Un porcentaje nada desdeñable de llamadas al 112, el teléfono de emergencias, son bromas: de mal gusto, por supuesto.
Hay gente, está visto, que tiene la gracia en salva sea la parte. Como aquel personaje que parodiaba el humorista Miguel Gila, que le había colocado un petardo a un vecino: “¡Y cómo se ha puesto la viuda! —decía el animal— ¡Si no tiene sentido del humor, que se vaya del pueblo!”
Algo de eso sucede cuando se perturba el funcionamiento de las emergencias; aunque sólo sea, como hacen algunos tontos, llamando para desahogar sus penas, en vez de hacerlo al teléfono de la esperanza, o simplemente para ver si de verdad funciona.
Semejante práctica se ha extendido a otros teléfonos de servicio público. Por ejemplo, el 016, habilitado para atender a las víctimas de la violencia de género. El 80 por ciento de las llamadas de los cinco primeros meses han sido bromas, insultos, amenazas, errores de marcado o consultas sobre temas ajenos a su cometido.
Ya ven si no es para estar hasta el tupé de alguna gente.
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Aunque estas cosas sólo nos parezcan unas gamberradas son también delitos que incluso están recogidos en el código penal. Así que hay que ser menos tolerantes con ellos. ¿No se habla ahora todo el día de tolerancia cero? ¿Y por qué no la aplicamos a estas cosas que cuestan un dinero al patrimonio público y perjudican a la gente de verdad necesitada de ayuda?
Ya dice la Biblia que el número de tontos es infinito.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel