Algo habrá hecho mal la Iglesia
17.04.08 @ 06:23:37. Archivado en Artículos
De los miles de artículos que llevo escritos, el que más irritación había producido hasta hace poco es uno publicado hace dos años: Si Estados Unidos no existiera, era su título. Se trataba de un breve texto digamos que de política ficción. La tesis, muy sencilla, era que sin el gran país de Jefferson y Madison, Franklin y Lincoln habría menos democracia y libertad en el mundo y hasta Hitler podría haber ganado la II Guerra Mundial.
¡La que se armó! Los lectores me llamaron de todo menos guapo. Y es que los Estados Unidos producen una masiva e irracional animadversión, jamás sustentada por argumentos suficientes.
Pues bien. Un artículo más reciente, publicado en la revista diocesana de Valencia, Paraula, hace sólo un par de meses, ha provocado una reacción más urticante, si cabe, al colgarlo en un blog, ya saben: en uno de estos cuadernos de bitácora cibernéticos que tanto se llevan ahora. El texto en cuestión se titulaba El cristianismo “mete miedo” y en él reproducía algunas muestras de descalificación hacia la religión cristiana, hechas incluso por supuestos creyentes, frente a una tolerancia absoluta y suicida hacia lo que proceda de otros pagos, como el Islam, pongo por caso.
En esta ocasión, vaya por dónde, las críticas de los cibernautas no han sido hacia mi modesta persona, sino que han ido concretamente contra la Iglesia Católica como institución, poniéndola a parir, como vulgarmente se dice.
Uno, en su ingenuidad, creía que a estas alturas los tópicos históricos, la leyenda negra y otras fantasías anacrónicas sobrevivían sólo en libros ya descatalogados, en la prédica revanchista de líderes andinos como Evo Morales y Hugo Chávez y entre los guionistas de Hollywood. Aun ahora mismo, en una reciente película norteamericana se aludía a “la Inquisición española” como paradigma absoluto de la crueldad y la infamia universales.
Pues parece ser que no, que la leyenda sigue viva.
No transcribo aquí los comentarios de los opinantes del blog porque algunos de ellos son literalmente indignos de ser reproducidos. En resumen: la Iglesia, para ellos, es una institución perversa y represiva, que trata de suplir su ignorancia con la prohibición. Esos comentaristas hallaban en la generalización la excusa con la que evitar el análisis y confundían deliberadamente las anécdotas concretas con una visión de conjunto. Vamos, como el antiamericano que se ampara en la política exterior de George Bush para criticar los hallazgos científicos de Harvard, pongo como ejemplo de absurdidad.
Al ver tamaña destemplanza ante un artículo intrascendente, entendí en seguida las antañonas quemas de templos —sobre las que nada se dice por cierto en la parcial e interesada revisión de nuestro pasado colectivo—. Menos mal, pensé, que la moda actual no va por ahí, probablemente por la escasa afluencia a la liturgia dominical. De momento, lo que se lleva es impedir la expresión de determinadas ideas en foros universitarios que presumen de liberales, lo cual tampoco está mal como paradigma de la intolerancia.
Pero no hay que echar la culpa exclusiva a los demás.
Seguramente la Iglesia también es responsable de la imagen que ha quedado impresa en la retina de muchos de sus antagonistas. No soy yo quién para hacer un juicio sobre las intenciones de los demás. Pero sí sé que la Iglesia no se acerca con formas atractivas y actuales a la sociedad laica de hoy. Si no fuese así, no se producirían las defecciones a gran escala que vienen sucediendo en este país.
No se trata, Dios me libre, de entrar en consideraciones teológicas o doctrinales a las que soy absolutamente ajeno. Pero al igual que un escritor puede analizar los comportamientos políticos, las estrategias de los partidos o las leyes de un Gobierno, también puede opinar sobre las lapidaciones islámicas en Afganistán o los textos del Episcopado en España. Y que nadie pretenda ver en esa frase cualquier atisbo de comparación.
A mí me gustaría que la imagen pública de la Iglesia se correspondiera con el mensaje evangélico de justicia, paz y caridad y que lo hiciese con unos modos y maneras de nuestro tiempo. Pero me temo que eso no es así y que para muchos cristianos —creyentes o vristianos agnósticos, que resulta que, como Oriana Fallaci, también los hay— supone una dolorosa e injusta situación que la Iglesia tiene que ser la primera interesada en remediar.
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No digo que la Iglesia haya sido la avanzadilla de los derechos humanos. Pero sí que ella ha sido depositaria de la cultura greco-romana y que donde ha estado instalada ha surgido el renacimiento, primero, y la ilustración, después.
Porque la Iglesia parte del ECUMENISMO y del AMOR AL PRÓJIMO.
Otras culturas religiosas, como el Islam, lo hacen desde la sumisión y desde la imposición bélica como esencia misma de su doctrina.
Pero resulta que en España, por ejemplo, fuimos evangelizados hace mil ochocientos años (siglo arriba o abajo) y lo de la democracia lleva dos telediarios.
Por cierto, que implantarla ha costado ímprobos esfuerzos principalmente porque la Iglesia ha hecho todo lo posible para impedirlo: desde las Cortes de Cádiz en 1812 hasta hace pocos años, se ha empleado a fondo en ello.
Parecidas cosas podemos decir de America Latina, de gran parte de Africa, de Rusia o de muchos países hoy musulmanes, que también fueron evangelizados en su momento (y por los primeros espadas, además).
Si nos vamos al otro lado, Japón o la India (poca gente, vamos) nunca han sido evangelizados en serio, y mira, no son menos demócratas que Méjico o Brasil, sea eso poco o mucho.
Total, que vais a teneros que inventar otra tontería: esa no cuela.
MAS CLARO AGUA
A mi no me han contado "leyendas negras". Con estos ojitos y oidos que se ha de comer la tierra he vivido la epoca del Estado Confesional católico (si, el franquista) y sé cómo eran las leyes y las costumbres entonces: como las que reprochamos (con justicia) a los países islámicos, menos algunos detalles de diferencia.
Pasarán por encima de mi cadáver (ya sé que no les importaria, pero bueno) antes de imponerme otra vez la España negra.
Sí, la España negra que pintó Goya es la que patrocinaba y aprobaba la Iglesia católica. Qué buenos tiempos y cuanta moral había entonces.
La que sigue existiendo en los millones de inocentes contagiados de sida mientras siguen haciendo campaña (a pachas con Bush, que no es Jefferson sino lo contrario a Jefferson) contra los preservativos. Por poner un solo ejemplo. Hay muchos más.
También es cierto que la labor de la Iglesia Católica, a favor de la humanidad, es bien notoria y eficaz. Y que muchos de sus miembros, se dedican a trabajar a favor de los demás seres humanos.
No deseo hablar de balances, porque el amor cristiano no es cuestión de sumas, restas apuntes.
Quizás sea necesario escribir de la iglesia, y de sus gentes, lo bueno y lo malo, a la vez, para ser objetivos, aunque perdamos la simpatía de los lectores hacia nuestra columna periodística.
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Enrique Arias Vega
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