A contracorriente, el blog de Enrique Arias Vega

Nosotros las matamos

08.03.08 | 00:12. Archivado en Artículos
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Al día siguiente del asesinato de cuatro mujeres por sus parejas, el teléfono de emergencias echaba humo por nuevas denuncias. ¿Qué había pasado?, ¿que de repente todos los psicópatas se habían puesto a matar?

Nada de eso. Sólo la mala conciencia colectiva, la sensación de que aquellas cuatro muertes horribles podían haberse evitado, movió a muchos ciudadanos a denunciar presuntos nuevos malos tratos. Días después, el teléfono volvió a dejar de sonar con aquella inusitada intensidad.

O sea, que se nos pasó la pasión delatora y justiciera, el solidario afán preventivo, y nuestras conciencias volvieron a su insensible cotidianeidad.

Ahí está la madre del cordero de tanto maltrato doméstico: en la abulia y el desinterés colectivo, en el miedo, la timidez o un exceso de prudencia que nos hace mirar hacia otro lado. Luego, de pronto, un mal día, ante un suceso horriblemente estremecedor, organizamos manifestaciones masivas y anónimas de protesta que, paradójicamente, sirven para espolear a próximos maltratadores. “Tanto tipo como ajusta cuentas con su pareja —parece decirse el psicópata en su enfermizo fuero interno— y yo como un pánfilo, sin pegar a la parienta”. Así que, por un perverso efecto imitador, surge otro vesánico asesino más.

Por eso, yo soy partidario de menos protestas colectivas y más eficacia en la prevención individual. ¿Cómo se explica, si no, que tras un suceso de esta índole muchos vecinos digan que “se veía venir”, “tenían frecuentes broncas”, “a él a veces se le iba la mano…”, sin que antes nadie haya hecho nada?

Eso, en la prevención. Si al vecino conocedor de una situación de ese riesgo y que no la denuncia se le aplicase el delito de omisión de socorro, otro gallo nos cantaría. Acaba de suceder en Portocolom (Mallorca), donde un fulano ha tenido secuestrada durante dos años a su novia. ¿Ningún vecino se había enterado de lo que estaba sucediendo?

Claro que el juez deja luego en libertad al agresor, con una simple orden de alejamiento que éste se puede pasar por la entrepierna. Sucede lo mismo que con el violador del Valle de Hebrón, que ya está en la calle tras cumplir 16 años por 32 delitos demostrados. En ambos casos tenemos ahí el embrión de futuros crímenes que pueden evitarse desde ya.

Ése es el problema: jueces insensibles y un código penal que acumula las condenas impuestas por algunos delitos, con lo que da igual cometer uno que un ciento.

Finalmente, si no hay penas accesorias al presunto agresor, que conlleven un control telemático y la obligación de presentarse periódicamente ante la policía lejos de su víctima, no evitaremos que consuma su obsesión homicida.

Saber todo esto y no tomar las oportunas medidas, nos convierte a todos en cómplices del próximo y horrible asesinato.

3 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Pablo 12.03.08 | 08:56

    Insisto de nuevo en el tema: ¿hasta cuándo habrá que seguir escribiendo sobre el maltrato de género?

    El que en lugar de disminuir aumenten estos ataques quiere decir que las leyes no funcionan y menos que ninguna la de violencia contra las mujeres, digan lo que digan María Teresa Fernández de la Vega y Jesús Caldera.

  • Comentario por Campomanes 11.03.08 | 09:27

    También estoy de acuerdo con Lourdes Benjamina, aunque sin ser tan bestia como ella en su exposición. ¿Qué tiene de malo aplicar la castración química a quienes se sabe que van a ser reincidentes? Privados de esos impulsos que les hacen delinquir, ellos pueden ser más felices y de paso no hacer mal a los/las demás.

  • Comentario por Lourdes benjamina 10.03.08 | 14:29

    Castración literal para todo aquel cobarde y mal nacido que abusa de las mujeres. Sin impunidad. Seguro que alguno se lo pensaba si por levantar la mano se le caen los huevos.

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