Entre dos luces

Al amigo que me pide aclaraciones 22-VIII-2018

22.08.18 | 18:32. Archivado en Acerca del autor

Uno de los amigos, con los que suelo compartir mis reflexiones diarias, me pide le aclare algo más ese magistral apunte orteguiano que veta ser “hombre de partido”; con finalidad sin duda de preservar la identidad y la libertad del “yo” frente a ideologías invasoras y depredadoras de la conciencia, lo más sagrado y respetable de un hombre. Lo hago con gusto y lo voy a intentar de la mano del propio Ortega y del magistral ensayo, escrito para un diario de Buenos Aires, allá por el año 1930.
Antes de hacerlo y para no perderme por las ramas, releo y repienso el ensayo; y -para contestar a mi amigo- me arranco echando por delante dos pasajes, de los primeros de este logrado ensayo, un alarde -todo él- de alta costura teórica y práctica, del mejor pensador que tuvo España en el s. XX.
- “Una de las cosas que más indigna a ciertas gentes es que una persona no se adscriba al partido que ellas forman ni tampoco al de sus enemigos, sino que tome una actitud trascendente de ambos, irreductible a ninguno de ellos. A eso se llama colocarse au dessus de la mêlée y para esas gentes nada hay más intolerable. Yo creo, por el contrario, que esa exigencia de que todos los hombres sean partidistas es uno de los morbos más bajos, más ruines y más ridículos de nuestro tiempo. Por fortuna, comienza ya a ser arcaica, extemporánea y se va convirtiendo en vana gesticulación. Crece, en cambio, el número de personas que consideran esa exigencia, además de tonta, profundamente inmoral, y que siguen con fervor esta otra norma: «No ser hombre de partido»
- “Los que se irritan contra quienes, según ellos, se colocan au dessus de la mêlée, son gentes siempre de una misma vitola. Por lo pronto no son nunca los que pensaron originariamente la idea en torno a la cual se formó el partido y que provocó la mêlée. No son, pues, gentes que hayan, por si mismas, pensado nunca en nada. Se han encontrado con un partido hecho que pasaba delante de ellos y lo han tomado como se toma un autobús. Lo han tomado a fin de no caminar con la fatiga de sus propias piernas. Lo han tomado para descansar de sí mismas. Porque hay gente cansada de sí misma desde que nace. No se vaya a creer que este cansancio es un detalle accidental. El hombre nativamente hastiado de sí mismo es un tipo categórico de humanidad. Ese hastío es el centro mismo de su ser y todo lo demás que hace lo hace en virtud de la necesidad de huir de sí a que ese cansancio le obliga”.
Como no deseo ir muy lejos al complacer esta gratificante demanda de este amigo, aclararé lo que pienso con brevedad.

Ortega y Gasset nunca ocultó sus ideas socialistas ni su predilección por el “credo” fundamental del socialismo. Y sin embargo se rebela –desde plataformas humanistas muy auténticas- contra la misma idea de “ser hombre de partido”.
No pienso que Ortega desconociera, o no reconociera- la elevada función instrumental –no esencial- que los partidos tienen para hacer viables las democracias en estos tiempos. Y sin embargo vitupera ser “hombre de partido”.
Y es que –creo yo- una cosa es ser un “hombre de partido” y otra distinta ser “del partido” o “de un partido”. Y no es un mero juego de palabras. Afiliarse a un partido, de acuerdo con las ideas de uno o incluso por conveniencia, no parece que lo denostara Ortega. Pero “ser hombre de partido” es otra cosa de mayor calado humano. Esto último es poner el hombre que uno es y quiere ser atado de pies y manos a disposición incondicional de una burocracia partidista; ciega sumisión a lo que manden los jefes, casi nunca los mejores y casi siempre los más arribistas o los más audaces. Esto lo repudia sin miramientos el gran pensador.
Si esclavitud voluntaria es abdicar de uno mismo, del hombre racional y libre que por esencia debe ser el ser humano sin taras, hasta obedecer y seguir sin pestañear –contra la propia conciencia incluso- lo que manden otros, tomando su mente y su voz por la mente y la voz del “pueblo”, nada extraño tiene que lo deteste Ortega como lo hace en su ensayo. Porque ya no es “partido” sino “partidismo” a secas.

El “hombre de partido” está hecho para cerrar los ojos y seguir a ciegas el camino que le tracen otros. Es tener vocación de esclavo. Ser hombre de partido es hacer farsa en cualquiera de las dos formas que el propio Ortega consigna al elogiar la entereza y sinceridad de su amigo don Pío Baroja (Cfr. El fondo insobornable, en Ideas sobre Pío Baroja, IX). Ser, en cambio, de un partido sin ser, por ello, “hombre de partido”, puede ser una manera de ser demócrata y de servir al “pueblo”.
En este sentido va lo que el propio Ortega resalta cuando el partido-partidismo se vuelve arma arrojadiza y coto abierto al relativismo más absurdo racional y éticamente. “Como la lucha necesita de grupos beligerantes, hagamos de éstos la forma sustantiva de existencia humana. Lo más importante del mundo será el par¬tido, la organización sobreindividual para el combate. Los indi¬viduos no interesan, porque mueren, y es preciso perpetuar los partidos. Todo hombre será miembro de algún partido, y sus ideas y sentimientos serán partidistas. Nada de ajustarse a la verdad, al buen sentido, a lo justo y a lo oportuno. No hay una verdad ni una justicia; hay sólo lo que al partido convenga, y ésa será la verdad y la justicia -se entiende que habrá otras tantas cuantos partidos haya”.

No me cabe duda. Ortega –tan beligerante y hermético ante el hombre llamado por él “el hombre-masa” -un tipo de hombre siempre decidido a dejarse manipular, abierto a tragarse todo lo que le llegue de fuera, sin resortes ni recursos personales para –antes de aceptarlo- pasarlo por el filtro de su capacidad crítica racional que es como decir de la propia conciencia- nunca fue “hombre de partido” aunque sus ideas fueran las de un partido político o pudiera incluso “ser del partido”. “Ser hombre de partido”, en el argot orteguiano, es categoría antropológica, quizás patológica; ser de un partido es categoría política. Si ser lo primero humanamente “non decet”, lo segundo “puede valer” siempre que no se hipotequen al partido –lo que sería partidismo- las raíces y fondos de la persona y de la personalidad de uno.

A mi amigo le pido disculpas si no he sido acertado en las aclaraciones a sus dudas.
Y a todos mis amigos pido que lean, relean y mediten este gran ensayo de Ortega, apto hoy como nunca para liberarse de esclavitudes voluntarias en ese terreno tan querencioso para ellas que el “la política de partido”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Era conveniente... 21-VIII-2018

21.08.18 | 17:45. Archivado en Acerca del autor

Era conveniente…

Es conveniente que al que alardea de buen flautista se le invite a tocar la flauta y muestre si lo hace bien o mete ripios, antes de darle el diploma… Que, a los que se pagan de ser los mejores sastres se les encargue un traje a medida para ver si es un traje o un espantapájaros… Y que a los que ponen “pegas” a todo lo que hacen los demás se les ponga un rato a hacer lo mismo que ellos censuran en los otros, para ver si es cuento o es verdad lo que predican al censurar.

Era conveniente que el Sr. Sánchez, avaro de poder y de gloria, se sentara –como fuera- en La Moncloa, aunque fuera sin el aval democrático de las urnas, para que -“solo ante el peligro”, como Gary Cooper en el Oeste americano- demostrara con obras lo que con palabras se hartaba de pregonar; o demostrara lo contrario: ensalada de gestos, pasos para entretener y despistar al personal. Es decir, que se ganara ser o el estadista que necesitamos o el “bleuff”” en que suelen acabar las grandilocuencias sólo gesticulantes de los malos oradores. Además del peligro del ridículo de caer en los mismos que en los otros se censuran.

El flamante Sr. Presidente, al ver cumplido el sueño ansioso de tomar el poder, comenzó nombrando un gobierno bonito y prometedor…. Y uno de los primeros pasos fue recibir “bajo palio” a los emigantes del “Aquarius”, vendiendo solidaridad y amor al prójimo como ni en el Evangelio se vendiera. Brillante y ejemplar!!!
Cogerse el “Falcon” oficial e irse a Benicasim a un concierto de rock con la excusa de llenar su agenda cultural pudo ser muy buen unas de las primeras “libertades” que se tomó poco después. La excusa era pR convencer a cualquiera: “agenda cultural” del Sr. Presidente. Es lo menos, simpatizar con la cultura…

Y ¿qué paso?
Que ayer mismo, cuando –en aras de aquella “transparencia” que tanto predicara con palabras limpias –el buen lenguaje que no falte nunca-, tras ser interpelado para dar explicaciones en el Congreso, se decreta “secreto de Estado” lo del dichoso “Faslcon”para evitase dar las explicaciones obligadas, no sólo a la oposición, sino al pueblo, que tiene derecho a saber lo que hacen sus representantes con sus dineros, los dineros de pueblo, claro!.
De ayer mismo también es lo otro. Cuando, nada menos que en el homenaje a las vóctimas de los atentados del 17-A en Cambrills, el “molt onorable” Quin Torra Plá –presidente nada menos que de la Generalitat de Cataluña- inculcaba a su “tropa”, en voz alta y tono categórico, “atacar” al Estado español (cosa que no ha dejado de hacer desde su atalaya oficial), la Sra. vice-presidenta del gabinete “bonito y prometedor”, en otro prodigio de buen hablar y buen hacer, se sale por “peteneras” y dice que –hombre!- la frase no está bien, pero que son palabras y que, como las palabras vuelan y se las lleva el viento, es cosa de poca monta y hacen falta “hechos jurídicos” (sic), para darle importancia y tomarlo en serio. Y el Sr. Torra Pla –a todo esto- a seguir marcando el paso y tan ufano de haber llamado a los “españoles”, no hace mucho, “bestias carroñeras con forma de hombre” y otras lindezas de su particular repertorio.

Y eso si, “erre que erre” con el desentierre de los huesos de Franco pese a la recomendación del veterano y mucho más pragmático Alfonso Guerra, de que se dejase ya de boxear con estos huesos. Lo va a llevar al consejo de ministros del viernes próximo…. Sigue “erre que e4rre” y parece que lo va a llevar al consejo de ministros del viernes próximo para catalogar como “cuestión de Estado” o asunto de urgente necesidad lo que sólo es, en la jerarquía de lo que más a España importa hoy –el paro, las pensiones, las insolencias separatistas….- un gesto más….

Eso sí, aupado al ansiado poder por los votos de tan insolentes como falsos aliados, es posible que el Sr. Presidente abrigue la esperanza de que –con ese diálogo que no es diálogo, en que se refugia para justificar las carantoñas- de lograr la conversión de los Torra, Puigdemont y cía., en fervientes patriotas del Estado español. “Cosas veredes” –que ya se decía en España antes de Cervantes...

Con todo esto –y lo digo con el mayor respeto –el que promete Crespo, alcalde de Zalamea la Real, en la conocida escena de su obra del mismo nombre-, aquel gobierno “bonito y prometedor” va mostrando su elevada talla en gestos y su bajo perfil en obras de buen gobernar, en aquello precisamente en que más n ecesuta y quiere el pueblo español y no aquellos que le auparon al poder dde esa manera…

Por eso, era conveniente…..
Para que las obras y no los gestos fueran –como lo están siendo hasta el momento- lo que caracteriza a este gobierno, inmensamente legal, pero en nada legítimo por el único aval serio en una democracia de verdad y no morbosa: el paso por las urnas a fin de hacer cuan to antes legítimo lo que ya es legal

Era conveniente….
Es posible que las encuestas sigan viento en popa y a favor. Es posible…. De todos modos, como suele decir otro de mis sobrinos cuando jugamos al tute, “oro bajo y a esperar”, a seguir esperando gobernanza y no gestos ni brindis al tendido solamente.

Era conveniente…. Para que quienes se fían poco de las encuestas –que, por mucho que se diga, no son prueba- anden atentos por si no fuera oro todo lo que reluce.

S. P. O.


Evocando el desierto, un rayo de luz -21-VIII-2018

21.08.18 | 17:42. Archivado en Acerca del autor

El convento de San Miguel de las Dueñas celebra hoy el día de su santo patrono, Bernardo de Claraval.
Las veintiuna religiosas que aún visten el hábito blanco y la toca negra en el recinto; que aún rezan a Dios por ti y por mí cada mañana, tarde y noche; que aún no han perdido la sonrisa ni cuando truena o diluvia, ni el aura de verdad que llevan consigo al andar, ni el gusto cuando se ayudan a vivir haciendo sus pastas sin pizca de contrabando y que son para mí las mejores que conozco, se sientan en los primeros bancos de la grandiosa iglesia del monasterio.
Agustín, párroco de Noceda y encargado espiritual de otros siete u ocho pueblos, solemniza la misa y predica.

Ante aquellas tocas negras sobre fondo blanco; en un convento en el que, no hace tanto, eran sesenta o más las monjas; con presencia de unos cuantos fieles, gente mayor casi todos, más mujeres que hombres como suele suceder en las iglesias, Agustín evoca el “desierto”.
Al aire de la primera lectura de la liturgia, evoca al profeta Elías, descorazonado, vacilante, con ganas de morirse y a punto de desfallecer, que se siente vapuleado por la adversidad y como dejado de la mano de Dios. Y a Dios lo evoca también restaurando sus fuerzas y animándole a seguir caminando, cosa que el profeta hace obedeciendo la consigna de Dios que le habla por su ángel.
Agustín evoca el desierto siguiendo –con imágenes de ahora- las angustias del antiguo profeta…
- Iglesias medio vacías y caso sólo llenas de personas mayores, con ausencia casi total de jóvenes…
- Conventos reducidos a una mínima expresión, faltos de vocaciones y muchos de ellos a extinguir…
- Curas, cada vez menos, renqueando casi todos y ya sin poder dar abasto a obligaciones multiplicadas por la falta casi total de vocaciones…
- Dios, echado a patadas de una sociedad autosuficiente y auto-referencial, y quemando –la sola palabra “Dios” parece quemarles- en los labios de políticos y hombres públicos….
- Y la religión –la católica sobre todo- invitada a que se meta en las sacristías –a veces ni eso- y deje de hablar de leyes injustas, de caminos equivocados o de callejones sin salida…

Agustín, tras evocar el desierto y siguiendo la pista del profeta, se empeña, como debe ser, en mostrar al “Dios que nunca muere y, si muere, resucita”, como refiere la copla vulgar, que, sin ser tal vez muy teológica, es sí suficientemente expresiva-, trata de levantar el ánimo a las monjas; y pinta un rayo de luz al final del túnel: Elías -con la ayuda de Dios- retoma fuerzas y sigue caminando hasta salirse del desierto y remontar el mal momento. Un rayo de luz que, cuando Dios anda por medio, es un rayo de esperanza sin par.
Al finalizar la misa, felicito a Agustín por su certero evocar el desierto y trasladarlo fielmente a la hora presente de la Iglesia de Cristo… Aunque le dije también que yo no vislumbraba tan rápido ni veia tan cerca el retorno de Dios….
Y comentaba eso mismo, poco más tarde, con otro amigo, seglar esta vez y de los que no tienen rebozo alguno en mentar a Dios cuando se tercia.

No basta –creo- con rezar limitándose a extender la mano hacia Dios para que Dios la llene.
Para que nos mande vocaciones o para que los jóvenes se percaten de que Dios no estorba en sus vidas ni recorta más de lo debido las ansias de libertad.
Para que nos libere de esta “cultura de medios” e inmediateces y no de fines ni de “postrimerías”, como señalaba ya el Ortega joven al otear el panorama –ya entonces- oscuro de nuestra sociedad (cfr. El Espectador, Perspectiva y verdad).

Rezar a Dios creo que es, no tanto levantar los ojos a Dios, extender hacia Él las manos, como recabar de Dios ánimo, fuerzas y valentías, decisión para “mojarse” y no limitarse a “verlas venir” en las cosas que a Dios más atañen. Cuando la sola palabra “Dios” parece quemar en los labios del hombre –y no sólo de los políticos-, no basta con las manos de los que en Él creen alzadas a lo más alto. Es menester –he de insistir- “mojarse” y esto es decidir liberarse de complicidades y de complejos tontos.
La anécdota de san Bernardo es gráfica y elocuente. Aquel arriero de Provenza, con su carro atascado en el lodazal, viendo de lejos venir hacia él al monje Bernardo, con fama ya de milagrero, se frota las manos y, cuando llega a su altura, le pide que rece a Dios para que se desatasque su carro. Se dice que el santo, mirándole fijamente, le repuso de este modo. Bien. Yo rezaré a Dios, pero ti, entre tanto, mete el ho0bro y empuja todo lo que puedas…. El carro se desagtascó y el arriero lo creyó milagro.

La homilía de Agustín me gustó y no porque fuera una pieza magistral de oratoria como por aterrizar en estos tiempos líquidos y por emplear las palabras en el sentido de las agujas de reloj; hacia adelante.

Para los que a Dios lo tienen como una rémora para la libertad o el progreso y desarrollo de hombre, pero no rehúsan doblar la rodilla ante sus iconos o los ídolos que uno mismo se construye, la muy atinada frase de Chateaubriand cuando afirma, en las Memorias de ultratumba (III, II, 5, 25) que Dios y la religión son el único poder ante el que doblar la rodilla no envilece.
Y para no renegar de la esperanza, ni en tiempos de fuegos fatuos o artificiales y quedar a bien con el rayo de luz que Agustín deja hoy prendido sobre las tocas de estas 21 monjas cistercienses, valga la rima de un empedernido buscador de Dios, que fue Antonio Machado, y amigo de la esperanza hasta contra pronóstico, como muestra en esta letrilla:
“Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digne usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones,
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán venerables y católicas”.

Por si alguien no lo sabe, Antonio Machado murió en Colliure (sur de Francia), exilado y siempre con los ojos vueltos a la España que supo hacer su historia, con las mimbres auténticas de sus virtudes y sus defectos, sin farsas, falsedades ni complejos.

El “desierto” puede tener un rayo de luz al final de sus caldeadas arenas. Yo lo veo posible pero improbable a corto plazo, como no sea volcando pronto y bien el consejo de San Bernardo al arriero de la Provenza en ese refrán castellano tan socorrido como poco seguido: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Sólo así.

Como quiera que sea, felicidades a las monjas de mi pueblo que, aún siendo tan pocas, no han perdido la sonrisa ni la fe en Dios ni el modo de hacer sus pastas finas.
Me voy a leer –acabo de verla anunciada- la carta del papa Francisco al mundo pidiendo perdón por la “vergüenza” de Pensilvania. Como “pedir perdón” no es cosa de hombres, sino de muy hombres, sigue valiendo lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Evocando el desierto, un rayo de luz -21-VIII-2018

21.08.18 | 17:41. Archivado en Acerca del autor

El convento de San Miguel de las Dueñas celebra hoy el día de su santo patrono, Bernardo de Claraval.
Las veintiuna religiosas que aún visten el hábito blanco y la toca negra en el recinto; que aún rezan a Dios por ti y por mí cada mañana, tarde y noche; que aún no han perdido la sonrisa ni cuando truena o diluvia, ni el aura de verdad que llevan consigo al andar, ni el gusto cuando se ayudan a vivir haciendo sus pastas sin pizca de contrabando y que son para mí las mejores que conozco, se sientan en los primeros bancos de la grandiosa iglesia del monasterio.
Agustín, párroco de Noceda y encargado espiritual de otros siete u ocho pueblos, solemniza la misa y predica.

Ante aquellas tocas negras sobre fondo blanco; en un convento en el que, no hace tanto, eran sesenta o más las monjas; con presencia de unos cuantos fieles, gente mayor casi todos, más mujeres que hombres como suele suceder en las iglesias, Agustín evoca el “desierto”.
Al aire de la primera lectura de la liturgia, evoca al profeta Elías, descorazonado, vacilante, con ganas de morirse y a punto de desfallecer, que se siente vapuleado por la adversidad y como dejado de la mano de Dios. Y a Dios lo evoca también restaurando sus fuerzas y animándole a seguir caminando, cosa que el profeta hace obedeciendo la consigna de Dios que le habla por su ángel.
Agustín evoca el desierto siguiendo –con imágenes de ahora- las angustias del antiguo profeta…
- Iglesias medio vacías y caso sólo llenas de personas mayores, con ausencia casi total de jóvenes…
- Conventos reducidos a una mínima expresión, faltos de vocaciones y muchos de ellos a extinguir…
- Curas, cada vez menos, renqueando casi todos y ya sin poder dar abasto a obligaciones multiplicadas por la falta casi total de vocaciones…
- Dios, echado a patadas de una sociedad autosuficiente y auto-referencial, y quemando –la sola palabra “Dios” parece quemarles- en los labios de políticos y hombres públicos….
- Y la religión –la católica sobre todo- invitada a que se meta en las sacristías –a veces ni eso- y deje de hablar de leyes injustas, de caminos equivocados o de callejones sin salida…

Agustín, tras evocar el desierto y siguiendo la pista del profeta, se empeña, como debe ser, en mostrar al “Dios que nunca muere y, si muere, resucita”, como refiere la copla vulgar, que, sin ser tal vez muy teológica, es sí suficientemente expresiva-, trata de levantar el ánimo a las monjas; y pinta un rayo de luz al final del túnel: Elías -con la ayuda de Dios- retoma fuerzas y sigue caminando hasta salirse del desierto y remontar el mal momento. Un rayo de luz que, cuando Dios anda por medio, es un rayo de esperanza sin par.
Al finalizar la misa, felicito a Agustín por su certero evocar el desierto y trasladarlo fielmente a la hora presente de la Iglesia de Cristo… Aunque le dije también que yo no vislumbraba tan rápido ni veia tan cerca el retorno de Dios….
Y comentaba eso mismo, poco más tarde, con otro amigo, seglar esta vez y de los que no tienen rebozo alguno en mentar a Dios cuando se tercia.

No basta –creo- con rezar limitándose a extender la mano hacia Dios para que Dios la llene.
Para que nos mande vocaciones o para que los jóvenes se percaten de que Dios no estorba en sus vidas ni recorta más de lo debido las ansias de libertad.
Para que nos libere de esta “cultura de medios” e inmediateces y no de fines ni de “postrimerías”, como señalaba ya el Ortega joven al otear el panorama –ya entonces- oscuro de nuestra sociedad (cfr. El Espectador, Perspectiva y verdad).

Rezar a Dios creo que es, no tanto levantar los ojos a Dios, extender hacia Él las manos, como recabar de Dios ánimo, fuerzas y valentías, decisión para “mojarse” y no limitarse a “verlas venir” en las cosas que a Dios más atañen. Cuando la sola palabra “Dios” parece quemar en los labios del hombre –y no sólo de los políticos-, no basta con las manos de los que en Él creen alzadas a lo más alto. Es menester –he de insistir- “mojarse” y esto es decidir liberarse de complicidades y de complejos tontos.
La anécdota de san Bernardo es gráfica y elocuente. Aquel arriero de Provenza, con su carro atascado en el lodazal, viendo de lejos venir hacia él al monje Bernardo, con fama ya de milagrero, se frota las manos y, cuando llega a su altura, le pide que rece a Dios para que se desatasque su carro. Se dice que el santo, mirándole fijamente, le repuso de este modo. Bien. Yo rezaré a Dios, pero ti, entre tanto, mete el ho0bro y empuja todo lo que puedas…. El carro se desagtascó y el arriero lo creyó milagro.

La homilía de Agustín me gustó y no porque fuera una pieza magistral de oratoria como por aterrizar en estos tiempos líquidos y por emplear las palabras en el sentido de las agujas de reloj; hacia adelante.

Para los que a Dios lo tienen como una rémora para la libertad o el progreso y desarrollo de hombre, pero no rehúsan doblar la rodilla ante sus iconos o los ídolos que uno mismo se construye, la muy atinada frase de Chateaubriand cuando afirma, en las Memorias de ultratumba (III, II, 5, 25) que Dios y la religión son el único poder ante el que doblar la rodilla no envilece.
Y para no renegar de la esperanza, ni en tiempos de fuegos fatuos o artificiales y quedar a bien con el rayo de luz que Agustín deja hoy prendido sobre las tocas de estas 21 monjas cistercienses, valga la rima de un empedernido buscador de Dios, que fue Antonio Machado, y amigo de la esperanza hasta contra pronóstico, como muestra en esta letrilla:
“Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digne usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones,
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán venerables y católicas”.

Por si alguien no lo sabe, Antonio Machado murió en Colliure (sur de Francia), exilado y siempre con los ojos vueltos a la España que supo hacer su historia, con las mimbres auténticas de sus virtudes y sus defectos, sin farsas, falsedades ni complejos.

El “desierto” puede tener un rayo de luz al final de sus caldeadas arenas. Yo lo veo posible pero improbable a corto plazo, como no sea volcando pronto y bien el consejo de San Bernardo al arriero de la Provenza en ese refrán castellano tan socorrido como poco seguido: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Sólo así.

Como quiera que sea, felicidades a las monjas de mi pueblo que, aún siendo tan pocas, no han perdido la sonrisa ni la fe en Dios ni el modo de hacer sus pastas finas.
Me voy a leer –acabo de verla anunciada- la carta del papa Francisco al mundo pidiendo perdón por la “vergüenza” de Pensilvania. Como “pedir perdón” no es cosa de hombres, sino de muy hombres, sigue valiendo lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Descargo de conciencia 18-VIII-2018

19.08.18 | 17:59. Archivado en Acerca del autor

Amigos.
Si recordáis, el 6 de julio pasado, con ocasión del Día llamado del “Orgullo gay”, mis reflexiones -con mi Punto de vista particular sobre el llamativo evento- llevaban este rótulo: Orgullo gay y otros orgullos. Al cerrar el ensayo, escribí esta frase: “Pronto me voy a ver en un evento así, de un familiar próximo. Iré a la ceremonia civil. Respetando su libertad y su decisión de persona adulta, es posible que incluso le aplauda discretamente por cortesía y afecto, y también por devoción a la libertad de las conciencias.

Hoy, al venirme –ya tarde- de dicha ceremonia civil, completo mis apuntes del ensayo anterior haciéndoos llegar –a la letra- las palabras que dije a los asistentes, con ocasión de la ceremonia.
Al hacerlo así, cumplo un deber de lealtad; conmigo mismo ante todo, pero no menos con mis familiares y amigos. Con la Iglesia y con Dios, creo que también. Y por esto, sobre todo, lo hago.

Respeto y libertad

Hace tiempo, Rafa –mi sobrino-, entre azorado y temeroso, me anunció su boda con Mark. Y me preguntó si asistiría. Cuando le dije –sin dudarlo siquiera- que lo haría, añadió que le gustaría que dijera unas palabras ese día. También lo prometí hacerlo.
He cumplido mi promesa de estar en la boda –digo boda y no matrimonio, por razones obvias- y ahora me dispongo a decir las prometidas palabras.

Al ponerme a pensar lo que iba a decir, confieso haberme sentido como en la piel de Lope de Vega, cuando le pidieron que compusiera su primer soneto –pieza literaria, como saben todos, nada fácil de hacer. La sinceridad del poeta se hizo ya prodigio de ingenio al enhebrar la primera estrofa: “Un soneto me manda hacer Violante y en mi vida me he visto en tal aprieto. Catorce versos dicen que es soneto; burba burlando van ya tres delante…”. Pero –me pregunto- ¿en mi vida me he visto en un aprieto así? No. Realmente no.

He asistido –más de una vez y de dos- a ceremonias civiles de matrimonio y he hablado en algunas de ellas; ante el Sr. Alcalde de san Sebastián, Odón Elorza, por ejemplo; en Hernani otra vez en la boda de unos amigos que me pidieron les acompañara. Y algunas otras veces más.
No es lo mismo, dirán algunos.
Exactamente lo mismo no, aunque parecido sí.

Cuando, en 2005, el gpbierno Zapatero promulgó la ley de matrimonio de personas del mismo sexo –no sólo por tanto de los homosexuales, sino de dos hombres o dos mujeres cualesquiera- lo primero que hice fue organizar y dar un curso entero sobre la homosexualidad, para analizarla en todas las perspectivas posibles. Y más de una vez he repetido una frase que, si para algunos ha podido sonar a provocadora, a mí me parece del todo normal: “Los homosexuales también son hjjos de Dios”.
Dos o tres años más tarde, la Fundación Valdedios de Asturias me invitó a un debate con el catedrático de Derecho Constitucional de la universidad de Oviedo: sobre la invocación del derecho a la objeción de conciencia –ante estas celebraciones- por parte de alcaldes y concejales. Defendí allí que este derecho es perfectamente aplicable a toda ley que se considere en conflicto con la conciencia de uno; que la objeción a la ley por motivos de conciencia es derecho de la persona individua, pero no del cargo que la persona ocupa; y que –por el cargo- esa persona está obligada a cumplir las leyes o a dimitir del cargo si no encontrara otro –concejal, por ejemplo- para sustituirle.

Quiero decir con esto que no me asustan -porque no me han asustado nunca- los “miuras”. Al contrario, creo que, toreando “miuras” y no “cabestros”, es como se engancha uno con el buen toreo y pasa de largo del toreo de salón.

Estoy por tanto aquí y voy a decir a mi sobrino y a Mark dos o tres cosas con motivo de la boda, con brevedad porque no es ocasión, ni de discursos ni de homilías. Nada de eso viene a cuento en este momento.

He de decir ante todo que –a parte de por el cariño a mi sobrino- estoy aquí con naturalidad y sin complejos, sin sentirme fuera de lugar; y que la palabra que va a entreverar de lleno mi relato se llama “respeto”. Respeto de doble cuño: por un lado, respeto a lla libertad del “otro”, quienquiera que sea; y, por el otro, respeto a la ley.
La libertad de pensamiento y de conciencia es –para mí como para casi todos- la primera de las libertades y la que cimenta algunos de los derechos más fundamentales del hombre; entre ellos, el de libertad religiosa o, a “sensu contrario”, la de ser ateo, indiferente o agnóstico.
Y el respeto a las leyes, en su calidad suprema de garantía irrecusable de la vida del hombre en sociedad. “Nos hacemos servidores de las leyes para poder ser libres”, dijo ya aquel tribuno romano llamado Cicerón en su tratado sobre las leyes. Es cierpo que restan libertad las leyes, pero sin leyes –justas y las justas- no se puede hablar de libertad en ninguna sociedad.

Ser respetuoso con la conciencia de los otros, como ser respetuoso con la ley, es perfectamente cristiano; sin que ello quiera decir, naturalmente, que el ”respeto” o ser respetuoso equivalga a tragarse vivas las cosas, o sea, sin cocerlas. guisarlas y masticarlas bien antes.
Y pienso que el respeto ha de ponerse por encima de ideas, conveniencias y oportunismos. He procurado, no sé si lo he conseguido siempre, hacerlo regla de vida. Respeto, sin prejuicios ni distingos.

De mis jugosas anécdotas donostiarras, recuerdo aquel día, en que Luisito Alday, abogado, me llamó la atención porque –estando yo a la máquina de escribir las declaraciones-,el otro abogado -socialista y buen amigo también, Fernando Múgica-, se sentara en mi silla de juez. Me limité a contestarle: No te preocupes; no creo que me contagie que Fernando se siente en mi sillón. Al poco tiempo, Fernando Múgica me pidió que le bautizara a su primer nieto. Y lo hice con mucho gusto. A los dos días del bautizo, un canalla de la Eta le daba dos tiros en la calle de San Martín de Donosti. Me ofrecí a celebrar su funeral, aunque ante mí alardeara muchas veces de agnóstico. Fui su amigo y me honra haberlo sido.

Dicho lo cual, que creo suficiente, lo que me queda por decir es sólo esto. Enhorabuena y mucha suerte.
Disculpen ustedes.

SANTIAGO PANIZO (18-VIII- 2018)


Las "divinas" izqierdas 10-VIII-2018

19.08.18 | 17:54. Archivado en Acerca del autor

Para prologar mi libro Los católicos y las izquierdas (2.010), compuse un Preludio de casi 70 páginas, de basamento y peana a una larga serie de ensayos breves, publicados –para entonces- en la revista católica, del obispado de Astorga, Día Siete.
En ellos, me afanaba –medio en broma, medio en serio- por doblar uno de los tantos apriorismos que, obedeciendo a impulsos o malicias más que a razones, se embarcara en el empeño, desde siglos atrás, de hacer creer que la “religión” y las “izquierdas” han de ser enemigos.
Esta especie de mito profano gestó y dio curso de buena ley a un auténtico imperativo categórico, al que se acogen algunos -quizá bastantes- sin más razón que la de halagar unas fobias o unas filias, hasta identificar la enemiga a la religión con las esencias de las “izquierdas”.
Y como yo esto no me lo creo, consideré un deber decirlo.

Es obra de catarsis e higiene social desmitificar falsedades o desmesuras, y más si fueran rancias y retrógradas, impropias de una modernidad liberal y sobre todo justa.
Hace tiempo ya –de la mano de una antropología social científicamente solvente- se fue poco a poco quebrando la idea de que la dimensión religiosa sea en el hombre o en la sociedad formada por hombres un cuerpo extraño; o que sea en un sder humano unan dimensión menos específica o representativa que otras por honorables, como la de “sapiens”, “faber” o “ludens”. Individual y socialmente, el ser humano tiene derecho a ser respetado en esta dimensión radical y noble de su personalidad; y proclamarlo y defenderlo, además de justo, me parece tarea de positivo desarrollo social, y por supuesto de buen talante democrático.

Esta patraña de siglos –valga la palabra “patraña” para signar el evento-, que aún respira hondo en estos tiempos, en que lo peor y también lo mejor tienen asiento- es rancia y obsoleta; tanto que –como dice uno de mis amigos de izquierdas y ferviente católico sin embargo- no merece otra calificación que la de insulto a la inteligencia y al buen sentido; y denunciarla es dar un claro y rotundo mentís, además, a esa lacra del saber moderno cuando proclama –llena de suficiencia- que la verdad está más en el gusto y capricho de sujeto que piensa que en la realidad de la cosa pensada.

En esa Prolusión, motejaba las “Izquierdas” de ideario político aventado en el s. XVIII por la Revolución francesa, que toma nombre de un dato espacial más que sustancial: los jacobinos-revolucionarios –en la asamblea constituyente- se sentaron a la izquierda del hemiciclo, mientras los monárquicos y conservadores lo hacían a su derecha. Lo que viene a decir –hablando en plata- que, en lo de la nomenclatura bifronte que desde entonces corta en dos el arco del pensamiento y del quehacer políticos, las posaderas y las ideas se las arreglaron para mirarse de reojo y marcar las distancias.
A más de esto, valdría la pena cuestionarse si los “valores” que, desde aquello, patentó para sí la “izquierda” como suyos y propios –la “fraternidad”, la dignidad humana, la igualdad radical de los hombres, la separación sin guerra de lo profano y lo sagrado, el culto a la moral y a la ética antes que a los intereses, y tantas otras cosas más- los inventó la Revolución francesa, o –más tarde- el socialismo, el comunismo o la Carta de las Naciones Unidas. Esos valores y más ¿no están ya en el Evangelio de Jesús?

El que mis reflexiones lleven hoy este rótulo de “Las divinas izquierdas” no me viene realmente de rememorar aquella Prolusión, en cuya conclusión me vuelvo a confirmar: que ser de izquierdas o ser de derechas –cuando no se convierte, como anota Ortega en el Prólogo para los Franceses, de su obra La rebelión de las masas-, en una de las infinitas maneras que los hombres tienen para elegir ser “imbéciles” –pienso sólo en el sentido etimológico del adjetivo que usa Ortega- no es ni puede catalogarse como credencial infalible de ser hombre religioso, ateo o agnóstico o de ser anticlerical. Nunca serán magnitudes correlativas.
Que a la nomenclatura “derechas/izquierdas” se le haya pegado –en la historia del pensamiento- ese perfil antirreligioso o ajeno a la religión es más –creo yo- un aditivo malicioso que un componente de razón. La historia de estos siglos es buen argumento de ello, si pensamos que la historia no son los historiadores que la escriben o redactan, sino los hechos al brindarse para ser transcritos tal como son, sin amaños, inventos e imposturas.

La incitación inmediata me viene de un hecho de estos días pasados: la acogida ferviente del “Aquarius” en Valencia por una “izquierda” por el momento ávida más de gestos y gesticulaciones que de contribuciones reales al bien común o de todos por igual y lo que ha sido la posterior deriva de tal suceso.
Y es que, de buenas a primeras, el “color de rosas” de la imagen de una “izquierda” solidaria y altruista se trueca en “hiel de insulto” al llamar “racista” al dirigente de la “derecha” que avisa de que no puede haber “papeles para todos”; con la particularidad sonora, complementaria, de que cuando, a los días, es la “izquierda” quien dice lo mismo de otro modo y el “ceolor de rosa” se destiñe, lo de los otros sigue siendo “racismo”, pero lo suyo, nada más que el flujo natural y lógico del cambio de las circunstancias.
De hecho, la idea con que ese doble juego de “la izquierda” se jaleaba este día en algunos “medios” era esta: si la “derecha” dice racionalmente que no son posibles los “papeles para todos” es “racismo”, ¿por qué razón eso mismo, dicho de otro modo, a los dos días, por la “izquierda”, no lo ha de ser también?. Y, si no es “racismo” lo suyo, con qué cara se atreve a censurarlo –con insultos incluso, porque llamar racista” es un insulto-, si es dicho por cualquiera que no sea la “izquierda”?. ¿Será que el “doble juego”, a sus ojos, no basta para malparar su honradez ni mella su aura “divina” de solidaridad y la creencia de estar por encima del bien y del mal?.

Este doble juego, que no es de ahora, ni del momento presente, y su contraste con asignar a las “izquierdas” una especie de credencial innata de honradez, moralidad y asepsia –por principio y sin necesidad de pruebas- es lo que me ha sugerido poner hoy este rótulo de “Divinas izquierdas” a mis reflexiones. Con una pregunta para centrarlas: ¿son “divinas” –realmente- las Izquierdas, o son, como todo “quisque”, un claroscuro de luces y sombras? Este es, ni más ni menos, el centro de mi reflexión de hoy.

“Divinas izquierdas”… Las preguntas siguen alzándose inquisitivas.
¿Se tratará, pues, de uno más de los “mitos” que en la historia se han construido a la medida del sujeto interesado en mitificar y no tanto a la del hombre llamado a recibir su contenido primordial en cristalización de ideales humanos paradigmáticos, positivos, potenciadores de lo “humano” mejor y más cabal? ¿Será cuento, maña o truco todo lo urdido para “divinizarlas”?
La expresión “divina izquierda” o “divine gauche”, históricamente, –en su primigenio sentido- tiene que ver con ese romanticismo –autorreferencial y nominalista- de ciertas ensoñaciones de una filosofía –la orquestada en torno a Sartre especialmente-, en unos alardes ostensiblemente marxistoides, ególatras. exagerados, cuando no falaces, de acaparar o encarnar en ella sola toda la dignidad, la honradez, la transparencia, el acierto, la moral y la ética inclusive….

El mito –ayer y hoy, porque mitos se construyen siempre- es tan humano como desmitificar los mitos falsos lo es también.
Los mitos –cuando no responden a lo que nacieron para enseñar y explicar, o se vuelven fatuos o falsos- ellos solos se caen del pedestal y se mueren sin sentido.

Calificar algo de “divino” -adjetivo exigente donde las haya- es una exageración o pantomima, si se saliera del ámbito de lo simbólico; o si no fuera obra del propio Dios. Y a las ”izquierdas” políticas –generosa y pomposamente- se las llamó “divinas” -la “divine gauche” del referido “chauvinismo” francés- seguramente por aspiraciones más que por realidades; por virtudes soñadas más que por valores democráticos o cívicos ejercidos con verdad y no tan sólo pregonados.

Los mitos, amigos, sólo son mitos cuando se quedan en idealizaciones abstractas o en simbologías paradigmáticas; es decir, cuando se quedan en puros mitos. Así mirados, los mitos son meras idealizaciones, carcasas huecas, estatuas de barro; sólo encarnados y personalizados en realidades de carne y hueso, al tomar cuerpo y forma el ideal que cristalizan, muestran al hombre caminos de vida y perviven en formas circunstanciadas. Así, por ejemplo, el mito de la Antígona de Sófocles, o el de la manzana de Eva en el paraíso o el de Prometeo encadenado a la roca Tarpeya perviven, no como mitos puros, sino como realidades circunstanciadas, históricas, verificaciones de los ideales abstractos que trataron de patentar al nacer.

Nada “político” puede ser llamado, con verdad, “divino”. Y menos, si la política, fuera un “arte” de mentir, en vez del “arte” de gobernar una sociedad. Y harían bien –creo yo- los que tan fácilmente “se divinizan”, “caerse del burro” como suele decirse y admitir lo que, brutal pero con realismo y gracia, aquel canónigo donostiarra, don Bernardo Unanue Ulacia, decía de los santos “ de pega”, esos que, siendo más o menos como todos- alardeaban de santidad y de virtudes. Riendo y con rotundidad propalaba que a “Santo que come, bebe y caga, ¡pedrada!”.

Riendo, digo yo también esto otro. No hay “divinas izquierdas”. Hay “izquierdas” que, si son respetables en su decir y obrar, serán dignas; pero no divinas. Como lo serán también, en esas mismas condiciones, las “derechas”, el “centro” o las “periferias”.

Pensemos, de todos modos, que –nunca ni en nada humano- es oro todo lo que reluce. No es un mito, pero casi...
Y pensad también, amigos, que yo no soy, ni me presto a ser, “hombre de partido”: por mi conciencia de la libertad humana. Lo aprendí reflexionando ese pequeño gran ensayo de Ortega y Gasset titulado “No ser hombre de partido”, cuya lectura os recomiendo hoy si, conmigo, habéis dudado de que una “política” pueda, con verdad, ser llamada “divina”•. Ayudemos a desmitificar también este mito falso.

SANTIAGO PAN IZO ORALLO


Noche para soñar - 13- VIII - 2018

13.08.18 | 20:06. Archivado en Acerca del autor

Noche, la pasada, de “perseidas”, de estrellas fugaces y “lágrimas de san Lorenzo”. Noche sin luna, pero radiante de mil fulgores, haciendo y bordando piruetas de luz azogada por la entera bóveda del cielo. Noche para soñar.
Cuando, al terminar el partido de fútbol celebrado en Tánger, intentaba seguir sus arabescos y cabriolas siderales, mi pensamiento se iba tras ellas con el deseo de ir más allá de sus fulgores y sospechar –aunque sólo fuera sospechar- lo mucho que ha de haber detrás de los arabescos y las cabriolas de tanta estrella.
Y el hecho de mirar al cielo en la noche oscura con esta sospecha me desataba las alas la imaginación y, aún sin pretenderlo, soñaba….

No hace muchos días, mis reflexiones fueron sobre fantasías y verdad, y marcando contrastes de los sueños y las fantasías con la realidad, entre vivir soñando y soñar despierto, remedaba la rima de A. Machado, tan sugerente y viva, de que “si vivir es bueno, es mejor soñar; y mejor que todo, madre, despertar”; con ese complemento, aún más realista y vertebrado, de que “tras el vivir y el soñar, está lo que más importa, despertar”. Como también decía que cuando la vida y conducta son guiadas por sueños y fantasías, por “improntas” y primeros impulsos, por sensaciones y voluntarismos, muchos enteros de cordura y razón emigran del horizonte humano. Claro que, para evitarlo, estaría el remedio del poeta: despertar y no quedarse en los puros fantasmas.

¿Lo recuerdan? Murió no hace mucho. Stephen Hawking, el científico tullido y en silla de ruedas , que –superando sus deficiencias y traumas- tanto hizo por las ciencias del cielo, al ser preguntado si, en sus geniales excursiones siderales, había visto a Dios, se había encontrado con Él o había observado sus huellas, respondió que no. Que no se había encontrado con Dios, ni hallado huellas suyas.
En verdad, no es necesario irse tan lejos, ni a caballo de la ciencias de los astros, para descubrir huellas de Dios. Están a tiro de piedra de nuestras ventanas. Qué digo!, las pisan nuestros pies, van con nosotros y dentro de nosotros y sólo hace falta sensibilidad humana, miradas cuidadosas al fondo insobornable que hay en todo hombre, para verlas e incluso palparlas. Es posible que el gran científico de atrofias múltiples no tuviera mucha vista para esta cosas que, por parecer tan poco a muchos, se consideran de poca monta intelectual.

Es una verdad también, de esa ley de lógica natural que abona la congruencia de las cosas, que quien no busca no encuentra. Y menos encuentra todavía quien, al buscar, reduce voluntariamente los espacios de su búsqueda.
Además, hay muchos intereses, difusos o no tan difusos, empeñados en no buscar ni encontrar a Dios. Mejor aún: hay muchos intereses –de filósofos, de políticos o hasta de gentes nimias para las que Dios pudiera ser el único patrimonio vital- volcadas en echar a Dios de la vida y de la sociedad.
¡Qué quiso ser en su auténtica verdad la filosofía moderna de la “muerte de Dios” sino un vano empeño de hacer del hombre un “dios”, o cuando menos un “ídolo” que ocupara el puesto que Dios –de una u otra forma visto en toda la historia del hombre? Cuando Nietzsche decía que “Dios ha muerto”, sus seguidores le completaban diciendo que “si Dios ha muerto, “yo soy Dios”.

Al asomarme anoche, tras el partido de fútbol, a la terraza de casa y observar luz y movimiento en al arco celeste, no me quedé preso de las cabriolas y el zigzagueo, mayor que otras noche, de las estrellas. Subí más alto y soñé. Y lo hice –cómo no!- con las mismas letrillas con que otro gran buscador de Dios, Antonio Machado, el poeta de mis amores que me hace pensar siempre que lo leo, juega a paradojas de enigmáticos sentidos, pero inteligibles y asumibles por quienes de verdad aspiran a buscar a Dios y quieren hallarlo:

- “Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñçe que ios me oía.
Después soñé que soñaba…”
- “Ayer soñé que oía
a Dios gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía
Y yo gritaba: ¡Despierta!”

Tiene, a mi ver, mucha miga este juego enigmático que pinta en sus rimas el poeta y que es el que, a diario, nos traemos los hombres y Dios; sobre todo para quien sepa leer entre las líneas de estos Cantares algo más que rima o ingenio. No se olvide que A. Machado fue, toda su vida, un incansable buscador de Dios.
Tampoco olvidemos que sólo quien busca encuentra, si se empeña en buscar, y sobre todo si no cierra los ojos a la menor brizna o huella de lo que anda buscando.

Otro gran buscador de Dios, éste –además- torturado toda su vida por problemas de fe, al pretender –orgulloso de su mente- meter a Dios entero dentro de su cabeza, el rector de la universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, nos dejó plasmada en su Diario íntimo, esa, más que portentosa, idea que ayuda a descifrar, mejor que un libro abierto, el misterio de una existencia como la suya, tan plagada de ambivalencias ante “lo divino”. ‘Cuandio rezo -es su idea- reconozco con el corazón al Dios que rechazo con la inteligencia’. Es, a mi ver, bastante más que una ocurrencia y más que una idea; es teología viva pasada por el tamiz de toda una experiencia traumática. En eso preciso de vivir la necesidad de Dios, sentida en el corazón humano, quizá más que en la mente, la voluntad o la libertad, fue sin duda Unamuno un experimentado profesor y maestro.

Si es difícil -como creo, aunque sólo sea con rudimentos de psicología en las manos- que un científico ególatra busque algo más que a sí mismo tras quemarse las cejas, apretarse los codos y puños en la mesa o la sien o calibrar dosis con las probetas de un laboratorio, no será, sin embargo, imposible ajustar la cabeza y el corazón, acompasarlo a la razón y la ciencia o la técnica para buscar y encontrar a Dios. No pocos lo han hecho y, aún hoy, no faltan quienes –a pesar de sus mentes lúcidas o sus liberales quereres- no rehúsan aceptar ese realismo tan palpable de que “el super-hombre”, o no existe, o no es el que se diviniza a sí mismo, sino el que –tras la conciencia de la patente menesterosidad humana- sabe a ciencia cierta que nadie, de tejas abajo, “lo es todo”.

Y como saben mis amigos que, desde mucho tiempo ha, soy devoto y un fervoroso declarado de Ortega y Gasset, esta vez –para seguir evocando de día la noche mágica de las “estrellas fugaces”- me voy a releer con calma, su espectacular ensayo titulado Dios a la vista. Tampoco fue Ortega un “meapilas”, como nunca fue ni “anti” ni malsano con la religión, aunque mantuviera reservas ante algunos jactanciosos de practicarla. Y en cuanto a él –pienso yo-, a pesar de su orgulloso y vano empeño por meterse a Dios entero dentro de su cabeza, aunque fuera la suya una cabeza privilegiada, de haber observado anoche el baile de las “perseidas”, hubiera ido seguramente más allá de los giros y los guiños azogados de la luz; y, aunque no fuera adicto al “Dios cristiano”, que es el del Evangelio de Jesús, no hubiera confesado tan rotundo como Hawking haber cabalgado por los espacios siderales sin haber observado ni rastro de Dios.
Poca vista pudo ser lo de Hawking. La tuvo mejor, aunque no fuera plena sino más bien táctica o egoísta el ateo Voltaire cuando escribió a un amigo que “si no hubiera Dios habría que inventar uno”, o cuando mostró el deseo de que sus criados fueran creyentes porque de ese modo le robarían menos y le atenderían mejor.

A mí, personalmente, en baile de ayer de las “estrellas” fugaces me ayudó a soñar en la noche y a enhebrar estas reflexiones la mañana siguiente.
Iluso? Crédulo? Papanatas? No lo creo. Pero usted es muy libre para creerlo.

Noche para soñar la de ayer: Dios a la vista otra vez.

SANTIAGO PANIZO ORALLOO

FLASH VIVO
AL AIRE DE MIS REFLEXIONES Y PUNTOS DE VISTA.

He de confesar -a los que me lean- que yo no escribo para polemizar con nadie.
Escribo sólo para decir lo que pienso, por si a alguien le pudiera servir de algo; procurando -en lo que pudiere- razonarlo a mi modo; es decir, en la medida de mis posibilidades.
No me cuido excesivamente de réplicas, salvo que me ayuden a pensar mejor, y, menos aún, de “boutades” o extravagancias. Y en todo caso, según a quién y en qué. Nunca es una tontería reservarse el llamado “derecho de admisión”.

La libertad –aunque no lo dijera como lo dice Cervantes en El Quijote es, sin duda, “un don del cielo”

S.P.O


La "marca España" somos tú y yo - 10-VIII-2018

12.08.18 | 16:37. Archivado en Acerca del autor

“Oyendo hablar un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol
Si alaba Inglaterra, será inglés
Si reniega de Prusia, es un francés
y si habla mal de España... es español.

- - - - -
La “baja autoestima” de los españoles es noticia estos días y, en un primer momento, objeto de comentarios –no siempre benevolentes y sobre todo ecuánimes- en los foros y mentideros del país.

Al parecer de una reciente estadística, España y los españoles somos uno de los colectivos con la más baja autoestima del continente. Que nos tenemos en menos de lo que somos; que nos va bien un discreto masoquismo y disfrutamos poniendo cara de bobos o pánfilos ante cualquier demostración de los extraños por vulgar o cretina que fuere; que “lo nuestro” -a fuerza de repetírse nos lo hemos creído-, por bueno que sea o parezca, siempre será menos que “lo de fuera”.
Parece como si –al asomarnos al exterior- nos invadieran los complejos y tuviéramos envidia de la flema de los ingleses, de la estólida cordura de los alemanes, o del modo como estornudan los lapones o los suecos, que, por cierto, en nada se diferencia del modo hispano de estornudar. Como si lo nuestro –nuestros ríos y montañas, nuestro sol y nuestra vida, nuestros literatos e inventores, nuestras catedrales y castillos, nuestros descubrimientos y gestas- fuera nada o muy poco al lado de lo que otros pueblos son y tienen.

¿No es cierto que algo de verdad hay en este “cliché” que de nosotros mismos tenemos, cuando nos comparamos con los de fuera, sobre todo si son europeos o americanos del norte?
¿No es verdad que esta “baja auto-estima” contribuye a que los demás se envalentonen y nos miren por encima del hombro como si en muchas cosas ellos no fueran tanto o más pigmeos o cretinos que nosotros?
Esos complejos ¿no nos inducen estúpidamente a una especie de fatalismo senequista, de aceptar -resignados- que nos tengan por lo que no somos?

Pero como no es cosa, ni de predicar “cruzadas” redentoras, ni de evocar más de la cuenta la serie de los posibles complejos adheridos a nuestra famosa “piel de toro”; y como tampoco se trata de hacer panegíricos alocados a nuestras virtudes y potenciales –quitando algo de aire a la fuerza de la estadística en cuestión-, tres o cuatro ideas pueden ser suficientes para reflexionar un poco sobre este síndrome, que puede muy bien ser considerado uno de nuestros varios “demonios nacionales”, que nos tientan y nos vencen, sin tomar en cuenta que, a otros, les tientan y vencen los suyos propios.

Esta historia nos viene de lejos y posiblemente debamos rebobinarla para sazonarla con razones y no con emociones o vísceras. Anotemos, de todos modos, al comenzar que, cuando se habla de España y de los españoles, hay que andarse con cuidado para no dejarse llevar ni de un entusiasmo triunfal ni de un derrotismo estéril. El justo equilibrio estará, como siempre, en ese “término medio” que, desde Aristóteles, se viene predicando por la filosofía. Tan malo es el pecado de “creerse” más que los otros que el de tenerse por nada o poco más.

Que España y los españoles hemos hecho grandes cosas en la historia del mundo es archisabido.
Que España y los españoles, en esa misma historia, hemos sido objeto predilecto de envidia por quienes no eran Imperio entonces; ni habían descubierto nuevos mundos; ni llevado a las Américas lo mejor de sí mismos –con algunas cosas menos santas y algunos errores que no eran -ppr otra parte- nuestros en exclusiva,- también se me antoja claro.
Como no lo es menos que esa ”envidia” -que, como toda la envidia, tiene la faz lívida, es atrabiliaria y ni come ni deja comer- cayera en Leyenda Negra al ser orquestada por tantos; por la “doble personalidad” del obispo de Chiapas, elogiado más de la cuenta y razón, por nuestros perseguidores; por los afligidos –allende nuestras fronteras- con la verdad insigne de que “en España” nunca se pusiera el sol”.
Tan insana y falsaria “leyenda” no fue tanto cosa nuestra –solo en parte lo ha sido-, como de toda una “tropa” de conjurados resentidos y envidiosos – y de toda laya y fuste: franceses, ingleses, flamencos y valones, protestantes y el largo etcétera de todos los que, ayer y hoy, desde hace siglos, se encargaron, con saña siempre y a veces con harta malicia y falsedad, de tender, en torno a España y los españoles, una implacable, tupida y abusiva, en casi todo, estela de negra sombra, que, a más de opacar nuestra fisonomía, nos ha cerrado parte de los caminos por donde teníamos derecho a ir.
Aceptarlo por nuestra parte es, o hacer el juego a los que nos odian y nos dedican sus resentimientos, o dar el “visto bueno” a unos complejos, que no hay razón alguna para tener.

Que tenemos defectos, ¡quién lo duda!!! ¿Es que van a tenerlos solamente los que nos denigran? Entre otras cosas, somos locuaces más de la cuenta; fanfarrones a veces; pícaros cuando se tercia. Es verdad.
Pero nuestras virtudes no son menos ni menores que nuestros vicios.
Que aprendimos a ser tolerantes, antes que nadie y mucho más que otros, tras siete siglos de convivencia forzada con otras ideas y con otras creencias. Porque no se luchó -en los siglos de Reconquista- contra la religión de los “moros”, sino contra unos invasores de nuestro territorio. Y hasta en nuestras Leyes de Partida está escrito y mandado que la fe en Dios ha de ser libre o no es fe verdadera. Y escritores de la Hispania verdadera, como el mallorquín Ramón Llull, legó a la cultura de Occidente, con ese genial librito titulado Diálogo del gentil y los tres sabios, lecciones tan magistrales de tolerancia y libertad religiosa, que debieran aprenderse –ahora-, por patriotismo al menos, algunos de nuestros laicistas, para saber distinguir bien entre –porque no lo saben- entre laicismo –que es intolerancia y totalitarismo- y laicidad, que es respeto a la conciencia y a las ideas de todos; debiendo a respetar todo eso y algo más los que nos mandan.

Es verdad, como expresa J. Marías en sus ensayos sobre “los españoles”, que, siendo fáciles en aventurar la vida por los más graves y nobles ideales, somos remisos en darla por las cosas pequeñas y cotidianas; esas en que, con las grandes y heroicas gestas, y a pesar de su menor apariencia o brillo, se radica la plena grandeza de las naciones. La baja entidad o calidad en unas u otras restaría quilates al pedigrí completo de los españoles.

Somos “cainitas” con demasiada frecuencia, como se puede ver en esa famosa estrofa de Joaquín Bartrina que preside estas reflexiones.

Siendo “largos en facellas”, somos “cortos en contallas”, tacaños en aplaudir lo nuestro y embobados ante lo que hacan, dicen o pontifican los demás. Este dichoso “plebeyismo” que resalta y censura Ortega al decir, en uno de sus ensayos magistrales –el dedicado a zaherir las democracias morbosas-, hace estragos entre nosotros y lo traduce en la frase del comienzo del ensayo: “Las cosas buenas que por el mundo acontecen tienen en España solo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna”.

En fin, creo firmemente que el “orgullo” de ser español es perfectamente parantonable al de ser inglés, francés o sueco, si no más…

Y aunque –aún ahora- gentuza como –no hace tanto- el impresentable Sr. Torra Pla nos dedique una sarta de insultos que ya nadie recuerda ni se tienen en cuenta por quienes, anhelando poltronas, no tienen inconveniente en pactar con él y sus afines, sabido y cierto es lo que el “chascarrillo” vulgar anota: que “cuando el burro se finge caballo, tarde o temprano rebuzna”. Esperemos frutos de los diálogos de sordos y veremos cosas apabullantes; eso si, muy bien vendidas.

En fin, que debiéramos ser inconformistas para no ser ilusos y no debiéramos nunca olvidar que todas las “leyendas negras” tienen dos caras como las falsas monedas: el anverso, que es la media verdad y el reverso que es la mentira completa.

Y para cerrar, esto más.
No tanto con nuestras naranjas y nuestro sol, con nuestro folklore o nuestros monumentos ha de hacerse la “Marca España”. Es ante todo con el culto a los “valores” que nos han hecho pueblo y nación –no pueblos y naciones como algunos sueñan despiertos- y que nos han ahormado a lo largo de la Historia entera de España como ha de hacerse la “Marca España”.
Sin “baja” ni “alta” estima; con la estima justa que nos libre de ser fanfarrones y nos evite ser idiotas.
Esa estima justa que parece poco y es tanto a la hora de madurar los hombres y los pueblos.
Ser “Marca España” ha de ser un honor y un reto para los españoles
Y cuando nos insulta impunemente el Sr. Torra Pla o cualquier otro necio de fuera o de dentro, el orgullo de ser español –equilibrado y serio, a pesar de las naturales sombras será un primer activo de la “Marca España”. Como lo son las medallas de oro de nuestros deportistas, la garra y tesón de Nadal o el discreto encanto de la medianía que, en esta España de hpy, se decide por hacer lo que se debe hacer: desde ser padre o madre a secas, o joven capaz de ir o nadar contra la corriente, o un cualquiera que, ante la Tv o las propagandas, no se queda en “pazguato” acrítico como nos hemos quedado durante siglos ante la Leyenda Negra.

Eso también es la “Marca España”. Tu y yo podemos ser esa “marca” y no tan sólo las naranjas de Valencia o los Toros de Guisando.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "fadha" - Entre ser "facha" y ser "farsante" 9-VIII-2018"

12.08.18 | 16:33. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "facha" - Ser "facha" y ser "farsante" - 9-VIII-2018

12.08.18 | 16:27. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "facha" - Ser "facha" y ser "farsante" - 9-VIII-2018

12.08.18 | 16:27. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Contracorrente - El criterio de "Lo malo conocido" 8-VIII-2018

08.08.18 | 20:34. Archivado en Acerca del autor

Contracorriente. El criterio de “Lo malo conocido”
Los “navajazos” –amigos- se estilan y se reparten gratis en todas partes. En las familias y hasta entre hermanos; en los pueblos y en la ciudad; incluso en la Iglesia y entre creyentes; en la política no digamos y la universidad, también. Y quizá estos últimos citados navajazos sean de los más salvajes y despiadados que se conocen. Porque los suelen propinar “gentes” que, por su preparación y condiciones, debieran tener y saber gestionar razones para ser menos sádicos o atrabiliarios. Pero no….. Parecen remedar la idea de Voltaire según la cual, a más progreso, mayores y más acerados medios a mano para destruirse o matarse entre sí los seres humanos.

Esta mañana era más de lo mismo en lo del “affaire” Casado. La inanidad del tema –para quien sepa lo que es un “master” equivalente a los antes llamados “cursos de doctorado”- roza el ridículo o, quizá mejor, las lindes de la saña y el odio la recalcitrante machaconería de los “galgueros” que azuzan a los que acosan estos días al político conservador. Se vislumbra un acoso endiablado y pertinaz, como de obsesos. Hasta por decir que, en un país civilizado y serio, no son posibles racionalmente los “papeles para todos” -y eso lo ve hasta el “tonto del pueblo” –que siempre hay uno, o justamente o aviesamente llamado así-, le han echado encima esos mismos “galgueros” el “sambenito” de “racista”. Cosa que asombra –a mí, al menos-, porque “racista” es el que odia a todo “otro” que no sea él mismo o el de su pandilla o clan; y no lo es –ni de lejos, sino todo lo contrario- el que –“amando al prójimo”, quien quiera que sea- no lo mete atropelladamente en casa, sino que, antes, se ocupa en darle la mano, la palmadita en la espalda, le quita los mocos si viene con ellos y le da jabón para que se lave las manos antes de sentarlo en la mesa; es decir, no se puede llamar “racista” el que racionaliza -como ha de ser entre seres humanos- la acogida al emigran te.
Mis amigos me entienden. Quizás los “galgueros” me llamen también “racista” o “facha”. Todos los “galgueros” de la tierra –aunque tampoco tengan capacidad sobrada para “hacer un máster”- la tienen abundante para repartir esta clase etiquetas, que suelen ells mismos, además, patentar a su gusto y medida. Merecería la pena verlos aceptando en su casa la visita, aunque sólo sea visita, de uno de estos inmigrantes, si le dan la mano y la palmadita en la espalda antes de sentarlo a la mesa, si faltaren los focos de la Tv o el coro placentero de los cronistas del lugar y de fuera Veríamos...!!!.

Desde que tengo uso de razón, creo en la “política”, pero no en los “políticos”; al menos, no creo en los “políticos” que llamaría “profesionales”, los que van a la política para “medrar” ellos..
Y no creo en “los políticos” por dos razones. La primera, porque, generalmente –como los conforma Ortega en los primeros compases de El Espectador – en Perspectiva y verdad-, son asíduos del “reino de la mentira”, al identificar la utilidad con la verdad y llamar “a la utilidad verdad”.
Y la segunda por la enseñanza y cordura de mi viejo y recordado amigo –notario francés y hombre cabal por cultura y sensatez- Carlos de Launet, que tantas veces me recordó el consejo que, de niño, ya le daba su abuelo, resabiado, como tantos, del cuento de los “políticos”: “Hijo mío; cuando hayas de votar, nunca votes a favor; vota siempre en contra”; es decir, al que menos te disguste, sea de la facción o de las ideas que fuere. Que, al fin y al cabo, como ningún politico te va a llenar o convencer del todo, echa antes tus ideas, tus criterios y conveniencias que sus ideas o ficciones.
Las dos razones me convencieron siempre. Y de hecho, nunca me presté –por decoro de la libertad- a ser “hombre de partido” También en esto, aprendí de Ortega, que aconsejaba “no ser hom bre de partido”. Sólo es cosa de libertad interior. Que me den ideas bien está y las aceptyo; pero las razones las he de poner yop. Será una manía, pero esta no me parece del todo mala.

Y por eso, además, porque la sabiduría del pueblo -esa que se da cristalizada en media docena de palabras o en recetas cortas y puntiagudas-, es casi siempre más pragmática que especular –como la Política ha de ser- me avengo a recordar, en estas reflexiones, que suele ser más y mejor “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Por qué razón? Muy sencillo; porque de “lo malo conocido” te precaves tú mismo, como del arañón que ves a la puerta de su tela; mientras que “lo bueno por conocer” puede ser lo muchas veces es un pájaro volando….

Pero, ¿a qué viene todo esto en un día como hoy, con “las calores” rebobinadas ya en “los calores”, con el R. Madrid ganando a la Roma y la Carolina Marín emulando intrépida a la no menos intrépida Agustina de Aragón o a la Monja Alférez con sus tres coronas de campeona del mundo en un deporte raro pero serio y duro?

Por instinto de conservación o afán de supervivencia. Por una reacción natural ante la desmesura y el juego sucio de los que, censurando –como hacen- todos los acosos habidos y por haber –a niños, doncellas, mujeres, y otros acosos denigrantes y bajos, hasta los hechos a los perros y lobos- no tienen inconveniente es ser ellos mismos acosadores, aunque no venga a cuento y sólo porque odian o llevan ganancias, sin dignarse siquiera mirar hacia sí mismos y ver si sus “masters”, sus “tesis doctorales”, sus “pomposos librillos” o sus gestos sin pizca de sustancia todavía merecerían –incluso con mayor énfasis o fuerza- ese mismo género de acoso.

Por cierto, me incitan hoy a tamaña reflexión dos señoras que, ante el espectáculo circense de los “galgueros” azuzando al Sr. Casado, decían a una las dos: “No pensaba votarle; pero, después de esto, sin duda lo votaré”. No mentaron lo que “lo malo conocido” que, a veces, vale más que “lo bueno por conocer”, pero se veía que iba en el fondo de sus palabras. La sabiduría del pueblo –aunque sea en forma o modo de paradoja- ¿no lleva consigo más sabor a democracia que la caza dfe los “galgueros”?

El “derecho al pataleo” –uno sin duda de los más sagrados e inviolables derechos del hombre- tiene y lleva cons¡go esta resulta: que encabrita.
Y si –además- hasta la jueza en cuestión hace cabriolas o se columpia con los indicios y las hipótesis para enredar el tema, la salida es la de las dos damas en cuestión: tomarse la justicia por la mano, lo que sólo es legítimo en estados de necesidad. Para ellas, el de este acoso lo es; Tal vez para muchos otros, también lo sea. Porque las ideas y la razón son mucho en los hombres, pero no lo son todo. Palabra que no lo son todo, al menos para mí: hasta las uñas de los pies cuentan en el hombre, y las muelas, y el riñón; sobre todo si duelen, pueden hacer que duela el alma ….

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Miércoles, 26 de septiembre

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