A contracorriente, el blog de Enrique Arias Vega

Vigilancia en la calle

27.11.08 | 16:56. Archivado en Artículos
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Debo tener tan poco sentido de la intimidad que me trae sin cuidado que me filmen en un lugar público. En el cuarto de baño de mi casa, en cambio, ya es otra cosa.

Por eso, me parece de perlas que 16 cámaras vigilen el que no se atente contra el patrimonio del casco histórico de Salamanca. Si, de paso, evitan que se cometa algún que otro crimen, mejor que mejor. Al fin y al cabo, nuestro peregrinaje urbano ya suele estar grabado por las cámaras de cajeros automáticos, grandes superficies, fachadas de edificios oficiales y un largo etcétera de vídeocontroles.

Gracias a esa constancia gráfica tomada por unas cámaras en el puerto de Barcelona, acaban de ser condenados a 13 años de cárcel los dos porteros de una discoteca y el vigilante que hace seis años mataron al ecuatoriano Wilson Pacheco y luego arrojaron su cadáver al agua del Maremágnum barcelonés. También, merced a una filmadora oculta en una comisaría pudo grabarse la paliza de cuatro mossos d’esquadra a un detenido. En ambos casos, mírese por dónde, ningún progre a la violeta puso el grito en el cielo por presuntos derechos conculcados.

No sólo sería retrógrado negarse a estas prácticas, sino que resultaría pueril. Hoy día, cualquier niñato de 12 años puede estar tomando imágenes nuestras con un modesto teléfono móvil sin que nos demos cuenta. La grabación por ciudadanos de a pie de todo lo que sucede en la calle está ya tan generalizada que casi no hay acontecimiento que se precie del que no haya un vídeo espontáneo que aparece enseguida en las televisiones de pago. Como para andarse con ocultaciones.

O sea, que todo lo que sucede en este universo televisual que profetizara el novelista George Orwell no es necesariamente para mal. Si, al menos, así le ahorráramos al Ayuntamiento la pasta que cuesta el vandalismo urbano, bienvenido sea. En esa línea, el consistorio pamplonés, para curarse en salud de las futuras negativas de los gamberros a pagar sus destrozos en el mobiliario público, le ha puesto precio. Así, los bancos tienen letreros de 200.000 euros, los árboles de 40.000…

Y es que está visto que el que no corre, vuela.


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