En lo personal se hallan en las antípodas. Silvio Berlusconi es de una ostentosa y obscena voluptuosidad. Paco Camps, en cambio, muestra un conservadurismo austero, rayano en lo ascético.
A ambos personajes los une, en cambio, su absoluto apego al poder y la convicción de que las urnas los exculparán de cualquier imputación de tipo penal, confundiendo así la política con la justicia.
Siendo tan distintos, y hasta opuestos, entre el italiano y el valenciano habría otros paralelismos.
Uno, el más frívolo, es la existencia de terceros causantes de sus pesares. El de Berlusconi, enredado en asuntos de amor y sexo, ha sido la joven Ruby, presuntamente metida en sus orgías. Para Camps, liado solo con grandes eventos ciudadanos, lo fue El Bigotes, quien lo utilizó para hacerse rico.
Pero lo más significativo de ambos casos es la obsecuente actitud de los miembros de sus partidos, refractarios a cualquier crítica o imputación, ataque o descalificación, y que se apiñan en torno al líder, sabedores de que su futuro político va indefectiblemente unido al de él.
En eso, los países mediterráneos, con partidos de obediencia casi militar, no se parecen a los anglosajones, donde cualquier diputado puede votar contra su jefe y hasta obligarle a dimitir, como le ocurrió a Margaret Thatcher. En ellos se puede ir a la cárcel, como el alcalde de Washington Marion Barry, y volver como si nada a la política. En los otros, en cambio, una condena, aunque sea simbólica, arruina para siempre la reputación personal y la carrera pública.
De ahí, pues, el que Berlusconi, Camps y bastantes más se aferren a su cargo como a un clavo ardiendo.
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Berlusconi es un cerdo y Camps no. Así de sencillo.
Después de lo de Libia en este mundo todo es posible, que Camps acabe en el banquillo y que los italianos echen a patadas a Berlusconi. Es que no hay un político bueno, en cuanto se suben al machito se consideran intocables, unos a lo bestia como Gadafi, que para eso es un líder carismático del tercer mundo. Otros son más finos porque viven en democracias, pero el poder les gusta más que a un tonto un lápiz.
El Berlusconi y Camps no tienen nada que ver, ya son ganas de fastidiar haciendo la comparanza, El italiano ha hecho una fortuna con el pelotazo y el ladrillo y usa para su provecho los medios públicos. El valenciano es un pobre tipo porque no tiene un duro y si alguien le ha regalado cuatro trajes muy bien para el, que eso no es corrupción, sólo una chorrada.
Al principio me pareció brutal la comparación entre Camps y Berlusconi. Luego la entendí. Pero ese apego bestial al poder no lo tienen solo ellos sino la mayoría de los políticos. ¿Donde queda lo de dedicarse al bien común?
Martes, 29 de mayo
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel