A contracorriente, el blog de Enrique Arias Vega

Estamos incomunicados

24.07.18 | 16:15. Archivado en Artículos

Tras el vuelo de Bilbao a Valencia, el otro día, un pasajero comentó: “Me despide el Botxo con un letrero más grande en euskera que los de inglés y español y me encuentro a mi llegada con un rótulo en valenciano mayor que los de los otros dos idiomas”. “Seguro que es para que todo el mundo se entere de lo que ponen en ellos”, ironizó.

“Pues ya verá aquí —apostillé—, el alcalde, Joan Ribó, hace todas las alocuciones institucionales solo en la lengua regional; a no ser que se trate de sanciones u otra cosa especial que le interese que nadie pueda ignorar”.

Al parecer, lo menos importante en nuestra política lingüística es que los ciudadanos nos comuniquemos cabalmente unos con otros; lo contrario a lo que ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos, donde no existe idioma oficial alguno, pero todo el mundo trata de hablar inglés para entenderse con los demás. Luego, si quiere puede hasta pedir clases gratuitas en búlgaro o en la lengua familiar que le venga en gana.

Llevado entre nosotros ese sinsentido hasta el extremo —como se lleva—, nos encontramos con que a los médicos de Baleares se les exige que hablen catalán y no español o que a un infractor de tráfico se le quite una multa por argüir que no entendió una señal que estaba escrita en lengua vernácula en vez de en la común de todos los ciudadanos.

Nos hemos pasado pues cuatro pueblos, como creo, al fomentar las lenguas diferenciadas, en vez de las comunes. Y no lo digo yo, sino el Tribunal Superior de Valencia, al anular 11 artículos de la reciente ley que prima el uso del valenciano por parte de la Generalitat.

En esta política de favorecer el plurilingüismo autóctono, hemos llegado a pervertir la lógica de las instituciones, como acaba de hacer el nuevo director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, al decir que “impulsará las distintas lenguas españolas”, algo que, en su ámbito respectivo, no hacen con sus idiomas particulares, por ejemplo, el British Council o el Instituto Confucio, pese a que en el país de Xi Jinping, además del chino, existen otras 55 lenguas.

Aquí, si de verdad se quisiera favorecer la promoción de las distintas lenguas nacionales, podría hacerse ayudando desde al Institut d’Estudis Catalans hasta a la Real Academia Galega y nadie se rasgaría las vestiduras por ello. Pero no.


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