Mucho me temo que habrá un próximo caso Alakrana, o sea, otro secuestro marítimo. De producirse, ¿habremos aprendido la lección?
Hablemos del despelote, del despelote físico, se entiende.
Mientras no moleste al prójimo, uno puede hacer de su capa un sayo, y de su cuerpo, una obra de arte. Como aquella niña artista, Marisol, que pasó de crisálida a espléndida mujer en las hermosas fotos sin ropa que le hizo hace décadas César Lucas.
La primera pregunta sobre el embrollo de las Cajas debe ser: ¿a quién benefician estas entidades financieras?
Mi respuesta, cínica, lo sé, resulta bien sencilla: a la clase política. Han leído bien: no a los ciudadanos, ni siquiera a los impositores, menos aun a eso tan abstracto denominado la región; sino a los políticos.
La rama valenciana del caso Gürtel es, quizá, lo menos significativo y relevante de la corrupción política que nos anega. Los muchos o pocos duros afanados por El Bigotes con burdos halagos a cuatro personajillos no son nada comparable a lo sucedido en Boadilla del Monte, Santa Coloma y otros puntos de la geografía hispana. Sólo la hábil y dosificada filtración de conversaciones bochornosas, por un lado, y la atónita inacción inicial de los afectados, por otro, explican la trascendencia de un asunto que posiblemente finalice sin consecuencia penal alguna.
No entiendo cómo tres siglos y medio después de su última independencia los portugueses siguen siendo tan amables con nosotros. Como si lo mereciéramos.
Como el dopaje en el deporte, la corrupción política ha existido siempre. Ahora, análisis más científicos, en un caso, y jueces más competentes, en otro, permiten su eclosión manifiesta.
Aún está por ver a quién perjudica más la non-nata fusión de las Cajas de Ahorro de Castilla y León. En cambio, el beneficiario, siempre, y por definición, será la clase política dominante.
Una vez más, los presupuestos generales del Estado han quedado en manos de partidos regionales —esta vez el PNV y Coalición Canaria— más centrados, con plena legitimidad, en los intereses de sus comunidades que en los de España.
He llegado a la terrible conclusión de que no existo.
Nadie pincha mis conversaciones telefónicas, en las que tendría entonces que hablar en clave, como Correa y El Bigotes. Tampoco se graban mis comentarios fuera de micro, como a Zapatero o Rajoy, diciendo “¡vaya tostón!” o cosas aun peores.
En una reciente encuesta, el 87 por ciento de los comerciantes de Segovia opinaba que su situación económica es mala. El 13 por ciento creía que lo peor aún está por llegar.
Las cifras son extensibles a otras localidades donde el pequeño comercio ha venido vertebrando históricamente desde nuestros hábitos de consumo hasta las relaciones sociales, desde los itinerarios urbanos hasta las normas de conducta. Sin él, pues, nuestra sociedad resultaría algo muy diferente a lo que ha sido hasta ahora.
Con un 18 por ciento de paro en Salamanca y otro 20 por ciento de funcionarios, ya me dirán.
El que haya puesto deliberadamente juntas ambas cifras no pretende ser demagógico, sino que quiere mostrar su carácter sintomático. Solamente la sanidad —primera industria local—, con 5.300 trabajadores, ocupa casi cuatro veces más personas que la mayor empresa privada, el Grupo Limcasa, con 1.500 empleados.
Somos tontos. Somos suecos. O somos ambas cosas a la vez.
He visto estos días la cara de estupefacción de militantes y dirigentes del PP que defendieron con diligente disciplina las consignas de Rajoy, Camps o Esperanza Aguirre de que el caso Gürtel sólo era un montaje y que ahora, conocida la extensión y la mezquindad de la trama, se sienten con el culo al aire.
Domingo, 22 de noviembre
JUAN JULIO ALFAYA
Paco Sande
Francisco Rubiales
Rufino Soriano Tena
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Vicente Torres
Pedro Fernández Barbadillo
Manuel Molares do Val
Jesús Montesinos