No habrá agua para nadie
24.02.08 @ 13:23:00. Archivado en Artículos
Pronto llegará un tiempo, ya lo veremos, en que el agua sea más cara que el petróleo, dado que éste ha encontrado alternativas energéticas. Por eso, algunos analistas políticos piensan que las guerras del futuro serán para apropiarse de aquel elemento cada vez más escaso.
Es un panorama dantesco, pero no imposible. Hace sólo una generación, al agua no se le consideraba un bien económico, pues era algo abundante, barato y de todos. Entonces nadie ponía en cuestión el necesario equilibrio hidrológico, con trasvases de una cuenca a otra. No lo hacían, por ejemplo, socialistas tan conspicuos como Felipe González, Josep Borrell o Cristina Narbona.
Ahora, en cambio, el derecho al agua y la oportunidad de su trasvase hasta monopoliza el último pleno de Les Corts Valencianas, con un mano a mano dialéctico entre el presidente del Consell, Paco Camps, y el portavoz de la oposición, Ángel Luna.
Al hecho no es ajeno el que España viva el periodo de menos lluvias en los últimos 60 años, con una sequía más “pertinaz” que aquella otra que servía de excusa permanente a Francisco Franco durante su larga dictadura. Según el presidente del instituto de Meteorología, Francisco Cadarso, en el último semestre sólo ha llovido 177 milímetros, frente a los 316 habituales.
Las previsiones que hacen los climatólogos de la Universidad de Castellón, dirigidos por José Quereda, no son más optimistas. De aquí al 2025, el Júcar habrá reducido su ya menguado caudal en un 15 por ciento, y el Segura, en un 20.
Desde siempre, la escasez de lo que sea promueve el egoísmo humano y el instinto de apropiación de aquello que, en principio, es patrimonio común. De ahí vino la derogación del PHN, cuando Rodríguez Zapatero llegó al Gobierno, aupado por furibundos enemigos de los trasvases, como Carod-Rovira y compañía. Pero, de entonces a acá, la cosa se ha complicado mucho más.
La sequía ha venido a coincidir con la redacción de nuevos estatutos de autonomía, en pleno furor centrífugo en lo político e involucionista en lo jurídico. Eso, lógicamente, ha propiciado que se antepongan unos presuntos derechos de los territorios a los de las personas y que primen las desigualdades históricas sobre la solidaridad democrática. Así, el estatuto andaluz se atribuye las competencias sobre el Guadalquivir, para cabreo del ex presidente de Extremadura, Rodríguez Ibarra, y el aragonés blinda a su vez el río Ebro como si fuese suyo.
En esa escalada de egoísmos territoriales, no se libran ni las propias autonomías. Ya se sabe que Almería difiere del resto de Andalucía, por ejemplo, pero es que también la Diputación de Girona acaba de exigir a la Generalitat catalana que publique la “balanza hídrica” del Ter, en desacuerdo con el agua que transfiere para que beban los barceloneses. Mientras tanto, los regantes del Canal de Urgell, que reciben agua más que de sobra del Segre debido a una concesión administrativa, están dispuestos a desviarla al Llobregat, a cambio de una sustanciosa tajada económica.
No es que nos hayamos vuelto locos. Sólo, insolidarios.
Por eso tiene muy crudo la Comunidad Valenciana lo del trasvase del Ebro, aun en el supuesto de que ganase las elecciones generales el PP. Es lo que deben mantener, y siguen haciéndolo, Paco Camps, Vicente Rambla, González Pons o García Antón. Pero en el fondo saben que, en pleno éxtasis del regionalismo excluyente, Mariano Rajoy no puede jugarse la investidura a esa carta cuando en su propio partido cada comunidad autónoma barre para casa. Ni siquiera el propio Ángel Acebes logró hace quince días que el presidente del PP aragonés, Gustavo Alcalde, diese su sí al trasvase. Y algo parecido sucede en Castilla-La Mancha con la candidata conservadora, María Dolores de Cospedal.
Tampoco es que el PSOE tenga mejores alternativas hídricas, como presume, sino que le sirven para ir posponiendo la guerra del agua que se avecina.
La UE, por su parte, no se muestra en principio partidaria de unos trasvases que aún no necesita. Pero tampoco los excluye, previendo que todo habrá de llegar. Mientras tanto, los ingenieros industriales de Cataluña, en un estudio dirigido por Josep Alabern, piden que se “pierda el miedo a la palabra trasvase”, recomiendan que el Principado capte menos de un 0,6 por ciento del agua del Ródano, con la que cubriría de sobra sus necesidades, y que deje de demonizarse ya a los campos de golf, que “sólo suponen el 0,6 por ciento del consumo total de agua de las cuencas internas”.
Mayor contradicción, imposible. Está visto que sólo cuando la sequía afecte a la Europa más desarrollada se encenderán todas las alarmas. Si para entonces la UE sigue siendo una unidad, los trasvases se impondrán como una necesidad en la que, previo un cuantioso pago, participará todo el mundo. Hasta ese instante, seguiremos discutiendo si desalinizadoras o trasvases, mientras se nos escapa la poca agua que tenemos y la sequía aprieta.
Dirección para hacer trackback a este post:
http://blogs.periodistadigital.com/btbf/trackback.php/146779
Comparte esta información
Comentarios, Trackbacks, Pingbacks:
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Enrique Arias Vega
Contacto








