Entre dos luces

A un ignoto y lejano amigo 31-I-2019

31.01.19 | 21:09. Archivado en Acerca del autor

El pasado 23 de enero, mis Notas del Día reflejaban –casi a vuela-pluma- el escueto comentario de un lector de mi ensayo del 6 de enero, cuyo título era Igualdad-Libertad-Fraternidad.
Con ocasión de la Epifanía del Señor –fiesta de los Reyes Magos-, ese día -al aire de la “universalidad” de destino del “mensaje cristiano- indicaba cómo –al ser la Iglesia guardiana y propulsora de tal mensaje, con centro en el hombre libre y liberado, y experta, por tanto, en humanidad- ha sido ella –históricamente- pionera, matriz, adelantada mayor en todo lo que al hombre y a su dignidad y derechos se refiere.
Concretamente pretendía mostrar la solera cristiana de esas palabras “Igualdad-Libertad-Fraternidad”; y cómo la fastuosa divisa que forman las tres no es un invento de la Revolución de 1789, sino tan sólo el escenario al que se suben y en el que se hace cristalizar como aspiraciones y metas del proyecto revolucionario lo que eran ya principios anclados desde hacía siglos en el mensaje cristiano que promulga y esencia el Evangelio de Jesús e interpreta de primera mano la restante literatura neotestamentaria. Principios y raíces que, con el devenir de la Historia, han sido –se quiera o no reconocer- columna vertebral de la civilización de Occidente.
El comentario del Sr. Rawandi al referido ensayo se reduce a esta sola frase: "Desde una perspectiva ilustrada, el gran inconveniente del cristianismo es su extrema irracionalidad". Escueto, cortante y dogmático, pero llamativo sin duda y por supuesto incitante. No me avenía a callar, pero tampoco a chillar. De hecho y casi a bote pronto, ese mismo día, consignada en mis diario de notas una primera impresión ante la frase y prometía para fecha más tarde algunas observaciones.
Esa primera impresión decía textualmente lo siguiente:
“Sr. Rawandi. Me sorprende mucho su contundente frase de comentario a uno de mis pequeños ensayos, el titulado Igualdad-Libertad-Fraternidad. Se limita a comentarlo con esta sola frese: "Desde una perspectiva ilustrada, el gran inconveniente del cristianismo es su extrema irracionalidad". MI sorpresa no deriva de que usted piense del Cristianismo como lo hace con esta frase -la libertad de pensar es respetable sin duda. Deriva más bien de su entera falta de matices, lo que -en una materia tan sobada y con tanta diversidad de opiniones y puntos de vista. se hace sospechosa -a mí se me hace sospechosa- de "poco ilustrada"; que es precisamente la perspectiva desde la que usted dice hablar. Y como la dialéctica -o contraste razonable del si y el no- me encanta, me apunto al reto que me tiende usted y le prometo (con todo el respeto, como le digo) dedicar un próximo ensayo a comentar más ampliamente su frase. Entre tanto, mi saludo más cordial por la oportunidad, sobre todo, que me brindan sus palabras, a pesar de su seco esquematismo”.
No sé quíen es el Sr. Rawandi; si es nombre o apellido; si es real real o ficticio. NI me importan demasiado su figura, sus ademanes o sus maneras. Son accidentes. Me importan sólo en este momento las palabras de comentario a mi ensayo. Aunque no sepa quién es, ni me importen demasiado, como anoto, su figura, sus ademanes o sus maneras, y ni quizás sus ideas y creencias me importen mucho, me interesa su persona y me interesa sobre todo ese juicio tan rotundo, esquemático y hasta dogmático –pudiera decirse- que dedica al Cristianismo.
La frase es tan rotunda como una rueda de molino y tan absolutista como la monarquía del Rey Sol. “Desde una perspectiva ilustrada, el mayor inconveniente del Cristianismo es su extrema irracionalidad”. Vista la frase en su fondo, representa realmente una enmienda a la totalidad del mensaje cristiano. Lo absolutamente “irracional” se queda en animalesco, en vegetal o mineral, o dicho de otra forma, en pura farsa, cuento o ficcion. Sin embargo, lla literalidad del aserto –bien mirada también la frase-, al hablar de “gran inconveniente” parece dejar fuera del “inconveniente” algunos aspectos de “lo cristiano”. De todos modos, y como quiera que se mire, me causa una cierta perplejidad. Me sorprende, como acabo de mostrar.
Como a lejano e ignoto amigo que es ya o puede ser este señor dirijo estas añadidas reflexiones. No en plan de réplica o “punch” asilvestrado (sería fácil contravenir y decir con la misma rotundidad lo contrario, pues lo que gratis se afirma gratis se niega), sino en amigable intercambio de pareceres, aunque dando razones de lo que se afirma y se tiene como idea o creencias. Civilizadamente, esto es, con la misma cortesía y gratitud con que Ortega –al iniciarse con sus “confesiones”, como dice, de El Espectador- trata al “amigo lejano” que le censuraba quedarse en “espectador” debiendo ser algo más que eso (cfr. Confesiones de “El Espectador”, Perspectiva y verdad, Obras, Alianza Edit. Madrid, 1998, pag. 15).
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No voy a entrar en debate profundo sobre la racionalidad o no de las creencias cristianas, ni en el más que sobado parangón entre fe y razón. Ni he de pugnar con las serias hipotecas científicas que arrastra el “racionalismo” (al que por supuesto diferencio netamente de la “racionalidad”), como sabe cualquiera que haya penetrado un poco en la “dogmática” y “excesos” de este “ismo” referido a la recta razón. Ni he de teorizar sobre el más o el menos de las distintas fuentes y caminos de acceso del hombre a la verdad; uno de los cuales está, sin duda, en la ciencia y la técnica, pero que no es el único. Estos menesteres entrañan unas exigencias más allá de lo que exige una cortés respuesta a la cortés, aunque extremada, aseveración del ignoto amigo.
Me habré de contentar sólo con unos pocos apuntes en aval de mi criterio de que el Cristianismo-Doctrina de Cristo no sólo no es irracional, sino que –apoyado en la condición racional del hombre y sin rebatirla y menos anularla- cumple un cometido de sublimación: llevarla más allá de lo que unas meras posibilidades racionales le permiten.
Por eso, unos pocos y casi simples enunciados van a ser los que aduzca o invoque ante la verbal extremosidad del aserto del ignoto y lejano amigo. Enunciados todos ellos de conductas personales o anecdóticos indicadores de sentires, quereres y haceres de personas poco o nada sospechosas de ser “meapilas” o refugiar sus creencias cristianas en la llamada “fe del carbonero”. Ideas que vienen ya depuradas tras rodajes de experiencias vividas que echan por tierra expectativas que, a fuerza de idealizarse, han resultado fallidas o falsas.
* Don Miguel de Unamuno, con Ortega, Zubiri y J. Marias especialmente, pasa por ser uno de los grandes pensadores de la España del s. XX. Zahorí de sí mismo y de su tiempo, y con problemas de fe toda su vida. muestra más de una vez sus dudas sobre las venturas ilimitadas que se asignan a la ciencia y a la técnica. Por ejemplo, en su carta -de fecha 30-V-1906- a su “muy amigo” don José Ortega y Gasset (así le llama en la carta), se se pued leer este expresivo párrafo: “La subjetiva interpretación de un hecho científicamente inexplicable, etc…, me dice usted”. ¿Científicamente? Mi vieja desconfianza de la ciencia va pasando a odio. Odio a la ciencia y echo de menos a la sabiduría. ‘For nothing worthy proving can be proben nor yel disproben’, dice Tennnyson” (cfr. Revista de Occidente, nro. 19, octubre 1964, p. 4).
El propio Unamuno abre las puertas a la averiguación de la verdad y a la adquisición de certezas por caminos distintos de los de la pura razón, cuando, en idea de su Diario íntimo, saca de su intimidad atormentada la convicción de que, al rezar, reconoce con “el corazón” al Dios que discute o rechaza incluso con “la inteligencia.
** Bertrand Russell –tampoco “meapilas”, ni de fe cristiana siquiera- decía preferir mucho más un mundo convertido al cristianismo que al marxismo. ¿Sería irracional Bertrand Russell al preferir “lo cristiano” a “lo marxista”? O tal vez, entre dos cosas y realidades, ambas “irracionales”, elegía la menos irracional?
*** Esto va de anécdota. Un joven universitario viajaba junto a un anciano que iba rezando el rosario. El joven, atrevido, le dice: “¿Por qué, en vez de rezar el rosario, no se dedica usted a aprender e instruirse un poco más? Yo le puedo enviar algún libro para que se instruya”. El anciano le dijo: “Me encantaría que me enviara usted algún libro a esta dirección”- Y le entregó una tarjeta que decía “Louis Pasteur. Instituto de Ciencias de París”.
**** Darwin -1809-1882- el abanderado mentor de la teoría de la evolución, acuña un párrafo que parece dedicado a los ciegos cuya ceguera consiste en “ver donde no hay”. “Jamás he negado la existencia de Dios Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios está en la imposibilidad de demostrar y sobre todo comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre hayan sido frutos del azar”. Se me ocurre –al leer estas palabras finales de Darwin- rememorar al irónico León Bloy, que define al “destino” y al “azar” como “la providencia de los imbéciles” (Cfr. G. K. Chesterton, El amor o la fuerza del sino, Rialp Madrid 1995, pag. 21).
* Habla en su frase mi lejano e ignoto amigo de “perspectiva ilustrada” como si quisiera poner por testigo y apoyo de su criterio a favor de la “extrema irracionalidad” del Cristianismo al “movimiento de ideas” –de los ss. XVII-XVIII- llamado Ilustración.
Como el fenómeno de la Ilustración es también muy complejo y asimétrico, y es por ello discutible a mi ver -histórica y científicamente- utilizarlo como única razón para fundar afirmaciones tan rotundas y aplomadas como la de mi querido lejano e ignoto amigo (en España, por ejemplo, un pivote ilustrado y de primera fue el benedictino P. Feijoo, a quien la Iglesia –a la de entonces me refiero- nunca condenó ni en sus obras ni en sus ideas) tan sólo, en este ensayo, me permito esta leve observación.
El “Aude sapere”-“Atrévete a saber”, con que Kant saluda las esencias de la Ilustración no avala, ni de lejos, ninguna pretendida “extrema irracionalidad” del Cristianismo. La Ilustración fue ciertamente un movimiento de ideas a favor del peso de la razón, una reivindicación de su fuerza y valor; pero no –en sí- cerró al hombre a toda trascendencia. Hubo una Ilustración anticlerical, secularizadora e incluso atea; pero no todos los “ilustrados” clásicos fueron ateos ni mucho menos. Hasta el propio Voltaire, que pasa por ser ”el ilustrado ateo” por excelencia, se deja decir en carta a un amigo que, si no existiera Dios, habría que inventarlo.
Y además, otro movimiento de ideas, tan experimentado como el de la Ilustración de los ss. XVII y XVII, tras las sombras y los holocaustos del siglo XX, tuvo que reconocer que los sueños y promesas magnificantes de la Ilustración se habían achicado hasta verse puestos en tela de juicio. Por otro lado, no es difícil convenir que hay una Ilustración que puede llamarse de la modernidad y otra que yo no dudaría en titular de la “posmodernidad”. Y creo que las semejamnzas entra la una y la otra son -casi solo- de nombre.
Lo de “ilustrado” –por tanto- referido a algo puede alegarse, pero ha de probarse y no sólo presumirse.
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“Desde una perspectiva ilustrado, el gran inconveniente del cristianismo es su extremada irracionalidad”.
Mi querido, lejano e ignoto amigo. Es su frase; la que –rotunda y aplomada- dedica en comentario escueto a mi ensayo del 6 de enero pasado titulado Igualdad-Libertad-Fraternidad. Al respetarle, le dejo a usted con su rotundo y nada matizado criterio. Y –aún consciente de que el Cristianismo –en su perfil humano, que lo tiene – ha dejado que desear, a veces mucho, en su trayectoria terrenal de sus dos milenios de existencia (cosa normal, tratándose de hombres), yo me ratifico en aquel ensayo y no comparto su –quiero pensarlo- subconsciente o inconsciente voluntarismo.
Por cierto, cuando ayer mismo, oía decir a una alcaldesa de las proximidades de Madrid –Getafe, creo que era- que, en sus planes, entraba implantar en el municipio “bautismos civiles”, no pude por menos e echarme a reir. Sólo eso, reir. Porque los absurdos no merecen más respuesta que la risa, o, quizás mejor, la sonrisa y además irónica.
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Para cerrar, el dicho de otro científico sobre Dios y la religión católica. “Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración, y creo no sólo como católico, sino también como científico” (Edisson, el inventor de la telefonía sin hilos y Premio Nobel 1909)
SANTIAGO PANIZO ORALLO


A tiempos inclementes, actitudes audaces. Las audacias no son violencias 24-I-2019

29.01.19 | 21:33. Archivado en Acerca del autor

“El Reino de Dios sufre violencia y los audaces lo arrebatan” (Evangelio de san Mateo, 11, 12).
Muchos han sido los sentidos y alcances dados a este augurio de Jesús, que en su verdadero contexto (Juan el Bautista encarcelado por cantar las verdades al rey Herodes) indicia los riesgos de bracear contra-corriente -lo “políticamente correcto”, como ahora se diría-, pero que, sacado de contexto –como han hecho, ayer y hoy, los expertos en tergiversar la realidad-, se torna salvoconducto para guerrear y matar “en nombre de Dios”. Cosa que efectivamente se ha hecho en ocasiones, pero no porque Jesús lo haya bendecido, ni con este dicho ni con ningún otro, de su Evangelio.
Giovanni Papini, el gran converso del s. XX, en su Historia de Cristo (Obras. Aguilar Madrid 1957, vol. IV. Espada y fuego, pags. 198-201), recrea –con la fuerza de su verbo bravío- las versiones de unos y de otros, hasta dejar en evidencia a los que llama –jocosa, o no tan jocosamente- “abogados de las degollinas”; inculcando que, al entender así, “o no saben leer, o quieren falsear”.
Para la tarea evangelizadora y sus riesgos –añade- “se precisa una valentía que no todos poseen para atravesar esta muralla en llamas; una audacia que sólo tienen los valerosos. Jesús puede decir que el reino de Dios lo arrebatan “los violentos” y el vocablo “violentos” tiene realmente en el texto significado de “fuertes”, de hombres que saben tomar por asalto las puertas, sin vacilar ni temblar”.
Esta “violencia” sólo literal, que es fuerza de ánimo y entereza, valor, intrepidez, audacia en su verdadero alcance, no es “violencia” en el sentido que han querido ver esos “abogados” que Papini tan bien define. Si la violencia de verdad es guerra, las audacias solamente son maneras de “atreverse” a asumir los riesgos anejos a las cosas que valen; es decir, , decidirse a tareas o quehaceres de riesgo.

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Efectivamente -en el Diccionario de la Lengua puede verse- “audacia” es disposición a acometer empresas, o fuera de lo corriente, o arriesgando en el empeño; de dar cara más a los fines que a las dificultades o peligros de los caminos hacia ellos; de ensayar actitudes activas sin quedarse en una cómoda o cómplice pasividad; de saber leer los signos de los tiempos para encajar en ellos la realidad cambiante. Enderezar el rumbo; reformar y renovar en busca de la plenitud de las posibilidades; lavar la cara; volverse de los errores o equívocos. Y todo ello en aras de armonizar el pasado al presente y proyectarlo hacia el futuro cambiando de lo problemático y mejorable a lo mejor. Que eso es el progreso.
“Audacia” es “atreverse” a romper moldes sin quebrar esencias. Y audaz, atrevido, arrojado, valiente o valeroso, animoso, resuelto, intrépido, denodado son voces sinónimas que rondan una base común de dinamismo hacia lo mejor en un momento determinado y ante una realidad concreta.
La audacia, además, no es temeridad ni locura, por aquello de Cicerón: “A los hombres fuertes, no sólo les ayuda la fortuna, según el viejo proverbio, sino mucho más la razón” que les asiste (cfr. Disputationes Tusculanae, II).

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En este caso de las reflexiones de hoy, dos noticias, dos reclamos, dos ejemplos de intrepidez o audacia para devanarlos un poco y verlos al traluz de una realidad palmaria en este momento: los retos que a la Iglesia de Cristo –milenaria en las raíces y principios, pero con el “pathos” de la circunstancia en su devenir existencial- le salen al paso y le demandan imaginación y tino para adaptarse y soslayar así las contrariedades de coyuntura, que se pueden presumir, a poco que se piense, hostiles o no del todo favorables a su radical misión de liberar y redimir a los hombres en todo tiempo; y también en nuestro tiempo acelerado y en esta sociedad blanda e invertebrada y a veces líquida y hasta gaseosa.
Son de hoy mismo esas dos realidades que incitan hoy estas reflexiones, para las que acabo he acopiado las notas que preceden. La Jornada Mundial de la Juventud que ayer inauguraba en Panamá el papa Francisco, de una parte, y de otra el fallecimiento –hoy mismo- en Málaga, del cardenal español F. Sebastián Aguilar. Creo que, en uno y otro sucesos, aunque por distinta vía, se pueden descubrir actitudes dinámicas y positivas, de clarividencia y de fortaleza o audacia ante retos y desafíos al Cristianismo, con virtud, dejados a su aire, de enturbiar y desazonar su presente, pero sobre todo de condicionar negativamente su futuro,
Son distintos los casos y las circunstancias, como digo, pero idénticos o muy parecidos los fondos y las urgencias. Situaciones casi de supervivencia, en que la adecuación de los medios a los fines ha de ser lo más ajustada posible a los tiempos que corren. Si hoy la Iglesia atraviesa por momentos de dificultades fuertes y se necesita el apoyo de una juventud valerosa y audaz, lo de ayer y lo de anteayer no lo eran menos por el apremio de sintonizar con el sentir de todo un pueblo, que -ansioso de libertad y de verdad- se disponía a superar tiempos de excepción y de confusión, y abrirse a otros nuevos de mayor justeza y verdad y a más auténticos panoramas de ideas y creencias. La Iglesia no podía quedarse al margen sin desentonar e incluso faltar a su misión.
Dos noticias; dos reclamos; dos ejemplos de intrepidez y audacia.

* La JMJ en Panamá.
A la Iglesia, y no siempre por entera culpa suya, con frecuencia le “crecen” -como suele decirse para indicar anormales precariedades o desventuras- los “enanos”. A partir sobre todo del influjo de esa parte de la Ilustración –racionalista, anticlerical y laicista en el sentido belicoso de esta palabra-, que se propuso a la Iglesia de Cristo como enemigo a batir llueva o caliente el sol, se ponen los ojos en ella para culparla sin más y casi nunca para disculparla, aunque haya razones para ello; incluso cuando se trata de vicios o o defectos que, por ser humanos, caben en ella con la misma lógica que en cualquer otra institución formada por hombres.
Por culpa suya tal vez en ocasiones y otras tantas o más por endosos ajenos, por fas o por nefas, la realidad es la que se observa cuando –ahora mismo- entra uno en una iglesia y observa: bajón de asistencia; gente mayor; falta de recambios, de personas sobre todo. Nada extraño es que el Papa Francisco, al mirar y ver desde su atalaya cimera, diga y afirme que “la Iglesia está hoy en dificultades. Y en lo que más se nota el bajón es en la juventud.
Ante esta realidad -preocupante sin duda porque una Iglesia de viejos será una Iglesia claudicante y en crisis y las iglesias vacías son casi tumbas, todos nos hemos hecho alguna vez la pregunta del por qué se van, especialmente y ahora mismo los jóvenes. Del mismo modo que nos hemos hecho, ante otras derivas de la juventud, preguntas semejanrtes, de por qué beben, por qué se drogan, por qué se suicidan , por qué se deprimen o por qué ven la responsabilidad como enemigo de la libertad.
¿Por qué se han ido, se van, abominan incluso muchos, de la religión y de la Iglesia?
Sin entrar en profundidades de un tema poliédrico y complejo humanamente hablando, aunque no se deba casi nunca simplificar, diría que porque “algo falla”, o en la juventud o en los que tiene el deber que dar a la juventud un pase honorable y correcto a la vida adulta del joven; sean la familia o los padres; sean los maestros o la sociedad; sea el Estado o sea la propia Iglesia en el caso de la religión.

Al ver al papa Francisco estos días en Panamá, en medio de esos dos o tres cientos de miles de jóvenes del mundo entero, a gusto ellos y él, sintonizando a pesar de tener los unos alrededor de veinte años y el Papa más de ochenta, mi primera reflexión me sigue impulsando a decir que “algo falla” cuando el joven, ante metas nobles que piden valor y audacia, en vez de apuntarse, se da la vuelta y se va.
Dos ideas se unen -además de lo anterior- a mis reflexiones.
La una –la encomienda del Papa estos días a los Obispos reunidos con él: dejad de lado todo clericalismo. ¿Por què? Porque, al representar predominio, prepotencia, monopolio, etc. de “lo clerical” sobre “lo laico” en la Iglesia, no sólo lleva en germen la casi totalidad de los anticlericalismos de la Historia, sino que tergiversa la misma teología católica. ¿Qué ha de hacerse para desaraigar los “clericalismos”? Una sola creo en definitiva, creo yo: ir por la Iglesia dejándose llevar de la mano de la justicia; pero no de la justicia que pretenden fabricar algunas leyes, sino de la que –con ley casi siemore o sin ley a veces- incita efectivamente a dar a “cada uno lo suyo”.
La otra –recomendada también por el Papa estos días a los miles y miles de jóvenes- una invitación solemne a huir del llamado “pesimismo existencial”. Ese pesimismo que fluye de una parte del pensamiento moderno anclado, por ausencia de valores o por presencia de desvalores, en el nihilismo, la deconstrucción, el tedio y la nausea y, con todo ello, esa desgana de vivir en que han dado las filosofías de la llamada “muerte de Dios”. Como audacias hacen falta para sobreponerse a tales idearios, reacciones de audacia se necesitan para recomponer las ganas de vivir y las ganas de luchar por lo que realmente merece la pena: la innegable trascendencia del ser humano.

El cardenal F. Sebastián Aguilar.
No trataré de analizar, ni de bosquejar siquiera, su entera figura y trayectoria de hombre de Iglesia, perfectamente dotada para percibir y calibrar los signos de los tiempos y los deberes de adaptarse a la realidad para no caer en anormalidad.
Sólo pretendo situar esta figura episcopal en un momento crucial de la España moderna; aquel momento en que un pueblo entero, unos líderes políticos tan diferentes de color como lo que va del blanco al negro o del azul al rojo, una colectiva convicción de “ahora o nunca” y unas inmensas ganas de cerrar ciclos históricos para abrirse a otros más ajustados a la unidad, libertad y dignidad del hombre. Eran de tal urgencia y gravedad el momento y la tarea que echarse atrás o no secundar hubiera sido pecado mortal o delito de traición a la evidencia.
La Iglesia de España estaba también allí.
Había llovido mucho desde los inciviles años treinta hasta aquellos setenta y más de la deseada Transición a una democracia plena, superando en la medida de lo posible la tragedia enloquecedora de las “dos Españas”, de los siglos XIX y XX de nuestra Historia.
Se había cerrado el Vaticano II y con ello se habían abdicado oficialmente viejos dogmatismos en materia de libertad religiosa y de relaciones entre la Iglesia y el Estado. Era preciso dejar de lado viejos tópicos –topicazos más bien- que habían sembrado discordiass seculares, sospechas y dudas mutuas y era menester que cada cual se pusiera en su sitio, se descabalgaran prejuicios y ambiciones de poder y se pusieran en marcha, desde la verdad, la sinceridad y transparencia, vías o caminos nuevos de convivencia e incluso de cooperación mutua por el bien común de todos.
Pero había que dar el paso de traducir a obras las teorías, Había que hacerlo.
Mons. Fernando Sebastiásn era en aquel momento Secretario y Portavoz de la Conferencia Episcopal. Y esa fue su primordial tarea: sumar la Iglesia a los afanes de la mayor parte del pueblo de España, en aquel momento. Fue su mérito logrado a rebufo de una visión responsable de aquella realidad en aquella circunstancia, tanto de la sociedad española como de la Iglesia en España. Reconocerlo es de justicia.

Otras pocas ideas completen este primordial acento agudo en honor del meritado cardenal español que acaba de morir.
Fue un pionero. Un forjador de la Historia moderna de la Iglesia en España y de la propia Historia de España. Un hacedor de caminos para recorrer con aires nuevos las viejas trochas. Si, como dice María Zambrano interpretando a Ortega, hay una mayoría de seres humanos que viven sin duda, pero sus vidas discurren “bajo el nivel de la histórico”, porque “sus cabezas están por debajo de la línea de flotación de la Historia” (cfr. Escritos sobre Ortega¸ Trotta Madrid, 2011, pag. 67), Mons. Sebastián fue clarividente detector de futuros y de los prohombres que, en aquellos momentos, supieron percibir y tener además la audacia de decidirse –arriesgando por supuesto, porque aún era -puede que aún lo sea hoy para algunos- romper los tópicos- a poner a la Iglesia de España en su sitio y, desde ese lugar, unirla a la lista de los que postulaban con toda razón nuevos moldes para los nuevos tiempos.
Un acierto son duda. Pero -sobre todo- un alarde de perspicacia, de clarividencia, valentía y decisión. La Historia son los hechos que la componen pero al alma de la historia son los hombres y mujeres que imperan y ponen esos hechos que hacen la Historia.

“Audaces fortuna iuvat”, recuerda Cicerón en el dicho antes citado. No son violencias las audacias cuando las empuja la razón como en el caso de las causas nobles. Por eso vale lo del encabezamiento. Para tiempos inclementes, actitudes audaces.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Perfiles dominicales - Liberación (27-I-2019)

27.01.19 | 21:59. Archivado en Acerca del autor

“Hoy se cumple lo que acabáis de oír” (dice hoy el evangelio de san Lucas, 4, 14-21). Lo que acababan de oír aquellos judíos, en aquella sinagoga, de labios de Jesús de Nazareth, era el augurio de la vieja profecía que anunciaba la liberación del hombre del abuso de su libertad y los anexos desordenados que le habían seguido -y que aún se siguen- para las relaciones del hombre consigo mismo, con los otros hombres, y, por supuesto, con el Dios que, tras hacerlo libre, nunca se desdijo ni cesó de ser fiel a su palabra.
Era la “Buena Nueva” de un “Nuevo Orden” que se brindaba, en libertad así mismo, al hombre caído pero nunca desahuciado; reincidente pero con oportunidades siempre y a pesar de todo; pertinaz incluso aunque sin cerrársele jamás del todo las posibilidades de volverse.
La oferta que se hace -en un grafismo de metáfora vibrante e ilusionante- tiene nombres propios: de esperanza activa para los “pobres”; de libertad para los “cautivos” -presas de sí mismos- y los “oprimidos” –presas de los otros-; y de luz para los “ciegos”, los de alma sobre todo.
Esta oferta y programa de liberación tienen vigencia todavía. La “historia humana” no ha terminado aún. “Hoy es siempre todavía”, como –eterno buscador de Dios- consigna en uno de sus Cantares el gran Antonio Machado, el de las poesías de las mayores y mejores trascendencias.

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Sobre este cañamazo de fondo –la Buena Nueva de un Orden Nuevo, de universales proyecciones en tiempos y espacios-, que este domingo se pone a los ojos del creyente cristiano como oferta ilimitada de liberación, dos notas quiero dibujar con perfiles y realces de actualidad; por la razón sencilla de que hacérseme patentes de un cristianismo a la altura, a la medida y al aire de nuestro tiempo.
Con la primera de ellas, evocaría esa recomendación, casi mandato, dirigido a quienes se fían de Dios. No estéis tristes –se les manda en la 1ª de las lecturas. No sintáis ni temor ni pesadumbre. No tengáis miedo. Dios es toda una fortaleza y mantiene la palabra dada.
A la segunda le podría este titular: Iglesia de siempre con modos de ahora. Es decir: evocaría una Iglesia siempre “la misma”, pero nunca “lo mismo”. Y no es un juego de palabras.

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“No estéis tristes”. “No tengáis miedo”. Pienso que no es una recomendación; es un mandato.
La tristeza encoge y el miedo generalmente acoquina. Para quienes la fe es algo razonable, no se ven razones para ninguna de las dos cosas
El Evangelio –por doquiera que se le mire- es una continua llamada a la esperanza por un lado –la Palabra de Dios no pasa, y de Dios, al final, nadie se rie-; y también a la rebeldía por otro -la sana rebeldía de saber decir que “no”, como enseña Camus en El hombre rebelde, que es obligado –como señal de honradez- ante la mentira que quiere pasar por verdad, la injusticia que se inventa la justicia o el desamor empeñado en llamar amor al mero contacto de dos epidermis.
Ni los complejos van con la fe religiosa, el de superioridad porque es soberbia, el de inferioridad porque es darse por vencido antes de luchar o sin luchar.
Ni es cosa tampoco de vivir en la inopia, soñando imposibles: que el sino de la Iglesia de Cristo ha de ser el mismo –por lógica- que el de Jesús de Nazareth. Y quien lea los Evangelios sin doblez ni beaterías ha de ver inmediatamente que el camino de Jesús no fue un camino de rosas precisamente, sino una carrera de obstáculos; y que la oposición le vino de fuera y de dentro; de las fuerzas llamadas “vivas” de aquel pueblo otrora escogido, que no supo ver ni el momento ni la hora y se puso de perfil o en contra, a la espera de algo que encajase mejor en sus moldes egocentristas, y también de los propios, de los más cercanos, que comían a su mesa el mismo pan, pero no repugnaban las “dos barajas” si de medrar iba el juego.
Bien lo advierte –en una carta abierta a los católicos de su tiempo- el Nóbel de Literatura François Mauriac. No es ni cómodo ni seguramente rentable de tejas abajo ser o llamarse hombre de fe o creyente en Dios en tiempos líquidos o gaseosos como los de ahora. Más aún, si ser inconformista o ser rebelde merece nombres de “facha” o “carca” de parte de los fervientes de lo llamado “políticamente correcto”, que no es siempre –ni mucho menos- lo del “honeste vivere”, “neminem laedere” y “suum cuique tribuere” del Digesto romano (a mi ver, una objetiva piedra de toque para tiempos revueltos). Pero es el camino de una forma de libertad y, aunque pocos o cada vez menos, hay a quienes les convence y compensa este “ir contra la corriente” si en el envite se juegan lo que uno considera valores o principios de primera necesidad vital.
Preocupados sí; pero no intimidados, no menos aún acomplejados.

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Siempre la misma, pero nunca lo mismo.
Cuando hace muchos años –muchos ya- leía por primera vez, como cierre del cap. VIII de las lecciones que Ortega y Gasset diera fuera de la universidad, por los azares del tiempo, en los años 1929-30, que “la modernidad nace de la cristiandad” (Ver Qué es filosofía? 2ª edic. Revista bde Occidente, Madrid, 1960, pag. 187), inicialmente lo miré como una broma o humorada. Enseguida me convencí de que no había tal cosa y que el pensamiento de Ortega, más serio y fundado de lo que algunos suponen, reflejaba lo que en verdad pensaba y muy bien sabía razonar. De hecho, no dudé más tarde en abrir con esa frase e idea la Introducción a la tesis doctoral que, sobre el estatuto radical –aunque medieval- de la persona jurídica, defendí hace más de cuarenta años en la Facultad de Derecho de la U. Complutense (cfr. Persona jurídica y ficción, Eunsa Pamplona 1975, p. 17).
Es verdad que –después de aquello- la Iglesia –a raíz sobre todo de la Reforma- se encerró en sí misma, en una actitud –que durará siglos- de autodefensa, que J. Marías –en sus percepciones del ser y estar de la misma en la coyuntura del Vaticano II- deplora y que bien puede calificarse como de “psicología de ciudad sitiada”, es decir, de insano temor a ver enemigos en todas partes y de una consiguiente tendencia a adoptar, ante todo, ante las sombras incluso, una “política” religiosa de “anatema” y “excomunión”, de “asedio y contraofensiva” (cfr. J. Marías. Meditaciones sobre la sociedad española, Alianza Editorial Madrid 1966, El temor a la libertad, pags. 170-175)
Pero esa Iglesia que se pasó varios siglos temerosa y confusa nunca renegó de sus raíces ni de sus esencias. Y -como tantos otros hombres y mujeres hicieron con total cordura y buen tino, tras la hecatombe de las dos Guerras mundiales del s. XX y de las enormes decepciones que aquellas “sombras del siglo XX” produjeron en la gente seria y responsable del tiempo- la Iglesia, a partir ya de Pío XII, de los Papas del Concilio y ded más tarde, hasta la hora presente, se propuso hacer examen de conciencia, decidió auto-criticarse, mirarse por dentro y por fuera, ponerse en hora consigo misma -para renovarse- y con el mundo de su tiempo –para estar en su sitio y no ambicionar poderes que, por su divina misión, no le corresponden (Ver, al respecto, Pablo VI, Alocución de clausura del concilio Vaticano II, el 7-XII-1965, Vaticano II. BAC Madrid 1965, pp. 813-819. No tiene desperdicio este discurso, para quien desee saber lo que se quiso que fuera ese Concilio para la Iglesia de ahora).

A la luz del evangelio de hoy, “Ahora se cumple lo que acabáis de oír”, unas breves anotaciones sirvan para rubricar este otro apunte del encabezamiento. La Iglesia, siempre la misma pero nunca lo mismo. Ayer y hoy; mañana y al otro día, siempre renovándose para no traicionarse.
El mensaje del Evangelio es, por elementales razones de lógica profunda, intemporal. Nace sin fronteras ni de tiempos ni de espacios o lugares. Su destino es, por igual, el mundo de ayer, de hoy y de mañana.
No siendo, sin embargo, los hombres del s. XXI del todo iguales a los del primer siglo cristiano; ni éstos del todo iguales a los del tiempo de los godos o los otomanos; ni los de Africa igual a los de Oceanía o Alaska, porque la circunstancia o las circunstancias y las situaciones mandan y ajustan en cada momento las medidas del “yo”, por iguales razones de lógica vital, asiste a la Iglesia –portadora y portavoz del mensaje- el deber de ser “la misma” pero sin ser “lo mismo”. Diría incluso que solo será “la misma” en la medida en que trate de adaptarse a las sucesivas-nuevas circunstancias y situaciones del hombre al que debe procurar los medios para su liberación espiritual y moral.
Un adaptarse –naturalmente- que no sea ni relativizarse ni dejar de llamar a las cosas por su nombre.
Un adaptarse –además- no de cualquier manera, sino de forma tal que, como enseña Gracián al contrastar sustancia y modos (cfr. Oráculo manual y arte de la prudencia, 14), se evite el riesgo común de que la sustancia la dedterioren los malos modos, porque “todo, hasta la justicia y la razón, lo gaste un mal modo”.
Añadiría, para completar la idea, lo de Antonio Machado en su breve pero denso Proverbio: “Hoy es siempre todavía”. El “hoy” ha de ser el “siempre” de un “ayer” esencial que –desde un “ahora” responsable y fiel- se proyecte inequívocamente hacia un “mañana”, tan moderno por ser de nuestro tiempo y tan auténtico al no prestarse a perder, por eso, ni un ápice de su autenticidad radical. Sirve para el mensaje de Jesús y su perenne actualidad la letrilla del poeta. Está en el Evangelio que hoy se recita y comenta

Liberación. “Hoy se cumple lo que acabáis de oír”. Sin miedos ni complejos. Y en estado permanente de renovación y poda de malos modos. Lo piden el Evangelio y el buen sentido.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Libres o esclavos. Dos opciones siempre a mano 19-I-2019

22.01.19 | 20:19. Archivado en Acerca del autor

“Nadie es esclavo por naturaleza”, proclamó -ya en su tiempo- uno de nuestros clásicos de la Escuela Jurídica del s. XVI, el dominico P. Francisco de Vitoria; adelantándose a los modernos sistemas y declaraciones de los derechos del hombre.
Ningún hombre o mujer nacen esclavos. O ellos mismos se hacen más tarde o los hacen otros. O se deviene esclavo por voluntad propia (las esclavitudes voluntarias bien pueden llamarse contrapunto natural de la libertad y por eso siempre han tenido vigencia), o son otros, los tiranos -dicho genéricamente-, quienes atan las cadenas al cuerpo o el alma de los nacidos para ser libres.
Pienso por ello que ser “libre” o ser “esclavo”, en lo que de uno mismo dependa ser una cosa o la otra -dueño de sí o lacayo de cualquier cosa- es cuestión primaria del vivir, que cada cual debería plantearse y resolver ante las distintas posibilidades de vida humana.

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He de confesar que una de mis debilidades son los libros y que, entre ellos, hay títulos que especialmente me atraen, siéndome difícil resistirme a tenerlos cerca para departir y compartir con ellos Ilusiones, inquietudes o anhelos y, más aún. para ver de descubrir a través de su lectura visiones de realidad distintas -en todo o en parte- de mis puntos de vista; y no por otro afán que la curiosidad de asomarme a otros posibles modos de verdad o caras distintas de lo que yo tengo por verdad.
Un título especialmente atractivo para mí ha sido –hace pocos días- el del segundo tomo de las memorias de Jorge Edwards, escritor chileno y Premio Cervantes 1999. Su título -Esclavos de la consigna¬-, nada más verlo, me incitó a su lectura por las evocaciones que esos dos sustantivos en conexión suscitaban en mi interior en esta circunstancia –política, religiosa, cultural-, en que ”las consignas” abundan y con frecuencia se difunden como piezas de obligado cumplimiento para los muchos que no han aprendido aún, o no se han decidido, a decir “no” a lo que se llama hoy “lo políticamente correcto”, especie de talismán de “progreso” y etiqueta que libera de ser tildado de “facha” o “carca”.
Y no es que considere malas ni des-aconsejables las “consignas”, que al fin y al cabo son recetas de vida que marcan tendencias de caminos hacia una plenitud o ideal. Es más bien el temor a la tiranía que su aceptación a ciegas o sin matices puede representar o incubar en tiempos de crisis de valores o de vigencias del hombre-masa, tan expuesto por definición a la pasividad o a la sugestión de políticas narcisistas o totalitarias, lo que puede preocupar de ellas.
Aunque no haya leído del todo el libro ni digerido por tanto su contenido, la idea que veo subyacerle a su título y porque en él de “consignas” se habla, me sirve de inspiración para estas reflexiones de hoy sobre algunas consignas que, estos días, se ven posadas en el tapete de la actualidad.
“No ser hombre de partido” no impide tomar partido ante las ofertas -más o menos- que a diario saltan en casi todos los escenarios del hombre; ni es óbice –creo yo- para, en momentos de crisis de libertad y de autonomía personal sobre todo, volverse reflexivo hacia las “consignas” que nos acucian, y echarles un vistazo, ponderarlas y glosarlas levemente usando el espíritu crítico que Dios nos ha dió al hacernos racionales y libres. Por curiosidad y deleite como digo, aunque más por precaverse -llegado el caso- de sumisiones indebidas o de inconscientes pasividades cuando las “consignas” –de aceptarse a la ligera- o se vuelven equívocas, inoperantes o de vuelo corto, e incluso –en ocasiones- ser nocivas por llevar trastienda de esclavitudes, aunque fuere de las que nacen de la pasividad o la inconsciencia.
Dios me perdone si –en tan noble afán- me saliera del justo medio al intentar precaver ante esas dos posiciones de “libre” o “esclavo” que cada cual puede adoptar ante una “consigna” que se nos da; ya que, pudiendo ser -bien tomada- una positiva clave de acceso a nuevas o innovadas posibilidades del vivir, mal digerida o sin digerir, puede quedarse en nada o en poco, o ser nociva. Ambas salidas –lo poco o nada y lo nocivo- enemigas de una actitud responsable –“saber a qué atenerse”- en cosas que nos conciernen personal o colectivamente.

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Unas muestras al aire de estos días

* Consignas políticas, del PP en su actual convención nacional, que se celebra en Madrid, con aires, más que fervientes, de refundación, regeneración, renovación y de simple encuentro para restañar heridas. Tras oír las proclamas, bien puede verse un campo extenso de sembradura de consignas, Las más reiteradas apuntan en varias direcciones: rearme ideológico; beligerancia activa frente a los que tratan de romper España; bandera y copo institucional de la “derecha”; menos gobierno y más sociedad, o prevalencia de las personas sobre el Estado; huida de lo doctrinario y lo sectario en el quehacer político... Hay más, pero estas valgan..
No son descabelladas, ni mucho menos, estas consignas. Sin embargo, desnudas como llegan, pudieran resultar opacas o vacías si no se vierten en ellas matices o precisiones que las bajen de su perfil genérico y abstracto y les den color y sabor a carne y hueso palpables. No es bueno quedarse en teorías en ofertas de política, siempre tan pragmática por naturaleza.
Si, por ejemplo, de un “rearme ideológico” se profetiza, habría de inculcarse avivar la conciencia de la necesidad de perfeccionar los medios de defensa y apoyo a ideas y creencias a rebufo de los valores que, históricamente, han sido patrimonio radical de esta dimensión del sentir político; y se mencionaran esos valores y principios en vez de darlos por supuestos. Y bien hubiera estado que –a la vez que de rearme indeológico- se hubiera inculcado un “rearme moral” evitador para siempre de las corrupciones que han sumido en la miseria últimamente al partido. Porque, a pesar de Maquiavelo, no todo vale en la política.
O si, al invocar una “beligerancia activa” frente a los que quieren romper España, a la actitud valiente que refleja la palabra “beligerancia”, se añadiera una llamada al “coraje” –que es valor, energía y decisión, y no necesariamente “guerra de armas tomar”- de poner -en todo caso de riesgo de los valores esenciales- los medios adecuados al fin, sin los trapicheos o las componendas a que las políticas de todo color son tan aficionadas, cuando las “consignas” se ven morir a manos de los “intereses”.
O si, al presentarse como “lo genuino” en esta dimensión política de la “derecha”, no se olvidara que la diversidad, en todo lo humano, es un valor respetable; que las diversidades en política -a veces- las provocan los mismos que se tienen por abanderados de la “genuino”; o que –en las guerras que no son “de armas tomar”- ganar es convencer más que vencer y que, para convencer la autenticidad, más que las “consignas”, es un grado.
O, por fin, que. para huir de la sectario (buen intento y pretensión), hace falta descabalgar de quimeras egocéntricas –porque son patógenas en política y en todo-; y, por lo que a doctrinario se refiere, persuadirse –cosa no fácil en épocas de rebajas- de que, si ser doctrinario es cosa vitanda, no es vitando ni mucho menos partir de unas doctrinas, ideas y creencias muy concretas, en las que “estar” con pié firme las personas e incluso las colectividades y los partidos –la defensa de la vida por ejemplo, la persona y la sociedad enteramente por delante del Estado, el valor de la Constitución en su letra pero también en su espíritu sin cicateras o acomodaticias restricciones o reservas mentales, etc.. La credibilidad se ha de ganar con obras ciertamente, pero con obras coherentes con unos principios –que han de ser precisamente los que condensan las “consignas”-, que han de decirse y no darse por supuestos.
Eso hará que quien lleve en las manos una papeleta electoral no cierre los ojos serviles para meterla en la urna, sino que los abre bien para mostrar que es libre y no desea caer en connivencias de inconsciencia, indignidad o malicia.
** Consignas religiosas. Se dan también con los mismos fines legítimos de inculcar tendencias o de marcar objetivos preferentes y de interés superior.

- Estos días celebra la Iglesia católica el Octavario por la unión de los cristianos. La idea que lo preside es la de tomar conciencia el creyente a favor de la unidad, en ideas, creencias y sobre todo actitudes, de todos los que tienen a Jesús como el “Dios con nosotros” del Evangelio y la restante literatura neo-testamentaria. El grito divino, que “sean una misma cosa” los que tienen en el Evangelio la primera y última razón de su ser cristiano y la llave maestra de “saber a qué atenerse” en las relaciones con Dios a partir de tal mensaje, lleva dos mil años resonando en tono de urgencias, sobre cuanto llena nombre de “cristiano”. Y ha de ser, por ello, responsabilidad de todos los aue se reconocen bajo ese nombre
Es cierto que -hasta no hace tanto- la ignorancia mutua o, lo que es peor, la guerra de religiones, han sido una constante histórica y el componente -el más aparente y visible- de las relaciones entre las distintas Iglesias cristianas. C omo también es cierto que -en esto- el hoy ya no es el ayer, y que a los “anatemas”, las intransigencias e intolerancias y a los mutuos fanatismos y fundamentalismos irracionales han sucedido flujos ecuménicos, hechos de respeto mutuo, de reconocimientos y comprensiones; dentro de una conciencia generalizada de que, si ninguna guerra es cristiana, esta lo es menos.
La consigna católica para estas jornadas viene de conjugar los verbos “departir” y “compartir”. “Departir” que es dialogar en vez de hacerse la guerra, escuchando y hablando. “Compartir” que es solidaridad fraternal en el uso del patrimonio común que los cristianos tenemos para, desde la diversidad que ha marcado diferencias en la Historia, llegar a una conciencia colectiva de una necesidad tan elemental como imperiosa: la de caminar sin pausa hacia esa unidad en lo esencial que vivifica y enaltece la religión.
Aunque la consigna de “departir” para “compartir” que se intima estos días sea de razón y buen sentido, no extrañe que, ante ella, se siga manteniendo la doble opción de los esclavos y de los seres libres; la de quienes la miran, la ven bien incluso, pero prefieren seguir en posiciones más de cabeza dura que de sensatez y racionalidad; y la de quienes creen que ya es hora de repensar la historia y decidirse por la concordia, en un “departir” para “compartir” lo que es –sin duda- patrimonio común de todos.
Esta vez, el servicio a la “consigna” que libera y hace libres sin ruptura o merma de la esencias, frente a las tozudas altanerías de quienes estiman preferible embestir a pensar y razonar en aras de una concordia exigida por Dios. Otra vez, deseando ver seguidores y servidores de la consigna, pero no esclavos de la misma por vía de más o de menos-

- Otra consigna de inminente actualidad viene a la Iglesia de la JMJ, la nueva Jornada Mundial de la Juventud que –a partir del 23 de enero y con presencia activa y animadora del papa Francisco- se va a celebrar en Panamá. La consigna le llega del último Sínodo de los Obispos, el de octubre pasado dedicado a la Juventud, que ahora persigue re-actualizarse en esta magna concentración juvenil. La consigna en el caso es una demanda de presencia de la Juventud en la vida y obra de la Iglesia. Y si se demanda es porque no la hay.
Pero ¿qué se quiere mostrar al pedir esta presencia? ¿Es que los jóvenes que van a las iglesias no tienen presencia en ellas?
Cuando se habla de “presencia” de alguien en algo, un lugar, quehacer, menester, etc., se quiere significar -creo yo- algo más que un “mero estar” allí,; es decir, algo más que una postura de “espectador” o de florero decorativo. Y, por ello, habré de entender que la “presencia” de la juventud, que se postula como consigna de la Iglesia hoy, urge la necesidad de un cambio profundo en las actitudes eclesiales o clericales para con ella, de responsabilidad del joven en los compromisos eclesiales y de protagonismo directo en los desafíos que a la Iglesia le salen al paso en esta hora de grave crisis espiritual y de valores a escala mundial. Pero no un cambio por el cambio ni un cambio para que las cosas sigan igual, sino el de un verdadero y efectivo replanteamiento del papel activo de los laicos en general y de la juventud en particular en la gestión de la misión de liberar y salvar, que a la Iglesia compete por fundación divina.

Es indudable, con la historia en la mano, que el abuso clerical con nombre de “clericalismo” ha tenido vigencia plurisecular en esa historia; con épocas incluso de clericalismos avasalladores. Es cierto –también sin duda- que Jesús quiso fundar una Iglesia jerárquica, pero no despótica ni acaparadora.
Todo bautizado -hombre, mujer, niño, adulto, joven o anciano decrépito- es partícipe radical en la misión salvadora y evangelizadora de Dios; y lo es en la triple faceta de Cristo sacerdote, profeta y rey, o de “repartir lo sagrado” –el “sacra dans”, del sacerdocio-, de anunciar la Buena Nueva de la Palabra divina, e incluso de dirigir –rex-, en funciones –todo ello- que no sean las derivadas del sacramento del orden sagrado.
Claro que no es un jerarca el laico, sino pueblo llano; pero ser pueblo –a diferencia de ser “masa”- implica radicales menesteres de corresponsabilidad colectiva. Porque pueblo pasivo o inerte, pueblo necio y marginal, es –como con diferentes perfiles y alcances anotaba Quevedo- camino de plata para tiranías de cualquier laya o especie. Ha de haber en la Iglesia una opinión pública, cuyos pensares, decires, sentires y hasta quereres cuenten –al menos algo- en la gestión pastoral (que es la suya propia) de la Iglesia. Si ha de haber, como es lógico, una teología del laicado, en esto puede estar una de sus primeras lecciones.
¿Es que los fieles no tienen reconocidos derechos subjetivos en la Iglesia, incluso frente a la propia Iglesia?
Cuando, tras el Vaticano II, se pensó en establecer una Ley Fundamental de la Iglesia que proclamara tales derechos, era iniciativa surgida en la estela teológica y jurídica del Concilio. No cuajó formalmente la idea por razones que no es del caso recordar, pero ciertamente no fueron razones contrarias a la verdad de unos derechos fundamentales del fiel en la Iglesia. De hecho, en la nueva codificación canónica –perfilada a la luz y sombra de tal Concilio, se incluyó un apartado con un elenco de los “derechos del fiel en la Iglesia”. Son realmente principios de la misma fuerza y funciones que las que desempeñan, en los ordenamientos civiles, los llamados “principios generales del derecho” como fuentes del mismo. Y que conste que, entre ellos, los hay que, si se les mira y sobre todo se les aplica bien, dan pié para ver que la presencia postulada para los “seglares” en la Iglesia ha de ser de hecho una “presencia” comprometida en su vida y obra y no un mero “estar” en ella como espectadores o floreros.
Valga también para esta otra consigna lo de antes. Aunque una presencia viva, activa y comprometida de los laicos en la Iglesia –de la juventud en el caso- sea de razón y buen sentido, no extrañe que, ante ella, se siga manteniendo la mentada doble opción de los esclavos y de los seres libres. La de quienes la miran, la ven bien incluso, pero prefieren seguir en posiciones más de cabeza dura que de sensatez y racionalidad; y la de quienes creen que ya es hora de repensar la realidad más radical de la Iglesia y decidirse por la justicia de “dar a cada cual lo suyo” dentro de ella misma. La justicia de esta presencia es parte de su justicia y obliga por razones de justicia, porque, si “toda injusticia es pecado”, en la Iglesia lo sería más.

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Las anteriores glosas sirvan para una reflexión final conjunta y breve sobre los anteriores atisbos.
Ni el hombre ni la mujer nacen esclavos. Cuando son esclavos, o es porque ellos se hacen esclavos, o porque otros los hacen. Si malignas y malditas son todas las esclavitudes causadas por las tiranías y los despotismos, más numerosas y malignas han de ser las causadas o permitidas por el propio esclavo. Porque estas –a parte de no justificarse nunca, al igual que las otras en esto- revelan poca talla humana de quien –pudiendo no ser esclavo- se presta a vivir como esclavo. Sé muy bien que no es fácil evadirse de ciertas esclavitudes y, por eso, salvemos a quienes, al menos, lo intentan. Para los otros –los que hasta se complacen y tienen a gala ser esclavos –que los hay-, aunque me cueste creerlo, es posible que ni perdón de Dios haya.
Ante las “consignas”, pues, servidores, una vez pasadas por el filtro de la conciencia y de la libertad, muy bien; esclavos, nunca.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mujer-Mujer 17-I-2019

17.01.19 | 14:54. Archivado en Acerca del autor

“Pese a los campeones del ‘masculinismo’ (decir feminismo parece impropiedad, según notaba el malogrado Jiménez Ocaña), la mujer es toda femenina desde la punta del cabello hasta la planta de los pies; y, en ella, lo más deliciosamente femenino es el cerebro, que representa, ante todo, órgano de atracción y de reproducción; al revés del hombre, cuya sesera constituye vulgar herramienta de trabajo. Ello no obsta para que haya muchas mujeres de esclarecido talento y capaces de altísimas empresas. Pero ¿son verdaderas mujeres?”.
Ramón y Cajal –pues él es quien elabora el anterior pensamiento en sus Charlas de café (Aguilar, Madrid. 1948. cap. II. Sobre el amor y las mujeres, pp. 51-52)-, es consciente de hallarse ya “en una época de feminismo militante y bullicioso” (que alude en la pag. 93 de la citada edición del libro), de legítimas reivindicaciones por tanto del derecho de toda mujer a la igualdad, a la tolerancia y sobre todo al respeto de todo lo que en ella hay de humano. Anotemos que Cajal, en este sugerente y precioso libro, no expresa tanto sus conquistas intelectuales o técnicas de gran científico como las apreciaciones a que su infinita curiosidad interesada por lo humano llevaba a opinar sobre cuanto le rodeaba o pasaba sobre su cabeza. Y si su ciencia le mereció el Premio Nóbel de Medicina (1906), su buen sentido y agudeza no desmerecen en otros campos del saber. No es sin tino lo que dice en este libro.
Es posible que ese interrogante final del párrafo elegido pueda desazonar a laos actuales feminismos lacayos de antropologías aventureras. A mí, no. Creo que un “feminismo sin mujer” no puede nunca ser un “feminismo a favor de la mujer”, y más bien es el peor apoyo imaginable para las legítimas aspiraciones femeninas a la igualdad, a la tolerancia y al respeto máximo que se les debe.

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Galdós, en El terror de 1824, define magistralmente, por boca del sedicioso Patricio Sarmiento, la doble condición y factura de los seres humanos -hombre o mujer, tanto da: la de los “hechos a medida” y la de los “fabricados en serie”.
Ese cap. XXI de tan aleccionador Episodio bien puede generalizarse y ser referido a todo hombre o mujer que –siendo conscientes del deber sagrado de “hacerse” cada cual a partir de unos datos de propio cuño y raíz- no se resignan a quedarse en vegetal, piedra o masa y pujan –en su vida concreta- por ser el hombre o mujer que cada uno está llamado a ser, por imperativos antropológicos de elemental solicitud.

Antepongo este preludio antropológico a las reflexiones que hoy me progongo sobre el perfil humano de una mujer, que, habiendo nacido mujer, se pasó la vida luchando con sus armas de mujer empeñada en conseguir ser una “mujer” de cuerpo y alma enteros hasta su muerte. Sin complejo alguno y sin desánimo; con entereza y verdad; sin soberbia pero con el legítimo orgullo de ser mujer; y sin tentaciones jamás de echarse al monte de unos feminismos tan empeñados en construir mujeres de diseño y no mujeres de verdad. Su lucha femenina fue de de una dedicación seria, constante, empeñada y sobre todo fiada siempre de la validez de sus posibilidades de mujer en la sociedad de su tiempo y en la circunstancia en que le tocó vivir.
Ana María García Armendáriz es la mujer a que me refiero. Navarra, nacida en Uztarroz y fallecida en Pamplona el posado 1 de enero, a los 90 años de vida plena y llena; sin alardes feministas, como digo, de ninguna clase y sin complejos inhibidores o depauperantes, consiguió ser todo lo que puede ser una mujer, incluso en tiempos en que “ser mujer” no tenía a su favor el viento de las propagandas, como ahora.
Se hizo ella misma de la mano de una vocación –llamemos la “vocación” capacidades y valores humanos- de feminidad rebosante y pletórica, sin asomo, ni lejano siquiera, ded pretender, ni ser “mujer de diseño”, ni meterse en moldes de “prêt-à-porter”, ni resignarse nunca a ser de “los fabricados en serie”.

En su honor, y en la certeza –ella lo ha demostrado- de que se puede ser mujer sin abdicar en nada de lo que física, psíquica, etica y estéticamente, intelectual y culturalmente, puede ser una mujer, si se lo propone y lucha por ello, hasta en tiempos tan híbridos y confusos como los actuales, van estas impresiones sobre Ana Mari. No se merece menos, creo yo, una luchadora tan efectiva, como ella, por la esencia de la mujer, por la dignidad y libertad de ser mujer, por los valores de entrega siendo mujer y como mujer, por su sensibilidad ante “lo otro” como quiera que sea, por su elegancia física, psíquica y moral, hasta por su lógica coquetería femenina que no le faltaba a su tiempo, por su entereza de mujer en los momentos duros, por su autonomía personal, por su rebeldía para saber decir “no” en las ocasiones de tensión.
Que por eso y más, si para los suyos fue un valor siempre en alza, para cualquiera que la haya conocido, como a mí me ha sucedido, Ana Maria es y seguirá siendo una “mujer-bandera”, dicho esto en el mejor sentido de las palabras “mujer” y “bandera”. Por doquiera que pasó, ni ella arrastró complejos por ser mujer, ni quienes la trataron se tuvieron a menos por tener que vérselas con una mujer; ni los de abajo, ni los de arriba; ni los de la derecha ni los de la izquierda.
No necesitó nada más que su autenticidad de mujer para triunfar. Sin alardes repito; sin falsías; sin tener que abdicar pora nada de sus atributos femeninos…. Como tampoco necesitó más que eso para conseguir hacer de su vida un perenne ser y saber estar en su personal circunstancia, para, desde ella, mostrar con holgura y verdad una vida entera de mujer.
¿Un mirlo blanco, Ana Mari? Ni creo ni he creído nunca en los “mirlos blancos”. Para mí, todos los mirlos son negros y de pico amarillo. Porque la única historia que conozco de “un mirlo blanco”, la de la obrita de Alfred de Musset, a parte de ser un cuento muy bien contado, va por otros caminos.

Era navarra Ana Mari. Sin alardes tampoco, pero era navarra y, como tal, sincera y valiente; no de las llamadas “de armas tomar”, ni de las que llama Ortega “mujer de presa” (cfr. Esquema de Salomé, en El Espectador, III, Obras. Alianza Editorial Madrid, 1998, pp. 260-363). Era sencillamente mujer y no necesitaba más para abrirse paso como mujer.
La conocí en San Sebastián siendo ya inspectora provincial de enseñanza primaria. Un cargo con el que posteriormente vino a Madrid, ya en otras funciones superiores dentro del mismo plano de la educación primaria. Eran los años sesenta-setenta del siglo pasado, años, como se sabe, de intensos hervores tanto ideológicos como políticos, dentro y fuera de España, Si “Mayo del 68” supuso en Occidente un vuelco deconstructor y anarquista de los valores más típicos de una Europa que necesitada, para lamerse las heridas de las guerras mundiales, aferrase a sus raíces mejor que revolucionarse hasta abdicar de ellos, en España el positivo espíritu de la Transición de la dictadura a la democracia invitaba a las “dos Españas” en liza secular a hablar y escucharse para –sin quitar a nadie ni sus ideas ni sus ilusiones- iniciar juntos, como debe ser, los caminos de libertad-nunca fáciles- que se auguraban en aquella circunstancia de la Historia patria.
En esa circunstancia, accedió Ana Mari a cargos públicos -concejala en el ayuntamiento de Madrid en varias legislaturas. Y lo hizo siempre con la cabeza alta, echando siempre por delante su condición de mujer y sin que su perfil humano y católico sin fisuras ni condescendencias, desdijera nada –todo o contrario- bajo alcaldes como el socialista Tierno Galván o el conservador Alvarez del Manzano. Y –más tarde- lo mismo que había llegado, se volvió a su casa, sin amarguras ni resabios, con la sonrisa y la paz en su semblante, y con esa elegancia tan femenina y tan verdadera y sincera lo mismo cuando se gana que cuando se pierde….

No tengo dudas –en este punto- en personalizar en ella esa frase de Cajal que rememoro al comienzo de las reflexiones: “La mujer es toda femenina desde la punta del cabello hasta la planta de los piés”, con todo lo que esas palabras implican; y aún lo completaría con el punto que les sigue; “y, en ella, lo más deliciosamente femenino es el cerebro”

Podría decir de Ana Mari otras muchas cosas más.
Habré de ir cerrando las reflexiones y conformarme, sin embargo, tan sólo con dejar aquí constancia de dos o tres de sus consignas personales y de vida- Las acabo de ver escritas de su puño y letra en su manoseado listín de teléfonos y direcciones de amigos y conocidos. Creo que las tres, a modo de consignas vitales como digo, sirven para abundar en las ideas de elogio a su perfil de mujer que no rehusó nunca ni ser mujer ni de apadrinar con rostro y hechuras de mujer todos los escenarios vitales –personales o colectivos- en que se vió metida o envuelta a lo largo de su fecunda y prolongada vida.

- “En la última etapa de la vida, debemos conseguir que la misma sea una experiencia placentera y serena, de benevolencia, de autonomía, de participación, sabiduría y acercamiento a Dios”.
Es una idea –como deja apuntado ella misma- que toma de Enrique Rojas Marcos, posiblemente de ese libro en que trata de reflejar los ecos del fin de siglo. De hecho en estos valores rebozó Ana Mari los últimos tiempos de su vida.

- “No hay ninguna tiranía política que no haya querido dirigir el campo moral”.
Ignoro de dónde tomó esta verídica idea; no me extrañaría que fuera fruto de su experiencia vivida. Pero, ¡qué gran verdad!. Manejar, controlar, manipular, tomar al asalto (porque no hay ningún derecho a ello) y meter la ideología del tirano –anotemos que en democracia o mejor con medallones de “demócrata de toda la vida” colgados al pecho se dan tiranos- en el alma del ciudadano y sobre todo de los niños ha sido y sigue siendo afición favorita de todo el que, de cualquier modo,
- Y la tercera dice así. “Solidaridad es hacer mía la causa del otro”.
De esta sí que no dudo de que sea en verdad el lema definitorio de su vida. Eso fue toda su vida: hacer suya la causa del otro, sea cual sea ese otro y hasta sea cual sea la causa de que se trate. En este punto de mis reflexiones yo me halagaría de glosar esta consigna de Ana Mari con esa frase que una vez, hace años, oí decir y que anoté enseguida porque me pareció no sólo humana y cristiana al cien por cien, sino pintiparada para glosar esta tercera consigna; pintiparada además para estos tiempos en que las migraciones de gentes en ruina total están llamando a las puertas del mundo que se titula “civilizado” en demanda precisamente de “solidaridad”. Decía aquella frase; “Ámame ahora que soy negro; porque cuando sea blanco me amarán todos”. Todo un poema de belleza y de verdad bien conjuntadas.

Ana Mari. Gracias por tu vida de “mujer-mujer”. Este feminismo es el que me gusta y convence.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Caminos que a Roma van. Caminos que de Roma vuelven 14-i-2019

14.01.19 | 21:22. Archivado en Acerca del autor

“Caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Le sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensibilidad plena. A veces, uno vuelve de la caminata transformado, más inclinado a disfrutar del tiempo que a someterse a la urgencia que prevalece en nuestras existencias contemporáneas. Caminar es vivir el cuerpo, provisional o definitivamente. Recurrir al bosque, a las rutas, a los senderos no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. Caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo”.
Con tan sugerentes ideas sobre algunas virtudes del “caminar”, ya en el “Umbral del camino”, el sociólogo y antropólogo profesor de Estrasburgo, David Le Breton, abre su Elogio del caminar (Siruela, Madrid, 2000, pp. 15-16), como queriendo indicar desde el comienzo que “caminar” es una forma inteligente de vivir y modo de evadirse –por ese medio- de los reclamos de una pos-modernidad deconstructora y frívola con nada positivas pretensiones de mantener al ser humano en condiciones de masa y objeto y así liberarlo, como si de una liberación redentora se tratara y no de una traición a las esencias de “lo humano cabal”.

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Esta mañana –al revisarme del Sintrón y de una afección de oídos- Elena, mi enfermera, me cuenta la experiencia –la suya e igualmente la de su marido e hijo- al encararse estos días pasados –del 18 de diciembre al 6 de enero- con la urbe-Roma y también con el estilo del papa Francisco. Las dos impresiones han marcado profundamente, según me dice, la peripecia entera de su viaje a Italia, para vivir allí la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes.

Les ha encantado Roma, por su empaque de ciudad monumental; como relicario imponente de culturas diferentes –distintas y distantes- que, cual si de una cita misteriosa se tratara y para quien las mire bien, laten reflejadas en sus milenarias piedras; como testigo fiel que cursa sin pretenderlo –que es como mejor llegan los mensajes- la invitación a mirar y verlo todo, pero traspasando la superficie hasta encontrar bajo las piedras o las fuentes o los circos o las iglesias y bibliotecas, unas trascendencias que sólo allí se pueden observar tan juntas y sobre todo tan persuasivas y proyectivas; como un pasado que, aunque aparentemente quieto y estático, no está muerto ni mucho menos, porque a cada paso y mirada lo reviven los ojos de quienes buscan más allá de las formas escuetas o sondean más al fondo de las apariencias.
En la actual circunstancia, en su propia circunstancia, Roma les ha parecido una ciudad de luz, luminosa y radiante, preciosa, grande, invicta. Todos estos adjetivos los ha dicho Elena para calificar su admiración y respeto por esta ciudad que, al titularse “eterna”, evoca sin duda algo más que retazos –por sublimes o azarosos que pùedan ser- de mera historia humana. Lo de Roma es algo más que “historia”, según yo la percibo.

Y el papa Francisco… Buscaban –me dice Elena-, al ir a Roma, tenerlo a tiro de piedra y lo tuvieron al alcance de la mano, en una inmediatez cuajada de sensaciones y vibraciones humanas, religiosas, proyectivas así mismo para sus vidas, en las que el presente es para ellos -lo sé por observación directa del calibre intelectual y moral de mi enfermera- un tomar el pasado en las manos, observarlo por su envés y su revés –las dos visiones se necesitan para que el mismo, sin perder su sitio y carácter, se vuelva ejemplar-, decirle sí o no según proceda y terminar enfocando –desde el presente- el futuro que se quiere construir, cada cual el suyo como es lógico, pero todos, no a la intemperie de frívolos modernismos, sino a la sombra de los mismos valores que han dejado, históricamente, su pátina de verdad y humanidad en la gran cultura de Occidente; la que en Roma tiene una de sus mejores expresiones..
Tuvieron a la mano al papa Francisco. De cerca lo pudieron ver y oír. Y la impresión recibida la refrenda Elena con los ojos vivos de admiración y, sobre todo, de congratulación por el mensaje que de su figura blanca emerge: de sencillez, de cercanía y de “todo bondad”.

Ilusionados regresan los que ilusionados iban. No se sintieron defraudados, ni mucho menos. Esperanzados vuelven los que esperanzados iban. Dispuestos a repetir en cuanto puedan los que no saben por dónde comenzar para contar este retazo feliz de su propia “historia vivida”. Iban guiados por la esperanza y, al regresar, no pudieron dejar de brindar por mla esperanza.

¿Anécdotas?
Dos principales me cuenta Elena esta mañana.
La de un joven norteamericano que con ellos se viera en Roma, de religión baptista segú n parece y la ingente cantidad de japoneses, principalmente, que andaban por Roma estos días, ansiosos –ellos también, de ver y verse con Roma y el Papa.
Distintas y diferentes religiones, pero un mismo empeño y un mismo entusiasmo, recalca Elena, en todos, como si de una gran familia, sin distancias, se tratara. Nada extraño, me digo yo, ni en el vislumbre de Maikol –el chico norteamericano- que dice esperar lo inesperado de la liturgia papal del 6 de enero, ni en el afán de los japoneses por verse ante una proclamación sincera de una verdad que es de todos –la dimensión religiosa de todo hombre es de todos-, aunque, en Roma, esos días, venga proclamada por el jefe de una religión, como la católica, hecha hoy ya a la idea de que –sin perder ni abdicar de sus propias esencias, que las tiene y se radican en el Evangelio de Jesús- en toda religión ha de haber algo que nos une a todos y nos hermana aunque después cada cual se oriente –eso es la libertad religiosa- como su conciencia mejor o peor le dicte y siempre con las puertas abiertas a la verdad. Y no es una pretendida igualdad de todas las religiones lo que se refleja en ello; es la libertad de la conciencia del hombre en busca de Dios lo que se protege con el respeto a la misma en su obligada tarea de buscar con seriedad y verdad al Dios verdadero.

Elena está contenta de su viaje y, más que contenta, feliz por haberlo realizado con los ojos abiertos y por haber sabido procesar en su interior lo que sus ojos y sus pasos descubrieron estos días al caminar.
Una riqueza para ella y un placer y regusto para quienes, como yo, tienen la suerte de recibirlo de sus labios.

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Caminos que a Roma van… Caminos que de Roma vienen…
Los caminos –dicen quienes alaban el caminar- deben hacerse yendo y viniendo por ellos, no yendo solamente ni regresando tan sólo. “Se hace camino al andar” el camino proclama veraz mi gran poeta filósofo, pero también se hace al regresar por el mismo camino al puesto de salida, porque, si al marchar por un camino con buen ánimo y buen pié –como pondera el autor del Elogio del caminar- se consigue todo eso que recogen las frases de cabecera, lo más importante es el final: caminar es, a menudo, un rodeo para encontrarse con uno mismo. Al regresar sin haberse atascado, se llevan a los orígenes y a las raíces los recuerdos del camino. Y eso es vivir y ayudar a vivir.
Todos los caminos del hombre –mientras o en cuanto son caminos hacia la verdad, la justicia, el amor, la libertad, el trabajo bien hecho o la profesión bien cumplida, la racionalidad, la poesía, la religión o cualquier otro escenario del quehacer humano- son caminos hacia la vida y el vivir. Con una finalidad tan sólo, exigencia de la propia vida: hacerla y llenarla. “La vida, que me es dada y en la cual me encuentro, no me es dada hecha sino por hacer”, dicen a una nuestros grandes pensadores del s. XX, Ortega y Marías (cfr. Harold Raley, La visión responsable, Espasa-Calpe, Madrid, 1977, pag. 179).
Se nos entrega vacía pero con un sagrado deber de llenarla; en libertad por supuesto, pero con la responsabilidad que exige ir por ella, por la vida, con las antenas abiertas a todo lo que –dentro de las posibilidades de cada cual- pide y reclama la dignidad suprema del hombre. Con libertad pero sin trampas.

Gracias, Elena, por el recuento de vuestro “caminar” a Roma y al Papa. Y por esa lección de vida que me acabas de dar al recontarlo.
Elogio del caminar. “Caminar” es, a veces, un rodeo para encontrarse, o re-encontrarse quizás mejor, con uno mismo.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Justicia. Leyes. Demagogias 9-I.2019

09.01.19 | 13:04. Archivado en Acerca del autor

El derecho –de ordinario- abona el viaje hacia la justicia; pero no es forzosamente la justicia. De hecho, no es infrecuente verlo al margen o en contra de la justicia. Está llamado a ser a la justicia lo que el camino es a la meta y al final del viaje.
La demagogia no es la democracia. Es el falso carnet que usan los totalitarios para hacerse ver demócratas, siendo solamente aduladores del pueblo para hacerle creer que es el que manda.
Las leyes son –en idea de Cicerón- el precio de libertad que ha de pagarse para poder ser libres.

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El pasado dos de enero –el segundo día de 2019-, tras los efluvios del cava y el atragantón de las doce uvas, de los brindis de rigor por la “vida nueva” y el “cambio” y de los airosos pasos marciales de la Marcha Radesky del concierto de Viena, una mujer era asesinada en Laredo (Cantabria) a manos del salvaje de turno.
El motivo es lo de menos ahora; lo que importa sobre todo es el hecho.
Y el hecho es que la negra sombra de las casi cincuenta mujeres privadas de la vida en 2018 se alarga un trecho más, en un contraste, más que sorprendente, macabro, con los ecos –todavía sonoros- de los “buenos propósitos”, rituales cada nuevo año, más por exigencias del guión como parece por estos hechos que por verdadero propósito de enmienda.
Más al fondo del suceso en cuestión queda la -así mismo- negra marea de los malos tratos, de los desprecios, de los acosos, de los ninguneos y vejámenes que, por ser mujeres, se vuelcan sobre ellas en esta sociedad que algunos llaman “machista” y yo, genéricamente, calificaría de “menos que humana”, por desnortada y vacía de contenidos altruistas. Llamarle “machista” a secas me parece menos exacto porque la cosa va más allá de lo que pueda perpetrar, en singular, un individuo “machista”. Más que individual –que también lo es sin duda- hay un problema social, que ha de abordarse, analizarse y, a ser posible, resolverse socialmente.

Nomenclaturas y terminologías aparte, lo cierto y más serio y preocupante es, de todos modos, que, sin dar tiempo al respiro, nada más comenzado 2019, ¡zás!; y otro asesinato de mujer se cuela en los noticieros, y la actualidad se tiñe de negro y rojo con la desvergüenza, la ignominia, la injusticia, los odios desatados y a flor de piel, la vesania y el desafío social, que revelan estos recurrentes e inacabables episodios.
Inacabables, a pesar de todo. De la repugnancia intrínseca que el asesinato o la humillación, hasta el desprecio y la degradación de un semejante, ha de producir en la conciencia individual y colectiva. A pesar de las leyes penales que sancionan estos crímenes. A pesar de las alarmas sociales desencadenadas desde hace tiempo por esta crecida de la sangre en esta sociedad. A pesar de todo, la riada que no cesa…. ¿Por qué?, nos habremos de preguntar, si nos tenemos por racionales y sensibles ….
¿Es que algo falla en los remedios arbitrados para ponerle fin? ¿Es que –a parte de las maldades o las psicopatías o los excesos de viejas culturas supremacistas del “macho”- hay algo más que vuelve inoperantes los ”golpes legislativos” con que, desde hace años, se ha buscado gestionar y erradicar esta lacra social abominable? ¿Por qué, en este campo, se resisten tanto a surtir efecto los remedios?.

Como estos días la cuestión se ha reactivado por mor de los “polítiqueos” de partido, a cuenta de postulados como el de Vox ante la formación del nuevo gobierno andaluz, y se ha cuestionado la plena bondad de la ley llamada de la “violencia de género”, que no a todos gusta por lo que puede tener de desmesura legal -el título, a mí personalmente, me gusta menos que la finalidad de la ley-, y con todo ello las ideas se disparan en todas direcciones, obvio parece darle cancha de unas reflexiones al paso de la polvareda, mediática sobre todo. Acabo de oír, por ejemplo, a una mujer decir que “tratar todas las violencias de la misma manera es “machismo”, como dando a entender que hay “violencias de primera clase” –las que van contra la mujer- y otras de segunda o tercera –las que van contra personas distintas de las mujeres….
Pues como ahora mismo, en la materia, lo que más intriga pudiera ser la justa racionalidad de la llamada “ley de violencia de género”, achiquemos un tanto el espacio de la reflexión para echar la mirada tan sólo a esta ley, con el fin de preguntarnos si la misma –en cuanto ley humana, hija de una circunstancia concreta- ha de permitir críticas razonables y razonadas, o si ha de ser portada bajo palio, con aureola divina y, en consecuencia, asumida a ciegas, cerrando los ojos y acatando lo que diga el que manda, admitiendo –ig talmente a ciegas y sin rechistar- que “quien manda”, al dar una ley, inventa con ella la justicia del caso y la exime de toda posibilidad justa de crítica, censura o matices. Porque matizar no es corregir, ni menos aún desestimar. Y hacer de la justicia y del derecho patrimonio o territorio particular del que manda es como acondicionarse un coto privado de caza en el que uno mismo se legitima para disparar contra todo lo que se mueva si el disparo va en la dirección de los personales intereses; del que manda, claro!.
Este va a ser, pues, el perfil más directo de esta reflexión de hoy, con fondo en este fenómeno lamentable de las violencias contra la mujer y particularmente contra esa especie salvaje de violencia que recala en el asesinato. Con independencia de lo que haya podido ser o hacer un ser humano, nunca se le puede faltar al respeto -respeto lo tomo aquí como salvoconducto de la justicia-, y menos si se tratara de esa falta de respeto mayor que es el mal-trato y no digamos las agresiones que atentan contra la vida de “otro”, de la manera que sea o por los motivos que fuere.

Que la coyuntura de las violencias contra la mujer exige “golpes legislativos”, no cabe duda. Que esos “golpes legislativos” han de ser duros, rigurosos y proporcionados a la realidad muy grave del fenómeno y de los hechos, tampoco se puede dudar. Que esos mismos “golpes”, aparejados para defensa de la mujer tienen la justicia enteramente de su lado, parece incuestionable.
Sin embargo, me planteo –y creo que con razón- si esa ley –justa por completo en lo que atañe a la defensa justa frente a la violencia contra la mujer-, sigue siendo justa en lo que puede tener de discriminatoria respecto de otras violencias de la misma clase o especie, pero dirigidas hacia otras personas, incluso las propiciadas por mujeres. O, lo que es lo mismo, si esta ley admite matices y, en su caso, reservas, no en cuanto a bajar la guardia frente a las violencias contra la mujer, sino en lo que se refiere a otras violencias de la misma especie que parecen olvidadas o depreciadas y minusvaloradas por ella. O si esa ley, al defender a la mujer, con exclusividad y con el “favor del derecho” -jurídica y judicialmente-, como lo hace-, oblicuamente no lesiona o puede lesionar derechos de otros situados en –exactamente- las mismas condiciones de la mujer favorecida. O la cuestión no desdeñable los abusos hipotéticamente cometidos a la sombra de los “derechos” que con esa ley se protegen y que pudieran desbordar o hipotecar los más que loables fines de la misma.
Estos aspectos negativos no se quedan en una mera cuestión de teoría, sino de práctica, porque a nadie se le oculta, si es razonable, el mal uso que algunas mujeres han hecho –ellas mismas o inducidas por abogadilos de tres al cuarto- para tomarse ventajas en supuestos de separación o divorcio, o de guarda y custodia de los hijos, a la sombra de una ley tan positivamente discriminatoria para la mujer como negativamente pudiera serlo para otros en similares circunstancias.
Esta realidad la conocemos todos, porque la hemos palpado todos, sobre todo cuando nos hemos hallado metidos en estas lides. Concedamos que no sea lo más usual, pero es real.

He de insistir en algo para evitar malas interpretaciones o recelos. Abomino de todo mal trato a la mujer; y más aún lo abomino si el mal-trato atenta contra su vida. Pero no dejaré de reconocer que las leyes, para ser justas, han de acomodarse a la “justicia”, a la distributiva y social también, y hacerlo de tal modo que no se dejen portillos abiertos a la injusticia. Y hay leyes que no se acomodan o no se acomodan del todo a la justicia al dejar flancos abiertos por los que se puede colar la injusticia.
Soy, además, del criterio de que el legislador no crea la justicia, sino que la actúa al unirla al supuesto de hecho de una ley. Y nunca he creído que el legislador o el que manda tengan la llave maestra de lo justo y de lo injusto, como si de algo que de su omnímoda voluntad se tratara, porque –de ser así- todo lo que “se mandara” sería justo, aunque fuera el mandato de un tirano, de un déspota, de un dictador o del mismo Hitler, por ejemplo, que subió al Poder en Alemania, como se sabe, por el voto mayoritario de los alemanes.

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Dicho esto y para cerrar estas reflexiones de hoy –mañana será otro, día- algunas “entregas” sobre la justicia, la ley y las demagogias que –para halagar al pueblo o a una parte del mismo- orquestan leyes o decretos-ley con más oportunismo que verdad y razón justa.

- Tomo la primera del Digesto de Justiniano, una de las fuentes de la “recta razón” romana, de la “ratio scripta” o “la razón puesta en letras- como se ha dado en llamar a sus leyes y criterios legales. “Iuri operam daturum. prius nosse oportet unde nomen iuris descendat; est autem a iustitia appellatum, nam ut eleganter Celsus definit, ius est ars boni et aequi”. Que viene a decir que el derecho se emparenta con la justicia, como “arte” que debe ser para descubrir la justicia o la injusticia de los hechos a que el jurista –como quiera que sea o se llame- ha de aplicar sus dotes de buscador y artista de lo justo. Es un verdadero artista de la justicia; “sacerdote de la justicia” le llama el Digesto en ese mismo pasaje. Y poco después, entre los primeros principios y supremos valores del Derecho, incluye el “suum cuique tribuere”, el “dar a cada cual “lo suyo”, en lo que consiste precisamente la justicia objetivada y puesta en las manos del “artista”, que la detecte, la refine y concrete y la traduzca en leyes justas y en unas aplicaciones no menos justas de las mismas (cfr. Digesto, 1.1.1 y 1.1.10)

- Victor Hugo, en una de las escenas de su comedia El hombre que rie (1869) -2ª parte, libro 1º, cap. X-, capta perfectamente las claves radicales de lo justo y de lo injusto con sólo asomarse al interior del hombre y ver de medir sus aperturas a una cosa y a la otra, hasta decir por boca de su personaje que “aterra pensar que eso que llevamos dentro de nosotros, el juicio, no es la justicia”; porque “el juicio es lo relativo y la justicia es lo absoluto”. Y –en consecuencia- pide reflexionar en serio sobre “la distancia que puede existir entre ser juez y ser justo”.

-Y por fin la gran ironía de Kant –no exenta de dramatismo o quizás de fatal impotencia-, cuando lamentaba que los juristas no hayan sido capaces aún de ponerse de acuerdo sobre algo tan primario en una ciencia como el concepto de la misma: “Noch suchen die Juristen eine Definition zu ihrem Begriffe vom Rechte”. Las abismales distancias que puede haber entre los que cultivan el derecho sobre el propio ser o no ser del mismo no deja de ser una tragedia para la causa de la justicia.
Es terrible que –después de la Soah y los Gulag, de las dictaduras que no cesan y de las democracias que no cuajan del todo- sigan los juristas recreando a cada paso su propio concepto del derecho. Y peor es aún, a mi ver, que prevalezca el número de los que se adhieren al totalitario “esto es justo porque yo lo mando” sobre el de los que –a la sombra de un “iusnaturalismo” de base humana- limita los arbitrios del Poder (legislativo, judicial o ejecutivo) adosando al derecho sólo lo que es justo con arreglo a unas bases objetivas radicadas en el hombre y en sus derechos humanos básicos y con anterioridad y por encima de la sola voluntad o capricho del que manda.
Pero como presumo que no va a tener remedio, aquí y ahora, por arte de birlibirloque, lo que no lo ha tenido en siglos, no dejaré de mostrarme a favor de aquellos juristas que no se sienten ni amos ni dueños de la justicia, sino tan sólo servidores y artistas de ella, y que al dercho lo miran y ven como instrumento –el más cualificado- de la misma y de su entera razón de ser en una sociedad de hombres.

El espacio se acaba por hoy. Tiempo al tiempo que mañana, o al día siguiente, será otro día.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Igualdad - Libertad - Fraternidad 6 - I - 2019

07.01.19 | 18:03. Archivado en Acerca del autor

“Hizo Dios el ser humano a su imagen -varón y hembra los creó- y los bendijo y les mandó crecer y multiplicarse, llenar la tierra y someterla, dominar sobre los peces, las aves, los reptiles y las plantas” (Gen., 1, 27-29)
“Que se acabe el pecado; que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra” (Himno de Laudes).
“Señor, no te canses de haberme hecho libre” (Oración matinal de Concha Sierra, una mujer libre).

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El Cristianismo –en su ideario de liberación del hombre caído- es pionero y audaz: rompe las amarras de los particularismos entecos y suelta o afloja las ataduras excluyentes.
En este sentido, la fiesta de unos Reyes -oriundos de tierras lejanas- llegando al Portal en pos de una estrella cierra el arco abierto por el mensaje dibujado en el aire la noche de Navidad.

La idea-madre en esta celebración de los Magos o Reyes de Oriente es la “universalidad” de la salvación y la demolición de las barreras que separan a los hombres por raza, sexo, lengua o religión. “Universalidad” ya iniciada la Nochebuena con el canto de los ángeles a una paz universal, de todos con todos. Porque, si -la noche del 24 de diciembre- sonaba en el aire un canto a la paz, dirigido a todo hombre receptivo y abierto a ella, es decir de buena voluntad y buen corazón, como reza la letra, hoy se anuncia otra posibilidad y oportunidad así mismo universal: la de alistarse a candidatos al gran valor y bien de liberarse, de redimirse, de colmar las ansias innatas en el hombre de ser más, de salvarse. Estos Magos representan hoy la otra orilla del plan de Dios sobre la suerte futura del hombre. La de los de “cerca”, la de los de “lejos”. La de los “pastores” que rondan la noche. La de los que han de venir de lejos o muy lejos para verse ante aquel Niño de la “promesa” de un “nuevo orden” tan gratuito como exquisito.

Las rúbricas y señales del nuevo divino diseño vendrán más tarde para ir complementando este primer adelanto del mensaje: más en concreto y más personalizado y detallado. He aquí algunas muestras.
- Ya no hay judío ni griego, libre ni esclavo, rico ni pobre, tontos o listos; ni satrapías compuestas a golpes de arbitrarios y privilegiados escalafones; sino la radical igualdad de todos ante Dios…
- Puesto que “los suyos” no se dignaron reconocerle –al Dios hecho Hombre, a la Palabra hecha carne humana-, las puertas fueron abiertas de par en par para que tuvieran presencia los que quisieran entrar…
- Los ciegos ven, los mudos hablan, los cojos andan, los sordos oyen y a todos –sin distinciones- se les anuncia el reino de Dios…
Discute con los escribas y fariseos –la “crême” oficial- y es discutido y masl visto porque come y alterna con publicanos y pecadores y anuncia que “las prostitutas” pudieran preceder en el reino de Dios a muchos abanderados de hipocresías o farsas…
- Llama venturosos a los que sufren, lloran, son pobres o son perseguidos por defender la verdad, la dignidad, la justicia…

Pero esa radical unidad de todos, que programa y proclama el cristianismo, se llama libertad. La paz universal cantada en Belén y las puertas abiertas que traspasan los Reyes de lejanas tierras son, además de igualdad y unidad, libertad. No son matemáticas ni filosofías. Son atributos de “buena voluntad” y “buen corazón”; son cosa de fiarse en medio de la noche y de cabalgar siguiendo la estrella que muestra y abre caminos inéditos e insospechados. Claro que, sin voluntad y corazón, ni los cantos de un ángel sirven para tirarse de la cama y buscar en la noche, ni -por claras que sean las marcas- los caminos son caminos para quien rehusa transitar por ellos.
Es decir, Dios se nos da, pero no a costa de la voluntad y de la libertad del hombre. Dios es fiel, precisamente porque Dios es bueno, es decir, respetuoso con el hombre, a pesar de todo. Un respeto hecho de lealtad y fidelidad a algo: a su “compromiso” de autor precisamente.

Por ello, el camino que va de la noche de la Navidad a la noche de Reyes es el que va del canto mayúsculo a la paz al canto, no menos grande, a la libertad. Lo primero es condición de lo segundo. La ruptura de la paz es crisis y ruptura de la libertad, y, al revés, de modo parecido. Muere la paz porque ha muerto la libertad; y fenece la libertad con los atentados a la paz.

Estas ideas que sugiere la fiesta de los Reyes en interacción positiva con la fiesta de la Navidad me llevan a pensar que la primera mundialización en la o globalización de la historia humana -que es la del acceso, posible, de todos a lo divino y a Dios; a los valores universales y conjuntos; a la radical igualdad de todos; a la fraternidad universal- está ya prefigurada y remetida en la esencia del cristianismo, que va con ese solemne y audible canto a la paz, a la igualdad de raíces y de oportunidades, a la libertad como instrumento insustituible de acceso a esos valores, a la fraternidad sin miradas por encima del hombro y demás limitaciones al uso hasta de los tiempos llamados ilustrados y modernos…. Ello se puso en marcha por primera vez y se patentó en ese tramo de misterios que va de la Navidad a los Reyes…

Pero concretemos algo más y pisemos tierra de otro modo.
A los hombres, la vida nos es dada vacía, siendo deber de cada uno llenarla. Y puesto que es un ser “menesteroso”, para cumplir tan primario deber, han de ser ayudados; mejor, necesitan ser ayudados. Ayudados, pero no sustituidos. Por nadie, ni por los más imperiosamente obligados a echar la mano, que son los padres. Mucho menos, por el Estado y ni siquiera por la Iglesia, patronos y ayudantes que son subsidiarios en la tarea.
Esta obra se llama “hacerse” y, para la misma, ha de entrar en escena la libertad de cada uno; la personal y también la colectiva, porque, siendo sociales los seres humanos por su misma condición, es en el seno de una sociedad libre donde podrá cumplirse adecuada y rectamente tan exigente deber personal. Y este es en esencia el campo y escenario prioritario del ejercicio de la libertad del hombre en marcha hacia su destino humano: el de la construcción de sí mismo.
La “Oratio de hominis dignitate”, del humanista italiano I. Pic de la Mirandola, enmarca en un cuadro ejemplar este deber del hombre de “hacerse” él a sí mismo.
“No te dí, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtuvieras según tu deseio y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera alguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hasta las cosas inferiores que son los brutos; y podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas” (Discurso sobre la dignidad del hombre)
Desde los años 1463 a 1494, de la vida del gran humanista, ha llovido mucho sin duda en términos de luchas y esfuerzo por blindar al ser humano frente a las conjuras de necios, arrivistas y malvados. Como de él apunta un presentador de su gran reto, “Il est celui qui va comprendre les secrets de la création, les expliquer aux hommes et ramener ainsi la paix sur la terre” (cfr. J.-C. Saladin, Bibliothèque humaniste idéale, Paris Les Belles Lettres, 2008, pag. 123). No tanto sin embargo que haya dejado arasado o baldío su acertado pronóstico, restablecer la paz con su cortejo de las virtudes, que diferencian lo humano esencial e todo lo que no es tal.

Igualdad – Libertad - Fraternidad. Creo firmemente que la causa universal de los Derechos humanos (de su proclama germinal y más radical) no tiene su partida de nacimiento en la Rev. francesa ni en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Su matriz es otra; muy anterior. Son de raíz cristiana. Su eslogan de “igualdad-libertad-fraternidad” lo formula pero no lo compuso la Revolución. Y lo del “Dios con nosotros” es Dios con todos. Y, por eso mismo, las “ilustraciones” históricas, los “secularismos” copìstas, y las inventoras de sucedáneos harían bien, si fueran honestos, en reconocerlo así: que no son los originales del gran invento; que han copiado; y que siguen copiando –extrema maldad o cara dura!- precisamente de aquello que han denostado, perseguido con saña y no rara vez odiado.
Es el fenómeno que denuncia George Steiner cuando acusa al marxismo y a otras ideologías –llamadas “religiones laicas”- de perseguir al cristianismo, pero copiando de él lo que les interesa o importa para ocupar su lugar. “Religiones sustitutorias” les llama, pero dejando fuera lo que es el centro y la esencia de toda religión, Dios (cfr. G. Steiner, Nostalgia del Absoluto, Madrid Siruela, 2001, Los mesías seculares, pp. 13 a 33)

El silencio de Dios desconcierta y sorprende a muchos creyentes; y a muchos no creyentes les mueve a sacar de ello argumentos para negar su existencia. Pero, si bien se mira, no hay tal silencio. porque su Palabra –con mayúscula- ya está dicha, y las otras palabras que algunos pretenden escuchar para admitir a Dios no las va a pronunciar sólo porque a ellos les plazca oírlas. “Es doctrina segura-dice san Pablo-; si morimos con Él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con Él; si le negamos, también Él nos negará; si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2ª Tm. 2, 8,11-13). Y como no puede negarse a sí mismo, brinda su mensaje, respeta la libertad, guarda silencio, y espera. Y en esas estamos: a la espera de Dios.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Aquel hombre, aquellos días, aquellos años 4-I-2019

05.01.19 | 19:34. Archivado en Acerca del autor

“No hay libro tan malo –dijo el bachiller- que no tenga algo bueno” (Cervantes, El Quijote, 2ª parte, cap. III). El jugoso diálogo que le sigue, entre el bachiller y don Quijote, aunque matice algo, no rompe la verdad que patenta el dicho inicial.
Por eso un lector que se precie no rechaza ninguna lectura, ni de libros, ni de hojas volanderas, ni de panfletos siquiera; porque, donde menos se espera, a su vista se levanta una chispa de luz que compensa de la hipotética basura que, con la luz, pudiera cohabitar.
Y como sucede que detrás de los libros siempre hay alguien, a ese “alguien” se puede también referir lo que el bachiller refiere a los libros.

Hace unos días -¿lo recuerdan?- comentaba con brevedad la digna y más que lógica reacción de José Mª Múgica –hijo mayor de mi recordado amigo Fernando Múgica Herzog, asesinado por Eta en los primeros días de febrero de 1996- ante la estampa del infausto compadreo navideño de la secretaria del Psoe en Euskadi y el batasuno filo-etarra Arnaldo Otegui. Decidir en el acto darse de baja en el Psoe tras 40 años de afiliación y rubricar su decisión con el escueto “No en mi nombre” porque “hay fronteras que no se pueden pasar”, fueron ese día para mí -y creo que también para muchos más- la lección magistral de un hombre de los “hechos a medida y no en serie” –como ayer decía por boca del Patricio Sarmiento de Galdós-, de los que no se prestan ni a “tragarlo todo” ni a “pasar por todo” para dar gusto al amo, de los que –emulando al “hombre rebelde” de la conocida obra de Albert Camus- se resuelven a decir “no” para no ser esclavos de nadie. Y junto a la lección, la esperanza que de ella brota como fruta natural.. A pesar de todo y con ejemplos así, creo que tienen futuro el hombre y la civilización frente a la barbarie.
Ese 28 de diciembre, al esbozar tan sólo unas pocas ideas, prometía volver sobre ello. “Como este gesto de darse de baja honra y dignifica a Jose Mari, tanto como deshonra a los “otros”, prometo volver sobre lo mismo mañana o pasado, por débito a la verdad y a la gran amistad que mantuve con Fernando”. Decía también que fui amigo de Fernando y que mis vivencias con él, “a pesar de nuestras distancias en tantas cosas y quizás por eso” aún residen en mí como una de las mejores experiencias “de una vida”.
Darían para escribir un libro entero, aunque –lógicamente- haya de contentarme hoy con unos pocos apuntes que presumo significativos.

Conocí a Fernando Múgica en el tribunal eclesiástico, él abogado matrimonialista y yo juez. Como a él, conocía y trataba con otros abogados como Txiqui Benegas, Cillán Apalategui, Luisito Alday, Art
emio Zarco, Maturana y un largo etcétera de letrados y procuradores, con los que –a parte de lo jurídico- departía sobre mil cosas y cuestiones que, en aquella circunstancia –fue todo a partir de 1962, tiempo como se sabe de intensos hervores ideológicos- eran objeto de comidilla diaria, de preocupación profunda y de polémica y debate incluso, desde el divorcio o el aborto, la renovación de la Iglesia en curso del Vaticano II, hasta el cambio político, la presión terrorista o las revueltas del nacionalismo vasco. y sus connivencias clericales. No se olvide, además, que San Sebastián acababa de ser la sede de las renombradas Conversaciones Católicas Internacionales que supusieron una avanzadilla de modernidad y renovación en una Iglesia reservona, ensimismada y con psicología de ciudad sitiada. En aquel clima revuelto pero inquieto y expectante, conocí al abogado Fernando Múgica Herzog. Más tarde, venido a Madrid, cuantas veces viajaba yo a Donosti, lo visitaba en su despacho de la calle Prim. Era como un deber de amistad que tiraba de mí. Éramos diferentes, pero amigos. Me agradaba cómo era. Espontáneo y abierto; hasta brutalmente sincero alguna vez; no se dejaba nada en el tintero; al mirarlo, se le veía todo entero, de arriba abajo y hasta el fondo…
Cuántas veces me diría, con aquella voz llena y rotunda que tenía, que él era agnóstico, y cuántas veces yo, que me precio de haberlo conocido casi tanto como él mismo, le replicaba, “No engañes, Fernando; “meapilas” no eres desde luego, pero tal vez seas -sin creértelo- tan católico como yo”; y él, raudo y en plena carcajada, ironizaba diciendo: “En el Vaticano creo sin duda y lo respeto. Sabe lo que hace”.
La muestra puede verse en aquella tarde-noche de octubre de 1989 en que Mapi, su mujer, él y yo cenamos en Lanciego a donde me invitó para darme una noticia y pedirme un favor. La noticia era que estaba para nacer su primer nieto y el favor, pedirme que yo lo bautizara. Cuando me eché a reír y le dije “Pero Fernando, escéptico y agnóstico ¿tú me pides que bautice a tu nieto? Anda, anda…”. Y él, sin dejarme terminar mis ironías, me interpela imperativo y mandón: “Déjate de bromas y chanzas; tú bautizas a mi nieto”. Por cierto, aquel bautizo lo celebramos en la iglesias de Las Reparadoras (parroquia de San Martín, obispo) el sábado anterior a aquel martes nefasto en el que caía asesinado por aquel maldito etarra cuando salía de su despacho, a mediodía, para irse a comer con su mujer y sus hijos.
Otra vivencia con Fernando –¡fueron tantas!!!- ocurrió en su despacho y muestra su claridad de ideas y su voluntad de preservar las “togas” de contaminaciones y propagandas. Coincidía con la erupción mediática de los llamados “jueces-estrella”, de los que entonces era pivote visible el juez Garzón, y se prodigaban sus devaneos con la “justicia universal” a vueltas, el encausamiento de Pinochet y demás lindezas sde parecido jaez y estilo. Charlábamos, comentábamos, hablábamos de la tan conveniente “soledad” de los jueces para no dejarse contaminar e influir por extraños compañeros de viaje, cuando él –poniéndose solemne como hacía cuando quería rubricar algo de lo que estaba muy convencido- repuso tajante: “Los jueces sólo deben hablar por sus autos y sus sentencias; y el que no quede contento, que apele”. Le respondí que “amén” y ese día –lo recuerdo- me regaló su “kipá” negra y bordaba en hilo plateado, que aún conservo como una reliquia. Años más tarde, al enseñarla a su hermano Enrique, se echó a llorar.
Podría seguir Indefinidamente, pero sólo mencionaré esta otra peripecia. En el tribunal, lo saben quienes me vieron hacerlo, me sentaba yo a la máquina de escribir para aliviar al querido y recordado don José Mª. Arrúe, notario del mismo. Al hacer así, quedaba la silla del juez vacante y Fernando -ni corto ni perezoso- se aposentaba en ella, con sorpresa, las primeras veces, de los demás asistentes a la toma de las declaraciones. Luisito Alday –tan apuesto y respetuoso él- un día, a solas, me vino casi a reprochar que permitiera que Fernando se sentara en la silla del juez, a lo que le repuse que no creía que me contagiara de nada porque Fernando, u otro cualquiera, se sentara en mi silla. Así acabó aquello y en adelante Fernando lo siguió haciendo y alguno más también.
Tengo muchas más, porque Fernando -grande y hablador- no perdía comba a la hora de tirar los trastos a quien fuera; como aquella tarde, en el salón de actos de la Caja de Ahorros Municipal, en la calle de Guetaria. Era un debate mas de los que entonces se prodigaban; en esa ocasión sobre el divorcio y la ley que lo regulara en España. A la hora de las preguntas, Fernando intervino para sacar a colación el repudio judío y lamentarse del día en que sus padres dicidieron bautizarlo. Fue genial aquella esgrima mano a mano, que terminó a la mañana siguiente en mi despacho con Fernando diciéndome: “Sólo a mí se me ocurre hacerme propaganda anticlerical y tirarte de la lengua; tú me conoces igual que si me hubieras parido”.
Era tan sincero y noble Fernando que, a pesar de su voz poderosa y recia, las distancias se achicaban hasta cuando las diferencias de criterio y sentimientos podían ser muy grandes. Dialogaba hasta cuando podía verse en inferioridad de condiciones.

La última vez que lo ví con vida fue la tarde aquella del sábado del bautizo de su primer nieto. Tras la comida en Txomin, me llevó a casa, todo feliz y contento. Nos despedimos, pero, el día siguiente, a media mañana, me llamó por teléfono para decirme escuetamente: “Santi, estoy en la nube aún. Gracias”. El paso siguiente fueron ya las sirenas de la policía –dos días más tarde- aullando por la calle de San Martín. porque el maldito etarra lo acababa de asesinar cuando salía de su despacho para irse a comer con su mujer y sus hijos.

+++
Nada me extraña –lo comprendo- la reacción de Jose Mari dándose de baja en el Psoe, aunque el socialismo fuera una de sus señas de identidad desde niño pequeño. Sus 40 años de afiliación no le han impedido solemnizar la baja con la escueta frase del “Conmigo, no!”. Hay fronteras que no se pueden pasar sin dejarse en ellas la dignidad y la libertad hechas jirones.
Y es que, entre los dos extremos del “sumiso” y el “revolucionario”, está el “rebelde”. Y la dignidad y autenticidad de esa rebeldía es a la que –como acabo de señalar- Albert Camus dedica las primeras líneas del primer capítulo de El hombre rebelde, cuando se pregunta “¿Qué es un hombre rebelde?” y responde que es “Un hombre que dice que no. Pero que, si se niega, no renuncia; es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese “no”? (cfr. A. Camus, El hombre rebelde, 2008, p. 22). A lo largo de su libro Camus lo expone.
No es extraña –repito- la reacción de José Mari. Lo extraño está en los “otros”; en los que –ahora mismo y dentro del partido socialista que ostenta el poder- “trapichean” –puede ser la palabra- para hacer “negocio” no importa a qué coste o precio. Lo estamos viendo.
Esta misma mañana oigo a Rosa Díaz –una socialista también rebotada- repetir de viva voz lo que aparece en su twist: “Si el Psoe no desaparece con esta conducta es que los españoles no tenemos remedio”. Duro es el augurio, pero real y repetido incluso por ella.

Y ya –para cerrar- me vuelvo a donde ciomenzaba.
“No hay libro tan malo –dijo el bachiller- que no tenga algo bueno” (Cervantes, El Quijote, 2ª parte, cap. III). El jugoso diálogo que sigue al dicho del bechiller, entre él y don Quijote, aunque matice, no quita valor a su verdad. Y por eso un lector que se precie de tal no rechaza ninguna lectura, ni de libros, ni de hojas volanderas o panfletos, porque, donde menos se espera, a su vista se levanta una chispa de luz que compensa de las hipotéticas maldades que, al lado de la luz o con formas de luz, pudieran cohabitar. Y como detrás de lis libros siempre hay alguien. a ese “alguien” también se puede referir lo que el bachiller refiere a los libros. No hay hombre tan malo que no tenga algo bueno. Y las apariencias, con mucha frecuencia engañan.
Por estas veredas discurren las raíces de la tolerancia y también los límites de la tolerancia. Se ven claro los dos perfiles –el de las raíces y el de los límites- en este “memorandum” que acabo de hacer.
No hay hombre que no tenga algo bueno; que, por eso “bueno”, aunque sea poco, no debe ser respetado o al menos tolerado.
Pero, con todo, el bien o valor de la tolerancia tiene límites y están en esas líneas rojas o fronteras que no se pueden pasar ni traspasar sin caer en degradación e ignominia. José Mari, ¡chapeau!.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Unas resonancias de la Navidad 3 - I - 2019

03.01.19 | 20:00. Archivado en Acerca del autor

Las celebraciones navideñas son fuente de aguas limpias capaces de inspirar visiones inéditos de la realidad y dar ánimos para volcar luz y verdad sobre los más diversos escenarios de la vida y el quehacer humanos. Cumbre mayor de la Historia, su mensaje –al ser universal- va con todo y a todo es capaz de darle un toque de elevación y buen gusto.
Además de una esencia circunstanciada en las afueras de un pequeño pueblo palestino, hace dos mil años, en un establo de albergar animales y con un reparto variopinto de protagonistas -los que van de José y María a los ángeles entonando aleluyas de paz, de unos pastores sacados del sueño por la irrupción de un “misterio” que los sorprende y admira a unos magos o reyes de Oriente que –siguiendo la luz de la estrella- aciertan a dar con el lugar-… Además –digo- de ese centro y esencia, sin lo que la Navidad no sería otra cosa que ordinaria meteorología de solsticio del invierno, lleva la Navidad cristiana adosadas excrecencias –culturales en todo caso- que hacen de ella un emporio cultural con caras tan variadas como la golosina del mazapán y los turrones, o esas otras golosinas de superlativa belleza y encanto humano que son los villancicos, las felicitaciones, los regalos, la paz que anuncia la mano tendida a todo el mundo, los sueños infantiles continuados de Navidad a Reyes. Y todo ello bien servido en raciones individuales o sociales, cocidas al aire de lo que los usos y tradiciones de cada persona, familia o pueblo ha ido poniendo junto al Portal y al Niño, con mayúscula, que –al nacer como lo hace- revoluciona (en el buen sentido del término) toda la Historia humana. Esta rica gama de sabores de la Navidad, que se difunden profusamente –como un bien que son- y alegran el cuerpo y sobre todo el alma, parecen empujar a darles alas para volar más allá de los límites del afortunado receptor que los gusta y saborea. Estos días, todo –por lejano que esté- parece contagiarse del buen sentido de la Navidad.
De las muestras y ofertas de alegría por mí recibidas con esta ocasión, dos espigo –entre todas- al ver en ellas, al socaire venturoso de la Navidad, empeño en poner –junto al Portal y al Niño-Dios- aires de nuestro tiempo, de nuestra circunstancia individual o colectiva, con ánimo sin duda de hacerlos más respirables o menos expuestos a las servidumbres que se nos pretenden colar so capa de tutelas, muy benevolentes quizás, pero insoportables por gentes curtidas hace mucho en el arte de separar la paja del grano; gentes con sentido crítico y ganas de verdad.
Las felicitaciones de Antonio y de Nicolás –antiguos y buenos amigos de muchos años- son hoy la base de mis reflexiones, en dos glosas breves con ánimo de realce solamente de alguna de las virtudes que las adornan.

Antonio me dice:
“Felices Fiestas. Dados los tiempos que corren, quizás convenga recordar la docta sentencia de Francis Bacon: “La historia hace a los hombres sabios; las matemáticas los hacen sutiles; la filosofía natural, profundos; la moral, graves; la lógica y la retórica, hábiles para la lucha”. Sin dejar de tener presente a Celine cuando enseña que “para salir de las dificultades es necesario tener miedo. No hace falta tener otro arma o virtud”. Feliz Nochebuena y “Bebed porque sois felices; nunca porque seáis desgraciados” (Chesterton). Un abrazo”.

Nicolás me dice:
Navidad 2018. La educación –y en ello hay que incluir el pleno desarrollo de la personalidad, el recto entendimiento de nuestro Estado autonómico, la unidad de España como patria común y la solidaridad entre todos, hombres, corporaciones, instituciones- debería ser el gran reto para los próximos años, una vez que nuestra Constitución (La “Nicolasa”), dada el 6-XII-1978, ha cumplido cuarenta años de vigencia real y los ha superado con Notable como sistema compuesto de muchas piezas y elementos, y con variadas relaciones entre ellos a lo largo de estas décadas.
Ahí, como en muchos otros campos que algunos, allá por 1977-78, consideraban como no susceptibles de lograr acuerdos, seguro que podemos avanzar, si nos lo proponemos con reflexión y esfuerzo, la debida actitud y desde el respeto a lo que somos y representamos. Con ello, contribuiremos a que el texto de 1978 (¿es cierto que solo se reforma lo que se quiere conservar?) siga siendo valioso y aplicado. No es tiempo éste para quienes no tienen los pies en la tierra. Además, es tiempo de Navidad y en él se desarrollaron las esperanzas reales. Muy feliz Navidad. Muy feliz 2019. Y todo el ánimo acompañado de un abrazo fuerte. Nicolás”

+++
Antonio es médico en Ponferrada; de los que bajan al subsuelo del enfermo antes de redactar el diagnóstico; que se cuida, como buen profesional, no sólo de la Medicina y sus ciencias auxiliares, sino que, además, hace del libro una herramienta constructiva y la usa a diario para ilustrar y lustrar por los cuatro puntos cardinales su profesión…
Y no ensalzo más para que no se me subleve.
Pero, sobre todo, Antonio es un amigo. Un amigo que, entre los muchos signos y señas de su amistad, cada Nochebuena me recrea con una felicitación de las de fuera de la rutina. Y este año la felicitación de mi querido amigo ha sido la que acabo de reproducir literalmente, con adobo de ideas sugerentes de Bacon, de Celine y de Chesterton. Tres citas con ideas para pensar y trascenderse, porque -sobre el espíritu positivo y esperanzado de la Navidad- invitan a glosarlas para emplazarlas en la circunstancia o circunstancias a que se adosan por el buen tino y sentido del querido amigo. Y como no se debe –por exigencias de la amistad- contrariar invitaciones así, allá me voy con esta breve glosa de la felicitación de Antonio.
Me felicita la Navidad pisando tierra de “los tiempos que corren”; es decir, con la circunstancia formateando el “yo”. Y viene a decir, si yo lo entiendo bien, que esta Navidad es la misma de hace dos mil años, pero no es lo mismo. Que ha de servir para lo mismo que ella –posibilitar “un mundo nuevo y una tierra nueva”-, pero con aires nuevos. Que los aires sean nuevos bien lo parece. De lo otro –“Un mundo nuevo y una tierra nueva” en el bíblico sentido de la expresión-, tras 20 siglos de rodaje, no estoy tan seguro; mejor dicho, no lo creo.
Y, con la circunstancia a la vista, Antonio enhebra –al filo de esta Navidad- las tres agujas de las citas de Bacon, Celine y Chesterton. Observo en las tres acentos agudos de precaución por un lado y de expectativa por otro.
Los puntos de Francis Bacon bien pueden tomarse como esquema redondo para que los hombres sean y se hagan. Es un ideal, un buen ideal. La Ilustración lo suscribiría seguramente. No desdice del mensaje de la Navidad, la del Portal y el Niño. Claro que, después de Auschwick y los Gulag, de Mayodel 68 y la modernidad posmoderna, de los populismos iluminados, totalitarios y reconstructores, cualquiera sabe si las indicaciones y sugerencias de Francis Bacon se han quedado ya en otra cosa que en un piadoso deseo o en romántico pero destartalado plan de vida.
El miedo que aconseja Celine como arma para vencer las dificultades muestra quizás un camino más abierto ante la bruma o negrura de “los tiempos que corren”. Si “el miedo”, cuando es racional y no cerval, connota “precaución”, bueno ha de ser para “los tiempos”, pues precaverse ante las “artes” –sobre todo las malas- de los del “todo a cien”, los de la farsa y el tripicheo o los que aspiran a convencer de haber visto “a los burros volar”, Aunque se hayan escrito muchos y muy bellos “cuentos de Navidad”, la Navidad cristiana es algo más, bastante más, que “un cuento”.
¿Y Chesterton? “Bebed porque sois felices; nunca porque seáis desgraciados”. Oportunísimo consejo para no convertir la Navidad cristiana en una bacanal con humos de parodia de la verdadera y auténtica Navidad.
Gracias, amigo Antonio.

Nicolás -entre otras cosas- es Letrado de las Cortes Generales y muy buen jurista. De casta le viene y ejerce de ello con la naturalidad de quien, al enseñar, no alardea de ser un maestro. Hace tiempo lo conocí y me sigue su recuerdo como lo que su persona es a mi ver: un señor de los “hechos a medida” y no de las “fabricadas en serie”, cual -con buen tino- discerniera ufano, ante el garrote vil inminente, el Patricio Sarmiento, de Galdós, en “El Terror de 1824” (VII volumen de la 2ª serie de sus Episodios Nacionales, cap. XXI).
Su felicitación –pensada también desde la circunstancia- apunta o pone el dedo en la llaga de los varios –ignorantes, aviesos, malvados o canallas, que habrá de todo- que -aunque hablen de reforma para despistar o encubrir- quieren borrar o ensuciar esa página, quizás la más brillante, escrita nunca entre nosotros para acabar de una vez con la maldición cainita de las “Dos Españas”.
Por mucho que canten o bailen los detractores de ese momento estelar de nuestra Historia, aquella página -aunque escrita por mano de los Suárez, Carrillo, Felipe o Guerra, Solé Tura o Peces Barba y otros más de igual rango y altura de miras- fue debida en su más radical verdad al entero pueblo español -harto ya de soportar maldiciones y ansioso de liberarse de las tretas y maldades de los unos y los otros.
Nadie, por tanto, que se llame demócrata debiera dudar de tal verdad. La Constitución, por voluntad directa del pueblo español, es la fundamental garantía de convivencias en paz, en justicia y en razón. Que no es perfecta y necesita de ajustes y reformas, nadie lo duda. Y habrá de reformarse en lo que su rodaje de 40 años la haya podido mostrar “minus valens”; pero no entrando en ella como “elefante en una cacharrería”, sino con la pericia y mesura del buen cirujano que corta para vitalizar; y echando por delante que la reforma de algo no es una demolición, y supone pervivencia del ser que se reforma, como acertadamente patenta Nicolás en la felicitación al preguntarse con pujante ironía si no “es cierto que solo se reforma lo que se quiere conservar”. Es totalmente cierto que “reformar” algo tiene una ladera de quitar defectos y otra de introducir usos buenos, como Ortega y Gasset mostrara al invocar –hace casi un siglo (1930) la “misión de la universidad”.
Cuando algunos de los “nuevos y presuntos salvadores de la patria” claman a voces a la reforma, aunque se maten por disimular, no quieren reforma sino enredar o tal vez perpetuar el drama de las “Dos Españas”, o lo que es igual, el “cainismo” en nuestra sociedad.
La última frase de la felicitación de Nicolás merece punto y a parte. En tono profético dice Nicolás que “No es tiempo éste para quienes no tienen los pies en la tierra. Además, es tiempo de Navidad y en él se desarrollaron las esperanzas reales. Muy feliz Navidad. Muy feliz 2019. Y todo el ánimo acompañado de un abrazo fuerte”.
Este apunte –a rebufo de la venturosa singladura constitucional de los 40 años cumplidos- no deja de tener su “porqué” en ese doble filo del final: no es tiempo de andarse por las ramas en cabriolas tan etéreas como improvisadas, sino de tocar el suelo y mirar a las raíces. Pero está lo otro, la Navidad y su mensaje en medio de la noche: “Es tiempo de Navidad y en ese tiempo se desarrollaron las esperanzas reales” La circunstancia no es desdeñable, ni para Nicolás ni para los creyentes en el “Dios hecho Hombre”. Estos días pasados, por boca de don Fidel, otro amigo, reflexionaba yo sobre la necesidad de que “la esperanza” fuese “activa” y no de brazos cruzados y de pierna sobre pierna. Belán marcó hace veinte siglos un camino por el que moverse, en busca de la “paz” sobre todo; y no por cuaklquiera sino por hombres y mujeres “de buena voluntad”.
La conjunción de las cosas naturales y sobrenaturales que hace Nicolás al final de su navideña felicitación es –como es la Navidad- estelar y, por lo mismo, digna de ser mirada como se mira una estrella: con una ilusión que sea movimiento del alma hacia ella.
Gracias, Nicolás.

Más de una vez lo he dicho y ahora, para cerrar estas reflexiones, lo reitero. Aquel efluvio del gran tribuno romano Cicerón al preguntarse a sí mismo si “puede soñarse algo más dulce que tener al alguien con quien poder hablar de todas las cosas como si contigo mismo hablaras” (De amicitia). ¡Pues eso!!!
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Un día y otro día - Otro día y otra vida 1 - I -2019

01.01.19 | 19:16. Archivado en Acerca del autor

Desde mi balcón veo amanecer el nuevo día. Me da en los ojos la primera luz de 2019. Amanece como ayer amanecía y parece lo mismo que ayer, pero no es igual. Aunque se sucedan y acompasen los días, no son lo mismo el 31 de diciembre y el uno de enero. Nunca lo son, al menos para inconformistas y rebeldes en el buen sentido de estas palabras.

Anoche Nahia –con sus siete añitos poco ha cumplidos- me recordaba, minutos antes de la cena en familia, su pequeño poema del año pasado –en la misma fecha de despedida de 2017-, que, antes de sonar las campanadas del reloj de la Puerta del Sol, ella y su hermano -5 añitos a punto ya de cumplir Jon- repartieron entre los presentes como despido del año y saludo al otro. Quería repetir el bonito gesto y pedía le ayudase a otro poema para esta noche. Accedí con gusto a la infantil iniciativa.
Casi todo es de su cosecha; ella iba anotando y cambiando palabras hasta que las dos cuartetas le parecieron bien. Infantil y sencillo, pero lleno de alma, de gracia y sabor, es su pequeño poema. “Vete con Dios Año Viejo, con tus bienes y tus males. No te hagas de rogar, no tuerzas el entrecejo. Bienvenido el Año Nuevo 2019 soñado. Tráenos felicidad , buenos aires y deseos. Y quédate con nosotros hasta que 2020 estrenemos. FELIZ AÑO 2019”. Nahia y su hermano, repartiendo su mensaje al par de las uvas, daban aire nuevo a la Noche Vieja de 2018, y sus deseos, referidos por ellos a cada uno de nosotros, eran nuestros deseos. Tienen consigo sabor a dulce presagio en una noche mágica, que lleva dentro, como ninguna otra noche del año lleva, una fecha de caducidad y otra de vigencias imaginadas, por que sólo es anticipo y promesa. Uno que se muere caduco y gastado mientras el otro se perfila sólo con ribetes de posibilidad.

Amanece como ayer, pero no es lo de ayer. Ni una brizna de nube siquiera en el cielo de Madrid; los centelleos de la luz naciente que tratan de colarse por el verde oscuro de los abetos y pinos de los Jardines del Moro; luminosidad a mansalva y presunta sensación frío también a estas primeras horas del nuevo día.
Pasaron ya los recuerdos ocres y amarillos del otoño, el crisantemo violeta y la menguada flor agónica de los rosales en declive. Llegó hace muy poco la flor del invierno helada y marchita ya casi al nacer; un invierno más, de nieblas de tonos grises tirando a negro, o de sol radiante donde la niebla no cuaja pero que, aunque calienta y entibia, impone desempolvar los protocolos municipales de la contaminación. Y en esas estamos ahora mismo, ante una mañana y un día preñados de sugestivas esperanzas que, hasta sin haber florecido, sirven para soñar. Cuando la marcha Radescky ponga fin otra vez el concierto de Viena y los compases del Danubio Azul y otras piezas de la saga maestra de los Strauss sobre todo hagan revivir anhelos dormidos dentro de cada uno, las almas volverán a sentirse libres y con ganas de volar, aunque sólo sea unas horas porque, mañana, pasado mañana o al día siguiente, esa misma vida que hoy amanece como posibilidad gozosa, haya otra vez de mirarse recelosa al espejo que seguirá dando imágenes distorsionadas de una realidad que, pudiendo ser humana y reciclable y por ello bonita, se quedará otra vez, como casi siempre, en más de lo mismo. Y sabemos todos de sobra qué es o a qué se refiere eso de “más de lo mismo” cuando de transformar conductas y no edificios o estructuras materiales se trata.

No nos desanimemos sin embargo antes de tiempo.
Acabo de leer en un libro que aconseja la “visión responsable” de la realidad para no caer en deformaciones que la tuercen y alienan, que la “vida” es “posibilidad”; eso sí, una posibilidad a la medida de la capacidad y sobre todo de la voluntad de cada uno. Si tú no quieres, no hay nada que hacer; pero –por mucho y bien que se quiera- si no se puede, tampoco es posible hacer mucho. De todos modos y a pesar de todo, convertir posibilidades en actualidades es reto que, a todos, nos llama el primer día del año, si el saludo del “Feliz Año Nuevo” ha de ser algo más que el tonto atragantarse, o casi, con las “doce uvas” o entontecer con el sorbo espirituoso de unas copas de licor en falso brindis por algo que se dice pero que en realidad no se quiere, por eso tan sobado y claro de que son las “obras” los “amores” verdaderos.
Afán serio -y no ritual meramente- por convertir las posibilidades de vida en actualidades de vida. He aquí el mejor brindis para esta mañana radiante, en Madrid, del uno de enero de 2019. Todo un reto, que -como todos los retos- reclama para sí dar la cara a la realidad, mirarle a los ojos, cogerla por los cuernos y –en lo posible- irle comiendo terreno, poco o mucho según las posibilidades de cada uno, y siempre sin ceder un palmo siquiera al cuento, la mentira, la conjura de los necios o de los canallas, que siguen siendo, según el Diccionario, todos los que, por ser malvados, recalan, a cada paso que dan, en miserables.

Y me reafirmo. El reto del nuevo Año está en volver la vida de una “realidad posible” a una “realidad vivida”. Es el empeño que yo veo levantarse audaz, esta mañana de sol radiante en Madrid, de la doce uvas de ayer, de los brindis con cava o chamagne, del beso y los buenos deseos que siguen a todo ello. El cotillón de los vivos colores, de las guirnaldas policromadas y la demás farfolla de la noche mágica por excelencia serán nada, o cuento a lo sumo, sin lo del cambio a mejor, poco a poco y paso a paso -como sea, es secundario- hasta conseguir hacer de 2019 un año mejor que 2018.

Lo tenemos crudo los españoles en nuestra concreta circunstancia. Quien no lo quiera ver haría bien en acudir presto al oculista. “Vamos de culo” titulaba hace un tiempo mis reflexiones. “Meditando al paso de marcha de los cangrejos”, las encabezaba hace muy pocos días. No nos empeñemos, de todos modos, en acuñar pesimismos. La cosa no va de pesimismo. Va de otros pormenores que todos podemos vislumbrar con sólo abrir los ojos. Realismo se llama la figura.

Hoy se celebra también el Día Mundial de la Paz. El papa Francisco, para preservar y fomentar la paz, llama a todos sin excepción, especialmente a los políticos, a llevar “una política de paz”; o lo que es igual, de respeto a la dignidad igual de todos los hombres; de salvaguarda de los derechos humanos; de decisión en todos de llamar a las cosas por su nombre de pila sin falsear su sentido… No lo dice así, pero pudiera muy bien ser glosado su mensaje a favor de la Paz con ese trípode vital del orden social justo con que el romano libro del Digesto de Justiniano abre sus proclamas a favor del reinado de la justicia en cualquier sociedad: “Honeste vivere; alterum non laedere; suum cuique tribuere”. Que, para los que no sepan latín, quiere decir: hay que vivir con dignidad, en la estética de una ética humana y racional; no se debe hacer daño a nadie o no es decente ni coherente hacer a otros lo que no quieras que te hagan a ti; y, por fin, la vitola insigne de la Justicia, “dar a cada cual lo suyo”.

De todos modos, y como es el uno de enero, no vendría mal anotarse lo del “carpe diem” horaciano, invitando a tomar y vivir lo bueno que pueda traer cada momento sin pasarse de rosca especulando demasiado con lo malo que pueda traer el futuro. Cuerpo a tierra; paso corto y vista larga; y no desdeñar nunca lo bueno y hermoso que pueda llegar del “otro”, cualquiera que sea, aunque sea una deliciosa niña como Nahia o un agitado pero dócil “rapaz” como Jon. Llevan sin duda a Dios con ellos, y eso –hasta viniendo de sus vidas incipientes y abiertas a todo- puede ser mucho en una sociedad como esta: gastada, cansada y, por supuesto, líquida o gaseosa como hace tiempo vienen presagiando sociólogos tan certeros y realistas como Zigmunt Bauman y otros más.

Es media mañana y me voy a escuchar el concierto del Año Nuevo en Viena. Al sonar la Marcha Radesky -garbosa, mandona y decidida, desinhibidora de ataduras que encogen o esclavizan, pero sobre todo solemne-, no brindaré por nada porque todo ya fue brindado anoche, pero alzaré hasta “el Dios hecho Hombre” de la Navidad cristiana esa oración de la serenidad, o para pedir serenidad, que mi recordado amigo Luis Fernández-Vega y Diego ordenó esculpir en una de las paredes de su capilla del Cristo de las Cuevas, en Ceceda. Una oración que, desde que la ví allí esculpida, todos los días acostumbro a rezar, porque me suena a verdad y a necesidad incluso. “Pido al Cristo de las Cuevas la ayuda para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el coraje para cambiar las que sí puedo; y la sabiduría para saber discernir en ambas situaciones lo que me corresponde hacer”.

Un día y otro día. Una vida y otra vida.
Amigos. Buen año 2019.
Aunque pueda sonar a imposible o a chiste, ¡adelante y a por ello!!!

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Domingo, 17 de febrero

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