Entre dos luces

Mirando desde la ventanilla del avión 25 -IX - 2018

25.09.18 | 16:45. Archivado en Acerca del autor

Tocar las nubes –casi- con los dedos de la mano es –a mí me lo parece- como sublimar o culminar el reto que Ícaro no pudo lograr porque sus alas eran de cera y las derretía el sol. Ver, desde dos o tres mil metros, el verde mar o las tierras pardas de la meseta castellana, es una invitación –yo la siento cuando vuelo- a relajarse amorosamente, a pensar también y –especialmente- a recapitular y resumir para unir el pasado inmediato –de dónde vienes- y el inmediato porvenir –a dónde vas. Tarea por cierto -la de condensar y congraciar en una hora de vuelo las vivencias habidas y las por haber- que bien pudiera ser madrina del noble arte de vivir; manija capaz de imprimir a los momentos dispersos de una vida unidad de sentido y color. Insisto: yo al menos así lo veo.
Y por eso, en la tarde –avanzada ya- del martes 18, desde que tomé asiento junto a una ventanilla del avión hasta que, una hora después, ponía de nuevo los pies en tierra en la T4 de Madrid, mi quehacer iba siendo mirar y ver; seguir el vuelo de las nubes –eran torreones de tormenta lo que traspasaba el avión al alzar el vuelo y subir del todo para dejarlas atrás-; y recapitular sobre todo y resumir en pocas franjas de tiempo y espacio lo vivido estos días, con miras tan sólo de unirlo al acerbo de ideas y creencias que, como ser de razón, ha de tener el hombre, si de racional quiere presumir y no quedarse en un mero y pasivo espectador.
En el vuelo de regreso a Madrid, trato, pues, de ordenar la experiencia vivida estos pocos días –pocos, pero interesantes, placenteros y especialmente programados para recreo del cuerpo y del alma.

Como resumen que es y puesto que el trayecto es corto, no han de ser muchos los tramos del mismo. Los suficientes sólo para volcar en ellos la muestra sucinta de unas vivencias propias. Aunque den para mucho todos ellos, veré de no hacerme pesado al enunciarlos y adobarlos.

La primera idea del resumen es que la amistad es talmente un don de Dios. Otra, que la sonrisa cabe hasta marchando por la vida en silla de ruedas. Una más que no hay armonía mejor que la de la unidad en la diversidad. Y por fin, que –como muestra Pascal en uno de sus “pensamientos”, la verdadera grandeza del hombre y la mujer no es la que dan los títulos o las etiquetas, sino la que brota del corazón y del alma.

La amistad, en primer lugar Aunque se sabe muy bien que no todos los que se dicen amigos son amigos, y que hay amistades peligrosas o malignas, el probar, como yo estos días, que hay amigos para quienes “dar” es “darse” y “desear lo mejor” es “compartir”, como suelo decir, es gracia o don que sólo en Dios puede tener su más firme y terminal asiento. Este pan de amistad lo he gustado estos días y me ha sabido muy bien. Y no es dar coba decirlo, porque la verdad, como un bien que es, tiende a difundirse y es justicia que lo haga y se le ayude.

La sonrisa es un valor humano cabal. El día que Asunta y Toni me anunciaron la muerte de don Sebastián, a mi condolencia por el amigo ido de nuestro lado le puse nombre de “sonrisa cabalgando en silla de ruedas”. No era la carcajada ni la risa siquiera –hay risas tontas o estúpidas, risas hipócritas, risas de hiena y hasta risas mentirosas o cursis- la sonrisa que iluminaba perenne el rostro de aquel hombre de bien. Los tiempos de crispaciones como los actuales son perfectamente compatibles con la carcajada y hasta con ciertas clases de risa. Me parece difícil, en cambio, que una sonrisa se codee con la crispación o las malas intenciones. Por eso, me gusta siempre la sonrisa; lo mismo me pasa casi siempre con la risa sosegada y amable; pero no sé qué me pasa con la carcajada estentórea y loca que me pone crispado a mí. Aquella sonrisa de Sebastián fue el móvil de mis días –esta vez- en Mallorca. Si se asegura que la fe mueve montañas, creo que la sonrisa también.

La armonía de lo uno en lo diverso. Para los que divinizan el pensamiento moderno hasta límites absolutistas, recordaba –sin dejar de mirar el fondo de nubes blancas desde la ventanilla del avión- ese viejo y sano proverbio que recomienda “en lo esencial, unidad; en lo accidental, libertad; y en todo, caridad y amor”.
En Mallorca estos días, he palpado también resabios de nacionalismo agreste y montaraz. Por cierto, en la misa por don Sebastián, el domingo 16, pedí que las lecturas se recitaran en mallorquín. ¿Por qué no, me dije, si la lengua es un vehículo, un instrumento, un signo diferencial pero nunca una seña dogmática de identidad segregadora?
En mi tierra berciana, en algunas zonas especialmente, el gallego y el bable se dan la mano con el castellano y a nadie se le ocurre decir que uno de Cantejeira o Barjas sea menos ciudadano del Bierzo que uno de Bembibre o Ponderada.
No es malo, ni censurable siquiera, se patriota, ni quizás ser nacionalista. Es perverso, en cambio –y lo digo con las ocho letras del adjetivo- llevar el nacionalismo a derroteros de autorreferencia obtusa y egocentrismo, de creerse superiores o más listos e inteligentes que los demás; e incluso con derecho a mentir, enmendar la historia o no ver que los privilegios rompen esa igualdad, que no es tan sólo la de los seres humanos sin distinción alguna, sino que es bastión irrevocable e insustituible de las democracias, de todas ellas.
Con la Historia en la mano, sólo un tonto o un sectario –creo yo- puede negar que los distintos pueblos de España son una comunidad de raíces y un solo haz de empeños comunes, aunque cada cual sea hijo de su padre y de su madre. O que la unidad en la diversidad es de las cosas de más alta estima que se pueden conocer. Y desconcierta todavía más a la sensatez el que eso –el nacionalismo agreste, montaraz y en ocasiones, mendaz y violento- anide en gentes de Iglesia o cristianas. Porque ni el cristianismo es un “ghetto”, ni caben en él discriminaciones de ninguna clase, desde el Evangelio y más en concreto desde que san Pablo habló de que, ante Dios, no hay ni judíos, ni gentiles, ni esclavos ni libres, ni mujeres ni varones, ni ricos y pobres, sino imágenes de Dios; porque todo eso es adyacente….
Esta grata y veraz sensación de unidad en la diversidad la vivì estos días, aunque -por lealtad con la verdad- no se deban cerrar los ojos a la existencia también de esos resabios racistas que, si algo tienen, es desmerecer, a ojos vistas, de cuanto sea “humanismo cristiano”.
Y que conste que he respetado siempre al nacionalista, pero no al excéntrico racista o “aprovechategui”. Y, en mi vida, he tenido ocasiones múltiples de demostrarlo

La dignidad del hombre está en su alma. Y no es que lo enseñe Pascal; lo puede decir y enseñar cualquiera que no haga de las apariencias –del celofám, o de las gasas, o de los abalorios y baratijas- el “no va más” de sus apetencias y valores. Y como esta moda baratijera y liviana es cosa de posmodernidad deconstructora –a lo Derrida o Foucault-, cuidemos –me digo también- de no caer en esa menesterosidad tan plebeya como dañina para una cultura de sólo medios e instrumentos, y no de fines, que, ya en su tiempo (y ha llovido), denostara rotundo Ortega y Gasset (cfr. Confesiones de El Espectador, Verdad y perspectiva, febrero-marzo 1916)

Eran las siete y cuarto de la tarde cuando el avión de Iberia aterrizaba en Madrid. Las vivencias de estos días aún aleteaban al poner los pies en el suelo. Cierta nostalgia barría también el suelo de mi alma. La T4, el Metro, la noche aceleraba su pulso. Y este ya pasado inmediato daba paso al inmediato porvenir, en el que las lecciones de estos días –plásticas, prácticas, deleitosas, celéricas eso sí- piden serenidad y paso corto para no llevarlas innecesariamente a caer en saco roto.

Mi frase de cierre para hoy?
Pudiera elegir aquello de Demócrito, de que “no vale la pena vivir, si no se tiene al menos un amigo de verdad”; o la de Voltaire caundo afirma que “l’amitié d’un grand homme –si ponemos familia o grupito de amigos, vale igual- est un bienfait del dieux” (Oedipe, I, 1).
Prefiero sin embargo, por reverencia o fervor a Valldemossa, lo de George Sand –en su “Historia de mi vida”, I, p. 7), cuando evoca –porque de una evocación se trata- que “la vie d’un ami c’est la nôtre, comme la vraie vie de chacun est celle de tous”. Que la vida de un amigo sea la nuestra no hay duda; que la vida de cada uno prefigure la de cualquier otro ser humano, es más que romanticismo; es cristianismo puro que sublima lo humano y es antídoto –por supuesto- frente a cualesquiera veleidades o maldades nacionalistas, de ayer, de hoy y de mañana.

La experiencia vivida es un grado y aprender, poco a poco y paso a paso, de la experiencia, previene y hasta cura `sicopatías.
Como ayer, ”arreveure”. Hasta pronto, amigos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


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