Tiene razón el ministro Miguel Ángel Moratinos cuando dice que “el arte no tiene precio”. Lo que ocurre es que sí tiene un coste que en ocasiones se nos obliga a que lo sufraguemos los ciudadanos, como es el caso de la cúpula de la ONU en Ginebra, realizada por Miquel Barceló. Esa nueva capilla sixtina laica, en feliz expresión de Juan Manuel de Prada, nos ha salido por 20 millones de euros, medio millón de ellos desviados desde los fondos de ayuda al desarrollo, para más inri.
O sea, que a veces el arte nos cuesta un riñón. Y tenemos derecho a saberlo. Por eso, no es de recibo el ocultismo del vicepresidente valenciano Gerardo Camps sobre lo abonado a Santiago Calatrava por su obra de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Decir, como ha dicho, que se trata de un asunto “confidencial” y de “exclusivo uso interno” del Gobierno autonómico, sólo sería admisible si sus consejeros, pobres, lo hubiesen pagado de su bolsillo y no del de todos los contribuyentes.
Que conste que no voy a entrar en las críticas a las creaciones de Calatrava, actividad ésta muy moda, al parecer, en los últimos tiempos, como acaba de evidenciar el exabrupto de Xavier Mariscal, al calificarlas de “animaladas”. No pienso hacerlo. El arquitecto de Bénimamet es un artista genial, con un estilo singular y perfectamente identificable, admirado por los países más diversos que se disputan sus trabajos.
Lo que sucede es que Calatrava padece el sambenito de que sus obras no son demasiado funcionales y sí resultan, en cambio, excesivamente caras.
El primero que propaló esa especie fue el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, cuando el arquitecto le demandó por haber prolongado su puente de Zubi Zuri con una pasarela del arquitecto japonés Arata Isozaki para hacerlo así más practicable. Antes de ganar el pleito, el cabreado munícipe espetó una frase que ha hecho fortuna: “Un puente es para pasear sobre él y Calatrava resulta un pesetero del carajo”.
Desde entonces, insisto, esa fama dispendiosa le ha acompañado al arquitecto valenciano. Su puente sobre el Gran Canal de Venecia hubo de ser inaugurado casi de tapadillo el pasado 11 de septiembre y su proyecto de estación intermodal en la Zona cero de Nueva York va con retraso y dejará de tener su techo movible al haber superado lo presupuestado en un 50 por ciento.
Y es que los tiempos que corren no dan de sí para fastos costosos. Cada nueva previsión económica es peor que la anterior y, así, en 2009 tendremos en España un decrecimiento del PIB entre el 0,3 y el 1 por ciento, según quién lo calcule. Claro que eso no parece inmutar a algunos políticos, como el presidente del Parlamento catalán, Ernest Benach, para el cual su lujoso vehículo tuneado del que ha tenido que prescindir se trataba de un “transporte público”, o el presidente de Galicia, Emilio Pérez Touriño, quien considera que los dos millones gastados en arreglar su despacho suponen “lo habitual en estos casos”.
Éstos son dos ejemplos, entre otros varios, no ya de falta de sensibilidad social, que también, sino de sentido común. Claro que esa ausencia de medida y de criterio se acompaña muchas veces de un abandono de responsabilidades. Para ratificarlo están esos plenos de unas Cortes casi vacíos en las recientes comparecencias ministeriales de Celestino Corbacho y de Carme Chacón, lo que ha provocado críticas más o menos sutiles de Soraya Sáenz de Santamaría y de José Bono.
Aunque sólo fuese por el malestar que tales actitudes producen en los ciudadanos, las autoridades tendrían que ofrecer una información completa y detallada de todo aquello que se financia con dinero público. Eso es aplicable, también, a la visita a Valencia de Benedicto XVI. Claro que ésta habrá sido costosa, pero quienes la programaron no deben acomplejarse por ello. Seguro que sus beneficios, y no sólo espirituales, han sido mayores que los costes.
Pero ese viaje, lo mismo que la Ciudad de las Artes y las Ciencias, la Fórmula Uno, la Copa del América, etcétera, etcétera, ofrecen a la capital y a toda la Comunidad Valenciana una serie de réditos materiales e inmateriales que se traducen luego en que Valencia sea la ciudad que más crece en número de turistas y la tercera que los españoles prefieren para vivir.
Sepamos, pues, en qué se gastan nuestras autoridades cada euro y así podremos valorar mejor lo acertado o no de su gestión en unos tiempos en los que, inexorablemente, todos tendremos que apretarnos el cinturón.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel