Entre dos luces

Mujer-Mujer 17-I-2019

17.01.19 | 14:54. Archivado en Acerca del autor

“Pese a los campeones del ‘masculinismo’ (decir feminismo parece impropiedad, según notaba el malogrado Jiménez Ocaña), la mujer es toda femenina desde la punta del cabello hasta la planta de los pies; y, en ella, lo más deliciosamente femenino es el cerebro, que representa, ante todo, órgano de atracción y de reproducción; al revés del hombre, cuya sesera constituye vulgar herramienta de trabajo. Ello no obsta para que haya muchas mujeres de esclarecido talento y capaces de altísimas empresas. Pero ¿son verdaderas mujeres?”.
Ramón y Cajal –pues él es quien elabora el anterior pensamiento en sus Charlas de café (Aguilar, Madrid. 1948. cap. II. Sobre el amor y las mujeres, pp. 51-52)-, es consciente de hallarse ya “en una época de feminismo militante y bullicioso” (que alude en la pag. 93 de la citada edición del libro), de legítimas reivindicaciones por tanto del derecho de toda mujer a la igualdad, a la tolerancia y sobre todo al respeto de todo lo que en ella hay de humano. Anotemos que Cajal, en este sugerente y precioso libro, no expresa tanto sus conquistas intelectuales o técnicas de gran científico como las apreciaciones a que su infinita curiosidad interesada por lo humano llevaba a opinar sobre cuanto le rodeaba o pasaba sobre su cabeza. Y si su ciencia le mereció el Premio Nóbel de Medicina (1906), su buen sentido y agudeza no desmerecen en otros campos del saber. No es sin tino lo que dice en este libro.
Es posible que ese interrogante final del párrafo elegido pueda desazonar a laos actuales feminismos lacayos de antropologías aventureras. A mí, no. Creo que un “feminismo sin mujer” no puede nunca ser un “feminismo a favor de la mujer”, y más bien es el peor apoyo imaginable para las legítimas aspiraciones femeninas a la igualdad, a la tolerancia y al respeto máximo que se les debe.

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Galdós, en El terror de 1824, define magistralmente, por boca del sedicioso Patricio Sarmiento, la doble condición y factura de los seres humanos -hombre o mujer, tanto da: la de los “hechos a medida” y la de los “fabricados en serie”.
Ese cap. XXI de tan aleccionador Episodio bien puede generalizarse y ser referido a todo hombre o mujer que –siendo conscientes del deber sagrado de “hacerse” cada cual a partir de unos datos de propio cuño y raíz- no se resignan a quedarse en vegetal, piedra o masa y pujan –en su vida concreta- por ser el hombre o mujer que cada uno está llamado a ser, por imperativos antropológicos de elemental solicitud.

Antepongo este preludio antropológico a las reflexiones que hoy me progongo sobre el perfil humano de una mujer, que, habiendo nacido mujer, se pasó la vida luchando con sus armas de mujer empeñada en conseguir ser una “mujer” de cuerpo y alma enteros hasta su muerte. Sin complejo alguno y sin desánimo; con entereza y verdad; sin soberbia pero con el legítimo orgullo de ser mujer; y sin tentaciones jamás de echarse al monte de unos feminismos tan empeñados en construir mujeres de diseño y no mujeres de verdad. Su lucha femenina fue de de una dedicación seria, constante, empeñada y sobre todo fiada siempre de la validez de sus posibilidades de mujer en la sociedad de su tiempo y en la circunstancia en que le tocó vivir.
Ana María García Armendáriz es la mujer a que me refiero. Navarra, nacida en Uztarroz y fallecida en Pamplona el posado 1 de enero, a los 90 años de vida plena y llena; sin alardes feministas, como digo, de ninguna clase y sin complejos inhibidores o depauperantes, consiguió ser todo lo que puede ser una mujer, incluso en tiempos en que “ser mujer” no tenía a su favor el viento de las propagandas, como ahora.
Se hizo ella misma de la mano de una vocación –llamemos la “vocación” capacidades y valores humanos- de feminidad rebosante y pletórica, sin asomo, ni lejano siquiera, ded pretender, ni ser “mujer de diseño”, ni meterse en moldes de “prêt-à-porter”, ni resignarse nunca a ser de “los fabricados en serie”.

En su honor, y en la certeza –ella lo ha demostrado- de que se puede ser mujer sin abdicar en nada de lo que física, psíquica, etica y estéticamente, intelectual y culturalmente, puede ser una mujer, si se lo propone y lucha por ello, hasta en tiempos tan híbridos y confusos como los actuales, van estas impresiones sobre Ana Mari. No se merece menos, creo yo, una luchadora tan efectiva, como ella, por la esencia de la mujer, por la dignidad y libertad de ser mujer, por los valores de entrega siendo mujer y como mujer, por su sensibilidad ante “lo otro” como quiera que sea, por su elegancia física, psíquica y moral, hasta por su lógica coquetería femenina que no le faltaba a su tiempo, por su entereza de mujer en los momentos duros, por su autonomía personal, por su rebeldía para saber decir “no” en las ocasiones de tensión.
Que por eso y más, si para los suyos fue un valor siempre en alza, para cualquiera que la haya conocido, como a mí me ha sucedido, Ana Maria es y seguirá siendo una “mujer-bandera”, dicho esto en el mejor sentido de las palabras “mujer” y “bandera”. Por doquiera que pasó, ni ella arrastró complejos por ser mujer, ni quienes la trataron se tuvieron a menos por tener que vérselas con una mujer; ni los de abajo, ni los de arriba; ni los de la derecha ni los de la izquierda.
No necesitó nada más que su autenticidad de mujer para triunfar. Sin alardes repito; sin falsías; sin tener que abdicar pora nada de sus atributos femeninos…. Como tampoco necesitó más que eso para conseguir hacer de su vida un perenne ser y saber estar en su personal circunstancia, para, desde ella, mostrar con holgura y verdad una vida entera de mujer.
¿Un mirlo blanco, Ana Mari? Ni creo ni he creído nunca en los “mirlos blancos”. Para mí, todos los mirlos son negros y de pico amarillo. Porque la única historia que conozco de “un mirlo blanco”, la de la obrita de Alfred de Musset, a parte de ser un cuento muy bien contado, va por otros caminos.

Era navarra Ana Mari. Sin alardes tampoco, pero era navarra y, como tal, sincera y valiente; no de las llamadas “de armas tomar”, ni de las que llama Ortega “mujer de presa” (cfr. Esquema de Salomé, en El Espectador, III, Obras. Alianza Editorial Madrid, 1998, pp. 260-363). Era sencillamente mujer y no necesitaba más para abrirse paso como mujer.
La conocí en San Sebastián siendo ya inspectora provincial de enseñanza primaria. Un cargo con el que posteriormente vino a Madrid, ya en otras funciones superiores dentro del mismo plano de la educación primaria. Eran los años sesenta-setenta del siglo pasado, años, como se sabe, de intensos hervores tanto ideológicos como políticos, dentro y fuera de España, Si “Mayo del 68” supuso en Occidente un vuelco deconstructor y anarquista de los valores más típicos de una Europa que necesitada, para lamerse las heridas de las guerras mundiales, aferrase a sus raíces mejor que revolucionarse hasta abdicar de ellos, en España el positivo espíritu de la Transición de la dictadura a la democracia invitaba a las “dos Españas” en liza secular a hablar y escucharse para –sin quitar a nadie ni sus ideas ni sus ilusiones- iniciar juntos, como debe ser, los caminos de libertad-nunca fáciles- que se auguraban en aquella circunstancia de la Historia patria.
En esa circunstancia, accedió Ana Mari a cargos públicos -concejala en el ayuntamiento de Madrid en varias legislaturas. Y lo hizo siempre con la cabeza alta, echando siempre por delante su condición de mujer y sin que su perfil humano y católico sin fisuras ni condescendencias, desdijera nada –todo o contrario- bajo alcaldes como el socialista Tierno Galván o el conservador Alvarez del Manzano. Y –más tarde- lo mismo que había llegado, se volvió a su casa, sin amarguras ni resabios, con la sonrisa y la paz en su semblante, y con esa elegancia tan femenina y tan verdadera y sincera lo mismo cuando se gana que cuando se pierde….

No tengo dudas –en este punto- en personalizar en ella esa frase de Cajal que rememoro al comienzo de las reflexiones: “La mujer es toda femenina desde la punta del cabello hasta la planta de los piés”, con todo lo que esas palabras implican; y aún lo completaría con el punto que les sigue; “y, en ella, lo más deliciosamente femenino es el cerebro”

Podría decir de Ana Mari otras muchas cosas más.
Habré de ir cerrando las reflexiones y conformarme, sin embargo, tan sólo con dejar aquí constancia de dos o tres de sus consignas personales y de vida- Las acabo de ver escritas de su puño y letra en su manoseado listín de teléfonos y direcciones de amigos y conocidos. Creo que las tres, a modo de consignas vitales como digo, sirven para abundar en las ideas de elogio a su perfil de mujer que no rehusó nunca ni ser mujer ni de apadrinar con rostro y hechuras de mujer todos los escenarios vitales –personales o colectivos- en que se vió metida o envuelta a lo largo de su fecunda y prolongada vida.

- “En la última etapa de la vida, debemos conseguir que la misma sea una experiencia placentera y serena, de benevolencia, de autonomía, de participación, sabiduría y acercamiento a Dios”.
Es una idea –como deja apuntado ella misma- que toma de Enrique Rojas Marcos, posiblemente de ese libro en que trata de reflejar los ecos del fin de siglo. De hecho en estos valores rebozó Ana Mari los últimos tiempos de su vida.

- “No hay ninguna tiranía política que no haya querido dirigir el campo moral”.
Ignoro de dónde tomó esta verídica idea; no me extrañaría que fuera fruto de su experiencia vivida. Pero, ¡qué gran verdad!. Manejar, controlar, manipular, tomar al asalto (porque no hay ningún derecho a ello) y meter la ideología del tirano –anotemos que en democracia o mejor con medallones de “demócrata de toda la vida” colgados al pecho se dan tiranos- en el alma del ciudadano y sobre todo de los niños ha sido y sigue siendo afición favorita de todo el que, de cualquier modo,
- Y la tercera dice así. “Solidaridad es hacer mía la causa del otro”.
De esta sí que no dudo de que sea en verdad el lema definitorio de su vida. Eso fue toda su vida: hacer suya la causa del otro, sea cual sea ese otro y hasta sea cual sea la causa de que se trate. En este punto de mis reflexiones yo me halagaría de glosar esta consigna de Ana Mari con esa frase que una vez, hace años, oí decir y que anoté enseguida porque me pareció no sólo humana y cristiana al cien por cien, sino pintiparada para glosar esta tercera consigna; pintiparada además para estos tiempos en que las migraciones de gentes en ruina total están llamando a las puertas del mundo que se titula “civilizado” en demanda precisamente de “solidaridad”. Decía aquella frase; “Ámame ahora que soy negro; porque cuando sea blanco me amarán todos”. Todo un poema de belleza y de verdad bien conjuntadas.

Ana Mari. Gracias por tu vida de “mujer-mujer”. Este feminismo es el que me gusta y convence.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Caminos que a Roma van. Caminos que de Roma vuelven 14-i-2019

14.01.19 | 21:22. Archivado en Acerca del autor

“Caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Le sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensibilidad plena. A veces, uno vuelve de la caminata transformado, más inclinado a disfrutar del tiempo que a someterse a la urgencia que prevalece en nuestras existencias contemporáneas. Caminar es vivir el cuerpo, provisional o definitivamente. Recurrir al bosque, a las rutas, a los senderos no nos exime de nuestra responsabilidad, cada vez mayor, con los desórdenes del mundo, pero nos permite recobrar el aliento, aguzar los sentidos, renovar la curiosidad. Caminar es a menudo un rodeo para reencontrarse con uno mismo”.
Con tan sugerentes ideas sobre algunas virtudes del “caminar”, ya en el “Umbral del camino”, el sociólogo y antropólogo profesor de Estrasburgo, David Le Breton, abre su Elogio del caminar (Siruela, Madrid, 2000, pp. 15-16), como queriendo indicar desde el comienzo que “caminar” es una forma inteligente de vivir y modo de evadirse –por ese medio- de los reclamos de una pos-modernidad deconstructora y frívola con nada positivas pretensiones de mantener al ser humano en condiciones de masa y objeto y así liberarlo, como si de una liberación redentora se tratara y no de una traición a las esencias de “lo humano cabal”.

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Esta mañana –al revisarme del Sintrón y de una afección de oídos- Elena, mi enfermera, me cuenta la experiencia –la suya e igualmente la de su marido e hijo- al encararse estos días pasados –del 18 de diciembre al 6 de enero- con la urbe-Roma y también con el estilo del papa Francisco. Las dos impresiones han marcado profundamente, según me dice, la peripecia entera de su viaje a Italia, para vivir allí la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes.

Les ha encantado Roma, por su empaque de ciudad monumental; como relicario imponente de culturas diferentes –distintas y distantes- que, cual si de una cita misteriosa se tratara y para quien las mire bien, laten reflejadas en sus milenarias piedras; como testigo fiel que cursa sin pretenderlo –que es como mejor llegan los mensajes- la invitación a mirar y verlo todo, pero traspasando la superficie hasta encontrar bajo las piedras o las fuentes o los circos o las iglesias y bibliotecas, unas trascendencias que sólo allí se pueden observar tan juntas y sobre todo tan persuasivas y proyectivas; como un pasado que, aunque aparentemente quieto y estático, no está muerto ni mucho menos, porque a cada paso y mirada lo reviven los ojos de quienes buscan más allá de las formas escuetas o sondean más al fondo de las apariencias.
En la actual circunstancia, en su propia circunstancia, Roma les ha parecido una ciudad de luz, luminosa y radiante, preciosa, grande, invicta. Todos estos adjetivos los ha dicho Elena para calificar su admiración y respeto por esta ciudad que, al titularse “eterna”, evoca sin duda algo más que retazos –por sublimes o azarosos que pùedan ser- de mera historia humana. Lo de Roma es algo más que “historia”, según yo la percibo.

Y el papa Francisco… Buscaban –me dice Elena-, al ir a Roma, tenerlo a tiro de piedra y lo tuvieron al alcance de la mano, en una inmediatez cuajada de sensaciones y vibraciones humanas, religiosas, proyectivas así mismo para sus vidas, en las que el presente es para ellos -lo sé por observación directa del calibre intelectual y moral de mi enfermera- un tomar el pasado en las manos, observarlo por su envés y su revés –las dos visiones se necesitan para que el mismo, sin perder su sitio y carácter, se vuelva ejemplar-, decirle sí o no según proceda y terminar enfocando –desde el presente- el futuro que se quiere construir, cada cual el suyo como es lógico, pero todos, no a la intemperie de frívolos modernismos, sino a la sombra de los mismos valores que han dejado, históricamente, su pátina de verdad y humanidad en la gran cultura de Occidente; la que en Roma tiene una de sus mejores expresiones..
Tuvieron a la mano al papa Francisco. De cerca lo pudieron ver y oír. Y la impresión recibida la refrenda Elena con los ojos vivos de admiración y, sobre todo, de congratulación por el mensaje que de su figura blanca emerge: de sencillez, de cercanía y de “todo bondad”.

Ilusionados regresan los que ilusionados iban. No se sintieron defraudados, ni mucho menos. Esperanzados vuelven los que esperanzados iban. Dispuestos a repetir en cuanto puedan los que no saben por dónde comenzar para contar este retazo feliz de su propia “historia vivida”. Iban guiados por la esperanza y, al regresar, no pudieron dejar de brindar por mla esperanza.

¿Anécdotas?
Dos principales me cuenta Elena esta mañana.
La de un joven norteamericano que con ellos se viera en Roma, de religión baptista segú n parece y la ingente cantidad de japoneses, principalmente, que andaban por Roma estos días, ansiosos –ellos también, de ver y verse con Roma y el Papa.
Distintas y diferentes religiones, pero un mismo empeño y un mismo entusiasmo, recalca Elena, en todos, como si de una gran familia, sin distancias, se tratara. Nada extraño, me digo yo, ni en el vislumbre de Maikol –el chico norteamericano- que dice esperar lo inesperado de la liturgia papal del 6 de enero, ni en el afán de los japoneses por verse ante una proclamación sincera de una verdad que es de todos –la dimensión religiosa de todo hombre es de todos-, aunque, en Roma, esos días, venga proclamada por el jefe de una religión, como la católica, hecha hoy ya a la idea de que –sin perder ni abdicar de sus propias esencias, que las tiene y se radican en el Evangelio de Jesús- en toda religión ha de haber algo que nos une a todos y nos hermana aunque después cada cual se oriente –eso es la libertad religiosa- como su conciencia mejor o peor le dicte y siempre con las puertas abiertas a la verdad. Y no es una pretendida igualdad de todas las religiones lo que se refleja en ello; es la libertad de la conciencia del hombre en busca de Dios lo que se protege con el respeto a la misma en su obligada tarea de buscar con seriedad y verdad al Dios verdadero.

Elena está contenta de su viaje y, más que contenta, feliz por haberlo realizado con los ojos abiertos y por haber sabido procesar en su interior lo que sus ojos y sus pasos descubrieron estos días al caminar.
Una riqueza para ella y un placer y regusto para quienes, como yo, tienen la suerte de recibirlo de sus labios.

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Caminos que a Roma van… Caminos que de Roma vienen…
Los caminos –dicen quienes alaban el caminar- deben hacerse yendo y viniendo por ellos, no yendo solamente ni regresando tan sólo. “Se hace camino al andar” el camino proclama veraz mi gran poeta filósofo, pero también se hace al regresar por el mismo camino al puesto de salida, porque, si al marchar por un camino con buen ánimo y buen pié –como pondera el autor del Elogio del caminar- se consigue todo eso que recogen las frases de cabecera, lo más importante es el final: caminar es, a menudo, un rodeo para encontrarse con uno mismo. Al regresar sin haberse atascado, se llevan a los orígenes y a las raíces los recuerdos del camino. Y eso es vivir y ayudar a vivir.
Todos los caminos del hombre –mientras o en cuanto son caminos hacia la verdad, la justicia, el amor, la libertad, el trabajo bien hecho o la profesión bien cumplida, la racionalidad, la poesía, la religión o cualquier otro escenario del quehacer humano- son caminos hacia la vida y el vivir. Con una finalidad tan sólo, exigencia de la propia vida: hacerla y llenarla. “La vida, que me es dada y en la cual me encuentro, no me es dada hecha sino por hacer”, dicen a una nuestros grandes pensadores del s. XX, Ortega y Marías (cfr. Harold Raley, La visión responsable, Espasa-Calpe, Madrid, 1977, pag. 179).
Se nos entrega vacía pero con un sagrado deber de llenarla; en libertad por supuesto, pero con la responsabilidad que exige ir por ella, por la vida, con las antenas abiertas a todo lo que –dentro de las posibilidades de cada cual- pide y reclama la dignidad suprema del hombre. Con libertad pero sin trampas.

Gracias, Elena, por el recuento de vuestro “caminar” a Roma y al Papa. Y por esa lección de vida que me acabas de dar al recontarlo.
Elogio del caminar. “Caminar” es, a veces, un rodeo para encontrarse, o re-encontrarse quizás mejor, con uno mismo.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Justicia. Leyes. Demagogias 9-I.2019

09.01.19 | 13:04. Archivado en Acerca del autor

El derecho –de ordinario- abona el viaje hacia la justicia; pero no es forzosamente la justicia. De hecho, no es infrecuente verlo al margen o en contra de la justicia. Está llamado a ser a la justicia lo que el camino es a la meta y al final del viaje.
La demagogia no es la democracia. Es el falso carnet que usan los totalitarios para hacerse ver demócratas, siendo solamente aduladores del pueblo para hacerle creer que es el que manda.
Las leyes son –en idea de Cicerón- el precio de libertad que ha de pagarse para poder ser libres.

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El pasado dos de enero –el segundo día de 2019-, tras los efluvios del cava y el atragantón de las doce uvas, de los brindis de rigor por la “vida nueva” y el “cambio” y de los airosos pasos marciales de la Marcha Radesky del concierto de Viena, una mujer era asesinada en Laredo (Cantabria) a manos del salvaje de turno.
El motivo es lo de menos ahora; lo que importa sobre todo es el hecho.
Y el hecho es que la negra sombra de las casi cincuenta mujeres privadas de la vida en 2018 se alarga un trecho más, en un contraste, más que sorprendente, macabro, con los ecos –todavía sonoros- de los “buenos propósitos”, rituales cada nuevo año, más por exigencias del guión como parece por estos hechos que por verdadero propósito de enmienda.
Más al fondo del suceso en cuestión queda la -así mismo- negra marea de los malos tratos, de los desprecios, de los acosos, de los ninguneos y vejámenes que, por ser mujeres, se vuelcan sobre ellas en esta sociedad que algunos llaman “machista” y yo, genéricamente, calificaría de “menos que humana”, por desnortada y vacía de contenidos altruistas. Llamarle “machista” a secas me parece menos exacto porque la cosa va más allá de lo que pueda perpetrar, en singular, un individuo “machista”. Más que individual –que también lo es sin duda- hay un problema social, que ha de abordarse, analizarse y, a ser posible, resolverse socialmente.

Nomenclaturas y terminologías aparte, lo cierto y más serio y preocupante es, de todos modos, que, sin dar tiempo al respiro, nada más comenzado 2019, ¡zás!; y otro asesinato de mujer se cuela en los noticieros, y la actualidad se tiñe de negro y rojo con la desvergüenza, la ignominia, la injusticia, los odios desatados y a flor de piel, la vesania y el desafío social, que revelan estos recurrentes e inacabables episodios.
Inacabables, a pesar de todo. De la repugnancia intrínseca que el asesinato o la humillación, hasta el desprecio y la degradación de un semejante, ha de producir en la conciencia individual y colectiva. A pesar de las leyes penales que sancionan estos crímenes. A pesar de las alarmas sociales desencadenadas desde hace tiempo por esta crecida de la sangre en esta sociedad. A pesar de todo, la riada que no cesa…. ¿Por qué?, nos habremos de preguntar, si nos tenemos por racionales y sensibles ….
¿Es que algo falla en los remedios arbitrados para ponerle fin? ¿Es que –a parte de las maldades o las psicopatías o los excesos de viejas culturas supremacistas del “macho”- hay algo más que vuelve inoperantes los ”golpes legislativos” con que, desde hace años, se ha buscado gestionar y erradicar esta lacra social abominable? ¿Por qué, en este campo, se resisten tanto a surtir efecto los remedios?.

Como estos días la cuestión se ha reactivado por mor de los “polítiqueos” de partido, a cuenta de postulados como el de Vox ante la formación del nuevo gobierno andaluz, y se ha cuestionado la plena bondad de la ley llamada de la “violencia de género”, que no a todos gusta por lo que puede tener de desmesura legal -el título, a mí personalmente, me gusta menos que la finalidad de la ley-, y con todo ello las ideas se disparan en todas direcciones, obvio parece darle cancha de unas reflexiones al paso de la polvareda, mediática sobre todo. Acabo de oír, por ejemplo, a una mujer decir que “tratar todas las violencias de la misma manera es “machismo”, como dando a entender que hay “violencias de primera clase” –las que van contra la mujer- y otras de segunda o tercera –las que van contra personas distintas de las mujeres….
Pues como ahora mismo, en la materia, lo que más intriga pudiera ser la justa racionalidad de la llamada “ley de violencia de género”, achiquemos un tanto el espacio de la reflexión para echar la mirada tan sólo a esta ley, con el fin de preguntarnos si la misma –en cuanto ley humana, hija de una circunstancia concreta- ha de permitir críticas razonables y razonadas, o si ha de ser portada bajo palio, con aureola divina y, en consecuencia, asumida a ciegas, cerrando los ojos y acatando lo que diga el que manda, admitiendo –ig talmente a ciegas y sin rechistar- que “quien manda”, al dar una ley, inventa con ella la justicia del caso y la exime de toda posibilidad justa de crítica, censura o matices. Porque matizar no es corregir, ni menos aún desestimar. Y hacer de la justicia y del derecho patrimonio o territorio particular del que manda es como acondicionarse un coto privado de caza en el que uno mismo se legitima para disparar contra todo lo que se mueva si el disparo va en la dirección de los personales intereses; del que manda, claro!.
Este va a ser, pues, el perfil más directo de esta reflexión de hoy, con fondo en este fenómeno lamentable de las violencias contra la mujer y particularmente contra esa especie salvaje de violencia que recala en el asesinato. Con independencia de lo que haya podido ser o hacer un ser humano, nunca se le puede faltar al respeto -respeto lo tomo aquí como salvoconducto de la justicia-, y menos si se tratara de esa falta de respeto mayor que es el mal-trato y no digamos las agresiones que atentan contra la vida de “otro”, de la manera que sea o por los motivos que fuere.

Que la coyuntura de las violencias contra la mujer exige “golpes legislativos”, no cabe duda. Que esos “golpes legislativos” han de ser duros, rigurosos y proporcionados a la realidad muy grave del fenómeno y de los hechos, tampoco se puede dudar. Que esos mismos “golpes”, aparejados para defensa de la mujer tienen la justicia enteramente de su lado, parece incuestionable.
Sin embargo, me planteo –y creo que con razón- si esa ley –justa por completo en lo que atañe a la defensa justa frente a la violencia contra la mujer-, sigue siendo justa en lo que puede tener de discriminatoria respecto de otras violencias de la misma clase o especie, pero dirigidas hacia otras personas, incluso las propiciadas por mujeres. O, lo que es lo mismo, si esta ley admite matices y, en su caso, reservas, no en cuanto a bajar la guardia frente a las violencias contra la mujer, sino en lo que se refiere a otras violencias de la misma especie que parecen olvidadas o depreciadas y minusvaloradas por ella. O si esa ley, al defender a la mujer, con exclusividad y con el “favor del derecho” -jurídica y judicialmente-, como lo hace-, oblicuamente no lesiona o puede lesionar derechos de otros situados en –exactamente- las mismas condiciones de la mujer favorecida. O la cuestión no desdeñable los abusos hipotéticamente cometidos a la sombra de los “derechos” que con esa ley se protegen y que pudieran desbordar o hipotecar los más que loables fines de la misma.
Estos aspectos negativos no se quedan en una mera cuestión de teoría, sino de práctica, porque a nadie se le oculta, si es razonable, el mal uso que algunas mujeres han hecho –ellas mismas o inducidas por abogadilos de tres al cuarto- para tomarse ventajas en supuestos de separación o divorcio, o de guarda y custodia de los hijos, a la sombra de una ley tan positivamente discriminatoria para la mujer como negativamente pudiera serlo para otros en similares circunstancias.
Esta realidad la conocemos todos, porque la hemos palpado todos, sobre todo cuando nos hemos hallado metidos en estas lides. Concedamos que no sea lo más usual, pero es real.

He de insistir en algo para evitar malas interpretaciones o recelos. Abomino de todo mal trato a la mujer; y más aún lo abomino si el mal-trato atenta contra su vida. Pero no dejaré de reconocer que las leyes, para ser justas, han de acomodarse a la “justicia”, a la distributiva y social también, y hacerlo de tal modo que no se dejen portillos abiertos a la injusticia. Y hay leyes que no se acomodan o no se acomodan del todo a la justicia al dejar flancos abiertos por los que se puede colar la injusticia.
Soy, además, del criterio de que el legislador no crea la justicia, sino que la actúa al unirla al supuesto de hecho de una ley. Y nunca he creído que el legislador o el que manda tengan la llave maestra de lo justo y de lo injusto, como si de algo que de su omnímoda voluntad se tratara, porque –de ser así- todo lo que “se mandara” sería justo, aunque fuera el mandato de un tirano, de un déspota, de un dictador o del mismo Hitler, por ejemplo, que subió al Poder en Alemania, como se sabe, por el voto mayoritario de los alemanes.

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Dicho esto y para cerrar estas reflexiones de hoy –mañana será otro, día- algunas “entregas” sobre la justicia, la ley y las demagogias que –para halagar al pueblo o a una parte del mismo- orquestan leyes o decretos-ley con más oportunismo que verdad y razón justa.

- Tomo la primera del Digesto de Justiniano, una de las fuentes de la “recta razón” romana, de la “ratio scripta” o “la razón puesta en letras- como se ha dado en llamar a sus leyes y criterios legales. “Iuri operam daturum. prius nosse oportet unde nomen iuris descendat; est autem a iustitia appellatum, nam ut eleganter Celsus definit, ius est ars boni et aequi”. Que viene a decir que el derecho se emparenta con la justicia, como “arte” que debe ser para descubrir la justicia o la injusticia de los hechos a que el jurista –como quiera que sea o se llame- ha de aplicar sus dotes de buscador y artista de lo justo. Es un verdadero artista de la justicia; “sacerdote de la justicia” le llama el Digesto en ese mismo pasaje. Y poco después, entre los primeros principios y supremos valores del Derecho, incluye el “suum cuique tribuere”, el “dar a cada cual “lo suyo”, en lo que consiste precisamente la justicia objetivada y puesta en las manos del “artista”, que la detecte, la refine y concrete y la traduzca en leyes justas y en unas aplicaciones no menos justas de las mismas (cfr. Digesto, 1.1.1 y 1.1.10)

- Victor Hugo, en una de las escenas de su comedia El hombre que rie (1869) -2ª parte, libro 1º, cap. X-, capta perfectamente las claves radicales de lo justo y de lo injusto con sólo asomarse al interior del hombre y ver de medir sus aperturas a una cosa y a la otra, hasta decir por boca de su personaje que “aterra pensar que eso que llevamos dentro de nosotros, el juicio, no es la justicia”; porque “el juicio es lo relativo y la justicia es lo absoluto”. Y –en consecuencia- pide reflexionar en serio sobre “la distancia que puede existir entre ser juez y ser justo”.

-Y por fin la gran ironía de Kant –no exenta de dramatismo o quizás de fatal impotencia-, cuando lamentaba que los juristas no hayan sido capaces aún de ponerse de acuerdo sobre algo tan primario en una ciencia como el concepto de la misma: “Noch suchen die Juristen eine Definition zu ihrem Begriffe vom Rechte”. Las abismales distancias que puede haber entre los que cultivan el derecho sobre el propio ser o no ser del mismo no deja de ser una tragedia para la causa de la justicia.
Es terrible que –después de la Soah y los Gulag, de las dictaduras que no cesan y de las democracias que no cuajan del todo- sigan los juristas recreando a cada paso su propio concepto del derecho. Y peor es aún, a mi ver, que prevalezca el número de los que se adhieren al totalitario “esto es justo porque yo lo mando” sobre el de los que –a la sombra de un “iusnaturalismo” de base humana- limita los arbitrios del Poder (legislativo, judicial o ejecutivo) adosando al derecho sólo lo que es justo con arreglo a unas bases objetivas radicadas en el hombre y en sus derechos humanos básicos y con anterioridad y por encima de la sola voluntad o capricho del que manda.
Pero como presumo que no va a tener remedio, aquí y ahora, por arte de birlibirloque, lo que no lo ha tenido en siglos, no dejaré de mostrarme a favor de aquellos juristas que no se sienten ni amos ni dueños de la justicia, sino tan sólo servidores y artistas de ella, y que al dercho lo miran y ven como instrumento –el más cualificado- de la misma y de su entera razón de ser en una sociedad de hombres.

El espacio se acaba por hoy. Tiempo al tiempo que mañana, o al día siguiente, será otro día.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Igualdad - Libertad - Fraternidad 6 - I - 2019

07.01.19 | 18:03. Archivado en Acerca del autor

“Hizo Dios el ser humano a su imagen -varón y hembra los creó- y los bendijo y les mandó crecer y multiplicarse, llenar la tierra y someterla, dominar sobre los peces, las aves, los reptiles y las plantas” (Gen., 1, 27-29)
“Que se acabe el pecado; que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra” (Himno de Laudes).
“Señor, no te canses de haberme hecho libre” (Oración matinal de Concha Sierra, una mujer libre).

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El Cristianismo –en su ideario de liberación del hombre caído- es pionero y audaz: rompe las amarras de los particularismos entecos y suelta o afloja las ataduras excluyentes.
En este sentido, la fiesta de unos Reyes -oriundos de tierras lejanas- llegando al Portal en pos de una estrella cierra el arco abierto por el mensaje dibujado en el aire la noche de Navidad.

La idea-madre en esta celebración de los Magos o Reyes de Oriente es la “universalidad” de la salvación y la demolición de las barreras que separan a los hombres por raza, sexo, lengua o religión. “Universalidad” ya iniciada la Nochebuena con el canto de los ángeles a una paz universal, de todos con todos. Porque, si -la noche del 24 de diciembre- sonaba en el aire un canto a la paz, dirigido a todo hombre receptivo y abierto a ella, es decir de buena voluntad y buen corazón, como reza la letra, hoy se anuncia otra posibilidad y oportunidad así mismo universal: la de alistarse a candidatos al gran valor y bien de liberarse, de redimirse, de colmar las ansias innatas en el hombre de ser más, de salvarse. Estos Magos representan hoy la otra orilla del plan de Dios sobre la suerte futura del hombre. La de los de “cerca”, la de los de “lejos”. La de los “pastores” que rondan la noche. La de los que han de venir de lejos o muy lejos para verse ante aquel Niño de la “promesa” de un “nuevo orden” tan gratuito como exquisito.

Las rúbricas y señales del nuevo divino diseño vendrán más tarde para ir complementando este primer adelanto del mensaje: más en concreto y más personalizado y detallado. He aquí algunas muestras.
- Ya no hay judío ni griego, libre ni esclavo, rico ni pobre, tontos o listos; ni satrapías compuestas a golpes de arbitrarios y privilegiados escalafones; sino la radical igualdad de todos ante Dios…
- Puesto que “los suyos” no se dignaron reconocerle –al Dios hecho Hombre, a la Palabra hecha carne humana-, las puertas fueron abiertas de par en par para que tuvieran presencia los que quisieran entrar…
- Los ciegos ven, los mudos hablan, los cojos andan, los sordos oyen y a todos –sin distinciones- se les anuncia el reino de Dios…
Discute con los escribas y fariseos –la “crême” oficial- y es discutido y masl visto porque come y alterna con publicanos y pecadores y anuncia que “las prostitutas” pudieran preceder en el reino de Dios a muchos abanderados de hipocresías o farsas…
- Llama venturosos a los que sufren, lloran, son pobres o son perseguidos por defender la verdad, la dignidad, la justicia…

Pero esa radical unidad de todos, que programa y proclama el cristianismo, se llama libertad. La paz universal cantada en Belén y las puertas abiertas que traspasan los Reyes de lejanas tierras son, además de igualdad y unidad, libertad. No son matemáticas ni filosofías. Son atributos de “buena voluntad” y “buen corazón”; son cosa de fiarse en medio de la noche y de cabalgar siguiendo la estrella que muestra y abre caminos inéditos e insospechados. Claro que, sin voluntad y corazón, ni los cantos de un ángel sirven para tirarse de la cama y buscar en la noche, ni -por claras que sean las marcas- los caminos son caminos para quien rehusa transitar por ellos.
Es decir, Dios se nos da, pero no a costa de la voluntad y de la libertad del hombre. Dios es fiel, precisamente porque Dios es bueno, es decir, respetuoso con el hombre, a pesar de todo. Un respeto hecho de lealtad y fidelidad a algo: a su “compromiso” de autor precisamente.

Por ello, el camino que va de la noche de la Navidad a la noche de Reyes es el que va del canto mayúsculo a la paz al canto, no menos grande, a la libertad. Lo primero es condición de lo segundo. La ruptura de la paz es crisis y ruptura de la libertad, y, al revés, de modo parecido. Muere la paz porque ha muerto la libertad; y fenece la libertad con los atentados a la paz.

Estas ideas que sugiere la fiesta de los Reyes en interacción positiva con la fiesta de la Navidad me llevan a pensar que la primera mundialización en la o globalización de la historia humana -que es la del acceso, posible, de todos a lo divino y a Dios; a los valores universales y conjuntos; a la radical igualdad de todos; a la fraternidad universal- está ya prefigurada y remetida en la esencia del cristianismo, que va con ese solemne y audible canto a la paz, a la igualdad de raíces y de oportunidades, a la libertad como instrumento insustituible de acceso a esos valores, a la fraternidad sin miradas por encima del hombro y demás limitaciones al uso hasta de los tiempos llamados ilustrados y modernos…. Ello se puso en marcha por primera vez y se patentó en ese tramo de misterios que va de la Navidad a los Reyes…

Pero concretemos algo más y pisemos tierra de otro modo.
A los hombres, la vida nos es dada vacía, siendo deber de cada uno llenarla. Y puesto que es un ser “menesteroso”, para cumplir tan primario deber, han de ser ayudados; mejor, necesitan ser ayudados. Ayudados, pero no sustituidos. Por nadie, ni por los más imperiosamente obligados a echar la mano, que son los padres. Mucho menos, por el Estado y ni siquiera por la Iglesia, patronos y ayudantes que son subsidiarios en la tarea.
Esta obra se llama “hacerse” y, para la misma, ha de entrar en escena la libertad de cada uno; la personal y también la colectiva, porque, siendo sociales los seres humanos por su misma condición, es en el seno de una sociedad libre donde podrá cumplirse adecuada y rectamente tan exigente deber personal. Y este es en esencia el campo y escenario prioritario del ejercicio de la libertad del hombre en marcha hacia su destino humano: el de la construcción de sí mismo.
La “Oratio de hominis dignitate”, del humanista italiano I. Pic de la Mirandola, enmarca en un cuadro ejemplar este deber del hombre de “hacerse” él a sí mismo.
“No te dí, Adán, ni un puesto determinado ni un aspecto propio, ni función alguna que te fuera peculiar, con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto, aquella función por los que te decidieras, los obtuvieras según tu deseio y designio. La naturaleza limitada de los otros se halla determinada por leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás sin estar limitado por barrera alguna, por tu propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras observar desde allí todo lo que existe en el mundo. No te hice ni celestial ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que –casi libre y soberano artífice de ti mismo- te plasmaras y te esculpieras en la forma que te hubieras elegido. Podrás degenerar hasta las cosas inferiores que son los brutos; y podrás –de acuerdo con la decisión de tu voluntad- regenerarte hacia las cosas superiores que son divinas” (Discurso sobre la dignidad del hombre)
Desde los años 1463 a 1494, de la vida del gran humanista, ha llovido mucho sin duda en términos de luchas y esfuerzo por blindar al ser humano frente a las conjuras de necios, arrivistas y malvados. Como de él apunta un presentador de su gran reto, “Il est celui qui va comprendre les secrets de la création, les expliquer aux hommes et ramener ainsi la paix sur la terre” (cfr. J.-C. Saladin, Bibliothèque humaniste idéale, Paris Les Belles Lettres, 2008, pag. 123). No tanto sin embargo que haya dejado arasado o baldío su acertado pronóstico, restablecer la paz con su cortejo de las virtudes, que diferencian lo humano esencial e todo lo que no es tal.

Igualdad – Libertad - Fraternidad. Creo firmemente que la causa universal de los Derechos humanos (de su proclama germinal y más radical) no tiene su partida de nacimiento en la Rev. francesa ni en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Su matriz es otra; muy anterior. Son de raíz cristiana. Su eslogan de “igualdad-libertad-fraternidad” lo formula pero no lo compuso la Revolución. Y lo del “Dios con nosotros” es Dios con todos. Y, por eso mismo, las “ilustraciones” históricas, los “secularismos” copìstas, y las inventoras de sucedáneos harían bien, si fueran honestos, en reconocerlo así: que no son los originales del gran invento; que han copiado; y que siguen copiando –extrema maldad o cara dura!- precisamente de aquello que han denostado, perseguido con saña y no rara vez odiado.
Es el fenómeno que denuncia George Steiner cuando acusa al marxismo y a otras ideologías –llamadas “religiones laicas”- de perseguir al cristianismo, pero copiando de él lo que les interesa o importa para ocupar su lugar. “Religiones sustitutorias” les llama, pero dejando fuera lo que es el centro y la esencia de toda religión, Dios (cfr. G. Steiner, Nostalgia del Absoluto, Madrid Siruela, 2001, Los mesías seculares, pp. 13 a 33)

El silencio de Dios desconcierta y sorprende a muchos creyentes; y a muchos no creyentes les mueve a sacar de ello argumentos para negar su existencia. Pero, si bien se mira, no hay tal silencio. porque su Palabra –con mayúscula- ya está dicha, y las otras palabras que algunos pretenden escuchar para admitir a Dios no las va a pronunciar sólo porque a ellos les plazca oírlas. “Es doctrina segura-dice san Pablo-; si morimos con Él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con Él; si le negamos, también Él nos negará; si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2ª Tm. 2, 8,11-13). Y como no puede negarse a sí mismo, brinda su mensaje, respeta la libertad, guarda silencio, y espera. Y en esas estamos: a la espera de Dios.
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Aquel hombre, aquellos días, aquellos años 4-I-2019

05.01.19 | 19:34. Archivado en Acerca del autor

“No hay libro tan malo –dijo el bachiller- que no tenga algo bueno” (Cervantes, El Quijote, 2ª parte, cap. III). El jugoso diálogo que le sigue, entre el bachiller y don Quijote, aunque matice algo, no rompe la verdad que patenta el dicho inicial.
Por eso un lector que se precie no rechaza ninguna lectura, ni de libros, ni de hojas volanderas, ni de panfletos siquiera; porque, donde menos se espera, a su vista se levanta una chispa de luz que compensa de la hipotética basura que, con la luz, pudiera cohabitar.
Y como sucede que detrás de los libros siempre hay alguien, a ese “alguien” se puede también referir lo que el bachiller refiere a los libros.

Hace unos días -¿lo recuerdan?- comentaba con brevedad la digna y más que lógica reacción de José Mª Múgica –hijo mayor de mi recordado amigo Fernando Múgica Herzog, asesinado por Eta en los primeros días de febrero de 1996- ante la estampa del infausto compadreo navideño de la secretaria del Psoe en Euskadi y el batasuno filo-etarra Arnaldo Otegui. Decidir en el acto darse de baja en el Psoe tras 40 años de afiliación y rubricar su decisión con el escueto “No en mi nombre” porque “hay fronteras que no se pueden pasar”, fueron ese día para mí -y creo que también para muchos más- la lección magistral de un hombre de los “hechos a medida y no en serie” –como ayer decía por boca del Patricio Sarmiento de Galdós-, de los que no se prestan ni a “tragarlo todo” ni a “pasar por todo” para dar gusto al amo, de los que –emulando al “hombre rebelde” de la conocida obra de Albert Camus- se resuelven a decir “no” para no ser esclavos de nadie. Y junto a la lección, la esperanza que de ella brota como fruta natural.. A pesar de todo y con ejemplos así, creo que tienen futuro el hombre y la civilización frente a la barbarie.
Ese 28 de diciembre, al esbozar tan sólo unas pocas ideas, prometía volver sobre ello. “Como este gesto de darse de baja honra y dignifica a Jose Mari, tanto como deshonra a los “otros”, prometo volver sobre lo mismo mañana o pasado, por débito a la verdad y a la gran amistad que mantuve con Fernando”. Decía también que fui amigo de Fernando y que mis vivencias con él, “a pesar de nuestras distancias en tantas cosas y quizás por eso” aún residen en mí como una de las mejores experiencias “de una vida”.
Darían para escribir un libro entero, aunque –lógicamente- haya de contentarme hoy con unos pocos apuntes que presumo significativos.

Conocí a Fernando Múgica en el tribunal eclesiástico, él abogado matrimonialista y yo juez. Como a él, conocía y trataba con otros abogados como Txiqui Benegas, Cillán Apalategui, Luisito Alday, Art
emio Zarco, Maturana y un largo etcétera de letrados y procuradores, con los que –a parte de lo jurídico- departía sobre mil cosas y cuestiones que, en aquella circunstancia –fue todo a partir de 1962, tiempo como se sabe de intensos hervores ideológicos- eran objeto de comidilla diaria, de preocupación profunda y de polémica y debate incluso, desde el divorcio o el aborto, la renovación de la Iglesia en curso del Vaticano II, hasta el cambio político, la presión terrorista o las revueltas del nacionalismo vasco. y sus connivencias clericales. No se olvide, además, que San Sebastián acababa de ser la sede de las renombradas Conversaciones Católicas Internacionales que supusieron una avanzadilla de modernidad y renovación en una Iglesia reservona, ensimismada y con psicología de ciudad sitiada. En aquel clima revuelto pero inquieto y expectante, conocí al abogado Fernando Múgica Herzog. Más tarde, venido a Madrid, cuantas veces viajaba yo a Donosti, lo visitaba en su despacho de la calle Prim. Era como un deber de amistad que tiraba de mí. Éramos diferentes, pero amigos. Me agradaba cómo era. Espontáneo y abierto; hasta brutalmente sincero alguna vez; no se dejaba nada en el tintero; al mirarlo, se le veía todo entero, de arriba abajo y hasta el fondo…
Cuántas veces me diría, con aquella voz llena y rotunda que tenía, que él era agnóstico, y cuántas veces yo, que me precio de haberlo conocido casi tanto como él mismo, le replicaba, “No engañes, Fernando; “meapilas” no eres desde luego, pero tal vez seas -sin creértelo- tan católico como yo”; y él, raudo y en plena carcajada, ironizaba diciendo: “En el Vaticano creo sin duda y lo respeto. Sabe lo que hace”.
La muestra puede verse en aquella tarde-noche de octubre de 1989 en que Mapi, su mujer, él y yo cenamos en Lanciego a donde me invitó para darme una noticia y pedirme un favor. La noticia era que estaba para nacer su primer nieto y el favor, pedirme que yo lo bautizara. Cuando me eché a reír y le dije “Pero Fernando, escéptico y agnóstico ¿tú me pides que bautice a tu nieto? Anda, anda…”. Y él, sin dejarme terminar mis ironías, me interpela imperativo y mandón: “Déjate de bromas y chanzas; tú bautizas a mi nieto”. Por cierto, aquel bautizo lo celebramos en la iglesias de Las Reparadoras (parroquia de San Martín, obispo) el sábado anterior a aquel martes nefasto en el que caía asesinado por aquel maldito etarra cuando salía de su despacho, a mediodía, para irse a comer con su mujer y sus hijos.
Otra vivencia con Fernando –¡fueron tantas!!!- ocurrió en su despacho y muestra su claridad de ideas y su voluntad de preservar las “togas” de contaminaciones y propagandas. Coincidía con la erupción mediática de los llamados “jueces-estrella”, de los que entonces era pivote visible el juez Garzón, y se prodigaban sus devaneos con la “justicia universal” a vueltas, el encausamiento de Pinochet y demás lindezas sde parecido jaez y estilo. Charlábamos, comentábamos, hablábamos de la tan conveniente “soledad” de los jueces para no dejarse contaminar e influir por extraños compañeros de viaje, cuando él –poniéndose solemne como hacía cuando quería rubricar algo de lo que estaba muy convencido- repuso tajante: “Los jueces sólo deben hablar por sus autos y sus sentencias; y el que no quede contento, que apele”. Le respondí que “amén” y ese día –lo recuerdo- me regaló su “kipá” negra y bordaba en hilo plateado, que aún conservo como una reliquia. Años más tarde, al enseñarla a su hermano Enrique, se echó a llorar.
Podría seguir Indefinidamente, pero sólo mencionaré esta otra peripecia. En el tribunal, lo saben quienes me vieron hacerlo, me sentaba yo a la máquina de escribir para aliviar al querido y recordado don José Mª. Arrúe, notario del mismo. Al hacer así, quedaba la silla del juez vacante y Fernando -ni corto ni perezoso- se aposentaba en ella, con sorpresa, las primeras veces, de los demás asistentes a la toma de las declaraciones. Luisito Alday –tan apuesto y respetuoso él- un día, a solas, me vino casi a reprochar que permitiera que Fernando se sentara en la silla del juez, a lo que le repuse que no creía que me contagiara de nada porque Fernando, u otro cualquiera, se sentara en mi silla. Así acabó aquello y en adelante Fernando lo siguió haciendo y alguno más también.
Tengo muchas más, porque Fernando -grande y hablador- no perdía comba a la hora de tirar los trastos a quien fuera; como aquella tarde, en el salón de actos de la Caja de Ahorros Municipal, en la calle de Guetaria. Era un debate mas de los que entonces se prodigaban; en esa ocasión sobre el divorcio y la ley que lo regulara en España. A la hora de las preguntas, Fernando intervino para sacar a colación el repudio judío y lamentarse del día en que sus padres dicidieron bautizarlo. Fue genial aquella esgrima mano a mano, que terminó a la mañana siguiente en mi despacho con Fernando diciéndome: “Sólo a mí se me ocurre hacerme propaganda anticlerical y tirarte de la lengua; tú me conoces igual que si me hubieras parido”.
Era tan sincero y noble Fernando que, a pesar de su voz poderosa y recia, las distancias se achicaban hasta cuando las diferencias de criterio y sentimientos podían ser muy grandes. Dialogaba hasta cuando podía verse en inferioridad de condiciones.

La última vez que lo ví con vida fue la tarde aquella del sábado del bautizo de su primer nieto. Tras la comida en Txomin, me llevó a casa, todo feliz y contento. Nos despedimos, pero, el día siguiente, a media mañana, me llamó por teléfono para decirme escuetamente: “Santi, estoy en la nube aún. Gracias”. El paso siguiente fueron ya las sirenas de la policía –dos días más tarde- aullando por la calle de San Martín. porque el maldito etarra lo acababa de asesinar cuando salía de su despacho para irse a comer con su mujer y sus hijos.

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Nada me extraña –lo comprendo- la reacción de Jose Mari dándose de baja en el Psoe, aunque el socialismo fuera una de sus señas de identidad desde niño pequeño. Sus 40 años de afiliación no le han impedido solemnizar la baja con la escueta frase del “Conmigo, no!”. Hay fronteras que no se pueden pasar sin dejarse en ellas la dignidad y la libertad hechas jirones.
Y es que, entre los dos extremos del “sumiso” y el “revolucionario”, está el “rebelde”. Y la dignidad y autenticidad de esa rebeldía es a la que –como acabo de señalar- Albert Camus dedica las primeras líneas del primer capítulo de El hombre rebelde, cuando se pregunta “¿Qué es un hombre rebelde?” y responde que es “Un hombre que dice que no. Pero que, si se niega, no renuncia; es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese “no”? (cfr. A. Camus, El hombre rebelde, 2008, p. 22). A lo largo de su libro Camus lo expone.
No es extraña –repito- la reacción de José Mari. Lo extraño está en los “otros”; en los que –ahora mismo y dentro del partido socialista que ostenta el poder- “trapichean” –puede ser la palabra- para hacer “negocio” no importa a qué coste o precio. Lo estamos viendo.
Esta misma mañana oigo a Rosa Díaz –una socialista también rebotada- repetir de viva voz lo que aparece en su twist: “Si el Psoe no desaparece con esta conducta es que los españoles no tenemos remedio”. Duro es el augurio, pero real y repetido incluso por ella.

Y ya –para cerrar- me vuelvo a donde ciomenzaba.
“No hay libro tan malo –dijo el bachiller- que no tenga algo bueno” (Cervantes, El Quijote, 2ª parte, cap. III). El jugoso diálogo que sigue al dicho del bechiller, entre él y don Quijote, aunque matice, no quita valor a su verdad. Y por eso un lector que se precie de tal no rechaza ninguna lectura, ni de libros, ni de hojas volanderas o panfletos, porque, donde menos se espera, a su vista se levanta una chispa de luz que compensa de las hipotéticas maldades que, al lado de la luz o con formas de luz, pudieran cohabitar. Y como detrás de lis libros siempre hay alguien. a ese “alguien” también se puede referir lo que el bachiller refiere a los libros. No hay hombre tan malo que no tenga algo bueno. Y las apariencias, con mucha frecuencia engañan.
Por estas veredas discurren las raíces de la tolerancia y también los límites de la tolerancia. Se ven claro los dos perfiles –el de las raíces y el de los límites- en este “memorandum” que acabo de hacer.
No hay hombre que no tenga algo bueno; que, por eso “bueno”, aunque sea poco, no debe ser respetado o al menos tolerado.
Pero, con todo, el bien o valor de la tolerancia tiene límites y están en esas líneas rojas o fronteras que no se pueden pasar ni traspasar sin caer en degradación e ignominia. José Mari, ¡chapeau!.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Unas resonancias de la Navidad 3 - I - 2019

03.01.19 | 20:00. Archivado en Acerca del autor

Las celebraciones navideñas son fuente de aguas limpias capaces de inspirar visiones inéditos de la realidad y dar ánimos para volcar luz y verdad sobre los más diversos escenarios de la vida y el quehacer humanos. Cumbre mayor de la Historia, su mensaje –al ser universal- va con todo y a todo es capaz de darle un toque de elevación y buen gusto.
Además de una esencia circunstanciada en las afueras de un pequeño pueblo palestino, hace dos mil años, en un establo de albergar animales y con un reparto variopinto de protagonistas -los que van de José y María a los ángeles entonando aleluyas de paz, de unos pastores sacados del sueño por la irrupción de un “misterio” que los sorprende y admira a unos magos o reyes de Oriente que –siguiendo la luz de la estrella- aciertan a dar con el lugar-… Además –digo- de ese centro y esencia, sin lo que la Navidad no sería otra cosa que ordinaria meteorología de solsticio del invierno, lleva la Navidad cristiana adosadas excrecencias –culturales en todo caso- que hacen de ella un emporio cultural con caras tan variadas como la golosina del mazapán y los turrones, o esas otras golosinas de superlativa belleza y encanto humano que son los villancicos, las felicitaciones, los regalos, la paz que anuncia la mano tendida a todo el mundo, los sueños infantiles continuados de Navidad a Reyes. Y todo ello bien servido en raciones individuales o sociales, cocidas al aire de lo que los usos y tradiciones de cada persona, familia o pueblo ha ido poniendo junto al Portal y al Niño, con mayúscula, que –al nacer como lo hace- revoluciona (en el buen sentido del término) toda la Historia humana. Esta rica gama de sabores de la Navidad, que se difunden profusamente –como un bien que son- y alegran el cuerpo y sobre todo el alma, parecen empujar a darles alas para volar más allá de los límites del afortunado receptor que los gusta y saborea. Estos días, todo –por lejano que esté- parece contagiarse del buen sentido de la Navidad.
De las muestras y ofertas de alegría por mí recibidas con esta ocasión, dos espigo –entre todas- al ver en ellas, al socaire venturoso de la Navidad, empeño en poner –junto al Portal y al Niño-Dios- aires de nuestro tiempo, de nuestra circunstancia individual o colectiva, con ánimo sin duda de hacerlos más respirables o menos expuestos a las servidumbres que se nos pretenden colar so capa de tutelas, muy benevolentes quizás, pero insoportables por gentes curtidas hace mucho en el arte de separar la paja del grano; gentes con sentido crítico y ganas de verdad.
Las felicitaciones de Antonio y de Nicolás –antiguos y buenos amigos de muchos años- son hoy la base de mis reflexiones, en dos glosas breves con ánimo de realce solamente de alguna de las virtudes que las adornan.

Antonio me dice:
“Felices Fiestas. Dados los tiempos que corren, quizás convenga recordar la docta sentencia de Francis Bacon: “La historia hace a los hombres sabios; las matemáticas los hacen sutiles; la filosofía natural, profundos; la moral, graves; la lógica y la retórica, hábiles para la lucha”. Sin dejar de tener presente a Celine cuando enseña que “para salir de las dificultades es necesario tener miedo. No hace falta tener otro arma o virtud”. Feliz Nochebuena y “Bebed porque sois felices; nunca porque seáis desgraciados” (Chesterton). Un abrazo”.

Nicolás me dice:
Navidad 2018. La educación –y en ello hay que incluir el pleno desarrollo de la personalidad, el recto entendimiento de nuestro Estado autonómico, la unidad de España como patria común y la solidaridad entre todos, hombres, corporaciones, instituciones- debería ser el gran reto para los próximos años, una vez que nuestra Constitución (La “Nicolasa”), dada el 6-XII-1978, ha cumplido cuarenta años de vigencia real y los ha superado con Notable como sistema compuesto de muchas piezas y elementos, y con variadas relaciones entre ellos a lo largo de estas décadas.
Ahí, como en muchos otros campos que algunos, allá por 1977-78, consideraban como no susceptibles de lograr acuerdos, seguro que podemos avanzar, si nos lo proponemos con reflexión y esfuerzo, la debida actitud y desde el respeto a lo que somos y representamos. Con ello, contribuiremos a que el texto de 1978 (¿es cierto que solo se reforma lo que se quiere conservar?) siga siendo valioso y aplicado. No es tiempo éste para quienes no tienen los pies en la tierra. Además, es tiempo de Navidad y en él se desarrollaron las esperanzas reales. Muy feliz Navidad. Muy feliz 2019. Y todo el ánimo acompañado de un abrazo fuerte. Nicolás”

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Antonio es médico en Ponferrada; de los que bajan al subsuelo del enfermo antes de redactar el diagnóstico; que se cuida, como buen profesional, no sólo de la Medicina y sus ciencias auxiliares, sino que, además, hace del libro una herramienta constructiva y la usa a diario para ilustrar y lustrar por los cuatro puntos cardinales su profesión…
Y no ensalzo más para que no se me subleve.
Pero, sobre todo, Antonio es un amigo. Un amigo que, entre los muchos signos y señas de su amistad, cada Nochebuena me recrea con una felicitación de las de fuera de la rutina. Y este año la felicitación de mi querido amigo ha sido la que acabo de reproducir literalmente, con adobo de ideas sugerentes de Bacon, de Celine y de Chesterton. Tres citas con ideas para pensar y trascenderse, porque -sobre el espíritu positivo y esperanzado de la Navidad- invitan a glosarlas para emplazarlas en la circunstancia o circunstancias a que se adosan por el buen tino y sentido del querido amigo. Y como no se debe –por exigencias de la amistad- contrariar invitaciones así, allá me voy con esta breve glosa de la felicitación de Antonio.
Me felicita la Navidad pisando tierra de “los tiempos que corren”; es decir, con la circunstancia formateando el “yo”. Y viene a decir, si yo lo entiendo bien, que esta Navidad es la misma de hace dos mil años, pero no es lo mismo. Que ha de servir para lo mismo que ella –posibilitar “un mundo nuevo y una tierra nueva”-, pero con aires nuevos. Que los aires sean nuevos bien lo parece. De lo otro –“Un mundo nuevo y una tierra nueva” en el bíblico sentido de la expresión-, tras 20 siglos de rodaje, no estoy tan seguro; mejor dicho, no lo creo.
Y, con la circunstancia a la vista, Antonio enhebra –al filo de esta Navidad- las tres agujas de las citas de Bacon, Celine y Chesterton. Observo en las tres acentos agudos de precaución por un lado y de expectativa por otro.
Los puntos de Francis Bacon bien pueden tomarse como esquema redondo para que los hombres sean y se hagan. Es un ideal, un buen ideal. La Ilustración lo suscribiría seguramente. No desdice del mensaje de la Navidad, la del Portal y el Niño. Claro que, después de Auschwick y los Gulag, de Mayodel 68 y la modernidad posmoderna, de los populismos iluminados, totalitarios y reconstructores, cualquiera sabe si las indicaciones y sugerencias de Francis Bacon se han quedado ya en otra cosa que en un piadoso deseo o en romántico pero destartalado plan de vida.
El miedo que aconseja Celine como arma para vencer las dificultades muestra quizás un camino más abierto ante la bruma o negrura de “los tiempos que corren”. Si “el miedo”, cuando es racional y no cerval, connota “precaución”, bueno ha de ser para “los tiempos”, pues precaverse ante las “artes” –sobre todo las malas- de los del “todo a cien”, los de la farsa y el tripicheo o los que aspiran a convencer de haber visto “a los burros volar”, Aunque se hayan escrito muchos y muy bellos “cuentos de Navidad”, la Navidad cristiana es algo más, bastante más, que “un cuento”.
¿Y Chesterton? “Bebed porque sois felices; nunca porque seáis desgraciados”. Oportunísimo consejo para no convertir la Navidad cristiana en una bacanal con humos de parodia de la verdadera y auténtica Navidad.
Gracias, amigo Antonio.

Nicolás -entre otras cosas- es Letrado de las Cortes Generales y muy buen jurista. De casta le viene y ejerce de ello con la naturalidad de quien, al enseñar, no alardea de ser un maestro. Hace tiempo lo conocí y me sigue su recuerdo como lo que su persona es a mi ver: un señor de los “hechos a medida” y no de las “fabricadas en serie”, cual -con buen tino- discerniera ufano, ante el garrote vil inminente, el Patricio Sarmiento, de Galdós, en “El Terror de 1824” (VII volumen de la 2ª serie de sus Episodios Nacionales, cap. XXI).
Su felicitación –pensada también desde la circunstancia- apunta o pone el dedo en la llaga de los varios –ignorantes, aviesos, malvados o canallas, que habrá de todo- que -aunque hablen de reforma para despistar o encubrir- quieren borrar o ensuciar esa página, quizás la más brillante, escrita nunca entre nosotros para acabar de una vez con la maldición cainita de las “Dos Españas”.
Por mucho que canten o bailen los detractores de ese momento estelar de nuestra Historia, aquella página -aunque escrita por mano de los Suárez, Carrillo, Felipe o Guerra, Solé Tura o Peces Barba y otros más de igual rango y altura de miras- fue debida en su más radical verdad al entero pueblo español -harto ya de soportar maldiciones y ansioso de liberarse de las tretas y maldades de los unos y los otros.
Nadie, por tanto, que se llame demócrata debiera dudar de tal verdad. La Constitución, por voluntad directa del pueblo español, es la fundamental garantía de convivencias en paz, en justicia y en razón. Que no es perfecta y necesita de ajustes y reformas, nadie lo duda. Y habrá de reformarse en lo que su rodaje de 40 años la haya podido mostrar “minus valens”; pero no entrando en ella como “elefante en una cacharrería”, sino con la pericia y mesura del buen cirujano que corta para vitalizar; y echando por delante que la reforma de algo no es una demolición, y supone pervivencia del ser que se reforma, como acertadamente patenta Nicolás en la felicitación al preguntarse con pujante ironía si no “es cierto que solo se reforma lo que se quiere conservar”. Es totalmente cierto que “reformar” algo tiene una ladera de quitar defectos y otra de introducir usos buenos, como Ortega y Gasset mostrara al invocar –hace casi un siglo (1930) la “misión de la universidad”.
Cuando algunos de los “nuevos y presuntos salvadores de la patria” claman a voces a la reforma, aunque se maten por disimular, no quieren reforma sino enredar o tal vez perpetuar el drama de las “Dos Españas”, o lo que es igual, el “cainismo” en nuestra sociedad.
La última frase de la felicitación de Nicolás merece punto y a parte. En tono profético dice Nicolás que “No es tiempo éste para quienes no tienen los pies en la tierra. Además, es tiempo de Navidad y en él se desarrollaron las esperanzas reales. Muy feliz Navidad. Muy feliz 2019. Y todo el ánimo acompañado de un abrazo fuerte”.
Este apunte –a rebufo de la venturosa singladura constitucional de los 40 años cumplidos- no deja de tener su “porqué” en ese doble filo del final: no es tiempo de andarse por las ramas en cabriolas tan etéreas como improvisadas, sino de tocar el suelo y mirar a las raíces. Pero está lo otro, la Navidad y su mensaje en medio de la noche: “Es tiempo de Navidad y en ese tiempo se desarrollaron las esperanzas reales” La circunstancia no es desdeñable, ni para Nicolás ni para los creyentes en el “Dios hecho Hombre”. Estos días pasados, por boca de don Fidel, otro amigo, reflexionaba yo sobre la necesidad de que “la esperanza” fuese “activa” y no de brazos cruzados y de pierna sobre pierna. Belán marcó hace veinte siglos un camino por el que moverse, en busca de la “paz” sobre todo; y no por cuaklquiera sino por hombres y mujeres “de buena voluntad”.
La conjunción de las cosas naturales y sobrenaturales que hace Nicolás al final de su navideña felicitación es –como es la Navidad- estelar y, por lo mismo, digna de ser mirada como se mira una estrella: con una ilusión que sea movimiento del alma hacia ella.
Gracias, Nicolás.

Más de una vez lo he dicho y ahora, para cerrar estas reflexiones, lo reitero. Aquel efluvio del gran tribuno romano Cicerón al preguntarse a sí mismo si “puede soñarse algo más dulce que tener al alguien con quien poder hablar de todas las cosas como si contigo mismo hablaras” (De amicitia). ¡Pues eso!!!
SANTIAGO PANIZO ORALLO


Un día y otro día - Otro día y otra vida 1 - I -2019

01.01.19 | 19:16. Archivado en Acerca del autor

Desde mi balcón veo amanecer el nuevo día. Me da en los ojos la primera luz de 2019. Amanece como ayer amanecía y parece lo mismo que ayer, pero no es igual. Aunque se sucedan y acompasen los días, no son lo mismo el 31 de diciembre y el uno de enero. Nunca lo son, al menos para inconformistas y rebeldes en el buen sentido de estas palabras.

Anoche Nahia –con sus siete añitos poco ha cumplidos- me recordaba, minutos antes de la cena en familia, su pequeño poema del año pasado –en la misma fecha de despedida de 2017-, que, antes de sonar las campanadas del reloj de la Puerta del Sol, ella y su hermano -5 añitos a punto ya de cumplir Jon- repartieron entre los presentes como despido del año y saludo al otro. Quería repetir el bonito gesto y pedía le ayudase a otro poema para esta noche. Accedí con gusto a la infantil iniciativa.
Casi todo es de su cosecha; ella iba anotando y cambiando palabras hasta que las dos cuartetas le parecieron bien. Infantil y sencillo, pero lleno de alma, de gracia y sabor, es su pequeño poema. “Vete con Dios Año Viejo, con tus bienes y tus males. No te hagas de rogar, no tuerzas el entrecejo. Bienvenido el Año Nuevo 2019 soñado. Tráenos felicidad , buenos aires y deseos. Y quédate con nosotros hasta que 2020 estrenemos. FELIZ AÑO 2019”. Nahia y su hermano, repartiendo su mensaje al par de las uvas, daban aire nuevo a la Noche Vieja de 2018, y sus deseos, referidos por ellos a cada uno de nosotros, eran nuestros deseos. Tienen consigo sabor a dulce presagio en una noche mágica, que lleva dentro, como ninguna otra noche del año lleva, una fecha de caducidad y otra de vigencias imaginadas, por que sólo es anticipo y promesa. Uno que se muere caduco y gastado mientras el otro se perfila sólo con ribetes de posibilidad.

Amanece como ayer, pero no es lo de ayer. Ni una brizna de nube siquiera en el cielo de Madrid; los centelleos de la luz naciente que tratan de colarse por el verde oscuro de los abetos y pinos de los Jardines del Moro; luminosidad a mansalva y presunta sensación frío también a estas primeras horas del nuevo día.
Pasaron ya los recuerdos ocres y amarillos del otoño, el crisantemo violeta y la menguada flor agónica de los rosales en declive. Llegó hace muy poco la flor del invierno helada y marchita ya casi al nacer; un invierno más, de nieblas de tonos grises tirando a negro, o de sol radiante donde la niebla no cuaja pero que, aunque calienta y entibia, impone desempolvar los protocolos municipales de la contaminación. Y en esas estamos ahora mismo, ante una mañana y un día preñados de sugestivas esperanzas que, hasta sin haber florecido, sirven para soñar. Cuando la marcha Radescky ponga fin otra vez el concierto de Viena y los compases del Danubio Azul y otras piezas de la saga maestra de los Strauss sobre todo hagan revivir anhelos dormidos dentro de cada uno, las almas volverán a sentirse libres y con ganas de volar, aunque sólo sea unas horas porque, mañana, pasado mañana o al día siguiente, esa misma vida que hoy amanece como posibilidad gozosa, haya otra vez de mirarse recelosa al espejo que seguirá dando imágenes distorsionadas de una realidad que, pudiendo ser humana y reciclable y por ello bonita, se quedará otra vez, como casi siempre, en más de lo mismo. Y sabemos todos de sobra qué es o a qué se refiere eso de “más de lo mismo” cuando de transformar conductas y no edificios o estructuras materiales se trata.

No nos desanimemos sin embargo antes de tiempo.
Acabo de leer en un libro que aconseja la “visión responsable” de la realidad para no caer en deformaciones que la tuercen y alienan, que la “vida” es “posibilidad”; eso sí, una posibilidad a la medida de la capacidad y sobre todo de la voluntad de cada uno. Si tú no quieres, no hay nada que hacer; pero –por mucho y bien que se quiera- si no se puede, tampoco es posible hacer mucho. De todos modos y a pesar de todo, convertir posibilidades en actualidades es reto que, a todos, nos llama el primer día del año, si el saludo del “Feliz Año Nuevo” ha de ser algo más que el tonto atragantarse, o casi, con las “doce uvas” o entontecer con el sorbo espirituoso de unas copas de licor en falso brindis por algo que se dice pero que en realidad no se quiere, por eso tan sobado y claro de que son las “obras” los “amores” verdaderos.
Afán serio -y no ritual meramente- por convertir las posibilidades de vida en actualidades de vida. He aquí el mejor brindis para esta mañana radiante, en Madrid, del uno de enero de 2019. Todo un reto, que -como todos los retos- reclama para sí dar la cara a la realidad, mirarle a los ojos, cogerla por los cuernos y –en lo posible- irle comiendo terreno, poco o mucho según las posibilidades de cada uno, y siempre sin ceder un palmo siquiera al cuento, la mentira, la conjura de los necios o de los canallas, que siguen siendo, según el Diccionario, todos los que, por ser malvados, recalan, a cada paso que dan, en miserables.

Y me reafirmo. El reto del nuevo Año está en volver la vida de una “realidad posible” a una “realidad vivida”. Es el empeño que yo veo levantarse audaz, esta mañana de sol radiante en Madrid, de la doce uvas de ayer, de los brindis con cava o chamagne, del beso y los buenos deseos que siguen a todo ello. El cotillón de los vivos colores, de las guirnaldas policromadas y la demás farfolla de la noche mágica por excelencia serán nada, o cuento a lo sumo, sin lo del cambio a mejor, poco a poco y paso a paso -como sea, es secundario- hasta conseguir hacer de 2019 un año mejor que 2018.

Lo tenemos crudo los españoles en nuestra concreta circunstancia. Quien no lo quiera ver haría bien en acudir presto al oculista. “Vamos de culo” titulaba hace un tiempo mis reflexiones. “Meditando al paso de marcha de los cangrejos”, las encabezaba hace muy pocos días. No nos empeñemos, de todos modos, en acuñar pesimismos. La cosa no va de pesimismo. Va de otros pormenores que todos podemos vislumbrar con sólo abrir los ojos. Realismo se llama la figura.

Hoy se celebra también el Día Mundial de la Paz. El papa Francisco, para preservar y fomentar la paz, llama a todos sin excepción, especialmente a los políticos, a llevar “una política de paz”; o lo que es igual, de respeto a la dignidad igual de todos los hombres; de salvaguarda de los derechos humanos; de decisión en todos de llamar a las cosas por su nombre de pila sin falsear su sentido… No lo dice así, pero pudiera muy bien ser glosado su mensaje a favor de la Paz con ese trípode vital del orden social justo con que el romano libro del Digesto de Justiniano abre sus proclamas a favor del reinado de la justicia en cualquier sociedad: “Honeste vivere; alterum non laedere; suum cuique tribuere”. Que, para los que no sepan latín, quiere decir: hay que vivir con dignidad, en la estética de una ética humana y racional; no se debe hacer daño a nadie o no es decente ni coherente hacer a otros lo que no quieras que te hagan a ti; y, por fin, la vitola insigne de la Justicia, “dar a cada cual lo suyo”.

De todos modos, y como es el uno de enero, no vendría mal anotarse lo del “carpe diem” horaciano, invitando a tomar y vivir lo bueno que pueda traer cada momento sin pasarse de rosca especulando demasiado con lo malo que pueda traer el futuro. Cuerpo a tierra; paso corto y vista larga; y no desdeñar nunca lo bueno y hermoso que pueda llegar del “otro”, cualquiera que sea, aunque sea una deliciosa niña como Nahia o un agitado pero dócil “rapaz” como Jon. Llevan sin duda a Dios con ellos, y eso –hasta viniendo de sus vidas incipientes y abiertas a todo- puede ser mucho en una sociedad como esta: gastada, cansada y, por supuesto, líquida o gaseosa como hace tiempo vienen presagiando sociólogos tan certeros y realistas como Zigmunt Bauman y otros más.

Es media mañana y me voy a escuchar el concierto del Año Nuevo en Viena. Al sonar la Marcha Radesky -garbosa, mandona y decidida, desinhibidora de ataduras que encogen o esclavizan, pero sobre todo solemne-, no brindaré por nada porque todo ya fue brindado anoche, pero alzaré hasta “el Dios hecho Hombre” de la Navidad cristiana esa oración de la serenidad, o para pedir serenidad, que mi recordado amigo Luis Fernández-Vega y Diego ordenó esculpir en una de las paredes de su capilla del Cristo de las Cuevas, en Ceceda. Una oración que, desde que la ví allí esculpida, todos los días acostumbro a rezar, porque me suena a verdad y a necesidad incluso. “Pido al Cristo de las Cuevas la ayuda para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el coraje para cambiar las que sí puedo; y la sabiduría para saber discernir en ambas situaciones lo que me corresponde hacer”.

Un día y otro día. Una vida y otra vida.
Amigos. Buen año 2019.
Aunque pueda sonar a imposible o a chiste, ¡adelante y a por ello!!!

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Meditando al paso de marcha de los cangrejos 30 - XII -2018

30.12.18 | 21:33. Archivado en Acerca del autor

“Mira la ola marina, mira la vuelta que da. Mira la ola marina, mira qué bonita va. Tengo un motor que camina pa’lante. Tengo un motor que camina pa’atrás…”. La letra rumbera, caribeña y mulata de la conocida canción, en labios del venezolano Enrique Culebra Iriarte, sea hoy punto de apoyo a la idea que marca el tono de mis reflexiones en la fiesta cristiana de la “sagrada Familia”. Las dos marchas se combinan, se suceden, se intercalan en la dinámica de lo que humanamente más importa. Hoy, en estas reflexiones, la familia.

Los que se descabezan obsesos por convertir el pasado en presente caen en la misma trampa de los que viven empeñados en construir el futuro dando del todo la espalda al pasado y sin mirar atrás aunque sólo sea para precaver posibles malaventuras ya vividas o sentidas antes. La trampa es la de un idealismo tan aéreo y sutil cabalgando sobre la quimera de vivir sin tocar tierra ni sentir necesidad de hacerlo.
Ni el pasado puede ser presente, ni el presente puede aspirar a ser futuro con el nulo bagaje de su insignificancia temporal: un eterno es que ya no es. Falta de realismo puede entrañar esta doble trampa.
Los que se empeñan en convertir el pasado en presente y se alivian pensando que el tiempo se para y no corre, que las horas no pasan y que las circunstancias no conciernen a la sustancia, bien pueden llamarse ilusos o desnortados.
Pero así mismo los que –a fuer de jugar a modernos y actuales- cierran a cal y canto el pasado y lo borran del mapa de sus vivencias y se sienten abocados a conjugar la vida o su vida sólo en tiempo futuro hasta hacer del presente un punto muerto, en el que el pasado ya no existe y el futuro no ha llegado aún, pudieran igualmente llamarse ilusos e incluso desnortados porque se mecen al aire de utopías imposibles, por no decir descabelladas.
Si -en todo- los extremos se tocan y en el medio están el equilibrio y la virtud como ya dictaminaron los pensadores griegos, habría de concluirse la irracionalidad de los afanes de los unos y de los otros; tanto de los afanados en considerar bueno lo viejo sólo por ser viejo o malo lo nuevo por ser nuevo, como los de llamar bueno a lo nuevo por ser nuevo, estar de moda o tener buena prensa y dañoso lo viejo por la sola razón de no estar de moda ni contar con los vientos a favor. Afanes irracionales son los de ambas laderas, porque la verdad es que ni todo lo viejo estorba ni todo lo nuevo es elogiable.

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Emboco estas reflexiones con este preámbulo de teoría por ser hoy el Día de la Familia cristiana o de la Familia entendida a la luz del sentido cristiano de la vida del hombre y su carácter trascendental.
Hoy mis reflexiones vuelan hacia esas filosofías que, desde hace un tiempo, tocan a rebato contra las instituciones de fondo y calado humano y cristiano, para holgarse y tender la mano a otras de signo contrario e hijas de un secularismo tan extremista y, por ello, tan sectario como demoledor.
El matrimonio y la familia han sido y siguen siendo de las más acosadas. Se las quiere desposeer –sin razón alguna de peso y casi sólo por su “pedigrí” natural y cristiano- de su denominación de origen; y se excogitan banales argumentos para desmantelarlas y sustituirlas de raíz por otras creadas al paso y al aire de una modernidad –dígase mejor modernismo-, tan farolera, tan artificiosa y formal, tan líquida y vacía de contenido sólido que asombran tanto la presteza y ligereza de unos para divinizarla como la idiocía o el pasotismo de otros para subirse al carro de lo “políticamente correcto” por complicidades ideológicas o por complejos o inseguridad.
Y no son cosas para bromear; más bien lo son de supervivencia.
Cuando leo, por ejemplo, en el Prefacio a “Un mundo feliz” de Aldous Huxley –redactado en 1946 para confirmar ya los malos presagios del original escrito en 1.931-, ese tan profético y verosímil augurio que reza de este modo: “Ya hay algunas ciudades americanas en las que el número de divorcios iguala al número de bodas. Dentro de pocos años, sin duda alguna, las licencias para matrimonios se expenderán como las licencias para tener perros, con validez sólo para un período de doce meses y sin ninguna ley que impida cambiar de perro o tener más de un animal a la vez”, el sudor frío de las agonías me deja helado.
Y leo seguidamente –también en una Introducción, la de Álvaro de Silva al libro que recoge ensayos de Chesterton sobre el hombre y la mujer, el amor, el matrimonio, los niños, la familia y el divorcio y se titula El amor o la fuerza del sino (Ed. Rialp, Madrid, 1995)- cosas menos trágicas que las profecías de Huxley pero muy representativas para el momento actual.
“Chesterton –se dice- no habla de la familia de este tipo o del otro. Si es conservador, no es porque quiera conservar una familia “conservadora”, sino la familia sin más…. Bienvenidos sean los cambios de los tiempos y los vientos del progreso y la libertad y la democracia y lo que uno quiera, pero no pretendáis inventar una familia aguada o adulterada o muerta ya y abrazarla después como si fuera la verdadera familia. Chesterton se opuso tanto al brutal pesimismo de Huxley como al optimismo estúpido de los profetas de un nuevo tipo de familia”. Algo más adelante el prologuista –en seguimiento fiel del sentir de Chesterton- trata de situarse ante las causas del actual declive de la familia. Y matiza de este modo: “No podemos caer en una falsa ilusión, a saber, condenar las influencias externas como si fueran las máximas culpables de la disolución de la familia en buena parte de la civilización occidental. No hay duda de que el socialismo marxista y el capitalismo de la sociedad de consumo han reducido la familia a escombros. En sus ensayos sobre la materia, Chesterton arremete sobre todo contra el capitalismo, no culpa tanto a Moscú como a Maniatan, que ha creado un monstruo de muchas cabezas, dos de ellas desastrosas para el matrimonio y el hogar: el individualismo y el consumismo”. Pero no se queda es esto el diagnóstico del fino pensador inglés: “Chesterton fue consciente de que el enemigo número uno no había que buscarlo fuera, en esas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras. Los mismos extremos del capitalismo, del socialismo y de la sociedad de consumo apenas tienen relevancia en comparación con el enemigo interior al ser humano. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo. Es la falta de desarrollo interior humano, la pobreza de espíritu, el aburrimiento y la frivolidad, la asombrosa ausencia de imaginación lo que lleva a hiombres y mujeres a desesperar de la familia y del matrimonio, o al menos de su familia y de su matrimonio tal como los experimentan. Chesterton insiste en que el hogar no es pequeño, es el alma de algunas personas la que es raquítica. El matrimonio y el hogar resultan demasiado grandes para ellos”.
No debe cundir sin embargo excesivamente el pesimismo si atendemos a estas otras ideas de la misma y referida Introducción: “La familia, por supuesto, no ha muerto. Medio enterrada en el po¡vo de la frivolidad y en el barro de la insensatez y el egoísmo, que parecen ser congénitos a la humanidad, y que no dejan de acompañarla en su caminar, la familia, en términos de cálculo estadístico, languidece en las sociedades tecnológicamente más avanzadas del globo. Y además, como todas las cosas grandes de verdad, o seda las realidades que de verdad importan, la familia está siempre muriendo y siempre resucitando, o por lo menos debería estarlo. ‘Semper reformanda’, como se afirma de otra antigua r venerable familia. Frente a ella puede alzarse también una fuerza del sino”.

Ante el panorama poco halagüeño que permiten presentir estas ideas, he de confesar que me cuesta mucho sacudirme el “temblor ante el caos”, que ya Ortega y jJ. Marias presentían en su tiempo hasta inclinarles a corregir los defectos o los excesos de ciertas concepciones filosóficas europeas sobre el sentido de la vida humana (cfr. Harold Raley, La visión responsable, Espasa-Calpe-Madrid, 1977, p. 117).

Hoy, como digo, celebra la Iglesia de Cristo su Día de la Familia. Y cuando se pueden ver sin necesidad de anteojos ni de lupa los efectos demoledores –socialmente hablando- de la baja forma de la familia, no parece sea necesario justificar las preocupaciones y, por tanto, las reflexiones.
Es cierto, como acabamos de observar, que la talla espiritual del hombre de nuestro tiempo se reduce a ojos vistas y que los dos metros o el uno noventa de las tallas físicas decrecen hasta el cretinismo inclusive en lo espiritual, en todo lo que pueda llamarse así dentro de la humana condición. Y este dato –si algo indica- debiera imponer pensar, repensar y replantearse las veces que sea necesario –y no sólo el Día de la Familia cristiana- los datos de conciencia y de hecho ante el tema y problema actual de la familia.

Y con eso me vuelvo al terreno del sucedáneo.
Hay familia pero hay también sucedáneos de la familia. Hay matrimonio, como se dan también sucedáneos del matrimonio. Hay políticas, pero también se pueden observar a todas horas y en todas partes, sucedáneos de la política. Hay angulas de alto valor, y gulas baratas en plan de sucedáneo. Hay hombres y mujeres, aunque abunden ya los sucedáneos de hombres y de mujeres. Hombres que no pasan de “hombrecitos” y mujeres que no pasan de “mujercitas”.

Y por si fuera excesivamente crudo todo esto, me digo al respecto algo que ya otras veces he dicho. Es posible que, por pensar o hablar así, haya quien se sienta tentado a llamarme “facha”, “carca” o lo que sea… Que no se prive. Si por pensar o hablar lo que se tiene por verdad a uno le llaman “facha” o “carca”, me avengo a ello. Lo primero porque creo que, por pensar o hablar así, nadie es ni “facha” ni “carca”. Y, además, porque generalmente llaman “facha” a los demás gentes que no suelen tener el coraje de verse por dentro y decirse a sí mismas lo que escupen a los otros. Es cuestión de sociología posmoderna y no hay que apurarse por ello. Aquí tampoco, como en el mus, hacen juego las palabras; mÁs bien lo hacen las cartas que ganan o pierden, en liza siempre con la verdad y por la verdad.

Además otra cosa. Como en una sociedad individualista, egoísta y de consumo como la actual lo que priva es lo plebeyo, lo vulgar, lo que lleva etiqueta de lo llamado “progre” sin tener nada que ver con el verdadero “progreso”, me quedo -para finalizar estas reflexiones- con el asombro de Ortega al comprobar –hace ya un siglo- las proporciones gigantescas, hasta tiranizar, de esa plaga que él no duda en llamar “plebeyismo”.
Lo plebeyo –que no es evidentemente lo popular- tiraniza en estos tiempos. Y como él dice en uno de sus magistrales ensayos –el que titula Democracia morbosa-, “el plebeyismo triunfante en todo el mundo tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos”.
Y la verdad, no es ni de progreso ni de marcha adelante ser plebeyo, porque “lo plebeyo” -en su sentido orteguiano- tiene bastante más de regresión y de democracia ruinosa o morbosa y de marchas atrás o maneras de cangrejo que de camino hacia lo mejor.

“Vamos a ver la ola marina, vamos a ver la vuelta que da. Tiene un motor que camina pa’lante. Tiene un motor que camina pa’atrás…”. Así –con esta otra letra- se ha cantado siempre La ola marina. La rumba de la ola marina. Un motor que camina pa’lante y otro motor que camina pa’atrás. Progreso y regreso. Adelante y atrás. La yenka o algo así.

Pensemos. Ni la familia ni el matrimonio –siempre en situación y actitud de reforma y renovación –no de innovación que es otra cosa- no están atrasados. Incluso se hacen más necesarios que nunca. El atraso está en otras cosas.
Hoy Día de la Familia cristiana, pensemos. La cuestión se lo merece, por evitar lo que señala Ortega ante las superficiales filosofías del vivir: ”el temblor del caos”…. Casi nada!

Pesimismo? Tal vez. Tómese como se quiera o la ración que se desee; pero pensemos un poco en ello. Importa mucho.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Regalo de amigo 29 - XII - 2018

29.12.18 | 21:59. Archivado en Acerca del autor

“Para que tengan vida”.
Esta divisa, sacada del Evangelio de San Juan (10,10), campea en el escudo episcopal de este amigo, al que se dirigen, con gratitud, estas reflexiones de hoy.
Amigo de la vida es quien predica la vida; y más todavía quien ayuda con su desvelo y esfuerzo a que la vida sea una realidad y una verdad por los cuatro costados.
Fe, esperanza y amor son tres puntales decisivos de una vida, la que sea.

Lo reitero con frecuencia. Mi gratitud es plena con los amigos que reciben mis reflexiones y las comparten; pero lo es igualmente con los que puedan disentir, porque –de este modo- me ayudan con sus reparos y hasta con sus críticas a hacerme autocrítica y, con ello, a ser más…
Esta vez y en este caso, no la crítica, sino la idea más bien me llega de labios de mi amigo Fidel; pero no del arzobispo de Burgos que se llama Fidel, sino de Fidel, que es arzobispo de Burgos. Y vale la precisión, pues, aunque parece lo mismo, no lo es, Para mí, al menos, no es lo mismo el cargo que la persona que ocupa el cargo. Las personas subyacen a sus cargos, y, aunque se infuyen, los espacios y los ámbitos son distintos.
Pero, dejémonos de retóricas y vayamos al grano.

El día 26 llamé a don Fidel para saludarle, congratularnos del anual recuerdo de la primera Navidad y desearnos lo mejor el uno al otro. Cuando le pregunto cómo se halla, me responde sin dudas ni matices que “con buen ánimo”. Al verme sorprendido de su “buen ánimo” en tiempos tan agrios, tan azarosos y vulgares y hasta borrascosos como los actuales, Fidel suelta una leve risilla y refuerza hasta con energía su aserto. “Sí. Buen ánimo”, ratifica sin asomo alguno de tibieza en su decir. “Un creyente católico –añade-, si no es frágil ni disfraza sus creencias, ha de tener buen ánimo a pesar de todo”. Y aún dice más: el “buen ánimo” del creyente viene colgado como fruto siempre maduro y seguro de las tres virtudes teologales debidamente adjetivadas y adobadas con tres adjetivos que las hacen portadores necesarias del “buen ánimo” y de más que eso. Y las enumera con sus adjetivos: una fe viva; una esperanza activa; y un amor concreto.
Me quedé pensativo unos instantes, los justos para que él expresara con brevedad lo que los tres adjetivos imprimen a la sustancia de las virtudes. Al acabar de oírle puntearlas, me dije que, si no eran finas y convincentes sus razones, ni un milímetro les faltara para serlo del todo.
Tras despedir al amigo y dejar el teléfono, yo seguia pensando y tomando nota de unas ideas que, al tener en su caso categoría de creencias, vitalizaban sin duda su ser y estar en el mundo y en la Iglesia de Cristo.
Me seguían retando con descaro y con fuerza los adjetivos de las tres virtudes. Una fe viva, una esperanza activa y un amor concreto. Retado así, no me queda otro remedio que intentar glosarle, con pobreza seguramente, pero con ilusión, porque esos adjetivos adosados a las virtudes componen a mi ver un ideario racional y afectivo de un creyente cristiano y católico, en afanes de sintonía con la anual rememoranza de la Navidad cristiana, y en clave -subsiguiente- de verse en buen ánimo a pesar de todo, al poder observarse en el cuadro que forman las tres un antídoto para el pesimismo, la nostalgia o las pesadumbres. “Buen ánimo, sí”, seguía ruibricando mi amigo cuando yo pretendía rellenar de contenido vital –humano y cristiano- estos tres adjetivos.

Fe viva quiere decir fe “vivida”, fe con palabras pero, más que con palabras, con obras.
Fe viva se opone a “fe muerta”.
“Fe viva” puede ser la fe llamada del “carbonero”, la del que cree aunque no entienda ni sepa mucho de su fe; pero es fe.
“Fe viva” puede ser la fe del pueblo, al que no se le pueden exigir exquisiteces teológicas para dar cuentas de su fe, sencillamente porque no las necesita para mantenerse en ella, porque algo de dentro le permite intuir que lo que cree tiene más seguridad y valor que lo que otros llaman verdades de la ciencia o la técnica.
Y “fe viva” es –sigo creyendo yo- la de los que –entre telarañas, nebulosas y hasta dudas (quién es el majo que, siendo hombre con límites y fronteras, se puede gloriar de no tener duda alguna acerca de Dios, cuando –como dijera Harold Bloom- a los hombres, por ser hombres, nos falta vocabulario adecuado para encararnos con lo divino)- persisten en buscar a Dios, en no darlo nunca por perdido ni extraño a su peripecia humana, en querer creer porque –sigo pensando yo- el que quiere creer ya está creyendo, por la misma razón del que quiere rezar, que ya está rezando.
“Fe viva” es fe “no muerta” del todo, porque donde hay vida, aunque sea poca o corta, hay esperanza.

Esperanza activa. Me subyuga este adjetivo que adosa con abrazo estrecho y profundo mi amigo a la virtud cristiana de la esperanza.
Hay ocasiones –y las horas de debacle o los tiempos de “odium Dei” de que habla Ortega en su Dios a la vista pueden serlo-, en que las negruras pintan más que los colores, el blanco, el azul o el verde; y tienta el desánimo; y a la esperanza se le llama o puede llamar “consuelo de bobos”. Y sin embargo, cuando “la necesidad de Dios” se presiente único asidero a que agarrarse porque todo lo demás periclita, se mueve o se vuelve “pan para hoy y hambre para mañana”, el recurso a la esperanza no es veleidad ni azar, sino camino ya de acceso a tierra firme.
“Esperanza activa” –la que no se queda quieta; la que se mueve en busca de lo que espera; la que no equivale a resignación negativa o pasiva; la que de su verde color de vida en ciernes sabe sacar hojas y flores y frutos.
“Esperanza activa”: la que no se limita a esperar, sino que se pone en camino –sin pausa- hacia lo que se espera.
Y como siempre habrá motivos para la esperanza cuando Dios -y no otros tan limitados como yo- es garante y la avala, esta esperanza en movimiento hacia Dios no sólo es posible y factible, sino que se erige en uno de los primeros síntomas de la “fe viva”.

Y amor concreto. Cuando se analiza y estudia el amor, se pierde uno. Y más uno se pierde y errante se vuelve cuando al amor se le busca por “los cerros de Úbeda”, como suele decirse vulgarmente.
El amor –esa “especie de injerto metafísico” como le llama Ortega en los Estudios sobre el amor, que hace de dos uno, porque iguala, eleva, abona empatías y sintonías hasta en la distancia de los dos o más que se quieren-… El amor –digo- no puede ser ni verse ni mucho menos vivirse en abstracto; así lo tomarán seguramente los que nada saben o sienten del amor.
El amor, para serlo de verdad, tiene que ser concreto. Ha de “encarnarse”, lo que es “aproximarse” para “compartir”. Y en eso el amor se distancia absolutamente del odio, en que el amor une para querer al otro como a uno mismo, mientras el odio –los odios, todos ellos- alejan, distancian, destruyen y –siempre que pueden- matan.
El amor -como la vida, de la que ha de ser sustancia en toda su circunstancia-, para ser veraz, ha de ser tan concreto, como han de serlo para ser bellas, las preciosas cualidades con que lo adorna san Pablo en esa “carta magna” del amor, que llena el cap. 13 de su Carta primera a los cristianos de Corinto.
Atando cabos de estas fechas, en la figura del amor concreto hasta “encarnarse”, puede muy bien atisbarse una de las vibraciones más rutilantes y agudas del Dios con nosotros, en cuanto ello esencia lo más auténtico y entero de la Navidad cristiana.
Tan concreto es el amor de Dios al hombre que basta seguir el itinerario del Pesebre al Calvario para comprobarlo. Pudo hacerlo de otro modo, pero lo hizo así, dejándose la piel por los caminos en busca de lo que amaba, que no es otra cosa que el hombre hecho a imagen y semejanza suya, aunque el mal uso de la libertad le forzara a extremar su compromiso de amor.
El amor, todo amor, o es concreto y se concreta, o no es nada.

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Fe viva. Esperanza activa. Amor concreto.
Gracias, amigo Fidel. Celebro haberte llamado ese día. Me has emulado y activado.
Que todos mis amigos –al compartir lo que pienso- me inciten, como has hecho tú, a ir cada vez más lejos en ideas y en creencias. No dañan incentivos como estos. Ayudan a ser más; y eso, en una vida humana, no tiene precio.
Buen ánimo, pues, también para el Nuevo Año.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Minucias -Argucias - Malicias 28-XII-2018

29.12.18 | 11:41. Archivado en Acerca del autor

Es bíblico el principio de que “a cada día le basta “su” malicia”. Es decir, su propio afán, su contrariedad o empeño, su tarea. Y han de ser esa tarea precisa, ese afán recurrente, esa noticia que sorprende o asombra, ese quehacer que a cada día viene asignado el plató en que la vida se escenifique, fluya y se remanse o acelere; y aprenda con ello y tome nota para esa tarea personal y colectiva de “hacerse” uno mismo, una familia, una ciudad, una sociedad, un pueblo o nación…..
Ocurre sin embargo que la vida –en tiempos acelerados como los actuales- se acelera también y los hechos acosan mucho más que en otras épocas de mayor quietud y reposo. Pasa que -por la globalización y las tecnologías- el mundo se hace más pequeño, especie de pañuelo, y todo se sabe casi al instante de suceder, y estamos al tanto inmediatamente de todo lo que pasa en todas partes, lo mismo de España que de los antípodas….. No se acaba de digerir un hecho y ya está el siguiente atosigando y pidiendo vez….
No hay tiempo ni de pensar en todo ni, menos aún, de comentarlo todo. Ni siquiera de anotar lo que unos y otros piensan, idean o hacen ante las distintas realidades. Con la particularidad añadida de que la libertad del hombre se ha vuelto tan voluble y es tan libertina que –ante cualquier cosa- las emanaciones de los hechos se multiplican de tal forma que no hay manera de seguirles el paso y se ha de contentar uno con mirarlas, verlas al vuelo por su envés y revés, limitarse a preguntarles algo fugazmente y seguir en busca de otro hecho en solicitud -inaplazable igualmente- de atención y análisis.

Hay veces, por eso, que, ante la imposibilidad manifiesta de holgarse más de la cuenta con lo que pasa o nos pasa y de hacerlo con un mínimo de pausa y buen orden, una salida para no volverse pasota o bloquearse sin saber a qué atender puede ser el método del picoteo que sugieren las palabras del encabezado: minucias-argucias-malicias…
“Minucia” se llama una cosa de poca entidad. Las “argucias” son argumentaciones hábiles y de poco monte o fuste. Y las “malicias” las refiero en mi caso, más que a señales de malignidad o maña y treta maliciosas, al mero hecho de columbrar algo raro, extraño o viscoso en las aguas del fluir de la vida que vehiculan esas noticias o hechos.
Como la inmediatez obliga y todo se repone a marchas forzadas, una elemental cortesía invita, por lo menos, a una pequeña parada en las cosas que pasan, un mariposeo más por las formas que por los fondos, aunque no sin dejar colgado al aire algún puntillo de ironía, gracejo y buen ánimo, y –por supuesto- las puertas abiertas a otras posibles reflexiones más abundantes o profundas de quienes, incitados por tan breves puntadas, se puedan avenir a seguir pulsando las cuerdas del hecho, noticia o idea, y así escuchar más en serio su música, armoniosa en ocasiones, pero con frecuencia estridente o impertinente.
Y así, como estos días son pródigos en “cosillas” de estas, que invitan a no dejarlas pasar sin decirles algo, hoy me salgo con algunas de las que -a mí personalmente- invitan a saludarlas al menos.

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- La alcaldesa tropieza. La Sra. Alcaldesa de Madrid ha sufrido dos caídas –casi seguidas- en su casa; si en la primera fueron unos puntos de sutura y nada más, con la segunda se ha roto o distendido un tobillo y tuvo que ir a quirófano…
Y como dicen que “no hay dos sin tres”, ¡cuidado, Sra. Alcaldesa!, porque también se dice que “a la tercera va la vencida”. Que la Sra. Alcaldesa goce de buena salud –pedimos- y, a la vez, que mida bien los pasos para no recrearse en las caídas… Porque también en mi pueblo aseguran que “el que tropieza y no cae adelanta camino”, lo que no impide que ese lado blanco del tropezón orille su lado negro.

- Si el hombre se vuelve malo… Estos días pasados, un policía de Barcelona mató de un disparo a un perro que, en la calle, le acosaba. A la Sra. Alcaldesa de la ciudad se le oyó decir: “Es horrible”. A parte de abrir expediente al agente –cosa por lo demás normal- acabo de oír que en una ulterior manifestación ciudadana se guardó un minuto de silencio por el pobrecito animal de compañía…..
Como creo que “nada es nuevo bajo el sol” y que “en todas partes se cuecen habas”, recuerdo que en un pueblo castellano –al morirse de viejo un perro que era la compañía única y más querida de su dueño- pidió al párroco que le hiciera un funeral…
Como así mismo era noticia estos días la ley de las “mascotas”, de la Autonomía de La Rioja, que impone por ejemplo hacer la autopsia a estos animales para esclarecer de qué murieron, con otra serie de lindezas que hablan alto y claro del grado de civilización a que ha llegado o va llegando esta sociedad llamada de “progreso”.
Encomiable –cualquiera diría- que se sigan –por fin- el ejemplo de Hitler en su veneración por los animales; que ,según informa en las Memorias una de sus secretarias, rechazaba comer carne porque le horrorizaban los mataderos….
Y, como no me cuadran bien cosas tan dispares, hago una pausa para escuchar a María Dolores Pradera entonando, como si fuera un ángel, la música de la “Milonga para mi perro”, de Horacio Guarany. Es evocadora la letra y estremece la música. “¡Qué ofensa para mi perro compararlo a gente mala!”: así termina el verso cuando la música y la voz de la cantante siguen flotando en el aire empeñadas en prolongar la poesía…

- Lo del Rey. La víspera de Navidad, Felipe VI dirigía su Mensaje de Navidad a la nación española, aunque –como es costumbre- algunas “teles” oficiales hicieron caso omiso de su obligación de retransmitirlo al ser un uso anual del Jefe del Estado. Los mismos, claro, que no acuden a los actos de la Fiesta Nacional, el 12 de octubre, y hasta no se privan, a la menor ocasión, de zaherir a quien detenta –por fas o por nefas- la primera magistratura de la nación y representa por tanto –quiérase o no- a su máximo nivel a todos los españoles.
Más de una vez he confesado que no soy monárquico pero que tampoco soy anti-monárquico; y que respeto, sin embargo, al Rey que en este momento lo es de España.
En cuanto a su discurso del pasado 24, fue el de un estadista responsable en momentos más que azarosos para el futuro de España, Defendió la Constitución –lógico por demás. Elogió la Transición en lo que fue realmente: la primera vez que, en la Historia trágica de las Dos Españas, se dieron lealmente la mano todos los contrarios –fenecido ya el “franquismo” con la ley de la Reforma Política- para -superando diferencias- buscar juntos la senda del mejor período –en todos los órdenes- de la España contemporánea. Hizo un llamamiento a la Juventud a favor de la concordia, una convivencia en paz y justicia y todo ello por la ventura de un futuro mejor…
Un amigo mío que me lo comentaba poco más tarde me dijo algo premonitorio: a poco que me descuide, me haré monárquico. Y yo también, le repuse.

- Lo de Vox. Casi no sabía yo que hubiera en España un partido político llamado Vox. Me sonaba algo por su presencia como acusación particular contra el “procés” y el golpismo separatista catalán –cosa, por cierto, nada negativa, y que no hicieron otros ante la sedición y el empeño de romper España por parte de los “ventajistas catalanes”. Se destapó con el resultado de las elecciones andaluzas, en las que obtuvo cuatrocientos mil votos y 12 escaños.
Cundió de inmediato el miedo, quizás el pavor, entre los eternos creídos de que “su verdad” es “la verdad”, y de inmediato empezaron a caer sobre la casi desconocida formación –nunca ha gobernado ni en un ayuntamiento- las peores pedradas que –ahora mismo- algunos políticos acostumbran a poner como “sambenito” de maldición públicas sobre las espaldas del denostado enemigo: “fascista”, “racista”, “anti-feminista”, “anti-europeo”, “extremista”… Topicazos generalmente o maldades, porque, si aún no ha tocado poder, ¿cómo se le puede acusar de lo que no ha ni ensayado todavía? Si en el mus –juego de trampas y engaños- la “palabra no hace juego” ¿lo ha de hacer en la política, que es -si nos atenemos a lo de Ortega- “el imperio de la mentira”, al tomar la utilidad por verdad?.
El caso es también que, ante la campaña orquestada por el miedo y los intereses, mi amigo –el mismo de antes- me decía lo que ante lo del Rey; a poco que se descuiden votaré a Vox. Yo me lo plantearé también, le respondí. Por lo sospechoso que resulta quien insulta por interés.

- La rueda de prensa del Sr. Presidente tras el Consejo de Ministros de hoy mismo. No tiene desperdicio si por eso entendemos ligereza, cuento, incongruencias múltiples, los postureos de costumbre y alguna que otra golosina para entretener, deleitar o emgatusar al personal.
Y en ella lo del resquemor agudo –se le nota- a la sorpresa de Vox en Andalucía.
Cualquiera se pregunta. ¿Con qué cara se puede –lo ha hecho en la rueda de prensa- poco menos que anatematizar a Ciudadanos y al PP por contar con los votos de Vox en Andalucía, cuando él sacó adelante la posición de censura y se mantiene en el Poder con los votos y el apoyo de extremistas de izquierda como Podemos, golpistas como los separatistas catalanes y hasta Bildu y los amigos del terrorismo etarra?. Su salida –en la misma rueda de prensa- de que no es lo mismo la moción de censura que lo de formar gobierno en Andalucía, si no fuera risible en sí misma, sería el deleite de Maquiavelo y su consigna de que el fin –sobre todo si es el de uno- vale para justificar los medios.
Como glosa breve a las argucias podrían valer unos interrogantes, para esto y para otras similitudes de estos días. ¿Nos siguen tomando por idiotas? ¿Nos vamos a dejar que nos sigan tomando por subnormales? Y como hasta las 12 de la noche es 28 de diciembre, ¿se tratará de otra “inocentada”?

- Lo de Jose Mari Múgica.
Fui amigo de Fernando Múgica Herzog y mis vivencias con él, a pesar de nuestras distancias en tantas cosas y quizás por eso, aún residen en mí como de las mejores experiencias de una vida. Podría escribir un libro para relatarlas. A Jose Mari lo conozco y a Fernando y Rubén también; lo mismo que a Mapi Heras.
Tan sólo diré hoy dos cosas.
Primera. La reacción de José Mari, de ayer mismo, tras contemplar el desvergonzado compadreo de la Secretaria del Psoe en Euskadi con el super-batasuno Arnaldo Otegui, en -al menos aparente- feliz camaradería, de darse de baja en el partido que mamó desde niño es de una dignidad humana tan colosal y de una coherencia tan superlativa que las palabras sobran para el encomio. Del mismo modo que lo otro –lo del compadreo referido- es un insulto no sólo a la inteligencia sino a esa misma dignidad humana que José Mari ha visto por los suelos al contemplar la foto.
Segunda. El comentario del Sr. presidente del gobierno, al ser preguntado por esa reacción en la rueda de prensa –soslayar y quitar importancia-, se hace inexplicable en qujien no sea o parezca insensible a los valores humanos.
Como este gesto de darse de baja honra y dignifica a Jose Mari, anto como deshonra a “otros”, prometo volver sobre lo mismo mañana o pasado, por débito a la verdad y a la gran amistad que mantuve con Fernando.

- La felicitación de Carmen. Mari Carmen es una señora de Rentaría. Acabo de recibir su felicitación y copio a la letra sus últimas palabras. “Cuando reces estos días, mira al Infante que ha nacido en un establo, que –por ser el Rey de los cielos- no quiso en la tierra palacios”.
Si a esta lección magistral de verdad teológica navideña, en una mujer sin cualificación especial alguna, pero mujer, no le hiciera un leve brindis de comentario, me sentiría mal. Y mi comentario se reduce a esto: ¿Hay quién dé más?
Afanarse por vivir en palacios –con todo lo que esta palabra encubre- es cosa de hombres; a veces de medio-hombres. Dios no lo necesita para ser Dios. O quizás mejor, no lo hace ni pretende porque es Dios.
Una gran lección en la pluma de una mujer de las que no necesitan de “feminismos” deconstructores de la mujer para ser mujeres de verdad.

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Y baste ya por hoy a esta serie de minucias, argucias y malicias, que a veces no lo son tanto como vemos.
Y para terminar y a tono con alguna de las “minucias” dichas, un doble recuerdo.
El de lo que me dijera tantas veces mi amigo, notario francés y personaje cargado de sensatez, experiencia y sus pequeñas retrancas ante las “malicias” de la vida, Carlos De Launet: “los perros sólo tienen un defecto; que se fían de los hombres; en lo demás, pudieran ser “santos”; “pero –añadía- lo malo es que por eso no dejan de ser perros”….
Y lo que dije, en un artículo publicado por mí el año 2002, en el diario ABC, con ocasión de una polvareda levantada a propósito de las llamadas “violencias de género”: que quien maltrata a una mujer, como quien maltrata a los animales, no anda lejos de los síntomas de la “psicopatía”. Las palabras textuales fueron estas: “El criterio que, con el derecho y las ciencias del hombre en la mano, se mantiene con razón es el de presumirse que una persona que causa mal trato a un ser humano -cónyuge, hijos, amigos, enemigos incluso, y hasta por extensión a otros seres de la creación como animales o a la naturaleza misma, va sembrando al paso señales de anormalidad psicológica”.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Salutación - Feliz Navidad 22 - XII -2018

23.12.18 | 20:27. Archivado en Acerca del autor

Por Navidad se vive la vida como en todo tiempo se vive, en sus naturales flujos de comedia, drama o tragedia; de sainete o vodevil; de esperpento, zambra o farsa; en romanza de amor o en elegías de sentimiento y pena...
Por Navidad pasan cosas como en todo tiempo pasan. Las gentes rien, lloran, cantan o bailan, bromean, cuentan historias y dicen chistes, hacen el cursi o el ridículo, el “tancredo” y el “macaco”, el gordo y el flaco, el listo y el tonto….
Por Navidad, como en cualquier otro tiempo, el hombre que sabe y quiere, puede rezar también. Rezar con palabras o con deseos, con gestos y postureos o de corazón, como en cualquier otro tiempo se puede rezar…
Es decir, por Navidad puede hacerse todo lo que en otros tiempos se hace. Y sin embargo no es lo mismo hacer eso en este tiempo que en cualesquiera otros días y tiempos.

Los turrones; el rojo encendido de la casaca o el gorro de papá Noel; el mazapán; las uvas de cierre del año; la lotería del 22; las burbujas azogadas del cava o el ”campagne”; y hasta esa especie de afán de todos o de casi todos por tender la mano al “otro” y desearle felicidad hasta cuando la felicidad parece remisa o ausente… son cosas que, siendo muy propias de la Navidad, no son la Navidad. No está en todo esto lo que de verdad diferencia lo hecho por Navidad de lo mismo, pero hecho en otros tiempos, otros días u otras horas. Se puede tomar turrón o brindar con cava en agosto, pero el cava y el turrón de agosto no serán, ni de lejos, los de la Nochebuena, el Año nuevo y Reyes.
Es que estas cosas –hechas en o por la Navidad- tienen “algo especial”, un diferente modo de ser y de hacerse. Este “modo” es y se llama “Dios con nosotros”; es el “Emmanuel” soñado desde los más lejanos ancestros que toma cuerpo estos días y dice algo a muchos, hasta cuando ese “algo” se limita a empapuzarse con polvorones, atragantarse con las uvas o tomar a broma que “un niño” -en un portal y entre animales- haya podido causar tanto alboroto en la historia del mundo. La Navidad tiene algo, trae algo y dice algo, incluso a bastantes de los que no creen en ella.

Sea lo que sea o pueda ser para otros, lo cierto es que, para el creyente cristiano, este grandioso “modo” es el hecho determinante; la especial circunstancia que hace de estas fechas lo que no son ni pueden ser otras fechas.
Que los amigos de lo ajeno plagien o quienes andan fuera de la circunstancia y el modo de la Navidad pretendan imprimirle otro color u otro sabor es cosa suya y distinta; pero la estridencia solemne de colgar a la Navidad lo que no es nada quita a la gran verdad de la Navidad. Y es que los refugios o desahogos fuera de la verdad de las cosas se llaman sucedáneos. Y como siempre cabe una libertad que prefiera el sucedáneo a lo auténtico o lo falseado a lo verídico, no habrá que rasgarse por eso los vestidos, ya que verdad es también que, por tal preferencia, el sucedáneo nunca dejará de serlo; y lo otro, seguirá siendo, a pesar de todo, lo auténtico.

A lo que voy con estos preludios.
Si la verdad de la Navidad está en el modo “Dios con nosotros”; y si este modo tuviera la virtud de decir algo al creyente cristiano, que le mereciera la pena y le sirviera para explicar cosas que, fuera de ello, bordean el absurdo o caen de lleno en él, ¡albricias, amigos!, porque –si tal sucediera- creo plenamente en el gran sentido y alcances que tiene decirnos, estos días, unos a otros: FELIZ NAVIDAD.

Pues bien, esto deseo para vosotros, mis queridos amigos: el fino deleite de una villancico; el brindis de una buena palabra o un buen deseo; desarmar el alma, aunque sólo sea por unos días; y entonar –sobre todo entionar- a coro con los ángeles del Portal, el himno-arquetipo de la Navidad cristiana: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra para los hombres de buena voluntad”.
Gloria y Paz van juntas. Muy loco de amor debía estar Dios para hacerse hombre, como expresara Albert Camus. Pues lo hizo y por ello merece máximo respeto y alabanza. Y frente a la guerra, cualquiera que sea, Él es la paz. La muestra de un camino de convivencia. Y como de la paz a la felicidad hay poco trecho, muy bien cae felicitarnos estos días con deseos y con obras de amor y de paz.
En esto, y sólo en esto, veo yo la mejor delicia y el más gustoso sabor de los turrones y los mazapanes, la gracia exquisita y alada de los villancicos y hasta la razón entera de los regalos y brindis familiares que hacemos por Navidad.

POR ESO, ¡FELIZ NAVIDAD!
Para vosotros, mis buenos amigos.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Flash vivo y a bote pronto - Humillados y ofendidos 21-XII-2018

21.12.18 | 21:30. Archivado en Acerca del autor

La cumbre de la vergüenza. Las dos palabras “cumbre” y “vergüenza” encajan referidas a la doble “seance” del gobierno, ayer y hoy, en Barcelona. Si reunirse con el impresentable Sr. Torra en los términos de ayer es, en sí, una mayúscula bajada de pantalones, impropia de los usos políticos y sociales normales, no le va en zaga el Consejo de ministros de hoy, con su retahíla de fachendas que lo sitúan en coordenadas de provocación por un lado –la de los que necesitan “armarla” para sentirse “mayores”- y de candidez por otro –la de los que –ingenuos en sus cálculos políticos por pragmáticos que pudieran parecer o ser- no dudan en ponerse a merced de los enemigos de España y los españoles en un trapicheo que sería cómico si, visiblemente, no dejara entrever las trazas de lo dramático.

Humillados y ofendidos. Los dos adjetivos del título de la gran primera novela de Dostoyevski -con lo de “humillados” invitando a sentirse doblegados y puestos de rodillas ante la provocación separatista catalana y con lo de “ofendidos”, a verse despreciados y dañados en la propia dignidad cívica- vienen como anillo al dedo de cara al desencanto, la frustración, el cabreo y hasta la gota que colma el vaso de la mayoría de este pueblo, el español, que no se merece verse tan mal tratado.

A bote pronto definía esta mañana la “tournée” un analista: ni los provocadores separatistas catalanes han podido llegar a más, ni España y los españoles a menos. Por más que dejemos de lado al gobierno, que al “affaire” seguramente porta en la recámara del “plan” otras balas que las que aparecen en boca de los interesados y asociados, es decir del gobierno y de los del “diálogo” por encima de todo, a pesar de todo y a costa de lo que sea. Vamos, un prodigio de compañerismo y buena vecindad.

Otro analista del caso, al contabilizar los sucesos de ayer y hoy, rememoraba la Historia universal de la infamia, de Borges. No los daba por metidos del todo en ella, pero no andaba lejos.

No es cumbre, ni mini-cumbre siquiera, sino sesión de trabajo y diálogo, decían los de una bancada. No se lo creen ni los mismos que lo afirman, remedaban otros.

Es política de fondo, dicen algunos. Y los frutos de esta política se verán más tarde. Seguro que se verán, apostillaban otros enseguida; pero tal vez cuando ya sea demasiado tarde.

Una mujer socialista, muy versada en lides y trucos de envés y revés como los de ahora, no dudaba en lamentarse a fondo y decir, en superficie, en su twist de la mañana, que este señor está humillando la dignidad de los españoles y que ya no es lícito ni honesto, mirar para otro lado; ni aplacarse a la sombra de presuntas buenas voluntades ni encogerse de hombros, sino que es hora de tomar buena nota y acabar cuanto antes con la situación. Porque a España y a todos los españoles nos va mucho y muy peligrosos en el envite.

Otro más apuntaba mitad sombrío, mitad profético. No soy pesimista, pero estoy muy pesimista. “Yo, también” saltaban a coro y en el acto quienes le escuchaban.

Total, que en el ambiente a la mano predomina el negativo sobre lo positivo en el balance crítico-valorativo de las “sesiones” de ayer y hoy, de la inclasificable “tournée” del gobierno en Barcelona.

Y ya para terminar, como es un flash vivo y además a bote pronto, creo que procede cerrarlo con lo mismo de otras ocasiones parecidas, pero aumentándolo de tamaño, porque las circunstancias lo parecen exigir.
¡Espabila, pueblo!. Que ya no es que parezca que te toman el pelo o que se ríen de ti. Ni que te consueles vislumbrando caprichos de pasión o ansias locas de poder en los que te mandan. Ni siquiera que sientas que te están segando la hierba bajo los pies. Es que lo último, lo de ayer en Pedralves y lo de hoy en torno al Consejo de Ministros, es una total inversión de lo que “debe ser” en verdad, en justicia y no digamos en democracia; y por supuesto en befa de todos los que, siendo y sintiéndose españoles, ven cómo sus máximos representantes van de la mano de quienes los insultan con graves y falsas imputaciones y desprecios y tratan, además, de minar las bases de su convivencia y de su futuro en paz y en bienestar.
Y a los que dicen –ayer o anteayer se les ha oído entonarlo de nuevo- que el “patriotismo” del “diálogo” -de este diálogo concretamente y en estas condiciones y circunstancia- es muy superior y preferible al de ”balcón” o de “banderas”, habría que decirles que “menos lobos” de realce de diálogos como este; que hay diálogos que de tales no tienen otra cosa que el nombre.

Habría otras muchas cosas que decir sobre la doble “seance” catalana. Habrá tiempo de decirlo; y en todo caso, el tiempo lo dirá. Sin duda. A menos que el pueblo “espabile”, tome nota y –a la hora de la verdad y con el voto en la mano- ponga a cada cual en el sitio que se merezca, según la ley de la buena y sana democracia.

SANTIAGO PANIZO ORALLO


Lunes, 21 de enero

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