Entre dos luces

Trío de ideas con glosa y retranca -20-IV-20º8

20.04.18 | 18:36. Archivado en Acerca del autor

Por “glosa” entiendo tanto el apunte breve que, a bote pronto y al aire de la lectura, voy anotando al margen de lo que leo y que, sobre la marcha, me va inspirando; y también entiendo un explicación o comentario, generalmente breve y sin pretensiones, tratando sólo de esbozar juicios o consignar ocurrencias. En ambos sentidos lo tomo yo al dedicar hoy mis reflexiones al interesante juego de dialogar con las palabras o frases que me pueden salir al paso a cada paso que doy. Más que un juego, es un deporte de espíritus abiertos al juicio y a la sana crítica.
Hoy sigo este camino, con tres apuntes breves sobre tres ideas o frases oídas hoy –eso es glosa-, y la correspondiente retranca –eso es la pizca de sal y pimienta con que ciertos sucedidos o “cosas de ahora” se han de adobar para no caer en unas excesivas entonaciones que reclamarían más tiempo y espacio.

* El hombre o mujer que no tienenn “máster”
El tertuliano hablaba de Podemos y de las trifulcas interiores que se traen entre sí las varias corrientes de interés dentro del mismo; y de paso se guaseaba -un tanto o un mucho- de las artes de hablar y escribir de alguno de los directores de orquesta –o que quieren serlo- de esta formación tan novel como rudimentaria. A propósito de algo escrito este día por la sin par Carolina Bescansa, decía esto: “He intentado leer el documento de Carolina Bescansa y creo que no está en castellano”.
Mi glosa se quiere ceñir a la ironía del contertulio.
Cervantes (en El Quijote -2ª parte, c. III), en la graciosa conversación a tres bandas entre el Caballero andante, su escudero y el bachiller Sansón Carrasco, en la inminencia del gobierno de la “ínsula” al escudero prometida y por las dudas sobre las buenas actitudes de Sancho para gobernarla; cuando Sancho afirma haber visto gobernadores “por ahí, que, a mi ver, no llegan ni a la suela de mi zapato, y con todo eso les llaman señoría y se sirven con plata”, el bachiller le replica –con retranca- con esta sentencia aplicable a gobernadores y gobernanzas de toda índole, y particularmente de las cosas públicas o comunes: “Esos no son gobernadores de ínsula, sino de otros gobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos, han de saber gramática”
Un perfil de lo mismo podría otearse ahora mismo en ese “tejemaneje” de los “másters”, que los de la “crême” política, posiblemente a falta de otros menesteres o inquietudes de mayor fuste social y público, se traen entre manos –hoy por ti, mañana por mí, ya lo verán- para hacer ver al “pueblo” que hacen algo de provecho. .
Por lo visto, lo de “la gramática” cervantina se ha quedado viejo y pobre; hoy, el bachiller hubiera resaltado la necesidad de “tener” un “máster” como aparejo mayor del arte de gobernar. Eso de la “gramática” puede sonar a minucia comparada con un “master”
¿Tendrá doña Carolina un “máster”? ¿Será necesario tener un “máster” para hacer ver que se sabe “gramática” y así cumplir con la exigencia del bachiller? Y puestos a pensar en “gramáticas” ¿será la de la Lengua o esa otra que llaman “parda” los malintencionados? la que precisan los llamados a gobernar “ínsulas” y así dotarse del “pedigrí” necesario para suponerles -sólo suponerles- credenciales de buen gobierno?
Es muy cierto que el buen Sancho no sería hombre de mucha “gramática” -de la de la lengua, se entiende, porque de la “parda” era buen feligrés-, pero –en lo demás- andaba bien sobrado de buen juicio, buen tino y unas dosis elevadas de sentido común; como podrá ver quien lea y medite ese delicioso capítulo XKV de la 2ª parte del Quijote, tomado por muchos como abecedario del buen hacer en materias de justicia.
Me pregunto si muchos de los que, sin saber “gramática”, se meten a gobernar “ínsulas”, le llegarían al rudo, pero realista y de buen sentido, Sancho a la suela de sus zapatos.-

Quede suelta en el aire la pregunta de mi glosa, por si alguien quisiera darle cuerda y poner más todavía en esta hora de los “masters”.

** “A enemigo que huye puente de plata”
Esta máxima militar, con que, según la Historia, el Gran Capitán invitaba a sus soldados a poner la mayor distancia posible con el enemigo, y en Cervantes, en El Quijote, o en La estrella de Sevilla, de Lope de Vega, con menos arte militar pero con el mismo aliento de dar facilidades al enemigo para que se vaya lo más lejos posible, se puede ver en cierto modo comprometida con la versión actual de otro contertulio.

Hace un momento le oía decir muy seguro que “a los amigos hay que tenerlos cerca; pero a los enemigos también”; para saber por dónde andan, observar sus movimientos y adelantarse a sus conjuras y asechanzas.
No sabría decir ahora si Maquievelo llegó a tanto en sus malicias, al arbitrar sus consejos al “príncipe” para precaverle de los enemigos. Posiblemente no se le escaparía la ventaja de tenerlos a la vista, y no para darles la mano de amigo, sino para ver por dónde vienen o por dónde van
Me digo yo.
Puede que los tiempos hayan cambiado hasta cambiarse las reglas del juego. Que “lo del enemigo lo más lejos posible” valiera antes, cuando los enemigos andaban a cara vista y más o menos- se mostraban, de lleno, en su ser de tales y en sus hechuras de odio, de rencillas, enojos, ojerizas y demás artificios de acoso y derribo al “otro”. Pero que ahora –con los odios más despelotados que nunca, pero muchas veces con atuendo de mantillas de farsa y careta-, la cosa cambia y las estrategias se han de amoldar a los nuevos usos.

Para cerrar esta otra glosa, me sirvo de otra pregunta que también djo al aire de otros posibles glosadores.
La cultura del Evangelio de Jesús, que es cultura de encuentro con el “otro” y que encierra máximas como el “poner la otra mejilla”, “amar a los enemigos” o “vencer al mal con el bien” ¿tiene –ahora mismo- algo que ver con/o algo que decir a esta otra cultura del odio, del descarte, del desencuentro, del mirarse el ombligo propio sin más o de tirar puentes y alzar barricadas entre el “yo” y el “tu”?

***
“Conócete a ti mismo”. Iba en el frontis del Templo de Delfos.
Cuando se parte del supuesto de que la vida humana es imperfecta por sí misma y que todo hombre -por bueno, santo, ilustre o super-hombre incluso que se quiera llamar a sí mismo- ha de tener siempre algo de qué arrepentirse, de qué avergonzarse, o simplemente razones para sentirse menguado en su virtud o en sus cualidades, lo justo y racional sería no presentar enmiendas a la totalidad cuando se trata de apuntar o censurar imperfecciones en “otros”.
Esta es la idea básica de la otra frase de un tercer tertuliano que, esta mañana, me incita a glosarla con brevedad también.

Yo no he querido ver nunca las bases y raíces últimas de la “tolerancia” –en política, en religión, en cultura, en usos y costumbres, en todo- en las “Cartas de la tolerancia” de un Locke o un Voltaire; ni en los cánticos de un “racionaismo” unificados en todo y para todos; O en que, siendo todos del mismo barro, las emulaciones serían secumndarias. Las veo más bien a ras de tierra y con mayor pragmatismo; las pongo en esa otra idea de que, como todos tenemos el tejado de vidrio, ponerse a tirar piedras al de los demás puede ser “boomerang” que rompa nuestro techo de cristal mañana o pasado mañana.

Ser conscientes de esta verdad, tan humana como palpable a cada paso que se da por la vida, invita, así mismo por cautela elemental, a lo que recomendaba el contertulio esta mañana: no andar a todas horas por la vida –y cuando digo vida, entiendo vida en política, en religión, matrimonio, familia, enseñanza, etc.-, presentando enmiendas a la totalidad ante cualquier imperfección –hasta la mínima- que se observe en los otros.

Y como los del “buenismo” suelen predicarlo sólo de sí mismos o en función de sí mismos, limito esta última glosa a reproducir una frase del gran Chesterton, en esa obra tan suya, por tan abierta a la búsqueda de la verdad, dondequiera que se halle, que se titula Ortodoxia.
Esa frase con la que, en referencia a una de las tradicionales claves de la presencia del mal en el mundo -el pecado original o radical del hombre- dice con tanta cordura como realismo esto. “Ya en nuestros días, algunos directores religiosos de Londres, y no sólo los materialistas, han empezado, no diré a negar la discutible eficacia del agua bendita, sino a negar el indiscutible estado de impureza del hombre. Así no faltan hoy teólogos que nieguen la existencia del pecado original, que es el único punto de la teología cristiana realmente susceptible de prueba. Algunos discípuilos del reverendo R. J. Campbell, en su espiritualidad demasiado meticulosa, admiten la perfección divina, que ni en sueños les es dable admirar; pero en cambio niegan terminantemente el pecado humano, que pudieran comprobar con sólo asomarse al balcón” (vid. Ortodoxia, cap. II, El Maníaco).

Y ya, como no me parece que hagan falta más comentarios a tan radiante exposición de una verdad que, siendo del ámbito religioso, entra por los ojos, como es la imperfección de todo hombre, cierro aquí estas glosas con un envite.

Cada cual puede tener derecho, y tal vez razones, para ser o aparentar lo que quiera; pero siempre con una reserva en ciernes: la de la honradez para tratar a los demás como se quisiera que trataran a uno.
Es una de las patas del trípode de las eternas esencias de la Justicia –como anota el Digesto Romano nada más abrirse-; es la de “neminem laedere”-“no hacer daño a nadie”: el daño, claro, que lesionara el equilibrio de la misma Justicia, el “suum cuique tribuiere”-“dar a cada uno lo suyo”. Y “lo suyo” no ha de ser “nada que deshonre” a uno mismo o a los demás: el “honeste vivere”- el “vivir con honra” o tercera pata de las esencias de “lo justo y de lo recto”.
Por eso el envite es: la conveniencia de mirarse al espejo antes de apuntar a nadie. Es clave de sabiduría.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Amigos, conocidos y otras verdades -17-IV-2018-

18.04.18 | 12:42. Archivado en Acerca del autor

Amigos, conocidos y otras verdades

Yo -de los amigos- tengo un concepto exigente. Y no es, creo, deformación conceptual. Del amigo, del que tengo por amigo, me fío. Y, si me fío, le creo, le aguanto como él de ha de aguantar a mí, le digo la verdad de lo que pienso, alabo sus virtudes pero no me recato de echarle en cara también sus defectos o vicios y salidas de tono; a los amigos les doy lo que puedo hasta perder horas de sueño por ellos…. Pero, a mi vez, les exijo que ellos me den también algo, sobre todo que no me den “coba” y que me ayuden a mirar, a ver, a escuchar, a saber criticarme de la mano de sus críticas a “mis cosas”. Que me digan lo que piensan sobre lo que yo haga, piense o cavile…
En una palabra, les requiero a que sean amigos y a que, con el tesoro de su amistad me den ese otro tesoro de su “verdad” sin falsías ni camelos melífluos
El dicho de la Biblia –Eclesiastico, VI, 14- de que “quien encuentra un amigo, halla un tesoro”, si se le despoja de su posible barniz romántico, encierra gran carga de realismo y puede abanderar una de las buenas claves del vivir. La amistad es una necesidad del alma menesterosa de los hombres, y lleva consigio –entre sus flecos amables o risueños- el valor inconmensurable del “compartir” –las ideas también- para crecer juntos e ir así, de la mano, más lejos y más seguros los dos….

Esa tan sugerente frase de Las Confesiones, con la que san Agustín añora al amigo perdido llamándole nada menos que “dimidium animae meae” -la “mitad de mi alma”, si realza por un lado la entrañable calidad humana de la amistad, lleva a pensar que los amigos de verdad no pueden ser muchos, porque ni el alma ni el corazón dan para tanto…. Por eso, alguno ha dicho que los amigos son pocos y los conocidos, muchos. Va diferencia, claro, de “amigo” a “conocido”. El amigo está; el “ comnpocido” viene y va, plñasa y sigue…
De los amigos hablo y en los amigos pensaba esta mañana al enhebrar estas reflexiones, al leer el comentario de un amigo –de Emilio, un cura gallego tan bravo al saltar en paracaídas como cordial y servicial al contarte un chiste o una anécdota vibrante de su vida- a uno de mis ensayos.

A mis reflexiones del domingo pasado les puse como rótulo “Atrévete a creer”. Al trasluz del evangelio del día, contemplaba la fe como un reto humano de la máxima entidad y calidad: una fuente de merecimientos, porque quien sólo cree lo que ve muestra unos horizontes tan cortos y pequeños como sus ojos, sus narices o su epidermis, y quedarse en eso no supone gran cosa; y una consigna de amor: el que cree pone su corazón al mismo paso de su mente. Es, ni más ni menos, lo que el atormentado Unamuno señala en su idea de El diario íntimo, cuando confesaba que, al rezar, reconocìa con el corazón al Dios que discutía con su mente. La fe es amor.

Ayer, lunes, recibía de Emilio este mensaje de respuesta a mis ideas sobre la gracia y el mérito de la fe; especialmente de esa fe que más merece la pena porque va en ello una trascendencia en la que –hasta sin saberlo- creemos, aunque a la hora de las verdades a ras de tierra, lo trascendente pueda parecernos ilusorio, innecesario o prescindible.
Me dice Emilio; “Te agradezco mucho tus
reflexiones, no sólo por lo que aprendo, sino también por lo que me
obligan a recordar y actualizar. Pienso que tenemos que atrevernos a creer, porque no tenemos más remedio. En mi modestísima opinión, (ya quisiera yo que no fuera tan modestísima), el hombre está hecho para la fe. En la vida ordinaria es imposible vivir sin la fe humana, por la imposibilidad de comprobarlo todo, así que tenemos que fiarnos de lo que nos dicen. Y en la vida sobrenatural, porque sin fe, no podríamos conocer nada o casi nada. Claro que los hombres solemos ser demasiado pretenciosos y presumimos màs de la razón, como si razón y fe no tuvieran el mismo Autor. En una entrevista al Dr. Ochoa, le preguntaron por qué moría el hombre y el Nobel respondió: "Mire usted; el hombre muere, porque está hecho para morir". Nosotros estamos hechos para la fe, humana y divina, afortunadamente”.

Gratitud es hoy mi respuesta a las glosas del amigo. ¿Qué aprendo yo de él en estas frases suyas? Una cosa sobre todo: Tenemos que atrevernos a creer porque no tenemos más remedio que creer. Condenados a creer, como condenados a ser libres o a equivocarnos. El hombre limitado no puede vivir sin fe; la humana desde luego; pero también esa otra fe, sobrenatural, que es la que se palpa en ese evangelio del domingo, y que es la que no pone puertas al campo de las ansias del hombre de ser más y más, hasta el infinito, hasta el verdadero “superhombre”; que no es –por suerte- el del Nietzche nihilista, ni otros y otros que no pasan de ser “espantapájaros” inanes e imposibles de tejas abajo, nada convincentes por tanto y que no han conseguido, a pesar de sueños y esfuerzos, hacer del hombre un “dios” como en el fondo pretendían.

Gracias por ello, amigo, y que cunda tu amigable tarea de caridad cristiana, la de subir “al otro” a los hombros de uno –hasta los más pequeños entre los hombres tienen hombros y horizontes- para ayudarle a ver más lejos, e ir después más confiado.

El “Atrévete a creer” lo tomo yo como hermano gemelo del “Atrévete a saber” o “Atrévete a pensar”. ¿No es acaso la fe uno de los caminos hacia la sabiduría?
Un día de estos mis reflexiones irán posiblemente hacia esos campos del “saber de los que no saben,, pero quieren saber”: el que quiere saber, como el que quiere creer ya está sabiendo y ya está creyendo.

Gracias, amigo, de nuevo. Y hasta mañana mismo. Con otras reflexiones y con otros intercambios. Eso es amistad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


"Txacurras", "fachas" y otras hierbas del tiempo -16-IV-2018-

18.04.18 | 12:37. Archivado en Acerca del autor

“Questra caridad no sea una farsa”.
Pedía ya san Pablo a los cristianos de Roma (12. 9)

“Txacurras” y “fachas”, y el odio al fondo del escenario.
Una imponente mascarada servida por minorías tan ajadas como ineptas, a la carta y el gusto de una sociedad tan pasota como cobarde y necia.
Un gran alarde con rimbombancia de las apariencias y de las farsas.
Y detrás de todo el “atrezzo” farsante, las mentiras de unas –por así llamarlas- élites o “crême” de lo “progre” fosforescente;, y, al socaire, un “pueblo-masa”, ciego, ignorante y necio, como se lo figuraba ya el propio Lope al transigir en el debate sobre guerra y paz del “nuevo arte de hacer comedias”: “Escribo –dice- por el arte que inventaron los que el vulgar aplauso pretendieron, porque, como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”.
Pues esas tenemos y en esas estamos.

Tanto repugnaban a don Pío Baroja las mentiras y las farsas –una “farsa” ¿qué es sino una mentira cuidadosamente arropada para que no se note?-, que su amigo Ortega y Gasset –tan celoso como el escritor vasco de la sinceridad y de la verdad- le dedica su “Ensayo de crítica” Ideas de Pío Barioja: en el que siempre resalto el apartado IX del mismo, dedicado al “fondo insobornable” del hombre.
Ya entonces veía Ortega, a través de Baroja y sus sentires, el mundo de las ideas y de los valores como atrofiado por “no pocas hipocresías, falacias, deslealtades, torpes utopismos y patéticos engaños”. Anota el pensador el gran sentimiento de insuficiencia de las iedas y de los valores “en la cultura contemporáne” y lo califica como resorte que movía el alma entera de su amigo. Y acota esta frase para definirlo en esa parcela de su fondo: “Para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad. Baroja resumiría este destino vital del hombre en este imperativo: ¡Sed sinceros”. El odio puede valer absolutamente, ser absolutamente real si es sinceramente sentido. Ser y ser sincero valgan como sinónimos”.
Por esto, cabría decir con lógica que, cuando el odio o los odios pretenden vestirse con piel de cordero, la fiera que va dentro nunca se difumina; es tan real aunque trate de disimularlo; es “fiera” por mucho que se cuelgen de palabras o gestos líricos y enternecedores, pero farsantes en realidad.

En Navarra y Cataluña suenan marchas de farsa y mentira. En esos aires, pudiera visumbrarse lo que don PÍO broja sentía al venirse a tierra estrepitosamente muchos de los utopismos ilustrados que, ilusionados con haber volteado la cultura anterior, se quedaron realmente en entronizar ideas y valores “insuficientes” para almas enteras como la del novelista vasco, áspero a veces y retorcido pero nunca doblado en su respeto al “fondo insobornable” que todo ser humano lleva dentro, con imperativo de no hipotecarlo por nada.
¿Es posible que tal cosa suceda en tierras mcurtidas por sobas seculares de “seny”, principios y buen sentido? No es que sea posible, es que tal sonata de farsa va cantándose, estos mismos dóas, por los pagos y trochas ilustres de Navarra y Cataluña.
Tan nobles tierras, como digo, echadas en las manos de impresentables politicos de asilvestrados intereses.
Las nobles instituciones declinando sus razones de ser y arrastrando la dignidad humana y la decencia por las calles…

+++

“Txacurra” es “perro”, y “facha” tiene sentido, según el Diccionario, a parte del buen o mal aspecto con que una persona se presenta, de “dandy” o de “adefesio”, , de buena o mala facha, ese otro peyorativo de “faccioso”, “fascista” o gente del dedo apuntando y del poder aplastando con bota de hierro todo lo divino y lo humano que encuentra a su paso y se le resiste lo mnás mínimo. Todos conocen –hasta no siendo muy perspivcaces- lo que era “txacurra” en labios terroristas y lo que es “facha” en el argot de la sub-cultura “progre”: el “Heil Hitler” de los espendedores de créditos de democracia y de libertad: a ti si, a ti no; tú eres de los “nuestros” tú eres “txacurra”.
Lo de Baroja en labios de Ortega: hipocresías, falacias, deslealtades, torpes utopismos y patéticos engaños.

Hoy –esta mañana- plagan el aire dos noticias que, por parecer increíbles si nos fiamos de los teletipos, no se escapan de ser asombrosas verdades.
Según la una, el ayuntamiento de Barcelona decide quitar al almirante Cervera la calle que hasta el momento tenía dedicada en la ciudad.
Según la otra, el gobierno y el parlamento foral de Navarra apoyan, animan y amparan a la manada de “valientes” que animalescamente apaleó con saña, furia y aviesas intenciones (según se dice, 25 o más la componían) a dos guardias civiles y a sus novias cuando festejaban tomando unas copas en un bar de Alsasua. A todo eso, los “circunstantes”, el “pueblo”, “caladiños” com,o suele ocurrir salvo excepciones muy honrosas, cuando “el salvaje” enseña los dientes y el llamado “hombre medio” se siente tan pequeño que parece minusválido. Y el “feminismo”boquilargo y tan voraz de otras ocasiones, sin abrir, ni entionces ni ehora, la boca… ¿No es chocante, co mo quiera que se mire, la doble vara de medir?

Ahora resulta que el almirante Cervera –en la óptica miope y en la euforia republicana la Sra. Colau y su domesticado ayuntamiento- ha pasado de ser todo un almirante culto, valeroso y liberal, elogiado en su día hasta por Fidel Castro, a ser un “facha” o alevín de “facha” porque en el s. XIX no se estilaba ese léxico. Y todo para poner en su lugar a un tal Pepe Rubianes que, en sus ansias de colgar su nombre en la esquina de una calle, se verá crecido en su raquitismo al ver sustituir su pobretona figura por la figura egregia del almirante nacido en Vilagarcía de Arousa. “Cosas veredes” que os llenarán de pasmo. Pero es real y, además, es lo que hay…
Y lo otro?…. Lo del gobierno y el parlamento navarros saliendo corporativamente en amparo de la cuadrilla de los “valientes” de Alsasua? ¿Y la befa “chavacanesca” de la farsa, la menrita, la cobardía y un etcétera de virtudes cívicas navarras puestas a los piés de los caballos” nada menos que por la más representativas instituciones del antiguo “reino dre Navarra” y hoy comunidad foral privilegiada y por demás creída? ¿Es que no tuvieron fueros y hubieron reinos, antes incluso que Navarra, otras regiones de España? ¿Es que se creen con más derechos que los demás? ¿Es que no les bastan los antidemocráticos privilegios para que, además, vuelvan al horrendo lenguaje del “txacurra”, confiando plenamente en que el pueblo duerme porque de hecho se calla ante su barbarie?. Todo un descaro y bastante más que una torpeza institucional.

“Txacurra” y “facha”: dos caras de una misma realidad. La farsa en dos ediciones y represdentaciones simultáneas. Si lo del almirante Cervera parece zafio, lo de Navarra parece estupefaciente, por no decir estúpido, porque asombra…. Y da la casualidad que, en ambos casos, trata de dictar lecciones de democracia el trapicheo nacionalista de los intereses asilvestrados… Nada menos.

El nacionalismo, amigos, no el normal de los que aman a su tierra por ser la suya, que hasta ese punto es legítimo… El nacionalismo excluyente es anti-todo: anti-humano; anti-cristiano; anti-social; anti-democrático…. A parte de ir contra los signos de los tiempos globales en que estamos y de jalearse contra la igualdad de todos los hombres y mujeres, arrasa también el precepto central del amor cristiano.
Tomen, por eso, nota los clérigos y obispos que aplauden y corean la farsa de estas alharacas republicanas o forales, como si fuera cosa de pervivencia de derechos humanos cuando más bien se los alancea. Los nacionalismos altivos y separadores no son “católicos”, hasta por razones de nomenclatura.

El gran Chesteron, hombre de razón, de verdad y hasta de ironías flamantes, escribió una vez que “cuando no se cree en Dios, se termina por creer en cualquier otra cosa”.
Cuando se elude a Dios o se le niega y se contravienen las ansias de Absoluto que van con el hombre por el mero hecho de serlo, pasa que se divinizan otras cosas sin hacer ascos por ello o tal vez sin enterarse de ello; a veces, la estupidez es la entronizada; otras veces, las ideas o los intereses, que se elevan a categoría de dogmas.
Creo yo que, a estas alturas de los “guiones”, sólo con abrir los ojos un poco bastaría para observar que no andaba lejos de la verdad el gran escritor inglés en sus atisbos y cálculos de pensador conspicuo y realista.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


"Txacurras", "fachas" y otras hierbas del tiempo -16-IV-2018-

18.04.18 | 12:35. Archivado en Acerca del autor

“Questra caridad no sea una farsa”.
Pedía ya san Pablo a los cristianos de Roma (12. 9)

“Txacurras” y “fachas”, y el odio al fondo del escenario.
Una imponente mascarada servida por minorías tan ajadas como ineptas, a la carta y el gusto de una sociedad tan pasota como cobarde y necia.
Un gran alarde con rimbombancia de las apariencias y de las farsas.
Y detrás de todo el “atrezzo” farsante, las mentiras de unas –por así llamarlas- élites o “crême” de lo “progre” fosforescente;, y, al socaire, un “pueblo-masa”, ciego, ignorante y necio, como se lo figuraba ya el propio Lope al transigir en el debate sobre guerra y paz del “nuevo arte de hacer comedias”: “Escribo –dice- por el arte que inventaron los que el vulgar aplauso pretendieron, porque, como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”.
Pues esas tenemos y en esas estamos.

Tanto repugnaban a don Pío Baroja las mentiras y las farsas –una “farsa” ¿qué es sino una mentira cuidadosamente arropada para que no se note?-, que su amigo Ortega y Gasset –tan celoso como el escritor vasco de la sinceridad y de la verdad- le dedica su “Ensayo de crítica” Ideas de Pío Barioja: en el que siempre resalto el apartado IX del mismo, dedicado al “fondo insobornable” del hombre.
Ya entonces veía Ortega, a través de Baroja y sus sentires, el mundo de las ideas y de los valores como atrofiado por “no pocas hipocresías, falacias, deslealtades, torpes utopismos y patéticos engaños”. Anota el pensador el gran sentimiento de insuficiencia de las iedas y de los valores “en la cultura contemporáne” y lo califica como resorte que movía el alma entera de su amigo. Y acota esta frase para definirlo en esa parcela de su fondo: “Para quien lo más despreciable del mundo es la farsa, tiene que ser lo mejor del mundo la sinceridad. Baroja resumiría este destino vital del hombre en este imperativo: ¡Sed sinceros”. El odio puede valer absolutamente, ser absolutamente real si es sinceramente sentido. Ser y ser sincero valgan como sinónimos”.
Por esto, cabría decir con lógica que, cuando el odio o los odios pretenden vestirse con piel de cordero, la fiera que va dentro nunca se difumina; es tan real aunque trate de disimularlo; es “fiera” por mucho que se cuelgen de palabras o gestos líricos y enternecedores, pero farsantes en realidad.

En Navarra y Cataluña suenan marchas de farsa y mentira. En esos aires, pudiera visumbrarse lo que don PÍO broja sentía al venirse a tierra estrepitosamente muchos de los utopismos ilustrados que, ilusionados con haber volteado la cultura anterior, se quedaron realmente en entronizar ideas y valores “insuficientes” para almas enteras como la del novelista vasco, áspero a veces y retorcido pero nunca doblado en su respeto al “fondo insobornable” que todo ser humano lleva dentro, con imperativo de no hipotecarlo por nada.
¿Es posible que tal cosa suceda en tierras mcurtidas por sobas seculares de “seny”, principios y buen sentido? No es que sea posible, es que tal sonata de farsa va cantándose, estos mismos dóas, por los pagos y trochas ilustres de Navarra y Cataluña.
Tan nobles tierras, como digo, echadas en las manos de impresentables politicos de asilvestrados intereses.
Las nobles instituciones declinando sus razones de ser y arrastrando la dignidad humana y la decencia por las calles…

+++

“Txacurra” es “perro”, y “facha” tiene sentido, según el Diccionario, a parte del buen o mal aspecto con que una persona se presenta, de “dandy” o de “adefesio”, , de buena o mala facha, ese otro peyorativo de “faccioso”, “fascista” o gente del dedo apuntando y del poder aplastando con bota de hierro todo lo divino y lo humano que encuentra a su paso y se le resiste lo mnás mínimo. Todos conocen –hasta no siendo muy perspivcaces- lo que era “txacurra” en labios terroristas y lo que es “facha” en el argot de la sub-cultura “progre”: el “Heil Hitler” de los espendedores de créditos de democracia y de libertad: a ti si, a ti no; tú eres de los “nuestros” tú eres “txacurra”.
Lo de Baroja en labios de Ortega: hipocresías, falacias, deslealtades, torpes utopismos y patéticos engaños.

Hoy –esta mañana- plagan el aire dos noticias que, por parecer increíbles si nos fiamos de los teletipos, no se escapan de ser asombrosas verdades.
Según la una, el ayuntamiento de Barcelona decide quitar al almirante Cervera la calle que hasta el momento tenía dedicada en la ciudad.
Según la otra, el gobierno y el parlamento foral de Navarra apoyan, animan y amparan a la manada de “valientes” que animalescamente apaleó con saña, furia y aviesas intenciones (según se dice, 25 o más la componían) a dos guardias civiles y a sus novias cuando festejaban tomando unas copas en un bar de Alsasua. A todo eso, los “circunstantes”, el “pueblo”, “caladiños” com,o suele ocurrir salvo excepciones muy honrosas, cuando “el salvaje” enseña los dientes y el llamado “hombre medio” se siente tan pequeño que parece minusválido. Y el “feminismo”boquilargo y tan voraz de otras ocasiones, sin abrir, ni entionces ni ehora, la boca… ¿No es chocante, co mo quiera que se mire, la doble vara de medir?

Ahora resulta que el almirante Cervera –en la óptica miope y en la euforia republicana la Sra. Colau y su domesticado ayuntamiento- ha pasado de ser todo un almirante culto, valeroso y liberal, elogiado en su día hasta por Fidel Castro, a ser un “facha” o alevín de “facha” porque en el s. XIX no se estilaba ese léxico. Y todo para poner en su lugar a un tal Pepe Rubianes que, en sus ansias de colgar su nombre en la esquina de una calle, se verá crecido en su raquitismo al ver sustituir su pobretona figura por la figura egregia del almirante nacido en Vilagarcía de Arousa. “Cosas veredes” que os llenarán de pasmo. Pero es real y, además, es lo que hay…
Y lo otro?…. Lo del gobierno y el parlamento navarros saliendo corporativamente en amparo de la cuadrilla de los “valientes” de Alsasua? ¿Y la befa “chavacanesca” de la farsa, la menrita, la cobardía y un etcétera de virtudes cívicas navarras puestas a los piés de los caballos” nada menos que por la más representativas instituciones del antiguo “reino dre Navarra” y hoy comunidad foral privilegiada y por demás creída? ¿Es que no tuvieron fueros y hubieron reinos, antes incluso que Navarra, otras regiones de España? ¿Es que se creen con más derechos que los demás? ¿Es que no les bastan los antidemocráticos privilegios para que, además, vuelvan al horrendo lenguaje del “txacurra”, confiando plenamente en que el pueblo duerme porque de hecho se calla ante su barbarie?. Todo un descaro y bastante más que una torpeza institucional.

“Txacurra” y “facha”: dos caras de una misma realidad. La farsa en dos ediciones y represdentaciones simultáneas. Si lo del almirante Cervera parece zafio, lo de Navarra parece estupefaciente, por no decir estúpido, porque asombra…. Y da la casualidad que, en ambos casos, trata de dictar lecciones de democracia el trapicheo nacionalista de los intereses asilvestrados… Nada menos.

El nacionalismo, amigos, no el normal de los que aman a su tierra por ser la suya, que hasta ese punto es legítimo… El nacionalismo excluyente es anti-todo: anti-humano; anti-cristiano; anti-social; anti-democrático…. A parte de ir contra los signos de los tiempos globales en que estamos y de jalearse contra la igualdad de todos los hombres y mujeres, arrasa también el precepto central del amor cristiano.
Tomen, por eso, nota los clérigos y obispos que aplauden y corean la farsa de estas alharacas republicanas o forales, como si fuera cosa de pervivencia de derechos humanos cuando más bien se los alancea. Los nacionalismos altivos y separadores no son “católicos”, hasta por razones de nomenclatura.

El gran Chesteron, hombre de razón, de verdad y hasta de ironías flamantes, escribió una vez que “cuando no se cree en Dios, se termina por creer en cualquier otra cosa”.
Cuando se elude a Dios o se le niega y se contravienen las ansias de Absoluto que van con el hombre por el mero hecho de serlo, pasa que se divinizan otras cosas sin hacer ascos por ello o tal vez sin enterarse de ello; a veces, la estupidez es la entronizada; otras veces, las ideas o los intereses, que se elevan a categoría de dogmas.
Creo yo que, a estas alturas de los “guiones”, sólo con abrir los ojos un poco bastaría para observar que no andaba lejos de la verdad el gran escritor inglés en sus atisbos y cálculos de pensador conspicuo y realista.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


ATREVETE A CREER -Al filo del domingo 15-IV-2018

15.04.18 | 11:23. Archivado en Acerca del autor

Los seres humanos disponen y tienen, entre otras varias, una virtud o fuerza que no tienen los animales; que los diferencia y eleva sobre ellos: la de ser audaces, es decir, capaces de acciones fuera de lo común, de aceptar envites “contra la corriente”, de romper esquemas y evadirse de moldes convencionales y plebeyos.
Enmarcado en la quietud de sus instintos, el animal se mueve dentro de sus casillas y –por mucho que lo intente o evolucione- no las puede trascender como los humanos, ni ir más allá de lo que huelen sus narices o gusta su paladar.

Los humanistas cristianos –hay otros humanismos. como el ateo, el comunista, el existencialista y hasta el nihilista…; los humanistas cristianos lo vieron claro mucho antes de los racionalismos y de las “ilustradas” maneras de ver al hombre, de mayores utopías que verdad. Lo plasma certeramente uno de los más conspicuos, Pic de la Mirandola, en su espléndida “Oración sobre la dignidad del hombre:
“No te di, Adán, un puesto determinado ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel pesito, aquella función, aquel aspecto por el que te decidieras, los obtuvieras según tu deseo y designio.
La naturaleza limitada de los otros se halla limitada por leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sion estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado.
No te hice ni celestial ni tenerla, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que hubieras elegido.
Podrás degenerar hasta la cosas inferiores que son los brutos; podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores, que son las divinas…”.

Realmente, todo un canto al hombre, hechura de Dios, y sin embargo hacedor de sí mismo, al aire y movimiento acompasado a la batuta de Dios.

+++

Tras la cruz y el entierro de Jesús, los discípulos andaban sobresaltados, como animales enjaulados o acosados, rotos en sus ansias de volar, recelando hasta de su sombra… Ante el propio Jesús resucitado, los “dedos se les volvían huéspedes” y las verdades, fantasmas o volaterías sin cuerpo. No creen ni en las evidencias. Dicen “¡bah…!” cuando debiera decirse “¡qué bien!”. Estaban acomplejados y con miedo. La cruz había sido para ellos el desengaño del que sueña y, al despertar, no ve nada de los sueños pasados. Es el “descreimiento” por el desencanto de los miedos y de los complejos, y no tanto el que llega desde la suficiencia o la soberbia del “super-hombre”…

Pienso yo que tener fe es una cualidad liberadora y fascinante en la vida de un hombre o mujer realistas. Porque la fe saca al ser humano de su marco reducido y enclaustrado para permitirle volar…, y la ausencia ded fe achica los horizontes
Es fiarse de otro, pero no es negarse a uno mismo…
Es filigrana de amor, porque –para creer- hay que amar antes; y amas porque te fías y gustas, ya antes de creer, el arrebato de saber que, estando en buenas manos, no tienes nada que perder al fiarte… Y por eso ni aman ni creen los tan seguros de sí mismos que hasta el ansia o la gana de creer se les antoja una abdicación en su hombría.
Por eso mismo creo yo que el hombre de fe no es el clásico “chalao” que se aviene a complace en vivir asido al espectro de un fantasma. Es muy distinto; es más bien el ser audaz que –viéndose tal como es- lucha por ir más allá de sí mismo, de su ciencia, de sus artes, de sus precariedades, de sus limitaciones…. El hombre de fe quiere volar más alto de su propio techo o mirar más al fondo de sus posibles o capaciaddes.
¿Un loco soñador? ¿Un idiota de libro de psiquiatría ? ¿Un “minusvalens” que ha de agarrarse a lo que salga?
No. El hombre o la mujer de fe son los que, llevados del afán de creer para poder subir –ese “incroyable besoin de croire” que titula y preside el hermoso libro del mismo nombre de Julia Kristeva-, no quieren defraudar unas ansias que sienten dentro aunque no sepan muy bien donde nacen y a dónde van.

“Atrévete a saber” gritó Kant cuando las Luces de la Ilustración parecían ser las únicas luces…
“Atrévete a creer” es o puede ser el grito de la angustia de los hombres del “nihilismo” que, insatisfechos por no resignarse a ser “nada”, no desdeñan otear horizontes que puedan suponer ser algo más que “nada”.

La estela de Cristo resucitado –es decir, Dios sacando vida de la muerte (eso es la redención)- es la nueva frontera, el gran reto, el gran salto que el hombre de fe es capaz de dar sin que se le caigan los anillos de sus egocentrismos y vulgaridades, aunque sean los de la ciencia o del arte; sobre todo si esas ciencias y esos artes no le sacan –como la historia demuestra que ha sido- de sus miserias. Luchar contra los fantasmas es cosa de hombres de porvenir; de progreso, como dirían los “modernos” señores de la tierra…

Jesús resucitado no era un fantasma, como en sus miedos y complejos creyeron los discípulos…
Como el evangelio de este domingo de Pascua patenta con razones “en bárbara”, “los fantasmas –dice a los desconcertados discípulos- no tienen carne y huesos como veis que yo tengo. Soy yo en persona”. Lo estaban viendo y no se lo creían. Lo tocaban pero hasta la cercanía les despertaba sospechas. Les pidió de comer y le dieron de lo que ellos comían…; hasta que –como el Evangelio dice- se les abrieron los ojos y comprendieron que estaban en otro sistema solar….

“Pour vous, qui est Jesús Christ?”: con esta gran pregunta retaba –en el año 1970- la revista Fêtes et saisons a los hombres y mujeres de entonces para que tomaran posición. Las hay para todos los gustos, hasta la de uno que, al ser preguntado, responde: “¿Y quién es ese señor?”. Merece –ahiora mismo- la pena releerlas porque enseñan que, para casi todos, Jesús no es un “cualquiera”. Hasta mirado de tejas abajo –que no es lo suyo- sobresale entitativa y cualitativamente.
Conestar tan grave pregunta a tono con uno mismo y unas querencias humanas de progrteso humano es una clave maestra para ser hombre de fe.
Un fantasma, dirán algunos, como los discìpulos a pesar de las evidencias… Dios hecho Hombre, dirán también algunos, porque –de no ser así- no cuadra para nada el relato
Encogerse de hombros es otra postura. La de los que no se atreven.

“Atreverse a creer” es –creo yo- trascender las limitaciones humans para alistarse y embarcarse en retadoras, pero fascinantes y soberbias singladuras hacia mares más calientes que los helados barbechos de esta post.modernidad líquida, gaseosa y sin pizca de porvenir, como no sean los 105 “misiles” lanzados “a lo loco” sobre Siria para causar efecto y tal ves ni eso.
Por ciero, algunos hablan ya del “hombre post-atómico”. ¿No hemos detenido un momento para pensar en esto?

El punto final a estas reflexiones de hoy me viene con este otro pensamiento.
“Levantar barricadas” suelen hacerlo los “conservadores” de toda laya y tiempos.
En cambio, “saltar las basrricadas” lo hacen más bien los rebeldes y los revolucionarios: o sea, todos los que aspiran a ir más allá de sus posiciones fijas.
El “Dios a la vista” del genial ensayo de Ortega y Gasset de hace un siglo, gritado desde la cofa del barco de una vida cualquiera, bien puede ser un reto de audacias infinitas. Un grito, en tiempos convulsos como los actuales, de los que no se conforman con ser “nada”.

Dios no es un “fantasma”. Fantasmas y “fantasmones” quizá mejor, lo pudieran ser otros que aspiran a deshacerse de Dios a sabiendas de que eso –la historia lo demuestra siglo a siglo- es imposible.
Bien por aquellos que, sin haber visto, entienden que es necesario creer; por la insaciable necesidad de creer que se lleva dentro aunque a veces no se entere su portador.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


ATREVETE A CREER - Al fillo del domingo 15-IV-2018

15.04.18 | 11:20. Archivado en Acerca del autor

Los seres humanos disponen y+ tienen, entre otras varias, una virtud o fuerza que no tienen los animales; que los diferencia y eleva sobre ellos: la de ser audaces, es decir, capaces de acciones fuera de lo común, de aceptar envites “contra la corriente”, de romper esquemas y evadirse de moldes convencionales y plebeyos.
Enmarcado en la quietud de sus instintos, el animal se mueve dentro de sus casillas y –por mucho que lo intente o evolucione- no las puede trascender como los humanos, ni ir más allá de lo que huelen sus narices o gusta su paladar.

Los humanistas cristianos –hay otros humanismos. como el ateo, el comunista, el existencialista y hasta el nihilista…; los humanistas cristianos lo vieron claro mucho antes de los racionalismos y de las “ilustradas” maneras de ver al hombre, de mayores utopías que verdad. Lo plasma certeramente uno de los más conspicuos, Pic de la Mirandola, en su espléndida “Oración sobre la dignidad del hombre:
“No te di, Adán, un puesto determinado ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel pesito, aquella función, aquel aspecto por el que te decidieras, los obtuvieras según tu deseo y designio.
La naturaleza limitada de los otros se halla limitada por leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sion estar limitado por barrera ninguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado.
No te hice ni celestial ni tenerla, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que hubieras elegido.
Podrás degenerar hasta la cosas inferiores que son los brutos; podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores, que son las divinas…”.

Realmente, todo un canto al hombre, hechura de Dios, y sin embargo hacedor de sí mismo, al aire y movimiento acompasado a la batuta de Dios.

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Tras la cruz y el entierro de Jesús, los discípulos andaban sobresaltados, como animales enjaulados o acosados, rotos en sus ansias de volar, recelando hasta de su sombra… Ante el propio Jesús resucitado, los “dedos se les volvían huéspedes” y las verdades, fantasmas o volaterías sin cuerpo. No creen ni en las evidencias. Dicen “¡bah…!” cuando debiera decirse “¡qué bien!”. Estaban acomplejados y con miedo. La cruz había sido para ellos el desengaño del que sueña y, al despertar, no ve nada de los sueños pasados. Es el “descreimiento” por el desencanto de los miedos y de los complejos, y no tanto el que llega desde la suficiencia o la soberbia del “super-hombre”…

Pienso yo que tener fe es una cualidad liberadora y fascinante en la vida de un hombre o mujer realistas. Porque la fe saca al ser humano de su marco reducido y enclaustrado para permitirle volar…, y la ausencia ded fe achica los horizontes
Es fiarse de otro, pero no es negarse a uno mismo…
Es filigrana de amor, porque –para creer- hay que amar antes; y amas porque te fías y gustas, ya antes de creer, el arrebato de saber que, estando en buenas manos, no tienes nada que perder al fiarte… Y por eso ni aman ni creen los tan seguros de sí mismos que hasta el ansia o la gana de creer se les antoja una abdicación en su hombría.
Por eso mismo creo yo que el hombre de fe no es el clásico “chalao” que se aviene a complace en vivir asido al espectro de un fantasma. Es muy distinto; es más bien el ser audaz que –viéndose tal como es- lucha por ir más allá de sí mismo, de su ciencia, de sus artes, de sus precariedades, de sus limitaciones…. El hombre de fe quiere volar más alto de su propio techo o mirar más al fondo de sus posibles o capaciaddes.
¿Un loco soñador? ¿Un idiota de libro de psiquiatría ? ¿Un “minusvalens” que ha de agarrarse a lo que salga?
No. El hombre o la mujer de fe son los que, llevados del afán de creer para poder subir –ese “incroyable besoin de croire” que titula y preside el hermoso libro del mismo nombre de Julia Kristeva-, no quieren defraudar unas ansias que sienten dentro aunque no sepan muy bien donde nacen y a dónde van.

“Atrévete a saber” gritó Kant cuando las Luces de la Ilustración parecían ser las únicas luces…
“Atrévete a creer” es o puede ser el grito de la angustia de los hombres del “nihilismo” que, insatisfechos por no resignarse a ser “nada”, no desdeñan otear horizontes que puedan suponer ser algo más que “nada”.

La estela de Cristo resucitado –es decir, Dios sacando vida de la muerte (eso es la redención)- es la nueva frontera, el gran reto, el gran salto que el hombre de fe es capaz de dar sin que se le caigan los anillos de sus egocentrismos y vulgaridades, aunque sean los de la ciencia o del arte; sobre todo si esas ciencias y esos artes no le sacan –como la historia demuestra que ha sido- de sus miserias. Luchar contra los fantasmas es cosa de hombres de porvenir; de progreso, como dirían los “modernos” señores de la tierra…

Jesús resucitado no era un fantasma, como en sus miedos y complejos creyeron los discípulos…
Como el evangelio de este domingo de Pascua patenta con razones “en bárbara”, “los fantasmas –dice a los desconcertados discípulos- no tienen carne y huesos como veis que yo tengo. Soy yo en persona”. Lo estaban viendo y no se lo creían. Lo tocaban pero hasta la cercanía les despertaba sospechas. Les pidió de comer y le dieron de lo que ellos comían…; hasta que –como el Evangelio dice- se les abrieron los ojos y comprendieron que estaban en otro sistema solar….

“Pour vous, qui est Jesús Christ?”: con esta gran pregunta retaba –en el año 1970- la revista Fêtes et saisons a los hombres y mujeres de entonces para que tomaran posición. Las hay para todos los gustos, hasta la de uno que, al ser preguntado, responde: “¿Y quién es ese señor?”. Merece –ahiora mismo- la pena releerlas porque enseñan que, para casi todos, Jesús no es un “cualquiera”. Hasta mirado de tejas abajo –que no es lo suyo- sobresale entitativa y cualitativamente.
Conestar tan grave pregunta a tono con uno mismo y unas querencias humanas de progrteso humano es una clave maestra para ser hombre de fe.
Un fantasma, dirán algunos, como los discìpulos a pesar de las evidencias… Dios hecho Hombre, dirán también algunos, porque –de no ser así- no cuadra para nada el relato
Encogerse de hombros es otra postura. La de los que no se atreven.

“Atreverse a creer” es –creo yo- trascender las limitaciones humans para alistarse y embarcarse en retadoras, pero fascinantes y soberbias singladuras hacia mares más calientes que los helados barbechos de esta post.modernidad líquida, gaseosa y sin pizca de porvenir, como no sean los 105 “misiles” lanzados “a lo loco” sobre Siria para causar efecto y tal ves ni eso.
Por ciero, algunos hablan ya del “hombre post-atómico”. ¿No hemos detenido un momento para pensar en esto?

El punto final a estas reflexiones de hoy me viene con este otro pensamiento.
“Levantar barricadas” suelen hacerlo los “conservadores” de toda laya y tiempos.
En cambio, “saltar las basrricadas” lo hacen más bien los rebeldes y los revolucionarios: o sea, todos los que aspiran a ir más allá de sus posiciones fijas.
El “Dios a la vista” del genial ensayo de Ortega y Gasset de hace un siglo, gritado desde la cofa del barco de una vida cualquiera, bien puede ser un reto de audacias infinitas. Un grito, en tiempos convulsos como los actuales, de los que no se conforman con ser “nada”.

Dios no es un “fantasma”. Fantasmas y “fantasmones” quizá mejor, lo pudieran ser otros que aspiran a deshacerse de Dios a sabiendas de que eso –la historia lo demuestra siglo a siglo- es imposible.
Bien por aquellos que, sin haber visto, entienden que es necesario creer; por la insaciable necesidad de creer que se lleva dentro aunque a veces no se entere su portador.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


LAs leccionwes de los "maestros" (9-IV-2018)

09.04.18 | 19:58. Archivado en Acerca del autor

Lo nuevo, amigos, no siempre resulta ser lo mejor. Y hasta puede suceder que “lo viejo” se precise para servir de pedestal y tonificar “las novedadeds”. Parece “de cajón” aunque muchos –o bastantes- se resistan a reconocerlo.
Permitidme –hoy- unas pocas reflexiones a dicho respecto.

Esa expresión de referencia a unas leyes primordiales -“las leyes no escritas de los dioses”-,- que ya los viejos vates o maestros de la Antigüedad clásica se cuidaron de contrastar con las “leyes” de los hombres –y más si los que dictan esas leyes tienen madera y hechuras de tiranos-, tiene valor fundante de sociedades justas, estables y respetuosas con los derechos más radicales del hombre. La Antígona, por ejemplo, que en la tragedia del mismo nombre, de Sófocles, tiene el valor de echar en cara a su tío, el tirano Creonte, de Tebas, su impiedad y acoso a la conciencia del hombre, es parte de esa pléyade de los “maestros” del bien pensar,, a los que –en esta hora decreciente de la sociedad y de los valores perennes- son considerados poco menos que “fósiles” dignos casi sólo de figurar entre las piezas de los museos de cera o de antigüedades, para curiosidad de visitantes o turistas.

Presiento yo –a la vista de tanto desdén- que una sociedad que desdeña esas lecciones magistrales de esos viejos maestros del pensamiento universal corre riesgos vehementes de inestabilidad y flojera, por falta de raíces o por superficialidad de sus engarces con la auténtica realidad de las cosas. Ocurrirá que, al menor soplo de viento, el peligro de venirse al suelo crezca en la misma proporción en que decrecen sus posibilidades de vivir erecto.

Claro que es tan sólo un punto de vista, el mío. Pero sigo creyendo que las recetas fáciles de los que no se procuran ni quieren procurarse un momento para pensar en ellas ni en los fines últimos a que ellas han de ser ofrecidas, en su misma fácil textura, pierden todo asomo de solidez y solvencia s proyectivas. Sigo, a pesar de todo, creyendo que la única solución posible para esta sociedad o mundo que se derrumban y hacen agua por los cuatro costados no está en moralinas ingeniosas o agudas, placenteras o románticas, sino en mirarse cada cual por dentro y –puestos al espejo que ofrecen a diario los vendedores de baratijas de esta “modernidad líquida y gaseosa” - respetuosamente darles las gracias pero declinar su oferta para recibir lecciones sobre todo de los maestros del saber que no pasa de moda por mucho que progrese la humanidad.

Y, puestos a elegir maestros del bien saber, entre los mejores, si no el mejor, está sin duda el Evangelio. El Jesús que vino para evangelizar a Dios se las tuvo firmes con aquella “élite” formada por los sacerdotes, los fariseos y los “creídos” del pueblo judío, mucho más enfatizados en sus “postureos” y “privilegios” que en llamar a las cosas por su verdadero nombre o en hacer los debidos honores a la verdad, a la justicia y a la libertad.

El papa Francisco -rotundamente empeñado como está en poner a la Iglesia en hora con el mundo, y empeñado en recorrer para ello hasta su final los caminos del Vaticano II- lleva tiempo con la mirada fija en la juventud actual. En ella está –y seguro que acierta- el futuro y no tanto el presente no el pasado. El Papa la desea viva y, más que viva, comprometida con el proyecto, lleno de humanidad, de trascenderse a sí misma, si en la tierra ha de haber –mañana y pasado mañana- más hombres y mujeres de razón y corazón que rebaños de autómatas, o seres robotizados, enjaulados o petrificados.
Una de las últimas invitaciones del Papa a los jóvenes de nuestro tiempo ha sido esta: “Procurad no perder las raíces”. Sin raíces –les hubiera podido añadir- no se puede concebir la vida; o esto otro: sin raíces, el hombre y la mujer tendrán mucho más de veletas que de seres racionales y en consecuencia libres.
Y se sabe de sobra que, para no ser veletas, las lecciones de los “maestros” del bien pensar se vuelven indispensables. Este “máster”, amigos, de saber pensar, razonar y valorar nos lo quieren también falsificar. Y es que puede que sea esta, la de falsificar los “master”, otra de las claves del tiempo presente. En todo caso, sería una clave de un futuro del hombre, pero “sin raíces”. Y eso, quedarse “sin raíces”, equivale a quedarse en “nada”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Orgullos de ser y bellezas de vivir y tocar (8-IV-2018)

09.04.18 | 19:51. Archivado en Acerca del autor

Yo pienso que los complejos, en psiquiatría, -al de inferioridad he de referirme aquí- son indicadores flamantes de inestabilidad personal y de inseguridad; de inmadurez por tanto. No sólo denotan lagunas o carencias, o que faltan hervores y sazones al sujeto agraciado con estos complejos, sino que, al sentirse minusválido, lo achican y, en su quehacer, lo ponen a merced de personajillos más audaces que solventes y, sobre todo, más aventureros que razonables. El así acomplejado es un tipo de persona desconcertante a fuerza de alistarse -a cada paso que da- al gremio del servilismo. Se calla, disimula o hace farsa cuando habría de dar la cara; y habla, generalmente para zurcir hipocresías, cuando lo más prudente sería callar.
Por eso, el acomplejado no es una persona normal. Es más bien –creo yo- un disminuido psíquico que se debate, infeliz, en una lucha de sentimientos encontrados de amor y odio que le retrae en la afirmación de sus posibilidades y creencias. Viene a ser una suerte de esclavo voluntario, un impotente del alma. Un problema humano, en una palabra.

Hoy regreso a Madrid desde mi querido Bierzo. Confieso que es para mí una delicia estar en mis tierras bercianas. Lo da y lleva consigo el nombre que, en sí mismo, sugiere ya un sinfín de ensoñaciones asociadas a la idea o escenario de un jardín florido. Su entidad y calidad le vienen de muchas facetas, y no es la menos linda de todas la de su fisonomía vegetal, o la de ser encrucijada de caminos, o cerco de montañas, o venturas de un mini-clima benéfico o paraje natural de culturas que, al contrastarse, han ido poco a poco abonando recursos humanos de cordialidad, tolerancia y “entente”, sin excesivo esfuerzo. Son por eso sus tradiciones y sus gentes, su cultura y sus peculiaridades múltiples lo aue hacen que El Bierzo sea él mismo y no otra cosa diferente. Tal vez haya bien fundadas razones para que “los bercianos” fuéramos “nacionalistas”; aunque no lo somos, si por ello se ha de entender –como suele pasar- mirar a otros, de otros lares y otras tierras, por encima del hombro, o creerse más que nadie, o con derechos que otros no deban tener. No. No somos “nacionalistas”, salvo algún extraviado de mente que puede salir en cualquier sitio… Aunque Asturias y León fueron reinos y ensayaron democracias, antes que Cataluña fuera “condado” y otros “creídos” de la misma progenie ni eso siquiera, no nos sentimos más que nadie -quizá menos tampoco-, y nos contentamos –eso sí- con amar -como el que más- a la tierra que nos vio nacer, aunque sin por ello hacernos -ni de lejos- a la idea de que no puede o pueda haber otras como la nuestra. Que amar a nuestra bonita tierra no hace que nos volvamos memos o idiotas.

Aunque atrasada este año por mor de las “ciclogénesis explosivas” y las borrascas que no cesan, la estación andaba mostrando ya cada mañana una sorpresa primaveral: unas mimosas amarilleando provocativas a orillas de algunos caminos; mirlos silbando sin cesar y rondando a sus novias; un “coco de luz” –“rara avis” ya en estos tiempos de progreso, al igual que los ruiseñores y hasta los jilgueros- daba fe también de la primavera bajo la fina lluvia de alguna de estas tarde-noche vividas en mi pueblo hasta hoy mismo. Una semana apenas en él me ha hecho soñar en una sociedad más auténtica y menos proclive a desvanecerse, o incluso a morirse de éxitos o relumbrones nada serios y firmes… Creo por eso que no defrauda venir al pueblo alguna vez para recibir lecciones de autenticidad y equilibrio.

Fui esta vez al pueblo para bautizar al pequeño Alejandro; nieto de mis amigos Eladio y Carmen; segundo hijo de Mari Carmen y Alejandro. Alejandro-hijo me recibió con una sonrisa de ángel bailando en sus ojitos morenos.. Después mostró tener personalidad al enfadarse y llorar en serio cuando le parecía. Normal. Al fin y al cabo, recibir el bautismo es cosa de un día solemne y no, como la “teta” de la madre, que, aún siendo tan pequeño, se conoce al dedillo… Alejandro se portó bien aunque dejando nota de que no es un “pedrusco”.
Dirigí, antes del bautizo, unas palabras al niño en las personas de sus padres, padrinos, familiares y amigos.
Nicodemo –fariseo de pro-, que –aún siendo cobardica”- fue a ver a Jesús de noche, pero fue; porque vale más ir de noche que no ir y porque sentía más fuerte la llamada de la verdad que hacer farsa con lo que va dentro… Nocidemo me brindó la idea de que quien busca a la verdad y a Dios tiene siempre sobrados caminos para ir por ellos, aunque sea de noche o a contrapelo, porque en la sociedad sea más de moda fusilar a Dios o hacer añicos de la verdad. Hasta los cobardes pueden, a veces y si quieren, hallar caminos para redimirse de sus cobardías.
Jesús lo recibe –cómo no!- y, sin andarse con rodeos, va de inmediato al grano. Para ir a Dios y por tanto a la Verdad, hay que renacer, regenerarse, trascenderse y no quedarse en el “super-hombre” nihilista de Nietzsche pudiendo ser eso mismo, pero con bastante más que “nada” en las manos.
En consonancia con lo anterior, realcé con brevedad el timbre de honor que puede ser sentir y decir “el orgullo” de ser creyente y de ser católico.
Estamos al cabo de la calle de los “orgullos” de unos y de otros. “Yo soy comunista”, dice uno con orgullo; “yo soy ateo”, pregona otro compolacido; “yo soy homosexual” y se hace un festival con procesiones y todo; “yo soy fémina liberada” y el feminismo enardecido piensa en el “no va más” de la “grandeur”….
¿No es justo y necesario que un católico haga lo mismo? ¿Es que no hay mayores y más serias razones para fiarse de Dios que de cualquier otro sedicente propagandista de sus ideas o hechuras, creencias y modos de ser?
Por superar de una vez este acomplejado comportamiento de muchos católicos ahora mismo, recordé a los padres y padrinos del pequeño Alejandro que –al querer que su hijo sea bautizado-, si han de ser coherentes con esa voluntad, han de prepararle para estar en condiciones -en una sociedad como la presente, que parece tener a gala “liberarse de Dios”- de no jugar a farsante ocultando por fuera lo que se lleva dentro y haciendo bastante menos que esos otros del “orgullo”, cuando en verdad hay al menos tantas razones con en ellos para mostrarse por fuera como uno dice ser por dentro. A no ser que se transija con los complejos o se piense que es más cosa de hombres ser comunista que ser católico.
Y recordaba también, de paso, la estupenda y nada ridícula frase de Chateaubriand –en sus “Memorias de ultra-tumba”-, cuando afirma rotundo que “La religión –y Dios, por tanto- es el único poder ante el que inclinarse o ponerse de rodillas no envilece al que se inclina o arrodilla”. Inclinarse o ponerse de rodillas, por ejemplo, ante lo que representa un cura, un obispo o el mismo papa, no envilece. Aunque el representante pueda ser, o sea de hecho, “un zoquete”. Como no envilece besar la madera o el papel con la imagen de un Santo si el beso va más allá de la madera y del retrato.

Al regresar hoy a Madrid y pergeñar en el autobús estas reflexiones del día, sigue posada en mi retina la estampa de las mimosas amarilleando al borde de algunos caminos de mi tierra; resonando en mis oídos el silbo enamorado de los mirlos en la floresta ya verdeante; y sobre todo eso me persigue el buen talante de unas gentes, a las que –aún a pesar de su tierra privilegiada- no se les sube a la cabeza el humo de sus bellezas, el tono de sus valores y tradiciones o el recuerdo del oro de esas Médulas, que los Romanos –nada menos- supieron descubrir en las tierras de mi Bierzo, las cuales –a parte de haber sido mi ”natura”- se vuelven –siempre que puedo, como estos días pasados- también mi “ventura”.

Rodando con el autobús por los llanos de la Castilla majestuosa y señorial. dentro de su adusta reciedumbre, saludo a mis amigos de reflexiones para deciros esta vez, con el rótulo de las mismas: Orgullos de ser y bellezas de vivir y tocar.
Pero también, orgullo de ser católicos: claro que sí!!!. Orgullo, y sin jugar a exageraciones o melindres. Con toda verdad. O al menos con la misma con que otros jalean también sus orgullos. ¿O es que a Dios no se le acosa con mayor fuerza y con menos razón con que otros se sienten acosados?
Somos pocos y seguramente mañana seremos menos tal como se ven venir las cosas. Pero lo que somos lo hemos de hacer valer, en las calles, en el parlamento, y por supuesto en las urnas; sin excesivas gesticulaciones o alardes, pero con la fuerza y vigor de unas creencias, en las que “estamos” asentados y en las que nos sentimos razonablemente bien. Que la marca del bautismo no se conforma con menos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Hace falta estar loco -28-III-2018

29.03.18 | 12:26. Archivado en Acerca del autor

“Pour que le dieu soit un homme, il faut qu’il désespère”. Para que todo un Dios decida hacerse hombre ha tenido que estar desesperado o haberse vuelto loco.
Esta idea de Albert Camus, en esa parte de L’homme revolté - El hombre rebelde, que el Nobel dedica a esplorar ese campo de las rebeldías –“metafísicas” les llama- de los hombres contra los dioses, y que encapsula bajo un título tan expresivo como Los hijos de Caín, siempre me ha subyugado por su enorme carga de misterio. Para que Dios haya decidido hacerse hombre es preciso que se haya vuelto loco o esté desesperado. No cabe otra explicación.
Y situado, además, el relato en un contexto referido expresamente a Cristo, mediador entre Dios y el hombre y hombre-Dios así mismo, la idea me ha servido muchas veces para recrear, a su trasluz, una estampa de sorprendentes irisaciones divinas y humanas a la vez. Por esto la tomo hoy como lema de una de mis Estampas de Pasión, en esta Semana Grande de la religiosidad cristiana y católica.
¿Se puede pensar que Dios se ha vuelto loco para vestir de hombre nada menos que la divinidad en un alarde infinito de proximidad y cercanía de lo divino a lo humano?.

+++

¿Puede Dios volverse loco? ¿No sonará tal vez a blasfemia sólo el pensarlo?
Sin retórica y para entendernos. ¿Se habrá vuelto loco Dios al decidir “hacerse hombre”?
¿Es de locos dar la vida por la persona o personas que se aman de verdad?
¿Es locura, es heroísmo, es ceguera o chaladura tal vez hacer lo del teniente coronel de la gendarmería, este día, en Carcassone, sustituyéndose por uno de los rehenes del yihadista, pudiendo presumir que su destino era una bala del asesino? O ese abuelo que se encara y muere a manos del acosador de su nieta para evitar la afrenta a la dignidad de la joven?

Más de una vez he recordado en mis reflexiones diarias la frase que Bertolt Brecht –en su Vida de Galileo- pone en labios del hombre de ciencia cuando, tras abjurar a regañadientes de su teoría cósmica ante la inquisición romana, al regresar cabizbajo y derrotado a casa, dice que “Pobre del país que necesita héroes”. Contrastaba su frase con la que su criado Andrea le dirige al entrar, seguramente para consolarle: eres un héroe y “pobre del país que no tiene héroes”. Creo yo que, una cultura o civilización –por llamarle así- en la que, a cada paso o vuelta de cada esquina, ha de salir un héroe a levantar bandera de dignidad y respeto cuando esa bandera debiera ondear libremente a cada hora y a cada paso en los mástiles de cualquier convivencia, ¡malo!. Si la normalidad se vuelve patológica –remedando la obra deliciosa de Eric Fromm-, peor. Y si los telediarios se vuelven al 90% crónicas de anunciadas desucedidos perversos, criminales o mafiosos, no sólo muchísimo peor, sino también esperpéntico y contrario a la lógica más elemental.

Al imaginar esta Escena de Pasión, pensé rotularla como “Locura de amor”. Si no lo hice, no fue porque dudara de que caben en el amor, e incluso son legítimas, las desmesuras y los excesos –a lo del “en nada demasiado” yo le haría aquí una excepción por razones obvias-, sino porque me parecía más directo el reto rotulado de la otra forma.

No es fanfarronada, ni menos todavía falta de respeto a Dios o incluso blasfemia.
Conociendo el paño como Dios conoce hasta las entretelas el corazón humano, llevar el amor hasta ese “como” de dar la vida por la verdad del hombre, siendo más cierta la bajeza y la insensibilidad e ingratitud del hombre, ¿no se puede llamar locura?

Es otra, y muy insigne, de las claves de la Pasión de Jesús.
Y la muestra, en toda su verdad, llaneza y patetismo de grueso calibre al aire, san Juan en esa frase tan rotunda como verídica, en quien, como él, tuvo –en aquella cena del Amor- el privilegio de oír el tic-tac del corazón de “Dios hecho hombre”; en ambivalencias tan aparentemente inconciliables como las que van del temor humano a la decisión divina, del “pase de mí este cáliz” al rotundo “Cúmplase tu voluntad” de Getsemaní, o del “E,oli, Eloi, lama sabactani” –“Dios mío, por qué me dejas abandonado?” al inmediato, recio, rotundo “Consummatum est” - ”Todo se ha cumplido” de la Cruz.
“De tal manera –dice san Juan- amó Dios al mundo que por él entregó a su propio único Hijo” (Jo. 3, 16), a la peor de las muertes, al peor de los escarnios.
Es que desde las angustias y la sangre sudada en Getsemaní hasta el agobio infinito y la sangre fresca y roja de la Cruz discurre un mismo hilo conductor, tan misterioso como explicable y razonable en un Dios que quiso siempre, ante los hombres, ser llamado “amor” sin medida; más de “amigo de fatigas” que de profesor de filosofías o de matemáticas. Hay –creo yo- más de paradoja en ese tracto increíble de la Pasión del Hijo de Dios que desesperación o desconcierto. Y los que –sigo creyendo-, desde las periferias de la fe o más lejos aún, se han frotado las manos ante las agonías de Getsemaní o el sentimiento de soledad de la Cruz y han creido ver en ello algo distinto de un amor acosado pero decidido a ir hasta el final –como van los hombres a quehaceres de sumo riesgo- muertos de miedo pero yendo-, es que no han pasado nunca de la primera letra de la palabra “amor”.
Si una de las mejores definiciones del amor es, como señala Ortega al estudiar el amor, la de san Agustín, cuando dice sin pestañear que “amor meus, pondus meum” y que allá voy donde el amor me lleva – “mi amor es mi responsabilidad”- lo tienen fácil los que se frotan las manos creyendo tener en Getsemaní y en la Cruz, en el primer paso y en el último de la Pasión, la prueba de que o Dios no existe y, si existiera, no se le vería por ninguna parte.
Porque Dios existe y es Dios, existe –aunque a veces se nos haga inexplicable- el llamado “silencio de Dios”. En primer lugar, porque no hay tal silencio y Dios habla de mil maneras a los que tratan de oírle; en segundo lugar, porque la Palabra de Dios es el Dios-Hombre que habla lo mismo en el Tabor, en el monte de las Bienaventuranzas, en Getsemanñí o en la Cruz. Y en tercer lugar porque Dios respeta su palabra y, si a los hombres los quiso libre, no fue para llevarlos del ronzal por sus vidas.

Volvamos a Camus para cerrar esta de mis Estampas de Pasión, y a la mentada frase de El hombre rebelde en ese capítulo titulado Los hijos de Caín. “Pour que le dieu soit un homme, il faut qu’il désespère”. Para que todo un Dios decida hacerse hombre ha tenido que estar desesperado o haberse vuelto loco. Lo creo: loco de amor a los hombres.
Desde la fe se entiende perfectamente lo que Camus intuye desde su incansable búsqueda de Dios; que fue, como tantos otros ateos o encogidos de hombros, un “indigente” –la náusea, el asco existencial, la nada-, que siempre soñó, en sus divagaciones tan literarias y sentidas por otra parte, con el “absoluto” y en el fondo con Dios.

Por si pudiera ilustrar algo más la imagen de la Estampa, recuerdo esa frase final de uno de los primeros capítulos de sus Estudios sobre el amor”, en que Ortega alude al poder mimético del a mor cuando afirma que “la mujer que ama al ladrón –hállese ella con el cuerpo dondequiera- está con el sentido en la cárcel”.
Las paradojas, amigos, aunque parezcan rodar a contrapelo, encierran verdades para los que saben leerlas. Otros más que también pudieran hacerlo prefieren tal vez quedarse a la puerta para no verse comprometidos con la verdad que encierran sus letras.

La verdad: “Locura de amor” o “Hace falta estar loco”…. Como creo yo que tanto monta y que los dos rótulos dan para lo mismo, yo me quedo con el segundo por parecerme más atrevido el reto. Usted, amigo, escoja el que quiera o ponga otro si le parece mejor.

SANTIAGO PANIZO ORALO


En el nombre de Dios o en el de los dictadores -27-III-2018

28.03.18 | 20:56. Archivado en Acerca del autor

“La religion est le seul pouvoir devant lequel on peut se courber sans s’avilir”. O sea, Dios es el único ser, el único poder, el único mando, ante el cual ponerse de rodillas no envilece,
Este pensamiento de Chateaubriand (Mémoires d’outretombe, III, II, 5, 25) me
viene hoy a la mente. Este día, al observar que Jesús, en plena Pasión y cuando a tantas otras preguntas no contesta, no deja de asegurar a Pilato que es rey, e incluso el rótulo que, sobre la cruz, anuncia la razón de la condena, es una proclama de realeza, un buen amigo me preguntaba si, después de Maquiavelo, el mando no sería una ocasión próxima, invencible tal vez, de pecados de violencia y opresión.
La mención de Maquiavelo me tentó ciertamente y, al no querer resistirla, me vino, como digo, a la mente esa frase del fgran Chateaubrand. Ella sola encierra –si se quiere pensar un poco- las claves de ña respuesta que, con ella en mano, dí a mi buen amigo.

Maquiavelo (1469-1527) pasa por ser, en la historia del pensamiento, un adalid o abanderado de la modernidad socio-política; pudiera pasar también por precursor del llamado “secularismo” radical o “laicismo” contemporáneo; y hasta para algunos, quizás, sería el gran timonel del mejor arte de gobernar pueblos.
Seguramente tiene algo de todo eso, que razones no le faltan; aunque haya quien se pase al rendirle pleitesía de “santón” laico, hecho de contraste con el san Agustín de La Ciudad de Dios. No es –para Maquiavelo- la “ Ciudad terrenal” -no es la política en una palabra- la que se debe apoyar en la religión, como pensara san Agustín en su magna obra; sino que, al contrario, es la religión un “adlátere”, un “peón”, un instrumento de la política, uno más entre los útiles de que tiene derecho a servirse para sus fines propios.
La teoría del Estado divinizado, que se idealiza desde Maquiavelo, no ha dejado nunca de tener seguidores. Desde el protestante “Cuius regu¡o eius et religio” hasta las “religiones políticas”, “laicas” o “politizadas” y los constantes designios de procurarse religiones amaestradas o domesticadas al servicio del Estado, el “servirse” de la religión ha sido en toda la historia humana tentación perenne de todos los acaparadores del Poder.

Varias veces me he preguntado –en mi vida de análisis de las raíces históricas, por así decir clásicas, de los totalitarismos y de las dictaduras- por el papel de la obra y pensamiento de Nicolás Maquiavelo en las raíces, antiguas y modernas, del virus totalitario.

Maquiavelo vuelve a estar de moda. Se le puede ver clonado en esquemas de políticos que, en estado de bisoñez generalmente, se creen reencarnados en la obra del florentino y se abonan a las viejas fórmulas de este “santón” bastante pasado de moda, a mi ver, ante la realidad actual de un mundo que, tras el fracaso de las ”promesas” de la Ilustración, está tratando a los totalitarismos de enemigos públicos nro. 1 de la democracia y del progreso moderno. Por algo se les ve con la tendencia a justificar a algunos como los Maduro, los Castro y demás estirpe de modernas satrapía, aunque no siempre se atrevan a confesarlo a las claras y se callen para no quemarse ellos mismos los labios.

Al hojear de nuevo estps días ese sonado libro de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo –al moderno se refiere sobre todo-, me sentía interpelado a mirar más atrás y bucear hasta las últimas raíces del nazismo, del estalinismo, del fascismo, etc. Al intentarlo, me encontré con Maquiavelo y me sentí llegado al punto de partida. He aquí, me dije, el gran “santón” de una de las mayores revoluciones de la historia.
Y me puse a repasar un poco la obra de Maquiavelo, El príncipe sobre todo; su Discurso sobre la primera década de Tito Livio y algunas más que sirven mucho también para conocer el pensamiento del famoso secretario florentino y sus primeros principios de la política. Y me dediqué otro poco a releer dos obras que, a mí, además del Prologo de Napoleón a El Principe, me sirven de ayuda –cuando preciso pensar o hablar de ello- para no desbarrar. Me refiero a Una relectura de “El Príncipe” (1994) con el discurso de ingreso de S. Fernández Campo y la contestación de J. M. de Areilza en la R. Academia de Ciencias Morales y Políticas; y esa otra obre titulada Diálogo de Maquiavelo y Montesquieu en los infiernos, ese panfleto de Maurice Joly contra la dictadura de Napoleón III y que, aún teniendo mucho de panfleto, tiene bastante más de certero y agudo alegato contra todos los abusos del Poder.
Estas relecturas me han ayudado a plantearme preguntas. Como esta: A Maquiavelo, con lenguaje de hoy y hechuras de hoy, ¿se le podría llamar en verdad “demócrata” o patrono y portavoz de “buenos demócratas”?. O esta otra más directa: Maquiavelo –con su revolución de las ideas y de los usos políticos, ¿no debería venir situado en las raíces del totalitarismo de todos los tiempos, los pasados, los presentes y los por venir, especialmente los totalitarismos de los siglos XX y XXI y los que ahora mismo incuban populismos hechos para cursar “sin el pueblo”?.
Creo que su ideario no engaña y que, como enseña Maurice Yoli, ha de mirarse de reojo a Maquiavelo cuando se trate de desvelar los métodos, tácticas, estrategias y culebreos del tirano poder. Ya no se estilan o están pasados de moda la guillotina, los autos de fe, el garrote vil los hornos crematorios y los Gulag. Cambian los tiempos y cambian las modas. “Il s’agit moins aujourd’hui de violenter les hommes que de les désarmer, de comprimer leurs passions politiques que de les effacer, de combattre leurs instints que de les tromper, de proscrire leurs idées que de leur donner le change en se les appropiant”.
Hoy son otros los medios, de violencias igualmente, aunque más refinados y sutiles: la propaganda, la post-verdad, las redes, la gran pantalla, el bla-bla-bla …; para edulcorar los programas, para fantasearlos hasta el paroxismo de la verborrea, para volverlos atractivos; y sobre todo la mentira, el uso de la mentira dada por verdad y repetida cien veces a lo Goebbels para que pase por verdad; y la utilidad, la utilidad –la propia ante todo- elevada con naturalidad pasmosa a criterio definitivo de verdad.
Es lo que está –si bien se mira- en las entretelas del ideario de Maquiavelo. El que manda, viene a decir, tiene derecho, por el mero hecho de detentarlo, a deshacerse de todo el que le impida tomar o mantenerse en el poder. Y no hay moral ni ética que valga frente a la racionalidad que usa para sus intereses el dictador de turno.

Vayan con brevedad sólo pocas ideas.
Entronizada la “razón de Estado” y divinizado el principio de racionalidad política consiguiente al designio, igualmente político, de que “el fin justifica los medios”, todo está permitido a los próceres del “abuso de poder”. No en vano, en el tiempo de Las Luces, el gran Montesquieu hubo de salir al quite del despotismo con el mecanismo de la “separación de los poderes”, al solo efectio de moderar su ejercicio y evitar las tiranías.

Me pregunto para resumir: ¿no aparace -claro, con sólo esto, que al ideario socio-político de Maquiavelo subyacen las raíces eternas del totalitarismo de todos los que manejan los hilos del Estado a favor de sus personales intereses o, a lo sumo, de los del Estado frente a los de la sociedad, de la que el Estado solamente puede llamarse gestor y nunca amo, señor y dueño? ¿No se ve claro?
¡Qué razón tenía Ortega cuando –hace un siglo- calificaba el “pensar utilitario” propio de la política de abrirse a una “cultura de instrumentos” en vez de hacerlo a una cultura de fines, y postulaba, como reacción frente a la cultura de medios e instrumentos una cultura de verdades últimas (cfr. El Espectador, Verdad y perspectiva, febrero-marzo 1916, Obras Completas, Alianza Editorial, Madrid 1998, vol. II, pàgs. 17-18). Tenía razón entonces y más la tienen hoy aquellas palabras de ayer si los fines han de seguir justificando los medios, como parece que está siendo más y más cada día. Ningún fin puede justificar los medios sin caer en irracionalidad patente.

Con lo dicho, me afianzo más y más en la realzada frase de Chateaubriand. Leerla de nuevo y pensarla un poco más estos días santos de Pasión puede ser otra Estampa propia del tiempo. Jesús no es Maquiavelo. El reino y el mando de Cristo son imperativos, pero no son de este mundo, como anuncia Jesús a Pilato para decirle con ello que su reino es compatible y no representa peligro alguno para el Cesar de Roma.
Claro que, a los imperialismos, hasta ese reino -aunque sea un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz- estorba, y mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


En el nombre de Dios o en el de los dictadores 27-III-2018

28.03.18 | 20:53. Archivado en Acerca del autor

En el nombre de Dios o en el de los dictadores

“La religion est le seul pouvoir devant lequel on peut se courber sans s’avilir”. O sea, Dios es el único ser, el único poder, el único mando, ante el cual ponerse de rodillas no envilece,
Este pensamiento de Chateaubriand (Mémoires d’outretombe, III, II, 5, 25) me
viene hoy a la mente. Este día, al observar que Jesús, en plena Pasión y cuando a tantas otras preguntas no contesta, no deja de asegurar a Pilato que es rey, e incluso el rótulo que, sobre la cruz, anuncia la razón de la condena, es una proclama de realeza, un buen amigo me preguntaba si, después de Maquiavelo, el mando no sería una ocasión próxima, invencible tal vez, de pecados de violencia y opresión.
La mención de Maquiavelo me tentó ciertamente y, al no querer resistirla, me vino, como digo, a la mente esa frase del fgran Chateaubrand. Ella sola encierra –si se quiere pensar un poco- las claves de ña respuesta que, con ella en mano, dí a mi buen amigo.

Maquiavelo (1469-1527) pasa por ser, en la historia del pensamiento, un adalid o abanderado de la modernidad socio-política; pudiera pasar también por precursor del llamado “secularismo” radical o “laicismo” contemporáneo; y hasta para algunos, quizás, sería el gran timonel del mejor arte de gobernar pueblos.
Seguramente tiene algo de todo eso, que razones no le faltan; aunque haya quien se pase al rendirle pleitesía de “santón” laico, hecho de contraste con el san Agustín de La Ciudad de Dios. No es –para Maquiavelo- la “ Ciudad terrenal” -no es la política en una palabra- la que se debe apoyar en la religión, como pensara san Agustín en su magna obra; sino que, al contrario, es la religión un “adlátere”, un “peón”, un instrumento de la política, uno más entre los útiles de que tiene derecho a servirse para sus fines propios.
La teoría del Estado divinizado, que se idealiza desde Maquiavelo, no ha dejado nunca de tener seguidores. Desde el protestante “Cuius regu¡o eius et religio” hasta las “religiones políticas”, “laicas” o “politizadas” y los constantes designios de procurarse religiones amaestradas o domesticadas al servicio del Estado, el “servirse” de la religión ha sido en toda la historia humana tentación perenne de todos los acaparadores del Poder.

Varias veces me he preguntado –en mi vida de análisis de las raíces históricas, por así decir clásicas, de los totalitarismos y de las dictaduras- por el papel de la obra y pensamiento de Nicolás Maquiavelo en las raíces, antiguas y modernas, del virus totalitario.

Maquiavelo vuelve a estar de moda. Se le puede ver clonado en esquemas de políticos que, en estado de bisoñez generalmente, se creen reencarnados en la obra del florentino y se abonan a las viejas fórmulas de este “santón” bastante pasado de moda, a mi ver, ante la realidad actual de un mundo que, tras el fracaso de las ”promesas” de la Ilustración, está tratando a los totalitarismos de enemigos públicos nro. 1 de la democracia y del progreso moderno. Por algo se les ve con la tendencia a justificar a algunos como los Maduro, los Castro y demás estirpe de modernas satrapía, aunque no siempre se atrevan a confesarlo a las claras y se callen para no quemarse ellos mismos los labios.

Al hojear de nuevo estps días ese sonado libro de Hannah Arendt sobre los orígenes del totalitarismo –al moderno se refiere sobre todo-, me sentía interpelado a mirar más atrás y bucear hasta las últimas raíces del nazismo, del estalinismo, del fascismo, etc. Al intentarlo, me encontré con Maquiavelo y me sentí llegado al punto de partida. He aquí, me dije, el gran “santón” de una de las mayores revoluciones de la historia.
Y me puse a repasar un poco la obra de Maquiavelo, El príncipe sobre todo; su Discurso sobre la primera década de Tito Livio y algunas más que sirven mucho también para conocer el pensamiento del famoso secretario florentino y sus primeros principios de la política. Y me dediqué otro poco a releer dos obras que, a mí, además del Prologo de Napoleón a El Principe, me sirven de ayuda –cuando preciso pensar o hablar de ello- para no desbarrar. Me refiero a Una relectura de “El Príncipe” (1994) con el discurso de ingreso de S. Fernández Campo y la contestación de J. M. de Areilza en la R. Academia de Ciencias Morales y Políticas; y esa otra obre titulada Diálogo de Maquiavelo y Montesquieu en los infiernos, ese panfleto de Maurice Joly contra la dictadura de Napoleón III y que, aún teniendo mucho de panfleto, tiene bastante más de certero y agudo alegato contra todos los abusos del Poder.
Estas relecturas me han ayudado a plantearme preguntas. Como esta: A Maquiavelo, con lenguaje de hoy y hechuras de hoy, ¿se le podría llamar en verdad “demócrata” o patrono y portavoz de “buenos demócratas”?. O esta otra más directa: Maquiavelo –con su revolución de las ideas y de los usos políticos, ¿no debería venir situado en las raíces del totalitarismo de todos los tiempos, los pasados, los presentes y los por venir, especialmente los totalitarismos de los siglos XX y XXI y los que ahora mismo incuban populismos hechos para cursar “sin el pueblo”?.
Creo que su ideario no engaña y que, como enseña Maurice Yoli, ha de mirarse de reojo a Maquiavelo cuando se trate de desvelar los métodos, tácticas, estrategias y culebreos del tirano poder. Ya no se estilan o están pasados de moda la guillotina, los autos de fe, el garrote vil los hornos crematorios y los Gulag. Cambian los tiempos y cambian las modas. “Il s’agit moins aujourd’hui de violenter les hommes que de les désarmer, de comprimer leurs passions politiques que de les effacer, de combattre leurs instints que de les tromper, de proscrire leurs idées que de leur donner le change en se les appropiant”.
Hoy son otros los medios, de violencias igualmente, aunque más refinados y sutiles: la propaganda, la post-verdad, las redes, la gran pantalla, el bla-bla-bla …; para edulcorar los programas, para fantasearlos hasta el paroxismo de la verborrea, para volverlos atractivos; y sobre todo la mentira, el uso de la mentira dada por verdad y repetida cien veces a lo Goebbels para que pase por verdad; y la utilidad, la utilidad –la propia ante todo- elevada con naturalidad pasmosa a criterio definitivo de verdad.
Es lo que está –si bien se mira- en las entretelas del ideario de Maquiavelo. El que manda, viene a decir, tiene derecho, por el mero hecho de detentarlo, a deshacerse de todo el que le impida tomar o mantenerse en el poder. Y no hay moral ni ética que valga frente a la racionalidad que usa para sus intereses el dictador de turno.

Vayan con brevedad sólo pocas ideas.
Entronizada la “razón de Estado” y divinizado el principio de racionalidad política consiguiente al designio, igualmente político, de que “el fin justifica los medios”, todo está permitido a los próceres del “abuso de poder”. No en vano, en el tiempo de Las Luces, el gran Montesquieu hubo de salir al quite del despotismo con el mecanismo de la “separación de los poderes”, al solo efectio de moderar su ejercicio y evitar las tiranías.

Me pregunto para resumir: ¿no aparace -claro, con sólo esto, que al ideario socio-político de Maquiavelo subyacen las raíces eternas del totalitarismo de todos los que manejan los hilos del Estado a favor de sus personales intereses o, a lo sumo, de los del Estado frente a los de la sociedad, de la que el Estado solamente puede llamarse gestor y nunca amo, señor y dueño? ¿No se ve claro?
¡Qué razón tenía Ortega cuando –hace un siglo- calificaba el “pensar utilitario” propio de la política de abrirse a una “cultura de instrumentos” en vez de hacerlo a una cultura de fines, y postulaba, como reacción frente a la cultura de medios e instrumentos una cultura de verdades últimas (cfr. El Espectador, Verdad y perspectiva, febrero-marzo 1916, Obras Completas, Alianza Editorial, Madrid 1998, vol. II, pàgs. 17-18). Tenía razón entonces y más la tienen hoy aquellas palabras de ayer si los fines han de seguir justificando los medios, como parece que está siendo más y más cada día. Ningún fin puede justificar los medios sin caer en irracionalidad patente.

Con lo dicho, me afianzo más y más en la realzada frase de Chateaubriand. Leerla de nuevo y pensarla un poco más estos días santos de Pasión puede ser otra Estampa propia del tiempo. Jesús no es Maquiavelo. El reino y el mando de Cristo son imperativos, pero no son de este mundo, como anuncia Jesús a Pilato para decirle con ello que su reino es compatible y no representa peligro alguno para el Cesar de Roma.
Claro que, a los imperialismos, hasta ese reino -aunque sea un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz- estorba, y mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Los que van y vienen -Estampas de Pasión-I -25-III-2018

25.03.18 | 12:45. Archivado en Acerca del autor

Pilato preguntó a la gente: “Queréis que os suelte al Rey de los judíos?”- Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Y cuando Pilato les insistió en que dijeran lo que había de hacer con Jesús, ellos, a coro, una y otra vez gritaron: “Crucifícale” (De la Pasión de Jesús según san Marcos)
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Los que el domingo de Ramos gritaban “hosanna”, el viernes siguiente –hacia el mismo que jaleaban el domingo- le gritaban “crucifícale”.
A merced de los impulsos e instintos y a falta de conciencia propia, segura de sí misma, individual y colectiva, la “masa” –que no es el “pueblo” ni tiene parecido alguno con lo que connota –en la historia de las relaciones humanas- la palabra “pueblo”- se comba –como la vara verde y poco hecha- al solo arrullo de consignas y “slogans”, hábilmente urdidos por personas o grupos, maestros en el arte de fabular a costa de la ignorancia o la necedad de las “masas” . La Pasión según san Marcos lo deja claro: hay que elegir entre la inocencia y el crimen y, ya entonces, hace dos mil años, antes de Faceboock y demás “comecocos” virtuales al uso, los “sumos sacerdotes” de Israel “soliviantaron a la gente” –que es alterar el ánimo de alguien para que tome una decisión díscola pero de interés para quien solivianta- para que eligiera –“el pueblo nunca se engaña”, aún sigue diciendo más de un iluso de la democracia- la libertad del criminal y colgar de una cruz a la inocencia.

La “masa”… Porque no tiene conciencia de sí y la tiene prestada de otros, sus mentores y guías, por eso, ni discierne, ni juzga y valora, ni por supuesto elige. Y no por otra cosa sino porque su racionalidad la ha dado en hipoteca al mejor postor que en ese momento pase a su lado, charlatán o feriante, prestidigitador o farsante, buen vendedor –eso sí- de mercancía falsificada o averiada, que por lo general no cuela más que “a río revuelto” o en “el tiempo de los enanos y liliputienses”, como augura Carlos Cano en su “Metamorfosdis” .
Se deja llevar la “masa” –previa y debidamente amaestrada- por los que instigan sus instintos y pasiones, o les prometen sueños y paraísos, hasta hacerla ir convencida de que lo que hacen, gritan o pregonan, es cosa suya y no de sus “maestros” de la política, de la ciencia y hasta de la religión, aunque parezca imposible que, en el nombre de Dios, se liberte al criminal y se ponga en una cruz a la inocencia.
Lo de Quevedo antaño sigue siendo veraz. “A pueblo necio e ignorante, ganancia y seguridad de los tiranos” (La hora de todos y la fortuna con seso, cap. XXXV-El Sultán de Estambul). Léanlo y podrán discernir ustedes mismos si lo del domingo de Ramos y los “hosannas” y lo del Viernes Santo y el “crucifícale” tiene sentido o es un bulo.

Ortega borda el secreto del “ser” y el “estar” de las “masas” en esa de sus muchas obras maestras del buen pensar, que se titula “La rebelión de las masas”. ¿Quién no ha oído hablar al menos de ella?. Creo que quienes la hayan leído y sobre todo reflexionado, saben distinguir perfectamente lo que va de “pueblo” a “masa”, de hombres y mujeres que piensan y deciden por sí mismos y de los o las que –por mil razones y motivos que no son ahora del caso- prefieren el “borreguismo” al buen uso de la razón y la voluntad.
Para los que hemos leído más de una vez esta intensa obra, con su Prólogo para franceses y Epílogo para Ingleses, tan suculentos ambos, aunque necesitemos recordarlo, y para los que viven engatusados con el señuelo del bla-bla-blá o con el fascino de la máscara o la farsa y quizás no tengan memoria de esta lectura obligada en tiempos como éstos, me permito reproducir alguna de sus ideas, para comprobar cómo mi Estampa de Pasión, de hoy, sigue teniendo actualidad, a pesar de lo que ha llovido desde que “la gente” pidiera liberar al criminal y colgar en una cruz a la inocencia.

-“Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente, Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Como las masas, por definición no deben ni pueden dirigir su propia existencia, y menos regentar la sociedad, quiere decirse que Europa sufre ahora la más grave crisis que a pueblos, naciones, culturas, cabe padecer” (cap. 1). “Vivimos bajo el “brutal” imperio de las masas” (cap. 2).
-“En las escuelas que tanto enorgullecen el pasado siglo –el XIX para Ortega cuando escribe- no se ha podido hacer otra cosa que enseñar a las masas las técnicas de la vida moderna, pero no se ha logrado educarlas. Se les han dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes deberes históricos, se les han inoculado atropelladamente el orgullo y el poder de los medios modernos, pero no el espíritu. Por eso, no quieren nada con el espíritu. Y las nuevas generaciones se disponían a tomar el mando del mundo como si el mundo fuera un àraíso sin huellas antiguas, con probklemas tradicionales y complejos” (cap. 5)
Y cómo es el hombre-masa de hoy, se pregunta Ortega (cap. 6). “Cómo es este hombre-masa que hoy domina la vida pública, la política y la no política”?. Bien pudiera decirse que el hombre-masa no es por cierto ni el hombre vulgar como tal, ni el hombre rústico, y ni siquiera el hombre poco cultivado en las letras o las ciencias. Ni el “hombre-masa” moderno coincide con lo que se puede llamar “el tonto del pueblo”. Son cosas distintas. El hombre-masa no encarna propiamente el tipo del hombre vulgar, sino del que, siendo vulgar, proclama “su derecho a la vulgaridad”.

Resumiendo este bosquejo orteguiano y a falta de mayor espacio para diseñarlo mejor, hombre-masa –como he apuntado ya- sería el que concibe su vida prestándose graciosamente a sustitur su razón o conciencia por un número. Nada extraño por eso que el orteguiano profesor I. Sánchez Cámara, complementara, en uno de sus libros, el título de La rebelión de las masas por el de La degradación de las masas.
Estas ideas de tan alto maestro del pensar hispano, me invitan a una conclusión que, en mi personal criterio, reputo lógica: en la “masa” no hay “personas”, hay números.

Esta Estampa de Pasión la titulo, por todo lo dicho: Los que van y vienen. Van y vienen del blanco al negro, del rojo al fusia o del azul al verde o el gris sin que se mueva un músculo del rostro, y menos de su conciencia.
Como para otras Estampas de Pasión, ya en esta primera valdría decir para los que “van y vienen”: por ellos también padece y muere Jesús.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Sábado, 21 de abril

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