Entre dos luces

Meditando al paso de marcha de los cangrejos 30 - XII -2018

30.12.18 | 21:33. Archivado en Acerca del autor

“Mira la ola marina, mira la vuelta que da. Mira la ola marina, mira qué bonita va. Tengo un motor que camina pa’lante. Tengo un motor que camina pa’atrás…”. La letra rumbera, caribeña y mulata de la conocida canción, en labios del venezolano Enrique Culebra Iriarte, sea hoy punto de apoyo a la idea que marca el tono de mis reflexiones en la fiesta cristiana de la “sagrada Familia”. Las dos marchas se combinan, se suceden, se intercalan en la dinámica de lo que humanamente más importa. Hoy, en estas reflexiones, la familia.

Los que se descabezan obsesos por convertir el pasado en presente caen en la misma trampa de los que viven empeñados en construir el futuro dando del todo la espalda al pasado y sin mirar atrás aunque sólo sea para precaver posibles malaventuras ya vividas o sentidas antes. La trampa es la de un idealismo tan aéreo y sutil cabalgando sobre la quimera de vivir sin tocar tierra ni sentir necesidad de hacerlo.
Ni el pasado puede ser presente, ni el presente puede aspirar a ser futuro con el nulo bagaje de su insignificancia temporal: un eterno es que ya no es. Falta de realismo puede entrañar esta doble trampa.
Los que se empeñan en convertir el pasado en presente y se alivian pensando que el tiempo se para y no corre, que las horas no pasan y que las circunstancias no conciernen a la sustancia, bien pueden llamarse ilusos o desnortados.
Pero así mismo los que –a fuer de jugar a modernos y actuales- cierran a cal y canto el pasado y lo borran del mapa de sus vivencias y se sienten abocados a conjugar la vida o su vida sólo en tiempo futuro hasta hacer del presente un punto muerto, en el que el pasado ya no existe y el futuro no ha llegado aún, pudieran igualmente llamarse ilusos e incluso desnortados porque se mecen al aire de utopías imposibles, por no decir descabelladas.
Si -en todo- los extremos se tocan y en el medio están el equilibrio y la virtud como ya dictaminaron los pensadores griegos, habría de concluirse la irracionalidad de los afanes de los unos y de los otros; tanto de los afanados en considerar bueno lo viejo sólo por ser viejo o malo lo nuevo por ser nuevo, como los de llamar bueno a lo nuevo por ser nuevo, estar de moda o tener buena prensa y dañoso lo viejo por la sola razón de no estar de moda ni contar con los vientos a favor. Afanes irracionales son los de ambas laderas, porque la verdad es que ni todo lo viejo estorba ni todo lo nuevo es elogiable.

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Emboco estas reflexiones con este preámbulo de teoría por ser hoy el Día de la Familia cristiana o de la Familia entendida a la luz del sentido cristiano de la vida del hombre y su carácter trascendental.
Hoy mis reflexiones vuelan hacia esas filosofías que, desde hace un tiempo, tocan a rebato contra las instituciones de fondo y calado humano y cristiano, para holgarse y tender la mano a otras de signo contrario e hijas de un secularismo tan extremista y, por ello, tan sectario como demoledor.
El matrimonio y la familia han sido y siguen siendo de las más acosadas. Se las quiere desposeer –sin razón alguna de peso y casi sólo por su “pedigrí” natural y cristiano- de su denominación de origen; y se excogitan banales argumentos para desmantelarlas y sustituirlas de raíz por otras creadas al paso y al aire de una modernidad –dígase mejor modernismo-, tan farolera, tan artificiosa y formal, tan líquida y vacía de contenido sólido que asombran tanto la presteza y ligereza de unos para divinizarla como la idiocía o el pasotismo de otros para subirse al carro de lo “políticamente correcto” por complicidades ideológicas o por complejos o inseguridad.
Y no son cosas para bromear; más bien lo son de supervivencia.
Cuando leo, por ejemplo, en el Prefacio a “Un mundo feliz” de Aldous Huxley –redactado en 1946 para confirmar ya los malos presagios del original escrito en 1.931-, ese tan profético y verosímil augurio que reza de este modo: “Ya hay algunas ciudades americanas en las que el número de divorcios iguala al número de bodas. Dentro de pocos años, sin duda alguna, las licencias para matrimonios se expenderán como las licencias para tener perros, con validez sólo para un período de doce meses y sin ninguna ley que impida cambiar de perro o tener más de un animal a la vez”, el sudor frío de las agonías me deja helado.
Y leo seguidamente –también en una Introducción, la de Álvaro de Silva al libro que recoge ensayos de Chesterton sobre el hombre y la mujer, el amor, el matrimonio, los niños, la familia y el divorcio y se titula El amor o la fuerza del sino (Ed. Rialp, Madrid, 1995)- cosas menos trágicas que las profecías de Huxley pero muy representativas para el momento actual.
“Chesterton –se dice- no habla de la familia de este tipo o del otro. Si es conservador, no es porque quiera conservar una familia “conservadora”, sino la familia sin más…. Bienvenidos sean los cambios de los tiempos y los vientos del progreso y la libertad y la democracia y lo que uno quiera, pero no pretendáis inventar una familia aguada o adulterada o muerta ya y abrazarla después como si fuera la verdadera familia. Chesterton se opuso tanto al brutal pesimismo de Huxley como al optimismo estúpido de los profetas de un nuevo tipo de familia”. Algo más adelante el prologuista –en seguimiento fiel del sentir de Chesterton- trata de situarse ante las causas del actual declive de la familia. Y matiza de este modo: “No podemos caer en una falsa ilusión, a saber, condenar las influencias externas como si fueran las máximas culpables de la disolución de la familia en buena parte de la civilización occidental. No hay duda de que el socialismo marxista y el capitalismo de la sociedad de consumo han reducido la familia a escombros. En sus ensayos sobre la materia, Chesterton arremete sobre todo contra el capitalismo, no culpa tanto a Moscú como a Maniatan, que ha creado un monstruo de muchas cabezas, dos de ellas desastrosas para el matrimonio y el hogar: el individualismo y el consumismo”. Pero no se queda es esto el diagnóstico del fino pensador inglés: “Chesterton fue consciente de que el enemigo número uno no había que buscarlo fuera, en esas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras. Los mismos extremos del capitalismo, del socialismo y de la sociedad de consumo apenas tienen relevancia en comparación con el enemigo interior al ser humano. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo. Es la falta de desarrollo interior humano, la pobreza de espíritu, el aburrimiento y la frivolidad, la asombrosa ausencia de imaginación lo que lleva a hiombres y mujeres a desesperar de la familia y del matrimonio, o al menos de su familia y de su matrimonio tal como los experimentan. Chesterton insiste en que el hogar no es pequeño, es el alma de algunas personas la que es raquítica. El matrimonio y el hogar resultan demasiado grandes para ellos”.
No debe cundir sin embargo excesivamente el pesimismo si atendemos a estas otras ideas de la misma y referida Introducción: “La familia, por supuesto, no ha muerto. Medio enterrada en el po¡vo de la frivolidad y en el barro de la insensatez y el egoísmo, que parecen ser congénitos a la humanidad, y que no dejan de acompañarla en su caminar, la familia, en términos de cálculo estadístico, languidece en las sociedades tecnológicamente más avanzadas del globo. Y además, como todas las cosas grandes de verdad, o seda las realidades que de verdad importan, la familia está siempre muriendo y siempre resucitando, o por lo menos debería estarlo. ‘Semper reformanda’, como se afirma de otra antigua r venerable familia. Frente a ella puede alzarse también una fuerza del sino”.

Ante el panorama poco halagüeño que permiten presentir estas ideas, he de confesar que me cuesta mucho sacudirme el “temblor ante el caos”, que ya Ortega y jJ. Marias presentían en su tiempo hasta inclinarles a corregir los defectos o los excesos de ciertas concepciones filosóficas europeas sobre el sentido de la vida humana (cfr. Harold Raley, La visión responsable, Espasa-Calpe-Madrid, 1977, p. 117).

Hoy, como digo, celebra la Iglesia de Cristo su Día de la Familia. Y cuando se pueden ver sin necesidad de anteojos ni de lupa los efectos demoledores –socialmente hablando- de la baja forma de la familia, no parece sea necesario justificar las preocupaciones y, por tanto, las reflexiones.
Es cierto, como acabamos de observar, que la talla espiritual del hombre de nuestro tiempo se reduce a ojos vistas y que los dos metros o el uno noventa de las tallas físicas decrecen hasta el cretinismo inclusive en lo espiritual, en todo lo que pueda llamarse así dentro de la humana condición. Y este dato –si algo indica- debiera imponer pensar, repensar y replantearse las veces que sea necesario –y no sólo el Día de la Familia cristiana- los datos de conciencia y de hecho ante el tema y problema actual de la familia.

Y con eso me vuelvo al terreno del sucedáneo.
Hay familia pero hay también sucedáneos de la familia. Hay matrimonio, como se dan también sucedáneos del matrimonio. Hay políticas, pero también se pueden observar a todas horas y en todas partes, sucedáneos de la política. Hay angulas de alto valor, y gulas baratas en plan de sucedáneo. Hay hombres y mujeres, aunque abunden ya los sucedáneos de hombres y de mujeres. Hombres que no pasan de “hombrecitos” y mujeres que no pasan de “mujercitas”.

Y por si fuera excesivamente crudo todo esto, me digo al respecto algo que ya otras veces he dicho. Es posible que, por pensar o hablar así, haya quien se sienta tentado a llamarme “facha”, “carca” o lo que sea… Que no se prive. Si por pensar o hablar lo que se tiene por verdad a uno le llaman “facha” o “carca”, me avengo a ello. Lo primero porque creo que, por pensar o hablar así, nadie es ni “facha” ni “carca”. Y, además, porque generalmente llaman “facha” a los demás gentes que no suelen tener el coraje de verse por dentro y decirse a sí mismas lo que escupen a los otros. Es cuestión de sociología posmoderna y no hay que apurarse por ello. Aquí tampoco, como en el mus, hacen juego las palabras; mÁs bien lo hacen las cartas que ganan o pierden, en liza siempre con la verdad y por la verdad.

Además otra cosa. Como en una sociedad individualista, egoísta y de consumo como la actual lo que priva es lo plebeyo, lo vulgar, lo que lleva etiqueta de lo llamado “progre” sin tener nada que ver con el verdadero “progreso”, me quedo -para finalizar estas reflexiones- con el asombro de Ortega al comprobar –hace ya un siglo- las proporciones gigantescas, hasta tiranizar, de esa plaga que él no duda en llamar “plebeyismo”.
Lo plebeyo –que no es evidentemente lo popular- tiraniza en estos tiempos. Y como él dice en uno de sus magistrales ensayos –el que titula Democracia morbosa-, “el plebeyismo triunfante en todo el mundo tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos”.
Y la verdad, no es ni de progreso ni de marcha adelante ser plebeyo, porque “lo plebeyo” -en su sentido orteguiano- tiene bastante más de regresión y de democracia ruinosa o morbosa y de marchas atrás o maneras de cangrejo que de camino hacia lo mejor.

“Vamos a ver la ola marina, vamos a ver la vuelta que da. Tiene un motor que camina pa’lante. Tiene un motor que camina pa’atrás…”. Así –con esta otra letra- se ha cantado siempre La ola marina. La rumba de la ola marina. Un motor que camina pa’lante y otro motor que camina pa’atrás. Progreso y regreso. Adelante y atrás. La yenka o algo así.

Pensemos. Ni la familia ni el matrimonio –siempre en situación y actitud de reforma y renovación –no de innovación que es otra cosa- no están atrasados. Incluso se hacen más necesarios que nunca. El atraso está en otras cosas.
Hoy Día de la Familia cristiana, pensemos. La cuestión se lo merece, por evitar lo que señala Ortega ante las superficiales filosofías del vivir: ”el temblor del caos”…. Casi nada!

Pesimismo? Tal vez. Tómese como se quiera o la ración que se desee; pero pensemos un poco en ello. Importa mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Regalo de amigo 29 - XII - 2018

29.12.18 | 21:59. Archivado en Acerca del autor

“Para que tengan vida”.
Esta divisa, sacada del Evangelio de San Juan (10,10), campea en el escudo episcopal de este amigo, al que se dirigen, con gratitud, estas reflexiones de hoy.
Amigo de la vida es quien predica la vida; y más todavía quien ayuda con su desvelo y esfuerzo a que la vida sea una realidad y una verdad por los cuatro costados.
Fe, esperanza y amor son tres puntales decisivos de una vida, la que sea.

Lo reitero con frecuencia. Mi gratitud es plena con los amigos que reciben mis reflexiones y las comparten; pero lo es igualmente con los que puedan disentir, porque –de este modo- me ayudan con sus reparos y hasta con sus críticas a hacerme autocrítica y, con ello, a ser más…
Esta vez y en este caso, no la crítica, sino la idea más bien me llega de labios de mi amigo Fidel; pero no del arzobispo de Burgos que se llama Fidel, sino de Fidel, que es arzobispo de Burgos. Y vale la precisión, pues, aunque parece lo mismo, no lo es, Para mí, al menos, no es lo mismo el cargo que la persona que ocupa el cargo. Las personas subyacen a sus cargos, y, aunque se infuyen, los espacios y los ámbitos son distintos.
Pero, dejémonos de retóricas y vayamos al grano.

El día 26 llamé a don Fidel para saludarle, congratularnos del anual recuerdo de la primera Navidad y desearnos lo mejor el uno al otro. Cuando le pregunto cómo se halla, me responde sin dudas ni matices que “con buen ánimo”. Al verme sorprendido de su “buen ánimo” en tiempos tan agrios, tan azarosos y vulgares y hasta borrascosos como los actuales, Fidel suelta una leve risilla y refuerza hasta con energía su aserto. “Sí. Buen ánimo”, ratifica sin asomo alguno de tibieza en su decir. “Un creyente católico –añade-, si no es frágil ni disfraza sus creencias, ha de tener buen ánimo a pesar de todo”. Y aún dice más: el “buen ánimo” del creyente viene colgado como fruto siempre maduro y seguro de las tres virtudes teologales debidamente adjetivadas y adobadas con tres adjetivos que las hacen portadores necesarias del “buen ánimo” y de más que eso. Y las enumera con sus adjetivos: una fe viva; una esperanza activa; y un amor concreto.
Me quedé pensativo unos instantes, los justos para que él expresara con brevedad lo que los tres adjetivos imprimen a la sustancia de las virtudes. Al acabar de oírle puntearlas, me dije que, si no eran finas y convincentes sus razones, ni un milímetro les faltara para serlo del todo.
Tras despedir al amigo y dejar el teléfono, yo seguia pensando y tomando nota de unas ideas que, al tener en su caso categoría de creencias, vitalizaban sin duda su ser y estar en el mundo y en la Iglesia de Cristo.
Me seguían retando con descaro y con fuerza los adjetivos de las tres virtudes. Una fe viva, una esperanza activa y un amor concreto. Retado así, no me queda otro remedio que intentar glosarle, con pobreza seguramente, pero con ilusión, porque esos adjetivos adosados a las virtudes componen a mi ver un ideario racional y afectivo de un creyente cristiano y católico, en afanes de sintonía con la anual rememoranza de la Navidad cristiana, y en clave -subsiguiente- de verse en buen ánimo a pesar de todo, al poder observarse en el cuadro que forman las tres un antídoto para el pesimismo, la nostalgia o las pesadumbres. “Buen ánimo, sí”, seguía ruibricando mi amigo cuando yo pretendía rellenar de contenido vital –humano y cristiano- estos tres adjetivos.

Fe viva quiere decir fe “vivida”, fe con palabras pero, más que con palabras, con obras.
Fe viva se opone a “fe muerta”.
“Fe viva” puede ser la fe llamada del “carbonero”, la del que cree aunque no entienda ni sepa mucho de su fe; pero es fe.
“Fe viva” puede ser la fe del pueblo, al que no se le pueden exigir exquisiteces teológicas para dar cuentas de su fe, sencillamente porque no las necesita para mantenerse en ella, porque algo de dentro le permite intuir que lo que cree tiene más seguridad y valor que lo que otros llaman verdades de la ciencia o la técnica.
Y “fe viva” es –sigo creyendo yo- la de los que –entre telarañas, nebulosas y hasta dudas (quién es el majo que, siendo hombre con límites y fronteras, se puede gloriar de no tener duda alguna acerca de Dios, cuando –como dijera Harold Bloom- a los hombres, por ser hombres, nos falta vocabulario adecuado para encararnos con lo divino)- persisten en buscar a Dios, en no darlo nunca por perdido ni extraño a su peripecia humana, en querer creer porque –sigo pensando yo- el que quiere creer ya está creyendo, por la misma razón del que quiere rezar, que ya está rezando.
“Fe viva” es fe “no muerta” del todo, porque donde hay vida, aunque sea poca o corta, hay esperanza.

Esperanza activa. Me subyuga este adjetivo que adosa con abrazo estrecho y profundo mi amigo a la virtud cristiana de la esperanza.
Hay ocasiones –y las horas de debacle o los tiempos de “odium Dei” de que habla Ortega en su Dios a la vista pueden serlo-, en que las negruras pintan más que los colores, el blanco, el azul o el verde; y tienta el desánimo; y a la esperanza se le llama o puede llamar “consuelo de bobos”. Y sin embargo, cuando “la necesidad de Dios” se presiente único asidero a que agarrarse porque todo lo demás periclita, se mueve o se vuelve “pan para hoy y hambre para mañana”, el recurso a la esperanza no es veleidad ni azar, sino camino ya de acceso a tierra firme.
“Esperanza activa” –la que no se queda quieta; la que se mueve en busca de lo que espera; la que no equivale a resignación negativa o pasiva; la que de su verde color de vida en ciernes sabe sacar hojas y flores y frutos.
“Esperanza activa”: la que no se limita a esperar, sino que se pone en camino –sin pausa- hacia lo que se espera.
Y como siempre habrá motivos para la esperanza cuando Dios -y no otros tan limitados como yo- es garante y la avala, esta esperanza en movimiento hacia Dios no sólo es posible y factible, sino que se erige en uno de los primeros síntomas de la “fe viva”.

Y amor concreto. Cuando se analiza y estudia el amor, se pierde uno. Y más uno se pierde y errante se vuelve cuando al amor se le busca por “los cerros de Úbeda”, como suele decirse vulgarmente.
El amor –esa “especie de injerto metafísico” como le llama Ortega en los Estudios sobre el amor, que hace de dos uno, porque iguala, eleva, abona empatías y sintonías hasta en la distancia de los dos o más que se quieren-… El amor –digo- no puede ser ni verse ni mucho menos vivirse en abstracto; así lo tomarán seguramente los que nada saben o sienten del amor.
El amor, para serlo de verdad, tiene que ser concreto. Ha de “encarnarse”, lo que es “aproximarse” para “compartir”. Y en eso el amor se distancia absolutamente del odio, en que el amor une para querer al otro como a uno mismo, mientras el odio –los odios, todos ellos- alejan, distancian, destruyen y –siempre que pueden- matan.
El amor -como la vida, de la que ha de ser sustancia en toda su circunstancia-, para ser veraz, ha de ser tan concreto, como han de serlo para ser bellas, las preciosas cualidades con que lo adorna san Pablo en esa “carta magna” del amor, que llena el cap. 13 de su Carta primera a los cristianos de Corinto.
Atando cabos de estas fechas, en la figura del amor concreto hasta “encarnarse”, puede muy bien atisbarse una de las vibraciones más rutilantes y agudas del Dios con nosotros, en cuanto ello esencia lo más auténtico y entero de la Navidad cristiana.
Tan concreto es el amor de Dios al hombre que basta seguir el itinerario del Pesebre al Calvario para comprobarlo. Pudo hacerlo de otro modo, pero lo hizo así, dejándose la piel por los caminos en busca de lo que amaba, que no es otra cosa que el hombre hecho a imagen y semejanza suya, aunque el mal uso de la libertad le forzara a extremar su compromiso de amor.
El amor, todo amor, o es concreto y se concreta, o no es nada.

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Fe viva. Esperanza activa. Amor concreto.
Gracias, amigo Fidel. Celebro haberte llamado ese día. Me has emulado y activado.
Que todos mis amigos –al compartir lo que pienso- me inciten, como has hecho tú, a ir cada vez más lejos en ideas y en creencias. No dañan incentivos como estos. Ayudan a ser más; y eso, en una vida humana, no tiene precio.
Buen ánimo, pues, también para el Nuevo Año.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Minucias -Argucias - Malicias 28-XII-2018

29.12.18 | 11:41. Archivado en Acerca del autor

Es bíblico el principio de que “a cada día le basta “su” malicia”. Es decir, su propio afán, su contrariedad o empeño, su tarea. Y han de ser esa tarea precisa, ese afán recurrente, esa noticia que sorprende o asombra, ese quehacer que a cada día viene asignado el plató en que la vida se escenifique, fluya y se remanse o acelere; y aprenda con ello y tome nota para esa tarea personal y colectiva de “hacerse” uno mismo, una familia, una ciudad, una sociedad, un pueblo o nación…..
Ocurre sin embargo que la vida –en tiempos acelerados como los actuales- se acelera también y los hechos acosan mucho más que en otras épocas de mayor quietud y reposo. Pasa que -por la globalización y las tecnologías- el mundo se hace más pequeño, especie de pañuelo, y todo se sabe casi al instante de suceder, y estamos al tanto inmediatamente de todo lo que pasa en todas partes, lo mismo de España que de los antípodas….. No se acaba de digerir un hecho y ya está el siguiente atosigando y pidiendo vez….
No hay tiempo ni de pensar en todo ni, menos aún, de comentarlo todo. Ni siquiera de anotar lo que unos y otros piensan, idean o hacen ante las distintas realidades. Con la particularidad añadida de que la libertad del hombre se ha vuelto tan voluble y es tan libertina que –ante cualquier cosa- las emanaciones de los hechos se multiplican de tal forma que no hay manera de seguirles el paso y se ha de contentar uno con mirarlas, verlas al vuelo por su envés y revés, limitarse a preguntarles algo fugazmente y seguir en busca de otro hecho en solicitud -inaplazable igualmente- de atención y análisis.

Hay veces, por eso, que, ante la imposibilidad manifiesta de holgarse más de la cuenta con lo que pasa o nos pasa y de hacerlo con un mínimo de pausa y buen orden, una salida para no volverse pasota o bloquearse sin saber a qué atender puede ser el método del picoteo que sugieren las palabras del encabezado: minucias-argucias-malicias…
“Minucia” se llama una cosa de poca entidad. Las “argucias” son argumentaciones hábiles y de poco monte o fuste. Y las “malicias” las refiero en mi caso, más que a señales de malignidad o maña y treta maliciosas, al mero hecho de columbrar algo raro, extraño o viscoso en las aguas del fluir de la vida que vehiculan esas noticias o hechos.
Como la inmediatez obliga y todo se repone a marchas forzadas, una elemental cortesía invita, por lo menos, a una pequeña parada en las cosas que pasan, un mariposeo más por las formas que por los fondos, aunque no sin dejar colgado al aire algún puntillo de ironía, gracejo y buen ánimo, y –por supuesto- las puertas abiertas a otras posibles reflexiones más abundantes o profundas de quienes, incitados por tan breves puntadas, se puedan avenir a seguir pulsando las cuerdas del hecho, noticia o idea, y así escuchar más en serio su música, armoniosa en ocasiones, pero con frecuencia estridente o impertinente.
Y así, como estos días son pródigos en “cosillas” de estas, que invitan a no dejarlas pasar sin decirles algo, hoy me salgo con algunas de las que -a mí personalmente- invitan a saludarlas al menos.

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- La alcaldesa tropieza. La Sra. Alcaldesa de Madrid ha sufrido dos caídas –casi seguidas- en su casa; si en la primera fueron unos puntos de sutura y nada más, con la segunda se ha roto o distendido un tobillo y tuvo que ir a quirófano…
Y como dicen que “no hay dos sin tres”, ¡cuidado, Sra. Alcaldesa!, porque también se dice que “a la tercera va la vencida”. Que la Sra. Alcaldesa goce de buena salud –pedimos- y, a la vez, que mida bien los pasos para no recrearse en las caídas… Porque también en mi pueblo aseguran que “el que tropieza y no cae adelanta camino”, lo que no impide que ese lado blanco del tropezón orille su lado negro.

- Si el hombre se vuelve malo… Estos días pasados, un policía de Barcelona mató de un disparo a un perro que, en la calle, le acosaba. A la Sra. Alcaldesa de la ciudad se le oyó decir: “Es horrible”. A parte de abrir expediente al agente –cosa por lo demás normal- acabo de oír que en una ulterior manifestación ciudadana se guardó un minuto de silencio por el pobrecito animal de compañía…..
Como creo que “nada es nuevo bajo el sol” y que “en todas partes se cuecen habas”, recuerdo que en un pueblo castellano –al morirse de viejo un perro que era la compañía única y más querida de su dueño- pidió al párroco que le hiciera un funeral…
Como así mismo era noticia estos días la ley de las “mascotas”, de la Autonomía de La Rioja, que impone por ejemplo hacer la autopsia a estos animales para esclarecer de qué murieron, con otra serie de lindezas que hablan alto y claro del grado de civilización a que ha llegado o va llegando esta sociedad llamada de “progreso”.
Encomiable –cualquiera diría- que se sigan –por fin- el ejemplo de Hitler en su veneración por los animales; que ,según informa en las Memorias una de sus secretarias, rechazaba comer carne porque le horrorizaban los mataderos….
Y, como no me cuadran bien cosas tan dispares, hago una pausa para escuchar a María Dolores Pradera entonando, como si fuera un ángel, la música de la “Milonga para mi perro”, de Horacio Guarany. Es evocadora la letra y estremece la música. “¡Qué ofensa para mi perro compararlo a gente mala!”: así termina el verso cuando la música y la voz de la cantante siguen flotando en el aire empeñadas en prolongar la poesía…

- Lo del Rey. La víspera de Navidad, Felipe VI dirigía su Mensaje de Navidad a la nación española, aunque –como es costumbre- algunas “teles” oficiales hicieron caso omiso de su obligación de retransmitirlo al ser un uso anual del Jefe del Estado. Los mismos, claro, que no acuden a los actos de la Fiesta Nacional, el 12 de octubre, y hasta no se privan, a la menor ocasión, de zaherir a quien detenta –por fas o por nefas- la primera magistratura de la nación y representa por tanto –quiérase o no- a su máximo nivel a todos los españoles.
Más de una vez he confesado que no soy monárquico pero que tampoco soy anti-monárquico; y que respeto, sin embargo, al Rey que en este momento lo es de España.
En cuanto a su discurso del pasado 24, fue el de un estadista responsable en momentos más que azarosos para el futuro de España, Defendió la Constitución –lógico por demás. Elogió la Transición en lo que fue realmente: la primera vez que, en la Historia trágica de las Dos Españas, se dieron lealmente la mano todos los contrarios –fenecido ya el “franquismo” con la ley de la Reforma Política- para -superando diferencias- buscar juntos la senda del mejor período –en todos los órdenes- de la España contemporánea. Hizo un llamamiento a la Juventud a favor de la concordia, una convivencia en paz y justicia y todo ello por la ventura de un futuro mejor…
Un amigo mío que me lo comentaba poco más tarde me dijo algo premonitorio: a poco que me descuide, me haré monárquico. Y yo también, le repuse.

- Lo de Vox. Casi no sabía yo que hubiera en España un partido político llamado Vox. Me sonaba algo por su presencia como acusación particular contra el “procés” y el golpismo separatista catalán –cosa, por cierto, nada negativa, y que no hicieron otros ante la sedición y el empeño de romper España por parte de los “ventajistas catalanes”. Se destapó con el resultado de las elecciones andaluzas, en las que obtuvo cuatrocientos mil votos y 12 escaños.
Cundió de inmediato el miedo, quizás el pavor, entre los eternos creídos de que “su verdad” es “la verdad”, y de inmediato empezaron a caer sobre la casi desconocida formación –nunca ha gobernado ni en un ayuntamiento- las peores pedradas que –ahora mismo- algunos políticos acostumbran a poner como “sambenito” de maldición públicas sobre las espaldas del denostado enemigo: “fascista”, “racista”, “anti-feminista”, “anti-europeo”, “extremista”… Topicazos generalmente o maldades, porque, si aún no ha tocado poder, ¿cómo se le puede acusar de lo que no ha ni ensayado todavía? Si en el mus –juego de trampas y engaños- la “palabra no hace juego” ¿lo ha de hacer en la política, que es -si nos atenemos a lo de Ortega- “el imperio de la mentira”, al tomar la utilidad por verdad?.
El caso es también que, ante la campaña orquestada por el miedo y los intereses, mi amigo –el mismo de antes- me decía lo que ante lo del Rey; a poco que se descuiden votaré a Vox. Yo me lo plantearé también, le respondí. Por lo sospechoso que resulta quien insulta por interés.

- La rueda de prensa del Sr. Presidente tras el Consejo de Ministros de hoy mismo. No tiene desperdicio si por eso entendemos ligereza, cuento, incongruencias múltiples, los postureos de costumbre y alguna que otra golosina para entretener, deleitar o emgatusar al personal.
Y en ella lo del resquemor agudo –se le nota- a la sorpresa de Vox en Andalucía.
Cualquiera se pregunta. ¿Con qué cara se puede –lo ha hecho en la rueda de prensa- poco menos que anatematizar a Ciudadanos y al PP por contar con los votos de Vox en Andalucía, cuando él sacó adelante la posición de censura y se mantiene en el Poder con los votos y el apoyo de extremistas de izquierda como Podemos, golpistas como los separatistas catalanes y hasta Bildu y los amigos del terrorismo etarra?. Su salida –en la misma rueda de prensa- de que no es lo mismo la moción de censura que lo de formar gobierno en Andalucía, si no fuera risible en sí misma, sería el deleite de Maquiavelo y su consigna de que el fin –sobre todo si es el de uno- vale para justificar los medios.
Como glosa breve a las argucias podrían valer unos interrogantes, para esto y para otras similitudes de estos días. ¿Nos siguen tomando por idiotas? ¿Nos vamos a dejar que nos sigan tomando por subnormales? Y como hasta las 12 de la noche es 28 de diciembre, ¿se tratará de otra “inocentada”?

- Lo de Jose Mari Múgica.
Fui amigo de Fernando Múgica Herzog y mis vivencias con él, a pesar de nuestras distancias en tantas cosas y quizás por eso, aún residen en mí como de las mejores experiencias de una vida. Podría escribir un libro para relatarlas. A Jose Mari lo conozco y a Fernando y Rubén también; lo mismo que a Mapi Heras.
Tan sólo diré hoy dos cosas.
Primera. La reacción de José Mari, de ayer mismo, tras contemplar el desvergonzado compadreo de la Secretaria del Psoe en Euskadi con el super-batasuno Arnaldo Otegui, en -al menos aparente- feliz camaradería, de darse de baja en el partido que mamó desde niño es de una dignidad humana tan colosal y de una coherencia tan superlativa que las palabras sobran para el encomio. Del mismo modo que lo otro –lo del compadreo referido- es un insulto no sólo a la inteligencia sino a esa misma dignidad humana que José Mari ha visto por los suelos al contemplar la foto.
Segunda. El comentario del Sr. presidente del gobierno, al ser preguntado por esa reacción en la rueda de prensa –soslayar y quitar importancia-, se hace inexplicable en qujien no sea o parezca insensible a los valores humanos.
Como este gesto de darse de baja honra y dignifica a Jose Mari, anto como deshonra a “otros”, prometo volver sobre lo mismo mañana o pasado, por débito a la verdad y a la gran amistad que mantuve con Fernando.

- La felicitación de Carmen. Mari Carmen es una señora de Rentaría. Acabo de recibir su felicitación y copio a la letra sus últimas palabras. “Cuando reces estos días, mira al Infante que ha nacido en un establo, que –por ser el Rey de los cielos- no quiso en la tierra palacios”.
Si a esta lección magistral de verdad teológica navideña, en una mujer sin cualificación especial alguna, pero mujer, no le hiciera un leve brindis de comentario, me sentiría mal. Y mi comentario se reduce a esto: ¿Hay quién dé más?
Afanarse por vivir en palacios –con todo lo que esta palabra encubre- es cosa de hombres; a veces de medio-hombres. Dios no lo necesita para ser Dios. O quizás mejor, no lo hace ni pretende porque es Dios.
Una gran lección en la pluma de una mujer de las que no necesitan de “feminismos” deconstructores de la mujer para ser mujeres de verdad.

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Y baste ya por hoy a esta serie de minucias, argucias y malicias, que a veces no lo son tanto como vemos.
Y para terminar y a tono con alguna de las “minucias” dichas, un doble recuerdo.
El de lo que me dijera tantas veces mi amigo, notario francés y personaje cargado de sensatez, experiencia y sus pequeñas retrancas ante las “malicias” de la vida, Carlos De Launet: “los perros sólo tienen un defecto; que se fían de los hombres; en lo demás, pudieran ser “santos”; “pero –añadía- lo malo es que por eso no dejan de ser perros”….
Y lo que dije, en un artículo publicado por mí el año 2002, en el diario ABC, con ocasión de una polvareda levantada a propósito de las llamadas “violencias de género”: que quien maltrata a una mujer, como quien maltrata a los animales, no anda lejos de los síntomas de la “psicopatía”. Las palabras textuales fueron estas: “El criterio que, con el derecho y las ciencias del hombre en la mano, se mantiene con razón es el de presumirse que una persona que causa mal trato a un ser humano -cónyuge, hijos, amigos, enemigos incluso, y hasta por extensión a otros seres de la creación como animales o a la naturaleza misma, va sembrando al paso señales de anormalidad psicológica”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Salutación - Feliz Navidad 22 - XII -2018

23.12.18 | 20:27. Archivado en Acerca del autor

Por Navidad se vive la vida como en todo tiempo se vive, en sus naturales flujos de comedia, drama o tragedia; de sainete o vodevil; de esperpento, zambra o farsa; en romanza de amor o en elegías de sentimiento y pena...
Por Navidad pasan cosas como en todo tiempo pasan. Las gentes rien, lloran, cantan o bailan, bromean, cuentan historias y dicen chistes, hacen el cursi o el ridículo, el “tancredo” y el “macaco”, el gordo y el flaco, el listo y el tonto….
Por Navidad, como en cualquier otro tiempo, el hombre que sabe y quiere, puede rezar también. Rezar con palabras o con deseos, con gestos y postureos o de corazón, como en cualquier otro tiempo se puede rezar…
Es decir, por Navidad puede hacerse todo lo que en otros tiempos se hace. Y sin embargo no es lo mismo hacer eso en este tiempo que en cualesquiera otros días y tiempos.

Los turrones; el rojo encendido de la casaca o el gorro de papá Noel; el mazapán; las uvas de cierre del año; la lotería del 22; las burbujas azogadas del cava o el ”campagne”; y hasta esa especie de afán de todos o de casi todos por tender la mano al “otro” y desearle felicidad hasta cuando la felicidad parece remisa o ausente… son cosas que, siendo muy propias de la Navidad, no son la Navidad. No está en todo esto lo que de verdad diferencia lo hecho por Navidad de lo mismo, pero hecho en otros tiempos, otros días u otras horas. Se puede tomar turrón o brindar con cava en agosto, pero el cava y el turrón de agosto no serán, ni de lejos, los de la Nochebuena, el Año nuevo y Reyes.
Es que estas cosas –hechas en o por la Navidad- tienen “algo especial”, un diferente modo de ser y de hacerse. Este “modo” es y se llama “Dios con nosotros”; es el “Emmanuel” soñado desde los más lejanos ancestros que toma cuerpo estos días y dice algo a muchos, hasta cuando ese “algo” se limita a empapuzarse con polvorones, atragantarse con las uvas o tomar a broma que “un niño” -en un portal y entre animales- haya podido causar tanto alboroto en la historia del mundo. La Navidad tiene algo, trae algo y dice algo, incluso a bastantes de los que no creen en ella.

Sea lo que sea o pueda ser para otros, lo cierto es que, para el creyente cristiano, este grandioso “modo” es el hecho determinante; la especial circunstancia que hace de estas fechas lo que no son ni pueden ser otras fechas.
Que los amigos de lo ajeno plagien o quienes andan fuera de la circunstancia y el modo de la Navidad pretendan imprimirle otro color u otro sabor es cosa suya y distinta; pero la estridencia solemne de colgar a la Navidad lo que no es nada quita a la gran verdad de la Navidad. Y es que los refugios o desahogos fuera de la verdad de las cosas se llaman sucedáneos. Y como siempre cabe una libertad que prefiera el sucedáneo a lo auténtico o lo falseado a lo verídico, no habrá que rasgarse por eso los vestidos, ya que verdad es también que, por tal preferencia, el sucedáneo nunca dejará de serlo; y lo otro, seguirá siendo, a pesar de todo, lo auténtico.

A lo que voy con estos preludios.
Si la verdad de la Navidad está en el modo “Dios con nosotros”; y si este modo tuviera la virtud de decir algo al creyente cristiano, que le mereciera la pena y le sirviera para explicar cosas que, fuera de ello, bordean el absurdo o caen de lleno en él, ¡albricias, amigos!, porque –si tal sucediera- creo plenamente en el gran sentido y alcances que tiene decirnos, estos días, unos a otros: FELIZ NAVIDAD.

Pues bien, esto deseo para vosotros, mis queridos amigos: el fino deleite de una villancico; el brindis de una buena palabra o un buen deseo; desarmar el alma, aunque sólo sea por unos días; y entonar –sobre todo entionar- a coro con los ángeles del Portal, el himno-arquetipo de la Navidad cristiana: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra para los hombres de buena voluntad”.
Gloria y Paz van juntas. Muy loco de amor debía estar Dios para hacerse hombre, como expresara Albert Camus. Pues lo hizo y por ello merece máximo respeto y alabanza. Y frente a la guerra, cualquiera que sea, Él es la paz. La muestra de un camino de convivencia. Y como de la paz a la felicidad hay poco trecho, muy bien cae felicitarnos estos días con deseos y con obras de amor y de paz.
En esto, y sólo en esto, veo yo la mejor delicia y el más gustoso sabor de los turrones y los mazapanes, la gracia exquisita y alada de los villancicos y hasta la razón entera de los regalos y brindis familiares que hacemos por Navidad.

POR ESO, ¡FELIZ NAVIDAD!
Para vosotros, mis buenos amigos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Flash vivo y a bote pronto - Humillados y ofendidos 21-XII-2018

21.12.18 | 21:30. Archivado en Acerca del autor

La cumbre de la vergüenza. Las dos palabras “cumbre” y “vergüenza” encajan referidas a la doble “seance” del gobierno, ayer y hoy, en Barcelona. Si reunirse con el impresentable Sr. Torra en los términos de ayer es, en sí, una mayúscula bajada de pantalones, impropia de los usos políticos y sociales normales, no le va en zaga el Consejo de ministros de hoy, con su retahíla de fachendas que lo sitúan en coordenadas de provocación por un lado –la de los que necesitan “armarla” para sentirse “mayores”- y de candidez por otro –la de los que –ingenuos en sus cálculos políticos por pragmáticos que pudieran parecer o ser- no dudan en ponerse a merced de los enemigos de España y los españoles en un trapicheo que sería cómico si, visiblemente, no dejara entrever las trazas de lo dramático.

Humillados y ofendidos. Los dos adjetivos del título de la gran primera novela de Dostoyevski -con lo de “humillados” invitando a sentirse doblegados y puestos de rodillas ante la provocación separatista catalana y con lo de “ofendidos”, a verse despreciados y dañados en la propia dignidad cívica- vienen como anillo al dedo de cara al desencanto, la frustración, el cabreo y hasta la gota que colma el vaso de la mayoría de este pueblo, el español, que no se merece verse tan mal tratado.

A bote pronto definía esta mañana la “tournée” un analista: ni los provocadores separatistas catalanes han podido llegar a más, ni España y los españoles a menos. Por más que dejemos de lado al gobierno, que al “affaire” seguramente porta en la recámara del “plan” otras balas que las que aparecen en boca de los interesados y asociados, es decir del gobierno y de los del “diálogo” por encima de todo, a pesar de todo y a costa de lo que sea. Vamos, un prodigio de compañerismo y buena vecindad.

Otro analista del caso, al contabilizar los sucesos de ayer y hoy, rememoraba la Historia universal de la infamia, de Borges. No los daba por metidos del todo en ella, pero no andaba lejos.

No es cumbre, ni mini-cumbre siquiera, sino sesión de trabajo y diálogo, decían los de una bancada. No se lo creen ni los mismos que lo afirman, remedaban otros.

Es política de fondo, dicen algunos. Y los frutos de esta política se verán más tarde. Seguro que se verán, apostillaban otros enseguida; pero tal vez cuando ya sea demasiado tarde.

Una mujer socialista, muy versada en lides y trucos de envés y revés como los de ahora, no dudaba en lamentarse a fondo y decir, en superficie, en su twist de la mañana, que este señor está humillando la dignidad de los españoles y que ya no es lícito ni honesto, mirar para otro lado; ni aplacarse a la sombra de presuntas buenas voluntades ni encogerse de hombros, sino que es hora de tomar buena nota y acabar cuanto antes con la situación. Porque a España y a todos los españoles nos va mucho y muy peligrosos en el envite.

Otro más apuntaba mitad sombrío, mitad profético. No soy pesimista, pero estoy muy pesimista. “Yo, también” saltaban a coro y en el acto quienes le escuchaban.

Total, que en el ambiente a la mano predomina el negativo sobre lo positivo en el balance crítico-valorativo de las “sesiones” de ayer y hoy, de la inclasificable “tournée” del gobierno en Barcelona.

Y ya para terminar, como es un flash vivo y además a bote pronto, creo que procede cerrarlo con lo mismo de otras ocasiones parecidas, pero aumentándolo de tamaño, porque las circunstancias lo parecen exigir.
¡Espabila, pueblo!. Que ya no es que parezca que te toman el pelo o que se ríen de ti. Ni que te consueles vislumbrando caprichos de pasión o ansias locas de poder en los que te mandan. Ni siquiera que sientas que te están segando la hierba bajo los pies. Es que lo último, lo de ayer en Pedralves y lo de hoy en torno al Consejo de Ministros, es una total inversión de lo que “debe ser” en verdad, en justicia y no digamos en democracia; y por supuesto en befa de todos los que, siendo y sintiéndose españoles, ven cómo sus máximos representantes van de la mano de quienes los insultan con graves y falsas imputaciones y desprecios y tratan, además, de minar las bases de su convivencia y de su futuro en paz y en bienestar.
Y a los que dicen –ayer o anteayer se les ha oído entonarlo de nuevo- que el “patriotismo” del “diálogo” -de este diálogo concretamente y en estas condiciones y circunstancia- es muy superior y preferible al de ”balcón” o de “banderas”, habría que decirles que “menos lobos” de realce de diálogos como este; que hay diálogos que de tales no tienen otra cosa que el nombre.

Habría otras muchas cosas que decir sobre la doble “seance” catalana. Habrá tiempo de decirlo; y en todo caso, el tiempo lo dirá. Sin duda. A menos que el pueblo “espabile”, tome nota y –a la hora de la verdad y con el voto en la mano- ponga a cada cual en el sitio que se merezca, según la ley de la buena y sana democracia.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Bandeja de flashes vivos Corazonadas-Paradojas-Indicios-Humoradas 19-XII-2018

19.12.18 | 20:32. Archivado en Acerca del autor

Si la corazonada es un presentimiento; un impulso rápido hacia algo sin que la intuición que supone sea óbice para que sea certera…
Si la paradoja es algo aparentemente contrario a la lógica, sin que tal cosa impida que una inteligencia viva pueda manejarse con soltura en ello…
Si el indicio es fogonazo de luz que lleva o induce a suponer o dar por hecho algo que se mantiene oculto y no es sabido, y que, aunque no sea prueba, va de camino hacia ella…
Y si la humorada es –dejemos aparte las de Campoamor- un punto de ironía o de gracejo puesto como guinda para mostrar un tanto de perplejidad o asombro, aunque sin delatar a las claras el revés…, quiero decir que hoy, con esta bandeja de flashes vivos, me veo vagando a lomos del sentido de alguna de esas cuatro palabras del encabezamiento. Quiere decirse que lo que van a ofrecer mis reflexiones lleva intenciones, mucho más de incitar a pensar que de recrearse en lo que piensen otros; más de toque para despertar y salir de pesadillas, que de puntada o puntazo para romper el sueño a garrotazos. Son –quisiera que fuesen- algo de todo eso que indican las palabras y nada más: corazonadas/paradojas/indicios/humoradas.
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1. Libertad religiosa de amplio espectro
En humano y en cristiano, los derechos fundamentales del hombre son derechos de Dios, hacedor del mismo a su imagen y semejanza; y por tanto valedor aguerrido de su cuerpo y de su alma.
Y el respeto global debido a alguno de los más fonderos entre ellos, como el de libertad religiosa, aunque parezca o pueda parecer opuesto a la verdadera religión, por preservar el fuero de la conciencia respecto de todas las religiones, en realidad no prejuzga la verdad o la falsedad de una religión. En realidad, pone el acento y se fija en algo previo a eso, por cuanto salvaguarda la libertad de la conciencia –exigencia primaria de la libertad humana- y su carácter de soporte básico de otras libertades, en lo que van las de pensamiento, ideas y creencias, culto, etc.
Por eso, cuando se mata o se atenta contra la libertad religiosa, la referible a la religión católica o a otra religión- lo que se mata o se atenta no es tanto la religión como el hombre mismo.
¿Lo ven así quienes, en estos momentos, juegan a construir en España un estatuto de la enseñanza humano, moderno y de progreso? ¿No seguirán poniendo su ideología antes que al hombre?

2. Meditación a partir de unos interrogantes.
¿Es concebible en Europa el caso de España con la cuestión catalana?
¿Es concebible que el gobierno de España vaya de la mano de los que quieren romper España como los independentistas catalanes? ¿De quienes aspiran a subvertir el orden jurídico-político establecido y vigente, como Podemos y sus compinches?
¿No es todo esto una contradicción en sus propios términos?
¿Serían concebibles esta misma realidad y estos mismos métodos en Francia, en Alemania o en los Estados Unidos?
¿Será que somos más demócratas, más altruistas, más educados y tolerantes, más respetuosos, quizá más caritativos en el mejor sentido de esta palabra y más delicados en el trato con los que mienten, fabulan, nos insultan y miran por encima del hombro?
¿Será que tal vez aspiramos a “santos de altar” por tan beatífica conducta con los que están -y llevan demasiado tiempo ya- abusando de nuestra paciencia y aguante?
¿Es que nos fiamos tanto de los políticos que nos dirigen –a diestra y siniestra- que nos tragamos –impasibles- lo mismo sus “pasotismos” que sus “bla-bla-blá”, tan “naïf” todos ellos y pueriles que darían lástima en una escuela de párvulos?
¿Somos normales o vivimos empeñados en “ser diferentes”? ¿No seremos, tal vez, los más idiotas, dicho sea con todo el respeto debido a quien proceda?.

3.- Hoy es noticia… el arrepentimiento y el “mea culpa” de Pablo Iglesias. En declaraciones de estos mismos días afirma no compartir cosas de su pasado político. Reconoce, por ejemplo, que la situación política y económica en Venezuela “es un desastre”.
Al observar su compunción, Rosa Díaz –a quien él mismo montó un “escrache” para impedirle hablar en la Univ. Autónoma de Madrid- califica a Iglesias de “impostor” y “posturero”, que lo mismo afirma una cosa que la contraria”. De hecho ayer o anteayer, él mismo se pavoneaba de “cabalgar” sobre las contradicciones. Y estos días también –ante lo del Consejo de ministros del viernes en Barcelona- no duda en aliarse, a la vez, con lo uno y su contrario.: proclama el derecho de reunión de los ministros del gobierno de España en Barcelona y al mismo tiempo proclama el derecho de reunión de los que tratan de impedir la reunión de esos mismos ministros.
Se puede observar fácilmente que algo falla en estas proclamas contradictorias: ¿cabeza? Corazón? Sentidos, incluso el sexto? Y sobre todo, esto otro: ¿puede alguien fiarse de quien dice cabalgar sobre contradicciones y va –según eso- por la vida diciendo una cosa y su contraria?
Además, resulta curioso y hasta cómico, que, al rectificar en su idea de Venezuela, omita la contrición completa, que hubiera estado en señalar con el dedo a los que, como él mismo, han sido asesores, inspiradores, promotores de las políticas de Chaves y de Maduro en Venezuela. ¿Puede uno fiarse?
De todos modos, como rectificar, aunque sea a medias y mal, es de sabios y tiene su mérito, ante el “mea culpa”; a pesar de los indicios, mantengo la pregunta: ¿puede uno fiarse?. Y me digo que yo no me fío; que veo estos golpes de pecho como más de lo mismo, del mismo cuento, a que nos tiene acostumbrados. Pero añado más, en mi deseo de creer en el cambio: me fiaré de ellos el día que los vea ponerse corbata, como hacen todos, para ir al Congreso de los Diputados, aunque se la pongan al entrar y se la quiten al salir. Acabo de oír, por cierto, que a un abogado sin corbata el tribunal le impidió ejercer el oficio hasta que no se la pusiera.
Por ser cosa de cortesía y de respeto. Y por lo de Gracián que dice que un mal modo lo pierde todo, “todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón…”; y que “es el modo una de las prendas del mérito” (cfr. Oráculo manual¸11; y El discreto, c. XXII).

4. Sarcasmo, paradoja o chiste.
Otra vez y a otro respecto, entre la espada y la pared; entre creer o no creer; entre la paradoja y la humorada. Esta vez, la noticia viene de otros parajes y de otro tiempo. Se remonta a la Alemania de Hitler y llega a través de la entrevista a una escritora italiana.
El sábado 3 de nov¡embre pasado, el diario El Mundo publicada en su última página la entrevista hecha a Rosella Pastorino. Se hace constar que la escritora, para su última y premiada novela, titulada “La catadora”, se basa en la historia real de una de las mujeres que probaban las comidas del Führer para evitar que lo envenenaran. Ella misma lo ratifica: su novela, DICE, es “la historia real de Margot Wölk, una de las 25 catadoras de Hitler”.
Entre las curiosidades que satisface la entrevista, hay una según la cual, como consta por las Memorias de una de las secretarias de Hitler, el dictador y genocida era “profundamente contradictorio”. De tal modo era contradictorio que, como dice. “no come carne porque los mataderos le parecen crueles”. “Efectivamente –añade-, parece absurdo que alguien como Hitler no soporte los mataderos. Tan absurdo como que el mismo año en que promulgó las leyes raciales que fueron el punto de partida del exterminio de los judíos, prohibió cortar la cola y las orejas a los perros, una práctica entonces bastante habitual”.
Cuando leí esto por primera vez a principios de noviembre interrumpí al punto la lectura para restregarme los ojos y pensar o convencerme de que no soñaba o que me fallaba esencialmente la vista…. Pero no. Al releerlo, era lo mismo. Es decir, el mismo que promulga las leyes más genocidas de la historia humana y ordena el asesinato de seis millones de judíos, era socio favorito de las sociedades defensoras de los animales.
No tiene desperdicio por lo que de sarcasmo entraña, y hasta por lo que de afín tiene con otros comportamientos de otras gentes contradictorias igualmente. Hitler se niega a comer carne no por prescripción médica, sino porque le duele ver sufrir o que se haga sufrir a los animales. En un asesino como él, la cosa –insisto- suena a paradoja y sarcasmo.
Hace no mucho tiempo, un partido político español presentó en el Congreso una proposición no de ley para prohibir por ley cortar el rabo a los perros… ¿Lo recuerdan?
Como pienso que se trata de una mera coincidencia, y sin Óbice de que alguen pueda pensar lo peor, aquí dejo esta reflexión; aunque no sin antes hacerme eco de otros apuntes de la misma entrevista- Como cuando a la novelista se le pregunta si -lo mismo que Hitler, un psicópata, llegó al poder con los votos del pueblo alemán- no habrá en estos momentos “neuróticos gobernando” del mismo o parecido modo. La escritora se sale por la tangente y se limita a realzar la diferencia que puede haber entre “basura” y “neurosis”. Lo que pasa es que, si me piden elegir entre ambas situaciones, me quedaría sin ninguna.

5. Anécdota edificante. El palo y la zanahoria
Fue hace varios años, por el otoño de 2012, cuando parece ser que don Arturo Más planteó al entonces presidente Rajoy –en forma de dilema- o cupo vasco para Cataluña o referéndum de independencia; y que –al no ceder Rajoy al acoso del dilema- vino la deriva nacionalista-separatista en la que andamos metidos.
En la Navidad de aquel año, una antigua alumna catalana y nacionalista –por cierto, muy bien preparada en Derecho matrimonial-, al felicitarme la Navidad, se holgaba con el referéndum ya por entonces anunciado por Mas. Por fin, me decía, se iba a celebrar el referendum que haría que los catalanes fueran lo que debían ser, es decir, catalanes.
Le dije que bien, aunque no veía claro un referéndum de sola Cataluña para la independencia de Cataluña; pero le añadí que, si algún día se celebrara en España un referéndum del si o el no a la independencia de Cataluña, contara con mi voto a favor del sí, para que se fueran lo antes posible y lo más lejos posible. Textualmente así le dije entre ironías y guasas mutuas.
Ella me replicó enseguida. No; no es eso ni es para tanto. Nos darán lo de siempre, la zanahoria…

La verdad, siempre he pensando que lo de las independencias periféricas, y la de Cataluña en primer plano, aunque lleven en las banderas las banderas de la independencia, en la recámara llevan una cuestión económica y en la mente, unas ínfulas de superioridad xenófoba y racista. Se creen superiores y eso les hace creerse con derecho -por sentirse y creerse que son mas- a tener más.
Y pienso de este modo no por otra cosa sino porque, siendo los catalanes listos (cosa que no dudo), no me parece que se entreguen retóricamente a la desatada euforia de lo que es en este momento de la Historia una ilusa y anacrónica regresión. Me parece a mí que los entusiasmos por la independencia -ahora mismo- llevan vitola y son camuflage de otros fines…
Acabo de oír susurrar lo mismo en la radio; que, si se hiciera ahora mismo un referéndum en España sobre el sí o el no a la independencia de Cataluña, pudiera no ser sorpresa que la mayoría de los restantes españoles votaran a favor del sí; a favor de que nos dejaran en paz y se fueran –como yo le dije a mi antigua y querida alumna ante su esbozo de euforia separatista: lo a ntes posible y lo más lejos posible…

Y yo me dijo; si son tan superiores y listos, como se dicen a sí mismos, los que jalean y apuran en estos momentos al independentismo, por qué no ensayan esta vía natural del referéndum de todos, en vez de andar como andan mareando la perdiz y buscando connivencias hasta de los gobernantes de la España entera? ¿Por qué no cambian de táctica y de camino los Puigdemont, los Torra Pla, los Sánchez y la restante patulea separatista por si, de este modo, lograran lo que, de otro modo, van a tener muy difícil de lograr?

Por lo demás, y poniéndome en lo peor, acaso no deje de tener mucha razón Bieito Rubido en su Astrolabio Soberbia del ABC del 2-XII-2018, cuando intuye que “el pecado de la soberbia se paga con el infierno de la indigencia”. Es cierto que el director del diario mira las cosas desde otra perspectiva, pero sirven las palabras.

6. Política de ideologías
Más de una vez –siguiendo el ejemplo de mi maestro de Derecho Político, Jiménez de Parga- he manifestado gratitud sincera a los que muestran adhesión a mis ideas o puntos de vista, y la misma, o más, a los que disienten o discuten mis opiniones; mi entera gratitud merecen todos ellos, los unos por su comprensión y tolerancia y los otros por ayudarme a cultivar ese bien tan grande que es la autocensura y que –de su mano- me obligo a realizar.
El caso es que –a rebufo del mismo “leit motiv” de la sedición catalana- uno de mis amigos me dice que no puede uno hipotecarse con la política y sus cosas, si se quiere evitar caer en iras o en frustraciones continuas, en riesgos de partidismos o en desencantos imprevisibles.
Estoy de acuerdo, le respondo, aunque no sin advertirle que no es lícito abstraerse de la política, porque, si somos ciudadanos con derecho a ser libres, si somos “pueblo” y no rebaño, a todos importa e interesa no perder de vista el modo de llevar a cabo la polìtica por el gobernante, por lo de la vieja regla de un orden social justo, “lo que a todos atañe por todos ha de ser aprobado”, o al menos pasado por el arco de la propia conciencia y no caer en connivencias malsanas. Darle carta blanca al gobernante para cuanto se le pueda ocurrir es complicidad con los desmanes posibles y eso –en democracia- es pecado grave. Eso sí, la crítica y las valoracioes han de hacerse con respeto hacia las personas y con razones para la crítica.
Además, le añado, es cuestión de supervivencia como seres libres en una sociedad libre. La democracia y con ella la sociedad moderna tienen su “talón de Aquiles” en el estatalismo rabioso y extremado. Y cuando, como ahora mismo por ejemplo, al proyectarse una Ley de Educación, se menosprecian o se dejan de lado las llamadas “demandas sociales” –lo que en directo suena y quiere decir “demandas de la sociedad” (aunque sea de una parte de ella porque también eso es “pueblo”), no hace falta ser demasiado linces para ver que con ello ya no se tiene ante los ojos educar, sino meter ideología partidista en el alma de los niños –lo quieran o no lo quieran sus padres.
No se olvide de paso que el socialismo ideológico es mucho más estatalista que personalista. Y recordemos al respecto –ahora que se cumplen años de la muerte de J. Marías- algo que el insigne pensador anota y razona en uno de sus magistrales ensayos, el que titula Sociedad y Estado. “El Estado opera mediante ‘leyes’, y su fuerza es la coacción jurídica –hablo del Estado en su verdadera función, no en la mera bu-surpación de sus funciones por un poder más o menos arbitrario. La sociedad actúa mediante sus ‘vigencias’, y consiste en un sistema de presiones difusas. Ahora bien, la sociedad amorfa es aquella en que el individuo no tiene posibilidades de actuación, y el Estado, por su parte, es prepotente. La sociedad estructurada y activa es, por el contrario, la que permite la eficacia del individuo, y entonces el Estado ejecuta sus funciones propias: ‘fomentar’ lo que el individuo inventa y la sociedad realiza, y ‘ejercer’ el mando”… Y lo más grave es –añade poco más adelante- que “una forma deficiente de Estado –lo cual casi siempre quiere decir una forma excesiva de Estado- acabe por ahogar a la sociedad o, lo que es si cabe peor, informe a los individuos y los haga a su semejanza” (cfr. Meditaciones sobre la sociedad española, Alianza Edit., Madrid 1966, pp. 7-45).
Estos avisos ¿no hacen volver la vista atrás, a no hace tantos años, y rememorar el grito aquel de que “A España no la va a conocer ni la madre que la parió?” ¿No era un grito del monte de las ideologías sobre la política?
Ojo, pues, con el gobernante que –al gobernar- no hace política, sino que se sirve de la política para “meter” ideologías, la suya en concreto.

Corazonadas – Paradojas –Indicios –Humoradas.
Algo de todo esto va con estas reflexiones. Ved de poner, amigos, “cada oveja con su pareja”. Entre las cuatro palabras anda el juego, o así me lo parece.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Dios...más a la vista 17-XII-2018

17.12.18 | 13:56. Archivado en Acerca del autor

La existencia y la presencia de Dios no se demuestran; se sienten; y, si lo apuramos más, se viven. Como, además y por obvias razones, los hombres naturalmente carecemos de vocabulario para enfrentarnos o encararnos a lo divino –es idea feliz de Harold Bloom-, nos faltan medios y modos para diseñar, al modo humano, su Verdad infinita.

Por otra parte, Dios no es un profesor de filosofía o de matemáticas, como han pretendido y quizá pretenden algunos. “Aristóteles –anota Ortega y Gasset- quiere hacer de Dios un profesor de filosofía en superlativo. Yo ando muy lejos –añade- de pretender semejante cosa” (cfr. Verdad y perspectiva, en Confesiones de El Espectador, Obras, Alianza Edit., vol. II, pp. 17-18). Y como Dios no es eso, no hace falta dárselas de matemático o de filósofo para encontrarse con Él.
Creo, por ello, que se equivocan los que así, por estas vías, lo piensan encontrar, o quienes por ellas lo pretenden ver.

Dios es amor; ante todo y sobre todo, es amor. Y como bien se sabe que, en el amor y en las cuestiones de amor, la teoría es lo último y teorizar con el amor es como “irse por los cerros de Úbeda”, y al amor no se le argumenta tanto con razones como con devolución de amor y con obras de amor, pienso que han de verse los caminos de Dios con meta en el hombre mucho más en línea de obras de amor que en otras magnitudes más espectaculares o cenitales que las naturales y propias del amor.

Como una posibilidad nunca es un hecho y, por eso, los hechos de amor no se corresponden a meras posibilidades de amor, fácil será pensar en obras de amor cuando el de Dios al hombre se traduce en “hacerse hombre” –“El Verbo de Dios se hace carne humana”, del Evangelio. Y se hace Hombre por una “política” de Dios de aproximación y cercanía; es decir, para que -estando a mano y tan cerca, conociéndolo así, en esta cercanía, más de lo que es posible por otros medios de ciencia y técnica (por carencia, como decimos,del vocabulario adecuado) se pudiera llegar hasta Él por un conocimiento más al vivo y, así, poder amarlo más y mejor.
¿Acaso no es verdad que el Verbo, Dios mismo, la Palabra con mayúscula, se hace hombre con la sola finalidad de ”evangelizar a Dios”?; ¿para dar la Buena Noticia de Dios sobre todo lo que el hombre necesita saber para conocer y amar a Dios? ¿No es eso el Evangelio de Jesús?.
¿No está en esto –ya de lleno- la próxima Navidad? ¿No es esto, acaso, la verdadera Navidad?

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Este tercer domingo del Adviento cristiano es llamado de “gaudete”-alegraos.
La idea central –la que la Iglesia busca inculcar a los cristianos por medio de la liturgia de este domingo- es que la alegría es una virtud cristiana, de las primeras en la estela de una fe sentida y vivida; y que la alegría cristiana deriva de una idea esencial al Cristianismo: “Dios está cerca”, como refiere hoy el apóstol Pablo. Y esta cercanía –para el hombre problemático y dramático de siempre y el de ahora más-, llevando consigo seguridad y fortaleza, no podrá por menos de alentar y estimular la alegría del vivir, como el propio apóstol rubrica en nexo inescindible y necesario con la proximidad de Dios.
Dios está cerca y ello produce tranquilidad, seguridad, esperanza y gozo.
Tan cerca está, que- como asegura el libro del Deuteronomio- ningún otro pueblo tiene a sus dioses tan cerca de si como está cerca de nosotros nuestro Dios.
Tan cerca está, hasta posiblemente perder perspectiva y no verle, desconcertados o tal vez cegados por la misma proximidad, que puede sonar a paradoja, aunque no lo es, porque hay veces que las evidencias ciegan y aquí puede darse una de ellas.
Tan cerca está en su compromiso de amor con el hombre, que no sólo decidió que nada de lo humano le fuera ajeno, a Él, que en su empeño de hacernos “hombres”, sino que no tuvo recelo alguno en abrirle las puertas de “lo divino”.

El “Dios a la vista”, como nunca lo estuvo antes, es el Dios de la Navidad. Y en la versión del “Dios con nosotros” puede verse la expresión más atinada y vigorosa de lo que, un año más, trae consigo la Navidad.

“Expectación”, pues, bien puede ser la palabra más apropiada para significar una actitud verdaderamente cristiana ante el gran misterio de la venida de Dios, no de cualquier modo, sino vistiendo carne de hombre, para instalarse –vital y vitaliciamente- dentro de la historia humana, como parte activa en ella y como uno más de nosotros.
Expectación que es espera, una espera no tanto curiosa o caramelizada como anhelante y proyectiva.
Y expectantes -cada año- quiere a los cristianos la liturgia de este domingo 3º del Adviento, como expectante pinta el Evangelio de hoy al “pueblo” aquel, admirado ante Juan el Bautista por los signos inminentes de la venida y la llegada de Dios.

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Ante la espera de lo inmediato –poco más de ocho días fantan ya para la gran rememoración-; ante el auténtico revulsivo, que fue, de toda la historia humana, aquella primera Navidad; ante el momento más estelar y culminante, de lo nunca visto ni soñado-, la pregunta de la gente de los más diferentes colores y sabores brota y salta de los labios lógica y obligada: ¿qué tenemos que hacer nosotros?.
El publicano, el militar, el pueblo entero… Todo era expectación y ganas de tocar y pisar el centro y no irse por tangente. Todo suena a conversión, a cambio, a reforma…
Sin embargo, el Dios que viene a liberar y redimir a todo el que lo quiere y lo busca, no salva ni redime a nadie que no lo quiera; porque respeta su compromiso con la libertad del hombre al diseñarlo como lo hizo. Además, como las respuestas de fe son respuesta de obras o no son ninguna respuesta y las obras son amores, es fácil entrever por dónde han de ir, en cristiano, las actitudes y respuestas ante la Navidad: que no es una fiesta pagana ni de solsticio alguno por mucho que se trate de dorar la píldora.

Cambio y reforma. Pero reformar es no tan sólo desprenderse de malos usos o quitar abusos. Es, además de eso, algo positivo: poner usos nuevos en la vida del que busca reformarse o regenerarse.
Dios está cerca y es alegría; pero con alegrarse no basta…
Dios está muy cerca del hombre: a la puerta y llama. En uso de la libertad, se puede no responder. Allá cada cual con su libertad…
Para el desaire que sería, en un creyente cristiano, no responder a Dios cuando llama, puede valer hoy –este domingo de ya inmediatas expectativas navideñas- el conocido soneto de Lope de Vega -Qué tengo yo que mi amistad procuras-, en el admirable soliloquio del creyente que porta el cuarteto final, de tan operante psicología, de tan intensa poesía navideña. “Cuántas veces el ángel me decía: alma, asómate agora a la ventana y verás con cuánto amor llamar porfìa; y cuántas, hermosura soberana”, mañana le abriremos respondía, para lo mismo responder mañana!”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Todo un hombre 15-XII-2018

15.12.18 | 20:20. Archivado en Acerca del autor

Todo un hombre. Todo un intelectual sin trampa. Todo un cristiano y católico sin alardes y sin fisuras. Toda una visión responsable de la realidad hasta ser –para quien lo lea y relea sin pasiones- un referente cualificado de ideas y creencias. Un hombre de verdad, de los hechos a medida y no “prêt à porter”.
Tal día como hoy, el 15 de diciembre de 2005, fallecía en Madrid don Julián Marías.
Don Julián Marías, el que nunca quiso ser inferior a sí mismo; el que fue y sigue siendo –para quienes se dignan leerlo- un activo intelectual y humano de supremo nivel en el mapa cultural y de progreso y desarrollo humano en la España moderna; el que tuvo como una de sus divisas de vida el “Por mí que no quede”; el que amaba la verdad y la justicia más que el interés y la comodidad y por encima de riesgos o componendas…, se nos fue a la vista del invierno y sin dejar de soñar que lo peor –a pesar de todo- puede tener remedio.
Al rememorar hoy, con sentimiento y nostalgia, aquel día, reproduzco en su honor y a la letra el pequeño ensayo que hace tiempo compuse y he mantenido en reserva, sin darlo a luz. Hoy, lo desempolvo y lo brindo a mis amigos especialmente, en obsequio agradecido a este maestro del pensamiento y del amor a la verdad.

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Era un dato inmediato de su conciencia la libertad sin hipotecas y vivió su vida en lucha por ser libre, sin titubeos, sin declinarse a derecha o izquierda, sin pausa.
Amó la verdad antes que la originalidad, la utilidad o las pasarelas de la moda.
Y por ello, su vida fue la de un hombre digno, que no tuvo éxito ni con el utilitarismo de “las derechas” ni con el narcisismo de “las izquierdas”, pero supo en todo momento ser hombre, como pocos lo han sido, en este país en que se aplaude al viento y se dice ”amén” a todo lo que reluce.
Cien años se cumplen hoy –este 17 de junio de 2014- del nacimiento en Valladolid del gran pensador que quiso y supo ser don Julián Marías Aguilera.

En mi recuerdo emocionado a este gigante de nuestra cultura y pensamiento modernos, a este hombre de excepción si por ello se entiende fiel a la irrepetible singularidad del ser persona, cristiano y liberal a la vez -su persona responde a dos fidelidades y premisas funda¬mentales, de rango desigual, pero depen¬dientes entre sí: el cristianismo y el libera¬lismo (como se dijo en la Nota necrológica del ABC del 16 de diciembre 2005, día siguiente al de su muerte), me limito a evocar, en breve reseña, aquella tarde del otoño de 2.004, en que tuve la suerte de hablar con él un tiempoo largo en su casa de la calle Vallehermoso de Madrid, entre libros y más libros en estanterías monocordes y rebosantes, con titulos de pensadores sobre todo y en un ambiente relajado y propicio a la reflexión y la confidencia.
Mis deseos de hablar con él en esta ocasión los cifraba mi duda sobre el concepto de amor en Ortega y Gasset. Si era el de sus Estudios sobre el amor o era el que se atisba -en las Conf esiones de El Espectador ante el Adolfo de Banjamin Constant. Si el amor es el efluvio inefable “en que un ser queda como adscrito de una vez para siempre y del todo a otro ser... especie de metafísico injerto... que ha nacido de la raíz de la persona y no puede verosímilmente morir”, o si le vienen mejor al amor los “equívocos múltiples”, y reducirlo a veleidad o mirada en perspecdtivas de quimera y virtuales más que de realidad instalada y bien plantada. Quería yo -por eso y por ser él discípulo, pero también un “maestro” en Ortega- recibir sus ideas sobre cosas, cuestiones, que me intrigaban, del pensamiento de Ortega y otras cosas y dudas mías sobre las que pensaba que él podía ser un buen maestro.

Nos saludamos con un afecto que era humildad en mis ganas de saber y sencillez en los previos aprecios a sus lecciones de maestro. Hasta me permitió grabar nuestra conversación, que aún conservo como si de parte o trasunto fiel de su persona se tratara y que repaso más de una vez.

Le pregunté primero por su criterio sobre el concepto de amor en Ortega y me dijo que la obra de madurez de Ortega sobre el amor es la que se titula Estudios sobre el amor; que, en sus comentarios al Adolfo de Benjamin Constant, Ortega respira por la trama de la obra que comenta y, al hacerlo, se sensibiliza con los terribles dramas que el amor, en el matrimonio sobre todo, provoca.
Nos hicimos eco de esa idea orteguiana de que el amor no desaparece y solo cambia de destinatario, pero que, cuando cambia, es porque no era bien nacido.
Hablamos de las psicologías del amor y del odio y de otras cosas que a mí, enfrascado entonces –casi nunca he dejado de estarlo- en las patologías conyugales, me apremiaban e invitaban constantemente a reflexionar.

Recuerdo que se suscitó la cuestión del enamoramiento y que, en un momento dado, al pedirle que me diera en pocas palabras lo que era, en su criterio de pensador avezado a las más arduas concisiones, me contestó rotundo con esta sola frase, que mucho he meditado y con la que no dejo de estar de acuerdo en el fondo: “El enamoramiento es un proyecto provisional de matrimonio”. Es verdad que, así entendido el enamoramiento, aún con toda la metafísica que se quiera, rastrea muy a fondo en los manantiales del amor antropológicamente mirado.

Hablamos del Cristianismo en y de la hora presente, de la Iglesia Católica y comentamos un rato pasajes del cap. VIII –Panorama desde el Concilio- de sus Meditaciones sobre la sociedad española, en que patenta sus impresiones de Observador oficial en el Concilio Vaticano II, nombrado para ello por el papa Pablo VI.
Comentamos el primer tramo de las impresiones, ese tiempo que él califica como del “temor” de la Iglesia a la libertad; un medio que la toma a partir de la Reforma protestante. Especialmente hablamos de esa “psicologìa de ciudad sitiada” en que la Iglesia se recluye por varios siglos y la maniata hasta la apertura de las ventanas y la bocanada de aire fresco que supone el Vaticano II. Pinta a la Iglesia cautiva de sí misma; como ensimismada y ausente de su deber sagrado de estar en el mundo; sin ser del mundo pero atenta a lo que pasa en el mundo; y no tan sólo censurar sino sobre todo para ayudar, elevar y salvar al hombre.
Pero especialmente nos detuvimos a comentar el último párrarfo de esas “meditariones”, y esa frase tan densa y tan cifrada, tan exacta sobre el quehacer de la Iglesia en este mundo y en esta sociedad. “El cristianismo no da soluciones; da luz para buscarlas”. Con ese añadido final que es su desarrollo: “Hay que usarlo, sí se permite la expresión, para mirar a la realidad, que Dios entregó a la indagación y a las disputas de los hombres. Si no me engaño, éste es el clima intelectual del Concilio, que significa la apertura del horizonte del pensamiento, al cabo de varios siglos de ortopedia mental. Por eso reina en él un espíritu de alegría y confianza. Se olvida el temor, se desvanecen fantasmas inconscientes, se desentumecen los miembros. Un estremecimiento de vitalidad recorre el cuerpo entero de la Iglesia militante. Se empieza a ver que la verdad, y solo la verdad, nos hará libres”.

He de confesar que esta visión de la Iglesia y de su misión en el mundo me hizo –aquella tarde- comulgar enteramente con ese perfil anti-imperialista de la Iglesia en la sociedad de hoy.
Si en aquel momento hubiera estado al frente de la Iglesia el papa Francisco, sin duda lo hubiera señalado el católico Julián Marías como el gran profeta de la nueva evangelización, el estilo de dar luz y señalar los caminos, pero no forzar a nadie a entrar y. discurrir por ellos Recuerdo muy bien que, al retornar a casa de mi conversación con el “maestro”, añadí esta glosa a esa última parte de ese capítulo VIII de las Meditaciones. “Nota a propósito de la idea de que el Cristianismo no tiene por misión dar soluciones a los problemas terrenos, sino luz para buscarlas y hallarlas. Por ejemplo, el respeto a la libertad del hombre está en no imponer nada al hombre responsable de sí mismo; solo en orientarlo para que él se atreva y sepa decidir en libertad. Sin dominación ni coacciones; aunando la libertad y la fuerza de la fe; y de la mano de una visión responsable de la realidad que es conexa con la libertad humana, se ha de decidir ser cristiano o no serlo, ser hombre o dejar de serlo, ser audaz y proyectivo o meramente cursi.
Hablamos –¡cómo no!- también de España; de la de hoy y la de ayer. Me dijo que le dolían mucho las “dos Españas” y que en su vida tuvo siempre, como si de una urgente e inevitable obsesión se tratara, una serena voluntad de hacer lo que pudiera para que, de una vez por todas, se superara y suturase esta fractura tan nuestra, pero tan incivil y lamentable cívicamente.

Al final, ya de camino a la puerta para despedirnos, me habló de sí mismo. Una idea y una frase del fondo del alma que, por sí sola, valdría, de no haber otras muchas, para definir a un hombre hecho y derecho. “El dìa que murió Dolores, mi mujer, ese mismo día empecé yo a morir también. Y se comentó a sí mismo. Mi concepto del amor es este. No lo aprendí en Ortega aunque Ortega me enseñó a descubrirlo. Fue mi instinto racional el que me llevó por los caminos del amor así entendido como la cosa más natural del mundo”

Pienso yo que la sombra alargada de Julián Marías me sigue y se proytecta todavía sobre mí. En este recuerdo emocionado al gran maestro en tantas cosas, a los españoles de hoy les diría que no se empeñen tanto en matar lo que es España porque así se matan ellos mismos; a los cristianos de hoy les invitaría a ser respetuosos con las creencias de todos, pero valientes y hasta audaces con sus propias creencias; y a los hombres de hoy -en general, que copien de aquella idea que J. Marías asumió como lema de su vida y obra: nunca quiso ser inferior a sí mismo,; o el “Por mí, que no quede”.

Hoy –en homenaje a Marías- me vuelvo a leer de nuevo su España inteligible, una de sus últimas creaciones. Tal vez con eso, empiece a creer más, como deseo tan vivamente, en este país.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Bandeja de flashes vivos - Notas de pensar y decir 13-XII-2018

13.12.18 | 21:13. Archivado en Acerca del autor

Hoy como ayer –por la variedad y mixtura de los realces que apuran mis reflexiones del día- me tienta la pluralidad del picoteo sobre la fijación en un solo punto de pensar y decir. El método, al fin y al cabo, es camino y los caminos a veces condicionan la marcha. De una u otra forma, lo importante es pensar un poco cada día, siendo secundario que su objeto sea uno o plural.

a. Arma de doble filo
Aunque lo de anteayer -11 de diciembre- en Barcelona, el acoso y acto de “reventar” la presentación del libro que Pablo Iglesias acaba de publicar en conjunción con Enric Juliana, en Barcelona –el libro se titula Nudo España- por un pequeño grupo de exaltados, deba sin duda calificarse de impresentable, deplorable y reprobable para los buenos usos de la libertad en democracia (hay otros modos en democracia más apañados para mostrar oposición a algo), no deja de tener una cierta dosis de lógica.

Me explico. Quien ha participado en “escraches” a otros; por ejemplo, a Rosa Díaz, a Soraya Santamaría, al propio Felipe González –entre otros-; quien toma este método como parte sustancial de la lucha política; quien no duda, como acaba de hacer tras las elecciones andaluzas, en azuzar a la chusma cuando le va mal en unas elecciones plenamente democráticas, no tiene ni razones, ni derecho, ni por supuesto una pizca de lógica para quejarse o lamentarse cuando eso mismo se lo hacen a él. Es una regla primaria de justicia no querer para otros lo que para uno mismo se rechaza. A no ser que se trate de jugar a narcisista o a totalitario; a narcisista porque se vea en los demás simples objetos; a totalitario si, por vivir en el convencimiento de que la única razón es la suya, el asalto a los demás fuera un derecho inviolable de su persona.

Sin duda se ha de lamentar lo sucedido, que muestra el galopante deterioro de la convivencia, lo cual es un mal ciertamente grave para la sociedad y hasta para el normal desarrollo humano. Pero gustar en el propio cuerpo el mismo “jarabe democrático” que uno mismo ha recetado e incluso procurado a otros no deja de tener su pequeña gracia, y más si –al fondo- se percibe la doble vara de medir de bastantes “politiquillas” o “politiqueos” al uso de estos tiempos.
Lamento por ello el “escrache” al acto de presentación de un libro; como igualmente lamento los que han hecho o aconsejado quienes ayer se lamentaban. Porque no veo justo ni lo uno ni lo otro.

b. La verdad, camino de libertad
“Al que conoce la verdad, la verdad lo hace libre” (Evangelio de san Juan, 9, 32).
Acabo de asistir –radiofónicamente- a una “interviú” al presidente de Aragón, el socialista J. Lambán. Interesante ha sido porque interesante es, en esta encrucijada socio-política de España, asomarse al pensamiento de personas que, por su cargo u oficio, se han de presumir con ideas aprovechables para no perderse en medio de la confusión y, sobre todo, que puedan ayudar a tomar direcciones correctas hacia metas que, por su trascendencia, exigen fidelidad.
Se le pregunta y responde; habla de cosas de actualidad; enjuicia y valora actos y situaciones de la hora presente; y lo hace con serenidad y cierta prudencia lógica al referirse a las cosas de su partido, aunque sin morderse la lengua, como cuando –por ejemplo- a los que no se cansan de mentir diciendo “los españoles nos roban” les pasa por la cara el gran expolio de obras del arte aragonés –del monasterio de Xixena concretamente-, recobradas al fin algunas tras numantina resistencia catalana y otras aún retenidas contra toda justicia y razón; o como cuando se muestra rotundo a favor de que la democracia y el Estado democrático tienen el deber de ejercer su derecho a defenderse de las agresiones a la Constitución, a la legalidad vigente y a los valores de la unidad de España, de la libertad y de la igualdad de todos sin privilegios para nadie, sin concesiones galantes a nadie y con “todas las de la ley” como suele decirse, en la idea justa de que quien la hace debe pagarla.
En el conjunto anoto una idea del entrevistado que particularmente me mueve a realzarla y glosarla un tanto. Es la que indica que, al nacionalismo independentista, además de con la ley y la justicia, se le ha de combatir con la proclamación de la verdad: es decir, además de las armas del imperio de la ley y la vara de la justicia de los tribunales dando eficacia a las leyes con sus autos y sentencias, hay una tercera vía, más que útil, necesaria por su impecable limpieza racional: la de la proclama de la verdad; la de salir por los fueros de la verdad para contrarrestar las falsedades –de todas clases- de los nacionalismos, desde sus tergiversaciones de la historia hasta sus mentiras solemnes, como la de llamar “presos políticos” a quienes están en prisión, no por tener unas ideas que nadie persigue, sino por hechos –palabras y obras- dirigidos a llevarlas a efecto con atentado al ordenamiento jurídico; o los groseros insultos a los españoles y a todo lo que no sea separatista catalán; o las fantasías supremacistas-racistas sacadas de un pretendido derecho a ser más que los otros.
Y como, por imperativos netamente humanos, la búsqueda, proclamación y defensa de la verdad (en todos los espacios en que la verdad pueda verse tergiversada, soslayada, adulterada o simplemente comprometida) es deber de todos y es deber individual y social, de personas individuas y de ciudadanos, es elta mención del “arma de la verdad” como vía de lucha y defensa de los derechos de personas y colectividades, hace que la gran idea del presidente de Aragón me parezca un reto lanzado a todos, sin distinción, en esta hora confusa y delicada, con imperativo categórico de no inhibirse, de no encogerse de hombros o acogerse pasivamente a lo que otros hagan, de no limitarse a criticar tan sólo lo que esos otros hacen, no hacen o no hacen al gusto de cada uno.
El civismo –que es comportamiento de la persona que hace los debidos honores, de palabra y de obra, a sus deberes de ciudadano- es bastante más que patrioterismo de folklore o romanticismo barato. Es conciencia de ciudadano y obrar de ciudadanía. Es decir, actitud de servicio y apoyo a los valores cívicos, uno de los cuales está en la verdad de la historia y en la fidelidad que se debe a esa verdad.
Y no se trata de un culto a la verdad por la verdad. Perseguir la verdad es asumir a diario y a todas horas el deber de decirla y de ponerla en claro ante los demás.
Algunos piensan que la verdad tiene sus horas y que, para decir la verdad, hay que esperar el tiempo adecuado, de modo que, de no verse llegado ese tiempo, es preferible callarse; y hasta que no es oportuno decir la verdad cuando predominan los que prefieren las mentiras, las medias verdades o “su” verdad a “la” verdad (en remedo de la sobada letrilla del gran poeta don A. Machado).
Decir la verdad tiene riesgos; el del posible error ante todo, pero también ese otro de la duda sobre la posesión cierta de la verdad en todo o en parte. Pero estos riesgos de la verdad no eximen del deber de buscarla. Son riesgos que no deberían impedir ni el esfuerzo y lucha por la verdad ni los problemas que se pueden seguir, y con frecuencia se siguen, de la proclamación y defensa de la verdad (cfr. Harod Raley, La visión responsable, Espasa Calpe, Madrid, 1977, pp. 48 ss.).
Hace menos de un mes, en ese recuadro periodístico llamado Astrolabio, del director del diario ABC, Bieito Rubido (25-XI-2018) y titulado Valentía política, leía esta requisitoria: “La política española está falta de valientes. De líderes que se atrevan a decir la verdad y desafíen lo políticamente correcto, aún a costa de sufrir la vomitona de las redes y de los canales televisivos. No hay que tener miedo”. Para terminar con un rotundo y certero principios: “Sólo desde el coraje se construye el futuro”.
Y como “el coraje” es, en su mejor y más positivo sentido, “valor”, y el valor –también en una de sus mejores acepciones- es disponer de fortaleza moral para arrostrar peligros y dificultades, entereza y nobleza para acometer empresas de riesgo como puede ser la de salir –como estamos viendo- por los fueros de la verdad, el apunte aludido del Sr. Lambán me parece todo un programa de vida; siempre, pero especialmente en situaciones de encrucijada, en que la cuestión –como en el caso de la España de hoy ante los retos que se le hacen- no es de pasatiempo, sino posiblemente de supervivencia o casi.
Y, por si lo anterior fuera poco, queda en todo lo alto el mensaje de Jesús a favor de la verdad. Es clave –seguramente- la más definitoria del existir humano. Es clave de la libertad y de todo lo que a la libertad se anuda en el hombre: todo lo que es auténticamente humano.
La verdad hace gente libre. No es bueno, por tanto, es peligroso olvidarlo. Y menos ahora.
c. La culpa
Es de hoy mismo la queja de un oyente de la radio, que vuelve del revés la célebre frase de Winston Churchill, según la cual “Cada pueblo tiene los gobernantes que merece”. El lamento le salía del alma, se revolvía indignada –era una mujer- contra la mala política, los malos gobernantes, las increíbles componendas y trapicheos, etc. de la política española en los últimos tiempos y sobre todo en la actualidad; el deterioro impresionante de la vida parlamentaria; los insultos y los malos modos, la decepcionante mediocridad de casi todos, la lacra de las corrupciones de toda índole, material, intelectual, moral… El espectáculo abruma e indigna… Las grescas divierten a la vez que sorprenden… La poca talla se observa con sólo abrir los ojos… Lamento es –y no pequeño- el de la referida mujer.
Lo mostraba en estos términos: “No merecemos tener estos gobernantes” y su queja iba en la dirección de nuestros políticos y nuestros gobernantes actuales…

Respetando como respeto el lamento y la queja de la mujer en cuestión –presumo que la misma o parecida queja recorre la mente y el corazón de infinidad de españoles en este preciso momento, no puedo son embargo por menos de hacer en alta voz esta pregunta punzante. De verdad, ¿no merecemos tener estos gobernantes o tenemos más bien los gobernantes que nos merecemos, como –en vía de principio- muestra Churchill con su afamado dicho?
Y la pregunta puede completarse con esta otra. ¿De quién fue la culpa de que –en la Alemania de los años 30 del siglo pasado- Hitler asumiera el poder e iniciara una de las gobernanzas más despóticas, más negras y más degradantes de la Historia del ejercicio del poder en el mundo antiguo y moderno? ¿Fue de Hitler y de la camarilla que lo arropaba y lo jaleaba o fue del pueblo alemán que lo votó en unas elecciones formalmente democráticas?.

Bien comprendo que en estas charcas de lo humano –y de la política por tanto- dos y dos -a veces- no son cuatro. Que las tiranías y los despotismos, antes de unas elecciones, no se perciben fácilmente, por la elevadísima dosis de hipocresías, farsa, mentira, promesas hinchadas y vistosos reclamos llenos de colorido sin pizca o casi sin pizca de realismo y verdad, etc. que se vierten –de la mano de unos “medios” técnicamente preparados- para embobar. Es comprensible la queja de esta mujer y da mucha pena su lamento dolido de hoy. Pero en democracia es el pueblo quien responde o debiera responder. Lo que para es que la teoría y la práctica no siempre van de la mano y en democracia –por malaventura de la democrtacia- menos aún. Las cosas son como son…

Y, para cerrar, aunque me vuelva reiterativo por las veces que lo rememoro, ante estas quejas y lamentos no puedo por menos de poner de nuevo a nuestra consideración el gracioso episodio del Sultán de Estambul y la sintomática frase que hace de punto final al atisbo democrático que escenifica Quevedo en el cap. XXXV de La hora de todos y la fortuna con seso. “Yo elijo ser llamado bárbaro vencedor y renuncio a que me llamen docto vencido. Saber vencer ha de ser el saber nuestro. Que pueblo idiota es seguridad del tirano… Obedezcan mis órdenes las potencias como los sentidos, y acobardad con mi enojo vuestras memorias”. Es la enseña de todos los dictadores.
Y como no es cosa de ir más lejos apuntando culpables, cuando lo urgente ha de ser hallar soluciones; fiando más en democracia del pueblo y de su instinto de supervivencia que de los galanteos de los políticos, a la vez que a la mujer de la radio la comprendo, al pueblo –en esta hora crucial- me atrevo a repetirle otra vez la receta: espabila.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Inviernos a la vista 12-XII-2018

12.12.18 | 23:16. Archivado en Acerca del autor

Al invierno demográfico me refiero. Aunque el otro, el meteorológico, esté a la vista, son otros los “inviernos” que se ven llegar o están instalados ya –incluso de forma permanente- en las calendas contables de la sociedad post-moderna. No son inviernos de fríos y nevadas, sino de árboles talados por deconstrucciones masivas o “progresías” desnortadas, y estos árboles, por su alta graduación en primacías humanas, no tienen repuesto.

Muy recientes estadísticas afirman que el primer semestre de este año ha sido en España el de la mayor baja de la natalidad y el de mayor alza de la mortandad; el de un bajón, alarmante ya, de los nacimientos y el de una subida de las defunciones.
Se comenta por muchos esta mañana que estamos ya en la España que muere y no renace… O en la España que muere más que nace. Lo cual no es un timbre de gloria.
La idea que, ante el “problemón”, oigo esta mañana repetirse una y otra vez expresa que no es cuestión de derechas/izquierdas; ni de ideologías o de políticas más o menos; que es, lisa y llanamente, cuestión de nuestra supervivencia como pueblo.
Muchos se preguntan así mismo –a raíz de la preocupante estadística- por las salidas posibles al gran problema. Lógico es en personas cultivadas e inquietas, si -como ya dijera Lao Tsé, fundador del taoismo, varios siglos antes de Cristo-, ante los problemas, “el ignorante busca culpables y el sabio, soluciones”.

Al respecto, hablan unos de la urgencia de políticas positivas y constructivas a favor de la familia. La familia está en crisis y los nuevos inventos de familia no dan la suficiente talla para erigirse en “células-madre” de la sociedad.
Otros apuntan a la promoción del matrimonio como fuente que es de estabilidad social. El matrimonio con denominación de origen está en crisis y los sucedáneos no cubren exactamente la misión de naturaleza que corresponde a tal institución.
No faltan quienes abogan por una restauración absoluta del respeto a la vida, a toda vida y en todo estado de vida, desde la del no nacido hasta la del que, cargado de años y de achaques, ya no se tiene de pie.
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Una primera idea me sale al paso ante la realidad que apunta la referida estadística y que, en este momento, parece sembrar de alarmas y de preocupación la mayor parte de los mentideros de la sociedad.
Esta es. Cuando se levanta la mano contra la naturaleza (esa que se niega o desprecia para poner el sumo énfasis en la cultura como realidad sustitutoria de la misma)… Cuando se levanta la mano contra la naturaleza, de cualquier modo que sea o en cualquier espacio que se produzca, el riesgo de suicidio colectivo se ve asomar en el horizonte.
Lo estamos viendo, o lo presentimos, con el cambio climático; lo podemos ver, o presentir también, en los extremismos del feminismo radical que pretende construir a la mujer dejando de lado a la mujer (valga el juego de las palabras). Y, por no abundar más, se puede observar en ese populismo tan empeñado en llamar democracia al truco de utilizar al pueblo en beneficio del tirano.

En general, no diré que no haya razones para sospechar que estas “novelerías” –ideológicas las más de las veces, pero también crematísticas, interesadas o pragmáticas más de la cuenta- puedan obedecer a buenas intenciones, como la necesidad de reformar o renovar las instituciones para que con el peso del tiempo no se oxiden; a posibles sinceras inquietudes de progreso; a filosofías más soñadoras que apoyadas en la tierra de unas realidades que son lo que son… Puede haber mucho de ganas de dejarse ver, de llamar la atención o simplemente de jugar a “progres” del desarrollo humano, o a anticlericales, lo más reacios y sectarios posible, frente a ideas o concepciones que, por el mero hecho de ser o llamarse religiosas o católicas (entre nosotros), suscitan fobias gratuitas –porque hoy ya no tienen razón de ser estos anticlericalismos- en parte de los casos o excitan repeluses crónicos en otros.
Claro me parece que las instituciones –para que sirvan a su fin- han de adaptarse, reformarse, situarse incluso en permanente estado de reforma. Pero reforma no es trastoque de abajo arriba y de arriba abajo. Reforma es “cambio” y para esto me vale lo que Antonio Machado pone en boca de Abel Martín: “Sólo cambia lo que no se mueve” de su ser de tal; porque, si lo esencial se mutara con el cambio, ese ser daría en otra cosa diferente, que es precisamente lo que se pretende al volcar de sus moldes originarios al matrimonio y a la familia llamada tradicional. Además, como bien apunta Chesterton, no es cosa del matrimonio su posible desfase, sino de la poca estatura o talla de algunos que se casan (cfr. A. de Silva, El amor o la fuerza del sino, Introducción), cuyas medidas se quedan chicas ante la envergadura humana del matrimonio. Y por eso tal vez les asusta o les reprime.
Y en cuanto al declive de la natalidad, y en primaria referencia al respeto que toda vida merece, pienso que todo asalto irreversible, consciente y libre, a una vida humana lleva vitola de homicidio o asesinato. Y no me parece coherente –en una mínima coherencia racional y lógica- reclamar “tolerancia cero”, por ejemplo, para la pedofilia o la pederastia, o para la violencia machista o el maltrato animal, y caer en la farsa, o hipocresía mejor, de –con la excusa de modernidad o progreso social- abrir o dejar portillos abiertos para el asalto a la vida, cualquiera que sea ella, desde la de un feto por el aborto, la de un mayor o inservible socialmente por la eutanasia o la de un emigrante por resabios racistas y xenófobos. Porque –sigo pensando-, dejándose de buenismos, subterfugios o paños calientes, eso me parecen –portillos abiertos a la muerte- las leyes llamadas –eufemísticamente- de interrupción del embarazo y de las eutanasias camufladas bajo la orla honorable de los llamados “cuidados paliativos”, que son toda otra cosa.
Porque las leyes, no por ser leyes son justas, sino por respetar el principio básico de la justicia que es “dar a cada cual lo suyo”. O ¿es que no eran “leyes” las del genocidio de Hitler o las del Gulag del comunismo bolchevique? O no se llaman leyes las de cualquier tirano antiguo o moderno?

Y, por fin, no he de omitir otro apunte. Si –por pensar o hablar así- a uno le llaman “facha” o “carca”, me avengo a que me lo llamen o admitir incluso que yo soy “facha”. Hay veces que un insulto puede ser un honor.
Recuerdo haber aprendido de mi recordado profesor de Derecho Penal I –M. Jiménez de Parga- a tener siempre muy en cuenta algo que consigna en el Prólogo a su libro Noticias con acento (1967); cuando se refiere a los que recibían los puntiagudos mensajes que en el libro se contienen. “Puedo decir que estoy muy agradecido a los testimonios de adhesión que he recibido, y que los lectores adversarios de mis opiniones también cooperan mucho en mi tarea. Sólo los comunicantes anónimos, con sus consabidos insultos y amenazas me producen una gran pena” (pag. 10)
A mi recordado profesor le apostillaría con algo que acabo de leer en una reciente miscelánea sobre la obra y el pensamiento literario y filosófico de Albert Camus (cfr. Lire; febrero 2010, Le devoir d’oubli, pag. 8). Me refiero a la frase pronunciada hace años, en Burdeos, en un mitin electoral, por Cécile Duffot, secretaria general de los Verdes, que, por ser tan gráfica y expresiva, reproduzco: “Qui parle dans mon dos parle à mon cul”. Fréderic Beigbeder, el autor del artículo en cuestión, pide disculpas a su autora por repetir su frase, y yo también las pido, aunque piense que a la frase nadie le puede quitar la gran puntada de verdad, cuando menos fisiológica, que contiene. Es un poco burda, ciertamente, pero viable, sobre todo ante acosos indebidos.
E insistiré de nuevo. Si, por pensar o decir así, correspondiera –por cuitas de la “posverdad”- que llamen a uno “facha” o “carca”, me avengo a ello, pero sin olvidar –eso sí- el colosal verismo de la frase de la Sra. Duffot. Verismo que es, según el Diccionario, “fidelidad a la realidad”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Bandeja de flashes vivos - Juego de colores -10-XII-2018

12.12.18 | 23:13. Archivado en Acerca del autor

“Si fractus illabatur orbis, impavidum me ferient ruinae” (Horacio, Carminum lib. III, III, 7-8). Lo que, traducido, quiere decir que, aunque viera saltar al mundo hecho pedazos, los cascotes me dejarían impávido, es decir, inalterado, sin mover un músculo de la cara. Creo yo que el gran poeta de la Roma clásica, el gran pragmático del “carpe diem” o de la “aurea mediocritas”, enseña con este verso a vivir las situaciones-límite sin perder la compostura, sin aplaudir naturalmente, pero también sin angustiarse ni desesperarse.
Es cierto que la negritud y las sombras invitan al pesimismo y a la nostalgia, pero como el pesimismo mengua el humano vivir y la nostalgia parece poco amiga de la esperanza, reírse -a pesar de todo o aunque sea sonreír tan sólo- pudiera ser una respuesta o actitud sabia ante lo que pasa o nos pasa en este momento negro de la historia. En España mucho, pero fuera también.
El poeta latino –seguramente-, de haber vivido en los escenarios de hoy, habría reiterado su verso invitando a mantener la calma y la cabeza fría, a no perder la compostura, a no fiarse de las apariencias o el postureo, y –eso sí, para no caer en idiotas- a llamar a las cosas por su nombre sin abdicar un pelo de los valores que han tejido nuestra historia individual y colectiva. La de ayer sobre todo, porque la de hoy mueve más al augurio de Horacio que a frotarse las manos.

En forma de “flashes” dispongo este día mis reflexiones. Para –en un solo cuadro- hilvanar mejor las tres o cuatro puntadas que más me incitan esta mañana. Vamos a ello.

¡Arda Troya!.
En reflexiones de pasados días, presumía lo fuerte que hubo de ser la sensación de agobio causada por la llamativa irrupción de Vox en el escenario electoral andaluz. Tuvo que ser muy fuerte para que todos hayan dado la impresión de susto y se hayan puesto, unos de una forma y los otros de otra, a precaverse y tomar medidas; “paños calientes” quizás mejor para seguir entreteniendo al personal sin hacer nada en serio, que será lo probable por los indicios que suben de la realidad de unos y de otros. Eso sí, no sin poner etiquetas de “ultras” tanto a los de Vox como a los cuatrocientos mil andaluces que los votaron.
Oígo hablar del miedo al “efecto Vox”. Que no sería de Vox propiamente, sino de “gente cabreada” y en busca de abrigo para huir de la intemperie como sea. Se afanan en el socorrido recurso de liquidar al mensajero como si las razones del “cabreo” estuvieran en Vox y no en sí mismos. Y se apresuran en dar la impresión de que se van a poner a gobernar en serio y de que las cosas van a cambiar de inmediato.
Oigo comentar también que en Cataluña se ha entrado en una situación-límite; que la osadía del “tal Torra”, evocando el caso “esloveno” y atizando con ello la mecha de un “procés” “a sangre y fuego”, ha tenido la fuerza de un revulsivo; que el oficial o cuasi-oficial encargo a los “mossos” de “hacer la vista gorda” ante las provocaciones de la violencia desatada y dejar hacer y dejar campar a sus anchas a estos “gudaris” del noreste tomando la calle como si fuera suya ha disparado las alarmas del gobierno que reacciona con envío de “cartas” conminatorias para enfriar la cosa y hacer, al menos, ver que el gobierno “gobierna” y no se sigue bajando los pantalones por pago de las deudas contraídas cuando la moción de censura.
Acabo de oír también que, siendo como es la seguridad pública el primer deber de un Estado al ser este valor la más efectiva salvaguarda de los esenciales valores democráticos, de libertad e igualdad, y tal como están las cosas, no bastan ya las cartas amorosas aunque aparentemente conminatorias, sino que otros instrumentos de mayor cuantía y eficacia se hacen imprescindibles; aunque eso –se dice a la vez- no entra por el momento en los planes del gobierno.
Y he oído además otras dos cosas. La primera que, como este gobierno ha sido, hasta el momento, un gobierno de gestos y postureo, lo sigue su ritmo con el “paño caliente” de las ”cartas” de ayer. Y hasta he oído decir que –siendo verdad que el “efecto Vox” está dando de lleno a unos y a otros en la línea de flotación de sus políticas de ficción- lo correcto sería enterarse bien –es decir, no por oídas o habladurías tan sólo- de cuáles son las líneas maestras de la política de Vox; comprobar si esas líneas permiten, o no, calificarlo de partido “ultra” o “extremista”, o si sólo se trata de “a-prioris” lanzados al aire para sacudirse a un enemigo que “hace pupa” y que puede hacerla todavía mayor en el futuro. No vaya a ser que lo de las etiquetas no sea más que cortina de humo para cubrir las propias carencias… Que pudiera ser!!!
Incluso, si esta última especie fuera la verdad y falsas por tanto las etiquetas, al ver cómo se prejuzga, se pastelea, se dogmatiza incluso, alguno no descarta el recurso de apoyar a Vox,, en réplica, o miedo quizás, a que las tibias reacciones de sólo unas cartas ante los desmanes, cada vez mayores y más audaces y provocativos, de la nueva “kale borroka” del noreste, se queden en sólo “agua de borrajas” y llegue lo peor.
Dicen –por lo demás- que el tal Sr. Torra Pla concluye hoy dos días de ayuno y rezos, pasados en el monasterio de Montserrat; en solidaridad con los golpistas de la huelga de hambre. Buena idea -me digo- la de ayunar y rezar; y más si tuvo tiempo de mirar a los ojos de la Moreneta y recitarle –si cantar no le sale- el “Rosa d’abril, morena de la serra, de Montserrat estel… ”; pedro sin saltarse –eso sí- la estrofa final que, tras ponderarle que “dels catalans siempre sereu Princesa”, y “dels espanyols Estrella d’Orient”, termina con el “sigueu pels bons pilar de fortalessa, pels pecadors e port de savament”. De todos modos, por elementales razones de lógica, ni creo en el ayuno ni en los rezos; ni creo –menos aún- que, después del odio que han rezumado los rastreros insultos dedicados no hace tanto a “los españoles”, se haya atrevido el redomado pícaro a mirar a los ojos de la Virgen para cantar, recitar o sólo musitar esa última estrofa del himno a la patrona de Cataluña. Además, en Montserrat y con las cosas del “procés” por medio, es prudente suspender el juicio y esperar.

Y como el “¡Arde Troya!” denota “resolución de llevar a cabo su gusto o propósito, sin reparar en lo que pueda sobrevenir” (cfr. J. M. Ieibarren, El porqué de los dichos, Madrid, 1962, pp. 124-125), a este “flash” de hoy lo pongo en guisa o modo de lo que ya apuntara Horacio en su premonitorio verso y de lo que pudiera seguirse de la peligrosa situación-límite que se da por cierta. En guisa y en perspectiva inmediata.

Narciso está de moda. Hace dos o tres días escuchaba la noticia. El narcisismo se ha vuelto plaga, una plaga mundial, tal vez por el efecto “globalización” o, quizás mejor, por el efecto “posverdad”. Estadísticamente se acaba de apuntar que el 30 % de los universitarios norteamericanos son narcisistas.
El sociólogo que en aquel momento glosaba la noticia la refería a un fenómeno fácilmente visible en la sociedad actual y post-moderna: la crecida en avalancha del individualismo, el receso en el amor y respeto al “otro” y el ostensible declive de los valores que propician la vida del hombre en sociedad. Np dudaba el dar al fenómeno en cuestión categoría de “lacra” social, promotor de feroces egocentrismos y netamente reductor de valores relacionales como la solidaridad o el altruismo, El “ego” está hoy por las nubes. Lo “mío” es lo que más priva. Y pensar o ponerse en el sitio o lugar del “otro” es poco menos que subdesarrollo.

Al intentar bucear hasta las raíces del fenómeno, a parte de contar con las filosofías deshumanizantes de los siglos XIX y XX –recuérdese el sartriano “l’enfer sont les autres” –el infierno son los otros (cfr. Huis clos)-, la sociología de hoy lo refiere directamente al apogeo de la edad virtual y lo considera producto-estrella de la tiranía o libertinaje de las “redes”. Volcados en ellas, hasta el más tonto –decía- se considera Cervantes o Napoleón.

Dicen los psiquiatras que el narcisismo es la patología de la suficiencia; la cual –en su natural proyección interpersonal- lleva a ver en el “otro” solamente un objeto.

Me atrevería a decir, en consecuencia, que la frustración inserta en el diseño del “super-hombre” formalizado por esas mismas filosofías, lleva de la mano a ese antojo –posiblemente no se quede en otra cosa- de un pensar colectivo de que “si Dios ha muerto, yo soy Dios”. Pensando y leyendo entre líneas, puede verse muy verosímil el estrecho maridaje.

Yo pienso que, si Narciso viene cabalgando a tanta velocidad y con tales bríos, se van a multiplicar los tiranos –y de qué manera!- en todos los escenarios o espacios de la convivencia humana, desde el familiar, el educativo, el cultural y artístico, el deportivo, hasta el religioso, y no digamos en el político; y me pregunto si no habrá razones para plantearse en serio si tiene futuro o corre peligro la democracia, como se pregunta Giovanni Sartori al cerrar La democrazia in trenta lezioni (Milano, 2008, p. 99). Como se puede vislumbrar, la pregunta no sería vana.

El setenta aniversario. El 10 de diciembre de 1948, las Naciones Unidas proclamaban, por 48 de los 58 Estados que las formaban entonces con ocho abstenciones y un voto en contra, la Declaración Universal de Derechos Humanos; que ha pasado a ser –desde esa fecha- el “instrumento constitucional del sistema mundial de protección de los Derechos Humanos y de todo el sistema internacional de defensa de la dignidad humana en su conjunto” (ver Diccionario Espasa - Derechos Humanos, de H. Valencia Villa, pp. 189-111, voz Declaración Universal de Derechos Humanos).
La solemne Declaración cierra el arco abierto el 23 de agosto de 1789 con la –propiamente- primera de las declaraciones formales de derechos humanos; la titulada Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, “decretados” por la Asamblea Nacional, en sesiones de los días 23 al 26 de dicho mes de agosto, y –como se anota en el texto- “aprobados por el Rey”.

Si los 7 “considerandos” del Preámbulo de la referida Declaración Universal aleccionan sobre la razón del ser radical y de la oportunidad circunstancial de la misma, la breve introducción a la operada en la primera etapa de la Revolución francesa resume los motivos de una proclamación que sin duda marca uno de los patrones de medida del inicio real la verdadera “modernidad” o “estado adulto” de la conciencia del hombre. No me privo de reproducirla porque, en su brevedad, ilustra sobre-manera.
“Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobernantes, han resuelto exponer, en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración esté presente constantemente en todos los miembros del cuerpo social y les recuerde sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo y ejecutivo, al poder ser comparados en cualquier momento con la finalidad de toda institución pública, sean más respetados; para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas en adelante en principios simples e indiscutibles, contribuya siempre al mantenimiento de la Constitución y el bienestar de todos.
En consecuencia, la Asamblea Nacional, reconoce y declara en presencia y bajo los auspicios del Ser Supremo, los siguientes Derechos del Hombre y del Ciudadano”.
Y se formulan los 17 artículos, desde el primero afirmando que “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos” hasta el último que proclama la propiedad como “un derecho inviolable y sagrado, del que nadie puede ser privado, excepto si la necesidad pública, legalmente establecida, lo exige claramente y con la condición de una justa y previa indemnización”.

Parece verdad –a mí al menos me lo parece- que “las luces” de la Ilustración que llevaron a la Revolución francesa y fueron promesa –por más de un siglo- de un estado progresivo de la felicidad soñada y de un progreso cumplido, así como de euforia y confianza plena en los fueros de la “razón”, se vieron declinar, al menos en cuanto a las euforias, en la medida en que las dos guerras mundiales del s. XX contribuyeron en firme a poner en duda la confianza en la sola razón como garantía eficaz de un mundo en justicia y en paz. Al cernirse, con ello, sobre la humanidad entera las sombras del s. XX –así les llama J.-F. Revel en el título de su libro Fin du siècle des ombres-, y ver o comprobar el riesgo que para el futuro del hombre representaban los totalitarismos del tal siglo –engendros que fueron sin duda de la poderosa “sinrazón”-, un aura de preocupación solemne movió, al terminarse la segunda de las dos grandes guerras, a las propias Naciones Unidas a levantar los Derechos Humanos como bandera y barrera preventiva -una de las más poderosas posiblemente- ante los “monstruos” que la “razón” -la “diosa razón” como se dijo-, dejada a su aire, es capaz de engendrar.
Así nació -hace hoy 70 años- esta gran proclama de valor universal que se levanta como gran reserva ética frente a los desmanes del imperativo jurídico del “esto es justo” si se manda y porque se manda; sin el recurso a un pilar superior de sustentación y apoyo.

Creo en verdad que si algo en estos tiempos merece celebrarse a fondo es el día de los Derechos Humanos.
Estoy plenamente convencido de que los Derechos Humanos nacen con el hombre y que urgen y obligan hasta cuando nadie los proclama, e incluso cuando por alguien o por muchos son violados..
Como estoy convencido de que los Derechos Humanos son, por eso mismo, derechos de Dios porque –hecho “a imagen y semejanza de Dios- no es que el hombre sea Dios, pero si es Dios primer garante de la dignidad del hombre y, por tanto, de sus derechos básicos. Y, al aire de A. Machado diciendo por boca de Juan de Mairena que “por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”, quiero realzar que proclamar, respetar y cumplir o hacer que se cumplan los Derechos Humanos es elegir el color verde de la esperanza como bandera de humanidad.

Este mismo día de los Derechos Humanos –en Roma y en alocución al Congreso que sobre esta Declaración Universal se celebra en la Universidad Gregoriana- el papa Francisco urge su plena y activa vigencia y pide que su protección y defensa estén o se pongan en el centro mismo de las preocupaciones de todo gobernante, sea de la Iglesia o del Estado, alto, bajo o medio. Es empresa y deber de todos, hasta de la gente de a pie.

Estos tres “flashes vivos” me llevan a la reflexión final.
El “ArdeTroya”, el “Narciso está de moda” y ese gran acierto de la proclamación de los Derechos del Hombre a una escala universal componen un juego de colores; dibujan un sol y sombra que bien parece un facsímil ocasional del “claroscuro” que es la vida humana. Y como los claroscuros del pintor elevan la virtud del cuadro, también estos juegos de colores –en sus distintos colores, del verde, el azul o el amarillo al gris o el negro- imponen responsabilizarse en serio con todo o ante todo lo que pasa o nos pasa, sea de luz o sea de sombra. Porque la vida es tener que habérselas con problemas; hasta con dramas en ocasiones.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Bandeja de flashes vivos Juego de colores -10-XII-2018

12.12.18 | 23:09. Archivado en Acerca del autor


Lolo 8-XII-2018

10.12.18 | 14:24. Archivado en Acerca del autor

“Eran -en sus hazañas- largos en facellas e cortos en contalles”. Es frase que Juan de Mariana refiere a nuestros caballeros medievales, mucho más empeñados y ufanos de lo que hacían bien o muy bien, que de cacarearlo y ponerlo en danza de propagandas, apariencias o imagen. Aunque en los páramos virtuales de ahora las “hazañas”, para ser tales, hayan de pagar peaje a la “moda” o al “progreso”, la verdad es que estas filosofías postmodernas de la imagen y el cuento –que cuento son en definitiva la mayor parte de esas historias- terminan por aburrir y llevar a pensar que, donde esté lo otro, el original y lo de verdad, que se quite el sucedáneo; hasta cuando, por eso, le llamen a uno “carca” o “facha”. Como dijo san Agustín, “las palabras son sonidos” y la verdad casi siempre es más que aire.

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Hoy tienen mis reflexiones un objetivo inexcusable. Porque hoy hace Lolo su solemne profesión religiosa y monacal en la abadía cisterciense de Cóbreces (Santander). Hoy se deben mis reflexiones a él, al nuevo monje, al veterano y sin embargo novicio religioso. Y no es paradoja ni juego de palabras.
En efecto, este día de la Inmaculada, en el Cister de Cóbreces, Lolo, a sus casi ochenta años de edad, hace su segunda profesión religiosa. Y digo “segunda” porque la primera tuvo lugar cuando Lolo contaba algo más de veinte años y llevaba, con el penacho de una jovial y prometedora juventud, un ramillete de ilusiones puestas en la marca y el carisma cisterciense; hecho todo él, como se sabe, de la sencillez y humildad de la violeta campestre, del silencio ritual que gestiona sin prisa ni pausa las esencias del “hombre interior” y de los valores crecidos a la sombra del “ora et labora” –“reza y trabaja”-como directriz muy válida para conseguir que ese “duo” de la contemplación y la acción cobre dinamismo diario y logre que esa doble polaridad tan humana haga del hombre un “ser integrado y armónico” y no el retrato de un “activista” sin cabeza o el de una “cabeza” sin pies, según por dónde soplen más fuerte o más activos los vientos sobre los polos de la dialéctica de la acción y la contemplación.

Ante esta realidad de hoy, un buen comienzo pudiera estar en preguntarse por lo que hay entre esas dos profesiones de Lolo; esta de hoy y la de hace ya más de cincuenta años. Resumiendo y sin pensarlo demasiado, yo diría que toda una vida; pero una vida tan rutilante, tan increíblemente azarosa, tan arriesgada y a la vez tan endiabladamente audaz que hoy, ante esta segunda profesión de Lolo, sería por mi parte una traición a la sangre común que llevamos si no le hiciera los honores de un recuerdo; y aún más, sería una gran injusticia si no hiciera un canto al valor y coraje de una vida puesta -sin titubeos, sin reparos y sin condicionante alguno- al servicio de uno de los mayores ideales de un hombre cabal, aunque puedan darse quienes a esto le llamen locura o memez: dar la cara hasta jugarse la vida por los demás sin regateos de ninguna clase y siempre con la misma seguridad y sencillez con que hiciera entonces la misma profesión que hoy repite.
Pero, yendo al grano, ¿quién es Lolo? Diría, a bote pronto, que Lolo es una y muchas cosas a la vez.
Lolo es aquel trasto “rapaz” de pueblo que, de niño y hasta irse a Cóbreces, corría como todos, jugaba como todos, hacía diabluras a los perros y gatos del barrio como todos y por las noches, las del otoño especialmente, no perdía ni ripio de los cuentos que el abuelo Manuel contaba sacándolos de su caletre y de los usos del pueblo, al calor de la lumbre mientras el tío Mateo –gran maestro en el arte- asaba su diario tambor de castañas que eran, la mayor parte de los otoñales días, nuestra cena.
Lolo es el que, un buen día, dijo que se iba a Cóbreles, donde ya estaba su hermano mayor. Y allí profesó y estuvo un tiempo y más tarde en el convento gallego de Sobrado de los Monjes; para irse posteriormente a un convento de la orden en Angola.
Lolo es el que –arrasado el convento en que vivía con otros monjes por las guerrillas de Unita- se quedó allí, a pie de obra, él solo ayudando espiritual y materialmente a los angoleños en sus cuitas y sobresaltos por el acoso y bandidaje diarios de la guerrilla.
Lolo es el que, en esa etapa, dimos por muerto muchas veces; del que nada supimos durante meses enteros de angustias, porque, ante las bombas y amenazas de las guerrilas, con las gentes de su pueblo angoleño de Camacuca, tenían que abandonar sus casas e irse a la selva para librarse del asedio y acoso de los salvajes guerrilleros de Unita.
Lolo es el que –cuando algún verano volvía para descansar o reponerse del hambre y la miseria que pasaba y se le aconsejaba que se quedara- replicaba rápido y sonriente que no, que su vida estaba allí, que no se vería ni se reconocería ya en los usos y costumbres actuales de España.
Lolo es el que cuando se le tiraba de la lengua –había que tirarle de la lengua para que hablara- y se le decía si no se sentía extraño con aquellas gentes ignorantes y atrasadas, invariablemente respondía que era mas lo que recibía del pueblo de Camacuca que lo que el pueblo recibía de él.
Todo esto y más es Lolo.

Cuando hace unos tres años, con más de 75 a las espaldas y bastantes más de treinta en Angola, se mostró asequible a quedarse porque ya el cuerpo no le daba para más, lógicamente volvió a “los suyos”, a su convento-matriz de Cóbreces. Nunca había renunciado a los compromisos de aquella profesión de votos perpetuos, pero ya no era tenido por monje cisterciense. Y hubo de recomenzar el camino. El que hoy precisamente corona con los nuevos votos –formales- y la nueva profesión –formal también puesto que los votos habían sido perpetuos y él nunca dimitió de ellos. Y con lss formas a vueltas y por obra de las formas, Lolo es ya hoy, de nuevo, un monje cisterciense de la abadía cántabra de Cóbreces.
Yo –que conste- no lo entiendo. No llego a comprender bien lo de estas dos profesiones, ambas solemnes y de votos perpetuos, ambas en el mismo convento de una misma orden religiosa. Y no lo entiendo ni humana, ni cristiana, ni jurídica, ni teológicamente. Será que las cosas han tenido que ser así; pero yo no acabo de comprender. Es posible que yo sea “cerrado” o tal vez demasiado abierto, pero no sirvo para entender ciertos usos en la Iglesia. Y no los acabo de comprender porque me huelen a burocracia; a esas burocracias, banales seguramente algunas o muchas de ellas, que, si en todas partes sobran, más han de sobrar en la Iglesia por lo malas o superfluas que son y por el escándalo que causan al adulterar o desfigurar el verdadero rostro de la Iglesia de Cristo.

No quisiera de todos modos cerrar estas reflexiones de hoy sin dar una pincelada más al perfil biográfico de Lolo. Lolo es tímido, nada exultante en sus maneras y expresiones, callado más que locuaz, amigo de las pocas palabras si ellas sirven para decir lo que piensa o quiere decir.
En las abundantes conversaciones que mantenía con Lolo en sus regresos a España para reponerse, una idea muy clara pude sacarle de su recatado y timido decir: aquella vez en que me dijo que una gallina en Angola, para sus gentes negras, suponía más felicidad que un festín de marisco, angulas o refinados planos puede suponer para las gentes de aquí. Y, a cuento de ello, me recordaba que la felicidad no está en función de lo que se tiene y disfruta, sino de lo que uno es y de lo que, para serlo, necesita..

“Largos en facellas” - ”Cortos en contallas”
Hay “hazañas” de gentes humildes que están a años luz –en longitud y en altura- de los narcisismos que tanto cunden hoy en Occidente según las estadísticas.
Otro día será cosa de dedicar una reflexión al “mito de Narciso” para ver en su instalación masiva en la sociedad postmoderna un indicio de a dónde han llevado –con toda lógica pero con mentira- las filosofías de la “muerte de Dios” y su natural consecuencia de que “si Dios ha muerto, yo soy Dios”. ¿No explica esta pueril filosofía casi todo “lo que nos pasa? Pero eso para otra ocasión. Hoy, con Lolo, me basta.

Los “largos en facellas e cortos en contallas” no se miran al espejo por recreo, frivolidad o adoración de sí mismos. Sólo se miran para procurar no cortarse con la cuchilla cuando se afeitan.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Flashes vivos - ¿Tics totalitarios? 7-XII-2018

10.12.18 | 14:21. Archivado en Acerca del autor

Fuerte ha tenido que ser la sensación de agobio causada por la irrupción descarada de Vox en el escenario electoral andaluz para que, si a los unos -en despecho anti-demócrata de ganar en la calle lo que no pueden ganar en las urnas- les falta tiempo para incitar a algaradas callejeras y “escraches” a quienes no son ellos, a los otros, también afectados por lo que no deja de ser –aunque sigan siendo la lista más votada- una derrota mayúscula, pierden la compostura y, olvidando las más elementales reglas de la lógica, ponen a criticar lo que ellos mismos están haciendo desde hace meses. Es curioso todo ello y no deja de ser chocante y por demás sintomático. Veamos.
Hoy –viernes- la ministra de educación y portavoz del gobierno dice que causaría sorpresa que el PP o Ciudadanos echaran mano de los votos de Vox para gobernar en Andalucía. Sorpresa sería pensar –venía a decir y decía realmente- que ayuden a “blanquear” –usa este verbo tan en moda y tan polivalente ahora mismo- a Vox.
Al oírla, guiado instantáneamente por el más rudimentario sentido crítico, me subieron a la boca varios interrogantes, por mitades incredulidad y asombro o sorna y gracejo. Eran éstos: ¿Cara dura? ¿Sectarismo? ¿Indigencia mental? ¿Cinismo? ¿Hipocresía sin par?
Cuando ya se me iban los ecos del “quid-pro-quo” de la Sra. ministra y portavoz –lo pensaba dejar en lo que es un “quid-pro-quo”, error que consiste en confundir una cosa con otra-, escucho al Sr. presidente, don Pedro Sánchez, dando refrendo a la ocurrente salida de la ministra con idea o frase de parecido cuño: “No se puede ser europeísta y aliarse –como hacen otros- con partidos anti-europeístas”.
Al oír el refrendo del “jefe”, ya no me cupo la menor duda. Ni “quid-pro-quo” ni ”farrapo de gaita”. Escozor a raudales; pérdida de la compostura; ansiedad…, y -como consecuencia- ceguera procurada para hacer de la contradicción una bandera más del arte de gobernar.
Dejando al pleno en el aire los anteriores interrogantes -cada cual encasille donde lo quiera-, me digo que sorpresa, y mayúscula, ha de ser, por elementales –insisto- razones de lógica o de coherencia externa e interna, que quien ha usado -para asumir el poder- la vía oblicua de la moción de censura y no la de las urnas como ha de ser en buena y seria democracia,y se ha servido y se sigue sirviendo –conjuntamente- de los votos del populismo anti-europeísta y anti-demócrata y sus adláteres, de los separatistas y los golpistas, hasta de los que aplauden a la ETA, se atreva a censurar a quienes pudieran alinearse con un partido al que auparon (no se olvide), en unas elecciones limpias, varios cientos de miles de ciudadanos andaluces…
Por tales indicios, mucho les ha debido “jorobar” el paso del cero al doce de Vox –que, por otra parte, no es tanto como para echarse a temblar o entrar en ataque de ansiedad, como no sea que lo miren como síntoma de lo que piensa una buena parte de la sociedad. Pero resulta grave no saber discernir y escuchar la voz del pueblo –o es que no son “pueblo” los que votaron a Vox?- para dejarse caer en tan burdas como aparatosas contradicciones? Acaso no da esto para sopesar bien en qué manos estamos al encarar un futuro que tiene más de volátil e incierto que de seguro y prometedor?.
No he citado –al analizar tan curiosos dichos- la palabra “tic” que encabeza este “flash vivo” de hoy y que en psicología y psiquiatría suena a los movimientos innecesarios que, con un cierto automatismo, se toman en estados o situaciones de emotividad intensa o de ansiedad. Los “tic” suelen ser síntomas de confusión y nerviosismo, porque, al ofuscar por la ansiedad o el temor, salen a la superficie como automatismos capaces de romper las reglas de la lógica y del buen sentido.
Pienso yo que Hannah Arendt, experta, como era y bien se sabe, en atisbar las simientes, raíces, síntomas lejanos o pròximos, etc. de los totalitarismos, y, con ella, algún psicoanalista de los que oyen voces del subconsciente en estas salidas de poco fuste racional o lógico, no dejaría de hallar en estos “quid-pro-quo” –tan sonoros como incomprensibles- unos germinales olores o sabores totalitarios. De quien ve la paja en el ojo ajeno, pero no ve la viga en el propio ¿qué dicen los Evangelios? Dejémoslo en eso, “tics”; “tics” políticos; y -como tales- hijos de emotividades fuera de control o de ansiedades que alertan miedos. Como quiera que sea, un riesgo para gobernar bien
Grande ha tenido que ser el susto por lo de Andalucía… Porque desmesuradas son las reacciones de unos y de otros; y eso, la desmesura ante la voz de las urnas, no es democracia.

¡Espabila, pueblo! –vengo repitiendo con bastante frecuencia y lo reitero de nuevo. Mira y analiza bien, porque los síntomas son de que te están segando la hierba bajo los pies; y conviene enterarse para que no termines en silla de ruedas o con muletas. La mayor desgracia que le puede pasar a un pueblo digno es que lo tengan por tonto sin serlo. Por eso, espabilar es bueno.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


¡Viva la Pepa! 6 - XII -2018

06.12.18 | 20:49. Archivado en Acerca del autor

¡Viva la Pepa!
[Esta expresión, tan nuestra, ha servido –históricamente- para encubrir el ¡Viva la Constitución!. A ello se aplicó desde 1814 en directa referencia a la primera de nuestras constituciones, la de Cádiz –promulgada el 19 de marzo de 1812, pero abolida el 14 de julio de 1614 por Fernando VII a su regreso del exilio francés. Los liberales para eludir el castigo aparejado a gritar ¿Viva la Constitución! usaban el ¡Viva la Pepa! para decir lo mismo]

* “Hay que ver cómo se odian ustedes”. Por más que lo repita, nunca olvidaré esta horrible frase que, una hermosa mañana de agosto de hace cuatro o cinco años, un ilustrado peregrino frances me dijo, a la vera del puente romano de San Cristobo do Real, en pleno Camino de Santiago, en un receso mio de mi jornada de pesca y en un alivio suyo antes de tomar la vereda que conduce hasta Samos. Tras departir un rato sobre nuestras cosas, nuestras similitudes y diferencias, al darnos la mano para desearnos yo a él “buen Camino• y él a mí “buena pesca”, esta frase suya -que me sonó a reconvención, y no por parecerme verosímil tirando a cierta, sino por apreciar en ella el indicador punzante de una de nuestras mayores servidumbres colectivas- me escoció en el alma.

** En estrecha connivencia con lo anterior- tampoco dejaré de rememorar hoy la terrible letrilla de Antonio Machado en uno de sus Proverbios y Cantares, especie de maldición de pecado original que nos parece seguir como la sombra al cuerpo: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios; una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Como la “negra sombra” del poema de Rosalía me sigue hoy también este que parece presagio de un destino trágico.

*** No dejaré sin embargo de gritar hoy ¡Viva la Constitución!. Por si fuera posible que, gritando así, el drama que es para todos el vivir deje -de una vez por todas- de volverse entre nosotros tragedia: la tragedia de “las dos Españas”.

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Un jurista que se precie no puede dejar pasar el Día de la Constitución sin hacer los honores debidos a la calidad especial de su rango normativo; sin esbozar al menos algún realce sobre la primacía que la “ley de leyes” ha de tener por ser cabeza del total ordenamiento jurídico del Estado democrático de Derecho y norma de ajuste del terreno del juego jurídico-penal, que traza el marco de lo lícito y lo ilícito políticamente hablando.
Al romper hoy una lanza por la Constitución, no es mi ánimo marcarme faroles en terrenos que no he pisado tan a fondo como para sacar pecho o sentar cátedra. No. No soy un divo y ni siquiera mediano experto en Derecho Constitucional. Eso sí. A lo largo de mi vida docente he analizado y explicado muchas veces la presencia del hecho religioso católico en el constitucionalismo español; y eso me ha obligado a tragarme la letra y el espíritu de nuestros textos constitucionales. Además, como la cuestión de esa presencia aún está vivo y colea, me acucia -hoy precisamente- el empeño por soltar algunas ideas que –en el curso de mis análisis- se han adherido con firmeza a mis convicciones. Serán, eso sí, ideas vertidas, por supuesto, sin ánimo de agotar la materia –sería pretencioso- y con la sola voluntad de dar un punto de vista, el mío, en una materia tan fluida.
Tres o cuatro realces solamente nutren esta mañana mis reflexiones del Día de la Constitución.

Es posible que la tragedia de las “dos Españas” tenga raíces lejanas y hondas en nuestra condición carpetovetónica como diría Cela. Sin embargo –así lo veo yo- su oficial partida de nacimiento la percibo -neta ya- en esa cesura histórica que entre nosotros vieron los últimos lustros del siglo XVIII y los primeros del XIX. Yo diría que tuvo en el Cádiz de las Cortes su primera y oficial vista oral.
Con los cañones de Napoleón a las puertas de casa, afrancesados y legitimistas; liberales y conservadores; clericales y laicistas tuvieron alma y corazón para reunirse en aquellas Cortes e iniciar juntos un camino que no terminó en crisis de ruptura, sino en el modelado de un proyecto serio de concordia nacional. No era fácil; menos fácil incluso que ahora.
Leyendo las “memorias” de uno de los jerifaltes del librepensamiento de entonces, el liberal don Agustín Argüelles, se puede observar la veta del patriotismo-verdad de aquellos políticos y su fina sensibilidad para separar sus ideas y sentimientos del bien de todos, y más en aquel momento crucial de nuestra historia patria. Baste -por ejemplo- constatar su actitud, y la del entero grupo liberal, ante la aceptación y firma del famoso art. 12 de aquella Constitución, el que regulaba el estatuto civil de la I. Católica en el espacio público español. Cuando dice que hubieron de tragarse sapos y culebras para aprobar aquello, pero que era necesario hacerlo y lo hacían, estaba realizando –creo yo- algo más que un gesto o un acto piadoso de tolerancia; estaba actuando de gran estadista, para quien el bien común y de todos está siempre por encima de las propias ideas o ideología, y no digamos de los particulares intereses de persona o partido.

Que en aquella primera Constitución -abierta y liberal para los tiempos como ninguna otra de su época- puso la primera piedra de la entrada neta de España en la modernidad que ya entonces estaba cocinándose por doquier.
Que en ella se proclamara, por primera vez y de forma solemne, que la soberanía reside en el pueblo, con ser novedad y un alarde jurídico-política de alto rango, no es nuevo sin embargo en el pensamiento socio-político de nuestros pensadores –de la llamada Escuela de Salamanca sobre todo- de los ss. XVI y XVII, como es dado ver analizando la obra científica de los Suárez, Soto, Molina, Covarrubias, etc- (cfr. E. BULLON, El concepto de la soberanía en la Escuela jurídica española del s. XVI, Madrid, 1936)-

La verdad. En el concierto y contraste de las distintas constituciones españolas, no temería pecar de exagerado o tendencioso y sectario si afirmara que, de todas ellas y con mucho, la primera –esta de 1812- y la última –la de 1978- han sido las dos mejores, por variadas razones que no es ahora del caso enumerar o glosar. Baste de todos modos decir que, en ambas, y en situaciones de gran emergencia nacional como eran la invasión de España por los franceses y la salida honorable del régimen franquista hacia la democracia, los espanoles salimos juntos de ellas. en actitud es de concordia y de tolerancia por el bien de la paz´.
En honor a la última, la de 1978, no me privo, cuando hay ocasión, de repetir algo que muchas veces he dicho. Las dos Españas –acabo de indicar- se nutren propiamente en esa cesura histórica marcada por el final e inicio de los ss. XVIII y XIX; se oficializan en el Cádiz de las Cortes y de allí salen bastante bien paradas. Pero, desde aquello y hasta la guerra civil y má, no dejan de retroalimentarse y abundar en episodios dramáticos en incluso trágicos.
Pues bien, la circunstancia ocurrida a la muerte de Franco y la conjunción insólita de los hasta entonces adversarios, incluso enemigos, aceptando verse, dialogar y hablar, debatir en tiras y aflojas distendidos y buscar –sobre todo buscar hasta encontrarlo- un consenso que permitiera -olvidando agravios mutuos y superando tensiones, rachas de odios y todo lo demás, nunca se dió antes en nuestra Historia. Nunca se hizo tanto para erradicar de nosotros y de nuestra civilidad la terrible tragedia de las dos Españas. Nunca, he de insistir; además, se hizo interpretando fielmente el sentir de la máxima parte –evito la palabra totalidad por no ser democrática-; y se ha logrado en buena parte y de ello testigos son esos 40 años de convivencia en paz, de desarrollo humano como nunca antes se viera; y de entrada plena en la modernidad que en nuestro entorno cultural era ya moneda de uso corriente.
Por eso solo y sin otros méritos, esta última Constitución, a pesar de sus defectos que los tiene como todo lo humano, debiera ser la niña de los ojos en la pupìla de los españoles normales y responsables.
Que tiene defectos? Normal. Pues que se corrijan, pero sin dinamitarla como quieren los que hoy parecen tener en ella un estorbo a sus paranoias o –dejémoslo en menos de paranoia- arbitrismos interesados o narcisistas. ¿Quiénes son ellos?. Con abrir los ojos basta para enterarse: los que pisotean o queman banderas de España; los que insultan al jefe del Estado, sea quien sea; los que llaman “africanos” a los andaluces o “españoles de mierda” a todos los que no son ellos -ayer se daa otra muestra de eso en Vitoria-; los que ponen tan alto empeño en “tocar” la Constitución, aunque no para reformarla a mejor sino para demolerla.

+++
Al cumplirse, el año 2008, el 30º aniversario de la Constitución vigente, el 27 de octubre, en el acto de apertura del curso en la R. Academia de Jurisprudencia, su entonces presidente don Landelino Lavilla daba lectura a su discurso sobre “el régimen parlamentario” (A los treinta años de vigencia de la Constitución).
Al final de la lectura, en la que llama “Pausa para la reflexión”, soltaba tres puntadas dignas de nota entonces y también ahora, en este otro cumpleaños. Merece la pena recordarlo.
“Durante sus casi treinta años de vigencia, la Constitución española de 1978 ha presidido un ciclo de normalización política, primero, y, consecuentemente, de afirmación y avance consolidado de los derechos fundamentales y libertades públicas; un período de progreso económico y social, segundo, que ha permitido su homologación con el nivel y condiciones de los países de nuestro entorno natural y de la civilización a la que pertenecemos y contribuimos; un grado de estabilidad institucional sereno y fecundo, tercero, que ha arrumbado los peores hábitos políticos en los que se agitaba y malsobrevivía –con periódicos estallidos- nuestro orden de convivencia. España participa, con razonable eficacia y actividad en la construcción de las nuevas realidades supra-nacionales en proceso de decantación y desarrollo. Se han mantenido y agudizado algunos graves problemas, pero no se ha perdido el paso firme y el sosiego racional en la prosecución por una senda en la que –y es responsabilidad común y compartida- ha de evitarse el agostamiento de las ilusiones germinales”
Y añade este otro punto digno de tenerse en cuenta como aviso a navegantes: “Tras treinta alos de vigencia, la Constitución de 1978 experimenta los envites de minorías que, sin conciencia de los riesgos conjurados y habiendo crecido en la experiencia de la libertad y la democracia que otros conquistaron y ellos han disfrutado, están dispuestos a desdeñar la concordia y traer al presente, no para asimilarlo sino para revivirlo, un pasado de riesgos y azares. Son, ciertamente, una minoría, pero todos conocemos, por ciencia o experiencia, la facilidad con que prenden y se contagian en las masas el halago, las promesas y los sentimientos de agravio en los que fermenta el desprecio y madura el rencor”
“Hay políticas aldeanas y de campanario que nos desalentan; hay regresiones jurídicas que nos sorprenden; hay disfunciones –en ocasiones deliberadamente buscadas que nos perturban” Una estabilidad constituciones de entonces 30 años y ahora de 40 debiera ser –decía para terminar- “aval que debiera calmar impaciencias, inhibir dinámicas disolventes y respaldar, en una convivencia pacificada, la generalizada voluntad de conquistar el mejor futuro de progreso y de bienestar para todos”.
¿No valen para los 40 años, incluso más que para los 30, estas ideas tan bien pensadas y argumentadas?
¿Hay que seguir, o hay alguna razón para seguir las arbitrariedades o fantasías del populismo tan en sazón ahora?

Por eso hoy y a pleno pulmón, estas expresiones no desdicen, sino que siguen ilusionando, a pesar de todo.
¡Viva la Constitución! ¡Felicidades Constitución! ¡Gracias Constitución! ¡Por muchos años Constitución”

Después de rememorar otra vez la letrilla de Machado y repensar el “hay que ver como se odian ustedes” del ilustrado francés del Camino, me voy un rato a ese libro final de J. Marías -España inteligible. Razón histórica de las Españas. Merece la pena para liberarse de algunos de nuestros demonios nacionales y sobre todo para cerrar el pico a los que, en esta hora, pretenden que volvamos la vista atrás para volvernos estatuas de sal. Hemos sido por demasiado tiempo estatuas de sal para no haber aprendido a rebelarse y a ser inconformistas.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El panorama desde mi balcón 3 - XII -2018

05.12.18 | 16:56. Archivado en Acerca del autor

“La política” es “el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos”. En estos términos habla de la Política Louis Dumur, en uno de sus Pequeños aforismos.
El “día después” -en la pintoresca “resaca” de las elecciones andaluzas- se me ocurre que una pequeña glosa de la nada inverosímil idea del escritor suizo puede merecer la pena como guía de interpretaciones coherentes: imagino la frase revolando la entera circunstancia del evento de ayer.

“No ser hombre de partido” –no lo soy ni lo pienso ser en el sentido, al menos, que da Ortega y Gasset a esta especie de “status” social en el puntiagudo ensayo del mismo nombre- da, creo yo, un plus de libertad y autonomía para mirar y ver la realidad del día de ayer sin pasión, suelto de emociones y con menos prejuicios que los ordinarios al hablar de política; es decir, para verla con una cierta ecuanimidad.
Como doy, además, por seguro que la política incumbe a todo ciudadano, pertenezca o no a un partido político, creo un deber –el día después de las elecciones andaluzas- asomarme al panorama que sin duda ofrecen en el momento dramático de nuestro ser nacional. Unas elecciones son, a la postre, el instrumento periódico -a la mano del “pueblo”- para mostrarse como es y ajustar cuentas, para evitar que le tomen demasiado el pelo los que se titulan sus representantes. Cosa, por cierto, nada infrecuente.
Titulo “panorama” estas reflexiones, ya que aspiro a una visión de conjunto de esta realidad unitaria, pero abierta de par en par a perspectivas y posibilidades múltiples; me presta degustar un paisaje polivalente y complejo y no exento en ocasiones de perfiles que trascienden sus propios límites, que van más allá de la línea del horizonte que la circunda. Nada ilógico si de analizar lo humano se trata. Panorama, pues, se hace buena palabra para mirar y ver una cosa sin excesivas concesiones a la rigidez o al rigor escolástico o científico.
+++
A esta que llamo “pequeña glosa” puede servir de prefacio una primera idea. Cuando la gente, el “pueblo”, se cansa de que lo crean imbécil; incluso cuando nadie le ha enseñado a gustar el exquisito sabor de la frase “quevedesca” de “A pueblo necio, seguridad del tirano”, ocurren cosas como algunas de las que marcaron ayer estas elecciones. Estas dos en especial: el visible intento de descabalgar a un Psoe erigido en empedernido gobernante de Andalucía y el envite –llamémosle así- de encrestar a Vox. Hubo más cosas; pero estas dos resaltan más.
En esta reflexión, a bote pronto, y por lo mismo fulgurante y de flashes vivos y con acento, me voy a conformar casi sólo con soltar, y si acaso esbozar un poco, algunas puntadas sobre tales figuraciones.

Esta puede abrir el paso. Crece –se le ve crecer- el sentido crítico en el pueblo y en la gente, si por tal entendemos la capacidad de dudar, de no conformarse, de ponerse en guardia y, sobre todo, de saber decir “no” que es “ser rebelde” en la idea del Albert Camús obsesionado con la preocupación de no dejarse arrastrar por el fluido de los tiempos líquidos. Y no es que el pueblo nunca se equivoque; que a veces yerra. Pero verdad es que al alma de los pueblos nunca se la puede dar por muerta, y a veces, a los presurosos enterradores, les cuesta echar la última palada. Un poco es lo que Antonio Machado delata en su canto a la pervivencia del hogar en una pizpireta letrilla de sus Proverbios y Cantares: “Creí mí hogar apagado y removí la ceniza; me quemé la mano”. Hay veces que el pueblo, hasta cuando parece muerto o domesticado, aún es capaz de causar los sobresaltos de ayer en Andalucía. Por eso, me alegro y mucho, de que cunda el sentido crítico, y por lo mismo rebelde al estilo Camús.

Siguiendo el hilo, se ha de constatar la sorpresa - quizá estupor en más de uno- ante el descabalgamiento del partido socialista de su feudo andaluz. Pero el hecho es patente. Lista más votada, pero a horas luz de lo de antes, desde hace casi cuarenta años. Las razones del hecho? Desencanto? Hartazgo? Cansancio? Azar? Envite del enano a la comprobada poca talla del gigante?. Es posible que, de todo, un poco.
La glosa breve –en este punto- puede ser esta. Si es verdad –yo no lo dudo- que el poder -todo poder- por esencia, como advierte Montesquieu, tiende al abuso y al despotismo, ¿es pensable –lógica y racionalmente- en una democracia sana una instalación casi vitalicia de alguien en el poder? Y, si lo ha sido, ¿cuál será el secreto y a qué se habrá debido?. Hasta sin ser un lince, con sólo pensar un poco, se puede dar con el “quid”. Por más que lo parezca, aunque los pueblos den impresión de sestear, no siempre están dormidos. Esto de ayer lo indica.

El otro canto de la sorpresa de ayer estaba en Vox. Un mini-partido; sin casi presencia en la vida política; visto -si acaso- por sus románticos seguidores como especie de “bálsamo” infalible para heridas o epidemias urgentes… Concurre a las elecciones con más pena que gloria, como se dice; y sale de ellas con más gloria que pena. Le auguraban los más favorables arúspices, dos o tres, a lo sumo seis, diputados y saca doce con varios cientos de miles de votantes.
El fenómeno es el de mayor relieve en el caso. Porque de cero a doce, en política, hay más distancia que de veinte a cuarenta o a cincuenta en otros escenarios.
El hecho ha creado frustración y rabia en quienes lo ninguneaban llamándole de todo: de ultra-derecha; racista; anti-europeo; anti-constitucional; populista… De todo le han dicho antes de ayer y no digamos hoy. Y sin embargo, doce diputados. Sorpresa es poco; incredulidad, estupor, asombro sería más realista. Pensemos de todos modos en esa ley de que no hay efecto sin causa y volvamos a preguntarnos como ante la defenestración del Psoe por el secreto. Tampoco es difícil advertirlo.

Pero los hechos son como son. Doce diputados y varios cientos de miles de votantes. ¿Será tal vez porque defiende más y mejor que otros la unidad de España? O porque reclama una política migratoria racional y seria y no chapucera y sólo demagógica como otros?
Hay una cosa que aún no he oído ni mencionar siquiera en esta resaca de las elecciones: es Vox el único partido que actuó en su día como acusación particular en el proceso contra el “golpismo” catalán. ¿Será por esto por lo que muchos le llaman “ultra”?
Anti-constitucional le dicen muchos, porque, al parecer, proclama su oposición a las “autonomías”; como si fuera pecado mortal en política estar contra puntos de la constitución –el de las autonomías, por ejemplo- que son –a mi ver también- manifiestamente mejorables en su planteamiento real. ¿Es malo acaso desear y demandar que se reforme la constitución para mejorarla? ¿Es que las constituciones son, en el pensamiento de Hans Kelsen –el mejor tal vez de sus promotores modernos- unas piezas perfectas en infinita perfección?.
Y lo peor de todo. ¿Por qué, a quienes, descontentos con la constitución en puntos concretos, piden reformarla para mejorarla, no se les perdona y se les llama “anti-constitucionales” y, en cambio, se pacta, se chalanea, se hacen planes, etc. con quienes –como Podemos por ejemplo y los partidos independentistas- no es que la deseen reformar para mejorarla, sino que buscan dinamitarla entera? Esta doble cara o vara de medir, para con algo que representa en la historia moderna de España una salida airosa al totalitarismo anterior; un intento serio de acabar por consenso de todos los colores con la tragedia de la guerra civil; y que, por ello, es bandera y símbolo de la primera y única vez que, desde el funesto nacimiento de las “dos Españas”, se hace algo muy firme para acabar con ellas, ¿son justas, razonables y tienen sentido? ¿No habrán de ser tenidos por “impresentables” los que juegan con tanto descaro a vender etiquetas falsas? ¿No será éste el “quid” de la cuestión en el vehemente acoso post-electoral a Vox?.

La gente seria –la que vive al margen o es independiente de intereses partisanos en el área de la política- opina que el epíteto de “ultra-derecha” o de populista, racista, anticonstitucional, etc. es una exageración; y que, aunque pudiera verse algún ribete populista, ni de lejos sería comparable, en alardes populistas, a lo de Podemos y sus adláteres y compañeros de partida. Además, ¿es que no se pueden observar rasgos populistas en todos los partidos, y, en algunos incluso, no rasgos tan sólo, sino síntomas verdaderos de patologías populistas? ¿No se asiste hoy mismo a la reacción del Sr. Iglesias Turrión, el cual, al verse abajado por la perspicacia del “pueblo” andaluz –me refiero a esa perspicacia que es agudeza de ingenio para advertir en cada caso lo que más conviene-, no duda en tocar a rebato de revuelta callejera y de lucha sucia para una democracia de verdad?.
Es curioso –lo digo en inciso y a este postrer respecto- que al jefe del populismo en España -experto que debiera ser en Maquiavelo, al que nombra en el título de su librito- no se le haya ocurrido plantearse –antes de reaccionar tan al vivo contra la “voz del pueblo andaluz”- esa cuestión que, desde hace tiempo, es asidua en los estudiosos de Maquiavelo y su teoría política; que se pregunta si Maquiavelo, en El Príncipe”, quiso tan sólo dar recetas de amoralidad a los que tratan de asaltar el poder y conservarlo o quiso también “procurer aux peuples méthodes les plus rouées et les plus astucieuses pour résister à la domination” de sus tiranos (cfr. Jean Daniel, Pourquoi Machiavel, en Le Nouvel Observateur – Hors-Série- Le vraie Machiavel, julio-agosto 2007, pag. 3). ¿No debiera contrastar adecuadamente al Maquiavelo en su circunstancia de secretario de un tirano florentino con el Maquiavelo, hombre del Renacimiento y humanista por tanto? O advertir la pifia que supondría en un maestro del pensar como el secretario florentino hacer valer su método del “fin” que justifica “los medios” sólo para el poder que se ambiciona y no para el poder que se padece o sufre; para propulsarlo en un caso y para contenerlo en otro, al umbral de la política en los dos casos?. No entiendo –aunque me lo explique- esta reacción contra la voz del pueblo. Suena, más que a ciencia, a conveniencia.

Dejando a parte interrogantes e incisos y retomando el “affaire” Vox en Andalucía, he podido observar así mismo que, frente a la indigestión de los “abatidos” en las urnas, luce por todo lo alto la euforia de los triunfadores, en particular la de Vox por eso del “cero a doce”.
A un amigo de Alcalá –Carlos, un “tio” de pueblo donde los haya y forofo de Vox también donde los haya-, pleno de euforia como si de la descubierta de un mundo se tratara, le trato de rebajar tal desborde de optimismos y entusiasmos y darle, medio en broma, medio en serio, un calmante. “Como concesión que es a las emociones, la euforia está bien cinco minutos, y no más. Bien están las alegrías, pero sin desmesuras. Y sobre todo la cabeza bien templada y en su sitio”. Aunque no logro sosegarlo del todo, me dice que bien, que su partido no es lo que dicen de él; que poner el ojo en posibles defectos de la constitución no es ser anticonstitucional; y que la voluntad del partido ha sido y es la de actuar desde la moderación, la prudencia y el interés general. Ahí lo dejamos.

Pues bien, y por el momento, a esperar el cambio, puesto que el pueblo ha mostrado voluntad de cambio. Si lo que viene ahora fuera cambiar para que nada cambie o fuera el cambio de verdad, es responsabilidad de los que han salido airosos de las elecciones. Ellos tienen la palabra. Era necesario el cambio aunque no sea seguro que se cambie. Ya veremos.
De todos modos, sea como sea, habremos de asistir estos días a un espectáculo fascinante, de postureo, galleo, de ronda y cortejo y hasta de “mareo de la perdiz”; hasta que -si es que logran ponerse de acuerdo- a la euforia que preconizan los que cantan victoria suceda eso que dicen desear, el cambio. Repito: ya veremos…

Y -por el momento- a esperar. Pero no sin poesía y de la buena; no sin evocar –en letra y música- al Miguel Hernández de su poema Aceituneros; un fondo de poesía rebelde, no revolucionaria ni anarquista, y tan capaz de decir “no” en unas elecciones como de salir por soleares poco más tarde para decir lo mismo.
“Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos? / No los levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor / Levántate, olivo cano, dijeron al pie del viento. Y el olivo alzó una mano poderosa de cimiento / Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares / Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién amamantó los olivos?“. ¿No viene a cuento?.
Y como la hoja verde, de bravía belleza, del recio poema no debe impedir ver el bosque, a esperar –he de insistir-, por si, esta vez, fuera verdad lo del “cambio de verdad”. De todos modos, y sin jugar a pesimista –se ha de confiar en el hombre, a pesar de todo- no dejo de ver flotando en el aire de la resaca de estas elecciones la premonitoria frase de cabecera de mis reflexiones de hoy. “La política” es “el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos”.
Y por fin, como dice mi sobrino jugando al tute: “oro bajo y a esperar”. En él es una muletilla, pero vale.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


¿Tiene futuro la esperanza? 2-XII-2018

02.12.18 | 23:20. Archivado en Acerca del autor

El pasado es un recuerdo; el presente, un “visto y no visto”; Y el futuro… ¿Qué cosa es “el futuro” en el ser, el vivir o el existir del hombre? ¿Una indescifrable, insoluble incógnita? ¿Las incertidumbres de lo desconocido? ¿Una pesadilla? ¿Una premonición si acaso, nada exacta?
Lo más conspicuo y aparatoso de la filosofía más actual –esa que abandera la marca de los ritmos de la historia del hombre- lleva tiempo posando en la “nada”, el “absurdo”, la “náusea” y el “tedio”, el pecado o la condena de haber nacido o de ser libres. Y no es raro escuchar ese lamento de cada vez más gente preguntándose ante la infancia y la juventud de hoy por lo que les dejamos tras haber sembrado de sal los campos –prometedores siempre- de la existencia.
La verdad, no parecen tiempos muy holgados para la esperanza.

Puesto a pensar hoy –este segundo dìa de diciembre- en “malicias del día”, dos focos de atención solicitan paso de reflexión a mi corazón y a mi mente. Hay más, pero estas dos me incitan con mayor fuerza. Son ellos, como ciudadano, las elecciones autonómicas en Andalucía: y como católico, el tiempo cristiano del “adviento”, que es de espera porque precede a la memoria anual del “Dios con nosotros” de las fiestas de la Navidad.
Si las elecciones andaluzas llaman a reflexión porque la Política –en el mejor sentido de la palabra- es cosa de todos, la entrada en el “adviento” es, en cristiano, como un revival agudo de la esperanza; y pienso yo que –en estos tiempos convulsos del mundo y de la sociedad- algo de buena esperanza no viene mal del todo; sobre todo para quienes, siendo o llamándose católicos, o asisten –rebeldes y reacios- a las diuturnas befas a la religión (que evidentemente se pasan de la laicidad yendo a un laicismo repulsivo por anti-humano antropológicamente), o –por eso y por otras cosas como la decristianización galopante de la sociedad posmoderna- pueden sufrir la tentación de sentirse o incómodos o desesperanzados.

Las elecciones de hoy en Andalucía dan para pensar un poco.
Cunde en el pueblo llano la sensación de que “todos son iguales”; todos corruptos, o por la”pasta”, o por las otras corrupciones –no menores, a mi ver- por mentir y engañar, por incumplir las promesas y faltar a la palabra como lo más natural del mundo, por versátiles o farsantes. Crecen la decepción y la desconfianza respecto de la política y de los políticos y, en la medida de ese crecimiento, afloran o el no votar o asirse al recurso de votar, no “a favor” sino “en contra”, lo que mi gran amigo francés Carlos de Launet aconsejaba como recibido de su abuelo, demócrata él, pero desencantado de los sueños con la democracia, puede ser la acertada.
Ante unas elecciones políticas, las que sean; en la situación real –de aquí y ahora- que ofrecen los partidos y la clase política, no es vana seguramente la ocurrencia de excogitar las distintas actitudes o intenciones de los políticos, al abrirse a esta opción de vida. Bien pueden deducirse de considerar, y no de espaldas a las reglas de la lógica, por qué se entra hoy en la política.
La política, que es –no se olvide- una actividad noble, aunque subalterna, del hombre; “una saludable fuerza de que no podemos prescindir”: de la que no le es legítimo dimitir sin dejar de ser un ciudadano responsable y con aspiraciones de libertad, corre –por lo que se ve ahora y a diario- el riesgo verosímil de caer de hecho en el “morbo gravísimno” de convertirse en el “imperio de la mentira” (Ver J. Ortega y Gasset, El Espectador, Perspectiva y verdad, Obras Completas, ed. Alianza Esdit, Madrid, 1998, p. 16).
Cuatro vías de motivación y, correlativamente, cuatro clases de actitudes parecen a los ciudadanos del montón, que son los más, las que más abundan. Hay personas que, viendo en la polìtica un deber cívico, van a ella y la viven como un deber. Hay otras que la toman con veneración y un alto honor. Pero no faltan muchos más –por desgracia para la sociedad y el bien de todos- que la miran como una bicoca o negocio; sin que falten incluso quienes acuden a ella para evacuarse de verdaderos o fingidos e internos reclamos narcisistas.
Como –por lo que se ve y se oye- las dos últimas clases son las que –en estos tiempos- con profusión copan el terreno, creo, por una parte, que hay que ir a votar para no dejar el terreno libre a los mercenarios y aprovechones; aunque creo, a la vez, que hay que seguir el consejo del abuelo de Carlos y votar, por principio, “en contra”; lo cual sería votar a favor del que parezca menos malo para el bien común y de todos. ¿Qué no es lo mejor? Por supuesto que no; pero bien se sabe que hay coyunturas –y la presente pudiera ser una de ellas- en que lo mejor puede revelarse enemigo de lo bueno. Y puede no estar de más pensar, antes de obrar, en todo y en la política también, que vale más lo malo conocido que lo mejor por conocer, como reza el refrán. Y no será “maquiavelismo” político sino “gramática parda”, esa fina habilidad –fruto de la experiencia desencantada- buscada para no “dejarse del todo la piel” en situaciones-límite.

Y me da también, esta mañana de diciembre, para pensar un poco la entrada en el tiempo cristiano del Adviento.
Ante las cuatro semanas litúrgicas hasta la Navidad, hago valer una idea preferente que expresan estas semejantes frases. Porque tenemos esperanza, aún podemos tener respuestas. Los que aún tenemos esperanza, no hemos perdido la capacidad de tenemos capacidad de dart respuestas. O, incluso, gracias a la esperanza, son posibles les respuestas.

No me canso de repetirlo porquie salta a la vista. Somos pocos, y mañana es muy posible que vamos a ser menos. He de confesar que nunca he sido ni un fervoroso ni siquiera un goloso de las unanimidades, porque me parecen engañosas en su contraste con la libertad del hombre; pero también porque prefiero siempre la calidad a la cantidad, e incluso me parece más humana y válida para dar la versión de lo más auténtico del ser humano en sociedad la psicología de las minorías que la de las mayorías, y ello, no tan sólo por lo que augura Ortega cuando señala que “en ocho” ha de haber –verosímilmente- más necios que “en dos”, sino porque el sentido de sentirse minoría añade un plus de coraje y valor a la obra que se tiene entre las manos. Es dato de experiencia sociológica.
Y en lo referente al catolicismo, es digna de ser reflexionarse un poco la idea de J. Delumeau, al referirse al declive del secularismo francés sobre la religiosidad francesa: “Sebbene i suoi effetti abbiano fatto diminuire la pratica religiosa della maggioranza dei francesi, au¬mentò però, come è stato scritto, il fervore della minoranza” (Cfr J. DELUMEAU, Le catholicisme entre Luther et Voltaire, Paris, PUF, 1971, 330, nota 17).

En definitiva. Creo que no se puede olvidar esa verdad humana tan veraz para casi todo lo humano y la salida indemne de las encrucijadas del hombre y de la historia; esa que augura que gracias a la esperanza tenemos respuestas.
Ante los que bien parecen callejones sin salida; ante los malos y hasta pésimos augurios, asnte la certeza de que “nos estamos cargando la naturaleza…; leyendo y releyendo los textos bíblicos del inicial domingo del Adviento…; contrastando una cosa con otra; ¿no se nota un olorcillo a “apocalipsis”?. Se dice que, leyendo “Hambre” de Knut Hamsun, entran ganas de comer. San Lucas, este domingo, sin dar fechas, en muy gráfico al anunciar señales.

Ahora que tanto se pregunta por el futuro de cosas y personas: si tienen futuro el hombre, la verdad, la democracia y la libertad, o la vida incluso sobre la tierra, preguntarse por el futuro de la esperanza puede no ser baladí, si se tiene en cuenta que la esperanza es, como muestra certero W. Shackespeare (Medida por medida, III, 1), la casi única medicina que “los desgraciados” de todas clases tienen en esta tierra.

Para cerrar, amigos, y antes de contestar cada uno a la pregunta del encabezado -si tendrá futuro la esperanza en estos tiempos que bien parecen de “apocalipsis” o asimilados y dónde pudiera estar la clave del mismo-, rememoremos la poética referencia de Alfred de Musset a la esperanza en Dios: “Une immense espérance a traversé la terre; malgré nous, vers le ciel il faut lever les yeux” – Una inmensa esperanza ha cruzado la tierra; a pesar nuestro, hay que elevar al cielo la mirada.
Ha llovido, y a mares incluso, desde que De Musset (1810-1857) inspirase sus Poesies nouvelles. Hoy que arrecian y asustan las riadas y apabullan los ciclones y las borrascas tropicales y no tropicales, y hasta los más optimistas del mundo se alertan y piden cautelas urgentes ante lo que parecen nuevos signos de los tiempos, pueden no estar de más los avisos a navegantes, vengan de donde vengan, hasta los que puedan tener mala prensa.
Puede que –hoy- atreverse a mirar al cielo sea menos una beatería que un aceptable encaje de la esperanza en aras de respuestas que no tenemos pero seguramente necesitamos. A más de un ateo confeso he oído decir que, si hay razones para negar a Dios, hay otras tantas o más para admitir su existencia.
Adviento es esperanza. Y esperar es necesario cuando aprietan los zapatos, los de cualquier zapatero, desde los que se compren en unos grandes almacenes, hasta los de cualquier otro signo y condición.
Esperemos, pues, aunque mirando bien dónde se pone el ojo. Va mucho en ello; a todos.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Sábado, 16 de febrero

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