Tiene razón Rodríguez Zapatero al querer infundir confianza en la economía española. Entre otros motivos, porque los analistas norteamericanos formulan graves vaticinios sobre nuestro futuro económico.
Sin embargo, el ignorar que existe un problema no es el mejor modo de solucionarlo, sino la garantía de su agravamiento. Y es que lo peor de la crisis aún está por llegar. Ruiz-Gallardón ya ha dado el primer aviso: Madrid no iniciará nuevas inversiones y para atender sus compromisos habrá de aumentar los impuestos.
Y es que ayuntamientos y comunidades autónomas van camino de la ruina ya que sus ingresos han dependido en demasía de la construcción. En muchos municipios, las licencias de obras han caído a la mitad. Valencia, por ejemplo, puede disminuir un 15 por ciento sus entradas debido al parón del sector inmobiliario. Esperanza Aguirre, por su parte, reconoce que la recaudación por transmisiones patrimoniales ha descendido el 49 por ciento.
¿Se mantendrán, en ese contexto, las prestaciones sociales, como presume nuestro presidente de Gobierno? Difícilmente, pues muchas de ellas —educación, sanidad, atención a personas dependientes— han sido transferidas a comunidades autónomas y ayuntamientos que ahora ven reducidas sus aportaciones para atenderlas. Curándose en salud, Pedro Solbes ya les ha negado el anticipo económico acordado para sanidad y, en consecuencia, el presidente murciano, Ramón Luis Valcárcel, acaba de amenazar al Gobierno central con llevarlo a los tribunales, como si de cualquier moroso se tratase.
Todo eso, cuando aún no se vislumbra ningún síntoma de recuperación en el horizonte. Al contrario. La economía norteamericana ya hizo su brutal ajuste de la burbuja inmobiliaria, con caídas de hasta el 30 por ciento en el valor de las viviendas y la triste secuela del crack hipotecario. Aquí sucede al revés: no se vende un piso pero los precios aguantan mientras no angustie lo suficiente la creciente falta de liquidez.
Claro que cuanto más tarde en llegar la corrección sus resultados pueden ser más dramáticos. Algunas recientes cláusulas hipotecarias ya lo prevén: si el valor de la vivienda desciende de cierto porcentaje, la hipoteca queda automáticamente cancelada.
No pretendo meter el miedo en el cuerpo de nadie. Nuestra economía ha crecido más que las de nuestro entorno y también ha tardado más en ver las orejas del lobo. Pero nuestra imprevisora alegría consumista ha impedido que hiciéramos a tiempo las correcciones estructurales para el futuro y de aquellos polvos vienen ahora estos lodos.
Aprovechemos, pues, el poco tiempo que nos queda para, sin tanta medida de cara a la galería, favorecer el ahorro familiar, desgravar los planes de pensiones y permitir, en suma, que circule algo de dinero con el que afrontar la crisis.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel