Nadie ha podido encontrar un solo error en La Enciclopedia Británica y, en cambio, Wikipedia, la enciclopedia digital, ha tenido que celebrar la pasada semana una convención en Buenos Aires para poner coto a tantos yerros que los cibernautas introducen en sus textos.
Ésa es la diferencia entre el espacio impreso, codificado y regulado, poco proclive a que se le cuelen pifias clamorosas, y ese otro universo blando informático, de acceso más general, contenidos imprecisos y afirmaciones dudosas.
Siempre ha habido equivocaciones, también, en los medios convencionales. En una ocasión, un periódico rebajó mi edad en cinco años. El error, recogido con posterioridad por otros diarios, ya ha quedado incorporado a alguna hemeroteca. Hasta mis hijos llegaron a pensar que quien mentía sobre mi edad era yo y no el periódico, dado el respeto que merece la letra impresa.
Esas pifias no son nada en comparación con la frondosa prosa digital, de origen muchas veces desconocido y sin ningún control. Intenten verificar el nombre real de una persona o la autoría de un hecho y verán la diversidad de respuestas que ofrece la red. O sea, que lo que era una excepción corre el peligro de convertirse en norma.
La ventaja de una mayor democratización informativa de la red se ve, pues, compensada con su incertidumbre. Pero lo peor no es eso, sino que, fruto del contagio, corremos el riesgo de que el error sistemático se adueñe también, sin remedio, de las páginas impresas.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel