Predecir el futuro
19.04.08 @ 10:17:53. Archivado en Artículos
Si el futuro fuese predecible, no habría analistas financieros, ya que todos se dedicarían a comprar y vender acciones y serían millonarios.
Una de las pocas excepciones fue Joseph Kennedy, el fundador del clan que lleva su nombre. Cuando se enteró de que hasta su limpiabotas jugaba a la Bolsa, se dio cuenta de que se agotaba el número de nuevos compradores, así que liquidó todos sus valores y se libró del crac de 1929. El otro listo es Emilio Botín, que hace diez meses decidió vender todos sus activos inmobiliarios, justo en vísperas de la crisis del sector. Claro que si todos hubiésemos hecho como él, el derrumbe del precio de la vivienda habría sido estrepitoso.
Los escritores, en cambio, han sido poco afortunados en sus vaticinios. Quizás haya que salvar a Julio Verne, porque vivía en un siglo de inventos mecánicos previsibles. Pero, si hubiese sido por los futurólogos de hace 60 años, ahora todos vestiríamos incómodos trajes de neopreno, nos desplazaríamos con motores acoplados a los tobillos y en vez de comer las exquisiteces de Ferrán Adrià nos alimentaríamos de algas apestosas.
Ante la dificultad, pues, de predecir el futuro, algunos, como José Luis Rodríguez Zapatero, simplemente lo crean. Porque, vamos a ver, ¿quién habría imaginado hace sólo 40 años que serían legales los matrimonios homosexuales, habría más ministras que ministros o que una mujer embarazada mandaría cuadrarse a los militares? El tal habría sido reputado por loco, de habérsele ocurrido tamaña fantasía.
En estas reflexiones he andado metido estos días, en la presentación de un libro de 24 relatos que he titulado Nada es lo que parece y cuyo común denominador es lo imprevisto de su desenlace. ¿Por qué un periodista, narrador de lo real, se pone a escribir sobre lo imaginario?, ha sido una pregunta recurrente que me han hecho en los sucesivos coloquios. Probablemente, he contestado, porque vivimos una realidad más inverosímil que la ficción. ¿A qué escritor se le habría ocurrido que una jueza olvidase año y medio en la cárcel a un preso que declaró inocente? ¿O que un descerebrado, tras atropellar mortalmente a un ciclista pidiese que los atribulados padres pagasen las abolladuras del coche?
Es que, efectivamente, nada es lo que parece. Hasta la visión profética de George Orwell en 1984 ha sido superada por la realidad. No es que haya ya un Gran Hermano omnisciente que nos vigile a todas horas, sino que somos nosotros mismos, con Internet, las filmaciones de los móviles, YouTube y otros artilugios, los que nos hemos convertido en mirones permanentes del espectáculo global de una humanidad impredecible.
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Enrique Arias Vega
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