Entre dos luces

Hoy, domingo Lo esencial es Dios (1). Dios en el horizonte, a pesar de todo 4-XI-20128

06.11.18 | 21:37. Archivado en Acerca del autor

La lectura del Evangelio de Jesús ha de ser para el creyente cristiano-católico, no sólo -ni tanto- una fuente de inspiración y aliciente para vivir su fe, sino el obligado referente de lo que –en remedo y parangón con lo que son las constituciones modernas de las naciones- es –para la Iglesia- la Carta Magna de su recorrido terrenal: su “constitución”.
Dios se hizo hombre para que el “Hombre-Dios”, que es Jesús de Nazareth, fuera el “Dios con nosotros” anunciado muchos siglos antes, para “evangelizar a Dios; es decir, para revelar al hombre aquello que los hombres necesitan saber para no quedarse en puras copias de orangután; es decir, lo que precisa para sublimarse y salvarse.
El domingo es, pues, para el creyente en el “Dios cristiano” el día de la semana hecho, no sólo pasa descansar de sus tareas diarias, sino sobre todo para cultivar su fe y pensar en algo que le mantenga en forma para testimoniarla donde sea preciso. Sin arrogancias ni prepotencias naturalmente, pero con el valor y la energía suficientes para no ser un “farsante” de sus creencias.
Y, como este domingo, el Evangelio de san Marcos presenta el diálogo del escriba judío que busca –por encima de la Ley- la Verdad –con mayúscula- (en aras de la honradez del que –aún sin dudas- sigue buscando) y de Jesús, con fama de hablar con autoridad y sin miedos o complejos, de las cosas de Dios, mis reflexiones se posan esta mañana del 4 de noviembre sobre la verdad que se proclama en él y en las lecturas previas: que Dios es uno y único; que no hay otros “dioses” más que Él; que el primer mandamiento de los hombres hacia Dios, el esencial, es “amarle” sobre todo lo demás y con toda la fuerza del corazón y del alma; y que el segundo –que se refunde en el primero- está en amar también “al otro” como uno se ama a sí mismo; es decir con esas mismas fuerzas del corazón y del alma. Nadie puede decir que ama a Dios si no ama la imagen de Dios que es todo hombre, el “otro”; ni se puede amar o decir que se ama al “Otro” sin amar a Dios del que es imagen. Pura lógica, en verdad.

Porque estamos ante lo esencial del cristianismo y nunca como ahora parecemos empeñados los hombres en echar de nuestro lado a Dios –en todo-, permitidme, amigos, que mis dos o tres reflexiones centrales de estos días giren en torno a ese “promontorio” colosal, que ante el hombre se ha levantado siempre –como lo imagina Ortega y Gasset en su ensayo Dios a la vista, en que tan gráficamente se pintan la pleamar y y también esta bajamar ostensible en que hoy se halla la presencia de Dios en medio de los hombres. De modo especial, en algunos hombres –intelectuales, científicos, gobernantes, etc.- a los que no les duele nada prescindir de Dios y a los que parece quemar la palabra “Dios” en sus labios; como si los contaminara o desluciera.
¿Por qué no llamar a estos tiempos, como hace el pensador, tiempos de “odium Dei”? ¿No es bueno llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos ni disfraces?
Y no es que yo quiera o pretenda, no ya agotar, sino bosquejar siquiera un tema de la elevada envergadura de este (sería fatuo y además imposible). Solo se trata de dar vueltas y vueltas a unas cuantas ideas o pensamientos, que –además- la mayor parte de ellos no son míos sino de gentes que –aún sin ser creyentes católicos como Ortega- nunca rehusaron dar cara a la verdad, fuera verdad con mayúscula o con minúscula; hasta cuando esa verdad no era “la suya”; lo que no deja de ser un honor para quien así lo hace: no negar la cara a la verdad, sea cual sea, guste o no guste, dé réditos o cause problemas…
Aunque me salga un empedrado de citas, me arriesgo a que sigan este mismo camino mis reflexiones de estos días.
1) Una frase de doble filo. “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa" – “Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo”.
Es de G. K. Chesterton, el fino escritor inglés y converso del ateismo al catolicismo, la idea que reflejan estas frases.
Es idea de doble filo. Pensadores tan modernos como Humberto Eco o el gran escéptico que fue, sobre casi todo, Julio Caro Baroja han recogido, catalogado y, por supuesto, ridiculizado la enorme serie de “tonterías” -dejémoslo en esto- en que el hombre moderno, y no digamos el posmoderno, cree a pies juntillas muy a pesar de su ciencia y de su técnica; que no dejan de ser verdaderas supersticiones laicas, tan obsoletas y atrasadas, tan indignas de una civilización, como las que el P. Feijoo, “gran ilustrado” del s. XVIII y sin embargo “gran creyente”, incluye en su Teatro critico universal, como impropias de la verdadera religión.
El doble filo de la señalada idea de Chesterton apunta por uno de los lados a los que –a caballo de la ciencia y de la técnica- o piensan que Dios es malo porque tolera o permite el mal y eso no es posible si hubiera de ser tan infinitamente bueno como infinitamente poderoso y capaz; y va con su otro filo apuntando a quienes –confesándose creyentes en Dios- compaginan esa fe con supersticiones religiosas tan inadecuadas y absurdas que desprestigian la verdadera religión por falsas e impropias de una religión que se precie de tal. Hay quienes, creyendo en Dios, se avienen a creer en cosas que ni son de Dios ni a Dios atañen para nada; pero eso no es cosa de la fe, sino del entendimiento y uso que cada cuál hace de la fe…
El P. Feijoo, al que la Iglesia nunca censuró por ser “ilustrado”, y G. K. Chesterton, por el otro, por su propia experiencia vivida, apuntan alto y apuntan fino. Y es por ello que –este domingo- mis reflexiones se prenden de sus apuntes, como digo.
) El promontorio. De este modo pinta Ortega el “Dios a la vista” en una de las secuencias más evocadoras de Las confesiones del Espectador.
“En la órbita de la Tierra hay parhelio y afelio: un tiempo de máxima aproximación al Sol y un tiempo de máximo alejamiento. Un espectador astral que viese a la Tierra en el momento en que huye del Sol pensaría que el planeta no había de volver nunca junto a él, sino que cada día, eviternamente, se alejaría más. Pero si espera un poco verá que la Tierra, imponiendo una suave inflexión a su vuelo encontrará su ruta, volviend9o ponto junto al Sol, como la paloma al palomar y el boomerang a la mano que lo lanzó. Algo parecido acontece en la órbita de la historia con la mente respecto a Dios. Hay épocas de “odium dei”, de gran fuga lejos de la divino, en que esta eterna montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero, al cabo, vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad.
La hora de ahora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!
No se trata de beatería ninguna; no se trata ni siquiera de religión. Sin que ello implique escatimar respecto alguno a las religiones, es oportuno rebelarse contra el acaparamiento de Dios que suelen ejercer. El hecho, por otra parte, no es extraño; al abandonar las demás actividades de la cultura el tema de lo divino, solo la religión continúa tratándolo, y todos llegan a olvidar que Dios es también asunto profano”
No era creyente católico Ortega como todo el mundo que lo haya leído sabe; aunque tampoco era ateo, como algunos piensan y son desmentidos por él mismo; sin ir más lejos en este gran ensayo titulado “Dios a la vista”.
Claro que hay un “Dios profano”, el de la religión que va de abajo arriba, la del “homo religiosus” de las viejas y modernas antropologías solventes y realistas. Este Dios lo da por hecho -en todo caso- Ortega.
Pero el “Dios cristiano” no es im “Dios profano” sino un “Dios sagrado”, el de la religión de arriba abajo, el de la religión que es más que religión al ser también una revelación, porque, como antes decía, la cristiana es la religión del Dios que se hace hombre para “evangelizar a Dios”, para dar a saber a los hombres lo que los hombres necesitan saber de Dios para “crecer más”, para colmar más y mejor sus ansias de Absoluto, y para no quedarse sólo en eslabón evolutivo del mono, pero sin otras aspiraciones que las de “primate”. Lo que ya es algo, quizá bastante, pero no es todo ni mucho menos para esas incontenibles ansias de Absoluto que llenan –a poco que se rasque la superficie- el alma de los hombres.
Os dejo por hoy, amigos, con esto. El espacio y el tiempo se han completado con lo dicho. Mañana será otro día y las reflexiones mías, si no todas, continuarán –si Dios quiere- evocando con amor al Dios en quien creo y que también necesito.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


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