Entre dos luces

Hace falta estar loco -28-III-2018

29.03.18 | 12:26. Archivado en Acerca del autor

“Pour que le dieu soit un homme, il faut qu’il désespère”. Para que todo un Dios decida hacerse hombre ha tenido que estar desesperado o haberse vuelto loco.
Esta idea de Albert Camus, en esa parte de L’homme revolté - El hombre rebelde, que el Nobel dedica a esplorar ese campo de las rebeldías –“metafísicas” les llama- de los hombres contra los dioses, y que encapsula bajo un título tan expresivo como Los hijos de Caín, siempre me ha subyugado por su enorme carga de misterio. Para que Dios haya decidido hacerse hombre es preciso que se haya vuelto loco o esté desesperado. No cabe otra explicación.
Y situado, además, el relato en un contexto referido expresamente a Cristo, mediador entre Dios y el hombre y hombre-Dios así mismo, la idea me ha servido muchas veces para recrear, a su trasluz, una estampa de sorprendentes irisaciones divinas y humanas a la vez. Por esto la tomo hoy como lema de una de mis Estampas de Pasión, en esta Semana Grande de la religiosidad cristiana y católica.
¿Se puede pensar que Dios se ha vuelto loco para vestir de hombre nada menos que la divinidad en un alarde infinito de proximidad y cercanía de lo divino a lo humano?.

+++

¿Puede Dios volverse loco? ¿No sonará tal vez a blasfemia sólo el pensarlo?
Sin retórica y para entendernos. ¿Se habrá vuelto loco Dios al decidir “hacerse hombre”?
¿Es de locos dar la vida por la persona o personas que se aman de verdad?
¿Es locura, es heroísmo, es ceguera o chaladura tal vez hacer lo del teniente coronel de la gendarmería, este día, en Carcassone, sustituyéndose por uno de los rehenes del yihadista, pudiendo presumir que su destino era una bala del asesino? O ese abuelo que se encara y muere a manos del acosador de su nieta para evitar la afrenta a la dignidad de la joven?

Más de una vez he recordado en mis reflexiones diarias la frase que Bertolt Brecht –en su Vida de Galileo- pone en labios del hombre de ciencia cuando, tras abjurar a regañadientes de su teoría cósmica ante la inquisición romana, al regresar cabizbajo y derrotado a casa, dice que “Pobre del país que necesita héroes”. Contrastaba su frase con la que su criado Andrea le dirige al entrar, seguramente para consolarle: eres un héroe y “pobre del país que no tiene héroes”. Creo yo que, una cultura o civilización –por llamarle así- en la que, a cada paso o vuelta de cada esquina, ha de salir un héroe a levantar bandera de dignidad y respeto cuando esa bandera debiera ondear libremente a cada hora y a cada paso en los mástiles de cualquier convivencia, ¡malo!. Si la normalidad se vuelve patológica –remedando la obra deliciosa de Eric Fromm-, peor. Y si los telediarios se vuelven al 90% crónicas de anunciadas desucedidos perversos, criminales o mafiosos, no sólo muchísimo peor, sino también esperpéntico y contrario a la lógica más elemental.

Al imaginar esta Escena de Pasión, pensé rotularla como “Locura de amor”. Si no lo hice, no fue porque dudara de que caben en el amor, e incluso son legítimas, las desmesuras y los excesos –a lo del “en nada demasiado” yo le haría aquí una excepción por razones obvias-, sino porque me parecía más directo el reto rotulado de la otra forma.

No es fanfarronada, ni menos todavía falta de respeto a Dios o incluso blasfemia.
Conociendo el paño como Dios conoce hasta las entretelas el corazón humano, llevar el amor hasta ese “como” de dar la vida por la verdad del hombre, siendo más cierta la bajeza y la insensibilidad e ingratitud del hombre, ¿no se puede llamar locura?

Es otra, y muy insigne, de las claves de la Pasión de Jesús.
Y la muestra, en toda su verdad, llaneza y patetismo de grueso calibre al aire, san Juan en esa frase tan rotunda como verídica, en quien, como él, tuvo –en aquella cena del Amor- el privilegio de oír el tic-tac del corazón de “Dios hecho hombre”; en ambivalencias tan aparentemente inconciliables como las que van del temor humano a la decisión divina, del “pase de mí este cáliz” al rotundo “Cúmplase tu voluntad” de Getsemaní, o del “E,oli, Eloi, lama sabactani” –“Dios mío, por qué me dejas abandonado?” al inmediato, recio, rotundo “Consummatum est” - ”Todo se ha cumplido” de la Cruz.
“De tal manera –dice san Juan- amó Dios al mundo que por él entregó a su propio único Hijo” (Jo. 3, 16), a la peor de las muertes, al peor de los escarnios.
Es que desde las angustias y la sangre sudada en Getsemaní hasta el agobio infinito y la sangre fresca y roja de la Cruz discurre un mismo hilo conductor, tan misterioso como explicable y razonable en un Dios que quiso siempre, ante los hombres, ser llamado “amor” sin medida; más de “amigo de fatigas” que de profesor de filosofías o de matemáticas. Hay –creo yo- más de paradoja en ese tracto increíble de la Pasión del Hijo de Dios que desesperación o desconcierto. Y los que –sigo creyendo-, desde las periferias de la fe o más lejos aún, se han frotado las manos ante las agonías de Getsemaní o el sentimiento de soledad de la Cruz y han creido ver en ello algo distinto de un amor acosado pero decidido a ir hasta el final –como van los hombres a quehaceres de sumo riesgo- muertos de miedo pero yendo-, es que no han pasado nunca de la primera letra de la palabra “amor”.
Si una de las mejores definiciones del amor es, como señala Ortega al estudiar el amor, la de san Agustín, cuando dice sin pestañear que “amor meus, pondus meum” y que allá voy donde el amor me lleva – “mi amor es mi responsabilidad”- lo tienen fácil los que se frotan las manos creyendo tener en Getsemaní y en la Cruz, en el primer paso y en el último de la Pasión, la prueba de que o Dios no existe y, si existiera, no se le vería por ninguna parte.
Porque Dios existe y es Dios, existe –aunque a veces se nos haga inexplicable- el llamado “silencio de Dios”. En primer lugar, porque no hay tal silencio y Dios habla de mil maneras a los que tratan de oírle; en segundo lugar, porque la Palabra de Dios es el Dios-Hombre que habla lo mismo en el Tabor, en el monte de las Bienaventuranzas, en Getsemanñí o en la Cruz. Y en tercer lugar porque Dios respeta su palabra y, si a los hombres los quiso libre, no fue para llevarlos del ronzal por sus vidas.

Volvamos a Camus para cerrar esta de mis Estampas de Pasión, y a la mentada frase de El hombre rebelde en ese capítulo titulado Los hijos de Caín. “Pour que le dieu soit un homme, il faut qu’il désespère”. Para que todo un Dios decida hacerse hombre ha tenido que estar desesperado o haberse vuelto loco. Lo creo: loco de amor a los hombres.
Desde la fe se entiende perfectamente lo que Camus intuye desde su incansable búsqueda de Dios; que fue, como tantos otros ateos o encogidos de hombros, un “indigente” –la náusea, el asco existencial, la nada-, que siempre soñó, en sus divagaciones tan literarias y sentidas por otra parte, con el “absoluto” y en el fondo con Dios.

Por si pudiera ilustrar algo más la imagen de la Estampa, recuerdo esa frase final de uno de los primeros capítulos de sus Estudios sobre el amor”, en que Ortega alude al poder mimético del a mor cuando afirma que “la mujer que ama al ladrón –hállese ella con el cuerpo dondequiera- está con el sentido en la cárcel”.
Las paradojas, amigos, aunque parezcan rodar a contrapelo, encierran verdades para los que saben leerlas. Otros más que también pudieran hacerlo prefieren tal vez quedarse a la puerta para no verse comprometidos con la verdad que encierran sus letras.

La verdad: “Locura de amor” o “Hace falta estar loco”…. Como creo yo que tanto monta y que los dos rótulos dan para lo mismo, yo me quedo con el segundo por parecerme más atrevido el reto. Usted, amigo, escoja el que quiera o ponga otro si le parece mejor.

SANTIAGO PANIZO ORALO


En el nombre de Dios o en el de los dictadores -27-III-2018

28.03.18 | 20:56. Archivado en Acerca del autor

“La religion est le seul pouvoir devant lequel on peut se courber sans s’avilir”. O sea, Dios es el único ser, el único poder, el único mando, ante el cual ponerse de rodillas no envilece,
Este pensamiento de Chateaubriand (Mémoires d’outretombe, III, II, 5, 25) me
viene hoy a la mente. Este día, al observar que Jesús, en plena Pasión y cuando a tantas otras preguntas no contesta, no deja de asegurar a Pilato que es rey, e incluso el rótulo que, sobre la cruz, anuncia la razón de la condena, es una proclama de realeza, un buen amigo me preguntaba si, después de Maquiavelo, el mando no sería una ocasión próxima, invencible tal vez, de pecados de violencia y opresión.
La mención de Maquiavelo me tentó ciertamente y, al no querer resistirla, me vino, como digo, a la mente esa frase del fgran Chateaubrand. Ella sola encierra –si se quiere pensar un poco- las claves de ña respuesta que, con ella en mano, dí a mi buen amigo.

Maquiavelo (1469-1527) pasa por ser, en la historia del pensamiento, un adalid o abanderado de la modernidad socio-política; pudiera pasar también por precursor del llamado “secularismo” radical o “laicismo” contemporáneo; y hasta para algunos, quizás, sería el gran timonel del mejor arte de gobernar pueblos.
Seguramente tiene algo de todo eso, que razones no le faltan; aunque haya quien se pase al rendirle pleitesía de “santón” laico, hecho de contraste con el san Agustín de La Ciudad de Dios. No es –para Maquiavelo- la “ Ciudad terrenal” -no es la política en una palabra- la que se debe apoyar en la religión, como pensara san Agustín en su magna obra; sino que, al contrario, es la religión un “adlátere”, un “peón”, un instrumento de la política, uno más entre los útiles de que tiene derecho a servirse para sus fines propios.
La teoría del Estado divinizado, que se idealiza desde Maquiavelo, no ha dejado nunca de tener seguidores. Desde el protestante “Cuius regu¡o eius et religio” hasta las “religiones políticas”, “laicas” o “politizadas” y los constantes designios de procurarse religiones amaestradas o domesticadas al servicio del Estado, el “servirse” de la religión ha sido en toda la historia humana tentación perenne de todos los acaparadores del Poder.

Varias veces me he preguntado –en mi vida de análisis de las raíces históricas, por así decir clásicas, de los totalitarismos y de las dictaduras- por el papel de la obra y pensamiento de Nicolás Maquiavelo en las raíces, antiguas y modernas, del virus totalitario.

Maquiavelo vuelve a estar de moda. Se le puede ver clonado en esquemas de políticos que, en estado de bisoñez generalmente, se creen reencarnados en la obra del florentino y se abonan a las viejas fórmulas de este “santón” bastante pasado de moda, a mi ver, ante la realidad actual de un mundo que, tras el fracaso de las ”promesas” de la Ilustración, está tratando a los totalitarismos de enemigos públicos nro. 1 de la democracia y del progreso moderno. Por algo se les ve con la tendencia a justificar a algunos como los Maduro, los Castro y demás estirpe de modernas satrapía, aunque no siempre se atrevan a confesarlo a las claras y se callen para no quemarse ellos mismos los labios.

Al hojear de nuevo estps días ese sonado libro de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo –al moderno se refiere sobre todo-, me sentía interpelado a mirar más atrás y bucear hasta las últimas raíces del nazismo, del estalinismo, del fascismo, etc. Al intentarlo, me encontré con Maquiavelo y me sentí llegado al punto de partida. He aquí, me dije, el gran “santón” de una de las mayores revoluciones de la historia.
Y me puse a repasar un poco la obra de Maquiavelo, El príncipe sobre todo; su Discurso sobre la primera década de Tito Livio y algunas más que sirven mucho también para conocer el pensamiento del famoso secretario florentino y sus primeros principios de la política. Y me dediqué otro poco a releer dos obras que, a mí, además del Prologo de Napoleón a El Principe, me sirven de ayuda –cuando preciso pensar o hablar de ello- para no desbarrar. Me refiero a Una relectura de “El Príncipe” (1994) con el discurso de ingreso de S. Fernández Campo y la contestación de J. M. de Areilza en la R. Academia de Ciencias Morales y Políticas; y esa otra obre titulada Diálogo de Maquiavelo y Montesquieu en los infiernos, ese panfleto de Maurice Joly contra la dictadura de Napoleón III y que, aún teniendo mucho de panfleto, tiene bastante más de certero y agudo alegato contra todos los abusos del Poder.
Estas relecturas me han ayudado a plantearme preguntas. Como esta: A Maquiavelo, con lenguaje de hoy y hechuras de hoy, ¿se le podría llamar en verdad “demócrata” o patrono y portavoz de “buenos demócratas”?. O esta otra más directa: Maquiavelo –con su revolución de las ideas y de los usos políticos, ¿no debería venir situado en las raíces del totalitarismo de todos los tiempos, los pasados, los presentes y los por venir, especialmente los totalitarismos de los siglos XX y XXI y los que ahora mismo incuban populismos hechos para cursar “sin el pueblo”?.
Creo que su ideario no engaña y que, como enseña Maurice Yoli, ha de mirarse de reojo a Maquiavelo cuando se trate de desvelar los métodos, tácticas, estrategias y culebreos del tirano poder. Ya no se estilan o están pasados de moda la guillotina, los autos de fe, el garrote vil los hornos crematorios y los Gulag. Cambian los tiempos y cambian las modas. “Il s’agit moins aujourd’hui de violenter les hommes que de les désarmer, de comprimer leurs passions politiques que de les effacer, de combattre leurs instints que de les tromper, de proscrire leurs idées que de leur donner le change en se les appropiant”.
Hoy son otros los medios, de violencias igualmente, aunque más refinados y sutiles: la propaganda, la post-verdad, las redes, la gran pantalla, el bla-bla-bla …; para edulcorar los programas, para fantasearlos hasta el paroxismo de la verborrea, para volverlos atractivos; y sobre todo la mentira, el uso de la mentira dada por verdad y repetida cien veces a lo Goebbels para que pase por verdad; y la utilidad, la utilidad –la propia ante todo- elevada con naturalidad pasmosa a criterio definitivo de verdad.
Es lo que está –si bien se mira- en las entretelas del ideario de Maquiavelo. El que manda, viene a decir, tiene derecho, por el mero hecho de detentarlo, a deshacerse de todo el que le impida tomar o mantenerse en el poder. Y no hay moral ni ética que valga frente a la racionalidad que usa para sus intereses el dictador de turno.

Vayan con brevedad sólo pocas ideas.
Entronizada la “razón de Estado” y divinizado el principio de racionalidad política consiguiente al designio, igualmente político, de que “el fin justifica los medios”, todo está permitido a los próceres del “abuso de poder”. No en vano, en el tiempo de Las Luces, el gran Montesquieu hubo de salir al quite del despotismo con el mecanismo de la “separación de los poderes”, al solo efectio de moderar su ejercicio y evitar las tiranías.

Me pregunto para resumir: ¿no aparace -claro, con sólo esto, que al ideario socio-político de Maquiavelo subyacen las raíces eternas del totalitarismo de todos los que manejan los hilos del Estado a favor de sus personales intereses o, a lo sumo, de los del Estado frente a los de la sociedad, de la que el Estado solamente puede llamarse gestor y nunca amo, señor y dueño? ¿No se ve claro?
¡Qué razón tenía Ortega cuando –hace un siglo- calificaba el “pensar utilitario” propio de la política de abrirse a una “cultura de instrumentos” en vez de hacerlo a una cultura de fines, y postulaba, como reacción frente a la cultura de medios e instrumentos una cultura de verdades últimas (cfr. El Espectador, Verdad y perspectiva, febrero-marzo 1916, Obras Completas, Alianza Editorial, Madrid 1998, vol. II, pàgs. 17-18). Tenía razón entonces y más la tienen hoy aquellas palabras de ayer si los fines han de seguir justificando los medios, como parece que está siendo más y más cada día. Ningún fin puede justificar los medios sin caer en irracionalidad patente.

Con lo dicho, me afianzo más y más en la realzada frase de Chateaubriand. Leerla de nuevo y pensarla un poco más estos días santos de Pasión puede ser otra Estampa propia del tiempo. Jesús no es Maquiavelo. El reino y el mando de Cristo son imperativos, pero no son de este mundo, como anuncia Jesús a Pilato para decirle con ello que su reino es compatible y no representa peligro alguno para el Cesar de Roma.
Claro que, a los imperialismos, hasta ese reino -aunque sea un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz- estorba, y mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


En el nombre de Dios o en el de los dictadores 27-III-2018

28.03.18 | 20:53. Archivado en Acerca del autor

En el nombre de Dios o en el de los dictadores

“La religion est le seul pouvoir devant lequel on peut se courber sans s’avilir”. O sea, Dios es el único ser, el único poder, el único mando, ante el cual ponerse de rodillas no envilece,
Este pensamiento de Chateaubriand (Mémoires d’outretombe, III, II, 5, 25) me
viene hoy a la mente. Este día, al observar que Jesús, en plena Pasión y cuando a tantas otras preguntas no contesta, no deja de asegurar a Pilato que es rey, e incluso el rótulo que, sobre la cruz, anuncia la razón de la condena, es una proclama de realeza, un buen amigo me preguntaba si, después de Maquiavelo, el mando no sería una ocasión próxima, invencible tal vez, de pecados de violencia y opresión.
La mención de Maquiavelo me tentó ciertamente y, al no querer resistirla, me vino, como digo, a la mente esa frase del fgran Chateaubrand. Ella sola encierra –si se quiere pensar un poco- las claves de ña respuesta que, con ella en mano, dí a mi buen amigo.

Maquiavelo (1469-1527) pasa por ser, en la historia del pensamiento, un adalid o abanderado de la modernidad socio-política; pudiera pasar también por precursor del llamado “secularismo” radical o “laicismo” contemporáneo; y hasta para algunos, quizás, sería el gran timonel del mejor arte de gobernar pueblos.
Seguramente tiene algo de todo eso, que razones no le faltan; aunque haya quien se pase al rendirle pleitesía de “santón” laico, hecho de contraste con el san Agustín de La Ciudad de Dios. No es –para Maquiavelo- la “ Ciudad terrenal” -no es la política en una palabra- la que se debe apoyar en la religión, como pensara san Agustín en su magna obra; sino que, al contrario, es la religión un “adlátere”, un “peón”, un instrumento de la política, uno más entre los útiles de que tiene derecho a servirse para sus fines propios.
La teoría del Estado divinizado, que se idealiza desde Maquiavelo, no ha dejado nunca de tener seguidores. Desde el protestante “Cuius regu¡o eius et religio” hasta las “religiones políticas”, “laicas” o “politizadas” y los constantes designios de procurarse religiones amaestradas o domesticadas al servicio del Estado, el “servirse” de la religión ha sido en toda la historia humana tentación perenne de todos los acaparadores del Poder.

Varias veces me he preguntado –en mi vida de análisis de las raíces históricas, por así decir clásicas, de los totalitarismos y de las dictaduras- por el papel de la obra y pensamiento de Nicolás Maquiavelo en las raíces, antiguas y modernas, del virus totalitario.

Maquiavelo vuelve a estar de moda. Se le puede ver clonado en esquemas de políticos que, en estado de bisoñez generalmente, se creen reencarnados en la obra del florentino y se abonan a las viejas fórmulas de este “santón” bastante pasado de moda, a mi ver, ante la realidad actual de un mundo que, tras el fracaso de las ”promesas” de la Ilustración, está tratando a los totalitarismos de enemigos públicos nro. 1 de la democracia y del progreso moderno. Por algo se les ve con la tendencia a justificar a algunos como los Maduro, los Castro y demás estirpe de modernas satrapía, aunque no siempre se atrevan a confesarlo a las claras y se callen para no quemarse ellos mismos los labios.

Al hojear de nuevo estps días ese sonado libro de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo –al moderno se refiere sobre todo-, me sentía interpelado a mirar más atrás y bucear hasta las últimas raíces del nazismo, del estalinismo, del fascismo, etc. Al intentarlo, me encontré con Maquiavelo y me sentí llegado al punto de partida. He aquí, me dije, el gran “santón” de una de las mayores revoluciones de la historia.
Y me puse a repasar un poco la obra de Maquiavelo, El príncipe sobre todo; su Discurso sobre la primera década de Tito Livio y algunas más que sirven mucho también para conocer el pensamiento del famoso secretario florentino y sus primeros principios de la política. Y me dediqué otro poco a releer dos obras que, a mí, además del Prologo de Napoleón a El Principe, me sirven de ayuda –cuando preciso pensar o hablar de ello- para no desbarrar. Me refiero a Una relectura de “El Príncipe” (1994) con el discurso de ingreso de S. Fernández Campo y la contestación de J. M. de Areilza en la R. Academia de Ciencias Morales y Políticas; y esa otra obre titulada Diálogo de Maquiavelo y Montesquieu en los infiernos, ese panfleto de Maurice Joly contra la dictadura de Napoleón III y que, aún teniendo mucho de panfleto, tiene bastante más de certero y agudo alegato contra todos los abusos del Poder.
Estas relecturas me han ayudado a plantearme preguntas. Como esta: A Maquiavelo, con lenguaje de hoy y hechuras de hoy, ¿se le podría llamar en verdad “demócrata” o patrono y portavoz de “buenos demócratas”?. O esta otra más directa: Maquiavelo –con su revolución de las ideas y de los usos políticos, ¿no debería venir situado en las raíces del totalitarismo de todos los tiempos, los pasados, los presentes y los por venir, especialmente los totalitarismos de los siglos XX y XXI y los que ahora mismo incuban populismos hechos para cursar “sin el pueblo”?.
Creo que su ideario no engaña y que, como enseña Maurice Yoli, ha de mirarse de reojo a Maquiavelo cuando se trate de desvelar los métodos, tácticas, estrategias y culebreos del tirano poder. Ya no se estilan o están pasados de moda la guillotina, los autos de fe, el garrote vil los hornos crematorios y los Gulag. Cambian los tiempos y cambian las modas. “Il s’agit moins aujourd’hui de violenter les hommes que de les désarmer, de comprimer leurs passions politiques que de les effacer, de combattre leurs instints que de les tromper, de proscrire leurs idées que de leur donner le change en se les appropiant”.
Hoy son otros los medios, de violencias igualmente, aunque más refinados y sutiles: la propaganda, la post-verdad, las redes, la gran pantalla, el bla-bla-bla …; para edulcorar los programas, para fantasearlos hasta el paroxismo de la verborrea, para volverlos atractivos; y sobre todo la mentira, el uso de la mentira dada por verdad y repetida cien veces a lo Goebbels para que pase por verdad; y la utilidad, la utilidad –la propia ante todo- elevada con naturalidad pasmosa a criterio definitivo de verdad.
Es lo que está –si bien se mira- en las entretelas del ideario de Maquiavelo. El que manda, viene a decir, tiene derecho, por el mero hecho de detentarlo, a deshacerse de todo el que le impida tomar o mantenerse en el poder. Y no hay moral ni ética que valga frente a la racionalidad que usa para sus intereses el dictador de turno.

Vayan con brevedad sólo pocas ideas.
Entronizada la “razón de Estado” y divinizado el principio de racionalidad política consiguiente al designio, igualmente político, de que “el fin justifica los medios”, todo está permitido a los próceres del “abuso de poder”. No en vano, en el tiempo de Las Luces, el gran Montesquieu hubo de salir al quite del despotismo con el mecanismo de la “separación de los poderes”, al solo efectio de moderar su ejercicio y evitar las tiranías.

Me pregunto para resumir: ¿no aparace -claro, con sólo esto, que al ideario socio-político de Maquiavelo subyacen las raíces eternas del totalitarismo de todos los que manejan los hilos del Estado a favor de sus personales intereses o, a lo sumo, de los del Estado frente a los de la sociedad, de la que el Estado solamente puede llamarse gestor y nunca amo, señor y dueño? ¿No se ve claro?
¡Qué razón tenía Ortega cuando –hace un siglo- calificaba el “pensar utilitario” propio de la política de abrirse a una “cultura de instrumentos” en vez de hacerlo a una cultura de fines, y postulaba, como reacción frente a la cultura de medios e instrumentos una cultura de verdades últimas (cfr. El Espectador, Verdad y perspectiva, febrero-marzo 1916, Obras Completas, Alianza Editorial, Madrid 1998, vol. II, pàgs. 17-18). Tenía razón entonces y más la tienen hoy aquellas palabras de ayer si los fines han de seguir justificando los medios, como parece que está siendo más y más cada día. Ningún fin puede justificar los medios sin caer en irracionalidad patente.

Con lo dicho, me afianzo más y más en la realzada frase de Chateaubriand. Leerla de nuevo y pensarla un poco más estos días santos de Pasión puede ser otra Estampa propia del tiempo. Jesús no es Maquiavelo. El reino y el mando de Cristo son imperativos, pero no son de este mundo, como anuncia Jesús a Pilato para decirle con ello que su reino es compatible y no representa peligro alguno para el Cesar de Roma.
Claro que, a los imperialismos, hasta ese reino -aunque sea un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz- estorba, y mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Los que van y vienen -Estampas de Pasión-I -25-III-2018

25.03.18 | 12:45. Archivado en Acerca del autor

Pilato preguntó a la gente: “Queréis que os suelte al Rey de los judíos?”- Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Y cuando Pilato les insistió en que dijeran lo que había de hacer con Jesús, ellos, a coro, una y otra vez gritaron: “Crucifícale” (De la Pasión de Jesús según san Marcos)
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Los que el domingo de Ramos gritaban “hosanna”, el viernes siguiente –hacia el mismo que jaleaban el domingo- le gritaban “crucifícale”.
A merced de los impulsos e instintos y a falta de conciencia propia, segura de sí misma, individual y colectiva, la “masa” –que no es el “pueblo” ni tiene parecido alguno con lo que connota –en la historia de las relaciones humanas- la palabra “pueblo”- se comba –como la vara verde y poco hecha- al solo arrullo de consignas y “slogans”, hábilmente urdidos por personas o grupos, maestros en el arte de fabular a costa de la ignorancia o la necedad de las “masas” . La Pasión según san Marcos lo deja claro: hay que elegir entre la inocencia y el crimen y, ya entonces, hace dos mil años, antes de Faceboock y demás “comecocos” virtuales al uso, los “sumos sacerdotes” de Israel “soliviantaron a la gente” –que es alterar el ánimo de alguien para que tome una decisión díscola pero de interés para quien solivianta- para que eligiera –“el pueblo nunca se engaña”, aún sigue diciendo más de un iluso de la democracia- la libertad del criminal y colgar de una cruz a la inocencia.

La “masa”… Porque no tiene conciencia de sí y la tiene prestada de otros, sus mentores y guías, por eso, ni discierne, ni juzga y valora, ni por supuesto elige. Y no por otra cosa sino porque su racionalidad la ha dado en hipoteca al mejor postor que en ese momento pase a su lado, charlatán o feriante, prestidigitador o farsante, buen vendedor –eso sí- de mercancía falsificada o averiada, que por lo general no cuela más que “a río revuelto” o en “el tiempo de los enanos y liliputienses”, como augura Carlos Cano en su “Metamorfosdis” .
Se deja llevar la “masa” –previa y debidamente amaestrada- por los que instigan sus instintos y pasiones, o les prometen sueños y paraísos, hasta hacerla ir convencida de que lo que hacen, gritan o pregonan, es cosa suya y no de sus “maestros” de la política, de la ciencia y hasta de la religión, aunque parezca imposible que, en el nombre de Dios, se liberte al criminal y se ponga en una cruz a la inocencia.
Lo de Quevedo antaño sigue siendo veraz. “A pueblo necio e ignorante, ganancia y seguridad de los tiranos” (La hora de todos y la fortuna con seso, cap. XXXV-El Sultán de Estambul). Léanlo y podrán discernir ustedes mismos si lo del domingo de Ramos y los “hosannas” y lo del Viernes Santo y el “crucifícale” tiene sentido o es un bulo.

Ortega borda el secreto del “ser” y el “estar” de las “masas” en esa de sus muchas obras maestras del buen pensar, que se titula “La rebelión de las masas”. ¿Quién no ha oído hablar al menos de ella?. Creo que quienes la hayan leído y sobre todo reflexionado, saben distinguir perfectamente lo que va de “pueblo” a “masa”, de hombres y mujeres que piensan y deciden por sí mismos y de los o las que –por mil razones y motivos que no son ahora del caso- prefieren el “borreguismo” al buen uso de la razón y la voluntad.
Para los que hemos leído más de una vez esta intensa obra, con su Prólogo para franceses y Epílogo para Ingleses, tan suculentos ambos, aunque necesitemos recordarlo, y para los que viven engatusados con el señuelo del bla-bla-blá o con el fascino de la máscara o la farsa y quizás no tengan memoria de esta lectura obligada en tiempos como éstos, me permito reproducir alguna de sus ideas, para comprobar cómo mi Estampa de Pasión, de hoy, sigue teniendo actualidad, a pesar de lo que ha llovido desde que “la gente” pidiera liberar al criminal y colgar en una cruz a la inocencia.

-“Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente, Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer” (cap. 1). “Vivimos bajo el “brutal” imperio de las masas” (cap. 2).
-“En las escuelas que tanto enorgullecen el pasado siglo –el XIX para Ortega cuando escribe- no se ha podido hacer otra cosa que enseñar a las masas las técnicas de la vida moderna, pero no se ha logrado educarlas. Se les han dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes deberes históricos, se les han inoculado atropelladamente el orgullo y el poder de los medios modernos, pero no el espíritu. Por eso, no quieren nada con el espíritu. Y las nuevas generaciones se disponían a tomar el mando del mundo como si el mundo fuera un àraíso sin huellas antiguas, con probklemas tradicionales y complejos” (cap. 5)
Y cómo es el hombre-masa de hoy, se pregunta Ortega (cap. 6). “Cómo es este hombre-masa que hoy domina la vida pública, la política y la no política”?. Bien pudiera decirse que el hombre-masa no es por cierto ni el hombre vulgar como tal, ni el hombre rústico, y ni siquiera el hombre poco cultivado en las letras o las ciencias. Ni el “hombre-masa” moderno coincide con lo que se puede llamar “el tonto del pueblo”. Son cosas distintas. El hombre-masa no encarna propiamente el tipo del hombre vulgar, sino del que, siendo vulgar, proclama “su derecho a la vulgaridad”.

Resumiendo este bosquejo orteguiano y a falta de mayor espacio para diseñarlo mejor, hombre-masa –como he apuntado ya- sería el que concibe su vida prestándose graciosamente a sustitur su razón o conciencia por un número. Nada extraño por eso que el orteguiano profesor I. Sánchez Cámara, complementara, en uno de sus libros, el título de La rebelión de las masas por el de La degradación de las masas.
Estas ideas de tan alto maestro del pensar hispano, me invitan a una conclusión que, en mi personal criterio, reputo lógica: en la “masa” no hay “personas”, hay números.

Esta Estampa de Pasión la titulo, por todo lo dicho: Los que van y vienen. Van y vienen del blanco al negro, del rojo al fusia o del azul al verde o el gris sin que se mueva un músculo del rostro, y menos de su conciencia.
Como para otras Estampas de Pasión, ya en esta primera valdría decir para los que “van y vienen”: por ellos también padece y muere Jesús.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


ESTAMPAS DE PASION 24-III-2018

24.03.18 | 11:07. Archivado en Acerca del autor

La Pasión de Jesús, desde las insidias y acosos de los pontífices, letrados y fariseos del judaísmo entonces vigente -para quitárselo, como fuera, de en medio- al “consummatum est” del Gólgota en la tarde del Viernes, es un libro abierto, a la vista y a la mano de todos los que –ante la tragedia o el drama- no deciden o hacer muecas o mirar hacia otro lado.
Es cómodo inhibirse cuando saltan a los mismos pies injusticias clamorosas o se recrean esperpentos inimaginables. Es cómodo pero, aunque lo hagan muchos y hasta se jacten algunos de hacerlo, “no es cosa de hombres”. Pues eso –tan viejo como tan inequívoco- de que “nada de lo humano es ajeno a todos y cada uno de los hombres” –como dijera Terencio el Africano hace bastantes siglos- es pincelada de oro de un humanismo de la mejor especie.

Esos días “fuertes” de la Semana Santa parecen propicios, hasta en la playa y en bikini o entre la nieve sobre unos esquíes, para abrir este libro de la Pasión de Jesús –dramático siempre y a veces trágico en su recorrido- por cualquiera de sus páginas –tiene muchas- para mirar y ver; y, si se terciase, otear horizontes de drama, o tragedia quizás para algunos, con la condición humana al fondo, de la increíble pero veraz incursión y aventura de “lo divino” por los caminos del hombre.
Pudiera merecer la pena hacerlo para cura de escépticos y para no manipular la verdad de las cosas. La sombra de la cruz es alargada, más que la del ciprés, remedando a Delibes. Y, en estaciones tórridas de incertidumbres y vacío, al caminante sensato y pragmático ninguna sombra estorba; hasta cuando, a sus ojos, pudiera vislumbrarse pequeña. Porque lo poco puede ser mucho en época de carencia y sequías.

Yo también quiero, con estas Estampas, sacadas al paso de estos días de ese gran libro abierto de la Pasión de Jesús, dedicar un espacio a mirar y ver, oír y escuchar, otear –en lo que me sea posible o factible- horizontes de luz y alivios, al ir cayendo una tras otra, las hojas del calendario en la gran Semana cristiana.
Las brindo a mis amigos y en general, a todo el que, siendo humano y cristiano sobre todo, tenga ojos y sentidos para llenar el alma de acicates para mirar y ver, oír y escuchar, pero sobre todo pensar y reflexionar, siguiendo los pasos que yo voy a seguir.
Mis Estampas de Pasión son, por eso, reflexiones de uso personal, sin otros alardes que los de sorprender en ese libro abierto -clásico como el que más en la historia humana- alguna brizna de luz o esperanza para tiempos borrascosos como los de ahora. A mis amigos las dedico, porque ellos me conocen y saben que no voy de farol al esbozarlas.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El provocador -21-III-2018

21.03.18 | 13:01. Archivado en Acerca del autor

Se llama “provocador”, según el Diccionario de la Lengua, la persona que incita a la ira y a la violencia, que causa náuseas o hace vomitar, que “provoca” con sus palabras, con sus obras, con su zafiedad o comportamiento asocial…
Aunque pueden darse provocadores hacia lo bueno, generalmente el provocador Va por los camino de lo estupefaciente…
El “provocador”, como dicen algunos psicólogos y psiquiatras, cuando se encantona en sus querencias para sacar pecho o dárselas de algo (aunque pueda ser algo sólo imaginado por él), se vuelve risible. Tomémoslo en este caso así. Pero sépase, en todo caso, que provocador es el que provoca.

Don Guillermo Toledo y Montalvo, alias Willy Toledo, madrileño, actor y activista de renombre, se define a sí mismo con este somero curriculum: “Soy ateo, comunista y terrorista”.
Como, a caballo de Faceboock cual jinete de las vanguardias “post”, se ha dedicado a injuriar soezmente a Dios y a la Virgen, ha sido denunciado por la Asociación de Abogados Cristianos ante la Justicia. Ha sido citado por el juzgado nro. 11 de los de Madrid para comparecer en la fase de las diligencias previas. Él adelante que no comparecerá. Incluso le dice al tribunal dónde pueden hallarlo en caso de buscarle por ello.
El susodicho es un buen mozo pues mide 1,84 de altura. En las fotos que se prodigan de él estos días no está de mal ver, por fuera al menos. Como quiere que sea, lo de siempre para muchos es un santo a pesar de ser ateo y para otros un malvado. En tiempos de libertad pasan estas ambivalencias.

Pero vayamos a la frase suya que este día campea como un slogan publicitario en algunos “medios: “Soy ateo, comunista y terrorista”. ¡‘Buen palmarés! A pesar de todo…

Dice que es “ateo” y no me lo creo si, como hace, se “caga” en Dios. Si fuera consciente de lo que es ser ateo y consecuente con su palabra de que Dios no existe, sobraría lo de “cagarse” en Él, a menos que carezca de capacidad crítica y discursiva –cosa posible- o que no sea en Dios en quien “se caga” sino en los que creemos en Dios, que también pudiera ser.
Dice que es también comunista –yo he conocido comunistas que no eran ateos. Se sabe que un cineasta de renombre –Luís Buñuel-, afín a la estirpe noble de los actores, aunque con más galones que él, dijo en más de una ocasión aquello de “yo soy ateo por la gracia de Dios”. Y a más de uno de los que no pisan la iglesia he oído titularse “católico cultural”, epíteto en que no van descaminadas los que así se titulan, no quieren saber nada o poco de Dios, pero respetan a los que creen, aunque sólo sea por hacer los honores debidos a la libertad de pensamiento, de conciencia y de creencias, libertades que –desde la Revolución francesa, no han salido de las Declaraciones de los Derechos humanos.
Dice ser comunista y habría que recordarle la más que “chusca” e irónica anécdota de Dalí en sus “tiras y aflojas” con Picasso. Sonaba poco más o menos de este modo: “Picasso es famoso y yo también. Picasso es buen pintor y yo también. Picasso es comunista y yo tampoco”.
Y en cuanto al tercer jalón, el de “terrorrista”… Si por ”terrorista” se entiende el psicópata que tiene los rasgos de personalidad que los clásicos de la Psiquiatría o los modernos del DSM o del CIE-III asignasn a los “asociales” ; o a los “aprovechateguis” que se dedican a ver varear el árbol para recoger nueces (que los hay), no creo a don Willy en ninguna de las dos categorías. No, no, no! No me lo creo De todos modos, siendo actor como dice que es, y los actores representan papeles, si no habría que preguntar a Goethe la aplicación que puede tener aquí su frase de Fausto: “Nada hay dentro, nada hay fuera; lo que hay dentro, eso hay fuera”. Es otra incógnita, sin embargo en este caso, porque los terroristas nunca aceptan que lo son salvo que sean descerebrados. Pudiera ser que, al decirse “terrorista”, tome las palabra en otro sentido del usual, De todos modos, si él está orgulloso de su palmarés, parta qué quitarse ese capricho!

Lo que ciertamente creo que es un “provocador”. Y a los provocadores, según dice los entendidos en senderismo, lo mejor es verles cómo siguen su camino y perderlos de vista lo antes posible.
Y si, como suele ocurrir en casos así, se ampara en la libertad de expresión como coartada para los burdos excesos, hacen los que sólo ven los derechos humanos en ellos mismos y no en los ,otros, pues que lea el art. 20 de la Constitución, en su párrafo 4, en que se dice, imitando las constituciones de todos los países libres de la tierra: 4.- Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollan y especialmente en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia”

De todos modos, don Guillermo, “bon giorno”, “bon jour”, “guten morgen” –en inglés no me lo sé, perdone. Hasta más ver y que Dios, si hubiere lugar, le meta en la lista de los que merecen su perdón por no saber lo que hacen. Es una estampa de la próxima Semana Santa.
“Ou revoir, monsieur”. Que el buen Dios, aunque usted se ”cague” en Él, le ampare. Seguramente, si tiene ocasión lo hará.
Y un abrazo de amigo, a pesar de todo y aunque usted no lo admita. Me da igual que no lo admita. ¿Libertad de expresión la suya? ¿Y porqué la mía no?. Una lógica, señor provocador… Y un respeto por los sentimientos de los demás, aunque no sean los suyos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


De mujeres "libres" y de mujeres "liberadas" 18-III-2018

18.03.18 | 20:13. Archivado en Acerca del autor

Esta mañana, a pesar de los augurios meteorológicos que pronosticaban frío, lluvia a ratos y mal tempo, a las doce salí a dar mi paseo matinal, esta vez por el cercano Parque del Oeste de Madrid. Estaba fresquilla la mañana, pero muy soportable. Hacía días que no paseaba por esta ruta y parecía todo nuevo, después de las lluvias de las últimas semanas y el buen tempero que, a pesar de los augurios, deja ya sentir la inminente primavera. Las primeras flores de los árboles saludaban el buen día y a los paseantes que, como yo, no se arredraban de la fina brisa que trotaba de cuando en cuanto sin pedir permiso.

De regreso a casa, entré en un “chino” cercano para comprar algunas cosillas que, en estas tiendas, salen mejor de precio y son amables los tenderos.
Próximo a casa, me senté un rato al sol frente al complejo comercial de Príncipe Pío. Era delicioso tomar el sol tibio y luciente. A poco, se sentaron en el mismo banco dos señoras de mediana edad. Yo seguí pensando en mis cosas y ellas siguieron su conversación. Noté enseguida que una de las dos –casi cada dos o tres frases- soltaba con cierto énfasis un “coño” o un “joder”.
Como ya está uno curado de espantos hace mucho y estas cosas –además- no extrañan, seguí a lo mío impasible, como hiciera Horacio en su famosa oda y frase de “si fractus illabatur orbis impavidum me ferient ruionae” (si viera saltar al mundo hecho pedazos, los cascotes me dejarían impávido”) Oda ). Sin embargo, por esa manía de pensar, a bote pronto, me volví a esa distinción que suelo hacer entre mujeres “libres” y mujeres “liberadas”.
Hace mucho tiempo, en esa obra en colaboración entre Bernard Henry Levy y FranÇoise Giraud, observé que al pensador francés no le caía bien el que se hablara de mujeres “liberadas” en vez de mujeres libres; y daba sus razones, entre otras que este adjetivo puede ser engañoso y entrañar algo diferente de lo que significa, en un ser humano, ser libre.

Después de estar un rato sentado y oyendo la –por otro lado- inocua conversación de mi lado, me dije que –dejando de lado la distinción entre “libres” y “liberadas”, hablaríamos mejor de hablar de “mujeres realizadas.
Y se me ocurrieron, a bote pronto, estas pinceladas, que, con un poco de miedo por si fueran un pelín audaces, me atrevo a declarar.

Las menos…
-Hay mujeres que se sienten “realizadas” con sólo temer en su vocabulario el “coño” y el “joder”
- Hay otras que se sienten lo mismo vistiendo pantalones vaqueros deshilachados por la pierna o el culo
- Algunas ejercen de “realizadas” complementando “portavoz” con “portavoza”
- Y hay hasta quienes….

Las más
La mayor parte de las mujeres que yo conozco ven su realización humana y femenina de otros modo y la buscan por otros caminos; fundamentalmente luchando y buscando la igualdad a la que tienen derecho, no sólo denunciando –que también!- ,sino sobre todo ejerciendo de mujeres en la misma línea en que los hombres ejercen de varones y complementando en ellas lo que a los varones falta, y a la inversa.

Creo que esta mayoría de mujeres es la que de verdad encarna el verdadero “feminismo”, ese “feminismo” que tantas veces, para enaltecer el papel de la mujer, tiene que matar a la mujer, como no hace mucho leía en un editorial de la revista “Cités”, que ya más de una vez he citado aquí.

Por fin, y a lo grotesco, se me ocurrió esta quizás boutade”, pero que –con lo de “portavoza” y otros palabros parecidos- quizá no desentone: Si alguien dijera que los hombres son masculinos y las mujeres masculinas, sería falta o acosa a la mujer o a los dogmas del feminismo montaraz y de furia? Por si acaso, lo digo pidiendo perdón por este dicho que muchas veces he oído, incluso de labios de mujeres hechas y derechas, siempre en plan jocoso.

Al levantarme del bando, las saludé cortés, mientras una de ellas seguía “erre que erre” con sus amuletos continuos de “coño” y de ”joder”, aparentando, una de las dos al menos, tenerse por “liberada”. Quizás ella pensara también que “realizada”. Si así fuera, ella sabrá lo que hace y cómo lleva su vida.

Si estas reflexiones a vuela pluma sirvieran para pensar conmigo en este gran tema de la “libertad” de la mujer, la vivencia de esta mañana habría merecido la pena. Que la mujer seas mujer, con todos los derechos y con todos los deberes, importa mucho por el buen nombre y hechuras de esta sociedad post-moderna.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


El soneto de las dos caras -18-III-2018

18.03.18 | 20:10. Archivado en Acerca del autor

Este otro remonte cuaresmal, el quinto, cuando ya la Pasión se perfila en el horizonte y el camino se va elevando por momentos hacia la cumbre definitiva, exige del cristiano mayores dotes de es calador audaz. Aquello, todo el curso de la Pasión de Cristo, el mediato y el inmediato, sí que fue acoso…, en el que pueden verse representados muchos o casi todos los modos de acoso que en estos tiempos se prodigan como tal vez nunca antes.
Para la ocasión, me parece pintiparado el soneto de Lope de Vega titulado “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?.

Cuando aún era estudiante, en clases prácticas de Preceptiva literaria, nos enseñaron toda una serie de poemas –sonetos especialmente-, de autores clásicos, comenzando por ese, también de Lope, que trata de liberar de dificultades este arte mayor de meter en catorce versos bien rimados toda una historia real o imaginada: “Un soneto me manda hacer Violante…”.
Entre ellos, nos enseñaron este tan principal y representativo del Lope de Vega real. Y desde entonces lo llevo conmigo –sin caerse de la memoria, como si de un amuleto saludable y recordatorio siempre oportuno se tratara.
Yo le llamo el soneto de la historia real de las dos caras del hombre: la del hombre infiel y en casi constante fuga de Dios, y la del redentor del mismo, Cristo, lleno de amor, de paciente y en espera permanente de que el infiel se convierta y responda.
De las vivencias particulares de un personaje como Lope de Vega, voluble y nada firme en sus relaciones con Dios, el plástico y vivaz soneto del gran poeta, sensible sin embargo a “lo divino”, el argumento del poema levanta el vuelo de lo particular a lo universal, hasta convertirse en lección indiscutible para tiempos como los cuaresmales.
El poema escenifica una realidad que, no por imaginada por un genio de la poesía de todos los tiempos, resulta menos cotidiana: el contraste entre el que llama a la puerta en la noche fría, lleno de amor, a la intemperie y en espera de que se le abra aunque no sea más que por piedad, y la fría o pasota indiferencia del que, dentro de sí mismo, una y otra vez, se excusa amparándose en la paciencia del amoroso visitante.
La letra y el alma del soneto –clásico en la lírica religiosa española y, por clásico, atemporal- dan para pensar y reflexionar, y no tanto a los que se consuelan soñando con la “muerte de Dios”, como especialmente por los que –como una buena parte de los seguidores de Jesús -yo mismo por ejemplo- se apegan a la farsa de llevar por dentro o de nombre la fe cristiana y por fuera se amostrencan inhibiéndose de atestiguar con palabras y obras sus creencias religiosas.
Para estos sobre todo escribió Lope de Vega tan magistral y realista soneto.

“Qué tengo yo que mi amistad procuras! ¡Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta –cubierto de rocío- pasas las noches del invierno oscuras!
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué triste desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía: Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía.
Y cuantas, hermosura soberana, “mañana le abriremos”, respondía, para lo mismo responder mañana”

Pienso yo que una creación o poema así, en tiempos llamados a pensar si lo que pasa o nos pasa tiene alguna explicación racional sin Dios; en un personaje como Lope, a salto de mata –como muchos de nosotros, los católicos de a pie- “entre Pinto y Valdemoro”, como reza el dicho popular español para mostrar la tremenda veleidad del corazón y hasta de la razón humanos; no es válido, este poema, –en cualquier época del año y más en este remote casi final de la Cuaresma cristiana- para sincerarse con la conciencia de uno, tantas veces traidora a sí misma y farsante, por tanto, cuado rehúsa ser hombre o mujer de palabra, pero estarse, en tantas cosas y en religión también, unas veces en Pinto y otras en Valdemoro.

En este remonte de los inmediatos atisbos de la Pasión, resuena –junto o por encima del hermoso poema de Lope, la palabra de Cristo en el evangelio de San Juan, de hoy mismo: “No he venido por mí, sino por vosotros… Cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré las miradas hacia mí”. Claro que hay miradas y miradas, desde laa asesinas o las de burla, indiferencia o menosprecio hasta las de amor y la fe que es fruto del amor y de la necesidad sentida de Dios.
Estas dos caras siguen siendo tan reales como lo son en el provocador –para bien- soneto del Príncipe de los Ingenios.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Lágrimas que no mienten -16-iii-2O18

16.03.18 | 13:57. Archivado en Acerca del autor

Aunque estos últimos días, a pesar de la lluvia y los fríos, los fuegos y los ardores se levanten a docenas, hoy no me tienta irme de “flahses” y variedades. Hay algo que polariza mi atención y me urge reflexionar sin demora para no quedar a mal conmigo mismo: se trata de las lágrimas del guardia civil ante el cuerpo sin vida del “pequeño Gabriel”.

Las lágrimas: ese líquido salobre y calido, que tantas cosas puede reflejar porque lleva dentro sabores mil -a sensaciones, emociones, decepciones, alegrías y penas, satisfacciones y desengaños-, y que enlaza con toda una serie de los más variados sentimientos que al hombre o la mujer les pueden agitar por dentro y hallan su punto de evasión precisamente en ellas…
Son las lágrimas uno de los caminos del alma para salir de su encierro corporal. Hay otros caminos, pero este es particularmente expresivo de la intimidad y, por eso mismo, de la verdad del ser humano.

Hay quienes lloran por nada.
Hay quienes lo hacen para despistar o hacer farsa o teatro.
Hay lágrimas que, por el arte de una ficción interesada, se llaman “de cocodrilo”, porque son traidoras y engañosas.
Las hay que se moldean con mucho cuidado para argumentar, suplicar o conseguir algo: recordemos, si no, el consejo que a Sancho le dio don Quijote antes de entrar a gobernar la ínsula: “Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros”.
Pero hay lágrimas de verdad, que salen de alma y, cuando es así, esas lágrimas son una firma valedera que acredita lo que hay por dentro; y estas lágrimas no se pueden reprimir por la gente noble porque pesan más que toda la fuerza de la voluntad, hasta la del hombre o mujer más constates y aplomados.
Por eso, cuando las lágrimas salen de unos ojos bien curtidos por experiencias de malas sensaciones; cuando brotan de los ojos de hombres hechos y derechos o de mujeres enteras de forma y fondo…, las lágrimas no mienten. El corazón y el alma se están delatando por ellas sin posible engaño.

Todo el mundo pudo verlo en aquel punto culminante en que el cuerpo sin vida del pequeño Gabriel era sacado de la manta que lo envolvía: los guardias civiles lloraban…. Que un guardia civil llorando no se ve a diario y era pasmoso y patético, a partes iguales, verlo ese nefasto día.
Ayer, de labios de uno de los mandos de la Guardia civil que se ocupara del caso, el comandante de la UCO Jesús Reina, oí la frase delatora: Claro que lloramos; los que no lloraron allí, lo hicieron después,; y los que no lo han hecho todavía lo harán más tarde. Es que somos hombres”.

Me lo creo y me creo también que estas son unas lágrimas de verdad, de las que brotan imparables cuando el corazón ya no puede resistir más y la cabeza se niega a seguir razonando porque ya no hay razones.

El contrapunto feroz de las lábrimas del guardia civil lo vimos ayer en la sesión del Congreso de los Diputados en la bronca sesión, en la que se puso en marcha, a pesar de todo, la derogación y desarraigo del código penal de la PPR o pena de Prisión Permanente Revisable. Los argumentos eran tan fútiles y vergonzantes como faltos de verdad: a las víctimas se las acusó –ante sus mismas narices- de moverse por venganza, rabia y rencor. Venganza sobre todo es el nombre con que se trató de justificar lo injustificable de una moción que clama contra el 80 % del pueblo español según las estadísticas. Venganza o afán de venganza era la palabra o expresión que mayoritariamente –en los varios grupos que apoyaban la moción- se volcaba sobre las víctimas de los “canallas” (canalla es, según el Diccionario, una persona miserable o malvada), verdugos en los acosos a mujeres y niños sobre todo, y que, en un magma espeso de “progresismo” “demodé” encuentran apoyo en bastantes de los políticos de medio pelo que pueblan hoy nuestro escenario político. Cómo sería la cosa que la presidenta de la Asoc¡ación Clara Campoamor, socialista de toda la vida, amamantada en el socialista como ella misma dice, Blanca Estrella Ruiz, mostró a las bravas, pero con toda seriedad y respeto, su vergüenza y pidió que se callen o se vayan si no saben “estar” donde la dignidad humana lo exige.
¿Y el Sr. ex-juez que hizo de portavoz del PSOE? Que dimita o le echen de inmediato, expresaba también como ”desideratum” lógico la misma. ¿Volverá el Sr. Juez a la ”carrera” después de esta incursión –sobre todo el lance de ayer- por los terrenos tan inhóspitos del aventurerismo político?

Que Dios arriba y el pueblo aquí abajo los juzgue: ese pueblo del que se dice que está en la esencia de la democracia y que tiene razón siempre –eso dicen al menos quienes usan este nombre para usarlo a su antojo y segun conviene-. Y que no se olvide del bochornoso espectáculo de ayer en el Congreso. Y que lo practique tan pronto como le sea posible, por razón de ética y también de estética; y sobre todo de catarsis social ante el aventurerismo político actual de tantos aprendices de brujo.

El bochornoso espectáculo de ayer sea hoy el contrapunto negativo de las lágrimas del guardia civil.
Habrçe de insistgir. Hay lágrimas que no engañan y las de los guardias civiles ante el cadáver recién descubierto del “pequeño Gabrial” no lo hacen. “Chappeau!”.
Son hombres, naturalmente, pero qué hombres!… De los que no se recatan y tienen a gala seguir la consigna anti-farsa de Goethe: “Nada hay dentro, nada hay fuera/ lo que hay dentro eso hay fuera”. Nada mejor para no ser farsantes. Lo apunte Ortega al encomiar a su amigo don Pío Barija, que nunca se cong raciaba con la mentira.
Hay lágrimas, además, que redimen. Lo hicieron, la noche de Pasión, las de Pedro tras negar a su Maestro. Y estas también redimen, a todos nos redimen, de posibles complejos de ser hombres y mujeres en estos tiempos borrascosos y líquidos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

UN FLASH VIVO PARA HOY.

Es muy posible que se llame “boutade” o se lo tenga por “salida de pata de bando” lo que voy a decirles. Pero, ante las cosas que se ven o pasan y quizás nos pasan, he tenido una ocurrencia y, como tal, la muestro, por si alguien la tuviera por una idea y se decidiera a hacerme el favor de pensar un poco en ella.
La ocurrencia es esta: el sentido común ¿pudiera llamarse constitucional? O mirada por otro lado: ¿debería considerarse inconstitucional todo lo que va o pueda ir contra el sentido común?
Ni lo afirmo ni lo niego. Se me ocurre pensarlo e invitar a que mis amigos lo piensen conmigo. Pudiera ser interesante como cuestión pre-jurídica.
Como pensar no cuesta, pensemos. Puede que no sea tan superfluo ni vacuo como a simple vista pudiera parecer.

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Hoy, coro de "flashes vivos" -15-III-2018

15.03.18 | 13:54. Archivado en Acerca del autor

Me alertan esta mañana, como casi todas las mañanas, y me llaman a reflexión tal rebaño de cosas –sucesos, noticias, comentarios, debates…-, que se me hace difícil elegir, y –en la perplejidad- opto por escoger y realzar alguna que hoy me pesa más en el ánimo o me subyuga con más vehemencia. El mundo es ancho e intenso y extenso y no se para. La vida fluye y se viste para todos los gustos. Por eso, también hoy, me voy al modo de los “flashes” vivs y breves.

Desde el año 1956, en que el editor Juan Flores, de Barcelona, publicara en su traducción castellana la obra Thinking lifre through – La vida hace pensar, del entonces obispo auxiliar de Nueva York, mons. Fulton J. Sheen, ese buen libro nunca se ha caído del todo de mis manos. Es, para mí, un manual de experiencias vividas y de vidas por vivir. Me enseñó siempre algo y aún me sigue enseñando bastante; a mirar la vida corriente -la que fluye tomando de cada terreno que roza el sabor o el color de sus entrañas- con la percepción y atención suficientes para ver y sacar de ella algo que enseñe a vivir y a seguir viviendo, a pesar de todo. Un gran libro, hecho todo él de “flashes vivs”.
Por eso, me ocupan hoy tres “flashes vivos” al aire del día.

* No es cosa de dormirse o de mirar a otro lado.
En el Congreso de los Diputados, se celebra el debate sobre las pensiones y su futuro. En el “mare-magnum” de tamaño tema, una realidad planeaba –de una u otra forma- sobre las cabezas de los sres. Diputados: la evidencia de la cada vez más fuerte crisis de la natalidad en España.
Hay cada vez menos niños; hay cada vez menos jóvenes; y hay cada vez –por pura lçogica- más personas mayores, incluso longevas, pensionistas. El sistema se ve morir a no muy largo plazo si al problema no se le pone remedio eficaz, pronto y bien.
Y como no es cosa, en reflexiones con “flanes vivos”, de analizar las causas y explorar los remedios a tan alarmante crisis –creo además que, con poco pensar en ello, cualquiera da en el clavo de las causas, me limito a reproducir la parte final del texto de un salmo de la Biblia, el 126, que se atribuye al rey Salomón y es un viejo canto del peregrino. En vano os afanáis -viene a decir- si no contáis con lo que se ha de contar; en su parte final lo precisa: “Son los hijos herencia que viene de Dios; son los descendientes una recompensa. Son como la flecha en la mano del guerrero los hijos que en la juventud se tienen. Feliz será quien llene con ellos su aljaba. No será humillado si se enfrenta al adversario en la puerta de la ciudad”. Vano es afanarse en mirar al suelo cuando los buenos caminos del hombre tiran hacia arriba. Y por arriba no circulan solamente las estrellas.
Y me digo yo ante la evidente crisis de natalidad que padece España: un pueblo, una ciudad o aldea, una nación, una cultura, una religión, etc., sin niños y jóvenes, son realidades –todas ellas- con fecha de caducidad a corto plazo. Por eso, andarse por las ramas en estos debates como irse por los sucedáneos, por la ética del “todo a cien” o por las estrategias de políticos de la vista baja o de vuelo corto, será como meter la cabeza debajo del ala como se dice que hacen los/los avestruces (no me atrevo, por impotencia, a decir el femenino de avestruz y “avestruza” me suena fuerte) ante el peligro.

** La eminencia en silla de ruedas y corta de vista.
El gran científico Stephen Hawking ha muerto este día 14 de marzo. Todo un prodigio de entereza, de resistencia a la adversidad y a las minusvalías del cuerpo, pero con alma y voluntad de gigante ha sido, por muchos años, un incansable buceador del alto cosmos –valga la paradoja o las paradojas porque son varias.
Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, hace años, su estela de gran científico no ha cesado de afirmarse y sus teorías del “big-bang” y los “agujeros negros” han sido pasos adelante en la conquista del espacio y el conocimiento de los misteriosos espacios siderales.
Ayer, cuando se anunciaba su muerte y todo eran comentarios, a vuela pluma, tomé nota de algunas de sus frases míticas: “La razón humana tiene que salir fuera para asegurarse la supervivencia” – “Mi objetivo en la vida ha sido muy sencillo: la comprensión del universo” - “Hay que mirar más a las estrellas y menos a la tierra” – “No tengo miedo a la muerte pero no tengo prisa en morir… Tengo tantas cosas que quiero hacer antes…” “Me he dado cuenta de que, incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada por cambiar nuestro destino, miran como todos al cruzar la calle” – o esta otra por no mencionar más: “Las personas que se jactan de su coeficiente intelectual son unos perdedores”. Todas valen para pensarlas en serio, ¿no creen?.
Hawking no era creyente y explica el universo desde la pura “nada”. Creo que dijo alguna vez que, por parajes siderales, nunca se encontró con Dios.
Lo respeto aunque en modo alguno lo comparto. Más bien, creo que no hace falta ir tan lejos para ver a Dios.
“Dios a la vista” dijo Ortega y tampoco era creyente cristiano.
El salmo 80, en uno de sus versos, poetiza al orante que llama a Dios en la aflicción: “Te respondí oculto entre los truenos”.
Se pudiera citar incluso ese otro salmo –el 28- en que se poetiza también que “Dios se sienta por encima del aguacero”.
Lo que pasa es, con todos los respetos para los científicos, que para muchos humanos la mente y la razón corren mientras el corazón se les queda tras, rezagado y acomplejado. Y eso –aunque pueda llamarse muy ilustrado- no es humano. Por eso, rememoro al sabio latino clásico cuando dice que hay dos clases de ceguera: la de quienes ven donde no hay y la de los que no ven donde hay.
De hecho, Otro torturado insigne por cosas de fe, el catedrático de Salamanca don Miguel de Unamuno, se sincera en su Diario íntimo, y suelta una idea genial y de un humanismo apabullante: Cuando rezo, reconozco con el corazón al Dios que mi inteligencia rechaza. Y por algo quien visita su nicho en el cementerio de Salamanca no dejará de presentir la fe que rezuma el epitafio que él mismo compuso en uno de sus poemas –el Salmo III- para su tumba: “Méteme, Padre eterno, en tu pecho,. misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”.
Sea como fuere, la mayor lección de vida que me da este eminencia en silla de ruedas, con su esclerosis siempre a cuestas, se puede titular de este modo: De cómo puede superarse la adversidad más recia luchando contra ella y a pesar de ella. Un prodigio de machar siempre en positivo frente a ella.

*** No todo lo pasado fue peor.
Otra noticia del día, impactante para mi. Hoy Félix Rodríguez de la Fuente hubiera cumplido, de haber vivido, 90 años.
Otra eminencia, de las de fuera de serie, en cuanto a sentir, vivir e inculcar el amor a la naturaleza. Aquel gran hombre, desde la “tele” de entonces, nos enseñó el amor a los animales bastante mejor que los que no tienen otra ocurrencia a favor de ellos que la de una proposición para prohibir que se corte el rabo a los perros, o la de -también os hay- aspirar a que, en el programa de su partido, se incluya decretar por ley que los perros tienen alma humana. AmAr a los animales no está en decir bobadas sobre los animales, por bien que quede en tiempos vanos.

Aquellas emisiones de ”El hombre y la tierra” nos marcaron de por vida a los que tuvimos la suerte de seguirlas semana tras semana. Fueron más que ”La familia de Falcon Crest” o “Un millón para el mejor”. Eran lecciones de vida humana en positivo a la sombra de las alas de un águila real, el silbo de un mirlo o los enamorados nocturnos del ruiseñor animando en las noches de primevera a su hembra para seguir a pie de obra incubando a sus polluelos. ¿Quedan ruiseñores? ¿Muchos?
Ayer oí este comentario sobre aquellas emisiones de El hombre y la tierra de F. Rodríguez de la Fuente: entonces la “tele” nos enseñaba y ahora nos aborrega y embrutece. Es posible, aunque haya de todo en la “tele” y en todas partes.
Eran otros tiempos, claro…

Al final de la mañana, me digo a mí mismo: ¿no iremos, a lomos de tiempos de tanto progreso y tecnologías –progreso material sin cuento-, hacia atrás en humanidad, en justicia, en verdad o en libertad, como se dice que van los cangrejos? Aunque parezca imposible, pudiera ser.

Pensemos, en fin, que hay caminos y que, como dice mi poeta predilecto “se ha de hacer camino al andar”. Pero siempre mirando al frente y sin doblarse…
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Tarjetas rojas y sentencias asombrosas -14-III-2018-

14.03.18 | 12:56. Archivado en Acerca del autor

“El hombre más honrado, más respetado, puede ser víctima de la Justicia. Es usted, por ejemplo, buen padre, buen esposo, buen ciudadano y anda usted por las calle con la cabeza bien alta. Cree que no tendrá que rendir cuentas alguna vez a los magistrados de su país. ¿Qué fatalidad podría hacerle pasar por un malhechor y, cuando no, por un criminal?
Pues esta fatalidad existe y tiene un nombre: error judicial”.
Con este auguro malhadado, pero posible, abre René Floriot –un gran maestro francés de la “praxis judicial” la Introducción a su conocido libro titulado Los errores judiciales (El documento vivo – Noguer, Barcelona-Madrfid, 1969, pag. 1).
Hace casi 50 años compré este libro en la Librería Internacional de San Sebastián y desde entonces, o para precaverme o para consolarme, jamás lo he dejado de la mano. Esta mañana lo he vuelto a coger por la circunstancia.

Amigos. No pensaba hoy –por otros menesteres a mano-- poner mis reflexiones diarias al servicio de una noticia o suceso, a menos que llamara poderosamente mi atención. Así ha sucedido y no he podido resistir el envite del suceso, del que tuve noticia ayer, en la tarde-noche.

Estaba escuchando por radio el partido de fútbol Mancheter City - Sevilla. El árbitro sacó una o dos tarjetas por protestar. A Sergio Ramos –hecho bastante a protestar, no sé si por sí o por sus galones de capitán- le han sacado los árbitros más de una tarjeta; amarilla e incluso también roja; porque si el protestón se empecina o si insulta, aunque sólo sea con gestos o haciendo un “corte de mangas”, como se dice, la tarjeta roja es inmediata e inmisericorde. Y generalmente el Comité de Competición, en estos casos, mantiene la sanción y al futbolista le caen varios partidos de suspensión.

Ayer o anteayer, el Tribunal de los Derechos Humanos –nada menos- de Estrasburgo, dictó una sentencia contra la sentencia de la Audiencia Nacional que condenaba a un señor –valga la expresión- por haber rociado con gasolina, prendido fuego y hasta pateado, una foto del rey de España. Creo que el individuo era separatista-independentista catalán.
¿La razón que da el llamado Tribunal de los Derechos Humanos? Pues que eso ni es delito, ni injuria, ni nada que merezca siquiera un reproche, menos la multa que le fuera impuesta por la justicia española –parece que irrisoria; porque –según dicho Tribunal- el que usa de un derecho no comete injuria contra nadie. Y claro es, este susodicho señor, al quemar y pisotear, como lo hizo, la efigie del rey de España, estaba usando el derecho a la libertad de expresión.
Pasmoso, digo yo, que reconozco límites a todo derecho humano, incluso a los llamados fundamentales. Y además, quien lea el art. 20 de nuestra Constitución podrá ver, si se fija y tiene cacumen- que en el 4º aparatado del mismo se detallan esos límites, como, en recta justicia y razón, no podía ser menos.
Pero, no contento el Tribunal con negar que haya injuria a nadie con esa acción no se trata de un pensamiento, sino de una acción en toda regla,- carga al Estado español con el pago de una indemnización de catorce mil euros –creo que esa es la cantidad- a la pobrecita víctima de nuestra Justicia.

Bien. Como hoy tengo prisa por otros menesteres del día, me limito a invitarles a pensar en lo que va de la tarjeta amarilla, y sobre todo roja, al jugador que protesta o hace gestos al árbitro en un partido de fútbol –no digamos si le insulta, provoca o arremete contra él, en cuyo caso podría ser incluso inhabilitado de por vida para el ejercicio de la profesión-, a esta asombrosa sentencia, nada menos, que del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de Estrasburgo, que ampara hasta límites inimaginables el ámbito del derecho a la libertad de expresión. Sólo les invito a pensar en lo que va de una libertad de expresión a otra libertad de expresión. ¿Por qué no acuden los futbolistas inhabilitados por protestar o injuriar con obras a los árbitros a pedir amparo a estos jueces de los Derechos Humanos? Con daños y perjuicios incluso?

¿Chocante? ¿Plausible? ¿Censurable? ¿Merecedora de que se diga a este Tribunal de los Derechos Humanos que los derechos humanos –todos ellos- tienen límites y que esos límites, desde que Kant definió la libertad y sus limites para ser verdadera libertad- están en esos mismos derechos, o en otros similares, de las otras personas? ¿Respetable, porque lo haya sentenciado un Tribunal del renombre del de Estrasburgo? ¿Asombrosa?.
Vean ustedes con cuál de estos rótulos se quedan. Yo me quedo con uno que no he mencionado: estupefaciente, porque me causa estupefacción. Y tomo esta palabra en su raíz latina: en cuanto proviene del verbo “stupeo-stupere”, o “stupefacio-stupefacere”: pasmar, causar estupor o asombro. Claro que hay que acatarla, ¡faltaría más…! P ¡qué remedio!.

Tarjetas rojas y sentencias asombrosas: para solazarse buscando similitudes entre una cosa y la otra, entre la protesta del deportista y la tarjeta amarilla o roja que el árbitro le muestra (¿no anda en juego también en eso el derecho a la libertad de expresión?) y la acción del separatista, de romper, rociar con gasolina y quemar a la vista de todos la efigie del rey de España.

Recuerden que he dicho muchos veces que no soy monárquico de convicciones ni de aficiones, pero, como tampoco soy anti-monárquico (porque casi todo lo “anti” es negativo y no me gusta ser negativo-, respeto como el que más al jefe 0del Estado; y las injurias o insultos a él –porque no se insulta a don Felipe de Borbón y Grecia, sino a todo el pueblo representado por él en este momento- le trasscienden para volverse injurias t todos los ciudadanos de este país, incluso a los mismos que le insultan. No soy monárquico de convicciones pero me siento insultado por la afrenta al rey de España; y de rechazo, o por alusiones, me pasa lo mismo con esta sentencia.

Dicen las crónicas del día que los “independentistas” catalanes se están frotando las manos d gusto, y hasta de triunfo con la sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos de Estrasburgo. Es normal y tienen esta base judicial para estarlo.
Yo, de todos modos, como es posible que en Estrasburgo no lo conozcan, diría al Tribunal que no se fíe del contento de esta gente. Porque como dijera el sabio verso del ilustrado español don Tomás de Iriarte y Lara, en su graciosa y conocida fábula, El Oso, la Mona y el Cerdo, “Guarde para su regalo esta sentencia el autor: si el sabio no aprueba, malo; si el necio aplaude, peor”. Su moraleja es que nunca se acredita tanto una obra como mala como cuando la aplauden los necios.

Y sobre todo yo –en esta tesitura de la sentencia- rememoraría, porque viene muy a cuento, el pensamiento –también sabio y oportuno para el caso- del procesalista don Niceto Alcalá-Zamora y Castillo, cuando –en sus Estampas procesales de la literatura española (Buenos Aires, 1961, cap. 3, p. 52)-, evocando un pasaje de L’homme qui rit” de Víctor Hugo (2ª parte, lib. 1, cap. 10), proclama por todo lo alto que no es lo mismo ser juzgador que ser justiciero, aunque parezca un juego de palabras. “Todos los jueces –dice- legítimamente instituidos, dotados de jurisdicción y competencia, administran justicia en los pleitos y causas ante ellos sometidos, pero, por desgracia, y la diferencia llega a ser cuantitativamente muy grande, no siempre hacen justicia”. El deslinde entre ambas cosas –enseña- ha de marcarse por el bien de la justicia.

Y, aunque tengo poco tiempo esta mañana, no me privo, al menos un ratillo, de releer esa Introducción a la magna obra, Los errores judiciales, de René Floriot. Merece la pena para no caer en utopías.
No pensaba hoy irme de otras ocupaciones pero ahí está lo pensado a la primera hora del día.
El más honrado, el más respetado, puede ser víctima de la Justicia…. “Pues esta fatalidad existe y tiene un nombre: error judicial”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


TRIPTICO DE COLORES - DEL BLANCO AL GRIS 13-III- 2018

13.03.18 | 13:24. Archivado en Acerca del autor

Tríptico de colores, del blanco al gris

El blanco es un color de paz.
Hoy se cumplen cinco años de un pontificado atípico (por sus perfiles fuera de lo corriente, no más), pero de una extraordinaria proyección sobre la Iglesia y sus destinos terrenales y hasta sobre el mundo y sus posibles de futuro.
De inteligente, valiente y cercano lo calificaría yo, a bote pronto, al rememorar e tratar de inventariar estos cinco años de su conducta al mando supremo de una Iglesia de Cristo que, incansablemente y en todo tiempo –con mayor o menor acierto en la práctica-, busca su camino de máxima fidelidad al Evangelio. Por muchos que hayan sido los errores de los “hombres de Iglesia” en tal empeño, será difícil negarlo sin caer en mala fe. Porque vale para los hombres de Iglesia también la máxima del viejo latín, según la cual “homo sum et humani nihil a me alienum puto”, que quiere decir sencillamente que “nada de lo humano” les es ajeno.

Lo repito: inteligente; valiente; cercano. Hay más perfiles de distinción, pero en estos tres cifro yo lo que en este Papa me parece definidor: trae un nuevo estilo para el modo de ser y de estar de la Iglesia en el mundo actual
Inteligente por saber leer los signos de los tiempos y no ver en ellos únicamente lo negativo. Es inteligente quien “sabe leer” y no necesariamente el que sabe mucho
Valiente porque remar contra la corriente es de audaces y valientes, como el propio Evangelio de Jesús anota
Y cercano porque se le ve, a cada paso que da, buscando al otro, sin distingos, sin remilgos y sin segundas intenciones; al “otro” –sea quien sea- como si fuera el propio yo”.

Este Papa es “un estilo” nuevo para una Iglesia de dos mil años. No pretende cambiar el dogma ni las esencias de la moral cristiana, porque sería traicionar a Dios. Sólo busca -porque, además, su personalidad se lo requiere y él no se hurta- que la Iglesia de siempre sea la Iglesia de hoy.
Y para eso, para cambiar los modos y romper moldes –decenas, cientos, quizás miles de moldes de “carreras”, de “diplomacias”, de “intereses” endurecidos por el tiempo y cobijados muellemente a la sombra de un “dolce far niente” con cosas que queman y no se quieren tocar porque queman –léase, por ejemplo, las pederastias en la Iglesia, las envejecidas mañas curiales, los acosos a lo “sagrado” dentro de la propia Iglesia y más cosas que no son del caso enumerar ahora-…. Para eso, para cambiar los modos y meter otros usos menos dañinos para la suerte de la Iglesia en el mundo, el estilo del papa Francisco –no se olvide que “el estilo es el hombre”- viene a la Iglesia de hoy como “anillo al dedo”.

Desde el papa León XIII, a finales del s. XIX, cada Papa llegó, com,o de los niños se dice, con “su pan bajo el brazo”: la cuestión social es también de la incumbencia de la Iglesia; el “modernismo”, que no es la “modernidad”, rompe las escalas de la verdad; la militancia no es cosa sólo del partidismo político ya que es cosa de todo ideario -no ideología- que quiera salir adelante con la verdad en las manos; las dos guerras mundiales, con sus increíbles horrores, le exigen pisar la tierra en serio y comenzar a llamar a las cosas por su verdadero nombre y no por apodos o seudónimos. Y ya después, un Juan XXIII y un Pablo VI cogieron “el toro” del necesario “aggiornamento” oficial, por “los cuernos” y trazaron en el escenario real de la Iglesia la línea de un “antes” y un “después” a la presencia de la Iglesia en el mundo. Y vino más tarde la “pastoral” más activa de ir a buscar lo que no está a la mano, vinieron los viajes de los Papas a todas partes; la mano tendida a los disidentes y a los ateos incluso, a otras religiones, a la ciencia. Y ahora este complemento de un Papa inteligente, valiente y cercano.
Un Papa tan atípico que, como hemos visto hace nada, en el avión de regreso al Vaticano tras el viaje a Chile y Perú, no duda en desdecirse de unas palabras que, sin ser falsas, pudieran ser inoportunas; o, en el mismo avión, dar las gracias a un cardenal que le censura por dichas palabras. Eso es un estilo realmente nuevo, el que necesita la Iglesia siempre y ahora más…

Bien sé que hay incluso dentro de la Iglesia, quien o quienes no le quieren o no le gusta o le suena a debilidad ese estilo. Es normal porque es lo corriente, pero porque a algunos no les guste no deja de ser lo que es: el estilo del Evangelio para estos tiempos de hoy.
¿El Papa de la concordia? Es posible. En todo caso, el Papa que necesitaba hoy la Iglesia, sin desmerecer de ninguno de sus predecesores mencionados, sin los cuales tal estilo no hubiera sido posible.
Por lo demás, alguno le tilda de “revolucionario” y hasta de “populista”. Con el “populismo” pasa lo que con algunos otros “ismos”; pero no ee lo mismo ser “popular” que “populista”. Y en cuanto a “revolucionario, quizás lo sea pero en el mejor sentido de esta palabra, que tiene varios. Es cosas de marcar las diferencias, pero no ahora. Perdonen.
Por hoy, contentémonos con saludarle en este 5º cumpleaños de su pontificado y rezar por él, para que, en las adversidades, que las tiene sin duda como todo hijo de vecino y cada cual a su medida, sepa mirar al frente sin doblarse y seguir siendo lo que es: inteligente, valiente y cordial o cercano, que para el caso es lo mismo.

Con brevedad, me voy a los otros dos colores del tríptico de estas reflexiones de hoy

El negro es color de duelo.
Esta mañana he vuelto a oír lo mismo que, ayer, de los mismos labios, había escuchado: una portavoz del PSOE, ante esa “patata caliente” que van a tener algunos partidos políticos, pasado mañana jueves, cuando se debata y se vote en el Congreso esa moción del PNV de derogar la PPR o Prisión Permanente revisable, dijo lo siguiente: “Entendemos el dolor de la familia –se refiere a la del pequeño Gabriel-. pero no se puede legislar en caliente”. Unos momentos después de sentenciar ella su aserto, otro, con más sentido y verdad, dijo que “se ha de legislar con serenidad”.
Pues bien, yo, que me siento jurista, me veo más cerca del segundo que de la primera; y opino lo contrario de que no se deba legislar en “caliente”.
Se sabe por todos que las leyes van siempre detrás de la realidad que están llamadas a regular socialmente. Muchas veces he dicho en clase a mis alumnos de Derecho, a este respeto, que en la Edad Media había ya códigos de leyes, pero no fueron conocidos códigos de circulación vial, y además- eran impensables. Sencillamente, porque para el tráfico de carros y carretas por los caminos no eran necesarios en absoluto. Y ha sido en caliente, es decir, cuando surge la necesidad o cuando se ve a la realidad reclamando leyes, el momento de hacerlas. y cuanto antes, para que el desfase entre los hechos que no paran y las leyes que se quedan quietas al promulgarse –aunque deban ser aplicadas por los jueces, pero eso es otra cuestión- sea el menor posible. Es “en caliente”, por tanto, como se ha de legislar. Quizás quiso decir la “portavoz” –o “portavoza” si ellas lo prefieren- que no se debe legislar al son de las pasiones o de las emociones. Para eso viene el otro dicho del contrincante de la señora del PSOE: hay que legislar con serenidad, pero “en caliente”, cuando la realidad lo exige, cuanto antes y sin rémoras o pre-juicios de partidismos o a la caza de votos.
Y como de esto se puede decir mucho y el color negro es un color de duelo y pesaroso, baste con esto por hoy.

Y, por fin, el gris.
En primer lugar, ¿es un color el gris?
Goethe, en su Fausto, siembra la duda cuando dice que “gris, caro amigo, es toda teoría, y verde, el árbol áureo de la vida”; que el perspicaz Ortega glosa anotando que “ser gris es lo más que el color puede hacer para dejar de ser color” (¿Qué es filosofía?, Lección VI, Ed. Rev. de Occidente, Madrid, 1960, p. 131).

Esta misma mañana –en que “las palmas echan humo”, como solía decir un antiguo comentarista deportivo ante los “golpes” ajustados y certeros, maliciosos también, de nuestro Manolo Santana´-, ante la “canallada” del “pequeño Gabriel”, un tertuliano parecía confundir y asimilar el “populismo” al “sentir del pueblo”; es decir, dando a entender como que los políticos “populistas” fueran, nada menos, los que mejor representan al pueblo.
Como “populismo” es lo del Sr. Maduro en Venezuela, el dicho del tertuliano desconcierta. El “populismo”, como “ismo” que es –a mi ver-, no sería la política del servicio al “pueblo”, sino la política de un servicio que, por mor de una propaganda para pazguatos quiere hacer ver que “los suyos” son “el pueblo” sin serlo. El pueblo, en sus labios o programas. es la coartada para el consabido el totalitarismo populista. Es muy “gris”, por tanto, pensar siquiera que “populismo” refleje o represente el “espíritu del pueblo”
Ahora mismo, por ejemplo, cuando las estadísticas dicen que el 80 % del pueblo es contrario a la derogación de la PPR, el PNV, por afición, el PSOE, por lo del “no es no” y Podemos por populista –del pueblo, pero a su servicio- piden y exigen lo contrario: que se derogue a presar de ,l.o que diga o piense el pueblo. Pasado mañana saldremos de dudas y veremos si el “gris” es color o no es color.

Y como este tríptico de los colores no me da hoy para más, dejemos por hoy lo de los el colores –que hay muchos en el arco iris- y pensemos si hoy, precisamente hoy, vamos de blanco, de negro o de gris. Se dice que para gustos están hechos los colores y los sabores. Pues eso!!!

SANTIAGO PANIZO ORALLO


"Negra sombra que me asombras... (12-III-2018)

12.03.18 | 20:40. Archivado en Acerca del autor

Este domingo, a última hora, se desvelaba el tenso misterio de la desaparición sin rastro del “pequeño Gabriel”; un suceso que ha traído de cabeza, por diez días, a la entera Seguridad del Estado y puesto en vilo, en una “alarma social” sin precedentes –no por reiterada en tiempos revueltos y líquidos como éstos, menos aguda esta vez- a la parte “sana” –que, gracias a Dios, aún es mucha- de la entera sociedad española.
Esta mañana, los hechos hasta el momento comprobados, llenaban el aire, tanto de emociones contenidas y condolencias de casi todo el mundo, como de cábalas y aventurerismo en algunos casos, y de estupidez incluso en algún comentario de los que confunden la velocidad con el tocino como el apunte de una escritora en las “redes o el rebuzno –por no llamarlo de otro modo- de un portavoz, o lo que sea, de Podemos, en las mismas “redes”, que enseguida retiró alarmado por el pésimo efecto producido. Casi siempre da en el clavo quien jocosamente dijo que “el burro, cuando finge ser caballo, tarde o temprano rebuzna”.
Fuera de estos “esperpentos” o salidas de “pata de banco”, la inmensa mayoría de los españoles hoy nos hemos sentido gravemente ofendidos y humillados en nuestra propia dignidad.

Antes de irme a unas reflexiones hondas sobre tan espeluznante suceso que escarnece y mancha todo el hilado de una sociedad seria y comprometida con los derechos humanos –trataré de hacerlo cuando pases unos días, el relato esté cerrado y se enfríen algo las aguas-, hoy sólo pongo al aire de mis reflexiones dos o tres apuntes que inviten sólo a pensar un poco a quienes me lean. Como digo, aunque haya datos ya ciertos, el relato de los hechos no está completo y las reservas y las esperas son obligadas.

La presunta homicida o asesina, cogida “in fraganti” con el cuerpo del niño en el maletero de su automóvil, es “la novia” del padre del “pequeño Gabriel”. La “novia” han dicho algunos, otros la llaman su actual “pareja”: tanto monta.
Es circunstancia que da para pensar y da que pensar –me parece-, tanto si se tienen “principios” sobre familia y matrimonio, como si -a lo Groucho Marx- se baila al son de los principios que marcan los timbales del tiempo. ¿No suelen ser los niños, casi siempre, en estos líos de familias “rotas”, “líquidas” y “pos-modernas” los “paganos” auténticos de las nuevas “modernidades”?
Se puede, si se quiere, pensar en ello. Y puede que no sea un atraso hacerlo: por catarsis social.

Otro apunte, a bote pronto también, he de referirlo a la Guardia civil y restantes Fuerzas de Seguridad del Estado; eficientes donde las haya; denostadas –lo estamos viendo en algunas periferias de nuestra “piel de toro”; y beneméritas por ambas laderas. Para mí gusto, un servidor del orden pçublico y social –y en concreto, nuestros servidores de la seguridad ciudadana-, si algo merecen, es por un lado la misma igualdad que pedían con toda justicia las mujeres en las manifestaciones del Día Mundial de la mujer. y, por otro, un respeto, una gratitud y el reconocimiento público de que, sin ellos, la tan maltratada ya vida en sociedad y en convivencia, sería todavía más arriesgada e infumable de lo que ya está siendo como se ve por los tan reiterados atentados a la dignidad humana como ven a diario; de las mujeres, pero también de otros más, como los niños o los menesterosos de cualquier clase y condición. Que no se vaya a pensar o creer que son las mujeres tan sólo quienes sufren injusticias y mal trato!.
¿No es hora, pues, de reconocerles lo que se merecen y a lo que tienen derecho por justicia y razón nuestros Cuerpos y Fuerzas de la seguridad del Estado?

Y esto otro que esta mañana saltaba en el aire como un reto o dardo dirigido a todos los del ”por el uno me entra y por el otro me sale”, al buen recado del ser utilitario a costa de lo que sea. Vale para tiempos de democracia y de “demócratas” que se llaman a sí mismos “de toda la vida”. Esta mañana saltaba en el aire como como un reto o dardo caliente.
Tras este otro “batacazo” social, fulminante, del pequeño Gabrial rondaba el aire de los mentideros de villa y corte este interrogante. ¿Habrá alguien, en su sano juicio, que siga instando la derogación de ese artículo del Código penal, que estableció en 2015 –en consonancia con la mejor verdad y justicia y como tienen establecido los pueblos más cultos, más democráticos y más respoetuosos con los derechos humanos en Europa y en el mundo- la PPR o Prtisión Permanente revisable para casos en que la infamia o la crueldad inaudita o la soberana desvergüenza del criminal hace suponer o presumir, a partir de indicios más vehementes que el viento de estos días pasadps, que sus personalidades anómalas no tienen arreglo, por “buenismo” que se les quiera volcar encima? ¿Habrá un demócrata que siga defendiendo lo que a la mayorìa del pueglo repugna?
Un tertuliado -Chencho Arias- pensaba que sí; que habría quienes seguirán -el próximo jueves- “erre que erre”, pensando para sí lo que Luis XIV pensaba del Estado: que “el pueblo” son ellos; que, pasado el primer hervor que les impone cierto recato, volverán a lo suyo. Seguirán y lo veremos muy pronto. Tan pronto como se abajen lun poco las emociones de hoy y de mañana o pasado...

Esta mañana he oido también a Patricia, la madre del niño. Sobrecogedor su mensaje. No saquemos a relucir los odios cuando están a punto de vencernos las furias. Es evangélico y muy cívico tratar de vencer al mal con el bien. Es el “Vince in bono mañum”, del evangelio de

Por vía de urgencia, baste por hoy con esto. Por añoranza tal vez de un mundo menos atrabiliario, me voy un momento a escuchar el si par “Negra sombra” de la sin par Rosalìa de Castro, interpretado esta vez por la sin par Luz Casal.
“Cando penso que te fuches, negra sombra que me asombras, o pé dos meus cabezales tornas facéndome mofa … Cando penso que te fuches, negra sombra que me asombras, nin me dexarás nunca sombra que sempre me asombras”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mujeres en lucha -II- Y ahora ¡qué...! (9-III-2018)

12.03.18 | 20:34. Archivado en Acerca del autor

Día de resaca. Después de la borrachera de multitudes de ayer, en el imponente “carrusel” de las mujeres del mundo pidiendo “igualdad”, hoy toca pisar tierra de nuevo. Deslumbrante pudiera calificarse la jornada del Día Mundial de La Mujer. Histórica, apoteósica, nunca vista…. Los más hiperbólicos adjetivos no desdicen de lo que fue.
Sin embargo, creo yo que, como siempre ocurre con estos baños de multitudes, tras las euforias o el optimismo desaforado que suelen seguirles, la primera pregunta del día después ha de ser la del que, una vez aterrizado de un sueño hermoso, se frota incrédulo los ojos para preguntarse: Y ahora, ¡qué!

Efectivamente, como digo más arriba: “Y ahora, ¡qué!!!”. Con mi poeta preferido, el que, al poetizar la realidad, la sublima y la sentencia, hay algo mejor que soñar, despertar: “Si vivir es bueno –dice en uno de sus Proverbios y Cantares- es mejor soñar; y mejor que todo, madre, despertar”

Es verdad indubitada -para mí, al menos- que la condición humana es problemática por esencia. No hay día ni hora, en que –por arriba o por abajo, por la derecha o la izquierda, de frente o al trasluz- al hombre le falte una cuestión en que verse retratado o a la que buscar soluciones.
Es decir, que los seres humanos, del mayor al menor y al intermedio, nos vemos a diario en esa disyuntiva tremenda –algunos dirán que fatalista- de verse advocados a víctimas o verdugos, en la cotidiana palestra de la lucha por la verdad, la justicia o la libertad.
Pues, ¿quién puede alardear de no haber ensayado alguna vez en la vida papeles de víctima, real o aparente, o de no haber sido nunca salteador de los caminos de los “otros”?
Pero seamos pragmáticos ante las demasías en ilusiones y preguntémonos el día siguiente lo que suele preguntarse cualquiera después de las grandes euforias: Y ahora ¿qué?

Es una verdad indiscutible para mí desde hace mucho, la de que –ante los problemas, una vez tomada conciencia de ellos- el camino es el de buscar soluciones antes que culpables. Y es que los problemas hablan, gritan, chillan incluso, pero se equivocan si se reducen sus palabras o chillidos a la caza del zorro que se lleva las gallinas del gallinero. Lo que pide la cordura es asegurar primero el gallinero antes de perseguir al zorro que lo asaltó.

Es un hecho también, clamoroso igualmente, que en la historia humana se han hecho infinidad de cosas a espaldas de la justicia y la verdad; no digamos de la libertad. Como es otro hecho -de historia también y pasando a lo de ayer- que la mujer, como género femenino, ha sido tratada con desigualdad, y que la “violencia”, en sus distintas formas, ha tenido en ella un destinatario predilecto. Sin que sea de este momento precisar el porqué, cualquiera que piense lo puede prever: de ser tan insustituible para la vida humana, se la ha tomado a pitorreo, cuando no a título de inventario. Casi nunca se ha reconocido que ser mujer es tan grande y noble como ser varón. Y cuando la mujer ha dejado huellas en la historia, ha sido, casi siempre, teniendo que poner de su parte un plus sobre lo que, para lo mismo, se le hubiera pedido al macho. Hay otras razones, pero esta puede serlo también.

En mi otro ensayo de “Mujeres en lucha” dije –y lo reitero ahora- con nuestro Baltasar Gracián que por el “modo” se pierden con frecuencia la justicia y la razón (por si no lo recuerda, busque en Oráculo manual y arte de la prudencia el realce nro. 14).

Pues bien, en las primeras horas de la mañana del 9, en plena resaca de las vibrantes manifestaciones del Día Mundial de la Mujer, en la plaza de España y aledaños, las papeleras incluso, fui tomando del suelo, donde yacían mustios y empapados por la lluvia que caía con ganas sobre Madrid, tres o cuatro de los “pasquines” que, la tarde anterior, habían jaleado como “banderas de enganche” las mujeres de las gran manifestación de la tarde-noche anterior. Aunque me sorprendiera de entrada el pobre destino de lo que aparentaban sueños de grandeza y casi locura, no me llamé a engaño sobre la mala suerte de los gritos y de los panfletos: que, cuando estorban por cualquier causa, se les condena a ser pisados como basura.
Después de tomar varios en las manos e imaginarme la o las que los habrían portado la tarde anterior, recogí para conservarlos tres o cuatro cuyos textos reproduzco:
El primero dice: “Ni sumisas ni devotas; libres, lindas y locas”. Lo firmaban 13 –literalmente, 13- huellas de labios teñidos de carmín; como las tales huellas parecían de “boquita” más que de “boca”, era de presumir que la firmante sería una agraciada señorita.
El segundo, tomado un poco más allá, dice: “Mujer, qué bonita eres rebelde”. La letra, en este caso, va precedida de dos signos de admiración con uno solo a su final. Lo firman cuatro: Nerea, Verónica, Dinamita y Elisabet; las cuatro firmas, a la sombra del símbolo de la mujer.
El tercero lo recogí en uno de los extremos de la Plaza de España y estaba en el suelo como si de un pájaro aterido se tratara. Dice: “Ni soy histérica ni estoy mintiendo. Grito porque estoy indignada. 7 marzo 2018”- No lo firma nadie ni con letras ni con huellas de labios pintados de carmín.
El cuarto que recogí al caminar bajo la lluvia del día dice, por una de sus lados lo de una anterior: “Ni sumisa ni devota. Te quiero libre, linda y loca”; mientras, por el otro, anota: “Con ropa o sin ropa, mi cuerpo no se toca”. Sin duda, digo yo, al releerlo para copiarlo, otra muestra de feminismo “sans femme”, como dice la revista anotada; o, si se prefiere, un canto por todo lo alto a todo lo que –en la idea del gran Zigmunt Barman- en los tiempos de la ,pos-modernidad, se pueda llamar “líquido”, desde al amor, la sociedad o los tiempos hasta la verdad o la libertad o la justicia. Es decir, un primor sin parangón.

La verdad, aunque las letras de los cuatro pasquines –reflejo, pienso, de muchos más- en las manos del dr. Freud o de cualquier psicoanalista darían quizás para una conferencia gruesa sobre la relación entre el inconsciente, el subconsciente y la realidad de la conciencia despierta pero mostrándose en una manifestación tan multitudinaria y compleja como las que ayer se volcaron en las calles de las ciudades del mundo para defender una causa justa, como no soy psicoanalista, me limito a solas dos observaciones breves y sin malicia alguna.

La primera, que toda mujer tiene como atributo primario humano la libertad y tiene derecho a ser libre; no tanto liberada piorque como dice Bernard Henry Levy en un viejo libro conjunto con Françoise Giraud no creo que haya “mujeres liberadas” sino mujeres que, consciente de su libertad, luchan a diario por ser efectivamente libres. La libertad no es una liberación; es una prerrogativa y un reto constante de la condición humana..
Y la segunda, ser “rebelde” no es signo de hermosura como ser no rebelde tampoco es señal de fealdad. Un “hombre rebelde” es, como dice Albert Camús al abrir el cap. 1 - El hombre rebelde-, de su incisivo y evocador libro L’homme revolté (hay edición en castellano, Losada, Madrid 2008, p. 22), “el que dice que no. Pero si se niega, no renuncia; es, además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo que ha recibido órdenes durante toda su vida y juzga de pronto inaceptable una nueva orden”. Y “cuál es el contenido de ese no? Se pregunta seguidamente el Nóbel argelino-francés de literatura.
Como es complicado aclarar ahora ese contenido y hay más días que longanizas para ponerlo en solfa, otro día prometo volver a la sustancia de la “rebeldía” que, como digo, tiene poco que ver con la belleza física, que es –por lo demás- la que casi sólo conocen algunos de los varios feminismos que en este momento tratan de “hacer mujeres” (sic) “sans femme”, como reza en su editorial un reciente número de Cités”, del que ya me he hecho eco en pasados ensayos con mis reflexiones.”

Y al cerrar las de hoy, en medio de la resaca, y remitiendo -por precaución y cura en salud- a los dos o tres últimos párrafos de mi anterior Mujeres en lucha, me reitero –perdonen la insistencia- en el dicho aforismo del sabio aragonés: “No basta la sustancia, requiérese también la circunstancia. Y todo lo gasta un mal modo, hasta la justicia y la razón”-
Y ahora… ¡qué! Pues a caerse de las desmesuras y las euforias, a desprenderse cuanto antes de las artimañas de los “pescadores a río revuelto”, a pisar tierra y sobre todo a convencerse de que la libertad se gana luchando cada día por ella, como el amor y tantas otras cosas buenas de la vida, y no cn gritos y pasquines aunque hayan sido besados por unos labios de carmín. “Ser mujer” es algo muy serio como para dejarlo en las manos de algunos feminismos “sans femme” o políticos de medio pelo, sólo “aprovechaos” del “río revuelto” para ganancia de votos. El espectáculo está servido, ya se irá viendo desde mañana mismo.
Lo recomienda en otro de sus Proverbios mi poeta preferido: “Tras el vivir y el soñar, está lo que más importa: despertar”. Breve también, pero claro para contestar con tino lo de “Y ahora ¡qué!
Es, mis amigos, mi punto de vista.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El Dios más a la vista

10.03.18 | 21:50. Archivado en Acerca del autor

¿Dios ha muerto?
“Gott ist tot”- “Dios está muerto” marca el alborozo del ateismo contemporáneo, desde que Nietzsche lo acuñara como grito de guerra contra la presencia de lo divino en medio de “lo humano”. En La ciencia gaya primero y más tarde en Así habló Zarathuthustra puso en curso algo que esperaban oír los ateos para consolarse de su falta de argumentos de verdad contra Dios. L0 que tal vez quiso decir Nietzsche es que “darlo por muerto” aliviaría les recelos de muchos ante la realidad de Dios, que muchos niegan y otros –por mucho que lo diga Nietzsche, no, ni mucho menos. Como ya dijera Voltaire antes que él, “si Dios no existiera, habría que inventar uno”. Y era Voltaire; nada menos que Voltaire.
El caso es que no está demostrado que Dios haya muerto.

La ‘cuestión de Dios’ es de las de mayor pervivencia y arraigo en la historia humana. Nadie lo ha visto cara a cara y frente a frente, y nadie –creo yo- ha dejado alguna de presentirlo, aunque fuera para negarlo. Mirando la historia entera, ¿quién podrá negar que Dios ha sido, en todo tiempo, una ocupación –preocupación igualmente- del hombre, antiguo, medio y moderno? Desde que el hombre es hombre, las preguntas sobre “Dios” han estado, de una manera o de otra, gravitando sobre la razón y el corazón humanos, empeñados en perenne porfía –cada uno a sus maneras- por dar cuerpo tanto a las ansias de absoluto que han anidado siempre dentro del hombre, como a las incertidumbres lógicas en que siempre se han diluido las dudas sobre Dios. ¿Quién ha visto a Dios cara a cara pisando caminos de tierra? Y sin embargo las naturales dudas acerca de Dios jamás han dejado al hombre pasivo o insensible a la intuida o, quizás mejor, presentida coexistencia de lo humano con “lo divino”.

Hoy, sin embargo, en esta sociedad secularizada –en el peor sentido de la palabra- y gaseosa -en el sentido más literal de la expresión, a cuenta de las filosofías de la “muerte de Dios” y de la paradoja del nihilismo asociado al mito moderno del “super-hombre”-, cualquiera pudiera preguntarse si, a fuerza de quererlo echar fuera de la historia, el hombre se ve ya liberado de sus ancestrales presentimientos y certezas morales sobre Dios.
Yo diría –ante tan artificiales augurios que ¡vano empeño!”.

Pocas veces he visto un diseño de la ‘cuestión de Dios’ tan realista, pegado a la realidad y a la historia, tan ajustado a las circunstancias, y sobre todo tan proyectivo y veraz como el que usa Ortega y Gasset para abrir su magistral ensayo Dios a la vista (Obras, Alianza Editorial, Madrid, 1998, t. II, p. 4939). Merece la pena recordarlo en aviso a los que graciosa y alegremente se recrean en la faena de enterrar a Dios después de que Nietszche decretara su muerte.
“En la órbita de la tierra hay perihelio y afelio; un tiempo de máxima aproximación al Sol y un tiempo de máximo alejamiento. Un espectador astral que viese a la Tierra en el momento en que huye del Sol pensaría que el planeta no había de volver nunca junto a él, sino que cada día, eviternamente, se alejaría más. Pero si espera un poco verá que la Tierra, imponiendo una suave inflexión a su vuelo encontrará su ruta, volviend9o ponto junto al Sol, como la paloma al palomar y el boomerang a la mano que lo lanzó.
Algo parecido acontece en la órbita de la historia con la mente respecto a Dios. Hay épocas de odium dei, de gran fuga lejos de la divino, en que esta eterna montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero, al cabo, vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge a sotavento el acantilado de la divinidad.
La hora de ahora es de este linaje, y procede gritar desde la cofa: ¡Dios a la vista!”.
La idea siguiente de nuestro mejor pensador del s. XX despeja seguramente algunas malicias ante ese arranque para muchos inesperado en una trayectoria de vida social como la suya: “No se trata de beatería ninguna”. La realidad de Dios forma parte del equipamiento que el hombre necesita para ser hombre

Por qué –hoy precisamente- salta al escenario de mis reflexiones diarias la ‘cuestión de Dios’, en una circunstancia cultural, en que la sola palabra “Dios” parece quemar en la boca de algunos –bastantes, demasiados seguramente- que parecen creer que con dejar de lado a Dios dejan de lado o sus propias carencias o sus propios complejos o sus propias limitaciones….
Muy sencillo. Esta mañana he leído ese pasaje del Deuteronomio, en el que Moisés –en un momento del largo pasaje- de la esclavitud a la libertad, en años y años de desierto y soledades, recuerda al “pueblo” (sic, al pueblo, dice la Biblia) que los mandatos y preceptos de Dios son la mejor garantía de salir con éxito de las encrucijadas que torpedean los caminos hacia la libertad.
Ponerlos por obra –señala Moisés al pueblo- es señal de inteligencia y de sabiduría a los ojos de todos los que saben algo de inteligencia y tienen algo que ver con la sabiduría.
Y Moisés, que no era un aventurero ni un zoquete, sino un guía de pueblos que al suyo lo puso fuera de los alcances de la tiranía, le hace una observación que, si se ponen los ojos en la historia universal, quizá tenga más miga de la que a primera vista puede aparentar
La frase, en forma de interrogante que supone ya la vivencia de la realidad que se objetiva en él, es portentosa y para pensarla por sus destinatarios. “En efecto –le dice- ¿hay alguna nación tan grande que tenga sus dioses tan cerca como lo está de nosotros nuestro Dios siempre que lo invocamos? ¿Hay preceptos más justos que los que vienen de las leyes de Dios”.
Cuidado, por tanto, les advierte. Guardaos muy bien de olvidaros de los sucesos que han visto vuestros ojos y de las palabras que escuchan o han escuchado vuestros oídos. Pasadlos unos a otros, de padres a hijos y nietos

Me parece claro que Ortega -al enfilar con su agudo mirar a Dios, y verlo como una presencia real, aunque recurrente, en el variopinto mar de la entera historia humana y gritar “Dios a la vista” desde la cofa de su pensamiento perspicaz y cómplice de la verdad dondequiera que la sorprenda su mirada- en esta precioso ensayo visualiza un “dios” de tejas abajo, lo que no deja de ser una manera de mirar.
En ese momento, la vista o las ganas no le dan para más. “Dios a la vista” lo diseña en 1926. Y no llega porque no quiso o no se atrevió –desde su circunstancia entonces- a mirar más lejos y se quedó en el “dios profano” que pide y exige la razón, y se abstuvo de dar el salto hasta el “Dios cristiano”, el de la “fe” sobrenatural, que se revela –aún siendo el “Dios profano”, puede hacerlo- dejándose evangelizar por el “Verbo de Dios hecho hombre”.
Más tarde, al mismo Ortega, al que nunca le dolieron más prendas que las de la verdad y su lucha por ella, el “Dios cristiano” se suscita más de un clamor de admiración t reconoce que el “cristianismo” fue todo él un pivote mayúsculo en el desarrollo humano, aunque los cristianos –como más de una vez también advierte- hayan dejado que desear al secundar las ingentes virtualidades del mensaje que da base constitutiva al Cristianismo. Y si alguien duda de lo que digo, le reto a que, desarmando las pasiones, lea pausadamente el capítulo VIII de esas magistrales lecciones dictadas mucho más tarde, que se titulan Qué es filosofía (cfr. Qué es filosofía, 2ª edic., Rev. de Occidente Madrid, 1860, pp. 171-187). Es un reto para ojos que quieran pasar del escepticismo o la duda metódica a la verdad expuesta con objetividad por alguien que casi todos dicen que no fue creyente. Léanlo y verán; pero léanlo sin ojeriza y entero, hasta esa frase del final en que dice que “la modernidad nace de la cristiandad”.

Para cerrar estas reflexiones, por si pudieran servir a alguien para sacudirse el polvo o quitarse telarañas de complejos o de servidumbres voluntarias, vayan dos frases de maestros del pensamiento moderno que –por serlo y aunque alguno de ellos no fuera creyente-no censuran la verdad que les acoge y que abonan estos terrenos hoy tan inhóspitos para los fantasiosos de llamado “progresismo”
En El hombre rebelde (“Los hijos de Caín”), el Nóbel Albert Camus escribe una frase tremenda pero de hondos y altos vuelos teológicos y sobre todo : “Pour que le 0Dieu soit un homme, il faut qu’il désespère”. Para pensarla.
Y Chateaubriand, en sus Memoires d’outretombe (III, II, 5, 25) escribe este otro pensamiento digno también de ser pensando siempre, aunque más en tiempos como estos, tan arrebatados e inciertos, en que las gentes, para buscar soluciones y salidas, parecen mirar a todas partes menos adonde debieran mirar con algo más de atención, que es a Dios: “La religion est le seul pouvoir devant lequel on peut se courber sans s’avilir”.
Ambos sirvan para pensar un poco, y en estos tiempos más.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mujeres en lucha

08.03.18 | 19:10. Archivado en Acerca del autor

Mujeres en lucha.

Este jueves de marzo –Día Mundial de la Mujer- salta a los aires el “slogan” oficial de la jornada: “Si nosotras paramos, se para todo”.
A bote pronto, que es como estoy acuñando estas reflexiones (son las ocho de la mañana), aunque el “slogan” sea tan ambicioso como indiscreto y falaz, no deja de mostrar “por dónde van los tiros” en esta jornada reivindicativa y de protesta a escala mundial; tan fantasmagórica –a mi ver- como pueden serlo las más apoteósicas simplificaciones.
Me estoy refiriendo en especial al “slogan”. Hoy, por eso, a parte de aprender a preparar unos huevos con patatas fritas por si el “slogan” tuviera más chica de la que aparenta, hoy –he de insistir- en honor a las reivindicaciones femeninas, dignas -por lo demás- no sólo de respeto sino del mayor éxito porque las más son de estricta justicia-, me he puesto a releer, nada más despertarme, la “Asamblea de las mujeres”, la bonita comedia de Aristófanes, (en la que por cierto hallo en germen la famosa frase de que la “democracia es el menos malo de los sistemas políticos”). Para convencerme –si ya no lo estaba- de que esta cuestión no es nueva sino todo lo contrario…
Después de regodearme con Aristófanes, he vuelto los ojos al Evangelio de Jesús para otear, también allí, el papel de “prima donna” que, a lo largo de todo el recorrido, las mujeres ofician, desde el Pesebre al Calvario y, poco después, con las primeras luces del día de la resurrección.
Algo más tarde, tomé en las manos el nro. 49 de Les Grands Dossiers des Sciences humaines, que acabo de adquirir porque, al verla en mi librería, me atrajo con fuerza la proclama de su portada: “Femmes de pouvoir, aventurières, intellectuelles, guerrières, scientifiques… ces pionniéres qui ont fait l’hiastoire”.
Y hasta saqué del montón de las revistas pasadas un suplemento especial del diario Le Monde (nro. 109), de la semana del 18 al 24 de marzo de 2006, en cuya portada aparecía campea este excitante y sugerente texto: “Homme-Femme. La confusion des genres. Être un hoome, être una femme ne va pas de soi. C’est un jeu de rôle, un rituel quotidien, nous prévient la philosophe americaine Judith Butler”.

Después de todo eso –parecía obligado preludio al color del día-, pensando y pensando para bosquejar unas ideas para esta jornada de lucha femenina y tras oír comentarios de unos y de otros sobre lo positivo, lo negativo y hasta lo superfluo del caso, mis manos tomaron la pluma para componer, a bote pronto como digo, unos cuantos unos cuantos pensamientos, en espera de que los hechos del día digan también lo que tengan que decir, para confirmarlos o desmentirlos.

El “slogan” es realmennte bizarro. “Si las mujeres paramos, se para todo” me sigue pareciendo tan abundoso –tal vez diríase más bien falso- como rimbombante y propagandístico. Bien está que los “slogan” arrebaten los ojos o llenen los oídos, pero tanto como pararse el mundo….
Bien. Las hipérboles a veces ayudan pero a veces matan la realidad que las acoge. No es –creo yo- para rasgarse las vestiduras por acentos de más o de menos. Incluso pudiera ser explicable en las manos o mentes del feminismo montaraz y provocador tan el uso en las culturas “progre” de hoy. Lo digo porque hay otro feminismo, o quizás mejor, otro campo de batalla para la defensa de los derechos de la mujer –necesaria batalla pero sin “slogans” falseadores o deformantes; otro feminismo empeñado –con toda la razón del mundo- en luchar para que “la mujer” obtenga en todas partes y pueda ocupar en todos los espacios el lugar propio suyo y desempeñar el papel que por justicia –no la matemática, aunque sí distributiva y social- le pertenece.
Pasa –creo yo- con lo del feminismo “ultra” lo que pasa con otras cosas cuando se desmesuran y echan al monte; por ejemplo, con los nacionalismos.
Yo soy –si apurásemos la expresión- “nacionalista” de mi Bierzo querido. No tengo palabras para encomiar el Valle del Silencio, la áurea explosión mineral de nuestras Médulas, el suculento botillo o las soledades vivientes de Los Ancares, de la Cabrara, de la vegetal sombra del Catoute o las cumbres y serranías tan innumerables como deleitosas a la vista y al corazón de la cadena de montañas que, como si de un amor misterioso, celotípico y nada platónico, se tratara, lo abraza y lo cierra por sus cuatro puntos cardinales. Amo a mi Bierzo como se quiere a una madre, pero no lo pongo por encima de nadie, como yo no me tengo por encima de nadie; ni, por ser berciano, miro a los “otros” por arriba del hombro, ni me creo con derechos más que nadie. Si mi Bierzo es para mí lo que es -lo más-, eso mismo puede serlo cualquier otro país o terreno para sus amantes; y cuando lo pise, ese otro terreno, le haré los mismos honores o más, si fuera justo, que a mi sin par terruño.

Mujeres en lucha para reivindicar y reivindicarse. Bien está y es necesario. Sin embargo, soy un adicto del “Ne quid nimis” – Nada demasiado o en demasía; desde la bebida hasta los bizcochos o las patatas fritas. Que “todo hartazgo es malo” como el Dr. Pedro Recio discernía para tortura del bueno de Sancho (El Quijote, parte 2ª!, cap. 47).
Y en esto mismo de las desmesuras, me vuelvo siempre a ese apartado del Oráculo manual y arte de la prudencia, de nuestro ilustre Baltasar Gracián, que dice en el nro. 14 de tan fascinante filosofía del vivir que “No basta la sustancia, requiérese también la circunstancia. Todo lo gasta un mal modo, hasta la justicias y la razón”.
Hay razones que se pueden mellar o perder con los malos e inadecuados modos, porque siendo “un bel porte”, como añade Gracián, “la gala del vivir”, el ”pasarse de frenada” por arrebatos de desmesura –los que sean- pudiera empañar la buena causa de las más justas reivindicaciones, como lo son muchas de las que motivan la lucha de la mujer en este momento y circunstancia. Si a “golpes legislativos” tan sólo no se resuelve todo ni por ensalmo en estos terrenos sociales, con soflamas solamente puede que tampoco. Mejor dicho, creo que tampoco.

De todas formas, y pasando al terreno de las ideas y creencias y en espacios de antropología individual y social, pienso que la mujer “nace y se hace” y no meramente “se hace”, al igual que todo ser humano se ha de construir y dignificarse “haciéndose” a partir de sus potenciales propios, genéricos y específicos. Deja muy clara esta idea, por ejemplo, Eric Fromm, discípulo aunque disidente del Dr. Freud, que preludia su obra El miedo a la libertad con la conocida “Oratio de hominis dignitate”, del humanista Pic de la Mirandola. Merece ser leído este Preludio sobre todo por quienes hablan del hombre y de la mujer como si fueran inventos de las nuevaas tecnologías. Ni lo son, ni pueden serlo.
Y por eso no comparto que los seres humanos –como algunos pretenden programar ahora- no sean “naturaleza” y sí solamente “cultura”; es decir, cañas al viento que más fuerte sople en cada momento cultural, quedando con eso en anécdota del momento y/o carcasa llena de circunstancia pero sin contenido y fondo.

Como tampoco creo que el logro efectivo de los derechos de la mujer –pendientes aún muchos o bastantes de ellos- tenga más éxito, o la solución tal vez, vociferando bajo una pancarta llamativa o enarbolando banderas lilas o moradas o a grito pelado, que con razones y actuaciones serias, serenas y firmes, si n prisas porque hay cosas que exigen paso firme y pausado para lograrse, aunque sin una pizca siquiera de pausa. De lo que ya nadie puede dudar es de que esta convocatoria universal marque, definitivamente, un antes y un después en esta lucha libre de las mujeres por sus legítimos derechos individuales y sociales.
Es decir, pienso yo que tal vez se logre más llamando de verdad a las cosas por su nombre, luchando por convencer y no tanto por vencer que gritando y siendo masa más que pueblo.
Además, me gustaría saber el porcentaje de las mujeres que, en España concretamente, hoy no se sienten del todo representadas o identificadas con los excesos del feminismo feroz y ultramontano de la pancarta y el grito.

Es posible, de todos modos, que lo de hoy sea un “puñetazo” en la mesa porque se haya colmado el vaso del aguante y la espera.
Incluso es posible que por eso de que, a “río revuelto ganancia de pescadores”, se haya orquestado la fiesta con tanta parafernalia para dar curso callejero a “visiones” excéntricas o falaces de la condición humana en el caso.
Es posible eso y más, porque hasta lo que parece imposible o increíble se puede colar y pasar por posible o viable en tiempos borrascosos e inciertos como los actuales.
Es posible, pero, como yo creo que la verdad hace a los seres humanos libres, no me pesa cargar con la verdad que sale de mis análisis, lo más serios y nutridos que puedo, del ingente problema.

También es posible –cómo no!- que mis reflexiones de hoy no gusten a más de uno y de dos. Eso lo estimo secundario. Porque hablar caro y separar las justezas de las desmesuras o de la hojarasca, según los casos, lo he considerado siempre un deber de conciencia.
Y si por ser así, o por creerlo así, o por decirlo así, a uno le llaman “facha” -lo he dicho más de una vez-, me resignaré a que me llamen “facha”, pero seguiré diciendo lo que crea justo y verdadero.

Y por si a alguno/alguna o algunos/algunas de los “modos” de hoy les pudiera interesar, anoto que, al cerrar estas reflexiones, he de anotar que, al terminar de redactar las líneas, voy a seguir leyendo el libro de Judith Butler, Défaire le genre, que no hace mucho compré para enterarme mejor de los alardes del feminismo ultra norteamericano y europeo. Por si a los críticos interesara, añado que se trata de la edición francesa –edic. Ámsterdam, 2006-. La recensión de Le Monde a esta traducción, ese mismo año, se titula: “Choasir son sexe ou la subversión douce”. Y como este título habla por sí solo, pues eso, el comentario huelga.

¿La verdad crea libertad? Sin dudas, pienso que sí. Sobre todo, a quienes creen que la verdad no es ni la propaganda, ni el baño de multitudes, ni la visibilidad, ni por supuesto el grito o la pancarta. Ni la veo tampoco asida por decreto a la llamada “ley de las mayorías”, por demócrata que se la crea. Como apunta Ortega a tal respecto: “Entre ocho, caben verosímilmente más necios que entre dos” (Véalo usted, si quiere, en Obras completas, Alianza Editorial, Madrid, 1993, vol. I, De la crítica personal, pag. 15).
Esto de la “ley de las mayorías” es –técnicamente- algo bien distinto de lo que le atribuyen los “forofos”, que no, científicos, de la “democracia”. Por eso, como en tantas otras cosas, doy la razón a Ortega y no a ciertos “demócratas de toda la vida”, como él mismo les llama cuando estudia, en otro gran y certero ensayo, las que llama “democracias morbosas”.

Pero cerremos ya, que es tarde. La sustancia de mis reflexiones va en que las mujeres son seres humanos de la misma entidad y calidad que los varones. No son sen copias, sin embargo, unos de otros, ellos y ellas. Y ha de ser en armonizar esa diversidad gloriosa con auténtica justicia distributiva y social donde –ahora mismo- se ha de apurar hasta el fondo la “lucha de las mujeres”

SANTIAGO PANIZO ORALLO


La impagable deuda con el amigo

07.03.18 | 18:29. Archivado en Acerca del autor

Creo que una de las innumerables virtudes –y no la menor- de la amistad, la que, para mi gusto, hace de ella “el tesoro” de que se la califica, está en esa porosidad vital de dos almas que se compenetran sin fundirse, se quieren sin consorcios oficiales y se respetan hasta cuando se pelean o no se ponen de acuerdo. Nada extraña por tanto la regla de que “cuando un amigo se va, algo se rompe en el alma”. Normal!
Pienso que, así como el amor no puede estar meramente ni en el contacto o intercambio de “dos epidermis” ni en el mero romanticismo de un lirismo empalagoso, tampoco la amistad se reduce a felicitarse la Navidad, el cumpleaños o el santo y dejarlo estar hasta la siguiente Navidad. La amistad es más que una retórica de ocasión y punto.

He tenido amigos en mi vida, buenos amigos. No muchos, porque opino que el corazón no da para tanto y creo, además, que la buena lógica en la amistad exige distinguir entre “conocidos” y “amigos”. Si “conocidos”, muchos en una vida ya larga como la mía; amigos muy pocos, pero con ellos as tope y a por todas.
Varios de mis amigos han muerto ya, pero los sigo manteniendo como amigos, porque con frecuencia, no sólo los rememoro para revivirlos sin cesar, sino que les sigo requiriendo consejo y ayuda en momentos de turbación o vacuidad, propia o ajena; igual que hacíamos en vida, para seguirme iluminando por unas personas que, a cambio de nada, tanto me dieron y de los que tanto aprendí.
Especialmente, mis años en el País Vasco fueron pródigos –no es cosa de dar ahora las razones de ello- en buenas amistades, de esas que te van marcando la vida y la orientan a mejor sin proponérselo, que es lo eficaz porque no crea rechazo.

Pues bien, uno de mis amigos donostiarras fue Miguel Echenique Elizondo. Era médico, profesor de cirugía en la Universidad del País Vasco, amante de su tierra y tradiciones pero sin hacer de ello ni un fetiche ni, menos aún, un pedestal excluyente o egocentrista; al contrario, era tan cosmopolita y racional como su cultura soberbia, sin fronteras ni barricadas. Era “pelín” “revirado” en el mejor sentido de la palabra, pero en dosis muy soportables. Sobre todo, era un amigo de los que hacen los honores debidos a tan selecta virtud. Y era, por fin, además de un pozo de ciencia y experiencia ensambladas, un gran comunicador.
Echenique y yo nos reuníamos los domingos, a media mañana, a mitad del camino entre mi casa y la suya, en la cafetería del Hotel Terminus de San Sebastián, para desayunar juntos, hacernos confidencias, pelearnos a veces por nuestros diferentes modos de ver la misma realidad y, siempre, convergentes en lo que estimábamos los dos razonable después de debatirlo a veces a sangre y fuego como suele decirse. Todavía conservo, a pesar de los años transcurridos, papelinas de su puño y letra en que me consignaba algunos de sus pensamientos. Recuerdo, por ejemplo, uno de ellos. Eran los años en que yo andaba preocupado y ocupado con el tema ingente de la madurez-inmadurez humana y en cómo hay tipos y modos de inmadurez que inhabilitan para vivir la vida –especialmente algunos tramos o especies de vida- con normalidad- Cu+antas veces debatimos ese dicho tópico, según el cual el cual “el que a los 20 años no fue revolucionario es que nunca tuvo corazón, pero el que a los 40 lo sigue siendo es que no ha conseguido tener cabeza”!. Cuántas veces me decía que, para saber algo de madurez e inmadurez, hay que mirar más a las personas concretas que a los libros…. Un día me anotó en uno de los papelitos que aún conservo una ocurrencia que me llevó a ver otra faceta de la maduración, que lo que sigue a la madurez es la podredumbre. Luego, con una risa pícara, casi insolente, me añadió: nunca te fíes de los que alardean de maduros; puede que anden ya por la fase siguiente. Yo me lo quedé pensando, claro, y tomando nota. Era razonable.

Hoy, un día más le recuerdo. Por una anécdota que nos contó a varios amigos juntos que celebrábamos algo. Y en la conversación salió a debate lo de la pos-cultura y de la pos-modernidad que, allá por Mayo del 68, empezaba a mostrar la oreja allende los Pirineos; y asomaba ya por el horizonte esta era de la frivolidad, de la hojarasca, del “quid pro quo” y hasta de loa sucedáneos como si de primeras marcas se tratara. Echenique nos dejó hablar y como quien no quiere la cosa nos soltó la anécdota. Yo la titulo des de aquel día, “El consejo al mandarín de la Manchuria”
El caso es que se puso interesante Miguel y sus ojos chispeantes y agudos, como en alerta, dieron paso a la historieta, que no he sabido nunca si era invento suyo o la había recibido de alguien.

Era un mandarín de la Muanchuria que se hallaba en muchas dificultades para gobernar su pueblo díscolo y rebelde. No sabía ya qué hacer. Reunión tras reunión de su Consejo para buscar salidas y nada…. Seguía todo lo mismo.
Hasta que un día, en una de aquellas reuniones, uno de los consejeros pidió la palabra para decir que, allá en las montañas, aislado de todo, vivía un tal Confucio, que tenía fama de sabio y prudente y quizás él supiera por dónde meter mano al problema. El hecho es que nombraron una comisión para que, llegándose a las montañas, le pidiera conejo-
La propuesta fue aceptada y allá de fue la Comisión. Le expusieron el caso; el sabio se quedó pensativo un rato; y al cabo, levantando la vista del suelo, escuetamente pronunció estas cuatro palabras: “Comenzar por el principio”. Y se volvió a recluir en sus pensamientos.
Llena de contento, la Comisión regreso a su tierra y ante el Consejo dio cuenta de la respuesta de Confucio. “Comenzar por el principio”. Y ¿qué es eso?, les preguntaron. Es lo único que respondió y no salió de sus labios una palabra más. Vueltas y vueltas para interpretar pero nadie lograba precisar lo que eso significaba ni qué medidas implicaba para terminar con la anarquía y el desgobierno. Era una confusión y acordaron volver a Confucio para que les aclarara el sentido y alcances de las cuatro palabras.
Volvieron. Los recibió de nuevo el sabio. Le requirieron para que les desvelara lo que había que hacer o lo que significaba “comenzar por el principio” y, ensimismado como estaba, tras oírles en silencio y pensar un rato, se limitó a decirles que “comenzar por el principio” era dar a las palabras el sentido y significado que les corresponde. Y, como la primera vez sucediera, retornó de inmediato a su ensimismamiento y ni una palabra más salió de su boca.
Aquí Echenique cortaba y, como si pusiera puntos suspensivos, nos miraba inquisitivo, sonreía y como que nos invitaba a que pusiéramos nosotros lo que faltaba. Sin embargo, tras la risilla, nos dijo: ¿No veis en la respuesta de Confucio el insecticida para una de las plagas más extendidas de nuestros tiempos?.

Es verdad. Con tanta filosofía del lenguaje –lo de Wittgentein y demás ya estaba en las vitrinas y crecía, se ha hecho el cambiazo. Diluido en “progreso”, el invento se fue haciendo cultura de masas. Ni la conciencia ni la razón seguirían como los patrones de medida de la verdad, sino la palabra domesticada, el bla-bla-bla, la visibilidad y la apariencia o la comunicación, la propaganda, el repetir la mentira mil y una veces hasta que pase por la verdad que no es, y el largo etcétera de las manipulaciones del significado de las palabras, hasta culminar en lo que ya Ortega nombrara, desde su atalaya de “espectador”, “reino de la mentira”, al erigirse masivamente la utilidad en el criterio de la verdad.
Miremos al entorno.
Los independentistas hablando de “presos políticos” invirtiendo, por utilidad, el orden justo de las palabras.
Hoy mismo, el Sr. Iglesias –profesor según se dice- negando el derecho a expresarse y hablar claro a los empresarios alemanes con negocios importantes en Cataluña, cuando él mismo, cada dos por tres, reivindica libertad de expresión sIn límites para todo lo que sale de su boca.
Y las “medias tintas” , el igualar a víctimas y verdugos, a llamar democracia a lo que es opresión, a trapichear con la verdad invocando la conciencia a sabiendas de que es mentira….
Estos juegos se han vuelto de moda y el pimpante “reino de la mentira” deja chico al mismo Goebels, ministro de propaganda de Hitler cuando avisaba que una mentira, si se repite cien veces, se vuelve verdad.

Yo creo, que, como la lista de las aplicaciones actuales del consejo de Confucio, que Echenique rememoraba tan cumplidamente en los albores de la “modernidad líquida” o quizás gaseosa ya, sería enorme, casi infinita, es preferible que cierre con lo dicho estas reflexiones por hoy y les invite, como él hizo con nosotros, a poner cada cual lo que crea oportuno en apoyo de la sentencia del viejo sabio.
Pero, se haga o no se haga, dar a las palabras el sentido que les corresponde, sin manipularlas, adulterarlas o sacarlas de quicio, puede ser tan sano y saludable socialmente como el respirar lo es para poder vivir. Y no es cosa de broma sino de supervivencia y de bien común.
Echenique era un buen amigo. Gracias.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


"Perdonen que no me levante" -6-III-2018-

06.03.18 | 12:46. Archivado en Acerca del autor

Aunque las hipótesis, por ahora, sean varias y todas ellas posibles, y no sea lógico echarse en los brazos de ninguna, la experiencia vivida de casos parecidos, de hoy mismo, de ayer, de anteayer… parece poner más alas al pesimismo que al optimismo.
Van ya ocho días de búsquedas extensas e intensas, por tierra, mar y aire- El despliegue “universal” montado para dar con pistas sobre el paradero del pequeño Gabriel sigue dejando –día tras día- todas las hipótesis abiertas y en el aire. Parece legítimo, porque es muy humano y hasta benéfico, agarrarse al “clavo ardiendo” de la esperanza.
La solidaridad –una verdadera ola- que se muestra en torno a la espantosa realidad del caso –cualquiera que sea la hipótesis que se acredite al final como verdadera da espanto la vivencia de estos días- invita a creer, a pesar de todo, en el futuro del hombre, porque es realmente ejemplar.
Los resultados, a la vista de lo que se dice y publica, no dan un excesivo margen a la esperanza. Y, aunque la esperanza deba ser, por principio, lo último que se pierde, las ilusiones, en este caso como en otros de parecido tenor, andan cabizbajas.

En los cien metros que van de la casa de sus abuelos a la de unos amigos, a la plena luz del sol, el niño desapareció y, por el momento, no hay rastro de su paradero.

Es normal que, por las circunstancias y la experiencia de casos similares, se tema lo peor. Es posible que el hecho, llegado el caso, engrose el número –ya muy nutrido por cierto- de los sucesos espeluznantes que, como más de una vez he dicho, merecen entrar en la “historia universal de la infamia” -ese pequeño gran libro de Borges que cuanto más leo más me invita, e incita incluso, a creer –como creen bastantes psicólogos y psiquiatras- que hay “gente” no re-insertable por muchas vueltas que le den los del “buenismo” fantasmagórico e irreal. Rousseau y compañía se quedaron atrasados hace mucho tiempo en su apuesta por la idea de que “todo el mundo es bueno”.

Ante este nuevo espectáculo de busca de lo que ya se intuye o teme que puede suceder –nueva infamia de un malvado irredento, que ojalá no se confirme-, a parte de condolerme con la espantosa tragedia de sus padres –me pongo en su caso y me entran ganas de vomitar-, estas tres ideas me ocurren y me salen hoy a bote pronto:

1) Cada vez me vuelvo más adicto a la pena de PPR -Prisión Permanente Revisable- e incluso a la de CP -Cadena Perpetua. La encuentro justa y recta por ajustada a la realidad, y por lo mismo debida inidividuamente y necesaria socialmente, para la buena salud y seguridad de esta sociedad, que es la que es y como es y no una sociedad de santos, sanos o inmaculados y puros como piensan o pueden pensar los de las utopías aunque casi siempre al trasluz de sus propios intereses, electoralistas y de “politiqueo” los más, y no por otras razones de ciencia o de solvencia.

2) Me acucia, cada vez más también, esta idea expansiva.
Ante la ceguera moral y hasta política de los que, por simples razones de “postureo” politicastro u otros móviles utilitarios –que no de bien común y público- están urgiendo la supresión de esta pena en España, me brota el deseo de invitarles –con todo respeto, claro- a que recapaciten y piensen algo en el pueblo y no tanto en sus electoralismos y ansias locas –eso parece al menos- de poltronas para posaderas anchas y conciencias más anchas aún.

3) Y una postrera todavía.
Este caso del pequeño Gabriel –y los otros mil y mil casos parecidos que a diario nos llenan los ojos de sombras, si no es también de lágrimas, y que muestran a los que quieren ver el real estado de la cultura y el orden post-modernos… Este caso –como antes el de Diana Quer o el de Marta del Castillo o el de esas dos jóvenes vendidas (sic) por su propia hermana tras ser sometidas a toda clase de abusos familiares- ¿no colmará el vaso y moverá a esta sociedad a dar un puñetazo en la mesa y decir “Basta ya” a unos políticos “de medio pelo”, que prestan a los verdugos los mismos reconocimientos y derechos que a las víctimas o se encasquetan el gorro frigio de una libertad o libertades capaces de volverse contra la justicia y la verdad? Una sociedad tan moderna, por ilustrada y abierta como la actual debiera ser, ¿puede resignarse a quedarse en “masa” o, lo que sería por aún, “masa degradada”, como la pinta ya alguno de los más adictos seguidores del Ortega de La rebelión de las masas?-

Seguramente sea duro este lenguaje. A nadie trata de ofender porque a nadie menciona por su nombre, aunque puede que haya quienes –al leer- pongan nombres apellidos bajo las líneas.
Pero el posible drama del “pequeño Gabriel” y la segura tragedia que hoy viven estos padres, y antes de ellos –y no hace tanto- han vivido muchos otros aligera los énfasis, que no las demasías.

¿No dice el salmista que hay que amar la justicia y la verdad y odiar la iniquidad, y que hacer esto trae buena suerte ante Dios y no avergüenza ante los hombres? Pues eso.

De todos modos, y con Groucho Marx diciendo desde su epitafio “Perdonen que no me levante”, no tomen a mal mi Punto de Vista. Desde luego, si lo hiciera y me levantara, sería sólo para inclinarme respetuoso y seguir diciendo lo mismo.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Acoso a "lo sagrado"

05.03.18 | 16:15. Archivado en Acerca del autor

A mí, personalmente, este otro remonte regenerador y de progreso constituyente, cifrado en la liturgia del tercer domingo de la cuaresma cristiana, me lleva a otra cota –elevada también- del camino hacia el remonte final del Calvario y de la Cruz, antesala mesiánica de una inminente resurrección.
Si en el desierto, en el sequedal y con alacranes y sabandijas en torno, Jesús puso tres pilares al edificio de su misión en la tierra: que comer no lo es todo; que hacer volatines o cabriolas en el aire para convocar aplausos, tampoco es mucho; y que la “potestas” sin “auctoritas” -o buenas maneras que hagan el mando constructivo y oportuno- es aventura y nada más; y si en la cumbre del monte quiso Jesús bajar a los suyos de la nube y curarles de sueños y utopías -primero hay que morir para resucitar después, les vino a decir con la visión luminosa y la soledad siguiente-, hoy –este domingo- creo ver en la escena del tempo de Jerusalén, con Jesús armado de un látigo y en guisa de limpiar la casa de Dios de quehaceres de mercado -muy dignos por cierto en otros escenarios pero infames en la casa de Dios- otro pilar o pedestal del mismo edificio.
Otros aspectos de la evocadora liturgia del día son sugestivos también. Por ejemplo, lo de la “cruz” escándalo para los judíos y risotada de befa para la sabiduría de los griegos; o ese gran germen de las declaraciones de derechos humanos que es el Decálogo que, tallado en piedra, diera Dios a Moisés para que su pueblo transitara el desierto hasta la “tierra prometida”.

Mis énfasis reflexivos se ponen hoy sólo en algunos –dos o tres- interrogantes y algunas -dos o tres- evocaciones de actualidad que me sugiere ese “arranque”, más de celo y dignidad que de violencia, de un Jesús enojado y decidido a limpiar –látigo en mano- el santuario de Dios.

- ¿Desconcertante Jesús o coherente Jesús al obrar así?
El que manda poner la otra mejilla, devolver mal por bien y amor por odios ¿será el mismo que hoy pinta san Juan, látigo en mano, armando la gresca en aquel zoco, “rastrillo” o mercadillo en que se había convertido el Templo por mor de las conveniencias terrenales de loa propios sacerdotes del templo?
Este Jesús airado ¿será el mismo que, según veían los que seguían sus pasos, hacía las cosas bien y “todo lo hacía bien”?
¿No habrá tal vez “violencias” que son justas?. Mejor dicho, violencias que, por ser justas, ya no son violencias?

Amigos… Cuántas cosas evocan, ahora mismo, estos interrogantes y cómo da que pensar –al ver ciertas cosas de hoy- esa escena de Jesús con el látigo en la mano, barriendo la basura del Templo de Dios. Evocaciones de realidades y no se sueños o de imaginaciones o constructos de ficción…
- Aquel video del 1 de octubre, de una iglesia, con las naves llenas de gente cantando al son que modelaba con su batuta o mano un señor vestido de clérigo y el preste, con ornamentos verdes, al otro lado del presbiterio, y en medio, una mesa con la urna para votar el referéndum y otra mesa rodeada de afanosos chicos y chicas contando las papeletas de voto.
Me hizo llegar tan inefable video un alumno, abogado, con este solo comentario: “increíble”. Al visualizarlo y después de frotarme los ojos, dije entonces, y lo mantengo ahora, que era una profanación de “lo sagrado”, un “acoso a lo sagrado”, a manos de los propios servidores del templo de Dios.
Hoy lo evoco ante la escena de Jesús, látigo en mano, echando a los mercaderes del templo.

- Otra evocación, de parecido calado aunque menos aparatosa tal vez. Hace unos días, saltaba la noticia de que en algunos monasterios y casas religiosas –se citaban los capuchinos de Barcelona, los monjes de Montserrat- pedían o hacían el ayuno y oraban a Dios contra la represión del Estado español y a favor de los Puidemiont, sus cortesanos y demás protagonistas del estropicio catalán-español, que ahora o están huidos de la Justicia o en prisión provisional por sus hechos y no por sus ideas.

Otras evocaciones se pudieran hacer ante la escena del Evangelio de hoy. Porque “los acosos a lo sagrado” pueden no estar ya en vender ovejas en el templo ni en el negocio de los cambistas, sino en otras cosas más agrias por dentro aunque menos aparatosas por fuera
Es posible que, viendo por fuera y por dentro, ayer y hoy (porque el Evangelio no pasa de moda), la escena de Jesús airado y con el látigo en la mano, uno se consuele un tanto pensando que las oraciones de ”algunos” es imposible que lleguen más arriba de sus cabezas. El dicho popular dice eso mismo de otra forma más gráfica. Cada cual puede usar su idea para enjuiciar lo absurdo, como absurdo era el espectáculo del mercadeo del Templo, al que Jesús le quiso poner freno, al parecer sin éxito, con ademanes espectaculares seguramente para inculcar su absoluta falta de justeza.

Yo pienso para mí, ¡qué grueso debe ser ese pecado en la Iglesia que fue capaz de sacar al paciente y divino Jesús de sus casillas!!!
Y más aún pienso y profeso. Merece la pena creer, viendo al Hijo de Dios –nada menos- con un látigo en la mano, en lucha por barrer de su Iglesia el gran pecado de las profanaciones. Que es como meter lo sagrado en alforjas de ideologías, de intereses, de patologías, de mentiras y tergiversaciones y de juegos con la media, la cuarta o la nula parte de la verdad. Claro que estamos en la era de la pos-verdad. Otro día –pronto, si Dios lo quiere- reflexionaré sobre ello. Por hoy baste con la escena del látigo, sus interrogantes y sus evocaciones.
El “acoso” a lo “sagrado”, en estos tiempos de “acosos”, no es agua pasada. Jesús evangeliza a Dios con modos e imágenes, válidas, salvados los tiempos, para las circunstancias de hace veinte siglos y para las circunstancias de hoy. El látigo en su mano es un símbolo perenne. Ojo, pues!!!
SANTIAGO POANIZO ORALLO


Con el "móvil" a la oreja ¿se vive mejor?

03.03.18 | 12:20. Archivado en Acerca del autor

Acabo de oír a un comentarista de actualidad que el “enanismo moral” es un rasgo distintivo de los tiempos que vivimos. Y no es que me haya causado sorpresa oírlo, ya que, desde hace mucho, pienso que el óxido o desgaste de las instituciones no se halla tanto en ellas (es necesario que se adapten y actualicen, claro, para seguir siendo viables) cuanto en la “poca talla” humana de los llamados –por la naturaleza o por otras razones- a llenarlas o dirigirlas. No me he sorprendido, pero el comentario ha dado pie a que mis reflexiones hoy prefieran esta realidad a otras igualmente mordientes del día.

El “raquitismo moral”, que alimenta y mima la cultura post-moderna que se gesta y luce pomposamente en esta sociedad líquida, es uno de los patrones sustantivos y de los signos identitarios del hombre y de la mujer post-modernos. Ya no se juega a ser modernos, sino a ser “reconstructores” de la modernidad.

Tengo pocas dudas al respecto.
La escala de los valores acuñados por la Ilustración racionalista y liberal y soñados por generaciones y generaciones de hombres y de mujeres -entusiastas y crédulos en una eviterna “edad de oro” de la humanidad, en que los hombres fueran super-hombres y las mujeres, semi-diosas-, contra el pronóstico de la propaganda, se ve superada, y a la vez casi periclitada, por una ola de irracionalismo en primer lugar, de una frivolidad mayúscula y enterramiento prematuro de todo o casi todo lo que esté algo más de las propias narices.

Como dice Ortega y abona la experiencia que vivimos, una cultura de divinización de los instrumentos se “ha cargado” –por el momento al menos- la natural y lógica cultura de fines; la cultura que hizo del hombre por siglos y siglos un perenne creador de futuros –la condición “futuriza” del hombre, del sano humanismo liberal y cristiano-, para hacer de él (de los que encarnan y creen encarnar ese “ideal” utópico del hombre post-moderno) un sorprendente paradigma de regresión al” salvaje.”

Y no es pesimismo hablar del “cretinismo moral” del hombre post-moderno. Con la “deconstruicción” postmoderna –a lo Derrida o Foucault-, la sociedad y el mundo han dejado de ser “sólidos” para caer en una “degeneración galopante” en que los auténticos valores –de a verdad, la justicia, la libertad, la religión, el deber, la palabra dada y bien plantada…- se han vaciado de contenido sólido para llenarse de otro liquido o ya tal vez gaseoso, al que no le espera otro porvenir que el del “vacío” y seguramente también la “nada”
¿No es acaso nihilismo lo que, en el fondo, preside esta post-cultura?
¿No se anunció ya, con tiempo, que –en el declive de los valores como la familia o el matrimonio o el buen sentido o la libertad responsable o la verdad sin media o cuarta parte de verdad tiene mucho más que ver la “poca talla” de los candidatos que la oxidación o enfermedad de las instituciones?
¿No denunciaba ya Carlos Cano, en su Metamorfosis” , el “tiempo de los enanos y los liliputienses?.

No es pesimismo, insisto; que no soy pesimista. Pero, para ver este general declive –a todo nivel, a pesar del progreso y de la técnica, o quizás por el progreso que idiotiza o una técnica que descubre adictos insalvables- no hace falta dárselas uno de pesimista. Es una realidad que entra por los ojos y que –a pensadores de primera fila actual, como Jürgen Habermas y otros de gran calado y peso en el pensamiento moderno y no son creyentes, les impulsa irrepremiblemente a dar la voz de alarma; por si –creyéndonos en la era de la ciencia absoluta- estuviéramos en los prolegómenos inmediatos de la absoluta inanidad.

Y no es tampoco afán de incordiar o atosigar a nadie con moralinas religiosas o de otra índole, que también las hay. Ya el gran poeta que fue A. Machado –un infatigable buscador de Dios y de los valores perennes toda su vida-, con la pericia y clarividencia que le son propias, en uno de sus Proverbios, tan corto como evocador de realidades actuales, dice algo tan evidente como esto: ¡Qué difícil es, cuando todo baja, no bajar también!”.

Que lo del “cretinismo moral” –en estos tiempos- no es pesimismo sino realismo al más puro estilo.
¿Con el “móvil” a la oreja sin dejarlo de la mano un instante, signo inequívoco del progreso y exponente de adicciones posibles ¿se vive mejor?. Yo no lo sé; tampoco me lo creo. Pero lo que sí sé es que es otra muestra, una más, de la indicada verdad de Ortega en los primeros compases de El Espectador; del afán morboso y post-moderno por una “cultura de medios” y no de “fines”, como debiera ser si los tiempos fueran de razón y sensatez.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Lunes, 25 de junio

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