En siglos pasados, los ejércitos en campaña llevaban su cohorte de prostitutas para desahogo de los soldados. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas japonesas prefirieron esclavizar sexualmente a mujeres de los países ocupados, en una práctica infamante cuyas secuelas llegan hasta hoy día, con reparaciones muchas de ellas a título póstumo.
Las fuerzas de la ONU, desplegadas en misiones de paz en 17 países, tampoco es que sean una milicia seráfica. Hace ya cuatro años, un aterrador informe interno de las Naciones Unidas documentaba casos de violaciones, pedofilia y fomento de la prostitución obra de los cascos azules en el Congo. Otros más han evidenciado situaciones semejantes desde Kosovo hasta Sierra Leona y desde Costa de Marfil hasta Liberia.
Queremos que se encierre a los delincuentes, que se rehabilite a los toxicómanos y que se trate a las basuras,… pero en otra parte. Y, dado que todos pensamos igual, en la práctica equivale a no quererlo.
Lo cierto es que cada día ingresan en nuestras saturadas prisiones 21 nuevos reclusos, hasta superar la cifra de 70.000, el doble que hace 16 años. Y, como nuestra justicia es más lenta que un coche sin ruedas, muchos presos preventivos agotan el plazo máximo de cuatro años de reclusión, gracias a lo cual somos el país de Europa con más internos por número de habitantes. Triste récord.
A lo mejor tiene razón José María Aznar y el PP lleva siendo de centro desde hace muchos años. Pero, a tenor de las actitudes de algunos de sus últimos dirigentes, de bastantes militantes y de ciertos corifeos mediáticos y sociales —ustedes ya me entienden— ha parecido ser en muchas ocasiones de una derecha rancia y antañona.
Mariano Rajoy posee tanta moral y tanta convicción de victoria como los futbolistas turcos, susceptibles siempre de marcar un gol en el último minuto y pasar así a la ronda siguiente.
Por eso, los enemigos internos del presidente del PP han hecho mutis por el foro, agotados por la demostración de aguante del político gallego, su control del balón y su capacidad de imaginar jugadas audaces con las que dejarlos descolocados.
Mariano Rajoy sabe que lo que gane por el centro no lo puede perder por su derecha, ya que allí sólo existe un erial político. Eso le diferencia de Rodríguez Zapatero, amenazado siempre por esa izquierda escuálida y menguante de Gaspar Llamazares, que en cambio sí puede robarle votos si se escora demasiado a estribor.
Por eso, Rajoy se presentó ayer en el Congreso del PP como líder de un partido “abierto”, que es un eufemismo de “progresista”, pero sin decirlo de ese modo para no molestar a nadie. Y es que Rajoy, a falta de ideología —el hombre huye de la definición política, del doctrinarismo y de la reflexión teórica como si de un virus maligno se tratase—, lo que propone son buenos modos, campechanía y compadrazgo, su versión personal del “talante” de Rodríguez Zapatero.
De creer a los más conspicuos marianistas, este congreso del PP sería el de la refundación de la refundación, como si durante los últimos años el partido hubiese estado dirigido por alguna sombra vagarosa en vez de por Mariano Rajoy.
¿Estuvo secuestrado la pasada legislatura Rajoy por Ángel Acebes, Eduardo Zaplana y otros presuntos duros de la política que le habrían impuesto una estrategia de confrontación o es el propio presidente del PP quien ha cambiado ahora de rumbo?
La Europa de los 27 ha encallado en sus sucesivos egoísmos nacionales: el último, el del referéndum irlandés.
Y es que nadie quiere perder sus particularismos, que no son pocos, a cuenta de una abstracta uniformidad. Poner de acuerdo a 500 millones de habitantes, hablando al menos 23 lenguas y con media docena más pidiendo turno, es una tarea titánica, sino imposible. No nos extrañe, pues, que en seguida nos pasen por encima países emergentes como China, India o Brasil, además de los sempiternos Estados Unidos y Rusia.
Cada día entran 21 nuevos reclusos en nuestras cárceles y pasan ya de los 70.000, el doble que hace 16 años. No sé a ustedes, pero a mí me parece una barbaridad.
No es que añore mi primera infancia, ya lejana, de colegio de monjas con uniforme ajedrezado, de pequeños escaques blancos y grises. O, a lo mejor, sí, porque con esto de la nostalgia nunca se sabe.
Mariano Rajoy ya ha ganado, antes de empezar, el congreso de Valencia ante la falta de alternativa. Sus más fieles, sin embargo, habrían preferido que se presentase la candidatura de Juan Costa para evidenciar, con la derrota de éste, el apoyo masivo al líder del Partido Popular. Ahora, en cambio, temen que los reducidos votos en contra de las ponencias y las abstenciones sean capitalizados por el difuso sector crítico como una bomba de efectos retardados contra la nueva línea oficial del partido.
Por todo esto, para los más conspicuos marianistas, tanto o más importante que en Congreso en sí es lo que pase en los meses sucesivos.
Somos el tercer o cuarto país del mundo en asistencia sanitaria, pero estamos mucho más atrás en investigación médica. Así se explica nuestro retraso en el conocimiento de las llamadas enfermedades raras. Se trata de esas dolencias que por su carácter excepcional resultan socialmente invisibles: hay falta de información sobre ellas y no se dispone de tratamiento eficaz para detener su progresión.
Existen entre 6.000 y 7.000 enfermedades raras y aún se siguen descubriendo otras más. Cuando, antes, un paciente fallecía a causa de una de ellas, como aún eran desconocidas se atribuía su muerte a otra dolencia, aunque no cuadrasen los síntomas. Incluso hoy día la mayoría de casos está por diagnosticar. Me lo explicaba el doctor Vicente Climent, pediatra del niño Lucas, de triste celebridad por la enfermedad de Pompe, a la cual lleva sobreviviendo cuatro años contra todo pronóstico. “Se calcula que la enfermedad afecta a uno de cada 60.000 recién nacidos y sólo hay cuatro diagnosticados en toda España. Ya ve”.
El futuro de Salamanca no está en montar una siderúrgica en Tejares. Ni en ninguna otra parte, claro, porque el paisaje económico no da para eso. Habrá de conformarse con tener una innovadora industria de la cultura, que no es poco, y con lograr la capitalidad del castellano, que sería demasiado.
Uno puede aprender el español donde quiera, por supuesto. O no aprenderlo, como esos que se oponen a esa tercera hora de castellano en los colegios de Cataluña. Con argumentos como ése, la UE regatea a la baja la presencia del español en Bruselas. Si 16 millones de compatriotas, arguye, dicen que hablan gallego, euskera, catalán y/o valenciano, sólo quedan como mucho otros 28 que hablen castellano en España.
Ya ven. El Gobierno español había prometido traer más agua, antes y más barata que con los trasvases y ha cumplido. Para hacerlo, se ha puesto a llover. Si la tradición política italiana echa la culpa de todo al que manda —“Piove? Porco Governo!”—, nosotros deberíamos agradecérselo: “¡Llueve, bendito Gobierno, llueve!”
El déficit de los ayuntamientos españoles es de 7.000 millones. Y creciendo. El alcalde de Játiva, Alfonso Rus, calcula, por otra parte, que el parón inmobiliario reducirá el 50 por ciento de sus ingresos por licencias de obras. ¿Cómo hacer frente, entonces, a la creciente demanda de servicios municipales?
Algunos ayuntamientos ya han comenzado a suspender eventos, reducir actos, recortar fiestas y congelar plantillas. Donde no hay, no hay. Lo peor es que no pueden acudir indefinidamente al déficit y al endeudamiento, como el Estado, o discutirle a éste los criterios de financiación, como hacen las comunidades autónomas.
Hay gente que cree en la crisis con la fe del carbonero, que se decía antes. Es el caso de Mariano Rajoy, por supuesto. Otra, como Rodríguez Zapatero, es una agnóstica de tomo y lomo: “No existe más que una desaceleración del crecimiento”. Y una tercera, como Solbes y Almunia, se debate en irresueltas dudas de fe.
No quiero hacer comparaciones odiosas ni, menos aun, caer en la caricatura. Pero no puedo evitarlo: la Expo acuática de Zaragoza me parece que es a las exposiciones internacionales como Rodolfo Chiquilicuatre a Eurovisión: un sarcasmo.
Me explicaré.
La Expo, con espacios temáticos tales como El agua como elemento de colaboración entre los pueblos, se inaugura cuando precisamente aquí lo que hace es enfrentar a partido contra partido, comunidad contra comunidad y, en el caso de Cataluña, pueblo contra pueblo. Ya me dirán si no resulta una paradoja. Además, el Gobierno anfitrión, que preside Marcelino Iglesias, no sólo se ha apropiado el Ebro para su región, sino que amenaza con querellas a todo aquel que pretenda sacarle un solo litro.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel