Corren malos tiempos para derroches y otros excesos económicos.
Hasta algo tan simbólico como la restauración de la Zona cero de Nueva York no estará a punto para 2011, décimo aniversario del atentado contra las Torres Gemelas. Lo ha reconocido el alcalde neoyorquino, Michael Bloomberg, echando indirectamente la culpa a Santiago Calatrava. El techo de su estación intermodal dejará de ser móvil, dado que el coste del proyecto supera ya en un 50 por ciento lo presupuestado.
No vive, pues, su mejor momento el fantasioso y aerodinámico arquitecto valenciano. Su puente sobre el Gran Canal de Venecia hubo de ser inaugurado de tapadillo el pasado día 11 a causa de las quejas, sobre todo, del carácter poco funcional de la pasarela.
No es la primera vez que eso le acontece a Calatrava, ni tampoco es el único en padecer semejantes críticas. El Millenium Bridge londinense de Norman Foster y Ove Arup debió demorarse varios meses tras una accidentada inauguración en la que el viento lo bamboleó cuando estaba repleto de ilustres autoridades.
A Calatrava, digo, le persigue una leyenda de no pensar en las necesidades reales de los usuarios de sus obras. Le sucedió con el aeropuerto de Bilbao — “si quieres orinar, tienes que dar la vuelta a la terminal”, he oído decir— y también tras protestar por unirse su puente de Zubi Zuri con una pasarela de Arata Isozaki. El alcalde bilbaíno, Iñaki Azkuna, fue terminante: “Un puente es para pasear sobre él y Calatrava resulta un pesetero del carajo”.
Otras críticas tienen menos fundamento, como la inundación del Palau de les Arts de Valencia o la falta de visión desde algunas butacas cuando su inauguración. Lo mismo le había ocurrido poco antes al más modesto Teatro Liceo de Salamanca, restaurado por Fernando Bueno Vicente, y nadie se rasgó las vestiduras por ello.
Es que la culpa no la tienen los arquitectos, sino la ostentosa apariencia de las nuevas obras civiles. Los países emergentes buscan fastuosos emblemas urbanos de su creciente poderío. Ahí tenemos, entre otros, las Torres Petronas de Kuala Lumpur, la proyectada ciudad Masdar de Abu Dhabi, el elevadísimo edificio Taipei o el colosal Jin Mao de Shangai.
Sin ir tan lejos, el hedonismo arquitectónico ha convertido en nuevas catedrales laicas a bodegas antañonas, como el complejo de titanio de Frank Gehry para Marqués de Riscal, las majestuosas cubiertas de Richard Rogers para Protos o el proyecto de Norman Foster para Faustino.
Pero, de repente, merced a la crisis económica, comienza a estar mal vista cualquier clase de ostentación. Como aquellos ricos que hace décadas ocultaban púdicamente su patrimonio al Fisco, la opulenta sociedad del bienestar exhibe ahora sus costurones y ya no tiene humor para fantasiosas piruetas urbanísticas.
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Los arquitectos que construimos el 90% de nuestras obras en Latinoamérica con herramientas medievales y operarios con sandalias y llevando la lata en el hombro tenemos oportunidad de mostrar nuestra pericia cuando las vacas vienen flacas. Cada m2 de construcción ganado al presupuesto es festejado, vivido y apreciado en conjunto con los dueños que, sean de clase media o baja, no tienen acceso al crédito abundante que hizo la fiesta del hemisferio norte. Reconocemos sí, humildemente, nuestros escasos recursos, y hace tiempo que no hacemos pirámides.
Soy constructor y todavía no he visto a un arquitecto (humilde o de prestigio) al que no "se le vaya la pinza" y tire el dinero (que por supuesto no es suyo) en tonterías... porque le gusta el poner una pirámide de vidrio (que luego no hay quien limpie), todo vidrio en una pared del aeropuerto o en un hospital (para tirar el dinero en climatización), siempre barandillas de "diseño" propio (en vez de una estándar), mil y una cosas... eso sí nunca se fijan si el edificio es cómodo para el uso que tiene, etc....
Los aeropuertos (terminales) los diseñan los arquitectos, en vez de ing.aeronáuticos (que son los que deberían hacerlo), así los ascensores los ponen en los extremos (aeropuerto de Palma), colocan los mostradores en oblicuo, mezclando las colas (Bilbao), ponen un mega-techo de bambú (T-4 de Madrid), que nadie sabe si es bambú o plástico imitación, y así mil cosas más de concepto...
Para mí que los arquitectos son los últimos "dioses" nadie les lleva la co...
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
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