Entre dos luces

Verlo para creerlo -27-VIII-2018

27.08.18 | 20:15. Archivado en Acerca del autor

“Si caer en el error es humano; enrocarse – perseverar- en él es diabólico”. La idea que recoge esta –siempre viva- frase del gran san Agustín –mañana es su fiesta- toca fondo en las aguas más profundas de la condición humana. Incluso creo que -como paráfrasis de ella, para glosarla o redondearla- pudiera venir muy bien recordar esa otra que pone en escena a los que “sólo aciertan, cuando rectifican”. Y aunque sea difícil que los del “no es no” desciendan o se vuelvan atrás de sus efluvios “dogmáticos”, y ello por elementales razones de psicología racional y experimental, a veces –por casualidad o por cautelas sobrevenidas- suena la flauta y ocurre lo que en la jocunda y risueña fábula de Tomas de Iriarte, que hasta el burro, sin pretenderlo, de vuelve flautista.
Este proemio o entrada valga de soporte mental a mis reflexiones de hoy, que aspiro a que sean lo más breves posible, porque la cosa –como suele decirse- “no tiene malicia” y fácilmente lo entiende cualquiera.

Al juez del Tribunal Supremo de España –don Pablo Llarena- parece ser que se le ocurrió decir –hace unos días- que en España –como en cualquier democracia que se precie de tal- no hay “presos políticos”. Puede que haya “políticos presos” –es decir, presos -no por sus ideas (desde Maura y antes se sabe que “el pensamiento no delinque”) sino por unos “hechos” que han seguido o secundado esas ideas. Y es claro los hechos (a mí al menos me lo parece), aunque secunden o broten de unas ideas, ya no son ideas. Y si los hechos –desde las palabras hasta cualquier otra forma de expresión corporal, y más si se movieran por los caminos de las violencias-, ya no es que sean respetables como consecuencias tangibles de unas ideas, sin o que son perseguibles –incluso de oficio- por la Justicia, si ofendieran a la ley en vigor.

Pues bien, ocurre que, contra el Juez Llarena, un insolente y recrecido prófugo de la justicia en España -recalado en Bélgica, donde es tratado a “cuerpo de rey”, incluso por una justicia poco fiable desde el punto de vista judicial y de las competencias jurisdiccionales de cada país y reclamado legítimamente para ser juzgado en España por delitos cometidos en España y de acuerdo con las leyes españolas- presenta ante un tribunal belga una demanda contra el juez que, en España, persigue a los violadores de las leyes españolas. La demanda toma ocasión inmediata –según parece- de una frase pronunciada por el Juez Llerena estos mismos días: que en España no hay presos políticos; y la frase es adobada con la acusación de fondo: que el Estado español es “delincuente”, violador de los derechos humanos, porque no respeta la libertad y las ideas de las minorías; la de los sediciosos catalanes en el caso de este provocador internacional.
Apoyándose en este dicho –que no es una opinión personal del juez sino la verdad monda y lironda- para escupir lo otro, el “pájaro” evadido interpone la demanda ante lo Justicia belga, la cual –ni corta ni perezosa- se suelta citando al juez español para que comparezca y dé explicaciones –como se ha de suponer o presumir- de sus actos de juez en España.
Pero este obrar de la Justicia belga, con ser insólito y sorprendente por algo más que por ser insólito, no lo es todo en el, caso de nuestro juez.
Lo más asombroso no es que los belgas -que no nos pueden ver y, además, no lo saben ni pueden disimular desde que el gran Duque de Alba anduviera por aquellas tierras pisando hierbas y más cosas- anden empeñados ahora en pisarnos algunos callos. Lo estupefaciente es que la Sra. Ministra de Justicia de España –omito sui nombre porque no lo recuerdo en este momento- haya denegado a un magistrado del Tribunal Supremo de España el amparo del gobierno ante tamaño abuso de los jueces belgas, alegando que el dicho del magistrado –en España “no hay presos políticos”- es cosa privada –por así decir- de “un tal Pablo Llerena” y no del Juez del Supremo que responde a esa filiación; que el tal Pablo se las arregle con su dicho, que parece –por las trazas del ministerio, nada menos que de la justicia en España- no concernirle. Que él se las arregle como sepa y como pueda.

A todo esto, oigo este mañana que –en la tarde a de ayer, antes de partir el sr. Presidente en viaje oficial a varios países de América –de mediación o algo parecido- se rectifica y se dispone prestar amparo al juez español ante el acoso belga.
Acoso, sí. Antijurídico e infamante. Un juez español, citado a comparecer ante la Justicia belga, nada menos que a instancia de un declarado prófugo –hace meses ya- por ese mismo juez al que ahora se le piden judicialmente explicaciones; aunque sea –por el momento al menos- como apertura de diligencias, que viene a ser parecido. Y ello con apoyo en la excusa de haber dicho –como realmente es- que en España “no hay presos políticos”, para servir de mantel a esa otra comida más fuerte de que el Estado español es un delincuente violador de los derechos humanos.
Creo que son manifiestamente antijurídicas las recientes intromisiones –esta y otras anteriores que todos recordamos-de las Justicias alemana y belga en los asuntos internos de España. Creo que no sólo les falta competencia jurisdiccional para entrar en el fondo de las cuestiones judiciales españoles, sino que hay en todo este “affaire” algo más que un “abuso de poder” o un deliberado afán de meterse conde nadie les llama, porque no es cosa suya calibrar siquiera lo que es o no es delito en España; sino que hay también una ostentosa falta de lealtad al espíritu y a la letra también de la Europa Unida. Si el abuso de poderes antijurídico, la falta de lealtad es éticamente bochornosa e infamante. No se explica uno que la Unión Europea no tome cartas en el asunto para evitar que en algunos países, entre ellos España, cunda la idea de que Europa Unida no pasa de ser una forma de idealismo retórico –montado sobre intereses y poco más-, de la que mejor es irse para no verse con estas feas estampas de arbitrios e insolidaridad.
La actitud primera de la sra. Ministra de Justicia de España, rehusando dar amparo al juez Llarena se perfila, cuando menos, es inconcebible. El sólo proponerse negarle amparo y dejarlo a su suerte, a los “pies de los caballos”, habiendo sido este juez casi el único que –secundando al ministerio fiscal- ha hecho algo positivo –actuando la justicia frente al quebranto de la ley- por parar los pies a la in suplencia separatista. Y ahora está en trance de ser vapuleado ,y con él España entera, por la miopía –por lo menos- de un ministerio para el que decir que “en España no hay presos políticos” es cosa de nada o de la sola incumbencia de “un tal Pablo”, olvidando o pasando por alto que –al apellidarse Llarena y ser magistrado del T. Supremo de España, yo no es “un tal Pablo”.

Han rectificado, pero lo han hecho a renglón seguido de que este Poder del Estado, el Judicial, –por boca de jueces y fiscales- pusiera el grito en el cielo para denunciar el ninguneo y la falta de de respeto que se estaba cometiendo. Cuando a medio día de hoy, en el Telediario, oía a la Sra. ministra en persona y en tono de elevada suficiencia- decir y repetir, una y otra vez, machaconamente, que no se había rectificado y que siempre estuvo en la voluntad del gobierno prestar ese debido amparo al juez, sentí vergüenza; la vergüenza de que nos tomen por idiotas. Si no se hubieran negado antes a prestar ese amparo debido al juez Llerena, ¿cabe en cabeza humana la enérgica y elevada protesta de la mayor parte de los jueces y los fiscales? Salvo excepciones, toda la familia judicial de España hizo causa común contra el desamparo del sr. juez. ¿Seremos subnormales por ver las cosas como son y con objetividad?

Como no es cosa de seguir montando razones y como la cosa es tan palmariamente asombrosa que cualquier español “de a pié” sabe perfectamente subirse a al tren de esta noticia y manifestarse en contra del desamparo en que “los nuestros”, en ocasiones, nos dejan, me vuelvo a donde comenzara, para ratificarme en el dicho de san Agustín y de muchos otras antes y después de él: “si errar es humano, mantenerse en el error es diabólico”.
Sólo merece plácemes esta rectificación del gobierno. Los latinos viejos sentenciaban que “error, ubi detegitur, corrigitur” –el error, tan pronto como se descubre, ha de corregirse. Esa táctica puede incluso volverse fuente de de progreso y desarrollo humano. En esta tierra suele decirse que “quien tropieza y no cae, adelanta camino”. Y lo de la Sra. Ministra de justicia, de hoy, en el telediario de las tres, para sobrellevarlo, aunque no para olvidarlo, porque eso que ese modo de decir marca un estilo y, como se dice, el estilo “es el hombre”

Yo creo que los españoles no somos ni tan malos ni tontos o idiotas como nos quieren pintar los de la susodicha demanda –lean, si no, las invectivas del Sr. Torra Pla contra los que nos decimos españoles-, los que aún sigue oyendo cerca los pasos del Duque de Alba por Flandes y Valonia, y los que –seguidores más del positivista Hans Kelsen que de Santo Tomás, Cicerón, Aristóteles o Platón- se jactan de la verdad de lo que ellos piensan o dicen, sólo porque ellos así lo piensan o así lo dicen. Lo de los jueces belgas me recuerda aquella proclama absolutista de Luís XIV, que –ufano y todo convencido- dijo aquello de “el Estado soy yo!”. Los que, ufanos también de no sé qué privilegio, parecen decir que “el derecho son ellos” se me asemejan a enfermos de suficiencia. Que todo eso de la “llamada Justicia universal”, que defienden algunos jueces de los que se apodan “estrella”, incómodos al parecer con las limitaciones que les imponen las reglas de la competencia, no deja de ser el sueño feliz de una noche de verano; pero la justicia de verdad, que no se casa con sueños, es menos utópica y más pragmática.

Estoy con el juez Llarena, porque creo un deber cívico estar con la Justicia de mi país; porque la considero tan digna, preparada y responsable como puedan ser las Alemania o Bélgica. Y si suena a verdad pura ese refrán de que “en todas las casa se cuecen habas”, piensen algunos si en la suya “no se cocerán a calderadas”, como sigue anotado el sabio refrán.

Bien dijo –a mediados del s. XIX- uno de nuestros grandes juristas, en Sr. Acedo y Rico, conde de La Cañada: la Justicia es insustituible instrumento contra la barbarie y salvoconducto necesario para vivir en sociedad. Honremos, pues, a la Justicia, a pesar de los posibles errores judiciales.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


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