Entre dos luces

El Santo del día - 29-VIII-2018

29.08.18 | 22:24. Archivado en Acerca del autor

Acostumbro -todos los años, tal día como hoy- leer de nuevo –para mí, leer algo de nuevo es comprometerme a mirarlo y verlo del revés y más adentro- uno de los numerosos ensayos cortos de Ortega y Gasset. El que suelo repasar este día se titula Esquema de Salomé.
Habré de anotar de inmediato que esta costumbre no me viene de otra cosa que de ser hoy el día de conmemoración litúrgica de la “degollación de Juan el Bautista”. Preso de Herodes, que lo mandó decapitar, su cabeza, aún sangrante, sobre una bandeja, fue puesta en las manos de una mujer, una danzarina, por encargo de otra mujer, la madre de la danzarina, que odiaba al que fuera el “precursor” de Jesús; “el más grande entre los nacidos de mujer”; el que -del desierto al Jordán- nunca se cansó, ni de apostar por el mejor bien de convertirse del mal, ni de llamar a las cosas por su nombre, aunque eso le trajera –como sucedió aquella vez- la inquina, maniática y feroz, de alguna de las “conjuras” dispuestas y al acecho siempre de ejecer el macabro papel de destruir lo bueno; desde la de los necios –versión O’Toole-, la de los miserables, la de los idiotas o la de de los canallas, entre otras factibles o posibles….. Fácil será colegir cuál de ellas fue la que puso en manos de la danzarina, aquel dìa, la cabeza cortada del Bautista, aunque yo pienso que sería la última de las citadas.

Quien haya tenido –este día- la suerte de haber leído con reposo y buen ojo esta porción del evangelio de San Marcos (en el cap. 6º), habrá podido vislumbrar al menos la trama urdida por aquel juego de pasiones que deja entrever el relato evangélico. Cumpleaños del rey Herodes y fiesta por todo lo alto; euforia y bebida que inhibe y suelta o rebaja el control de los impulsos (gran indicador de inmadurez); alas de mariposa revolando en el aire de la fiesta, ante las miradas sensuales de una corte de papanatas aduladores y risueños; el monarca, llevado de una euforia venida seguramente de la mezcla de los vapores de su mente con la vaporosa danza de Salomé, prometiendo y jurando, a lo loco y sin pensarlo dos veces, dar incluso la mitad de su reino a cambio de los efluvios sensuales del vaporoso danzar; la falsa mujer del rey –que había robado a su propio hermano Filipo y con la que vivía pese al dedo acusador y de censura del Bautista, la despechada y venenosa Herodías.
Tal juego de pasiones, así pintado por el evangelista con unos trazos tan escuetos como primorosos y deliciosamente psicológicos, confluyendo en hacer posible el episodio espeluznante, es el que puso en bandeja, sobre las manos como de mariposa –quizás mariposa negra- de la danzarina Salomé la cabeza cortada, aún sangrando y palpitante, del Bautista.
Cuando Salomé -terminada la danza y con la promesa del malvado y necio rey, de darle aunque fuera la mitad de su reino- acude a la reina del odio a preguntarle qué pediría, la suerte estaba echada para el profeta y su vida era ya –como en la novela de García Márquez- la “crónica de una muerte anunciada”.
El rey, “apesadumbrado” al oír la petición de Salomé, como dice san Marcos -a pesar de todo, Herodes respetaba al Bautista, porque las urgencias de la conciencia humana hay veces que van más allá y más lejos que “las cuarenta que le pueda cantar” un profeta o un predicador- le manda sin embargo decapitar -era liviano y, además de malvado, necio-, y que la bandeja, con su cabeza, fuera puesta sin tardanza en las manos de la pícara danzarina. Ella la lleva hasta su madre y esto hace que, en el Esquema de Salomé, Ortega titule o llame a la danzarina Salomé una “mujer de presa”, epíteto este que contraría todos los atributos de una feminidad normal, como palmariamente muestra en este colosal ensayo el mejor pensador de la España moderna.

Esta relectura y meditación del orteguiano “Esquema de Salomé”, compuesto a rebufo de la degollación del Bautista, me incita a resaltar solamente unas pocas frases cortas del mismo, en torno al tema de una Salomé evadida de algunos de los más nobles atributos de una feminidad normal. Que miro y tengo por variaciones sobre el tema. Que prefiero mostrar a la letra para no desvirtuar su valor con glosas precipitadas en unas reflexiones forzosamente cortas y breves. En el genial ensayo, estas frases dan pistas aprovechables para quienes tenemos de la mujer –porque mujer fue nuestra madre- un concepto llamado por entero al respeto máximo, aunque no a la mitificación. Mitificarla no hace a la mujer ser más de lo que es; ya que mitificarla sería como destruirla en su verdad de carne y hueso.

Así se abre el Esquema de Salomé: “En la morfología del ser femenino, acaso no haya figuras más extrañas que las de Judith y Salomé, las dos mujeres que van con dos cabezas cada una, la suya y la cortada”. No hace falta glosa para observar a y través de esta frase inicial que algo extraño bordea las dos figuras, paradigmáticas por tanto al analizar la condición femenina del ser humano.
Así se relata en otra parte del ensayo de Ortega: “Judith y Salomé son dos variedades que hallamos en el tipo de mujer más sorprendente por ser el más contradictorio: la mujer de presa”. Desmitificando feminismos más acrobáticos y abstractos que realistas o ras de tierra, la glosa pudiera venir de la sobada frase de Rafael “el Gallo” dedicada precisamente al “filósofo” Ortega con ocasión de un viaje a Sevilla”: “Hay gente pa tó”; y, en el caso, como hay varones musculosos más de lo debido y desertores de la verdadera masculinidad puede haber también mujeres “de presa”, contrariando –como dice Ortega y yo admito- las auténticas señas de la identidad femenina.
Y esta otra frase del remate del ensayo referido “Salomé, que no ama a Juan el Bautista, necesita apoderarse de su persona, y al servicio de este anhelo masculino, pondrá ella todas las violencias que el varón suele usar para imponer al contorno su voluntad. Ved por qué, como otras llevan un lirio en la mano, lleva esta mujer una cabeza segada entre sus largos brazos marmóreos. Es su presa vital. Rítmico el paso, ondulado el torso, corvino el rostro hebreo, avanza por la leyenda, y sobre la cabeza yerta, de ojos vidriosos, se inclina su alma con un rapaz encorvamiento de azor o de neblí…”.
Tiene razón Ortega cuando, tras esa frase final, afirma que es una historia “demasiado intrincada y prolija” como para agotarla de un plumazo. Pero la veo y encuentro válida para ese propósito antes dicho: respetar al cien por cien a la mujer, pero sin mitificarla, por si –contra pronóstico, pero realmente- pudiera salirnos al camino de la vida ese tipo de la “mujer presa”, posible, aunque nada normal, con que Ortega perfila a Salomé.

Es muy posible que el “feminismo” –el mundial y el español también-, más la sarta de intelectuales “de la vista baja”, hombres o mujeres, que tienen a gala haber seguido cursos de alguno de los “gallos” mayores del feminismo mundial, como la norteamericana Judith Butler –tal vez sin haber ojeado soquiera su “Réfaire la femme”- pongan el grito en el cielo, por recordar tan sólo al gran pensador Ortega, del que seguramente no han leído ni La rebelión de las masas o Las confesiones e El espectador. Es posible que -en esta cultura sin sustancia, tan propia de nuestro tiempo, que el propio Ortega analiza y desprecia en uno de los primeros pensamientos de su sensitivo Revés de almanaque- alguien vea en este gran ensayo del pensador un alarde fatuo de ver donde no hay. Es posible…

Sea como sea y dicho lo dicho, al terminar de releer el Esquema –genial, como digo- de Salomé, sólo me queda pedir a las y los que sientan alguna curiosidad o deseo, por minúsculo que sea, de poner ante los ojos algunas de las patrañas científicas de la mayor parte de ese “feminismo” “sans femme”, artificial y utópico, siempre ideologizado y a veces incoherente –porque se calla cuando debiera hablar porque no cuadra con la ideología, como en el caso reciente de Lidia, la mujer a la que le acaban de romper la nariz por quitar ilegales lazos amarillos en La Ciudadela de Barcelona-, tan empeñado en vender a precio del oro lo que es tan sólo un falso y falaz desvalor antropológico. Léanlo o, quizás mejor, “atrévanse a leer”, tan fascinante ensayo. Pero léanlo más de una vez.
A mis amigos –a quienes mayormente van dirigidas mis reflexiones de hoy y de siempre- les pido más. No les aconsejo, les pido por favor que lean lo antes posible este Esaquerma de Salomé de Ortega, para liberarse cuanto antes de cuentos chinos o más próximos aún que los chinos. Hace pocos días anoté –como fruto de una lectura- que –al igual que los siglos XVII y XVIII fueron de la Ilustración, el XIX –confuso casi todo él- trajo credos antiliberales y antidemocráticos y el XX fue en su primera parte fue el de la vergüenza de las dos guerras mundiales y de los totalitarismos y en su segunda parte el de Mayo del 68 y las revoluciones culturales sin sustancia y de casi sólo formas- este s. XXI en que estamos amenaza con ser el de las “culturas light” y el del “cuento”, y no chino, sino occidental a secas. ¿No se ve a leguas que estamos en ello?
A mis amigos –insisto- les ruego que no tarde en leer este ensayo de Ortega para liberarse de las bromas feministas. El feminismo serio y de verdad anda por otras laderas…. Ortega da buenas pistas, para respetar a la mujer son destruir as la mujer; para Defenderla en todos sus derechos y deberes, pero sin mitificarla.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Verlo para creerlo -27-VIII-2018

27.08.18 | 20:15. Archivado en Acerca del autor

“Si caer en el error es humano; enrocarse – perseverar- en él es diabólico”. La idea que recoge esta –siempre viva- frase del gran san Agustín –mañana es su fiesta- toca fondo en las aguas más profundas de la condición humana. Incluso creo que -como paráfrasis de ella, para glosarla o redondearla- pudiera venir muy bien recordar esa otra que pone en escena a los que “sólo aciertan, cuando rectifican”. Y aunque sea difícil que los del “no es no” desciendan o se vuelvan atrás de sus efluvios “dogmáticos”, y ello por elementales razones de psicología racional y experimental, a veces –por casualidad o por cautelas sobrevenidas- suena la flauta y ocurre lo que en la jocunda y risueña fábula de Tomas de Iriarte, que hasta el burro, sin pretenderlo, de vuelve flautista.
Este proemio o entrada valga de soporte mental a mis reflexiones de hoy, que aspiro a que sean lo más breves posible, porque la cosa –como suele decirse- “no tiene malicia” y fácilmente lo entiende cualquiera.

Al juez del Tribunal Supremo de España –don Pablo Llarena- parece ser que se le ocurrió decir –hace unos días- que en España –como en cualquier democracia que se precie de tal- no hay “presos políticos”. Puede que haya “políticos presos” –es decir, presos -no por sus ideas (desde Maura y antes se sabe que “el pensamiento no delinque”) sino por unos “hechos” que han seguido o secundado esas ideas. Y es claro los hechos (a mí al menos me lo parece), aunque secunden o broten de unas ideas, ya no son ideas. Y si los hechos –desde las palabras hasta cualquier otra forma de expresión corporal, y más si se movieran por los caminos de las violencias-, ya no es que sean respetables como consecuencias tangibles de unas ideas, sin o que son perseguibles –incluso de oficio- por la Justicia, si ofendieran a la ley en vigor.

Pues bien, ocurre que, contra el Juez Llarena, un insolente y recrecido prófugo de la justicia en España -recalado en Bélgica, donde es tratado a “cuerpo de rey”, incluso por una justicia poco fiable desde el punto de vista judicial y de las competencias jurisdiccionales de cada país y reclamado legítimamente para ser juzgado en España por delitos cometidos en España y de acuerdo con las leyes españolas- presenta ante un tribunal belga una demanda contra el juez que, en España, persigue a los violadores de las leyes españolas. La demanda toma ocasión inmediata –según parece- de una frase pronunciada por el Juez Llerena estos mismos días: que en España no hay presos políticos; y la frase es adobada con la acusación de fondo: que el Estado español es “delincuente”, violador de los derechos humanos, porque no respeta la libertad y las ideas de las minorías; la de los sediciosos catalanes en el caso de este provocador internacional.
Apoyándose en este dicho –que no es una opinión personal del juez sino la verdad monda y lironda- para escupir lo otro, el “pájaro” evadido interpone la demanda ante lo Justicia belga, la cual –ni corta ni perezosa- se suelta citando al juez español para que comparezca y dé explicaciones –como se ha de suponer o presumir- de sus actos de juez en España.
Pero este obrar de la Justicia belga, con ser insólito y sorprendente por algo más que por ser insólito, no lo es todo en el, caso de nuestro juez.
Lo más asombroso no es que los belgas -que no nos pueden ver y, además, no lo saben ni pueden disimular desde que el gran Duque de Alba anduviera por aquellas tierras pisando hierbas y más cosas- anden empeñados ahora en pisarnos algunos callos. Lo estupefaciente es que la Sra. Ministra de Justicia de España –omito sui nombre porque no lo recuerdo en este momento- haya denegado a un magistrado del Tribunal Supremo de España el amparo del gobierno ante tamaño abuso de los jueces belgas, alegando que el dicho del magistrado –en España “no hay presos políticos”- es cosa privada –por así decir- de “un tal Pablo Llerena” y no del Juez del Supremo que responde a esa filiación; que el tal Pablo se las arregle con su dicho, que parece –por las trazas del ministerio, nada menos que de la justicia en España- no concernirle. Que él se las arregle como sepa y como pueda.

A todo esto, oigo este mañana que –en la tarde a de ayer, antes de partir el sr. Presidente en viaje oficial a varios países de América –de mediación o algo parecido- se rectifica y se dispone prestar amparo al juez español ante el acoso belga.
Acoso, sí. Antijurídico e infamante. Un juez español, citado a comparecer ante la Justicia belga, nada menos que a instancia de un declarado prófugo –hace meses ya- por ese mismo juez al que ahora se le piden judicialmente explicaciones; aunque sea –por el momento al menos- como apertura de diligencias, que viene a ser parecido. Y ello con apoyo en la excusa de haber dicho –como realmente es- que en España “no hay presos políticos”, para servir de mantel a esa otra comida más fuerte de que el Estado español es un delincuente violador de los derechos humanos.
Creo que son manifiestamente antijurídicas las recientes intromisiones –esta y otras anteriores que todos recordamos-de las Justicias alemana y belga en los asuntos internos de España. Creo que no sólo les falta competencia jurisdiccional para entrar en el fondo de las cuestiones judiciales españoles, sino que hay en todo este “affaire” algo más que un “abuso de poder” o un deliberado afán de meterse conde nadie les llama, porque no es cosa suya calibrar siquiera lo que es o no es delito en España; sino que hay también una ostentosa falta de lealtad al espíritu y a la letra también de la Europa Unida. Si el abuso de poderes antijurídico, la falta de lealtad es éticamente bochornosa e infamante. No se explica uno que la Unión Europea no tome cartas en el asunto para evitar que en algunos países, entre ellos España, cunda la idea de que Europa Unida no pasa de ser una forma de idealismo retórico –montado sobre intereses y poco más-, de la que mejor es irse para no verse con estas feas estampas de arbitrios e insolidaridad.
La actitud primera de la sra. Ministra de Justicia de España, rehusando dar amparo al juez Llarena se perfila, cuando menos, es inconcebible. El sólo proponerse negarle amparo y dejarlo a su suerte, a los “pies de los caballos”, habiendo sido este juez casi el único que –secundando al ministerio fiscal- ha hecho algo positivo –actuando la justicia frente al quebranto de la ley- por parar los pies a la in suplencia separatista. Y ahora está en trance de ser vapuleado ,y con él España entera, por la miopía –por lo menos- de un ministerio para el que decir que “en España no hay presos políticos” es cosa de nada o de la sola incumbencia de “un tal Pablo”, olvidando o pasando por alto que –al apellidarse Llarena y ser magistrado del T. Supremo de España, yo no es “un tal Pablo”.

Han rectificado, pero lo han hecho a renglón seguido de que este Poder del Estado, el Judicial, –por boca de jueces y fiscales- pusiera el grito en el cielo para denunciar el ninguneo y la falta de de respeto que se estaba cometiendo. Cuando a medio día de hoy, en el Telediario, oía a la Sra. ministra en persona y en tono de elevada suficiencia- decir y repetir, una y otra vez, machaconamente, que no se había rectificado y que siempre estuvo en la voluntad del gobierno prestar ese debido amparo al juez, sentí vergüenza; la vergüenza de que nos tomen por idiotas. Si no se hubieran negado antes a prestar ese amparo debido al juez Llerena, ¿cabe en cabeza humana la enérgica y elevada protesta de la mayor parte de los jueces y los fiscales? Salvo excepciones, toda la familia judicial de España hizo causa común contra el desamparo del sr. juez. ¿Seremos subnormales por ver las cosas como son y con objetividad?

Como no es cosa de seguir montando razones y como la cosa es tan palmariamente asombrosa que cualquier español “de a pié” sabe perfectamente subirse a al tren de esta noticia y manifestarse en contra del desamparo en que “los nuestros”, en ocasiones, nos dejan, me vuelvo a donde comenzara, para ratificarme en el dicho de san Agustín y de muchos otras antes y después de él: “si errar es humano, mantenerse en el error es diabólico”.
Sólo merece plácemes esta rectificación del gobierno. Los latinos viejos sentenciaban que “error, ubi detegitur, corrigitur” –el error, tan pronto como se descubre, ha de corregirse. Esa táctica puede incluso volverse fuente de de progreso y desarrollo humano. En esta tierra suele decirse que “quien tropieza y no cae, adelanta camino”. Y lo de la Sra. Ministra de justicia, de hoy, en el telediario de las tres, para sobrellevarlo, aunque no para olvidarlo, porque eso que ese modo de decir marca un estilo y, como se dice, el estilo “es el hombre”

Yo creo que los españoles no somos ni tan malos ni tontos o idiotas como nos quieren pintar los de la susodicha demanda –lean, si no, las invectivas del Sr. Torra Pla contra los que nos decimos españoles-, los que aún sigue oyendo cerca los pasos del Duque de Alba por Flandes y Valonia, y los que –seguidores más del positivista Hans Kelsen que de Santo Tomás, Cicerón, Aristóteles o Platón- se jactan de la verdad de lo que ellos piensan o dicen, sólo porque ellos así lo piensan o así lo dicen. Lo de los jueces belgas me recuerda aquella proclama absolutista de Luís XIV, que –ufano y todo convencido- dijo aquello de “el Estado soy yo!”. Los que, ufanos también de no sé qué privilegio, parecen decir que “el derecho son ellos” se me asemejan a enfermos de suficiencia. Que todo eso de la “llamada Justicia universal”, que defienden algunos jueces de los que se apodan “estrella”, incómodos al parecer con las limitaciones que les imponen las reglas de la competencia, no deja de ser el sueño feliz de una noche de verano; pero la justicia de verdad, que no se casa con sueños, es menos utópica y más pragmática.

Estoy con el juez Llarena, porque creo un deber cívico estar con la Justicia de mi país; porque la considero tan digna, preparada y responsable como puedan ser las Alemania o Bélgica. Y si suena a verdad pura ese refrán de que “en todas las casa se cuecen habas”, piensen algunos si en la suya “no se cocerán a calderadas”, como sigue anotado el sabio refrán.

Bien dijo –a mediados del s. XIX- uno de nuestros grandes juristas, en Sr. Acedo y Rico, conde de La Cañada: la Justicia es insustituible instrumento contra la barbarie y salvoconducto necesario para vivir en sociedad. Honremos, pues, a la Justicia, a pesar de los posibles errores judiciales.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Una sionrisa en silla de ruedas - 25-VIII-2018

25.08.18 | 22:28. Archivado en Acerca del autor

Me acaban de dar la noticia: don Sebastián ha muerto. Un rictus de amargura copa esta mañana mi semblante hasta volverlo amargo –es amargura esta vez lo que siento-, por eso de que, “cuando un amigo se va, algo se muere en el alma”, y el dolor del alma ¿qué otra cosa puede dar de sí que amargura en los labios?
Me produce amargura su muerte porque su vida era –a simple vista se notaba- un vivo ejemplo de sencillez, de serenidad, de sobresaliente tolerancia a las frustraciones, de naturalidad, franqueza y sinceridad Signos todos ellos de conquistada y bien ganada madurez. La naturalidad sobre todo, esa condición que, como enseña Enrique Rojas en uno de sus ensayos maestros sobre la condición del hombre moderno y su necesidad de remar contra la corriente para no dejarse comer el terreno de la propia identidad y fisonomía humana. “ Naturalidad” especialmente, “esa cualidad esencial de la personalidad estable y armónica. Que significa: sencillez, es¬pontaneidad, descomplicación, llaneza. Que im¬plica aceptarse físicamente y tener unos rasgos psicológicas marcados por la franqueza, huyendo de toda afectación, no queriendo uno aparentar más de lo que es” (cfr. “La personalidad equilibrada”., Diario ABC Tribuna Libre, domingo 4 de agosto de 1.985). La que -con un realismo de brutal sinceridad pinta mi poeta de casi siempre, A. Machado, cuando, en uno de sus Proverbios y Cantares hace a sus amigos este ruego de comprensión: “No extrañéis. dulces amigos, que esté mi frente arrugada; que vivo en paz con los hombreb y en guerra con mis entrañas”. Es decir, en una aceptación serena y franca de la vida tal como es y viene… Las arrugas, que son zarpazos que nos va dando la vida, son compatibles con la sonrisa sobre la silla de ruedas de Sebastián era notorio.

En silla de ruedas y con la sonrisa en los labios.
Pero ¿quién es Sebastián?
Don Sebastià Planas Llabrés de Jornets es –era-, por estirpe, un hombre –sacerdote además- de la alta alcurnia balear, aunque, por su talante y estilo, fue más liso y llano que la planicie del centro de la isla, en que se ubica su casa noble.
Cuando le conocí en la fiesta del Corpus del año pasado, ya estaba en silla de ruedas desde tiempo atrás. Y lo que con más fuerza se grabó en mi retina –tras aquellas horas de trato cercano, entre los suyos y con él en medio de todos, fue la permanente sonrisa en su faz; aquella sonrisa que –como si estuviera en el mejor de los mundos y no con el cuerpo aherrojado de por vida en una silla-, irisaba su rostro y entreveraba sus palabras, sus gestos, su mirada….. Era todo él como la estampa de una sonrisa campando sobre una silla de ruedas.
Hoy, al recibir la noticia de su muerte, me siento huérfano de algo; del hombre entero que aquella sonrisa cobijaba; de la naturalidad con que se le veía convivir -alegre más que resignado- con el enorme gravamen de su invalidez; la sobresaliente tolerancia a una frustración tan insigne. Una madurez a tope, prendida en la sonrisa de aquel hombre –sacerdote- inválido pero –aún entonces y de tal guisa- hombre de verdad.

Esta mañana triste de agosto, al recibir la noticia de su muerte, varias claves de pensar se venían a mi mente y pugnaban por salir fuera y evocar referentes.
Como el texto bíblico, cuando el paciente Job, asaltado por el mal pero no vencido, ni -menos aún- desesperado, se conforta diciendo que, si de Dios, con agrado, recibimos los bienes, porqué, con la misma templanza y agrado, lógica incluso, no hemos de aceptar lo que nos molesta o desagrada…
O como la máxima del romano Terencio, en la que –tras afirmar “ser hombre”- se muestra convencido de que nada de lo humano la ha de ser ajeno y extraño….
O esta otra idea que –el pasado 6 de agosto- tomaba yo de una entrevista a Patricia Urquiola –una mujer arquitecta y diseñadora, publicada en Vega-Magazine del Instituto Fernández Vega, de Oviedo, nro. 30, pp. 60-64. La frase que rotula su entrevista y que resalto ante la silla de ruedas con la son risa de de Sebastián dice que “la belleza está en todo, hasta en las cosas que desechamos”, o despreciamos o parecen inservibles y negativas.
Una silla de ruedas, coronada por la sonrisa del hombre que la ocupa es bastante más que. La sonrisa que va encima la redime de su vulgaridad instrumental y le presta un empaque señorial .

Creo firmemente que el mejor y más saludable y acertado humanismo no es el que exalta lo mejor y sólo eso del hombre, sino el que exalta y enaltece todo lo que hay en el hombre. Porque todo es hombtre y todo es noble poreser o estar en el hombre. No quisiera decirlo por no pecar de reiterativo y recurrente, pero no me resisto a repetirlo de nuevo: “Por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”. Lo pone el gran A. Machado en boca de su Abel Martín. Y no me cansaré de repetirlo….

Y para cerrar, unas palabras tomadas de la noticia de su muerte: “Ha partit, de cap dret al Cie!”.
Yo, tal vez, ofuscado por el sentimiento de su pérdida, añadiría esto también: No sé si la silla de ruedas, pero desde luego su sonrisa va con él y es aval de su presencia ante Dios.
Porque la sonrisa -quizás no la risa ni la carcajada seguramente, pero la sonrisa sí-, siempre agrada y abre puertas; pero cuando viaja en silla de ruedas, prendida en los labios de un hombre que sufre esw indicio vehemente, prueba casi, de beatitud.
Don Sebastiá, Chappeau!!!”
SANTIAGO PANIZO ORALLO


El Decreto-ley da para mucho 24-VIII-2018

25.08.18 | 10:12. Archivado en Acerca del autor

“Hay que ver cómo se odian ustedes”.
Hace tres años, una mañana de julio –en el Oribio Alto, en San Cristobo do Real, a medio camino entre Triacastela y Samos-, un peregrino francés me lo refregó en las narices.
Acostumbro dialogar –a nada que se tercie- con los peregrinos a Santiago. Esta vez era un caballero francés, culto, bien portado y dispuesto a razonar, con el que pasé media hora de parleta a la vera del viejo puente del río. Vale la pena hablar con todos, si –como recomienda Machado para dialogar- se “pregunta” y “escucha”. Yo hice un alto en mi camino de pesca y él hizo un alto en su camino hacia la tumba del Apóstol. Como él no había leído a nuestro poeta, le recité los conocidos versos de la España dolorida: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. No es nuevo lo que me dice usted, le apostrofé. Viene de lejos la cosa… Él se fue por su Camino y yo me puse a vadear el rìo por encima del puente viejo de San Cristobo; eso si, repensando lo que acababa de oir.

Ante la terrible profecía del poeta, muchos veces me he preguntado por el origen de este drama o tragedia nacional de “las dos Españas”. Y aunque me inclino a pensar que la cesura toma cuerpo y figura a comienzos del s. XIX, en la guerra de la Independencia, con la enorme polarización ideológica de los dos bandos, el afrancesado y el patriota, abrigo dudas de que no tengan bastante que ver en ello nuestras fibras carpetovetónicas y haya algo de genes en esta desgracia.

Antes de proseguir con las reflexiones y decir lo que pienso decir, quiero anticipar alguna cosilla. Yo no había cumplido seis años cuando –aquel 18 de julio- veía entre asombrado y divertido el largo tren de mineros asturianos camino de Ponferrada. Mi mente infantil aún no podía estar en autos de lo que pasaba. Aunque mis padres eran apolíticos y las cosas de la política de entonces tenían para ellos menos importancia que ir a trabajar a “a Minero” o cuidar las dos vacas –la “gallarda” y la “roja”- daban leche para desayunar y un ternero al año para venderlo, sí recuerdo que, en nuestra familia, como en casi todas las del pueblo, había de todo; alguno que tonteaba de comunista estuvo condenado a muerte; otros simpatizaban con los unos o los otros; y los demás, eran de eso que se llamaba entonces –y ahora también- “gente de orden”.
Pero como no es cosa de hacer más crónica de aquello, cuando tuve uso de razón, me dije lo mismo que me sigo diciendo ahora: que si una “guerra civil” es la más incivil y lamentable de todas las guerras -y todas son malignas-, bien haríamos todos en pasar página cuanto antes para no ser masoquistas o que nos lo llamen. Y cuando más tarde aprendí a discernir y a respetar para ser respetado (es cosa que pido a Dios todas las mañanas al levantarme, que me anime y enseñe a respetar a todos), me percaté de que no hay monstruos absolutos, aunque siempre antepuse al respeto el previo compromiso vital de llamar a las cosas por su nombre, hasta cuando ese nombre no cuadrase con mis propias ideas; sobre todo cuando se dan razones y no coces para ser respetado.

Pero vayamos al grano de mis reflexiones de esta tarde. Y es que me prometí esperar a que –celebrado el consejo de ministros, viera confirmada la noticia en sus propios términos.
Y efectivamente, en el telediario de las tres, se confirmó lo que yo –ingenuo de mí- aún confiaba que no se produjera. Ingenuo sí, al no haberme percatado de dos cosas: que el promotor del evento era el mismo del “no es no”, y que los del “no es no” y siempre lo será, son gente de piñón fijo y de no muchas luces –suelen tener luces, pero no tantas como se creen. Y es que un ”no es no” sistemático es síntoma de autosuficiencia y de no tener dudas, y verdad de puño es que, al ser humano, creerse con el monopolio de la verdad le viene tan ancho como a “un santo dos postolas”. Desde Descartes, cuando menos, se sabe de sobra que la duda es un instrumento necesario y camino humano de verdad.

Al salir de esas esperanzas ingenuas, es cuando me pongo a redactar estas reflexiones de hoy, que apunto y plasmo tall y como las compuse, a vuela pluma y casi al bote pronto. Pongo en limpio lo que –a bote pronto- me ha ido dictando la mente. Perdonen si van algo deslabazadas, o si, por premura, fueran más allá de lo que exige el respeto a los “otros” o la verdad de uno mismo. Como las acabo de pensar, así las digo.

Por fin, se ha esfumado las esperanza con que soñaba mi ingenuidad y se ha decretado –por decreto-ley- la exhumación de los restos de Franco y sacarlos de Cuelgamuros. Se ha hecho por vía de “decreto-ley” –uno más de los varios con que este gobierno parece entender y actuar la democracia: sin urnas primero; dando bandazos de continuo (del “Aquarius” a lo de Ceuta de ayer no cabe mayor distancia) y, en casi todo, improvisando. Se ha decretado ya, aunque felte por ver cuándo se hará, cómo se hará y a dónde serán llevados los restos. Se ha dado el primer paso y, como acabo de oir a la “portavoza”, serán dos o tres meses; dos o tres meses de tensiones añadidas a la ya bastante tensionada sociedad de las “dos Españas”. Tal vez “franquismo” “a gogo”, mañana, tarde y noche. Por lo pronto, según dicen las crónicas, se multiplican estos días las visitas al Valle de los Caídos.

Entre las reflexiones que me han salido al paso nada más confirmarse la noticia, la primera me hace decir: estos amigos –así lo parece- de las “dos Españas” van a conseguir una cosa fácilmente perceptible: que por semanas y meses se hable de Franco más de lo que se ha hablado de él en los últimos 40 años. Y también que con este “decretazo” ya se ha conseguido una cosa que sólo Dios puede hacer, resucitar un muerto, y no a los cuatro días de enterrado como pasó con Lázaro, sino nada menos que a los más de 40 años de su muerte. Este prodigio sin duda –creo yo- llevará a sus autores a la historia; lo que no acierto yo a saber hoy por hoy es a qué tipo o clase de historia pasarán, si a la que, desde la muerte del dictador, se ha esforzado y luchado por acabar con este trágico panorama de las dos “Españas” o a la otra…..

Otra idea se me ocurre también al reflexionar sobre el sonoro decreto-ley de hoy. Parte de un hecho cierto. Se han ido quitando los signos de Franco y del franquismo:, las calles dedicadas, las estatuas erigidas, los himnos y canciones del régimen…. Tras la inminente y galopante exhumación, me pregunto si se acabará la carrerilla. Quedan otras “obras” del franquismo en pié: por ejemplo, los numerosos pantanos con que se quiso –en esos años- enmendar la “pertinaz sequía” de nuestro suelo. ¿No sería lógico y coherente -puestos a erradicar señales- seguir usando el decreto-ley y derribar los pantanos hechos a instancia o con el Vº. Bº. del dictador?. Claro está que la lógica y la coherencia –en el obrar humano- es un criterio muy válido de valoración de los hechos y de las pruebas de los hechos. ¿Se llegará a esto también?. El decreto-ley da para mucho…
“Cosas veredes, que ya se dijo en los tiempos del Cid, antes de de ser endosado el dicho a Cervantes y al Quijote.

Y como ya comencé tarde a reflexionar y no es cosa de cargar más la mente, me voy a limitar a reproducir lo que acabo de oír a una oyente de una emisora de radio, sorprendida seguramente de que se trate de hacer “por las bravas” –la vía de gobernar por “decreto-ley” puede ser una forma de tirotear a la verdadera democracia-, a todo correr y hurtando el necesario consenso que algunas cosas requieren, y cuando hay otras cosas más urgentes e importantes sin hacer, obras que, si han de hacerse, requieren sosiego y tacto para que no salga el tiro por la culata y se generen efectos contrarios a los previstos. Que bien pudiera suceder para los artistas del evento. Esta señora daba un consejo al Sr. Presidente del gobierno de España: “Ponte a trabajar ya y deja en paz a Franco, que ese no se escapará a Bruselas”. Verdad es que los españoles nos odiaremos tal vez más de la cuenta, pero no se puede negar que tenemos chispa.
Otro lo veía de este modo. No es más que una cortina de humo para distraer al personal y evitar que se hable de otras cosas: eso mismo se decía en los tiempos de Franco con el fùtbol. Y ya en tiempo de los romanos se hablaba del “pan y circo”. Claro que ahora lo del pan….. Vaya usted a saber lo que será mañana o pasado de las pensiones, el paro u otras “bagatelas” de primera necesidad!.

Y ya -para cerrar del todo las reflexiones de esta tarde- me vuelvo, una vez más, al librito de humor, de Iñaki Linazasoro. “Reir, a pesar de todo”, y en especial a esa frasecilla que toma del trágico Sófocles, cuando dice que “el hombre al que la alegría ha abandonado debe ser contado ya entre los muertos”. Es de su Antígona, la mujer que que se las mntuvo “tiesas” ante el tirano de Tebas. Era siglos antes de Cristo y ya había mujeres libres. No había “feminismo”, pero sí mujeres de verdad…

Me profeso de la “tercera España”, como me he profesado siempre: como me enseñaron varios de mis mejores maestros del pensar, J. Marías, el socialista Besteiro o mi favorito Ortega, para quien ser “anti-algo” es tan negativo como ser nada.
Y que conste que me divierte que las buenas intenciones de exhumar a Franco no se hayan percatado de que pueden hacer que empiecen a pronunciar su nombre hasta los que llevan casi 40 años sin mencionarlo, llevados del noble anhelo de superar la maldición de las trágicas “dos Españas”.
Y como dice mi sobrino siempre que jugamos al tute: “oro bajo y a esperar”. “Cosas veredes”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Endiablado binomio - Libertad y Autroridad 23-VIII-2018

23.08.18 | 13:55. Archivado en Acerca del autor

Hace más de 50 años adquirí en una librería de San Juan de Luz un librito titulado así: Libertad y Autoridad. Este pequeño gran libro –que con frecuencia releo porque tiene mucha miga para no vivir a ciegas ni “a tontas y a locas”- se refiere a la educación de los niños y, en particular, al tan dialéctico como inescindible “quantum” de libertad y “quantum” de autoridad han de mezclarse para obtener una educación equilibrada y sin protuberancias; es decir, unas dosis justas de libertad y otras tantas de autoridad; una libertad que desarrolle la personalidad, nutriendo y marcando caminos de razón a la racionalidad del niño; pero también agregando unas dosis justas de autoridad para evitar que, con dosis elevadas -más de la cuenta- de libertad, la razón y la voluntad se desmadren hasta crear monstruos, cosa muy posible con una libertad desmadrada. Que, aunque “educar” no sea, ni mucho menos, una matemática, hay normas –y este libro las muestra- que valen de algo y quizás de mucho en la noble pero ardua tarea de educar personas humanas.

Hoy, al son del suceso de Ceuta de ayer, me vuelvo –y conmigo lo hacen mis reflexiones de esta mañana- a las páginas del librito Liberté et autorité; y no tanto ni sólo para releerlas –que también-, como para ver en ellas reflejos vivos de lo que está pasando con las irrupciones –violentas ya y preocupantes- de cientos de emigrantes sobre las ciudades de Ceuta y Melilla.
Por eso, porque la cuestión importa y preocupa a buena parte del “pueblo” y no es cosa de mirar para otro lado cuando se ponen en juego cosas muy serias, mis reflexiones giran en torno a este recurrente suceso que, por todas las trazas, no se arregla sólo con promesas de retirar “cncertinas” -obra muy fácil de hacer-, sino que exige buena mano y mejores ojos; y ponerse a ello antes de que sea ya demasiado tarde.

Mis reflexiones se fijan –por una parte- en esas gentes -africanas sobre todo-, que, llevadas por necesidad y desesperación, buscan seguridad y pan ; y por otra, en las fuerzas del orden -guardias civiles especialmente- forzadas a cumplir con su deber –el que les urgen los que gobiernan- hasta verse hostigadas, maltratados y rociadas con cal viva, con mierda y con ácidos corrosivos…..

El espectáculo es dantesco como quiera que se le mire; por una y por otra parte; por parte de los que se juegan la vida invocando derechos sagrados y de los que se la juegan por imperativos del deber pero aguantando carencias evidentes y miradas hacia otro lado de quienes debieran, por imperativos también, ocuparse algo más de ellos, de lo que tienen, de lo que ganan menos que otros de su misma condición pero mejor mirados y de lo que han de soportar por su servicio a la sociedad.
Claro está igualmente que no es fácil compaginar, ni en esto de encauzar bien la emigración, ni en educar a los niños, ni en nada, estos dos vectores de orientación y desarrollo de la vida de los hombres en sociedad, mezclando dosis justas de ambos.
Es palpable –por otro lado- que “autoridad” y “libertad” se rigen por metros dispares en el aprecio de las gentes: si “autoridad” evoca desventuras, “libertad” no cesa de recibir plácemes y parabienes .
No es fácil ni plausible en estos tiempos “buenistas”, -que no buenos por desgracia para todos- enseñar la oreja, , ni plato de gusto razonable optar por la libertad o por la autoridad y, mejor, por un equilibrio de ambas, sin exponerse a la chanza o mofas de “cantamañanas ilustrados”. Es cosa de ese “buenismo” fofo, antediluviano, que se lleva como aura benéfica de la llamada “sociedad del bienestar”

No es fásci ni cómodo…. Y hay en esto, como en tantas otras cosas de primera necesidad que “mpjarse”; pero “mojarse” “a modo” y sin caer en las idioteces o falsedades de los dos extremos. “Mojarse” es echarse al agua de la responsabilidad n materia de libertad y un pruidente “guardar la ropa” enn pero hacer Algo en cuestiones en que la Autioruidad se necesita para que la libertad no se desmadre.

Ante el reto de las migraciones -fenómeno que ha hecho la vida entera de la humanidad, desde Babel hasta Lampedusa y, ahora mismo, entre nosotros, Ceuta y Melilla.
Entre “mojarse” o instalarse en ese limbo paradisiaco del confort intelectual hay –creo- el término medio del justo aristotélico: “mojarse” haciendo algo aunque parezca poco y justificar lo que se haga -hacer no es ni prometer ni mirar a otro lado ni gesticular tan sólo- con la verdad de las obras y no con el bla-bla-bla de unas palabras no siempre buenas, acertadas u oportunas.
Que, después de hacer eso, te llamen “racista” –como está pasando- o te tiren un canto a la cabeza importa menos que quedarse de brazos cruzados viendo cómo las mafias siguen llenandose los bolsillos, los guardias civiles vejados y vilipendiados y los pobres emigrantes entre la espada y la pared de seguir desesperados o convertirse en delincuentes.

Mientras sigo pensando en estas cosas, vuelvo a tomar en las manos el viejo libro que enseña a dosificar libertad y autoridad para que la educación no haga monstruos cultivados de niños y jóvenes, sino seres humanos capaces de dar la mano a la vez, a los dos polos del endiablado binomio; endiablado toro de lidia, pero necesitado –por la causa de la paz social y la justicia distributiva- de ser tomado por los cuernos, sin limitarse a mirarlo desde unos cómodos tendidos de sombra.

Y cierro con esto de hoy mismo. Se hablaba de la relación funesta entre el alcohol y la juventud llamada “del botellón”. El joven entrevistado dijo escuetamente “”No es lo mejor, pero respeta la libertad”. Con esto le bastó para justificarse. La actitud –si no diera risa- pudiera dar escalofríos; pero esas tenemos y el que no se consuela es porque no quiere…. Yo, desde luego, no me consuelo.
Endiablado el binomio: pero urgente socialmente tomar ese toro por los cuernos… Cuanto antes; sin complejos; y pasando del bla-bla-bla a los hechos…..
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Al amigo que me pide aclaraciones 22-VIII-2018

22.08.18 | 18:32. Archivado en Acerca del autor

Uno de los amigos, con los que suelo compartir mis reflexiones diarias, me pide le aclare algo más ese magistral apunte orteguiano que veta ser “hombre de partido”; con finalidad sin duda de preservar la identidad y la libertad del “yo” frente a ideologías invasoras y depredadoras de la conciencia, lo más sagrado y respetable de un hombre. Lo hago con gusto y lo voy a intentar de la mano del propio Ortega y del magistral ensayo, escrito para un diario de Buenos Aires, allá por el año 1930.
Antes de hacerlo y para no perderme por las ramas, releo y repienso el ensayo; y -para contestar a mi amigo- me arranco echando por delante dos pasajes, de los primeros de este logrado ensayo, un alarde -todo él- de alta costura teórica y práctica, del mejor pensador que tuvo España en el s. XX.
- “Una de las cosas que más indigna a ciertas gentes es que una persona no se adscriba al partido que ellas forman ni tampoco al de sus enemigos, sino que tome una actitud trascendente de ambos, irreductible a ninguno de ellos. A eso se llama colocarse au dessus de la mêlée y para esas gentes nada hay más intolerable. Yo creo, por el contrario, que esa exigencia de que todos los hombres sean partidistas es uno de los morbos más bajos, más ruines y más ridículos de nuestro tiempo. Por fortuna, comienza ya a ser arcaica, extemporánea y se va convirtiendo en vana gesticulación. Crece, en cambio, el número de personas que consideran esa exigencia, además de tonta, profundamente inmoral, y que siguen con fervor esta otra norma: «No ser hombre de partido»
- “Los que se irritan contra quienes, según ellos, se colocan au dessus de la mêlée, son gentes siempre de una misma vitola. Por lo pronto no son nunca los que pensaron originariamente la idea en torno a la cual se formó el partido y que provocó la mêlée. No son, pues, gentes que hayan, por si mismas, pensado nunca en nada. Se han encontrado con un partido hecho que pasaba delante de ellos y lo han tomado como se toma un autobús. Lo han tomado a fin de no caminar con la fatiga de sus propias piernas. Lo han tomado para descansar de sí mismas. Porque hay gente cansada de sí misma desde que nace. No se vaya a creer que este cansancio es un detalle accidental. El hombre nativamente hastiado de sí mismo es un tipo categórico de humanidad. Ese hastío es el centro mismo de su ser y todo lo demás que hace lo hace en virtud de la necesidad de huir de sí a que ese cansancio le obliga”.
Como no deseo ir muy lejos al complacer esta gratificante demanda de este amigo, aclararé lo que pienso con brevedad.

Ortega y Gasset nunca ocultó sus ideas socialistas ni su predilección por el “credo” fundamental del socialismo. Y sin embargo se rebela –desde plataformas humanistas muy auténticas- contra la misma idea de “ser hombre de partido”.
No pienso que Ortega desconociera, o no reconociera- la elevada función instrumental –no esencial- que los partidos tienen para hacer viables las democracias en estos tiempos. Y sin embargo vitupera ser “hombre de partido”.
Y es que –creo yo- una cosa es ser un “hombre de partido” y otra distinta ser “del partido” o “de un partido”. Y no es un mero juego de palabras. Afiliarse a un partido, de acuerdo con las ideas de uno o incluso por conveniencia, no parece que lo denostara Ortega. Pero “ser hombre de partido” es otra cosa de mayor calado humano. Esto último es poner el hombre que uno es y quiere ser atado de pies y manos a disposición incondicional de una burocracia partidista; ciega sumisión a lo que manden los jefes, casi nunca los mejores y casi siempre los más arribistas o los más audaces. Esto lo repudia sin miramientos el gran pensador.
Si esclavitud voluntaria es abdicar de uno mismo, del hombre racional y libre que por esencia debe ser el ser humano sin taras, hasta obedecer y seguir sin pestañear –contra la propia conciencia incluso- lo que manden otros, tomando su mente y su voz por la mente y la voz del “pueblo”, nada extraño tiene que lo deteste Ortega como lo hace en su ensayo. Porque ya no es “partido” sino “partidismo” a secas.

El “hombre de partido” está hecho para cerrar los ojos y seguir a ciegas el camino que le tracen otros. Es tener vocación de esclavo. Ser hombre de partido es hacer farsa en cualquiera de las dos formas que el propio Ortega consigna al elogiar la entereza y sinceridad de su amigo don Pío Baroja (Cfr. El fondo insobornable, en Ideas sobre Pío Baroja, IX). Ser, en cambio, de un partido sin ser, por ello, “hombre de partido”, puede ser una manera de ser demócrata y de servir al “pueblo”.
En este sentido va lo que el propio Ortega resalta cuando el partido-partidismo se vuelve arma arrojadiza y coto abierto al relativismo más absurdo racional y éticamente. “Como la lucha necesita de grupos beligerantes, hagamos de éstos la forma sustantiva de existencia humana. Lo más importante del mundo será el par¬tido, la organización sobreindividual para el combate. Los indi¬viduos no interesan, porque mueren, y es preciso perpetuar los partidos. Todo hombre será miembro de algún partido, y sus ideas y sentimientos serán partidistas. Nada de ajustarse a la verdad, al buen sentido, a lo justo y a lo oportuno. No hay una verdad ni una justicia; hay sólo lo que al partido convenga, y ésa será la verdad y la justicia -se entiende que habrá otras tantas cuantos partidos haya”.

No me cabe duda. Ortega –tan beligerante y hermético ante el hombre llamado por él “el hombre-masa” -un tipo de hombre siempre decidido a dejarse manipular, abierto a tragarse todo lo que le llegue de fuera, sin resortes ni recursos personales para –antes de aceptarlo- pasarlo por el filtro de su capacidad crítica racional que es como decir de la propia conciencia- nunca fue “hombre de partido” aunque sus ideas fueran las de un partido político o pudiera incluso “ser del partido”. “Ser hombre de partido”, en el argot orteguiano, es categoría antropológica, quizás patológica; ser de un partido es categoría política. Si ser lo primero humanamente “non decet”, lo segundo “puede valer” siempre que no se hipotequen al partido –lo que sería partidismo- las raíces y fondos de la persona y de la personalidad de uno.

A mi amigo le pido disculpas si no he sido acertado en las aclaraciones a sus dudas.
Y a todos mis amigos pido que lean, relean y mediten este gran ensayo de Ortega, apto hoy como nunca para liberarse de esclavitudes voluntarias en ese terreno tan querencioso para ellas que el “la política de partido”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Era conveniente... 21-VIII-2018

21.08.18 | 17:45. Archivado en Acerca del autor

Era conveniente…

Es conveniente que al que alardea de buen flautista se le invite a tocar la flauta y muestre si lo hace bien o mete ripios, antes de darle el diploma… Que, a los que se pagan de ser los mejores sastres se les encargue un traje a medida para ver si es un traje o un espantapájaros… Y que a los que ponen “pegas” a todo lo que hacen los demás se les ponga un rato a hacer lo mismo que ellos censuran en los otros, para ver si es cuento o es verdad lo que predican al censurar.

Era conveniente que el Sr. Sánchez, avaro de poder y de gloria, se sentara –como fuera- en La Moncloa, aunque fuera sin el aval democrático de las urnas, para que -“solo ante el peligro”, como Gary Cooper en el Oeste americano- demostrara con obras lo que con palabras se hartaba de pregonar; o demostrara lo contrario: ensalada de gestos, pasos para entretener y despistar al personal. Es decir, que se ganara ser o el estadista que necesitamos o el “bleuff”” en que suelen acabar las grandilocuencias sólo gesticulantes de los malos oradores. Además del peligro del ridículo de caer en los mismos que en los otros se censuran.

El flamante Sr. Presidente, al ver cumplido el sueño ansioso de tomar el poder, comenzó nombrando un gobierno bonito y prometedor…. Y uno de los primeros pasos fue recibir “bajo palio” a los emigantes del “Aquarius”, vendiendo solidaridad y amor al prójimo como ni en el Evangelio se vendiera. Brillante y ejemplar!!!
Cogerse el “Falcon” oficial e irse a Benicasim a un concierto de rock con la excusa de llenar su agenda cultural pudo ser muy buen unas de las primeras “libertades” que se tomó poco después. La excusa era pR convencer a cualquiera: “agenda cultural” del Sr. Presidente. Es lo menos, simpatizar con la cultura…

Y ¿qué paso?
Que ayer mismo, cuando –en aras de aquella “transparencia” que tanto predicara con palabras limpias –el buen lenguaje que no falte nunca-, tras ser interpelado para dar explicaciones en el Congreso, se decreta “secreto de Estado” lo del dichoso “Faslcon”para evitase dar las explicaciones obligadas, no sólo a la oposición, sino al pueblo, que tiene derecho a saber lo que hacen sus representantes con sus dineros, los dineros de pueblo, claro!.
De ayer mismo también es lo otro. Cuando, nada menos que en el homenaje a las vóctimas de los atentados del 17-A en Cambrills, el “molt onorable” Quin Torra Plá –presidente nada menos que de la Generalitat de Cataluña- inculcaba a su “tropa”, en voz alta y tono categórico, “atacar” al Estado español (cosa que no ha dejado de hacer desde su atalaya oficial), la Sra. vice-presidenta del gabinete “bonito y prometedor”, en otro prodigio de buen hablar y buen hacer, se sale por “peteneras” y dice que –hombre!- la frase no está bien, pero que son palabras y que, como las palabras vuelan y se las lleva el viento, es cosa de poca monta y hacen falta “hechos jurídicos” (sic), para darle importancia y tomarlo en serio. Y el Sr. Torra Pla –a todo esto- a seguir marcando el paso y tan ufano de haber llamado a los “españoles”, no hace mucho, “bestias carroñeras con forma de hombre” y otras lindezas de su particular repertorio.

Y eso si, “erre que erre” con el desentierre de los huesos de Franco pese a la recomendación del veterano y mucho más pragmático Alfonso Guerra, de que se dejase ya de boxear con estos huesos. Lo va a llevar al consejo de ministros del viernes próximo…. Sigue “erre que e4rre” y parece que lo va a llevar al consejo de ministros del viernes próximo para catalogar como “cuestión de Estado” o asunto de urgente necesidad lo que sólo es, en la jerarquía de lo que más a España importa hoy –el paro, las pensiones, las insolencias separatistas….- un gesto más….

Eso sí, aupado al ansiado poder por los votos de tan insolentes como falsos aliados, es posible que el Sr. Presidente abrigue la esperanza de que –con ese diálogo que no es diálogo, en que se refugia para justificar las carantoñas- de lograr la conversión de los Torra, Puigdemont y cía., en fervientes patriotas del Estado español. “Cosas veredes” –que ya se decía en España antes de Cervantes...

Con todo esto –y lo digo con el mayor respeto –el que promete Crespo, alcalde de Zalamea la Real, en la conocida escena de su obra del mismo nombre-, aquel gobierno “bonito y prometedor” va mostrando su elevada talla en gestos y su bajo perfil en obras de buen gobernar, en aquello precisamente en que más n ecesuta y quiere el pueblo español y no aquellos que le auparon al poder dde esa manera…

Por eso, era conveniente…..
Para que las obras y no los gestos fueran –como lo están siendo hasta el momento- lo que caracteriza a este gobierno, inmensamente legal, pero en nada legítimo por el único aval serio en una democracia de verdad y no morbosa: el paso por las urnas a fin de hacer cuan to antes legítimo lo que ya es legal

Era conveniente….
Es posible que las encuestas sigan viento en popa y a favor. Es posible…. De todos modos, como suele decir otro de mis sobrinos cuando jugamos al tute, “oro bajo y a esperar”, a seguir esperando gobernanza y no gestos ni brindis al tendido solamente.

Era conveniente…. Para que quienes se fían poco de las encuestas –que, por mucho que se diga, no son prueba- anden atentos por si no fuera oro todo lo que reluce.

S. P. O.


Evocando el desierto, un rayo de luz -21-VIII-2018

21.08.18 | 17:42. Archivado en Acerca del autor

El convento de San Miguel de las Dueñas celebra hoy el día de su santo patrono, Bernardo de Claraval.
Las veintiuna religiosas que aún visten el hábito blanco y la toca negra en el recinto; que aún rezan a Dios por ti y por mí cada mañana, tarde y noche; que aún no han perdido la sonrisa ni cuando truena o diluvia, ni el aura de verdad que llevan consigo al andar, ni el gusto cuando se ayudan a vivir haciendo sus pastas sin pizca de contrabando y que son para mí las mejores que conozco, se sientan en los primeros bancos de la grandiosa iglesia del monasterio.
Agustín, párroco de Noceda y encargado espiritual de otros siete u ocho pueblos, solemniza la misa y predica.

Ante aquellas tocas negras sobre fondo blanco; en un convento en el que, no hace tanto, eran sesenta o más las monjas; con presencia de unos cuantos fieles, gente mayor casi todos, más mujeres que hombres como suele suceder en las iglesias, Agustín evoca el “desierto”.
Al aire de la primera lectura de la liturgia, evoca al profeta Elías, descorazonado, vacilante, con ganas de morirse y a punto de desfallecer, que se siente vapuleado por la adversidad y como dejado de la mano de Dios. Y a Dios lo evoca también restaurando sus fuerzas y animándole a seguir caminando, cosa que el profeta hace obedeciendo la consigna de Dios que le habla por su ángel.
Agustín evoca el desierto siguiendo –con imágenes de ahora- las angustias del antiguo profeta…
- Iglesias medio vacías y caso sólo llenas de personas mayores, con ausencia casi total de jóvenes…
- Conventos reducidos a una mínima expresión, faltos de vocaciones y muchos de ellos a extinguir…
- Curas, cada vez menos, renqueando casi todos y ya sin poder dar abasto a obligaciones multiplicadas por la falta casi total de vocaciones…
- Dios, echado a patadas de una sociedad autosuficiente y auto-referencial, y quemando –la sola palabra “Dios” parece quemarles- en los labios de políticos y hombres públicos….
- Y la religión –la católica sobre todo- invitada a que se meta en las sacristías –a veces ni eso- y deje de hablar de leyes injustas, de caminos equivocados o de callejones sin salida…

Agustín, tras evocar el desierto y siguiendo la pista del profeta, se empeña, como debe ser, en mostrar al “Dios que nunca muere y, si muere, resucita”, como refiere la copla vulgar, que, sin ser tal vez muy teológica, es sí suficientemente expresiva-, trata de levantar el ánimo a las monjas; y pinta un rayo de luz al final del túnel: Elías -con la ayuda de Dios- retoma fuerzas y sigue caminando hasta salirse del desierto y remontar el mal momento. Un rayo de luz que, cuando Dios anda por medio, es un rayo de esperanza sin par.
Al finalizar la misa, felicito a Agustín por su certero evocar el desierto y trasladarlo fielmente a la hora presente de la Iglesia de Cristo… Aunque le dije también que yo no vislumbraba tan rápido ni veia tan cerca el retorno de Dios….
Y comentaba eso mismo, poco más tarde, con otro amigo, seglar esta vez y de los que no tienen rebozo alguno en mentar a Dios cuando se tercia.

No basta –creo- con rezar limitándose a extender la mano hacia Dios para que Dios la llene.
Para que nos mande vocaciones o para que los jóvenes se percaten de que Dios no estorba en sus vidas ni recorta más de lo debido las ansias de libertad.
Para que nos libere de esta “cultura de medios” e inmediateces y no de fines ni de “postrimerías”, como señalaba ya el Ortega joven al otear el panorama –ya entonces- oscuro de nuestra sociedad (cfr. El Espectador, Perspectiva y verdad).

Rezar a Dios creo que es, no tanto levantar los ojos a Dios, extender hacia Él las manos, como recabar de Dios ánimo, fuerzas y valentías, decisión para “mojarse” y no limitarse a “verlas venir” en las cosas que a Dios más atañen. Cuando la sola palabra “Dios” parece quemar en los labios del hombre –y no sólo de los políticos-, no basta con las manos de los que en Él creen alzadas a lo más alto. Es menester –he de insistir- “mojarse” y esto es decidir liberarse de complicidades y de complejos tontos.
La anécdota de san Bernardo es gráfica y elocuente. Aquel arriero de Provenza, con su carro atascado en el lodazal, viendo de lejos venir hacia él al monje Bernardo, con fama ya de milagrero, se frota las manos y, cuando llega a su altura, le pide que rece a Dios para que se desatasque su carro. Se dice que el santo, mirándole fijamente, le repuso de este modo. Bien. Yo rezaré a Dios, pero ti, entre tanto, mete el ho0bro y empuja todo lo que puedas…. El carro se desagtascó y el arriero lo creyó milagro.

La homilía de Agustín me gustó y no porque fuera una pieza magistral de oratoria como por aterrizar en estos tiempos líquidos y por emplear las palabras en el sentido de las agujas de reloj; hacia adelante.

Para los que a Dios lo tienen como una rémora para la libertad o el progreso y desarrollo de hombre, pero no rehúsan doblar la rodilla ante sus iconos o los ídolos que uno mismo se construye, la muy atinada frase de Chateaubriand cuando afirma, en las Memorias de ultratumba (III, II, 5, 25) que Dios y la religión son el único poder ante el que doblar la rodilla no envilece.
Y para no renegar de la esperanza, ni en tiempos de fuegos fatuos o artificiales y quedar a bien con el rayo de luz que Agustín deja hoy prendido sobre las tocas de estas 21 monjas cistercienses, valga la rima de un empedernido buscador de Dios, que fue Antonio Machado, y amigo de la esperanza hasta contra pronóstico, como muestra en esta letrilla:
“Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digne usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones,
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán venerables y católicas”.

Por si alguien no lo sabe, Antonio Machado murió en Colliure (sur de Francia), exilado y siempre con los ojos vueltos a la España que supo hacer su historia, con las mimbres auténticas de sus virtudes y sus defectos, sin farsas, falsedades ni complejos.

El “desierto” puede tener un rayo de luz al final de sus caldeadas arenas. Yo lo veo posible pero improbable a corto plazo, como no sea volcando pronto y bien el consejo de San Bernardo al arriero de la Provenza en ese refrán castellano tan socorrido como poco seguido: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Sólo así.

Como quiera que sea, felicidades a las monjas de mi pueblo que, aún siendo tan pocas, no han perdido la sonrisa ni la fe en Dios ni el modo de hacer sus pastas finas.
Me voy a leer –acabo de verla anunciada- la carta del papa Francisco al mundo pidiendo perdón por la “vergüenza” de Pensilvania. Como “pedir perdón” no es cosa de hombres, sino de muy hombres, sigue valiendo lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Evocando el desierto, un rayo de luz -21-VIII-2018

21.08.18 | 17:41. Archivado en Acerca del autor

El convento de San Miguel de las Dueñas celebra hoy el día de su santo patrono, Bernardo de Claraval.
Las veintiuna religiosas que aún visten el hábito blanco y la toca negra en el recinto; que aún rezan a Dios por ti y por mí cada mañana, tarde y noche; que aún no han perdido la sonrisa ni cuando truena o diluvia, ni el aura de verdad que llevan consigo al andar, ni el gusto cuando se ayudan a vivir haciendo sus pastas sin pizca de contrabando y que son para mí las mejores que conozco, se sientan en los primeros bancos de la grandiosa iglesia del monasterio.
Agustín, párroco de Noceda y encargado espiritual de otros siete u ocho pueblos, solemniza la misa y predica.

Ante aquellas tocas negras sobre fondo blanco; en un convento en el que, no hace tanto, eran sesenta o más las monjas; con presencia de unos cuantos fieles, gente mayor casi todos, más mujeres que hombres como suele suceder en las iglesias, Agustín evoca el “desierto”.
Al aire de la primera lectura de la liturgia, evoca al profeta Elías, descorazonado, vacilante, con ganas de morirse y a punto de desfallecer, que se siente vapuleado por la adversidad y como dejado de la mano de Dios. Y a Dios lo evoca también restaurando sus fuerzas y animándole a seguir caminando, cosa que el profeta hace obedeciendo la consigna de Dios que le habla por su ángel.
Agustín evoca el desierto siguiendo –con imágenes de ahora- las angustias del antiguo profeta…
- Iglesias medio vacías y caso sólo llenas de personas mayores, con ausencia casi total de jóvenes…
- Conventos reducidos a una mínima expresión, faltos de vocaciones y muchos de ellos a extinguir…
- Curas, cada vez menos, renqueando casi todos y ya sin poder dar abasto a obligaciones multiplicadas por la falta casi total de vocaciones…
- Dios, echado a patadas de una sociedad autosuficiente y auto-referencial, y quemando –la sola palabra “Dios” parece quemarles- en los labios de políticos y hombres públicos….
- Y la religión –la católica sobre todo- invitada a que se meta en las sacristías –a veces ni eso- y deje de hablar de leyes injustas, de caminos equivocados o de callejones sin salida…

Agustín, tras evocar el desierto y siguiendo la pista del profeta, se empeña, como debe ser, en mostrar al “Dios que nunca muere y, si muere, resucita”, como refiere la copla vulgar, que, sin ser tal vez muy teológica, es sí suficientemente expresiva-, trata de levantar el ánimo a las monjas; y pinta un rayo de luz al final del túnel: Elías -con la ayuda de Dios- retoma fuerzas y sigue caminando hasta salirse del desierto y remontar el mal momento. Un rayo de luz que, cuando Dios anda por medio, es un rayo de esperanza sin par.
Al finalizar la misa, felicito a Agustín por su certero evocar el desierto y trasladarlo fielmente a la hora presente de la Iglesia de Cristo… Aunque le dije también que yo no vislumbraba tan rápido ni veia tan cerca el retorno de Dios….
Y comentaba eso mismo, poco más tarde, con otro amigo, seglar esta vez y de los que no tienen rebozo alguno en mentar a Dios cuando se tercia.

No basta –creo- con rezar limitándose a extender la mano hacia Dios para que Dios la llene.
Para que nos mande vocaciones o para que los jóvenes se percaten de que Dios no estorba en sus vidas ni recorta más de lo debido las ansias de libertad.
Para que nos libere de esta “cultura de medios” e inmediateces y no de fines ni de “postrimerías”, como señalaba ya el Ortega joven al otear el panorama –ya entonces- oscuro de nuestra sociedad (cfr. El Espectador, Perspectiva y verdad).

Rezar a Dios creo que es, no tanto levantar los ojos a Dios, extender hacia Él las manos, como recabar de Dios ánimo, fuerzas y valentías, decisión para “mojarse” y no limitarse a “verlas venir” en las cosas que a Dios más atañen. Cuando la sola palabra “Dios” parece quemar en los labios del hombre –y no sólo de los políticos-, no basta con las manos de los que en Él creen alzadas a lo más alto. Es menester –he de insistir- “mojarse” y esto es decidir liberarse de complicidades y de complejos tontos.
La anécdota de san Bernardo es gráfica y elocuente. Aquel arriero de Provenza, con su carro atascado en el lodazal, viendo de lejos venir hacia él al monje Bernardo, con fama ya de milagrero, se frota las manos y, cuando llega a su altura, le pide que rece a Dios para que se desatasque su carro. Se dice que el santo, mirándole fijamente, le repuso de este modo. Bien. Yo rezaré a Dios, pero ti, entre tanto, mete el ho0bro y empuja todo lo que puedas…. El carro se desagtascó y el arriero lo creyó milagro.

La homilía de Agustín me gustó y no porque fuera una pieza magistral de oratoria como por aterrizar en estos tiempos líquidos y por emplear las palabras en el sentido de las agujas de reloj; hacia adelante.

Para los que a Dios lo tienen como una rémora para la libertad o el progreso y desarrollo de hombre, pero no rehúsan doblar la rodilla ante sus iconos o los ídolos que uno mismo se construye, la muy atinada frase de Chateaubriand cuando afirma, en las Memorias de ultratumba (III, II, 5, 25) que Dios y la religión son el único poder ante el que doblar la rodilla no envilece.
Y para no renegar de la esperanza, ni en tiempos de fuegos fatuos o artificiales y quedar a bien con el rayo de luz que Agustín deja hoy prendido sobre las tocas de estas 21 monjas cistercienses, valga la rima de un empedernido buscador de Dios, que fue Antonio Machado, y amigo de la esperanza hasta contra pronóstico, como muestra en esta letrilla:
“Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digne usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones,
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán venerables y católicas”.

Por si alguien no lo sabe, Antonio Machado murió en Colliure (sur de Francia), exilado y siempre con los ojos vueltos a la España que supo hacer su historia, con las mimbres auténticas de sus virtudes y sus defectos, sin farsas, falsedades ni complejos.

El “desierto” puede tener un rayo de luz al final de sus caldeadas arenas. Yo lo veo posible pero improbable a corto plazo, como no sea volcando pronto y bien el consejo de San Bernardo al arriero de la Provenza en ese refrán castellano tan socorrido como poco seguido: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Sólo así.

Como quiera que sea, felicidades a las monjas de mi pueblo que, aún siendo tan pocas, no han perdido la sonrisa ni la fe en Dios ni el modo de hacer sus pastas finas.
Me voy a leer –acabo de verla anunciada- la carta del papa Francisco al mundo pidiendo perdón por la “vergüenza” de Pensilvania. Como “pedir perdón” no es cosa de hombres, sino de muy hombres, sigue valiendo lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Descargo de conciencia 18-VIII-2018

19.08.18 | 17:59. Archivado en Acerca del autor

Amigos.
Si recordáis, el 6 de julio pasado, con ocasión del Día llamado del “Orgullo gay”, mis reflexiones -con mi Punto de vista particular sobre el llamativo evento- llevaban este rótulo: Orgullo gay y otros orgullos. Al cerrar el ensayo, escribí esta frase: “Pronto me voy a ver en un evento así, de un familiar próximo. Iré a la ceremonia civil. Respetando su libertad y su decisión de persona adulta, es posible que incluso le aplauda discretamente por cortesía y afecto, y también por devoción a la libertad de las conciencias.

Hoy, al venirme –ya tarde- de dicha ceremonia civil, completo mis apuntes del ensayo anterior haciéndoos llegar –a la letra- las palabras que dije a los asistentes, con ocasión de la ceremonia.
Al hacerlo así, cumplo un deber de lealtad; conmigo mismo ante todo, pero no menos con mis familiares y amigos. Con la Iglesia y con Dios, creo que también. Y por esto, sobre todo, lo hago.

Respeto y libertad

Hace tiempo, Rafa –mi sobrino-, entre azorado y temeroso, me anunció su boda con Mark. Y me preguntó si asistiría. Cuando le dije –sin dudarlo siquiera- que lo haría, añadió que le gustaría que dijera unas palabras ese día. También lo prometí hacerlo.
He cumplido mi promesa de estar en la boda –digo boda y no matrimonio, por razones obvias- y ahora me dispongo a decir las prometidas palabras.

Al ponerme a pensar lo que iba a decir, confieso haberme sentido como en la piel de Lope de Vega, cuando le pidieron que compusiera su primer soneto –pieza literaria, como saben todos, nada fácil de hacer. La sinceridad del poeta se hizo ya prodigio de ingenio al enhebrar la primera estrofa: “Un soneto me manda hacer Violante y en mi vida me he visto en tal aprieto. Catorce versos dicen que es soneto; burba burlando van ya tres delante…”. Pero –me pregunto- ¿en mi vida me he visto en un aprieto así? No. Realmente no.

He asistido –más de una vez y de dos- a ceremonias civiles de matrimonio y he hablado en algunas de ellas; ante el Sr. Alcalde de san Sebastián, Odón Elorza, por ejemplo; en Hernani otra vez en la boda de unos amigos que me pidieron les acompañara. Y algunas otras veces más.
No es lo mismo, dirán algunos.
Exactamente lo mismo no, aunque parecido sí.

Cuando, en 2005, el gpbierno Zapatero promulgó la ley de matrimonio de personas del mismo sexo –no sólo por tanto de los homosexuales, sino de dos hombres o dos mujeres cualesquiera- lo primero que hice fue organizar y dar un curso entero sobre la homosexualidad, para analizarla en todas las perspectivas posibles. Y más de una vez he repetido una frase que, si para algunos ha podido sonar a provocadora, a mí me parece del todo normal: “Los homosexuales también son hjjos de Dios”.
Dos o tres años más tarde, la Fundación Valdedios de Asturias me invitó a un debate con el catedrático de Derecho Constitucional de la universidad de Oviedo: sobre la invocación del derecho a la objeción de conciencia –ante estas celebraciones- por parte de alcaldes y concejales. Defendí allí que este derecho es perfectamente aplicable a toda ley que se considere en conflicto con la conciencia de uno; que la objeción a la ley por motivos de conciencia es derecho de la persona individua, pero no del cargo que la persona ocupa; y que –por el cargo- esa persona está obligada a cumplir las leyes o a dimitir del cargo si no encontrara otro –concejal, por ejemplo- para sustituirle.

Quiero decir con esto que no me asustan -porque no me han asustado nunca- los “miuras”. Al contrario, creo que, toreando “miuras” y no “cabestros”, es como se engancha uno con el buen toreo y pasa de largo del toreo de salón.

Estoy por tanto aquí y voy a decir a mi sobrino y a Mark dos o tres cosas con motivo de la boda, con brevedad porque no es ocasión, ni de discursos ni de homilías. Nada de eso viene a cuento en este momento.

He de decir ante todo que –a parte de por el cariño a mi sobrino- estoy aquí con naturalidad y sin complejos, sin sentirme fuera de lugar; y que la palabra que va a entreverar de lleno mi relato se llama “respeto”. Respeto de doble cuño: por un lado, respeto a lla libertad del “otro”, quienquiera que sea; y, por el otro, respeto a la ley.
La libertad de pensamiento y de conciencia es –para mí como para casi todos- la primera de las libertades y la que cimenta algunos de los derechos más fundamentales del hombre; entre ellos, el de libertad religiosa o, a “sensu contrario”, la de ser ateo, indiferente o agnóstico.
Y el respeto a las leyes, en su calidad suprema de garantía irrecusable de la vida del hombre en sociedad. “Nos hacemos servidores de las leyes para poder ser libres”, dijo ya aquel tribuno romano llamado Cicerón en su tratado sobre las leyes. Es cierpo que restan libertad las leyes, pero sin leyes –justas y las justas- no se puede hablar de libertad en ninguna sociedad.

Ser respetuoso con la conciencia de los otros, como ser respetuoso con la ley, es perfectamente cristiano; sin que ello quiera decir, naturalmente, que el ”respeto” o ser respetuoso equivalga a tragarse vivas las cosas, o sea, sin cocerlas. guisarlas y masticarlas bien antes.
Y pienso que el respeto ha de ponerse por encima de ideas, conveniencias y oportunismos. He procurado, no sé si lo he conseguido siempre, hacerlo regla de vida. Respeto, sin prejuicios ni distingos.

De mis jugosas anécdotas donostiarras, recuerdo aquel día, en que Luisito Alday, abogado, me llamó la atención porque –estando yo a la máquina de escribir las declaraciones-,el otro abogado -socialista y buen amigo también, Fernando Múgica-, se sentara en mi silla de juez. Me limité a contestarle: No te preocupes; no creo que me contagie que Fernando se siente en mi sillón. Al poco tiempo, Fernando Múgica me pidió que le bautizara a su primer nieto. Y lo hice con mucho gusto. A los dos días del bautizo, un canalla de la Eta le daba dos tiros en la calle de San Martín de Donosti. Me ofrecí a celebrar su funeral, aunque ante mí alardeara muchas veces de agnóstico. Fui su amigo y me honra haberlo sido.

Dicho lo cual, que creo suficiente, lo que me queda por decir es sólo esto. Enhorabuena y mucha suerte.
Disculpen ustedes.

SANTIAGO PANIZO (18-VIII- 2018)


Las "divinas" izqierdas 10-VIII-2018

19.08.18 | 17:54. Archivado en Acerca del autor

Para prologar mi libro Los católicos y las izquierdas (2.010), compuse un Preludio de casi 70 páginas, de basamento y peana a una larga serie de ensayos breves, publicados –para entonces- en la revista católica, del obispado de Astorga, Día Siete.
En ellos, me afanaba –medio en broma, medio en serio- por doblar uno de los tantos apriorismos que, obedeciendo a impulsos o malicias más que a razones, se embarcara en el empeño, desde siglos atrás, de hacer creer que la “religión” y las “izquierdas” han de ser enemigos.
Esta especie de mito profano gestó y dio curso de buena ley a un auténtico imperativo categórico, al que se acogen algunos -quizá bastantes- sin más razón que la de halagar unas fobias o unas filias, hasta identificar la enemiga a la religión con las esencias de las “izquierdas”.
Y como yo esto no me lo creo, consideré un deber decirlo.

Es obra de catarsis e higiene social desmitificar falsedades o desmesuras, y más si fueran rancias y retrógradas, impropias de una modernidad liberal y sobre todo justa.
Hace tiempo ya –de la mano de una antropología social científicamente solvente- se fue poco a poco quebrando la idea de que la dimensión religiosa sea en el hombre o en la sociedad formada por hombres un cuerpo extraño; o que sea en un sder humano unan dimensión menos específica o representativa que otras por honorables, como la de “sapiens”, “faber” o “ludens”. Individual y socialmente, el ser humano tiene derecho a ser respetado en esta dimensión radical y noble de su personalidad; y proclamarlo y defenderlo, además de justo, me parece tarea de positivo desarrollo social, y por supuesto de buen talante democrático.

Esta patraña de siglos –valga la palabra “patraña” para signar el evento-, que aún respira hondo en estos tiempos, en que lo peor y también lo mejor tienen asiento- es rancia y obsoleta; tanto que –como dice uno de mis amigos de izquierdas y ferviente católico sin embargo- no merece otra calificación que la de insulto a la inteligencia y al buen sentido; y denunciarla es dar un claro y rotundo mentís, además, a esa lacra del saber moderno cuando proclama –llena de suficiencia- que la verdad está más en el gusto y capricho de sujeto que piensa que en la realidad de la cosa pensada.

En esa Prolusión, motejaba las “Izquierdas” de ideario político aventado en el s. XVIII por la Revolución francesa, que toma nombre de un dato espacial más que sustancial: los jacobinos-revolucionarios –en la asamblea constituyente- se sentaron a la izquierda del hemiciclo, mientras los monárquicos y conservadores lo hacían a su derecha. Lo que viene a decir –hablando en plata- que, en lo de la nomenclatura bifronte que desde entonces corta en dos el arco del pensamiento y del quehacer políticos, las posaderas y las ideas se las arreglaron para mirarse de reojo y marcar las distancias.
A más de esto, valdría la pena cuestionarse si los “valores” que, desde aquello, patentó para sí la “izquierda” como suyos y propios –la “fraternidad”, la dignidad humana, la igualdad radical de los hombres, la separación sin guerra de lo profano y lo sagrado, el culto a la moral y a la ética antes que a los intereses, y tantas otras cosas más- los inventó la Revolución francesa, o –más tarde- el socialismo, el comunismo o la Carta de las Naciones Unidas. Esos valores y más ¿no están ya en el Evangelio de Jesús?

El que mis reflexiones lleven hoy este rótulo de “Las divinas izquierdas” no me viene realmente de rememorar aquella Prolusión, en cuya conclusión me vuelvo a confirmar: que ser de izquierdas o ser de derechas –cuando no se convierte, como anota Ortega en el Prólogo para los Franceses, de su obra La rebelión de las masas-, en una de las infinitas maneras que los hombres tienen para elegir ser “imbéciles” –pienso sólo en el sentido etimológico del adjetivo que usa Ortega- no es ni puede catalogarse como credencial infalible de ser hombre religioso, ateo o agnóstico o de ser anticlerical. Nunca serán magnitudes correlativas.
Que a la nomenclatura “derechas/izquierdas” se le haya pegado –en la historia del pensamiento- ese perfil antirreligioso o ajeno a la religión es más –creo yo- un aditivo malicioso que un componente de razón. La historia de estos siglos es buen argumento de ello, si pensamos que la historia no son los historiadores que la escriben o redactan, sino los hechos al brindarse para ser transcritos tal como son, sin amaños, inventos e imposturas.

La incitación inmediata me viene de un hecho de estos días pasados: la acogida ferviente del “Aquarius” en Valencia por una “izquierda” por el momento ávida más de gestos y gesticulaciones que de contribuciones reales al bien común o de todos por igual y lo que ha sido la posterior deriva de tal suceso.
Y es que, de buenas a primeras, el “color de rosas” de la imagen de una “izquierda” solidaria y altruista se trueca en “hiel de insulto” al llamar “racista” al dirigente de la “derecha” que avisa de que no puede haber “papeles para todos”; con la particularidad sonora, complementaria, de que cuando, a los días, es la “izquierda” quien dice lo mismo de otro modo y el “ceolor de rosa” se destiñe, lo de los otros sigue siendo “racismo”, pero lo suyo, nada más que el flujo natural y lógico del cambio de las circunstancias.
De hecho, la idea con que ese doble juego de “la izquierda” se jaleaba este día en algunos “medios” era esta: si la “derecha” dice racionalmente que no son posibles los “papeles para todos” es “racismo”, ¿por qué razón eso mismo, dicho de otro modo, a los dos días, por la “izquierda”, no lo ha de ser también?. Y, si no es “racismo” lo suyo, con qué cara se atreve a censurarlo –con insultos incluso, porque llamar racista” es un insulto-, si es dicho por cualquiera que no sea la “izquierda”?. ¿Será que el “doble juego”, a sus ojos, no basta para malparar su honradez ni mella su aura “divina” de solidaridad y la creencia de estar por encima del bien y del mal?.

Este doble juego, que no es de ahora, ni del momento presente, y su contraste con asignar a las “izquierdas” una especie de credencial innata de honradez, moralidad y asepsia –por principio y sin necesidad de pruebas- es lo que me ha sugerido poner hoy este rótulo de “Divinas izquierdas” a mis reflexiones. Con una pregunta para centrarlas: ¿son “divinas” –realmente- las Izquierdas, o son, como todo “quisque”, un claroscuro de luces y sombras? Este es, ni más ni menos, el centro de mi reflexión de hoy.

“Divinas izquierdas”… Las preguntas siguen alzándose inquisitivas.
¿Se tratará, pues, de uno más de los “mitos” que en la historia se han construido a la medida del sujeto interesado en mitificar y no tanto a la del hombre llamado a recibir su contenido primordial en cristalización de ideales humanos paradigmáticos, positivos, potenciadores de lo “humano” mejor y más cabal? ¿Será cuento, maña o truco todo lo urdido para “divinizarlas”?
La expresión “divina izquierda” o “divine gauche”, históricamente, –en su primigenio sentido- tiene que ver con ese romanticismo –autorreferencial y nominalista- de ciertas ensoñaciones de una filosofía –la orquestada en torno a Sartre especialmente-, en unos alardes ostensiblemente marxistoides, ególatras. exagerados, cuando no falaces, de acaparar o encarnar en ella sola toda la dignidad, la honradez, la transparencia, el acierto, la moral y la ética inclusive….

El mito –ayer y hoy, porque mitos se construyen siempre- es tan humano como desmitificar los mitos falsos lo es también.
Los mitos –cuando no responden a lo que nacieron para enseñar y explicar, o se vuelven fatuos o falsos- ellos solos se caen del pedestal y se mueren sin sentido.

Calificar algo de “divino” -adjetivo exigente donde las haya- es una exageración o pantomima, si se saliera del ámbito de lo simbólico; o si no fuera obra del propio Dios. Y a las ”izquierdas” políticas –generosa y pomposamente- se las llamó “divinas” -la “divine gauche” del referido “chauvinismo” francés- seguramente por aspiraciones más que por realidades; por virtudes soñadas más que por valores democráticos o cívicos ejercidos con verdad y no tan sólo pregonados.

Los mitos, amigos, sólo son mitos cuando se quedan en idealizaciones abstractas o en simbologías paradigmáticas; es decir, cuando se quedan en puros mitos. Así mirados, los mitos son meras idealizaciones, carcasas huecas, estatuas de barro; sólo encarnados y personalizados en realidades de carne y hueso, al tomar cuerpo y forma el ideal que cristalizan, muestran al hombre caminos de vida y perviven en formas circunstanciadas. Así, por ejemplo, el mito de la Antígona de Sófocles, o el de la manzana de Eva en el paraíso o el de Prometeo encadenado a la roca Tarpeya perviven, no como mitos puros, sino como realidades circunstanciadas, históricas, verificaciones de los ideales abstractos que trataron de patentar al nacer.

Nada “político” puede ser llamado, con verdad, “divino”. Y menos, si la política, fuera un “arte” de mentir, en vez del “arte” de gobernar una sociedad. Y harían bien –creo yo- los que tan fácilmente “se divinizan”, “caerse del burro” como suele decirse y admitir lo que, brutal pero con realismo y gracia, aquel canónigo donostiarra, don Bernardo Unanue Ulacia, decía de los santos “ de pega”, esos que, siendo más o menos como todos- alardeaban de santidad y de virtudes. Riendo y con rotundidad propalaba que a “Santo que come, bebe y caga, ¡pedrada!”.

Riendo, digo yo también esto otro. No hay “divinas izquierdas”. Hay “izquierdas” que, si son respetables en su decir y obrar, serán dignas; pero no divinas. Como lo serán también, en esas mismas condiciones, las “derechas”, el “centro” o las “periferias”.

Pensemos, de todos modos, que –nunca ni en nada humano- es oro todo lo que reluce. No es un mito, pero casi...
Y pensad también, amigos, que yo no soy, ni me presto a ser, “hombre de partido”: por mi conciencia de la libertad humana. Lo aprendí reflexionando ese pequeño gran ensayo de Ortega y Gasset titulado “No ser hombre de partido”, cuya lectura os recomiendo hoy si, conmigo, habéis dudado de que una “política” pueda, con verdad, ser llamada “divina”•. Ayudemos a desmitificar también este mito falso.

SANTIAGO PAN IZO ORALLO


Noche para soñar - 13- VIII - 2018

13.08.18 | 20:06. Archivado en Acerca del autor

Noche, la pasada, de “perseidas”, de estrellas fugaces y “lágrimas de san Lorenzo”. Noche sin luna, pero radiante de mil fulgores, haciendo y bordando piruetas de luz azogada por la entera bóveda del cielo. Noche para soñar.
Cuando, al terminar el partido de fútbol celebrado en Tánger, intentaba seguir sus arabescos y cabriolas siderales, mi pensamiento se iba tras ellas con el deseo de ir más allá de sus fulgores y sospechar –aunque sólo fuera sospechar- lo mucho que ha de haber detrás de los arabescos y las cabriolas de tanta estrella.
Y el hecho de mirar al cielo en la noche oscura con esta sospecha me desataba las alas la imaginación y, aún sin pretenderlo, soñaba….

No hace muchos días, mis reflexiones fueron sobre fantasías y verdad, y marcando contrastes de los sueños y las fantasías con la realidad, entre vivir soñando y soñar despierto, remedaba la rima de A. Machado, tan sugerente y viva, de que “si vivir es bueno, es mejor soñar; y mejor que todo, madre, despertar”; con ese complemento, aún más realista y vertebrado, de que “tras el vivir y el soñar, está lo que más importa, despertar”. Como también decía que cuando la vida y conducta son guiadas por sueños y fantasías, por “improntas” y primeros impulsos, por sensaciones y voluntarismos, muchos enteros de cordura y razón emigran del horizonte humano. Claro que, para evitarlo, estaría el remedio del poeta: despertar y no quedarse en los puros fantasmas.

¿Lo recuerdan? Murió no hace mucho. Stephen Hawking, el científico tullido y en silla de ruedas , que –superando sus deficiencias y traumas- tanto hizo por las ciencias del cielo, al ser preguntado si, en sus geniales excursiones siderales, había visto a Dios, se había encontrado con Él o había observado sus huellas, respondió que no. Que no se había encontrado con Dios, ni hallado huellas suyas.
En verdad, no es necesario irse tan lejos, ni a caballo de la ciencias de los astros, para descubrir huellas de Dios. Están a tiro de piedra de nuestras ventanas. Qué digo!, las pisan nuestros pies, van con nosotros y dentro de nosotros y sólo hace falta sensibilidad humana, miradas cuidadosas al fondo insobornable que hay en todo hombre, para verlas e incluso palparlas. Es posible que el gran científico de atrofias múltiples no tuviera mucha vista para esta cosas que, por parecer tan poco a muchos, se consideran de poca monta intelectual.

Es una verdad también, de esa ley de lógica natural que abona la congruencia de las cosas, que quien no busca no encuentra. Y menos encuentra todavía quien, al buscar, reduce voluntariamente los espacios de su búsqueda.
Además, hay muchos intereses, difusos o no tan difusos, empeñados en no buscar ni encontrar a Dios. Mejor aún: hay muchos intereses –de filósofos, de políticos o hasta de gentes nimias para las que Dios pudiera ser el único patrimonio vital- volcadas en echar a Dios de la vida y de la sociedad.
¡Qué quiso ser en su auténtica verdad la filosofía moderna de la “muerte de Dios” sino un vano empeño de hacer del hombre un “dios”, o cuando menos un “ídolo” que ocupara el puesto que Dios –de una u otra forma visto en toda la historia del hombre? Cuando Nietzsche decía que “Dios ha muerto”, sus seguidores le completaban diciendo que “si Dios ha muerto, “yo soy Dios”.

Al asomarme anoche, tras el partido de fútbol, a la terraza de casa y observar luz y movimiento en al arco celeste, no me quedé preso de las cabriolas y el zigzagueo, mayor que otras noche, de las estrellas. Subí más alto y soñé. Y lo hice –cómo no!- con las mismas letrillas con que otro gran buscador de Dios, Antonio Machado, el poeta de mis amores que me hace pensar siempre que lo leo, juega a paradojas de enigmáticos sentidos, pero inteligibles y asumibles por quienes de verdad aspiran a buscar a Dios y quieren hallarlo:

- “Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñçe que ios me oía.
Después soñé que soñaba…”
- “Ayer soñé que oía
a Dios gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía
Y yo gritaba: ¡Despierta!”

Tiene, a mi ver, mucha miga este juego enigmático que pinta en sus rimas el poeta y que es el que, a diario, nos traemos los hombres y Dios; sobre todo para quien sepa leer entre las líneas de estos Cantares algo más que rima o ingenio. No se olvide que A. Machado fue, toda su vida, un incansable buscador de Dios.
Tampoco olvidemos que sólo quien busca encuentra, si se empeña en buscar, y sobre todo si no cierra los ojos a la menor brizna o huella de lo que anda buscando.

Otro gran buscador de Dios, éste –además- torturado toda su vida por problemas de fe, al pretender –orgulloso de su mente- meter a Dios entero dentro de su cabeza, el rector de la universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, nos dejó plasmada en su Diario íntimo, esa, más que portentosa, idea que ayuda a descifrar, mejor que un libro abierto, el misterio de una existencia como la suya, tan plagada de ambivalencias ante “lo divino”. ‘Cuandio rezo -es su idea- reconozco con el corazón al Dios que rechazo con la inteligencia’. Es, a mi ver, bastante más que una ocurrencia y más que una idea; es teología viva pasada por el tamiz de toda una experiencia traumática. En eso preciso de vivir la necesidad de Dios, sentida en el corazón humano, quizá más que en la mente, la voluntad o la libertad, fue sin duda Unamuno un experimentado profesor y maestro.

Si es difícil -como creo, aunque sólo sea con rudimentos de psicología en las manos- que un científico ególatra busque algo más que a sí mismo tras quemarse las cejas, apretarse los codos y puños en la mesa o la sien o calibrar dosis con las probetas de un laboratorio, no será, sin embargo, imposible ajustar la cabeza y el corazón, acompasarlo a la razón y la ciencia o la técnica para buscar y encontrar a Dios. No pocos lo han hecho y, aún hoy, no faltan quienes –a pesar de sus mentes lúcidas o sus liberales quereres- no rehúsan aceptar ese realismo tan palpable de que “el super-hombre”, o no existe, o no es el que se diviniza a sí mismo, sino el que –tras la conciencia de la patente menesterosidad humana- sabe a ciencia cierta que nadie, de tejas abajo, “lo es todo”.

Y como saben mis amigos que, desde mucho tiempo ha, soy devoto y un fervoroso declarado de Ortega y Gasset, esta vez –para seguir evocando de día la noche mágica de las “estrellas fugaces”- me voy a releer con calma, su espectacular ensayo titulado Dios a la vista. Tampoco fue Ortega un “meapilas”, como nunca fue ni “anti” ni malsano con la religión, aunque mantuviera reservas ante algunos jactanciosos de practicarla. Y en cuanto a él –pienso yo-, a pesar de su orgulloso y vano empeño por meterse a Dios entero dentro de su cabeza, aunque fuera la suya una cabeza privilegiada, de haber observado anoche el baile de las “perseidas”, hubiera ido seguramente más allá de los giros y los guiños azogados de la luz; y, aunque no fuera adicto al “Dios cristiano”, que es el del Evangelio de Jesús, no hubiera confesado tan rotundo como Hawking haber cabalgado por los espacios siderales sin haber observado ni rastro de Dios.
Poca vista pudo ser lo de Hawking. La tuvo mejor, aunque no fuera plena sino más bien táctica o egoísta el ateo Voltaire cuando escribió a un amigo que “si no hubiera Dios habría que inventar uno”, o cuando mostró el deseo de que sus criados fueran creyentes porque de ese modo le robarían menos y le atenderían mejor.

A mí, personalmente, en baile de ayer de las “estrellas” fugaces me ayudó a soñar en la noche y a enhebrar estas reflexiones la mañana siguiente.
Iluso? Crédulo? Papanatas? No lo creo. Pero usted es muy libre para creerlo.

Noche para soñar la de ayer: Dios a la vista otra vez.

SANTIAGO PANIZO ORALLOO

FLASH VIVO
AL AIRE DE MIS REFLEXIONES Y PUNTOS DE VISTA.

He de confesar -a los que me lean- que yo no escribo para polemizar con nadie.
Escribo sólo para decir lo que pienso, por si a alguien le pudiera servir de algo; procurando -en lo que pudiere- razonarlo a mi modo; es decir, en la medida de mis posibilidades.
No me cuido excesivamente de réplicas, salvo que me ayuden a pensar mejor, y, menos aún, de “boutades” o extravagancias. Y en todo caso, según a quién y en qué. Nunca es una tontería reservarse el llamado “derecho de admisión”.

La libertad –aunque no lo dijera como lo dice Cervantes en El Quijote es, sin duda, “un don del cielo”

S.P.O


La "marca España" somos tú y yo - 10-VIII-2018

12.08.18 | 16:37. Archivado en Acerca del autor

“Oyendo hablar un hombre, fácil es
saber dónde vio la luz del sol
Si alaba Inglaterra, será inglés
Si reniega de Prusia, es un francés
y si habla mal de España... es español.

- - - - -
La “baja autoestima” de los españoles es noticia estos días y, en un primer momento, objeto de comentarios –no siempre benevolentes y sobre todo ecuánimes- en los foros y mentideros del país.

Al parecer de una reciente estadística, España y los españoles somos uno de los colectivos con la más baja autoestima del continente. Que nos tenemos en menos de lo que somos; que nos va bien un discreto masoquismo y disfrutamos poniendo cara de bobos o pánfilos ante cualquier demostración de los extraños por vulgar o cretina que fuere; que “lo nuestro” -a fuerza de repetírse nos lo hemos creído-, por bueno que sea o parezca, siempre será menos que “lo de fuera”.
Parece como si –al asomarnos al exterior- nos invadieran los complejos y tuviéramos envidia de la flema de los ingleses, de la estólida cordura de los alemanes, o del modo como estornudan los lapones o los suecos, que, por cierto, en nada se diferencia del modo hispano de estornudar. Como si lo nuestro –nuestros ríos y montañas, nuestro sol y nuestra vida, nuestros literatos e inventores, nuestras catedrales y castillos, nuestros descubrimientos y gestas- fuera nada o muy poco al lado de lo que otros pueblos son y tienen.

¿No es cierto que algo de verdad hay en este “cliché” que de nosotros mismos tenemos, cuando nos comparamos con los de fuera, sobre todo si son europeos o americanos del norte?
¿No es verdad que esta “baja auto-estima” contribuye a que los demás se envalentonen y nos miren por encima del hombro como si en muchas cosas ellos no fueran tanto o más pigmeos o cretinos que nosotros?
Esos complejos ¿no nos inducen estúpidamente a una especie de fatalismo senequista, de aceptar -resignados- que nos tengan por lo que no somos?

Pero como no es cosa, ni de predicar “cruzadas” redentoras, ni de evocar más de la cuenta la serie de los posibles complejos adheridos a nuestra famosa “piel de toro”; y como tampoco se trata de hacer panegíricos alocados a nuestras virtudes y potenciales –quitando algo de aire a la fuerza de la estadística en cuestión-, tres o cuatro ideas pueden ser suficientes para reflexionar un poco sobre este síndrome, que puede muy bien ser considerado uno de nuestros varios “demonios nacionales”, que nos tientan y nos vencen, sin tomar en cuenta que, a otros, les tientan y vencen los suyos propios.

Esta historia nos viene de lejos y posiblemente debamos rebobinarla para sazonarla con razones y no con emociones o vísceras. Anotemos, de todos modos, al comenzar que, cuando se habla de España y de los españoles, hay que andarse con cuidado para no dejarse llevar ni de un entusiasmo triunfal ni de un derrotismo estéril. El justo equilibrio estará, como siempre, en ese “término medio” que, desde Aristóteles, se viene predicando por la filosofía. Tan malo es el pecado de “creerse” más que los otros que el de tenerse por nada o poco más.

Que España y los españoles hemos hecho grandes cosas en la historia del mundo es archisabido.
Que España y los españoles, en esa misma historia, hemos sido objeto predilecto de envidia por quienes no eran Imperio entonces; ni habían descubierto nuevos mundos; ni llevado a las Américas lo mejor de sí mismos –con algunas cosas menos santas y algunos errores que no eran -ppr otra parte- nuestros en exclusiva,- también se me antoja claro.
Como no lo es menos que esa ”envidia” -que, como toda la envidia, tiene la faz lívida, es atrabiliaria y ni come ni deja comer- cayera en Leyenda Negra al ser orquestada por tantos; por la “doble personalidad” del obispo de Chiapas, elogiado más de la cuenta y razón, por nuestros perseguidores; por los afligidos –allende nuestras fronteras- con la verdad insigne de que “en España” nunca se pusiera el sol”.
Tan insana y falsaria “leyenda” no fue tanto cosa nuestra –solo en parte lo ha sido-, como de toda una “tropa” de conjurados resentidos y envidiosos – y de toda laya y fuste: franceses, ingleses, flamencos y valones, protestantes y el largo etcétera de todos los que, ayer y hoy, desde hace siglos, se encargaron, con saña siempre y a veces con harta malicia y falsedad, de tender, en torno a España y los españoles, una implacable, tupida y abusiva, en casi todo, estela de negra sombra, que, a más de opacar nuestra fisonomía, nos ha cerrado parte de los caminos por donde teníamos derecho a ir.
Aceptarlo por nuestra parte es, o hacer el juego a los que nos odian y nos dedican sus resentimientos, o dar el “visto bueno” a unos complejos, que no hay razón alguna para tener.

Que tenemos defectos, ¡quién lo duda!!! ¿Es que van a tenerlos solamente los que nos denigran? Entre otras cosas, somos locuaces más de la cuenta; fanfarrones a veces; pícaros cuando se tercia. Es verdad.
Pero nuestras virtudes no son menos ni menores que nuestros vicios.
Que aprendimos a ser tolerantes, antes que nadie y mucho más que otros, tras siete siglos de convivencia forzada con otras ideas y con otras creencias. Porque no se luchó -en los siglos de Reconquista- contra la religión de los “moros”, sino contra unos invasores de nuestro territorio. Y hasta en nuestras Leyes de Partida está escrito y mandado que la fe en Dios ha de ser libre o no es fe verdadera. Y escritores de la Hispania verdadera, como el mallorquín Ramón Llull, legó a la cultura de Occidente, con ese genial librito titulado Diálogo del gentil y los tres sabios, lecciones tan magistrales de tolerancia y libertad religiosa, que debieran aprenderse –ahora-, por patriotismo al menos, algunos de nuestros laicistas, para saber distinguir bien entre –porque no lo saben- entre laicismo –que es intolerancia y totalitarismo- y laicidad, que es respeto a la conciencia y a las ideas de todos; debiendo a respetar todo eso y algo más los que nos mandan.

Es verdad, como expresa J. Marías en sus ensayos sobre “los españoles”, que, siendo fáciles en aventurar la vida por los más graves y nobles ideales, somos remisos en darla por las cosas pequeñas y cotidianas; esas en que, con las grandes y heroicas gestas, y a pesar de su menor apariencia o brillo, se radica la plena grandeza de las naciones. La baja entidad o calidad en unas u otras restaría quilates al pedigrí completo de los españoles.

Somos “cainitas” con demasiada frecuencia, como se puede ver en esa famosa estrofa de Joaquín Bartrina que preside estas reflexiones.

Siendo “largos en facellas”, somos “cortos en contallas”, tacaños en aplaudir lo nuestro y embobados ante lo que hacan, dicen o pontifican los demás. Este dichoso “plebeyismo” que resalta y censura Ortega al decir, en uno de sus ensayos magistrales –el dedicado a zaherir las democracias morbosas-, hace estragos entre nosotros y lo traduce en la frase del comienzo del ensayo: “Las cosas buenas que por el mundo acontecen tienen en España solo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna”.

En fin, creo firmemente que el “orgullo” de ser español es perfectamente parantonable al de ser inglés, francés o sueco, si no más…

Y aunque –aún ahora- gentuza como –no hace tanto- el impresentable Sr. Torra Pla nos dedique una sarta de insultos que ya nadie recuerda ni se tienen en cuenta por quienes, anhelando poltronas, no tienen inconveniente en pactar con él y sus afines, sabido y cierto es lo que el “chascarrillo” vulgar anota: que “cuando el burro se finge caballo, tarde o temprano rebuzna”. Esperemos frutos de los diálogos de sordos y veremos cosas apabullantes; eso si, muy bien vendidas.

En fin, que debiéramos ser inconformistas para no ser ilusos y no debiéramos nunca olvidar que todas las “leyendas negras” tienen dos caras como las falsas monedas: el anverso, que es la media verdad y el reverso que es la mentira completa.

Y para cerrar, esto más.
No tanto con nuestras naranjas y nuestro sol, con nuestro folklore o nuestros monumentos ha de hacerse la “Marca España”. Es ante todo con el culto a los “valores” que nos han hecho pueblo y nación –no pueblos y naciones como algunos sueñan despiertos- y que nos han ahormado a lo largo de la Historia entera de España como ha de hacerse la “Marca España”.
Sin “baja” ni “alta” estima; con la estima justa que nos libre de ser fanfarrones y nos evite ser idiotas.
Esa estima justa que parece poco y es tanto a la hora de madurar los hombres y los pueblos.
Ser “Marca España” ha de ser un honor y un reto para los españoles
Y cuando nos insulta impunemente el Sr. Torra Pla o cualquier otro necio de fuera o de dentro, el orgullo de ser español –equilibrado y serio, a pesar de las naturales sombras será un primer activo de la “Marca España”. Como lo son las medallas de oro de nuestros deportistas, la garra y tesón de Nadal o el discreto encanto de la medianía que, en esta España de hpy, se decide por hacer lo que se debe hacer: desde ser padre o madre a secas, o joven capaz de ir o nadar contra la corriente, o un cualquiera que, ante la Tv o las propagandas, no se queda en “pazguato” acrítico como nos hemos quedado durante siglos ante la Leyenda Negra.

Eso también es la “Marca España”. Tu y yo podemos ser esa “marca” y no tan sólo las naranjas de Valencia o los Toros de Guisando.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "fadha" - Entre ser "facha" y ser "farsante" 9-VIII-2018"

12.08.18 | 16:33. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "facha" - Ser "facha" y ser "farsante" - 9-VIII-2018

12.08.18 | 16:27. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El aborto y el "facha" - Ser "facha" y ser "farsante" - 9-VIII-2018

12.08.18 | 16:27. Archivado en Acerca del autor

Al oír este día que el Senado de la R. Argentina ha rechazado por un puñado de votos -38 frente a 31- la ley del aborto –eufemísticamente llamada, para despistar, de “interrupción del embarazo”- me imaginé dos tipos de sensaciones cabalgando al aire de ideas y sentimientos encontrados: la una de alivio y gozo; la otra de decepción o tal vez rabia.
La de alivio salía de las filas de los millones de hombres y mujeres para quienes la vida humana es “algo sagrado” y, por donde quiera que se mire, una cuestión de justicia. Toda vida humana, la de un mendigo como la de un millonario, la de un anciano decrépito y la de un subnormal, la de una mujer cualquiera y mäs todavía la de un niño -el de dos años o el de cuatro y de seis-, y también la de ese feto o embrión que, aún sin haber visto la luz del sol, tiene derecho a la vida, por más que se inventen artificios, conveniencias o baratijas de argumento para negarlo.
La otra, la de la decepción y rabia, se levanta de las filas –a sí mismas llamadas “ilustradas” y “progresistas”-, para las que esta votación fallida de aborto libre hasta las 14 semanas de gestación representa una injusticia y un retroceso cultural.

He de confesar que soy anti-abortista convencido; es decir, con razones de apoyo a lo que pienso y defiendo; y no tanto unas razones que me puedan venir de las creencias religiosas cuanto por tener de la persona humana y de su dignidad insobornable el más elevado concepto, y no utilitario y de ocasión tan sólo.
He de añadir que sería un “farsante” si, teniendo estas convicciones, las escondiera y no las manifestara por miedo, interés o frivolidad. Como bien dice Ortega y Gasset en elogio de su amigo y gran escritor también, don Pío Baroja, no sólo el que defiende “exuberantemente” unas opiniones que en el fondo “le traen sin cuidado” es un redomado farsante, sino también lo es –y no de una especie menor- el “hombre que tiene realmente esas opiniones pero no las defiende y patentiza” (cfr. El fondo insobornable, en Ideas sibre Pío Baroja, El Espectador I, B.N. Madrid 1943, pp. 100-101); con la coletilla de que, “para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad”.

Asombran las “medias verdades” -creo, y no sólo yo lo creo, que la “media verdad” es un buen sinónimo de la mentira-, con que, para justificarse, jalean los abortistas sus afanes contra la vida, en alardes hipócritas muchas veces y en otros casos ajenos y hasta ofensivos para la ciencia y la razón, que dicen alegar para defender sus posturas. La verdad, tampoco es cosa de darles excesivo “chance” o “cancha” racional si se trata de cosas en que se ven primando las emociones o las ideologías sobre la razón.

Que la mujer es dueña absoluta de su cuerpo y puede hacer lo que quiera de todo lo que haya o ande por él, es cosa que no resiste la menor crítica: ¿tiene acaso la mujer sus manos para dar bofetadas o sus pies para dar patadas a los demás?
Que, científicamente, no está demostrado que haya vida humana desde la unión del óvulo con el espermatozoide…. Otra solemne falacia, al menos ética y antropológica. ¿Es que se puede parangonar el “iter vital” de un ser humano con el de una musaraña, un conejo o un ratón? ¿Es que, en la incertidumbre o duda de “liquidar” a un ser humano, se puede ir contra la vida? ¿Puede un cazador, envuelto en la niebla, disparar contra lo que se mueve ante él sin antes pararse a discernir si se trata de un ser humano o de un orangután o ciervo? ¿No será homicida ese cadazor que, a quemarropa y sin pensarlo dos veces, dispara al bulto?
El aborto es cosa de progreso, dicen otros. Es cultura de tiempos modernos. Es progreso. Y las naciones que no lo tienen ya en sus ordenamientos son excepciones a una regla general que se va imponiendo. ¿Es que la llamada “ley de las mayorías” puede ser, en democracia, otra cosa que un recurso técnico para no estancarse en una ingobernabilidad de hecho? ¿No llama Ortega “craso error” a tomar la opinión de ocho sobre la de dos, cuando, como dice, en ocho es verosímil que se den más necios o imbéciles que en dos? ¿No fue Clemenceau el estadista que dijo que, cuando quería resolver un asunto pronto y bien, buscaba a la persona especializada y honesta, pero si querìa diferir o ganar tiempo, nombraba una comisión?. El gran Montesquieu, al propulsar la “ley de las mayorías” como principio democrático, no pretendía hacer de ella un criterio de verdad, sino de mera gobernanza, lo que es bien distinto, sobre todo cuando se sabe –por boca del propio Ortega- que casi siempre el pensamiento político es un “pensar utilitario” y por eso “el imperio de la política es el imperio de la mentira”.
¿No será, por otra parte, incongruencia y ausencia de lógica o dislate llamar progreso a la abolición de la pena de muerte y dar vía libre a esta otra pena de muerte, nada menos que a un inocente que no se puede defender ni chillar siquiera, y llamarla también progreso? Y si esa doble vara de medir la usan unos mismos “progres”, no serña, además de falta de lógica, cara dura, indignidad y juego sucio nada menos que con vidas humanas?

Una de las más aviesas falacias en materia de abortismo llega a la historia moderna revestida de un anticlericalismo falso y rancio. El antiabortismo –dicen muchos- es cosa de curas y de Iglesia. Yo no lo creo. Pienso que, más que estricta cosa de iglesia y de curas, la oposición al aborto es “cosa de hombres”, por tener sus más profundas raíces en las entretelas de la condición humana. Me atrevería a decir incluso que la Iglesia no se opone al aborto por ser Iglesia de Cristo –que también por eso-, sino por humanismo, por ser liberadora y promotora de todo lo humano digno del ser hombre, hasta de la belleza de cosas que a veces despreciamos los propios hombres.

Como no es cosa de seguir con argumentos y razones porque no creo que la defensa del aborto se base en auténticas razones, y menos de ciencia y verdad, para cerrar estas reflexiones, vayan tres pensamientos y una observación final.

-Don Julián Marías culmina su ensayo titulado La cuestión del aborto –que publicó el diario ABC del 10 de abril de 1994 y reprodujo el 21 de diciembre de 2007- con esta puntiaguda nota final: ¿No estará en curso un proceso de «despersonaliza¬ción», es decir, de «deshomini¬zación» del hombre y de la mu¬jer, las dos formas irreducti¬bles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida huma¬na? Si las relaciones de mater¬nidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna sig¬nificación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generali¬za, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe has¬ta cuándo, esa misma condi¬ción humana? Por esto me pare¬ce que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final”.
Don Julián Marías fue un intelectual católico que jamás hizo farsa con su religión: No era un “meapilas” ni de lejos, sino un creyente serio y racional. Quien haya solamente ojeado sus obras, las referidas a la religión sobre todo, lo podrá fácilmente comprobar.

- De don Antonio Machado es este aforismo: “La verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”. ¿Era “canijo” acaso don Antonio Machado o “merapilas” tal vez?. La “media verdad” es parienta próxima de la mentira. En ningún caso, es la verdad.

-Oriana Fallacci publicó un librito que se titula Carta de una madre al hijo que no nació. Cuando lo leí por primera vez en italiano, se ratificaron todavía más mis convicciones anti-abortistas. Y tampoco era ella “meapilas” y no rehúsa, sin embargo, siendo una mujer libre y suelta, llamar a las cosas por su verdadero nombre.

Es posible, verosímil, muy probable y casi seguro que alguien, al verme pensar, hablar o escribir estas cosas, se anime a llamarme “facha” o “carca”.
“Facha” –y sus sinónimos lo mismo- es palabra-comodín, del vocabuario de algunos que –no teniendo, ni garbo para dar la cara, ni razones para rebatir opiniones distintas de las suyas- salen del paso con el “exabrupto” del socorrido insulto y se quedan tan “anchos” creyéndose intelectuales o demócratas de toda la vida.
De todos modos, que no se preocupen los susodichos, ni se priven. Llámenme, si les pete, “facha” o “carca”; porque, como en el mus, las palabras no hacen juego y “a palabras necias, oídos sordos”, como enseña el vulgo; y porque, además, si ser y mostrarme contrario a matar la vida de un ser humano, cualquiera que sea, fuera equivalente a ser “facha” –que no lo es-, me avendría con gusto a serlo o ser llamado “facha”. Prefiero ser “facha” de nombre a ser “farsante” profesional de plena o incluso parcial dedicación. Por lo que “tutti contenti” y hasta más ver!!!

Y a mis amigos, finalmente, mi gratitud, por leerme y por si se avienen a decirme lo que piensan sobre el aborto o sobre otras cosas de pro. Que las hay

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Contracorrente - El criterio de "Lo malo conocido" 8-VIII-2018

08.08.18 | 20:34. Archivado en Acerca del autor

Contracorriente. El criterio de “Lo malo conocido”
Los “navajazos” –amigos- se estilan y se reparten gratis en todas partes. En las familias y hasta entre hermanos; en los pueblos y en la ciudad; incluso en la Iglesia y entre creyentes; en la política no digamos y la universidad, también. Y quizá estos últimos citados navajazos sean de los más salvajes y despiadados que se conocen. Porque los suelen propinar “gentes” que, por su preparación y condiciones, debieran tener y saber gestionar razones para ser menos sádicos o atrabiliarios. Pero no….. Parecen remedar la idea de Voltaire según la cual, a más progreso, mayores y más acerados medios a mano para destruirse o matarse entre sí los seres humanos.

Esta mañana era más de lo mismo en lo del “affaire” Casado. La inanidad del tema –para quien sepa lo que es un “master” equivalente a los antes llamados “cursos de doctorado”- roza el ridículo o, quizá mejor, las lindes de la saña y el odio la recalcitrante machaconería de los “galgueros” que azuzan a los que acosan estos días al político conservador. Se vislumbra un acoso endiablado y pertinaz, como de obsesos. Hasta por decir que, en un país civilizado y serio, no son posibles racionalmente los “papeles para todos” -y eso lo ve hasta el “tonto del pueblo” –que siempre hay uno, o justamente o aviesamente llamado así-, le han echado encima esos mismos “galgueros” el “sambenito” de “racista”. Cosa que asombra –a mí, al menos-, porque “racista” es el que odia a todo “otro” que no sea él mismo o el de su pandilla o clan; y no lo es –ni de lejos, sino todo lo contrario- el que –“amando al prójimo”, quien quiera que sea- no lo mete atropelladamente en casa, sino que, antes, se ocupa en darle la mano, la palmadita en la espalda, le quita los mocos si viene con ellos y le da jabón para que se lave las manos antes de sentarlo en la mesa; es decir, no se puede llamar “racista” el que racionaliza -como ha de ser entre seres humanos- la acogida al emigran te.
Mis amigos me entienden. Quizás los “galgueros” me llamen también “racista” o “facha”. Todos los “galgueros” de la tierra –aunque tampoco tengan capacidad sobrada para “hacer un máster”- la tienen abundante para repartir esta clase etiquetas, que suelen ells mismos, además, patentar a su gusto y medida. Merecería la pena verlos aceptando en su casa la visita, aunque sólo sea visita, de uno de estos inmigrantes, si le dan la mano y la palmadita en la espalda antes de sentarlo a la mesa, si faltaren los focos de la Tv o el coro placentero de los cronistas del lugar y de fuera Veríamos...!!!.

Desde que tengo uso de razón, creo en la “política”, pero no en los “políticos”; al menos, no creo en los “políticos” que llamaría “profesionales”, los que van a la política para “medrar” ellos..
Y no creo en “los políticos” por dos razones. La primera, porque, generalmente –como los conforma Ortega en los primeros compases de El Espectador – en Perspectiva y verdad-, son asíduos del “reino de la mentira”, al identificar la utilidad con la verdad y llamar “a la utilidad verdad”.
Y la segunda por la enseñanza y cordura de mi viejo y recordado amigo –notario francés y hombre cabal por cultura y sensatez- Carlos de Launet, que tantas veces me recordó el consejo que, de niño, ya le daba su abuelo, resabiado, como tantos, del cuento de los “políticos”: “Hijo mío; cuando hayas de votar, nunca votes a favor; vota siempre en contra”; es decir, al que menos te disguste, sea de la facción o de las ideas que fuere. Que, al fin y al cabo, como ningún politico te va a llenar o convencer del todo, echa antes tus ideas, tus criterios y conveniencias que sus ideas o ficciones.
Las dos razones me convencieron siempre. Y de hecho, nunca me presté –por decoro de la libertad- a ser “hombre de partido” También en esto, aprendí de Ortega, que aconsejaba “no ser hom bre de partido”. Sólo es cosa de libertad interior. Que me den ideas bien está y las aceptyo; pero las razones las he de poner yop. Será una manía, pero esta no me parece del todo mala.

Y por eso, además, porque la sabiduría del pueblo -esa que se da cristalizada en media docena de palabras o en recetas cortas y puntiagudas-, es casi siempre más pragmática que especular –como la Política ha de ser- me avengo a recordar, en estas reflexiones, que suele ser más y mejor “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Por qué razón? Muy sencillo; porque de “lo malo conocido” te precaves tú mismo, como del arañón que ves a la puerta de su tela; mientras que “lo bueno por conocer” puede ser lo muchas veces es un pájaro volando….

Pero, ¿a qué viene todo esto en un día como hoy, con “las calores” rebobinadas ya en “los calores”, con el R. Madrid ganando a la Roma y la Carolina Marín emulando intrépida a la no menos intrépida Agustina de Aragón o a la Monja Alférez con sus tres coronas de campeona del mundo en un deporte raro pero serio y duro?

Por instinto de conservación o afán de supervivencia. Por una reacción natural ante la desmesura y el juego sucio de los que, censurando –como hacen- todos los acosos habidos y por haber –a niños, doncellas, mujeres, y otros acosos denigrantes y bajos, hasta los hechos a los perros y lobos- no tienen inconveniente es ser ellos mismos acosadores, aunque no venga a cuento y sólo porque odian o llevan ganancias, sin dignarse siquiera mirar hacia sí mismos y ver si sus “masters”, sus “tesis doctorales”, sus “pomposos librillos” o sus gestos sin pizca de sustancia todavía merecerían –incluso con mayor énfasis o fuerza- ese mismo género de acoso.

Por cierto, me incitan hoy a tamaña reflexión dos señoras que, ante el espectáculo circense de los “galgueros” azuzando al Sr. Casado, decían a una las dos: “No pensaba votarle; pero, después de esto, sin duda lo votaré”. No mentaron lo que “lo malo conocido” que, a veces, vale más que “lo bueno por conocer”, pero se veía que iba en el fondo de sus palabras. La sabiduría del pueblo –aunque sea en forma o modo de paradoja- ¿no lleva consigo más sabor a democracia que la caza dfe los “galgueros”?

El “derecho al pataleo” –uno sin duda de los más sagrados e inviolables derechos del hombre- tiene y lleva cons¡go esta resulta: que encabrita.
Y si –además- hasta la jueza en cuestión hace cabriolas o se columpia con los indicios y las hipótesis para enredar el tema, la salida es la de las dos damas en cuestión: tomarse la justicia por la mano, lo que sólo es legítimo en estados de necesidad. Para ellas, el de este acoso lo es; Tal vez para muchos otros, también lo sea. Porque las ideas y la razón son mucho en los hombres, pero no lo son todo. Palabra que no lo son todo, al menos para mí: hasta las uñas de los pies cuentan en el hombre, y las muelas, y el riñón; sobre todo si duelen, pueden hacer que duela el alma ….

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La sombra del asesino - 6-VIII-2018

08.08.18 | 20:25. Archivado en Acerca del autor

La anécdota con que quiero lastrar hoy mid reflexiones es evocadora sin duda. Puede serlo de un “sinsentido”, el que representa el “mundo del revés”; aunque no sea eso lo que yo quiero evocar con ella, sino sólo ascendentes y expansivas sensaciones. Según se la mire, será una cosa o la otra.
Que “dos y dos sean tres”, como exige ese mundo invertido, y no “cuatro” como mandan el buen sentido y la verdad, es algo de lo mucho que expresa la anécdota que prometo es algo de lo que hoy se nos quiere hacer tragar desde foros menos ilustrados de lo que quieren aparentar. Opero “dos y dos” deban ser “cuatro”, mál que pese a ciertos “ilustrados”.
Se cuenta de uno de los filósofos idealistas y estratosféricos de los ss. XVII y XVIII, Georg Wilhelm Friedrich Hegel. En vida todavía, un crítico le hace notar, al examinar sus teorías: “Maestro, lo que Vd. dice no responde a los hechos”. Hegel, después de mirarle, lapidariamente le contesta: “Pues peor para los hechos” (cfr. J. Hervada, ¿Qué es el matrimonio? En Ius Canonicum, vol. XVII, nro. 33, enero-junio 1.977, pags. 17-32).

Arrancan estas reflexiones de hoy con idea de resaltar lo grotesco que puede ser –en el orden de las magnitudes reales y no de las utopías o los idealismos feraces- mantener que no ha de ser nuestro pensamiento el que ha de amol¬darse a la realidad, sino que es la realidad la que debe configurarse al gusto y criterio de nuestro pensamiento. En esta filosofía se radica uno de os peores males de lo tiempos y es causa de muchas de nuestras actuales desventuras individuales o sociales.
Pensemos un poco
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Si alargada es la sombra del ciprés como evoca el título de Delibes, es posible que la del asesino no lo sea menos. Y es que su huella, la del asesino, menos benéfica y sobre todo más opaca y patógena que la de los cipreses, oscurece todo lo que toca y y pone hielo en lugar de frescor en quienes rozan cualquiera de sus flecos o perfiles.
No se deja de ser asesino porque se cumpla, en todo o en parte, la condena impuesta por un juez en aplicación de la ley; ni se deja de serlo porque el asesino logre zafarse de la pena o castigo. Ser asesino, como ser contrahecho, ganapán o hijo de perra, se podrá lavar, limpiar o decorar, sobre todo socialmente, cumpliendo la pena, pero raer de la efigie de un hombre el estigma….. no!. Quien asesina, aunque sea una vez, es asesino hecho y derecho, y su historia será siempre la de un asesino, aunque haya matices entre el que purga la pena o se arrepiente y el que recalcitra y se empecina en su bravuconería maleante.
Que una cosa es no tener cuentas pendientes con la ley y otra, bien distinta, es hacer que lo que fue no sea; que los hechos, por mor de idealismos hegelianos, tan pintorescos como estupefacientes hagan de la realidad y de los hechos un producto del pensamiento y no –como es en verdad- del pensamiento, una copia más o menos libre –eso sí- de la realidad; que en ello entratrían las perspectivas, las hipòtesos lo los modos parciales de verdad.

Es la noticia del día. El domingo salía, rodeado de familiares, de una cárcel en Salamanca, en que pasdara los últimos años de reclusión. Rodeado de familiares; erguido e impasible al parecer, para dirigirse a Lasarte, de donde es natural, y después seguir su vida tras los 31 años de internamiento en cárceles de Francia y España, dando de este modo por cumplida una condena judicial de tres mil años con esos 31 efectivos: ni un año siquiera de cárcel por cada asesinato. Sublime reealmente!

Esta realidad, chocante a la razón de cualquiera –ni un año de cárcel por cada asesinato cometido-, es un hecho; que los jueces con su sentencia abonan y proclaman; siendo la misma ley, en cuya virtud se le condena, la que permite que ni una año de cárcel hubiera de cumplir por cada asesinato.

¿Es posible?, se preguntarían hoy atónitos los asesinados si no les hubieran quitado la voz con metralla o bombas
¿Es posible?, gritan hoy a coro los familiares y amigos de los asesinados, impotentes ante unas leyes tan laxas que casi están invitando a quebrantarlas y reincidir.
¿Es posible?, musita hoy también la parte más sana de una sociedad capitidisminuida y hasta ninguneada por asombrosas e irreales ideologías minoritarias, como la del famoso “buenismo” –tan falso como0 el “beso de Judas”-, y, además de eso, sin pulso, anestesiada y a veces cómplice voluntario por omisión.

Pero dejemos al apelado Santi Potros –el seudónimo de guerra del asesino- dándose el gustazo de ver el mundo y su propia historia desde su atalaya de “gudari” heroico -¡qué risa!- y mirando al mundo –el de sus víctimas sobre todo, y que no son tan solo las que están bajo tierra sino también sus familiares y deudos, y muchos más incluso porque a todos los hombres y mujderes de bien llegan de alguna manera las salpicaduras de sus desmanes impenitentes o pertinaces. Que se tome “chiquitos” a su gusto y al del coro de sus cómplices –los que ayer y hoy se han dedicado a coger las nueces-. Y –a la vista de las leyes y los legisladores, de los jueces y de la justicia, de los que le aplauden hoy y de los que le preparan el homenaje de mañana o pasado-, hagámonos la pregunta fundamental: de quién es la culpa de que un asesino, con más de treinta asesinatos a la espalda salga limpio de responsabilidades sociales –no de las otras, que también las hay y no se rigen, gracias a Dios, por estas leyes laxas-; cuál es la razón de que la verdad y de la justicia de verdad tengan que rendirse a la fuerza de unas leyes que permiten estas cosas, por mucho y pos más que la gente de buen sentido, que aún queda en este país, se sienta mal, insegura, injustamente tratada y potreada por una justicia de risa?
Tienen la culpa de ello los jueces que aplican las leyes?
O es más bien la responsabilidad de los legisladores, de los que hacen las leyes, de los que las proyectan y les dan vigor?

Cualquier jurista sabe de sobra que es y ha de ser “la boca” del juez la que “diga” o pronuncie el derecho. Sin embargo, los jueces –por más que ejerzan o practiquen el “ius dicere” por medio de sus autos y sentencias, no dan, ni pueden dar, curso y vigor a las leyes que -por su misión- aplican al caso concreto y controvertido. Las leyes las hacen los gobernantes y los políticos; los gobernantes desde los Consejos de ministros y los políticos desde las planas mayores de los partidos. Y eso, sacar las leyes justas y meter en ellas - sin pasarse, pero sin quedarse atrás, es decir, no más aunque tampoco menos- tiene más miga de lo que parece, en términos sobre todo de madurez tanto política como jurídica y social. Y como esa madurez ni se compra ni se vende, ni la puede dar el dedo todopoderoso del jefe de turno, ni la garantizan “curriculos” engordados artificiosamente, no es será extraño que la mano que hace el derecho sepa de leyes o sociología lo que un cocinero de capar ratones: n ada o muy poco. Y no digamos si los que hacen las leyes llevaran en su punto de mira –en lugar del bien común y de todos- sus personales intereses, los votos, el sillón o la poltrona; o –lo que aún sería peor- sus ideologías con las adyacentes fobias y filias. Como esa, por ejemplo, del llamado “buenismo”, que no suele quedar en otra cosa que en un remedo o edición corregida y puesta al día del cuento de la lechera.

Se ha de respetar a los jueces y tribunales, por principio, mientras cumplan y apliquen las leyes y no se dediquen ellos mismos a enmendar las leyes o interpretarlas más allá de lo que dan de si en su letra y espíritu.
Y no se deberá callar ante los gobernantes y políticos que, al hacer leyes. se escudan tras ideologías o idealismos más higuelianos que platónicos, más sectarios que justos, hasta hacer recordar aquel duro pensamiento que Ortega expone en su Prólogo para franceses, de La rebelión de las masas, cuando dice que “ser de la izquierda, como ser de la derecha, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

Y dejando ya en paz el enojoso tema de la negra y alargada sombra del asesino, de todos los asesinos realmente, vayan –para cerrar- mis reflexiones hoy a dos pinceladas gratas y de tono expansivo y vivaz.

Al regresar de Oviedo esta tarde, de la clínica Fdez. Vega, en que tratan mis males y precariedades visuales, me llama Yolanda, magistrada, antigua alumna donostiarra y espíritu libre donde los haya; no se casa a ciegas –creo yo- con nadie, ni con la ley y la estruja como si de un limón se tratara para sacarle todo el jugo de justicia y razón que pueda llevar dentro (a pesar de los “handicap” anteriormente mentados). Llega –me dice- de Comodo, en Indonesia, de la isla de los dragones, de vérselas con unas inmensas “lagartijas” de más de tres metros que no acostumbran hacer preguntas antes de soltar el veneno. Es intrépida y no vuelve asustada o recelosa sino animosa. Y es que un juez o jueza, viéndoselas con “dragones” así, no hace turismo precisamente, sino más de su oficio y misión.
Y después de Yolanda, Jbor -otro antiguo alumno más reciente; constitucionalista él; y profesor ya de Derecho en un centro universitario. Ibor me llama desde Samos, a donde acaba de llegar tras su etapa de hoy, del Camino de Santiago, en bicicleta. Me envía una foto de ayer, subido, con Alejandro, su amigo, y las bicicletas, al pedregal devoto de la “Cruz de Ferro”, que deja Maragatería y atisba El Bierzo, en pleno Foncebadón. Hoy, me dice, acaban de llegar a Samos desde Villafranca, subiendo hasta el Cebreiro desde Vega de Valcarce, por Herrerías y La Faba hasta olfatear el Santo Grial; y después, por los altos de San Francisco y El Poyo a Triacastela y Samos, en un recorrido vestido, a trechos, de amarillo flor de escoba, de piornos y cantueso, hasta darse de bruces nada menos que con la cuna ilustrada del P. Feijoo, y sus huellas aín vigentes de piedra y pizarra.

Cuando s una mujer de pro, libre y liberada donde las haya, como Yolanda, no le arredra vérselas con dragones que sueltan veneno; y a dos jóvenes modernos y enteros como Ibor y Alejandro no les da complejos tomar una bicicleta y sudar por las empinadas cuestas del Cebreiro y El Poyo hasta Compostela, creo que lo de Santi Potros, o la sombra del asesino, por alargada que sea, merece otro relieve que el de lamentarla y lamentar, a la vez, unas leyes que, por “buenistas” y laxas, desentonan en el concierto de las democracias más limpias de nuestro entorno más próximo.

Este lunes de agosto, al final del viaje a Oviedo, con mi ojo derecho, quejándose aún del asalto de la aguja de la inyección, nos detuvimos unos momentos en El puente de las Palomas, cerca de Pedrafita de Babia y Somiedo, para admirar de nuevo la serena belleza y rima de las brañas babianas, espejeantes de un ya pálido verdor, y oír, a nuestros pies, el ruido sordo y recio del Sil, allí abajo, nunca cansado de pulir el hondón de la roca de basalto y piedra caliza que lleva horadando miles o millones de años, sin pasar un solo día sin hacerlo.

A lo lejos, un pespunte de fulgor cárdeno adornaba el cielo y el atardecer berciano, que, siendo cálido, se perfilaba prometedor y verde esmeralda hasta más no poder.
Ya de noche, contar estrellas es un quehacer casi divino. ¡Palabra!!!

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Fin de semana - Parafraseando agudezas y gracias - 4-VIII-2018

04.08.18 | 20:16. Archivado en Acerca del autor

Si la “paráfrasis” -en gramática- es figura que sirve para interpretar una frase o texto, o la explicación de una sentencia por otra algo más extensa para darle mayor claridad o dotarla de más comprensión, verdad o sentido, este fin de semana –el primero de agosto, en que “las calores” agobian y la piscina o la playa tiran de uno con más fuerza que las ganas de reflexionar o pensar-, “me presta” parafrasear algunas frases, ideas, quizás ocurrencias tan sólo o ventoleras de humo, puestas a la venta como si de productos de buena calidad y marca se tratara.
Y como no es difícil “parafrasear”, ensayemos paráfrasis hoy –este primer sábado de agosto, más hecho para leer poesía, oír música, estarse a la sombra, sorber una “clara” con limón o echarse al agua para mitigar el sofoco.
Una idea u ocurrencia, una frase llamativa o atrevida, una curiosidad atrayente o malsana sean hoy mis citas únicas con la reflexión, en forma de paráfrasis cortas y, a poder ser, vivas, incisivas y con acento.
Parafraseando, pues.

* Anteayer, a primera hora, con sol radiante y lujo de claridades, escuché a un tertuliano decir esto literalmente: “Cuando cierro la mano, la convierto en un puño”. Me hizo pensar.
No hace mucho -en su momento lo dije (era en el Circular a su paso por la plaza de España de Madrid) -un señor decía a la que parecía su esposa o pareja –ahora se estila darse de “modernos” y enfatizar la diferencia entre ambas cosas- que él tenía una mano para saludar y la otra para dar puñetazos… Onservé al señor y mer pareció capaz de hacerlo, más tal vez lo segundo que lo primero.

Se pudiera escribir un libro entero sobre el lenguaje de las manos o la diferencia que va entre la mano abierta y el puño cerrado, entre un saludo y un guantazo, entre las manos racionales de un hombre civilizado y las manos de muchos animales que son zarpa o garra con relativa frecuencia.
Mano abierta, mano tendida, mano alzada, mano fuerte, mano al pecho, manos blancas, manos limpias, mano de santo, etc. son expresiones que cristalizan actitudes benevolentes o de positivo y cabal humanismo. En cambio, la mano cerrada o el puño, la mano sucia, la mano de Judas, la mano armada y otras de parecido corte o signo denotan vicios y ademanes tan negativos que de lo humano desdicen..
Y el puño más en concreto? Simbólicamente, el puño cerrado es sinónimo de agresividad, de odios y ojerizas, de lucha clases o ceños fruncidos, y, por supuesto, de cerrazón para el amor. Porque, si la mano abierta y tendida es mano bien dispuesta al abrazo, a la solidaridad y al don de uno mismo, el puño en cambio, en ristre, en alto, apuntando al cielo o señalando al otro es indicador de culturas de odio y discriminación.

A más de llevarme a pensar, me encantó la frase del tertuliano: “Cuando cierro la mano, la convierto en puño”. Y el puño, en el hombre, salvo en ocasiones como de donar sangre o cogerse al manillar con fuerza en caso de peligro, me pareció pintiparado símbolo de quehaceres de desamor, si no de odios.

** Ayer mismo, la frase que me salpicó el ánimo hasta era una del relato de “cuentas rendidas”, del Sr. Presidente del gobierno, tras dos meses –dos solamente- de tocar la deseada poltrona. Era esta: por fin, “los ciudadanos se reconocen en este gobierno”. Me pareció chocante y digna de otra paráfrasis de fin de semana.
Mi paráfrasis va a ser breve también porque las cosas claras –como decimos los juristas cuando se trata de darle su sentido a la ley- no necesitan interpretación.

Lleva dos meses de rodaje. Sus 60 días más o menos han sido de gestos, palabrería, varios tumbos ya, alguna que otra rectificación, unas estadísticas apañaditas y cantos mañana, tarde y noche. Y –al irse de vacaciones tras los dos meses tn sólo de “curre”- osa decir -a boca llena y con absoluta imperturbabilidad-que –por fin- “los ciudadanos se sienten reconocidos en este gobierno?”

¡Qué ciudadanos!, habría uno de preguntarse. Las ministras y ministros? El señor de las encuestas? El Sr. Torra Pla?. Los que esperan alguna “mamandurria”? Los que aludiera don Francisco de Quevedo y Villegas cuando, en ese portentoso y aleccionador cap. XXXV de su obra La hora de todos y la fortuna con seso, pone en boca del sultán de Estambul que “la necedad del pueblo” es la “seguridad de los tiranos”?

“Festina lente”, Sr. Presidente. “Apresúrese lentamente”. Vaya despacio. Espere un poco y tome aliento. Libérese de las hipotecas primero y, sin hacer tanto gesto y propaganda, ate corto a ministras y ministros locuaces que han de cambiar el día después lo que dijeron de improviso. Piense que los ciudadanos en una democracia de verdad no son marionetas, sino gente libre; y que la libertad –si es de verdad- no suele bailar al son que le marcan otros, sobre todo si a esa libertad no se le han dado más que palabras, gestos o algunos meros indicios. Que las “esclavitudes voluntarias” –tan de nuestro tiempo y cultura, por mano de Tves ideologizadas y de técnicas deshumanizadoras- ya eran un lastre humano degradante en los tiempos de Étienne de la Böetie, el discípulo y amigo de Montaigne.
Espere, Sr. Presidente, a realizar algo más que tomar asiento en La Moncloa; y dentro de ocho o doce meses –porque, aunque sea legal, su arribada al sillón de mando no tiene aún la legitimidad democrática que sólo dan las urnas- haga recuento y no lo dé por hecho, sino pregunte si los ciudadanos de este país “se reconocen” en su gobierno. Y pregunte usted a todos, y no sólo a los de su clan. Eso sería de buen talante democratico.
Y cuando brinde usted por algo que merezca la pena y no por humo, promesas, buenas palabras y ministras y ministros decorosos si -alguno al menos- no perdieran la razón al hablar como ha pasado ya en solos dos meses, le aplaudiremos con las dos manos y hasta le votaremos si antes, como muchos tememos, no nos juegan alguna trastada sus hipotecas y sus deudas con los que nos insultan o lo han hecho gravemente no hace tanto.
Denos usted la oportunidad de ser libres y no quiera vendernos la piel del oso ante de haberlo cazado. Para reconocerse en algo, hace falta bastante más de lo que se nos ha dado hasta el presente. Y yo al menos no me reconozco todavía en su gobierno. Me encantaría poder rubricar su “grandeur” autorreferencial; pero mi razón, por el momento, me lo prohibe. “Festina lente”, Sr. Presidente. Lo recomendaba nada menos que el emperador Augusto, en el apogeo de la grandeza romana; que fue sin duda una verdadera y contrastada grandeza.

*** Mi último punto de paráfrasis es de hoy mismo y lo tomo de un psicoanalista, gran pensador, buen humanista, perspicaz arúspice o zahorí de aguas claras y de caminos humanos en tiempos de crisis, que fuera nada menos de Eric Fromm.

El día de mi Santo, el Dr. Soto –dermatólogo de primera en Donosti y persona también de las que no venden su libertad a precio de saldo, me regaló uno de los libros de Steven Pinker, el que se titula En defensa de la Ilustración, con subtítulo de “Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso”. Al anunciármelo, me picó la curiosidad diciéndome que me gustaría porque la visión que ofrece de la Ilustración de los ss. XVII y XVIII es polémica y extrema sus bondades hasta chocar con evidencias de hoy mismo.
He cemenzado a leerlo y, sin duda, me interesa por las razón del querido doctor; apasiona como apasionan los grandes temas y lo haría más si no aparentara tanta pasión por un fenómeno cultural tan benéfico como, en ocasiones, sectario y unidimensional. Sobre todo, para los que no dudan en afirmar que, desde hace tiempo, la Ilustración se ha quedado “con el culo al aire”, como suele decire vulgarmente, después de las dos guerras mundiales del s. XX, de los genocidios y los Gulag, de los totalitarismos que no cesan, y no digamos nada, ahora mismo, del “yihadismo”, de los alardes del gordito de Corea, de las riadas emigrantes en busca de pan o circo, como ayer y anteayer, o del botón nuclear en las manos de cualquier insolvente. ¿La Ilustración? El panorama que se puede observar con sólo leer cualquier día las crónicas de sucesos ¿da para tirar cohetes en su honor, sin ponerle reparos?

Pero ceremos un rato el libro de S. Pinker y retornemos a Eric Fromm.
Dejando de lado sus grandes libros, que tengo y leo con frecuencia; dando por este momento de mano obras mayores del mismo como “El miedo a la libertad”, la “Patología de la normalidad”, el “Ser y tener”, entre otras, -verdaderos cantos al hombre, a su verdad auténtica y no ficticia, así como a las crisis que lo trajinan sin cesar, ayer leía un ensayito de Pedro Feraud, publicado en la revista Tiempo de Historia –de septiembre de 1.980-, titulado Aproximación al pensamiento de Eric Fromm.
Las 20 páginas del interesante ensayo contienen un buen resumen del ideario de un hombre actual (Eric Fromm murió precisamente en marzo de ese mismo año 1980) sobre las crisis del hombre, la particular crisis del hombre contemporáneo y las vías de posibilidad para que la vida del hombre moderno tenga sentido y sobre todo el hombre tenga porvenir.
De su ensayo La aplicación del psicoanálisis humanista a la teoría de Marx, tomo unas frases evocadoras de nuestra cultura actual, la pos-moderna.
Las refiere Fromm al hombre solipsista de la ciencia y de la técnica, al hombre que llama “homo consumens”, al hombre que sólo aspira a tener y a consumir sin preocuparse de ser. Dice de él: “Cuanto mayor es su poder sobre las máquinas, mayor es su impotencia como ser humano; cuanto más consume, más se esclaviza a las crecientes necesidades que el sistema industrial crea y maneja. Confunde excitación y emoción con alegría y felicidad y comodidad material con vitalidad. El apetito satisfecho se convierte para él en el sentido de la vida; la búsqueda de esa satisfacción, en una nueva religión. La libertad para consumir se transforma en la esencia de la libertad humana” (pag. 76 de la citada revista)
Tan sólo una paráfrasis brevísima de este tercer componente de mis reflexiones de hoy.
Cuando, por las calles, en el autobús o el metro, en las bibliotecas también y en las mismas aulas –lo he comprobado-, los veo, a ellos y ellas –jóvenes, mayores y hasta niños.- con el móvil colgado a la oreja, absortos, extasiados, embobados, riendo y hablando solos como quien dice, y sin duda adictos-, a parte de sentir pena, no puedo por menos de seguir creyendo en Eric Fromm y sus recetas para las crisis del hombre, y menos –mucho menos- en los entusiasmos etéreos que, hasta el momento cuando menos, observo en la obra –que estoy leyendo- de Steven Pinker. Es posible que, al terminar de leerla, cambie de opinión, aunque no lo veo claro, porque “los principios” son “los principios” y no suelen dejarse torcer.

Amigos. Este fin de semana de “las calores” de agosto y el ansiado verano tras días y meses de tanta patología del tiempo –enigmática ella también como la de la “normalidad” de Fromm, que antes citaba-, he querido matar –con mis paráfrasis- más de un pájaro de un tiro. Es posible que, al apuntar a estos tres de hoy, no haya acertado bien a ninguno. Sentiría defraudaros. Si así fuera, mis disculpas sean con vosotros.
Cuidaos de “la calor”. Hay sombras que se agradecen. Hay bebidas que refrescan. Hay principios que no calientan la cabeza y, además, ilustran la razón y liberan el corazón.
Hay otro modo de vivir. Pensad en ello, hoy que es víspera de domingo, el día de Dios o del Señor, quizás mejor. No es retrógrado, aunque muchos lo digan o se lo crean. Porque la “ley de las mayorías” –aunque sea ley de las democracias- no es un infalible salvoconducto de verdad.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Fantasías y verdad 28-VII-2018

02.08.18 | 22:12. Archivado en Acerca del autor

Oh! la fantasía… Esa máquina de fabricar fantasmas y edulcorar potajes y realidades hasta hacerles parecer golosinas.
La fantasía… Esa otra “loca de la casa”, que a las imaginaciones vendida -hasta las más utópicas, hiperbólicas o pintureras-, osa darles cuerpo y carne.
La fantasía… Muñidora de sueños y abanderada del “soñar”, incluso estando despiertos….
La fantasía… Cáscara vacía, prepotente mascarón de proa, madrina de quimeras y ficciones, casi siempre vistiendo ropajes y maneras de “nuevo rico”.
Quien le llamara “loca de la casa” dijo bien. Ella, del brazo de la imaginación, pone la racionalidad, a diario, al borde de los precipicios.
Necesaria en ocasiones para que el hombre aterrice alguna vez y se baje de ásperas o heladoras racionalidades, para dar salidas a los flujos del subconsciente e inconsciente, llevada sin embargo a la vida diaria, haciéndola gobernanta de los cotidianos trotes y hervores, puede ser pesadilla en algunos casos y, en los más, una discutible compañera de vida o tutora de pasos perdidos.
La fantasía es buena para poetas y artistas, porque es chispa que les pone alas para volar casi sin tocar tierra. Pero, para hacer sumas y restas, para recitar la lista de los reyes godos o para gobernar ínsulas cervantinas, la fantasía -llevando ella el timón- suele augurar naufragios y malas u opacas travesías.

El “sueño” y los “sueños”, aunque –gráfica y fonéticamente- sólo disten el uno de los otros por la “ese” del plural, son y señalan, sin embargo, cosas muy diversas, a pesar de que los espacios del “sueño” sean el campo en que de ordinario toma cuerpo esa otra “vida humana” que fluye al margen de la vida real, pero que tantas veces la remeda y, en ocasiones, la sustituye o embarga.
Del “sueño” -acción o acto de dormir- a los “sueños” -figuraciones etéreas de subconscientes o inconscientes flujos vitales incapaces de un mínimo control racional- va el trecho –largo generalmente- que suele darse entre la fantasías y la verdad, entre lo real y lo ficticio o, dicho más pragmáticamente, entre la paja y el grano. El “sueño” nutre y repara. Los “sueños” fantasean y astraen de lo real.
“Soñar –se dice- no cuesta dinero”. Como para dar a entender que quien sueña sin caer en la cuenta de que son sueño y no verdades de realidad sólida sus quehaceres, poco fuste y peso específico ha de tener.
De los “sueños” y, sobre todo, de la “interpretación de los sueños” se ha dicho, imaginado y lucubrado tanto que no es cosa, para el punto de vista de mis reflexiones de hoy, ni de consultar a Freud, ni de hacer excursiones al drama profundo de Calderón, ni tampoco de evocar los sueños famosos que en el mundo han sido y que han dado lugar a historias –muy curiosas por cierto- de hombres y mujeres que han soñado vivir una verdadera vida limitándose tan sólo a sacar jugo a sus “sueños”.
Quedémonos, de todos modos, para no dictaminar más de la cuenta, con el enigmático sentir que Calderón enarbola cuando afirma en su drama que “toda la vida se sueño”, pero que “los sueños, sueños son”.

Mis reflexiones de hoy se vuelven inquisitivas al freudiano panorama de los sueños ante la noticia que esta misma mañana oigo, y que, a mi ver, muestra que –cuando es guiada por sueños y fantasías, por “improntas” y primeros impulsos, por sensaciones y voluntarismos- muchos atisbos de cordura y razón emigran de la conducta humana.
Y si ese ”onirismo” tan etéreo llenara la cabeza y los pies de un gobernante o político –gentes, que han de ser, pragmáticas por definición-, y las audacias fueran más allá de lo que marcan la verdad y la realidad –suelen andar juntas realidad y verdad-, la imagen bíblica de la estatua con los pies de barro sería la vitola más aparente de su previsible inanidad.

Esa noticia de hoy es que, ayer mismo, el Congreso de los Diputados de España echó atrás, por gran mayoría, el techo de gastos presentado por el Gobierno de don Pedro Sánchez para el año 2019. Le tumbaron ese “techo” prácticamente los mismos que lo habían jaleado para que ganara la “moción de censura”.
Y, en cuatro días, como quien dice, se murieron los “sueños” de la relumbrante “moción de censura”, para llegarse, con sorpresa del soñador -los soñadores cabalgan lejos sólo en alas de la fantasía y esas alas, como las de Ícaro, son de cera y las derrite el sol de la verdad nada más salir-, a una situación inimaginable para quien veía “la Moncloa” como paraíso de bienestares absolutos. Y se crecen a sus mismas barbas los “enanos” –el mayor de todos, Puigdemont, también incansable muñidor de fantasías y vendedor, como fenicio de ascendencia, del humo a precios de oro.

Se podría –y vendría bien- comentar el evento de la sorpresa del “soñador” con el expresivo y socorrido recital de que “quien con niños se acuesta empapado se levanta….”
Prefiero, sin embargo, irme –como suelo hacer, cuando me hacen falta referentes de pensamiento sano o armonías de forma y fondo, a los Proverbios y Cantares de mi predilecto y sabio poeta, don Antonio Machado, cuando –por doble o triple partida- bosqueja una poética filosofía de los sueños y dice que, “si vivir es bueno, es mejor soñar; y mejor que todo, madre, despertar”; o eso otro, aún más realista y vertebrado, de que “tras el vivir y el soñar, está lo que más importa, despertar”.

Qué duda cabe que los sueños pueden alimentar el alma y, si son bonitos, poner en los labios de cualquiera un caramelo dulce; pero, igual que de caramelos no se vive, de los sueños y fantasías, tampoco.
Es mi punto de vista.

Y puesto que lo bueno es “despertar”, ojalá que, al despertar de este sueño –los sueños, salvo para quien sueña despierto, se acaban al amanecer-, el precio que hayamos de pagar todos no sea tan elevado -en chantajes, privilegios, gabelas, concesiones, facturas, y quizás algo más que eso- que, en una democracia no morbosa en que decimos estar –es un decir-, suene a chiste o a sarcasmo. O sea, que siempre ganen los unos y siempre pierdan los otros, y dé la casualidad que los que ganan siempre son los mismos y los que pierden siempre lo son también.
Ojalá me equivoque al presentir un despertar amargo, aunque los indicios son como suele decirse “mortales”; o, en lenguaje procesal, “vehementes”, capaces de sugerir presunciones y amparar pruebas.

Y la pregunta que salto al aire tras este recital de fantasías y sueños es la misma que George Steiner hace saltar al final de las conferencias que componen su Nostalgia de Absoluto: “¿Tiene futuro la verdad?”. Y; al fondo, el eco de la tal pregunta: “Tiene futuro el hombre?”.
Pensemos, porque si “soñar no cuesta dinero”, pensar, tampoco es caro, si se mira bien.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


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