No quiero hacer comparaciones odiosas ni, menos aun, caer en la caricatura. Pero no puedo evitarlo: la Expo acuática de Zaragoza me parece que es a las exposiciones internacionales como Rodolfo Chiquilicuatre a Eurovisión: un sarcasmo.
Me explicaré.
La Expo, con espacios temáticos tales como El agua como elemento de colaboración entre los pueblos, se inaugura cuando precisamente aquí lo que hace es enfrentar a partido contra partido, comunidad contra comunidad y, en el caso de Cataluña, pueblo contra pueblo. Ya me dirán si no resulta una paradoja. Además, el Gobierno anfitrión, que preside Marcelino Iglesias, no sólo se ha apropiado el Ebro para su región, sino que amenaza con querellas a todo aquel que pretenda sacarle un solo litro.
Reduzcamos, pues, Expo Zaragoza a un entretenido parque temático más, tipo del barcelonés Foro de las Culturas, deseando que le salga a la ciudad de Juan Alberto Belloch algo menos ruinoso que el de su homólogo catalán de entonces, Joan Clos. Porque aquí, insisto, el agua no constituye ninguna fiesta solidaria, sino todo un problema de egoísmos territoriales, agravado por la errática política hidráulica de Rodríguez Zapatero.
En un primer momento, el Gobierno se enrocó en un “no” rotundo al Plan Hidrológico Nacional (PHN) y en la satanización del término “trasvase”. Correosa adalid de esa política beligerante fue la ministra Cristina Narbona, ahogada en el empeño y hoy sustituida por Elena Espinosa, capaz de decir esta semana a los catalanes de CiU que estudiará la viabilidad del trasvase del Ródano a Barcelona “sin incurrir en procedimientos de urgencia innecesarios”.
Claro que la palabra “trasvase” continúa estando proscrita. Sotto voce, el PSOE lo viene practicando en el Júcar-Vinalopó, lo está ejecutando en el Tajo-Guadiana y hace tres meses aprobó llevar agua del Guadiana al Guadalquivir. Eso sí, sustituyendo el preciso término de trasvase por “una tubería”. Lo mismo que el non nato trasvase Ebro-Llobregat lo denominaba “una conducción”.
Milagros de la semántica, cuando no de la política. Pero en los trasiegos dialécticos de estas semanas hemos visto cosas aún más chuscas. Por ejemplo: la necesidad imperiosa de 62 kilómetros de cañería entre Tarragona y Barcelona cuando las reservas del área metropolitana andaban por el 21 por ciento. Ahora que estamos en el 46, ya no se hacen. ¿Y cuando bajen de nuevo? ¿Y si es que vuelven a subir? Podríamos entrar en un toma y daca de hacer y no hacer que dilatarían la construcción de los 62 kilómetros dichosos más de lo que exigieron algunas pirámides egipcias.
Pero, oh milagro, todo lo resolverá a partir de mayo del año que viene la demorada desaladora de Llobregat, que producirá 60 hectómetros anuales, sólo la sexta parte del consumo de Barcelona y tres veces menos de lo que preveía el PHN. Mientras tanto, como ya estaba contratada la traída de agua en barco desde Marsella y Tarragona, se efectuará hasta el 15 de agosto, aunque esa agua cueste 17 veces más que la de las desaladoras.
Hay más dislates, por supuesto. Para contentar a su población, el tripartito catalán derogó las restricciones de riego y llenado de piscinas en cuanto subió el nivel de sus embalses. Se puso como una fiera, entonces, el gobierno aragonés y el tripartito donde dijo Diego dice digo y las restricciones las mantienen.
Todos éstos no son, por consiguiente, los mejores ejemplos de esa colaboración entre los pueblos que atribuye al agua la Expo zaragozana. Y eso que para evitar males mayores en la enfrentada y dividida sociedad catalana, el president Montilla ha tenido que decir: “Sólo hay un país —supongo que refiriéndose a Cataluña— y el agua es de todos”.
Y un jamón, por usar esa expresión coloquial. El Estatuto de Aragón reserva para esa comunidad 6.550 hectómetros del río Ebro, el doble de lo que consume, y el vicepresidente José Ángel Biel, quien un día dice una cosa y al siguiente la contraria, ya ha anunciado que blindarán por decreto, aun más, si cabe, el que no salga ni una gota de la cuenca del Ebro hacia otros destinos. El Estatuto de Andalucía, por su lado, asigna a esa región de Gobierno socialista la gestión del Guadalquivir, la cual impugna el Gobierno extremeño, también socialista.
Como ven, mientras festejamos al agua por una parte, por otra pasamos el tiempo en dimes y diretes, con los ánimos más enconados que nunca y sin previsiones a largo plazo.
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Somos el caso máximo de improvisación. Hacemos las cosas sobre la marcha y cuando no tienen más remedio. Pero Zapatero erre que erre que no hay trasvases, ahora que con la subida eléctrica el agua de las desaladoras nos saldrá más cara. Y luego dice que no hay agua para las centrales nucleares cuando toda Europa y Felipe González dicen que o nucleares o aún nos saldrá más caro el recibo de la luz. Zapatero acabará hipotecándonos a todos, incluso a los que hasta ahora no lo estaban.
¡Y luego decimos de Franco cuando todavía estamos viviendo de sus pantanos!
Veo que la reacción habitual ante las opiniones de este espacio suele ser el silencio o la crítica. Es difícil arriesgarse a ser positivo y aceptar el criterio ajeno, como le ocurre a AZPIAZU.
Yo no observo ninguna confrontación en las opiniones del articulista que le haga "incurrir en lo que critica". Lo que veo es la constatación de una realidad: el egoísmo en las cuestiones hídricas.
Entre el egoísmo de algunos (comunidades autónomas y comarcas) y la falta de criterio de otros (gobierno de ZP), nos vamos en el tema del agua al carajo, como en el tema inmobiliario, el del empleo y otros.
El blogger incurre con su artículo en lo que el mismo critica: en enfrentar partido contra partido, comunidad contra comunidad y pueblo contra pueblo.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel