana seguramente seremos menos; a veces por culpa nuestra, aunque no siempre, ni mucho menos. Pero eso que somos –poco es más que nada y “nada” todavía no lo somos a menos que nos empeñemos en serlo- hemos de hacerlo valer. Y ya se sabe que “hacer valer algo” en democracia tiene nombre y señas de urna y voto. Dicho en “román paladino” para que se entienda: un católico, que lo sea de algo más que de nombre, no puede votar a algo o a alguien que pugne con el dictado de su conciencia, de ser humano o de creyente cristiano. ¿Legítima defensa? ¿Coherencia? Llámese como se quiera: dignidad, al final del recorrido
Lo otro, trapichear con la conciencia o las creencias, se llama “farsa”. Porque “farsante” es tanto “el hombre que defiende exuberantemente unas opiniones que en el fondo le traen sin cuidado” –una de las especies distinguidas de “farsa-, como el otro hombre que “tiene realmente esas opiniones pero no las defiende ni patentiza” –otra de las especies distinguidas de “farsa”, como define Ortega al elogiar la condición sincera de su amigo don Pío Baroja (cfr. El Espectador, Ensayos de crítica. Ideas sobre Pìo Baroja Obras, Alianza Edit. Madrid, 1998, vol II, pp. 84-85). El que dice tener unas “creencias” –las que sean- pero no les hace los debidos honores en todos los ámbitos de su actividad bien haría darse de baja en ellas para no engrosar las ya de por sí nutridas filas de los “farsantes”. Cosa distinta será el error o el fallo en la defensa de los valores y creencias: como dice el clásico, “nada de lo humano nos es ajeno”. Pero esto no sería “farsa”; el amparo en otras motivaciones, sí.

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Tengo a la mano ahora mismo dos libros que me encanta releer de cuando en cuando; son de dos intelectuales de nuestro tiempo, a los que, desde hace muchos años, profeso admiración por sus ideas, creencias, coherencias y actitudes: uno se llamaba Julián Marías y el otro Pedro Laín Entralgo. El primero se titula “La perspectiva cristiana”, y el de Laín, “El problema de ser cristiano”•.
Del primero copio unas frases del Prólogo. “El cristianismo es primariamente una religión, y me parecen indebidas sus utilizaciones para otros fines, que pueden se valiosos y estimableds, pero no son sino algo subordinado. Hay, sin embargo, otro aspecto de la cuestión, que me parece del mayor interés. El cristianismo lleva consigo una visión de la realidad, enteramente original y que se añade a su contenido religioso, del cual emerge pero no se reduce a él. El hombre cristiano, por serlo, atiende a ciertos aspectos de lo real, establece entre ellos una jerarquía, descubre problemas y acaso evidencias que de otro modo le serían ajenos. Esto es lo que yo llamo La perspectiva cristiana”
Y del segundo asumo una pregunta que –ahora sí- dejo en aire, al albur de la propia conciencia personal de un creyente: “EN la búsqueda y en la posesión de la idea de sí mismo, en la consideración y la práctica de la vocación personal ¿debe poner algo el hecho de ser o sentirse cristiano?” (cfr. El problema de ser cristiano, Galaxia Guttemberg Barcelona 1997, pag. 104). El autor considera el problema parte de la lealtad del hombre para consigo mismo y invita a pensar en ello. Eso mismo pretendo yo, al dejar en el aire tan comprometedor interrogante.

Y, para cerrar, en otra invitación audaz pero posiblemente válida al aire de los tiempos que vivimos, lo de Palacio Valdés al comenzar. “Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo”

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Ocurrencias y querencias - A los tiranos ¡ni agua! 1-II-2019

04.02.19 | 21:45. Archivado en Acerca del autor

“A la inconstancia de la voluntad, sujeta a los afectos y las pasiones y ciega por sí misma, no se pudo encomendar el juicio de la justicia y fue menester que se gobernase por unos decretos y decisiones firmes, hijas de la razón y prudencia e iguales para cada uno de los ciudadanos, sin odio ni interés: tales son las leyes… “. Y tales han de ser quienes hagan las leyes y quienes las apliquen que no impidan el curso ordinario de la justicia, de modo que quienes las hayan de sustentar no sean causa de su ruina… “porque no es otra cosa la tiranía sino un desconocimiento de la ley atribuyéndose a sí los príncipes su autoridad” (cfe. D. Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe polìtico-cristiano, Empresa XXI. Valencia 1786, pags. 190-191).
“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos” (cfr. F. de Quevedo y Villegas, Política de Diios, Obras escogidas, Barcelona s/a, pp. 112-206)

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Ocurrencias y querencias: modos del hacer humano, sin pasar previamente por el filtro de la razón que piensa y valora y de la voluntad que organiza y decide lo que traemos entre las manos a diario.
Las ocurrencias –género menor entre los productos de la mente; expresión de racionalidad de menos entidad y peso que las ideas y de mucho menos aún que las creencias, sobre todo las concienciadas y explícitas. Tienen más de ingenio y gracia o de zapallada retórica y oportunista que de verdadero reflejo fiel de una realidad. Por su volatilidad e inconsistencia-, son poco más que pompas de jabón, irisadas a vecs, que, al chocar el aire que las engorda, se quedan en nada. El ingenio, el azar, la ligereza o el oportunismo, más que el entendimiento, las forman y alimentan. Ante la realidad a que se dirigen y deben, apenas tocan su epidermis y distan mucho de contener o evocar siquiera una visión responsable de la misma.
Las querencias. Denotan Inclinación a volver una y otra vez a un mismo lugar; al que hay costumbre de ir; por el que se siente atracción al eximir de esfuerzos por buscar en cada caso lo mejor o más apropiado al momento. Evocan “hábitats” de comodidad y desembarazo. Las querencias tienen algo de lugar común y bastante más de comodines o expresiones de las leyes del mínimo esfuerzo.
¿Signos de los tiempos? ¿De tiempos de frivolidad y de “todo a cien”, en que –por lógica- las apuestas por la seriedad y el compromiso al obrar se devalúan y venden a precio de saldo? Posiblemente. Porque, aunque las ocurrencias y las querencias hayan abundado siempre, ahora son epidemia e incluso tiranizan.
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La cuestión político-social de Venezuela bajo el régimen populista-despótico de Nicolás Maduro se sienta estos días en primera fila de actualidad. Se viven horas nerviosas en que lo uno y lo otro, la tiranía que se resiste a morir y la democracia que pugna por abrirse paso, penden de un hilo. Desde que a Juan Guaidó se le designa, con toda legitimidad, presidente interino hasta la convocatoria de elecciones libres, el “ahora o nunca” de una verdadera democracia en Venezuela es a modo de incierto interrogante cortando el aire de la rica y ahora empobrecida nación sudamericana. Es renuevo de la eterna dialéctica: la “fuerza de la razón” del pueblo que espira con toda legitimidad a ser libre y dueño de sí mismo, frente a la “razón de la fuerza” del tirano y de las botas y sables de militares y policías congraciados al tirano.
Ante esa realidad del Sr. Guaidó en calidad de legítimo presidente para esa finalidad de convocar elecciones libres y ante la inmediata avalancha de reconocimientos internacionales de la nueva situación, el presidente del gobierno de España –coherente con su trayectoria errática y cambiante, consiguiente a estar prendido del morr por sus socios de moción de censura y gobierno- no ha excogitado otra salida que la de “conceder” a Maduro el plazo de una “semana” para convocar elecciones libres e internacionalmente controladas; de no hacerse así, España reconocería al Sr. Guaidó como presidente interino de Venezuela (criterio al que se sumaría la Unión Europea).
A esta “concesión” -evidentemente rocambolesca por ilusa y carente de sentido- le siguen en los días sucesivos otras declaraciones sobre el mismo tema, de Maduro sí o Maduro no. En la sesión de la internacional Socialista a que asiste en Centroamérica como etapa de su viaje a México, el inquilino de la Moncloa califica de “tirano” a Maduro; para –seguidamente- ante el presidente de México que no ha reconocido a Guaidó cambiarse el “chip” y compadrear rebajando el listón. Hasta el ministro de Asuntos Exteriores da otra cambiada: España no está para poner y quitar gobiernos.

Así las cosas –anteayer- el Parlamento europeo –por abrumadora mayoría, incluidos los votos socialistas- reconoce a Guaido, eso sí, con el el voto en contra de los comunistas, los nacionalistas y los populistas. Todos estos, aunque hablen de democracia y no se quiten la palabra de los labios, ni la tienen en el alma, ni quieren siquiera oír hablar de ella cuando de dictaduras de izquierdas o comunistas se trata. No es de hoy
Esta mañana, Rosa Díez verbalmente reproduce lo que ya tiene manifestado en un twist: que conceder a Maduro un plazo para convocar elecciones implica un reconocimiento del mismo; le otorga y le confiere una legitimidad que no tiene, por ser un tirano como el propio presidente de España lo acaba de calificar.
Ante tan apremiante realidad, cualquiera con dos dedos de frente se pudiera hacer algunas preguntas.
¿Será racional conceder a un tirano un plazo para convocar elecciones libres como condición –si no lo hiciera- para reconocer a quien está legitimado para convocarlas como es el Sr. Guaidó?
¿Será racional salirse con éstas, debiendo saber que un tirano -si es tirano como el propio presidente expresamente reconoce ante la Internacional socialista, aunque de inmediato se comiera la palabra al vérselas con el presidente mexicano- no puede convocar elecciones libres?
¿No se advierte haber en ello una contradicción en sus propios términos, sonando a imposible o absurdo?
Y en otro plano, subyacente a la cuestión de una “legitimidad” frente a una “legalidad” (como pensador y jurista, tengo estas dos cosas por diferentes aunque puedan en ocasiones coincidir) ¿necesita lo “legítimo” ser reconocida para ser tal? El reconocimiento ¿”constituye” su legitimidad o solamente la apoya y defiende? ¿Dar a Maduro plazo para convocar elecciones, hasta en el caso de sacarse de la manga unas elecciones a su medida y no a la del pueblo, ¿no sería o legitimarle a él o ponerse uno a danzar en la cuerda floja de las equidistancias y las ambigüedades? ¿Un hijo legítimo necesita ser “reconocido” para ser legítimo? ¿No serán los “sucedáneos” los que urgen ser reconocidos para pasar por lo que no son?
¿Qué decir por tanto; cómo valorar esta “concesión” al tirano Maduro de una semana de plazo para convocar elecciones libres como condición para reconocer la legitimidad de Guaidó?
Sencillamente: que es una vergüenza moral, otra vergüenza histórica; otra más, social, y sobre todo una vergüenza política. España deja de cumplir con su “razón histórica”

La pregunta que ha de seguir a las anteriores puede ser esta otra.
Cuando el próximo domingo se cumpla el plazo de la semana concedida al tirano y se vea –no hace falta ser adivino para verlo ya- que no ha convocado elecciones libres ¿qué hará? ¿Reconocer al Sr. Guaidó? ¿Refugiarse en lo que haga la Unión Europea? ¿Dar otra cambiada?
Lo veremos el lunes. Veremos lo que hace y veremos sobre todo cómo lo hace.
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Como los gestos -más que de ideas- suelen ser cosa de “ocurrencias”; como las “querencias” atraen; y como estamos ante políticas de gestos y de fintas, de palabras que cambian en horas y hasta en minutos de sentido, ya veremos.
No pienso, de todos modos, que -el lunes- el Sr. Sánchez, al consumirse el plazo dado a Maduro y no haber –no la puede haber- convocatoria –ni promesa siquiera- de unas verdaderas y garantizadas elecciones libres, sea de palabra y reconozca lisa y llanamente al Sr. Guaidó. Mostraría –si no lo hiciera- no ser hombre de palabra y ni siquiera demócrata.
Ojalá -añadiré- que me equivoque en el pronóstico y pueda ver al Sr. Presidente del gobierno de España –por una vez- en hombre de palabra y demócrata de toda la vida, por lo que seguramente se tiene. Si así fuera, que conste: lo aplaudiría sin dudarlo y hasta me daría golpes de pecho por haberme equivocado en el augurio,
Se demostraría además que la libertad de este hombre anda por encima de las cábalas, de ,los pronósticos, de las suposiciones y hasta de las presunciones. Que es lo que va con la libertad cuando la libertad no se limita a ser un amuleto.
Demostraría además que no es hombre de meras ocurrencias y de comodonas querencias, sino de ideas y hasta de creencias.

El tiempo tiene la palabra y el tiempo se agota. ¿Cuál será la “finta” en caso de buscar salirse por la tangente? Tendremos ocasión de verlo enseguida. Insisto: yo espero lo mejor, aunque me tema lo peor. Perdonen que tenga temores.
SANTIAGO PANIZO ORALLO

NOTA. Cuando estas reflexiones salen al aire, el Sr. Presidente del gobierno de España reconoce al Sr. Guaidó como presidente de Venezuela, interino y al efecto de convocar –si puede y en cuanto pueda- elecciones libres. Lamento haberme equivocado en el augurio. Celebro que –aunque tarde, a mi entender- haya cumplido la palabra comprometida. A lo que salga y con todas las consecuencias.
A los tiranos –de la clase que sean- ¡ni agua!.


Perfil dominical -El sino de la verdad es su acioso 3-II-2019

03.02.19 | 13:00. Archivado en Acerca del autor

“Ningún profeta es bien recibido en su tierra”, dijo Jesús en la sinagoga de Nazareth, su pueblo. El “profeta” es un portavoz de verdades. Las anuncia y predice; las proclama e intima; las adelanta y las avisa. El profeta es –en esencia- una voz que, además de anunciar, alerta y marca los caminos hacia lo por venir.
Los de Nazareth, al oirle hablar como lo hacía y ver que lo hacía con libertad, independencia y altura de miras, sin •”casarse con nadie”, ni con los de su tierra, “se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo, hasta un barranco del monte donde se hallaba el pueblo, con intención de despeñarlo” (Evangelio de san Lucas, 4, versos 24 y 28-29)).

Pero una novedad este suceso de Nazareth. Es uno más sobre lo mismo.
“Este será una bandera discutida”, había predicho de Jesús el anciano Simeón, al verlo, infante aún, llegar de la mano de José y María al templo de Jerusalén (Evangelio de san Lucas, cap. 2 versos 22 ss.).
“Vino a los suyps, pero los suyos no le quisieron recibir”, afirma del propio Jesús el discípulo Juan en su evangelio, para mostrar el despego y desarraigo de Dios por parte del pueblo que había sido “el elegido de Dios” (Evangelio de san Juan, cap. 1 verso 11)
“Las raposas tienen madrigueras y los pájaros del cielo, nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dònde reclinar la cabeza”, apunta el propio Jesús al escriba que le preguntaba dónde vivía (Evangelio de san Mateo, 8, 19-20)

¡A qué seguir repasando textos que no dejan de enfatizar lo obvio!
Toda la existencia terrena de Jesús es, realmente, una huida hacia adelante, desde el Pesebre a la Cruz. El gran profeta del amor, y de los valores más vitales de la existencia humana, como son la verdad, la libertad, la igualdad, la fraternidad, la justicia y la paz, se queda invariablemente “sólo ante el peligro” por el acoso a que le sometieron –implacables- las “fuerzas vivas” de aquel pueblo “elegido” y sin embargo “villano”.

El profeta es profeta y ningún profeta puede impedir que ocurra lo que profetiza, porque sólo anuncia pero no crea o inventa lo que ve venir. Del mismo modo, ningún mensajero tiene culpa, ni es, por tanto, responsable de la misiva o encomienda que lleva en la mano o en los labios; y sin embargo “matar al mensajero” es lo primero que se les ocurre a los escocidos por la verdad de la misiva y a los incapaces de ver, pensar y discernir entre lo que debe y no debe ser, entre amar y odio, entre guerra y paz, Es sencillamente el desahogo animal de embestir frente a la razón que piensa y analiza antes de juzgar y decidir.

Estorba Dios, a lo que se ve. Hasta el solo nombre parece quemar en los labios de muchos, sin que se sepa muy bien si por complejos, temores, dudas insatisfechas, intereses o malicias. Pero así lo escribe la historia, que –por cierto- no ha parado hasta decretar la “muerte de Dios”. ¿Será el sino de la verdad su acoso y la razón de que al cristianismo-catolicismo “no se le pase ni una”?

¿Por qué?, puede uno preguntarse ante el “acoso” a que el “mensaje de Jesús” se ha visto sometido ayer y hoy; del que este domingo se hace eco al escenificar el viejo relato de la sinagoga de Nazareth y mostrar que aquella “verdad” les escocía porque molestaba “su verdad” y desbarataba los intereses puestos en llamar –ya entonces- a la utilidad la verdad.
¿Será el sino de la verdad el acoso a la verdad?.
Unas ideas para modular este perfil.

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Un preludio breve, de solamente dos ideas, lo asumo del Prólogo a la 2ª edición de un librito hermoso de René Luneau titulado “Jesús, el hombre que nos evangeliza a Dios” (edic. francesa, Espacios libres, Seuil, Paris, 2009).
La primera indica que el Evangelio está vivo y habla; que es un libro siempre abierto, capaz de inspirar siempre algo nuevo a quien pregunta con interés a sus palabras y mensajes. Cuantas veces se relee, otras tantas puede dar la sorpresa y decir algo que antes no se había visto o con lo que no se había contado; y sso sin distorsionar su letra o espíritu. Es –diría- un clásico en el pleno sentido de la palabra, que no pasa de moda porque conserva invariable la virtud de abrir, cerrar o ampliar horizontes.
La segunda está en que el Evangelio no se reduce a ser una “historia edificante” o un “código ético”. Es “por esencia” una perenne “interpelación”, y un vivo “cuestionamiento” y “contraste” de ideas y creencias. El Evangelio interpela si se le intenta ver por todas las caras de su extensa y profunda verdad. El Evangelio pervive a pesar de los siglos o las edades, cuestionando al hombre esencial en toda circunstancia y mientras el hombre sea hombre y no pretenda ser ni menos ni más que hombre.
¿La razón de tan patente virtualidad? Lo explica René Luneau: “Je continue de croire que Jésus est, dans l’histoire religieuse du monde, le seul homme qui “évangelise” Dieu, trop souvent invoqué, au cours du temps, pour justifier nos préjugés, nos ambitions ou nos humeurs. Nul n’a parlé de Dieu comme il l’a fait”(pags. 10-11). Nadie ha sido jamás, en la historia religiosa del mundo, “profeta” y “mensajero” de lo que Dios es y quiere para el hombre como Jesús lo fue,
Quiere decirse por ello que las vigencias religiosas que el Evangelio patentó en raíz hace ya dos mil años pueden volverse vigencias actuales. Eso por un lado. Pero también que “las furias” de aquellos de la sinagoga contra Jesús y su verdad hasta intentar despeñarlo siguen alerta y en acción.

François Mauriac –católico, Premio Nobel de Literatura (1952)- lo advierte como cosa de lógica elemental en un escrito dirigido a los “católicos” de su tiempo. El camino de Jesús ha de ser el mismo camino de su Iglesia y de los cristianos y más incluso de los católicos. Y si en el caso de Jesús no había razones de verdad para perseguirlo y acosarlo como fue perseguido y acosado en su vida, tampoco las hay –salvando las distancias naturalmente- para perseguir a la Iglesia y a los católicos, por el mero hecho de ser Iglesia de Cristo o por el mero hecho de ser católicos. No nos fijemos tanto en si la Iglesia terrenal necesita sacudirse de cuando en cuando el polvo de los caminos, ni si en los hombres de Iglesia -desde el último laico al primero de los obispos- tienen defectos como los puede tener todo “quisque”. El “odium Dei”. que diría Ortega (Dios a la vista), aunque se fije también en eso, pasa sin embargo de eso y va más allá de eso, como a cualquier buen observador de la realidad actual le puede ser dado observar, si mira bien.

¿Masoquismo quizás el de los creyentes en Dios y en Jesús de Nazareth?
¿Quijotismo?
¿Alarde de atleta entusiasmado con moverse en aguas bravas, escalar el Everest o nadar contra la corriente?
¿Estupidez o minusvalía intelectual o psíquica?
No. Ni masoquismo, ni quijotismo, ni alardes de entusiasmos raros, ni estupidez ni minusvalía de ningúna especie o gènero.
La razón potísima del “odio” a Dios y al mensaje del Evangelio no viene de nada de esto. Es más profunda, Tiene su raíz en el movimiento de ideas y de creencias que representó -hace ya 20 siglos. el Evangelio de Jesús. Y que se muestra, este domingo, a las claras en las lecturas bíblicas.
Es el sino de la verdad. Que no gusta. Que escuece. Sobre todo escuece cuando la verdad, como es la verdad de Dios, desnuda y deja en cueros a nuestra verdad o verdades….
Es también el sino del cristianismo. ¿Hay acaso alguna otra religión –ahora o en la historia pasada el mundo- a la que se haya perseguido tanto y con tanta saña? ¿Hay alguna otra religión con tantos mártires, de ayer y de hoy; que concite tantas inquinas y resistencias, odios incluso, a la vista o disfrazados de mil modos o maneras?

Este perfil dominical me parece una buena perspectiva desde la que otear este día el panorama de la Iglesia y del catolicismo.
“Al oírle, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo, hasta un barranco del monte donde se hallaba el pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y siguió su camino” (del evangelio de hoy)
“No les tengas miedo, porque -si se lo tienes- yo te meteré miedo de ellos… Los poderosos lucharán contra ti y te harán la guerra, pero no te podrán porque yo estoy contigo para librarte” (de la lectura del profeta Jeremías, de hoy también)

¿No son los dos mil años de historia del Cristianismo la mejor prueba y garantía de su perennidad a pesar de todos los pesares, que han sido muchos y lo siguen siendo todavía?. A pesar de los muchos pesares, de dentro y de fuera, ahí sigue el cristianismo
Lo que dice G. K. Chesterton de la familia vale decir de la religión: “Medio enterrada en el polvo de la frivolidad y en el barro de la insensatez y de los egoísmos, que parecen ser congénitos a la humanidad y que parecen acompañarla en su caminar, la familia –la religión del mismo modo- languidece en las sociedades tecnológicamente más avanzadas del globo. Y, además, como todas las cosas grandes de verdad, las realidades que de verdad importan, la familia –la religión igualmente- está siempre muriendo y siempre resucitando” (cfr. G. K. Chesterton, El amor o la fuerza del sino, Rialp Madrid, 1995, pag. 19)

Amigos, ¿no habéis pensado alguna vez esa frase –tan veraz con la Historia en la mano- de que “la Iglesia es un yunque en el que se han gastado todos los martillos”? Creo que –con las lecturas de hoy ante los ojos- es buen momento de recordarla. Sin miedos; sin complejos; sin soberbia por supuesto; y con fe sobre todo.

Es mi perfil dominical de hoy. No mata la libertad de nadie de fuera porque se dirige a los de dentro.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


A un ignoto y lejano amigo 31-I-2019

31.01.19 | 21:09. Archivado en Acerca del autor

El pasado 23 de enero, mis Notas del Día reflejaban –casi a vuela-pluma- el escueto comentario de un lector de mi ensayo del 6 de enero, cuyo título era Igualdad-Libertad-Fraternidad.
Con ocasión de la Epifanía del Señor –fiesta de los Reyes Magos-, ese día -al aire de la “universalidad” de destino del “mensaje cristiano- indicaba cómo –al ser la Iglesia guardiana y propulsora de tal mensaje, con centro en el hombre libre y liberado, y experta, por tanto, en humanidad- ha sido ella –históricamente- pionera, matriz, adelantada mayor en todo lo que al hombre y a su dignidad y derechos se refiere.
Concretamente pretendía mostrar la solera cristiana de esas palabras “Igualdad-Libertad-Fraternidad”; y cómo la fastuosa divisa que forman las tres no es un invento de la Revolución de 1789, sino tan sólo el escenario al que se suben y en el que se hace cristalizar como aspiraciones y metas del proyecto revolucionario lo que eran ya principios anclados desde hacía siglos en el mensaje cristiano que promulga y esencia el Evangelio de Jesús e interpreta de primera mano la restante literatura neotestamentaria. Principios y raíces que, con el devenir de la Historia, han sido –se quiera o no reconocer- columna vertebral de la civilización de Occidente.
El comentario del Sr. Rawandi al referido ensayo se reduce a esta sola frase: "Desde una perspectiva ilustrada, el gran inconveniente del cristianismo es su extrema irracionalidad". Escueto, cortante y dogmático, pero llamativo sin duda y por supuesto incitante. No me avenía a callar, pero tampoco a chillar. De hecho y casi a bote pronto, ese mismo día, consignada en mis diario de notas una primera impresión ante la frase y prometía para fecha más tarde algunas observaciones.
Esa primera impresión decía textualmente lo siguiente:
“Sr. Rawandi. Me sorprende mucho su contundente frase de comentario a uno de mis pequeños ensayos, el titulado Igualdad-Libertad-Fraternidad. Se limita a comentarlo con esta sola frese: "Desde una perspectiva ilustrada, el gran inconveniente del cristianismo es su extrema irracionalidad". MI sorpresa no deriva de que usted piense del Cristianismo como lo hace con esta frase -la libertad de pensar es respetable sin duda. Deriva más bien de su entera falta de matices, lo que -en una materia tan sobada y con tanta diversidad de opiniones y puntos de vista. se hace sospechosa -a mí se me hace sospechosa- de "poco ilustrada"; que es precisamente la perspectiva desde la que usted dice hablar. Y como la dialéctica -o contraste razonable del si y el no- me encanta, me apunto al reto que me tiende usted y le prometo (con todo el respeto, como le digo) dedicar un próximo ensayo a comentar más ampliamente su frase. Entre tanto, mi saludo más cordial por la oportunidad, sobre todo, que me brindan sus palabras, a pesar de su seco esquematismo”.
No sé quíen es el Sr. Rawandi; si es nombre o apellido; si es real real o ficticio. NI me importan demasiado su figura, sus ademanes o sus maneras. Son accidentes. Me importan sólo en este momento las palabras de comentario a mi ensayo. Aunque no sepa quién es, ni me importen demasiado, como anoto, su figura, sus ademanes o sus maneras, y ni quizás sus ideas y creencias me importen mucho, me interesa su persona y me interesa sobre todo ese juicio tan rotundo, esquemático y hasta dogmático –pudiera decirse- que dedica al Cristianismo.
La frase es tan rotunda como una rueda de molino y tan absolutista como la monarquía del Rey Sol. “Desde una perspectiva ilustrada, el mayor inconveniente del Cristianismo es su extrema irracionalidad”. Vista la frase en su fondo, representa realmente una enmienda a la totalidad del mensaje cristiano. Lo absolutamente “irracional” se queda en animalesco, en vegetal o mineral, o dicho de otra forma, en pura farsa, cuento o ficcion. Sin embargo, lla literalidad del aserto –bien mirada también la frase-, al hablar de “gran inconveniente” parece dejar fuera del “inconveniente” algunos aspectos de “lo cristiano”. De todos modos, y como quiera que se mire, me causa una cierta perplejidad. Me sorprende, como acabo de mostrar.
Como a lejano e ignoto amigo que es ya o puede ser este señor dirijo estas añadidas reflexiones. No en plan de réplica o “punch” asilvestrado (sería fácil contravenir y decir con la misma rotundidad lo contrario, pues lo que gratis se afirma gratis se niega), sino en amigable intercambio de pareceres, aunque dando razones de lo que se afirma y se tiene como idea o creencias. Civilizadamente, esto es, con la misma cortesía y gratitud con que Ortega –al iniciarse con sus “confesiones”, como dice, de El Espectador- trata al “amigo lejano” que le censuraba quedarse en “espectador” debiendo ser algo más que eso (cfr. Confesiones de “El Espectador”, Perspectiva y verdad, Obras, Alianza Edit. Madrid, 1998, pag. 15).
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No voy a entrar en debate profundo sobre la racionalidad o no de las creencias cristianas, ni en el más que sobado parangón entre fe y razón. Ni he de pugnar con las serias hipotecas científicas que arrastra el “racionalismo” (al que por supuesto diferencio netamente de la “racionalidad”), como sabe cualquiera que haya penetrado un poco en la “dogmática” y “excesos” de este “ismo” referido a la recta razón. Ni he de teorizar sobre el más o el menos de las distintas fuentes y caminos de acceso del hombre a la verdad; uno de los cuales está, sin duda, en la ciencia y la técnica, pero que no es el único. Estos menesteres entrañan unas exigencias más allá de lo que exige una cortés respuesta a la cortés, aunque extremada, aseveración del ignoto amigo.
Me habré de contentar sólo con unos pocos apuntes en aval de mi criterio de que el Cristianismo-Doctrina de Cristo no sólo no es irracional, sino que –apoyado en la condición racional del hombre y sin rebatirla y menos anularla- cumple un cometido de sublimación: llevarla más allá de lo que unas meras posibilidades racionales le permiten.
Por eso, unos pocos y casi simples enunciados van a ser los que aduzca o invoque ante la verbal extremosidad del aserto del ignoto y lejano amigo. Enunciados todos ellos de conductas personales o anecdóticos indicadores de sentires, quereres y haceres de personas poco o nada sospechosas de ser “meapilas” o refugiar sus creencias cristianas en la llamada “fe del carbonero”. Ideas que vienen ya depuradas tras rodajes de experiencias vividas que echan por tierra expectativas que, a fuerza de idealizarse, han resultado fallidas o falsas.
* Don Miguel de Unamuno, con Ortega, Zubiri y J. Marias especialmente, pasa por ser uno de los grandes pensadores de la España del s. XX. Zahorí de sí mismo y de su tiempo, y con problemas de fe toda su vida. muestra más de una vez sus dudas sobre las venturas ilimitadas que se asignan a la ciencia y a la técnica. Por ejemplo, en su carta -de fecha 30-V-1906- a su “muy amigo” don José Ortega y Gasset (así le llama en la carta), se se pued leer este expresivo párrafo: “La subjetiva interpretación de un hecho científicamente inexplicable, etc…, me dice usted”. ¿Científicamente? Mi vieja desconfianza de la ciencia va pasando a odio. Odio a la ciencia y echo de menos a la sabiduría. ‘For nothing worthy proving can be proben nor yel disproben’, dice Tennnyson” (cfr. Revista de Occidente, nro. 19, octubre 1964, p. 4).
El propio Unamuno abre las puertas a la averiguación de la verdad y a la adquisición de certezas por caminos distintos de los de la pura razón, cuando, en idea de su Diario íntimo, saca de su intimidad atormentada la convicción de que, al rezar, reconoce con “el corazón” al Dios que discute o rechaza incluso con “la inteligencia.
** Bertrand Russell –tampoco “meapilas”, ni de fe cristiana siquiera- decía preferir mucho más un mundo convertido al cristianismo que al marxismo. ¿Sería irracional Bertrand Russell al preferir “lo cristiano” a “lo marxista”? O tal vez, entre dos cosas y realidades, ambas “irracionales”, elegía la menos irracional?
*** Esto va de anécdota. Un joven universitario viajaba junto a un anciano que iba rezando el rosario. El joven, atrevido, le dice: “¿Por qué, en vez de rezar el rosario, no se dedica usted a aprender e instruirse un poco más? Yo le puedo enviar algún libro para que se instruya”. El anciano le dijo: “Me encantaría que me enviara usted algún libro a esta dirección”- Y le entregó una tarjeta que decía “Louis Pasteur. Instituto de Ciencias de París”.
**** Darwin -1809-1882- el abanderado mentor de la teoría de la evolución, acuña un párrafo que parece dedicado a los ciegos cuya ceguera consiste en “ver donde no hay”. “Jamás he negado la existencia de Dios Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios está en la imposibilidad de demostrar y sobre todo comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre hayan sido frutos del azar”. Se me ocurre –al leer estas palabras finales de Darwin- rememorar al irónico León Bloy, que define al “destino” y al “azar” como “la providencia de los imbéciles” (Cfr. G. K. Chesterton, El amor o la fuerza del sino, Rialp Madrid 1995, pag. 21).
* Habla en su frase mi lejano e ignoto amigo de “perspectiva ilustrada” como si quisiera poner por testigo y apoyo de su criterio a favor de la “extrema irracionalidad” del Cristianismo al “movimiento de ideas” –de los ss. XVII-XVIII- llamado Ilustración.
Como el fenómeno de la Ilustración es también muy complejo y asimétrico, y es por ello discutible a mi ver -histórica y científicamente- utilizarlo como única razón para fundar afirmaciones tan rotundas y aplomadas como la de mi querido lejano e ignoto amigo (en España, por ejemplo, un pivote ilustrado y de primera fue el benedictino P. Feijoo, a quien la Iglesia –a la de entonces me refiero- nunca condenó ni en sus obras ni en sus ideas) tan sólo, en este ensayo, me permito esta leve observación.
El “Aude sapere”-“Atrévete a saber”, con que Kant saluda las esencias de la Ilustración no avala, ni de lejos, ninguna pretendida “extrema irracionalidad” del Cristianismo. La Ilustración fue ciertamente un movimiento de ideas a favor del peso de la razón, una reivindicación de su fuerza y valor; pero no –en sí- cerró al hombre a toda trascendencia. Hubo una Ilustración anticlerical, secularizadora e incluso atea; pero no todos los “ilustrados” clásicos fueron ateos ni mucho menos. Hasta el propio Voltaire, que pasa por ser ”el ilustrado ateo” por excelencia, se deja decir en carta a un amigo que, si no existiera Dios, habría que inventarlo.
Y además, otro movimiento de ideas, tan experimentado como el de la Ilustración de los ss. XVII y XVII, tras las sombras y los holocaustos del siglo XX, tuvo que reconocer que los sueños y promesas magnificantes de la Ilustración se habían achicado hasta verse puestos en tela de juicio. Por otro lado, no es difícil convenir que hay una Ilustración que puede llamarse de la modernidad y otra que yo no dudaría en titular de la “posmodernidad”. Y creo que las semejamnzas entra la una y la otra son -casi solo- de nombre.
Lo de “ilustrado” –por tanto- referido a algo puede alegarse, pero ha de probarse y no sólo presumirse.
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“Desde una perspectiva ilustrado, el gran inconveniente del cristianismo es su extremada irracionalidad”.
Mi querido, lejano e ignoto amigo. Es su frase; la que –rotunda y aplomada- dedica en comentario escueto a mi ensayo del 6 de enero pasado titulado Igualdad-Libertad-Fraternidad. Al respetarle, le dejo a usted con su rotundo y nada matizado criterio. Y –aún consciente de que el Cristianismo –en su perfil humano, que lo tiene – ha dejado que desear, a veces mucho, en su trayectoria terrenal de sus dos milenios de existencia (cosa normal, tratándose de hombres), yo me ratifico en aquel ensayo y no comparto su –quiero pensarlo- subconsciente o inconsciente voluntarismo.
Por cierto, cuando ayer mismo, oía decir a una alcaldesa de las proximidades de Madrid –Getafe, creo que era- que, en sus planes, entraba implantar en el municipio “bautismos civiles”, no pude por menos e echarme a reir. Sólo eso, reir. Porque los absurdos no merecen más respuesta que la risa, o, quizás mejor, la sonrisa y además irónica.
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Para cerrar, el dicho de otro científico sobre Dios y la religión católica. “Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración, y creo no sólo como católico, sino también como científico” (Edisson, el inventor de la telefonía sin hilos y Premio Nobel 1909)
SANTIAGO PANIZO ORALLO


A tiempos inclementes, actitudes audaces. Las audacias no son violencias 24-I-2019

29.01.19 | 21:33. Archivado en Acerca del autor

“El Reino de Dios sufre violencia y los audaces lo arrebatan” (Evangelio de san Mateo, 11, 12).
Muchos han sido los sentidos y alcances dados a este augurio de Jesús, que en su verdadero contexto (Juan el Bautista encarcelado por cantar las verdades al rey Herodes) indicia los riesgos de bracear contra-corriente -lo “políticamente correcto”, como ahora se diría-, pero que, sacado de contexto –como han hecho, ayer y hoy, los expertos en tergiversar la realidad-, se torna salvoconducto para guerrear y matar “en nombre de Dios”. Cosa que efectivamente se ha hecho en ocasiones, pero no porque Jesús lo haya bendecido, ni con este dicho ni con ningún otro, de su Evangelio.
Giovanni Papini, el gran converso del s. XX, en su Historia de Cristo (Obras. Aguilar Madrid 1957, vol. IV. Espada y fuego, pags. 198-201), recrea –con la fuerza de su verbo bravío- las versiones de unos y de otros, hasta dejar en evidencia a los que llama –jocosa, o no tan jocosamente- “abogados de las degollinas”; inculcando que, al entender así, “o no saben leer, o quieren falsear”.
Para la tarea evangelizadora y sus riesgos –añade- “se precisa una valentía que no todos poseen para atravesar esta muralla en llamas; una audacia que sólo tienen los valerosos. Jesús puede decir que el reino de Dios lo arrebatan “los violentos” y el vocablo “violentos” tiene realmente en el texto significado de “fuertes”, de hombres que saben tomar por asalto las puertas, sin vacilar ni temblar”.
Esta “violencia” sólo literal, que es fuerza de ánimo y entereza, valor, intrepidez, audacia en su verdadero alcance, no es “violencia” en el sentido que han querido ver esos “abogados” que Papini tan bien define. Si la violencia de verdad es guerra, las audacias solamente son maneras de “atreverse” a asumir los riesgos anejos a las cosas que valen; es decir, , decidirse a tareas o quehaceres de riesgo.

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Efectivamente -en el Diccionario de la Lengua puede verse- “audacia” es disposición a acometer empresas, o fuera de lo corriente, o arriesgando en el empeño; de dar cara más a los fines que a las dificultades o peligros de los caminos hacia ellos; de ensayar actitudes activas sin quedarse en una cómoda o cómplice pasividad; de saber leer los signos de los tiempos para encajar en ellos la realidad cambiante. Enderezar el rumbo; reformar y renovar en busca de la plenitud de las posibilidades; lavar la cara; volverse de los errores o equívocos. Y todo ello en aras de armonizar el pasado al presente y proyectarlo hacia el futuro cambiando de lo problemático y mejorable a lo mejor. Que eso es el progreso.
“Audacia” es “atreverse” a romper moldes sin quebrar esencias. Y audaz, atrevido, arrojado, valiente o valeroso, animoso, resuelto, intrépido, denodado son voces sinónimas que rondan una base común de dinamismo hacia lo mejor en un momento determinado y ante una realidad concreta.
La audacia, además, no es temeridad ni locura, por aquello de Cicerón: “A los hombres fuertes, no sólo les ayuda la fortuna, según el viejo proverbio, sino mucho más la razón” que les asiste (cfr. Disputationes Tusculanae, II).

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En este caso de las reflexiones de hoy, dos noticias, dos reclamos, dos ejemplos de intrepidez o audacia para devanarlos un poco y verlos al traluz de una realidad palmaria en este momento: los retos que a la Iglesia de Cristo –milenaria en las raíces y principios, pero con el “pathos” de la circunstancia en su devenir existencial- le salen al paso y le demandan imaginación y tino para adaptarse y soslayar así las contrariedades de coyuntura, que se pueden presumir, a poco que se piense, hostiles o no del todo favorables a su radical misión de liberar y redimir a los hombres en todo tiempo; y también en nuestro tiempo acelerado y en esta sociedad blanda e invertebrada y a veces líquida y hasta gaseosa.
Son de hoy mismo esas dos realidades que incitan hoy estas reflexiones, para las que acabo he acopiado las notas que preceden. La Jornada Mundial de la Juventud que ayer inauguraba en Panamá el papa Francisco, de una parte, y de otra el fallecimiento –hoy mismo- en Málaga, del cardenal español F. Sebastián Aguilar. Creo que, en uno y otro sucesos, aunque por distinta vía, se pueden descubrir actitudes dinámicas y positivas, de clarividencia y de fortaleza o audacia ante retos y desafíos al Cristianismo, con virtud, dejados a su aire, de enturbiar y desazonar su presente, pero sobre todo de condicionar negativamente su futuro,
Son distintos los casos y las circunstancias, como digo, pero idénticos o muy parecidos los fondos y las urgencias. Situaciones casi de supervivencia, en que la adecuación de los medios a los fines ha de ser lo más ajustada posible a los tiempos que corren. Si hoy la Iglesia atraviesa por momentos de dificultades fuertes y se necesita el apoyo de una juventud valerosa y audaz, lo de ayer y lo de anteayer no lo eran menos por el apremio de sintonizar con el sentir de todo un pueblo, que -ansioso de libertad y de verdad- se disponía a superar tiempos de excepción y de confusión, y abrirse a otros nuevos de mayor justeza y verdad y a más auténticos panoramas de ideas y creencias. La Iglesia no podía quedarse al margen sin desentonar e incluso faltar a su misión.
Dos noticias; dos reclamos; dos ejemplos de intrepidez y audacia.

* La JMJ en Panamá.
A la Iglesia, y no siempre por entera culpa suya, con frecuencia le “crecen” -como suele decirse para indicar anormales precariedades o desventuras- los “enanos”. A partir sobre todo del influjo de esa parte de la Ilustración –racionalista, anticlerical y laicista en el sentido belicoso de esta palabra-, que se propuso a la Iglesia de Cristo como enemigo a batir llueva o caliente el sol, se ponen los ojos en ella para culparla sin más y casi nunca para disculparla, aunque haya razones para ello; incluso cuando se trata de vicios o o defectos que, por ser humanos, caben en ella con la misma lógica que en cualquer otra institución formada por hombres.
Por culpa suya tal vez en ocasiones y otras tantas o más por endosos ajenos, por fas o por nefas, la realidad es la que se observa cuando –ahora mismo- entra uno en una iglesia y observa: bajón de asistencia; gente mayor; falta de recambios, de personas sobre todo. Nada extraño es que el Papa Francisco, al mirar y ver desde su atalaya cimera, diga y afirme que “la Iglesia está hoy en dificultades. Y en lo que más se nota el bajón es en la juventud.
Ante esta realidad -preocupante sin duda porque una Iglesia de viejos será una Iglesia claudicante y en crisis y las iglesias vacías son casi tumbas, todos nos hemos hecho alguna vez la pregunta del por qué se van, especialmente y ahora mismo los jóvenes. Del mismo modo que nos hemos hecho, ante otras derivas de la juventud, preguntas semejanrtes, de por qué beben, por qué se drogan, por qué se suicidan , por qué se deprimen o por qué ven la responsabilidad como enemigo de la libertad.
¿Por qué se han ido, se van, abominan incluso muchos, de la religión y de la Iglesia?
Sin entrar en profundidades de un tema poliédrico y complejo humanamente hablando, aunque no se deba casi nunca simplificar, diría que porque “algo falla”, o en la juventud o en los que tiene el deber que dar a la juventud un pase honorable y correcto a la vida adulta del joven; sean la familia o los padres; sean los maestros o la sociedad; sea el Estado o sea la propia Iglesia en el caso de la religión.

Al ver al papa Francisco estos días en Panamá, en medio de esos dos o tres cientos de miles de jóvenes del mundo entero, a gusto ellos y él, sintonizando a pesar de tener los unos alrededor de veinte años y el Papa más de ochenta, mi primera reflexión me sigue impulsando a decir que “algo falla” cuando el joven, ante metas nobles que piden valor y audacia, en vez de apuntarse, se da la vuelta y se va.
Dos ideas se unen -además de lo anterior- a mis reflexiones.
La una –la encomienda del Papa estos días a los Obispos reunidos con él: dejad de lado todo clericalismo. ¿Por què? Porque, al representar predominio, prepotencia, monopolio, etc. de “lo clerical” sobre “lo laico” en la Iglesia, no sólo lleva en germen la casi totalidad de los anticlericalismos de la Historia, sino que tergiversa la misma teología católica. ¿Qué ha de hacerse para desaraigar los “clericalismos”? Una sola creo en definitiva, creo yo: ir por la Iglesia dejándose llevar de la mano de la justicia; pero no de la justicia que pretenden fabricar algunas leyes, sino de la que –con ley casi siemore o sin ley a veces- incita efectivamente a dar a “cada uno lo suyo”.
La otra –recomendada también por el Papa estos días a los miles y miles de jóvenes- una invitación solemne a huir del llamado “pesimismo existencial”. Ese pesimismo que fluye de una parte del pensamiento moderno anclado, por ausencia de valores o por presencia de desvalores, en el nihilismo, la deconstrucción, el tedio y la nausea y, con todo ello, esa desgana de vivir en que han dado las filosofías de la llamada “muerte de Dios”. Como audacias hacen falta para sobreponerse a tales idearios, reacciones de audacia se necesitan para recomponer las ganas de vivir y las ganas de luchar por lo que realmente merece la pena: la innegable trascendencia del ser humano.

El cardenal F. Sebastián Aguilar.
No trataré de analizar, ni de bosquejar siquiera, su entera figura y trayectoria de hombre de Iglesia, perfectamente dotada para percibir y calibrar los signos de los tiempos y los deberes de adaptarse a la realidad para no caer en anormalidad.
Sólo pretendo situar esta figura episcopal en un momento crucial de la España moderna; aquel momento en que un pueblo entero, unos líderes políticos tan diferentes de color como lo que va del blanco al negro o del azul al rojo, una colectiva convicción de “ahora o nunca” y unas inmensas ganas de cerrar ciclos históricos para abrirse a otros más ajustados a la unidad, libertad y dignidad del hombre. Eran de tal urgencia y gravedad el momento y la tarea que echarse atrás o no secundar hubiera sido pecado mortal o delito de traición a la evidencia.
La Iglesia de España estaba también allí.
Había llovido mucho desde los inciviles años treinta hasta aquellos setenta y más de la deseada Transición a una democracia plena, superando en la medida de lo posible la tragedia enloquecedora de las “dos Españas”, de los siglos XIX y XX de nuestra Historia.
Se había cerrado el Vaticano II y con ello se habían abdicado oficialmente viejos dogmatismos en materia de libertad religiosa y de relaciones entre la Iglesia y el Estado. Era preciso dejar de lado viejos tópicos –topicazos más bien- que habían sembrado discordiass seculares, sospechas y dudas mutuas y era menester que cada cual se pusiera en su sitio, se descabalgaran prejuicios y ambiciones de poder y se pusieran en marcha, desde la verdad, la sinceridad y transparencia, vías o caminos nuevos de convivencia e incluso de cooperación mutua por el bien común de todos.
Pero había que dar el paso de traducir a obras las teorías, Había que hacerlo.
Mons. Fernando Sebastiásn era en aquel momento Secretario y Portavoz de la Conferencia Episcopal. Y esa fue su primordial tarea: sumar la Iglesia a los afanes de la mayor parte del pueblo de España, en aquel momento. Fue su mérito logrado a rebufo de una visión responsable de aquella realidad en aquella circunstancia, tanto de la sociedad española como de la Iglesia en España. Reconocerlo es de justicia.

Otras pocas ideas completen este primordial acento agudo en honor del meritado cardenal español que acaba de morir.
Fue un pionero. Un forjador de la Historia moderna de la Iglesia en España y de la propia Historia de España. Un hacedor de caminos para recorrer con aires nuevos las viejas trochas. Si, como dice María Zambrano interpretando a Ortega, hay una mayoría de seres humanos que viven sin duda, pero sus vidas discurren “bajo el nivel de la histórico”, porque “sus cabezas están por debajo de la línea de flotación de la Historia” (cfr. Escritos sobre Ortega¸ Trotta Madrid, 2011, pag. 67), Mons. Sebastián fue clarividente detector de futuros y de los prohombres que, en aquellos momentos, supieron percibir y tener además la audacia de decidirse –arriesgando por supuesto, porque aún era -puede que aún lo sea hoy para algunos- romper los tópicos- a poner a la Iglesia de España en su sitio y, desde ese lugar, unirla a la lista de los que postulaban con toda razón nuevos moldes para los nuevos tiempos.
Un acierto son duda. Pero -sobre todo- un alarde de perspicacia, de clarividencia, valentía y decisión. La Historia son los hechos que la componen pero al alma de la historia son los hombres y mujeres que imperan y ponen esos hechos que hacen la Historia.

“Audaces fortuna iuvat”, recuerda Cicerón en el dicho antes citado. No son violencias las audacias cuando las empuja la razón como en el caso de las causas nobles. Por eso vale lo del encabezamiento. Para tiempos inclementes, actitudes audaces.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Perfiles dominicales - Liberación (27-I-2019)

27.01.19 | 21:59. Archivado en Acerca del autor

“Hoy se cumple lo que acabáis de oír” (dice hoy el evangelio de san Lucas, 4, 14-21). Lo que acababan de oír aquellos judíos, en aquella sinagoga, de labios de Jesús de Nazareth, era el augurio de la vieja profecía que anunciaba la liberación del hombre del abuso de su libertad y los anexos desordenados que le habían seguido -y que aún se siguen- para las relaciones del hombre consigo mismo, con los otros hombres, y, por supuesto, con el Dios que, tras hacerlo libre, nunca se desdijo ni cesó de ser fiel a su palabra.
Era la “Buena Nueva” de un “Nuevo Orden” que se brindaba, en libertad así mismo, al hombre caído pero nunca desahuciado; reincidente pero con oportunidades siempre y a pesar de todo; pertinaz incluso aunque sin cerrársele jamás del todo las posibilidades de volverse.
La oferta que se hace -en un grafismo de metáfora vibrante e ilusionante- tiene nombres propios: de esperanza activa para los “pobres”; de libertad para los “cautivos” -presas de sí mismos- y los “oprimidos” –presas de los otros-; y de luz para los “ciegos”, los de alma sobre todo.
Esta oferta y programa de liberación tienen vigencia todavía. La “historia humana” no ha terminado aún. “Hoy es siempre todavía”, como –eterno buscador de Dios- consigna en uno de sus Cantares el gran Antonio Machado, el de las poesías de las mayores y mejores trascendencias.

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Sobre este cañamazo de fondo –la Buena Nueva de un Orden Nuevo, de universales proyecciones en tiempos y espacios-, que este domingo se pone a los ojos del creyente cristiano como oferta ilimitada de liberación, dos notas quiero dibujar con perfiles y realces de actualidad; por la razón sencilla de que hacérseme patentes de un cristianismo a la altura, a la medida y al aire de nuestro tiempo.
Con la primera de ellas, evocaría esa recomendación, casi mandato, dirigido a quienes se fían de Dios. No estéis tristes –se les manda en la 1ª de las lecturas. No sintáis ni temor ni pesadumbre. No tengáis miedo. Dios es toda una fortaleza y mantiene la palabra dada.
A la segunda le podría este titular: Iglesia de siempre con modos de ahora. Es decir: evocaría una Iglesia siempre “la misma”, pero nunca “lo mismo”. Y no es un juego de palabras.

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“No estéis tristes”. “No tengáis miedo”. Pienso que no es una recomendación; es un mandato.
La tristeza encoge y el miedo generalmente acoquina. Para quienes la fe es algo razonable, no se ven razones para ninguna de las dos cosas
El Evangelio –por doquiera que se le mire- es una continua llamada a la esperanza por un lado –la Palabra de Dios no pasa, y de Dios, al final, nadie se rie-; y también a la rebeldía por otro -la sana rebeldía de saber decir que “no”, como enseña Camus en El hombre rebelde, que es obligado –como señal de honradez- ante la mentira que quiere pasar por verdad, la injusticia que se inventa la justicia o el desamor empeñado en llamar amor al mero contacto de dos epidermis.
Ni los complejos van con la fe religiosa, el de superioridad porque es soberbia, el de inferioridad porque es darse por vencido antes de luchar o sin luchar.
Ni es cosa tampoco de vivir en la inopia, soñando imposibles: que el sino de la Iglesia de Cristo ha de ser el mismo –por lógica- que el de Jesús de Nazareth. Y quien lea los Evangelios sin doblez ni beaterías ha de ver inmediatamente que el camino de Jesús no fue un camino de rosas precisamente, sino una carrera de obstáculos; y que la oposición le vino de fuera y de dentro; de las fuerzas llamadas “vivas” de aquel pueblo otrora escogido, que no supo ver ni el momento ni la hora y se puso de perfil o en contra, a la espera de algo que encajase mejor en sus moldes egocentristas, y también de los propios, de los más cercanos, que comían a su mesa el mismo pan, pero no repugnaban las “dos barajas” si de medrar iba el juego.
Bien lo advierte –en una carta abierta a los católicos de su tiempo- el Nóbel de Literatura François Mauriac. No es ni cómodo ni seguramente rentable de tejas abajo ser o llamarse hombre de fe o creyente en Dios en tiempos líquidos o gaseosos como los de ahora. Más aún, si ser inconformista o ser rebelde merece nombres de “facha” o “carca” de parte de los fervientes de lo llamado “políticamente correcto”, que no es siempre –ni mucho menos- lo del “honeste vivere”, “neminem laedere” y “suum cuique tribuere” del Digesto romano (a mi ver, una objetiva piedra de toque para tiempos revueltos). Pero es el camino de una forma de libertad y, aunque pocos o cada vez menos, hay a quienes les convence y compensa este “ir contra la corriente” si en el envite se juegan lo que uno considera valores o principios de primera necesidad vital.
Preocupados sí; pero no intimidados, no menos aún acomplejados.

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Siempre la misma, pero nunca lo mismo.
Cuando hace muchos años –muchos ya- leía por primera vez, como cierre del cap. VIII de las lecciones que Ortega y Gasset diera fuera de la universidad, por los azares del tiempo, en los años 1929-30, que “la modernidad nace de la cristiandad” (Ver Qué es filosofía? 2ª edic. Revista bde Occidente, Madrid, 1960, pag. 187), inicialmente lo miré como una broma o humorada. Enseguida me convencí de que no había tal cosa y que el pensamiento de Ortega, más serio y fundado de lo que algunos suponen, reflejaba lo que en verdad pensaba y muy bien sabía razonar. De hecho, no dudé más tarde en abrir con esa frase e idea la Introducción a la tesis doctoral que, sobre el estatuto radical –aunque medieval- de la persona jurídica, defendí hace más de cuarenta años en la Facultad de Derecho de la U. Complutense (cfr. Persona jurídica y ficción, Eunsa Pamplona 1975, p. 17).
Es verdad que –después de aquello- la Iglesia –a raíz sobre todo de la Reforma- se encerró en sí misma, en una actitud –que durará siglos- de autodefensa, que J. Marías –en sus percepciones del ser y estar de la misma en la coyuntura del Vaticano II- deplora y que bien puede calificarse como de “psicología de ciudad sitiada”, es decir, de insano temor a ver enemigos en todas partes y de una consiguiente tendencia a adoptar, ante todo, ante las sombras incluso, una “política” religiosa de “anatema” y “excomunión”, de “asedio y contraofensiva” (cfr. J. Marías. Meditaciones sobre la sociedad española, Alianza Editorial Madrid 1966, El temor a la libertad, pags. 170-175)
Pero esa Iglesia que se pasó varios siglos temerosa y confusa nunca renegó de sus raíces ni de sus esencias. Y -como tantos otros hombres y mujeres hicieron con total cordura y buen tino, tras la hecatombe de las dos Guerras mundiales del s. XX y de las enormes decepciones que aquellas “sombras del siglo XX” produjeron en la gente seria y responsable del tiempo- la Iglesia, a partir ya de Pío XII, de los Papas del Concilio y ded más tarde, hasta la hora presente, se propuso hacer examen de conciencia, decidió auto-criticarse, mirarse por dentro y por fuera, ponerse en hora consigo misma -para renovarse- y con el mundo de su tiempo –para estar en su sitio y no ambicionar poderes que, por su divina misión, no le corresponden (Ver, al respecto, Pablo VI, Alocución de clausura del concilio Vaticano II, el 7-XII-1965, Vaticano II. BAC Madrid 1965, pp. 813-819. No tiene desperdicio este discurso, para quien desee saber lo que se quiso que fuera ese Concilio para la Iglesia de ahora).

A la luz del evangelio de hoy, “Ahora se cumple lo que acabáis de oír”, unas breves anotaciones sirvan para rubricar este otro apunte del encabezamiento. La Iglesia, siempre la misma pero nunca lo mismo. Ayer y hoy; mañana y al otro día, siempre renovándose para no traicionarse.
El mensaje del Evangelio es, por elementales razones de lógica profunda, intemporal. Nace sin fronteras ni de tiempos ni de espacios o lugares. Su destino es, por igual, el mundo de ayer, de hoy y de mañana.
No siendo, sin embargo, los hombres del s. XXI del todo iguales a los del primer siglo cristiano; ni éstos del todo iguales a los del tiempo de los godos o los otomanos; ni los de Africa igual a los de Oceanía o Alaska, porque la circunstancia o las circunstancias y las situaciones mandan y ajustan en cada momento las medidas del “yo”, por iguales razones de lógica vital, asiste a la Iglesia –portadora y portavoz del mensaje- el deber de ser “la misma” pero sin ser “lo mismo”. Diría incluso que solo será “la misma” en la medida en que trate de adaptarse a las sucesivas-nuevas circunstancias y situaciones del hombre al que debe procurar los medios para su liberación espiritual y moral.
Un adaptarse –naturalmente- que no sea ni relativizarse ni dejar de llamar a las cosas por su nombre.
Un adaptarse –además- no de cualquier manera, sino de forma tal que, como enseña Gracián al contrastar sustancia y modos (cfr. Oráculo manual y arte de la prudencia, 14), se evite el riesgo común de que la sustancia la dedterioren los malos modos, porque “todo, hasta la justicia y la razón, lo gaste un mal modo”.
Añadiría, para completar la idea, lo de Antonio Machado en su breve pero denso Proverbio: “Hoy es siempre todavía”. El “hoy” ha de ser el “siempre” de un “ayer” esencial que –desde un “ahora” responsable y fiel- se proyecte inequívocamente hacia un “mañana”, tan moderno por ser de nuestro tiempo y tan auténtico al no prestarse a perder, por eso, ni un ápice de su autenticidad radical. Sirve para el mensaje de Jesús y su perenne actualidad la letrilla del poeta. Está en el Evangelio que hoy se recita y comenta

Liberación. “Hoy se cumple lo que acabáis de oír”. Sin miedos ni complejos. Y en estado permanente de renovación y poda de malos modos. Lo piden el Evangelio y el buen sentido.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Libres o esclavos. Dos opciones siempre a mano 19-I-2019

22.01.19 | 20:19. Archivado en Acerca del autor

“Nadie es esclavo por naturaleza”, proclamó -ya en su tiempo- uno de nuestros clásicos de la Escuela Jurídica del s. XVI, el dominico P. Francisco de Vitoria; adelantándose a los modernos sistemas y declaraciones de los derechos del hombre.
Ningún hombre o mujer nacen esclavos. O ellos mismos se hacen más tarde o los hacen otros. O se deviene esclavo por voluntad propia (las esclavitudes voluntarias bien pueden llamarse contrapunto natural de la libertad y por eso siempre han tenido vigencia), o son otros, los tiranos -dicho genéricamente-, quienes atan las cadenas al cuerpo o el alma de los nacidos para ser libres.
Pienso por ello que ser “libre” o ser “esclavo”, en lo que de uno mismo dependa ser una cosa o la otra -dueño de sí o lacayo de cualquier cosa- es cuestión primaria del vivir, que cada cual debería plantearse y resolver ante las distintas posibilidades de vida humana.

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He de confesar que una de mis debilidades son los libros y que, entre ellos, hay títulos que especialmente me atraen, siéndome difícil resistirme a tenerlos cerca para departir y compartir con ellos Ilusiones, inquietudes o anhelos y, más aún. para ver de descubrir a través de su lectura visiones de realidad distintas -en todo o en parte- de mis puntos de vista; y no por otro afán que la curiosidad de asomarme a otros posibles modos de verdad o caras distintas de lo que yo tengo por verdad.
Un título especialmente atractivo para mí ha sido –hace pocos días- el del segundo tomo de las memorias de Jorge Edwards, escritor chileno y Premio Cervantes 1999. Su título -Esclavos de la consigna¬-, nada más verlo, me incitó a su lectura por las evocaciones que esos dos sustantivos en conexión suscitaban en mi interior en esta circunstancia –política, religiosa, cultural-, en que ”las consignas” abundan y con frecuencia se difunden como piezas de obligado cumplimiento para los muchos que no han aprendido aún, o no se han decidido, a decir “no” a lo que se llama hoy “lo políticamente correcto”, especie de talismán de “progreso” y etiqueta que libera de ser tildado de “facha” o “carca”.
Y no es que considere malas ni des-aconsejables las “consignas”, que al fin y al cabo son recetas de vida que marcan tendencias de caminos hacia una plenitud o ideal. Es más bien el temor a la tiranía que su aceptación a ciegas o sin matices puede representar o incubar en tiempos de crisis de valores o de vigencias del hombre-masa, tan expuesto por definición a la pasividad o a la sugestión de políticas narcisistas o totalitarias, lo que puede preocupar de ellas.
Aunque no haya leído del todo el libro ni digerido por tanto su contenido, la idea que veo subyacerle a su título y porque en él de “consignas” se habla, me sirve de inspiración para estas reflexiones de hoy sobre algunas consignas que, estos días, se ven posadas en el tapete de la actualidad.
“No ser hombre de partido” no impide tomar partido ante las ofertas -más o menos- que a diario saltan en casi todos los escenarios del hombre; ni es óbice –creo yo- para, en momentos de crisis de libertad y de autonomía personal sobre todo, volverse reflexivo hacia las “consignas” que nos acucian, y echarles un vistazo, ponderarlas y glosarlas levemente usando el espíritu crítico que Dios nos ha dió al hacernos racionales y libres. Por curiosidad y deleite como digo, aunque más por precaverse -llegado el caso- de sumisiones indebidas o de inconscientes pasividades cuando las “consignas” –de aceptarse a la ligera- o se vuelven equívocas, inoperantes o de vuelo corto, e incluso –en ocasiones- ser nocivas por llevar trastienda de esclavitudes, aunque fuere de las que nacen de la pasividad o la inconsciencia.
Dios me perdone si –en tan noble afán- me saliera del justo medio al intentar precaver ante esas dos posiciones de “libre” o “esclavo” que cada cual puede adoptar ante una “consigna” que se nos da; ya que, pudiendo ser -bien tomada- una positiva clave de acceso a nuevas o innovadas posibilidades del vivir, mal digerida o sin digerir, puede quedarse en nada o en poco, o ser nociva. Ambas salidas –lo poco o nada y lo nocivo- enemigas de una actitud responsable –“saber a qué atenerse”- en cosas que nos conciernen personal o colectivamente.

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Unas muestras al aire de estos días

* Consignas políticas, del PP en su actual convención nacional, que se celebra en Madrid, con aires, más que fervientes, de refundación, regeneración, renovación y de simple encuentro para restañar heridas. Tras oír las proclamas, bien puede verse un campo extenso de sembradura de consignas, Las más reiteradas apuntan en varias direcciones: rearme ideológico; beligerancia activa frente a los que tratan de romper España; bandera y copo institucional de la “derecha”; menos gobierno y más sociedad, o prevalencia de las personas sobre el Estado; huida de lo doctrinario y lo sectario en el quehacer político... Hay más, pero estas valgan..
No son descabelladas, ni mucho menos, estas consignas. Sin embargo, desnudas como llegan, pudieran resultar opacas o vacías si no se vierten en ellas matices o precisiones que las bajen de su perfil genérico y abstracto y les den color y sabor a carne y hueso palpables. No es bueno quedarse en teorías en ofertas de política, siempre tan pragmática por naturaleza.
Si, por ejemplo, de un “rearme ideológico” se profetiza, habría de inculcarse avivar la conciencia de la necesidad de perfeccionar los medios de defensa y apoyo a ideas y creencias a rebufo de los valores que, históricamente, han sido patrimonio radical de esta dimensión del sentir político; y se mencionaran esos valores y principios en vez de darlos por supuestos. Y bien hubiera estado que –a la vez que de rearme indeológico- se hubiera inculcado un “rearme moral” evitador para siempre de las corrupciones que han sumido en la miseria últimamente al partido. Porque, a pesar de Maquiavelo, no todo vale en la política.
O si, al invocar una “beligerancia activa” frente a los que quieren romper España, a la actitud valiente que refleja la palabra “beligerancia”, se añadiera una llamada al “coraje” –que es valor, energía y decisión, y no necesariamente “guerra de armas tomar”- de poner -en todo caso de riesgo de los valores esenciales- los medios adecuados al fin, sin los trapicheos o las componendas a que las políticas de todo color son tan aficionadas, cuando las “consignas” se ven morir a manos de los “intereses”.
O si, al presentarse como “lo genuino” en esta dimensión política de la “derecha”, no se olvidara que la diversidad, en todo lo humano, es un valor respetable; que las diversidades en política -a veces- las provocan los mismos que se tienen por abanderados de la “genuino”; o que –en las guerras que no son “de armas tomar”- ganar es convencer más que vencer y que, para convencer la autenticidad, más que las “consignas”, es un grado.
O, por fin, que. para huir de la sectario (buen intento y pretensión), hace falta descabalgar de quimeras egocéntricas –porque son patógenas en política y en todo-; y, por lo que a doctrinario se refiere, persuadirse –cosa no fácil en épocas de rebajas- de que, si ser doctrinario es cosa vitanda, no es vitando ni mucho menos partir de unas doctrinas, ideas y creencias muy concretas, en las que “estar” con pié firme las personas e incluso las colectividades y los partidos –la defensa de la vida por ejemplo, la persona y la sociedad enteramente por delante del Estado, el valor de la Constitución en su letra pero también en su espíritu sin cicateras o acomodaticias restricciones o reservas mentales, etc.. La credibilidad se ha de ganar con obras ciertamente, pero con obras coherentes con unos principios –que han de ser precisamente los que condensan las “consignas”-, que han de decirse y no darse por supuestos.
Eso hará que quien lleve en las manos una papeleta electoral no cierre los ojos serviles para meterla en la urna, sino que los abre bien para mostrar que es libre y no desea caer en connivencias de inconsciencia, indignidad o malicia.
** Consignas religiosas. Se dan también con los mismos fines legítimos de inculcar tendencias o de marcar objetivos preferentes y de interés superior.

- Estos días celebra la Iglesia católica el Octavario por la unión de los cristianos. La idea que lo preside es la de tomar conciencia el creyente a favor de la unidad, en ideas, creencias y sobre todo actitudes, de todos los que tienen a Jesús como el “Dios con nosotros” del Evangelio y la restante literatura neo-testamentaria. El grito divino, que “sean una misma cosa” los que tienen en el Evangelio la primera y última razón de su ser cristiano y la llave maestra de “saber a qué atenerse” en las relaciones con Dios a partir de tal mensaje, lleva dos mil años resonando en tono de urgencias, sobre cuanto llena nombre de “cristiano”. Y ha de ser, por ello, responsabilidad de todos los aue se reconocen bajo ese nombre
Es cierto que -hasta no hace tanto- la ignorancia mutua o, lo que es peor, la guerra de religiones, han sido una constante histórica y el componente -el más aparente y visible- de las relaciones entre las distintas Iglesias cristianas. C omo también es cierto que -en esto- el hoy ya no es el ayer, y que a los “anatemas”, las intransigencias e intolerancias y a los mutuos fanatismos y fundamentalismos irracionales han sucedido flujos ecuménicos, hechos de respeto mutuo, de reconocimientos y comprensiones; dentro de una conciencia generalizada de que, si ninguna guerra es cristiana, esta lo es menos.
La consigna católica para estas jornadas viene de conjugar los verbos “departir” y “compartir”. “Departir” que es dialogar en vez de hacerse la guerra, escuchando y hablando. “Compartir” que es solidaridad fraternal en el uso del patrimonio común que los cristianos tenemos para, desde la diversidad que ha marcado diferencias en la Historia, llegar a una conciencia colectiva de una necesidad tan elemental como imperiosa: la de caminar sin pausa hacia esa unidad en lo esencial que vivifica y enaltece la religión.
Aunque la consigna de “departir” para “compartir” que se intima estos días sea de razón y buen sentido, no extrañe que, ante ella, se siga manteniendo la doble opción de los esclavos y de los seres libres; la de quienes la miran, la ven bien incluso, pero prefieren seguir en posiciones más de cabeza dura que de sensatez y racionalidad; y la de quienes creen que ya es hora de repensar la historia y decidirse por la concordia, en un “departir” para “compartir” lo que es –sin duda- patrimonio común de todos.
Esta vez, el servicio a la “consigna” que libera y hace libres sin ruptura o merma de la esencias, frente a las tozudas altanerías de quienes estiman preferible embestir a pensar y razonar en aras de una concordia exigida por Dios. Otra vez, deseando ver seguidores y servidores de la consigna, pero no esclavos de la misma por vía de más o de menos-

- Otra consigna de inminente actualidad viene a la Iglesia de la JMJ, la nueva Jornada Mundial de la Juventud que –a partir del 23 de enero y con presencia activa y animadora del papa Francisco- se va a celebrar en Panamá. La consigna le llega del último Sínodo de los Obispos, el de octubre pasado dedicado a la Juventud, que ahora persigue re-actualizarse en esta magna concentración juvenil. La consigna en el caso es una demanda de presencia de la Juventud en la vida y obra de la Iglesia. Y si se demanda es porque no la hay.
Pero ¿qué se quiere mostrar al pedir esta presencia? ¿Es que los jóvenes que van a las iglesias no tienen presencia en ellas?
Cuando se habla de “presencia” de alguien en algo, un lugar, quehacer, menester, etc., se quiere significar -creo yo- algo más que un “mero estar” allí,; es decir, algo más que una postura de “espectador” o de florero decorativo. Y, por ello, habré de entender que la “presencia” de la juventud, que se postula como consigna de la Iglesia hoy, urge la necesidad de un cambio profundo en las actitudes eclesiales o clericales para con ella, de responsabilidad del joven en los compromisos eclesiales y de protagonismo directo en los desafíos que a la Iglesia le salen al paso en esta hora de grave crisis espiritual y de valores a escala mundial. Pero no un cambio por el cambio ni un cambio para que las cosas sigan igual, sino el de un verdadero y efectivo replanteamiento del papel activo de los laicos en general y de la juventud en particular en la gestión de la misión de liberar y salvar, que a la Iglesia compete por fundación divina.

Es indudable, con la historia en la mano, que el abuso clerical con nombre de “clericalismo” ha tenido vigencia plurisecular en esa historia; con épocas incluso de clericalismos avasalladores. Es cierto –también sin duda- que Jesús quiso fundar una Iglesia jerárquica, pero no despótica ni acaparadora.
Todo bautizado -hombre, mujer, niño, adulto, joven o anciano decrépito- es partícipe radical en la misión salvadora y evangelizadora de Dios; y lo es en la triple faceta de Cristo sacerdote, profeta y rey, o de “repartir lo sagrado” –el “sacra dans”, del sacerdocio-, de anunciar la Buena Nueva de la Palabra divina, e incluso de dirigir –rex-, en funciones –todo ello- que no sean las derivadas del sacramento del orden sagrado.
Claro que no es un jerarca el laico, sino pueblo llano; pero ser pueblo –a diferencia de ser “masa”- implica radicales menesteres de corresponsabilidad colectiva. Porque pueblo pasivo o inerte, pueblo necio y marginal, es –como con diferentes perfiles y alcances anotaba Quevedo- camino de plata para tiranías de cualquier laya o especie. Ha de haber en la Iglesia una opinión pública, cuyos pensares, decires, sentires y hasta quereres cuenten –al menos algo- en la gestión pastoral (que es la suya propia) de la Iglesia. Si ha de haber, como es lógico, una teología del laicado, en esto puede estar una de sus primeras lecciones.
¿Es que los fieles no tienen reconocidos derechos subjetivos en la Iglesia, incluso frente a la propia Iglesia?
Cuando, tras el Vaticano II, se pensó en establecer una Ley Fundamental de la Iglesia que proclamara tales derechos, era iniciativa surgida en la estela teológica y jurídica del Concilio. No cuajó formalmente la idea por razones que no es del caso recordar, pero ciertamente no fueron razones contrarias a la verdad de unos derechos fundamentales del fiel en la Iglesia. De hecho, en la nueva codificación canónica –perfilada a la luz y sombra de tal Concilio, se incluyó un apartado con un elenco de los “derechos del fiel en la Iglesia”. Son realmente principios de la misma fuerza y funciones que las que desempeñan, en los ordenamientos civiles, los llamados “principios generales del derecho” como fuentes del mismo. Y que conste que, entre ellos, los hay que, si se les mira y sobre todo se les aplica bien, dan pié para ver que la presencia postulada para los “seglares” en la Iglesia ha de ser de hecho una “presencia” comprometida en su vida y obra y no un mero “estar” en ella como espectadores o floreros.
Valga también para esta otra consigna lo de antes. Aunque una presencia viva, activa y comprometida de los laicos en la Iglesia –de la juventud en el caso- sea de razón y buen sentido, no extrañe que, ante ella, se siga manteniendo la mentada doble opción de los esclavos y de los seres libres. La de quienes la miran, la ven bien incluso, pero prefieren seguir en posiciones más de cabeza dura que de sensatez y racionalidad; y la de quienes creen que ya es hora de repensar la realidad más radical de la Iglesia y decidirse por la justicia de “dar a cada cual lo suyo” dentro de ella misma. La justicia de esta presencia es parte de su justicia y obliga por razones de justicia, porque, si “toda injusticia es pecado”, en la Iglesia lo sería más.

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Las anteriores glosas sirvan para una reflexión final conjunta y breve sobre los anteriores atisbos.
Ni el hombre ni la mujer nacen esclavos. Cuando son esclavos, o es porque ellos se hacen esclavos, o porque otros los hacen. Si malignas y malditas son todas las esclavitudes causadas por las tiranías y los despotismos, más numerosas y malignas han de ser las causadas o permitidas por el propio esclavo. Porque estas –a parte de no justificarse nunca, al igual que las otras en esto- revelan poca talla humana de quien –pudiendo no ser esclavo- se presta a vivir como esclavo. Sé muy bien que no es fácil evadirse de ciertas esclavitudes y, por eso, salvemos a quienes, al menos, lo intentan. Para los otros –los que hasta se complacen y tienen a gala ser esclavos –que los hay-, aunque me cueste creerlo, es posible que ni perdón de Dios haya.
Ante las “consignas”, pues, servidores, una vez pasadas por el filtro de la conciencia y de la libertad, muy bien; esclavos, nunca.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mujer-Mujer 17-I-2019

17.01.19 | 14:54. Archivado en Acerca del autor

“Pese a los campeones del ‘masculinismo’ (decir feminismo parece impropiedad, según notaba el malogrado Jiménez Ocaña), la mujer es toda femenina desde la punta del cabello hasta la planta de los pies; y, en ella, lo más deliciosamente femenino es el cerebro, que representa, ante todo, órgano de atracción y de reproducción; al revés del hombre, cuya sesera constituye vulgar herramienta de trabajo. Ello no obsta para que haya muchas mujeres de esclarecido talento y capaces de altísimas empresas. Pero ¿son verdaderas mujeres?”.
Ramón y Cajal –pues él es quien elabora el anterior pensamiento en sus Charlas de café (Aguilar, Madrid. 1948. cap. II. Sobre el amor y las mujeres, pp. 51-52)-, es consciente de hallarse ya “en una época de feminismo militante y bullicioso” (que alude en la pag. 93 de la citada edición del libro), de legítimas reivindicaciones por tanto del derecho de toda mujer a la igualdad, a la tolerancia y sobre todo al respeto de todo lo que en ella hay de humano. Anotemos que Cajal, en este sugerente y precioso libro, no expresa tanto sus conquistas intelectuales o técnicas de gran científico como las apreciaciones a que su infinita curiosidad interesada por lo humano llevaba a opinar sobre cuanto le rodeaba o pasaba sobre su cabeza. Y si su ciencia le mereció el Premio Nóbel de Medicina (1906), su buen sentido y agudeza no desmerecen en otros campos del saber. No es sin tino lo que dice en este libro.
Es posible que ese interrogante final del párrafo elegido pueda desazonar a laos actuales feminismos lacayos de antropologías aventureras. A mí, no. Creo que un “feminismo sin mujer” no puede nunca ser un “feminismo a favor de la mujer”, y más bien es el peor apoyo imaginable para las legítimas aspiraciones femeninas a la igualdad, a la tolerancia y al respeto máximo que se les debe.

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Galdós, en El terror de 1824, define magistralmente, por boca del sedicioso Patricio Sarmiento, la doble condición y factura de los seres humanos -hombre o mujer, tanto da: la de los “hechos a medida” y la de los “fabricados en serie”.
Ese cap. XXI de tan aleccionador Episodio bien puede generalizarse y ser referido a todo hombre o mujer que –siendo conscientes del deber sagrado de “hacerse” cada cual a partir de unos datos de propio cuño y raíz- no se resignan a quedarse en vegetal, piedra o masa y pujan –en su vida concreta- por ser el hombre o mujer que cada uno está llamado a ser, por imperativos antropológicos de elemental solicitud.

Antepongo este preludio antropológico a las reflexiones que hoy me progongo sobre el perfil humano de una mujer, que, habiendo nacido mujer, se pasó la vida luchando con sus armas de mujer empeñada en conseguir ser una “mujer” de cuerpo y alma enteros hasta su muerte. Sin complejo alguno y sin desánimo; con entereza y verdad; sin soberbia pero con el legítimo orgullo de ser mujer; y sin tentaciones jamás de echarse al monte de unos feminismos tan empeñados en construir mujeres de diseño y no mujeres de verdad. Su lucha femenina fue de de una dedicación seria, constante, empeñada y sobre todo fiada siempre de la validez de sus posibilidades de mujer en la sociedad de su tiempo y en la circunstancia en que le tocó vivir.
Ana María García Armendáriz es la mujer a que me refiero. Navarra, nacida en Uztarroz y fallecida en Pamplona el posado 1 de enero, a los 90 años de vida plena y llena; sin alardes feministas, como digo, de ninguna clase y sin complejos inhibidores o depauperantes, consiguió ser todo lo que puede ser una mujer, incluso en tiempos en que “ser mujer” no tenía a su favor el viento de las propagandas, como ahora.
Se hizo ella misma de la mano de una vocación –llamemos la “vocación” capacidades y valores humanos- de feminidad rebosante y pletórica, sin asomo, ni lejano siquiera, ded pretender, ni ser “mujer de diseño”, ni meterse en moldes de “prêt-à-porter”, ni resignarse nunca a ser de “los fabricados en serie”.

En su honor, y en la certeza –ella lo ha demostrado- de que se puede ser mujer sin abdicar en nada de lo que física, psíquica, etica y estéticamente, intelectual y culturalmente, puede ser una mujer, si se lo propone y lucha por ello, hasta en tiempos tan híbridos y confusos como los actuales, van estas impresiones sobre Ana Mari. No se merece menos, creo yo, una luchadora tan efectiva, como ella, por la esencia de la mujer, por la dignidad y libertad de ser mujer, por los valores de entrega siendo mujer y como mujer, por su sensibilidad ante “lo otro” como quiera que sea, por su elegancia física, psíquica y moral, hasta por su lógica coquetería femenina que no le faltaba a su tiempo, por su entereza de mujer en los momentos duros, por su autonomía personal, por su rebeldía para saber decir “no” en las ocasiones de tensión.
Que por eso y más, si para los suyos fue un valor siempre en alza, para cualquiera que la haya conocido, como a mí me ha sucedido, Ana Maria es y seguirá siendo una “mujer-bandera”, dicho esto en el mejor sentido de las palabras “mujer” y “bandera”. Por doquiera que pasó, ni ella arrastró complejos por ser mujer, ni quienes la trataron se tuvieron a menos por tener que vérselas con una mujer; ni los de abajo, ni los de arriba; ni los de la derecha ni los de la izquierda.
No necesitó nada más que su autenticidad de mujer para triunfar. Sin alardes repito; sin falsías; sin tener que abdicar pora nada de sus atributos femeninos…. Como tampoco necesitó más que eso para conseguir hacer de su vida un perenne ser y saber estar en su personal circunstancia, para, desde ella, mostrar con holgura y verdad una vida entera de mujer.
¿Un mirlo blanco, Ana Mari? Ni creo ni he creído nunca en los “mirlos blancos”. Para mí, todos los mirlos son negros y de pico amarillo. Porque la única historia que conozco de “un mirlo blanco”, la de la obrita de Alfred de Musset, a parte de ser un cuento muy bien contado, va por otros caminos.

Era navarra Ana Mari. Sin alardes tampoco, pero era navarra y, como tal, sincera y valiente; no de las llamadas “de armas tomar”, ni de las que llama Ortega “mujer de presa” (cfr. Esquema de Salomé, en El Espectador, III, Obras. Alianza Editorial Madrid, 1998, pp. 260-363). Era sencillamente mujer y no necesitaba más para abrirse paso como mujer.
La conocí en San Sebastián siendo ya inspectora provincial de enseñanza primaria. Un cargo con el que posteriormente vino a Madrid, ya en otras funciones superiores dentro del mismo plano de la educación primaria. Eran los años sesenta-setenta del siglo pasado, años, como se sabe, de intensos hervores tanto ideológicos como políticos, dentro y fuera de España, Si “Mayo del 68” supuso en Occidente un vuelco deconstructor y anarquista de los valores más típicos de una Europa que necesitada, para lamerse las heridas de las guerras mundiales, aferrase a sus raíces mejor que revolucionarse hasta abdicar de ellos, en España el positivo espíritu de la Transición de la dictadura a la democracia invitaba a las “dos Españas” en liza secular a hablar y escucharse para –sin quitar a nadie ni sus ideas ni sus ilusiones- iniciar juntos, como debe ser, los caminos de libertad-nunca fáciles- que se auguraban en aquella circunstancia de la Historia patria.
En esa circunstancia, accedió Ana Mari a cargos públicos -concejala en el ayuntamiento de Madrid en varias legislaturas. Y lo hizo siempre con la cabeza alta, echando siempre por delante su condición de mujer y sin que su perfil humano y católico sin fisuras ni condescendencias, desdijera nada –todo o contrario- bajo alcaldes como el socialista Tierno Galván o el conservador Alvarez del Manzano. Y –más tarde- lo mismo que había llegado, se volvió a su casa, sin amarguras ni resabios, con la sonrisa y la paz en su semblante, y con esa elegancia tan femenina y tan verdadera y sincera lo mismo cuando se gana que cuando se pierde….

No tengo dudas –en este punto- en personalizar en ella esa frase de Cajal que rememoro al comienzo de las reflexiones: “La mujer es toda femenina desde la punta del cabello hasta la planta de los piés”, con todo lo que esas palabras implican; y aún lo completaría con el punto que les sigue; “y, en ella, lo más deliciosamente femenino es el cerebro”

Podría decir de Ana Mari otras muchas cosas más.
Habré de ir cerrando las reflexiones y conformarme, sin embargo, tan sólo con dejar aquí constancia de dos o tres de sus consignas personales y de vida- Las acabo de ver escritas de su puño y letra en su manoseado listín de teléfonos y direcciones de amigos y conocidos. Creo que las tres, a modo de consignas vitales como digo, sirven para abundar en las ideas de elogio a su perfil de mujer que no rehusó nunca ni ser mujer ni de apadrinar con rostro y hechuras de mujer todos los escenarios vitales –personales o colectivos- en que se vió metida o envuelta a lo largo de su fecunda y prolongada vida.

- “En la última etapa de la vida, debemos conseguir que la misma sea una experiencia placentera y serena, de benevolencia, de autonomía, de participación, sabiduría y acercamiento a Dios”.
Es una idea –como deja apuntado ella misma- que toma de Enrique Rojas Marcos, posiblemente de ese libro en que trata de reflejar los ecos del fin de siglo. De hecho en estos valores rebozó Ana Mari los últimos tiempos de su vida.

- “No hay ninguna tiranía política que no haya querido dirigir el campo moral”.
Ignoro de dónde tomó esta verídica idea; no me extrañaría que fuera fruto de su experiencia vivida. Pero, ¡qué gran verdad!. Manejar, controlar, manipular, tomar al asalto (porque no hay ningún derecho a ello) y meter la ideología del tirano –anotemos que en democracia o mejor con medallones de “demócrata de toda la vida” colgados al pecho se dan tiranos- en el alma del ciudadano y sobre todo de los niños ha sido y sigue siendo afición favorita de todo el que, de cualquier modo,
- Y la tercera dice así. “Solidaridad es hacer mía la causa del otro”.
De esta sí que no dudo de que sea en verdad el lema definitorio de su vida. Eso fue toda su vida: hacer suya la causa del otro, sea cual sea ese otro y hasta sea cual sea la causa de que se trate. En este punto de mis reflexiones yo me halagaría de glosar esta consigna de Ana Mari con esa frase que una vez, hace años, oí decir y que anoté enseguida porque me pareció no sólo humana y cristiana al cien por cien, sino pintiparada para glosar esta tercera consigna; pintiparada además para estos tiempos en que las migraciones de gentes en ruina total están llamando a las puertas del mundo que se titula “civilizado” en demanda precisamente de “solidaridad”. Decía aquella frase; “Ámame ahora que soy negro; porque cuando sea blanco me amarán todos”. Todo un poema de belleza y de verdad bien conjuntadas.

Ana Mari. Gracias por tu vida de “mujer-mujer”. Este feminismo es el que me gusta y convence.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Caminos que a Roma van. Caminos que de Roma vuelven 14-i-2019

14.01.19 | 21:22. Archivado en Acerca del autor

“Caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Le sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensibilidad plena. A veces, uno vuelve de la caminata transformado, más inclinado a disfrutar del tiempo que a someterse a la urgencia que prevalece en nuestras existencias contemporáneas. Caminar es vivir el cuerpo, provisional o definitivamente. Recurrir al bosque, a las rutas, a los senderos no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. Caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo”.
Con tan sugerentes ideas sobre algunas virtudes del “caminar”, ya en el “Umbral del camino”, el sociólogo y antropólogo profesor de Estrasburgo, David Le Breton, abre su Elogio del caminar (Siruela, Madrid, 2000, pp. 15-16), como queriendo indicar desde el comienzo que “caminar” es una forma inteligente de vivir y modo de evadirse –por ese medio- de los reclamos de una pos-modernidad deconstructora y frívola con nada positivas pretensiones de mantener al ser humano en condiciones de masa y objeto y así liberarlo, como si de una liberación redentora se tratara y no de una traición a las esencias de “lo humano cabal”.

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Esta mañana –al revisarme del Sintrón y de una afección de oídos- Elena, mi enfermera, me cuenta la experiencia –la suya e igualmente la de su marido e hijo- al encararse estos días pasados –del 18 de diciembre al 6 de enero- con la urbe-Roma y también con el estilo del papa Francisco. Las dos impresiones han marcado profundamente, según me dice, la peripecia entera de su viaje a Italia, para vivir allí la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes.

Les ha encantado Roma, por su empaque de ciudad monumental; como relicario imponente de culturas diferentes –distintas y distantes- que, cual si de una cita misteriosa se tratara y para quien las mire bien, laten reflejadas en sus milenarias piedras; como testigo fiel que cursa sin pretenderlo –que es como mejor llegan los mensajes- la invitación a mirar y verlo todo, pero traspasando la superficie hasta encontrar bajo las piedras o las fuentes o los circos o las iglesias y bibliotecas, unas trascendencias que sólo allí se pueden observar tan juntas y sobre todo tan persuasivas y proyectivas; como un pasado que, aunque aparentemente quieto y estático, no está muerto ni mucho menos, porque a cada paso y mirada lo reviven los ojos de quienes buscan más allá de las formas escuetas o sondean más al fondo de las apariencias.
En la actual circunstancia, en su propia circunstancia, Roma les ha parecido una ciudad de luz, luminosa y radiante, preciosa, grande, invicta. Todos estos adjetivos los ha dicho Elena para calificar su admiración y respeto por esta ciudad que, al titularse “eterna”, evoca sin duda algo más que retazos –por sublimes o azarosos que pùedan ser- de mera historia humana. Lo de Roma es algo más que “historia”, según yo la percibo.

Y el papa Francisco… Buscaban –me dice Elena-, al ir a Roma, tenerlo a tiro de piedra y lo tuvieron al alcance de la mano, en una inmediatez cuajada de sensaciones y vibraciones humanas, religiosas, proyectivas así mismo para sus vidas, en las que el presente es para ellos -lo sé por observación directa del calibre intelectual y moral de mi enfermera- un tomar el pasado en las manos, observarlo por su envés y su revés –las dos visiones se necesitan para que el mismo, sin perder su sitio y carácter, se vuelva ejemplar-, decirle sí o no según proceda y terminar enfocando –desde el presente- el futuro que se quiere construir, cada cual el suyo como es lógico, pero todos, no a la intemperie de frívolos modernismos, sino a la sombra de los mismos valores que han dejado, históricamente, su pátina de verdad y humanidad en la gran cultura de Occidente; la que en Roma tiene una de sus mejores expresiones..
Tuvieron a la mano al papa Francisco. De cerca lo pudieron ver y oír. Y la impresión recibida la refrenda Elena con los ojos vivos de admiración y, sobre todo, de congratulación por el mensaje que de su figura blanca emerge: de sencillez, de cercanía y de “todo bondad”.

Ilusionados regresan los que ilusionados iban. No se sintieron defraudados, ni mucho menos. Esperanzados vuelven los que esperanzados iban. Dispuestos a repetir en cuanto puedan los que no saben por dónde comenzar para contar este retazo feliz de su propia “historia vivida”. Iban guiados por la esperanza y, al regresar, no pudieron dejar de brindar por mla esperanza.

¿Anécdotas?
Dos principales me cuenta Elena esta mañana.
La de un joven norteamericano que con ellos se viera en Roma, de religión baptista segú n parece y la ingente cantidad de japoneses, principalmente, que andaban por Roma estos días, ansiosos –ellos también, de ver y verse con Roma y el Papa.
Distintas y diferentes religiones, pero un mismo empeño y un mismo entusiasmo, recalca Elena, en todos, como si de una gran familia, sin distancias, se tratara. Nada extraño, me digo yo, ni en el vislumbre de Maikol –el chico norteamericano- que dice esperar lo inesperado de la liturgia papal del 6 de enero, ni en el afán de los japoneses por verse ante una proclamación sincera de una verdad que es de todos –la dimensión religiosa de todo hombre es de todos-, aunque, en Roma, esos días, venga proclamada por el jefe de una religión, como la católica, hecha hoy ya a la idea de que –sin perder ni abdicar de sus propias esencias, que las tiene y se radican en el Evangelio de Jesús- en toda religión ha de haber algo que nos une a todos y nos hermana aunque después cada cual se oriente –eso es la libertad religiosa- como su conciencia mejor o peor le dicte y siempre con las puertas abiertas a la verdad. Y no es una pretendida igualdad de todas las religiones lo que se refleja en ello; es la libertad de la conciencia del hombre en busca de Dios lo que se protege con el respeto a la misma en su obligada tarea de buscar con seriedad y verdad al Dios verdadero.

Elena está contenta de su viaje y, más que contenta, feliz por haberlo realizado con los ojos abiertos y por haber sabido procesar en su interior lo que sus ojos y sus pasos descubrieron estos días al caminar.
Una riqueza para ella y un placer y regusto para quienes, como yo, tienen la suerte de recibirlo de sus labios.

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Caminos que a Roma van… Caminos que de Roma vienen…
Los caminos –dicen quienes alaban el caminar- deben hacerse yendo y viniendo por ellos, no yendo solamente ni regresando tan sólo. “Se hace camino al andar” el camino proclama veraz mi gran poeta filósofo, pero también se hace al regresar por el mismo camino al puesto de salida, porque, si al marchar por un camino con buen ánimo y buen pié –como pondera el autor del Elogio del caminar- se consigue todo eso que recogen las frases de cabecera, lo más importante es el final: caminar es, a menudo, un rodeo para encontrarse con uno mismo. Al regresar sin haberse atascado, se llevan a los orígenes y a las raíces los recuerdos del camino. Y eso es vivir y ayudar a vivir.
Todos los caminos del hombre –mientras o en cuanto son caminos hacia la verdad, la justicia, el amor, la libertad, el trabajo bien hecho o la profesión bien cumplida, la racionalidad, la poesía, la religión o cualquier otro escenario del quehacer humano- son caminos hacia la vida y el vivir. Con una finalidad tan sólo, exigencia de la propia vida: hacerla y llenarla. “La vida, que me es dada y en la cual me encuentro, no me es dada hecha sino por hacer”, dicen a una nuestros grandes pensadores del s. XX, Ortega y Marías (cfr. Harold Raley, La visión responsable, Espasa-Calpe, Madrid, 1977, pag. 179).
Se nos entrega vacía pero con un sagrado deber de llenarla; en libertad por supuesto, pero con la responsabilidad que exige ir por ella, por la vida, con las antenas abiertas a todo lo que –dentro de las posibilidades de cada cual- pide y reclama la dignidad suprema del hombre. Con libertad pero sin trampas.

Gracias, Elena, por el recuento de vuestro “caminar” a Roma y al Papa. Y por esa lección de vida que me acabas de dar al recontarlo.
Elogio del caminar. “Caminar” es, a veces, un rodeo para encontrarse, o re-encontrarse quizás mejor, con uno mismo.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Justicia. Leyes. Demagogias 9-I.2019

09.01.19 | 13:04. Archivado en Acerca del autor

El derecho –de ordinario- abona el viaje hacia la justicia; pero no es forzosamente la justicia. De hecho, no es infrecuente verlo al margen o en contra de la justicia. Está llamado a ser a la justicia lo que el camino es a la meta y al final del viaje.
La demagogia no es la democracia. Es el falso carnet que usan los totalitarios para hacerse ver demócratas, siendo solamente aduladores del pueblo para hacerle creer que es el que manda.
Las leyes son –en idea de Cicerón- el precio de libertad que ha de pagarse para poder ser libres.

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El pasado dos de enero –el segundo día de 2019-, tras los efluvios del cava y el atragantón de las doce uvas, de los brindis de rigor por la “vida nueva” y el “cambio” y de los airosos pasos marciales de la Marcha Radesky del concierto de Viena, una mujer era asesinada en Laredo (Cantabria) a manos del salvaje de turno.
El motivo es lo de menos ahora; lo que importa sobre todo es el hecho.
Y el hecho es que la negra sombra de las casi cincuenta mujeres privadas de la vida en 2018 se alarga un trecho más, en un contraste, más que sorprendente, macabro, con los ecos –todavía sonoros- de los “buenos propósitos”, rituales cada nuevo año, más por exigencias del guión como parece por estos hechos que por verdadero propósito de enmienda.
Más al fondo del suceso en cuestión queda la -así mismo- negra marea de los malos tratos, de los desprecios, de los acosos, de los ninguneos y vejámenes que, por ser mujeres, se vuelcan sobre ellas en esta sociedad que algunos llaman “machista” y yo, genéricamente, calificaría de “menos que humana”, por desnortada y vacía de contenidos altruistas. Llamarle “machista” a secas me parece menos exacto porque la cosa va más allá de lo que pueda perpetrar, en singular, un individuo “machista”. Más que individual –que también lo es sin duda- hay un problema social, que ha de abordarse, analizarse y, a ser posible, resolverse socialmente.

Nomenclaturas y terminologías aparte, lo cierto y más serio y preocupante es, de todos modos, que, sin dar tiempo al respiro, nada más comenzado 2019, ¡zás!; y otro asesinato de mujer se cuela en los noticieros, y la actualidad se tiñe de negro y rojo con la desvergüenza, la ignominia, la injusticia, los odios desatados y a flor de piel, la vesania y el desafío social, que revelan estos recurrentes e inacabables episodios.
Inacabables, a pesar de todo. De la repugnancia intrínseca que el asesinato o la humillación, hasta el desprecio y la degradación de un semejante, ha de producir en la conciencia individual y colectiva. A pesar de las leyes penales que sancionan estos crímenes. A pesar de las alarmas sociales desencadenadas desde hace tiempo por esta crecida de la sangre en esta sociedad. A pesar de todo, la riada que no cesa…. ¿Por qué?, nos habremos de preguntar, si nos tenemos por racionales y sensibles ….
¿Es que algo falla en los remedios arbitrados para ponerle fin? ¿Es que –a parte de las maldades o las psicopatías o los excesos de viejas culturas supremacistas del “macho”- hay algo más que vuelve inoperantes los ”golpes legislativos” con que, desde hace años, se ha buscado gestionar y erradicar esta lacra social abominable? ¿Por qué, en este campo, se resisten tanto a surtir efecto los remedios?.

Como estos días la cuestión se ha reactivado por mor de los “polítiqueos” de partido, a cuenta de postulados como el de Vox ante la formación del nuevo gobierno andaluz, y se ha cuestionado la plena bondad de la ley llamada de la “violencia de género”, que no a todos gusta por lo que puede tener de desmesura legal -el título, a mí personalmente, me gusta menos que la finalidad de la ley-, y con todo ello las ideas se disparan en todas direcciones, obvio parece darle cancha de unas reflexiones al paso de la polvareda, mediática sobre todo. Acabo de oír, por ejemplo, a una mujer decir que “tratar todas las violencias de la misma manera es “machismo”, como dando a entender que hay “violencias de primera clase” –las que van contra la mujer- y otras de segunda o tercera –las que van contra personas distintas de las mujeres….
Pues como ahora mismo, en la materia, lo que más intriga pudiera ser la justa racionalidad de la llamada “ley de violencia de género”, achiquemos un tanto el espacio de la reflexión para echar la mirada tan sólo a esta ley, con el fin de preguntarnos si la misma –en cuanto ley humana, hija de una circunstancia concreta- ha de permitir críticas razonables y razonadas, o si ha de ser portada bajo palio, con aureola divina y, en consecuencia, asumida a ciegas, cerrando los ojos y acatando lo que diga el que manda, admitiendo –ig talmente a ciegas y sin rechistar- que “quien manda”, al dar una ley, inventa con ella la justicia del caso y la exime de toda posibilidad justa de crítica, censura o matices. Porque matizar no es corregir, ni menos aún desestimar. Y hacer de la justicia y del derecho patrimonio o territorio particular del que manda es como acondicionarse un coto privado de caza en el que uno mismo se legitima para disparar contra todo lo que se mueva si el disparo va en la dirección de los personales intereses; del que manda, claro!.
Este va a ser, pues, el perfil más directo de esta reflexión de hoy, con fondo en este fenómeno lamentable de las violencias contra la mujer y particularmente contra esa especie salvaje de violencia que recala en el asesinato. Con independencia de lo que haya podido ser o hacer un ser humano, nunca se le puede faltar al respeto -respeto lo tomo aquí como salvoconducto de la justicia-, y menos si se tratara de esa falta de respeto mayor que es el mal-trato y no digamos las agresiones que atentan contra la vida de “otro”, de la manera que sea o por los motivos que fuere.

Que la coyuntura de las violencias contra la mujer exige “golpes legislativos”, no cabe duda. Que esos “golpes legislativos” han de ser duros, rigurosos y proporcionados a la realidad muy grave del fenómeno y de los hechos, tampoco se puede dudar. Que esos mismos “golpes”, aparejados para defensa de la mujer tienen la justicia enteramente de su lado, parece incuestionable.
Sin embargo, me planteo –y creo que con razón- si esa ley –justa por completo en lo que atañe a la defensa justa frente a la violencia contra la mujer-, sigue siendo justa en lo que puede tener de discriminatoria respecto de otras violencias de la misma clase o especie, pero dirigidas hacia otras personas, incluso las propiciadas por mujeres. O, lo que es lo mismo, si esta ley admite matices y, en su caso, reservas, no en cuanto a bajar la guardia frente a las violencias contra la mujer, sino en lo que se refiere a otras violencias de la misma especie que parecen olvidadas o depreciadas y minusvaloradas por ella. O si esa ley, al defender a la mujer, con exclusividad y con el “favor del derecho” -jurídica y judicialmente-, como lo hace-, oblicuamente no lesiona o puede lesionar derechos de otros situados en –exactamente- las mismas condiciones de la mujer favorecida. O la cuestión no desdeñable los abusos hipotéticamente cometidos a la sombra de los “derechos” que con esa ley se protegen y que pudieran desbordar o hipotecar los más que loables fines de la misma.
Estos aspectos negativos no se quedan en una mera cuestión de teoría, sino de práctica, porque a nadie se le oculta, si es razonable, el mal uso que algunas mujeres han hecho –ellas mismas o inducidas por abogadilos de tres al cuarto- para tomarse ventajas en supuestos de separación o divorcio, o de guarda y custodia de los hijos, a la sombra de una ley tan positivamente discriminatoria para la mujer como negativamente pudiera serlo para otros en similares circunstancias.
Esta realidad la conocemos todos, porque la hemos palpado todos, sobre todo cuando nos hemos hallado metidos en estas lides. Concedamos que no sea lo más usual, pero es real.

He de insistir en algo para evitar malas interpretaciones o recelos. Abomino de todo mal trato a la mujer; y más aún lo abomino si el mal-trato atenta contra su vida. Pero no dejaré de reconocer que las leyes, para ser justas, han de acomodarse a la “justicia”, a la distributiva y social también, y hacerlo de tal modo que no se dejen portillos abiertos a la injusticia. Y hay leyes que no se acomodan o no se acomodan del todo a la justicia al dejar flancos abiertos por los que se puede colar la injusticia.
Soy, además, del criterio de que el legislador no crea la justicia, sino que la actúa al unirla al supuesto de hecho de una ley. Y nunca he creído que el legislador o el que manda tengan la llave maestra de lo justo y de lo injusto, como si de algo que de su omnímoda voluntad se tratara, porque –de ser así- todo lo que “se mandara” sería justo, aunque fuera el mandato de un tirano, de un déspota, de un dictador o del mismo Hitler, por ejemplo, que subió al Poder en Alemania, como se sabe, por el voto mayoritario de los alemanes.

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Dicho esto y para cerrar estas reflexiones de hoy –mañana será otro, día- algunas “entregas” sobre la justicia, la ley y las demagogias que –para halagar al pueblo o a una parte del mismo- orquestan leyes o decretos-ley con más oportunismo que verdad y razón justa.

- Tomo la primera del Digesto de Justiniano, una de las fuentes de la “recta razón” romana, de la “ratio scripta” o “la razón puesta en letras- como se ha dado en llamar a sus leyes y criterios legales. “Iuri operam daturum. prius nosse oportet unde nomen iuris descendat; est autem a iustitia appellatum, nam ut eleganter Celsus definit, ius est ars boni et aequi”. Que viene a decir que el derecho se emparenta con la justicia, como “arte” que debe ser para descubrir la justicia o la injusticia de los hechos a que el jurista –como quiera que sea o se llame- ha de aplicar sus dotes de buscador y artista de lo justo. Es un verdadero artista de la justicia; “sacerdote de la justicia” le llama el Digesto en ese mismo pasaje. Y poco después, entre los primeros principios y supremos valores del Derecho, incluye el “suum cuique tribuere”, el “dar a cada cual “lo suyo”, en lo que consiste precisamente la justicia objetivada y puesta en las manos del “artista”, que la detecte, la refine y concrete y la traduzca en leyes justas y en unas aplicaciones no menos justas de las mismas (cfr. Digesto, 1.1.1 y 1.1.10)

- Victor Hugo, en una de las escenas de su comedia El hombre que rie (1869) -2ª parte, libro 1º, cap. X-, capta perfectamente las claves radicales de lo justo y de lo injusto con sólo asomarse al interior del hombre y ver de medir sus aperturas a una cosa y a la otra, hasta decir por boca de su personaje que “aterra pensar que eso que llevamos dentro de nosotros, el juicio, no es la justicia”; porque “el juicio es lo relativo y la justicia es lo absoluto”. Y –en consecuencia- pide reflexionar en serio sobre “la distancia que puede existir entre ser juez y ser justo”.

-Y por fin la gran ironía de Kant –no exenta de dramatismo o quizás de fatal impotencia-, cuando lamentaba que los juristas no hayan sido capaces aún de ponerse de acuerdo sobre algo tan primario en una ciencia como el concepto de la misma: “Noch suchen die Juristen eine Definition zu ihrem Begriffe vom Rechte”. Las abismales distancias que puede haber entre los que cultivan el derecho sobre el propio ser o no ser del mismo no deja de ser una tragedia para la causa de la justicia.
Es terrible que –después de la Soah y los Gulag, de las dictaduras que no cesan y de las democracias que no cuajan del todo- sigan los juristas recreando a cada paso su propio concepto del derecho. Y peor es aún, a mi ver, que prevalezca el número de los que se adhieren al totalitario “esto es justo porque yo lo mando” sobre el de los que –a la sombra de un “iusnaturalismo” de base humana- limita los arbitrios del Poder (legislativo, judicial o ejecutivo) adosando al derecho sólo lo que es justo con arreglo a unas bases objetivas radicadas en el hombre y en sus derechos humanos básicos y con anterioridad y por encima de la sola voluntad o capricho del que manda.
Pero como presumo que no va a tener remedio, aquí y ahora, por arte de birlibirloque, lo que no lo ha tenido en siglos, no dejaré de mostrarme a favor de aquellos juristas que no se sienten ni amos ni dueños de la justicia, sino tan sólo servidores y artistas de ella, y que al dercho lo miran y ven como instrumento –el más cualificado- de la misma y de su entera razón de ser en una sociedad de hombres.

El espacio se acaba por hoy. Tiempo al tiempo que mañana, o al día siguiente, será otro día.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Viernes, 22 de febrero

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