A contracorriente, el blog de Enrique Arias Vega

La verdad sobre los Juegos de Barcelona

26.07.17 | 05:53. Archivado en Artículos

Los Juegos Olímpicos en Barcelona fueron una decisión personal de Juan Antonio Samaranch, a la sazón presidente del COI.

Tan seguros estábamos en El Periódico de Catalunya —que entonces yo dirigía— de la designación de la capital catalana, que en octubre de 1986 fui a Lausana a cubrir personalmente ese evento y escribí la crónica de la elección de Barcelona incluso antes de haberse producido.

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Miedo a escribir

19.07.17 | 07:14. Archivado en Artículos

Ahora que las redes sociales están inundadas de psicópatas que las llenan de barbaridades, insultos y mentiras, los periodistas de siempre (al menos, un servidor) tenemos un respeto mayúsculo a escribir, un respeto rayano en el miedo.

Resulta que nosotros sólo podemos opinar según unas directrices basadas en lo políticamente correcto. Salirse de ellas supone ser considerado como un retrógrado, un facha o un imbécil, caracterizaciones todas ellas que nadie desea.

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El dulce placer de destruir

13.07.17 | 06:02. Archivado en Artículos

Los recientes disturbios en Hamburgo por la cumbre del G-20 no son más que un ejemplo del afán de destruir como método de acción política.

No hago, al decir esto, un juicio moral sobre la idoneidad de dichas acciones. Cada uno reacciona a su manera ante las posibles injusticias de la sociedad: unos, investigándolas; otros, proponiendo alternativas; el resto, simplemente cabreándose.

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Cataluña y Europa

03.07.17 | 06:51. Archivado en Artículos

El Estado español ya ha fracasado en Cataluña. Sólo así se explica que donde había un tres o un cuatro por ciento de independentistas hace treinta años, la cifra se aproxime ahora al cuarenta por ciento.

Por eso, resulta irrelevante que el referéndum ilegal de autodeterminación se celebrase el día 1 de Octubre o más tarde. O que, más probablemente, fuese sustituido por una confrontadora Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Lo sintomático y lo grave es que ha crecido exponencialmente un sentimiento de desafección hacia la comunidad española y los sentimientos, ya se sabe, no pueden reprimirse.

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Lo progre y lo carca

27.06.17 | 06:42. Archivado en Artículos

Resulta que ahora lo progre es oponerse al comercio mundial: por ejemplo, a esos tratados, como la CETA, que amplían el intercambio de bienes y servicios entre Europa y Canadá.

No importa que esos tratados abaraten costos y beneficien a productores y consumidores: al parecer, la hipotética posibilidad de que cuestionen algún futuro derecho de esos beneficiarios los convierte en malditos, pese a sus clarísimas ventajas sociales.

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Qué ganará y qué perderá el PSOE de Pedro Sánchez

20.06.17 | 22:32. Archivado en Artículos

Gracias a la crisis social, moral y política de España (y también económica, aunque en este orden), los militantes del PSOE están más a la izquierda que antes.

A esa evidencia ha sabido adaptarse Pedro Sánchez, ganando las elecciones internas socialistas con un mensaje que aboga por destruir al PP, pero que no da ninguna receta de cómo construir un futuro alternativo mejor. La fotografía última de su Congreso triunfal, con una Ejecutiva mayoritaria de puños en alto, recuerda más al PSOE de hace cuarenta años, antes de que Felipe González le hiciese abjurar del marxismo, que a los partidos de la socialdemocracia europea de hoy. La suya no es, pues, una imagen de progreso, sino de regreso; no parece afrontar el porvenir, sino simplemente añorar el pasado.

Los militantes del PSOE no sólo se han ido desplazando hacia la izquierda, sino que también son menos numerosos que antes. Lo acaba de reconocer el nuevo portavoz del partido, Óscar Puente, invitando a volver al redil a los afiliados fugados durante los últimos años.

Pero lo importante para que un partido gane elecciones y llegue al poder (como lo ha hecho el PSOE, repetidamente, con anterioridad), no son tanto los militantes como los votantes. ¿Dónde están, por consiguiente, los electores perdidos?, ¿cómo hacer para recuperarlos?

Con un partido socialista más a la izquierda, se recobrarán, a buen seguro, los votantes idos a Podemos. Pero esa indudable ganancia puede verse compensada con los electores más centristas, que se escaparían por su derecha. Aunque, para su consuelo, el PP tampoco lo tiene mejor, con muchos votantes asqueados por la corrupción, pero que tampoco recalarían en un PSOE izquierdista y plurinacional (por muchas apelaciones formales que se hagan a la socialdemocracia) y que se irían a otras formaciones del centro-derecha.

Total: que las sumas y restas pueden darle al PSOE una ganancia cero, pero sí pueden, en cambio, perjudicar a Podemos. En definitiva, la estrategia de Pedro Sánchez puede, pues, ser buena para que su partido fortalezca su hegemonía dentro de la izquierda, pero puede acabar dañando a ese espacio político en favor del centro-derecha, con un Ciudadanos que resultaría beneficiado con sólo recoger los náufragos que queden a ambos lados del espectro electoral español.


Vergüenza de ser español

12.06.17 | 18:52. Archivado en Artículos

No conozco ningún otro país en el que tantos nacionales pertenecientes a él se avergüencen de serlo.

Algún motivo grave debe haber para ello, aparte del sentimental, por supuesto, el cual resulta incuestionable: no les gusta su país o no quieren formar parte de él y punto. Bastantes de ellos, incluso, en vez de ayudar a mejorar la presunta triste condición de sus compatriotas, los insultan: “los españoles son un asco”, dicen, “cuando oigo la palabra España me dan ganas de vomitar”, y otras lindezas por el estilo.

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12.06.17 | 18:51. Archivado en Artículos

No conozco ningún otro país en el que tantos nacionales pertenecientes a él se avergüencen de serlo.

Algún motivo grave debe haber para ello, aparte del sentimental, por supuesto, el cual resulta incuestionable: no les gusta su país o no quieren formar parte de él y punto. Bastantes de ellos, incluso, en vez de ayudar a mejorar la presunta triste condición de sus compatriotas, los insultan: “los españoles son un asco”, dicen, “cuando oigo la palabra España me dan ganas de vomitar”, y otras lindezas por el estilo.

Llevo muchos años reflexionando sobre ello y creo que hemos debido hacer algo muy mal quienes nos sentimos españoles y nos congratulamos de serlo. Y lo hacemos ni más ni menos que los polacos respecto a su país o los ecuatorianos respecto al suyo. ¿Acaso el nuestro es peor?

Pues resulta que no.

Desde el punto de vista económico somos al menos la duodécima potencia mundial, con el grado de bienestar correspondiente a ese ranking. Nuestra sanidad está entre las tres mejores del planeta y tenemos mayores prestaciones que casi todos los países en acceso a la enseñanza, ayuda a los discapacitados, beneficios a los colectivos más vulnerables, etcétera, etcétera. Y también, dicho sea de paso, la red de comunicaciones más completa y variada con posibilidad de elegir autopistas, autovías, trenes de alta velocidad y aeropuertos cercanos para un mismo trayecto (hacia nuestra segunda residencia en la mayoría de ocasiones).

No hablemos ya de los derechos civiles, con un régimen de libertades casi ilimitado, garantías judiciales, debates parlamentarios (en vez de los mamporros entre diputados que presenciamos en otros países)…
Aunque nosotros no parecemos darnos cuenta de ello, sí lo hacen, en cambio, los más de 70 millones de turistas que nos visitan y las decenas de miles de extranjeros que vienen cada año para quedarse con nosotros porque creen que aquí vivirán mejor que en sus países de origen, aunque se trate de jubilados alemanes, noruegos o británicos.

Y lo que hemos hecho mal la gente normal, la que se da cuenta de todo esto, ha sido no ponerlo en valor y permitir que otros, con menos luces o más odio injustificado hacia sus semejantes, tergiversen la realidad, la historia, los hechos, las palabras y hasta los conceptos.

Por supuesto que todo es mejorable. Pero si el camino para hacerlo es imitar a los países que padecen hambre y dictaduras, volver atrás hacia lo peor de nuestra historia o fragmentarnos en banderías estériles, vamos dados.


12.06.17 | 18:51. Archivado en Artículos

No conozco ningún otro país en el que tantos nacionales pertenecientes a él se avergüencen de serlo.

Algún motivo grave debe haber para ello, aparte del sentimental, por supuesto, el cual resulta incuestionable: no les gusta su país o no quieren formar parte de él y punto. Bastantes de ellos, incluso, en vez de ayudar a mejorar la presunta triste condición de sus compatriotas, los insultan: “los españoles son un asco”, dicen, “cuando oigo la palabra España me dan ganas de vomitar”, y otras lindezas por el estilo.

Llevo muchos años reflexionando sobre ello y creo que hemos debido hacer algo muy mal quienes nos sentimos españoles y nos congratulamos de serlo. Y lo hacemos ni más ni menos que los polacos respecto a su país o los ecuatorianos respecto al suyo. ¿Acaso el nuestro es peor?

Pues resulta que no.

Desde el punto de vista económico somos al menos la duodécima potencia mundial, con el grado de bienestar correspondiente a ese ranking. Nuestra sanidad está entre las tres mejores del planeta y tenemos mayores prestaciones que casi todos los países en acceso a la enseñanza, ayuda a los discapacitados, beneficios a los colectivos más vulnerables, etcétera, etcétera. Y también, dicho sea de paso, la red de comunicaciones más completa y variada con posibilidad de elegir autopistas, autovías, trenes de alta velocidad y aeropuertos cercanos para un mismo trayecto (hacia nuestra segunda residencia en la mayoría de ocasiones).

No hablemos ya de los derechos civiles, con un régimen de libertades casi ilimitado, garantías judiciales, debates parlamentarios (en vez de los mamporros entre diputados que presenciamos en otros países)…
Aunque nosotros no parecemos darnos cuenta de ello, sí lo hacen, en cambio, los más de 70 millones de turistas que nos visitan y las decenas de miles de extranjeros que vienen cada año para quedarse con nosotros porque creen que aquí vivirán mejor que en sus países de origen, aunque se trate de jubilados alemanes, noruegos o británicos.

Y lo que hemos hecho mal la gente normal, la que se da cuenta de todo esto, ha sido no ponerlo en valor y permitir que otros, con menos luces o más odio injustificado hacia sus semejantes, tergiversen la realidad, la historia, los hechos, las palabras y hasta los conceptos.

Por supuesto que todo es mejorable. Pero si el camino para hacerlo es imitar a los países que padecen hambre y dictaduras, volver atrás hacia lo peor de nuestra historia o fragmentarnos en banderías estériles, vamos dados.


12.06.17 | 18:50. Archivado en Artículos

No conozco ningún otro país en el que tantos nacionales pertenecientes a él se avergüencen de serlo.

Algún motivo grave debe haber para ello, aparte del sentimental, por supuesto, el cual resulta incuestionable: no les gusta su país o no quieren formar parte de él y punto. Bastantes de ellos, incluso, en vez de ayudar a mejorar la presunta triste condición de sus compatriotas, los insultan: “los españoles son un asco”, dicen, “cuando oigo la palabra España me dan ganas de vomitar”, y otras lindezas por el estilo.

Llevo muchos años reflexionando sobre ello y creo que hemos debido hacer algo muy mal quienes nos sentimos españoles y nos congratulamos de serlo. Y lo hacemos ni más ni menos que los polacos respecto a su país o los ecuatorianos respecto al suyo. ¿Acaso el nuestro es peor?

Pues resulta que no.

Desde el punto de vista económico somos al menos la duodécima potencia mundial, con el grado de bienestar correspondiente a ese ranking. Nuestra sanidad está entre las tres mejores del planeta y tenemos mayores prestaciones que casi todos los países en acceso a la enseñanza, ayuda a los discapacitados, beneficios a los colectivos más vulnerables, etcétera, etcétera. Y también, dicho sea de paso, la red de comunicaciones más completa y variada con posibilidad de elegir autopistas, autovías, trenes de alta velocidad y aeropuertos cercanos para un mismo trayecto (hacia nuestra segunda residencia en la mayoría de ocasiones).

No hablemos ya de los derechos civiles, con un régimen de libertades casi ilimitado, garantías judiciales, debates parlamentarios (en vez de los mamporros entre diputados que presenciamos en otros países)…
Aunque nosotros no parecemos darnos cuenta de ello, sí lo hacen, en cambio, los más de 70 millones de turistas que nos visitan y las decenas de miles de extranjeros que vienen cada año para quedarse con nosotros porque creen que aquí vivirán mejor que en sus países de origen, aunque se trate de jubilados alemanes, noruegos o británicos.

Y lo que hemos hecho mal la gente normal, la que se da cuenta de todo esto, ha sido no ponerlo en valor y permitir que otros, con menos luces o más odio injustificado hacia sus semejantes, tergiversen la realidad, la historia, los hechos, las palabras y hasta los conceptos.

Por supuesto que todo es mejorable. Pero si el camino para hacerlo es imitar a los países que padecen hambre y dictaduras, volver atrás hacia lo peor de nuestra historia o fragmentarnos en banderías estériles, vamos dados.


Por qué puede ganar Jeremy Corbyn

05.06.17 | 07:25. Archivado en Artículos

El reiterado terrorismo islámico ha evidenciado las carencias del Gobierno de Theresa May en materia de seguridad. No son las únicas, por desgracia para ella. La inanidad política de la líder conservadora, que no se parece en nada a Margaret Thatcher, como pretendieron colarnos sus valedores, ha provocado que su ventaja preelectoral de veinte puntos sobre el laborismo haya queda reducida a sólo cinco en pocos meses.

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Los mejores 30 años

01.06.17 | 20:55. Archivado en Artículos

Estoy pensando en rotular mi propia vida como ciertos establecimientos comerciales. Así: Enrique Arias Vega, abierto en 1943; próxima clausura por liquidación de existencias.

No es que uno sea morboso ni que piense dejar todo esto deprisa y corriendo. No.

Lo que sucede es que, con tanta apelación negativa a la “memoria histórica”, uno acaba de echar su propia mirada retrospectiva y reconoce que ha tenido muchísima más suerte que casi todas las generaciones de españoles. Algo que jamás habría creído cuando padecía la dictadura del General Franco y militaba en la oposición clandestina de izquierdas.

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Viernes, 20 de octubre

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