Aquí todavía hay mucho tomate
10.02.08 @ 20:19:15. Archivado en Artículos
La desaparición de la parrilla televisiva del engendro Aquí hay tomate no se debe a un arrebato de pudor o de vergüenza de los programadores. No. Han tratado de preservarlo, antes de que “el más impúdico todavía” de Jorge Javier Vázquez y Carmen Alcayde cansase al personal y así poder reeditarlo luego a bombo y platillo dentro de un tiempo. La fórmula, aplicada al entretenimiento y al buen gusto, la inventó ya hace muchos años Chicho Ibáñez Serrador con Un dos tres… y consiguió múltiples reediciones del programa.
O sea, que eso del derecho individual al honor, a la intimidad y a la imagen personal sigue estando en las leyes pero no consta en absoluto en la práctica.
No hace tanto, en los tribunales de justicia se respetaba la imagen de los encausados y se prohibía tomar fotos en la sala de vistas. Ahora, hasta existe un canal televisivo que emite 24 horas diarias de juicios, los propios magistrados vulneran muchas veces el secreto del sumario y la opinión pública suele prejuzgar a los acusados tras una brutal exposición mediática. ¿Qué pasó, si no, con la injusta condena a Dolores Vázquez por el asesinato de Rocío Wanninkhof, que nos ha costado ahora una indemnización de 120.000 euros de nuestros impuestos?
Antes, éste era un país conservador y reaccionario, donde el personal procuraba no salirse de las normas ni un milímetro. Ahora, en cambio, acude a los programas-basura de la televisión a exhibir perversiones reales o inventadas y a cobrar por ellas su buena pasta. Ya no existe aquel concepto calderoniano del honor como “patrimonio del alma”, porque lo que se lleva es ser lo más desalmado posible. La ley de 1982, previendo que “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, como decía el personaje de Don Hilarión en La verbena de la Paloma, permite al juzgador en su artículo 2 decidir “en función de datos variables según los tiempos y las personas”. O sea, que de lo dicho en el artículo 1 más bien poco.
Quienes más se han aprovechado de esa lasitud legal no son sólo esos personajes televisivos que viven, y muy bien, por cierto, instalados en la desvergüenza, sino también los políticos.
Como lo que está en juego, al parecer, es la colisión del derecho ciudadano a la libre información y la libre expresión, por un lado, y, por otro, difusos derechos individuales, siempre acaban primando los primeros, en detrimento de los de carácter más personal.
Así se explica que el insulto se haya instalado en la vida política y que ciertos espacios de la tele presuntamente informativos manipulen interesadamente imágenes de personajes públicos. ¿Con qué derecho, por ejemplo, Caiga quien caiga, dibuja cuernos a algunos entrevistados, colorea sus mejillas con un falso rubor, o como en el caso de Francisco Camps, hace surgir en su frente unas inexistentes gotas de sudor ante el acoso insistente de sus reporteros?
Pero la irresponsabilidad del mal ejemplo, insisto, la tienen los políticos, sobre todo en época electoral, tan excitante para ellos como lo es el período de celo para ciertas especies de nuestra fauna. Y no me refiero sólo al montaje de falsos vídeos, en los que se presenta siempre al rival como un tonto del haba, un malvado o un corrupto. Repasando lo que se lleva dicho en esta larga y fatigosa precampaña política, los epítetos más reiterados han sido los de “obsceno”, “indecente” y “mentiroso”. Sin que nadie tenga la exclusiva de ellos, quienes más los han empleado han sido Gaspar Llamazares y Pepiño Blanco, ellos sabrán por qué.
De vez en cuando, para incordiar, algunas demandas llegan a unos desbordados tribunales de justicia que carecen de tiempo y de medios para atender apremiantes cuestiones civiles y penales de los ciudadanos de a pie. Entre los casos más chuscos de utilización indebida de la justicia, recuerdo la demanda hace año y medio al entonces presidente de la Diputación de Valencia, Fernando Giner, por haber usado una versión determinada de la lengua valenciana.
No pensemos, pues, que la efímera desaparición de Aquí hay tomate supone una vuelta a los valores sociales de respeto a la intimidad y al buen gusto. En este mismo momento, en el que usted puede estar siendo filmado por una videocámara o grabados sus actos por el móvil de cualquier niñato, ¿cómo puede a creer a los políticos que le hablan de preservar su imagen personal si ellos son los primeros que desacreditan impunemente a sus rivales?
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Enrique Arias Vega
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