Somos una sociedad de voyeurs. Sólo así se explica el éxito de Gran Hermano y otros programas banales de TV que filman las intimidades de personas que maldito lo que nos importan.
A ellas, por su parte, debe chiflarles la exhibición de su prosaica vulgaridad, aparte del dinero que le sacan. Aquellos que, en cambio, no quieren que tal cosa les suceda acaban de ver reconocido su derecho a la intimidad por el Tribunal Supremo: difundir imágenes captadas con cámara oculta es ilegítimo.
El derecho a la privacidad se va imponiendo: velamos ya el rostro de menores y de policías en imágenes públicas y tampoco podemos comerciar con la intimidad ajena. Hasta ahora, merced a la ley sobre el uso de videocámaras, los más protegidos eran los malhechores, ya que un letrero bien visible avisa de su emplazamiento, para que vayan a otro sitio más seguro a perpetrar sus fechorías.
Conseguir, pues, compaginar el derecho a la información con la intimidad de las personas es la prueba inequívoca de vivir en una sociedad democrática.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel