La baldosa inteligente
11.02.08 @ 13:22:12. Archivado en Artículos
Encontrar algo inteligente a estas alturas, aunque sea una baldosa, ya tiene mérito, a tenor del vertiginoso deterioro de nuestra enseñanza secundaria y de la otra.
Y en la recién clausurada feria de la cerámica en Valencia la estrella del certamen ha sido un azulejo vigilante, que no sólo detecta el movimiento de personas en su ámbito sino que es capaz de abroncarnos si abrimos la nevera a deshora para meternos calorías de más.
No ha sido la única innovación ingeniosa. Mientras otros sectores exportadores han ido a menos ante la competencia, plagio e imaginación de la industria asiática, los empresarios azulejeros llevan años invirtiendo en tecnología, modernidad y diseño. Vamos, lo que tendría que haber hecho la industria exportadora en su conjunto, venida a menos ante los precios exteriores, la fortaleza del euro y nuestra productividad decreciente.
En una subversión histórica de conceptos, ya no es válido el “¡que inventen ellos!”, que decía Miguel de Unamuno. Para la industria de baldosas y similares, el eslogan actual sería “¡que copien ellos, que para inventar ya estamos nosotros!”.
Lo digo porque a veces se descubren en estas ferias artilugios o efectos de una simplicidad asombrosa y una utilidad evidente, que nos sorprende el que a nadie se le hubiese ocurrido antes. Supongo que algo de eso debió suceder en la prehistoria con la invención de la rueda y más recientemente con el chupa-chups o la fregona, salvando las distancias. Y es que los grandes descubrimientos suelen deberse a la casualidad o a que uno está echando la siesta, como le aconteció a Isaac Newton con la ley de la gravedad al caerle encima la dichosa manzana.
A mí lo que me ha dejado estupefacto es el inventor de los ladrillos con forma angular, que nos permiten construir escalones. Un chollo, vamos. Con ellos no sólo nos ahorramos la mitad que en ladrillos de factura convencional, sino que además no hay que andar partiéndolos para que a la postre siempre nos queden mal y los tramos de escalera nos salgan imperfectos o torcidos.
Dada la eficacia para la vida cotidiana de estas modestas creaciones, uno propondría que los programas electorales de los partidos políticos los hiciesen los inventores domésticos y no los grandes estrategas y otros gurús de la demoscopia. Lo único que consiguen éstos es llenarnos la cabeza con promesas imposibles de cumplir y, en cambio, no se les ocurre nada útil, practico ni sencillo para facilitarnos el llegar a fin de mes tranquilamente y sin agobios.
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Enrique Arias Vega
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