Entre dos luces

Una misa en Jornets -20-IX-2018

20.09.18 | 17:19. Archivado en Acerca del autor

A mediodía del sábado, 15 de septiembre, Asunta y Toni, acogen mi llegada a Jornets –en el centro geográfico de Mallorca- como si de un miembro más de la familia se tratara. En Asunta y Toni, se combina -en buenas armonías (nada más verlos interactuar, el uno y la otra, se puede observar)- esa mutua complementariedad natural de dos psicologías –la masculina y la femenina-, que, siendo diferentes por elementales razones de lógica humana, se llaman a integrarse hasta formar el auténtico prototipo de lo humano cabal.
Quisieron que fuera huésped suyo estos cuatro días y no me pesa haber aceptado su bonancible hospitalidad.
La familia entera –el sábado y el domingo especialmente-, a la par que mostraba con sencilla naturalidad una rara unidad sin fisuras, daba fe así mismo de que -por más que los enterradores de la familia anhelen cantar la victoria final de “sus” artificiales “familias” frente a “la familia”- “la familia de verdad no ha muerto”; como –en remedo a Chesterton- asevera Alvaro de Silva en la Introducción a la 3ª edición de la obra titulada El amor o la fuerza del sino, que recoge ensayos del gran converso y literato inglés sobre el hombre y la mujer, sobre el amor, el matrimonio, los niños, la familia y el divorcio. “La familia, por supuesto, no ha muerto”, afirma rotundo, seguro de sí mismo y de su verdad, el traductor y coordinador de estos ensayos. “Medio enterrada en el polvo de la frivolidad y en el barro de la insensatez y el egoísmo que parecen ser congénitos a la humanidad y que nunca dejan de acompañarla en su caminar, la familia, en términos de cálculo estadístico, languidece en las sociedades tecnológicamente más avanzadas del globo. Y, además, como todas las cosas grandes de verdad, las realidades que de verdad más importan, la familia está siempre muriendo y siempre resucitando, o por lo menos, debería estarlo. ‘Semper reformanda’, como se dice de otra antigua y venerable familia. Frente a ella, parece alzarse también una fuerza del sino” (cfr. Rialp Madrid, 1995, p. 19).
No quiero –Dios me libre-, en estas reflexiones de un viaje, pasarme en elogios; y, por eso, tras afianzarme en lo ya dicho, paso a verme en la mañana del domingo 16, al amanecer, plantado ante la Tramontana que cierra el horizonte, en pleno campo, entre olivos centenarios y olor intenso a campo y vida que las tórtolas y torcaces, en la arboleda inmediata, se encargan de pregonar y avivar, cantando quién sabe si sus amores o tal vez la sabrosa melancolía de haber amado.
Amanecer en Mallorca, en Jornets, en el “pla” de la isla, en naturaleza pura, en hospitalidad generosa y placentera de Asunta y Toni, y en el regusto de una familia –la suya, la que los acoge a todos- y unos amigos, en que “dar” es “darse” y “obsequiar” es solamente “compartir” .

Sigue estando a mano, pero de otra manera, todo lo demás del tiempo: las tormentas y riadas; los esfuerzos ímprobos del Sr. Presidente por sacudirse el impopular y bochornoso “sambenito” de plagiario y copista; y hasta el “erre que erre” soberanista del otro ”president”, el impresentable y fabulador Sr. Torra Pla, tan inane y digno de mejor causa, o las derivas más oportunistas que serias, orquestadas hacia la Catedral de Córdoba o la basílica del Pilar…
Todo esto y más convive conmigo este amanecer de domingo en Jornets. Pero lo que hoy me llena más; pasra lo que he venido; es para estar con amigos y rezar con ellos a Dios por don Sebastián, el pariente suyo y amigo de todos, fallecido hace sólo unos días y al que todos recordamos como una sonrisa subida en una silla de ruedas.
Y a las diezx y media, el acto del día, motivo central de mi presencia estos días en Mallorca. En la pequeña iglesia de Jornets. Con la familia en pleno. Por don Sebastián, recientemente fallecido. El hombre y sacerdote que supo engarzar el sacerdocio en la materia prima de una hombría excepcional, con la sonrisa perenne y la dulzura en el hablar y el razonar las razones de la verdad y los beneficios del bien….

Fue una ceremonia de familia y de amigos. Solemne. Entrañable. Sentida. Bien armonizada por la soprano de lujo y con la presencia en medio de las ochenta o noventa personas del acto de la memoria el hombre y del sacerdote que nos unía.

Ofrezco a mis amigos de allí y a los que, de ordinario, envío mis reflexiones, la homilía íntegra –sin añadir ni quitar nada- que como celebrante de la misa dije aquella mañana pensando en todos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

ANEXO
Texto de la homilía en la iglesia de Jornets este 16 de septiembre.
En recuerdo y reflexión sobre una vida.

Cuando aquel caudillo Macabeo llamado Judas mandó recoger del campo de batalla los cuerpos de los soldados muertos en el combate, y dispuso una colecta para ofrecer sufragios y oraciones por ellos, estaba haciendo algo más que una obra pía o un gesto benevolente. Estaba confesando su creencia en un “más allá” de los hombres. Estaba afirmando la inmortalidad del ser humano. Porque fatuo, tonto y sin pizca de lógica sería rezar a Dios por lo que ya no es nada.

Y cuando recordamos a Marta y María, las hermanas de Lázaro, el amigo de Betania, que parecen reprocharle a Jesús la tardanza en llegar, evitando así su muerte, y Jesús les dice –categóricamente- “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y los que creen en mí nunca morirán del todo”, nos hacemos a la idea de estar asistiendo a uno de esos momentos estelares de la humanidad (remedando el título de Stefan Zweigt en su conocida obra), ese momento en que el gris y el negro de la muerte se tiñen del verde primavera de una esperanza bien fundada. Cuando Lázaro se levanta del sepulcro, hay algo más que un milagro particular. Estamos ante un cambio de época en los anales de la historia: la era nueva del “Dios con nosotros”.

Queridos familiares del querido sacerdote don Sebastián, en cuyo nombre y memoria nos reunimos hoy aquí -en esta coqueta capilla de sus amores y de los vuestros- para honrarle con un recuerdo de amor y, sobre todo, para rezar por él, aunque sólo sea el padre-nuestro que es parte de la eucaristía. Aunque no le traté mucho, creo que fue lo suficiente para conocerle. Hay personas que, al no tener ni doblez ni trastienda, ni hacer farsa, dejan ver lo que son sin mucho esfuerzo.

Estamos aquí porque Sebastián ha muerto y le queremos por ser como era en su vida de hombre y de sacerdote. Y también estamos aquí porque creemos en lo mismo que creían el caudillo Macabeo o las hermanas de Lázaro: que el sepulcro se queda pequeño para las ansias de vivir del ser humano. Y la Palabra de Dios lo rubrica.

Esta homilía que así preludio, se va a componer de tres glosas breves a ideas que voy a prender de dos frases hechas y de una pregunta final que las encarne y resuma.

La primera idea la tomo de una expresión corriente; esa que dice que “cuando un amigo se va, algo se nos muere en el alma”. Y la glosa puede darse al preguntarnos qué sea ese “algo” que se nos muere en el alma cuando un amigo se va. Creo que eso que se nos muere en el alma cuando un amigo se va ha de ser el espacio que ese amigo ocupaba en el alma y que se vuelve vacío, inhóspito, acaso yerto y helado, que se necrosa y como que se hace un pequeño cementerio dentro de nosotros. Y como a pesar de ser “un vacío”, pesa como una losa y duele como punzada de aguijón rabioso, la muerte de un amigo lleva a recordar el verso aquel con que el poeta don Antonio Machado recordaba la muerte de un amigo y dijo aquello de que “un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”. Y es que el pesar y el sentimiento de la muerte ponen lastre y plomo en nuestras innatas ansias de volar.

La segunda idea la prenderé también de una frase que suele reproducirse en las esquelas mortuorias y que recuerda eso de que “nacemos para vivir y vivimos para morir”.

En mi glosa breve sobre ella, quiero decir tan sólo que la muerte forma parte de la vida, y no es ni el precio de una maldición ni el estigma de una infamia. Tan natural es nacer como morir. Cuando nacemos, con la vida nos viene dada a la muerte. Claro está que, como la muerte representa separación, distancia, lejanía e incluso zona de sombras y negritud, la muerte de lo que amamos –además del sentimiento y dolor antes aludido- siembra en nosotros el desconcierto, las incertidumbres y todo ese cortejo funeral que desanima, desencanta o deprime, que puede tomar formas de pasos vacilantes, planes truncados, ilusiones caídas y hace a veces pensar en al drama que puede ser la muerte, a poco que le miremos bien la cara.

Todo esto es una realidad; la del hombre ante la muerte. Sentimiento; pesar; vacío; desencanto y desconcierto; drama y hasta pudiera verse como tragedia.

Y detrás de estas dos ideas y glosas, volviendo a nosotros, los que hoy estamos en esta capilla con la voluntad de recordar, honrar y rezar por el querido Sebastián, que –siendo sacerdote- nunca abdicó de ser hombre, y que, por ser hombre, se vio –como todos- adscrito a “todo lo humano”, sea de “ángel” o de “bestia”, la pregunta que nos compromete y que cada uno debemos contestar. Es muy simple: ¿¿¿¡¡¡Y ahora, qué!!!???.

“Ahora, nada”, dice para sí el nihilista: ¿¡qué diferencia puede haber entre la suerte de un perro, por ejemplo, y la mía….!?

“Ahora Dios y otra forma de vivir la vida humana, dicen los creyentes. Y lo rubrican explicándose que la muerte no puede ser el final ni el “acabose”; y que no puede serlo ni por razones de justicia, ni de conveniencia, ni de sentido común, ni sobre todo de dignidad humana. Y si el alegato de justicia me parece clamoroso, no le va en zaga el de la dignidad humana.

Y en cuanto a nosotros, qué…

Sebastián –amigo-, como yo creo que vives y que hiciste lo que pudiste por ser lo que debías ser, que te acoja en su paz y en su amor el Dios en que creíste; que te acoja el Amor que es, ante todo y sobre todo, nuestro Dios.

Ah!!! Y que –desde esa otra orilla en que ya te ves y te vemos- pidas tú también a ese mismo Dios por nosotros, pues lo necesitamos.

Y como creemos que “la muerte no es el final”, recemos.


La receta del revolucionario -19 .- IX --2018

19.09.18 | 21:05. Archivado en Acerca del autor

Retorno, por fin, al hilo de la vida cotidiana. En Madrid unos días y el último fin de semana en Mallorca pusieron coto, al comenzar septiembre, al placentero verano en el pueblo. Si a Madrid me trajeron afanes de familia y la muerte de un amigo de gran parte de mi vida -el profesor y letrado J. Pérez Alhama-, a Mallorca me han llevado tan sólo sagrados deberes de amistad: otro fallecimiento; esta vez del sacerdote don Sebastián Planas, amigo de poco tiempo, pero de arraigo y fondo; porque –desde la silla de ruedas, a la que se vió atado los últimos años de su vida- me supo dar, a parte de otras más, una sobresaliente lección de gran humanismo y buen tono: la de que es necesario reír -o quizá mejor sonreír- a pesar de todo, hasta cuando las cosas pudieran invitar más a llorar que a reír. Y en ese “todo” lo incluyo todo; lo cual no deja de ser una versión muy plástica y fiel de ese gran indicador de la madurez humana que es la “buena tolerancia” -no una baja tolerancia- a las frustraciones. Por gratitud y porque su familia me pidió que fuera, lo hice.

Como aprendí cosas en este viaje, y pude –a pesar del poco espacio- seguir pistas hace ya tiempo iniciadas por mí, por curiosidad o por afanes de pisar firme en tierras de arena movediza –mucho más frecuentes de lo que se piensa, en tiempos de pos-verdad y de pos-modernidad-, me propongo –en cuatro o cinco próximos ensayos- ir perfilando y sobando las notas y apuntes que, a mano, pude acopiar estos días. No son nada del otro mundo y ni siquiera las estimo interesantes para otros que no seamos yo mismo y mis amigos. A ellos se las dedico y en ellos pensaré al pulirlas y sazonarlas. Y como, al haber brotado al aire de los días y al compás de los hechos, puede que alguna vez trasciendan la barrera de lo particular para proyectarse algo más allá, por esa posible trastienda, les daré más aire haciéndolas parte –algunas al menos- de mi “blog” digital “Entre dos luces”.

* * *
Hoy –de todos modos y anticipándome a la promesa- os mando lo que, esta misma mañana, esperando en el ambulatorio a mi enfermera, he ido anotando a bote pronto sobre la sangría cívica, pasmosa y esterilizante, de las “corrupciones”. No tiene otra razón que la de enfatizar lo obvio, aunque “los hombres y mujeres de partido” –devotos de “esclavitudes voluntarias” como ya marcara Ortega en su famoso ensayo- puedan seguir tomando tamaña esclavitud por la cima de las libertades. Que es muy posible y hasta verosímil quizás.

Este ensayito –a bote pronto como digo y a modo de reflexión sobre la marcha gestado- lo titulo La receta del revolucionario. Al terminar, veréis por qué.
El axioma que dice que “corruptio optimi, pessima” –es decir, que la corrupción de “los mejores” es la peor de todas- es muy viejo en los anales de la cultura humana. Los que en cualquier tiempo bregaron por la justicia y la verdad tuvieron esta idea a flor de labios, y ya el propio Cicerón opinaba que la corrupción en la política es un “flagelo de mucho cuidado”, especialmente cuando esa corrupción es ejercida por quienes se habían dicho “los mejores”.
Claro está que la corrupción –como casi todo- admite grados en cantidad y en calidad. No es lo mismo, por ejemplo, la del tabernero que vierte un poco de agua en el vino de su taberna que la del gobernante si mete la mano en el cesto o si ese mismo gobernante fingiera ser caballo cuando no pasa de ser espécimen de un género inferior al ecuestre.
No tengo yo por la “peor corrupción” la del bolsillo y la “pela” (que son malas sin duda). Veo peores y reputo más dañinas –individual y socialmente sobre todo- las de las ideas y de la verdad, las de la farsa o la mentira.
Por eso, pienso que un gobernante corrupto –en toda clase de corrupción, porque en todas salta a la vista una falta de honradez- no puede ser gobernante de nadie; y menos de un pueblo libre, cuerdo y quizás ilustrado –aunque a esta última calidad haya con frecuencia que ponerle “sordina”.
Y pienso también que un pueblo –ante las corrupciones, hasta la de “plagiar” una tesis o una parte de ella-, para no perder su dignidad, no es que tenga el derecho, sino que tiene –lo creo también- el deber de sentirse molesto, de verse inclinado a protestar como tal pueblo, e incluso a rebelarse –sí”, a rebelarse- con esa rebelión –aunque sea la de las “masas”- tan factible hasta cuando la masa, ovejuna y lanar, entiende que no es legítimo lo que no es honesto, aunque, por ciertas éticas, pueda considerarse “políticamente correcto”. Y eso, por más que algunos sedicentes estudiosos de Maquiavelo pudieran entender que el plagio y cosas así fueron, o pudieron ser, de la complacencia del afamado secretario florentino. Hay cosas que ni el propio Maquiavelo pasaría por alto si su circunstancia hubiera sido la que en estos momentos ofrecen algunos tramos o aspectos de la política en este país.

En una glosa tácita de lo anterior, acudo de nuevo al Quevedo de La hora de todos; a ese genial capítulo XXXV de la misma, cuando -en su final- expresa –por boca del tirano “gran señor de los turcos”- esa lección de primaria en política y en gobernanza de los pueblos, según la cual “el pueblo idiota es la seguridad del tirano”.
O quizás mejor a eso otro, tal vez más sugerente por más revolucionario en el mejor sentido de la palabra, que tan bien y con tanta claridad desvelara el célebre cura jacobino francés –el abate Sieyès- cuando, en plena Asamblea nacional, se preguntaba afanoso, pero con buenas razones, “Qu’est-ce que c’est le Tiers État?”, es decir, el pueblo llano? Y, al preguntarse a sí mismo, él mismo se contestaba”, “Nada”; no es “nada”. Y, al seguir preguntándose por lo que “debería ser” el pueblo, se respondía que debiera serlo “Todo”. Para, al final -en un pragmatismo realista, propio de las “revoluciones” que más huella dejan en la historia porque no se hacen para pasar al contrario por la guillotina-, preguntarse por lo que el pueblo “aspira a ser”; y se contenta o satisface con decir que el pueblo aspira –debe aspirar mejor- a ser “Algo”; no “todo” como un idealismo tal vez utópico exigiría, pero “algo sí” (cfr. James Goldschmidt, Principios generales del proceso, Buenos Aires, 1961, t. I., Introducción, p. 11),

Y qué me resta decir tras los anteriores párrafos?. Sólo esto: espabila, pueblo, porque –en nombre del pueblo, como tantas otras veces en el de la libertad o en el de Dios- se han cometido y se pueden seguir cometiendo muchas tropelías y hasta crímenes. Y no hace falta, para esto, recordar la sonora frase de Madame Roland al subir los pendaños de la guillotina. Ella, revolucionaria también, y sin embargo inquieta y sobresaltada por los excesos del “terror”, gustó en su carne revolucionaria las desmesuras de las tiranías. Es frase que sabe todo el mundo, aunque no todos la enfoquen por donde se debiera enfocar: por el lado de los innumerables posibles abusos del Poder.
Espabila, pueblo, pues, que –en estas horas de vientos racheados- los trucos y las tretas andan sueltos.

Ya para cerrar no puedo dejar de reflejar, a la letra, la frase que –esta misma mañana- me dice Elena, la enfermera de casa, y que, agobiada como estaba por urgencias de su tarea –hoy eran especiales al parecer- no pudimos ni comentar un minuto. “Dame la gente sana del pueblo y déjame de ratones colorados”. Puede ser una muestra de lo que va cundiendo en la gente llana y sana la vista de tanta minusvalía como nos pretende gobernar a muchos niveles. Tan sólo me dice al salir: donde pongo “ratones colorados”, mira el panorama y pon lo que tú quieras. Yo tampoco pongo nada. Sí la referencia al refrán popular que relata que “Al buen entendedor pocas palabras le bastan”. ¿A qué rebajar el sentido común de la gente del pueblo? El pueblo, cuando es pueblo y no rebaño, sabe pensar…
En este caso, de todos modos, la receta del revolucionario puede servir para que ese “alguien” que, en una democracia, tiene que ser el pueblo exija ese “algo” imprescindible para que no se destiña en exceso la enseña de la misma democracia.

SANTIAGO PANIZO ORALLO

Retorno, por fin, al hilo de la vida cotidiana. En Madrid unos días y el último fin de semana en Mallorca pusieron coto, al comenzar septiembre, al placentero verano en el pueblo. Si a Madrid me trajeron afanes de familia y la muerte de un amigo de gran parte de mi vida -el profesor y letrado J. Pérez Alhama-, a Mallorca me han llevado tan sólo sagrados deberes de amistad: otro fallecimiento; esta vez del sacerdote don Sebastián Planas, amigo de poco tiempo, pero de arraigo y fondo; porque –desde la silla de ruedas, a la que se vió atado los últimos años de su vida- me supo dar, a parte de otras más, una sobresaliente lección de gran humanismo y buen tono: la de que es necesario reír -o quizá mejor sonreír- a pesar de todo, hasta cuando las cosas pudieran invitar más a llorar que a reír. Y en ese “todo” lo incluyo todo; lo cual no deja de ser una versión muy plástica y fiel de ese gran indicador de la madurez humana que es la “buena tolerancia” -no una baja tolerancia- a las frustraciones. Por gratitud y porque su familia me pidió que fuera, lo hice.

Como aprendí cosas en este viaje, y pude –a pesar del poco espacio- seguir pistas hace ya tiempo iniciadas por mí, por curiosidad o por afanes de pisar firme en tierras de arena movediza –mucho más frecuentes de lo que se piensa, en tiempos de pos-verdad y de pos-modernidad-, me propongo –en cuatro o cinco próximos ensayos- ir perfilando y sobando las notas y apuntes que, a mano, pude acopiar estos días. No son nada del otro mundo y ni siquiera las estimo interesantes para otros que no seamos yo mismo y mis amigos. A ellos se las dedico y en ellos pensaré al pulirlas y sazonarlas. Y como, al haber brotado al aire de los días y al compás de los hechos, puede que alguna vez trasciendan la barrera de lo particular para proyectarse algo más allá, por esa posible trastienda, les daré más aire haciéndolas parte –algunas al menos- de mi “blog” digital “Entre dos luces”.

* * *
Hoy –de todos modos y anticipándome a la promesa- os mando lo que, esta misma mañana, esperando en el ambulatorio a mi enfermera, he ido anotando a bote pronto sobre la sangría cívica, pasmosa y esterilizante, de las “corrupciones”. No tiene otra razón que la de enfatizar lo obvio, aunque “los hombres y mujeres de partido” –devotos de “esclavitudes voluntarias” como ya marcara Ortega en su famoso ensayo- puedan seguir tomando tamaña esclavitud por la cima de las libertades. Que es muy posible y hasta verosímil quizás.

Este ensayito –a bote pronto como digo y a modo de reflexión sobre la marcha gestado- lo titulo La receta del revolucionario. Al terminar, veréis por qué.
El axioma que dice que “corruptio optimi, pessima” –es decir, que la corrupción de “los mejores” es la peor de todas- es muy viejo en los anales de la cultura humana. Los que en cualquier tiempo bregaron por la justicia y la verdad tuvieron esta idea a flor de labios, y ya el propio Cicerón opinaba que la corrupción en la política es un “flagelo de mucho cuidado”, especialmente cuando esa corrupción es ejercida por quienes se habían dicho “los mejores”.
Claro está que la corrupción –como casi todo- admite grados en cantidad y en calidad. No es lo mismo, por ejemplo, la del tabernero que vierte un poco de agua en el vino de su taberna que la del gobernante si mete la mano en el cesto o si ese mismo gobernante fingiera ser caballo cuando no pasa de ser espécimen de un género inferior al ecuestre.
No tengo yo por la “peor corrupción” la del bolsillo y la “pela” (que son malas sin duda). Veo peores y reputo más dañinas –individual y socialmente sobre todo- las de las ideas y de la verdad, las de la farsa o la mentira.
Por eso, pienso que un gobernante corrupto –en toda clase de corrupción, porque en todas salta a la vista una falta de honradez- no puede ser gobernante de nadie; y menos de un pueblo libre, cuerdo y quizás ilustrado –aunque a esta última calidad haya con frecuencia que ponerle “sordina”.
Y pienso también que un pueblo –ante las corrupciones, hasta la de “plagiar” una tesis o una parte de ella-, para no perder su dignidad, no es que tenga el derecho, sino que tiene –lo creo también- el deber de sentirse molesto, de verse inclinado a protestar como tal pueblo, e incluso a rebelarse –sí”, a rebelarse- con esa rebelión –aunque sea la de las “masas”- tan factible hasta cuando la masa, ovejuna y lanar, entiende que no es legítimo lo que no es honesto, aunque, por ciertas éticas, pueda considerarse “políticamente correcto”. Y eso, por más que algunos sedicentes estudiosos de Maquiavelo pudieran entender que el plagio y cosas así fueron, o pudieron ser, de la complacencia del afamado secretario florentino. Hay cosas que ni el propio Maquiavelo pasaría por alto si su circunstancia hubiera sido la que en estos momentos ofrecen algunos tramos o aspectos de la política en este país.

En una glosa tácita de lo anterior, acudo de nuevo al Quevedo de La hora de todos; a ese genial capítulo XXXV de la misma, cuando -en su final- expresa –por boca del tirano “gran señor de los turcos”- esa lección de primaria en política y en gobernanza de los pueblos, según la cual “el pueblo idiota es la seguridad del tirano”.
O quizás mejor a eso otro, tal vez más sugerente por más revolucionario en el mejor sentido de la palabra, que tan bien y con tanta claridad desvelara el célebre cura jacobino francés –el abate Sieyès- cuando, en plena Asamblea nacional, se preguntaba afanoso, pero con buenas razones, “Qu’est-ce que c’est le Tiers État?”, es decir, el pueblo llano? Y, al preguntarse a sí mismo, él mismo se contestaba”, “Nada”; no es “nada”. Y, al seguir preguntándose por lo que “debería ser” el pueblo, se respondía que debiera serlo “Todo”. Para, al final -en un pragmatismo realista, propio de las “revoluciones” que más huella dejan en la historia porque no se hacen para pasar al contrario por la guillotina-, preguntarse por lo que el pueblo “aspira a ser”; y se contenta o satisface con decir que el pueblo aspira –debe aspirar mejor- a ser “Algo”; no “todo” como un idealismo tal vez utópico exigiría, pero “algo sí” (cfr. James Goldschmidt, Principios generales del proceso, Buenos Aires, 1961, t. I., Introducción, p. 11),

Y qué me resta decir tras los anteriores párrafos?. Sólo esto: espabila, pueblo, porque –en nombre del pueblo, como tantas otras veces en el de la libertad o en el de Dios- se han cometido y se pueden seguir cometiendo muchas tropelías y hasta crímenes. Y no hace falta, para esto, recordar la sonora frase de Madame Roland al subir los pendaños de la guillotina. Ella, revolucionaria también, y sin embargo inquieta y sobresaltada por los excesos del “terror”, gustó en su carne revolucionaria las desmesuras de las tiranías. Es frase que sabe todo el mundo, aunque no todos la enfoquen por donde se debiera enfocar: por el lado de los innumerables posibles abusos del Poder.
Espabila, pueblo, pues, que –en estas horas de vientos racheados- los trucos y las tretas andan sueltos.

Ya para cerrar no puedo dejar de reflejar, a la letra, la frase que –esta misma mañana- me dice Elena, la enfermera de casa, y que, agobiada como estaba por urgencias de su tarea –hoy eran especiales al parecer- no pudimos ni comentar un minuto. “Dame la gente sana del pueblo y déjame de ratones colorados”. Puede ser una muestra de lo que va cundiendo en la gente llana y sana la vista de tanta minusvalía como nos pretende gobernar a muchos niveles. Tan sólo me dice al salir: donde pongo “ratones colorados”, mira el panorama y pon lo que tú quieras. Yo tampoco pongo nada. Sí la referencia al refrán popular que relata que “Al buen entendedor pocas palabras le bastan”. ¿A qué rebajar el sentido común de la gente del pueblo? El pueblo, cuando es pueblo y no rebaño, sabe pensar…
En este caso, de todos modos, la receta del revolucionario puede servir para que ese “alguien” que, en una democracia, tiene que ser el pueblo exija ese “algo” imprescindible para que no se destiña en exceso la enseña de la misma democracia.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Mirando a los Montes Aquilianos 31-VIII-2018

02.09.18 | 00:20. Archivado en Acerca del autor

Aníbal y Rosa –abogado él y ella logopeda y pedagoga-, con sus hijos Álvaro Y David, me abren hoy -de par en par, este día de final de agosto, francamente y sin reservas ni remilgos postizos- la puerta grande de su hospitalidad doméstica. Ante su casa campestre de Carracedelo, en pleno Bierzo y a pleno sol, al enfilar el coche la puerta de la cuidada casa del campo, mis ojos se fijan en el rótulo que la preside: “Tebaida”. Me sorprende la novedad –en otras ocasiones, si estaba ya ese título en la puerta, no me había percatado de ello-, y, al preguntar al anfitrión por la razón de un nombre tan evocador en esa tierra, sólo me dice que –cuando me baje del coche- tienda al aire la mirada y vea. Así lo hago pocos minutos después y, efectivamente, descubren. mis propios ojos la razón: los Montes Aquilianos en perspectiva próxima y, con ellos, un mundo ya pasado, pero vivo aún, en historia de la buena, de viejas y sagradas tradiciones de una tierra que, de tanto ser camino y paso, también supo ser nodriza y cuna de virtudes que a esos montes se acogieron por siglos, dando pié -emblema, mito, mensaje o reto provocador aún- a la “Tebaida Berciana”.
En efecto. Eran las dos de la tarde y, en esa hora cenital del día, esos montes se levantaban airosos, erguidos, provocadores tal vez, siempre lejos pero siempre cerca, tan majestuosos y tan suyos que, al cortar la línea del horizonte por donde más la vista iba, parecen cortar el paso, como afanosos de que, al topar con ellos la mirada y la vista, trajeran una invitación perentoria a no seguir sin antes preguntarles y pararse un poco a meditar sus secretos seculares: la Silla de la Yegua, el Tesón, el del Águila, la Guiana… Y es que, desde los primeros siglos de la España cristiana, estos montes y laderas fueron remedo y ensayo, recuerdo y evocación de aquellos eremitas que, en el alto Egipto que se llamó “Tebaida”, estaban ya componiendo todo un recital de silencio, oración y trabajo –había que comer y comer fuerte para subsistir en tamañas agrestes cimas para poder emular las otras cimas –las que una espiritualidad nutrida de aquellas montañas incontaminadas y aptas, por tanto, para ser reductos de paz y plásticos ejemplos de vidas ascendentes….. Eso entrevieron mis ojos, al pasar del rótulo de la propiedad de mis amigos a ese colosal contorno, tan lejano al parecer, pero tan próximo, en realidad, a la verdadera condición humana.

Cuando, al olor de los guisos que preparaba Rosa en la cocina de la casa, la saludaba con dos besos y daba un abrazo a David y Alvaro, los hijos de tan conjuntada pareja –tendrán sus “cosas” como es normal entre seres libres y que saben dejar que el aire corra entre ellps, sin por eso sentirse mal y pedir el divorcio-, recordaba los criterios de la Iglesia sobre la familia llamada tradicional y su papel para construir una sociedad sólida y estable, y que el papa Francisco exaltaba estos días pasados en Irlanda. Los cuatro de esta familia amiga forman, a mi ver, un conjunto armónico, natural y no estridente, en el que esos dos polos de ese “binomio diabólico” –recuerden- de autoridad y libertad, en que ambos dialécticos polos se ajustan y se equilibran con toda naturalidad….. Anobal es un abogado al día; Rosa conoce bien todas las tretas que exige educar y promover todo lo humano, desde las uñas de los pies hasta las entretelas más oscuras del alma; Alvaro, estudiante de derecho, ya tiene criterio propio para llamar por su verdadero nombre a varias cosas del quehacer jurídico: tiene buenos profesores, exigentes pero cercanos como debe ser, y un buen maestro, su padre, de esos que enseñan a aprender lo que los profesores explican; y David, el menor, espigado tanto como su hermanp, que aún anda buscando sendas por donde trajinar su vida joven…. Esbeltos ambos de cuerpo, dejan salir el alma por sus ojos; es decir, la hipocresía no tiene asiento ni aconodo en esta progenie. Ni la farsa tampoco, sin la sinceridad con nobleza y buen gusto.
Y no digo estas cosas porque Rosa nos haya preparado una comida excelente –regada además con vino “godello” y “mencía”, marca de la casa (berciano cabal también el vino)-, sino porque me parecen dfe verdad y, por lo general, las cosas que se ven a leguas no necesitan ni demostración ni interpretación. Eso sí, debajo del copudo árbol bajo el que comíamos, unas procaces e insolentes avispas nos hacían estallar en aspavientos compulsivos, hasta que Alvaro, ingenioso y eficaz, con un soplete minúsculo, pudo conseguir que nos dejaran en paz. No fueron muchas las que torrefactó el muchacho, aunque sí las suficientes para que las demás, escamadas o alertadas tal vez, desaparecieran como habían llegado. La verdad es que si, ante las avispas, te mantienes quieto, no haces aspavientos y las dejas a su aire, generalmente, aunque molesten, no pican. Claro que, por lo de que “el miedo es libre” -paradoja tal vez porque el miedo es poco o nada libre- la palmeta de David o el minúsculo soplete de mano de Álvaro no ejercieron nada mal.

Cuando, a las seis de la tarde, me despido de los cuatro amigos para regresar a casa; tras aconsejar a Álvaro que no se canse nunca de cultivar y ejercitar esa capacidad crítica de que hace gala ya –capacidad muy apta apta para inmunizarse de la plaga –moderna y actual tanto o más que medieval o clásica- de ser esclavos voluntarios; con dos botellas de “godello” y “mencía”, crianza de la familia de Rosa; y un saludo a los “aquilianos montes” de nuestras raíces; el día se hace corto y la tarde va cayendo poco a poco en espera de otro día…,
A Rosa le pido, como el año pasado en similar ocasión –Rosa es una mujer libre y preparada- que me haga llegar alguno de los que llamamos el año pasado temas de “aguas bravas”; es decir, temas de esos que, por ser poliédricos o combativos, no se dan mirados de golpe y sin entrar bien dentro de sus entrañas; pero que es necesario tratar y que, por otro lado, me gustan porque se resisten y tienen aristas, por las que hay que discurrir y no siempre es fácil combinar aristas cortantes.
Me promete hacerlo; le tomo la palabra; y –si Dios quiere y la vida resiste-, quizás el próximo agosto nos volvamos a ver y tenga yo de nuevo la ocasión de ver tan cerca y tan en directo nuestros Montes Aquilianos, los de la “Tebaida berciana”; porque me digo ante ellos que –aún en estos tiempos de post-verdad- traen a quien los mira y ve, con interés y alma, el aliciente de lo desconocido y sin embargo esperado, por mucho que antes, desde niño y después, los haya mirado, aunque tal vez no los haya visto tan bien como los acabo de ver este mediodía de agosto,
Al llegar a casa, entre las seis y siete de la tarde, me puse a mirar otros montes, los que me cierran el horizonte que suelo festejar mañana y tarde desde mi terraza. Y tuve para mis adentros, casi en los labios, viendo aquellas cumbres más cercanas y las de la “Tebaida berciana” terciando más a lo lejos, la inquietante pregunta con que cierra George Steiner la última página de su Nostalgia de Absoluto, que no es otra que esta: ¿tienen futuro la verdad y el hombre?

Con gentes como estas y montes como estos, fácil es responder que sí lo tienen… Claro que, si miras a otros montes –vislumbren mis amuigos a qué otros montes me refiero- quizá las dudas crezcan, y mucho, de que sean aún posibles la verdad y el hombre.
Gracias, Rosa y Aníbal, por el regalo de estas horas que bien valen por unas vacaciones. De verdad.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


El Santo del día - 29-VIII-2018

29.08.18 | 22:24. Archivado en Acerca del autor

Acostumbro -todos los años, tal día como hoy- leer de nuevo –para mí, leer algo de nuevo es comprometerme a mirarlo y verlo del revés y más adentro- uno de los numerosos ensayos cortos de Ortega y Gasset. El que suelo repasar este día se titula Esquema de Salomé.
Habré de anotar de inmediato que esta costumbre no me viene de otra cosa que de ser hoy el día de conmemoración litúrgica de la “degollación de Juan el Bautista”. Preso de Herodes, que lo mandó decapitar, su cabeza, aún sangrante, sobre una bandeja, fue puesta en las manos de una mujer, una danzarina, por encargo de otra mujer, la madre de la danzarina, que odiaba al que fuera el “precursor” de Jesús; “el más grande entre los nacidos de mujer”; el que -del desierto al Jordán- nunca se cansó, ni de apostar por el mejor bien de convertirse del mal, ni de llamar a las cosas por su nombre, aunque eso le trajera –como sucedió aquella vez- la inquina, maniática y feroz, de alguna de las “conjuras” dispuestas y al acecho siempre de ejecer el macabro papel de destruir lo bueno; desde la de los necios –versión O’Toole-, la de los miserables, la de los idiotas o la de de los canallas, entre otras factibles o posibles….. Fácil será colegir cuál de ellas fue la que puso en manos de la danzarina, aquel dìa, la cabeza cortada del Bautista, aunque yo pienso que sería la última de las citadas.

Quien haya tenido –este día- la suerte de haber leído con reposo y buen ojo esta porción del evangelio de San Marcos (en el cap. 6º), habrá podido vislumbrar al menos la trama urdida por aquel juego de pasiones que deja entrever el relato evangélico. Cumpleaños del rey Herodes y fiesta por todo lo alto; euforia y bebida que inhibe y suelta o rebaja el control de los impulsos (gran indicador de inmadurez); alas de mariposa revolando en el aire de la fiesta, ante las miradas sensuales de una corte de papanatas aduladores y risueños; el monarca, llevado de una euforia venida seguramente de la mezcla de los vapores de su mente con la vaporosa danza de Salomé, prometiendo y jurando, a lo loco y sin pensarlo dos veces, dar incluso la mitad de su reino a cambio de los efluvios sensuales del vaporoso danzar; la falsa mujer del rey –que había robado a su propio hermano Filipo y con la que vivía pese al dedo acusador y de censura del Bautista, la despechada y venenosa Herodías.
Tal juego de pasiones, así pintado por el evangelista con unos trazos tan escuetos como primorosos y deliciosamente psicológicos, confluyendo en hacer posible el episodio espeluznante, es el que puso en bandeja, sobre las manos como de mariposa –quizás mariposa negra- de la danzarina Salomé la cabeza cortada, aún sangrando y palpitante, del Bautista.
Cuando Salomé -terminada la danza y con la promesa del malvado y necio rey, de darle aunque fuera la mitad de su reino- acude a la reina del odio a preguntarle qué pediría, la suerte estaba echada para el profeta y su vida era ya –como en la novela de García Márquez- la “crónica de una muerte anunciada”.
El rey, “apesadumbrado” al oír la petición de Salomé, como dice san Marcos -a pesar de todo, Herodes respetaba al Bautista, porque las urgencias de la conciencia humana hay veces que van más allá y más lejos que “las cuarenta que le pueda cantar” un profeta o un predicador- le manda sin embargo decapitar -era liviano y, además de malvado, necio-, y que la bandeja, con su cabeza, fuera puesta sin tardanza en las manos de la pícara danzarina. Ella la lleva hasta su madre y esto hace que, en el Esquema de Salomé, Ortega titule o llame a la danzarina Salomé una “mujer de presa”, epíteto este que contraría todos los atributos de una feminidad normal, como palmariamente muestra en este colosal ensayo el mejor pensador de la España moderna.

Esta relectura y meditación del orteguiano “Esquema de Salomé”, compuesto a rebufo de la degollación del Bautista, me incita a resaltar solamente unas pocas frases cortas del mismo, en torno al tema de una Salomé evadida de algunos de los más nobles atributos de una feminidad normal. Que miro y tengo por variaciones sobre el tema. Que prefiero mostrar a la letra para no desvirtuar su valor con glosas precipitadas en unas reflexiones forzosamente cortas y breves. En el genial ensayo, estas frases dan pistas aprovechables para quienes tenemos de la mujer –porque mujer fue nuestra madre- un concepto llamado por entero al respeto máximo, aunque no a la mitificación. Mitificarla no hace a la mujer ser más de lo que es; ya que mitificarla sería como destruirla en su verdad de carne y hueso.

Así se abre el Esquema de Salomé: “En la morfología del ser femenino, acaso no haya figuras más extrañas que las de Judith y Salomé, las dos mujeres que van con dos cabezas cada una, la suya y la cortada”. No hace falta glosa para observar a y través de esta frase inicial que algo extraño bordea las dos figuras, paradigmáticas por tanto al analizar la condición femenina del ser humano.
Así se relata en otra parte del ensayo de Ortega: “Judith y Salomé son dos variedades que hallamos en el tipo de mujer más sorprendente por ser el más contradictorio: la mujer de presa”. Desmitificando feminismos más acrobáticos y abstractos que realistas o ras de tierra, la glosa pudiera venir de la sobada frase de Rafael “el Gallo” dedicada precisamente al “filósofo” Ortega con ocasión de un viaje a Sevilla”: “Hay gente pa tó”; y, en el caso, como hay varones musculosos más de lo debido y desertores de la verdadera masculinidad puede haber también mujeres “de presa”, contrariando –como dice Ortega y yo admito- las auténticas señas de la identidad femenina.
Y esta otra frase del remate del ensayo referido “Salomé, que no ama a Juan el Bautista, necesita apoderarse de su persona, y al servicio de este anhelo masculino, pondrá ella todas las violencias que el varón suele usar para imponer al contorno su voluntad. Ved por qué, como otras llevan un lirio en la mano, lleva esta mujer una cabeza segada entre sus largos brazos marmóreos. Es su presa vital. Rítmico el paso, ondulado el torso, corvino el rostro hebreo, avanza por la leyenda, y sobre la cabeza yerta, de ojos vidriosos, se inclina su alma con un rapaz encorvamiento de azor o de neblí…”.
Tiene razón Ortega cuando, tras esa frase final, afirma que es una historia “demasiado intrincada y prolija” como para agotarla de un plumazo. Pero la veo y encuentro válida para ese propósito antes dicho: respetar al cien por cien a la mujer, pero sin mitificarla, por si –contra pronóstico, pero realmente- pudiera salirnos al camino de la vida ese tipo de la “mujer presa”, posible, aunque nada normal, con que Ortega perfila a Salomé.

Es muy posible que el “feminismo” –el mundial y el español también-, más la sarta de intelectuales “de la vista baja”, hombres o mujeres, que tienen a gala haber seguido cursos de alguno de los “gallos” mayores del feminismo mundial, como la norteamericana Judith Butler –tal vez sin haber ojeado soquiera su “Réfaire la femme”- pongan el grito en el cielo, por recordar tan sólo al gran pensador Ortega, del que seguramente no han leído ni La rebelión de las masas o Las confesiones e El espectador. Es posible que -en esta cultura sin sustancia, tan propia de nuestro tiempo, que el propio Ortega analiza y desprecia en uno de los primeros pensamientos de su sensitivo Revés de almanaque- alguien vea en este gran ensayo del pensador un alarde fatuo de ver donde no hay. Es posible…

Sea como sea y dicho lo dicho, al terminar de releer el Esquema –genial, como digo- de Salomé, sólo me queda pedir a las y los que sientan alguna curiosidad o deseo, por minúsculo que sea, de poner ante los ojos algunas de las patrañas científicas de la mayor parte de ese “feminismo” “sans femme”, artificial y utópico, siempre ideologizado y a veces incoherente –porque se calla cuando debiera hablar porque no cuadra con la ideología, como en el caso reciente de Lidia, la mujer a la que le acaban de romper la nariz por quitar ilegales lazos amarillos en La Ciudadela de Barcelona-, tan empeñado en vender a precio del oro lo que es tan sólo un falso y falaz desvalor antropológico. Léanlo o, quizás mejor, “atrévanse a leer”, tan fascinante ensayo. Pero léanlo más de una vez.
A mis amigos –a quienes mayormente van dirigidas mis reflexiones de hoy y de siempre- les pido más. No les aconsejo, les pido por favor que lean lo antes posible este Esaquerma de Salomé de Ortega, para liberarse cuanto antes de cuentos chinos o más próximos aún que los chinos. Hace pocos días anoté –como fruto de una lectura- que –al igual que los siglos XVII y XVIII fueron de la Ilustración, el XIX –confuso casi todo él- trajo credos antiliberales y antidemocráticos y el XX fue en su primera parte fue el de la vergüenza de las dos guerras mundiales y de los totalitarismos y en su segunda parte el de Mayo del 68 y las revoluciones culturales sin sustancia y de casi sólo formas- este s. XXI en que estamos amenaza con ser el de las “culturas light” y el del “cuento”, y no chino, sino occidental a secas. ¿No se ve a leguas que estamos en ello?
A mis amigos –insisto- les ruego que no tarde en leer este ensayo de Ortega para liberarse de las bromas feministas. El feminismo serio y de verdad anda por otras laderas…. Ortega da buenas pistas, para respetar a la mujer son destruir as la mujer; para Defenderla en todos sus derechos y deberes, pero sin mitificarla.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Verlo para creerlo -27-VIII-2018

27.08.18 | 20:15. Archivado en Acerca del autor

“Si caer en el error es humano; enrocarse – perseverar- en él es diabólico”. La idea que recoge esta –siempre viva- frase del gran san Agustín –mañana es su fiesta- toca fondo en las aguas más profundas de la condición humana. Incluso creo que -como paráfrasis de ella, para glosarla o redondearla- pudiera venir muy bien recordar esa otra que pone en escena a los que “sólo aciertan, cuando rectifican”. Y aunque sea difícil que los del “no es no” desciendan o se vuelvan atrás de sus efluvios “dogmáticos”, y ello por elementales razones de psicología racional y experimental, a veces –por casualidad o por cautelas sobrevenidas- suena la flauta y ocurre lo que en la jocunda y risueña fábula de Tomas de Iriarte, que hasta el burro, sin pretenderlo, de vuelve flautista.
Este proemio o entrada valga de soporte mental a mis reflexiones de hoy, que aspiro a que sean lo más breves posible, porque la cosa –como suele decirse- “no tiene malicia” y fácilmente lo entiende cualquiera.

Al juez del Tribunal Supremo de España –don Pablo Llarena- parece ser que se le ocurrió decir –hace unos días- que en España –como en cualquier democracia que se precie de tal- no hay “presos políticos”. Puede que haya “políticos presos” –es decir, presos -no por sus ideas (desde Maura y antes se sabe que “el pensamiento no delinque”) sino por unos “hechos” que han seguido o secundado esas ideas. Y es claro los hechos (a mí al menos me lo parece), aunque secunden o broten de unas ideas, ya no son ideas. Y si los hechos –desde las palabras hasta cualquier otra forma de expresión corporal, y más si se movieran por los caminos de las violencias-, ya no es que sean respetables como consecuencias tangibles de unas ideas, sin o que son perseguibles –incluso de oficio- por la Justicia, si ofendieran a la ley en vigor.

Pues bien, ocurre que, contra el Juez Llarena, un insolente y recrecido prófugo de la justicia en España -recalado en Bélgica, donde es tratado a “cuerpo de rey”, incluso por una justicia poco fiable desde el punto de vista judicial y de las competencias jurisdiccionales de cada país y reclamado legítimamente para ser juzgado en España por delitos cometidos en España y de acuerdo con las leyes españolas- presenta ante un tribunal belga una demanda contra el juez que, en España, persigue a los violadores de las leyes españolas. La demanda toma ocasión inmediata –según parece- de una frase pronunciada por el Juez Llerena estos mismos días: que en España no hay presos políticos; y la frase es adobada con la acusación de fondo: que el Estado español es “delincuente”, violador de los derechos humanos, porque no respeta la libertad y las ideas de las minorías; la de los sediciosos catalanes en el caso de este provocador internacional.
Apoyándose en este dicho –que no es una opinión personal del juez sino la verdad monda y lironda- para escupir lo otro, el “pájaro” evadido interpone la demanda ante lo Justicia belga, la cual –ni corta ni perezosa- se suelta citando al juez español para que comparezca y dé explicaciones –como se ha de suponer o presumir- de sus actos de juez en España.
Pero este obrar de la Justicia belga, con ser insólito y sorprendente por algo más que por ser insólito, no lo es todo en el, caso de nuestro juez.
Lo más asombroso no es que los belgas -que no nos pueden ver y, además, no lo saben ni pueden disimular desde que el gran Duque de Alba anduviera por aquellas tierras pisando hierbas y más cosas- anden empeñados ahora en pisarnos algunos callos. Lo estupefaciente es que la Sra. Ministra de Justicia de España –omito sui nombre porque no lo recuerdo en este momento- haya denegado a un magistrado del Tribunal Supremo de España el amparo del gobierno ante tamaño abuso de los jueces belgas, alegando que el dicho del magistrado –en España “no hay presos políticos”- es cosa privada –por así decir- de “un tal Pablo Llerena” y no del Juez del Supremo que responde a esa filiación; que el tal Pablo se las arregle con su dicho, que parece –por las trazas del ministerio, nada menos que de la justicia en España- no concernirle. Que él se las arregle como sepa y como pueda.

A todo esto, oigo este mañana que –en la tarde a de ayer, antes de partir el sr. Presidente en viaje oficial a varios países de América –de mediación o algo parecido- se rectifica y se dispone prestar amparo al juez español ante el acoso belga.
Acoso, sí. Antijurídico e infamante. Un juez español, citado a comparecer ante la Justicia belga, nada menos que a instancia de un declarado prófugo –hace meses ya- por ese mismo juez al que ahora se le piden judicialmente explicaciones; aunque sea –por el momento al menos- como apertura de diligencias, que viene a ser parecido. Y ello con apoyo en la excusa de haber dicho –como realmente es- que en España “no hay presos políticos”, para servir de mantel a esa otra comida más fuerte de que el Estado español es un delincuente violador de los derechos humanos.
Creo que son manifiestamente antijurídicas las recientes intromisiones –esta y otras anteriores que todos recordamos-de las Justicias alemana y belga en los asuntos internos de España. Creo que no sólo les falta competencia jurisdiccional para entrar en el fondo de las cuestiones judiciales españoles, sino que hay en todo este “affaire” algo más que un “abuso de poder” o un deliberado afán de meterse conde nadie les llama, porque no es cosa suya calibrar siquiera lo que es o no es delito en España; sino que hay también una ostentosa falta de lealtad al espíritu y a la letra también de la Europa Unida. Si el abuso de poderes antijurídico, la falta de lealtad es éticamente bochornosa e infamante. No se explica uno que la Unión Europea no tome cartas en el asunto para evitar que en algunos países, entre ellos España, cunda la idea de que Europa Unida no pasa de ser una forma de idealismo retórico –montado sobre intereses y poco más-, de la que mejor es irse para no verse con estas feas estampas de arbitrios e insolidaridad.
La actitud primera de la sra. Ministra de Justicia de España, rehusando dar amparo al juez Llarena se perfila, cuando menos, es inconcebible. El sólo proponerse negarle amparo y dejarlo a su suerte, a los “pies de los caballos”, habiendo sido este juez casi el único que –secundando al ministerio fiscal- ha hecho algo positivo –actuando la justicia frente al quebranto de la ley- por parar los pies a la in suplencia separatista. Y ahora está en trance de ser vapuleado ,y con él España entera, por la miopía –por lo menos- de un ministerio para el que decir que “en España no hay presos políticos” es cosa de nada o de la sola incumbencia de “un tal Pablo”, olvidando o pasando por alto que –al apellidarse Llarena y ser magistrado del T. Supremo de España, yo no es “un tal Pablo”.

Han rectificado, pero lo han hecho a renglón seguido de que este Poder del Estado, el Judicial, –por boca de jueces y fiscales- pusiera el grito en el cielo para denunciar el ninguneo y la falta de de respeto que se estaba cometiendo. Cuando a medio día de hoy, en el Telediario, oía a la Sra. ministra en persona y en tono de elevada suficiencia- decir y repetir, una y otra vez, machaconamente, que no se había rectificado y que siempre estuvo en la voluntad del gobierno prestar ese debido amparo al juez, sentí vergüenza; la vergüenza de que nos tomen por idiotas. Si no se hubieran negado antes a prestar ese amparo debido al juez Llerena, ¿cabe en cabeza humana la enérgica y elevada protesta de la mayor parte de los jueces y los fiscales? Salvo excepciones, toda la familia judicial de España hizo causa común contra el desamparo del sr. juez. ¿Seremos subnormales por ver las cosas como son y con objetividad?

Como no es cosa de seguir montando razones y como la cosa es tan palmariamente asombrosa que cualquier español “de a pié” sabe perfectamente subirse a al tren de esta noticia y manifestarse en contra del desamparo en que “los nuestros”, en ocasiones, nos dejan, me vuelvo a donde comenzara, para ratificarme en el dicho de san Agustín y de muchos otras antes y después de él: “si errar es humano, mantenerse en el error es diabólico”.
Sólo merece plácemes esta rectificación del gobierno. Los latinos viejos sentenciaban que “error, ubi detegitur, corrigitur” –el error, tan pronto como se descubre, ha de corregirse. Esa táctica puede incluso volverse fuente de de progreso y desarrollo humano. En esta tierra suele decirse que “quien tropieza y no cae, adelanta camino”. Y lo de la Sra. Ministra de justicia, de hoy, en el telediario de las tres, para sobrellevarlo, aunque no para olvidarlo, porque eso que ese modo de decir marca un estilo y, como se dice, el estilo “es el hombre”

Yo creo que los españoles no somos ni tan malos ni tontos o idiotas como nos quieren pintar los de la susodicha demanda –lean, si no, las invectivas del Sr. Torra Pla contra los que nos decimos españoles-, los que aún sigue oyendo cerca los pasos del Duque de Alba por Flandes y Valonia, y los que –seguidores más del positivista Hans Kelsen que de Santo Tomás, Cicerón, Aristóteles o Platón- se jactan de la verdad de lo que ellos piensan o dicen, sólo porque ellos así lo piensan o así lo dicen. Lo de los jueces belgas me recuerda aquella proclama absolutista de Luís XIV, que –ufano y todo convencido- dijo aquello de “el Estado soy yo!”. Los que, ufanos también de no sé qué privilegio, parecen decir que “el derecho son ellos” se me asemejan a enfermos de suficiencia. Que todo eso de la “llamada Justicia universal”, que defienden algunos jueces de los que se apodan “estrella”, incómodos al parecer con las limitaciones que les imponen las reglas de la competencia, no deja de ser el sueño feliz de una noche de verano; pero la justicia de verdad, que no se casa con sueños, es menos utópica y más pragmática.

Estoy con el juez Llarena, porque creo un deber cívico estar con la Justicia de mi país; porque la considero tan digna, preparada y responsable como puedan ser las Alemania o Bélgica. Y si suena a verdad pura ese refrán de que “en todas las casa se cuecen habas”, piensen algunos si en la suya “no se cocerán a calderadas”, como sigue anotado el sabio refrán.

Bien dijo –a mediados del s. XIX- uno de nuestros grandes juristas, en Sr. Acedo y Rico, conde de La Cañada: la Justicia es insustituible instrumento contra la barbarie y salvoconducto necesario para vivir en sociedad. Honremos, pues, a la Justicia, a pesar de los posibles errores judiciales.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Una sionrisa en silla de ruedas - 25-VIII-2018

25.08.18 | 22:28. Archivado en Acerca del autor

Me acaban de dar la noticia: don Sebastián ha muerto. Un rictus de amargura copa esta mañana mi semblante hasta volverlo amargo –es amargura esta vez lo que siento-, por eso de que, “cuando un amigo se va, algo se muere en el alma”, y el dolor del alma ¿qué otra cosa puede dar de sí que amargura en los labios?
Me produce amargura su muerte porque su vida era –a simple vista se notaba- un vivo ejemplo de sencillez, de serenidad, de sobresaliente tolerancia a las frustraciones, de naturalidad, franqueza y sinceridad Signos todos ellos de conquistada y bien ganada madurez. La naturalidad sobre todo, esa condición que, como enseña Enrique Rojas en uno de sus ensayos maestros sobre la condición del hombre moderno y su necesidad de remar contra la corriente para no dejarse comer el terreno de la propia identidad y fisonomía humana. “ Naturalidad” especialmente, “esa cualidad esencial de la personalidad estable y armónica. Que significa: sencillez, es¬pontaneidad, descomplicación, llaneza. Que im¬plica aceptarse físicamente y tener unos rasgos psicológicas marcados por la franqueza, huyendo de toda afectación, no queriendo uno aparentar más de lo que es” (cfr. “La personalidad equilibrada”., Diario ABC Tribuna Libre, domingo 4 de agosto de 1.985). La que -con un realismo de brutal sinceridad pinta mi poeta de casi siempre, A. Machado, cuando, en uno de sus Proverbios y Cantares hace a sus amigos este ruego de comprensión: “No extrañéis. dulces amigos, que esté mi frente arrugada; que vivo en paz con los hombreb y en guerra con mis entrañas”. Es decir, en una aceptación serena y franca de la vida tal como es y viene… Las arrugas, que son zarpazos que nos va dando la vida, son compatibles con la sonrisa sobre la silla de ruedas de Sebastián era notorio.

En silla de ruedas y con la sonrisa en los labios.
Pero ¿quién es Sebastián?
Don Sebastià Planas Llabrés de Jornets es –era-, por estirpe, un hombre –sacerdote además- de la alta alcurnia balear, aunque, por su talante y estilo, fue más liso y llano que la planicie del centro de la isla, en que se ubica su casa noble.
Cuando le conocí en la fiesta del Corpus del año pasado, ya estaba en silla de ruedas desde tiempo atrás. Y lo que con más fuerza se grabó en mi retina –tras aquellas horas de trato cercano, entre los suyos y con él en medio de todos, fue la permanente sonrisa en su faz; aquella sonrisa que –como si estuviera en el mejor de los mundos y no con el cuerpo aherrojado de por vida en una silla-, irisaba su rostro y entreveraba sus palabras, sus gestos, su mirada….. Era todo él como la estampa de una sonrisa campando sobre una silla de ruedas.
Hoy, al recibir la noticia de su muerte, me siento huérfano de algo; del hombre entero que aquella sonrisa cobijaba; de la naturalidad con que se le veía convivir -alegre más que resignado- con el enorme gravamen de su invalidez; la sobresaliente tolerancia a una frustración tan insigne. Una madurez a tope, prendida en la sonrisa de aquel hombre –sacerdote- inválido pero –aún entonces y de tal guisa- hombre de verdad.

Esta mañana triste de agosto, al recibir la noticia de su muerte, varias claves de pensar se venían a mi mente y pugnaban por salir fuera y evocar referentes.
Como el texto bíblico, cuando el paciente Job, asaltado por el mal pero no vencido, ni -menos aún- desesperado, se conforta diciendo que, si de Dios, con agrado, recibimos los bienes, porqué, con la misma templanza y agrado, lógica incluso, no hemos de aceptar lo que nos molesta o desagrada…
O como la máxima del romano Terencio, en la que –tras afirmar “ser hombre”- se muestra convencido de que nada de lo humano la ha de ser ajeno y extraño….
O esta otra idea que –el pasado 6 de agosto- tomaba yo de una entrevista a Patricia Urquiola –una mujer arquitecta y diseñadora, publicada en Vega-Magazine del Instituto Fernández Vega, de Oviedo, nro. 30, pp. 60-64. La frase que rotula su entrevista y que resalto ante la silla de ruedas con la son risa de de Sebastián dice que “la belleza está en todo, hasta en las cosas que desechamos”, o despreciamos o parecen inservibles y negativas.
Una silla de ruedas, coronada por la sonrisa del hombre que la ocupa es bastante más que. La sonrisa que va encima la redime de su vulgaridad instrumental y le presta un empaque señorial .

Creo firmemente que el mejor y más saludable y acertado humanismo no es el que exalta lo mejor y sólo eso del hombre, sino el que exalta y enaltece todo lo que hay en el hombre. Porque todo es hombtre y todo es noble poreser o estar en el hombre. No quisiera decirlo por no pecar de reiterativo y recurrente, pero no me resisto a repetirlo de nuevo: “Por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre”. Lo pone el gran A. Machado en boca de su Abel Martín. Y no me cansaré de repetirlo….

Y para cerrar, unas palabras tomadas de la noticia de su muerte: “Ha partit, de cap dret al Cie!”.
Yo, tal vez, ofuscado por el sentimiento de su pérdida, añadiría esto también: No sé si la silla de ruedas, pero desde luego su sonrisa va con él y es aval de su presencia ante Dios.
Porque la sonrisa -quizás no la risa ni la carcajada seguramente, pero la sonrisa sí-, siempre agrada y abre puertas; pero cuando viaja en silla de ruedas, prendida en los labios de un hombre que sufre esw indicio vehemente, prueba casi, de beatitud.
Don Sebastiá, Chappeau!!!”
SANTIAGO PANIZO ORALLO


El Decreto-ley da para mucho 24-VIII-2018

25.08.18 | 10:12. Archivado en Acerca del autor

“Hay que ver cómo se odian ustedes”.
Hace tres años, una mañana de julio –en el Oribio Alto, en San Cristobo do Real, a medio camino entre Triacastela y Samos-, un peregrino francés me lo refregó en las narices.
Acostumbro dialogar –a nada que se tercie- con los peregrinos a Santiago. Esta vez era un caballero francés, culto, bien portado y dispuesto a razonar, con el que pasé media hora de parleta a la vera del viejo puente del río. Vale la pena hablar con todos, si –como recomienda Machado para dialogar- se “pregunta” y “escucha”. Yo hice un alto en mi camino de pesca y él hizo un alto en su camino hacia la tumba del Apóstol. Como él no había leído a nuestro poeta, le recité los conocidos versos de la España dolorida: “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. No es nuevo lo que me dice usted, le apostrofé. Viene de lejos la cosa… Él se fue por su Camino y yo me puse a vadear el rìo por encima del puente viejo de San Cristobo; eso si, repensando lo que acababa de oir.

Ante la terrible profecía del poeta, muchos veces me he preguntado por el origen de este drama o tragedia nacional de “las dos Españas”. Y aunque me inclino a pensar que la cesura toma cuerpo y figura a comienzos del s. XIX, en la guerra de la Independencia, con la enorme polarización ideológica de los dos bandos, el afrancesado y el patriota, abrigo dudas de que no tengan bastante que ver en ello nuestras fibras carpetovetónicas y haya algo de genes en esta desgracia.

Antes de proseguir con las reflexiones y decir lo que pienso decir, quiero anticipar alguna cosilla. Yo no había cumplido seis años cuando –aquel 18 de julio- veía entre asombrado y divertido el largo tren de mineros asturianos camino de Ponferrada. Mi mente infantil aún no podía estar en autos de lo que pasaba. Aunque mis padres eran apolíticos y las cosas de la política de entonces tenían para ellos menos importancia que ir a trabajar a “a Minero” o cuidar las dos vacas –la “gallarda” y la “roja”- daban leche para desayunar y un ternero al año para venderlo, sí recuerdo que, en nuestra familia, como en casi todas las del pueblo, había de todo; alguno que tonteaba de comunista estuvo condenado a muerte; otros simpatizaban con los unos o los otros; y los demás, eran de eso que se llamaba entonces –y ahora también- “gente de orden”.
Pero como no es cosa de hacer más crónica de aquello, cuando tuve uso de razón, me dije lo mismo que me sigo diciendo ahora: que si una “guerra civil” es la más incivil y lamentable de todas las guerras -y todas son malignas-, bien haríamos todos en pasar página cuanto antes para no ser masoquistas o que nos lo llamen. Y cuando más tarde aprendí a discernir y a respetar para ser respetado (es cosa que pido a Dios todas las mañanas al levantarme, que me anime y enseñe a respetar a todos), me percaté de que no hay monstruos absolutos, aunque siempre antepuse al respeto el previo compromiso vital de llamar a las cosas por su nombre, hasta cuando ese nombre no cuadrase con mis propias ideas; sobre todo cuando se dan razones y no coces para ser respetado.

Pero vayamos al grano de mis reflexiones de esta tarde. Y es que me prometí esperar a que –celebrado el consejo de ministros, viera confirmada la noticia en sus propios términos.
Y efectivamente, en el telediario de las tres, se confirmó lo que yo –ingenuo de mí- aún confiaba que no se produjera. Ingenuo sí, al no haberme percatado de dos cosas: que el promotor del evento era el mismo del “no es no”, y que los del “no es no” y siempre lo será, son gente de piñón fijo y de no muchas luces –suelen tener luces, pero no tantas como se creen. Y es que un ”no es no” sistemático es síntoma de autosuficiencia y de no tener dudas, y verdad de puño es que, al ser humano, creerse con el monopolio de la verdad le viene tan ancho como a “un santo dos postolas”. Desde Descartes, cuando menos, se sabe de sobra que la duda es un instrumento necesario y camino humano de verdad.

Al salir de esas esperanzas ingenuas, es cuando me pongo a redactar estas reflexiones de hoy, que apunto y plasmo tall y como las compuse, a vuela pluma y casi al bote pronto. Pongo en limpio lo que –a bote pronto- me ha ido dictando la mente. Perdonen si van algo deslabazadas, o si, por premura, fueran más allá de lo que exige el respeto a los “otros” o la verdad de uno mismo. Como las acabo de pensar, así las digo.

Por fin, se ha esfumado las esperanza con que soñaba mi ingenuidad y se ha decretado –por decreto-ley- la exhumación de los restos de Franco y sacarlos de Cuelgamuros. Se ha hecho por vía de “decreto-ley” –uno más de los varios con que este gobierno parece entender y actuar la democracia: sin urnas primero; dando bandazos de continuo (del “Aquarius” a lo de Ceuta de ayer no cabe mayor distancia) y, en casi todo, improvisando. Se ha decretado ya, aunque felte por ver cuándo se hará, cómo se hará y a dónde serán llevados los restos. Se ha dado el primer paso y, como acabo de oir a la “portavoza”, serán dos o tres meses; dos o tres meses de tensiones añadidas a la ya bastante tensionada sociedad de las “dos Españas”. Tal vez “franquismo” “a gogo”, mañana, tarde y noche. Por lo pronto, según dicen las crónicas, se multiplican estos días las visitas al Valle de los Caídos.

Entre las reflexiones que me han salido al paso nada más confirmarse la noticia, la primera me hace decir: estos amigos –así lo parece- de las “dos Españas” van a conseguir una cosa fácilmente perceptible: que por semanas y meses se hable de Franco más de lo que se ha hablado de él en los últimos 40 años. Y también que con este “decretazo” ya se ha conseguido una cosa que sólo Dios puede hacer, resucitar un muerto, y no a los cuatro días de enterrado como pasó con Lázaro, sino nada menos que a los más de 40 años de su muerte. Este prodigio sin duda –creo yo- llevará a sus autores a la historia; lo que no acierto yo a saber hoy por hoy es a qué tipo o clase de historia pasarán, si a la que, desde la muerte del dictador, se ha esforzado y luchado por acabar con este trágico panorama de las dos “Españas” o a la otra…..

Otra idea se me ocurre también al reflexionar sobre el sonoro decreto-ley de hoy. Parte de un hecho cierto. Se han ido quitando los signos de Franco y del franquismo:, las calles dedicadas, las estatuas erigidas, los himnos y canciones del régimen…. Tras la inminente y galopante exhumación, me pregunto si se acabará la carrerilla. Quedan otras “obras” del franquismo en pié: por ejemplo, los numerosos pantanos con que se quiso –en esos años- enmendar la “pertinaz sequía” de nuestro suelo. ¿No sería lógico y coherente -puestos a erradicar señales- seguir usando el decreto-ley y derribar los pantanos hechos a instancia o con el Vº. Bº. del dictador?. Claro está que la lógica y la coherencia –en el obrar humano- es un criterio muy válido de valoración de los hechos y de las pruebas de los hechos. ¿Se llegará a esto también?. El decreto-ley da para mucho…
“Cosas veredes, que ya se dijo en los tiempos del Cid, antes de de ser endosado el dicho a Cervantes y al Quijote.

Y como ya comencé tarde a reflexionar y no es cosa de cargar más la mente, me voy a limitar a reproducir lo que acabo de oír a una oyente de una emisora de radio, sorprendida seguramente de que se trate de hacer “por las bravas” –la vía de gobernar por “decreto-ley” puede ser una forma de tirotear a la verdadera democracia-, a todo correr y hurtando el necesario consenso que algunas cosas requieren, y cuando hay otras cosas más urgentes e importantes sin hacer, obras que, si han de hacerse, requieren sosiego y tacto para que no salga el tiro por la culata y se generen efectos contrarios a los previstos. Que bien pudiera suceder para los artistas del evento. Esta señora daba un consejo al Sr. Presidente del gobierno de España: “Ponte a trabajar ya y deja en paz a Franco, que ese no se escapará a Bruselas”. Verdad es que los españoles nos odiaremos tal vez más de la cuenta, pero no se puede negar que tenemos chispa.
Otro lo veía de este modo. No es más que una cortina de humo para distraer al personal y evitar que se hable de otras cosas: eso mismo se decía en los tiempos de Franco con el fùtbol. Y ya en tiempo de los romanos se hablaba del “pan y circo”. Claro que ahora lo del pan….. Vaya usted a saber lo que será mañana o pasado de las pensiones, el paro u otras “bagatelas” de primera necesidad!.

Y ya -para cerrar del todo las reflexiones de esta tarde- me vuelvo, una vez más, al librito de humor, de Iñaki Linazasoro. “Reir, a pesar de todo”, y en especial a esa frasecilla que toma del trágico Sófocles, cuando dice que “el hombre al que la alegría ha abandonado debe ser contado ya entre los muertos”. Es de su Antígona, la mujer que que se las mntuvo “tiesas” ante el tirano de Tebas. Era siglos antes de Cristo y ya había mujeres libres. No había “feminismo”, pero sí mujeres de verdad…

Me profeso de la “tercera España”, como me he profesado siempre: como me enseñaron varios de mis mejores maestros del pensar, J. Marías, el socialista Besteiro o mi favorito Ortega, para quien ser “anti-algo” es tan negativo como ser nada.
Y que conste que me divierte que las buenas intenciones de exhumar a Franco no se hayan percatado de que pueden hacer que empiecen a pronunciar su nombre hasta los que llevan casi 40 años sin mencionarlo, llevados del noble anhelo de superar la maldición de las trágicas “dos Españas”.
Y como dice mi sobrino siempre que jugamos al tute: “oro bajo y a esperar”. “Cosas veredes”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Endiablado binomio - Libertad y Autroridad 23-VIII-2018

23.08.18 | 13:55. Archivado en Acerca del autor

Hace más de 50 años adquirí en una librería de San Juan de Luz un librito titulado así: Libertad y Autoridad. Este pequeño gran libro –que con frecuencia releo porque tiene mucha miga para no vivir a ciegas ni “a tontas y a locas”- se refiere a la educación de los niños y, en particular, al tan dialéctico como inescindible “quantum” de libertad y “quantum” de autoridad han de mezclarse para obtener una educación equilibrada y sin protuberancias; es decir, unas dosis justas de libertad y otras tantas de autoridad; una libertad que desarrolle la personalidad, nutriendo y marcando caminos de razón a la racionalidad del niño; pero también agregando unas dosis justas de autoridad para evitar que, con dosis elevadas -más de la cuenta- de libertad, la razón y la voluntad se desmadren hasta crear monstruos, cosa muy posible con una libertad desmadrada. Que, aunque “educar” no sea, ni mucho menos, una matemática, hay normas –y este libro las muestra- que valen de algo y quizás de mucho en la noble pero ardua tarea de educar personas humanas.

Hoy, al son del suceso de Ceuta de ayer, me vuelvo –y conmigo lo hacen mis reflexiones de esta mañana- a las páginas del librito Liberté et autorité; y no tanto ni sólo para releerlas –que también-, como para ver en ellas reflejos vivos de lo que está pasando con las irrupciones –violentas ya y preocupantes- de cientos de emigrantes sobre las ciudades de Ceuta y Melilla.
Por eso, porque la cuestión importa y preocupa a buena parte del “pueblo” y no es cosa de mirar para otro lado cuando se ponen en juego cosas muy serias, mis reflexiones giran en torno a este recurrente suceso que, por todas las trazas, no se arregla sólo con promesas de retirar “cncertinas” -obra muy fácil de hacer-, sino que exige buena mano y mejores ojos; y ponerse a ello antes de que sea ya demasiado tarde.

Mis reflexiones se fijan –por una parte- en esas gentes -africanas sobre todo-, que, llevadas por necesidad y desesperación, buscan seguridad y pan ; y por otra, en las fuerzas del orden -guardias civiles especialmente- forzadas a cumplir con su deber –el que les urgen los que gobiernan- hasta verse hostigadas, maltratados y rociadas con cal viva, con mierda y con ácidos corrosivos…..

El espectáculo es dantesco como quiera que se le mire; por una y por otra parte; por parte de los que se juegan la vida invocando derechos sagrados y de los que se la juegan por imperativos del deber pero aguantando carencias evidentes y miradas hacia otro lado de quienes debieran, por imperativos también, ocuparse algo más de ellos, de lo que tienen, de lo que ganan menos que otros de su misma condición pero mejor mirados y de lo que han de soportar por su servicio a la sociedad.
Claro está igualmente que no es fácil compaginar, ni en esto de encauzar bien la emigración, ni en educar a los niños, ni en nada, estos dos vectores de orientación y desarrollo de la vida de los hombres en sociedad, mezclando dosis justas de ambos.
Es palpable –por otro lado- que “autoridad” y “libertad” se rigen por metros dispares en el aprecio de las gentes: si “autoridad” evoca desventuras, “libertad” no cesa de recibir plácemes y parabienes .
No es fácil ni plausible en estos tiempos “buenistas”, -que no buenos por desgracia para todos- enseñar la oreja, , ni plato de gusto razonable optar por la libertad o por la autoridad y, mejor, por un equilibrio de ambas, sin exponerse a la chanza o mofas de “cantamañanas ilustrados”. Es cosa de ese “buenismo” fofo, antediluviano, que se lleva como aura benéfica de la llamada “sociedad del bienestar”

No es fásci ni cómodo…. Y hay en esto, como en tantas otras cosas de primera necesidad que “mpjarse”; pero “mojarse” “a modo” y sin caer en las idioteces o falsedades de los dos extremos. “Mojarse” es echarse al agua de la responsabilidad n materia de libertad y un pruidente “guardar la ropa” enn pero hacer Algo en cuestiones en que la Autioruidad se necesita para que la libertad no se desmadre.

Ante el reto de las migraciones -fenómeno que ha hecho la vida entera de la humanidad, desde Babel hasta Lampedusa y, ahora mismo, entre nosotros, Ceuta y Melilla.
Entre “mojarse” o instalarse en ese limbo paradisiaco del confort intelectual hay –creo- el término medio del justo aristotélico: “mojarse” haciendo algo aunque parezca poco y justificar lo que se haga -hacer no es ni prometer ni mirar a otro lado ni gesticular tan sólo- con la verdad de las obras y no con el bla-bla-bla de unas palabras no siempre buenas, acertadas u oportunas.
Que, después de hacer eso, te llamen “racista” –como está pasando- o te tiren un canto a la cabeza importa menos que quedarse de brazos cruzados viendo cómo las mafias siguen llenandose los bolsillos, los guardias civiles vejados y vilipendiados y los pobres emigrantes entre la espada y la pared de seguir desesperados o convertirse en delincuentes.

Mientras sigo pensando en estas cosas, vuelvo a tomar en las manos el viejo libro que enseña a dosificar libertad y autoridad para que la educación no haga monstruos cultivados de niños y jóvenes, sino seres humanos capaces de dar la mano a la vez, a los dos polos del endiablado binomio; endiablado toro de lidia, pero necesitado –por la causa de la paz social y la justicia distributiva- de ser tomado por los cuernos, sin limitarse a mirarlo desde unos cómodos tendidos de sombra.

Y cierro con esto de hoy mismo. Se hablaba de la relación funesta entre el alcohol y la juventud llamada “del botellón”. El joven entrevistado dijo escuetamente “”No es lo mejor, pero respeta la libertad”. Con esto le bastó para justificarse. La actitud –si no diera risa- pudiera dar escalofríos; pero esas tenemos y el que no se consuela es porque no quiere…. Yo, desde luego, no me consuelo.
Endiablado el binomio: pero urgente socialmente tomar ese toro por los cuernos… Cuanto antes; sin complejos; y pasando del bla-bla-bla a los hechos…..
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Al amigo que me pide aclaraciones 22-VIII-2018

22.08.18 | 18:32. Archivado en Acerca del autor

Uno de los amigos, con los que suelo compartir mis reflexiones diarias, me pide le aclare algo más ese magistral apunte orteguiano que veta ser “hombre de partido”; con finalidad sin duda de preservar la identidad y la libertad del “yo” frente a ideologías invasoras y depredadoras de la conciencia, lo más sagrado y respetable de un hombre. Lo hago con gusto y lo voy a intentar de la mano del propio Ortega y del magistral ensayo, escrito para un diario de Buenos Aires, allá por el año 1930.
Antes de hacerlo y para no perderme por las ramas, releo y repienso el ensayo; y -para contestar a mi amigo- me arranco echando por delante dos pasajes, de los primeros de este logrado ensayo, un alarde -todo él- de alta costura teórica y práctica, del mejor pensador que tuvo España en el s. XX.
- “Una de las cosas que más indigna a ciertas gentes es que una persona no se adscriba al partido que ellas forman ni tampoco al de sus enemigos, sino que tome una actitud trascendente de ambos, irreductible a ninguno de ellos. A eso se llama colocarse au dessus de la mêlée y para esas gentes nada hay más intolerable. Yo creo, por el contrario, que esa exigencia de que todos los hombres sean partidistas es uno de los morbos más bajos, más ruines y más ridículos de nuestro tiempo. Por fortuna, comienza ya a ser arcaica, extemporánea y se va convirtiendo en vana gesticulación. Crece, en cambio, el número de personas que consideran esa exigencia, además de tonta, profundamente inmoral, y que siguen con fervor esta otra norma: «No ser hombre de partido»
- “Los que se irritan contra quienes, según ellos, se colocan au dessus de la mêlée, son gentes siempre de una misma vitola. Por lo pronto no son nunca los que pensaron originariamente la idea en torno a la cual se formó el partido y que provocó la mêlée. No son, pues, gentes que hayan, por si mismas, pensado nunca en nada. Se han encontrado con un partido hecho que pasaba delante de ellos y lo han tomado como se toma un autobús. Lo han tomado a fin de no caminar con la fatiga de sus propias piernas. Lo han tomado para descansar de sí mismas. Porque hay gente cansada de sí misma desde que nace. No se vaya a creer que este cansancio es un detalle accidental. El hombre nativamente hastiado de sí mismo es un tipo categórico de humanidad. Ese hastío es el centro mismo de su ser y todo lo demás que hace lo hace en virtud de la necesidad de huir de sí a que ese cansancio le obliga”.
Como no deseo ir muy lejos al complacer esta gratificante demanda de este amigo, aclararé lo que pienso con brevedad.

Ortega y Gasset nunca ocultó sus ideas socialistas ni su predilección por el “credo” fundamental del socialismo. Y sin embargo se rebela –desde plataformas humanistas muy auténticas- contra la misma idea de “ser hombre de partido”.
No pienso que Ortega desconociera, o no reconociera- la elevada función instrumental –no esencial- que los partidos tienen para hacer viables las democracias en estos tiempos. Y sin embargo vitupera ser “hombre de partido”.
Y es que –creo yo- una cosa es ser un “hombre de partido” y otra distinta ser “del partido” o “de un partido”. Y no es un mero juego de palabras. Afiliarse a un partido, de acuerdo con las ideas de uno o incluso por conveniencia, no parece que lo denostara Ortega. Pero “ser hombre de partido” es otra cosa de mayor calado humano. Esto último es poner el hombre que uno es y quiere ser atado de pies y manos a disposición incondicional de una burocracia partidista; ciega sumisión a lo que manden los jefes, casi nunca los mejores y casi siempre los más arribistas o los más audaces. Esto lo repudia sin miramientos el gran pensador.
Si esclavitud voluntaria es abdicar de uno mismo, del hombre racional y libre que por esencia debe ser el ser humano sin taras, hasta obedecer y seguir sin pestañear –contra la propia conciencia incluso- lo que manden otros, tomando su mente y su voz por la mente y la voz del “pueblo”, nada extraño tiene que lo deteste Ortega como lo hace en su ensayo. Porque ya no es “partido” sino “partidismo” a secas.

El “hombre de partido” está hecho para cerrar los ojos y seguir a ciegas el camino que le tracen otros. Es tener vocación de esclavo. Ser hombre de partido es hacer farsa en cualquiera de las dos formas que el propio Ortega consigna al elogiar la entereza y sinceridad de su amigo don Pío Baroja (Cfr. El fondo insobornable, en Ideas sobre Pío Baroja, IX). Ser, en cambio, de un partido sin ser, por ello, “hombre de partido”, puede ser una manera de ser demócrata y de servir al “pueblo”.
En este sentido va lo que el propio Ortega resalta cuando el partido-partidismo se vuelve arma arrojadiza y coto abierto al relativismo más absurdo racional y éticamente. “Como la lucha necesita de grupos beligerantes, hagamos de éstos la forma sustantiva de existencia humana. Lo más importante del mundo será el par¬tido, la organización sobreindividual para el combate. Los indi¬viduos no interesan, porque mueren, y es preciso perpetuar los partidos. Todo hombre será miembro de algún partido, y sus ideas y sentimientos serán partidistas. Nada de ajustarse a la verdad, al buen sentido, a lo justo y a lo oportuno. No hay una verdad ni una justicia; hay sólo lo que al partido convenga, y ésa será la verdad y la justicia -se entiende que habrá otras tantas cuantos partidos haya”.

No me cabe duda. Ortega –tan beligerante y hermético ante el hombre llamado por él “el hombre-masa” -un tipo de hombre siempre decidido a dejarse manipular, abierto a tragarse todo lo que le llegue de fuera, sin resortes ni recursos personales para –antes de aceptarlo- pasarlo por el filtro de su capacidad crítica racional que es como decir de la propia conciencia- nunca fue “hombre de partido” aunque sus ideas fueran las de un partido político o pudiera incluso “ser del partido”. “Ser hombre de partido”, en el argot orteguiano, es categoría antropológica, quizás patológica; ser de un partido es categoría política. Si ser lo primero humanamente “non decet”, lo segundo “puede valer” siempre que no se hipotequen al partido –lo que sería partidismo- las raíces y fondos de la persona y de la personalidad de uno.

A mi amigo le pido disculpas si no he sido acertado en las aclaraciones a sus dudas.
Y a todos mis amigos pido que lean, relean y mediten este gran ensayo de Ortega, apto hoy como nunca para liberarse de esclavitudes voluntarias en ese terreno tan querencioso para ellas que el “la política de partido”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Era conveniente... 21-VIII-2018

21.08.18 | 17:45. Archivado en Acerca del autor

Era conveniente…

Es conveniente que al que alardea de buen flautista se le invite a tocar la flauta y muestre si lo hace bien o mete ripios, antes de darle el diploma… Que, a los que se pagan de ser los mejores sastres se les encargue un traje a medida para ver si es un traje o un espantapájaros… Y que a los que ponen “pegas” a todo lo que hacen los demás se les ponga un rato a hacer lo mismo que ellos censuran en los otros, para ver si es cuento o es verdad lo que predican al censurar.

Era conveniente que el Sr. Sánchez, avaro de poder y de gloria, se sentara –como fuera- en La Moncloa, aunque fuera sin el aval democrático de las urnas, para que -“solo ante el peligro”, como Gary Cooper en el Oeste americano- demostrara con obras lo que con palabras se hartaba de pregonar; o demostrara lo contrario: ensalada de gestos, pasos para entretener y despistar al personal. Es decir, que se ganara ser o el estadista que necesitamos o el “bleuff”” en que suelen acabar las grandilocuencias sólo gesticulantes de los malos oradores. Además del peligro del ridículo de caer en los mismos que en los otros se censuran.

El flamante Sr. Presidente, al ver cumplido el sueño ansioso de tomar el poder, comenzó nombrando un gobierno bonito y prometedor…. Y uno de los primeros pasos fue recibir “bajo palio” a los emigantes del “Aquarius”, vendiendo solidaridad y amor al prójimo como ni en el Evangelio se vendiera. Brillante y ejemplar!!!
Cogerse el “Falcon” oficial e irse a Benicasim a un concierto de rock con la excusa de llenar su agenda cultural pudo ser muy buen unas de las primeras “libertades” que se tomó poco después. La excusa era pR convencer a cualquiera: “agenda cultural” del Sr. Presidente. Es lo menos, simpatizar con la cultura…

Y ¿qué paso?
Que ayer mismo, cuando –en aras de aquella “transparencia” que tanto predicara con palabras limpias –el buen lenguaje que no falte nunca-, tras ser interpelado para dar explicaciones en el Congreso, se decreta “secreto de Estado” lo del dichoso “Faslcon”para evitase dar las explicaciones obligadas, no sólo a la oposición, sino al pueblo, que tiene derecho a saber lo que hacen sus representantes con sus dineros, los dineros de pueblo, claro!.
De ayer mismo también es lo otro. Cuando, nada menos que en el homenaje a las vóctimas de los atentados del 17-A en Cambrills, el “molt onorable” Quin Torra Plá –presidente nada menos que de la Generalitat de Cataluña- inculcaba a su “tropa”, en voz alta y tono categórico, “atacar” al Estado español (cosa que no ha dejado de hacer desde su atalaya oficial), la Sra. vice-presidenta del gabinete “bonito y prometedor”, en otro prodigio de buen hablar y buen hacer, se sale por “peteneras” y dice que –hombre!- la frase no está bien, pero que son palabras y que, como las palabras vuelan y se las lleva el viento, es cosa de poca monta y hacen falta “hechos jurídicos” (sic), para darle importancia y tomarlo en serio. Y el Sr. Torra Pla –a todo esto- a seguir marcando el paso y tan ufano de haber llamado a los “españoles”, no hace mucho, “bestias carroñeras con forma de hombre” y otras lindezas de su particular repertorio.

Y eso si, “erre que erre” con el desentierre de los huesos de Franco pese a la recomendación del veterano y mucho más pragmático Alfonso Guerra, de que se dejase ya de boxear con estos huesos. Lo va a llevar al consejo de ministros del viernes próximo…. Sigue “erre que e4rre” y parece que lo va a llevar al consejo de ministros del viernes próximo para catalogar como “cuestión de Estado” o asunto de urgente necesidad lo que sólo es, en la jerarquía de lo que más a España importa hoy –el paro, las pensiones, las insolencias separatistas….- un gesto más….

Eso sí, aupado al ansiado poder por los votos de tan insolentes como falsos aliados, es posible que el Sr. Presidente abrigue la esperanza de que –con ese diálogo que no es diálogo, en que se refugia para justificar las carantoñas- de lograr la conversión de los Torra, Puigdemont y cía., en fervientes patriotas del Estado español. “Cosas veredes” –que ya se decía en España antes de Cervantes...

Con todo esto –y lo digo con el mayor respeto –el que promete Crespo, alcalde de Zalamea la Real, en la conocida escena de su obra del mismo nombre-, aquel gobierno “bonito y prometedor” va mostrando su elevada talla en gestos y su bajo perfil en obras de buen gobernar, en aquello precisamente en que más n ecesuta y quiere el pueblo español y no aquellos que le auparon al poder dde esa manera…

Por eso, era conveniente…..
Para que las obras y no los gestos fueran –como lo están siendo hasta el momento- lo que caracteriza a este gobierno, inmensamente legal, pero en nada legítimo por el único aval serio en una democracia de verdad y no morbosa: el paso por las urnas a fin de hacer cuan to antes legítimo lo que ya es legal

Era conveniente….
Es posible que las encuestas sigan viento en popa y a favor. Es posible…. De todos modos, como suele decir otro de mis sobrinos cuando jugamos al tute, “oro bajo y a esperar”, a seguir esperando gobernanza y no gestos ni brindis al tendido solamente.

Era conveniente…. Para que quienes se fían poco de las encuestas –que, por mucho que se diga, no son prueba- anden atentos por si no fuera oro todo lo que reluce.

S. P. O.


Evocando el desierto, un rayo de luz -21-VIII-2018

21.08.18 | 17:42. Archivado en Acerca del autor

El convento de San Miguel de las Dueñas celebra hoy el día de su santo patrono, Bernardo de Claraval.
Las veintiuna religiosas que aún visten el hábito blanco y la toca negra en el recinto; que aún rezan a Dios por ti y por mí cada mañana, tarde y noche; que aún no han perdido la sonrisa ni cuando truena o diluvia, ni el aura de verdad que llevan consigo al andar, ni el gusto cuando se ayudan a vivir haciendo sus pastas sin pizca de contrabando y que son para mí las mejores que conozco, se sientan en los primeros bancos de la grandiosa iglesia del monasterio.
Agustín, párroco de Noceda y encargado espiritual de otros siete u ocho pueblos, solemniza la misa y predica.

Ante aquellas tocas negras sobre fondo blanco; en un convento en el que, no hace tanto, eran sesenta o más las monjas; con presencia de unos cuantos fieles, gente mayor casi todos, más mujeres que hombres como suele suceder en las iglesias, Agustín evoca el “desierto”.
Al aire de la primera lectura de la liturgia, evoca al profeta Elías, descorazonado, vacilante, con ganas de morirse y a punto de desfallecer, que se siente vapuleado por la adversidad y como dejado de la mano de Dios. Y a Dios lo evoca también restaurando sus fuerzas y animándole a seguir caminando, cosa que el profeta hace obedeciendo la consigna de Dios que le habla por su ángel.
Agustín evoca el desierto siguiendo –con imágenes de ahora- las angustias del antiguo profeta…
- Iglesias medio vacías y caso sólo llenas de personas mayores, con ausencia casi total de jóvenes…
- Conventos reducidos a una mínima expresión, faltos de vocaciones y muchos de ellos a extinguir…
- Curas, cada vez menos, renqueando casi todos y ya sin poder dar abasto a obligaciones multiplicadas por la falta casi total de vocaciones…
- Dios, echado a patadas de una sociedad autosuficiente y auto-referencial, y quemando –la sola palabra “Dios” parece quemarles- en los labios de políticos y hombres públicos….
- Y la religión –la católica sobre todo- invitada a que se meta en las sacristías –a veces ni eso- y deje de hablar de leyes injustas, de caminos equivocados o de callejones sin salida…

Agustín, tras evocar el desierto y siguiendo la pista del profeta, se empeña, como debe ser, en mostrar al “Dios que nunca muere y, si muere, resucita”, como refiere la copla vulgar, que, sin ser tal vez muy teológica, es sí suficientemente expresiva-, trata de levantar el ánimo a las monjas; y pinta un rayo de luz al final del túnel: Elías -con la ayuda de Dios- retoma fuerzas y sigue caminando hasta salirse del desierto y remontar el mal momento. Un rayo de luz que, cuando Dios anda por medio, es un rayo de esperanza sin par.
Al finalizar la misa, felicito a Agustín por su certero evocar el desierto y trasladarlo fielmente a la hora presente de la Iglesia de Cristo… Aunque le dije también que yo no vislumbraba tan rápido ni veia tan cerca el retorno de Dios….
Y comentaba eso mismo, poco más tarde, con otro amigo, seglar esta vez y de los que no tienen rebozo alguno en mentar a Dios cuando se tercia.

No basta –creo- con rezar limitándose a extender la mano hacia Dios para que Dios la llene.
Para que nos mande vocaciones o para que los jóvenes se percaten de que Dios no estorba en sus vidas ni recorta más de lo debido las ansias de libertad.
Para que nos libere de esta “cultura de medios” e inmediateces y no de fines ni de “postrimerías”, como señalaba ya el Ortega joven al otear el panorama –ya entonces- oscuro de nuestra sociedad (cfr. El Espectador, Perspectiva y verdad).

Rezar a Dios creo que es, no tanto levantar los ojos a Dios, extender hacia Él las manos, como recabar de Dios ánimo, fuerzas y valentías, decisión para “mojarse” y no limitarse a “verlas venir” en las cosas que a Dios más atañen. Cuando la sola palabra “Dios” parece quemar en los labios del hombre –y no sólo de los políticos-, no basta con las manos de los que en Él creen alzadas a lo más alto. Es menester –he de insistir- “mojarse” y esto es decidir liberarse de complicidades y de complejos tontos.
La anécdota de san Bernardo es gráfica y elocuente. Aquel arriero de Provenza, con su carro atascado en el lodazal, viendo de lejos venir hacia él al monje Bernardo, con fama ya de milagrero, se frota las manos y, cuando llega a su altura, le pide que rece a Dios para que se desatasque su carro. Se dice que el santo, mirándole fijamente, le repuso de este modo. Bien. Yo rezaré a Dios, pero ti, entre tanto, mete el ho0bro y empuja todo lo que puedas…. El carro se desagtascó y el arriero lo creyó milagro.

La homilía de Agustín me gustó y no porque fuera una pieza magistral de oratoria como por aterrizar en estos tiempos líquidos y por emplear las palabras en el sentido de las agujas de reloj; hacia adelante.

Para los que a Dios lo tienen como una rémora para la libertad o el progreso y desarrollo de hombre, pero no rehúsan doblar la rodilla ante sus iconos o los ídolos que uno mismo se construye, la muy atinada frase de Chateaubriand cuando afirma, en las Memorias de ultratumba (III, II, 5, 25) que Dios y la religión son el único poder ante el que doblar la rodilla no envilece.
Y para no renegar de la esperanza, ni en tiempos de fuegos fatuos o artificiales y quedar a bien con el rayo de luz que Agustín deja hoy prendido sobre las tocas de estas 21 monjas cistercienses, valga la rima de un empedernido buscador de Dios, que fue Antonio Machado, y amigo de la esperanza hasta contra pronóstico, como muestra en esta letrilla:
“Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digne usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones,
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán venerables y católicas”.

Por si alguien no lo sabe, Antonio Machado murió en Colliure (sur de Francia), exilado y siempre con los ojos vueltos a la España que supo hacer su historia, con las mimbres auténticas de sus virtudes y sus defectos, sin farsas, falsedades ni complejos.

El “desierto” puede tener un rayo de luz al final de sus caldeadas arenas. Yo lo veo posible pero improbable a corto plazo, como no sea volcando pronto y bien el consejo de San Bernardo al arriero de la Provenza en ese refrán castellano tan socorrido como poco seguido: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Sólo así.

Como quiera que sea, felicidades a las monjas de mi pueblo que, aún siendo tan pocas, no han perdido la sonrisa ni la fe en Dios ni el modo de hacer sus pastas finas.
Me voy a leer –acabo de verla anunciada- la carta del papa Francisco al mundo pidiendo perdón por la “vergüenza” de Pensilvania. Como “pedir perdón” no es cosa de hombres, sino de muy hombres, sigue valiendo lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Evocando el desierto, un rayo de luz -21-VIII-2018

21.08.18 | 17:41. Archivado en Acerca del autor

El convento de San Miguel de las Dueñas celebra hoy el día de su santo patrono, Bernardo de Claraval.
Las veintiuna religiosas que aún visten el hábito blanco y la toca negra en el recinto; que aún rezan a Dios por ti y por mí cada mañana, tarde y noche; que aún no han perdido la sonrisa ni cuando truena o diluvia, ni el aura de verdad que llevan consigo al andar, ni el gusto cuando se ayudan a vivir haciendo sus pastas sin pizca de contrabando y que son para mí las mejores que conozco, se sientan en los primeros bancos de la grandiosa iglesia del monasterio.
Agustín, párroco de Noceda y encargado espiritual de otros siete u ocho pueblos, solemniza la misa y predica.

Ante aquellas tocas negras sobre fondo blanco; en un convento en el que, no hace tanto, eran sesenta o más las monjas; con presencia de unos cuantos fieles, gente mayor casi todos, más mujeres que hombres como suele suceder en las iglesias, Agustín evoca el “desierto”.
Al aire de la primera lectura de la liturgia, evoca al profeta Elías, descorazonado, vacilante, con ganas de morirse y a punto de desfallecer, que se siente vapuleado por la adversidad y como dejado de la mano de Dios. Y a Dios lo evoca también restaurando sus fuerzas y animándole a seguir caminando, cosa que el profeta hace obedeciendo la consigna de Dios que le habla por su ángel.
Agustín evoca el desierto siguiendo –con imágenes de ahora- las angustias del antiguo profeta…
- Iglesias medio vacías y caso sólo llenas de personas mayores, con ausencia casi total de jóvenes…
- Conventos reducidos a una mínima expresión, faltos de vocaciones y muchos de ellos a extinguir…
- Curas, cada vez menos, renqueando casi todos y ya sin poder dar abasto a obligaciones multiplicadas por la falta casi total de vocaciones…
- Dios, echado a patadas de una sociedad autosuficiente y auto-referencial, y quemando –la sola palabra “Dios” parece quemarles- en los labios de políticos y hombres públicos….
- Y la religión –la católica sobre todo- invitada a que se meta en las sacristías –a veces ni eso- y deje de hablar de leyes injustas, de caminos equivocados o de callejones sin salida…

Agustín, tras evocar el desierto y siguiendo la pista del profeta, se empeña, como debe ser, en mostrar al “Dios que nunca muere y, si muere, resucita”, como refiere la copla vulgar, que, sin ser tal vez muy teológica, es sí suficientemente expresiva-, trata de levantar el ánimo a las monjas; y pinta un rayo de luz al final del túnel: Elías -con la ayuda de Dios- retoma fuerzas y sigue caminando hasta salirse del desierto y remontar el mal momento. Un rayo de luz que, cuando Dios anda por medio, es un rayo de esperanza sin par.
Al finalizar la misa, felicito a Agustín por su certero evocar el desierto y trasladarlo fielmente a la hora presente de la Iglesia de Cristo… Aunque le dije también que yo no vislumbraba tan rápido ni veia tan cerca el retorno de Dios….
Y comentaba eso mismo, poco más tarde, con otro amigo, seglar esta vez y de los que no tienen rebozo alguno en mentar a Dios cuando se tercia.

No basta –creo- con rezar limitándose a extender la mano hacia Dios para que Dios la llene.
Para que nos mande vocaciones o para que los jóvenes se percaten de que Dios no estorba en sus vidas ni recorta más de lo debido las ansias de libertad.
Para que nos libere de esta “cultura de medios” e inmediateces y no de fines ni de “postrimerías”, como señalaba ya el Ortega joven al otear el panorama –ya entonces- oscuro de nuestra sociedad (cfr. El Espectador, Perspectiva y verdad).

Rezar a Dios creo que es, no tanto levantar los ojos a Dios, extender hacia Él las manos, como recabar de Dios ánimo, fuerzas y valentías, decisión para “mojarse” y no limitarse a “verlas venir” en las cosas que a Dios más atañen. Cuando la sola palabra “Dios” parece quemar en los labios del hombre –y no sólo de los políticos-, no basta con las manos de los que en Él creen alzadas a lo más alto. Es menester –he de insistir- “mojarse” y esto es decidir liberarse de complicidades y de complejos tontos.
La anécdota de san Bernardo es gráfica y elocuente. Aquel arriero de Provenza, con su carro atascado en el lodazal, viendo de lejos venir hacia él al monje Bernardo, con fama ya de milagrero, se frota las manos y, cuando llega a su altura, le pide que rece a Dios para que se desatasque su carro. Se dice que el santo, mirándole fijamente, le repuso de este modo. Bien. Yo rezaré a Dios, pero ti, entre tanto, mete el ho0bro y empuja todo lo que puedas…. El carro se desagtascó y el arriero lo creyó milagro.

La homilía de Agustín me gustó y no porque fuera una pieza magistral de oratoria como por aterrizar en estos tiempos líquidos y por emplear las palabras en el sentido de las agujas de reloj; hacia adelante.

Para los que a Dios lo tienen como una rémora para la libertad o el progreso y desarrollo de hombre, pero no rehúsan doblar la rodilla ante sus iconos o los ídolos que uno mismo se construye, la muy atinada frase de Chateaubriand cuando afirma, en las Memorias de ultratumba (III, II, 5, 25) que Dios y la religión son el único poder ante el que doblar la rodilla no envilece.
Y para no renegar de la esperanza, ni en tiempos de fuegos fatuos o artificiales y quedar a bien con el rayo de luz que Agustín deja hoy prendido sobre las tocas de estas 21 monjas cistercienses, valga la rima de un empedernido buscador de Dios, que fue Antonio Machado, y amigo de la esperanza hasta contra pronóstico, como muestra en esta letrilla:
“Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digne usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones,
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán venerables y católicas”.

Por si alguien no lo sabe, Antonio Machado murió en Colliure (sur de Francia), exilado y siempre con los ojos vueltos a la España que supo hacer su historia, con las mimbres auténticas de sus virtudes y sus defectos, sin farsas, falsedades ni complejos.

El “desierto” puede tener un rayo de luz al final de sus caldeadas arenas. Yo lo veo posible pero improbable a corto plazo, como no sea volcando pronto y bien el consejo de San Bernardo al arriero de la Provenza en ese refrán castellano tan socorrido como poco seguido: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Sólo así.

Como quiera que sea, felicidades a las monjas de mi pueblo que, aún siendo tan pocas, no han perdido la sonrisa ni la fe en Dios ni el modo de hacer sus pastas finas.
Me voy a leer –acabo de verla anunciada- la carta del papa Francisco al mundo pidiendo perdón por la “vergüenza” de Pensilvania. Como “pedir perdón” no es cosa de hombres, sino de muy hombres, sigue valiendo lo de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Sábado, 22 de septiembre

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Septiembre 2018
LMXJVSD
<<  <   >  >>
     12
3456789
10111213141516
17181920212223
24252627282930