Entre dos luces

La "tolerancia cero" y los riesgos - I - Bordeando líneas rojas 19 - XI - 2018

27.11.18 | 20:35. Archivado en Acerca del autor

Bordeando líneas rojas (I)

“Fiat iustitia etsi pereat mundus” - “Hágase la justicia, aunque se caiga el mundo” (Lema de buen gobierno, elegido por el que fuera más tarde papa Adriano VI para el emperador del Sacro Romano Imperio Germánico, nieto de los Reyes Católicos, Fernando I).
En su evidente pleonasmo, la frase busca mostrar que, al juzgar un asunto, han de prevalecer la justicia y el derecho sobre cualquier otra circunstancia o razón. Se enfatiza, con ello, el supremo valor de la justicia en el ser y el existir de la sociedad, en su estructura y dinamismo; cualquiera que sea dicha sociedad.

Los hechos hablan y a veces gritan…
Una de mis viejas series de ensayos breves y con acento agudo lleva como titulo “Los hechos hablan”.
Los hechos hablan desde su entrañable obsesión significante. Hablan a quien les pregunta; hablan bien, cuando se les pregunta bien; y hablan rectamente si quien les interpela respeta su entidad e intimidad y no los suplanta. Es verdad –por eso- que pueden callarse y no decir nada o decir lo que no llevan dentro y hasta falsearlo. Pero ya no serán los hechos la causa del enredo, sino quien los manipula a su interés o antojo.
Bien lo apunta el historiador Américo Castro. Para que los hechos –los humanos sobre todo- hablen y hablen con verdad no basta con decir “esto es un hecho” y ponerse sin más a escuchar lo que dice. Los hechos, en sí, no dejan de ser especie de abstracciones imaginarias, y en eso se quedarían si –al mirarlos- no se buscara el “sentido” que les da la vida de la que son parte y en la que, como hechos de vida que son, se insertan y, con ella y en ella, se vitalizan (cfr. Américo Castro, Réalité de l’Espagne, Paris, 1963, cap. VIII, La tolérance, p. 216). Los hechos humanos están en el hombre y son el hombre, y para que acierten a decir lo que es el hombre -ese hombre o realidad concreta humana- han de ser tratados con justicia y con razón.
Quiero decir con esto que se puede lucubrar con las teorías; pero con los “hechos” no.

He de anticipar ya que esa especie de “slogan”, tan rotundo y bien plantado pero con vitola de “comodín”, de la “tolerancia cero” pudiera encubrir riesgos. Usado para enfatizar por todo lo alto la gravedad de un vicio y negar de plano todo límite a la tolerancia en el caso, bien pudiera caer en desmesura, si no en la teoría, tal vez al procurarse la justicia del caso concreto; si o en cuanto se llevara el “absoluto” de la teoría –enfatizado como dIgo con el señalado “slogan”- a un “absoluto” en las aplicaciones, jurídicas o no jurídicas, de la –a todas luces- maldita realidad viciosa; es decir, cerrando los ojos; a costa de lo que sea; sin tocar tierra y como por “decreto-ley”. De modo tal que la tolerancia en punto cero, absolutizarse o desmesurarse, pudiera –llegado el caso- pasar de virtud y ser ella misma un vicio, al entrañar riesgos para otras virtudes tan humanas y tan cristianas como la justicia, el respeto a la dignidad del hombre y no digamos a amor.
Y he de anticipar también que las reflexiones de este ensayo -y alguno más que le pudiera seguirle- llevan finalidad estricta de resaltar que –a la hora de valorar y juzgar, sobre todo en la Iglesia, casos de tamaña sensibilidad humana y pastoral- se han de mirar bien y a fondo, por arriba y por abajo, por dentro y por fuera, para evitar caer, con la mejor de las intenciones seguramente, en posibles deslices, o atentados incluso, a la dignidad humana en sus más naturales defensas de justicia y verdad.
Desde mucho tiempo ha, fruto de una experiencia de siglos, una buena máxima de justicia penal es la que dice ser preferible dejar sin castigo a un culpable, o a cien culpables incluso, que condenar a un inocente.

Unas reciebntes noticias de Iglesia llaman especialmente mi atención estos días. Como que me vienen importunando con fuerza en demanda de algunas reflexiones al respecto.

Desde hace tiempo –bastantes años ya- la Iglesia de Cristo está, si así se puede hablar, en estado de alarma; perpleja también; quizás desencantada; tal vez un poco perdida y nerviosa, temerosa de verse en situación de sentirse desbordada por unos hechos tan lamentables y negativos por un lado, como humanamente explicables sin excesivo esfuerzo.
Me refiero a la “plaga” –llamémosle así- de casos de abusos a menores por parte de “gente de Iglesia”; de clérigos, curas y frailes principalmente-; sobre lo que –con razón seguramente, pero en ocasiones con un más que moderado ensañamiento y hasta morbo aviesamente adobado- algunos “medios” de la propaganda anti-clerical; tan unilateral, tan al uso y tan inhumana hasta cuando se trata de casos reales, que no es capaz de comprender que esta mala hierba se da en todas partes o que los “pedófilos”, los auténticos “pedófilos”, son enfermos psíquicos y que, como a tales, se les ha de tratar…

Lógicamente, no voy a entrar ni en la doctrina psiquiátrica sobre la “pedofilia” o la “pederastia”, ni tampoco en el fenómeno mediático, tan visible, abundante y a punto, tan afilado y agudo, cuando de las cosas malas de la Iglesia de Cristo se trata.
Sólo diré –de paso, y en cierto descargo- que, si la Iglesia de Cristo es “cosa de Dios” y, como tal -en aserto fundamental de san Pablo- en ella no hay ni puede haber “mancha ni arruga”, otra cosa son los viandantes que, con el polvo del camino en los pies y hasta las orejas a veces, componen sus filas terrenales, desde lo más alto a la más humilde clase de tropa. Lo acabo de anotar. Son diferentes en todo y obedecen a leyes distintas la teoría y la práctica. Es distinta la Iglesia como fundación divina, irreprochable por tanto, y la conducta de los que somos Iglesia y estamos en ella sin perder un ápice de lo que, como hombres, somos. ¿Es que no ha de aplicarse a todos, de dentro y fuera de la Iglesia, la incuestionable verdad de Publio Terencio Africano, cuando confiesa ser “hombre” y adverar, acto seguido, que “nada de lo humano le es ajeno”?.
A este respecto de “lo humano” y “lo inhumano” en todos, recuerdo –por cierto- aquel Jueves Santo, en mi pueblo, cuando –en la homilía sobre el “sacerdocio” (ya estaba en pleno auge el clamor frente a las pedofilias clericales)-, dije a la gente del pueblo, avezada a ver y oír a todas horas el silbo de los mirlos en la floresta primaveral, que no hay mirlos blancos; que lo sabe cualquiera y ellos más; que todos los mirlos son negros y de pico amarillo; y que la famosa “Historia de un mirlo blanco” de Alfred de Musset no es historia sino novela pura.
Creo, además, que el texto “ex hominibus assumptus”, referido al sacerdote por el propio san Pablo en su carta a los Hebreos, deja pocas dudas reales sobre la madera de que están hechos los cristianos, todos ellos, y también los clérigos y hasta los obispos y el mismo Papa. Que llame más la atención o que haya menos razones para compatibilizar estos actos o conducta con el mensaje cristiano, es cuestión diferente y digna de realce, lo mismo para curas de humildad –siempre positivas- que para forzar y apurar, en lo posible, los medios para erradicar tan lamentables hechos, incalificables humanamente y perniciosos eclesialmente.

Como digo, algunas noticias recientes en la materia llevan días pidiendo paso a mis reflexiones.
- Hace poco –una semana quizá- se ha establecido, por decisión de la Conferencia Episcopal, una Comisión de expertos juristas-canonistas, para componer el pertinente “protocolo”, conforme al que hayan de gestionarse lss demandas por pedofilia o abusos a menores cometidos por “gentes de Iglesia”, clérigos y religiosos especialmente (a efectos –se ha de suponer- intra-eclesiales, sin óbice alguno y al margen de lo que, en el fuero civil, puedan dar de sí estos delitos, llegado el caso).
- Ayer o anteayer –en el curso de la Plenaria de otoño de la propia Conferencia- podía oír, al mismo respecto de los casos de abusos a menores causados por clérigos y religiosos, tanto la declaración del portavoz de la Conferencia como de su Presidente.
El portavoz denuncia: la Iglesia ha guardado un “silencio cómplice” ante la pederastia de sacerdotes y religiosos y ello en un “contexto de inacción de toda la sociedad”…. ¿No es pasarse “un pelín” –me pregunto- al generalizar como parece hacerse?
El presidente, por su parte, acusa el problema y aboga soluciones. Ante el grave problema, no apunta tanto a los hipotéticos culpables como a la busca inmediata y. urgente de soluciones. Al recalcar, como lo hace, que la Iglesia tiene “la firme voluntad de erradicar de su seno esta lacra”, que tanto le perjudica y sobre todo desacredita, permite ver el flaco favor que se hace a su misión en lo que sobre todo tiene que ser: valedora universal del hombre; defensora como nadie de los derechos humanos y de la dignidad de todo hombre; llamada a seguir fielmente y sin fisuras ni desánimos todos los pasos del mensaje de Jesús, que es el Evangelio, carta magna y norma fundamental para su travesía terrenal. Correcto: disculpas y mano firme desde ya mismo.

Aquí me quedo por hoy. Mañana será otro día, aunque no sin reiterar que la intencionalidad de mis reflexiones es puramente coyuntural: estos hechos me hablan hace días y no darles cara sería dejarlos sin voz. E insistir también en que estas reflexiones no son apologética ni ganas de meterme donde nadie me ha llamado: hay veces que la conciencia llama y requiere. Como tampoco se trata de dar lecciones a nadie: que “doctores tiene la Iglesia”, como suele decirse.
Se trata simplemente de decir el voz alta lo que pienso, porque –a mi ver- la injusticia pudiera estar a la vuelta de la esquina de hasta las muy buenas “intenciones” (entre comillas pongo la palabra para que cada cual la interprete según su leal saber y entender).
Mañana más, como graciosamente repite uno de los buenos comentaristas deportivos de la cadena Cope.

Ah!, y para cerrar lo de hoy. No echemos en saco roto el lema de cabecera: “Fiat iustitia ne pereat mundus”, esta vez en el remedo que Hegel hace al brocardo del emperador. Hágase la justicia para que no se desgobierne el mundo. No va de farol, sino muy en serio. Si a la Iglesia de Cristo le hacen daño lacras como esta de los abusos a menores en su seno, no le hacen menos daño unas posibles injusticias hilvanadas a la sombra de la “tolerancia cero” en la materia. Mañana será otro día.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Sólo a "golpes legislativos", no. 26-XI-2018+

26.11.18 | 23:04. Archivado en Acerca del autor

Día Mundial contra la violencia “machista”, llamada también “doméstica”, de la que son víctimas ordinarias las mujeres y los niños. Los niños también, los pequeños sobre todo, a los que –física y psíquicamente- causan daño –y de qué modo tan salvaje- los desafueros de unos “machos” –la mayor parte de las veces psicópatas o colindantes- que ejercen oficio de “matones” por derivas de unas culturas tan injustas como odiosas y a-sociales. Se enfatiza el problema en el mal trato a la mujer y los hijos porque –de ordinario, y las excepciones confirman la regla- es masculino, en esta parcela del diario convivir humano, el lenguaje de la violencia.
Día Mundial contra la violencia “doméstica”: la que se cobija entre los cuatro muros de hogares que, debiendo ser -por principio- reductos del amor, se hacen en la realidad infiernos de odios.
Con toda razón, mis reflexiones vuelan hoy, imparables, hacia esta lacra social, en sus raíces, sus terroríficas consecuencias; en la horrenda iniquidad de la “razón de la fuerza” o la maldad poniendo a sus pies la “fuerza de la razón”.
El fenómeno es humanamente insoportable.
No hay día sin su amarga dosis de una o más violencias de este género.
Hoy mismo, una chica de 17 años ha sido acuchillada con resultado de muerte.
Más de 40 mujeres, en España, han perdido la vida ya este mismo año y no ha terminado seguramente la lista
No se ve final a tamaña tragedia y las escenas se repiten en una diaria y bárbara cadencia impropia de una sociedad civilizada.
Oleadas de conmiseración, de rebeldía, de encono y de frustración, de condena y proclamas de días oficiales de luto se levantan ante nuestros ojos a cada paso y amenazan con volver normal algo que no deja de ser una auténtica patología individual y social.

Ante el panorama desalentador, la pregunta salta incrédula pero pertinaz: ¿se hace –hacemos- lo suficiente para erradicar esta lacra tan horrible como injusta e injuriosa?
Pienso yo que esto de los “días mundiales” de tal o cual cosa –los hay casi todos los días del año, hasta el “día” de la “ensaladilla rusa” se celebraba no hace tantos días- tiene como finalidad concienciar a la sociedad respecto del objeto que sea –la ensaladilla rusa, el “tinto de verano” o los “huevos con patatas fritas”. Se ha de convenir, sin embargo, que hay cosas, realidades, menesteres de tal urgencia y razón que “sus días” piden y exigen algo más que concienciar de lleno a la solciedad; que exigen obras y resultados, so pena de resignarse a fatalismos inadmisibles o contentarse con mirar el problema, buscar y denostar culpables y esperar el nuevo o nuevos casos en la vana idea de que otros busquen y pongan las soluciones; como si no fuera cosa de cada uno y de todos lo que está pasando, cada vez con mayor fuerza e intensidad a pesar de la propaganda y los medios.
¿No será que los medios no bastan y son insuficientes o deficitarios para la reciedumbre o envergadura del problema y se hace preciso insistir o relanzar más y mejor otros medios, tal vez de menor propaganda pero de mayor efectividad?
Ir a los problemas en su raíz, cuando se trata, como en este caso, de problemas humanos enquistados, debiera ser –creo yo- el primer paso para abordarlos; mirando y viendo su fondo con realismo y no tanto desde plataformas artificiales, demagógicas o ideológicas; no tan sólo dando “golpes legislativos” como es lo fácil y socorrido cuando salta un problema a la palestra de una sociedad, soñando vanamente que a solos golpes legislativos se acabará el problema como por arte de magia, sino educando –y no a los niños solamente sino a todos en el respeto sagrado a toda vida –no solamente la de la mujer, sino la de los niños también, nacidos o por nacer, y la de los adultos por supuesto, hasta cuando son molestos o estorban –porque no hay leyes anti-vida-humana que rocen siquiera la justicia y la razón, por mucho que lo “progre” de ahora se empeñe en hacer cantones exentos o distinciones falaces; falaces porque son o interesadas o sectarias. Y ese omnímodo respeto viene de razones de dignidad humana radical y no sólo de coyunturas oportunistas y soberbiamente deconstructoras, al modo y manera de ciertas filosofías tan modernistas como alejadas de una verdadera modernidad.
45 mujeres asesinadas en España en lo que llevamos de año. No es que sea demasiado; es un horror. Un horror tan elevado que ninguna sociedad decente lo puede tolerar sin envilecerse y degradarse.
45 mujeres asesinadas en España en lo que llevamos de año no parece que sea precisamente fruto positivo de campañas orquestadas por un feminismo –con casi todos los “ismos” pasa- desorientado filosóficamente, ni obra directa de unos políticos líquidos o gaseosos. Es otra cosa…
Educar, educar, educar es el remedio; el único verdadero y eficaz a largo plazo. Los golpes legislativos tan solo se han demostrado insuficientes como la historia más reciente deja ver. Sorprende bastante. Lo que con la prohibición del fumar se está logrando ¿por qué no se consigue en este otro campo de las violencias contra mujeres y niños?. Posiblemente, porque, al legislar, se marcan desigualdades y se dejan portillos abiertos para ciertas clases de muerte o violencia, mientras para otras se dejan de algún modo y manera las puertas abiertas. No es lo mismo –se oye decir- matar a una mujer o a un niño que interrumpir la vida de un feto en su desarrollo vital en curso. Claro que no es igual!, pero la regla del sabio dice que “el más o el menos no cambian la especie”, y, aunque a diferente nivel en la cantidad, se corrompe cualitativamente de igual modo el que roba cien millones que el que roba cinco. ¿O no?
El remedio, educar, educar y educar. Y para ello poner los puntos sobre las íes en materia de educación, guiándose por las normas inmutables y bien templadas de la dignidad de todo ser humano y no tanto por pautas o baremos ideológicos, sectarios, de oportunismo político o de claros abusos de poder; que de todo hay o puede haber cuando, en vez de hacer la política con mayúscula, que es la de verdad y la importante, se fingen derechos que no se tienen, en afanes groseros de contentar a “los suyos” en demérito de los más; o de los que no pueden o no saben defenderse: o tomando “el pueblo soberano” por los que les votan o aplauden; y sin pensar que “las minorías” discrepantes son tan “pueblo” como las mayorías, tantas veces “artificiales” y tantas veces “masa” mejor que “pueblo”.
Día Mundial de lucha contra la violencia machista, que –para escarnio de una “modernidad” que, a veces, nada tiene de moderna, y de una sociedad, tantas veces, anestesiada e inerme vitalmente- no cede ni se consigue controlar, a pesar ni de los “golpes legislativos” ni del “modo de progreso” que pirra a la “progresía” de mano alzada o de puño en alto.
Bien están las leyes justas para ordenar la realidad social sometida al imperio de la lay. Bien están los “días” del año dedicados a poner en solfa o en la picota estos horrores sin explicación racional alguna.
Bien haríamos todos –creo yo- con aprender a respetar “al otro”, quienquiera que sea, y no quedarse en hacer decretos o leyes que, pudiendo ser buenas y oportunas, no son “bálsamo” capaz de resolverlo todo.
Es necesario que se hagan “hombres” para que no haya “monstruos”; y, en esa tarea tan venturosa, la última y auténtica palabra la tiene una educación programada a la medida del hombre. ¿Lo estamos haciendo? ¿Lo estamos, al menos, intentando en serio? Pensemos un poco en ello, antes de pasar la hoja del calendario del Día Mundial contra la violencia “machista” o llamada también “de género”.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Jesucristo, Rey 25-XI-2018

26.11.18 | 22:59. Archivado en Acerca del autor

* El poder que representa la religión –el de Dios, el que encarna su reino en la tierra- “es el único poder ante el que uno se arrodilla sin envilecerse”. René de Chateaubriand, en su azarosa vida en pos de siempre inciertas y nunca del todo rentables servidumbres del corazón o del alma –en esa obra, mitad autobiografía, mitad recuento del valor de los tiempos “nuevos” -Ilustración, Revolución, Restauración- que son las Memorias de ultratumba (1768-1848)- traza con esta idea-fuerza el perfil exacto de la distancia que hay entre caer “en las manos de Dios” o en “las de los hombres”. Por experiencia propia lo puede calibrar.

** “Nunca más; nunca más serviré a señor que se me pueda morir”.
Esta frase marca así mismo la reacción de Francisco de Borja y Aragón, al abrirse -tras varios días de viaje- el féretro y contemplar el cadáver de la emperatriz, Isabel de Portugal, mujer de Carlos V. Francisco de Borja, duque de Gandía, cae derrumbado, confuso, al deber certificar que aquello que veía correspondía en efecto a la que, en vida, fuera la esplendorosa emperatriz.

++++
Es muy posible que a los “republicanos” o “ácratas” –de una u otra laya- la proclama de la realeza de Cristo, ganada en buena lid por serlo a precio de sangre, sudor y befa, les resulte un desdoro para tiempos de “progreso”. Es muy posible, incluso, que alguien digan “esto no nos va”; es anacrónico y hasta -si se quiere apurar el argumento- retrógrado. Además, puede que haya quien anote que creer en “reyes” a estas alturas del guión modernista del “super-hombre”, aunque sea la realeza de Dios, sería reconocer un competidor a la sin par “majestad” del hombre. En suma, que es una fiesta “démodé”, por decirlo en cursi.

La verdad es otra. Cuando Jesús, en pleno proceso de Pasión, dice rotundo a Pilato -representante del poder romano en la Palestina ocupada- que ”su reino”, por el que le pregunta el jefe político, “no es de este mundo” –es decir, de un estilo y prosapia terrenales-, no está buscando coartadas para salir con vida del entuerto en que le colocaran los judíos. Era la pura verdad.
Si por “reino” se entiende ámbito de preeminencias y predominio de valores, que no son los de pura temporalidad y materia, ni de los que responden a diademas, coronas y cetros, culto a las personas o absolutismos coercitivos y servidumbres esclavizantes, se entiende bien que aquel espécimen del terrenal poder que es Pilato, se quedara sin luz o a dos velas; e incluso, al mencionar Jesús “la verdad” en clave de categoría suprema del “reino de Dios”, no viera futuro a la verdad de que le hablaba Jesús, volviera la espalda, se lavara las manos en un gesto de limpiarse la conciencia, y entregara por fin a la “chusma” que era el “pueblo” en aquel momento la vida de un inocente, aún sabiendo -o al menos sospechando seriamente que lo era, por imperativos que hoy llamaríamos “la razón de Estado”; ese sucedáneo de “razón” que tantas veces maltrata o se mofa de la verdadera “razón”, que –incluso en política- tiene que ser la de la justicia y la verdad conjuntadas.
Pensándolo bien, el papel de Pilato en el proceso de Jesús es apasionante. Escéptico ante las “razones” del poder religioso del pueblo judío, pero con algo aún de conciencia justiciera en el alma, se ve agitado sin embargo –en su papel de juez con poderes de vida y muerte en las manos- ante la figura patética de Jesús. Quienes acusan le imputan el grave delito de hacerse rey; pero sus ojos intuyen, al verlo, que de “rey”, en el sentido que a esa palabra se daba antes y ahora en el argot del puro “ordeno y mando”, no hay nada. De todos modos, cubre el expediente y le pregunta si es “rey”. Y Jesús, primero, le desborda por abajo: ¿puede pensarse, en elemental lógica, que -si yo fuera rey- no vendrían mis leales a luchar por mí para librarme de las garras de los judíos? Pero también le desborda por arriba: “Yo soy rey”, pero “mi reino no es de este mundo”. La respuesta es irrebatible para la pregunta que se le hace.

Hemos de convenir que esta palabra -“rey”- se halla realmente devaluada en los aprecios de la ciencia política moderna. Especialmente la que maneja y seduce a una clase intelectual y política “light”; es decir, invertebrada y quizás por eso mismo en riesgo de ser sectaria. Y que tienen mejor prensa otras del argot político, como “democracia” aunque sea morbosa, de “populismo” aunque no sea demócrata, de comunismo o anarquía a pesar de dar esquinazo a la realidad del hombre. Que no mande nadie, pero, si alguien manda, que sea yo.
A pesar de ello, en los anales del cristianismo, desde la cuna y las raíces, tiene hueco el “reino de Dios” y, en la nomenclatura religiosa cristiana, la “realeza de Cristo” se deja ver en todo, desde la teología hasta la literatura o el arte.

Pero Dios –y Jesús era “Dios hecho hombre”- no es un iluso. ni un soñador e idealista, ajeno a la realidad terrenal y sobre todo la humana. Al proclamar y programar un reino de culto a valores espirituales y sobrenaturales en esta tierra, sabía de obra con quién “se estaba jugando los cuartos” como suele decirse. No engaña. No es una utopía este “reino de Dios”. Es –nada menos- el producto-estrella del “plan de Dios” sobre una humanidad, creada libre por Dios y por Dios respetada en esa prerrogativa de la libertad a lo que se compromete al diseñar al hombre. Que no es Dios el que rompe la armonía de la creación, que es el hombre en unos alardes de libertad capaces de falsear la libertad- quien hace añicos las gramáticas de la creación. Sabe Dios perfectamente, como voy diciendo, con quién se está jugando los cuartos al proclamar un reino espiritual y sobrenatural sobre la tierra.
Y lo advierte a propios y extraños.
Ya en su mismo diseño, este reino “se las trae”, como suele decirse; porque –sabiendo con quién o quiénes se había de jugar los cuartos- no lo fue diseñado para complacer idealismos de carantoña y merengue, sino para cambiar los escenarios del pecado y de la libertad “sin ley” por otros de dignidad y sublimación; y esto es un reto que supone casi siempre la necesidad de meter una cuña de madera de boj en la entraña de la historia humana y abrirla de cuajo como si de un rayo tempestuoso se tratara.
Las palabras del diseño no engañan.
“He venido a traer fuego a la tierra y quiero que arda”
“El reino de Dios sufre violencia y solamente los audaces y los valientes lo consiguen alcanzar”.
Con decisión y armado de un látigo, echó del templo de Dios a los mercaderes y volcó por tierra las mesas de los cambistas.
Aunque mandó poner la otra mejilla y jamás rehusó devolver bien por mal, nunca tampoco eludió el debate, ni se arredró ni se privó de llamar por su nombre de verdad a las cosas y a las personas; pero en especial a quienes –como el fariseo o el legista- andaban empeñados en hacer de la religión un coto cerrado o en poner a Dios como cómplice de sus farsas e hipocresías.

San Pablo, máximo heraldo y portavoz o porta-estandarte de la obra de redención efectuada por Cristo muriendo y resucitando –que si por lo duro fue la redención, por lo duro ha de ser también el rescate-, expresa de este modo el diseño del “reino”: “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu, pues el que en esto sigue a Cristo es grato a Dios y acepto a los hombres” (Romanos, 14, 17).

Tan portentosas ambivalencias reclaman –creo- este día de la realeza de Jesucristo algunas reflexiones, que obviamente y en mi caso de hoy habré de colgar de dos lemas que les sirven de encabezamiento y punto de arranque.
- No hay razón para doblar la rodilla ante un hombre porque –al ser de igual a igual- esclaviza o envilece. Eso mismo, sin embargo, ante Dios y sus mandatos, no hace tal; porque, si la distancia entre Dios y el hombre sólo la puede salvar el amor de Dios al hombre, al darle la mano, le pone en condiciones de conocerle mejor y, por tanto, de amarle con mejores razones. De este modo, al amarle y encontrarse en un haz los dos amores, como que se equilibran, de forma que, al ponerse de rodillas un hombre ante Dios, las razones del amor saldan las diferencias. Y, siendo Diosl infinito, su infinito amor levanta al que se dobla; levanta y por eso no envilece. Las distancias siguen largas, pero se vuelven asequibles. Envilece lo que rebaja y degrada; pero no envilece lo que levanta y sublima por el hecho de doblar las rodillas.
- El otro lema, el de la reacción de Francisco de Borja ante la belleza corrompida de la emperatriz es, a mi ver, un caso de lógica existencial de un hombre maduro afectiva y cognitivamente. Un aldabonazo de rectitud y buen sentido ante una realidad que le puede.
Viene a decir que, puestos a rendir pleitesía, que sea por algo que trascienda las limitaciones humanas. Y pienso yo que ese trascenderse del negro al blanco sólo puede tener un nombre que lo haga comprender en plena verdad: Dios y sus valores. Y Francisco de Borja, lógico y maduro, eligió a Dios.

Suele decirse, amigos, en “román paladino”, que “coger el rábano por las hojas” es método para escabullirse de la verdad. Y algo hay de verdad en el dicho, si se le trae a nuestras culturas modernas en las que se ve tanto empeño en jugar a la desmesura o la suplantación, cuando –sobre todo- de reconocer los derechos de Dios se trata. Nada extraño o ilógico, pues, en “turnantes” de “odium Dei” como las que ahora mismo, individual y socialmente, arrasan. El hecho es, para unos, que celebrar, como hace la Iglesia, la ”realeza de Cristo” no pasa de ser una ocurrencia impropia de los tiempos. Y la palabra de Jesús, rubricando ante Pilato un reinado tan peculiar, resulta hoy una simpleza, algo chocante o hilarante.
Sin embargo y a pesar de todo, como piensan y pensamos otros, proclamar y admitir esta realeza no es ni una simpleza, ni una ocurrencia ilusa, ni un atraso, ni una teológica congratulación. Es una verdadera realeza de “majestad” y “autoridad” la que hoy pone ante los ojos del creyente la Iglesia en este postrer domingo del año litúrgico. Es la majestuosa clase de realeza que marca y alienta el prefacio de la misa del día. El reino de Dios –anunciado por Cristo y por su cruz y resurrección, patentado como espacio de salvación y liberación del hombre- es, en esta tierra, un reino; un “reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz”.
Estos son los valores del reino de Dios en la tierra. No creo que, ni de tejas abajo mirado, haya quien pueda dar más.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


No sirven los caminos - Hay que abrir caminos 21-XI-2018

23.11.18 | 22:26. Archivado en Acerca del autor

“No hay libro tan malo -dijo el Bachiller Sansón Carrasco a don Quijote y Sancho- que no tenga algo bueno” (cfr. M. de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, cap. III)
Hoy, en mi rato diario de oír y escuchar para pensar y pasar por la criba de mi conciencia lo que oigo y escucho, me ha zumbado el oído, casi con sones de alarma, un interrogante, soltado al aire de la mañana en la Cope por el director de ABC. ¿Puede estar un país más “patas arriba” que España en este momento?. Y, para bien adobar la pregunta –que en el fondo me parece un aserto-, enunciaba una serie de realidades oscuras –políticas sobre todo, aunque no sólo de tal jaez- que harían verosímil un “no” de respuesta. Es difícil –pienso yo- que, ahora mismo, alguien nos gane en estupidez; es decir, en ser artesanos de cosas que, bien miradas, causan asombro o estupor.
Casi a la par de lo anterior, esta misma mañana, ultimo la lectura de un librito -no digo libro, sino librito o libelo-, que hace unos meses compré nada más enterarme de su existencia. Mi amigo Eduardo, uno de los partícipes de mis pasadas diarias por la realidad cotidiana, al decírselo, me lo reprochó: ¡cómo das un duro a este señor por algo que, presumiblemente, será malo o muy malo!!!
Queda tranquilo, amigo, le respondí. En primer lugar, porque, como dice el bachiller cervantino, en el Quijote, “no hay libro tan malo que no tenga algo bueno”. Además, no lo he comprado por dar un duro al autor, sino por saber lo que en él se dice sobre la teoría política de Maquiavelo (tan manoseada ella como poco vista y analizada a fondo y por sus dos lados, el anverso y el reverso, que es como deben mirar las cosas quienes aspiran a llamarse hombres de ciencia). Y, de paso –cómo no!- por ver si aprendo algo nuevo o de interés que no haya visto ya en otros comentaristas o analistas del gran secretario florentino.
He de anotar que hoy, al cerrar la obrita en cuestión por su última página, me inclino a admitir el reproche de mi amigo, y a confesar que se han trucado mis esperanzas y que me he equivocado en buena parte, aunque en algo he acertado.
En cuanto a lo primero, porque de Maquiavelo propiamente no se dice nada recto; ni se menciona su obra u obras en la bibliografía general; y, por di fuera poco, la misma palabra “Maquiavelo”, que figura en el título y llena –prometedora y rebosante- la reseña de la contraportada, no sé si más de dos o tres veces aparece en el texto de la obra.
Y en cuanto a lo segundo, porque sí he aprendido algo, bastante quizás, sobre el autor del libro (no se olvide que los libros, y posiblemente más lo libritos como este, llevan al fondo reflejadas la biografía y la psicología del autor). He aprendido, por ejemplo, a explicarme “sus maneras”; a vislumbrar, a través del espejo que es una de las últimas frases del libro -la que dice que ”puede haber tantas éticas como proyectos”-, una persona hasta las orejas revestida de ese sobado topicazo, tan revelador sin embargo, del genio del humor que es Groucho Marx, al decir “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”. Pero sobre todo su lectura reposada me ha dado ocasión para comprender cómo se puede escribir, aunque sólo sea un libelo, con el título referido a un hombre de la talla política de Maquiavelo, soslayando por completo su obra y teorías, en lugar de deducirlas –cientificamente- del manejo directo, inmediato y crítico de sus obras, no sólo El Príncipe –la principal de todas- sino de las demás que escribió.
Y esta misma mañana también, tras los dos anteriores apuntes –el “patas arriba” de España y el “bluff” solemne del libro que acabo de leer y glosar paso a paso-, en la consecuencia lógica de lo uno y de lo otro y por si fuera necesario u oportuno abrir más y mejor los ojos en la peliaguda encrucijada de caminos por los que nos movemos, una llamada de ojo avizor. Espabila, pueblo, y no te dejes manipular; que te están segando –literalmente- la hierba bajo los pies. Deja de ser “masa” y ensaya cuanto antes hechuras y andares de “pueblo”. Piensa, si todavía te queda tiempo y ánimo, que Hitler subió al poder por los votos de un pueblo tan sedicente ilustrado y serio, pero dormido, como el alemán; y que la política –esa cosa necesaria, aunque subalterna, entre las actividades espirituales del hombre, pero comprometida y hasta peligrosa por ser el “reino de la mentira” como le llamara, no sin buenas razones, nuestro gran pensador Ortega, al tomar la utilidad por la verdad- es algo muy serio y trascendente socialmente como para dejarla entera en las manos y las ocurrencias de algunos políticos de la hora presente. Piensa y obra…
Ah! El libro se titula Maquiavelo ante la gran pantalla. Y su autor se llama don Pablo Iglesias. No lo compren, les ruego; me fastidiaría hacerle propaganda. No merece la pena. Es un librito o libelo, nada más.
Si quieren ustedes saber cosas de Maquiavelo –gran señor sin duda de la ciencia política´en los albores de la modernidad- acudan a otras fuentes más solventes. Por la vía de este libelo no aprenderán gran cosa sobre las verdaderas teorías políticas del padre que fue de la moderna ciencia política del Estado. Las deformaciones del pensar de Maquiavelo han sido muchas en la historia del pensamiento para embarcarse en un librito, del que lo que más resaltaría es lo hilarante que puede ser científicamente.
+++
Por lo demás, esta mañana de noviembre –a un mes justo de la llegada oficial del invierno- me acerca un aliciente positivo, a parte de otros también positivos que se pueden dar y ver entre la maleza a nada o poco que se cuide uno de mirar. Que si, en estos tiempos como se observa, “no es oro todo lo que reluce”, tampoco es basura todo lo que a diario tiramos al contenedor.
Me refiero ahora al amarillo rojo que van tomando las hojas del árbol que aún sombrea mi ventana y, ante lo cual. me siento presa del optimismo de saber que –como dice mi poeta favorito-, “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar; pasar haciendo caminos, caminos hacia la mar” (Proverbios y Cantares, de A. Machado, XLIV). Ahí es nada. “Ser tiempo” que hace caminos. Pasar sin del todo pasar.
El amarillo sonrojado de algunas hojas del otoño enseña, aunque suene a paradoja, una lección de vida. Que más allá de los otoños está el invierno, pero también están otra primavera y otros veranos. “Pasar haciendo caminos, caminos hacia la mar”.
Al pensar y escribir así, el poeta ¿no andaría evocando la vieja rima de Jorge Manrique?.
Cuando los poetas crean –que es lo suyo-, y extraen de las cosas pequeñas bellezas trascendentes, cerrar las ventanas para no ver caer las hojas del otoño, por ejemplo, bien pudiera ser privarse tontamente de catalogar bellezas regaladas.

Me voy un rato a leer otro de mis libros de mano estos días. El que se titula Elogio del caminar. Para recrearme un poco –en afanes de superar los malos augurios del “patas arriba” del comienzo. Para compensarme del desencanto de otras lecturas que huelen a filfa y a “bluff”.
Lo abro por su principio y realzo esta vez la meritoria idea de que “caminar es una apertura al mundo… Caminar es vivir el cuerpo, provisional o indefinidamente. Recurrir al bosque, a las rutas o a los senderos no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. Caminar es –a menudo- un rodeo para reencontrarse con uno mismo” (cfr. D. Le Breton, Siruela, Madrid, 2014, pp. 14-16). Creo que necesitamos, en esta hora confusa, caminar abriendo caminos nuevos sobre nuevas huellas, “hacia la mar…”
Mañana más, como dice un locutor deportivo de la radio a cada paso. Más caminos. Otras rutas. Nuevas ilusiones que no se basen en cuentos chinos ni en penosos augurios. Hay caminos, pero hay que abrirlos y sobre todos recorrerlos. Son tiempos, como se dice en este “elogio de la marcha”, de “recobrar el aliento; “aguzar los sentidos”; y “renovar la curiosidad”. Pudiera merecer la pena intentarlo al menos, para no tener que fiarlo todo al “instinto del caballo”, como –recordad- Palacio Valdés sugiere para andaduras, al borde del precipicio, en noches cerradas o de tormenta (cfr. Testamento literario, 1).
SANTIAGO PANIZO ORALLO


El espectáculo Vamos de culo 22-XI-2018

22.11.18 | 20:49. Archivado en Acerca del autor

No soy yo quien busca los hechos para entablar diálogo con ellos; son ellos los que nos buscan para entablar conversación. Hay veces que los hechos te resbalan y los dejas pasar; pero hay otras en que dejarlos pasar sin saludarlos al menos sería descortesía y mala educación. Incluso no sólo eso, sino inconsciencia.

Titular un pequeño ensayo como el de estas reflexiones de hoy con cualquiera de los dos registros arriba marcados pudiera sonar a pesimismo, a derrotismo, a dar excesiva importancia a cosas pequeñas o, incluso, a resabios de cascarrabias o prejuicios de observador puritano y poco al día del “aquí y ahora” de la política en este país.
Sea como sea, los hechos de ayer en el Congreso de los Diputados me fuerzan a quedarme con ellos un rato esta mañana para oír de sus labios lo que me quieran decir. Como ayer mismo decía, los “hechos”, para poder recibir de ellos la versión veraz, no deben mirarse como abstracciones imaginarias, sino que han de verse “situados” –como hechos de vida colectiva que son en este caso- en el exacto lugar en que se producen: el Parlamento de una nación que se dice democrática –que lo sea de verdad, después de lo de ayer, es otra cosa- y en un foro como el Congreso de los Diputados, en el que, por lo que representa –al entero “pueblo español”-, la “sustancia” y los “modos” conjuntamente deben –no pueden, sino que deben- responder a la dignidad de lo representado.

Como ni quiero ni pretendo ser “masoquista”, me propongo ser todo lo breve y escueto que pueda ser. Como tampoco aspiro a que me llamen pesimista, haré lo posible por no verter luces de “apocalipsis” sobre el escenario en cuestión. Y como, además, no es agradable que llamen a uno “amargado” –aunque una cosa sea serlo por entrañas y otra que las groserías “amarguen” en la boca o arruguen la cara como retazos del odio que son todas ellas-, veré de aliñar el lamentable suceso con salsa de la mayor ironía posible.

El espectáculo fue realmente para no perdérselo. Yo no dudo de que lo fue y con todas las de la ley. Y, como pienso que lo fue, los adjetivos que le dedico bien pudieran ser estos: bochornoso, asqueroso, repugnante, degradante, pero sobre todo indigno; y no tanto de ellos, de los provocadores –que también-, como del “pueblo” al que representan; del pueblo en cuanto sufridor de la gresca montada y de la zafiedad vertida. Claro está, a menos que el pueblo al que representan los “próceres” “mesías” o sea como ellos o, si no lo fuera, tenga la conciencia de pueblo en estado de de encefalograma plano; cosa posible y hasta verosímil, por lo visto. Pero, como digo, lo malo del espectáculo es que, en él y por él, no sólo son ellos los concernidos ya que somos todos nosotros los afectados. Por eso pienso que el derecho a la rebeldía es incontestable.

Es que, una vez más y tratándose de un espectáculo de tamaña dimensión, lo que todos vimos y oímos, algunos de los allí presentes –del bando incluso del “escupido” –gestual o realmente, que es casi lo mismo- no vieron nada, o dicen que no vieron nada, en otro gesto mitad innoble con un compañero de partido, mitad “lameculos” para no perder –en el presente o en el futuro quizá mejor- las esperanzas de poltrona o de pupitre. No vieron nada o dicen que no vieron nada. Conste que, al oírles decir que ellos/ellas no vieron el escupitajo gestual cuando menos, no pude por menos de acordarme de las dos clases de ceguera del viejo pero tan actual Septimio Severo, y me decidí a situarlos/las en la de los que “no ven donde hay”; porque la otra, la de ver donde no hay, tiene mucho más de malicia que de miopía, buscado estrabismo o vista resabiada. Mi amigo Luís, el gran oftalmólogo de Oviedo, seguramente lo diagnosticaría con más acierto que yo.

A pesar de todo, no es cosa de extrañarse. Llueve sobre mojado. Es una recaída. Porque el descrédito, la degradación del Parlamento y por ende de la vida parlamentaria, viene de atrás; y no tanto de la II República cuando, según dicen los anales, los diputados debían dejar las pistolas en un armario antes de entrar en el hemiciclo, sino de no hace tanto, desde que, por ejemplo, se tolera –ojo con la “tolerancia” porque también tiene límites- ir en mangas de camisa a las sesiones parlamentarias o dar la teta al niño en las bancadas del hemiciclo, en plena sesión. Y no diré que sea cosa de rasgarse ninguna vestidura por ello, sino que entra en la historia universal de “lo cursi”. Dejémoslo, pues. en eso.
Creo, puesto a pensar, que -sin irse ni a malicias ni, menos aún, a epitalamios de burguesía decadente- este afán de ”tolerarlo todo” hasta lo estrambótico o lo deleznable a ojos vistas, y hasta de disculparlo y habituarse a ello como cosa normal, encaja bien en ese significativo Proverbio de mi poeta favorito, don Antonio Machado, cuando –haciendo gala de una certera filosofía de la vida, espeta lo de “qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también”.
Esta historia de lo que los “progres” llaman “progreso” es tantas veces una pringosa adulteración de una historia humana que ha de ser “vida ascendente” o no es más que basura…
Andamos descompensados; entre el móvil último grito a la oreja y el salvajismo de la sesión de ayer en el Parlamento de la nación hay un abismo de incongruencias; y atar esas dos moscas por el rabo habla alto y fuerte de enorme desequilibrio. Aunque, de todos modos, ha ded reconocerse admirable que el insulto del tal Rufiá –hay que ver lo que hace este personajillo para conseguir adecuar el nombre a los hechos!- lo hayamos podido “degustar” todos en su propia salsa y al instante. No se necesita propaganda; lo hemos podido ver tal cual, y en eso al menos hemos ganado

Y ya, para otra leve soba del caso, vayan dos puntadas con ánimo de adobarlo un poco. Dos digresiones pero sin salirse del contexto inmediato.

¿Es que –en la dialéctica ordinaria de sustancia y modo- los modos no cuentan o no son vivas muestras del respeto o trato que se da a las sustancias?
Recordemos esto. “No basta la sustancia; requiérese también la circunstancia. Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”. “Es el modo una de las prendas del mérito… y, por eso, la falta della es inexcusable… Fuerte es la verdad, valiente la razón, Poderosa la justicia, pero sin un buen modo todo se desluce, así como con él todo se adelanta” (cfr. Baltasar Gracián, Oráculo manual, 14; El discreto, XXII).

Y Ortega y Gasset -pensador sin pizca de condescendencia o tolerancia con la mediocridad y el cuento-, que quiso que la democracia fuera instrumento útil de regeneración de la vida política en España –que le dolía como duele a muchos todavía- ¿no veía en el “plebeyismo” y en los usos zafios de políticos de medio pelo un virus degradante y denigrante de las democracias modernas?
Recordemos esto otro. “En los últimos tiempos ha padecido Europa un grave descenso de la cortesía, y coetáneamente hemos llegado en España al imperio indiviso de la descortesía. Nuestra raza valetudinaria se siente halagada cuando alguien la invita a adoptar una postura plebeya, de la misma suerte que el cuerpo enfermo agradece que se le permita tenderse a su sabor. El plebeyismo triunfante en todo el mundo tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos” (cfr.. Democracia morbosa, Obras completas, Ed. Alianza Edit. Madrid, 1998, t. II, p. 135).
Y me digo para mí, ¿qué hubiera pensado o dicho el que así hablaba hace ya un siglo, de haber presenciado la impresentable –por zafia y barriobajera- “gresca” de ayer, de los sedicentes políticos, en el Congreso? ¿Se hubiera callado?

Y para cerrar, otras dos cosas.
Al Sr. Borrell me atrevo –perdón si es osadía!- a preguntarle por qué no dimite después del obsequio recibido de sus conmilitones de partido, dejándole poco menos que “sólo ante el peligro”. Creo que su propia dignidad también anda en juego. Hace no tantos días, un jurista de renombrado y bien ganado prestigio lo hizo en parecida coyuntura.
Y al pueblo español, incluso a ese pueblo que seguramente tiene a los de ayer, los del insulto y el salivazo, cuando menos gestual, como valientes y quizás héroes, sin ser –porque no lo son- nada de eso, me atrevo así mismo a decirle –perdón, si fuera otra osadía!. Espabila, pueblo, que ya no es que te estén segando la hierba bajo los pies; es que te los están cortando a fuerza de zarandear a diario las más genuinas instituciones por las que se hace la democracia al igual que sus bases de sustentación y apoyo. ¿Es que puedes ceder el ejercicio de la soberanía que está en tí a personajillos como estos sin caérsete la cara de vergüenza por el mal uso que hacen de las atribuciones que tú les has dado? ¿No ves que actúan como si fueran los “amos del cortijo” sin serlo?

El espectáculo que se nos ha servido es de los que hacen época. Habrá quienes lo vean o llamen “progreso” –“hay gente pa tó…”. Yo no creo que sea para enorgullecer a nadie que ejerza de hombre.

Y, por fin, que “vamos de culo” en demasiadas cosas de fondo y sustancia, y por supuesto en calidad democrática concretamente, negarlo parece de necios y posiblemente suicida.
Acojámonos de todos modos al clavo ardiendo: nunca llovió que no escampara después. Es un consuelo; y algo es algo. Pero lo de ayer, a todas luces, impresentable; y a los ojos de cualquier espectador normal, una pesadilla que, tal vez, no se disipe tan fácilmente. Las elecciones están a la vuelta de la esquina. ¿por qué no pensar un poco en ello? Para que no sea verdad lo de que “tenemos lo que nos merecemos”, decidamos al menos pensar un poco cuando aún es tiempo.
Perdonad, amigos, si me hubiera pasado en algo. Los hechos, esta vez, son de los que no perdonan.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Un "tío" de pueblo -Apunte para una democracia real 14-XI-2018

15.11.18 | 20:15. Archivado en Acerca del autor

Que sea “trece y martes” –ayer lo era- no es señal inequívoca o contundente de mala suerte ni de malos augurios. Tiene mucho de “superstición” la cosa y, como se sabe, las supersticiones –religiosas o laicas- son irracionalidades o juegos de farsa con lo auténtico mucho más que criterios de buen sentido. Por eso, lo de “martes y trece”, esta vez, no pasó de ser una jocosa chanza entre Pedro y yo.

Y puesto de menciono a Pedro, ¿quién es ese Pedro?
Pedro es un hombre de pueblo; de mi pueblo concretamente. Es un “tío de pueblo” que. además de haberse pasado la vida trabajando de sol a sol, metido siempre en faenas ganaderas (ha sido carnicero en el pueblo y cultor de vacas y ovejas) y en movimiento continuo para darlas cumplidas, tiene virtudes como la de hablar claro o la de intentar llamar a las cosas por su nombre; lo que no es poco, puesto que, al ser cívicas por naturaleza, suelen darse de baja tales virtudes en tiempos en que el civismo se despelota a manos de intereses, conveniencias, medias verdades y, sobre todo, esa tara de la verdad que lleva a creer “a pies juntillas” que no hay ni otra verdad ni más verdad que la que sale de mi boca después de ser apadrinada por los adentros. O sea, lo que ahora se dice la “pos-verdad”.
No. Pedro no sabe ni lo que es la “pos-verdad”, ni falta que le hace; al menos, por lo que a mí me consta, nunca se ha dado a concertar citas con ella. Como dijera Goethe, “lo que hay dentro, eso hay fuera”. Dice lo que piensa, sin malicias ni entreverados rellenos; lo recalca, si hace falta; y que no le vengan los “listos” con cataplasmas para curar la tuberculosis. Alguna vez lo dice “a lo bruto”, porque es un “tiarrón”, pero no pasa de eso al poner en solfa y defender lo que cree justo y verdadero.

Pedro es amigo mío y, algunas mañanas del verano, hace que le acompañe al bar del pueblo para tomar un café y unos churros (los preparan muy bien, por cierto- y, de este modo, tener ocasión de departir juntos un rato cultivando la amistad -delicada planta que necesita cuidados para dar flores.

Ayer le llamé para saludarle, anunciarle un próximo viaje al pueblo y mi deseo de verle –a él y a los suyos-, aunque aunque el billete sea esta vez de ida y vuelta en el día.

Resulta fascinante, o -quizá mejor- estimulante, ver cómo los amigos –especialmente cuando son de los que dan lo que tienen y lo que tienen es positivo para el cuerpo, para el alma o para las dos cosas- pueden insuflar -con cuatro palabras- dosis justas pero cumplidas de esa sabiduría “de pueblo” que, para serlo de verdad y a tope, no requiere ni de tesis doctorales ni de “masters”, pero que suele hallarse, como en sede propia, tanto en la “gente mayor” –de vuelta ya de las apariencias y las transparencias al uso y curtida en múltiples experiencias del vivir-. y también en las “gentes de pueblo”, tan de vuelta igualmente de monsergas o carantoñas baratas y casi siempre utilitarias, porque –a “los de regadío”, como se dice ahora- los ven a su lado para reclamarles impuestos o cuando se estila pasarles la mano por el lomo para pedirles el voto en las elecciones.
“Gramática parda” saben estas gentes; y de “clase suprema” calificaría el Bachiller Cantaclaro a esta sabiduría popular y sin embargo desprovista de lo que el citado bachiller llama “arte de vivir sin dar golpe”. Esta gente no. Que se levanta con el día y suele recogerse cuando ya no queda luz para seguir faenando.

Después del saludo ritual y de compadrear un poco con lo de “martes y trece” del día, al interesarme por las cosas del pueblo y las del país y por él mismo y los suyos -¿Cómo vamos; cómo vais?-, recibo la escueta respuesta que literalmente reproduzco: “Tirando vamos. Hay lo que hay; y hay que salir como se pueda”.

Estupefacto me quedé nada más oírle. Porque no eran teorías lo que mostraba la escueta frase. Era “entereza” de un hombre “entero”, acostumbrado a luchar contra los “elementos” haciendo lo posible por vencerlos. Era el contrapunto del “progre” de ayer y de hoy, hecho más para rastrear culpables que para buscar soluciones, ávido más de coger la pancarta y protegerse tras ella para gritar consignas que no son suyas, que de arrimar el hombro y exigir –con métodos de hombre y no de bestia; es decir, con el voto y con razones, exigir al gobernante que gobierne sin demagogias, al juez que juzgue haciendo justicia y no meramente administrándola; y al legista que –sin reducir a su capricho los espacios de las personas, de la familia y de la misma sociedad- legisle de acuerdo con la “demanda social”, sin saltársela “a la torera” cuando le guste o convenga a su ideología, y respetando –porque es lo justo- todos los derechos que son anteriores al Estado y de los que el Estado ha de ser solamente gestor, pero no amo.
Estupefacto me quedé y se lo dije. “Pedro, aunque sea “martes y trece”, me acabas de dar una lección magistral –práctica sobre todo- de sabiduría popular. Valdría para titular un “master”, ahora que tanto se llevan. Soltó una risotada y seguimos conformando mi plan de viaje al pueblo.

“Hay que salir como se pueda….”. Todo un reto, pero también todo un orgullo de ser “ciudadano” y –por qué no también!- todo un orgullo de ser “de pueblo”.

No es Pedro –creo yo- de los de “comerse los santos a “puñados”; tampoco es de los pirómanos incendiarios. Es hombre de calma, pausado y oportuno en sus decires y sus recetas.
Como digo, es de los que han trabajado de sol a sol toda la vida. Es realista como ha de serlo todo el que, al asomarse al balcón, admira el rosicler de los amaneceres y los atardeceres limpios, y se fía de lo que intuyen sus ojos tras el color de una nube o el vuelo de las avecillas; aunque se fía más de la fuerza de su razón y de la solidez de su voluntad que de los augurios de un almanaque o de lo que aventure la hoja de un calendario. Es sagaz, para llamar a las cosas por su nombre sin perderse, a pesar de ello, por las ramas de ampulosas vacuidades o de retóricas ofertas de prestidigitador.

Este dicho de hoy, a bote pronto y sin pensarlo casi: “Vamos tirando. Hay lo que hay. Hay que salir como se pueda”, no es ni retórica ni vacuidad. Tampoco es gramática parda a secas, aunque bien pudiera ser una forma de gramática, la que enseña a conjugar el verbo “vivir” “con lo que hay”, “ni envidiado ni envidioso” como suele decirse también, para no caer ni en resentimientos inciviles, ni en frustraciones indicadoras de inmadurez.
Pedro es así y es agradable tenerle por amigo, me dije al desconectar el teléfono y acabar la charla con él.

Raudo cogí en la mano el medieval Cantar de mio Cid para buscar y degustar ese verso macanudo –el vigésimo- que los burgaleses musitaron al paso de Rodrigo Díaz de Vivar –cabizbajo, pero no vencido-, por sus tierras, camino del destierro, prenda con que el Rey pagaba su lealtad exigente: “Dios, ¡qué buen vassallo, si oviese buen señor!”.

Y, pensando para mí solo, me hago una breve reflexión final por hoy. Las democracias fallan con bastante frecuencia: y fallan porque ser demócrata de verdad es de las cosas más difíciles del quehacer político. Pero ¿no son muchas más las veces que las democracias fallan o son morbosas más por causa de los políticos que por causa de los de “pueblo”? Es para pensar…

Gracias, amigo Pedro, por haberme ayudado a pensar –ayer y hoy- con tu feliz y constructiva receta. Hasta pronto.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Retablo estupefaciente 13-XI-2018

14.11.18 | 20:58. Archivado en Acerca del autor

Defiendo la rebeldía frente a toda especie de opresión, y la libertad de la conciencia del hombre en los conflictos entre conciencia y ley. Lo que no defiendo, ni seguramente defenderé nunca, es la arbitrariedad como norma de conducta, ni la fuerza o mañas de las ideologías imponiéndose a la fuerza de la razón. Ni el derecho a la libertad de los que se rebelan al ver tocada la suya, pero no cuando “la suya” ha de contrastarse y, por tanto, limitarse con la de los “otros”. Ni defiendo la ley a toda costa –la justicia es otra cosa y el “fiat iustitia etsi pereat mundus” lo deja vislumbrar si se le retira a la frase su tremendismo y extremosidad- o a costa de lo que sea si de la ley se tiene la idea del “iustum quia iussum”, que quiere decir que “una cosa es justa porque está mandada”. Me repugna la lógica que obliga a levantar estatuas a los tiranos después de legislar a su gusto.
Quizás no sea fácil, como suele decirse, atar todas estas moscas por el rabo; y no trataré de hacerlo y ni siquiera intentarlo. Sólo quiero hacer un pequeño retablo de apuntes breves , pero estupefacientes.

+ Media docena de concejales del ayuntamiento de Madrid se rebelan y se vuelven contra las consignas y son reprobados por Podemos y excluidos de militancia por resistencia a las directrices y directores del partido.
Las palabras de justificación de la medida, del inefable Sr. Echenique, haciendo de portavoz oficial de Podemos, puede que sean todo un poema o canto a la libertad política, aunque no diré la de quién. Porque -desde aquella madame Roland recitando, al subir a la guillotina. el sobado apóstrofe de “Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, y antes, desde la Antígona de Sófocles y las demás “antígonas” de toda la historia humana; o desde Ortega diciendo que la política es “el reino de la mentira”, y a veces hasta del crimen pudiera serlo en ocasiones; hasta lo más reciente de la mujer pakistaní Asia Bibí y otros muchos perseguidos. hasta la muerte y más, por sus creencias y derecho a la libertad- la lógica del ingenioso portavoz sólo revela, a mi ver, la lógica de las quimeras o la del “ordeno y mando”, que es como nutrirse de la falta de lógica.

A propósito concretamente del ”affaire” Asia Bibí y la sañuda persecución de lo cristiano en Pakistán y otros lugares no tan lejanos ni exóticos, rememoro aquel discurso del papa Benedicto XVI en Ratisbona, que tanta polvareda levantó en lo “progre” de medio mundo y más, siendo como era mención solamente de un episodio histórico. Recuerdo –digo- la carta que –ante la polvareda- un capellán de emigrantes en Alemania dirigió a un diario asturiano. En ella daba al aire una idea para pensar: cuando de las filas del catolicismo uno se va, los demás lo lamentamos y lo sentimos, y no pasa nada más; pero si un musulmán apostata, le acecha la muerte. La idea de aquel capellán –“mutatis mutandis”- no ha perdido actualidad. No debe ser, pienso yo, tan parecido ser musulmán o católico, dicho sea con todo respeto a los musulmanes serios y auténticos, que los hay, cuando las consecuencias del ejercicio de un acto de libertad puede convertirse en riesgo de vida…. Y, si no, que se le pregunte a Salman Ruhsdie.

Lo de que la libertad pueda verse o medirse con dos varas diferentes –según se trate de la libertad de uno o de la de los demás., es tan atrabiliario como para siquiera ponerlo a debate. Es cierto que “ser hombre de partido” nada le gustaba a Ortega, precisamente por las incongruencias que le son propias y las faltas de lealtad y de buena cara a la libertad y a la verdad que tantas veces implica ser eso. Es posible, de todos modos, que tanto las rebeldías como las advertencias no pasen de reyerta de grillos.

++ Con ocasión del primer centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, más de 70 jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo y de toda marca e ideología, se reúnen en París para celebrar un Foro Internacional de la Paz. La noticia o anécdota es que el presidente de los Estados Unidos, el más que inefable Donald Trump, ha declinado asistir y se ha ido.

Dos ideas, sobre otras, me suscita este Foro organizado para defender, con todo el ánimo y con toda la fuerza posible, el derecho del hombre a la paz, como parte del derecho del hombre a la vida, tanto la privada como la social. Una es la de un recuerdo pasado y otra, la del portazo de Trump al Foro conmemorativo.

Vaya, en primer lugar, el recuerdo. El santo y provocador –las dos cualidades suelen ir bastante unidas- papa Juan XXIII, que parecía venir para poco, pero fue un revulsivo en la historia moderna de la Iglesia católica, lo fue también en esto de considerar que el precio de la paz nunca debe ser lo bastante alto como para retraerse de pagarlo en el acto.
En plena Guerra Fría, con la carrera de armamentos tan aguda como ahora, el Jueves santo del año 1963, aquel Papa que parecía tan poco, se atrevió a dirigirse al mundo entero para instar e impulsar a los hombres y pueblos de “buena voluntad” -católicos o no católicos, con unos usos y culturas o con otros, de Oriente y de Occidente, blancos, negros, aceitunados o amarillos- a buscar la paz como el valor mejor por ser el garante del logro y vivencia de los demás valores humanos.
El camino o método propuesto en aquella carta titulada “Pacem in terris” no era el terrorífico “armarse hasta los dientes” –del clásico, “si quieres la paz, prepárate para la guerra”-, sino ese otro –tan racional, abierto y claro en nuestra literatura jurídica, desde el Fuero Juzgo o las Partidas de Alfonso el Sabio, sin olvidar al famoso Cura Merino diciendo, en un pasaje de Los duendes de la camarilla, de Galdós, que “paz y justicia son amigas siempre inseparables, porque donde no hay justicia no puede haber paz- de que la paz, o se funda “en la verdad, en la justicia, en el amor y en la libertad”, o nada tendrá de verdadera paz y sí mucho de fantasías engañosas, o de violencia incluso.
No sé yo si la novedad de aquel Papa humilde pero clarividente ha salido a relucir en este Foro de París, donde –por cierto- aquel Papa estuvo de nuncio. Quizás no, porque ciertas citas o referencias, por objetivas o constructivas que sean, a casi todos los hombres públicos de ahora les queman en los labios y las rehuyen. Allá cada cual con sus libertades y manías. El Foro de la Paz ha perdido una oportunidad de hacer justicia con la verdad.
Y vaya también lo otro, lo más estupefaciente, lo referible al portazo de Trump a dicho Foro.
Aunque sea posible que los pavorosos incendios del norte y sur de California le tengan pendiente, o que ande desasosegado por cómo atajar la marcha de los indigentes del sur del continente americano, el plantón –a parte de llamar la atención- causa sorpresa, cuando menos.
Falla Trump en este Foro Mundial le la Paz y el hecho es significativo de algo que, por vueltas que se le dé o por mucho que piensen los americanos del norte, es impresentable. Claro que la cuestión está en saber si es Trump el impresentable, o el impresentable es el pueblo americano que le vota, o si lo son ambos conjuntamente.
Hay algo que no se aceptar sin pecar, cuando menos, de ingenuidad: ese tópico lenguaraz y de propaganda barata según el cual “el pueblo nunca se equivoca”. Sin ir más mejos, el caso de la subida o ascenso de Hitler al poder y otros del mismo o parecido estilo adveran con verdad histórica lo contrario. Se han escrito, además, libros serios centrados en la idea de que “el pueblo” puede en ocasiones puede ir “contra la democracia”. Y el que quiera o guste palparlo por boca de politólogos muy acreditados, que abra, por la páginas 349-351, ese libro de pequeños ensayos de Jean F. Revel, que se titula Fin du siècle des ombres (Fayard, Paris, 1.999). Este ensayito titulado “Le peuple se trompe aussi” arranca con voluntad de desarraigo de la idea de que los enemigos a la democracia vienen todos de fuera del pueblo; del Estado, de los militares, de los curas, del capitalismo o de partidos políticos con avidez de monopolio del poder. Esto puede pasar; pero puede ocurrir también que sea “el pueblo” como tal al que se le vea “contre la toleránce, le pluralisme, le respect des droits de l’homme et même le suffrage universal”. Como el mencionado politólogo señala. esa fe en una infalible virtud demócrata de los “pueblos” tiene bastante de propaganda interesada de políticos aventureros o de visiones románticas de la lucha histórica de los seres humanos por la libertad.
¿Se puede olvidar –repetiré- que Hitler subió al poder con los votos de un pueblo tan ilustrado, serio, sesudo y compacto como el alemán?
Impresentable, por tanto, como quiera que se le mire, este portazo de Trump al Foro Mundial de la Paz.

+++ Y, por fin, la tercera hornacina de este retablo. La propuesta –estupefaciente tanto o más que lo anterior- de la Sra. Ministra de educación y portavoz del Gobierno de España. Si hemos de creer a sus palabras –y no se ven razones para dudar de que así esté proyectado-, en la nueva Ley de Educación, va a ser posible obtener el título de bachiller con un suspenso vigente en el “currículum” del estudiante; es decir, va a poder recibir el título, no habiendo aprobado todas las asignaturas (Pero, ¡cuidado! porque hoy es un suspenso y mañana o pasado mañana pueden ser dos o tres; “chi lo sá”… La razón es la misma, y “el más o el menos”, como aprendimos en filosofía, no cambia la especie).
Además, a lo estupefaciente de la iniciativa, se une la especiosa razón para justificarlo: proteger la autoestima del alumno en cuestión. Dicho de otro modo, para que no se sienta menos que los que lo aprueban todo; para que, por el sufrimiento causado, no se le ocurra entrar en depresión o en frustraciones…

Hemos de convenir que el estatalismo –en una inversión de valores y papeles que estupefacta- copa terrenos de los que sólo es gestor pero no amo un gobierno, como son la persona, la familia y por supuesto la sociedad; y así del “papá-Estado” vamos al “Estado-nodriza”; y del “Estado del bienestar”, al “Estado-buenista” e incapaz de soportar que nadie, aunque no haya dado golpe, se asome siquiera a recodos de anorexia espiritual o depauperación indebida. Sin darse por enterado de que lo que va creando con esas benevolencias son legiones de frustrados, porque, a la hora de la verdad, de la lucha por la vida, al no poder competir en buena lid con los que –esforzándose- lo aprobaron todo, engordarán el espeso filón del resentimiento en la sociedad. Claro que, con reformas tan “buenistas”, lo que no redunda en educación, se gana en votos.
¡Viva la Sra. Ministra!, se oye gritar a coro a los, hasta ahora, desvalidos estudiantes que no dan golpe. Asi nos luce el pelo…

Recuerdo aquel día –no hace tantos años- en que –al explicar las ideas o el pensamiento político de Dante- ninguno de los alumnos sabía quién era el autor de la Divina Comedia; o aquel otro día, en que –rememorando, en clase de Procesal, la tremenda verdad que don Niceto Alcalá-Zamora y Castillo deduce de una de las escenas de la obra de Victor Hugo, L’homme qui rit, de que “aterra pensar las veces que “administrar justicia” no es “hacer justicia”-, al ver las caras de los alumnos ante la mención del gran novelista francés, ninguno tampoco sabía quién había sido Victor Hugo. Y, al recordar esto y contrastarlo con la iniciativa de dar el título de bachiller, aún sin aprobar todas las asignaturas, de refregarme los ojos al oírla, paso a recordar lo que a los alumnos dije en las dos memoradas ocasiones De esta guisa, ¿piensan ustedes competir con estudiantes de otros lares o países?
Aunque la cosa pueda quedar en anécdota, de todos modos, esa iniciativa o proyecto de dar un título de cualquier enseñanza sin tener aprobadas todas las asignaturas, me parece indecoroso; y hasta una injuria para los que cumplen bien con el deber primero de un estudiante, que es estudiar, y esforzarse porque hacerlo cuesta a todos.

Creo, amigos, que de estas muestras de hoy, de mi retablo estupefaciente, se pueden aún sacar más reflexiones y enseñanzas. Como estoy pensando en lectores inteligentes, usad vuestra libertad y perspicacia para mermar mis aprecios o ir más lejos o en otras direcciones que las que yo ensayo ante estas perlas finas de nuestra estupefaciente, por tantos títulos, realidad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO-


Hoy, domingo - Lo esencial es Dios (III) - La receta es rezar -8-XI-2018

14.11.18 | 20:54. Archivado en Acerca del autor

“No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”. Con este juego de palabras, tan ingenioso como provocador e incisivo, diagnostica Ortega y Gasset esa especie de angustia vital que nos asalta, cuando no sabemos explicarnos bien a nosotros mismos lo que pasa o nos pasa.

+++
Ortega, en uno de sus más conocidos ensayos, el titulado En torno a Galileo, al reflexionar sobre la ansiedad o perplejidad del hombre volcado a las grandes crisis del existir –personal o colectivo-, deja caer la sibilina frase, incisiva como digo y en cierto modo provocadora, de “No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa” (verla al inicio del cap. VIII, En el tránsito del Cristianismo al Racionalismo, Obras, Alianza Edit,, Madrid, 1983, t. V, pag. 93),

¿Quién –me pregunto-, que no sea piedra o madero, ha dejado alguna vez de sentirse perdido en medio de gentes que vienen y van, siempre de prisa y corriendo como si fueran a perder el último tren, pero que, si se rasca un poco, no tienen idea clara de los pasos que han de dar para librarse de perplejidades e incertezas?.
“El hombre de hoy –prosigue Ortega- empieza a estar desorientado con respecto a sí mismo, –‘dépaysé’-, está fuera de su país, arrojado a una circunstancia nueva que es como una tierra incógnita. Tal es siempre la sensación vital que se apodera del hombre en las crisis históricas.
Esta desorientación, esta iniciación de pánico, este no saber lo que nos pasa es percibido con cariz diferente por los que, habiendo vivido una parte de nuestra vida en una tierra conocida, hemos asistido con pleno conocimiento a nuestro destierro de ella y por los jóvenes que han nacido ya en el territorio desconocido”.

Desorientación, desconcierto, angustia en ocasiones, incertidumbres sobre lo que nos pasa, sensación de estar caminando por senderos de arenas movedizas….. Sensación opresora y penosa de que ya nada es cierto, nada es bueno, nada es firme y consistente. Lo de ayer mismo se desdeña como atrasado e impropio de la gente ”de progreso” y al día (si no te lo llamas tú o no te llaman “progre”, anímate a pensar que eres tenido por basura social); el presente no cuaja en casi nada que no sea efímero e insustancial; y el futuro se vislumbra menos seguro que el agua en una cesta.
¿No es esto acaso, o parte de ello, el decorado de muchos de los escenarios de la vida en estos tiempos llamados ya “pos-modernos” para indicar el freno o la marcha atrás en el progreso de verdad?

Si los problemas se plantean para buscar soluciones y no tanto culpables (Laotsé lo decía), cuando el hombre se vea sumergido en una de las grandes crisis que periódicamente vapulean su historia, “no saber lo que nos pasa” es, en idea de nuestro gran pensador, un serio inconveniente para ese fin. Será problema, por tanto, nuestro problema, si no acertamos a sacar el espejo -el de cada uno- para mirarse y preguntarse si hay o queda en nosotros algo que no sea un “bluff” total; para saber si -en vez de personas que piensan, tienen ideas y creencias, que se rebelan y son capaces de decir no o sí –cuando se debe y por impulso propio-, estamos haciendo en cambio papel de guiñoles, con vocación de secuaces o esclavos.

Es importante por eso, por la cuenta que nos trae, tener un juicio capaz de saber discernir “lo que nos pasa”.

Este domingo, al repensar al escriba judío, impuesto en la Ley, pero con la incesante avidez de interesarse más y más por la verdad, y especialmente por las verdades que fundamentan la vida; el escriba que sabe pero insiste; que conoce la verdad pero no se conforma y sigue, a pesar de eso, en lucha por ella… Al rebobinar una y otra vez la escena, rozo la envidia –la sana envidia- del que no se conforma con dejarse llevar y bracea contra la corriente a la menor sospecha fundada de estar equivocado o simplemente por ahondar más en lo que ya se tiene por cierto. Y es normal –creo yo- esta envidia, porque las certezas morales no son la absoluta certeza del “dos y dos son cuatro”, sino la que se hace trillando la paja hasta separarla del grano.
Hoy, domingo, me asomo a lo esencial, a lo más esencial del hombre, polarizado para bastante gente en Dios y “el otro” y para mucha más, en divinizaciones de personas o cosas que no son ni Dios ni “el otro”; iconos de fantasía, de “marketing”, de cartón-piedra como mucho, de superficialidad posmoderna.
Y, en este plano de cosas afines al criterio que sostengo de que “lo esencial es Dios” y a la idea, que abrigo, de que, si ello se aceptara, se daría de lado seguramente a la penosa sensación de “no saber lo que nos pasa”, no he de eludir un pensamiento de hace tiempo, que tomé de un escrito de uno de los llamados epígonos de la “modernidad” sin Dios.
P. I. Proudhon –el impulsor del anarquismo- se refiere al sentimiento religioso como algo presente en la condición humana por una especie de “instinto básico” (así lo anota), parangonable a las otras bases de lo humano, como el “homo sapiens” o al “homo faber”; se admiraba y le sorprendía que, invariablemente, al abordar una cuestión política seria, le saliese al encuentro una cuestión teológica; y era por ello un convencido –a pesar de sus proclamas en contra- de que la religión -el afán religioso mejor- está en el hombre del mismo modo que lo están el ansia o el afán de la verdad o el sentido innato de la justicia (cfr. P.-J. PROUDHON, Oeuvres Complètes, Écrits sur la religion, Paris, 1959)

Situados, pues, en atalayas de modernidades más o menos lucubrantes, mantengamos la vista puesta lo mismo en la trascendente pregunta del escriba que en la respuesta de Jesús aseverando - categóricamente- que lo primero y esencial son, en una especie de sociedad comandita, “Dios” y “el otro”.
Y desde esas atalayas, al otear las etapas de “odium Dei” con que Ortega define una de las perspectivas de su “Dios a la vista” y ver el panorama de las “culturas divinizadoras” de lo efímero, por esa ley de las sustituciones que el propio Ortega también muestra, paremos la mente un momento en dos contrapuntos que, agarrados a la teta maternal de esas culturas, llevan nombre de “La muerte de Dios y “El infierno está en los otros”. De Nietzsche y de Sartre, dos “santones” del pensamiento moderno que más han calado en el ideario secularizador y ateo; el de la filosofía de la “muerte de Dios” y del “super-hombre” por uno de los lados y el de la “nausea” y la “”nada” por el otro; el “super-hombre” tomando el lugar de Dios y Narciso obsesionado con verse sólo a sí mismo en el espejo, pero locos ambos por volver del revés la escena majestuosa del escriba judío y Jesús. Episodios ambos, en contrapunto agudo de la misma y vieja historia del escriba que pregunta para domesticar las dudas y de Jesús que responde para superarlas, hasta llevar el amor al otro, por Dios y como si fuera Dios, no a un “infierno” sin esperanza, sino al área o cielo de lo sublime y divino.
Y ya, con este contrapunto a la vista, si Dios ha muerto y en “los otros” está en infierno, aventuremos un interrogante. ¿Seguirá valiendo el rótulo de mis ensayos de este domingo, de que “lo esencial es Dios” y, a su lado, el “otro”?.

+ ¿Dios ha muerto, como pomposamente pregonara Nietzsche? ¿O es un mito más de quienes dicen abominar de los mitos, seguramente sin haberse asomado jamás a un manual de mitologías, para comprobar si son algo o no representan nada en el existir del hombre?
La verdad no es esa. Dios no ha muerto. Si Dios existe -y hablar de su muerte ya supone su existencia-, ni ha muerto ni puede morir…. Es otra cosa. A Dios se le ha echado y se le sigue vetando en esta sociedad, que, para curarse en salud de su propia fantasía o sueño, se agarra a esta coartada simplona, sin percatarse de que lo que no puede ser no es por mucho que se le revista de aplauso colectivo o de orgullos intelectuales tan simples como el que pinta en la Galería de los Uffici de Florencia nada menos que a san Agustín –uno de los mayores genios de la historia del mundo-, viendo claro que el agua del mar no se puede meter en el hoyo de arena cavado por un niño, pero sin enterarse de que Dios, esa montaña gigante que pinta Ortega, no cabe en la cabeza limitada de un hombre por grande que sea su cabeza. Estamos –creo yo- ante el gran pecado del “orgullo ilustrado” que, en su obcecación racionalista, no se ha enterado de que la sola razón –dejada a sus anchas- crea monstruos o es capaz de crearlos, como se ha dicho tantas veces.
Hoy -incluso- puede que cunda en algunos el “orgullo” de ser enemigos declarados de Dios. Ya no les vale que el “ilustrado” Voltaire dijera que, si Dios no existiera, habría que inventar uno; ni que el irónico y advertido Chesterton pregonara que el que no cree en Dios es capaz de creer en cualquier cosa. Este otro “orgullo” es criminal y va más lejos, hasta proponer que “si Dios existiera, habría que fusilarlo”, como clamaban los de La Commune cuando la revolución de 1878 en Francia.
++ ¿El “infierno” son “los otros”, está en “los otros”, como -no menos pomposamente que Nietzsche con la “muerte de Dios”- escenifica en Huis clos el sorprendente filósofo de El ser y la nada?
El teatro de Huis clos, en sus tres personajes cerrados por esencia a la misma posibilidad de convivir, entenderse y mucho menos amarse, es infernal efectivamente y encaja perfectamente en el materialismo ateo, nihilista y, por cerrado a la esperanza, deprimente, de Jean Paul Sartre. Si la “nausea” y el “absurdo” flotan a lo largo y ancho de su ideario, la “nada” de su más conocida obra remata la faena de una inmanencia tan plena que ni a su mismo autor satisfacía plenamente.
De hecho, una de sus varias asignaturas carentes de lógica en su obra está en que al “otro”, puesto a mi lado y siendo, no sólo útil, sino necesario para mi desarrollo humano, se le carga el “sambenito” de “ser” el “infierno” en la tierra.
Las contradicciones consigo mismo, los callejones sin salida, el énfasis de una libertad absoluta y sin techo de nada ni de nadie contrapuesta contrastada con la fatalidad de no poder ni coexistir con “el otro” dejan en evidencia las carencias humanistas de un “existencialismo” tan cerrado a sí mismo que ahoga el mismo “ser del hombre” hasta volverlo “nada”.
A su lado, el diálogo positivo y feraz del escriba y Jesús, recalcando el estrecho maridaje entre Dios y la semejanza de Dios que es el otro”, con la lógica del amor erigida en norma para ordenar sus relaciones, no me deja margen para elegir. Me quedo con “Dios” como lo más esencial y con “el otro” –mirado y tratado como lo que es, imagen y semejanza de Dios; una semejanza por Dios querida y por Él inducida como expresión plástica de que el amor a Dios no es ni farsa ni cuento. Tampoco está en “los otros”, ni son “los otros”, el infierno.
++++
Confieso que siento necesidad de Dios.
Hay veces –en momentos en que, como ahora mismo, las melenas del caos vuelan desgreñadas y las crisis –de valores sobre todo- andan sueltas casi a diario- que cuesta discernir lo que nos pasa, y no sabe uno bien, por más que piense, tolere o comprenda, a qué carta quedarse. Y hasta de Dios cabe dudar o desconfiar en medio de la noche.
Hace mucho que –al levantarme y abrir las ventanas para mirar y ver- me dirijo a Dios con la frase que una joven escritora francesa usaba para hablar a Dios en las noches negras “Señor, hay veces que no sé ya si creo en Ti; pero siempre sé muy bien que tengo necesidad de Ti”.
Es una pregunta. ¿Es que son incompatibles la fe y las dudas, sobre todo esas dudas que nacen del amor y del deseo de saber más; no esas otras que nacen de la incuria o la pereza y no digamos del conformismo y la comodidad? No hizo ascos plenos Jesús al apóstol que dudaba; le enseño a ver y a liberarse de las cegueras. Si Dios cupiera –todo Él- en la cabeza de un hombre, aunque fuese la cabeza de un “genio”, ¿sería Dios?. En este cerrar los ojos para ver mejor está precisamente el secreto de la fe en Dios y su mérito también. Hay orgullos que son “soberbia” y la soberbia es uno de los más toscos pecados del hombre.
Comprendo que otros no sientan esa necesidad: allá cada cual… Si alguien piensa que las “cosas que nos pasan” se pueden entender y aceptar sin fe en Dios, allá él igualmente. Yo me rebelo a lo del “aquí borrón y cuenta nueva”. Si el que la hace ha de pagarla, las cuentas no me salen con las justicias de aquí…. Ha de haber otras para que dejemos de reírnos tanto los unos de otros…
Pero a lo que vamos ahora. ¿Hay o quedan recetas para salir del hoyo?
Si digo que la receta está en rezar, no faltará quien diga “magias al canto”. Pero, como dijo Cecile me toca poco lo que pueda decirse a mis espaldas.
Si idea de Unamuno era (cfr. Diario íntimo) que, al rezar, aceptaba con el corazón al Dios que discutía o negaba su inteligencia; y una mujer tan entera y libre sin haberse acostado a las filas de ningún feminismo unilateral o melancólico, como lo fue Concha Sierra, decía que todas las mañanas pedía a Dios que no se cansara de haberla hecho libre; y si aquella muchachita, libre también aunque medio turulata en medio de los aires pos-modernos, no montaba sus posibles dudas de fe la “necesidad” de Dios, ¿dudaré ni un momento en afirmar que la receta es rezar?
El escriba muestrea y apunta el camino y la respuesta de Jesús lo marca como el único hacia la meta: enterarse que es rezar para caminar es la receta. Y como la oración no es “toreo de salón” y tiene una parte de compromiso con los cuernos del toro, que acosan siempre con el riesgo de verse uno volteado, dar la cara a los “retos del día a día para saber lo que pasa o nos pasa es –creo yo- lo razonable y correcto en casi todos los lances importantes de la vida.
Para que la razón, a su aire, no termine creando monstruos, hay que dejar también al corazón que hable y hasta que, en ocasiones, lleve él la voz cantante.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Hioy, domingo - Lo esencial es Dios (II) ¿Una religión sin Dios? ¡Malo! 5-XI-2018

09.11.18 | 13:27. Archivado en Acerca del autor

Este domingo 4 de noviembre -de pasos marcados, del verde al amarillo de las hojas muertas y de la luz al claroscuro o el negro betún de sensaciones que nacen y flotan, variadas y variables también ellas, al aire de los tiempos- me siento fuertemente prendido al paisaje de su liturgia. Aquel “escriba” judío se sabe, por arriba y por abajo, la Ley de Dios, pero no se conforma y pregunta Jesús por lo que -en ella- ha de ser “lo esencial”, aquello sin lo cual la Ley no es nada y con lo que la Ley es camino de liberaciones humanas: Dios; y –a la par de Dios, “el otro”. Lo esencial es Dios.

Se pone un contraste a la vista; que, a mi ver, subyace a la pregunta del “escriba” judío. El contraste entre el único Dios –el uno y solo Dios de la Biblia y del Evangelio- y unas mitologías religiosas –sustitutorias evidentemente- capaces de manipular la verdad de Dios hasta lo inimaginable… Porque tienen por “verdad de Dios” desde un muñeco de trapo hasta un titiritero, al que se convierte en “dios” precisamente por ser “mezquino” o ridiculizar lo divino, con el añadido de que, si los que se sienten con ello ofendidos, se quejan no tienen derecho a quejarse, porque a la libertad de expresión la vuelven tan suya que sólo vale para ellos…

+++
Es patente que -por lo mismo de la idea ya comentada de Chesterton- una buena parte de la cultura llamada “moderna” puede calificarse de “idolátrica” en el sentido más literal de la palabra. En la cultura grecorromana, de donde mana la palabra “idolon”, “ídolo” es “una vana imagen” de Dios a la que se da culto sin ser Dios (cfr. Lettre ouverte aux idóles, de Paul Guth, Paris 1968). La cultura moderna, fabricada de espaldas a Dios y que rehúsa darle culto, se plaga de ídolos o falsos dioses, a los que rinde pleitesía, con tanto o mayor esmero y reverencia que el más fervoroso de los creyentes sería capaz de dar al verdadero Dios.
Es por eso que, en los tiempos del “odio a Dios”, los ídolos brotam y crecen como los hongos después de llover. Ídolos en todo y para todo, desde los del fútbol hasta los de la política, de la música o el espectáculo. Nada extraño, pues, que el autor del citado librito se le haya ocurrido componer una graciosa letanía laica y de este modo ironizar con el mal gusto de algunos que, negando a Dios, idolatran estupideces. Ídolos de nuestras perezas, de nuestros pasotismos y arbitrariedades, de nuestras inconstancias e inconsistencias, de nuestras incompetencias e inanidades, de nuestras servidumbres y esclavitudes voluntarias, de nuestro vacío y nuestra adiccición religiosa a las apariencias y el sucedáneo… “Priez pour nous!”. Si no fuera hilarante, que lo es, ni grotesco, que también lo es, sería cosa de sonreír y salir corriendo para no hacer tanto ridículo.
Porque no es –creo yo- cosa de azar o de modas este trueque de un muñeco de trapo o una calabaza hueca por “lo divino” de verdad; sino algo más hondo y proyectivo. Es lógico, por lo demás, si partimos del supuesto –y esa cultura “sin Dios” pero que “diviniza“ todo lo que no es Dios lo avala- de que las ansias incontenibles de “creer” y de “absoluto” que van con el hombre, cuando no se llenan con el verdadero Absoluto que está en Dios y es Dios, se llenan –como dice Chesterton- con cualquier otra cosa; la que más convenga o esté más a la mano, sin importar mucho si es una calabaza hueca o el birrete colorado de Papá Noel.
No es cosa de azar. Es una constante histórica, al menos desde los siglos de la secularidad occidental. Es que ese “espantapájaros” –le llamo asó- de la dvinización del hombre y de sus cosas, buenas o malas, justas o injustas, viene a rebufo de la secularización del hombre, del solo mirarse al mbligo en inmanencias que se quieren pasar por trascendencias sin serlo, hasta llegarse a esa más que utópica figura del “super-hombre”, tan falsa como discriminatoria y antidemocrática. ¿Todos, super-hombres” o sólo algunos? ¿También esos que ahora mismo se arrastran por todos los caminos de la tierra para sustraerse a la explotación o al despotismo de unos pocos que se dicen “demócratas de toda la vida”?
Observemos -si no!- el curso de las “divinidades” sustitutorias. Pongamos los ojos sobre unas ideas de Ortega y Gasset (cfr. Vives-Goethe, Eds. Revista de Occidente, Madrid, 1973, pags. 153-154-) y pensemos un poco en ello.
“Fue el humanista español Luís Vives el primero que metaforiza el cultivo del campo o la agricultura para decir ‘cultura animi’. Pero esta cultura humanista era más bien jardinería. Se consideraba que las letras y las ciencias tenían un valor por sí, pero este valor era el de un ornamento. La cultura era un añadido a la vida que la engalanaba. A esta interpretación ornamental de la cultura sucede otra en el siglo XVIII. La fe religiosa ha dejado de ser vigente en las minorías europeas. Dios era el valor supremo, lo que en absoluto vale por sí. Al irse Dios de las mentes, su hueco divino es llenado precisamente con la cultura. Se piensa que el hombre logra su plena dignidad, participa en el valor supremo cuando se pone al servicio de la cultura, de la cultura divinizada.
Es curiosa –añade- la constancia con que, en la historia, se presencia el hecho de que el hueco de una cosa inyecta en la nueva que viene a llenarlo los atributos de la antigua. La cultura no tiene nada que ver con Dios, al menos con el Dios de la fe religiosa. La cultura es un sistema de actividades puramente intrahumanas. Sin embargo, al suplantar a Dios y alojarse en el alveolo de su ausencia, se convirtió en Dios.
Esta es la actitud de Kant, como ha sido la de todo el siglo siguiente. En las minorías más caracterizadas de Europa, al cristianismo sucede el culturalismo”.
Curiosamente, esta idea -de sus conferencias en Norteamérica y Alemania con ocasión del bicentenario de Goethe-, con paradoja y todo, encaja bien en ese periplo de época de “odium Dei” –reverso del “Dios a la vista”; de tiempos confusos y culturas idolátricas, que, como digo, parece copar el escenario de la cultura occidental; es decir, la nuestra. Y digo paradoja porque lo es levantar desde la enemiga de Dios “divinidades” que llenen en vano en vano el hueco dejado por Dios.

+++
Ante las reflexiones anteriores, ¿ha de cundir el pesimismo o quedan aún razones para la esperanza?.

Parece notorio que los tiempos son oscuros, desconcertantes, aspaventosos, negros, si se quiere calificar así. Es una sensación casi unánime. Se ve, a nada que no sea uno miope o lleve gafas con lente de prejuicios… ¿Síntomas?
La verdad ya no existe en su ser de tal, aunque conserve nombre y atavíos, pero no es ella…
Al amor se le hacen cortes de mangas a diario, y su contrincante, el odio -los odios más bien porque son muchos y todos ellos malignos- campean airosos y a rienda suelta por nuestras extensas parameras y eriales…
La justicia -estos días los hechos lo hablan- tira más a colador y queso de “gruyere” que al verdadero “arte de hacer justicia” que ha de ser; en cuanto juzgadora y justiciera; con errores posibles por ser humana pero en aras siempre de ser, en una sociedad, el primer soporte de la convivencia en paz.
Y la libertad… ¿No se ha vuelto la libertad salvoconducto para ofender y matar?.

¿Panorama negro? ¿Pesimismo? ¿Derrotismo? ¿El pesimismo de los tiempos oscuros, en que lo socorrido y fácil es buscar culpables, cuando lo correcto sería dejarse de apuntar con el dedo y dedicarse todos a buscar y hallar soluciones apropiadas y justas?

¿La receta?
No hay recetas que no exijan cambio y retorno. Y para eso todo tiempo es bueno. Porque, hasta en los tiempos de “odium Dei”, Dios sigue a la vista está, o en directo, en las iglesias y mirando a lo alto; o en oblicuo, contemplando el absurdo de los sustitutivos de Dios, también. Ante la alternativa, no me caben dudas: la rebeldía. Y para “rebelde”, no me cansaré de repetir la idea de Albert Camús al comiendo de El hombre rebelde: Rebelde “es un hombre que dice que No; pero si se niega, no renuncia”. Y trata de explicar el sentido de ese “no”. No anda lejos, a mi ver, de la actitud del “escriba” del Evangelio, ávido de “lo esencial”, que es Dios y no los sucedçaneos.

Quizás convenga, en estos momentos, recordar lo que bien pudiera ser un receta, y que va con el mismo arranque del Testamento literario, de Palacio Valdés, para situaciones de suma emergencia, en una sociedad “líquida” como la actual (vid- Zigmunt Bauman), sin principios ni valores de trascendencia, y en momentos en que se arbitran soluciones que no son de racionalidad sino las de agarrarse “a un clavo ardiendo”, como se dice. “El mayor interés de la vida es saber para que hemos sido llamados, el porqué de nuestra existencia. El engaño en este punto es fatal, pues de él dependen nuestra dicha y los destinos del mundo. Son muchos los hombres que se equivocan, que se obstinan, aunque a todos nos habla al oído la sabia naturaleza. Pero esta voz es tan baja en ocasiones que no la percibimos, Mejor nos sería estarnos quietos, no introducir en la vida nuestras parcialidades y apetitos, y esperar que una ola benéfica nos empuje a puerto seguro. Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo” (A. Palacio Valdés, Testamento literario, La vocación, Obras Completas, Aguilar Madrid, 1945, t. II, p. 1281).

Puestos en el escenario en que nos movemos hoy y en el que hemos de representar –cada cual- nuestros papeles individuales y sociales, los consejos del novelista ¿no suenan acaso a toque de máxima alerta? ¿No viene a decir que dejarse llevar por el instinto de supervivencia puede ser el recurso cuando todo lo demás se ha vuelto inservible o liviano?

Si el pesimismo y los complejos y miedos no son buenos porque achican y encogen, no nos pongamos en las manos del pesimismo ni nos volvamos derrotistas. Pero seamos realistas, y –para cuando las horas son negras y de borrasca, o andamos desorientados sin saber bien “lo que pasa” o “nos pasa”- puede que aferrarse bien a los estribos, tensar las riendas y encomendarse al instinto de la cabalgadura que en parte somos sea la “sensatez” exigida cuando faltan la racionalidad y el buen sentido.
Porque pueden darse o venir ocasiones en que la ciencia y la técnica “divinizadas” y “a su aire” –en lugar de palancas y medios de progreso- sean –por esa divinización que las convierte en fines, siendo tan sólo medios- matriz o placenta de “monstruos”.
Puede suceder y advertirlo, como hace Palacio Valdés, no es pesimismo; yo le llamaría mejor buen sentido.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Hoy, domingo Lo esencial es Dios (1). Dios en el horizonte, a pesar de todo 4-XI-20128

06.11.18 | 21:37. Archivado en Acerca del autor

La lectura del Evangelio de Jesús ha de ser para el creyente cristiano-católico, no sólo -ni tanto- una fuente de inspiración y aliciente para vivir su fe, sino el obligado referente de lo que –en remedo y parangón con lo que son las constituciones modernas de las naciones- es –para la Iglesia- la Carta Magna de su recorrido terrenal: su “constitución”.
Dios se hizo hombre para que el “Hombre-Dios”, que es Jesús de Nazareth, fuera el “Dios con nosotros” anunciado muchos siglos antes, para “evangelizar a Dios; es decir, para revelar al hombre aquello que los hombres necesitan saber para no quedarse en puras copias de orangután; es decir, lo que precisa para sublimarse y salvarse.
El domingo es, pues, para el creyente en el “Dios cristiano” el día de la semana hecho, no sólo pasa descansar de sus tareas diarias, sino sobre todo para cultivar su fe y pensar en algo que le mantenga en forma para testimoniarla donde sea preciso. Sin arrogancias ni prepotencias naturalmente, pero con el valor y la energía suficientes para no ser un “farsante” de sus creencias.
Y, como este domingo, el Evangelio de san Marcos presenta el diálogo del escriba judío que busca –por encima de la Ley- la Verdad –con mayúscula- (en aras de la honradez del que –aún sin dudas- sigue buscando) y de Jesús, con fama de hablar con autoridad y sin miedos o complejos, de las cosas de Dios, mis reflexiones se posan esta mañana del 4 de noviembre sobre la verdad que se proclama en él y en las lecturas previas: que Dios es uno y único; que no hay otros “dioses” más que Él; que el primer mandamiento de los hombres hacia Dios, el esencial, es “amarle” sobre todo lo demás y con toda la fuerza del corazón y del alma; y que el segundo –que se refunde en el primero- está en amar también “al otro” como uno se ama a sí mismo; es decir con esas mismas fuerzas del corazón y del alma. Nadie puede decir que ama a Dios si no ama la imagen de Dios que es todo hombre, el “otro”; ni se puede amar o decir que se ama al “Otro” sin amar a Dios del que es imagen. Pura lógica, en verdad.

Porque estamos ante lo esencial del cristianismo y nunca como ahora parecemos empeñados los hombres en echar de nuestro lado a Dios –en todo-, permitidme, amigos, que mis dos o tres reflexiones centrales de estos días giren en torno a ese “promontorio” colosal, que ante el hombre se ha levantado siempre –como lo imagina Ortega y Gasset en su ensayo Dios a la vista, en que tan gráficamente se pintan la pleamar y y también esta bajamar ostensible en que hoy se halla la presencia de Dios en medio de los hombres. De modo especial, en algunos hombres –intelectuales, científicos, gobernantes, etc.- a los que no les duele nada prescindir de Dios y a los que parece quemar la palabra “Dios” en sus labios; como si los contaminara o desluciera.
¿Por qué no llamar a estos tiempos, como hace el pensador, tiempos de “odium Dei”? ¿No es bueno llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos ni disfraces?
Y no es que yo quiera o pretenda, no ya agotar, sino bosquejar siquiera un tema de la elevada envergadura de este (sería fatuo y además imposible). Solo se trata de dar vueltas y vueltas a unas cuantas ideas o pensamientos, que –además- la mayor parte de ellos no son míos sino de gentes que –aún sin ser creyentes católicos como Ortega- nunca rehusaron dar cara a la verdad, fuera verdad con mayúscula o con minúscula; hasta cuando esa verdad no era “la suya”; lo que no deja de ser un honor para quien así lo hace: no negar la cara a la verdad, sea cual sea, guste o no guste, dé réditos o cause problemas…
Aunque me salga un empedrado de citas, me arriesgo a que sigan este mismo camino mis reflexiones de estos días.
1) Una frase de doble filo. “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa" – “Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo”.
Es de G. K. Chesterton, el fino escritor inglés y converso del ateismo al catolicismo, la idea que reflejan estas frases.
Es idea de doble filo. Pensadores tan modernos como Humberto Eco o el gran escéptico que fue, sobre casi todo, Julio Caro Baroja han recogido, catalogado y, por supuesto, ridiculizado la enorme serie de “tonterías” -dejémoslo en esto- en que el hombre moderno, y no digamos el posmoderno, cree a pies juntillas muy a pesar de su ciencia y de su técnica; que no dejan de ser verdaderas supersticiones laicas, tan obsoletas y atrasadas, tan indignas de una civilización, como las que el P. Feijoo, “gran ilustrado” del s. XVIII y sin embargo “gran creyente”, incluye en su Teatro critico universal, como impropias de la verdadera religión.
El doble filo de la señalada idea de Chesterton apunta por uno de los lados a los que –a caballo de la ciencia y de la técnica- o piensan que Dios es malo porque tolera o permite el mal y eso no es posible si hubiera de ser tan infinitamente bueno como infinitamente poderoso y capaz; y va con su otro filo apuntando a quienes –confesándose creyentes en Dios- compaginan esa fe con supersticiones religiosas tan inadecuadas y absurdas que desprestigian la verdadera religión por falsas e impropias de una religión que se precie de tal. Hay quienes, creyendo en Dios, se avienen a creer en cosas que ni son de Dios ni a Dios atañen para nada; pero eso no es cosa de la fe, sino del entendimiento y uso que cada cuál hace de la fe…
El P. Feijoo, al que la Iglesia nunca censuró por ser “ilustrado”, y G. K. Chesterton, por el otro, por su propia experiencia vivida, apuntan alto y apuntan fino. Y es por ello que –este domingo- mis reflexiones se prenden de sus apuntes, como digo.
) El promontorio. De este modo pinta Ortega el “Dios a la vista” en una de las secuencias más evocadoras de Las confesiones del Espectador.
“En la órbita de la Tierra hay parhelio y afelio: un tiempo de máxima aproximación al Sol y un tiempo de máximo alejamiento. Un espectador astral que viese a la Tierra en el momento en que huye del Sol pensaría que el planeta no había de volver nunca junto a él, sino que cada día, eviternamente, se alejaría más. Pero si espera un poco verá que la Tierra, imponiendo una suave inflexión a su vuelo encontrará su ruta, volviend9o ponto junto al Sol, como la paloma al palomar y el boomerang a la mano que lo lanzó. Algo parecido acontece en la órbita de la historia con la mente respecto a Dios. Hay épocas de “odium dei”, de gran fuga lejos de la divino, en que esta eterna montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero, al cabo, vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad.
La hora de ahora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!
No se trata de beatería ninguna; no se trata ni siquiera de religión. Sin que ello implique escatimar respecto alguno a las religiones, es oportuno rebelarse contra el acaparamiento de Dios que suelen ejercer. El hecho, por otra parte, no es extraño; al abandonar las demás actividades de la cultura el tema de lo divino, solo la religión continúa tratándolo, y todos llegan a olvidar que Dios es también asunto profano”
No era creyente católico Ortega como todo el mundo que lo haya leído sabe; aunque tampoco era ateo, como algunos piensan y son desmentidos por él mismo; sin ir más lejos en este gran ensayo titulado “Dios a la vista”.
Claro que hay un “Dios profano”, el de la religión que va de abajo arriba, la del “homo religiosus” de las viejas y modernas antropologías solventes y realistas. Este Dios lo da por hecho -en todo caso- Ortega.
Pero el “Dios cristiano” no es im “Dios profano” sino un “Dios sagrado”, el de la religión de arriba abajo, el de la religión que es más que religión al ser también una revelación, porque, como antes decía, la cristiana es la religión del Dios que se hace hombre para “evangelizar a Dios”, para dar a saber a los hombres lo que los hombres necesitan saber de Dios para “crecer más”, para colmar más y mejor sus ansias de Absoluto, y para no quedarse sólo en eslabón evolutivo del mono, pero sin otras aspiraciones que las de “primate”. Lo que ya es algo, quizá bastante, pero no es todo ni mucho menos para esas incontenibles ansias de Absoluto que llenan –a poco que se rasque la superficie- el alma de los hombres.
Os dejo por hoy, amigos, con esto. El espacio y el tiempo se han completado con lo dicho. Mañana será otro día y las reflexiones mías, si no todas, continuarán –si Dios quiere- evocando con amor al Dios en quien creo y que también necesito.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Halloween y Todos los Santos 1/2 -XI - 2018

02.11.18 | 20:45. Archivado en Acerca del autor

“Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y obtienen entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna” (J. Ortega y Gasset, Democracia morbosa, Obras, Ed. Alianza Edit, Madrid, 1988, vol. II, p. 135)

Con esta idea tan poco discutible si nos miramos a fondo comienza Ortega este espléndido relato sobre la democracia y sus morbos, que no son pocos. Hoy he vuelto a leerlo y a repensarlo, y no tanto para saborearlo de nuevo, que ya es una razón, como para no pecar de arbitrario al aplicarlo como lo voy a hacer.
A Ortega, como a Machado, Unamuno, Marañón o Marías, le dolía España si por España se entienden “los españoles” que la componemos y, con nuestras obras, tantas veces la deslegitimamos.
Ortega –en este ensayo- se duele del “plebeyismo” y de la zafiedad o descortesía, de que –ya entonces- se hacía gala; y pide, para que sea posible una democracia real y normal, que haya demócratas y no hombres-masa o invertebrados en las filas de esta sociedad, para el noble empeño de ser ”pueblo” y no “plebe” conformista, o “chusma” y “rebaño”.
Taxativamente, nuestro pensador, afirma y da por hecho que las posturas plebeyas y el “plebeyismo”, que va anexo a ciertas concepciones y vivencias democráticas, “tiranizan en España”; y que, siento ésta una de las peores tiranías de un pueblo, es menester “levantarse” contra ella, contra “esa perversión de todo lo bajo y ruin”, que –al amparo de la “noble idea” de la democracia, “se ha deslizado en la ciencia política” (cfr. Ortega y Gasset, Democracia morbosa, cita anterior, pag. 135).

Pero yo no me he propuesto reflexionar este día sobre el concepto de democracia ni sobre lo que Ortega entendía por democracia verdadera y lo que, para él es morbo de la democracia. Bien harían –creo yo- algunos políticos nuestros, que actualmente gallean alardeando de demócratas sin serlo ni quererlo ser, un repaso, aunque fuera somero, de esta lección que Ortega da en este ensayo; por si se les pegase algo y miran más al “pueblo” y menos a sus “negocios” –políticos, entiendo. El titulo de mis reflexiones es “Halloween y Todos los Santos”, y al mismo me he de dedicar ahora.

Por cierto -ey es un inciso-, acabo de oír esta misma mañana un apunte de no creer, pero que suelto para preludiar también mis reflexiones. He oído decir que, según investigadores catalanes, el Halloween no nació en el s. XIX, en el mundo anglosajón, para de allí pasar a la cultura posmoderna de Occidente. Que su origen es catalán. Y me decía al oírlo que, como nada nuevo hay bajo el sol, cualquier día de estos pudiéramos oír tal vez que Jesús de Nazareth no nació en Belén, sino en Badalona o Sitges. “Cosas veredes”, como ya se decía en los tiempos del Cid y no digamos en los de don Quijote…

El caso es que, en pocos años, nos hemos hecho cofrades de la “Noche de brujas” y del “terror”, en que consiste la idea de Halloween: una exaltación del miedo para curar las penas; una evocación de lo terrorífico para sentirse inmunes; y lo hemos aposentado entre nosotros como seña de identidad, para sustituir a algo que, como el culto a la santidad innominada y el culto a los difuntos –en recuerdo, evocación y rezos-, por ser antecesores de nuestro “yo” personal y colectivo, sólo se avienen a perder los que a su propia historia le llaman cuento.
Y con eso, que es puro “marketing” y comercio, ya nos creemos “progres”, y, con eso, tal vez curados de mitos, supersticiones y ataduras sentimentales; a punto de caramelo para ser nominados al Nóbel de un “progresismo” que es predicado como “la nueva religión del hombre”; pero que es algo bien distinto del progreso, como puede advertir cualquiera que tenga idea de lo que contribuyen los “ismos” a deteriorar y banalizar el sentido real y verdadero de las palabras. A Ortega, por cierto, que no era ni “meapilas” ni tonto, jugar a “progresista” le parecía estupidez y lo detestaba.
El caso es, insisto, que tenemos “Halloween” para rato y estamos a rebosar de satisfacción y gozo. Dejamos lo nuestro; adoramos a una calabaza hueca y con luces rojas o naranja para llenar el hueco y nos vemos “realizados” y acodados a los más listos de la tierra. Puede que lo seamos –los más listos-, pero no lo vamos a ser porque nos emocionemos ante una calabaza o estremecernos de positivas vibraciones al paso de una momia de vampiro o la escoba entre las piernas volátiles de una b00ruja.

Como lo que hay en el fondo de todo eso es una “sustitución” de Dios y sus cosas por estas sutilezas comerciales,; y se sabe –otro día hablaré de ello- que –cuando se sustituye una cosa por otra y se hace con saña o rencor- al recambio se le da –por cálculo y tal vez por ventajismo- la misma categoría y valor de lo suplantado, nos hemos pasado a divinizar también las caretas y disfraces terroríficos de Holliwood por los ejemplos de los santos y por el recuerdo y rezo por los que, más de cerca, nos han precedido en la vida.

Quisiera –a pesar del encanto casi sobrenatural que se va cundiendo, cada vez más, a rebufo de la “pela” y otras cosas, a ese ritual sustitutorio de lo “nuestro”, noble y digno- glosar un poco esta doble conmemoración cristiana, la que languidece a la sombra de un sedicente “progreso”, pero que, bien mirado, no es sino un “plebeyismo” del mismo jaez que el adosado por Ortega a la democracia morbosa y que resulta ser una insufrible tiranía. Quiero glosar un poco el sentido de esta fiesta de tantos como es la de “todos los santos” y también –ahora que se habla tanto de la “memoria histórica”- ese acto de justicia que es el recuerdo amoroso, constructivo y emulador de nuestros seres queridos.

+++
Los santos primero.
Y comienzo por una referencia a lo que acabo de anotar como idea sugerida desde una radio, por la avispada observación de un contertulio. A juzgar por los relatos de algunos “medios” y reporteros, parece como si la Iglesia –toda ella- fuera basura, barro podrido y corrupción… Hay un caso de pederastia y todo en la Iglesia es pederastia. Hay un caso de delito o quebranto de una ley para que la Iglesia misma y sus hombres sean tachados de violadores de todas las leyes….
E cierto (nunca mejor dicho que un día como el de hoy) que no todo en la Iglesia es “santo”; pero no todo, ni mucho menos, es en la Iglesia sucio, bochornoso o infame…. Esa tarea de “simplificar” y “generalizar”, como se hace casi siempre con la Iglesia y que, como el propio Ortega manifestara más de una vez, es -no solamente un atentado a la inteligencia- sino una vía de falsificación.
Se puede simplificar para resumir; incluso para volver más asequible una verdad. pero no para generalizar y cargar a todos con lo que hace alguno. Se sabe de sobra por quien no sea opaco de mente que estas simplificaciones son mayúsculos falseamientos, por gratuitas, interesadas y, sobre todo, por injustas y malvadas.
La Iglesia de Cristo –eternamente perseguida y hoy más que nunca puesta en la picota a nada que se tercie- tiene santos; de los de altar, por supuesto; pero muchos más de los otros, de todos esos que, sin ser declarados santos por nadie y hasta sin tener –como suele decirse- madera de santos -¿quién tiene “madera de santo” en medio del mal?-, a golpes de lucha, tesón, esfuerzo y sobre todo amor y esperanza en Dios- se han ganado –aunque nadie se la ponga formalmente- corona de santidad. Esa santidad que tiene su “carta magna” –que es una de las cartas magnas del cristianismo- en ese directorio cristiano de las Bienaventuranzas. Esas que -hoy precisamente- pone la iglesia ante los ojos de los “suyos”, de sus fieles: los pobres; los que lloran; los sufridores de todas clases; los que son perseguidos por causa de la justicia o de la verdad o del amor; los que buscan la paz y no la reyerta; los que, aunque tal vez no puedan olvidar, perdonan y tienen misericordia…
Hay, claro está, santos laicos; los que han hecho algo, desde sus azoteas de racionalidad, eticidad, ciencia o técnica para que el mundo y la sociedad sean mejores. Si un Luther King, un Gandhi o un Mandela pueden llamarse “santos laicos”; si hasta un cualquiera que tenga como un deber sagrado respetar los derechos humanos y no “saltarse a la torera” la dignidad de nadie, merece aureola cívica de santidad… ¿no ha de s er un honor santo –dentro de la Iglesia de Cristo- poder celebrar en el día de la santidad común la fidelidad al Evangelio?

Y en cuanto al honor debido a los difuntos…. Este día suelo leer ese poema de A. Machado que se titula “En la muerte de un amigo”.
Tierra le rieron una tarde horrible / del mes de julio bajo el sol ardiente / A un paso de la abierta sepultura / había rosas de podridos pétalos/ entre geranios de áspera fragancia / y roja flor. El cielo / puro y azul. Corría / un aire fuerte y seco / De los gruesos cordeles suspendido, / pesadamente, descender hicieron / el ataúd al fondo de la fosa / losados sepultureros… / Y, al reposar, resonó con recio golpe / solemne, en el silencio… / Que un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio!”
“Algo perfectamente serio” y tan humano como la vida misma. ¿No da para pensar, y mucho, este verso del gran poeta de “soledades” y avizor siempre para buscar o sorprender en el hombre las cosas que le trascienden? ¿Vale, ante eso, la “chirigotera” escenografía de Halloween?
Al llegar a este verso me he parado para preguntarme qué quiso decir con este verso de tan cruda factura un poeta-pensador como lo fue don Antonio Machado; que no era católico confeso, pero que incesantemente buscaba el Absoluto que seguramente no veía en nadie más que en Dios. Si, como yo pienso, buscar el Absoluto es buscar a Dios, es como ponerlo a la mano de las propias inquietudes humanas, el poeta no pensaba seguramente ni en Halloween ni en calabazas vacías para encarase con algo tan serio y profundo como ha de ser el final de la vida.

Están bien –me digo yo- los crisantemos y las flores sobre las tumbas; pero mejor están y más a humano saben los recuerdos y sobre todo los deseos y los rezos. Y para el que no sepa o no quiera rezar, estar hoy a la vera de una tumba o respirar hondo el recuerdo y memoria de los pasados amigos y familiares es algo –a mover- mejor que adorar una calabaza hueca o aterrorizarse llevando o viendo unos disfraces que, en su fondo, son, en un 90 % “marketig” y economía, y el 10 % restante superstición y embeleco.
Eso que tanto se critica a los creyentes y que en verdad es criticable, la superstición, se ve destilar a chorros de la mitología de este “progresismo” ritual de ahora… ¿De quién fue la idea de que, cuando no se admite o adora a Dios, se adora cualquier cosa? No tiene mala pinta la misma.

Y cierro ya –porque me estoy alargando con exceso- con cita de las palabras con que Giovanni Papini ultima su introducción a su Sant’Agostino, una verdadera joya de lectura bravía para lectores inteligentes. Habla de san Agustín y de los santos.
Afirma con valentía que, al reescribir la vida, obra e ideas de san Agustín, no ha querido, por honradez sin duda, ocultar ni minimizar las faltas, pecados y defectos del santo. “A differenza di molti panegirista di buona volontà ma di poco senno, i quali si studiano di ridurre quasi a nulla la peccaminosità dei convertiti e dei santi, non pensando que propio nell’esser riusciti a salire del letamaio alle stelle consiste la loro gloria e si manifesta la potenza della Grazia. Più profunda fu la bassura e tanto maggiore è la luce dell’altura” (G. Papino, ob. cit., Firenze, 1930, p. 1).
Viene a decir Papini que la carrera de santo no es cosa de apocados, de idiotas, ni de creídos; sino de hombres y mujeres hechos y derechos; muy normales y muy enteros. Porque es carrera de obstáculos y, como dice el Evangelio, sólo los valientes y los audaces lo consiguen.

Y -ya- mi idea final no puede ser otra que esta. Hoy –día de los Santos, y mañana -día de los Difuntos-, son prevalentes en mi recuerdo y oración mi padre y mi madre. Gracias a ellos soy y gracias a ellos soy casi todo lo que he podido ser. Él, lavando el carbón de la mina casi toda su vida, y ella, trabajando y amando a diario, se lo merecen; y mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Somos pocos... 27-X-2019

28.10.18 | 21:42. Archivado en Acerca del autor

”Montesquieu bataneaba graciosamente la ley de las mayorías
¿Se adopta la decisión de ocho individuos en contra de la de dos? ¡Grave error! Entre ocho caben verosímilmente más necios que entre dos”
(J. Ortega y Gasset, De la crítica personal, Obras Completas – Alianza Editorial, Madrid, 1993, t. I, p. 15)

Cualquiera de los que, para medir la democracia, usan las varas de sus propias veleidades o fantasías, al ver esta frase de Ortega, sentirá posiblemente la tentación de meterlo en el Infierno de Dante. Y juraría que -de demócrata- no tuvo ni la planta de los pies.
¡Grave error!, diría yo también a tan superficial analista o intérprete.
Ortega fue demócrata, y porque de la democracia tenía un concepto exquisito, censuró las democracias “morbosas”; las que de auténtica democracia tienen el nombre o poco más. Por eso, al referirse a las “mayorías” en ese pasaje citado, quiso enfatizar la gracia que le hacía el empeño de divinizar las “mayorías” hasta meterlas en la esencia de la democracia. Porque las “mayorías”, de la especie o calibre que sean, no son la democracia.
La democracia es solo y nada más –tampoco menos- el gobierno del pueblo, ejercido por él o en su nombre y a favor de él. Y, si pueblo es la mayoría, también lo es la minoría. Y la “ley de las mayorías” sólo es (en la historia del pensamiento socio-político) un recurso práctico, de técnica jurídico-política, una especie de “fictio iuris” -ficción jurídica- para significar el “demos” o “populus” en la concreta circunstancia de falta de unanimidad. Se presume ser voluntad del pueblo lo que piensa o decide la mayoría.
Por ciero, que tampoco es invención de Montesquieu la ley de las mayorían como expresión del pensamiento y querer de la persona colectiva; porque –mucho antes, en Roma en embrión y sobre todo en esa Edad Media que se le llama retrógrada y atrasada porque no se la conoce bien- se excogitaron ya los recursos para gestionar y definir el operar de las personas colectivas o jurídicas.

Este preludio no es el objeto directo de estas reflexiones. Viene a cuento de una historia más cercana.
El grupo político Podemos, con el “placet” y consenso del grupo socialista actual y posiblemente también con el de los grupos minoritarios vascos y catalanes, no digamos el de la izquierda más asilvestrada, se propone sacar adelante un proyecto de ley de despenalización de tres actuales tipos delictivos del vigente Código penal: las injurias a la Corona (en “román paladino”, a la suprema magistratura del Estado; las ofensas a los sentimientos religiosos del ciudadano; y el enaltecimiento del terrorismo.
Si el Rey ostenta hoy la suprema magistratura de la nación, no digamos Podemos –que ya se saben sus apetencias y gustos políticos- sino el partido del gobierno ¿pinta algo apoyando esa despenalización?
Si el respeto a los sentimientos religiosos se integra y es parte de uno de los derechos y libertades más fundamentales del hombre como es la libertad de conciencia y religiosa (proclamada nítida y rotundamente en el art. 16 de la vigente Constitución), ¿habrá que decir que el partido del gobierno, hoy, en España, es anti-constitucional? Porque la supuesta coartada de salvaguardar o defender el derecho a la libertad de expresión a costa de ofender la libertad de conciencia y religiosa, si no fuera ella misma un insulto a la inteligencia y a la lógica jurídica –el respeto a las libertades básicas es precisamente el límite marcado a la libertad de expresión por el art. 20 de la propia Constitución-, sería una muestra palpable de cómo esa “ley de las mayorías”, que censura Ortega –como se acaba de ver- puede muy bien ser enemigo de la buena democracia.
Y en cuanto al enaltecimiento del terrorismo -siendo como es intrínsecamente malo. individual y sobre todo socialmente, todo terrorismo, sin que ningún fin lo justifique porque su razón es el odio y matar y lo hace, además, a discreción e indiscriminadamente- ¿cabe que la “razón política” de un “populismo” ultramontano y de pura imaginación cinematográfica subyugue tanto y halle acogida en partidos que se puedan llamar serios o mínimamente solventes, hasta prestarse a legitimar lo que nadie –salvo los propios terroristas- darían por bueno y legítimo?.
Y no se hable o invoque la “tolerancia” como virtud social, porque la tolerancia, como la libertad de expresión ya indicada, tiene igualmente límites (Véase, por ejemplo, el reciente libro de Denis Lacorne, Les frontières de la tolérance -Gallimard, Paris, 2016). ¿Hay que tolerarlo todo, hasta las connivencias con la insensatez, la maldad o la cara dura? Aquel viejo “Qousque tandem, abutere, Catilina, patientia nostra” del gran tribuno y político que fue Cicerón, clamado a los cuatro vientos de la rectitud romana, muestra que hay líneas rojas que no se pueden ni pisar y ni siquiera bordear sin caer en desacierto o en cosa peor.

El título que llevan estas reflexiones “Somos pocos” va referido a los católicos y al catolicismo español en este momento.
Seamos serios y no nos vayamos por las ramas. No se necesario hacer ni una tesis doctoral ni un “master” para verlo; basta con tener ojos y abrirlos. Iglesias medio vacías; befas, orillamiento y desdén hacia lo religioso y, si es católico, más todavía; un laicismo que es ofensivo en lugar de una laicidad que sería lo correcto…. Y conste que no me quejo de la realidad, que es la que es; me limito a constatarla. Es un hecho y los hechos se interpretan pero, una vez comprobados, no se discuten.

Lo he dicho muchas veces en privado y en público, lo reitero con frecuencia, y me parece correcto decirlo. “Somos pocos y seguramente mañana seremos menos”; pero somos algo y eso que somos –algo, poco o casi nada-, por dignidad, lo hemos de hacer valer. Y como, socialmente y en democracia, la mejor forma de hacerlo valer es el voto, el modo más práctico y expedito de hacer valer lo que somos es no votando a nadie que promueva o apoye –de la manera que sea- esa despenalización de los atentados contra ese derecho humano fundamental, de todo hombre, a la libertad de conciencia y religiosa.
No debe ni puede votar un católico a estos señores y seguir siendo o pretendiendo ser o que se le llame católico. Sería farsa bendecida o tolerada; y la conciencia es más que cualquier oportunismo.

Somos pocos efectivamente, Pero ¿es malo ser pocos?
Yo creo que no. Si lo mucho es “masa” con todo lo que esa palabra significa en términos de oquedad, de vacuidad, de seguidismo y gregarismo o de obedecer a ciegas lo que mande el jefe, prefiero ser minoría –que también es sociológica y políticamente “pueblo”, no se olvide- que masa o grey.
Además, ¿no es verdad que la psicología de las “minorías” es más dinámica, luchadora, viva y rebelde que la de las mayorías, que –recreadas en el éxito- se limitan a seguir la flecha y asentir?

Porque –es pregunta jurídica- ¿acaso “despenalizar” dista mucho de “legalizar”? ¿No es su reverso sociológico? En la práctica, me refiero. En teoría, siempre habrá quien defienda lo contrario; con razones “de teoría”, claro!

Y para cerrar estas reflexiones ante el proyecto de ley, insistiré. Somos pocos; mañana –seguramente, tal como van las cosas- seremos menos; pero, mal que pese, somos algo; y eso que somos –algo, poco o casi nada- tenemos obligación –por dignidad- de hacerlo valer ¿Cómo? De la mejor manera que cabe hacerlo en política y democracia: no votando a nadie que, en directo o en oblícuo, contribuya a que en este país se levante oficialmente la veda y se expendan licencias de acoso y derribo a favor de los que ofenden al jefe del Estado; de los que injurian o insultan a los que tienen sentimientos religiosos –los ateos ¿no entrarán también en esto, porque la libertad religiosa así mismo los ampara?-; o de los que, en una ética bajo mínimos, no hallan diferencia entre patriotas y terroristas, entre víctimas y verdugos, entre el terror y el honor.
Somos pocos y mañana seremos menos. No importa o importa menos, si es cosa de libertad. Pero, como en estas despenalizaciones, brilla o parece brillar más la malicia o maldad que la libertad, un católico no puede votar a estos promotores o adláteres y pretender seguir llamándose o teniéndose por católico.
Es mi punto de vista; y como lo procuro razonar, en uso de mi libertad personal y cívica, lo expongo como lo pienso.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Lunes, 17 de diciembre

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Diciembre 2018
LMXJVSD
<<  <   >  >>
     12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930
31