Libertad de lengua
18.04.08 @ 08:17:38. Archivado en Artículos
Me parece muy bien que el consejero de Educación valenciano, Alejandro Font de Mora, haya iniciado en inglés una intervención en Las Cortes Valencianas. Lo suyo, claro, era un rasgo de humor político de alguien a quien le sobra ingenio para dar y tomar. Pero, por mí, podía haber seguido indefinidamente en aquel idioma o en el swahili que hablan en el África oriental. ¡A ver quién le habría entendido!
En eso, precisamente, consiste la libertad, en este caso de la lengua: en hablar como uno quiera. Si luego los demás no le entienden, ése es el problema de quien pretenda comunicarse con los otros. Allá él.
Algo tan sencillo no lo entienden algunos liberticidas. El borrador para conceder nuevas licencias radiofónicas en Euskadi exige que al menos el 20 por ciento de su programación sea en euskera. ¿Por qué? ¿Por qué no se requiere, en cambio, que un 10 por ciento, por ejemplo, sea en castellano?
Semejante intervencionismo es como si se ordenase a una bollería que un porcentaje de sus canutillos tenga nata en lugar de crema o a una fábrica de coches que una parte de ellos sea de color marrón. Una solemne majadería.
Pero es que aquí esto de los idiomas patrios trae cola, buscándose conflictos lingüísticos allá donde debería haber una pacífica libertad de elección. Sucede lo propio al multar en Cataluña a los establecimientos que no rotulan en catalán. Camino, por cierto, que sigue la Xunta con aquéllos que no lo hagan en gallego. ¿Se exige lo mismo a las tiendas escritas en chino mandarín? ¿Y si, en vez de castellano, uno prefiere hacerlo en urdu, en parsi o en tagalo? ¿Es eso mejor o peor?
Ante tanto dislate lingüístico, siento una sana envidia de Estados Unidos, donde no existe idioma oficial alguno y la gente tiene el derecho a educar a sus hijos en la lengua que prefiera. Luego, claro, la inmensa mayoría lo hace en inglés, por las evidentes ventajas que conlleva. Pero 40 millones de norteamericanos se expresan en español sin ningún problema. Es más: en bastantes sitios del oeste del país las papeletas electorales son bilingües —o trilingües, añadiéndose el chino—, a fin de que la gente sepa lo que está votando.
Por eso, en una sociedad en la que hay ya tantas imposiciones y ridículos intervencionismos públicos, uno agradece la libertad de que se disfruta en la Comunidad Valenciana, donde se pueden usar indistintamente ambas lenguas cooficiales sin que por ello se produzca conflicto alguno.
Sólo nos cabe formular el deseo de que tanta dicha perdure.
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Enrique Arias Vega
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