Entre dos luces

Es difícil reir

17.01.18 | 19:49. Archivado en valores

Cada día, como es normal, viene con su propia carga de trabajos. Las noticias, sobre todo, acercan a nuestra sensibilidad los mensajes que traen consigo los días.
Las noticias, cada mañana, movilizan el alma y, tal como afecte su mensaje, incentivan más o menos, en uno u otro sentido, el noble arte de pensar y decir.
Suele haber para todo. Para cantar y bailar, para reírse, para rezar y encomendarse a Dios, para componer odas o elegías, sonatas épicas, dramas y hasta tragedias, para despotricar incluso… Las hay que endulzan la vida y otras que la amargan o avinagran. En cualquier caso, muchas dan para pensar un poco y, según se tercie, solazarse o renegar.
Sin embargo, la que ahora más me solicita no es que me haya alegrado o entristecido, emulado o conturbado. Sencillamente me ha sublevado y puesto a mal con esta sociedad e incluso conmigo mismo que soy parte de ella; hasta provocarme y hacerme decir en alta voz que una sociedad, en la que es posible un hecho como éste, no es que no merezca llamarse civilizada; es que merece calificativos de bárbara, decrépita, brutal y peor que salvaje.

El suceso se puede resumir en pocas líneas. La comisión judicial de desahucios –personada en el domicilio de un señor de 56 años para echarlo de casa por impago prolongado del alquiler- se encuentra con su cadáver momificado tras –al parecer- unos cuatro años de haber fallecido. Como modalidades anexas del caso estas dos: anteriormente le habían cortado los servicios de luz y agua por la misma razón de impago, y su mujer –separada o divorciada- y la hija de ambos han vivido estos años, según parece, en la manzana de enfrente.

Pintemos al personaje con los peores tintes, desde malvado, maltratador, trastornado psíquico, lo que se quiera decir de él en descargo de conciencia sensibles. Supongamos todo lo peor. Aún así, el perfil circunstanciado del hecho me pareece “kafkiano”; de purísima ficción si la comisión judicial al echar abajo la puerta no se hubiera dado con la momia en las narices. Me parece sobre todo increíble en una sociedad tan pagada como ésta de una estricta observancia de los derechos humanos y de la cultura del encuentro y de que, ni al peor de los criminales, se le racionen a cero hasta el pan y el agua. No me lo puedo creer por muchas vueltas que le voy dando esta mañana.

Y para eludir comentarios de algo que habla por sí solo y como me acosan los interrogantes y no es cosa de pasarse en algo que me parece obvio, tan sólo dos o tres interrogantes genéricos basten para –si aún fuera posible- alimentar o ensayar caminos de autocrítica personal, cada uno a su particular nivel, sobre la deshumanización creciente de una sociedad y unas personas que –como los hechos cantan, y no con el tono elevadísimo del cadáver momificado de ayer- crecen a la par en individualismos y egoísmos lo que decrecen en solidaridad y respeto al otro, hasta cuando ese “otro” parece una piltrafa física o moral.

¿No nos habremos hecho –todos un poco y algunos mucho- de cartón-piedra o cofrades de ese pensamiento sartriano según la cual “el infierno está en los otros”? (J. P. Sartre, Huis clos)
Después de la post-modernidad, de la post-verdad, de la post-religión, de la post-cultura o anti-cultura y de bastantes otros más “post”, ¿no habremos entrado ya en la era de ”lo post-humano”, es decir, de lo anti-humano o de lo inhumano?
Y, por fin, este otro para descifrarlo despacio: ¿es el hombre el que desciende del mono o es el mono el que desciende del hombre?
Que os conste, amigos, que este último interrpogante no me lo he sacado de la manga ni es criatura de mi propio magín, que no da para tanto. Hace unos años, en 2010, la prestigiosa revista Magazine Philosopohie (número de diciembre 2009-enero 2010) sacaba en portada este anuncio llamativo: “L’étonnante découberte scientifique. Le singe descend de l’homme! La question de l’origine relancée”. A los pies de la proclama, la enigmática y vivaz mirada del simio da la impresión de asistir divertido y espectante a la espera de confirmaciones o no de la ciencia acerca de tan embelesante apuesta.
¿Por qué habrá sido que la noticia con el relato cruel y hasta violento del difunto momificado de ayer -además de sublevarme- me lleva a recordar el viejo anuncio de la revista francesa y a refrescarme su contenido haciéndome releerlo?

De todos modos, perdonadme, amigos. Quizás no sea para tanto y sólo se trate de un caso muy excepcional e insólito.
Sin embargo, hoy mismo, en el autobús que tomo a media mañana para subir a la Clínica de la Concepción, pude ver tres o cuatro casos de jóvenes –ellos y ellas- que -bien aposentados en el asiento y como abstraídos u obsesos con el móvil a la oreja- ni se inmutaban ante la media docena de ancianos, visiblemente discapacitados, que apenas lograban mantener el equilibrio apoyados en su bastón.
Lo pensaba al ver esto otro. Si lo del cadáver monificado puede ser calificado de excepcional para aquietar conciencias o exonerarlas, esto otro –admitidas las excepciones que las hay- es comida diaria. Seguramente esto no me subleva como aquello; sólo me entristece y me desencanta… Siento decirlo pero es así. Y aunque reír –y mejor sonreír- sea bueno e Iñaki Linazaroso -en su libro de chistes y cuentos vascos- solicite “reír a pesar de todo”, hay veces que hacerlo resulta incongruente y quizá estúpido. Ni por indulgencia me sale sonreír siquiera ante ese cadáver momificado. No me siento ni con ganas ni con razones para sonreír ante tan “kafkiano” relato; de pesadilla mejor que de dar risa o sonrisa.


Año viejo y año nuevo. A mis amigos.

01.01.18 | 19:24. Archivado en valores

Cada 31 de diciembre, cuando -una tras otra- van cayendo las campanadas de fin de año y se estrena, con su primer segundo, del año nuevo, pienso en mí y en ti, mi querido amigo. Cuando, a la misma hora, me agobio por no atragantarme con las “doce uvas” –ese rito “bobón” de fusilar el tiempo comiendo las uvas-, sin poder evitarlo evoco lo que mejor representa el instante fugaz que separa el año que acaba del año que nace: la fugaz ruleta de los días; y no sé muy bien si es que no hay presente –al pensar en él ya no es presente-, o no es otra cosa que una ficción aparente, y lo viejo y lo nuevo no más que hojas amarillas o verdes promesas aún sin aliento.

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