El término sostenible está de moda: aunque en la retórica, más que en la realidad.
Hasta el sector turístico, tan alicaído el pobre, va a recibir ayudas públicas pero, eso sí, para hacerlo más sostenible, es decir, ecológico: ahorrar agua y energía, implantar nuevas tecnologías y sistemas de calidad.
Un reciente informe concluye, sin embargo, que a pesar de la prédica oficial, hoy somos menos sostenibles que hace ocho años: tenemos tres veces más aguas residuales sin depurar que el resto de la UE; también menos territorio protegido y más proclive a los incendios. Generamos más basura y la reciclamos menos que otros países y usamos con exceso el transporte privado, contribuyendo así a la contaminación ambiental. Y aunque crece la energía eólica —con su contradictoria repercusión paisajística—, nuestra dependencia del petróleo importado aún resulta desproporcionada.
Sin ser, por supuesto, un país insostenible, España dista muy mucho todavía de convertirse en esa arcadia ecológicamente modélica de la que presume Rodríguez Zapatero.
Jueves, 26 de noviembre
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
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