Entre dos luces

Un "tío" de pueblo -Apunte para una democracia real 14-XI-2018

15.11.18 | 20:15. Archivado en Acerca del autor

Que sea “trece y martes” –ayer lo era- no es señal inequívoca o contundente de mala suerte ni de malos augurios. Tiene mucho de “superstición” la cosa y, como se sabe, las supersticiones –religiosas o laicas- son irracionalidades o juegos de farsa con lo auténtico mucho más que criterios de buen sentido. Por eso, lo de “martes y trece”, esta vez, no pasó de ser una jocosa chanza entre Pedro y yo.

Y puesto de menciono a Pedro, ¿quién es ese Pedro?
Pedro es un hombre de pueblo; de mi pueblo concretamente. Es un “tío de pueblo” que. además de haberse pasado la vida trabajando de sol a sol, metido siempre en faenas ganaderas (ha sido carnicero en el pueblo y cultor de vacas y ovejas) y en movimiento continuo para darlas cumplidas, tiene virtudes como la de hablar claro o la de intentar llamar a las cosas por su nombre; lo que no es poco, puesto que, al ser cívicas por naturaleza, suelen darse de baja tales virtudes en tiempos en que el civismo se despelota a manos de intereses, conveniencias, medias verdades y, sobre todo, esa tara de la verdad que lleva a creer “a pies juntillas” que no hay ni otra verdad ni más verdad que la que sale de mi boca después de ser apadrinada por los adentros. O sea, lo que ahora se dice la “pos-verdad”.
No. Pedro no sabe ni lo que es la “pos-verdad”, ni falta que le hace; al menos, por lo que a mí me consta, nunca se ha dado a concertar citas con ella. Como dijera Goethe, “lo que hay dentro, eso hay fuera”. Dice lo que piensa, sin malicias ni entreverados rellenos; lo recalca, si hace falta; y que no le vengan los “listos” con cataplasmas para curar la tuberculosis. Alguna vez lo dice “a lo bruto”, porque es un “tiarrón”, pero no pasa de eso al poner en solfa y defender lo que cree justo y verdadero.

Pedro es amigo mío y, algunas mañanas del verano, hace que le acompañe al bar del pueblo para tomar un café y unos churros (los preparan muy bien, por cierto- y, de este modo, tener ocasión de departir juntos un rato cultivando la amistad -delicada planta que necesita cuidados para dar flores.

Ayer le llamé para saludarle, anunciarle un próximo viaje al pueblo y mi deseo de verle –a él y a los suyos-, aunque aunque el billete sea esta vez de ida y vuelta en el día.

Resulta fascinante, o -quizá mejor- estimulante, ver cómo los amigos –especialmente cuando son de los que dan lo que tienen y lo que tienen es positivo para el cuerpo, para el alma o para las dos cosas- pueden insuflar -con cuatro palabras- dosis justas pero cumplidas de esa sabiduría “de pueblo” que, para serlo de verdad y a tope, no requiere ni de tesis doctorales ni de “masters”, pero que suele hallarse, como en sede propia, tanto en la “gente mayor” –de vuelta ya de las apariencias y las transparencias al uso y curtida en múltiples experiencias del vivir-. y también en las “gentes de pueblo”, tan de vuelta igualmente de monsergas o carantoñas baratas y casi siempre utilitarias, porque –a “los de regadío”, como se dice ahora- los ven a su lado para reclamarles impuestos o cuando se estila pasarles la mano por el lomo para pedirles el voto en las elecciones.
“Gramática parda” saben estas gentes; y de “clase suprema” calificaría el Bachiller Cantaclaro a esta sabiduría popular y sin embargo desprovista de lo que el citado bachiller llama “arte de vivir sin dar golpe”. Esta gente no. Que se levanta con el día y suele recogerse cuando ya no queda luz para seguir faenando.

Después del saludo ritual y de compadrear un poco con lo de “martes y trece” del día, al interesarme por las cosas del pueblo y las del país y por él mismo y los suyos -¿Cómo vamos; cómo vais?-, recibo la escueta respuesta que literalmente reproduzco: “Tirando vamos. Hay lo que hay; y hay que salir como se pueda”.

Estupefacto me quedé nada más oírle. Porque no eran teorías lo que mostraba la escueta frase. Era “entereza” de un hombre “entero”, acostumbrado a luchar contra los “elementos” haciendo lo posible por vencerlos. Era el contrapunto del “progre” de ayer y de hoy, hecho más para rastrear culpables que para buscar soluciones, ávido más de coger la pancarta y protegerse tras ella para gritar consignas que no son suyas, que de arrimar el hombro y exigir –con métodos de hombre y no de bestia; es decir, con el voto y con razones, exigir al gobernante que gobierne sin demagogias, al juez que juzgue haciendo justicia y no meramente administrándola; y al legista que –sin reducir a su capricho los espacios de las personas, de la familia y de la misma sociedad- legisle de acuerdo con la “demanda social”, sin saltársela “a la torera” cuando le guste o convenga a su ideología, y respetando –porque es lo justo- todos los derechos que son anteriores al Estado y de los que el Estado ha de ser solamente gestor, pero no amo.
Estupefacto me quedé y se lo dije. “Pedro, aunque sea “martes y trece”, me acabas de dar una lección magistral –práctica sobre todo- de sabiduría popular. Valdría para titular un “master”, ahora que tanto se llevan. Soltó una risotada y seguimos conformando mi plan de viaje al pueblo.

“Hay que salir como se pueda….”. Todo un reto, pero también todo un orgullo de ser “ciudadano” y –por qué no también!- todo un orgullo de ser “de pueblo”.

No es Pedro –creo yo- de los de “comerse los santos a “puñados”; tampoco es de los pirómanos incendiarios. Es hombre de calma, pausado y oportuno en sus decires y sus recetas.
Como digo, es de los que han trabajado de sol a sol toda la vida. Es realista como ha de serlo todo el que, al asomarse al balcón, admira el rosicler de los amaneceres y los atardeceres limpios, y se fía de lo que intuyen sus ojos tras el color de una nube o el vuelo de las avecillas; aunque se fía más de la fuerza de su razón y de la solidez de su voluntad que de los augurios de un almanaque o de lo que aventure la hoja de un calendario. Es sagaz, para llamar a las cosas por su nombre sin perderse, a pesar de ello, por las ramas de ampulosas vacuidades o de retóricas ofertas de prestidigitador.

Este dicho de hoy, a bote pronto y sin pensarlo casi: “Vamos tirando. Hay lo que hay. Hay que salir como se pueda”, no es ni retórica ni vacuidad. Tampoco es gramática parda a secas, aunque bien pudiera ser una forma de gramática, la que enseña a conjugar el verbo “vivir” “con lo que hay”, “ni envidiado ni envidioso” como suele decirse también, para no caer ni en resentimientos inciviles, ni en frustraciones indicadoras de inmadurez.
Pedro es así y es agradable tenerle por amigo, me dije al desconectar el teléfono y acabar la charla con él.

Raudo cogí en la mano el medieval Cantar de mio Cid para buscar y degustar ese verso macanudo –el vigésimo- que los burgaleses musitaron al paso de Rodrigo Díaz de Vivar –cabizbajo, pero no vencido-, por sus tierras, camino del destierro, prenda con que el Rey pagaba su lealtad exigente: “Dios, ¡qué buen vassallo, si oviese buen señor!”.

Y, pensando para mí solo, me hago una breve reflexión final por hoy. Las democracias fallan con bastante frecuencia: y fallan porque ser demócrata de verdad es de las cosas más difíciles del quehacer político. Pero ¿no son muchas más las veces que las democracias fallan o son morbosas más por causa de los políticos que por causa de los de “pueblo”? Es para pensar…

Gracias, amigo Pedro, por haberme ayudado a pensar –ayer y hoy- con tu feliz y constructiva receta. Hasta pronto.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Retablo estupefaciente 13-XI-2018

14.11.18 | 20:58. Archivado en Acerca del autor

Defiendo la rebeldía frente a toda especie de opresión, y la libertad de la conciencia del hombre en los conflictos entre conciencia y ley. Lo que no defiendo, ni seguramente defenderé nunca, es la arbitrariedad como norma de conducta, ni la fuerza o mañas de las ideologías imponiéndose a la fuerza de la razón. Ni el derecho a la libertad de los que se rebelan al ver tocada la suya, pero no cuando “la suya” ha de contrastarse y, por tanto, limitarse con la de los “otros”. Ni defiendo la ley a toda costa –la justicia es otra cosa y el “fiat iustitia etsi pereat mundus” lo deja vislumbrar si se le retira a la frase su tremendismo y extremosidad- o a costa de lo que sea si de la ley se tiene la idea del “iustum quia iussum”, que quiere decir que “una cosa es justa porque está mandada”. Me repugna la lógica que obliga a levantar estatuas a los tiranos después de legislar a su gusto.
Quizás no sea fácil, como suele decirse, atar todas estas moscas por el rabo; y no trataré de hacerlo y ni siquiera intentarlo. Sólo quiero hacer un pequeño retablo de apuntes breves , pero estupefacientes.

+ Media docena de concejales del ayuntamiento de Madrid se rebelan y se vuelven contra las consignas y son reprobados por Podemos y excluidos de militancia por resistencia a las directrices y directores del partido.
Las palabras de justificación de la medida, del inefable Sr. Echenique, haciendo de portavoz oficial de Podemos, puede que sean todo un poema o canto a la libertad política, aunque no diré la de quién. Porque -desde aquella madame Roland recitando, al subir a la guillotina. el sobado apóstrofe de “Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, y antes, desde la Antígona de Sófocles y las demás “antígonas” de toda la historia humana; o desde Ortega diciendo que la política es “el reino de la mentira”, y a veces hasta del crimen pudiera serlo en ocasiones; hasta lo más reciente de la mujer pakistaní Asia Bibí y otros muchos perseguidos. hasta la muerte y más, por sus creencias y derecho a la libertad- la lógica del ingenioso portavoz sólo revela, a mi ver, la lógica de las quimeras o la del “ordeno y mando”, que es como nutrirse de la falta de lógica.

A propósito concretamente del ”affaire” Asia Bibí y la sañuda persecución de lo cristiano en Pakistán y otros lugares no tan lejanos ni exóticos, rememoro aquel discurso del papa Benedicto XVI en Ratisbona, que tanta polvareda levantó en lo “progre” de medio mundo y más, siendo como era mención solamente de un episodio histórico. Recuerdo –digo- la carta que –ante la polvareda- un capellán de emigrantes en Alemania dirigió a un diario asturiano. En ella daba al aire una idea para pensar: cuando de las filas del catolicismo uno se va, los demás lo lamentamos y lo sentimos, y no pasa nada más; pero si un musulmán apostata, le acecha la muerte. La idea de aquel capellán –“mutatis mutandis”- no ha perdido actualidad. No debe ser, pienso yo, tan parecido ser musulmán o católico, dicho sea con todo respeto a los musulmanes serios y auténticos, que los hay, cuando las consecuencias del ejercicio de un acto de libertad puede convertirse en riesgo de vida…. Y, si no, que se le pregunte a Salman Ruhsdie.

Lo de que la libertad pueda verse o medirse con dos varas diferentes –según se trate de la libertad de uno o de la de los demás., es tan atrabiliario como para siquiera ponerlo a debate. Es cierto que “ser hombre de partido” nada le gustaba a Ortega, precisamente por las incongruencias que le son propias y las faltas de lealtad y de buena cara a la libertad y a la verdad que tantas veces implica ser eso. Es posible, de todos modos, que tanto las rebeldías como las advertencias no pasen de reyerta de grillos.

++ Con ocasión del primer centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, más de 70 jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo y de toda marca e ideología, se reúnen en París para celebrar un Foro Internacional de la Paz. La noticia o anécdota es que el presidente de los Estados Unidos, el más que inefable Donald Trump, ha declinado asistir y se ha ido.

Dos ideas, sobre otras, me suscita este Foro organizado para defender, con todo el ánimo y con toda la fuerza posible, el derecho del hombre a la paz, como parte del derecho del hombre a la vida, tanto la privada como la social. Una es la de un recuerdo pasado y otra, la del portazo de Trump al Foro conmemorativo.

Vaya, en primer lugar, el recuerdo. El santo y provocador –las dos cualidades suelen ir bastante unidas- papa Juan XXIII, que parecía venir para poco, pero fue un revulsivo en la historia moderna de la Iglesia católica, lo fue también en esto de considerar que el precio de la paz nunca debe ser lo bastante alto como para retraerse de pagarlo en el acto.
En plena Guerra Fría, con la carrera de armamentos tan aguda como ahora, el Jueves santo del año 1963, aquel Papa que parecía tan poco, se atrevió a dirigirse al mundo entero para instar e impulsar a los hombres y pueblos de “buena voluntad” -católicos o no católicos, con unos usos y culturas o con otros, de Oriente y de Occidente, blancos, negros, aceitunados o amarillos- a buscar la paz como el valor mejor por ser el garante del logro y vivencia de los demás valores humanos.
El camino o método propuesto en aquella carta titulada “Pacem in terris” no era el terrorífico “armarse hasta los dientes” –del clásico, “si quieres la paz, prepárate para la guerra”-, sino ese otro –tan racional, abierto y claro en nuestra literatura jurídica, desde el Fuero Juzgo o las Partidas de Alfonso el Sabio, sin olvidar al famoso Cura Merino diciendo, en un pasaje de Los duendes de la camarilla, de Galdós, que “paz y justicia son amigas siempre inseparables, porque donde no hay justicia no puede haber paz- de que la paz, o se funda “en la verdad, en la justicia, en el amor y en la libertad”, o nada tendrá de verdadera paz y sí mucho de fantasías engañosas, o de violencia incluso.
No sé yo si la novedad de aquel Papa humilde pero clarividente ha salido a relucir en este Foro de París, donde –por cierto- aquel Papa estuvo de nuncio. Quizás no, porque ciertas citas o referencias, por objetivas o constructivas que sean, a casi todos los hombres públicos de ahora les queman en los labios y las rehuyen. Allá cada cual con sus libertades y manías. El Foro de la Paz ha perdido una oportunidad de hacer justicia con la verdad.
Y vaya también lo otro, lo más estupefaciente, lo referible al portazo de Trump a dicho Foro.
Aunque sea posible que los pavorosos incendios del norte y sur de California le tengan pendiente, o que ande desasosegado por cómo atajar la marcha de los indigentes del sur del continente americano, el plantón –a parte de llamar la atención- causa sorpresa, cuando menos.
Falla Trump en este Foro Mundial le la Paz y el hecho es significativo de algo que, por vueltas que se le dé o por mucho que piensen los americanos del norte, es impresentable. Claro que la cuestión está en saber si es Trump el impresentable, o el impresentable es el pueblo americano que le vota, o si lo son ambos conjuntamente.
Hay algo que no se aceptar sin pecar, cuando menos, de ingenuidad: ese tópico lenguaraz y de propaganda barata según el cual “el pueblo nunca se equivoca”. Sin ir más mejos, el caso de la subida o ascenso de Hitler al poder y otros del mismo o parecido estilo adveran con verdad histórica lo contrario. Se han escrito, además, libros serios centrados en la idea de que “el pueblo” puede en ocasiones puede ir “contra la democracia”. Y el que quiera o guste palparlo por boca de politólogos muy acreditados, que abra, por la páginas 349-351, ese libro de pequeños ensayos de Jean F. Revel, que se titula Fin du siècle des ombres (Fayard, Paris, 1.999). Este ensayito titulado “Le peuple se trompe aussi” arranca con voluntad de desarraigo de la idea de que los enemigos a la democracia vienen todos de fuera del pueblo; del Estado, de los militares, de los curas, del capitalismo o de partidos políticos con avidez de monopolio del poder. Esto puede pasar; pero puede ocurrir también que sea “el pueblo” como tal al que se le vea “contre la toleránce, le pluralisme, le respect des droits de l’homme et même le suffrage universal”. Como el mencionado politólogo señala. esa fe en una infalible virtud demócrata de los “pueblos” tiene bastante de propaganda interesada de políticos aventureros o de visiones románticas de la lucha histórica de los seres humanos por la libertad.
¿Se puede olvidar –repetiré- que Hitler subió al poder con los votos de un pueblo tan ilustrado, serio, sesudo y compacto como el alemán?
Impresentable, por tanto, como quiera que se le mire, este portazo de Trump al Foro Mundial de la Paz.

+++ Y, por fin, la tercera hornacina de este retablo. La propuesta –estupefaciente tanto o más que lo anterior- de la Sra. Ministra de educación y portavoz del Gobierno de España. Si hemos de creer a sus palabras –y no se ven razones para dudar de que así esté proyectado-, en la nueva Ley de Educación, va a ser posible obtener el título de bachiller con un suspenso vigente en el “currículum” del estudiante; es decir, va a poder recibir el título, no habiendo aprobado todas las asignaturas (Pero, ¡cuidado! porque hoy es un suspenso y mañana o pasado mañana pueden ser dos o tres; “chi lo sá”… La razón es la misma, y “el más o el menos”, como aprendimos en filosofía, no cambia la especie).
Además, a lo estupefaciente de la iniciativa, se une la especiosa razón para justificarlo: proteger la autoestima del alumno en cuestión. Dicho de otro modo, para que no se sienta menos que los que lo aprueban todo; para que, por el sufrimiento causado, no se le ocurra entrar en depresión o en frustraciones…

Hemos de convenir que el estatalismo –en una inversión de valores y papeles que estupefacta- copa terrenos de los que sólo es gestor pero no amo un gobierno, como son la persona, la familia y por supuesto la sociedad; y así del “papá-Estado” vamos al “Estado-nodriza”; y del “Estado del bienestar”, al “Estado-buenista” e incapaz de soportar que nadie, aunque no haya dado golpe, se asome siquiera a recodos de anorexia espiritual o depauperación indebida. Sin darse por enterado de que lo que va creando con esas benevolencias son legiones de frustrados, porque, a la hora de la verdad, de la lucha por la vida, al no poder competir en buena lid con los que –esforzándose- lo aprobaron todo, engordarán el espeso filón del resentimiento en la sociedad. Claro que, con reformas tan “buenistas”, lo que no redunda en educación, se gana en votos.
¡Viva la Sra. Ministra!, se oye gritar a coro a los, hasta ahora, desvalidos estudiantes que no dan golpe. Asi nos luce el pelo…

Recuerdo aquel día –no hace tantos años- en que –al explicar las ideas o el pensamiento político de Dante- ninguno de los alumnos sabía quién era el autor de la Divina Comedia; o aquel otro día, en que –rememorando, en clase de Procesal, la tremenda verdad que don Niceto Alcalá-Zamora y Castillo deduce de una de las escenas de la obra de Victor Hugo, L’homme qui rit, de que “aterra pensar las veces que “administrar justicia” no es “hacer justicia”-, al ver las caras de los alumnos ante la mención del gran novelista francés, ninguno tampoco sabía quién había sido Victor Hugo. Y, al recordar esto y contrastarlo con la iniciativa de dar el título de bachiller, aún sin aprobar todas las asignaturas, de refregarme los ojos al oírla, paso a recordar lo que a los alumnos dije en las dos memoradas ocasiones De esta guisa, ¿piensan ustedes competir con estudiantes de otros lares o países?
Aunque la cosa pueda quedar en anécdota, de todos modos, esa iniciativa o proyecto de dar un título de cualquier enseñanza sin tener aprobadas todas las asignaturas, me parece indecoroso; y hasta una injuria para los que cumplen bien con el deber primero de un estudiante, que es estudiar, y esforzarse porque hacerlo cuesta a todos.

Creo, amigos, que de estas muestras de hoy, de mi retablo estupefaciente, se pueden aún sacar más reflexiones y enseñanzas. Como estoy pensando en lectores inteligentes, usad vuestra libertad y perspicacia para mermar mis aprecios o ir más lejos o en otras direcciones que las que yo ensayo ante estas perlas finas de nuestra estupefaciente, por tantos títulos, realidad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO-


Hoy, domingo - Lo esencial es Dios (III) - La receta es rezar -8-XI-2018

14.11.18 | 20:54. Archivado en Acerca del autor

“No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”. Con este juego de palabras, tan ingenioso como provocador e incisivo, diagnostica Ortega y Gasset esa especie de angustia vital que nos asalta, cuando no sabemos explicarnos bien a nosotros mismos lo que pasa o nos pasa.

+++
Ortega, en uno de sus más conocidos ensayos, el titulado En torno a Galileo, al reflexionar sobre la ansiedad o perplejidad del hombre volcado a las grandes crisis del existir –personal o colectivo-, deja caer la sibilina frase, incisiva como digo y en cierto modo provocadora, de “No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa” (verla al inicio del cap. VIII, En el tránsito del Cristianismo al Racionalismo, Obras, Alianza Edit,, Madrid, 1983, t. V, pag. 93),

¿Quién –me pregunto-, que no sea piedra o madero, ha dejado alguna vez de sentirse perdido en medio de gentes que vienen y van, siempre de prisa y corriendo como si fueran a perder el último tren, pero que, si se rasca un poco, no tienen idea clara de los pasos que han de dar para librarse de perplejidades e incertezas?.
“El hombre de hoy –prosigue Ortega- empieza a estar desorientado con respecto a sí mismo, –‘dépaysé’-, está fuera de su país, arrojado a una circunstancia nueva que es como una tierra incógnita. Tal es siempre la sensación vital que se apodera del hombre en las crisis históricas.
Esta desorientación, esta iniciación de pánico, este no saber lo que nos pasa es percibido con cariz diferente por los que, habiendo vivido una parte de nuestra vida en una tierra conocida, hemos asistido con pleno conocimiento a nuestro destierro de ella y por los jóvenes que han nacido ya en el territorio desconocido”.

Desorientación, desconcierto, angustia en ocasiones, incertidumbres sobre lo que nos pasa, sensación de estar caminando por senderos de arenas movedizas….. Sensación opresora y penosa de que ya nada es cierto, nada es bueno, nada es firme y consistente. Lo de ayer mismo se desdeña como atrasado e impropio de la gente ”de progreso” y al día (si no te lo llamas tú o no te llaman “progre”, anímate a pensar que eres tenido por basura social); el presente no cuaja en casi nada que no sea efímero e insustancial; y el futuro se vislumbra menos seguro que el agua en una cesta.
¿No es esto acaso, o parte de ello, el decorado de muchos de los escenarios de la vida en estos tiempos llamados ya “pos-modernos” para indicar el freno o la marcha atrás en el progreso de verdad?

Si los problemas se plantean para buscar soluciones y no tanto culpables (Laotsé lo decía), cuando el hombre se vea sumergido en una de las grandes crisis que periódicamente vapulean su historia, “no saber lo que nos pasa” es, en idea de nuestro gran pensador, un serio inconveniente para ese fin. Será problema, por tanto, nuestro problema, si no acertamos a sacar el espejo -el de cada uno- para mirarse y preguntarse si hay o queda en nosotros algo que no sea un “bluff” total; para saber si -en vez de personas que piensan, tienen ideas y creencias, que se rebelan y son capaces de decir no o sí –cuando se debe y por impulso propio-, estamos haciendo en cambio papel de guiñoles, con vocación de secuaces o esclavos.

Es importante por eso, por la cuenta que nos trae, tener un juicio capaz de saber discernir “lo que nos pasa”.

Este domingo, al repensar al escriba judío, impuesto en la Ley, pero con la incesante avidez de interesarse más y más por la verdad, y especialmente por las verdades que fundamentan la vida; el escriba que sabe pero insiste; que conoce la verdad pero no se conforma y sigue, a pesar de eso, en lucha por ella… Al rebobinar una y otra vez la escena, rozo la envidia –la sana envidia- del que no se conforma con dejarse llevar y bracea contra la corriente a la menor sospecha fundada de estar equivocado o simplemente por ahondar más en lo que ya se tiene por cierto. Y es normal –creo yo- esta envidia, porque las certezas morales no son la absoluta certeza del “dos y dos son cuatro”, sino la que se hace trillando la paja hasta separarla del grano.
Hoy, domingo, me asomo a lo esencial, a lo más esencial del hombre, polarizado para bastante gente en Dios y “el otro” y para mucha más, en divinizaciones de personas o cosas que no son ni Dios ni “el otro”; iconos de fantasía, de “marketing”, de cartón-piedra como mucho, de superficialidad posmoderna.
Y, en este plano de cosas afines al criterio que sostengo de que “lo esencial es Dios” y a la idea, que abrigo, de que, si ello se aceptara, se daría de lado seguramente a la penosa sensación de “no saber lo que nos pasa”, no he de eludir un pensamiento de hace tiempo, que tomé de un escrito de uno de los llamados epígonos de la “modernidad” sin Dios.
P. I. Proudhon –el impulsor del anarquismo- se refiere al sentimiento religioso como algo presente en la condición humana por una especie de “instinto básico” (así lo anota), parangonable a las otras bases de lo humano, como el “homo sapiens” o al “homo faber”; se admiraba y le sorprendía que, invariablemente, al abordar una cuestión política seria, le saliese al encuentro una cuestión teológica; y era por ello un convencido –a pesar de sus proclamas en contra- de que la religión -el afán religioso mejor- está en el hombre del mismo modo que lo están el ansia o el afán de la verdad o el sentido innato de la justicia (cfr. P.-J. PROUDHON, Oeuvres Complètes, Écrits sur la religion, Paris, 1959)

Situados, pues, en atalayas de modernidades más o menos lucubrantes, mantengamos la vista puesta lo mismo en la trascendente pregunta del escriba que en la respuesta de Jesús aseverando - categóricamente- que lo primero y esencial son, en una especie de sociedad comandita, “Dios” y “el otro”.
Y desde esas atalayas, al otear las etapas de “odium Dei” con que Ortega define una de las perspectivas de su “Dios a la vista” y ver el panorama de las “culturas divinizadoras” de lo efímero, por esa ley de las sustituciones que el propio Ortega también muestra, paremos la mente un momento en dos contrapuntos que, agarrados a la teta maternal de esas culturas, llevan nombre de “La muerte de Dios y “El infierno está en los otros”. De Nietzsche y de Sartre, dos “santones” del pensamiento moderno que más han calado en el ideario secularizador y ateo; el de la filosofía de la “muerte de Dios” y del “super-hombre” por uno de los lados y el de la “nausea” y la “”nada” por el otro; el “super-hombre” tomando el lugar de Dios y Narciso obsesionado con verse sólo a sí mismo en el espejo, pero locos ambos por volver del revés la escena majestuosa del escriba judío y Jesús. Episodios ambos, en contrapunto agudo de la misma y vieja historia del escriba que pregunta para domesticar las dudas y de Jesús que responde para superarlas, hasta llevar el amor al otro, por Dios y como si fuera Dios, no a un “infierno” sin esperanza, sino al área o cielo de lo sublime y divino.
Y ya, con este contrapunto a la vista, si Dios ha muerto y en “los otros” está en infierno, aventuremos un interrogante. ¿Seguirá valiendo el rótulo de mis ensayos de este domingo, de que “lo esencial es Dios” y, a su lado, el “otro”?.

+ ¿Dios ha muerto, como pomposamente pregonara Nietzsche? ¿O es un mito más de quienes dicen abominar de los mitos, seguramente sin haberse asomado jamás a un manual de mitologías, para comprobar si son algo o no representan nada en el existir del hombre?
La verdad no es esa. Dios no ha muerto. Si Dios existe -y hablar de su muerte ya supone su existencia-, ni ha muerto ni puede morir…. Es otra cosa. A Dios se le ha echado y se le sigue vetando en esta sociedad, que, para curarse en salud de su propia fantasía o sueño, se agarra a esta coartada simplona, sin percatarse de que lo que no puede ser no es por mucho que se le revista de aplauso colectivo o de orgullos intelectuales tan simples como el que pinta en la Galería de los Uffici de Florencia nada menos que a san Agustín –uno de los mayores genios de la historia del mundo-, viendo claro que el agua del mar no se puede meter en el hoyo de arena cavado por un niño, pero sin enterarse de que Dios, esa montaña gigante que pinta Ortega, no cabe en la cabeza limitada de un hombre por grande que sea su cabeza. Estamos –creo yo- ante el gran pecado del “orgullo ilustrado” que, en su obcecación racionalista, no se ha enterado de que la sola razón –dejada a sus anchas- crea monstruos o es capaz de crearlos, como se ha dicho tantas veces.
Hoy -incluso- puede que cunda en algunos el “orgullo” de ser enemigos declarados de Dios. Ya no les vale que el “ilustrado” Voltaire dijera que, si Dios no existiera, habría que inventar uno; ni que el irónico y advertido Chesterton pregonara que el que no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa. Este otro “orgullo” es criminal y va más lejos, hasta proponer que “si Dios existiera, habría que fusilarlo”, como clamaban los de La Commune cuando la revolución de 1878 en Francia.
++ ¿El “infierno” son “los otros”, está en “los otros”, como -no menos pomposamente que Nietzsche con la “muerte de Dios”- escenifica en Huis clos el sorprendente filósofo de El ser y la nada?
El teatro de Huis clos, en sus tres personajes cerrados por esencia a la misma posibilidad de convivir, entenderse y mucho menos amarse, es infernal efectivamente y encaja perfectamente en el materialismo ateo, nihilista y, por cerrado a la esperanza, deprimente, de Jean Paul Sartre. Si la “nausea” y el “absurdo” flotan a lo largo y ancho de su ideario, la “nada” de su más conocida obra remata la faena de una inmanencia tan plena que ni a su mismo autor satisfacía plenamente.
De hecho, una de sus varias asignaturas carentes de lógica en su obra está en que al “otro”, puesto a mi lado y siendo, no sólo útil, sino necesario para mi desarrollo humano, se le carga el “sambenito” de “ser” el “infierno” en la tierra.
Las contradicciones consigo mismo, los callejones sin salida, el énfasis de una libertad absoluta y sin techo de nada ni de nadie contrapuesta contrastada con la fatalidad de no poder ni coexistir con “el otro” dejan en evidencia las carencias humanistas de un “existencialismo” tan cerrado a sí mismo que ahoga el mismo “ser del hombre” hasta volverlo “nada”.
A su lado, el diálogo positivo y feraz del escriba y Jesús, recalcando el estrecho maridaje entre Dios y la semejanza de Dios que es el otro”, con la lógica del amor erigida en norma para ordenar sus relaciones, no me deja margen para elegir. Me quedo con “Dios” como lo más esencial y con “el otro” –mirado y tratado como lo que es, imagen y semejanza de Dios; una semejanza por Dios querida y por Él inducida como expresión plástica de que el amor a Dios no es ni farsa ni cuento. Tampoco está en “los otros”, ni son “los otros”, el infierno.
++++
Confieso que siento necesidad de Dios.
Hay veces –en momentos en que, como ahora mismo, las melenas del caos vuelan desgreñadas y las crisis –de valores sobre todo- andan sueltas casi a diario- que cuesta discernir lo que nos pasa, y no sabe uno bien, por más que piense, tolere o comprenda, a qué carta quedarse. Y hasta de Dios cabe dudar o desconfiar en medio de la noche.
Hace mucho que –al levantarme y abrir las ventanas para mirar y ver- me dirijo a Dios con la frase que una joven escritora francesa usaba para hablar a Dios en las noches negras “Señor, hay veces que no sé ya si creo en Ti; pero siempre sé muy bien que tengo necesidad de Ti”.
Es una pregunta. ¿Es que son incompatibles la fe y las dudas, sobre todo esas dudas que nacen del amor y del deseo de saber más; no esas otras que nacen de la incuria o la pereza y no digamos del conformismo y la comodidad? No hizo ascos plenos Jesús al apóstol que dudaba; le enseño a ver y a liberarse de las cegueras. Si Dios cupiera –todo Él- en la cabeza de un hombre, aunque fuese la cabeza de un “genio”, ¿sería Dios?. En este cerrar los ojos para ver mejor está precisamente el secreto de la fe en Dios y su mérito también. Hay orgullos que son “soberbia” y la soberbia es uno de los más toscos pecados del hombre.
Comprendo que otros no sientan esa necesidad: allá cada cual… Si alguien piensa que las “cosas que nos pasan” se pueden entender y aceptar sin fe en Dios, allá él igualmente. Yo me rebelo a lo del “aquí borrón y cuenta nueva”. Si el que la hace ha de pagarla, las cuentas no me salen con las justicias de aquí…. Ha de haber otras para que dejemos de reírnos tanto los unos de otros…
Pero a lo que vamos ahora. ¿Hay o quedan recetas para salir del hoyo?
Si digo que la receta está en rezar, no faltará quien diga “magias al canto”. Pero, como dijo Cecile me toca poco lo que pueda decirse a mis espaldas.
Si idea de Unamuno era (cfr. Diario íntimo) que, al rezar, aceptaba con el corazón al Dios que discutía o negaba su inteligencia; y una mujer tan entera y libre sin haberse acostado a las filas de ningún feminismo unilateral o melancólico, como lo fue Concha Sierra, decía que todas las mañanas pedía a Dios que no se cansara de haberla hecho libre; y si aquella muchachita, libre también aunque medio turulata en medio de los aires pos-modernos, no montaba sus posibles dudas de fe la “necesidad” de Dios, ¿dudaré ni un momento en afirmar que la receta es rezar?
El escriba muestrea y apunta el camino y la respuesta de Jesús lo marca como el único hacia la meta: enterarse que es rezar para caminar es la receta. Y como la oración no es “toreo de salón” y tiene una parte de compromiso con los cuernos del toro, que acosan siempre con el riesgo de verse uno volteado, dar la cara a los “retos del día a día para saber lo que pasa o nos pasa es –creo yo- lo razonable y correcto en casi todos los lances importantes de la vida.
Para que la razón, a su aire, no termine creando monstruos, hay que dejar también al corazón que hable y hasta que, en ocasiones, lleve él la voz cantante.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Hioy, domingo - Lo esencial es Dios (II) ¿Una religión sin Dios? ¡Malo! 5-XI-2018

09.11.18 | 13:27. Archivado en Acerca del autor

Este domingo 4 de noviembre -de pasos marcados, del verde al amarillo de las hojas muertas y de la luz al claroscuro o el negro betún de sensaciones que nacen y flotan, variadas y variables también ellas, al aire de los tiempos- me siento fuertemente prendido al paisaje de su liturgia. Aquel “escriba” judío se sabe, por arriba y por abajo, la Ley de Dios, pero no se conforma y pregunta Jesús por lo que -en ella- ha de ser “lo esencial”, aquello sin lo cual la Ley no es nada y con lo que la Ley es camino de liberaciones humanas: Dios; y –a la par de Dios, “el otro”. Lo esencial es Dios.

Se pone un contraste a la vista; que, a mi ver, subyace a la pregunta del “escriba” judío. El contraste entre el único Dios –el uno y solo Dios de la Biblia y del Evangelio- y unas mitologías religiosas –sustitutorias evidentemente- capaces de manipular la verdad de Dios hasta lo inimaginable… Porque tienen por “verdad de Dios” desde un muñeco de trapo hasta un titiritero, al que se convierte en “dios” precisamente por ser “mezquino” o ridiculizar lo divino, con el añadido de que, si los que se sienten con ello ofendidos, se quejan no tienen derecho a quejarse, porque a la libertad de expresión la vuelven tan suya que sólo vale para ellos…

+++
Es patente que -por lo mismo de la idea ya comentada de Chesterton- una buena parte de la cultura llamada “moderna” puede calificarse de “idolátrica” en el sentido más literal de la palabra. En la cultura grecorromana, de donde mana la palabra “idolon”, “ídolo” es “una vana imagen” de Dios a la que se da culto sin ser Dios (cfr. Lettre ouverte aux idóles, de Paul Guth, Paris 1968). La cultura moderna, fabricada de espaldas a Dios y que rehúsa darle culto, se plaga de ídolos o falsos dioses, a los que rinde pleitesía, con tanto o mayor esmero y reverencia que el más fervoroso de los creyentes sería capaz de dar al verdadero Dios.
Es por eso que, en los tiempos del “odio a Dios”, los ídolos brotam y crecen como los hongos después de llover. Ídolos en todo y para todo, desde los del fútbol hasta los de la política, de la música o el espectáculo. Nada extraño, pues, que el autor del citado librito se le haya ocurrido componer una graciosa letanía laica y de este modo ironizar con el mal gusto de algunos que, negando a Dios, idolatran estupideces. Ídolos de nuestras perezas, de nuestros pasotismos y arbitrariedades, de nuestras inconstancias e inconsistencias, de nuestras incompetencias e inanidades, de nuestras servidumbres y esclavitudes voluntarias, de nuestro vacío y nuestra adiccición religiosa a las apariencias y el sucedáneo… “Priez pour nous!”. Si no fuera hilarante, que lo es, ni grotesco, que también lo es, sería cosa de sonreír y salir corriendo para no hacer tanto ridículo.
Porque no es –creo yo- cosa de azar o de modas este trueque de un muñeco de trapo o una calabaza hueca por “lo divino” de verdad; sino algo más hondo y proyectivo. Es lógico, por lo demás, si partimos del supuesto –y esa cultura “sin Dios” pero que “diviniza“ todo lo que no es Dios lo avala- de que las ansias incontenibles de “creer” y de “absoluto” que van con el hombre, cuando no se llenan con el verdadero Absoluto que está en Dios y es Dios, se llenan –como dice Chesterton- con cualquier otra cosa; la que más convenga o esté más a la mano, sin importar mucho si es una calabaza hueca o el birrete colorado de Papá Noel.
No es cosa de azar. Es una constante histórica, al menos desde los siglos de la secularidad occidental. Es que ese “espantapájaros” –le llamo asó- de la dvinización del hombre y de sus cosas, buenas o malas, justas o injustas, viene a rebufo de la secularización del hombre, del solo mirarse al mbligo en inmanencias que se quieren pasar por trascendencias sin serlo, hasta llegarse a esa más que utópica figura del “super-hombre”, tan falsa como discriminatoria y antidemocrática. ¿Todos, super-hombres” o sólo algunos? ¿También esos que ahora mismo se arrastran por todos los caminos de la tierra para sustraerse a la explotación o al despotismo de unos pocos que se dicen “demócratas de toda la vida”?
Observemos -si no!- el curso de las “divinidades” sustitutorias. Pongamos los ojos sobre unas ideas de Ortega y Gasset (cfr. Vives-Goethe, Eds. Revista de Occidente, Madrid, 1973, pags. 153-154-) y pensemos un poco en ello.
“Fue el humanista español Luís Vives el primero que metaforiza el cultivo del campo o la agricultura para decir ‘cultura animi’. Pero esta cultura humanista era más bien jardinería. Se consideraba que las letras y las ciencias tenían un valor por sí, pero este valor era el de un ornamento. La cultura era un añadido a la vida que la engalanaba. A esta interpretación ornamental de la cultura sucede otra en el siglo XVIII. La fe religiosa ha dejado de ser vigente en las minorías europeas. Dios era el valor supremo, lo que en absoluto vale por sí. Al irse Dios de las mentes, su hueco divino es llenado precisamente con la cultura. Se piensa que el hombre logra su plena dignidad, participa en el valor supremo cuando se pone al servicio de la cultura, de la cultura divinizada.
Es curiosa –añade- la constancia con que, en la historia, se presencia el hecho de que el hueco de una cosa inyecta en la nueva que viene a llenarlo los atributos de la antigua. La cultura no tiene nada que ver con Dios, al menos con el Dios de la fe religiosa. La cultura es un sistema de actividades puramente intrahumanas. Sin embargo, al suplantar a Dios y alojarse en el alveolo de su ausencia, se convirtió en Dios.
Esta es la actitud de Kant, como ha sido la de todo el siglo siguiente. En las minorías más caracterizadas de Europa, al cristianismo sucede el culturalismo”.
Curiosamente, esta idea -de sus conferencias en Norteamérica y Alemania con ocasión del bicentenario de Goethe-, con paradoja y todo, encaja bien en ese periplo de época de “odium Dei” –reverso del “Dios a la vista”; de tiempos confusos y culturas idolátricas, que, como digo, parece copar el escenario de la cultura occidental; es decir, la nuestra. Y digo paradoja porque lo es levantar desde la enemiga de Dios “divinidades” que llenen en vano en vano el hueco dejado por Dios.

+++
Ante las reflexiones anteriores, ¿ha de cundir el pesimismo o quedan aún razones para la esperanza?.

Parece notorio que los tiempos son oscuros, desconcertantes, aspaventosos, negros, si se quiere calificar así. Es una sensación casi unánime. Se ve, a nada que no sea uno miope o lleve gafas con lente de prejuicios… ¿Síntomas?
La verdad ya no existe en su ser de tal, aunque conserve nombre y atavíos, pero no es ella…
Al amor se le hacen cortes de mangas a diario, y su contrincante, el odio -los odios más bien porque son muchos y todos ellos malignos- campean airosos y a rienda suelta por nuestras extensas parameras y eriales…
La justicia -estos días los hechos lo hablan- tira más a colador y queso de “gruyere” que al verdadero “arte de hacer justicia” que ha de ser; en cuanto juzgadora y justiciera; con errores posibles por ser humana pero en aras siempre de ser, en una sociedad, el primer soporte de la convivencia en paz.
Y la libertad… ¿No se ha vuelto la libertad salvoconducto para ofender y matar?.

¿Panorama negro? ¿Pesimismo? ¿Derrotismo? ¿El pesimismo de los tiempos oscuros, en que lo socorrido y fácil es buscar culpables, cuando lo correcto sería dejarse de apuntar con el dedo y dedicarse todos a buscar y hallar soluciones apropiadas y justas?

¿La receta?
No hay recetas que no exijan cambio y retorno. Y para eso todo tiempo es bueno. Porque, hasta en los tiempos de “odium Dei”, Dios sigue a la vista está, o en directo, en las iglesias y mirando a lo alto; o en oblicuo, contemplando el absurdo de los sustitutivos de Dios, también. Ante la alternativa, no me caben dudas: la rebeldía. Y para “rebelde”, no me cansaré de repetir la idea de Albert Camús al comiendo de El hombre rebelde: Rebelde “es un hombre que dice que No; pero si se niega, no renuncia”. Y trata de explicar el sentido de ese “no”. No anda lejos, a mi ver, de la actitud del “escriba” del Evangelio, ávido de “lo esencial”, que es Dios y no los sucedçaneos.

Quizás convenga, en estos momentos, recordar lo que bien pudiera ser un receta, y que va con el mismo arranque del Testamento literario, de Palacio Valdés, para situaciones de suma emergencia, en una sociedad “líquida” como la actual (vid- Zigmunt Bauman), sin principios ni valores de trascendencia, y en momentos en que se arbitran soluciones que no son de racionalidad sino las de agarrarse “a un clavo ardiendo”, como se dice. “El mayor interés de la vida es saber para que hemos sido llamados, el porqué de nuestra existencia. El engaño en este punto es fatal, pues de él dependen nuestra dicha y los destinos del mundo. Son muchos los hombres que se equivocan, que se obstinan, aunque a todos nos habla al oído la sabia naturaleza. Pero esta voz es tan baja en ocasiones que no la percibimos, Mejor nos sería estarnos quietos, no introducir en la vida nuestras parcialidades y apetitos, y esperar que una ola benéfica nos empuje a puerto seguro. Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo” (A. Palacio Valdés, Testamento literario, La vocación, Obras Completas, Aguilar Madrid, 1945, t. II, p. 1281).

Puestos en el escenario en que nos movemos hoy y en el que hemos de representar –cada cual- nuestros papeles individuales y sociales, los consejos del novelista ¿no suenan acaso a toque de máxima alerta? ¿No viene a decir que dejarse llevar por el instinto de supervivencia puede ser el recurso cuando todo lo demás se ha vuelto inservible o liviano?

Si el pesimismo y los complejos y miedos no son buenos porque achican y encogen, no nos pongamos en las manos del pesimismo ni nos volvamos derrotistas. Pero seamos realistas, y –para cuando las horas son negras y de borrasca, o andamos desorientados sin saber bien “lo que pasa” o “nos pasa”- puede que aferrarse bien a los estribos, tensar las riendas y encomendarse al instinto de la cabalgadura que en parte somos sea la “sensatez” exigida cuando faltan la racionalidad y el buen sentido.
Porque pueden darse o venir ocasiones en que la ciencia y la técnica “divinizadas” y “a su aire” –en lugar de palancas y medios de progreso- sean –por esa divinización que las convierte en fines, siendo tan sólo medios- matriz o placenta de “monstruos”.
Puede suceder y advertirlo, como hace Palacio Valdés, no es pesimismo; yo le llamaría mejor buen sentido.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Hoy, domingo Lo esencial es Dios (1). Dios en el horizonte, a pesar de todo 4-XI-20128

06.11.18 | 21:37. Archivado en Acerca del autor

La lectura del Evangelio de Jesús ha de ser para el creyente cristiano-católico, no sólo -ni tanto- una fuente de inspiración y aliciente para vivir su fe, sino el obligado referente de lo que –en remedo y parangón con lo que son las constituciones modernas de las naciones- es –para la Iglesia- la Carta Magna de su recorrido terrenal: su “constitución”.
Dios se hizo hombre para que el “Hombre-Dios”, que es Jesús de Nazareth, fuera el “Dios con nosotros” anunciado muchos siglos antes, para “evangelizar a Dios; es decir, para revelar al hombre aquello que los hombres necesitan saber para no quedarse en puras copias de orangután; es decir, lo que precisa para sublimarse y salvarse.
El domingo es, pues, para el creyente en el “Dios cristiano” el día de la semana hecho, no sólo pasa descansar de sus tareas diarias, sino sobre todo para cultivar su fe y pensar en algo que le mantenga en forma para testimoniarla donde sea preciso. Sin arrogancias ni prepotencias naturalmente, pero con el valor y la energía suficientes para no ser un “farsante” de sus creencias.
Y, como este domingo, el Evangelio de san Marcos presenta el diálogo del escriba judío que busca –por encima de la Ley- la Verdad –con mayúscula- (en aras de la honradez del que –aún sin dudas- sigue buscando) y de Jesús, con fama de hablar con autoridad y sin miedos o complejos, de las cosas de Dios, mis reflexiones se posan esta mañana del 4 de noviembre sobre la verdad que se proclama en él y en las lecturas previas: que Dios es uno y único; que no hay otros “dioses” más que Él; que el primer mandamiento de los hombres hacia Dios, el esencial, es “amarle” sobre todo lo demás y con toda la fuerza del corazón y del alma; y que el segundo –que se refunde en el primero- está en amar también “al otro” como uno se ama a sí mismo; es decir con esas mismas fuerzas del corazón y del alma. Nadie puede decir que ama a Dios si no ama la imagen de Dios que es todo hombre, el “otro”; ni se puede amar o decir que se ama al “Otro” sin amar a Dios del que es imagen. Pura lógica, en verdad.

Porque estamos ante lo esencial del cristianismo y nunca como ahora parecemos empeñados los hombres en echar de nuestro lado a Dios –en todo-, permitidme, amigos, que mis dos o tres reflexiones centrales de estos días giren en torno a ese “promontorio” colosal, que ante el hombre se ha levantado siempre –como lo imagina Ortega y Gasset en su ensayo Dios a la vista, en que tan gráficamente se pintan la pleamar y y también esta bajamar ostensible en que hoy se halla la presencia de Dios en medio de los hombres. De modo especial, en algunos hombres –intelectuales, científicos, gobernantes, etc.- a los que no les duele nada prescindir de Dios y a los que parece quemar la palabra “Dios” en sus labios; como si los contaminara o desluciera.
¿Por qué no llamar a estos tiempos, como hace el pensador, tiempos de “odium Dei”? ¿No es bueno llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos ni disfraces?
Y no es que yo quiera o pretenda, no ya agotar, sino bosquejar siquiera un tema de la elevada envergadura de este (sería fatuo y además imposible). Solo se trata de dar vueltas y vueltas a unas cuantas ideas o pensamientos, que –además- la mayor parte de ellos no son míos sino de gentes que –aún sin ser creyentes católicos como Ortega- nunca rehusaron dar cara a la verdad, fuera verdad con mayúscula o con minúscula; hasta cuando esa verdad no era “la suya”; lo que no deja de ser un honor para quien así lo hace: no negar la cara a la verdad, sea cual sea, guste o no guste, dé réditos o cause problemas…
Aunque me salga un empedrado de citas, me arriesgo a que sigan este mismo camino mis reflexiones de estos días.
1) Una frase de doble filo. “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa" – “Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo”.
Es de G. K. Chesterton, el fino escritor inglés y converso del ateismo al catolicismo, la idea que reflejan estas frases.
Es idea de doble filo. Pensadores tan modernos como Humberto Eco o el gran escéptico que fue, sobre casi todo, Julio Caro Baroja han recogido, catalogado y, por supuesto, ridiculizado la enorme serie de “tonterías” -dejémoslo en esto- en que el hombre moderno, y no digamos el posmoderno, cree a pies juntillas muy a pesar de su ciencia y de su técnica; que no dejan de ser verdaderas supersticiones laicas, tan obsoletas y atrasadas, tan indignas de una civilización, como las que el P. Feijoo, “gran ilustrado” del s. XVIII y sin embargo “gran creyente”, incluye en su Teatro critico universal, como impropias de la verdadera religión.
El doble filo de la señalada idea de Chesterton apunta por uno de los lados a los que –a caballo de la ciencia y de la técnica- o piensan que Dios es malo porque tolera o permite el mal y eso no es posible si hubiera de ser tan infinitamente bueno como infinitamente poderoso y capaz; y va con su otro filo apuntando a quienes –confesándose creyentes en Dios- compaginan esa fe con supersticiones religiosas tan inadecuadas y absurdas que desprestigian la verdadera religión por falsas e impropias de una religión que se precie de tal. Hay quienes, creyendo en Dios, se avienen a creer en cosas que ni son de Dios ni a Dios atañen para nada; pero eso no es cosa de la fe, sino del entendimiento y uso que cada cuál hace de la fe…
El P. Feijoo, al que la Iglesia nunca censuró por ser “ilustrado”, y G. K. Chesterton, por el otro, por su propia experiencia vivida, apuntan alto y apuntan fino. Y es por ello que –este domingo- mis reflexiones se prenden de sus apuntes, como digo.
) El promontorio. De este modo pinta Ortega el “Dios a la vista” en una de las secuencias más evocadoras de Las confesiones del Espectador.
“En la órbita de la Tierra hay parhelio y afelio: un tiempo de máxima aproximación al Sol y un tiempo de máximo alejamiento. Un espectador astral que viese a la Tierra en el momento en que huye del Sol pensaría que el planeta no había de volver nunca junto a él, sino que cada día, eviternamente, se alejaría más. Pero si espera un poco verá que la Tierra, imponiendo una suave inflexión a su vuelo encontrará su ruta, volviend9o ponto junto al Sol, como la paloma al palomar y el boomerang a la mano que lo lanzó. Algo parecido acontece en la órbita de la historia con la mente respecto a Dios. Hay épocas de “odium dei”, de gran fuga lejos de la divino, en que esta eterna montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero, al cabo, vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad.
La hora de ahora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!
No se trata de beatería ninguna; no se trata ni siquiera de religión. Sin que ello implique escatimar respecto alguno a las religiones, es oportuno rebelarse contra el acaparamiento de Dios que suelen ejercer. El hecho, por otra parte, no es extraño; al abandonar las demás actividades de la cultura el tema de lo divino, solo la religión continúa tratándolo, y todos llegan a olvidar que Dios es también asunto profano”
No era creyente católico Ortega como todo el mundo que lo haya leído sabe; aunque tampoco era ateo, como algunos piensan y son desmentidos por él mismo; sin ir más lejos en este gran ensayo titulado “Dios a la vista”.
Claro que hay un “Dios profano”, el de la religión que va de abajo arriba, la del “homo religiosus” de las viejas y modernas antropologías solventes y realistas. Este Dios lo da por hecho -en todo caso- Ortega.
Pero el “Dios cristiano” no es im “Dios profano” sino un “Dios sagrado”, el de la religión de arriba abajo, el de la religión que es más que religión al ser también una revelación, porque, como antes decía, la cristiana es la religión del Dios que se hace hombre para “evangelizar a Dios”, para dar a saber a los hombres lo que los hombres necesitan saber de Dios para “crecer más”, para colmar más y mejor sus ansias de Absoluto, y para no quedarse sólo en eslabón evolutivo del mono, pero sin otras aspiraciones que las de “primate”. Lo que ya es algo, quizá bastante, pero no es todo ni mucho menos para esas incontenibles ansias de Absoluto que llenan –a poco que se rasque la superficie- el alma de los hombres.
Os dejo por hoy, amigos, con esto. El espacio y el tiempo se han completado con lo dicho. Mañana será otro día y las reflexiones mías, si no todas, continuarán –si Dios quiere- evocando con amor al Dios en quien creo y que también necesito.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Halloween y Todos los Santos 1/2 -XI - 2018

02.11.18 | 20:45. Archivado en Acerca del autor

“Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y obtienen entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna” (J. Ortega y Gasset, Democracia morbosa, Obras, Ed. Alianza Edit, Madrid, 1988, vol. II, p. 135)

Con esta idea tan poco discutible si nos miramos a fondo comienza Ortega este espléndido relato sobre la democracia y sus morbos, que no son pocos. Hoy he vuelto a leerlo y a repensarlo, y no tanto para saborearlo de nuevo, que ya es una razón, como para no pecar de arbitrario al aplicarlo como lo voy a hacer.
A Ortega, como a Machado, Unamuno, Marañón o Marías, le dolía España si por España se entienden “los españoles” que la componemos y, con nuestras obras, tantas veces la deslegitimamos.
Ortega –en este ensayo- se duele del “plebeyismo” y de la zafiedad o descortesía, de que –ya entonces- se hacía gala; y pide, para que sea posible una democracia real y normal, que haya demócratas y no hombres-masa o invertebrados en las filas de esta sociedad, para el noble empeño de ser ”pueblo” y no “plebe” conformista, o “chusma” y “rebaño”.
Taxativamente, nuestro pensador, afirma y da por hecho que las posturas plebeyas y el “plebeyismo”, que va anexo a ciertas concepciones y vivencias democráticas, “tiranizan en España”; y que, siento ésta una de las peores tiranías de un pueblo, es menester “levantarse” contra ella, contra “esa perversión de todo lo bajo y ruin”, que –al amparo de la “noble idea” de la democracia, “se ha deslizado en la ciencia política” (cfr. Ortega y Gasset, Democracia morbosa, cita anterior, pag. 135).

Pero yo no me he propuesto reflexionar este día sobre el concepto de democracia ni sobre lo que Ortega entendía por democracia verdadera y lo que, para él es morbo de la democracia. Bien harían –creo yo- algunos políticos nuestros, que actualmente gallean alardeando de demócratas sin serlo ni quererlo ser, un repaso, aunque fuera somero, de esta lección que Ortega da en este ensayo; por si se les pegase algo y miran más al “pueblo” y menos a sus “negocios” –políticos, entiendo. El titulo de mis reflexiones es “Halloween y Todos los Santos”, y al mismo me he de dedicar ahora.

Por cierto -ey es un inciso-, acabo de oír esta misma mañana un apunte de no creer, pero que suelto para preludiar también mis reflexiones. He oído decir que, según investigadores catalanes, el Halloween no nació en el s. XIX, en el mundo anglosajón, para de allí pasar a la cultura posmoderna de Occidente. Que su origen es catalán. Y me decía al oírlo que, como nada nuevo hay bajo el sol, cualquier día de estos pudiéramos oír tal vez que Jesús de Nazareth no nació en Belén, sino en Badalona o Sitges. “Cosas veredes”, como ya se decía en los tiempos del Cid y no digamos en los de don Quijote…

El caso es que, en pocos años, nos hemos hecho cofrades de la “Noche de brujas” y del “terror”, en que consiste la idea de Halloween: una exaltación del miedo para curar las penas; una evocación de lo terrorífico para sentirse inmunes; y lo hemos aposentado entre nosotros como seña de identidad, para sustituir a algo que, como el culto a la santidad innominada y el culto a los difuntos –en recuerdo, evocación y rezos-, por ser antecesores de nuestro “yo” personal y colectivo, sólo se avienen a perder los que a su propia historia le llaman cuento.
Y con eso, que es puro “marketing” y comercio, ya nos creemos “progres”, y, con eso, tal vez curados de mitos, supersticiones y ataduras sentimentales; a punto de caramelo para ser nominados al Nóbel de un “progresismo” que es predicado como “la nueva religión del hombre”; pero que es algo bien distinto del progreso, como puede advertir cualquiera que tenga idea de lo que contribuyen los “ismos” a deteriorar y banalizar el sentido real y verdadero de las palabras. A Ortega, por cierto, que no era ni “meapilas” ni tonto, jugar a “progresista” le parecía estupidez y lo detestaba.
El caso es, insisto, que tenemos “Halloween” para rato y estamos a rebosar de satisfacción y gozo. Dejamos lo nuestro; adoramos a una calabaza hueca y con luces rojas o naranja para llenar el hueco y nos vemos “realizados” y acodados a los más listos de la tierra. Puede que lo seamos –los más listos-, pero no lo vamos a ser porque nos emocionemos ante una calabaza o estremecernos de positivas vibraciones al paso de una momia de vampiro o la escoba entre las piernas volátiles de una b00ruja.

Como lo que hay en el fondo de todo eso es una “sustitución” de Dios y sus cosas por estas sutilezas comerciales,; y se sabe –otro día hablaré de ello- que –cuando se sustituye una cosa por otra y se hace con saña o rencor- al recambio se le da –por cálculo y tal vez por ventajismo- la misma categoría y valor de lo suplantado, nos hemos pasado a divinizar también las caretas y disfraces terroríficos de Holliwood por los ejemplos de los santos y por el recuerdo y rezo por los que, más de cerca, nos han precedido en la vida.

Quisiera –a pesar del encanto casi sobrenatural que se va cundiendo, cada vez más, a rebufo de la “pela” y otras cosas, a ese ritual sustitutorio de lo “nuestro”, noble y digno- glosar un poco esta doble conmemoración cristiana, la que languidece a la sombra de un sedicente “progreso”, pero que, bien mirado, no es sino un “plebeyismo” del mismo jaez que el adosado por Ortega a la democracia morbosa y que resulta ser una insufrible tiranía. Quiero glosar un poco el sentido de esta fiesta de tantos como es la de “todos los santos” y también –ahora que se habla tanto de la “memoria histórica”- ese acto de justicia que es el recuerdo amoroso, constructivo y emulador de nuestros seres queridos.

+++
Los santos primero.
Y comienzo por una referencia a lo que acabo de anotar como idea sugerida desde una radio, por la avispada observación de un contertulio. A juzgar por los relatos de algunos “medios” y reporteros, parece como si la Iglesia –toda ella- fuera basura, barro podrido y corrupción… Hay un caso de pederastia y todo en la Iglesia es pederastia. Hay un caso de delito o quebranto de una ley para que la Iglesia misma y sus hombres sean tachados de violadores de todas las leyes….
E cierto (nunca mejor dicho que un día como el de hoy) que no todo en la Iglesia es “santo”; pero no todo, ni mucho menos, es en la Iglesia sucio, bochornoso o infame…. Esa tarea de “simplificar” y “generalizar”, como se hace casi siempre con la Iglesia y que, como el propio Ortega manifestara más de una vez, es -no solamente un atentado a la inteligencia- sino una vía de falsificación.
Se puede simplificar para resumir; incluso para volver más asequible una verdad. pero no para generalizar y cargar a todos con lo que hace alguno. Se sabe de sobra por quien no sea opaco de mente que estas simplificaciones son mayúsculos falseamientos, por gratuitas, interesadas y, sobre todo, por injustas y malvadas.
La Iglesia de Cristo –eternamente perseguida y hoy más que nunca puesta en la picota a nada que se tercie- tiene santos; de los de altar, por supuesto; pero muchos más de los otros, de todos esos que, sin ser declarados santos por nadie y hasta sin tener –como suele decirse- madera de santos -¿quién tiene “madera de santo” en medio del mal?-, a golpes de lucha, tesón, esfuerzo y sobre todo amor y esperanza en Dios- se han ganado –aunque nadie se la ponga formalmente- corona de santidad. Esa santidad que tiene su “carta magna” –que es una de las cartas magnas del cristianismo- en ese directorio cristiano de las Bienaventuranzas. Esas que -hoy precisamente- pone la iglesia ante los ojos de los “suyos”, de sus fieles: los pobres; los que lloran; los sufridores de todas clases; los que son perseguidos por causa de la justicia o de la verdad o del amor; los que buscan la paz y no la reyerta; los que, aunque tal vez no puedan olvidar, perdonan y tienen misericordia…
Hay, claro está, santos laicos; los que han hecho algo, desde sus azoteas de racionalidad, eticidad, ciencia o técnica para que el mundo y la sociedad sean mejores. Si un Luther King, un Gandhi o un Mandela pueden llamarse “santos laicos”; si hasta un cualquiera que tenga como un deber sagrado respetar los derechos humanos y no “saltarse a la torera” la dignidad de nadie, merece aureola cívica de santidad… ¿no ha de s er un honor santo –dentro de la Iglesia de Cristo- poder celebrar en el día de la santidad común la fidelidad al Evangelio?

Y en cuanto al honor debido a los difuntos…. Este día suelo leer ese poema de A. Machado que se titula “En la muerte de un amigo”.
Tierra le rieron una tarde horrible / del mes de julio bajo el sol ardiente / A un paso de la abierta sepultura / había rosas de podridos pétalos/ entre geranios de áspera fragancia / y roja flor. El cielo / puro y azul. Corría / un aire fuerte y seco / De los gruesos cordeles suspendido, / pesadamente, descender hicieron / el ataúd al fondo de la fosa / losados sepultureros… / Y, al reposar, resonó con recio golpe / solemne, en el silencio… / Que un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio!”
“Algo perfectamente serio” y tan humano como la vida misma. ¿No da para pensar, y mucho, este verso del gran poeta de “soledades” y avizor siempre para buscar o sorprender en el hombre las cosas que le trascienden? ¿Vale, ante eso, la “chirigotera” escenografía de Halloween?
Al llegar a este verso me he parado para preguntarme qué quiso decir con este verso de tan cruda factura un poeta-pensador como lo fue don Antonio Machado; que no era católico confeso, pero que incesantemente buscaba el Absoluto que seguramente no veía en nadie más que en Dios. Si, como yo pienso, buscar el Absoluto es buscar a Dios, es como ponerlo a la mano de las propias inquietudes humanas, el poeta no pensaba seguramente ni en Halloween ni en calabazas vacías para encarase con algo tan serio y profundo como ha de ser el final de la vida.

Están bien –me digo yo- los crisantemos y las flores sobre las tumbas; pero mejor están y más a humano saben los recuerdos y sobre todo los deseos y los rezos. Y para el que no sepa o no quiera rezar, estar hoy a la vera de una tumba o respirar hondo el recuerdo y memoria de los pasados amigos y familiares es algo –a mover- mejor que adorar una calabaza hueca o aterrorizarse llevando o viendo unos disfraces que, en su fondo, son, en un 90 % “marketig” y economía, y el 10 % restante superstición y embeleco.
Eso que tanto se critica a los creyentes y que en verdad es criticable, la superstición, se ve destilar a chorros de la mitología de este “progresismo” ritual de ahora… ¿De quién fue la idea de que, cuando no se admite o adora a Dios, se adora cualquier cosa? No tiene mala pinta la misma.

Y cierro ya –porque me estoy alargando con exceso- con cita de las palabras con que Giovanni Papini ultima su introducción a su Sant’Agostino, una verdadera joya de lectura bravía para lectores inteligentes. Habla de san Agustín y de los santos.
Afirma con valentía que, al reescribir la vida, obra e ideas de san Agustín, no ha querido, por honradez sin duda, ocultar ni minimizar las faltas, pecados y defectos del santo. “A differenza di molti panegirista di buona volontà ma di poco senno, i quali si studiano di ridurre quasi a nulla la peccaminosità dei convertiti e dei santi, non pensando que propio nell’esser riusciti a salire del letamaio alle stelle consiste la loro gloria e si manifesta la potenza della Grazia. Più profunda fu la bassura e tanto maggiore è la luce dell’altura” (G. Papino, ob. cit., Firenze, 1930, p. 1).
Viene a decir Papini que la carrera de santo no es cosa de apocados, de idiotas, ni de creídos; sino de hombres y mujeres hechos y derechos; muy normales y muy enteros. Porque es carrera de obstáculos y, como dice el Evangelio, sólo los valientes y los audaces lo consiguen.

Y -ya- mi idea final no puede ser otra que esta. Hoy –día de los Santos, y mañana -día de los Difuntos-, son prevalentes en mi recuerdo y oración mi padre y mi madre. Gracias a ellos soy y gracias a ellos soy casi todo lo que he podido ser. Él, lavando el carbón de la mina casi toda su vida, y ella, trabajando y amando a diario, se lo merecen; y mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Somos pocos... 27-X-2019

28.10.18 | 21:42. Archivado en Acerca del autor

”Montesquieu bataneaba graciosamente la ley de las mayorías
¿Se adopta la decisión de ocho individuos en contra de la de dos? ¡Grave error! Entre ocho caben verosímilmente más necios que entre dos”
(J. Ortega y Gasset, De la crítica personal, Obras Completas – Alianza Editorial, Madrid, 1993, t. I, p. 15)

Cualquiera de los que, para medir la democracia, usan las varas de sus propias veleidades o fantasías, al ver esta frase de Ortega, sentirá posiblemente la tentación de meterlo en el Infierno de Dante. Y juraría que -de demócrata- no tuvo ni la planta de los pies.
¡Grave error!, diría yo también a tan superficial analista o intérprete.
Ortega fue demócrata, y porque de la democracia tenía un concepto exquisito, censuró las democracias “morbosas”; las que de auténtica democracia tienen el nombre o poco más. Por eso, al referirse a las “mayorías” en ese pasaje citado, quiso enfatizar la gracia que le hacía el empeño de divinizar las “mayorías” hasta meterlas en la esencia de la democracia. Porque las “mayorías”, de la especie o calibre que sean, no son la democracia.
La democracia es solo y nada más –tampoco menos- el gobierno del pueblo, ejercido por él o en su nombre y a favor de él. Y, si pueblo es la mayoría, también lo es la minoría. Y la “ley de las mayorías” sólo es (en la historia del pensamiento socio-político) un recurso práctico, de técnica jurídico-política, una especie de “fictio iuris” -ficción jurídica- para significar el “demos” o “populus” en la concreta circunstancia de falta de unanimidad. Se presume ser voluntad del pueblo lo que piensa o decide la mayoría.
Por ciero, que tampoco es invención de Montesquieu la ley de las mayorían como expresión del pensamiento y querer de la persona colectiva; porque –mucho antes, en Roma en embrión y sobre todo en esa Edad Media que se le llama retrógrada y atrasada porque no se la conoce bien- se excogitaron ya los recursos para gestionar y definir el operar de las personas colectivas o jurídicas.

Este preludio no es el objeto directo de estas reflexiones. Viene a cuento de una historia más cercana.
El grupo político Podemos, con el “placet” y consenso del grupo socialista actual y posiblemente también con el de los grupos minoritarios vascos y catalanes, no digamos el de la izquierda más asilvestrada, se propone sacar adelante un proyecto de ley de despenalización de tres actuales tipos delictivos del vigente Código penal: las injurias a la Corona (en “román paladino”, a la suprema magistratura del Estado; las ofensas a los sentimientos religiosos del ciudadano; y el enaltecimiento del terrorismo.
Si el Rey ostenta hoy la suprema magistratura de la nación, no digamos Podemos –que ya se saben sus apetencias y gustos políticos- sino el partido del gobierno ¿pinta algo apoyando esa despenalización?
Si el respeto a los sentimientos religiosos se integra y es parte de uno de los derechos y libertades más fundamentales del hombre como es la libertad de conciencia y religiosa (proclamada nítida y rotundamente en el art. 16 de la vigente Constitución), ¿habrá que decir que el partido del gobierno, hoy, en España, es anti-constitucional? Porque la supuesta coartada de salvaguardar o defender el derecho a la libertad de expresión a costa de ofender la libertad de conciencia y religiosa, si no fuera ella misma un insulto a la inteligencia y a la lógica jurídica –el respeto a las libertades básicas es precisamente el límite marcado a la libertad de expresión por el art. 20 de la propia Constitución-, sería una muestra palpable de cómo esa “ley de las mayorías”, que censura Ortega –como se acaba de ver- puede muy bien ser enemigo de la buena democracia.
Y en cuanto al enaltecimiento del terrorismo -siendo como es intrínsecamente malo. individual y sobre todo socialmente, todo terrorismo, sin que ningún fin lo justifique porque su razón es el odio y matar y lo hace, además, a discreción e indiscriminadamente- ¿cabe que la “razón política” de un “populismo” ultramontano y de pura imaginación cinematográfica subyugue tanto y halle acogida en partidos que se puedan llamar serios o mínimamente solventes, hasta prestarse a legitimar lo que nadie –salvo los propios terroristas- darían por bueno y legítimo?.
Y no se hable o invoque la “tolerancia” como virtud social, porque la tolerancia, como la libertad de expresión ya indicada, tiene igualmente límites (Véase, por ejemplo, el reciente libro de Denis Lacorne, Les frontières de la tolérance -Gallimard, Paris, 2016). ¿Hay que tolerarlo todo, hasta las connivencias con la insensatez, la maldad o la cara dura? Aquel viejo “Qousque tandem, abutere, Catilina, patientia nostra” del gran tribuno y político que fue Cicerón, clamado a los cuatro vientos de la rectitud romana, muestra que hay líneas rojas que no se pueden ni pisar y ni siquiera bordear sin caer en desacierto o en cosa peor.

El título que llevan estas reflexiones “Somos pocos” va referido a los católicos y al catolicismo español en este momento.
Seamos serios y no nos vayamos por las ramas. No se necesario hacer ni una tesis doctoral ni un “master” para verlo; basta con tener ojos y abrirlos. Iglesias medio vacías; befas, orillamiento y desdén hacia lo religioso y, si es católico, más todavía; un laicismo que es ofensivo en lugar de una laicidad que sería lo correcto…. Y conste que no me quejo de la realidad, que es la que es; me limito a constatarla. Es un hecho y los hechos se interpretan pero, una vez comprobados, no se discuten.

Lo he dicho muchas veces en privado y en público, lo reitero con frecuencia, y me parece correcto decirlo. “Somos pocos y seguramente mañana seremos menos”; pero somos algo y eso que somos –algo, poco o casi nada-, por dignidad, lo hemos de hacer valer. Y como, socialmente y en democracia, la mejor forma de hacerlo valer es el voto, el modo más práctico y expedito de hacer valer lo que somos es no votando a nadie que promueva o apoye –de la manera que sea- esa despenalización de los atentados contra ese derecho humano fundamental, de todo hombre, a la libertad de conciencia y religiosa.
No debe ni puede votar un católico a estos señores y seguir siendo o pretendiendo ser o que se le llame católico. Sería farsa bendecida o tolerada; y la conciencia es más que cualquier oportunismo.

Somos pocos efectivamente, Pero ¿es malo ser pocos?
Yo creo que no. Si lo mucho es “masa” con todo lo que esa palabra significa en términos de oquedad, de vacuidad, de seguidismo y gregarismo o de obedecer a ciegas lo que mande el jefe, prefiero ser minoría –que también es sociológica y políticamente “pueblo”, no se olvide- que masa o grey.
Además, ¿no es verdad que la psicología de las “minorías” es más dinámica, luchadora, viva y rebelde que la de las mayorías, que –recreadas en el éxito- se limitan a seguir la flecha y asentir?

Porque –es pregunta jurídica- ¿acaso “despenalizar” dista mucho de “legalizar”? ¿No es su reverso sociológico? En la práctica, me refiero. En teoría, siempre habrá quien defienda lo contrario; con razones “de teoría”, claro!

Y para cerrar estas reflexiones ante el proyecto de ley, insistiré. Somos pocos; mañana –seguramente, tal como van las cosas- seremos menos; pero, mal que pese, somos algo; y eso que somos –algo, poco o casi nada- tenemos obligación –por dignidad- de hacerlo valer ¿Cómo? De la mejor manera que cabe hacerlo en política y democracia: no votando a nadie que, en directo o en oblícuo, contribuya a que en este país se levante oficialmente la veda y se expendan licencias de acoso y derribo a favor de los que ofenden al jefe del Estado; de los que injurian o insultan a los que tienen sentimientos religiosos –los ateos ¿no entrarán también en esto, porque la libertad religiosa así mismo los ampara?-; o de los que, en una ética bajo mínimos, no hallan diferencia entre patriotas y terroristas, entre víctimas y verdugos, entre el terror y el honor.
Somos pocos y mañana seremos menos. No importa o importa menos, si es cosa de libertad. Pero, como en estas despenalizaciones, brilla o parece brillar más la malicia o maldad que la libertad, un católico no puede votar a estos promotores o adláteres y pretender seguir llamándose o teniéndose por católico.
Es mi punto de vista; y como lo procuro razonar, en uso de mi libertad personal y cívica, lo expongo como lo pienso.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La encuesta - Cábalas, conjeturas y augurios 26-X-2018

26.10.18 | 21:16. Archivado en Acerca del autor

Desde ayer es noticia la encuesta del mes sobre las filias y fobias de los españoles ante sus políticos de la hora presente y el más o el menos del aprecio que los ciudadanos tienen por cada uno de los llamados líderes, desde la ultra-izquierda a la ultra-derecha, pasando por todos los pliegues del amplio espectro político-social de este país.
Según la encuesta, parece ser que las huestes de don Pedro Sánchez marchan “viento en popa” a la cabeza del grupo en todo; el político mejor valorado es también el mismo y crece tan espectacularmente la intención de voto –o como se le quiera llamar- hacia él, hasta superar el 30 % de las intenciones.

Ante la Encuesta, los augurios y los comentarios vuelan raudos y las preguntas no cesan de saltar a la palestra de la pública opinión.
¿Es posible?
Después de lo de la tesis, los vaivenes, las fintas, los puros gestos, gesticulaciones y todo lo demás, ¿es verosímil?
Pero la pregunta que vuela más alto y rauda es la que se formula con estas solas dos palabras: ¿Es creíble?

Se sabe de sobra –en buena técnica probatoria- que las estadísticas, como los resultados de las encuestas- no son prueba, ni tienen valor de prueba. Pueden llegar a indicios que permitan suposiciones y, en algún caso, presunciones de hecho; pero no prueba en el sentido usual y también jurídico de la palabra.
Y si embargo, a pesar de todo y quizás por hallarnos en sociedades inmersas en una cultura de la “comunicación”, en que las ondas pueden pesar más que la realidad o la verdad, no dejan de dar que pensar y, sobre todo, que hablar las encuestas; y pueden servir para hacer opinión y hasta para convencer a algunos –no a muchos seguramente ni a todos, aunque sí a los suficientes para hacerse notar- de que, como suele decirse, “cuando el río ruge, es que agua lleva”.

Acabo de oír esta mañana en la radio un comentario sobre la actual Encuesta que pone al partido de don Pedro Sánchez y al mismo don Pedro en la cúspide de las intenciones de voto, si ahora mismo se celebraran elecciones.
El comentario –no a la letra, sino en su espíritu y fondo- era una especie de sorites argumental y convencional, que –poco más o menos.- se componía de condicionales más o menos así:
¿Es creíble la Encuesta? Me temo que no; pero es posible que sí…

Y si a la gente le gustara que le subieran los impuestos; o que le tomen el pelo, media hora sí y la siguiente también?
Y si la gente fuera cainita y guerra-civlista y sus preferencias fueran más las de pelearse y odiarse que las de dialogar y hablar juntos para resolver los problemas de todos?
Y si la gente fuera masoquista y le divirtiera causarse daño a sí misma, sin parara mientes en las consecuencias de ello?
Y si a la gente la gustara la marcha atrás más o mejor que las marchas adelante y prefiriera ser cangrejo a ser motocicleta?

El sorites o sarta encadenada de argumentos sería interminable y admite todos los añadidos que se le quieran adosar a lo que pudiera ser la gente, desde ser pasota o inhibida a ser comodona, perezosa o ingenua; quizás masoquista y enemiga de sí misma como aventuraba esta mañana el aludido comentarista de la Encuesta.

No es creíble, decían muchos hoy. Es propaganda pura; es para crear opinión en los tiempos de la pos-verdad; es táctica o estrategia del Poder cuando se trata a de mantenerlo a toda costa (y en esto sí que Maquiavelo era un buen maestro); pero no puede ser verdad con la que está cayendo. Por lógica. Por sentido común. No se olvide, a pesar de eso, que, a veces, las mejores lógicas fallan y el sentido común pudiera no ser el más común de los sentidos.

Y ahora me pregunto yo: ¿Es posible? Y me respondo que sí. Claro que es posible. Y a la historia más reciente me remito, cuando este pueblo, por dos veces, eligió a quien nos había de meter en la peor de las crisis económicas que se han padecido en los últimos 50 años.

Y ya –para cerrar estas breves reflexiones- me acuerdo de aquella sonada y circunspecta frase del gran emperador Carlos, quien, tras su derrota por el rey Francisco I de Francia, dijo que “la fortuna es mujer y prefiere un joven rey a un viejo emperador”. Demos a la frase las vueltas precisas y es posible que no andemos lejos de ver en ella un reflejo de la historia, y no tanto pasada sino también presente.
Y, además, eso de que ¡el pueblo nunca se equivoca” no deja de ser una gracia más de las que se dicen para dar coba o simplificar.. Y si no lo cree, pregunte a politólogos de la talla de Raimond Aron y otros de reconocido prestigio (cfr. El siglo de las sombras, referido al s. XX).

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La boda (4) Glosa final. Del rosa y azul al gris o el negro 24-X-2018

26.10.18 | 21:10. Archivado en Acerca del autor

Uno que se ha pasado media vida entre patologías y debacles conyugales no puede ser o volverse idealista o soñador en la materia. Me quedaría incompleto o quizás unidimensional si al son de la “marcha nupcial” o al “que se besen” no les pusiera sordina; o si el color de rosa no lo contrastara con el gris, o el negro incluso, de las posibles y múltiples defecciones que se han dado, se dan y seguirán jalonando la historia del matrimonio.

Es posible que en mis anteriores reseñas sobre la boda de Ibor y Pilar me haya pasado en los tonos rosa o azul. Y como los idealismos son viciosos casi siempre porque nunca dan la verdadera cara de las realidades que figuran; no para “curarme en salud”, como se dice –que no viene al caso-, sino para no pecar de “quijote” o “iluso”, mis reflexiones de estos días sobre la boda de mis amigos en Miguelturra las voy a cerrar hoy con una glosa final, que titulo “Del rosa y azul al gris o el negro”.
Conste –antes de seguir- que, en la misma ceremonia, ya lo apuntaba en mi alocución a Ibor y Pilar.
Les realzaba el fascinante milagro del amor que se obra en el matrimonio; pero les precavía diciendo que “la poesía a veces se queda en prosa, o menos que eso, por avatares que no son -siempre y en todo- de luz brillante, sino penumbra de claroscuros en el mejor de los casos y hasta de negra sombra y dominio del gris o el negro sobre el rosa o el verde más de una vez”.
Por eso –añadía-, que nadie se crea que todo es color de rosa en el matrimonio. “Esa poesía del hombre y de la mujer enamorados y felices el día de su boda salta con frecuencia hecha pedazos con todo eso que pueden llamarse genéricamente las puñeterías de la existencia y que no es cosa de traer aquí y ahora caso por caso”
Les advertía, sin dejar de mano la poesía de “todo lo bueno y venturoso que el matrimonio alberga”, de que el reverso de la fuerza del amor -“lo que no es tan bueno ni venturoso”- está al acecho también y puede llegarps “como no os cuidéis de ir ganando el amor cada día y paso a paso, a golpes de tolerancia, lealtad y verdad”. Hay que luchar por el amor para que el amor sea efectivo y no pompa irisada de jabón, tan bella como efímera y sutil.

Claroscuro conyugal se rotula uno de mis libros. Es el acopio de unas conferencias dadas por mí, hace bastantes años, en una sala del Tribunal Superior de Justicia de Galicia, en La Coruña. Ya entonces era conspicuo del “realismo” con que se han de afrontar las cuestiones más humanas, como es -entre otras varias- el matrimonio. Y si en la presentación de aquel libro en la universidad coruñesa afirmaba que un armónico contraste y ensamblaje de las luces y las sombras en un cuadro lleva la pintura hacia sublimes cotas de perfección, eso mismo –en el matrimonio, por ejemplo- se hace también verdad. No deja de ser esto señal inequívoca de que el ideal del matrimonio es poco más que un boceto y que su perfección no está en que se anulen las diferencias o se aniquilen las disparidades, sino en que lo que es anecdótico y accidental no se arija en sustancia; de modo tal que a los dos esposos nunca les coja la noche sin haberse apeado plenamente de sus diferencias, reproches o venalidades; como recomendaba no hace tanto el papa Francisco a los que están casados.

+ + +
Al regresar -a mediodía del domingo- de Ciudad Real y Miguelturra a Madrid y dar las gracias a Jose y Amaya por su generosa hospitalidad viajera, el regusto de “la boda” –desde lo esencial a lo accidental y subalterno, pero importante también- era de un rosa subido. Y no era idealismo ni ojos cerrados de cualquier modo a la realidad, que es como es por vueltas que le demos. Pero, con todo y eso, en esta boda de hoy he visto indicios que permiten presumir racionalmente que el rosa y el azul van a primar sobre el gris o el negro.
Y por eso, al final de todo, les decía: “Vos, Pilar e Ibor, lo podéis lograr… Si queréis”.

Perdonad, amigos, si me hubiera pasado en algo, en más o en menos.

+ + +
Nunca había pisado tan de cerca y en directo las rutas del Quijote. Nunca es tarde, sobre todo si, al hacerlo, progresas en reconciliarte con esa España, eterna, una y múltiple, tan verde y tierna en el Norte, tan mercantil y fenicia en el Este, tan austera pero vital tambén y sensible por Extremadura, tan jacarandosa en el Sur y tan fantástica en ese centro manchego, por el que pasan los hilos de la mejor y más universal de nuestras novelas. Tanto que, nada más llegar a casa, no pude sino abrir El Quijote por la primera página y leer eso que, de memoria, sabemos todos: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor….”
Hace ya más de tres siglos de aquello y parece como si aquel embrujo nos envolviera aún. Es posible que don Quijote cabalgue todavía por aquellas rutas en que la aventura se pierde en cada esquina y el sabor a fantasia no exenta de verdad y de realismo parece poner en el paisaje vegetal y humano ese mismo claroscuro que acabo de indicar para mostrar la grandeza humana del matrimonio.

Después de tan fervorosa evocación, sólo podría cerrar mis recuerdos con cinco palabras: fue –la de Ibor y Pilar- una boda para no olvidar. Palabra!!!

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Glosas con acentos de asombro 23-X-2018

26.10.18 | 21:04. Archivado en Acerca del autor

Suelen decir algunos que, si en algo fuera infinito el hombre, lo sería en estupidez.
Aunque yo crea que los hombres –por el hecho de serlo- no son ilimitados en nada y hasta esa idea tan prometeica del “superhombre” me parezca más una superchería intelectual que un logro efectivo, he de reconocer –a las pruebas me remito- que la estirpe de los “estúpidos” pervive y crece más y más sobre la tierra cada día que pasa; de modo tal que, si volaran, habría más horas de niebla que de sol.
He de anotar para comenzar –en honor a los que no saben latín- que, al decir “estúpido”, me acojo a la etimología de la palabra, según la cual “ser estúpido” significa “causar asombro”, estupor, pasmo, incredulidad, o invitar a maravillarse piadosamente por lo que dicen, hacen o desbarran algunas personas, especialmente si esas personas debieran no caer en estas “miserias”, y más si, al decir, hacer o desbarrar así, se les puede presumir en la firme convicción de que los demás -los que les oyen o asisten a sus peregrinas monsergas estupefacientes- han de ser tontos o subnormales.
Lo digo por dos hechos, recientes, de estos días pasados.

Hace pocas fechas, la ex-ministra Isabel López Tejerina se dejó decir, tomando base al parecer de un Informe estadístico solvente, que los niños de 10 años en Andalucía saben lo mismo que los de 8 en Castilla y León. E inmediatamente lo que era sólo un dato estadístico pasó a convertirse en alegato políticamente incorrecto.
Se le ha dicho de todo, hasta de insultar y agredir al entero pueblo andaluz, a la entera autonomía, a los inocentes niños andaluces. La propia presidenta de la Comunidad tomó el bastón de mando para responder –“ex catedra”- al insulto proferido por la antigua ministra. Y lo más sorprendente de todo: incluso la gente de su propio partido trató de desmarcarse de la pretendida “ofensa” y casi todos –periodistas, tertulianos, medios- comentaron (aún lo siguen haciendo algunos) la torpeza de tal declaración, máxime cuando están convocadas elecciones en esa comunidad. Se han dado también posturas razonables; aunque las menos.

Hasta el más lerdo puede ver el truco.
Si es verdad –como asevera el Informe- que los niños de Andalucía saben menos que los de otras comunidades con la misma edad, una lógica tan elemental como razonable daría para suponer y concluir razonablemente que la culpa puede no estar ni en los niños ni en Andalucía (seguro que no lo está), sino en quienes –los socialistas en este concreto caso- llevan más de 30 años gestionando la educación en esa comunidad con tan magros resultados.
¿Por qué será –se podría preguntar cualquiera que piense un poco- esa morbosa afición de muchos políticos a no hacer autocrítica y empezar por mirarse a sí mismos antes de apuntar con el dedo a los otros? ¿No será porque –como enseñaba Ortega en El Espectador- “la política es el reino de la mentira” y “ganar” lo justifica todo?.
Pensemos un poco y daremos con el truco, lo mismo del que censura que de los que se acomplejan. Ni Maquiavelo llegó a tanto.

Lo otro es de ayer mismo. Proviene de la Sra. ministra de Hacienda. Ante la perspectiva cierta del aumento de los impuestos que se está gestando para cuadrar los presupuestos, y con miras, seguramente, a edulcorarla y hacer más jabonosas las tragaderas, se sale con la ocurrencia -diríase que sublime- de pedir a las empresas que se doten de “inteligencia emocional” (sic) para superar la crisis a que parecen abocadas con la proyectada política económica, de más gasto, de más déficit y más impuestos; como queriéndoles decir que, de este modo, con tan milagroso remedio, ni las crisis tan crisis, ni las recesiones vendrán ya con la misma prontitud y asiduidad de los hongos después de llover.
Pero, como quien lo dice a las “empresas” lo dice a todos (¿quién se va a creer que las empresa se van a cargar con el “mochuelo” sin repercutirlo?), a todos parece invitar a que nos demos un baño de “inteligencia emocional”, no sólo para mirar con mejores ojos el “palo” impositivo, sino para convencernos de que lo que nos pretenden sacar del bolsillo es para nuestra felicidad y ventura y no es el “sableo” que se ve venir por obra y gracia de un estatalismo populista tan obtuso como digno de mejor suerte; que es –no lo dude nadie- el invento que, amorosamente, están concibiendo en este momento los que ostentan el poder y los que en realidad gobiernan; juntos, como “extraños” compañeros de cama, en remedo de Fraga en similar coyuntura.

Ante el reto, cualquiera puede preguntarse si la Sra. Ministra habrá hecho un “master” sobre las ideas de Daniel Goleman y –piadosamente también- busca redimir de imposibles metafísicos; o dar tal vez una pista de lo que –en el terreno de las empresas o, en general, en el de unas relaciones más armoniosas de unos con otros- representa ese nuevo tipo de inteligencia, menos racional, pero más liberal con las trapisondas del prójimo. O si nos pedirá, por decreto quizás, un mayor control de los impulsos, de las emociones y sentimientos, para que la votemos con los ojos de la razón cerrados y los del bolsillo abiertos de par en par a las improvisaciones o los evanescentes gestos. Aunque se pueda vislumbrar, “chi lo sá”…
Esta misma mañana oía subrayar el consejo de la Sra. minisitra con este displicente y, a mi ver, no tan desacertado comentario: “Ya no saben qué hacer para llamarnos idiotas”.

Ante estas y otras “lindezas” gubernamentales, me voy un rato a releer La estupidez, de André Glucksmann. Aunque fue en su día fuera de los de Mayo del 68, se volvió pronto de las barricadas y los pavés del Barrio latino para encarar la realidad tal como es y dejarse de ensoñaciones, gestos, bla-bla-bla y demás cantos de sirena con que los políticos, a veces, tratan de llamarnos tontos con finura y sin usar esta palabra, dando la impresión de que saben la tira de lo que se traen entre manos. Siempre, claro, para la gloria y razón del “pueblo”. La estupidez, como se dice en ese libro, va en aumento al ser fruto de modernidad posmoderna, está 0en todas partes y no importa que se trate de izquierdas o derechas y da derecho –quizá no tardando entre en las listas oficiales de los derechos humanos- a precaverse contra ella y, en lo que se pueda, contrarrestarla (cfr. La estupidez. Ideologías del posmodernismo, trad. esp., Barcelona, 1987).

Y ahora que mentamos el “pueblo”, no olvidemos a uno de nuestros clásicos, el jocoso pero bien plantado don Francisco de Quevedo y Villegas.
En el cap. XXXV de La hora de todos y la fortuna con seso, trae a escena al Gran Señor de los Turcos, con su buen y democrático deseo de saber por boca de sus súbditos –no ciudadanos, claro- las “novedades” que cada uno guste darle sobre el buen arte de gobernar. Y el morisco primero y el renegado después debatieron sobre si la pluma o la espada, el saber o el imponer eran los mejores medios para este arte. Tras oírlos a todos, el Gran Señor da su veredicto final de este modo: “Yo elijo ser llamado bárbaro vencedor y renuncio a que me llamen docto vencido; saber vencer ha de ser el saber nuestro; que pueblo idiota es seguridad del tirano”.
Ante el dictamen, los forofos de Maquiavelo –algunos de ellos sin haberlo digerido ni bien ni mal- ¿no tienen nada que decir ante este alegato de nuestro clásico y d0ejar de ver en el pragmático florentino el primer alarde de modernidad en el arte del poder y del gobierno? ¿No deberían leer algo más y divagar menos? Que la necedad o ignorancia del “pueblo” –para seguridad de los tiranos- pueda darse también en democracias o modos de gobernar que se tienen por tales ¿no puede atisbarse en ese libro de Glucksmann?. Léanlo y lo verán ustedes mismos.

Por todo ello, espabila, pueblo soberano, para que nadie te tome el pelo si tú no quieres; porque si lo quieres o permites que te lo tomen, lo del dicho aquel del “fraile mostén”: “tú lo quisiste tú te lo ten”.

Perdonen, de todos modos, que no me levante para pedir disculpas –tan al uso ahora- si, en el modo, me hubiera pasado un pelo. No quisiera que se perdiera el fondo por un mal modo, como enseña Baltasar Gracián en El oráculo manual (nro. 14, La realidad y el modo). Porque, si en eso está el pedir disculpas, no recusaré pedirlas.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La boda (3) Unas glosas al paso 22-X-2018

26.10.18 | 21:00. Archivado en Acerca del autor

En las bodas siempre hay algo más allá del “Sí, quiero”. Son, en efecto, además de cauces de un compromiso personal de altos vuelos, actos de sociedad, en los que se dan cita -en paralelo al mismo, en oblicuo y hasta en dispar a veces- eventos colaterales pero no extraños, a tono casi siempre de usos o tradiciones populares que, fuera de casos aislados de chabacanería o mal gusto, son alicientes afines y no desdicen sino que contribuyen a hacer de la boda una efemérides cultural y social de positivo valor. Y que son adherencias a lo que, en esencia, es el núcleo: el “Sí quiero” de los novios.
Fueron, a mi ver, muchos los alicientes que –para mi gusto- se dieron cita y me agradaron vivamente en la boda de Ibor y Pilar.
No podré ir, de uno en uno, haciendo mención o glosa de todos ellos. Pero no me privaré de realzar algunos que, a mí particularmente, más me afectaron e incitaron ese día y los siguientes a reflexionar.

Mi primera glosa ha de ser académica. El que una parte de los invitados y asistentes fueran el director, varios profesores y un grupo nutrido de antiguos alumnos –condiscípulos de Ibor en El Cisneros- no me parece casualidad. El azar sorprende pero no tiene lógica y este detalle de esta boda sí la tiene.
Aquella provecta “universitas” que era “comunidad” de profesores estudiantes, de maestros y aprendices me pareció rediviva en esta boda. Se lo dije a Raul, el director del centro. Es ejemplar -en estos tiempos tantas veces desalmados- ver al director y a varios de los gestores y profesores de un centro educativo- “estar” al lado de uno de sus educandos en una fecha como esta; y con ellos. una docena o más de sus antiguos compañeros de estudio. Es más que casualidad y yo lo miro y veo como señal distintiva de un centro docente, en el que lo académico ha de primar como es normal, pero lo humano nunca se aleja más de la cuenta de lo académico y docente. El ideal humano de aquella “universitas studiorum” medieval -pero también moderna porque, a fuerza de humana, trasciende las fronteras de aquel universo como era palpable en esta boda- es cosa que me creo en el deber de realzar. Creo que “lo humano” es tan “de hombres” que sacarlo de sus esquemas, sean de la índole que sean, es –o puede ser- pecado de humanidad.
La universidad estaba de boda ese día y se notaba sin duda.

Otra algo más en esta boda que me veo también en el deber de realzar y glosar. El tema de los “referentes” de vida.
Hay quien puede quizá pensar que “ser moderno” o dárselas de tal equivale a ser iconoclasta; es decir, a romper con todo, hasta con aquello en que se asienta el presente de cada cual, el pedestal de las creencias, que son –como apunta Ortega en Ideas y creencias, no algo que viene y va, sube o baja, se tiene o se deja, sino aquello en lo que estamos anclados y que nos lleva a ser lo que cada uno ha de ser de acuedo con su vocación y potencialidades.
Claro que la familia es un “referente” primario en la vida del hombre y de la mujer. Claro así mismo que –sin familia o sin referentes familiares de peso y valor- el riesgo de ser veletas o plumas al aire se acrece y sube.
En la boda de Ibor y la peripecia de su vida ante la decisión de contraer matrimonio como lo acaba de hacer, me ha sido posible –experiencia vivida le llamo- vislumbrar planeando la sombra de una mujer. Me refiero a Josefa, su abuela materna. Lo aludía al terminar la ceremonia. Era la madrina pero, más que como madrina, la veía en aquel momento como musa o hada-madrina inspirando los pasos por un itinerario –como ya dijera en la primera crónica- nada expedito, fácil y abierto en estos momentos. El matrimonio, en general y no digamos el religioso, no sé si asusta, si repele o si acompleja.
No hizo nada que se notara porque no pretendió nada, pero pienso que hizo mucho para que las cosas fueran como han sido.

Y por fin mi hallazgo de un ignoto amigo. Es profesor y estaba de boda como yo. No le había tratado antes. Si lo conocía, pero era de nombre y por fuera. Esta vez tuve la suerte de hablar con él y, enseguida, notamos los dos, mano a mano, que las sintonías eran más y más fuertes que las divergencias. No fue posible que me tratara de tú como insistentemente le pedía, pero, fuera de eso, “chappeau, monsieur!”. Todo u n perfil de caballero de la honestidad intelectual y ética.
Comienza diciéndome que es “agnóstico”, a lo que le contesté que eso era cosa suya y que la libertad –si ha de ser algo- ha de ser respeto a las ideas y sobre todo creencias de los “otros”. Y seguimos hablando, y no sólo nos encontramos a gusto, sino que comprobamos que las cosas en que coincidíamos eran muchas más que aquellas en las que divergíamos.
Antes de despedirnos en la tarded-noche, mientras el ruido, la fiesta, el baile, las alegrías y satisfacciones de casi todos holgaban a su aire, me hizo una confidencia que no esperaba, pero tampoco me sonó a extraño: “Soy agnóstico, pero quiero creer”. Me limité a responderle: “Si quieres creer, ya estás creyendo”. como suelo decir, en paralelo, del rezo y la oración: “Si quieres reazar, ya estás rezando”.
Me dijo también que era fervoroso de Unamuno y le indique que me gustaba como escritor y explorador de sentimientos y verdades, aunque hubiera sido toda su vida un atormentado por cuestiones de fe. Y repetí ante él una idea de Unamuno –creo que de su Diario íntimo-, que me ha servido, más de una vez, para reflexionar –a solas o con otros- sobre el misterio de la fe y que dice, como si de una confesión se tratara “cuando rezo, reconozco con el corazón al Dios que rechazo co n la inteligencia”.
Conste –he de añadir- que Unamuno no es nada extraño a mis preocupaciones. Más de una vez, en clase de matrimonio, dije a los alumnos la frase que él dijo a sus propios alumnos de Salamanda cuando le preguntaron qué era o cómo veía el amor en el matrimonio. Y se limitaba a decir más o menos esto: es sencillamente que “cuando a mi mujer le duele una pierna, un brazo o un pecho, a mí me duele el alma”.
A mi desconocido y siempre amigo, he de dar las gracias por impulsarme, como lo hizo esa tarde-noche, a confirmarme aún más en que un amigo es un “divino tesoro”, hasta cuando el que se presta a ello echa por delante ser un escéptico. Me parece más apropiado en él este calificativo que el de “agnóstico”.

Aunque no se hayan acabado los posibles temas de glosa o mención, de esta boda, he de cerrar hoy estas reflexiones porque el espacio y el tiempo se agotan.
No lo haré, sin embargo, sin aludir a una anécdota real vivida por mí la última vez que me ví con otro de mis pensadores favoritos, don Juliñan Marías.
Era una tarde otoñal como estas de ahora mismo. Había pasado departiendo con él más de dos horas en su casa de la calle Vellehermoso de Madrid. Habíamos hablado especialmente del concepto del amor en Ortega y de la diferencia entre amor y enamoramiento. Al despedirme, en aquel pasillo ornado con estanterías plenas de libros, y dolerme de la pérdida, no lejana, de su mujer, me dijo unas palabras que no he podido olvidar nunca: “El día que murió mi mujer, empecé a morir yo también”. No hubo tiempo ya para otras entrevistas con él. Pero esas palabras finales del gran pensador -crítico hasta con su religión católica, pero ecuánime y fiel a ella a pesar de todo- me sirvieron para reafirmarme en la idea de que “casarse” es una cosa muy seria y hacerlo ante Dios no es ni de “meapilas”, ni de atrasados, sino de gente que, por tener la cabeza en su sitio, hace honor a sus ideas y más todavía a sus creencias; sin óbice de que se las pueda discutir. Pero, con todo y eso, a la hora de la verdad, no se hace farsa con ellas.

Es posible que mañana vuelva con alguna otra glosa a lo mucho que percibí, sentí, pensé y disfruté –legítimo y colosal disfrute- viendo a Pilar e IBor emocionarse al ponerse –tras el “Sí quiero” -el uno a la otra y la otra al uno- dos anillos que sólo simbolizan las ataduras del amor, que, por eso mismo, no son –ni de lejos- de las que matan la libertad porque son de las que la hacen más humana.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La boda (2) -El "Sí quiero" 21 - X -2018

23.10.18 | 17:46. Archivado en Acerca del autor

La “boda” tiene un momento culminante, al que todo lo demás se ordena, en el consentimiento mutuo y correlativo de Ibor y Pilar. En ello están el centro y la clave maestra de toda la ceremonia y la razón de sus anteriores y posteriores desmadres o pequeñas locuras. A él se anudan la esencia y la sustancia y en torno a él giran el rito, el simbolismo que lo penetra y califica y hasta la razón de todo. Sólo el lo explica todo y, sin ello, el resto no pasa de subalterno y accesorio.
Y no es que sobre o estorbe lo demás; pero –por mucho que sea o brille- se quedará en acompañamiento y burbujas de luz y color. Si algo vale todo esto, ha de ser en función de aquello.
“El matrimonio lo hace el consentimiento de los esposos”; y ha de ser “acto de su voluntad por el que se entregan y se aceptan mutuamente”, proclama el canon 1057 del Código de Derecho Canónico; y de parecido estilo y núcleo son las exigencias de otros ordenamientos civilizados, en la estela del axioma romano “consensus facit nupcias et non concubitus” ¬–no hace el matrimonio el hecho de meterse juntos en la cama, sino la voluntad de ser marido y mujer (cfr. Digesto, L.27.30. Y como la voluntad, en el hombre, es potencia organizadora e imperativa de lo que la razón y la libertad proponen o exigen, en la voluntad de casarse la decisión es la corona en el proceso del obrar humano.
Con voz clara, entera, pausada y serena lo dijeron ambos en la mañana de ayer en aquella ermita de Miguelturra, con aires de catedral:
Yo -Ibor- te quiero a ti –Pilar- como esposa, y me entrego a ti, y prometo que te seré fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en0 la enfermedad, todos los días de mi vida
Yo –Pilar- te quiero a ti –Ibor- como esposo, y me entrego a ti, y prometo qu0e te seré fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermeda0d, todos los días de mi vida.

Nada más oír la fórmula del consentimiento –siempre me pasa-, una duda me asalta y la correspondiente pregunta me inquieta. Una duda que tiene cualquiera y una pregunta que se hacen muchos. ¿Puede, tiene fuerzas, capacidad, entereza y energías un ser humano –limitado en sus posibilidades, frágil en sus promesas y corto de vista ante el futuro incierto- comprometerse de por vida a algo tan íntimo, exigente y proyectivo como el matrimonio?
Es punto y tema –hay que reconocerlo- de gran calado humano, personal y social, que más de una vez he tratado en público, al que la respuesta en abstracto puede tener poco que ver con su respuesta en concreto. No es cosa de desarrollarlo ahora. Pero mi criterio es que –¬mirando a la vocación y a las capacidades que se le han de unir- se puede, aunque conseguirlo, como todo lo que es arduo y problemático como el matrimonio, implique esfuerzo y lucha para jugar y ganar la partida del amor cada mañana y tarde y abrirse a unas bases de “humanitas” que, siendo propias del amor, no siempre van con el amor a todas partes. Tal se ve y tal lo exige ese pregón o canto de san Pablo al amor, que fue elegido por Ibor y Pilar como primera lectura de la misa de su boda.. No es el amor su esencia, pero el amor es la lanzadera000 irremplazable de todo lo bueno del matrimonio.
Esto, como digo, salta a la vista de esta lectura de san Pablo; aunque, sin ir tan lejos ni volar tan alto, pueden servir algunas ideas de los “Estudios sobre el amor”, de Ortega y Gasset, para precaverse de ligerezas o banalidades al hablar del amor.
“El tipo de amor, en que un ser queda adscrito de una vez para siempre y del todo a otro ser –especie de metafísico injerto- fue desconocido para Stendhal. Por eso cree que es esencial al amor su consunción, cuando probablemente la verdad está más cerca de lo contrario. Un amor pleno, que haya nacido en la raíz de la persona, no puede verosímilmente morir. Va inserto por siempre en el alma sensible. Las circunstancias –por ejemplo, la lejanía- podrán impedir su necesaria nutrición y entonces el a mor polerderá volumen, se convertirá en un hilillo sentimental, breve vena de emoción que seguirá manando en el subsuelo de la conciencia. Pero no morirá; su calidad sentimental perdura intacta… El azar podrá llevar a la persona que amó de aquí para allá en el espacio físico y en el social. No importa: ella seguirá estando junto a quien ama. Este es el síntoma supremo del verdadero amor: estar al lado de lo amado, en un contacto y proximidad más profundos que los espaciales. Es un estar vitalmente con el otro. La palabra más exacta, pero demasiado técnica, sería esta: un estar antológicamente con el amado, fiel al destino de este, sea el que sea. La mujer que ama al ladrón –esté ella con el cuerpo dondequiera, está con el sentido en la cárcel” (cfr. Estudios sobre el amor, cap. II).
Nada extrañe, por ello, que el propio Ortega apunte en otra parte de la misma obra que el amor que se muere es el que no ha nacido, o no ha pasado de enamoramiento o amorío, o es cualquier otra cosa menos amor. Por algo se precave Ortega al iniciar esa obra y se propone “hablar del amor”, pero no comenzar hablando de “amores”, porque “los “amores” son “historias más o menos accidentadas que acontecen entre hombres y mujeres”, en las que –de ordinario- “hay de todo menos eso que en rigor merece llamarse amor”.

No quiero cerrar esta otra segunda de “la boda” sin una referencia a los tres Preludios que sirvieron –al comienzo- para ponerse en ponerse en autos y en escena y dar paso a la ceremonia propiamente dicha. Es el primero un pasaje de El Profeta”, del libanés Khalil Gilbrán; el otro es una estrofa de la Canción de amor de Reine M. Rilke; y el último esta tomado de la Carta de san Pablo a los de Éfeso, imperando al amor en el hombre hacia la mujer
Tan sólo reproduzco aquí el primero de los tres, tal como era leído por una hermana de la novia antes de comenzar la ceremonia.

Llevaba El Profeta 12 años aguardando la vuelta del barco que debía devolverle a su isla natal. Cuando se divisaba su barco como una esperanza emergiendo de la bruma del mar y se disponía a seguir su destino en otras tierras y en otros mares, una mujer de la ciudad, en nombre de todos, le dijo “Profeta de Dios, buscador de lo supremo, largamente has hurgado las distancias buscando tu barco”.Ahora que tu barco llega y te vas, dinos, al menos, antes de partir algo de lo que “te ha sido mostrado” sobre ese camino de los hombres que va “del nacimiento a la muerte”. Les habló del amor y también del matrimonio.
“Nacisteis juntos y juntos estaréis para siempre”
“Amaos con devoción, pero no hagáis del amor una prisión. Dejad que haya espacios que os separen, aunque estéis íntimamente unidos””
“De vuestro pan0, convidaos el uno al otro; empero no comais de la misma hogaza”
“Cantad y bailad juntos y estad alegres, pero conservad cada uno vuestra personalidad”. “Como las cuerdas de un laud están solas, a pesar de estremecerse con la misma música”.

De todo el pasaje, creo que alecciona sobre todo ese consejo del Profeta: “Dejad que corra el aire entre los dos”. Y alecciona porque la mayor grandeza del matrimonio en su raíz está en “ser dos en uno”, pero con la particularidad de no dejar de ser cada uno el que es. El matrimonio no anula las personalidades ni del hombre ni de la mujer; las complementa en lo que son deficitarias por la misma condición de sus biologías y psicologías diferentes. Y con eso las enriquece y eleva.

Al salir de la ermita, el arroz volcaba también su simbolismo sobre Ibor y Pilar; y los sones de la “Salve rociera” se desgranaban dulces, suaves y cálidos sobre las cabezas de ellos y de los invitados que les rodeaban. Se cerraba el acto, tras las firmas, allí mismo y sobre el altar, del acta de matrimonio, para dar fe pública de algo que, socialmente, es vital para la vigencia y desarrollo de una sociedad justa y estable.
A los ya esposos, la emoción les rebosaba. Sonreían, pero a Ibor sobre todo se le notaba intensamente tocado por la emoción. Y, al verlo así, me iba yo pensando que, cuando un hombre entero y bizarro, como a mi ver es ibor, se emociona e incluso llora, no por eso pierde un ápice de su entereza, sino que se le potencia y crece.

Y después la fiesta. Pero eso ya es otro apartado de la crónica.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Lunes, 19 de noviembre

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Categorías

Hemeroteca

Noviembre 2018
LMXJVSD
<<  <   >  >>
   1234
567891011
12131415161718
19202122232425
2627282930