Menos mal que ya hemos superado las elecciones que parecían de nunca llegar. Al menos, durante unas semanas los políticos dejarán de insultarse mientras ajustan sus nuevas estrategias postelectorales.
No sé si habrán conseguido una gran cosecha de votos regados con promesas irrealizables y la satanización constante del adversario en vez de la argumentación y el debate ideológico. Allá ellos. Pero me preocupan las heridas que su acción devastadora pueden dejar en la convivencia ciudadana.
Porque, ya se sabe, el otro es el enemigo. El mal. Las diez plagas bíblicas, todas juntas, encerradas en las siglas de un partido político. Por eso, quien no está con ellos debe ser erradicado como una planta maligna.
Algunos lo toman al pie de la letra, como esos bárbaros que atacaron a María San Gil en Santiago, mientras rogaban a ETA “¡mátala!”. O los extremistas de Barcelona, que impidieron la conferencia de Dolors Nadal. O quienes intentaron agredir a Rosa Díez en Madrid.
Normalmente, por fortuna, las cosas no llegan a tanto, aunque resulte sintomático que los agredidos sean siempre demócratas sin tacha y sus agresores, en cambio, fascistas de esa neoizquierda que presume de defender “la democracia y la libertad de expresión”.
Lo habitual, digo, son sólo dicterios, injurias y ultrajes, muy diseminados, por cierto, entre miles de animosos practicantes. A veces, los profiere algún talibán radiofónico de uno y otro signo. En ocasiones, sus autores son articulistas obsecuentes, de alineamiento partidario y carentes ellos de la más mínima ecuanimidad.
Pero detrás de todo ello, atizando el fuego de los improperios, ofensas y diatribas, están algunos políticos de los más connotados. Esporádicamente, incluso, lo hacen con humor, como ese personaje virtual de Gaspar Llamazares, Gaspi, que al modo de un Indiana Jones moderno, salva en la red de redes a los ciudadanos de especuladores sin escrúpulos, de obispos venales y hasta de un vampírico Mariano Rajoy.
Otra forma más aviesa del humor y más tramposa, si cabe, la constituyen esos vídeos manipulados que descargan en YouTube todos los partidos políticos motejando a sus rivales de canallas y sinvergüenzas, como si alguno de ellos —recuerden el vídeo del pijo del PP y la modélica muchacha del PSOE— fuese capaz de llamar hoy día “mariconas” a los homosexuales. ¿Dónde lo ha oído, aparte de en su subconsciente, el realizador del vídeo?
Finalmente, está el insulto directo, sin intermediarios, a lo clásico, podríamos decir.
Al comienzo de la campaña comencé una modesta y personal relación de epítetos odiosos que oía a nuestros políticos, poniendo al lado del nombre de su autor. Dejé de hacerlo, al ver que actividad tan poco edificante y tan prosaica me llevaba más tiempo del que debería. Baste decir aquí que los adjetivos más habituales fueron los de “obsceno”, “indecente” y “vergonzoso”. Quienes los formulaban no eran políticos de segunda fila, no. En mi ranking particular, los que ocupaban los dos primeros puestos eran el secretario del PSOE, José Blanco, y el portavoz parlamentario de ese partido, Diego López Garrido.
No quiero decir que los de otros partidos sean mejores, porque en todas partes cuecen habas. Normalmente, los insultos se producen en cruces dialécticos, con lo que el ofensor se convierte en ofendido y viceversa.
A veces, en un falso alarde de respeto a la legalidad, amenazan con llevar esas injurias a los tribunales. En ocasiones, incluso, cumplen su amenaza, anegando los tribunales con sus estúpidas querellas partidistas y dificultando la tarea de una Justicia colapsada que apenas si puede atender a los verdaderos problemas jurídicos de los ciudadanos.
Sé que cualquier lector puede contradecirme, argumentando que aquí no hemos llegado a situaciones como las de Taiwán o Italia, entre muchos otros países, donde los parlamentarios dirimen sus diferencias a puñetazo limpio. Es un pequeño consuelo, claro. Pero si no atajamos el problema a tiempo, todo se andará.
De momento, muchos políticos son unos deslenguados que no nos ofrecen el mejor ejemplo posible. En primer lugar, porque simplemente no saben hablar, haciendo trizas la gramática, sea en el idioma peninsular que fuere. Finalmente, porque lo que dicen supone todo un ejemplo de lo que no se debe decir y, menos aun, dado que lo hacen sólo por incordiar al otro y no porque sea verdad en absoluto.
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lo malo no es cuando los políticos se insultan con saña unos a otros.Lo peor que tras haberse puesto a parir y dado un ejemplo de mil diablos a los ciudadanos, luego se van juntos a tomar unas copas o se saludan con hipocresía como si fuesen amigos de toda la vida
Recuerdo que de críos, cuando alguien insultaba más de la cuenta, solíamos responder:"El que lo dice lo es", solución sin duda más práctica que entrarle al trapo. El insulto dicho en un momento concreto es eficaz pero si se usa por sistema pierde fuerza. Y convendría, llegado el caso, no abusar de los insultos de siempre, sino saber usar otras palabras con tal intención. Así, hace doce años, Antonio Muñoz Molina le llamó a Vargas Llosa "monótono predicador semanal": creo que el primero de estos términos es lo peor que se le puede llamar a un escritor.
Martes, 29 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
José Pómez
Antonio Cabrera
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel