Entre dos luces

El Decreto-ley da para mucho 24-VIII-2018

25.08.18 | 10:12. Archivado en Acerca del autor

“Hay que ver cómo se odian ustedes”.
Hace tres años, una mañana de julio –en el Oribio Alto, en San Cristobo do Real, a medio camino entre Triacastela y Samos-, un peregrino francés me lo refregó en las narices.
Acostumbro dialogar –a nada que se tercie- con los peregrinos a Santiago. Esta vez era un caballero francés, culto, bien portado y dispuesto a razonar, con el que pasé media hora de parleta a la vera del viejo puente del río. Vale la pena hablar con todos, si –como recomienda Machado para dialogar- se “pregunta” y “escucha”. Yo hice un alto en mi camino de pesca y él hizo un alto en su camino hacia la tumba del Apóstol. Como él no había leído a nuestro poeta, le recité los conocidos versos de la España dolorida: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. No es nuevo lo que me dice usted, le apostrofé. Viene de lejos la cosa… Él se fue por su Camino y yo me puse a vadear el rìo por encima del puente viejo de San Cristobo; eso si, repensando lo que acababa de oir.

Ante la terrible profecía del poeta, muchos veces me he preguntado por el origen de este drama o tragedia nacional de “las dos Españas”. Y aunque me inclino a pensar que la cesura toma cuerpo y figura a comienzos del s. XIX, en la guerra de la Independencia, con la enorme polarización ideológica de los dos bandos, el afrancesado y el patriota, abrigo dudas de que no tengan bastante que ver en ello nuestras fibras carpetovetónicas y haya algo de genes en esta desgracia.

Antes de proseguir con las reflexiones y decir lo que pienso decir, quiero anticipar alguna cosilla. Yo no había cumplido seis años cuando –aquel 18 de julio- veía entre asombrado y divertido el largo tren de mineros asturianos camino de Ponferrada. Mi mente infantil aún no podía estar en autos de lo que pasaba. Aunque mis padres eran apolíticos y las cosas de la política de entonces tenían para ellos menos importancia que ir a trabajar a “a Minero” o cuidar las dos vacas –la “gallarda” y la “roja”- daban leche para desayunar y un ternero al año para venderlo, sí recuerdo que, en nuestra familia, como en casi todas las del pueblo, había de todo; alguno que tonteaba de comunista estuvo condenado a muerte; otros simpatizaban con los unos o los otros; y los demás, eran de eso que se llamaba entonces –y ahora también- “gente de orden”.
Pero como no es cosa de hacer más crónica de aquello, cuando tuve uso de razón, me dije lo mismo que me sigo diciendo ahora: que si una “guerra civil” es la más incivil y lamentable de todas las guerras -y todas son malignas-, bien haríamos todos en pasar página cuanto antes para no ser masoquistas o que nos lo llamen. Y cuando más tarde aprendí a discernir y a respetar para ser respetado (es cosa que pido a Dios todas las mañanas al levantarme, que me anime y enseñe a respetar a todos), me percaté de que no hay monstruos absolutos, aunque siempre antepuse al respeto el previo compromiso vital de llamar a las cosas por su nombre, hasta cuando ese nombre no cuadrase con mis propias ideas; sobre todo cuando se dan razones y no coces para ser respetado.

Pero vayamos al grano de mis reflexiones de esta tarde. Y es que me prometí esperar a que –celebrado el consejo de ministros, viera confirmada la noticia en sus propios términos.
Y efectivamente, en el telediario de las tres, se confirmó lo que yo –ingenuo de mí- aún confiaba que no se produjera. Ingenuo sí, al no haberme percatado de dos cosas: que el promotor del evento era el mismo del “no es no”, y que los del “no es no” y siempre lo será, son gente de piñón fijo y de no muchas luces –suelen tener luces, pero no tantas como se creen. Y es que un ”no es no” sistemático es síntoma de autosuficiencia y de no tener dudas, y verdad de puño es que, al ser humano, creerse con el monopolio de la verdad le viene tan ancho como a “un santo dos postolas”. Desde Descartes, cuando menos, se sabe de sobra que la duda es un instrumento necesario y camino humano de verdad.

Al salir de esas esperanzas ingenuas, es cuando me pongo a redactar estas reflexiones de hoy, que apunto y plasmo tall y como las compuse, a vuela pluma y casi al bote pronto. Pongo en limpio lo que –a bote pronto- me ha ido dictando la mente. Perdonen si van algo deslabazadas, o si, por premura, fueran más allá de lo que exige el respeto a los “otros” o la verdad de uno mismo. Como las acabo de pensar, así las digo.

Por fin, se ha esfumado las esperanza con que soñaba mi ingenuidad y se ha decretado –por decreto-ley- la exhumación de los restos de Franco y sacarlos de Cuelgamuros. Se ha hecho por vía de “decreto-ley” –uno más de los varios con que este gobierno parece entender y actuar la democracia: sin urnas primero; dando bandazos de continuo (del “Aquarius” a lo de Ceuta de ayer no cabe mayor distancia) y, en casi todo, improvisando. Se ha decretado ya, aunque felte por ver cuándo se hará, cómo se hará y a dónde serán llevados los restos. Se ha dado el primer paso y, como acabo de oir a la “portavoza”, serán dos o tres meses; dos o tres meses de tensiones añadidas a la ya bastante tensionada sociedad de las “dos Españas”. Tal vez “franquismo” “a gogo”, mañana, tarde y noche. Por lo pronto, según dicen las crónicas, se multiplican estos días las visitas al Valle de los Caídos.

Entre las reflexiones que me han salido al paso nada más confirmarse la noticia, la primera me hace decir: estos amigos –así lo parece- de las “dos Españas” van a conseguir una cosa fácilmente perceptible: que por semanas y meses se hable de Franco más de lo que se ha hablado de él en los últimos 40 años. Y también que con este “decretazo” ya se ha conseguido una cosa que sólo Dios puede hacer, resucitar un muerto, y no a los cuatro días de enterrado como pasó con Lázaro, sino nada menos que a los más de 40 años de su muerte. Este prodigio sin duda –creo yo- llevará a sus autores a la historia; lo que no acierto yo a saber hoy por hoy es a qué tipo o clase de historia pasarán, si a la que, desde la muerte del dictador, se ha esforzado y luchado por acabar con este trágico panorama de las dos “Españas” o a la otra…..

Otra idea se me ocurre también al reflexionar sobre el sonoro decreto-ley de hoy. Parte de un hecho cierto. Se han ido quitando los signos de Franco y del franquismo:, las calles dedicadas, las estatuas erigidas, los himnos y canciones del régimen…. Tras la inminente y galopante exhumación, me pregunto si se acabará la carrerilla. Quedan otras “obras” del franquismo en pié: por ejemplo, los numerosos pantanos con que se quiso –en esos años- enmendar la “pertinaz sequía” de nuestro suelo. ¿No sería lógico y coherente -puestos a erradicar señales- seguir usando el decreto-ley y derribar los pantanos hechos a instancia o con el Vº. Bº. del dictador?. Claro está que la lógica y la coherencia –en el obrar humano- es un criterio muy válido de valoración de los hechos y de las pruebas de los hechos. ¿Se llegará a esto también?. El decreto-ley da para mucho…
“Cosas veredes, que ya se dijo en los tiempos del Cid, antes de de ser endosado el dicho a Cervantes y al Quijote.

Y como ya comencé tarde a reflexionar y no es cosa de cargar más la mente, me voy a limitar a reproducir lo que acabo de oír a una oyente de una emisora de radio, sorprendida seguramente de que se trate de hacer “por las bravas” –la vía de gobernar por “decreto-ley” puede ser una forma de tirotear a la verdadera democracia-, a todo correr y hurtando el necesario consenso que algunas cosas requieren, y cuando hay otras cosas más urgentes e importantes sin hacer, obras que, si han de hacerse, requieren sosiego y tacto para que no salga el tiro por la culata y se generen efectos contrarios a los previstos. Que bien pudiera suceder para los artistas del evento. Esta señora daba un consejo al Sr. Presidente del gobierno de España: “Ponte a trabajar ya y deja en paz a Franco, que ese no se escapará a Bruselas”. Verdad es que los españoles nos odiaremos tal vez más de la cuenta, pero no se puede negar que tenemos chispa.
Otro lo veía de este modo. No es más que una cortina de humo para distraer al personal y evitar que se hable de otras cosas: eso mismo se decía en los tiempos de Franco con el fùtbol. Y ya en tiempo de los romanos se hablaba del “pan y circo”. Claro que ahora lo del pan….. Vaya usted a saber lo que será mañana o pasado de las pensiones, el paro u otras “bagatelas” de primera necesidad!.

Y ya -para cerrar del todo las reflexiones de esta tarde- me vuelvo, una vez más, al librito de humor, de Iñaki Linazasoro. “Reir, a pesar de todo”, y en especial a esa frasecilla que toma del trágico Sófocles, cuando dice que “el hombre al que la alegría ha abandonado debe ser contado ya entre los muertos”. Es de su Antígona, la mujer que que se las mntuvo “tiesas” ante el tirano de Tebas. Era siglos antes de Cristo y ya había mujeres libres. No había “feminismo”, pero sí mujeres de verdad…

Me profeso de la “tercera España”, como me he profesado siempre: como me enseñaron varios de mis mejores maestros del pensar, J. Marías, el socialista Besteiro o mi favorito Ortega, para quien ser “anti-algo” es tan negativo como ser nada.
Y que conste que me divierte que las buenas intenciones de exhumar a Franco no se hayan percatado de que pueden hacer que empiecen a pronunciar su nombre hasta los que llevan casi 40 años sin mencionarlo, llevados del noble anhelo de superar la maldición de las trágicas “dos Españas”.
Y como dice mi sobrino siempre que jugamos al tute: “oro bajo y a esperar”. “Cosas veredes”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


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