Quienes creían que Barack Obama iba a llevar la revolución a Estados Unidos comienzan a desencantarse. Sus primeros nombramientos muestran la tradicional prudencia y el conservadurismo propios del establishment norteamericano. El octogenario Paul Volcker, que fue presidente de la Reserva Federal con Ronald Reagan, dirigirá el consejo de asesores económicos de la Casa Blanca, en el que se acomoda también Warren Buffet, el hombre más rico del mundo.
Y es que el presidente electo, quien ha gastado más dinero que nadie en una campaña electoral, sabe muy bien que sin recursos, sin fondos, sin la aquiescencia de Wall Street, nada se puede hacer en la política de hoy.
Las personas por él designadas de un carácter más radical —liberales, en la peculiar terminología estadounidense— curiosamente pertenecen al equipo de Bill Clinton, lo que evidencia otra realidad más: que el presidente demócrata no tiene equipo propio y quién sabe si tampoco ideas originales para salir de una crisis tan nueva e imprevista que ha hecho trizas todos los esquemas preexistentes.
En esa línea de continuismo, de evitar a toda costa rupturas traumáticas con la política precedente, se anuncian dos nombramientos que, de confirmarse, demostrarían que Barack Obama tiene las manos más atadas de lo que parece. Uno, el de Hillary Clinton. Hacerla secretaria de Estado es tanto como acostarse con el enemigo. Su designación parecería más una imposición del Partido Demócrata que una decisión personal del presidente. Otro, la continuidad de Robert Gates, secretario de Defensa con Bush, al frente del aparato militar norteamericano. Es como si Rodríguez Zapatero hubiese mantenido a Federico Trillo, ministro con Aznar, al frente de nuestros ejércitos. ¿Se imaginan?
Estas debilidades de Obama no extrañan a quienes mejor conocen su biografía. “Es un político absolutamente convencional es todas sus actuaciones, mucho más que John McCain”, me dice un amigo, “y cuya única obsesión, desde siempre, ha sido llegar a la presidencia sin mojarse demasiado en el camino”.
Etapas significativas de ese itinerario han ido desde no devolver el escaño en el Congreso de Illinois a Alice Palmer, quien se lo había dejado en precario en 1996, hasta renegar de su incómodo director espiritual, el racista Jeremiah Wright, hace pocas semanas.
Por esas obligadas limitaciones del presidente electo, la Norteamérica tradicional y profunda no debe temer un vuelco de valores y conceptos más allá de la necesaria incorporación de las minorías a la vida social. Mientras tanto, con su retórica, su imagen y su innegable capacidad de seducción, lo que sí hará Barack Obama será mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo, que buena falta le hace.
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Las contradicciones de Obama son crystal clear. Primero, no ha tenido un discurso coherente frente al terrorismo. Hoy mismo, ¿cuál es su posición concreta frente a los atentados de Bombay si es tan diferente de la de Bush? Segundo, ¿cómo va a practicar la política socialdemócrata prometida con un déficit estatal enorme?
¿Y qué querían que hiciese, que se suicidase? Ya ha habido dos intentos de atentado, que, más bien, han sido dos advertencias, porque el día que se propongan matarlo, lo harán como con Kennedy. La historia avanza con dos pasos adelante y uno atrás. Se trata de hacer las suficientes reformas para que su presidencia sirva para algo, pero no tantas como para que compense el terrible descrédito que traería el quitarlo de enmedio. Esto me recuerda el "sermón de S. Francisco", que se paseó con otro fraile por las calles lluviosas para ir a predicar y no pudieron hacerlo, pero dijo: "Ya ha sido bastante predicación el que nos viesen bajo la lluvia". El que hayan elegido a Obama ya producirá por sí sólo los suficientes cambios en todo el mundo. Como lección del kharma o la Providencia, es magistral.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel