A contracorriente, el blog de Enrique Arias Vega

Balanzas fiscales insolidarias

29.07.08 | 18:17. Archivado en Artículos
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No voy a hablar de política en este espacio, Dios me libre, sino de algo tan sencillo y tan cotidiano como la solidaridad.

Resulta que se han publicado las balanzas fiscales entre las distintas regiones de España y el Estado central y ya se ha armado el lío, al margen del color político de las respectivas administraciones. Era algo tan previsible que el haber permitido que sucediera supone ya una grave irresponsabilidad cívica. Todo, por dar satisfacción a algún aliado político que había hecho de la necesidad de la susodicha publicación un auténtico casus belli.

Es lógico que, sin ver más allá de sus narices, los políticos egoístas y demagógicos pongan el grito en el cielo si su Comunidad aporta al resto del Estado más de lo que recibe y digan, en caso contrario, que ese tipo de comparaciones resulta absurdo, falso o, como mínimo, intrascendente a la hora de fijar la financiación autonómica de la nación española.

Y es que cada día que pasa somos más insolidarios que el anterior y llevamos camino de serlo aún más el día de mañana. Mucho hablar, sí, de ayuda al desarrollo y de que somos el país de vanguardia en la cooperación internacional y otras mandangas, pero luego intentamos ahogar financieramente a la Iglesia Católica en nuestro propio país, por ejemplo, o evadimos todos los impuestos que podemos, negociamos facturas sin IVA, buscamos lucrativas jubilaciones anticipadas o desviamos fondos públicos de sus objetivos legales previstos.

La última gran coartada para la insolidaridad con los más próximos es la de los “derechos territoriales”, como si el espacio geográfico fuera depositario de unos valores, unas esencias y unos derechos que sólo corresponden a las personas. En consecuencia, argumentan los defensores de semejante tesis, los territorios no pueden verse despojados (sic) de unos recursos que les corresponden y que son legítimamente necesarios para su desarrollo.

O sea, que bien está el que España dé cuatro duros a Darfur o al Senegal, pero en cambio supone una auténtica tropelía que el Estado redistribuya las rentas y que canalice parte de las producidas en las regiones más ricas y más industrializadas hacia las más pobres. ¿Qué muchas otras competencias le quedan, si no, al Estado, en un país cada vez más descentralizado, en el que las comunidades autónomas tienen en su conjunto más ingresos y gastan más que el menguante Estado central?

Pues ya ven: de lo que se trata, al parecer, es de ir hacia la generalización de un sistema autosuficiente, de fiscalidad estanca, como la del País Vasco, en el que cada uno dé lo mismo que reciba. ¿Qué posibilidades les quedarían, en ese caso, a las regiones más desfavorecidas para salir de pobres? Ninguna.

Por eso, toda la alharaca montada por las balanzas fiscales dichosas es la misma que podrían exhibir a nivel personal los ricos de este país, desde Amancio Ortega a Emilio Botín, por pagar ellos más impuestos que los otros ciudadanos y no recibir en contraprestación más plazas escolares, más carreteras o más subsidios que los demás. No sólo lo consideraríamos absurdo, sino que armaríamos la marimorena si tal cosa sucediera. Pues bien: a nadie se le ha ocurrido pedir que se publiquen las declaraciones de renta personales ni, mucho menos, que se tribute de forma igualitaria. La progresividad fiscal es algo que consideramos obvio, propio de la justicia distributiva, y nadie, repito, se rasga las vestiduras por ello.

Pero ya vemos que las balanzas fiscales territoriales han sacado a la superficie lo peor que llevamos dentro. Su publicación no ha servido para valorar cómo se puede ayudar mejor a las regiones con menor renta, sino para un ejercicio de exhibición de presuntos agravios comparativos. No parece, pues, que en esta hora nos consideremos todos iguales, sujetos de los mismos derechos y con iguales merecimientos. Al revés: vivimos el apogeo de la diferenciación, de la desigualdad y del exclusivismo, gracias a los cuales acabaremos por ver a nuestros vecinos no como copartícipes de un proyecto común, sino como incómodos parásitos que aminoran nuestro bienestar. O sea: todo lo contrario de la solidaridad. Tal cual.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Oleguer 29.07.08 | 22:27

    Totalmente de acuerdo, debemos acabar con el saqueo insolidario de los españoles a mallorquines, catalanes y valencianos. El egoismo voraz de la España castellana es un escándalo a nivel europeo. Cuanto tienen que aprender los nacionalistas españoles del sistema de financiación alemán, pero no, lo de ustedes es el robo sistemático.

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