Entre dos luces

Notas con acento Abogados y picapleitos 13.II..2019

14.02.19 | 21:34. Archivado en Acerca del autor

“En nuestra profesión de abogados, la buena fe es innecesaria. Yo diría que es incluso nociva… Impide ver claro el interés del cliente” (Gaston Leroux. La Maison des Juges).
Tan sorprendente criterio, en quien fuera cronista judicial, además de periodista y escritor de apasionantes novelas policíacas, pudiera tolerarse si fuera un desliz o una debilidad aislada, la excepción que confirma una regla, Pero ¿es realmente una excepción? Sin afirmarlo ni negarlo, sin caer en demasías y tampoco en ingenuidades, porque las cosas son como son y no siempre como debieran ser, pensemos un poco en ello al aire de cosas que hoy mismo vemos pasar ante los ojos. Quizás, el sorprendente criterio deba mirarse como algo más que una gota de agua negra en un inmenso mar azul. Quizás…..

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Ayer mismo lo apuntaba al intuir, en el día a día de nuestro tiempo, señales de agotamiento de la capacidad de asombro. Son tan recurrentes las envites que, al paso que vamos, el asombro quedará neutralizado por el empuje descarado de la estupidez. Y cuando ni el asombro quede para indicar desacuerdo con algo, ¿cómo percibirán los hombres que se pisan líneas rojas o se camina sobre arenas movedizas, si todo es igual y nada suscita el asombro que precede a la rebeldía y al no?

Me refiero –esta vez- al sorprendente papel desarrollado ayer, ante el Tribunal Supremo de España, en la primera sesión del juicio del “procés” catalán, por los abogados de los independentistas, encausados, no por sus ideas sino por violación de las leyes en vigor. Sus modos y maneras, al parecer y visto lo visto, han sido mitinescas, aprioristas, extravagantes, falsarias, sin tocar la tierra de los hechos que han de ser, en todo juicio, la raíz, causa y razón, el objeto primordial y la única razón de su ser de tal. Irse por las ramas como han hecho; tirar balones fuera; cobrar un “pastón” sin dar un palo al agua revuelya y dejando de lado la técnica jurídica para fiar la defensa pegada del todo a la visión subjetiva del cliente, va directamente contra la misma esencia de la función letrada. Para ese papel, como suele decirse, no se necesitaban “las alforjas” de presuntas técnicas.
El método –dicho en plata- equivale a trocar el noble papel -arte incluso, si se prefiere- del abogado por el de “picapleitos”; sometiendo su esencia -cooperar al encuentro con la verdad y la recta justicia amparando al cliente sin atentar contra la razón de la justicia- a gratuitas –por no decir amorales- interpretaciones holgadas en otros apaños, pero sin base jurídica.
Comentemos un poco.
Si por abogado se ha de entender al profesional que usa de su técnica jurídica en defensa de su cliente pero sin atentar contra la justicia como digo, “picapleitos” llamo a ese mismo profesional en cuanto sea persona dada en andar en pleitos, ducha en artes mentirosas u obstruccionistas, avezada o fértil en argucias, embustes, farsas, etc., , como los viejos diccionarios de la Lengua dejan ver al buscar y dar significado a la palabreja en cuestión (cfr. Novísimo Diccionario de la Lengua Castellana, Garnier Hnos. Paris 1896, v. “picapleitos”). En todo caso y a mi ver, por la idea de “mentira” que se le asocia, “picapleitos” es matiz que deshonra, rebaja y pone a “los pies de los caballos” la noble función de defensa que integra por esencia el nobilísimo menester judicial de ayudar al encuentro con la Justicia pero no a obstaculizarlo.
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Y como estas reflexiones me vienen al paso, a modo de “flash” vivo y noticia con acento, sólo volcaré al aire alguna ulterior puntada.

- En primer lugar, líbrese el abogado de mimetizarse de tal modo con el cliente que su persona –y por tanto la defensa que haga- sea un facsímil de la querenciosa personalidad del mismo, rebosando hacia su propia personalidad la subjetiva y por tanto corta visión del cliente. Sería falseamiento de la profesión y mala táctica jurisdiccional. Valdría para esto lo que aconseja Kalil Gibrán en El profeta a los que se casan. “Permitid que haya espacios que os separen aunque estéis muy unidos; dejad que corra el aire entre los dos.” Aunque se trate de realidades muy distintas en uno y otro caso, respetar la distancia de rigor parece cosa de buena ley y por supuesto de sentido común

- Lo acabo de oír en un comentario al tenor de la intervención de los letrados de la defensa en este caso: “Escucha lo que dice el abogado defensor del encausado y verás de inmediato la fuerza real de sus razones y argumentos”. Suele pasar, cuando el letrado se sale de su papel. Defender y suplir la ignorancia jurídica del cliente no está en darle la razón por principio ni en hacerse esclavo de sus “razones”. Y además entrañaría deslealtad hacia uno mismo y ausencia de pundonor o entereza, lo cual –aunque parezca mentira- se da con frecuencia aunque sea en verdad la peor de las deslealtades.

Y por fin un consejo, si a gentes asl se pueden dar consejos.
Que lean –aunque sea de pasada y por encima- ese gran libro genial de uno de los mayores y mejores epígonos del procesalismo contemporáneo, Piero Calamandrei. En italiano se titula este libro Elogio dei Giudici scritto da un Avvocato. En castellana traducen “Elogio de los jueces escrito por un abogado” y del mismo se han hecho ediciones múltiples (p. ej. Góngora Madrid 1936 o El Foro Buenos Aires 1997, por citar las más antiguas y conocidas).
Y, siendo una pieza maestra, que leyeran al menos el primer apartado del mismo que habla “De la fe en los jueces, primer requisito del abogado”; y –para que no se cansen leyendo más de lo debido- que lean hasta memorizarla sólo esa frase del segundo de los apuntes del capítulo; algo tan escueto pero tan atinado al momento como que “Para encontrar la justicia es necesario serle fiel”. Por algo, divagar o irse por las ramas desentona del oficio.

Es posible –me sigo diciendo- que estos insignes y magnificentes letrados –si estudiaran algo más y fardaran algo menos; si defendieran la justicia como debe ser en esta profesión y no se fueran por las ramas o anduvieran extravagando –en el sentido literal de lo “extra-vagante”-; si buscaran menos cómo hacer las trampas y más el auxilio a la justicia- serían sin duda decisivos instrumentos de la justicia y a la paz sociales. Que son –no se olvide- las piedras maestras de una sociedad civilizada y no bárbara, como -ya en pleno s. XVIII- proclamaba uno de nuestros clásicos procesalistas, Don J. Acedo y Rico con palabras que bien valen para cerrar hoy mis reflexiones. “Los hombres, que en su primitivo estado natural no reconocían superior que los defendiese de insultos, opresiones y violencias, estaban de consiguiente autorizados para hacerlo por sí propios; la experiencia les hizo entender los graves daños a que conducían estos medios; pues, o no podían defenderse por sí mismos o, excediendo los justos límites para conservarse, excitaban mayores turbaciones, a que eran consiguientes mayores desavenencias, injurias y muertes; y consultando otros medios que mejorasen la seguridad de sus personas, sin los riesgos anteriormente indicados, acordaron unirse en sociedades y confiar su defensa y la de todos sus derechos a una persona que, mirándolos con imparcialidad, les distribuyese sus derechos y los mantuviese en paz y en justicia” (Acedo y Rico, Instituciones prácticas de los juicios civiles, 1ª edic. Madrid 1792; 2ª edic. Madrid 1974, nro. 27, pp. 32-33). En su día, mi comentario a tan racional y verídica idea fue sólo este: “Son palabras que llevan a concluir que el paso de la barbarie a la civilización y al progreso social tiene uno de sus más claros y firmes puntos de apoyo en la organización social de la restauración de la justicia violada” (cfr. Temas procesales, Trivium Madrid, 1999, pag. 132).
Que conste que hoy haría el mismo comentario sin variar una tilde; si acaso, añadiendo , por un lado, que a la verdad y a la justicia en los procesos se deben los jueces ante todo, pero también los letrados; y, por otro, que –al hablar de violencia- no ha de ser de violencia sino de violencias, sin que se requiera –para que haya violencia grave- salir a la calle alborotando, a gritos, con metralleta en la mano y disparando. Reducir la “violencia” sólo a una metralleta disparando, a parte de ser ingenuo, no cuela en mentes lúcidas o ilustradas.

Será interesante seguir –al aire del juicio- los pasos de esta gavilla de letrados que, al menos en la primera sesión, han dejado ver más un plumero de “picapleitos” que de auténticos servidores de la verdad y de la justicia, exhibiendo al obrar una voluntad coherente de servir lealmente a sus clientes pero con pareja lealtad al otro y prevalente servicio.
Con las mañas que se han observado, Maquiavelo no anda lejos de sus hazañas. Maquiavelo, que fue sin duda una gran hombre del Renacimiento, al proclamar su consigna de que el fin justifica los medios, no sólo se hizo patrono de los “políticos de carrera” para quienes la verdad se confunde con la utilidad, sino de todos los que -en cualquier actividad humana- ponen la bolsa –es decir, los intereses- por encima de la vida o la razón. Así de claro y enjuto.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Todo lo gasta un mal modo 13-II-2919

13.02.19 | 16:21. Archivado en Acerca del autor

“Tanto se requiere en las cosas la circunstancia como la sustancia; antes bien, lo primero con que topamos no son las esencias de las cosas sino las apariencias… Es el modo una de las prendas del mérito… Fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia, pero sin un buen modo todo se desluce, así como con él todo se adelanta… Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón” (Baltasar Gracián, El discreto, XXII; Oráculo manual y arte de prudencia, 49)
“¿Tiene futuro la verdad?... La verdad, creo, tiene futuro. Que lo tenga también el hombre está mucho menos claro. Pero no puedo evitar un presentimiento en cuanto a cuál de los dos es más importante” (George Steiner, Nostalgia del Absoluto, Siruela Madrid 2001, pp. 111, 132)

Estos apuntes previos a mis reflexiones de hoy pueden muy bien servir, en la hora presente –creo yo-, para no dejarse embaucar por las malicias o estupideces que, con aire de suficiencias imaginadas, se ven salir -cada día y cada hora- de labios de “personajillos” –no llegan a más- empeñados en hacer creer a los idiotas complacientes que “dos y dos son tres”, o “que los gatos no hacen “miau” y dicen “yes”, como jocosamente receta una de las versiones típicas del llamado “reino del revés”.
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“O tempora! O mores!” -¡qué tiempos y qué costumbres!-, que dijera el gran tribuno Cicerón en su lucha contra las corrupciones de su tiempo, que -con una cierta sorna e ironía- se viene repitiendo como exclamación para criticar actitudes de ostensible abuso o de peregrinas salidas de “pata de banco”.
Tiempos desencantados y vulgares… Horas y días calientes… De acentos agudos… De intermitentes hervores y recalentones… De estupefacientes juegos de palabras… De pos-modernidad, de pos-verdad…. Tiempos acelerados como nunca lo han sido… De incertezas…. De relativismos liquidadores y deconstructores… De filosofías al servicio del capricho, la oscuridad y casi siempre la mala fe… De sequía de los valores y de vigencia pertinaz del sucedáneo… Tiempos de fuego y de heladas a la vez…. Tiempos sombríos en que la verdad y la luz, la justicia y la razón, el amor y el respeto se trapichean y se negocian por las esquinas como si de baratijas, o menos, se tratara….
Hace bastantes años -porque la cosa viene de lejos- a una conferencia dada en Palma de Mallorca le puse por título este interrogante: ¿Es moderna la modernidad?. La idea no era del todo mía. sino deducida de las páginas del librito de Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización (Valencia, 2003). Y la aceleración no ha concluido sino que aumenta y de qué manera.
Hoy me sigo haciendo la misma pregunta y pienso –con fundamento, supongo- que bastante gente se la hace también a la vista de la fluidez de los actuales tiempos líquidos y gaseosos; a pesar de tantos adelantos de la ciencia y la técnica, o tal vez por eso. ¿No es de Voltaire el augurio de que los adelantos de la ciencia y de la técnica servirían para matarnos mejor los unos a los otros, los seres humanos? ¿No es acaso cierta y visible la ostensible descompensación entre tan briosos adelantos y los atrasos y la precariedad en valores?..
Los tiempos realmente son de agotamiento de la capacidad de asombro.

* Estuve allí. He de confesar que dos veces tan sólo, en toda la vida, he asistido a una manifestación de carácter político. Hacia 1970, estando en Venecia –en un viaje a Italia para preparar mi tesis doctoral sobre la naturaleza de las personas jurídicas en la Edad Media-, me metí en una manifestación que ví pasar junto a la biblioteca en que consultaba libros de apoyo a mi tema. Reclamaban algo a voces, aunque no supe bien lo que era.
Eran tiempos autoritarios por acá; no había manifestaciones; me tentó la curiosidad de saber lo que eran por dentro y me sumé sin pensarlo más.
Saciada aquella primera curiosidad, no había vuelto a ninguna otra manifestación por una razón de principio: “no ser hombre de partido” en el sentido antigregario que da Ortega a esa expresión (cfr. No ser hombre de partido, artículo publicado en La Nación, de Buenos Aires, el 15.V.1930, Ver Ideas y creencias, col. Austral nro. 151, pp.181-194).
El domingo pasado sentí algo más que curiosidad y me dí una vuelta, desde Alonso Martínez a Colón –antes de irme un rato al Rastro como suelo hacer si acompaña el tiempo. Fue más que curiosidad como digo: quería ver aquello con mis propios ojos para evadirme de las “milongas” -“milonga”, además de llamarse a la Canción popular propia del Rio de la Plata que se acompaña con la guitarra, tiene también significado de “mentira”- que, ante cosas así, acostumbran a endilgar los habituales temporeros de las falacias o los aviesos colgadores de etiquetas –como “facha” o “carca”- a todo el que no piense como ellos o tenga la osadía de pasar por el campo de visión de sus ojos atravesados.
Y qué fue lo que vi? Mucha gente; muchísima gente; un mar de banderas de España, ni una sola de ningún partido político me dio en los ojos; muchos jóvenes, ellos y ellas; y un grito predominante: “Queremos elecciones ya”.
Después –como de costumbre- la resaca. Las guerras de cifras, al gusto naturalmente del consumidor; las interpretaciones sectarias y sesgadas; las etiquetas de “facha” y “carca” a diestro y siniestro, en boca de gentes que no estuvieron allí pero se lo suponen y prejuzgan, y dictaminan sin el menor rebozo.
En medio de la resaca, bullen las preguntas. ¿Es que, en democracia, pedir “elecciones ya”, en un caso como este, da derecho a que “omecillos” que no se quitan de los labios el “soy demócrata de toda la vida” y sin haber estado “allí”, reviertan hacia otros el insulto que a sí mismos tan bien les cuadra? Es que la “moción de censura” que da acceso al Poder ¿no es una vía excepcional que debe dar paso -lo antes posible- a la normalidad de unas elecciones, que son –en democracia- la única vía legítima de acceso al Poder? No es lo mismo para mí “legalidad” que “legitimidad” y no creo que haya que ser gran jurista para ver la diferencia.
Viene por eso muy a cuento lo de Gracián sobre la sustancia y el modo. “Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”.

Por cierto, me acabo de quedar helado de asombro ante otro “mal modo”. Con motivo de lla referida manifestación, el gran “Pepiño” –es decir, el inefable don José Blanco, de no muy feliz memoria por cierto en sus fachendas políticas- hacía este comentario en referencia, no a la misma en directo, sino a los asistentes a ella. “Demasiados fachas juntos para tan poca cosa” dice textualmente.
He de presumir que el tal “Pepiño” no estuvo allí esa mañana, porque –de haberlo estado, si -a pesar de ello- dice tan soberbia majadería- la “felonía” contra la verdad y la objetividad sería más clamorosa y estupefaciente aún (anótese, para evitar suspicacias, que “felón”, en el Diccionario, significa “desleal” y que “felonía” es simplemente “deslealtad”; en este caso a la verdad): habría que recordarle en tal caso la ceguera que ya Septimio Severo asignaba a los “que no ven donde hay” y recomendarle un oftalmólogo con urgencia.
Puesto a contestarle, por alusiones, lo único que se me ha ocurrido al oír la tamaña sandez ha sido canturrear la conocida trova gallega del “ai Pepiño, adios”. “Ai Pepiño, adiós, ai Pepiño, adiós; ai Pepiño, por Dios non te vaias; quédate con nos; non te vaias afogar á praia”. Sólo este canturreo se me ocurre para decir que no a este “magnate” de la política española que puede que ande otra vez acopiando méritos para colmar de nuevo sus sueños de gran “estadista”. Puede ser una explicación a esta “salida de madre” o de “pata de banco”, si se prefiere. Que si don Pepiño merece respeto y se lo brindo, a su “boutade”, no.

Anticlericalismo y socialismo. Seguramente, no bajan de veinte las veces que he leído el artículo, de este título, publicado por el sacerdote y socialista navarro Victor Manuel Arbeloa, en Estudios de Deusto –septiembre-diciembre 1972, págInas 403-444. Y ello en aras de hacerme idea y explicarme las razones por las que –a estas alturas de los tiempos, con lo fuerte que ha llovido y lo mucho que ha escampado sobre las “sombras del s. XX”, con la marcha inexorable de la Humanidad hacia posiciones de “entente” y concordia más que de confrontación y guerra, con el vuelco renovador y reformista dado por la Iglesia en su modo y maneras de “estar en el mundo” y particularmente en el arduo paisaje de sus relaciones con la comunidad política-, en algunos sectores del socialismo español, a nada que se urgue o arañe, se sigue notando ese tufillo anticlerical, de enemiga y hasta de revanchismo y sospecha, que –en forma de “tics” y a veces más que de mero “tic” nervioso- se levanta como especie de segunda naturaleza y como si meter los dedos en el ojo de la Iglesia fuera un deber moral del socialismo y parte de su estructura básica. ¿No se les ve, a la mayor parte, tan afanosa predilección?
Dos ideas del ensayo de Arbeloa he de resaltar especialmente; una de la primera página, y otra de la última.
Se inicia el autor remarcando la sorpresa que, ya al comienzo del s. XX. causaban las tácticas beligerantes de algún socialismo, como el francés de entonces, en otros socialismos europeos, de vuelta ya casi todos de unas beligerancias que, si en un momento pudieron tener alguna base, ya no la tenían. Leamos:
“En el nro. 107 (1 de noviembre de 1902) de ‘Le mouvement socialiste’ escribía André Morizet que la idea de interrogar a los principales representantes del Partido socialista internacional sobre las relaciones entre el anticlericalismo y el socialismo habían tenido su origen en las condiciones actuakles políticas de Francia y en la actitud tomada por una porción de socialistas en la lucha li rada por el gobierno francés contra la Iglesia. En numerosas ocasiones, a través de un viaje por Alemania, Morizet veía sorprendido, la sorpresa que entre los socialistas alemanes provocaban las noticias llegadas de Francia sobre las manifestaciones anticlwericales en la plaza de la Concordia o en torno a la estatua de Etienne Dolet, en las que ,uchos socialistas se distinguían poor su entusiasmo. Y siempre escuchaba la misma pregunta: “¿Pero quñé tiene n que ver los socialistas franceses con ese anticlericalismo vulgar?”. De ahí nació la idea de hacer conocer a los socialistas franceses los puntos de vista de sus camaradas alemanes, y no alemanes- Si los lugares y las condiciones históricas son demasiado diferentes para creer que las razones de unos pueden servir de leyes absolutas para los otros, la redacción de la revista piensa que, por encima de estas contingencias, las reglas de acción son, en conjunto y en general, idénticas e invariables para todos los que reivindican la misma doctrina y persiguen el mismo ideal; dentro de este cuadro común, el ejemplo de unos puede corregir las exageraciones de otros”.

En los últimos párrafos del mismo, y a modo de conclusión, se puede observar esta otra idea, complementaria en algún modo de la anterior.
“Ya hace muchos años que Togliatti declaraba que la creencia en la estrecha dependencia de la conciencia religiosa de las condiciones sociales no había resistido a la prueba de la historia. En el llamado “testamento de Yalta” afirmaba que la vieja propaganda atea no servía para nada en las relaciones con los católicos, después de la llegada de Juan XXIII; el mismo problema de la conciencia religiosa, de su contenido, de sus raíces entre las masas y del modo de superarla debía ser planteado de nuevo”.

Me pregunto, a la vista de la evidente persistencia –especie de “segunda naturaleza” como digo- en una parte del actual socialismo español de los “tics” anticlericales al uso, que parece atávico, de unas “izquierdas” tan creídas como desnortadas en ocasiones, si no estaremos en presencia -más que de una tozudez pertinaz de ideologías oxidadas por estancamiento- de un elemental atraso que dice muy poco de ese “progreso” del que dicen, tan enfáticamente, ser abanderados en exclusiva. Me pregunto así mismo si estos paladines de la justicia que llaman social, prenda señera de un socialismo realista y no utópico, tienen cara para seguir mirando a la Iglesia, y sobre todo juzgándola, como si nada hubiera pasado por ella desde la Mirari vos de Gregorio XVI o el Syllabus de Pio IX, en medio del azaroso s. XIX.
¿Se habrán enterado de que esa Iglesia, siendo “la misma”, no es “lo mismo” antes y después del Vaticano II? ¿No se quieren enterar tal vez? Porque, si así fuera, de “progreso” y “vanguardia” nada de nada; y de esa “justicia social”, de que tanto se ufanan como si fueran sus inventores –que no lo son-, menos aún.
¿No estaremos de nuevo ante “los modos” que pueden gastar “hasta la justicia y la razón” cuando pretenden alzarse sobre la sustancia y la verdad?

Si “anticlericalismo” ha sido históricamente reacción frente a “clericalismo”; si un “clericalismo” abusivo ha tenido vigencias dentro de la Iglesia (lo que no se puede negar), y causado arrugas y malformaciones en su rostro que desdicen de las esencias de cristianas, verdad es que ahora, aunque puedan pervivir aún especimenes “supremacistas” en ella, no dejarán de ser excepciones que confirman la regla, y como tales, si se obra con justicia, se han de tratar. Y la regla hoy es una Iglesia de “clero” y de “pueblo”, de la mano, proyectándose hacia una liberación integral del hombre; abierta a una laicidad sin reservas porque es parte de su patrimonio radical; y con voluntad –no deseo tan sólo- y a la vez con derecho a “estar en el mundo” en el sitio que es el suyo, sin afanes de dominio y con respeto a los demás espacios autónomos de Poder.
No hace tanto y más de una vez ha mandado el papa Francisco al clero católico apearse resueltamente de todo “clericalismo”. Y cuando en el nuevo Derecho canónico –el acomodado a las doctrinas del Vaticano II- se le inserta un apartado con enunciado de los “derechos fundamentales del fiel” no se queda el prescripto en un adorno retórico y de propaganda barata; se proclaman principios generales y programáticos, de valor y jerarquía jurídica superior a cualquier otra norma de procedencia subordinada, aunque viniere del Papa o los Obispos.
Rememoremos vestigios históricos que, antes -y al margen incluso- del cristianismo, abonan creencias básicas y perennes de la condición humana. Las “leyes no escritas de los dioses”, por ejemplo, con que Antígona encara el despotismo del tirano de Tebas, Creonte, en la tragedia de Sófocles, se vuelven sintomáticas de esta verdad. Y los apóstoles se lo sabían de memoria cuando proclamaban la necesidad vital de “obedecer a Dios antes que a los hombres”.

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“Fuerte es la verdad, valiente la razón, poderosa la justicia, pero sin un buen modo todo se desluce, así como con él todo se adelanta… Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”. Este atinado realce de Baltasar Gracián vale para todo, desde la política o la religión hasta el deporte y los negocios. Y, por su parte, los “tics” de los clericalismos como de los anticlericalismos, a más de evocar -en personas adultas- sedimentos neuróticos de cariz obsesivo, desdicen de una sociedad sólida, solvente y seria.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Perfil dominical - La vocación y los católicos con careta 10-II-2019

11.02.19 | 20:58. Archivado en Acerca del autor

+ “El más alto interés de la vida está en saber a qué hemos sido llamados; el porqué de nuestra existencia. El engaño en este punto es fatal pues de él dependen nuestra dicha y los destinos del mundo. Son muchos los hombres que se equivocan, que se obstinan, aunque a todos les habla al oído la sabia Naturaleza. Pero esta voz es tan baja en ocasiones que no la percibimos. Mejor nos sería estarnos quietos, no introducir en la vida nuestras parcialidades y apetitos y esoerar que una ola benéfica nos empuje a puerto seguro. Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo… Concentrarnos, recogernos, hacer que todos nuestros pensamientos converjan al mismo sitio: este es el secreto de la verdadera vocación” (A. Palacio Valdés, Testamento literario. 1. La vocación. Obras Completas, Aguilar Madrid 1945, pp. 1282 y 1284).
+ Después de la gran redada en el lago de Galilea y la llamada de Jesús a seguirle, dice –este domingo- el evangelio de Lucas (cap. 55, 1-11), “ellos –los cuatro llamados ese día- “sacaron a tierra sus barcas y, dejándolo todo, le siguieron”.

No conviene equivocarse y pensar mal. Entre lo genérico, la vocación, y lo específico, las vocaciones (vocación a las armas o a las letras y las artes, vocación cristiana o vocación religiosa), se puede advertir la misma distancia que va del género a la especie, del mentar la fruta sin matiz alguno a mentar una manzana reineta o una mandarina.
Si Palacio Valdés –en el sugerente relato- alude a la “vocación” como la especie de instinto, inclinación, inspiración incluso y tendencia, que en el ser humano se instala por un misterioso impulso interior hacia algo para lo que vale y sirve cada cual y ha de ser su individual camino “para hacerse”, las lecturas de este domingo –sin eludir el mismo fondo y en parecidos relatos igualmente- ponen el acento en dos específicas “vocaciones”: la cristiana y –dentro de lo cristiano- la religiosa, en lo que ambas tienen de compromiso vital de un hombre o una mujer con esta precisa creencia y una precisa misión, con raíces –ambas- en una fe humilde pero viva o natural exigencia de una dedicación de vida y afanes –como ha de ser la propia de una vocación auténtica y no amañada o trucada- el servicio del ideario cristiano-católico.

Es -amigos- el perfil más visible que yo alcanzo a descubrir en esta liturgia dominical. El “Aquí estoy – Mándame!” del antiguo profeta enlaza, por esa lógica elemental de lo obvio, con la invitación de Jesús a los cuatro pescadores del lago y su inmediata respuesta a la llamada: dejarlo todo y seguirle.

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Este preludio que me permito dibujar como perfil dominical que mis reflexiones de hoy atisban en la médula de la liturgia del día sería suficiente –creo- para no pasar del mismo, dejarlo prendido en el aire, con este ruego: que mis amigos y lectores o seguidores de mis puntos de vista hagan el resto: seguir pensando por sí mismos y aterrizar, cada cual en su propio terreno vital (el de cada vida concreta), pedirse cuentas –lo que se llama auto-crítica- y deducir si sí o si no. Ya me entienden…
Sin embargo, no me avengo a quedarme en esto y opto por ampliar el preludio con algunos enunciados, vías a posibles concreciones en la misma línea de pensamiento. Perdonad.
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* Hay quien se obstina en achicar los márgenes del Evangelio y de sy mensaje hasta dejarlo reducido a una especie de código ético, de moral individual tal sólo. Es efectivamente eso, pero no sólo es eso.
El Evangelio y su mensaje -esencia constituyente del cristianismo- dan el marco en que se contiene, se muestra y se ofrece otro modo de vivir la vida del hombre. Y como da la casualidad de que una vida humana –la de cada uno es la verdadera y lo demás se queda en teoría- no se resuelve ni se recluye en uno mismo, porque no puede prescindir de “los otros” sin dejar de ser humana, y con “los otros” ha de tejerse en buena parte la vocación de ser este hombre o esta mujer, la consecuencia no puede ser otra que esta: el mensaje cristiano no puede quedarse en asunto privado de la conciencia individual de cada uno, sino que va más allá para proyectarse hacia la conciencia colectiva, de la que los individuos son parte como seres sociales y sociables que son por necesidad; en un “do ut des” integrador que se hace de lo que ese individuo -proyectado ineludiblemente hacia “los otros”- aporta como razón de su existencia a la conciencia común, y lo que de ella recibe en subsidio paralelo del propio “hacerse” humano.
Lo otro -dejar reducido al ser humano a no “estar en el mundo con los otros”, con las consecuencias negativas que eso implica- es -por una parte- ”inventarse”,. “sacarse de la manga”. un tipo de “hombre roto” y “duplicado”, arrastrando por el suelo su condición de “todo integrado”. Es -por otra- un atentado a los derechos del hombre al que se le cierran –a cuenta de ideologías falsas o farsantes- puertas que –por el hecho de ser hombre sociable por naturaleza y por cultura- debe tener abiertas de par en par. Y, además, no dejaría de ser un síntoma inequívoco de mala fe humana y por supuesto cristiana: tomar “laicidad” por “laicismo”, lo que hoy –científicamente- o es “atraso” o es “mala fe”; pero como tan lamentable “quid pro quo” suele ser manía “progre” que se precia de ser “ilustrada”, sería desdoro dejarlo en ignorancia. Luego, mala fe!.

** Admite otro perfil o perspectiva esta circunstancia vital de la “vocación cristiana”. Un tanto paradójica si se quiere, pero tangible. Veamos.
Creo yo que, si algo bueno –quizá bastante- lleva consigo la actual cultura secularizadora -en bastantes casos, de “odium Dei”, como le llama Ortega en ese por mí tan reiterado ensayo titulado Dios a la vista-, que históricamente es herencia y personifica esa parte de la Ilustración enemiga de la religión y de Dios, es la clarificación, y quizás mejor transparencia de las posiciones. Es decir, que los que se llaman católicos lo sean de verdad; es decir, de palabra y de obras. O, siguiendo la línea recta de la lógica de las conductas, que lo que llevan por dentro lo llevan también por fuera (Goethe); o lo que admiten en casa o con los amigos lo dicen y hacen valer también fuera, como periodistas, como educadores, como maestros, como profesionales de la medicina o del derecho, de la política sobre todo. No participando en siglas o listas de partidos anticristianos, sea lo ”anti” de palabra o de obra; defendiendo a la luz del sol o a la intemperie –es decir, sin complejos ni miedos tontos- lo mismo que defienden bajo techo, en oportunismos calculados de caza de votos o cuando no hay riesgo de que llamen a uno “facha” o “carca” (que es la etiqueta, siempre a mano de la manía “progre”, para distinguir –con razones o sin ellas, venga o no venga a cuento- a los que no piensen como ellos. Que esas tenemos y con “esas” hay que contar si uno aspira a ser coherente consigo mismo y con sus ideas y creencias.
Lo digo y repito muchas veces desde hace años. Somos pocosd; mañana seguramente seremos menos; a veces por culpa nuestra, aunque no siempre, ni mucho menos. Pero eso que somos –poco es más que nada y “nada” todavía no lo somos a menos que nos empeñemos en serlo- hemos de hacerlo valer. Y ya se sabe que “hacer valer algo” en democracia tiene nombre y señas de urna y voto. Dicho en “román paladino” para que se entienda: un católico, que lo sea de algo más que de nombre, no puede votar a algo o a alguien que pugne con el dictado de su conciencia, de ser humano o de creyente cristiano. ¿Legítima defensa? ¿Coherencia? Llámese como se quiera: dignidad, al final del recorrido
Lo otro, trapichear con la conciencia o las creencias, se llama “farsa”. Porque “farsante” es tanto “el hombre que defiende exuberantemente unas opiniones que en el fondo le traen sin cuidado” –una de las especies distinguidas de “farsa-, como el otro hombre que “tiene realmente esas opiniones pero no las defiende ni patentiza” –otra de las especies distinguidas de “farsa”, como define Ortega al elogiar la condición sincera de su amigo don Pío Baroja (cfr. El Espectador, Ensayos de crítica. Ideas sobre Pìo Baroja Obras, Alianza Edit. Madrid, 1998, vol II, pp. 84-85). El que dice tener unas “creencias” –las que sean- pero no les hace los debidos honores en todos los ámbitos de su actividad bien haría darse de baja en ellas para no engrosar las ya de por sí nutridas filas de los “farsantes”. Cosa distinta será el error o el fallo en la defensa de los valores y creencias: como dice el clásico, “nada de lo humano nos es ajeno”. Pero esto no sería “farsa”; el amparo en otras motivaciones, sí.

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Tengo a la mano ahora mismo dos libros que me encanta releer de cuando en cuando; son de dos intelectuales de nuestro tiempo, a los que, desde hace muchos años, profeso admiración por sus ideas, creencias, coherencias y actitudes: uno se llamaba Julián Marías y el otro Pedro Laín Entralgo. El primero se titula “La perspectiva cristiana”, y el de Laín, “El problema de ser cristiano”•.
Del primero copio unas frases del Prólogo. “El cristianismo es primariamente una religión, y me parecen indebidas sus utilizaciones para otros fines, que pueden se valiosos y estimableds, pero no son sino algo subordinado. Hay, sin embargo, otro aspecto de la cuestión, que me parece del mayor interés. El cristianismo lleva consigo una visión de la realidad, enteramente original y que se añade a su contenido religioso, del cual emerge pero no se reduce a él. El hombre cristiano, por serlo, atiende a ciertos aspectos de lo real, establece entre ellos una jerarquía, descubre problemas y acaso evidencias que de otro modo le serían ajenos. Esto es lo que yo llamo La perspectiva cristiana”
Y del segundo asumo una pregunta que –ahora sí- dejo en aire, al albur de la propia conciencia personal de un creyente: “EN la búsqueda y en la posesión de la idea de sí mismo, en la consideración y la práctica de la vocación personal ¿debe poner algo el hecho de ser o sentirse cristiano?” (cfr. El problema de ser cristiano, Galaxia Guttemberg Barcelona 1997, pag. 104). El autor considera el problema parte de la lealtad del hombre para consigo mismo y invita a pensar en ello. Eso mismo pretendo yo, al dejar en el aire tan comprometedor interrogante.

Y, para cerrar, en otra invitación audaz pero posiblemente válida al aire de los tiempos que vivimos, lo de Palacio Valdés al comenzar. “Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto de su caballo”

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Ocurrencias y querencias - A los tiranos ¡ni agua! 1-II-2019

04.02.19 | 21:45. Archivado en Acerca del autor

“A la inconstancia de la voluntad, sujeta a los afectos y las pasiones y ciega por sí misma, no se pudo encomendar el juicio de la justicia y fue menester que se gobernase por unos decretos y decisiones firmes, hijas de la razón y prudencia e iguales para cada uno de los ciudadanos, sin odio ni interés: tales son las leyes… “. Y tales han de ser quienes hagan las leyes y quienes las apliquen que no impidan el curso ordinario de la justicia, de modo que quienes las hayan de sustentar no sean causa de su ruina… “porque no es otra cosa la tiranía sino un desconocimiento de la ley atribuyéndose a sí los príncipes su autoridad” (cfe. D. Saavedra Fajardo, Idea de un príncipe polìtico-cristiano, Empresa XXI. Valencia 1786, pags. 190-191).
“Ser tirano no es ser, sino dejar de ser, y hacer que dejen de ser todos” (cfr. F. de Quevedo y Villegas, Política de Diios, Obras escogidas, Barcelona s/a, pp. 112-206)

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Ocurrencias y querencias: modos del hacer humano, sin pasar previamente por el filtro de la razón que piensa y valora y de la voluntad que organiza y decide lo que traemos entre las manos a diario.
Las ocurrencias –género menor entre los productos de la mente; expresión de racionalidad de menos entidad y peso que las ideas y de mucho menos aún que las creencias, sobre todo las concienciadas y explícitas. Tienen más de ingenio y gracia o de zapallada retórica y oportunista que de verdadero reflejo fiel de una realidad. Por su volatilidad e inconsistencia-, son poco más que pompas de jabón, irisadas a vecs, que, al chocar el aire que las engorda, se quedan en nada. El ingenio, el azar, la ligereza o el oportunismo, más que el entendimiento, las forman y alimentan. Ante la realidad a que se dirigen y deben, apenas tocan su epidermis y distan mucho de contener o evocar siquiera una visión responsable de la misma.
Las querencias. Denotan Inclinación a volver una y otra vez a un mismo lugar; al que hay costumbre de ir; por el que se siente atracción al eximir de esfuerzos por buscar en cada caso lo mejor o más apropiado al momento. Evocan “hábitats” de comodidad y desembarazo. Las querencias tienen algo de lugar común y bastante más de comodines o expresiones de las leyes del mínimo esfuerzo.
¿Signos de los tiempos? ¿De tiempos de frivolidad y de “todo a cien”, en que –por lógica- las apuestas por la seriedad y el compromiso al obrar se devalúan y venden a precio de saldo? Posiblemente. Porque, aunque las ocurrencias y las querencias hayan abundado siempre, ahora son epidemia e incluso tiranizan.
+++
La cuestión político-social de Venezuela bajo el régimen populista-despótico de Nicolás Maduro se sienta estos días en primera fila de actualidad. Se viven horas nerviosas en que lo uno y lo otro, la tiranía que se resiste a morir y la democracia que pugna por abrirse paso, penden de un hilo. Desde que a Juan Guaidó se le designa, con toda legitimidad, presidente interino hasta la convocatoria de elecciones libres, el “ahora o nunca” de una verdadera democracia en Venezuela es a modo de incierto interrogante cortando el aire de la rica y ahora empobrecida nación sudamericana. Es renuevo de la eterna dialéctica: la “fuerza de la razón” del pueblo que espira con toda legitimidad a ser libre y dueño de sí mismo, frente a la “razón de la fuerza” del tirano y de las botas y sables de militares y policías congraciados al tirano.
Ante esa realidad del Sr. Guaidó en calidad de legítimo presidente para esa finalidad de convocar elecciones libres y ante la inmediata avalancha de reconocimientos internacionales de la nueva situación, el presidente del gobierno de España –coherente con su trayectoria errática y cambiante, consiguiente a estar prendido del morr por sus socios de moción de censura y gobierno- no ha excogitado otra salida que la de “conceder” a Maduro el plazo de una “semana” para convocar elecciones libres e internacionalmente controladas; de no hacerse así, España reconocería al Sr. Guaidó como presidente interino de Venezuela (criterio al que se sumaría la Unión Europea).
A esta “concesión” -evidentemente rocambolesca por ilusa y carente de sentido- le siguen en los días sucesivos otras declaraciones sobre el mismo tema, de Maduro sí o Maduro no. En la sesión de la internacional Socialista a que asiste en Centroamérica como etapa de su viaje a México, el inquilino de la Moncloa califica de “tirano” a Maduro; para –seguidamente- ante el presidente de México que no ha reconocido a Guaidó cambiarse el “chip” y compadrear rebajando el listón. Hasta el ministro de Asuntos Exteriores da otra cambiada: España no está para poner y quitar gobiernos.

Así las cosas –anteayer- el Parlamento europeo –por abrumadora mayoría, incluidos los votos socialistas- reconoce a Guaido, eso sí, con el el voto en contra de los comunistas, los nacionalistas y los populistas. Todos estos, aunque hablen de democracia y no se quiten la palabra de los labios, ni la tienen en el alma, ni quieren siquiera oír hablar de ella cuando de dictaduras de izquierdas o comunistas se trata. No es de hoy
Esta mañana, Rosa Díez verbalmente reproduce lo que ya tiene manifestado en un twist: que conceder a Maduro un plazo para convocar elecciones implica un reconocimiento del mismo; le otorga y le confiere una legitimidad que no tiene, por ser un tirano como el propio presidente de España lo acaba de calificar.
Ante tan apremiante realidad, cualquiera con dos dedos de frente se pudiera hacer algunas preguntas.
¿Será racional conceder a un tirano un plazo para convocar elecciones libres como condición –si no lo hiciera- para reconocer a quien está legitimado para convocarlas como es el Sr. Guaidó?
¿Será racional salirse con éstas, debiendo saber que un tirano -si es tirano como el propio presidente expresamente reconoce ante la Internacional socialista, aunque de inmediato se comiera la palabra al vérselas con el presidente mexicano- no puede convocar elecciones libres?
¿No se advierte haber en ello una contradicción en sus propios términos, sonando a imposible o absurdo?
Y en otro plano, subyacente a la cuestión de una “legitimidad” frente a una “legalidad” (como pensador y jurista, tengo estas dos cosas por diferentes aunque puedan en ocasiones coincidir) ¿necesita lo “legítimo” ser reconocida para ser tal? El reconocimiento ¿”constituye” su legitimidad o solamente la apoya y defiende? ¿Dar a Maduro plazo para convocar elecciones, hasta en el caso de sacarse de la manga unas elecciones a su medida y no a la del pueblo, ¿no sería o legitimarle a él o ponerse uno a danzar en la cuerda floja de las equidistancias y las ambigüedades? ¿Un hijo legítimo necesita ser “reconocido” para ser legítimo? ¿No serán los “sucedáneos” los que urgen ser reconocidos para pasar por lo que no son?
¿Qué decir por tanto; cómo valorar esta “concesión” al tirano Maduro de una semana de plazo para convocar elecciones libres como condición para reconocer la legitimidad de Guaidó?
Sencillamente: que es una vergüenza moral, otra vergüenza histórica; otra más, social, y sobre todo una vergüenza política. España deja de cumplir con su “razón histórica”

La pregunta que ha de seguir a las anteriores puede ser esta otra.
Cuando el próximo domingo se cumpla el plazo de la semana concedida al tirano y se vea –no hace falta ser adivino para verlo ya- que no ha convocado elecciones libres ¿qué hará? ¿Reconocer al Sr. Guaidó? ¿Refugiarse en lo que haga la Unión Europea? ¿Dar otra cambiada?
Lo veremos el lunes. Veremos lo que hace y veremos sobre todo cómo lo hace.
+++
Como los gestos -más que de ideas- suelen ser cosa de “ocurrencias”; como las “querencias” atraen; y como estamos ante políticas de gestos y de fintas, de palabras que cambian en horas y hasta en minutos de sentido, ya veremos.
No pienso, de todos modos, que -el lunes- el Sr. Sánchez, al consumirse el plazo dado a Maduro y no haber –no la puede haber- convocatoria –ni promesa siquiera- de unas verdaderas y garantizadas elecciones libres, sea de palabra y reconozca lisa y llanamente al Sr. Guaidó. Mostraría –si no lo hiciera- no ser hombre de palabra y ni siquiera demócrata.
Ojalá -añadiré- que me equivoque en el pronóstico y pueda ver al Sr. Presidente del gobierno de España –por una vez- en hombre de palabra y demócrata de toda la vida, por lo que seguramente se tiene. Si así fuera, que conste: lo aplaudiría sin dudarlo y hasta me daría golpes de pecho por haberme equivocado en el augurio,
Se demostraría además que la libertad de este hombre anda por encima de las cábalas, de ,los pronósticos, de las suposiciones y hasta de las presunciones. Que es lo que va con la libertad cuando la libertad no se limita a ser un amuleto.
Demostraría además que no es hombre de meras ocurrencias y de comodonas querencias, sino de ideas y hasta de creencias.

El tiempo tiene la palabra y el tiempo se agota. ¿Cuál será la “finta” en caso de buscar salirse por la tangente? Tendremos ocasión de verlo enseguida. Insisto: yo espero lo mejor, aunque me tema lo peor. Perdonen que tenga temores.
SANTIAGO PANIZO ORALLO

NOTA. Cuando estas reflexiones salen al aire, el Sr. Presidente del gobierno de España reconoce al Sr. Guaidó como presidente de Venezuela, interino y al efecto de convocar –si puede y en cuanto pueda- elecciones libres. Lamento haberme equivocado en el augurio. Celebro que –aunque tarde, a mi entender- haya cumplido la palabra comprometida. A lo que salga y con todas las consecuencias.
A los tiranos –de la clase que sean- ¡ni agua!.


Perfil dominical -El sino de la verdad es su acioso 3-II-2019

03.02.19 | 13:00. Archivado en Acerca del autor

“Ningún profeta es bien recibido en su tierra”, dijo Jesús en la sinagoga de Nazareth, su pueblo. El “profeta” es un portavoz de verdades. Las anuncia y predice; las proclama e intima; las adelanta y las avisa. El profeta es –en esencia- una voz que, además de anunciar, alerta y marca los caminos hacia lo por venir.
Los de Nazareth, al oirle hablar como lo hacía y ver que lo hacía con libertad, independencia y altura de miras, sin •”casarse con nadie”, ni con los de su tierra, “se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo, hasta un barranco del monte donde se hallaba el pueblo, con intención de despeñarlo” (Evangelio de san Lucas, 4, versos 24 y 28-29)).

Pero una novedad este suceso de Nazareth. Es uno más sobre lo mismo.
“Este será una bandera discutida”, había predicho de Jesús el anciano Simeón, al verlo, infante aún, llegar de la mano de José y María al templo de Jerusalén (Evangelio de san Lucas, cap. 2 versos 22 ss.).
“Vino a los suyps, pero los suyos no le quisieron recibir”, afirma del propio Jesús el discípulo Juan en su evangelio, para mostrar el despego y desarraigo de Dios por parte del pueblo que había sido “el elegido de Dios” (Evangelio de san Juan, cap. 1 verso 11)
“Las raposas tienen madrigueras y los pájaros del cielo, nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dònde reclinar la cabeza”, apunta el propio Jesús al escriba que le preguntaba dónde vivía (Evangelio de san Mateo, 8, 19-20)

¡A qué seguir repasando textos que no dejan de enfatizar lo obvio!
Toda la existencia terrena de Jesús es, realmente, una huida hacia adelante, desde el Pesebre a la Cruz. El gran profeta del amor, y de los valores más vitales de la existencia humana, como son la verdad, la libertad, la igualdad, la fraternidad, la justicia y la paz, se queda invariablemente “sólo ante el peligro” por el acoso a que le sometieron –implacables- las “fuerzas vivas” de aquel pueblo “elegido” y sin embargo “villano”.

El profeta es profeta y ningún profeta puede impedir que ocurra lo que profetiza, porque sólo anuncia pero no crea o inventa lo que ve venir. Del mismo modo, ningún mensajero tiene culpa, ni es, por tanto, responsable de la misiva o encomienda que lleva en la mano o en los labios; y sin embargo “matar al mensajero” es lo primero que se les ocurre a los escocidos por la verdad de la misiva y a los incapaces de ver, pensar y discernir entre lo que debe y no debe ser, entre amar y odio, entre guerra y paz, Es sencillamente el desahogo animal de embestir frente a la razón que piensa y analiza antes de juzgar y decidir.

Estorba Dios, a lo que se ve. Hasta el solo nombre parece quemar en los labios de muchos, sin que se sepa muy bien si por complejos, temores, dudas insatisfechas, intereses o malicias. Pero así lo escribe la historia, que –por cierto- no ha parado hasta decretar la “muerte de Dios”. ¿Será el sino de la verdad su acoso y la razón de que al cristianismo-catolicismo “no se le pase ni una”?

¿Por qué?, puede uno preguntarse ante el “acoso” a que el “mensaje de Jesús” se ha visto sometido ayer y hoy; del que este domingo se hace eco al escenificar el viejo relato de la sinagoga de Nazareth y mostrar que aquella “verdad” les escocía porque molestaba “su verdad” y desbarataba los intereses puestos en llamar –ya entonces- a la utilidad la verdad.
¿Será el sino de la verdad el acoso a la verdad?.
Unas ideas para modular este perfil.

++++

Un preludio breve, de solamente dos ideas, lo asumo del Prólogo a la 2ª edición de un librito hermoso de René Luneau titulado “Jesús, el hombre que nos evangeliza a Dios” (edic. francesa, Espacios libres, Seuil, Paris, 2009).
La primera indica que el Evangelio está vivo y habla; que es un libro siempre abierto, capaz de inspirar siempre algo nuevo a quien pregunta con interés a sus palabras y mensajes. Cuantas veces se relee, otras tantas puede dar la sorpresa y decir algo que antes no se había visto o con lo que no se había contado; y sso sin distorsionar su letra o espíritu. Es –diría- un clásico en el pleno sentido de la palabra, que no pasa de moda porque conserva invariable la virtud de abrir, cerrar o ampliar horizontes.
La segunda está en que el Evangelio no se reduce a ser una “historia edificante” o un “código ético”. Es “por esencia” una perenne “interpelación”, y un vivo “cuestionamiento” y “contraste” de ideas y creencias. El Evangelio interpela si se le intenta ver por todas las caras de su extensa y profunda verdad. El Evangelio pervive a pesar de los siglos o las edades, cuestionando al hombre esencial en toda circunstancia y mientras el hombre sea hombre y no pretenda ser ni menos ni más que hombre.
¿La razón de tan patente virtualidad? Lo explica René Luneau: “Je continue de croire que Jésus est, dans l’histoire religieuse du monde, le seul homme qui “évangelise” Dieu, trop souvent invoqué, au cours du temps, pour justifier nos préjugés, nos ambitions ou nos humeurs. Nul n’a parlé de Dieu comme il l’a fait”(pags. 10-11). Nadie ha sido jamás, en la historia religiosa del mundo, “profeta” y “mensajero” de lo que Dios es y quiere para el hombre como Jesús lo fue,
Quiere decirse por ello que las vigencias religiosas que el Evangelio patentó en raíz hace ya dos mil años pueden volverse vigencias actuales. Eso por un lado. Pero también que “las furias” de aquellos de la sinagoga contra Jesús y su verdad hasta intentar despeñarlo siguen alerta y en acción.

François Mauriac –católico, Premio Nobel de Literatura (1952)- lo advierte como cosa de lógica elemental en un escrito dirigido a los “católicos” de su tiempo. El camino de Jesús ha de ser el mismo camino de su Iglesia y de los cristianos y más incluso de los católicos. Y si en el caso de Jesús no había razones de verdad para perseguirlo y acosarlo como fue perseguido y acosado en su vida, tampoco las hay –salvando las distancias naturalmente- para perseguir a la Iglesia y a los católicos, por el mero hecho de ser Iglesia de Cristo o por el mero hecho de ser católicos. No nos fijemos tanto en si la Iglesia terrenal necesita sacudirse de cuando en cuando el polvo de los caminos, ni si en los hombres de Iglesia -desde el último laico al primero de los obispos- tienen defectos como los puede tener todo “quisque”. El “odium Dei”. que diría Ortega (Dios a la vista), aunque se fije también en eso, pasa sin embargo de eso y va más allá de eso, como a cualquier buen observador de la realidad actual le puede ser dado observar, si mira bien.

¿Masoquismo quizás el de los creyentes en Dios y en Jesús de Nazareth?
¿Quijotismo?
¿Alarde de atleta entusiasmado con moverse en aguas bravas, escalar el Everest o nadar contra la corriente?
¿Estupidez o minusvalía intelectual o psíquica?
No. Ni masoquismo, ni quijotismo, ni alardes de entusiasmos raros, ni estupidez ni minusvalía de ningúna especie o gènero.
La razón potísima del “odio” a Dios y al mensaje del Evangelio no viene de nada de esto. Es más profunda, Tiene su raíz en el movimiento de ideas y de creencias que representó -hace ya 20 siglos. el Evangelio de Jesús. Y que se muestra, este domingo, a las claras en las lecturas bíblicas.
Es el sino de la verdad. Que no gusta. Que escuece. Sobre todo escuece cuando la verdad, como es la verdad de Dios, desnuda y deja en cueros a nuestra verdad o verdades….
Es también el sino del cristianismo. ¿Hay acaso alguna otra religión –ahora o en la historia pasada el mundo- a la que se haya perseguido tanto y con tanta saña? ¿Hay alguna otra religión con tantos mártires, de ayer y de hoy; que concite tantas inquinas y resistencias, odios incluso, a la vista o disfrazados de mil modos o maneras?

Este perfil dominical me parece una buena perspectiva desde la que otear este día el panorama de la Iglesia y del catolicismo.
“Al oírle, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo, hasta un barranco del monte donde se hallaba el pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y siguió su camino” (del evangelio de hoy)
“No les tengas miedo, porque -si se lo tienes- yo te meteré miedo de ellos… Los poderosos lucharán contra ti y te harán la guerra, pero no te podrán porque yo estoy contigo para librarte” (de la lectura del profeta Jeremías, de hoy también)

¿No son los dos mil años de historia del Cristianismo la mejor prueba y garantía de su perennidad a pesar de todos los pesares, que han sido muchos y lo siguen siendo todavía?. A pesar de los muchos pesares, de dentro y de fuera, ahí sigue el cristianismo
Lo que dice G. K. Chesterton de la familia vale decir de la religión: “Medio enterrada en el polvo de la frivolidad y en el barro de la insensatez y de los egoísmos, que parecen ser congénitos a la humanidad y que parecen acompañarla en su caminar, la familia –la religión del mismo modo- languidece en las sociedades tecnológicamente más avanzadas del globo. Y, además, como todas las cosas grandes de verdad, las realidades que de verdad importan, la familia –la religión igualmente- está siempre muriendo y siempre resucitando” (cfr. G. K. Chesterton, El amor o la fuerza del sino, Rialp Madrid, 1995, pag. 19)

Amigos, ¿no habéis pensado alguna vez esa frase –tan veraz con la Historia en la mano- de que “la Iglesia es un yunque en el que se han gastado todos los martillos”? Creo que –con las lecturas de hoy ante los ojos- es buen momento de recordarla. Sin miedos; sin complejos; sin soberbia por supuesto; y con fe sobre todo.

Es mi perfil dominical de hoy. No mata la libertad de nadie de fuera porque se dirige a los de dentro.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Sábado, 16 de febrero

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