Por uno u otro motivo, la mayoría de los delitos permanecen sin castigo. No hay más que ver que la banda de Coslada llevaba más de 20 años operando desde la más absoluta impunidad. Y autoridad.
No nos extrañe, pues, que los modernos dispositivos electrónicos contribuyan a una vigilancia siempre insuficiente. Este año, la mayoría de autobuses de Bilbao incorporarán cuatro cámaras de seguridad en su interior. No es la primera ciudad de España que lo hace; ni será la última.
Lo bueno del caso es que esto no se produce en las dictaduras, como la que preveía George Orwell en 1984, sino en democracias. Curiosamente, además, no son tiranos recelosos y suspicaces quienes suelen imponerlo, sino que somos los sencillos ciudadanos quienes demandamos esa vigilancia para nuestra propia tranquilidad.
Tampoco es la única paradoja en este asunto. Hoy día, muchos crímenes se resuelven gracias a ser filmados por paisanos anónimos. Y es que no hay un gran ojo electrónico que nos observe, sino millones de portadores de teléfonos móviles y otros artilugios que captan todo cuanto sucede: desde los efectos de un tsunami hasta las palizas de policías rufianescos y brutales.
Ahí, en esa vigilancia no regulada por la ley, radica el problema. Por eso, tiene más razón que una santa Telma Ortiz cuando exige a la prensa rosa que la deje en paz, ya que ella no es un personaje público, sino sólo la hermana de otra que voluntariamente ha decidido serlo.
Los demás mortales, en cambio, y no precisamente por exhibicionismo, preferimos que nos vigilen. La cosa, por fortuna, no llega hasta poner telecámaras en las aulas o en las consultas de los médicos, aunque todo se andará. De momento, optamos por perder alguna dosis de libertad e intimidad, antes que los dientes o algo peor a manos de cualquier matón de esquina: ya sea con uniforme policial o sin él, que ésa es otra.
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No es que nos gusta que nos vigilen. Lo que pasa es que somos unos cotillas de órdago y nos gusta fisgar a los demás.
El caso de la hermana de la princesa Letizia demuestra que en este país no existe el derecho a la intimidad personal.
Según el articulista, la única persona que no quiere que la vigilen es Telma Ortiz Rocasolano. Todos los demás sí.
Puede que tenga razón, porque nos estamos haciendo todos unos exhibicionistas gracias a una tele en que cuanto más extravagante seas te va mucho mejor en la vida.
Veo que el bloguero discrepa de la jueza en el caso de Telma Ortiz. Me parece bien, pero es que la chica lo planteó de pena, pidiendo a las empresas de prensa más importantes del país que no hicieran algo antes de haberlo hecho y eso no hay ningún juez que pueda aceptarlo.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel